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Guerras púnicas

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Indice
1. Introducción
2. Arte Punico
3. Produccion Local
4. Relaciones comerciales
5. Anforas De Importacion
6. La gran campaña de Aníbal.

8. La Batalla De Trebia
9. La Batalla Del Lago Trasimeno
10. La Batalla De Cannas
11. El Sitio De Siracusa
12. La guerra en España.
13. La decisión final. El ocaso de Aníbal
14. La Batalla De Zama

1. Introducción

Desde fines del siglo VI A.C. Ibiza queda integrada dentro de la esfera de influencia de Cartago, llegando población púnica, que, sumada a los fenicios, aumentó notablemente la cantidad de habitantes. La bahía de Ibiza es ya un centro urbano con varios miles de habitantes, organizándose la ciudad en la vertiente septentrional del Puig de Vila, con el puerto en el sector más bajo, donde posiblemente se hallaban mercados y almacenes, la necrópolis de Puig des Molins al Oeste de la ciudad y un área industrial donde funcionaban talleres de alfarería.
A partir del siglo V A.C. todo el territorio de Ibiza comenzó a poblarse, tanto en la costa como en el interior. Las principales tareas se avocaban a la explotación de los recursos naturales de la isla, modificándose el modelo económico, pasando de la dependencia de productos extranjeros a producir y exportar productos propios, como por ejemplo las ánforas.
Los cartagineses poseían verdadera vocación mercantil, valiéndose del comercio, en especial el marítimo, para afianzar sus riquezas.
... Según Herodoto (historiador griego, 480 a 424 A.C.), cuando llegaban a un país para comerciar, colocaban sus mercancías en la playa, regresaban a sus buques y hacían señales de humo, para convocar a los pobladores, los que acudían a la playa, pagaban con oro y se retiraban con las mercancías. Los cartagineses examinaban el oro depositado, y si les parecía escaso volvían a sus buques y de allí no se movían. En ese caso los residentes regresaban a la playa, agregando más oro hasta satisfacer a los cartagineses, quienes se retiraban amigablemente.
Durante la época púnica, Ibosim tuvo una amplia autonomía de Cartago. Estaba muy bien organizada y poseía grandes riquezas, convirtiéndose en un centro de actividad comercial, militar y religiosa de gran importancia. La expansión comercial hizo posible acuñar monedas en Ibiza, desde el siglo III A.C.
Ibiza experimenta su primer época de esplendor bajo el dominio cartaginés, pero también asimila los más sangrientos ritos y los mayores cultos místicos del Mediterráneo.
Durante las Guerras Púnicas Ibiza estuvo del lado de Cartago, siendo atacada por los romanos, al mando de Cneo Escipión, en el año 215 A.C., sin haber podido ser conquistada. La ciudad de Ibiza fue asediada durante dos días, defendida por sus murallas, siendo incendiados campos y poblados. Ante la imposibilidad de conquistarla, Cneo Escipión regresó a la Península, a continuar la lucha contra los cartagineses.

En el año 205 A.C. Ibiza recibe a la escuadra cartaginesa, cediéndole armas y hombres para continuar la campaña hacia las demás islas. Luego de la segunda Guerra Púnica, a partir del 200 A.C., Ibiza prospera en el comercio, en esa época bajo el control romano, pero a partir del 123 A.C., cuando Roma conquista Mallorca y Menorca, cesa la actividad económica y la emisión de moneda.

Desconociendo la fecha, se estima que durante un período de tiempo la isla se sometió al Estado Romano, perdiéndose la escencia de la estructura socio-económica púnico-ebusitana, integrándose a la romana.
Durante el siglo I Formentera comienza a poblarse, se vuelve a acuñar moneda, aunque sin volver a la prosperidad de tiempos
pasados.
La ciudad de Cartago estaba gobernada por dos magistrados supremos, llamados ‘Sufetas’, asistidos por varios funcionarios, además de contar con el consejo un cuerpo formado por los ancianos más respetables del pueblo. Los ‘Sufetas’ presidían el Senado y la Asamblea del pueblo. A la caída de Tiro, Cartago dominó las antiguas ciudades fenicias, las que además de acuñar moneda propia, seguramente al igual que Cartago, eran gobernadas por ‘Sufetas’.
Habiendo sobrevivido Ibiza a la destrucción de Cartago, conservando sus leyes, religión, ritos y costumbres, su comercio y su industria, se puede suponer que también estaba gobernada por ‘Sufetas’, Senado y Asamblea del pueblo.
Los primeros pobladores de Ibiza eran tirios, cipriotas y descendientes de éstos, nacidos en Cartago. Los Cartagineses no eran racistas, admitiendo matrimonios con extranjeros, por lo tanto en sus ciudades vivían gentes de procedencia diversa.
Los nobles, descendientes de los primeros pobladores, tenían gran poder en las ciudades, eran candidatos a las funciones públicas y dominaban el Senado.
Existía un proletariado, comerciantes, industriales y artesanos, asociado a la clase dirigente.
Había además un gran número de esclavos, a los que se les daba buen trato, se les pagaba por las tareas realizadas, y podían adquirir su libertad y aspirar a la ciudadanía. También convivían con los cartagineses minorías extranjeras carentes de derecho de ciudadanía, a los que se les concedía infinidad de favores.
Las mujeres vestían largas túnicas, con manga corta, recogida a la cintura, y se cubrían con manto en el invierno. Los hombres llevaban ropa larga, de colores vivos, con cinturón bordado. Ambos usaban sandalias.

2. Arte Punico

Estela votiva: Monumento en forma de lápida, construído con motivo de una promesa a una divinidad.
Uno de los elementos más significativos de la cultura púnica-ebusitana es la estela de piedra, procedente de Ca Na Rafala (San Rafael), en el siglo IV A.C., ubicada en el rellano de la escalera que desciende desde la Universidad hasta el corredor del Baluarte de Santa Tecla. Se halla labrada en piedra caliza del lugar, con forma alargada, rematada en su parte superior con un frontón triangular. En el centro de la estela se representa, dentro de un nicho rectangular, una imágen masculina en actitud de oración. En la parte inferior posee una inscripción: ‘Ofrenda de Baalazar’, en caracteres púnicos, de la que se conserva sólo la primera línea.

Dioses
Los dioses principales del panteón púnico, en los siglos VI y V A.C., son Astarté y Melqart, los que debido a reformas socio-económicas-políticas fueron reemplazados por Tanit y Baal Hammon, además de Reshef y Bes, que da el nombre a la isla.
El culto oficial está documentado en los santuarios, siendo el culto privado puesto en evidencia en amuletos púnicos o egipcios, escarabeos y terracotas.

