En esta obra el autor expone teorías que le permiten explicar en su totalidad el funcionamiento del cerebro humano. Para lograrlo profundizó sus estudios de neurología merced a exhaustivas investigaciones en microbiología, o biología molecular. Así esclareció como se almacenan las informaciones recibidas en el encéfalo. A partir de eso estableció las bases de la psicología y etología moderna; demostrando como se efectúan sistemáticamente todos los procesos cerebrales, desde la manera de recordarse un dato, la forma de resolver cualquier problema, el origen de los trastornos psicológicos hasta las diferentes fases del sueño.
Las características del intelecto humano son perfectamente naturales y entendibles para el análisis racional, como lo vamos a descubrir más adelante. Resultan ser el fruto de la evolución de las distintas especies animales que constituyeron los eslabones de la cadena evolutiva que engendro la aparición de su especie, empezando con los primeros protozoos. Por ende el autor no utilizará ningún argumento de orden mágico o místico para demostrar sus teorías, por no considerarlo necesario.
Las teorías que se exponen a continuación corresponden entonces totalmente y sistemáticamente a la realidad de los hechos comprobables, relacionados o derivados de la actividad celular animal y en particular de la humana.
El autor tiene fe en que algunos experimentos probatorios, y quizás a veces rectificatorios, que no pudo efectuar por falta de los medios materiales necesarios, se realizaran en el porvenir, pues no duda en creer que una de las mayores cualidades del pensamiento humano es la búsqueda del conocimiento.
1. Origen de las actividades genéticas.
El autor considera esencial para el entendimiento del funcionamiento del cerebro humano, como lo acaba de exponer en el prólogo, profundizar los conocimientos actuales relativos al funcionamiento de las células animales. Hecho por el cual dedicara este primer capitulo al estudio del origen de los movimientos de las células animales más elementales, y probablemente las más primitivas, como lo son los protozoos.
En primer lugar, podemos observar que parte de los protozoos desarrollan diversos movimientos que son, en general, relacionados con su supervivencia. Dichos movimientos no son todos enteramente librados al azar, se puede comprobar que algunos responden a verdaderos patrones de conducta. En efecto, cuando una ameba repta sobre una superficie sólida gracias a la actividad de seudópodos o absorbe una presa merced a la deformación de su superficie corporal, resulta evidente que dichos movimientos no son librados al azar sino que son coordinados secuenciados, organizados y ejecutados hacia un fin particular.
Dichos movimientos son generados, en función de la existencia de microtubulos, por filamentos de actina y de miosina, que integran estas células, que se pueden contraer y alargar bajo el efecto de impulsos energéticos o su ausencia.
De aquí en adelante, el autor llamara "actividad" un movimiento, y uno sólo, generado por medio de los filamentos, cuando ésta será organizada y coordinada con un fin particular, es decir no librada al azar.
Resulta evidente que para que las diferentes actividades sean efectivas los impulsos energéticos que las causan tienen que obedecer a patrones de secuencias perfectamente ordenados y sincronizados, de una potencia y duración adecuadas. En otras palabras, los filamentos deben recibir un flujo de energía discontinuo, en forma de pulsos de intensidad variable, de una manera no solo coordinada pero también secuenciada.
Dichos impulsos provienen necesariamente de algunas de las fuentes de energía de las células animales, entre las cuales se encuentran las mitocondrias. Además las actividades deben ser reguladas en forma absolutamente rigurosa, pues no se efectúan de una manera aleatoria. Por ende necesitan de un mecanismo regulatorio. No tenemos que olvidarnos que los mecanismos productores de energía lo hacen en función de la absorción de los elementos nutritivos que les llegan, lo que sí ocurre de una manera aleatoria. Estos elementos son procesados para ser transformados en fuentes de energía, como lo es en particular la adenosina trifosfato (ATP) en el caso de las mitocondrias.
Este mecanismo, regulador de la serie de impulsos energéticos de los animales unicelulares generados en base a las fuentes de energía propias a cada célula como lo acabamos de ver, no puede depender de algún elemento u orgánulo del citoplasma porque, además de evolucionar constantemente, cada uno es, muchas veces, idéntico de una especie a otra. En consecuencia, por generar los diferentes movimientos de un animal dado, tiene que ser totalmente igual de un animal a otro de la misma especie pero distinto de una especie a otra, además de no depender de factores irregulares como la absorción de elementos nutritivos. Se puede comprobar que todas las amebas reaccionan de la misma forma ante los mismos acontecimientos, pero a menudo una ameba actúa en forma distinta a un didinium.
Igualmente, un protozoo debe tener necesariamente un elemento irregular en su composición y de una especie a otra, pero idéntico entre todos los individuos de una misma especie y no depender de las particularidades propias a cada animal. En efecto, dicho mecanismo no puede tener una estructura totalmente uniforme, pues por engendrar movimientos diversos tiene absolutamente que tener por lo menos un elemento constitutivo irregular en su composición. Por ejemplo, la doble membrana que envuelve un protozoo, aunque sea deformable en su aspecto, representa una gran uniformidad en sus elementos constitutivos e idéntica composición a la de algunos otros de otras especies. Además, depende del tamaño de cada animal, el cual puede ser distinto en alguna especie de un individuo a otro de la misma especie. Asimismo, los orgánulos pueden variar en tamaño y productividad de un protozoo a otro de la misma especie a lo largo del tiempo, aunque su composición quede uniforme. También el elemento generador de estos impulsos tiene que ser totalmente idéntico entre cada animal de una misma especie, pues efectivamente se observa que las actividades de cualquier individuo de una misma especie son idénticas, bajo las mismas circunstancias, a las de otro, independientemente de algunas características particulares a cada uno, como tamaño, cantidad de elementos nutritivos procesados en su interior, etc.
Como base de este mecanismo regulador, el autor no toma tampoco en cuenta el ADN de las mitocondrias por dos razones principales: la primera es que existen especies de protozoos que poseen cantidades variables de ellas de un individuo a otro y la segunda es que la complejidad de movimientos de algunos protozoos en relación a la de otros de especies distintas, implicaría una complejidad y una extensión del ADN de sus mitocondrias superiores en comparación a las de estas otras distintas especies; que no se verifica en la realidad. Debemos destacar que para que una teoría sea valida tiene que adecuarse totalmente a la realidad de los hechos. En este caso si se afirma que el origen de los movimientos genéticos de los animales se encuentra en un orgánulo particular tiene que ser también lo mismo para todas las especies, incluidos para los animales superiores. Pues, a pesar de que estos últimos son seres multicelulares, la generación de estos movimientos se produce a menudo en base a una única célula, el zigoto, en el cual necesariamente se debe encontrar el origen de dichos movimientos. En particular, se pueden citar los insectos, los reptiles o los mamíferos, los cuales efectúan movimientos genéticos tan complejos a menudo que no se podrían explicar sólo en base al ADN de las mitocondrias.
El único elemento perenne de cualquier protozoo que pueda servir de elemento regulador de sus actividades es su doble cadena de ADN que constituye el genoma integrante de su núcleo, que el autor llamara simplemente genoma para simplificar el texto. Contrariamente al resto de los componentes de la célula, éste permanece inmutable en tamaño, forma, constitución y ordenamiento molecular, a lo largo de su existencia y entre todos los miembros de una misma especie, aunque distinto entre cada especie. Ya está científicamente comprobado que sus secuencias de nucleótidos son totalmente carentes de uniformidad de una especie animal a otra, pero idénticas entre todos los miembros de una misma especie.
Si analizamos los cuatros diferentes tipos de nucleótidos que integran el genoma de todas les especies animales, nos daremos cuenta que el fosfato y el azúcar que los componen permanecen inmutables, cualquiera sea el tipo de nucleótido. Aunque al fosfato se le puede asociar, ocasionalmente, otro fosfato o algún tipo de proteína, como la coenzima A, en las cadenas de ADN se presenta mayormente bajo la forma de monofosfato. Por ende, en los nucleótidos las bases representan los únicos elementos variables. Esta particularidad les permite realizar distintas cantidades de enlaces. En efecto, las adeninas y las timinas poseen la capacidad de formar un doble enlace de hidrógeno. Mientras que las guaninas y las citosinas forman un triple enlace de hidrógeno. Además, sabemos que la energía necesaria a la ruptura de los enlaces es distinta en función de la naturaleza misma de cada uno, pues pueden ser entre un átomo de hidrogeno y uno de nitrógeno o de oxigeno, como los que unen los nucleótidos.
Es sabido que existen enzimas capaces de "leer" el ordenamiento de los nucleótidos durante la mitosis; por ejemplo para verificar su exactitud. El autor llama "leer" el genoma, por parte de una enzima, o lectura enzimática, el hecho de que esta clase de enzima se desliza a lo largo de la doble cadena de ADN, efectuando su actividad merced a un proceso físico-químico complejo, que implica un aporte y, o, una liberación de energía, particular a cada una. Esta lectura puede ser bastante rápida, pues en un protozoo la enzima ADNhelicasa, que actúa directamente sobre los enlaces de hidrógeno, es capaz de separar las dos cadenas del genoma a una velocidad de aproximadamente quinientos nucleótidos por segundo.
Por otra parte, sabemos que en los genes del ADN están codificadas todas las características físicas de las células.
En consecuencia a estos hechos podemos deducir que el elemento regulador de algunos movimientos que caracterizan las acciones de estos animales, son generados por enzimas que van "leyendo" el alineamiento de los enlaces de los nucleótidos, en los genes específicos, traduciéndolos en impulsos energéticos motores. El autor habla de "algunos movimientos" y no de todos pues está comprobado que hay movimientos que se producen estrictamente en base a elementos constitutivos de las células, como los cilios, que se efectúan en forma absolutamente automática e independiente cada uno con respecto a los demás. El autor llamara estos últimos; movimientos mecánicos; para diferenciarlos de las actividades genéticas.
Asimismo, como lo vimos anteriormente, sólo una porción del genoma está consagrado a la codificación de la estructura de la célula y la producción de las proteínas que necesita. Por eso también, podemos deducir que por lo menos en una porción de la parte restante, están codificados, a través del ordenamiento de los nucleótidos, los impulsos que generan las diversas secuencias de actividades genéticas.
