El Pensamiento Utópico
En Busca del Estado Perfecto

Indice
1. Prólogo
2. Introducción
3. Evolución histórica de la literatura utopista
4. El valor de la utopía: del realismo maquiavélico al pensamiento de Popper
5. Conclusión final
6. Bibliografía

1. Prólogo

Cierra los ojos y verás un mundo mejor,
Un edén sin injusticia, Que sólo se halla en tu interior.
Quien no ha soñado alguna vez con vivir en un mundo perfecto, un paraíso perdido donde ser felices sin esfuerzo, donde gozar de toda libertad para realizarnos como personas, un jardín idílico exento de autoridad y opresión, con un orden perfecto e infalible que haga de nuestra vida un fantasía perpetua. Sin duda, este deseo brota de todo mortal porque forma parte de su ser. La vida sin sueños no tendría sentido, y como sueños que son, las utopías aportan ese sentido a nuestra existencia cuando la realidad se muestra insuficiente.

No obstante, la historia nos ha enseñado que, pese a lo inocente de su apariencia, los sueños tienen un precio. Un coste demasiado elevado que la humanidad ha tenido que pagar por errores que nunca debieron cometerse. Se trata pues de una fantasía peligrosa, una ilusión demasiado comprometedora, capaz de proyectarse mas allá de la mera intelectualidad individual e implicar al mundo en toda su universalidad. Por ello, siempre ha existido una cuerda sensación de prudencia frente a esta cuestión. Porque la utopía, además de necesaria es inevitable, pero, sobretodo, porque su poder trasciende más allá del sueño que la origina y nos somete sin apenas darnos cuenta.

Así pues, el pensamiento utópico, con su idealismo político, sus profecías y, sobre todo, con su fe en el cambio y la evolución social, nos concierne mucho más de lo que a menudo juzgamos, porque además de una esperanza, constituye una finalidad en sí mismo y, como tal, forma parte de nosotros, de cada ser humano, floreciendo cuando más se necesita e impulsándonos en nuestro camino hacia el clímax social.

Con todo esto, parece obvio que, desde el inicio de sus días, el hombre ha imaginado, ha conjeturado y ha fantaseado. Por ello, el pensamiento utópico es y será siempre contemporáneo a todas las generaciones. Porque si bien es difícil dejar algún día de soñar, más difícil será que la humanidad abandone sus ansias de superación.

2. Introducción

Definición del concepto
Para comprender y asimilar las implicaciones del concepto de utopía, es necesario conocer la definición exacta. De este modo, es conveniente evitar los matices subjetivos y las posibles connotaciones emocionales que éste puede suscitar, partiendo de su origen etimológico y analizando su evolución a lo largo de la historia. Así pues, la Real Academia Española recoge y define brevemente esta noción, del siguiente modo:
Utopía o utopia. (Del gr. oυ
̓, no, y τόπoς, lugar: Lugar que no existe).

  1. f. Plan, proyecto, doctrina o sistema optimista que aparece como irrealizable en el momento de su formulación.

Es decir, entiende la utopía como aquel plan, proyecto, doctrina o sistema óptimo o conveniente, que aparece como quimérico desde el punto de vista de las condiciones existentes en el instante de su enunciación. No obstante, realizando un recorrido más extenso y detallado por sus connotaciones sociológicas, las utopías, concebidas como proyectos de ciudades ideales, visiones de fundamento ético o estados de perfecto orden, son también, al mismo tiempo, suscitadoras de ideologías activas, imágenes estimulantes e inspiradoras de acciones concretas, capaces de modificar la realidad existente. Por otro lado, las utopías son, o por lo menos intentan serlo, sistemas racionales capaces de concebir nuevos modos de organización social. En cualquier caso, implican siempre una voluntad de trascender lo existente y son, a la vez, una evasión del presente y una crítica de ese mismo al compararlo con lo que podría ser. Por eso todas ellas pretenden encarnar, como dice M. Buber, "la visión de lo justo en un tiempo perfecto".

Por otro lado, como se deduce del comentario etimológico que encabeza la definición de la RAE, la palabra utopía es un vocablo de raíces griegas. Sin embargo, pese a lo arcaico de su origen, no se empezó ha usar con el sentido que actualmente le otorgamos, hasta que Tomas Moro la tomó como topónimo para mencionar a la isla fantástica que imaginó en su célebre novela, y en cuyo contexto estableció su modelo de estado ideal. A partir de aquí, y debido a la gran importancia y difusión que esta obra tuvo entre los intelectuales de la época, el término se popularizó. Así, por una relación de semejanza, pasó de ser, simplemente, algo que no se encuentra en ningún lugar, a referirse a todas aquellas organizaciones, intenciones, proyectos o doctrinas, que por su excesivo idealismo o su aparente irracionalidad, resultan impracticables o imposibles de implantar en la realidad y el contexto histórico en que se formulan. De este modo, con el tiempo, ha acabado surgiendo, por contraposición al ya conocido concepto de utopía, su opuesto: el de distopía o antiutopía (aún no aceptado oficialmente, pero sí frecuentemente usado por quienes conocen el tema), que pretende reseñarse en la estructura social idealista que, en lugar de aportar el súmum del bienestar, la justicia y la libertad, desemboca en el caos y la sinrazón, provocando así la pérdida definitiva de los valores morales y éticos imperantes hasta el momento.