Santuario De Illa Plana, Ibiza
Este yacimiento, excavado en 1907, estaba situado sobre lo que entonces era una única isla en el centro de la bahía de Ibiza, actualmente dividida por efectos de erosión, en Illa Plana e Illa Grossa. Allí se hallaron fragmentos de estatuillas, hechas a mano y a molde, con estilo egipcio. En dos pozos (bothroi) se hallaron exvotos (santuario u ofrenda a una divinidad) con sus rasgos sexuales prominentes, indicando el culto a la fertilidad, desconociendo la divinidad a la que estaban dedicados.

Santuario De Es Cuieram, Sant Joan De Labritja
Finales del siglo V al II A.C. Excavado en 1907, 1965, 1968, y 1982. Construído en una cueva natural, sin embargo tiene la estructura tripartita de los antiguos santuarios: La sala I o vestíbulo en el exterior, la sala II o cella y la sala III o sancta-sanctorum en la gruta, con acceso restringido a los sacerdotes, en cuyo interior se realizaban ritos sagrados. Con el hallazgo de una placa de bronce se documenta el culto a Reshef-Melqart en los siglos V y VI A.C. y luego a la diosa Tanit, en los siglos IV y II A.C., de la que se encontraron centenares de exvotos.

3. Produccion Local

Ceramica Punica-Ebusitana Arcaica (525-425 A.C.)
A fines del siglo VI A.C. Ibiza púnica inicia la producción de recipientes de cerámica a nivel industrial. La cerámica ebusitana se realiza a torno, en pasta clara sin barniz, en algunos casos con simple decoración de franjas horizontales en tonos rojo y negro, copiando los modelos púnicos del Mediterráneo central.

Ceramica Punica-Ebusitana Clasica (425-250 A.C.)
Epoca de auge comercial de la isla, con una intensa actividad alfarera sobre todo en el siglo IV A.C., donde se renuevan las formas. La mayor producción se centra en la cerámica de uso doméstico, destacándose las piezas pintadas.
Entre fines del siglo V y IV A.C. se fabricaba vajilla de mesa, inspirada en formas griegas, en general de color gris y cubierta de engobe, solución de tierra teñida con colorante y agua.

Ceramica Punica-Ebusitana Tardia (250-25 A.C.)
Paralela a la transformación social, política, económica y cultural de Ibiza, debido a las Guerras Púnicas y a la integración de la isla en las estructuras del estado romano, aparecen nuevas formas, abandonándose ciertos tipos tradicionales púnicos, recibiendo influencias del exterior, masificándose la producción y bajando de calidad a partir del siglo II A.C.
La cerámica común apenas tiene decoración pintada, presentando acanaladuras, realizando jarros de gran tamaño, destinados a veces a urnas, conteniendo los restos incinerados de los cadáveres.
A fines del siglo III y durante el siglo I A.C. se imitan las cerámicas itálicas ‘campanienses’ (vajilla de mesa con acabado de barniz negro, fabricada en Campania y luego en Lacio y Etruria), en las cuales también se copian los motivos impresos en el fondo interno de la vajilla, destinando su producción a la demanda local, aunque también se las exportó a Mallorca y Menorca.
Se fabricaron además piezas para la cocción de alimentos, como ollas, potes y cazuelas, hechas a torno, con arcilla refractaria, reproduciendo modelos comunes en todo el Mediterráneo.

Numismatica
Siglos III a I A.C. A partir del siglo III A.C. Ibiza acuña su propia moneda, siendo mayormente de bronce, emitiendo algunas series de plata, representando como principal motivo al dios Bes. La ceca, lugar donde se acuñaba la moneda, funcionó hasta principios de la época imperial romana.

Anforas
Finales del siglo VI-I A.C. En el siglo VI Ibiza comienza a fabricar los primeros vasos industriales para almacenar y transportar sus productos, exportándose gran parte de los mismos. Desde mediados del siglo V hasta nuestra era será constante la presencia de ánforas ibicencas en Baleares, el Levante Peninsular y Cataluña, diseñadas con formas de origen púnico, o imitando el estilo griego e itálico.

4. Relaciones comerciales

Importaciones punicas
Siglos V-I A.C. En éste período, las relaciones de Ibiza con los centros fenicios occidentales y con los púnicos del Mediterráneo central, entre ellos Cartago, eran permanentes. Prueba de ello son la cerámica de uso doméstico, las monedas y las ánforas halladas en la isla con dicha procedencia, llegando además productos diversos, como perfumes, escarabeos, joyas, huevos de avestruz decorados, etc.

Importaciones Griegas
Siglos V-III A.C. Vino, cerámica, vajilla de mesa, pequeños recipientes para perfumes de uso habitual en los rituales funerarios. Es notable la ausencia de vasos para beber vino, tan frecuentes en el Mediterráneo.

Importaciones Ibericas
Siglos III-I A.C. De la Península Ibérica se obtenían mercenarios, e Ibiza también importaba cereales y materias primas.

Importaciones Talayoticas
Siglos IV-II A.C. La relación comercial entre Ibiza, Mallorca y Menorca fué muy fluída, realizándose los primeros contactos en el siglo V A.C., intensificándose a partir del siglo IV A.C., creándose asentamientos costeros, por ejemplo en el islote de ‘na Guardis’ en Mallorca, con gran actividad hasta la conquista romana de las Baleares, en el año 123 A.C. En la necrópolis de Ibiza se han encontrado pocas cerámicas talayóticas.

Importaciones Campanienses
Siglos III-I A.C. Vajilla de mesa, con acabado de barniz negro, de raíces áticas, fabricada al principio en el Mediterráneo occidental, durante el siglo III A.C., y posteriormente en mayor escala en Italia, siendo sustituídas por nuevos diseños a fines del siglo I A.C.

Importaciones Italicas Y Helenisticas
Siglos III-I A.C. Después de la Segunda Guerra Púnica, se importan recipientes para contener perfumes, lucernas italianas, cerámicas de decoración en relieve, fabricadas a molde, procedentes de Italia y de centros de Asia Menor. Además aparecen las primeras monedas romanas en la isla (denarios de plata y numerarios de bronce).

5. Anforas De Importacion

Siglos V-I A.C. Durante la antiguedad Ibiza estaba integrada a las principales redes de intercambio del Mediterráneo, exportando e importando productos, los cuales se envasaban en ánforas, principal objeto arqueológico que permite reconstruír las rutas comerciales de la antiguedad.
El ejército cartaginés de las guerras Púnicas se basaba en el ejército de Alejandro Magno, pero casi un siglo después de
Alejandro. La falange macedonia que un siglo antes había revolucionado el arte de la guerra seguía estando en uso en todo el mundo helenístico y también en Cartago.