Entonces, al recorrer el tramo correspondiente a su función en la doble cadena de ADN, la enzima especializada va emitiendo impulsos energéticos en función de la lectura de los distintos enlaces de hidrógeno. La importancia de dicha enzima se puede probar por ejemplo merced al uso de la microinyección, ya clásica en la detección, bloqueo o marcación de los elementos intracelulares. Su actividad puede ser también probada merced al uso de los microelectrodos, que pueden permitir la detección de las variaciones de los impulsos energéticos que se producen al interior de la célula. Dichos impulsos pueden ser medidos por medio del empleo de aparatos de medición de campos magnéticos. Además, sus secuencias pueden ser comparadas con las secuencias en las cuales se encuentran alineados los enlaces de los nucleótidos.
La irregularidad de los agrupamientos de nucleótidos, o mejor dicho de sus distintas clases de enlaces de hidrógeno, origina, muy probablemente, las variaciones de los impulsos energéticos emitidos. Estos, al presentar una gran heterogeneidad, poseen entonces una diversidad de frecuencias que genera la variedad de los movimientos efectuados por los diferentes paquetes de filamentos, al estilo frecuencias de resonancia. En otras palabras, a cada paquete corresponde una frecuencia dada. Así, se originan las diferentes actividades del animal.
Por supuesto, para el protozoo, los estímulos exteriores o su ausencia, o los generados por una situación interna particular, que llamaremos estímulos iniciadores, son los que provocan, interrumpen o modifican el cumplimiento de la función de esta clase de enzima.
Resulta importante notar que las actividades genéticas y los movimientos mecánicos, de los protozoos son inmutables por estar almacenadas en su genoma o en sus componentes. Invariables en su composición entre los miembros de una misma especie, representan el fruto de millones de años de evolución. Por ende, la codificación de las actividades genéticas y de los movimientos mecánicos de un animal no puede ser cambiada, suprimida o aumentada sin provocar una verdadera mutación de éste.
Si uno observa atentamente el total de las distintas actitudes de un protozoo, notará que corresponden a un patrón bien definido. En efecto, participan cada una de un conjunto perfectamente determinado y secuenciado de conductas diversas, que son para un didinium por ejemplo: nadar, lanzar dardos, envolver la presa, digerirla y reproducirse.
El autor llamará, de aquí en adelante, a cada una de estas secuencias, que corresponden cada una a un conjunto de actividades genéticas coordinadas entre sí que permiten el desarrollo de una sola conducta, un comportamiento, llamando también actitud el desarrollo observable de los comportamientos. Igualmente, nombrará al conjunto de todos éstos últimos inscritos en un mismo genoma un esquema de comportamientos. También, llamará la ausencia de comportamiento, aunque se puedan producir movimientos mecánicos a lo largo de su duración, estado de reposo.
No sólo un estímulo iniciador puede activar algún comportamiento pero también la ausencia de estímulo puede ser causante de la activación de uno también. Pues, se puede observar que cada clase de actividad genética o de movimiento mecánico se produce sistemáticamente en función de la aparición o de la falta de un acontecimiento bien delimitado y predeterminado. Que puede ser la toma, la pérdida o la ausencia, de contacto con una presa, percibido por medio de sensores de diferentas clases. Dichos sensores son los que generan las distintas clases de estímulos, como se ha verificado ya científicamente. Este comportamiento se manifiesta a través de una actitud determinada que puede ser activa o pasiva. Como actitud pasiva se puede considerar, por ejemplo, la que corresponde a un movimiento repetitivo o de alguna otra conducta que, aunque exija de impulsos energéticos para poder realizarse, puede no ser reflejada por un movimiento notable a primera vista, el cual puede corresponder a una actitud de espera por ejemplo. La que no hay que confundir con los movimientos mecánicos, como ocurre en el estado de reposo. Entre éstos últimos, se encuentra el hecho de que en la ausencia de presa, el didinium sigue nadando. El hecho de que los cilios del animal se muevan de por sí, en forma mecánica, como se comprobó luego de la ablación de aquellos, prueba que para moverse no necesitan de un impulso especial proveniente de la actividad de enzimas lectoras. De aquí podemos afirmar que la totalidad de los comportamientos de los protozoos está regida por actividades genéticas o mecánicas.
El desarrollo de una parte del esquema de comportamientos puede ser inhibido; es decir que, tal como se puede comprobar, para el didinium, si la presa escapa antes de ser envuelta en el citoplasma, no se empieza el proceso de digestión sino que se reinicia un nuevo ciclo de comportamientos.
Podemos notar también que el esquema es, y debe ser, invariable en su ordenamiento. En efecto, no se puede cambiar el orden de los comportamientos sin condenar al protozoo a sufrir graves trastornos. Por ejemplo, si no absorbe su presa después de inmovilizarla, no podrá alimentarse, lo que podría tener consecuencias fatales para él.
Sumándose a esta invariabilidad el hecho de que la principal característica de los protozoos es que luego de ser activados, sus esquemas de comportamientos se realicen en forma continuos ininterrumpidamente, cuando no son detenidos por un estímulo particular, se puede deducir que pertenecen a un tramo del genoma, constituido por una sucesión de pares de nucleótidos, que no ofrece ningún tipo de interrupción. Lo que implica obligatoriamente que pertenezca a un tramo continuo del genoma.
Resulta factible que el genoma posea en su estructura una proteína que identifique el principio y el fin del tramo implicado, para que la enzima idónea pueda así proceder a la lectura del esquema de comportamientos. Como es evidente que los nucleosomas no interrumpen el pasaje de las enzimas separadoras o de las correctoras, no tienen tampoco que parar las enzimas lectoras.
Finalmente se puede afirmar que a lo largo de su existencia, la actividad de un protozoo está siempre gobernada por su esquema de comportamientos, aunque adopte una actitud pasiva. Eso significa que, cualquiera sea la situación en la cual se encuentre, siempre "sabrá", aunque sea de una manera totalmente inconsciente, lo que tiene que hacer.
Integrando este esquema, cada comportamiento, o grupo de actividades que determinan una sola conducta, es perfectamente delimitado y orquestado. Si no lo fueren, los movimientos resultarían desordenados. No tendrían entonces la eficacia necesaria para la realización de sus acciones vitales. Por ejemplo, si el didinium no produjera suficientes dardos, o si no envolviera adecuadamente sus presas, éstas podrían tener la oportunidad de recuperarse, es decir de producir las antitoxinas que les permitirían gozar de algunas posibilidades de escape.
En fin de cuenta, si observamos detenidamente la constitución de las diferentes especies de animales unicelulares, podremos constatar y comprobar que cada uno de sus componentes es parecido en su composición al que cumple las mismas funciones en cualquier animal de cualquier otra especie, en particular todos los genomas están formados por cadenas de los mismos cuatro tipos de nucleótidos, al igual que los mecanismos generadores de sus diversas actividades y movimientos, lo que permite deducir que responden igualmente a esquemas de comportamientos. Aunque difieran considerablemente en sus alcances y pautas de una especie a otra, permiten a los protozoos sobrevivir y multiplicarse, si las condiciones externas les son favorables. Por supuesto, el hecho no tiene nada de extraño; pues, descienden, probablemente, de un ancestro común. Resulta evidente que las características de éste que favorecieron su supervivencia, se hayan conservados, por seguir siéndoles benéficas, entre todos sus descendientes.
Resumiendo las principales cualidades de los animales unicelulares, que permiten la expresión de sus actitudes podemos afirmar que éstas responden a las pautas siguientes:
- Cada grupo de actividades genéticas que conforma una, y una sola, actitud determinada corresponde a un comportamiento genético.
- Cada ausencia de comportamiento corresponde al estado de reposo, aunque mientras siga vigente se produzcan movimientos mecánicos.
- El total de sus conductas perfectamente sincronizadas y ordenadas entre sí obedece a un esquema de comportamientos.
- Un ciclo de éstos empieza por medio de un estímulo iniciador o por la ausencia de alguno. Puede ser inhibido por otro, aunque el esquema sigue siempre vigente.
- Dicho esquema gobierna el accionar de un protozoo a lo largo de su existencia sin interrupciones.
- Todas las actividades genéticas que integran los comportamientos y esquemas de comportamientos dependen de datos inscriptos en los genes de estos animales.
- Finalmente, los impulsos energéticos generadores de actividades se originan en la "lectura", merced a enzimas específicas, de los enlaces de hidrógenos entre los nucleótidos que integran las dos cadenas que conforman el genoma de las células eucariotas, uniéndolas.
2. Origen de los comportamientos genéticos de
los animales multicelulares elementales.
En este capitulo, el autor va a ir profundizando sucesivamente los conocimientos de las células animales, y en particular de las neuronas de los animales multicelulares, estudiando sus características en base a la observación de las de los animales multicelulares invertebrados. Éstos se pueden calificar de elementales, por su relativa simplicidad estructural y su número restringido de clases distintas de células que los componen. Se consagrara sobre todo a estudiar las Hidras de agua dulce.
Éstas últimas son seres rudimentarios que se parecen a las anémonas de mar, pero de tamaño reducido. Su parte inferior adhiere a una superficie de apoyo a la manera de una ventosa. El tronco, llamado celenterón, se asemeja a una suerte de bolsa donde se procesan y asimilan los nutrientes. En la parte superior se encuentra el orificio que sirve a la vez de entrada de los alimentos y de salida de los desechos. Está coronado de tentáculos, que producen también dardos venenosos, al igual que algunas especies de protozoos como los didinium. La Hidra puede nadar y sobre todo reptar, ayudándose con sus tentáculos y su parte inferior. Estos movimientos de traslación son mucho más sofisticados que los de los protozoos, pues exigen una verdadera coordinación de las actividades de numerosas células por parte del animal. Éste envenena las presas que entran en contacto con sus tentáculos, las inmoviliza y luego las introduce en el celenterón por medio de estas últimas. Se reproduce con esporas, formando retoños o por división.
Examinando la raíz de todos estos comportamientos, se puede profundizar los conocimientos sobre el origen del accionar genético animal, que empezamos a obtener con el estudio de las reacciones de los protozoos. Básicamente, porque estos invertebrados poseen una estructura interna mucho más compleja que la de los animales unicelulares.
