Estaba en la búsqueda de alguna lectura ligera
que ayudara a relajarme después de un día atareado,
cuando me topé con "El Hombre Que
Calculaba".
Como otras tantas veces desde mi adolescencia,
lo tomé para releer cualquier parte; ya que esa
pequeña obra posee la virtud de que cada capítulo,
a partir del tercero, es un relato completo que deja una enseñanza de matemática, de lógica,
de sabiduría, de moral, de
religiosidad y de bondad. El protagonista -Beremiz Samir - es un
joven calculista persa que reúne y practica todas esas
condiciones juntas; que no deja de maravillarnos por la ingeniosa
manera de resolver los problemas de
lógica y de matemática a que es sometido tantas
veces.
Leí el penúltimo capítulo, referente al
problema de los ojos negros y los ojos azules; que paso a
relatar:
Beremiz había rechazado todas las ofertas de riqueza y
poder que el
Califa Al-Motacén le había hecho, como obsequio por
sus conocimientos y extraordinarias dotes para resolver, en forma
sencilla, los intrincados problemas que diferentes sabios le
habían propuesto. No obstante, Beremiz solicitó el
permiso para contraer matrimonio con la
joven Telassim, hija del jeque lezid Abul-Hamid, quien fuera su
alumna y de quien, a pesar de nunca haberla visto, estaba
enamorado; siendo, a la vez, correspondido.
Aunque Telassim era la prometida de un jeque damasceno, el Califa
y el jeque lezid acordaron acceder a la petición de mano
si Beremiz resolvía un problema, inventado por un derviche
de El Cairo, que el rey había propuesto - según sus
propias palabras- " a centenares de sabios, ulemas, poetas y
escribas", sin que ninguno hubiera encontrado la
solución.
El problema planteado fue el siguiente:
El Califa tenía cinco hermosas esclavas, de las cuales dos
tenían los ojos negros y las tres restantes tenían
los ojos azules. Las esclavas de ojos negros decían
siempre la verdad cuando se les interrogaba, mientras que las de
los ojos azules siempre mentían.
Las esclavas serían presentadas con los rostros cubiertos
por un tupido velo que impedía verles el color de los
ojos. Beremiz debía deducir, e indicar sin error,
cuáles de las esclavas tenían los ojos negros y
cuáles los tenían azules; para lo que podía
interrogar a tres de las cinco, haciendo sólo una pregunta
a cada joven. Las preguntas debían ser de naturaleza tal
que sólo las propias esclavas fueran capaces de responder.
Además de resolver el problema, la solución
estaría acompañada de un razonamiento,
rigurosamente lógico, que la justificara.
Beremiz había aceptado el reto antes de ser enunciado el
problema. Así que esperó la llegada de las
esclavas. Estas se presentaron con velos que les cubrían
desde la cabeza a los pies y se colocaron en fila en medio del
gran salón de las audiencias, que se encontraba repleto
debido a la asistencia un numeroso público que colmaba sus
espacios.
El calculista persa decidió interrogar a la primera
esclava - situada a la derecha en el extremo de la fila- y le
preguntó:
--¿De qué color son tus ojos?.
La esclava, ante el asombro del público, respondió
en una lengua
china
totalmente desconocida para los musulmanes presentes y, ante el
hecho, el Califa ordenó que las siguientes respuestas
fueran dadas en árabe puro y de forma simple y
precisa.
Sólo quedaban dos preguntas por realizar. Todos
consideraban que la primera pregunta había sido
perdida.
Beremiz se dirigió a la segunda esclava y le
preguntó:
--¿Cuál es la respuesta que acaba de dar tu
compañera?.
A lo que respondió la segunda esclava:
--Dijo: "Mis ojos son azules".
De inmediato se dirigió a la esclava situada en el centro
y la interrogó:
-- ¿De qué color son los ojos de esas dos
jóvenes a las que acabo de interrogar?.
La respuesta fue:
-- La primera tiene los ojos negros y la segunda los tiene
azules.
Hechas las preguntas, Beremíz se dirigió al Califa
y, después de las alabanzas de costumbre, dio la
solución del problema:
La primera esclava interrogada tenía los ojos negros, la
segunda azules y la tercera negros; las dos restantes
tenían los ojos azules.
Los rostros de las esclavas fueron descubiertos y un fuerte grito
de asombro se escuchó en toda la sala; pues, Beremiz
había dicho con exactitud el color de los ojos de cada
una.
Poco después, Al-Motacén solicitó el
razonamiento riguroso, que justificara la respuesta, exigido
dentro de las condiciones.
A este respecto Beremiz dijo que al formular la primera pregunta:
¿De qué color son tus ojos?, la respuesta
tenía que ser necesariamente "negros"; pues, si la esclava
decía la verdad tenía los ojos negros y su
respuesta no podía haber sido otra; si la esclava
decía la mentira tenía los ojos azules y
necesariamente, al mentir, debía decir que sus ojos eran
negros.
Como la respuesta era conocida por él, de antemano, el
hecho de recibirla en otro idioma no causó ningún
problema; ya que, en cualquier lengua, la respuesta única
posible era: "Mis ojos son negros".