Roma, sin embargo, no había utilizado nunca tal sistema de combate. Roma había apostado por una unidad táctica llamada legión. Una unidad extraordinariamente flexible, nacida de la necesidad romana de obtener victorias indiscutibles frente a sus numerosos enemigos. Los romanos llevaban en guerra casi continua siglos y eso no sólo había endurecido extraordinariamente su carácter como nación, sino que les había permitido llegar a una organización militar que, aunque desconocida en el "mundo civilizado", era enormemente superior a la falange macedonia
Cada legión estaba dividida en 60 centurias de 80 hombres cada una. Cada dos centurias formaban un manípulo, con lo que una legión estaba formada por 30 manípulos de 160 legionarios cada uno. Esto, más las tropas ligeras y 300 soldados de caballería divididos en 10 turmae de 30 jinetes cada una nos dan la cifra de 4.200 hombres por cada legión. El número de legiones alistadas variaba según la necesidad y además, las ciudades italianas tenían la obligación de aportar por cada legión romana un contingente de tropas similar. En Roma gobernaban cada año dos cónsules que podían alistar normalmente cada uno dos legiones más dos contingentes aliados, con lo que un ejército romano "normal" constaba de unos 17.000 hombres. La mitad de ellos romanos, la otra mitad de las ciudades "aliadas" italianas que más bien eran ciudades sometidas a Roma manu militari.

Frente a cada legión formaban una línea los velites o soldados ligeros armados sólo con escudo y jabalinas. Tras ellos la primera línea de 10 manípulos de hastati armados con el escudo pesado o scutum, yelmo de bronce, espada de hierro del tipo griego, jabalina pesada o pilum y protección corporal consistente en una greba de bronce para la pierna derecha y un peto cuadrado de bronce de poco más de un palomo cuadrado que protegía el pecho. Tras los hastati se alineaban los 10 manípulos de principes, armados de igual forma, aunque algunos de ellos se protegieran con una coraza de cota de malla (los que podían permitirse el lujo). Y tras ellos los 10 manípulos de triarii, las reservas de la legión que sólo entraban en combate si la situación era desesperada. Su misión consistía en cubrir la retirada y eran los combatientes de mayor edad. Casi todos ellos se protegían con cotas de malla y en lugar del pilum llevaban una lanza. Durante la batalla permanecían arrodillados, protegiéndose con sus escudos.

Estos son los ejércitos que se enfrentaron en las guerras Púnicas. Sin embargo, Cartago tenía un punto débil, un verdadero talón de Aquiles, ya que la mayoría de sus tropas estaban compuestas por contingentes mercenarios contratados a lo largo y ancho del mundo. Parece que en Cartago no existía una auténtica conciencia de Defensa Nacional, y la mayoría de los ciudadanos creía que ese era un asunto del que únicamente debían ocuparse los soldados contratados para ello. Al enfrentarse a una Roma cuyos ciudadanos eran todos sin excepción soldados desde que cumplían los 16 años, esto se reveló como un problema enorme. Estos soldados profesionales púnicos integraban la falange macedónica armada con la sarissa o lanza de 6 metros de longitud. Los falangistas formaban un bloque compacto con las cinco primeras filas de lanzas asomando al frente mientras las demás filas las mantenían en alto para parar los proyectiles lanzados.

La unidad táctica más pequeña de la falange compuesto de 256 hombres alineados en 16 filas o lochoi de 16 hombres cada una. La falange ideal constaba de 64 syntagma agrupados en dos alas o keras mandadas cada una por un tetrarca. La falange completa estaba mandada por un estratego y la formaban unos 16.000 hombres.
El sistema desarrollado por Filipo de Macedonia había revolucionado el arte de la guerra, y su hijo Alejandro Magno lo llevó a la cumbre táctica, pero en la época de la I guerra Púnica, Roma se había enfrentado con la falange de Pirro y, aunque había sido derrotada en las dos batallas que se desarrollaron, había ganado la guerra, demostrando con ello que la legión era muy capaz de enfrentarse a la falange. Estos soldados profesionales eran mestizos libio-fenicios y su número podría ser de unos 20.000, ya que esta es la capacidad aproximada que podían tener los alojamientos encontrados en las murallas de Cartago.
En este modelo de falangista púnico podemos observar las características específicas del infante: la armadura es macedonia, con el escudo de unos 60 cm de diámetro, grebas de bronce en ambas piernas, espada griega, yelmo helenístico de bronce esmaltado y adornado con plumas, coraza de lino griega reforzada con láminas de bronce en el abdomen, pteriges o faldellín de tiras de cuero para proteger el vientre y la sarissa que debía manejarse con las dos manos, por lo que el escudo cuelga de una correa alrededor del cuello. La coraza de lino era barata y sencilla de fabricar, ya que constaba de una camisa con hombreras, todo de una sola pieza, formado por varias capas de lino pegadas hasta adquirir el grosor deseado. Era ligera y protegía contra los cortes. Sin embargo, la cota de malla de anillos de hierro que llevaban parte de los legionarios romanos eran mucho mejor aunque pesara 15 kilos, por lo que los falangistas de Aníbal se armaron con las cotas que arrebataron a los legionarios tras sus victorias. En Cannas, casi todos los falangistas púnicos vestían la cota de malla romana.
Además de los púnicos había tropas mercenarias que formaban el grueso del ejército cartaginés. Eran celtas, españoles, ligures, griegos y norteafricanos, cada uno con sus sistemas de combate propios, todos ellos bajo el mando de oficiales púnicos que necesitaban de intérpretes para transmitir sus órdenes. Comparado con el bloque nacional formado por los romanos, el ejército púnico era una auténtica torre de Babel, pero Aníbal, con un ejército formado por celtas, españoles y africanos consiguió enormes triunfos frente a la homogeneidad romana, manteniéndose unidos durante 15 años en Italia sin amotinarse ni una sola vez.

En estas magníficas ilustraciones de Angus McBride podemos observar a la izquierda un grupo de guerreros españoles reconstruidos según las imágenes del famoso jarrón de Liria. Sus armaduras indican que se trataba de tropas de élite. A la derecha dos honderos baleares disparando sus mortíferos proyectiles. Habilísimos lanzadores, solían llevar tres o cuatro hondas, cada una adecuada para lograr un alcance.

Pero la imagen más familiar históricamente hablando del guerrero español sea esta:
El guerrero ibero por antonomasia que los historiadores antiguos describen vestido con una túnica corta ribeteada en rojo, con un escudo celta, una lanza, un yelmo de cuero y la famosa falcata, una estilizada variación del mortífero gladius hispaniensis o espada corta española que sería adoptada por Roma tras la II guerra Púnica para equipar a todos sus legionarios.
El 40% de los soldados que combatieron junto a Aníbal eran celtas. Los romanos los llamaban galos y habitaban las actuales Francia y Bélgica.
Los galos se armaban con su típico escudo ovalado plano, una gran lanza, espada de corte larga, yelmo de hierro y algunos con la cota de malla que ellos inventaron. Otros preferían combatir casi desnudos para demostrar su valor. La ilustración es de Peter Connolly.