En primer lugar, debemos tener en cuenta que varias especies de animales multicelulares elementales, como la Hidra, poseen células nerviosas, o neuronas, repartidas en todos sus cuerpos. Además, la experimentación demuestra que los impulsos energéticos provenientes de estas neuronas controlan el accionar del resto de las demás células. Se puede afirmar, entonces, que estas neuronas están especializadas para hacer llevar a cabo los comportamientos, particulares a la especie, por el conjunto del cuerpo.
Luego, debemos tener en cuenta que muchos animales invertebrados son capaces de emitir esporas; células independientes que al multiplicarse acaban por transformarse en un animal completo; eso implica que todas las distintas células del cuerpo del ser, digamos adulto, se pueden originar en una sola célula indiferenciada. En ésta, entonces, se encuentran almacenados, en sus genes, todas las diversas capacidades que particularizarán luego las distintas células del cuerpo del animal maduro.
No resulta difícil deducir, y comprobar, que cuando ocurre el proceso de diversificación celular en función del papel que cada célula cumplirá luego, en los animales multicelulares que gozan de una verdadera diferenciación celular, se activarán los genes adecuados a su futuro desempeño y se desactivarán los que no corresponden a éste. La activación de los genes especializados, provoca la producción de enzimas particulares que modifican la estructura de la célula, en vista de facilitar sus actividades. Por ejemplo, en las células musculares se acrecienta la masa filamentosa y los microtúbulos. Este proceso no modifica la composición general de las células, que siguen conservando los mismos elementos constitutivos que las demás.
Se tiene que destacar que la especialización de las células diversifica y amplía el espectro de acción del conjunto. El hecho de que un pez carnívoro tenga aletas natatorias le otorga mucha mayor velocidad de desplazamiento que la de una ameba, es decir una más grande área de caza que le ofrece mayores posibilidades de encontrar alimento. La capacidad de absorción de alimento de un animal multicelular que posee un estómago, le procura una mayor amplitud de productos necesarios a sus existencias y reproducción, que la de un unicelular.
Si bien cada célula especializada resigna su autonomía y campo particular de acción, en compensación acrecienta algunas de sus capacidades en el ámbito celular. Sobre todo mejora sus posibilidades de supervivencia, al aumentar el área de actividades del conjunto de células al cual pertenece. Por ejemplo, la capacidad de movimientos independientes de una neurona es muy reducida, pero su capacidad de uso de su memoria genética, de emisión de energía y de respuesta a estímulos, se ve potencializada. El acrecentamiento de la producción de impulsos energéticos le permite ser capaz de generar tal potencial de éstos que llega a provocar la actividad filamentosa de todo un grupo de células musculares.
En fin de cuenta, la especialización celular, incrementa las capacidades del ser de recibir una mayor variedad de estímulos iniciadores, merced al incremento y a veces la diversificación de sus células sensitivas. Al aumentar la capacidad de producción de energía hacia un campo de acción más especializado por parte de las neuronas, eso les permite también engendrar respuestas mucho más elaboradas que las de un simple protozoo. La simple reacción de huida provocada por un ascenso peligroso de la temperatura ambiental, captado por sus sensores, de parte de algunos protozoos, se transformó en el desarrollo de los centros de detección de las radiaciones infrarrojas de ciertas especies de serpientes como la cobra. Evidentemente, la diferenciación, y por ende la existencia de órganos especializados, implica a nivel del ADN un mayor potencial de productividad y pluralidad de proteínas y enzimas.
El aumento de la complejidad del ser, es decir de la cantidad de órganos distintos, de las capacidades y de la complejidad de las actividades de origen genético de cada uno, es probablemente resultado del alargamiento de dichas cadenas. El cual, como lo comprueban las teorías modernas relativas a la evolución de las especies, ocurre en forma aleatoria y produce las mutaciones de las especies animales.
Se puede afirmar que cuanto más complejas se vuelven las capacidades de un ser viviente, más evolucionado resulta ser. En la cadena evolutiva de los animales, se puede considerar al ser humano como uno de los más evolucionados, por tener la capacidad de realizar actividades extremadamente complejas. En realidad, las más complejas de las que efectúa el resto del reino animal terrestre.
El aumento de la complejidad de las actividades de un ser implica entonces, como lo comprueba la realidad de los hechos, una mayor sofisticación a nivel celular. En particular lo demuestra el hecho que las neuronas son células que reciben los impulsos iniciadores, los procesan y transmiten las respuestas generadas a las demás células. Merced a esta capacidad de comunicarse entre sí por medio de sus axones y dendritas, forman una especie de red que controla y dirige las actividades del conjunto de las células del animal. En consecuencia, aunque un estímulo provenga de un solo punto del animal, su cuerpo entero reacciona de una manera perfectamente sincronizada.
Por supuesto, aunque sean mucho más complejos, resulta evidente que los movimientos que participan de los comportamientos de la Hidra, y de cualquier otro animal multicelular elemental, son de origen meramente genético. En efecto, se puede comprobar que por ser innatas, todas sus actividades o ausencia de éstas son perfectamente delimitadas e invariables a lo largo de su existencia en función de estímulos, o por falta de algunos, los cuales son igualmente perfectamente definidos e invariables. También, son idénticas para todos los miembros de una misma especie de invertebrados. El hecho de que resultan de las actividades sincronizadas de varias o de la totalidad de las células que componen estos animales implica, como ya fue científicamente demostrado, que dicha sincronización proviene de la actividad de las neuronas. Lo que significa a su vez que dicha actividad se genera en base a una memoria de índole genética.
Se llamara también estado de reposo la ausencia de activación de los comportamientos que rigen la actividad de un animal multicelular. Aunque éste pueda realizarse movimientos mecánicos a lo largo de su duración, pues estos últimos no dependen de dicha activación. Hay que tener en cuenta que el hecho de que su cuerpo esté en reposo, implica un verdadero paro de las actividades motoras generadoras de una conducta del conjunto de sus células. No obstante, no implica la falta de actividad intracelular, sino únicamente que sus células especializadas en producir actitudes a nivel corporal, no lo hacen, aunque por ejemplo cada una pueda estar efectuando un proceso interior de absorción de alimentos.
Por implicar una verdadera sincronización en la realización las actividades corporales se llamara de aquí en adelante comportamiento genético, cada actitud innata de un animal multicelular, es decir que se encuentra inscrita en su genoma bajo la forma de un alineamiento específico de los pares de nucleótidos que conforman un tramo dado de la doble cadena de ADN que conforma el genoma.
Al tener una mayor variedad de comportamientos genéticos que los protozoos por un lado y por la vigencia y organización de éstos por otro, se puede deducir que existe un esquema de comportamientos genéticos y que éste es mucho más complejo que él de aquellas. La recepción de una cantidad superior de estímulos iniciadores diversos, además del número y de la capacidad evidente de diferenciación y adecuación de los comportamientos genéticos que le sirven de respuesta, implica un considerable acrecentamiento de dicho esquema con respecto al de los animales unicelulares.
Se puede comprobar por medio de la experimentación que las neuronas son las verdaderas fuentes de los comportamientos genéticos, y del esquema correspondiente, de los animales multicelulares elementales. Además, se puede verificar que cuando se produce la ablación de parte del cuerpo de uno de estos animales, éste reorganiza su morfología, aunque su tamaño se reduce. Lo notable es que sigue teniendo el mismo esquema de comportamientos genéticos sin que éste y sus componentes hayan sufrido ninguna clase de alteración. Llegamos así a la conclusión de que los esquemas y los comportamientos genéticos no dependen de la cantidad de neuronas del ser, y por ende de sus sinapsis, sino de las informaciones contenidas en cada neurona, las cuales tienen que ser idénticas para todas las neuronas de un mismo animal por actuar todas en forma sincronizada.
Es sabido también que los animales multicelulares resultan ser frutos de una evolución que se inició a partir de los seres unicelulares, y que empiezan sus existencias en base, a menudo, en una única célula, el zigoto. Podemos suponer, entonces, que las características y capacidades de sus neuronas se originaron en las particularidades de estos mismísimos protozoos.
También, el parecido entre la composición y la estructura de las neuronas de los animales multicelulares elementales y la composición y estructura de los animales unicelulares permite suponer que su funcionamiento, aunque especializado, se apoya sobre las mismas bases y características.
Por todos estos hechos, podemos deducir que los comportamientos genéticos de dichos animales multicelulares se encuentran grabados, en su conjunto, en el genoma de cada una de sus células y en particular de sus neuronas.
Además, es necesario tomar en cuenta que la modificación del genoma de un animal modifica entonces automática y sistemáticamente sus comportamientos genéticos, aunque pueda conservar su misma morfología básica. Por ejemplo, sabemos que la modificación del gen que determina el color de los ojos de una mosca de la fruta, o drosófila melanogaster, que son naturalmente verdes, en blanco provoca la aparición de un comportamiento procesionario en dicho animal. Es decir que además de modificar su color de ojos, aunque su cuerpo siga teniendo exactamente la misma morfología que la del animal de ojos verdes, se modifica sus actividades genéticas, haciendo que esta mosca de ojos blancos tenga tendencia en caminar en fila india. Lo que no ocurre en la mosca de la fruta de ojos verdes. Esta modificación de comportamiento ligada a la modificación del genoma comprueba, de una manera irrefutable, la teoría del autor con respecto al asentamiento de la memoria genética en el genoma de las células de los animales. Por eso es, también, que dos perros pueden ser prácticamente idénticos en apariencia y tener comportamientos genéticos diferentes entre sí. Como actitudes distintas se puede considerar que uno puede tener un carácter agresivo y el otro no, uno puede ser un buen cazador y el otro un buen guardián, etc.
Gracias al estudio de los protozoos, supimos que la memoria de tipo genética, se encuentra grabada en los alineamientos de nucleótidos que forman la doble cadena de ADN, o genoma, que integra el núcleo de estos animales y que la recepción de estímulos iniciadores específicos provoca la emisión de impulsos energéticos, merced a la actividad de las enzimas que "leen" dicho genoma, que les sirven de respuestas.
La diversidad de estímulos iniciadores, a los que responden los animales multicelulares como la Hidra, significa que éstos poseen una diversidad equivalente de receptores de ellos, que permiten además diferenciarlos.
