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Esta multiplicidad de funciones representativas
entrecruzadas han sido fielmente recogidas en la
definiciòn del art. 40 de nuestra ley 23.551 que agrega
una representaciòn màs que surge de la experiencia
real: la de "los trabajadores de la empressa o del
establecimiento ante la autoridad
administrativa del trabajo, cuando èsta actùe de
oficio en los sitios mencionados." La ley tiende a procurar un
equilibrio
entre los principios de unidad y concentraciòn sindical y
los requerimientos de la representaciòn democràtica
entre mandatarios y mandantes (art. 41).
Estàn unidos a la organizaciòn sindical por el
vìnculo de afiliaciòn, que los somete a una
disciplina de aquella y a las resoluciones de sus cuerpos
orgànicos, pero ademàs son designados por la
voluntad de sus compañeros de trabajo expresada en
elecciones, lo que les crea un deber de lealtad y solidaridad hacia
sus electores, constituyendo ademàs una forma propia,
aunque restringida de participaciòn obrera en la vida de
la
empresa.
En nuestro paìs especialmente a partir de 1955 , la crisis institucional con sus alternativas de alta inestabilidad, derrocamientos de gobiernos constitucionales, regìmenes de facto, proscripciones y vedas a la actividad de los partidos polìticos, impulsaron a la dirigencia sindical argentina, a fin de mantener la presencia del movimiento obrero organizado como fuerza social a elaborar una estrategia polìtica propia y autònoma. Esa autonomìa estratègica del movimiento sindical se mantuvo incluso cuando, en el perìodo 1973-1976 tuvo intensa participaciòn en el poder polìtico alcanzado por el movimietno al que mayoritariamente adhiere la clase trabajadora argentina. La fuerza numèrica de las organizaciones gremiales, los importantes medios materiales con que cuentan, las hacen especialmente atractivas para los lìderes y movimietnos polìticos, que compiten para captar su adhesiòn. La persecuciòn de objetivos y conquistas cuyo otorgamiento o postergaciòn d epende de la orientaciòn de quines ejercen los poderes pùblicos, impulsa a los sindicatos a frecuentes confrontaciones con los gobiernos y sectores legislativos que emprenden programas socioeconòmicos o sancionan leyes que ellos consideran desfavorables para los intereses de los trabajadores, a la vez que los lleva a prestar su apoyo moral y material a aquellos candidatos o partidos cuyos postulados o acciòn concreta los califica como los màs identificados con ese sector socialy sus aspiraciones.
i) Alta tasa de sindicalizaciòn: A diferencia de lo que ocurre en los demàs paìses latinoamericanos, incluso en Estados Unidos. Constituye un "contra-poder" o "anti-poder" compensador de la potencialidad econòmica del sector empresario a la vez que un poderoso grupo de presiòn ante los poderes pùblicos. No debe escapar del anàlisis la poderosa fuente de captaciòn que proviene de la cantidad de servicios y beneficios prestan a sus afiliados, esto es toda la gama de prestaciones que contemplan las diversas necesidades que se presentan a lo largo de la vida humana y que constituyen un hecho, un medio para incentivar un mayor nivel de afiliaciòn
La movilizaciòn popular y el silencio
sindical
Un nuevo fenòmeno: "Piquetes"
La sociedad
argentina de los últimos tiempos, ha estado atravesada por
irrupciones novedosas: a) Los 'piquetes' cada vez más
frecuentes, desarrollándose con mayor fuerza sobre el Gran
Buenos Aires, luego de haber aparecido en las provincias
'periféricas', b) la formidable irrupción callejera
del 19 y el 20 de diciembre, con sus diversas extracciones y
modalidades de acción, c) las asambleas de vecinos que se
multiplicaron hasta ser hoy centenares, poniendo en escena una
modalidad de organización horizontal y
democrática como pocas... Pero esas irrupciones fueron
acompañadas por una virtual 'desaparición', la de
las centrales sindicales, y los trabajadores asalariados han
tomado parte como individuos, o en pequeños grupos, pero no
como fuerza organizada.