El elemento táctico determinante de la II guerra Púnica fue la caballería. Concretamente los jinetes númidas norteafricanos que combatieron primero con Aníbal y después con Roma.
Estos jinetes eran una auténtica prolongación humana de sus caballos. Montaban a pelo, sin silla y con una cuerda alrededor del cuello del caballo como riendas. se armaban con un escudo de mimbre y varias jabalinas y formaron la caballería más temida del mundo por su legendaria destreza, disciplina y valor en combate. Ellos fueron los que destrozaron a la caballería pesada romana en Cannas y los que le dieron la victoria a Escipión El Africano en Zama.
Los oficiales romanos y púnicos vestían de igual manera. Ambos usaban la armadura helenística con coraza musculada bajo la que llevaban una camisa de cuero con pteriges, grebas y yelmo.
Estos oficiales son romanos, pero igual podrían ser púnicos. La ilustración es de Richard Hook.
Las legiones que se enfrentaron con Cartago en las guerras Púnicas (264-146 a.C.) se agrupaban en 30 manípulos (60 centurias). Las nuevas legiones formaban en cuatro líneas con los velites o infantería ligera al frente, seguidos por la línea de hastati, la de principes y la de triarii. Cada legión contaba con 4.200 hombres.
La táctica era la misma: los velites atacaban y se replegaban a través de los huecos que eran rápidamente cerrados. Si los hastati tenían que retirarse ocupaban su lugar los principes y si también estos eran derrotados los triarii formaban un frente de lanzas que protegía la retirada de todo el ejército. Ahora, cada legión contaba además con 300 jinetes romanos y un contingente aliado de 4.200 hombres de tropas italianas no romanas organizadas como una legión, con 900 jinetes aliados.
Jinete romano de la época de Cannas (216 a.C.) armado con escudo redondo (aquí no aparece), yelmo, lanza, espada y cota de malla.
A la izquierda un veles o infante ligero, armado con un yelmo, escudo, espada y jabalinas. Los velites romanos se cubrían con una piel de lobo. A la derecha, ilustración de Jeff Burn, un triarius armado con yelmo, lanza, escudo, espada, greba para la pierna derecha y cota de malla de anillos de hierro. A su lado un hastatus armado con yelmo, espada, escudo, greba para la pierna izquierda, dos pila y un peto cuadrado que protege el pecho.
Cuando comenzó la I guerra Púnica, Cartago era una superpotencia comercial, política y militar. Dominaba el norte de África,
Córcega, Cerdeña y Sicilia y tenía factorías por todo el sur de España cuyo comercio monopolizaba. Era, sobre todo, un imperio comercial.

Roma era una ciudad italiana que acababa de hacerse con el control de la península Itálica. La ciudad de Rómulo era hasta entonces una desconocida en la Historia cuya única referencia internacional era la expedición que Pirro, El rey del Épiro, montó en Italia. Una aventura militar que acabó con el rey venciendo en todas las batallas pero perdiendo la guerra. Algo que se repetiría años después con Aníbal. Roma era una ciudad "subdesarrollada" cuyo mayor logro arquitectónico era la Cloaca Máxima, la alcantarilla que cruzaba el Foro. Sus edificios mayores eran los templos de estilo etrusco con podio de piedra, paredes de ladrillo y columnas de madera. No tenía un arte propio, sino una mala copia del arte etrusco, no tenía literatura, ni filosofía ni había historiadores ni poetas que cantaran sus gestas. Comparar a la Roma del siglo III a.C. con una ciudad como Cartago era como comparar la capital de Marruecos con Nueva York. Pero los romanos tenían dos cosas que ninguna otra nación tenía: una fuerza de voluntad como jamás nación alguna ha tenido en toda la Historia y un ejército que desde entonces y durante los siguientes quinientos años iba a dominar por completo el arte de la guerra.
El ciudadano romano era campesino, iletrado y profundamente inculto, dedicado a la vida rural de su pequeño terruño y ajeno a la filosofía, la literatura, el teatro y las artes plásticas que inundaban el "mundo civilizado" del Mediterráneo oriental y que llegaba hasta Cartago, pero ya ni más al oeste ni más al norte. Sin embargo, este campesino austero, duro y encerrado en sí mismo podía en cuestión de minutos convertirse en una perfecta máquina de matar, equipado y adiestrado para el combate como ningún otro hombre lo estaba en el mundo en aquellos momentos, acostumbrado a defender a su ciudad, su patria, donde fuera y como fuera. Frente al refinamiento táctico del mundo helénico, Roma opondría la tenacidad de sus masas guerreras completamente fanatizadas y dispuestas a cualquier sacrificio por alcanzar su fin.

La inestabilidad siciliana provocó una guerra cuyas consecuencias fueron el enfrentamiento entre Roma y Cartago. Los Mamertinos, un grupo de mercenarios italianos que componían la guardia de elite del tirano Agatocles de Mesina se sublevaron contra Siracusa cuando su jefe murió. Su intención era convertir Mesina en un reino independiente, pero fueron derrotados y tuvieron que refugiarse en Mesina de nuevo, y puesto que eran italianos, pidieron ayuda a Roma. Roma vio la oportunidad de hacerse con un pedazo del muy apetecible pastel siciliano y aceptó encantada. Evidentemente Hierón, rey de Sicilia, se asustó ante aquel formidable peligro y pidió ayuda a Cartago. Los cartagineses veían con preocupación la intervención de Roma y acudieron a la llamada de Hierón. En una operación sorpresa, el cónsul Apio Claudio consiguió burlar a la poderosa flota cartaginesa y desembarcó sus tropas tras las líneas púnicas rompiendo el sitio de Mesina y derrotando a los siracusanos de Hierón para atacar a los cartagineses en su base del cabo Peloro. La impresión que las legiones romanas provocaron a los púnicos fue tal que se encerraron en su campamento desestimando cualquier enfrentamiento abierto con aquel ejército que causaba verdadero pavor. Apio Claudio, creyendo poder concluir la guerra inmediatamente se dirigió a Siracusa, pero se confió y a punto estuvo de ser derrotado. La guerra no iba a durar un año... sino veinticuatro.

En 263 a.C. Los nuevos cónsules dejaron a un lado las aventuras y pusieron en marcha la estrategia que tantos triunfos diera a Roma por siglos: la conquista sistemática, región a región, ciudad a ciudad, metro a metro. Cuando Hierón vio que los romanos habían llegado para quedarse y que sus ciudades caían una tras otra en las garras de la Loba romana no dudó en cambiar de bando y pasarse al campo romano. Los cartaginés se fortificaron en la ciudad de Agrigento, pero las legiones tomaron la ciudad destruyéndola. Con su ejército desmoralizado, Cartago se dio cuenta de la imposibilidad de vencer a las soberbias legiones romanas en tierra y decidió llevar la guerra al mar, allí donde era la potencia hegemónica total. La poderosa flota cartaginesa asoló las costas sicilianas y efectuó incursiones contra la italianas, ante esto Roma tomó una decisión trascendental: construir su propia flota de guerra.