Se puede observar que las neuronas de los animales multicelulares poseen algunos apéndices cuyas terminaciones se ubican en los distintos órganos de estos animales. Por medio de la experimentación, se ha comprobado que sirven de receptores de los estímulos iniciadores. Estos apéndices al poseer una gama importante de receptores son entonces los que captan dichos estímulos. También está comprobado que las dendritas y los axones intercomunican las neuronas entre sí. Lo que, al unirlas, permite al conjunto así formado unificar las respuestas a los estímulos iniciadores. De esta manera, y merced al hecho de que algunos de sus apéndices neuronales transmiten impulsos energéticos a las otras diversas células del cuerpo, el conjunto de las neuronas rige el total de las actividades corporales de estos animales, como ya fue verificado científicamente.
Cuando el agua, donde se encuentra este animal, llega a tener una temperatura excesiva para su supervivencia, la Hidra se despega de su superficie de apoyo y emprende su retirada. Esto significa que delante de un estímulo particular, recibido por los apéndices sensitivos, se activan las enzimas especializadas que leen la zona determinada del genoma donde se encuentra inscripta la respuesta idónea.
Como sabemos que un solo estímulo, recibido en un solo punto del cuerpo del animal, puede provocar una respuesta de parte del cuerpo entero, el cual está dirigido por el conjunto de su red neuronal, podemos entonces concluir que el impulso recibido es transmitido a las demás neuronas que generan cada una su propia respuesta. Dicha respuesta es a su vez transmitida a las células que son relacionadas con dichas neuronas, por el intermedio de los apéndices neuronales especializados. Como cada una rige una zona corporal particular, podemos deducir que el estímulo recibido es interpretado, según el lugar y la función que tiene que realizar. Por ende, se puede deducir que cada neurona al recibir un impulso activador, transmite su propia respuesta en función del lugar y la función que ocupa en el cuerpo del animal, a las células que rige, además de transmitir el impulso activador a las otras neuronas. Todas estas distintas respuestas por parte del cuerpo, pueden ser originadas por un único impulso puntual inicial, como lo acabamos de ver. Entonces podemos aceptar que cada respuesta de cada neurona se genera, en forma coordinada, en función de una inhibición o de una activación de los genes implicados o de parte de éstos, en función del lugar y la función que ocupa la neurona en el cuerpo del animal. La observación y experimentación han permitidas constatar que estas particularidades resultan ser idénticas en todas las especies animales elementales.
Como podemos constatar que los comportamientos de los animales multicelulares simples no se efectúan obligatoriamente en una secuencia rigurosa, aunque sí pueden implicar una respuesta que necesite de la actividad de parte o del conjunto de las células corporales, sino en función de los estímulos activadores. La unicidad de la inscripción de dicho esquema no es entonces un factor determinante. También por el hecho de saber que cada neurona reacciona en función de la activación de sus genes, podemos deducir que la realización de cada comportamiento es independiente de la de los otros aunque puedan ser conjuntas o consecutivos. De aquí se deduce que los distintos comportamientos pueden estar inscriptos en distintos genes. Las diversas ubicaciones en genes diferentes, y el hecho de que el cuerpo del animal pueda reaccionar en su totalidad delante de un único factor estimulador, indica que la lectura de uno sirve de estímulo iniciador a la lectura de otros tramos situados en genes distintos de otras neuronas, lo que implica que existe un verdadero intercambio de informaciones que permite transmitir un estímulo de una neurona a otra, independientemente de cuales son los genes activados.
Como lo comprueba la experiencia, los animales multicelulares simples reaccionan sistemáticamente de la misma forma ante el mismo estímulo iniciador en cualquier momento de sus existencias. Aunque los momentos de reposos correspondan a la total ausencia de estímulos, el animal está siempre en condición de generar la respuesta adecuada delante de la aparición de uno de ellos. También en función de la ausencia de alguna clase de estímulo necesario se puede interrumpir un comportamiento en curso, como la huida de una presa puede interrumpir un proceso de digestión por falta del estímulo correspondiente a su captura o retención. Lo que implica que su esquema de comportamientos es siempre vigente a lo largo de su existencia.
Considerando las diversas actitudes y actividades de dichos animales multicelulares elementales tales como la Hidra de agua dulce, podemos sacar conclusiones muy interesantes con respecto al funcionamiento de las neuronas de estos seres, al igual que hemos sacados conclusiones de las diversas particularidades de los comportamientos de los animales multicelulares.
- En primer lugar hemos advertido que todas las actividades de estos animales, y en particular de las derivadas de los estímulos iniciadores, están regidas por sus neuronas.
- En segundo lugar, que la intercomunicación entre las neuronas organiza sus diversas actividades y, sobre todo, una respuesta coordinada de parte o del conjunto del ser, a cualquier estímulo idóneo.
- En tercer lugar, que delante de un mismo estímulo, las neuronas responde, en forma adecuada, en función de la activación o inhibición de los genes, o parte de éstos, según su ubicación y su papel en el cuerpo del animal.
- En cuarto lugar, que para cada clase de estímulo captado existe en respuesta un comportamiento, bien definido e inmutable.
- En quinto lugar, que todos sus comportamientos están inscriptos en el genoma de cada neurona de estos animales. Que éstos son hechos efectivos por la lectura, por parte de una enzima especializada, de los enlaces de hidrógeno entre cada par de nucleótidos. Lo que puede ser corroborado por medio de microinyecciones de anticuerpos que bloqueen la acción de dichas enzimas. Las cuales a su vez pueden ser identificadas sobre la base del mismo procedimiento. La actividad energética interneuronal puede también ser analizada por medio de los aparatos electrónicos modernos adecuados, tipo medidor de diferencial de potencial eléctrico o electromagnético.
3. Consecuencias del desarrollo de
las capacidades neuronales.
Ya sabemos que la diversificación de las células del cuerpo de un animal multicelular le ofrece al conjunto del ser un mayor campo de acción, y sobre todo mayores posibilidades de tener comportamientos más variados, que en el caso de un animal unicelular. De hecho, a través de la existencia de las neuronas se unifican las respuestas a los estímulos iniciadores de parte o de la totalidad de las células del organismo.
La evolución de las especies animales, sobre la base de mutaciones y procesos de selección natural, no sólo ocasionó una diferenciación celular cada vez más pronunciada y sofisticada, pero además provocó una verdadera especialización entre células de una misma clase.
En la Hidra, una misma neurona recibe los estímulos iniciadores, los transmite a las demás, los procesa y transmite su respuesta a los otros órganos. En un mamífero, como se ha podido comprobar, cada uno de estos actos es cumplido por neuronas especializadas.
En el hombre, como ya se ha podido comprobar científicamente, existen tres clases de neuronas: las sensitivas, las interneuronas y las neuronas motoras. Estas clases se dividen, a su vez, en subclases más especializadas. Entre ellas podemos citar las sensitivas donde se encuentran neuronas con terminaciones ciliadas, que sirven para detectar las vibraciones del aire u olores, o las que están asociadas con células sensitivas especializadas como las fotoreceptoras.
Se puede definir el grado de evolución de una especie animal en función de dos factores principales que son: el grado de diversificación y de desarrollo de las capacidades del conjunto de sus órganos y el grado de desarrollo y amplitud de sus esquemas de comportamientos.
Con respecto al primero de estos dos factores, podemos observar que existe una relación directa entre la complejidad del sistema nervioso y la del resto de los órganos. A mayor desarrollo de las capacidades de los órganos, y sobre todo de las que permiten el cumplimiento de actividades diversas, más sofisticado resulta ser el sistema nervioso que los controla y dirige. Se puede considerar como evidente que el grado de sofisticación de un instrumento exige e implica, para un uso adecuado u óptimo, de un grado equivalente de sofisticación del factor que lo rige.
Los órganos de la visión, para muchas especies animales, se limitan a la captación de la diferencia entre claro y oscuro, y para el ser humano le permiten distinguir entre miles de tonos de colores distintos.
Aunque existen animales dotados de uno o dos sentidos particularmente desarrollados y quizás de órganos con funciones variadas, tal es el caso de la trompa del elefante. El grado de evolución y especialización de un solo o de unos pocos órganos, no resulta en sí demasiado significativo, lo importante es considerar el conjunto de las capacidades orgánicas. También, la hiper especialización resulta ser, en algunos casos, más perniciosa que positiva; cuando cambian las condiciones ambientales, los animales hiper especializados encuentran a menudo mucho más dificultades para adaptarse a las nuevas condiciones que los otros. Por eso desaparecieron por ejemplo el Mamut y muchas otras especies.
En todo caso, lo más determinante parece ser, según lo comprueba la experiencia, la amplitud de las capacidades, y no tanto la especialización en sí. La hipersensibilidad a la intensidad de la luz no resulta ser tan beneficiosa, como en el caso del búho que encuentra su campo de acción prácticamente limitado a una actividad esencialmente nocturna. En comparación a la amplitud de captación de una mayor gama de tonos de colores distintos, el cual da al hombre la posibilidad de ser activo tanto de día como de noche. Hasta la primera puede llegar a ser muy contra producente, como en el caso de muchas especies de murciélago que son obligados a dormir en cuevas, las cuales no pululan en general, mientras que la segunda, al contrario permite la adaptación a una mayor cantidad de ámbitos, como en el caso de las ratas.
Con respecto al segundo factor, es decir al grado de desarrollo y amplitud de los esquemas de comportamientos, es interesante destacar que dicho esquema tiene que estar perfectamente adaptado al medio ambiente. En caso contrario, se perturbarían las posibilidades de supervivencias del ser. Por ejemplo si un animal se dedica a comer una sola clase de alimento, como el Panda gigante, al desaparecer su fuente de alimento, éste está entonces destinado a desaparecer también. Por eso se puede considerar que aunque la amplitud de las capacidades orgánicas representa ser un factor importante, con respecto al ámbito de evolución de un animal, el factor realmente primordial resulta ser el segundo. En efecto, una mayor amplitud del esquema de comportamientos implica automáticamente como lo hemos visto anteriormente una mayor amplitud de gama de actitudes vitales, lo que implica a su vez una más grande amplitud de reacciones posibles delante de los acontecimientos exteriores. Es decir, finalmente, que un animal se puede comportar de una manera más variada en un ámbito dado o en diversos ámbitos que otro que tenga un esquema más reducido de comportamientos, de aquí una mayor posibilidad de adaptabilidad del primero a situaciones distintas. Merced a este factor, el número de jirafas existentes en la actualidad es muy inferior al de los perros, sin contar que las posibilidades de supervivencia como especie de éstas son mucho más limitadas que las de estos últimos. Para el autor, la amplitud del esquema de comportamientos representa ser uno de los principales índices de desarrollo de un animal. Además, ya sabemos que existe una relación directa entre la complejidad del genoma y la cantidad de comportamientos genéticos posibles que pueda tener un animal.