Entiéndase bien, las confederaciones gremiales estuvieron presentes en los sucesos del mes de diciembre, declararon un paro general unos días antes, y otro en vísperas de la caída de de la Rúa, pasando inadvertido este último por el desencadenamiento de los disturbios. Pero una vez producida la renuncia del presidente radical, y desatado el proceso de movilización que, en forma de cacerolazos y escraches multiplicados, asambleas y cortes de ruta, siguió a esa dimisión e influyó en la posterior de Rodríguez Saa, la dirigencia gremial prácticamente salió de la escena, en un 'desensillar hasta que aclare' que lleva cuatro meses, que se hacen largos no tanto por el tiempo calendario, como por constituir la oscura contracara de una efervescencia popular no vista desde hace años.
Las dos alas de la CGT han sido las de retraimiento más pronunciado. La CGT de los 'gordos' es el reservorio del sindicalismo 'de negocios', volcado a la prestación de servicios y a los negocios de todo tipo, muchos de ellos ligados a las privatizaciones. La finalización de la presidencia Menem los ha dejado sin un juego político propio desde entonces, y la salida de la convertibilidad los pone en el trance de volver con fuerza a lo reivindicativo, saliendo a defender salarios, pero su propensión a la negociación permanente, matizada con un paro general cada tanto, es ya una tendencia 'estructural', y un ciclo de movilización y generalización de las luchas le resulta más que incómodo.
Menos obvio ha sido el mutis por el foro en el caso de la CGT
'Moyano'. La defensa de los salarios y los puestos de trabajo
ocupa un lugar en su 'hoja de ruta', y conservan cierto apoyo
entre los trabajadores de sus gremios, y no sólo el
'clientelismo' de quiénes cobran de sus estructuras.
El transporte terrestre, cuyos gremios predominan en ella, es una
rama que ha tendido a crecer en los últimos años,
con base en el achicamiento del ferrocarril y los intercambios
del Mercosur. Eso les
da el sustento para seguir practicando cierto 'combativismo',
organizar periódicas movilizaciones callejeras, jugar
políticamente a un peronismo
'antimenemista' o incluso coquetear con el apoyo al Frepaso, en
su momento. Pero su parálisis no ha sido menor que la de
sus colegas, las últimas movilizaciones convocadas por
esta central fueron menos que escuálidas, y Moyano fue
víctima directa de la ola de 'escraches' de los
últimos meses.
Hundidos en el repudio social, con la articulación con el
PJ muy debilitada, los sindicalistas de las dos CGT ensayan
ahora, inflación desatada mediante, la
reivindicación salarial, y pese a todo, siguen sin estar
seriamente amenazados en la conducción de sus
gremios.
La CTA por su parte, ha apostado durante años a fortalecerse como núcleo de un sindicalismo 'alternativo'. Puede considerarse que acertó desde el punto de vista de su planteo de la organización sindical: Advirtió la dispersión de los sectores obreros, la descomposición del modo de organización fordista, la crisis política, organizacional y cultural del modelo sindical anterior, y propuso un nuevo tipo de central, basada en sindicatos que rompieran los límites tradicionales (trabajadores formalizados, con contratos por tiempo indeterminado y salario establecido por convenio), para pasar a una tentativa de incluir a nuevos sectores sociales, incluyendo desocupados, cuentapropistas, actividades marginales, impulsando organizaciones de base territorial y no laboral, etc. Y también decidió pasar por encima de la tradición de 'sindicato único'. Y así dio cabida a sindicatos 'paralelos', agrupaciones opositoras de alcance nacional o local, comisiones internas autonomizadas, incluso afiliados sueltos.
Pero falla, a nuestro juicio, la concepción programática y las modalidades de acción política que predominan en su seno. La CTA no pudo despegar de la tentación de apostar una y otra vez a la vía parlamentaria, y a través de partidos del 'sistema' o sus desprendimientos (antes el Frepaso, últimamente el Ari o el Polo Social). No la central como tal, pero sí buena parte de sus dirigentes se comprometieron con el Frepaso y la Alianza, cuando ya ésta apuntaba con claridad a ser una reedición de las políticas de Menem.
Viene además el grueso de la dirigencia de la CTA
de una tradición (peronista, social cristiana) que cultiva
la idea de una construcción política 'nacional',
policlasista, a través de visualizar como
'contradicción principal' la existente con el capital
extranjero y no con el local. Esta visión que se niega a
situar a la burguesía como adversario, repercute de modo
inexorable sobre el modo de encarar el Estado y el sistema
político. Lo considera susceptible de ser convertido en un
organismo orientado por ideas de 'bien público', siempre
que lo ocupe la alianza de clases 'correcta', con una
orientación política 'nacional' y 'popular' que
favorezca a las clases subalternas sin confrontar con los
capitalistas. Allí se detienen las expectativas en
cuánto a un cambio de
'modelo' (siempre se anatematiza al 'modelo' y no al ordenamiento
social en su totalidad).