Tuvieron suerte. Una nave cartaginesa había encallado en sus costas y fue capturada antes de que los marinos púnicos tuvieran tiempo de quemarla. Con ello, el secreto de la construcción de las formidables naves quedó al descubierto. Las naves púnicas estaban construidas por módulos ensamblados y los romanos se pusieron a la obra. Con una fuerza de iniciativa que aún hoy sorprende Roma empeñó todos sus recursos en la construcción de esta flota, copiada pieza a pieza de la nave capturada. Carpinteros, herreros, curtidores, artesanos... todo aquel que pudiera aportar su trabajo fue movilizado en una pavorosa demostración de la fuerza de voluntad de una ciudad llamada a someter a todas las demás. Hoy es escalofriante pensar en las gigantescas dificultades que Roma tuvo que vencer para construir aquella flota con la que pretendían ¡nada más y nada menos! que arrebatarle el poder naval a la más grande potencia marítima del mundo. Pero las dificultades fueron salvadas y a los numerosos astilleros improvisados situados en las costas y formidablemente protegidos por las legiones fueron llegando miles y miles de carros transportando las piezas para su ensamblaje final. En dos meses, los improvisados astilleros romanos botaron ¡120 naves!

Con aquella flota los romanos, un pueblo sin experiencia naval de ninguna clase, salieron a enfrentar a la poderosa marina púnica. La falta de experiencia provocó desastres que fueron paliados con más naves. Roma lamía sus heridas mientras construía nuevos buques y aprendía de sus errores. La mayoría de aquellas primeras naves fue hundida por los cartagineses, cuya superioridad táctica en el mar era apabullante, pero los romanos, el pueblo más tenaz de toda la Historia, decidieron convertir las batallas navales en combates terrestres para poder hacer entrar en el combate a su soberbia infantería. Para ello idearon un puente que se dejaba caer sobre la nave enemiga. El puente tenía en su parte inferior un garfio de hierro (corvus) que se clavaba en la nave púnica impidiendo a ésta separarse, los legionarios abordaban la nave cartaginesa a través del puente imponiendo su superioridad táctica frente a la infantería cartaginesa que protegía las naves. Con esta nueva táctica, el 260 a.C. el cónsul Cayo Duilio conseguía la primera victoria naval de la historia de Roma frente a las costas de Mileto.

Envalentonados por la increíble victoria, los cónsules romanos L. Manlio y Atilio Régulo desembarcaron frente a la mismísima Cartago que, aterrorizada, contempló como Roma asolaba sus tierras destruyendo campos y ciudades. Cartago pidió la paz, pero las condiciones de Régulo fueron tales que decidieron continuar la guerra. Así, Cartago contrató a un general espartano, Jantipo. Jantipo, un hombre de hierro, movilizó un ejército adiestrándolo a la manera espartana y consiguió una gran victoria frente a Régulo empleando la carga de los elefantes que desbarató las rígidas líneas romanas. Régulo fue hecho prisionero y los supervivientes de la derrota se refugiaron en la costa. La flota romana acudió a rescatarlos, pero una tempestad hundió a la mayor parte de las naves romanas. Mientras tanto, Jantipo había tenido que huir de Cartago porque el senado púnico decidió que salía más barato asesinarle que pagarle por su victoria. Ambas partes estaban agotadas, pero Roma sacó fuerzas de su flaqueza y ¡una vez más! reconstruyó su flota preparándose para continuar la guerra.

Cartago no supo, no pudo o no quiso aprovechar la victoria y prefirió pedir la paz cuando hubiera podido ganar la guerra. Para ello envió al cónsul Régulo, prisionero de guerra, a Roma. Antes le hicieron jurar que si no lograba la paz él volvería a Cartago para ser ejecutado. Régulo llegó a Roma y expuso ante el Senado la petición púnica. Cuando los senadores le pidieron su consejo pronunció un encendido discurso en el que pidió continuar la guerra hasta la aniquilación completa de Cartago, tras lo cual regresó a Cartago a pesar de los ruegos para que rompiera su promesa, pero él era un cónsul y un cónsul romano nunca podía faltar a la palabra dada. Los cartagineses, encolerizados, le torturaron atrozmente hasta que murió. La guerra prosiguió mal para Roma cuyas pérdidas fueron en aumento. Amílcar, general púnico apodado Barca (rayo) era el dueño de Sicilia a base de su portentosa inteligencia estratégica e infringía a los romanos derrota tras derrota. Una nueva flota romana fue aniquilada y tan sólo el patriotismo de los ciudadanos romanos que entregaron sus riquezas para financiar una nueva les salvó del desastre. Esta nueva flota, junto con las últimas esperanzas romanas, fue confiada al cónsul C. Lutacio Catulo que en la primavera de 241 a.C. destrozó en las islas Egadas a la flota cartaginesa que llevaba refuerzos al ejército púnico de Sicilia que estaba bajo el mando del gran general Amílcar Barca. Amílcar había conseguido derrotar a los romanos retomando la iniciativa en Sicilia, pero ahora todo estaba ya perdido y Cartago que había estado a punto de ganar la guerra, pidió de nuevo la paz, esta vez ya definitivamente derrotada. Catulo y Amílcar firmaron el tratado de paz por el que Cartago perdía Sicilia y debía abonar a Roma una suma de 200 talentos (cada talento equivale a unos 30 kilos de plata) en 20 años.

La verdadera causa de la derrota púnica fue el comportamiento criminal de su casta dirigente, formada por comerciantes que sólo entendían de beneficios. Plantearon la guerra como un conflicto comercial sin entender que aquella era una guerra de aniquilación. No quisieron enviar refuerzos a Amílcar "porque era caro alistar un ejército y enviarlo a Sicilia". Pero casi todos se enriquecieron comerciando a escondidas con las ciudades italianas. A los dirigentes púnicos no les importaba Cartago, lo único que les importaba era su bolsillo.

El Estado romano era continental; Cartago, un prototipo de potencia naval, el núcleo del Estado no era mucho más extenso que la actual Túnez, ni poseía la totalidad de este terrritorio; En cambio, Cartago se había posesionado de casi todo el litoral austral del poniente mediterráneo, llegando a ser una de las ciudades más ricas del mundo. Sus riquezas pudieron haber sido superadas únicamente por los tesoros del imperio persa, de haber resistido este los ataques de Alejandro Magno. Dicese que tenían una estatua de Baal de oro puro por valor de mil talentos, en un templo con el techo recubierto con placas también de oro. Cartago era centro de una talasocracia comparable a la Venecia medieval o al moderno imperio británico. Su poderosa flota e inagotables recursos daban a la ciudad una superioridad aplastante sobre Roma, pobre y sin marina de guerra.