Beremiz prosiguió diciendo que aprovechó ese
revés para hacer que no comprendía y justificar la
pregunta a la segunda esclava: ¿Cuál es la
respuesta que acaba de dar tu compañera?.
Al recibir como respuesta: "Dijo: mis ojos son azules", no le
cupo la menor duda que la segunda esclava mentía, por lo
que
estaba descubierto el color de sus ojos: azules.
Finalmente se refirió a la pregunta última,
realizada a la esclava que se encontraba en el medio: ¿De
qué color son los ojos de esas dos jóvenes a las
que acabo de interrogar?.
Al recibir la respuesta "-- La primera tiene los ojos negros y la
segunda los tiene azules" el problema estaba totalmente resuelto;
pues la tercera esclava dijo con exactitud el color de los ojos
de la segunda que, como se había dicho, ya estaba
descubierto y no había duda de que decía la verdad,
por lo que sus ojos eran negros.
De la respuesta de la tercera esclava y con la seguridad de que
decía la verdad resultó fácil deducir que la
primera tenía los ojos negros.
Luego: la primera tenía los ojos negros, la segunda los
tenía azules; la tercera también los tenía
negros y, como no había más que dos esclavas con
ojos negros, las dos no interrogadas los tenían
azules.
Claro está que Beremiz recibió la mano de la joven
y bella Telassim, con quien casó, y vivió pleno de
felicidad y amor hasta el
fin de sus días.
Terminada la lectura del
pequeño capítulo, gozoso, me puse a pensar en lo
ingeniosa que resultó la resolución del problema.
El gozo fue breve y duró hasta que se me ocurrió
preguntar ¿Qué habría pasado si la tercera
esclava hubiera sido de ojos azules y, por lo tanto, dijera la
mentira?. Su respuesta sería: "--La primera tiene los ojos
azules y la segunda los tiene negros", con lo que Beremiz
también hubiera podido deducir el color de los ojos de las
esclavas interrogadas: la primera negros y la segunda y la
tercera azules; pues al estar descubierta la segunda no
cabría duda de que la tercera mentía al decir que
los ojos de la segunda esclava eran negros. Pero, con esta nueva
disposición de las esclavas, una de las dos no
interrogadas tendría los ojos azules y la otra los
tendría negros; por lo que el calculista no hubiera tenido
ningún asidero lógico para determinar el color de
los ojos de las dos últimas esclavas.
Igual hubiera sucedido si la primera interrogada hubiera sido de
ojos azules y la tercera de ojos negros; esta última
habría respondido: " -- La primera tiene los ojos azules y
la segunda los tiene azules"; con lo que se podía deducir
que la tercera decía la verdad, ya que estaba descubierto
que la segunda tenía los ojos azules. Con esto era posible
saber el color de los ojos de las esclavas interrogadas; pero,
caemos en el caso anterior, donde las no interrogadas
tenían colores
diferentes en sus ojos.
A partir de las tres preguntas enunciadas sólo es posible
deducir, en forma lógica, el color de los ojos de las
jóvenes interrogadas; por lo que el problema tendrá
solución, únicamente, si las no interrogadas tienen
ojos del mismo color.
Si dos esclavas de ojos azules son las no interrogadas, entonces
las dos de ojos negros están dentro del grupo de las
interrogadas y, como en el caso del relato, basta descubrir el
color de los ojos de la segunda y apoyarse en la respuesta de la
tercera para descubrirlos. Sin importar el orden en que queden
ubicadas las tres esclavas, las tres preguntas llevarán al
descubrimiento inequívoco del color de los ojos de cada
una.
Si las dos esclavas de ojos negros son las no interrogadas, la
tercera respuesta sería; " -- La primera tiene los ojos
negros y la segunda los tiene negros"; por estar descubierta la
segunda, de ojos azules, es fácil deducir que la tercera
miente y sólo basta invertir la respuesta para deducir el
color de los ojos de la primera y, por descarte, deducir el color
de los ojos de las no interrogadas.
Al estar al tanto de la situación pensé: "A Beremiz
Samir lo Acompañó un Golpe de Suerte".
Seguidamente, comencé la búsqueda de una
solución que no ofreciera dudas y que no estuviera
condicionada por el color de los ojos de las esclavas no
interrogadas. Tras el estudio de las diferentes situaciones
llegué a la siguiente conclusión:
El problema se resuelve con una única pregunta, realizada
a cualquiera de las esclavas: ¿Cuáles de tus otras
compañeras tienen los ojos azules?.
Al seleccionar una esclava para interrogarla, sólo existe
la posibilidad de que tenga los ojos negros ó que los
tenga azules y dos únicas maneras de dividirlas en
grupos :
Primer grupo: La esclava interrogada tiene los ojos negros y en
las cuatro restantes estarán las tres de ojos azules y la
otra de ojos negros.
Segundo grupo: La esclava interrogada tiene los ojos azules y en
las cuatro restantes estarán dos de ojos negros y dos de
ojos azules.