En todo caso, se puede afirmar que más amplios son los esquemas de comportamientos genéticos, más extenso es el genoma. Como lo hemos visto anteriormente, la cantidad de neuronas no está directamente relacionada con la cantidad de comportamientos genéticos distintos para un solo animal, sino la extensión de su genoma. Se entiende entonces que un animal de gran tamaño pueda vivir con un cerebro de tamaño muy reducido en comparación a su volumen corporal. De aquí proviene el hecho de que un rinoceronte de varias toneladas de peso tenga un cerebro de un volumen parecido al de un ser humano, o que un avestruz de cerca de doscientos kilos tenga un cerebro del tamaño de una nuez.
Por otro lado es conocido que los seres vivientes que poseen los genomas más extensos, como algunas especies de ranas o de tritones, no son los más evolucionados. Se puede entonces deducir que si bien la complejidad y la extensión del genoma es el factor más decisivo con respecto en la cantidad total de posibilidad de realizar comportamientos genéticos diferentes entre sí, por parte de un animal, no representa el factor más importante con respecto a su capacidad de realizar la mayor cantidad posible de comportamientos. Al saber que además de los comportamientos genéticos algunos animales, sobre todo los que pertenecen a los eslabones superiores de las cadenas evolutivos, poseen la capacidad de formar nuevos comportamientos en función de un aprendizaje adecuado, podemos afirmar que son los que tienen una mayor posibilidad de crear nuevos comportamientos los que son los más evolucionados. En efecto, el hecho de saber que una mayor posibilidad de elaboración de éstos implica una mayor amplitud de posibilidades de supervivencia como lo acabamos de ver, evidencia que esta mayor posibilidad siempre se acompaña de una mayor creación. La simple constatación de que el ser humano es el animal con la mayor capacidad de creación de nuevos comportamientos, no indica claramente que es el más evolucionado en la escala evolutiva general.
El cerebro humano se puede considerar como uno de los más sofisticados, lo que le permite tener una de las gamas más extensas de comportamientos diferentes entre sí del reino animal. Aunque no sea proporcionalmente el de mayor tamaño; pues lo superan los cerebros de varias otras especies animales, como los de algunas especies de delfines o de roedores. Pero sí es el que posee el más alto índice de encefalización del reino animal, pues alcanza el grado siete mientras que algunos cetáceos el número cuatro y el chimpancé el uno coma dos. Se recuerda al lector que dicho índice es determinado por la alometría es decir la ley de disarmonía que relaciona las dimensiones del cuerpo con el tamaño del cerebro en forma inversamente proporcional.
En vista de que el autor, para poder explicar el funcionamiento cerebral, se ve obligado en redefinir el rol de algunas de las distintas áreas encefálicas, hace recordar a sus lectores que el cerebro humano se divide en cinco partes bien definidas: el bulbo raquídeo, el cerebelo, los dos hemisferios y el cuerpo calloso que los une. A su vez estas partes se subdividen en zonas que cumplen, cada una, roles particulares.
A medida que se sube en la escala evolutiva, los esquemas de comportamientos se van sofisticando. El mejor ejemplo lo da la experiencia de la reproducción sexuada, que implica la aparición de comportamientos específicos cada vez más complejos. Por ejemplo, si bien el comportamiento de cortejo puede durar segundos para los insectos, horas para algunos mamíferos, resulta notable que puede durar meses y años para algunos seres humanos. Aunque el autor no estima esta clase de evolución como una victoria de su especie sobre las demás, sino más bien como una complicación a menudo innecesaria de su existencia, reconoce, a su pesar, su realidad.
No tenemos que olvidarnos que todas las capacidades animales y en particular la existencia de los esquemas de comportamientos, se originaron en los primeros seres vivientes y luego se transmitieron, cuando los beneficiaban, a sus descendientes. Por eso es, que todas las especies animales que pueblan nuestro planeta tienen exactamente los mismos cuatro tipos de nucleótidos, aunque sus genomas tengan distintas extensiones. Sus particularidades resultaron ser fruto de una larga evolución. En consecuencia, se puede afirmar que, las características neuronales de los seres vivos más evolucionados se enraízan en las capacidades de los más primitivos. Por eso resulta evidente que las razones que encontramos para entender que el asentamiento de la memoria genética, se encuentra en los enlaces de hidrógeno que unen las dos cadenas del genoma de las animales multicelulares elementales, sirven también para definir su misma ubicación en las neuronas de los mamíferos más evolucionados como los seres humanos. El autor insiste en este tema porque lo considera fundamental para el entendimiento del origen del pensamiento humano.
El desarrollo del sistema nervioso y del esquema de comportamientos animales, al basarse en las características de sus antecesores más primitivos implica, que aunque pueden haber desaparecido algunas de sus particularidades o haber disminuido en importancia, las facultades restantes, a veces muy sofisticadas, resultan ser nada más que una hiper especialización de las características que le dieron nacimiento tanto a nivel celular como a nivel corporal. El sentido del territorio propio de los prosimios se traduce por el nacionalismo humano.
A menudo, este desarrollo implicó una mayor sofisticación. La simple memoria genética de los animales multicelulares se acrecentó y progresó, en los animales más evolucionados, hasta dar lugar a la aparición de la memoria de lo aprendido, como lo vamos a verificar más adelante. Ésta a su vez se dividió, como se pudo comprobar científicamente, en memorias de corto y largo plazo.
El autor insiste sobre el hecho de que nunca nos tenemos que olvidar que los seres humanos son frutos de una larga evolución y que todas sus capacidades cerebrales son perfectamente naturales y provienen de la evolución de las capacidades primordiales de las células primitivas de las cuales descienden. De allí que tenemos que buscar entender el funcionamiento del sistema nervioso humano, no sólo basándonos en sus componentes, pero también en el estudio de las capacidades del conjunto de los seres vivientes que integran la cadena evolutiva que le dio nacimiento.
En este capítulo se analizo el hecho de que la facultad de poder realizar comportamientos distintos constituye el factor más significativo para la supervivencia de una especie animal, se la considera también como un indicio primordial del grado de evolución del ser. Con respecto a la cantidad de comportamientos genéticos que pueda realizar un animal la pauta más esencial resulta ser la extensión del genoma y no el tamaño del cerebro. Aunque el factor más decisivo con respecto supervivencia de un animal no es la cantidad de comportamientos genéticos que pueda realizar, sino la cantidad total de conductas que pueda efectuar, lo cual depende, entonces de su capacidad de crear nuevos comportamientos. El ser humano siendo el ser que crea y realiza la más amplia gama de éstos, es en consecuencia uno de los seres más adaptables y evolucionados existentes actualmente sobre el planeta.
Previo al análisis del funcionamiento del cerebro humano, es importante considerar que éste se apoya sobre todo en la recepción y el procesamiento de los datos que le mandan las neuronas sensitivas, situadas en las diversas partes del cuerpo de cada ser. Dichas neuronas se ubican en todo el cuerpo del individuo. Pero, las que mayor importancia tienen para establecer el contacto con el medio ambiente son las que están situadas en los órganos que constituyen los distintos sentidos.
Los estímulos, de origen externo o interno a la persona, son captados por medio de varias clases de receptores que pueden ser de tipo químico-receptor, foto-receptor, termo-receptor o mecánico-receptor. Pueden ser encapsulados como los receptores pilosos, o no serlo como las terminaciones de Ruffini o de Markel. Existen también los corpúsculos de Meissner y los de PACINE, los de los husos musculares, los receptores tendinosos de los órganos de Golgi, los bastoncillos y conitos retinianos, etc.
Como ya se comprobó, científicamente, los receptores transforman los estímulos recibidos en señales energéticas. Cuando éstos no integran una neurona sensitiva, en algunos casos, las transmiten a células sensitivas especializadas que las amplifican y las transmiten a su vez a las neuronas sensitivas con las cuales están directamente conectadas, lo que implica que el cerebro humano nunca recibe directamente los estímulos captados por los receptores sino únicamente los productos de sus efectos sobre las neuronas sensitivas. Éstos son mandadas al encéfalo por medio del axón de las neuronas sensitivas, o a otras neuronas que los transmiten a dicho encéfalo por medio de su propio axón. En cada una de estas etapas son amplificadas, como lo demuestran los distintos estudios realizados sobre este tema.
Cada variedad de receptores capta una clase particular de estímulos. Cualquiera sea la forma bajo la cual se manifiestan, sea calorífica, mecánica, luminosa, etc., éstos son transformados por los receptores en señales energéticas de tipo electro-químico, como lo comprueban las experiencias realizadas sobre este hecho. Por supuesto, estas señales, productos de los efectos generados por los estímulos sobre los receptores pueden ser extremadamente variables en diferencia de potencial, intensidad y frecuencia, por tener orígenes muy diversos, según la clase de receptores que los han captados.
A pesar de que el nivel de energía, que las células sensitivas transmiten a las neuronas sensitivas a las cuales están asociadas, es muy variable, la energía traspasada al cerebro depende también de las capacidades de dichas neuronas. En efecto, aunque ésta pueda ser muy débil, su percepción a nivel consciente prueba que es amplificada por medio de distintos mecanismos. Está comprobado que el ojo humano es capaz de percibir hasta un único fotón, el cuál al ser amplificado puede ser notado por la conciencia. Al contrario, si su intensidad sobrepasa las capacidades de las células o de las neuronas sensitivas, sin dañarlas, éstas la transmiten al cerebro con el nivel máximo que pueden captar y transmitir. Resulta interesante notar que el sonido es captado por el aparato auditivo en forma exponencial. Si su intensidad excede estas capacidades se torna peligrosa porque puede lastimar o destruir los receptores, limitando u obstaculizando la recepción y transmisión de las señales por parte de las neuronas sensitivas. En consecuencia a las limitaciones de dichas neuronas, la intensidad recibida no pasa nunca los limites aceptables de las neuronas cerebrales.