Con todo, el pueblo romano tuvo que cambiar pronto la actitud y pensar en la construcción de una flota moderna y poderosa. Los campesinos del Lacio y los pastores de los Apeninos eran incapaces de manejar el remo y el gobernalle, pero los romanos se habían anexionado poco antes otros pueblos que poseían experiencia en la navegación. En Etruria podía encontrar Roma excelentes marinos. Los tarentinos y otros habitantes de la Magna Grecia sabían como construir navíos y podían constituir el nervio de la tripulación romana. Estas circunstancias y un casual descubrimiento en el dominio de la estrategia naval permitieron a los romanos alcanzar una victoria a la cuadra de Miles, cerca de Mesina. La invasión consistía en unas pasarelas de abordaje que, lanzadas desde los barcos romanos, se sujetaban al puente de los navíos enemigos gracias a unos garfios de hierro: así podían abordar al buque enemigo y luchar cuerpo a cuerpo.

De súbito, esta victoria naval convirtió a Roma en potencia marítima. Naturalmente, los romanos no podían aun medirse con los marinos enemigos. Cierto día de tempestad, una flota compuesta por 360 navíos perdió las tres cuartas partes de sus naves al chocar contra el litoral meridional de Sicilia.

Los romanos, enérgicos y tenaces, botaron pronto otra flota. Siguiendo el ejemplo de Agatocles, estos nuevos navíos transportaron tropas al Africa y amenazaron Cartago, pero la expedición fue desastrosa para las armas romanas. Revés tanto más peligroso cuanto que los cartagineses habían encontrado en el joven Amilcar- apellidado Barca,"el rayo"- un almirante y un general de primera clase, que saqueo las costas de Italia. Los romanos reunieron sus ultimas fuerzas para vencer por mar. Las arcas del Estado estaban vacías, pero los ciudadanos más ricos dieron prueba de generoso patriotismo y facilitaron los fondos necesarios para la construcción de los navíos. Cada uno se encargaba de sufragar los gastos requeridos para equipar un barco, y aquellos, cuyos medios no alcanzaban a tanto, sé unían con otros ciudadanos para coadyuvar a la tarea. Semejante esfuerzo sorprendió al enemigo, que sufrió una derrota aplastante a lo largo del litoral occidental siciliano, en el año 242 antes de Cristo. Los cartagineses abandonaron toda esperanza y propusieron la paz. De hecho, habían perdido ya Sicilia hacia años y las posibilidades de reconquista parecían nulas. Por su parte, los romanos nada ganaban con las hostilidades. Se firmo, pues, la paz: Cartago perdía Sicilia y sé comprometía a pagar 3200 talentos como indemnización.

Frente al ejército romano, constituido por un bloque nacional, el ejército cartaginés estaba compuesto de tropas mercenarias de todos los rincones del mundo. Se da el caso de que los oficiales cartagineses necesitaban intérpretes para poder darles las órdenes. Y estos hombres, repatriados de Sicilia y acampados frente a Cartago mientras esperaban que se les pagara por sus servicios fueron engañados varias veces por los dirigentes púnicos que no querían rascarse el bolsillo. Los mercenarios, viendo a sus patronos derrotados y débiles, se sublevaron y estuvieron a punto de conquistar la ciudad. Pero Amílcar alistó otro ejército y tras tres años de durísima lucha consiguió derrotar y exterminar a los amotinados. Entretanto, Roma había aprovechado la guerra civil para, con absoluto desprecio del tratado de paz, apoderarse de Córcega y Cerdeña.

La guerra había durado veinticuatro años, sin interrupción. Muchos soldados que participaron en el combate decisivo habían nacido en pleno conflicto. Sabiendo que en seis años la población romana disminuyo en cincuenta mil personas, las perdidas humanas causadas por la guerra pueden calcularse en una sexta parte del total de sus habitantes.

Los romanos habían pagado a precio muy alto la conquista de Sicilia, pero la isla iba a ser el granero de Roma. En nuestro tiempo, las tierras de Sicilia producen sobre todo vino, aceite y frutas; es difícil imaginar allí trigales doblándose al peso de las espigas. La explicación reside en que, en aquella época, la agricultura siciliana arrasaba al ritmo de la política tributaria que le impusieran. En efecto, los romanos exigían como impuesto la quinta parte de la producción hortícola y la décima de los cereales. Entonces, constituían el ramo hortícola los manzanos, perales, olivos, vides y algunas legumbres, casi todos los arboles frutales meridionales, característicos del paisaje italiano actual, eran desconocidos. Melocotones, albaricoques y almendros se introdujeron mas tarde, cuando Roma extendió su dominio por toda la cuenca mediterránea, el cultivo del naranjo y del limonero, originarios de Asia, entraría con los arboles.

El Estado romano alcanza sus fronteras naturales.
Sicilia se convirtió en provincia romana, nombre que los romanos dieron a sus posesiones situadas fuera de Italia propiamente dicha. Las provincias eran administradas por gobernadores romanos con un poder casi ilimitado. Poco después del tratado de paz se produjo una peligrosa rebelión de mercenarios cartagineses que regresaban impagos al Africa, rebelión que se extendió a los países vasallos de Cartago. Desde hacia tiempo, estos pueblos odiaban a sus dominadores, que les imponían un régimen penosisimo y los explotaban sin escrúpulos. Los mismos aliados fenicios murmuraban en forma tan alarmante, que el imperio cartaginés parecía condenado a la desintegración. Pero gracias a la energía y competencia de general Amilcar, los cartagineses pudieron sofocar la rebelión después de tres años de lucha. Miles de rebeldes fueron hechos prisioneros y arrojados a los elefantes para que los aplastaran. Los jefes fueron crucificados. Así pagaron las horribles crueldades cometidas antes por ellos.
Aunque firmada la paz con Cartago, los romanos trataron de sacar provecho de la situación. Al revelarse Cerdeña contra Cartago, los romanos arrebataron esta otra isla a sus rivales y respondieron a sus protestas con amenazas de guerra. Los cartagineses tuvieron que claudicar, no teniendo otra alterativa: no solo hubieron de abandonar Cerdeña, sino también entregar mil doscientos talentos para sufragar los gastos de guerra invertidos por los romanos.