Por lo demás, pese a sus esfuerzos para 'ampliar' el arco
de su representatividad, la central ha quedado hasta el momento
en una posición minoritaria, cuyos únicos
sindicatos de 'masas' son los de trabajadores
estatales.
En las vísperas del 20 de diciembre, la CTA queda desfasada del proceso social y político real, ya que su apuesta a un mecanismo de tipo parlamentario, la 'consulta popular' se ve superada en esos momentos por el ascenso de la movilización. Producidos los hechos del 20 de diciembre, no cambia su política, asistiendo más bien pasivamente a que los resultados del 'plebiscito' se opacan ante la nueva situación, y las asambleas populares y otras iniciativas aparecen como un elemento superador, que cuestiona al propio parlamento. Y si bien la rama 'piquetera' de la CTA, la FTV mantiene protagonismo, aunque sufriendo renovados cuestionamientos, los sindicatos de la central se remiten hasta ahora a un papel secundario, no se convocan medidas de fuerza de importancia, ni movilizaciones que los tengan en su centro.
En suma, con gradaciones y modalidades diferentes, las tres confederaciones sindicales han entrado en una cierta 'hibernación'. Se arguye habitualmente que la alta desocupación, los fenómenos de fragmentación de la clase obrera, tienden a licuar el 'poder sindical'. Esto juega un papel, pero no hay que volver absolutos sus efectos, en una época en que nuevos sectores sociales de trabajadores, desde profesionales y técnicos hasta recicladores o vendedores ambulantes, se organizan sindicalmente. Sobre todo para el caso de la CTA, que toma un empeño consciente en reflejar los cambios en la estructura social de la clase trabajadora. El problema es también político, ideológico y cultural. La CGT (en sus dos versiones) sufre una larga decadencia, resultado de tender a adaptarse más o menos plenamente a las reformas neoliberales, sabiendo que una política de confrontación incitaría la radicalización de sus bases y amenazaría desplazarlos. Pero el curso de las políticas estatales (no sólo económicas) tiende a debilitarlos en términos de representatividad social, aunque logren compensaciones financieras nacidas de esas mismas reformas (las diversas privatizaciones, en primer lugar). Esa contradicción los atrapa en un 'tacticismo' que los preserva al frente de sus gremios, pero los debilita ante el conjunto de los trabajadores.
La CTA por su parte, también arrostra
contradicciones profundas, que pueden resumirse en la tentativa
de actuar ante una realidad nueva, sin desprenderse del todo de
la nostalgia del Estado Benefactor y el pacto interclasista
inaugurado por el peronismo, que tiñe su visión
estratégica y su política de alianzas.
La izquierda no parece tener tampoco en claro su papel en el
movimiento obrero. Por comenzar, distintas agrupaciones tienen
políticas divergentes. Unos siguen apostando a recuperar
la CGT, otros 'ponen sus fichas' en la
CTA buscando generar corrientes críticas en su seno, mas
allá se fantasea con una central 'clasista' de nuevo
cuño. En la organización política, la idea
de 'un gran partido de trabajadores', sigue en el estadio de la
fantasía compensatoria. Los militantes de
orientación clasista siguen siendo una minoría,
activa y perseverante, presente en las luchas, pero eso no
alcanza, por lo general, para convertirlos en mayoritarios. No
faltan aquí o allá ejemplos de conflictos
dirigidos por delegados clasistas, o de elecciones sindicales
ganadas por listas de izquierda. Pero son 'islas' en un 'mar' de
viejos dirigentes. La profundidad de la crisis (y el
aplastamiento creciente del salario real, devaluación mediante), y sobre todo la
respuesta masiva de movilización, nuevas formas
organizativas y radicalización de los últimos
meses, constituyen una oportunidad para las fuerzas de izquierda
si no se dejan ganar por el triunfalismo y el vanguardismo
alucinado que suele acompañarlo. Y pueden serlo
también para encauzar a la CTA en dirección a alcanzar autonomía
frente a las fuerzas sociales y políticas que agotan su
horizonte en un capitalismo
'honesto' y 'civilizado'.