El autor define el término "dato" como el resultante del conjunto de las señales energéticas transmitidas por los axones de todas las neuronas sensitivas, que integran un mismo órgano cumpliendo un papel similar, y emitidas en un solo instante. Cada instante siendo el lapso correspondiente a la transmisión de una sola señal energética por medio de un axon. Lo cual significa que un solo dato puede ser transmitido por medio de muchas neuronas a la vez, tal es el caso de una imagen visual.
Con respecto a las neuronas sensitivas, sabemos que una sola puede recibir las señales energéticas de varias células receptoras a la vez hasta pasar el centenar. Por ejemplo, aunque el ojo humano posee alrededor de ciento cuarenta millones de bastoncillos y de cinco millones de conitos, lo que implica una cantidad igual de células receptoras, la cantidad de neuronas sensitivas asociadas a las células ganglionares, con las cuales las células receptoras son conectadas, es muy inferior a estas cifras. En efecto, se ha calculado que se acercan al millón por cada ojo para el ser humano.
Como cada neurona sensitiva transmite estas señales por medio de su único axón al encéfalo, se puede afirmar que éstas son recibidas por las neuronas receptoras cerebrales bajo la forma de una única señal. Por esta razón, se puede afirmar que cada neurona sensitiva del sistema óptico manda al encéfalo el equivalente de un solo punto luminoso a la vez. Su intensidad, su frecuencia y su diferencia de potencial pueden variar enormemente de una neurona a otra en un mismo instante, evidentemente en los límites de intensidad aceptables por parte de ésta, dado la multiplicidad de sus fuentes.
La cantidad de células receptoras asociadas a una neurona sensitiva, por un simple efecto de suma de variabilidades de las señales captadas, multiplica entonces la variabilidad de la señal correspondiente transmitida por el axón.
Es interesante observar que las neuronas sensitivas no transmiten realmente todos los fenómenos que ocurren en el medio ambiente del individuo. Es de destacar que a pesar de que el ojo humano recibe ondas luminosas cuyas frecuencias son iguales o inferiores a la del infrarrojo o iguales o superior a la del ultravioleta, las neuronas sensitivas del sistema óptico transmiten al cerebro nada más que un espectro que va del rojo al violeta, aunque con una gama extendida de tonos diferentes.
Este fenómeno sobresaliente proviene del hecho que las neuronas sensitivas de los órganos de la visión ocular no reciben cada una una imagen correspondiente a la visión completa del panorama por parte de los ojos, sino impulsos energéticos que corresponden a la recepción de los impulsos luminosos en las células fotosensibles que le son asociadas. Las cuales transforman la energía de los fotones captados, es decir de orden lumínica, en energía de orden electro-química como ya fue científicamente comprobado. Por ende, las neuronas sensitivas no transmiten las frecuencias de las bandas luminosas, sino los impulsos provenientes del efecto que provocan en las diversas células fotosensibles, las cuales poseen cada una la capacidad de reaccionar a frecuencias particulares según sean bastoncillos o conitos. Es decir que el cerebro no recibe impulsos de frecuencias iguales a la longitud de una onda de luz, sino impulsos energéticos provenientes de la transformación del tipo de energía que se produce en las distintas células fotosensibles en función de la recepción de esta misma onda de luz. El desplazamiento de la mirada implica variaciones de la tonalidad e intensidad de la energía luminosa recibida por cada una de estas células.
El autor insiste en hacer notar que las neuronas sensitivas relacionadas con la visión ocular envían al cerebro únicamente impulsos energéticos bajo la forma de una corriente de energía de tipo electro-químico que recorre los axones de éstas. Lo que significa que el encéfalo no recibe, ni almacena, imágenes luminosas, sino pura y exclusivamente impulsos energéticos de orden electro-química.
En el caso de los órganos auditivos, los sonidos son transmitidos por intermedio del oído externo a la parte interna donde estimulan las células ciliadas, u órgano de Corti, situadas en la cóclea. Dicha cóclea tiene la forma de un cono enrollado sobre sí mismo, de la misma manera que el caparazón de un caracol. La posición de estas células ciliadas en la cóclea resulta fundamental, pues cada una recibe una gama particular de frecuencias. Es decir que al igual que las neuronas sensitivas de la visión, las neuronas sensitivas de la audición no transmiten las frecuencias reales de los sonidos, sino los impulsos correspondientes a la estimulación de las diversas células sensitivas.
El mismo fenómeno se produce con respecto a los otros distintos sentidos y órganos humanos. Lo único que llega al encéfalo son impulsos energéticos de tipo electro-químico, cualesquiera sean la naturaleza y el origen de los estímulos captados.
Siendo la transmisión de energía continua y automática, a lo largo del estado de vigilia, pues la vigencia misma de dicho estado implica el contacto permanente con el medio ambiente y la percepción de sí mismo, se debe admitir que les amplificaciones y transmisiones de datos al cerebro tienen que ser también continuas y automáticas. Lo que se verifica sin mayor problema pues durante este estado uno no para de tener conciencia del entorno y de sí mismo, lo que sería imposible en el caso contrario. También eso implica que dicha conciencia es generada por el funcionamiento continuo de las neuronas sensitivas que integran la totalidad del cuerpo humano que transmiten, sin interrupciones algunas, las señales que engendran, o reciben de las células sensitivas que les son asociadas, las cuales son enviadas sin cesar al encéfalo.
Ya ha sido descubierto que la transmisión de energía al interior de los axones se produce por intermedio de iones positivos de sodio, potasio y calcio. Cada axón transmite una energía con una diferencia de potencial, o DDP, que ronda los -70 hasta los +50 milivoltios. Debemos saber que la energía transmitida por un conductor es proporcional a su DDP, su intensidad y su frecuencia; la cual, en el caso de las neuronas, está sometida a la amplitud de los estímulos captados por los receptores. Se tiene que destacar que, como nos lo enseñan las leyes de la física, la existencia misma de un flujo de energía en un medio conductor implica su automática transmisión en la totalidad de la extensión de este medio. Lo que significa que la transmisión de señales energéticas entre las neuronas sensitivas y las neuronas cerebrales con las cuales están relacionadas por medio de sus axones es automática y constante en el estado de vigilia.
Debemos recordarnos que las neuronas sensitivas no pueden transmitir al encéfalo una energía que sobrepasa sus capacidades. Como todas las neuronas de un mismo animal son engendradas a partir de un mismo zigoto, poseen todas idénticas capacidades. Por esta razón las neuronas cerebrales no pueden ser dañadas por las señales provenientes de las neuronas sensitivas que integran el resto del cuerpo, por estar adecuadas a las capacidades de estas neuronas sensitivas que son las mismas que las neuronas cerebrales.
Es importante notar que la energía recibida por las neuronas receptoras cerebrales puede ser extremadamente variable entre cada instante y cada una con respecto a las otras. Ésta depende de la variación de los estímulos recibidos captados por cada receptor. Dependen en general de las condiciones externas al individuo, que a su vez pueden responder a factores aleatorios.
En resumen, se puede afirmar que el encéfalo humano recibe una sola y única clase de señales energéticas con características propias de variaciones de frecuencias y de intensidades, por supuesto independientemente del tipo de neuronas sensitivas que las emiten, pero adecuadas a las posibilidades receptoras de las neuronas cerebrales. Por ende, la recepción de dichas señales nunca puede dañar el cerebro.
5. Algunas hipótesis sobre el asentamiento de
la memoria adquirida en el encéfalo.
El problema más importante que se plantea con respecto al lugar y a la forma en la cual se acumulan los datos aprendidos en el cerebro, reside en saber dónde y cómo se almacenan y cuando provienen de un aprendizaje, por parte de los seres humanos. El autor llamará al almacenamiento de estos datos "la memoria adquirida", para distinguirla de la memoria genética.
No ignoramos que las neuronas sensitivas se encuentran en las distintas partes del cuerpo de un animal multicelular y sobre todo, en los órganos que sirven de asiento a los diferentes sentidos. Todas ellas captan diversas clases de señales y las transforman en impulsos energéticos de tipo electro-químico que transmiten al encéfalo, como lo acabamos de ver en el capítulo anterior. Ahí son procesados y la reacción general, o respuesta, es a su vez transmitida a los distintos órganos involucrados por medio de las neuronas motores.
El cerebro humano se compone más o menos de unos cien mil millones de neuronas. Descartándose el hecho de que se podría almacenar la memoria adquirida en algún orgánulo u otro elemento celular conocido situado en el citoplasma de las neuronas, por las mismas razones que descartamos que allí se podría almacenar la memoria genética como lo vimos en los capítulos anteriores, existen actualmente varias hipótesis que tratan de explicar el fenómeno de la memoria adquirida. La primera se basa en la existencia de las sinapsis, la segunda en la supuesta creación de unas proteínas de almacenamiento y la tercera en el alargamiento o modificación de las dobles cadenas de ADN.
Con respecto a la primera, se supone que las sinapsis, que son las conexiones entre las dendritas de una neurona y la membrana exterior que recubre la otra, jugarían el papel de las micro ferritas de las antiguas computadoras. En otro término, que serían la base de alguna clase de polarización electro-magnética generada por la recepción de datos siendo así el asentamiento de la memoria adquirida.
Los conocimientos actuales de la física nos enseñan que cuando un conductor se divide en varias partes, cada una de éstas transmite la energía recibida por parte de éste con la misma DDP y la misma frecuencia, aunque con una intensidad tal que la suma de las intensidades transmitidas por cada una iguala la intensidad que recorre el conductor original. Es decir que si un axón o una dendrita se dividen en varios filamentos, éstos transmitirán exactamente la misma señal aunque con una energía reducida con respecto al axón o a la dendrita original. Por eso es que aunque las sinapsis generadas por las dendritas de una misma neurona pueden acercarse a las cien mil, la cantidad real de señales distintas que podrían almacenarse de esta forma depende únicamente de la cantidad de dendritas originales que salen de la neurona, la cual se sitúa entre algunas decenas y el millar. Lo que daría una posibilidad máxima de acumulación de señales distintas, para el conjunto de las neuronas cerebrales, de unos cien millones de millones de éstas.