Anexionada Cerdeña, los romanos se apoderaron de Córcega, antigua posesión etrusca cuya conquista ya había intentado antes. Los nuevos dueños ocuparon el litoral de ambas islas, como habían hecho antes que ellos los cartagineses y los etruscos, y sometieron a la población autóctona del interior de un estado de angustia perpetua organizando partidas de cacería humana. Los soldados romanos azuzaban perros en persecución de aquellos pobres habitantes, para luego venderlos como esclavos.
Con Sicilia, Cerdeña y Córcega, los romanos eran dueños del mar Tirreno, en tanto que Cartago perdía una fuente importante de ingresos.
Poco después de incorporar estos territorios, los romanos comenzaron a imponerse en las regiones itálicas aun no conquistadas. Los galos eran siempre una amenaza peligrosa. Desde el norte incursionaban nutridos contingentes atraídos por la perspectiva de un rico botín; y antes de que los romanos se enterasen de lo ocurrido, los bárbaros acampaban a tres jornadas de Roma. Los romanos decidieron también someter a la Galia Cisalpina para alejar en definitiva el peligro galo: la guerra fue cruel y duro cinco años. Hacia 220 antes de Cristo, Italia estaba conquistada hasta los Alpes.

De golpe, Cartago había perdido su gran imperio, pero Amílcar no se amilanó. Sólo quedaba ya un territorio que conquistar para explotar económicamente y poder pagar la indemnización de guerra a Roma: Hispana. En 237 a.C. desembarcó en Gadir (Cádiz), ciudad fenicia que le sirvió de trampolín para la conquista de aquella vasta península desconocida poblada por un conglomerado de pueblos celtas e iberos. La resistencia indígena fue liderada por Istolacio e Indortes, caudillos iberos que fueron derrotados, lo que permitió a Amílcar hacerse con el control de Andalucía y sus minas de plata con la que rápidamente comenzó a acuñar moneda. Su avance continuó hacia el Levante donde fundó Akra Leuke (Alicante). En el invierno de 229 a 228 a.C. Amílcar murió durante el sitio de Helike (Elche) sucediéndole en el mando su yerno.
Asdrubal, yerno de Amilcar y jefe de la flota, trato de vengarlo. Con fuerzas poderosas ataco el país de los oretanos (Alto Guadiana) y se adueño de sus principales poblados. Mas tarde procuro congraciarse con los iberos, casándose con una princesa hispánica. Recluto un ejercito de cincuenta mil infantes y seis mil caballos, al que añadió doscientos elefantes africanos. Luego busco una base de operaciones junto al mar, hallándola inmejorable en una rada donde el fundo la ciudad de Cartagena (Nueva Cartago).

Asdrúbal quien con una política de alianzas con los hispanos consiguió establecer el poder cartaginés y crear un nuevo imperio comercial que envió un torrente de riquezas a Cartago. Fue Asdrúbal quien fundó la nueva capital de aquel imperio: la nueva Qart Hadast (Cartagena). Roma, siempre vigilante, obligó a Asdrúbal firmar el famoso tratado del Ebro, un tratado por el que el cartaginés se comprometía a no cruzar el río Ebro. En 221 a.C. Asdrúbal fue asesinado y el ejército eligió como nuevo líder al joven hijo de Amílcar que tenía sólo 26 años: Aníbal Barca.

"Los soldados veteranos creían que era una reencarnación de Amilcar- refiere Tito Livio-. Veían en él la misma vivacidad de expresión, la misma energía en la mirada, su aire, sus rasgos. No había general con quien los soldados tuvieran mas confianza y más valor. Era el más audaz para afrontar los peligros y él más prudente ante los mismos; comía y bebía lo estrictamente necesario y nunca se dejaba llevar de la gula; cuando se trataba de velar o de dormir, no le importaban el día o la noche; el tiempo que le dejaba libre el trabajo, lo dedicaba al reposo, y para ello no pedía cama blanda ni silencio; Muchos le vieron, a menudo, cubierto con un manto militar, tendido en los centinelas y en los puestos de la avanzada; vestía como los demás jóvenes de su edad: Lo único que escogía eran las armas y los caballos. Tanto entre los jinetes como entre los infantes, era sin discusión el mejor, el primero en empezar el combate y él ultimo en retirarse de el.

Aníbal se reveló pronto como el digno hijo de su padre. Era igual de arrojado, tenía una visión de su entorno como nadie en aquella época y, además, era un genio militar. Abandonando la política de alianzas llegó hasta Helmantike (Salamanca) dispuesto a someter a toda Hispania a su poder. Sin embargo, un hecho habría de interponerse en su camino provocando la reanudación de la guerra con Roma.
Sagunto era entonces una ciudad ibera de la costa levantina. Estaba en la zona de dominio cartaginés que el tratado del Ebro otorgaba a Cartago, pero la ciudad estaba dividida en dos facciones: la pro-romana y la pro-cartaginesa. Los pro-romanos se hicieron con el poder y asesinaron a los cartagineses. Aníbal puso sitio a Sagunto y la ciudad pidió ayuda a Roma que exigió a Aníbal su retirada. Tras ocho meses de sitio Aníbal tomó Sagunto y cruzó el Ebro en junio de 218 a.C.

Amílcar había hecho jurar a Aníbal aún niño odio eterno a Roma, y en verdad tenía sus motivos. Aníbal, tras conocer la declaración de guerra, inició la marcha hacia el norte para llevar la guerra lo más lejos posible de sus bases, pero Roma ya tenía lista la respuesta y dos ejércitos consulares preparados para ser enviados a Hispania y a África. Pero Aníbal, dotado de una iniciativa genial, se adelantó, y dejando en Hispania a 27.000 hombres inició el largo camino hacia Italia. Los romanos supieron que se dirigía a Marsella y se prepararon para defender esta ciudad griega aliada de Roma. Cuando Roma reaccionó ya era tarde, Aníbal había conseguido someter a los hispanos de más allá del Ebro y cuando el cónsul Publio Cornelio Escipión llegó a Marsella supo con estupor que Aníbal avanzaba hacia él, así que se fortificó y le esperó. Pero Aníbal era un genio, uno de esos cuatro o cinco genios militares que la Historia ha dado. En lugar de dirigirse a Marsella dejó la costa y avanzó hacia el Ródano, río al que llegó tras cuatro días de marcha con 38.000 infantes, 8.000 jinetes y 34 elefantes. Cuando se preparaba para cruzar el río sus jinetes númidas avistaron a un día de marcha a una fuerza montada romana, sin duda la fuerza de cobertura que precedía a las legiones de Escipión, pero Aníbal consiguió cruzar el Ródano. Mientras tanto, Escipión no podía dar crédito a lo que veían sus ojos, Aníbal cruzaba el Ródano y se internaba en la Galia, aquello sólo podía significar una cosa: el ejército cartaginés no se dirigía a Marsella... ¡sino a Italia! Inmediatamente Escipión se dirigió hacia el campamento de Aníbal que encontró desierto. Tras regresar a la costa a marchas forzadas, Escipión dejó el ejército al mando de su hermano y regresó a Roma en barco para llevar la increíble noticia al Senado.