Aproximación a la utopía social
Como se ha podido observar en el punto anterior, la definición de utopía resulta quizá demasiado amplia y abstracta para tomar el concepto en toda su extensión. Por ello, para comprender el sentido del trabajo, es conveniente reducirlo a su dimensión puramente social. Así pues, es preciso decir que, desde que el hombre es hombre, y su capacidad de autocrítica le ha permitido analizar su entorno, ha intentado encontrar el estado ideal, justo, libre y seguro. Un estado perfectamente organizado y fructífero, donde todos los ciudadanos dispongan de medios suficientes para cubrir sin dificultades las necesidades biológicas e intelectuales que precisen. Nace así el pensamiento utópico.

No obstante, en caso de ser viable, llegar a este clímax social no parece tarea fácil. Y es que el peso de la historia, cae con fuerza al contemplar como tras un vasto repertorio de variados e incomparables modelos, nunca hemos sido capaces de establecer esta deseada comunidad. No hay más que ver, por ejemplo, la variante práctica del ideal comunista de Marx. Un ideal que sirvió de excusa para que, países como la antigua Unión Soviética, China o Cuba entre otros, desembocaran en regímenes socialistas totalitarios, donde el poder del estado acabó militarizando la cotidianeidad de una sociedad segura pero ideológicamente reprimida; el absolutismo monárquico de la edad media, donde la implacable inflexibilidad de una voraz sociedad dividida en estamentos, acabó sumiendo en la miseria a la inmensa mayoría de la población. Una población que vio como"el privilegio"del poder y la abundancia, se otorgaba a unos pocos elegidos de la nobleza y el clero; o sin ir más lejos, la actual sociedad capitalista, que más allá de las evidentes desigualdades que oculta, y bajo el pretexto de la democracia y una ambigua libertad, parece haber olvidado que el hombre es un ser social que necesita dar y recibir. Y es que, en una sociedad donde priman los intereses particulares, es difícil velar por el bien de la colectividad. De este modo, y tras contemplar con resignada frustración los continuos fracasos en los distintos modelos de organización social, han sido numerosos los teóricos que han puesto su genio y lucidez al servicio de la humanidad para intentar cambiar con sus distintas propuestas el rumbo de aquella sociedad en la que vivieron. No todas han logrado llegar a ponerse en práctica y tampoco todas han sido entendidas y aceptadas por la humanidad, pero por descabelladas, atrevidas o incoherentes que hayan sido, comparten una intención renovadora y progresista que en su momento dio lugar al ideal utópico del que ahora nos hacemos eco.

Estas inquietudes, como digo, han estado presentes desde el inicio de nuestros días, ya que son consecuencia directa de la vida en sociedad. Aun así, su importancia no es verdaderamente relevante hasta que, por medio de la escritura, no se plasman estos ideales de forma argumentada y detallada. Es por ello que para realizar un estudio medianamente exhaustivo de estas tendencias ideológicas y llegar a comprenderlas en toda su extensión, es necesario tomar como base a la literatura, ya que ha sido ésta la que ha albergado, desde siempre, las obras de los grandes teóricos de la historia. Así pues, tomando modelos distintos tanto por su época como por su contenido, son de vital importancia en el ideal utópico La República de Platón, Utopía de Thomas More, El manifiesto comunista de K. Marx y F. Engels, así como diversas obras del fructífero siglo XX, como El señor de las moscas de W. Golding o antológicos modelos de antiutopía como Un mundo feliz de A. Huxley o 1984 de G. Orwell.

3. Evolución histórica de la literatura utopista

Como hemos podido observar en anteriores apartados, la literatura es una buena base para entender el proceso que ha seguido el pensamiento utópico a lo largo de la historia. Por ello, es preciso conocer el significado de algunos de los clásicos que nos dejaron en herencia los grandes ideólogos de la humanidad, para asimilar el rumbo que ha ido tomando nuestra sociedad con el paso de los años. Así, hay que partir de las culturas grecorromanas que fundaron la filosofía, para poder comprender los valores que apuntalaron la moral del medievo y, a su vez, advertir las lagunas y aciertos de estos últimos, para juzgar con la mayor integridad, la mentalidad que cambió el mundo de los siglos posteriores.