Que las luchas de los trabajadores asalariados retomen un lugar protagónico, podría ser un golpe decisivo para los intentos de 'recomponer' el capitalismo argentino mediante una nueva 'ronda' de expropiación a las clases subalternas a favor del gran capital. Y un paso cualitativo en cuánto a dar mayor espesor social al ascenso de la movilización que alcanzó su máximo pico en la estela del 20 de diciembre.
Situaciòn actual:
La sociedad argentina ha experimentado en la última
década una inusual cantidad de normas -leyes y decretos-
que apuntaron a acomodar las relaciones laborales en el marco de
una economía
abierta, en un proceso de desindustrialización, con una
cultura social
de abandono de los principios de equidad - solidaridad y con un
estado desguazado y ausente.
El resultado de esa política está reflejado en los
índices de lo que llamamos patologías sociales de
fines del siglo XX: récord de desocupación y
subocupación, amplios sectores de la población con necesidades básicas
insatisfechas , abandono de la educación en
niveles primarios, deterioro de la salud
pública, aumento sustancial de enfermedades de la pobreza; todo
esto obviamente acompañado por un descenso real de la
recaudación de recursos para la
seguridad
social y el abandono de ésta por parte del Estado.
Un rápido repaso de nuestra historia de relaciones del
trabajo del último siglo servirá para demostrar la
necesidad política de generar un debate
distinto en la sociedad argentina.
Los dos protagonistas de la producción de bienes y
servicios han avanzado y retrocedido sobre el otro según
las circunstancias institucionales que vivía el
país; así es como durante períodos de
vigencia constitucional el protagonista "trabajo" encontraba
condiciones políticas favorables para arrancar supuestas
ventajas en la puja con el protagonista "capital", que esperaba
etapas de oscurantismo institucional para recuperar su espacio y
avanzar aun más sobre los derechos del trabajador.
Este modelo pendular marcó las relaciones del capital y
el trabajo
durante 90 años en el país. Actualmente y con el
pretexto de la modernización se provocò la
más fenomenal transformación negativa que
sufrió el derecho laboral
en la Argentina desde su creación.
De un modelo protectivo a la inseguridad
total, de la estabilidad como valor absoluto
a la precariedad y a la flexibilidad, de la especialidad a la
polifunción, todo explicado falsa y políticamente
como efectos no deseados de un modelo a escala
universal.
Si recorremos todos y cada uno de los conceptos utilizados para
definir a la empresa como unidad de producción de bienes o
servicios, encontramos que ninguno prescinde en su
definición del capital y del trabajo como protagonistas
indisolubles de la empresa
No existe autor antiguo o contemporáneo de cualquier
corriente ideológica, que olvide mencionar al capital y al
trabajo juntos para conceptualizar la empresa. Pero en cada una
de estas definiciones siempre se los menciona como antagonistas
que confrontan mientras producen juntos bienes para el consumo
interno o la exportación.
En ese modelo de confrontación están explicados los
resultados sociales que padecen hoy las sociedades
modernas: concentración de la riqueza, distribución inequitativa, marginalidad y
violencia
social.
La realidad nacional demuestra la incapacidad de generar
suficientes puestos de trabajo para quienes necesitan de ellos.
Dicho en otros términos, es como si al país le
sobrara gente, gente que, en las condiciones concretas de la
Argentina actual, queda totalmente marginada de los beneficios de
la vida en sociedad.
A diferencia de los desocupados del siglo XIX, que
componían "un ejército industrial de reserva" , y
que ,por lo tanto, seguían perteneciendo, cultural y
socialmente, al proletariado, los desocupados de hoy generan su
propia identidad como
marginados. Los afortunados que aún conservan su empleo, deben
trabajar más y más duro para ganar
menos.
Muchos de ellos, además, se hallan "en negro" o
en el marco de alguno de los llamados contratos basura,
instituidos por la
administración de Menem, o bien participan de la
"economía sumergida" como cuentapropistas.
En todos estos casos, el empleo es precario y el acceso a las
prestaciones de la seguridad social,
problemático o directamente inexistente.
A cambio de producir toda la riqueza de la Nacion ,la
inmensa mayoría de los trabajadores apenas obtiene el
derecho de vivir al día, sin seguridad de ningún
tipo.