Aníbal había logrado una alianza con varias tribus celtas que se le unieron hasta incrementar sus efectivos en 46.000 hombres. Para cuando Publio llegó al Ródano Aníbal ya había logrado la impresionante hazaña de ¡cruzar los Alpes con todo su ejército en pleno invierno! y campaba a sus anchas en la llanura del Po en el otoño de 218 a.C. En la legendaria marcha había perdido casi la mitad de su ejército, muertos en los combates contra los galos hostiles, despeñados en los precipicios o congelados en las cumbres: de los 46.000 que iniciaron la marcha llegaron 26.000.

6. La gran campaña de Aníbal.

"Ahora voy a relatar- dice Tito Livio en la introducción del libro 21 de su magna obra histórica- la guerra más memorable de cuantas hayan existido, la que entablaron los cartagineses bajo el mando de Aníbal contra el pueblo de Roma. Hubo tales cambios de fortuna en la guerra y en el capricho de Marte, dios le doble fas, que nadie supo quien seria el vencedor hasta él ultimo momento, en que triunfo quien parecía más próximo al desastre. El odio sobrepuja también a la fuerza en esta lucha sin cuartel.."

No se trata ahora de conquistar una provincia, sino al mundo.
Dos fuerzas iban a enfrentarse: la fuerza intacta de todo un pueblo y uno de los mayores genios de la humanidad. La campaña emprendida por Aníbal es un duelo entre la inteligencia y la voluntad.
Los romanos creían que Africa seria el siguiente teatro de operaciones; ignoraban que Aníbal quería atacar directamente al corazón del territorio romano. Su gran problema era de orden físico: Como trasladar tropas a Italia: ¿Por mar o por tierra, a través de los Alpes? Solo los celtas conocían los desfiladeros alpinos, tan difíciles de cruzar, que nadie hasta entonces sé había atrevido a conducir un ejercito por allí. Y Aníbal no solamente tenia que hacer pasar sus hombres e impedimenta, sino también los elefantes. Sin embargo, no debe considerarse la hazaña del cartaginés como un audaz capricho, como sé a creído. Había preparado a conciencia el itinerario y disponía de guías indígenas expertos. Atravesados los Alpes, Aníbal tomaría la llanura del Po como base de sus operaciones. Esperaba una acogida triunfal por parte de los celtas, pues los romanos les habían arrebatado la independencia poco antes. Un estratego como Aníbal lograría lo más difícil con estos valientes guerreros celtas si sabia disciplinar su fuerza y canalizar con inteligencia su entusiasmo belicoso; Bastaba para ello encuadrarles entre sus veteranos de Libia y España, tan entrenados.
Contaba, además, con un ejercito macedonico.
El litoral dálmata, muy recordado y protegido por un rosario de islas, era el paraíso de la piratería. El Senado romano se había quejado de las correrías de los ilirios, hallando en su reina un rechazo desdeñoso. El Senado determino emplear la fuerza y envío una poderosa flota hacia la costa dálmata, que de paso domino los puertos griegos más próximos, entre ellos Corcyra (Corfu), la llave del Adriático, y destruyo los nidos de piratas, obligando a estos a respetar en adelante la libertad de navegación. Después de la primera guerra púnica, esta campaña de Iliria era una nueva prueba de la supremacía naval de los romanos en el Mediterráneo.

Roma enseñoreaba el Tirreno y el Adriático.
El Rey Filipo V de Macedonia, que acababa de someter de nuevo el Peloponeso, mantenía hasta entonces buenas relaciones con Roma, pero tenia que sentirse amenazado por la hegemonía romana en las costas orientales del Adriático. No es, pues, desacertado cree que Filipo anhelara seguir el ejemplo de Pirro, pasar a Italia y unirse a las fuerzas de Aníbal procedentes de España. Además, bastarían algunas victorias para provocar la defección de los aliados italianos de Roma.
Al menos, eso esperaba Aníbal. Ahora bien, tenia que actuar con rapidez, sin dar tiempo al enemigo para consolidar su poder en la llanura del Po. Si Roma conseguía acentarse allí en firme, seria demasiado tarde: no encontraría en Italia una base de operaciones adecuada.
En la primavera de 218 antes de Cristo, Aníbal abandono Cartagena con noventa mil infantes, doce mil jinetes y 37 elefantes. Estas cifras, dadas por Polibio, parecen exageradas según algunos historiadores, que creen que las fuerzas del cartaginés sumaban unos sesenta mil hombres. Su cuñado Asdrubal permanecería en España al frente de un ejercito de reservas.
Aníbal entro en territorio enemigo apenas vadeo el Ebro. Entre este río y los Pirineos tuvo que habérselas con pueblos muy celosos de su independencia, y parece que el someterlos costo la vida a veinte mil hombres. Para asegurar el poder cartaginés en esa región ibérica, Aníbal dejó tras de sí, además, efectivos equivalentes al manto de Hannon; después, atravesó los Pirineos. Su ejército quedó reducido a sesenta mil hombres, todos ellos veteranos experimentados, cuando entró en la Galia transalpina. Al pasar el Ródano, Aníbal recibió las primeras manifestaciones de hostilidad de los galos, quienes ignoraban que tales intrusos se dirigían a otro país; Aníbal sólo pudo franquear el río gracias a una estratagema militar.

Fue una suerte para los cartagineses poder pasar pronto el Ródano, ya que una flota romana acechaba cerca de Marsella, en la desembocadura del río. Apenas cuatro días de camino separaban a Aníbal de esta flota puesta a las ordenes del cónsul Publio Cornelio Escipión, con el objeto de atacar a los cartagineses en España. Cuando oyó que Aníbal franqueaba el Rodano, creyó que se trataba de una falsa alarma. Pero los rumores fueron adquiriendo tal verosimilitud, que ordeno enfilar hacia el lugar del paso, donde llego tres días después de que Aníbal había reanudado la marcha.
Escipión fue muy censurado por su actuación. Furioso por haberse dejado sorprender, "cometió el grava error de enviar a su hermano Cneo rumbo a España con el grueso del ejercito, llevando consigo solo una parte". También podría preguntarse por que Aníbal no espera a Escipión unos días en las orillas del Rodano; Las tropas cartaginesas eran más numerosas y experimentadas que las del enemigo. No obstante, el otoño estaba muy avanzado; una semana mas y Aníbal no hubiera podido atravesar los Alpes aquel año, pues los pasos estaban a punto de cubrirse de nieve. Presuroso, él ejercito de Aníbal empezó a escalar los Alpes al oeste de Turín: Hoy se estima que no eligió el pequeño San Bernardo, como se suponía antes, sino otro paso situado mas al sur, cerca del monte Cenis.

Partes: 1, 2

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