Uno de los mayores inconvenientes que presenta esta hipótesis reside en la capacidad de almacenamiento del cerebro humano que supondría generar dicho fenómeno. En efecto, cada uno de nuestros ojos posee la facultad de transmitir al cerebro, por medio de los axones de las neuronas sensitivas, el equivalente de un millón de puntos luminosos, es decir de señales distintas, en una sola visión. Además, se ha comprobado que nuestros ojos son capaces de registrar cerca de veinticuatro imágenes por segundo, hecho que fue comprobado numerosas veces, sobre todo gracias al cinema y a la televisión, y en particular al efecto ya probado de las imágenes subliminales que puede generarse merced a estos medios de comunicación. En función de esto, un simple cálculo nos indica que nuestros ojos pueden mandar un poco más de cien millones de millones de señales al cerebro en treinta y siete días, lo que colmaría la capacidad cerebral de almacenamiento de datos que supondría esta hipótesis.
Sin contar que no sólo el cerebro registra imágenes visuales, sino también sonidos, pensamientos, etc. En realidad ya está comprobado que el cerebro no consagra ni el diez por ciento de su capacidad memorial en almacenar los datos que provienen directamente de los órganos visuales.
La indiscutible evidencia de que el cerebro humano tiene una capacidad de acumulación de señales muy superior a la cantidad de dendritas provenientes directamente de las neuronas encefálicas nos obliga a buscar dicha capacidad en otro lado.
En la segunda hipótesis se conjetura que se generarían en las neuronas unas proteínas o conjuntos de nucleótidos que permitirían, por ejemplo usando algún sistema de creación de cadenas o aglomeraciones de estos elementos, acumular datos, de la misma forma que las cadenas de ADN acumulan los comportamientos genéticos.
En este caso, uno de los mayores inconvenientes provendría de la presencia misma de estas proteínas o de estos conjuntos. En efecto, siguiendo con nuestro ejemplo de las imágenes visuales, y suponiendo que a cada señal corresponde un único nucleótido, y que una sola neurona recibe una sola señal a la vez, en un poco menos de doce años a razón de dieciséis horas de vigilia diaria se generaría una cantidad de pares de nucleótidos superior a los que conforman el genoma humano. Sin hablar de que las proteínas están siempre constituidas por moléculas generalmente superiores en tamaño a la que conforma un nucleótido. No obstante, durante las múltiples investigaciones que se han efectuadas, hasta el día de la redacción de esta obra nunca se ha detectado semejante acumulación de nucleótidos o proteínas. Además, la acumulación de estos componentes biológicos podría generar algún virus o provocar una mutación que podría ser letal a la neurona, hasta por el ser humano.
La tercera hipótesis supondría un alargamiento o una modificación de las cadenas de ADN de las neuronas, lo que implicaría una verdadera mutación por parte de estas últimas. Por supuesto, a pesar de los múltiples estudios ya realizados, nunca se ha comprobado tal hecho, que también podría tener consecuencias catastróficas para los individuos.
Ninguna de estas teorías explica clara e irrefutablemente los mecanismos de procesamiento de los datos adquiridos. Tampoco la imposibilidad de reproducción por parte de la mayoría de las neuronas cerebrales de los seres humanos.
En efecto, luego del proceso de diferenciación, sabemos que todas las células del feto, las neuronas cerebrales incluidas, siguen multiplicándose. Pero, poco después del nacimiento del bebé, excepto algunas neuronas cerebrales situadas en zonas muy particulares que no pierden sus facultades de multiplicarse, la mayoría de las neuronas encefálicas dejan de reproducirse, y perduran así hasta el fallecimiento del individuo, salvo algunas que mueren en el transcurso de su existencia. Está comprobado que, luego del nacimiento del bebé, gran parte del aumento de tamaño de su encéfalo se produce merced al crecimiento de las prolongaciones neuronales y el aumento de las capas de mielina que rodean los apéndices neuronales, por efecto del desarrollo de las células gliales que no participan directamente, como ya fue comprobado, de los diversos procesos intelectuales.
Al igual que el resto de las células humanas, las neuronas nacieron a partir de una única célula, el zigoto, como ya sabemos. Por eso, y por el hecho de que su estructura y sus principales componentes sean parecidos al de las otras células, todas tendrían que gozar del mismo potencial reproductor.
De allí, podemos deducir que durante la niñez del ser humano ocurre un fenómeno que inhibe la facultad reproductora de la mayoría de las neuronas cerebrales. Mientras que el conjunto de las otras células continúa en gran parte teniéndola, sea directamente como en el caso de las células musculares sea a través de células madres como en el caso de las hematies.
La razón de la pérdida de dicha capacidad, por parte de la mayoría de éstas, tiene entonces una única explicación: sus funciones particulares le impide hacerlo.
Podemos entonces afirmar que ninguna de estas tres hipótesis es válida, pues ninguna cumple, aunque sea en forma mínima, con los requisitos necesarios que se precisan para que ellas se adecuen a la realidad de los hechos comprobables.
Se puede afirmar, en función de los conocimientos de la biología moderna, que la memoria adquirida se acumula en el cerebro. Además, como lo acabamos de ver en el capítulo anterior, no puede encontrarse en otra parte que en el núcleo de las neuronas. Como no tenemos ya ninguna duda sobre el hecho de que la memoria genética se encuentra inscripta en el genoma y que sabemos que las capacidades de las neuronas se originaron en las capacidades de las células primitivas, podemos entonces suponer que la aparición de la memoria adquirida se posibilitó en función de la evolución de las capacidades de las células que fueron sus antecesoras. Es decir que el asentamiento de la memoria adquirida se debe encontrar también a nivel del genoma. Por ende, debe depender del alineamiento de los nucleótidos y sobre todo de los enlaces de hidrógeno que unen las dos cadenas que lo conforman.
Por otra parte, está probado que sólo el uno por ciento del genoma humano es necesario y participa, en la formación de las proteínas esenciales a la supervivencia y desarrollo del conjunto del ser. Dicho genoma se compone de unos tres mil millones de pares de nucleótidos. Lo que significa que alrededor de dos mil novecientos setenta millones de pares de nucleótidos se encuentran capaces de cumplir algún otro tipo de función.
Teniendo en cuenta que la memoria adquirida se acumule en el ámbito de los enlaces entre los pares de nucleótidos, la capacidad potencial de almacenamiento de señales sería directamente relacionada con su cantidad y la de las neuronas cerebrales. Lo que al multiplicarse estas dos cantidades daría una cifra superior a los dos coma noventa y siete millones de millones de millones de señales distintas entre sí. Teniendo sólo en cuenta la cantidad de pares de nucleótidos, pues la cantidad real de enlaces es algo superior al doble de esta cifra. En otras palabras, cerca de doscientos veintisiete seguido por dieciséis ceros como cantidad total de señales. Evidentemente ningún ser humano podría utilizar el total de esta gigantesca capacidad de almacenamiento de datos. Para dar una idea muy aproximativa de lo que representa esta capacidad basta saber que teniendo en cuenta que si se asimila cada enlace a una letra del alfabeto, un único cerebro humano superaría en capacidad la suma de las letras de todos los libros ya impresos del mundo actual. Pero, por sus características, la variabilidad de la energía que se puede almacenar en un electrón es muchísimo más grande que la suma de letras distintas de todos los alfabetos existentes.
Resulta evidente que no se puede alterar continuamente el orden de los nucleótidos de las dobles cadenas de ADN, sobre todo porque un hipotético reordenamiento provocaría un verdadero caos genético, que podría ser fatal a la célula, como lo vimos en el capítulo anterior. En consecuencia, al no poder cambiarse dicho orden, la acumulación de datos se tiene que hacer sólo en función de los mismos enlaces de hidrógeno, sin alterar su organización.
También sabemos que los datos provenientes de las neuronas sensitivas llegan a las neuronas receptoras cerebrales únicamente bajo la forma de impulsos energéticos, que son esencialmente variables en DDP, intensidad y frecuencia, con amplitudes que no pueden superar las capacidades de estas neuronas.
El proceso de almacenamiento de datos a corto plazo en las neuronas cerebrales se puede deducir sabiendo que cuando un átomo de hidrógeno recibe determinada cantidad de energía, su electrón la va almacenando, alterando a veces su situación con respecto al núcleo, emitiendo radiaciones electro-magnéticas, y que en las condiciones adecuadas puede liberar dicha cantidad de energía, es decir que puede volver a su posición anterior con respecto al núcleo. Lo que significa que un átomo puede cumplir un papel parecido al de una batería. En función de lo que aprendimos en los capítulos anteriores existe entonces una sola y única forma posible de acumulación de los datos adquiridos que permita luego su activación: en el ámbito de los enlaces de hidrógenos que unen las dos cadenas de ADN que conforman el genoma y más precisamente gracias al almacenamiento de la energía recibida, en los electrones de estos hidrógenos, merced a la acción de enzimas especializadas. Además como sabemos que esta energía recibida no puede sobrepasar el nivel máximo de energía que puede recorrer una neurona sin dañarla, es decir sin afectar gravemente a sus componentes, entonces se vuelve obvio que no puede alcanzar el nivel de energía que provocaría la ionización de los hidrógenos de enlaces y cortaría dichos enlaces separando así la doble cadena que conforma el genoma.
Esta forma de almacenamiento de los datos aprendidos, para que puedan luego ser leídos, supone que simplemente se acrecentaron las capacidades de las primitivas enzimas lectoras, confirmando así la teoría de que las capacidades de los animales más evolucionados provienen del desarrollo y de una verdadera ampliación de las capacidades de los animales que los precedieron en la cadena evolutiva, merced a pequeñas mutaciones que se fueron acumulando a través del tiempo, y no de una aparición brusca y espontánea de nuevas facultades.
El proceso resulta entonces fácil de entender y, aunque necesite probablemente un cierto tiempo de investigación en laboratorios, podrá ser probado experimentalmente.