Deben vivir al día porque el salario real se ha reducido
más de lo que indican las estadísticas, las cuales sólo toman
en cuenta la evolución de las retribuciones por
categoría laboral. Lo que no reflejan sus cifras es el
hecho de que, en la inmensa mayoría de los casos, los
trabajadores que pierden su empleo y consiguen otra
colocación, lo hacen en una categoría inferior a la
que tenían.
Por su parte, la falta de seguridad en el empleo no sólo
se origina en la ya mencionada precarización de las
relaciones contractuales. También cuenta la
declinación de muchas pequeñas y mediana empresas, que con
frecuencia acaba en el cierre. En contra de la explicación
neoliberal, la desaparición de muchas Pymes no obedece
a una genuina falta de eficiencia, sino
a la competencia
abusiva de grandes grupos económicos que gozan de
indisimulado respaldo oficial.
Pero la inseguridad trasciende largamente la esfera del empleo.
Las condiciones de labor en la argentina, de la mano de la nueva
Ley de Riesgos de
Trabajo y de la deliberada falta de control oficial,
son cada vez peores y peor también es el resarcimiento de
quienes sufren un accidente o una enfermedad
profesional.
La inseguridad tiñe, asimismo, el futuro de las
personas.
A los trabajadores en negro, bajo contrato basura o
cuentapropistas que no aportan, que son la gran mayoria, el
sistema previsional privatizado no les dará respuesta
alguna. Para colmo de males, las crisis de los mercados
financieros, erosionado los fondos capitalizados en las AFJP.
Algo que se sabía que podía ocurrir, pero que fue
prolijamente ocultado por los apologistas del modelo.
Del mismo modo, aún para aquéllos que tienen
empleo, resulta cada vez mas difícil acceder a una
cobertura en salud que dé respuestas satisfactorias ante
todas las contingencias.
Y la inseguridad afecta a las familias y se pasa de padres a
hijos. Crece la desorganización y la violencia
familiar.
La deserción
escolar y el deterioro de la calidad en la
educación
condenan a miles y miles de jóvenes a desempeñar
labores degradadas o, directamente, engrosar el número de
desempleados.
Por último, inseguridad también es inseguridad
física. El
aumento de la delincuencia,
con mayores niveles de peligrosidad y violencia, la
proliferación de "mafias" con algún tipo de
respaldo en el poder, la policía corrupta y de gatillo
fácil, entre otras cosas, hacen que sea cada vez mas
peligroso vivir y trabajar en la Argentina.
Del sistema, por cuanto es el único modo, en el marco de
una sociedad democrática, de mantener deprimidos los
salarios. La opción es de hierro: si se
reduce el desempleo a tasas
"normales", aquéllos tenderán a recuperar su
comportamiento
histórico y las empresas perderán competitividad
externa, lo que terminará afectando la actividad
económica y se reflejará en un incremento del
desempleo.
Pero el escenario resultante es más grave de lo que parece a simple vista. Como ya se ha dicho, una de las características de la desocupación en este fin de siglo es la exclusión y la marginalidad. De tal modo, muchos de los que no tienen cabida en el sistema productivo se retiran del mercado de trabajo, ya sea porque se insertan en formas de vida marginales, ya sea porque carecen de la calificación mínima indispensable y, por lo tanto dejan de presionar a la baja a los salarios. El resultado es que, aún en un contexto de crecimiento económico, la exclusión social no sólo se mantiene sino que también crece y en este contexto las asociaciones sindicales han de ser elemento de equilibrio esencial.
14. Un poco de actualidad y... sin palabras
1) Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social -
Resolución Nº 708/2002 - Asociaciones Sindicales.
Derogación de la obligación de los integrantes de
la conducción de presentar una declaración jurada
patrimonial integral.
Mediante la Resolución (MTEYSS) Nº 708 (B.O.
25/10/2002) se deroga la Resolución (METEYFRH) Nº
377/01 por la cual se dispuso que los integrantes de los
órganos de conducción de las asociaciones
sindicales electos y también aquellos que conforme las
disposiciones estatutarias tengan facultades de
disposición y/o control sobre la administración del patrimonio
sindical o los de afectación que la asociación
constituyese o entidades vinculadas a ésta, deben
presentar declaración jurada patrimonial integral.
Asimismo, se establece que a partir del dictado de la presente
norma, 18/10/2002, los actos administrativos derivados de la
aplicación de la resolución que se deroga, quedan
sin efecto.
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