A la pregunta propuesta sólo se puede responder de una de
las dos formas siguientes:
Primera respuesta: Se señala a tres compañeras con
ojos azules.
Segunda respuesta: Se señala a dos compañeras con
ojos azules.
La primera respuesta no corresponde a quien diga la mentira
puesto que de las cuatro esclavas del segundo grupo sólo
dos tienen los ojos negros; al señalar una tercera con
ojos azules forzosamente tendría que decir la verdad, lo
que no le está permitido. En función de
la estructura del
primer grupo, la primera respuesta corresponde a quien diga la
verdad. De todo lo anterior se deduce que la primera respuesta es
exclusiva de quien diga la verdad.
La segunda respuesta no corresponde a quien diga la verdad puesto
que de las cuatro esclavas del primer grupo tres tienen los ojos
azules; al no mencionar una de ellas se estaría diciendo
una mentira, lo que no le está permitido. En
función de la estructura del segundo grupo, la segunda
respuesta corresponde a quien diga la mentira ya que
señalaría a las esclavas de ojos negros, asegurando
que son azules. De todo lo anterior se deduce que la segunda
respuesta es exclusiva de quien diga la mentira.
De la doble exclusividad se deduce lo siguiente:
Si se da la primera respuesta la interrogada dice la verdad,
tiene los ojos negros, y el color de los ojos de las cuatro no
interrogadas se corresponden exactamente con la respuesta dada.
Las no señaladas tienen los ojos negros.
Si se da la segunda respuesta la interrogada dice la mentira, sus
ojos son azules, y el color de los ojos de las cuatro restantes
se deduce invirtiendo los colores de la respuesta dada. Es decir:
las señaladas tienen los ojos negros y las no
señaladas los tienen azules.
En el supuesto de que la esclava interrogada también
responda en dialecto chino, existirá la posibilidad de
realizar la misma pregunta a cualquier otra y deducir, al
momento, el color de los ojos de cada una. Siempre atendiendo a
las condiciones del problema y a las caracter
ísticas del relato.
Como se ha visto: el problema de las cinco esclavas de
Al-Motacén tiene una solución, inequívoca,
más sencilla de lo parecía ser.
Alcanzada la solución, ya de noche, sentí tristeza
por Beremiz Samir; a sabiendas de que el relato de El Hombre
Que
Calculaba es un producto
intelectual.
Una y otra vez me pregunté: ¿Qué
habría sucedido si las dos esclavas no interrogadas por el
calculista hubieran tenido diferentes colores de ojos?.
También me hice otra pregunta: ¿Por qué,
Beremiz, estuvo a punto de errar en el penúltimo
capítulo del relato, y con el último problema
propuesto, si ya no tenía la oportunidad de enmendar?.
Y estas otras: ¿Por qué, el también
imaginario, Malba Tahan introdujo el problema de las cinco
esclavas si no contaba con la solución inequívoca?.
¿Sería en forma inconsciente?; ¿Sería
adrede, para dejar la solución solamente a Beremiz y
probar si era capaz de resolver el último problema, sin la
guía de su mano?
Y esta otra: ¿Por qué el golpe de suerte, que
situó a dos esclavas con el mismo color de ojos en el
grupo de las no interrogadas?.
Me imaginé a Beremiz saliendo de la ciudad; derrotado, sin
su adorada Telassim, como un loco que despreció el poder y
la fortuna por ir en pos de un amor que no pudo conquistar, para
vivir en cualquier parte; solo, pobre, triste y olvidado. Y a la
bella
Telassim casada con el jeque damasceno; rodeada de inimaginables
riquezas, exquisiteces y adulancias; pero con el corazón
oprimido por no haber cristalizado su unión con el joven
calculista que cierta vez hizo prodigios en Bagdad.
¡Pero el relato no terminó, ni podía
terminar, en esa forma tan cruel!
Abrí el libro , de
nuevo, para buscar respuestas en su interior. Caí otra vez
en cuenta de que el relato es más que un conjunto de
problemas matemáticos ingeniosamente resueltos: es un
hermosísimo relato acerca del amor entre dos
jóvenes que vivieron en una cultura , y
una época, donde no se respetaban los verdaderos deseos de
los amantes, por lo que podían ser separados por sus
padres y obligados a contraer nupcias con otras personas,
aún en contra de sus voluntades. El amor entre
Beremiz y
Telassim estaba alimentado por la dispensa mutua de inmensas
raciones de conocimiento ,
de caridad, de bondad, de moral, de humildad, de paciencia, de
confianza, de esperanza..... y por una infinita religiosidad que
se manifestaba en un profundo respeto y amor a
Dios.
Entonces, encontré las respuestas:
Malba Tahan lo hizo adrede.......
Pero, no para probar a Beremíz .....
Lo hizo para probar a Dios.
Y fue Dios quien premió a esa joven pareja; disponiendo
que La Suerte situara en el final de la fila a dos esclavas con
igual color de ojos, para que fueran, precisamente ellas, a
quienes ninguna pregunta se les formulara.
Sonreí; cerré el libro; apagué la luz ;
dormí tranquilo.
Atentamente,
Autor:
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