En efecto, cuando una neurona sensitiva capta una señal, la envía bajo la forma de impulsos energéticos hacia las neuronas receptoras del encéfalo situadas, según los experimentos efectuados hasta la fecha de redacción de esta obra, en el tálamo. Ahí, luego de atravesar las sinapsis, dichos impulsos penetran al interior de la neurona. Merced a la porosidad de la membrana que recubre el núcleo, éstos penetran a dentro de éste. Al igual que las enzimas lectoras recorren el genoma de los protozoos, una enzima recorre el genoma de la neurona pero en lugar de efectuar una lectura va almacenando los impulsos energéticos en los átomos de los hidrógenos de enlace. Los hace saltar a veces de una orbita a otra, lo que es fácil de comprobar con un aparato de medición de los campos magnéticos. Estas enzimas se desplazan, en tiempo de vigilia, en forma regular e ininterrumpida en un mismo cromosoma. Pues, sino perturbaría aleatoriamente las frecuencias de las señales, comprometiendo así gravemente una posterior lectura de estos mismos datos. También dicha regularidad permite recordarse los acontecimientos situándolos en el tiempo de una forma cronológica, dando así nacimiento a la noción de reloj biológico. Además cualquier interrupción o cambio en el recorrido de las enzimas grabadoras provocaría inevitablemente una perturbación en la recepción y grabación de los datos que trastornaría ineluctablemente la percepción del avance del tiempo por parte del individuo concernido.
En consecuencia a las variaciones de intensidad, de DDP y de frecuencia de los impulsos, algunos electrones reciben y conservan más energía que otros o, a veces, no reciben nada. Dichas enzimas van grabando todas las señales recibidas prácticamente de la misma forma que se graba una cinta magnética en un grabador. El hecho de que un ser humano pueda recordar los momentos en los cuales ocurre cada repetición de un mismo acontecimiento a lo largo de un mismo estado de vigilia evidencia que los sucesos se graban en forma cronológica, independientemente de sus esencias y repeticiones.
Estas enzimas, al igual que todas las que están relacionadas con el almacenamiento y la posterior activación de lo que constituye las diferentes memorias de lo adquirido, pueden ser de un solo tipo con distintas proteínas y enzimas de apoyo. Se pueden identificar, entre otras posibilidades, por medio del proceso de microinyección y sus actividades merced, por ejemplo, al uso de microelectrodos conectados a aparatos de medición adecuados o merced a aparatos de medición de campos electromagnéticos.
Podemos suponer que la velocidad, de lo que llamaremos la "grabación" de los datos recibidos por las neuronas receptoras en los hidrógenos de los enlaces, ronda probablemente las cincuenta pares de nucleótidos por segundo. En efecto, en el caso que dicha velocidad sea ampliamente superior, la capacidad de almacenamiento de datos se vería notablemente reducida. Por otro lado, esta velocidad corresponde a la de las enzimas ya conocidas, como las separadoras o las correctoras que participan de la mitosis. No puede ser tampoco inferior, pues sabemos que la persistencia retiniana se acerca a las veinticuatro imágenes por segundo, lo que supone una velocidad de grabación por lo menos igual o sino superiora a esta cifra.
En consecuencia a esta velocidad de grabación, como la cantidad mínima de enlaces de hidrógeno es de dos y su máximo de tres por nucleótidos, y que además la cantidad de células fotosensibles asociadas a cada neurona sensitiva es superior al centenar, lo que supone una amplitud equivalente de variaciones de intensidad de las señales luminosas mandada a través del axón de las neuronas sensitivas de los órganos de visión, eso implica una capacidad de distinción de más de quince mil tonos diferentes.
Dicha velocidad implica y confirma que la grabación de los datos no puede efectuarse en el genoma de las mitocondrias pues, para el ser humano, éstas poseen sólo unas dieciséis mil quinientos sesenta y nueve pares de nucleótidos cada una, lo que sería claramente insuficiente. En efecto, la cantidad de pares de nucleótidos necesaria a la grabación continua de las señales recibidas, para una velocidad de cincuenta pares por segundo, a lo largo de dieciséis horas de vigilia es de dos coma ochenta y ocho millones de pares. Hay que tener en cuenta además que las señales que componen los datos no se pueden acumular en más de un genoma en una misma neurona porque su grabación se situaría entonces en forma aleatoria, lo que por ende volvería su ubicación, en el momento de su evocación también aleatoria. En vista que los recuerdos a corto plazo, se producen, cuando se manifiestan, con una velocidad parecida entre sí y regular según los individuos, se tiene entonces que descartar lo aleatorio con respecto a su grabación y siguiente evocación.
Aunque la grabación de los datos se efectúe fundamentalmente por medio de una clase particular de enzima, como lo acabamos de ver, al igual que para el proceso de la mitosis, ésta debe exigir el apoyo de otras clases de enzima y de proteínas para poder concretarse. En el proceso de la mitosis las enzimas separadoras necesitan de las ADNhelicasas, de las ADNprimasas, etc., así que de las proteínas iniciadoras, de unión, etc. Por supuesto este proceso tiene muchos puntos en común con el de la grabación, pues necesitan los dos de procesos de tipo electro-químico para poder realizarse. Ésta comprobado ya científicamente que la mitosis necesita de un desplazamiento de energía en el ámbito de los electrones de los hidrógenos de enlaces para poder concretarse. Se puede además suponer, basándose en las capacidades ya conocidas de varias de ellas, que algunas otras enzimas y proteínas de apoyo participan de estos dos tipos de procesos Y que, muy probablemente por sus particularidades, las enzimas grabadoras sean de tipo ADNhelicasas. Para agilizar la lectura de esta obra, el autor seguirá hablando únicamente de la enzima fundamental necesaria al proceso de grabación.
Evidentemente, como todos los procesos vitales, éste es sujeto a pérdidas y distorsiones. Aunque éstas sean mínimas y se hagan notar sobre todo al envejecimiento de las células, igualmente, y como se puede constatar, tienen un efecto innegable sobre las capacidades intelectuales humanas. Por supuesto dependen de las particularidades propias a cada individuo. Algunas personas poseen una mejor memoria, es decir capacidad de recordación que otras, como lo demuestra la evidencia de los hechos.
La causa principal de la pérdida de energía que afecta el transcurso de las señales recibidas y transmitidas por las neuronas, es la resistencia que presentan los apéndices neuronales y sobre todo las sinapsis al pasaje del flujo de fotones. Sin contar que los mecanismos de grabación y de lectura son sujetos a pérdidas de este tipo, aunque sea por causa de los mismos procesos electro-químicos inherentes al funcionamiento de las enzimas. Es notable observar que dichos procesos generan calor lo que es un indicio indiscutible de gasto de energía. Entre los distintos orígenes de las distorsiones que afectan las señales energéticas están las que son generadas por las limitaciones mismas de las células y neuronas sensitivas, además de las de las neuronas cerebrales. También una de las fuentes de las distorsiones que pueden afectar las señales reside en los campos magnéticos creados por los desplazamientos de energía. Pues, cada conductor recorrido por un flujo de energía de tipo electromagnético produce un campo de esta naturaleza. Cuando otro conductor, también recorrido por la misma clase de flujo, se encuentra a una distancia suficiente, recibe una cantidad de energía, de orden magnética, proporcional a su intensidad e inversamente proporcional a la distancia que los separa. Como lo hemos visto ya, las neuronas y sus apéndices pueden recibir y transmitir energía, emitiendo así un campo magnético, lo que distorsiona las señales que recorren las otras neuronas y sus apéndices. En consecuencia al muy bajo nivel de intensidad de estas energías, los campos creados son muy débiles y no perturban mayormente el funcionamiento cerebral, como lo demuestra la realidad del hecho. La efectividad de los aparatos modernos prueba que estos campos existen realmente.
Luego, en un momento determinado, en general para los seres humanos durante el estado de sueño, otras enzimas van desgrabando y emitiendo estos mismos impulsos que son luego grabados, con el mismo proceso, en las neuronas que conforman las memorias de largo plazo. Estudiaremos estos fenómenos en los próximos capítulos.
Por supuesto el proceso de grabación es acompañado por otros diversos procesos. En efecto, al mismo tiempo que reciben impulsos energéticos por parte de las neuronas sensitivas, las receptoras no sólo las almacenan en sus genes en forma momentánea, pero además les van transmitiendo a las interneuronas con las cuales están directamente conectadas que a su vez las mandan a las diferentes otras zonas cerebrales por el intermedio de sus diversos apéndices, como lo comprueban los aparatos de medición de campos electromagnéticos. Esta división de la energía recibida al interior de las neuronas receptoras, independientemente de ser una consecuencia normal de las leyes de la física, se enraíza en el hecho de que el citosol contiene mayormente una gran cantidad de iones positivos de sodio y potasio libres. Eso lo vuelve entonces conductor de por sí mismo e impide todo tipo de discriminación en el recorrido de la energía circulante en su interior. En efecto ya sabemos, merced a la vigencia de las leyes de la física, que en un medio conductor la transmisión de un flujo de energía es automática en la totalidad de la extensión de dicho medio. Dicha división es también necesaria por la sencilla razón que el almacenamiento de los datos no puede implicar toda la energía recibida; pues sino éstos no podrían ser tratados luego por el resto del encéfalo. Además está comprobado que ahí las señales recibidas son amplificadas gracias sobre todo a la acción de las mitocondrias. Por eso es que se puede considerar que no sólo las neuronas receptoras sino todas las neuronas en general constituyen verdaderos generadores de energía.
La energía circulante de las señales en las neuronas es sujeta a varios factores. Lo que impide mayormente su dispersión es que al contrario del citosol, las membranas son, por ser constituidas sobre la base de lípidos, altamente aislantes. Dejan pasar impulsos energéticos sólo cuando sus poros permiten el intercambio de iones con respecto al exterior del volumen englobado y, en el caso de la membrana que recubre enteramente la neurona, a través de los receptores sinápticos. Como los apéndices neuronales prolongan naturalmente el protoplasma, ellos reciben automáticamente una parte de la energía circulante, y por ende la transmiten a las otras neuronas con las cuales están conectadas.
La memoria humana no se encuentra ubicada en una única zona del cerebro sino que es dividida y repartida en diversas zonas cerebrales, como ya fue comprobado científicamente. Para cada uno de los sentidos y otros órganos humanos, existe una zona cerebral receptora correspondiente. Ésta recibe y almacena los impulsos mandados desde estos órganos. Al igual que las otras células, la ubicación y función de las neuronas que la integran resultan fundamentales. También en cada genoma existe para cada órgano un gen o varios que le corresponden. Éste o éstos están entonces activados en función de sus actividades mientras que los demás se encuentran desactivados.
Se supone, de una manera altamente probable, que en el ser humano el uso de los tramos útiles de las cadenas de ADN identificados con una función dada, poseen una cierta plasticidad en su empleo. Es decir que según la usanza pueden cubrir una porción más o menos larga de estas cadenas. De ahí que sin cambiar en n