Para lograr este propósito, son de vital importancia las ideas que reflejó en sus diálogos el que fue sin duda uno de los primeros y más grandes filósofos de nuestra cultura. Platón y su conocida obra "La República", constituyen, probablemente, el punto de partida del pensamiento utópico en su vertiente literaria. Posteriormente, y en pleno auge del humanismo renacentista, cabe destacar también, el genial pensamiento que plasmó T. More en "Utopía", la república dominada por la razón que ideó en su novela el conocido autor para impugnar las desigualdades que generó su sociedad. Y finalmente, en medio del creciente ideal capitalista generado por la revolución industrial, es necesario analizar también la aparición del ideal socialista, expresado detalladamente en el "Manifiesto Comunista" de K. Marx y F. Engels. Estas obras, añadidas a algunas de las surgidas en el ya pasado s. XX, como "1984" de George Orwell o "Un Mundo Feliz" de A. Huxley, constituyen la columna vertebral de la literatura utopista a lo largo de la historia y por este motivo, resulta interesante detenerse brevemente en cada una de ellas y comprender su significado dentro del contexto en que fueron presentadas ante la humanidad.

Es obvio, sin embargo, (y sin ánimo de restarles importancia), que las obras anteriores no son más que buenos ejemplos de los muchos que nuestra cultura ha ido generando desde el inicio de sus días, por ello, pasar por alto la importancia de escritos como "La Ciudad de Dios" (San Agustín de Hipona, 413-427), "La Ciudad del Sol" (T. Campanella, 1623), "Nueva Atlántida" (F. Bacon, 1627), "Leviatán" (T. Hobbes, 1651), y un largo etcétera de válidas propuestas que podrían ilustrar sin problemas el propósito que nos ocupa, parecería una insensatez. No obstante, más allá de las repercusiones que éstas puedan haber tenido, lo realmente importante es saber que la esencia de todo pensamiento contemporáneo tiene su origen en el pasado y por tanto, entender nuestro mundo es entender el mundo de nuestros ancestros.

La utopía clásica
En este período de nuestra historia (s. VI a.C.), se origina, en la región este del continente europeo, el nacimiento de la filosofía y el pensamiento occidental. Concretamente en la ciudad jonia de Mileto y más adelante en las principales polis de la antigua Grecia, se produce el cambio ideológico que provoca la transición del discurso mítico al discurso racional. Esta renovación conocida tradicionalmente como el paso del mito al logos, supone sin duda el inicio de nuestra cultura y la fuente de saber que nos ha servido a lo largo de generaciones, como axioma precursor de todo pensamiento científico y moral. Es por ello, que debemos partir de esta célebre etapa para realizar el recorrido por la utopía literaria.

El trabajo de los primeros sofistas y la evolución durante años de las teorías y doctrinas formuladas en aquellos primeros siglos de conocimiento racional unido a una época de bienestar y estabilidad social, facilitó la consumación de grandes ciudades estado (principalmente Atenas) que se autogobernaban bajo los preceptos de la democracia. Así, en un entorno relativamente favorable, fueron surgiendo los primeros grandes pensadores y, con ellos, la aparición de los primeros clásicos de la literatura universal. Cada vez más preocupados por la vida en sociedad y la moral humana, fueron perdiendo interés por la observación de la naturaleza y se implicaron cada vez más en los gobiernos de sus ciudades. De este modo, en el 437 a.C. nace uno de los filósofos con mayor peso de la antigüedad. Platón, discípulo de Sócrates y miembro de una familia bien estante, elabora los primeros diálogos escritos y deja para la historia la primera gran herencia del conocimiento universal (cabe destacar "La República"), rebatiendo la demagogia política y dudando de la honestidad de la democracia ateniense.

"La República" de Platón
Este clásico de la literatura antigua, es la obra que refleja la concepción ideal del estado perfecto según Platón. En "La
República", expone todas sus reflexiones entorno a la política de su tiempo, y propone una organización distinta que acabe con las injusticias y asegure la estabilidad de la nación. Debido a su nacimiento en la cultura que acunó la filosofía y el arte del saber, este diálogo ha sido valorado y estudiado desde su aparición en el s. IV a.C. por pensadores y estudiosos de todos los tiempos y, por ello, puede considerarse como la semilla de muchas de las tendencias políticas que han ido surgiendo a lo largo de la historia. Esta crítica constante de la obra, ha suscitado opiniones muy diversas entorno a su autor, que ha sido acusado incluso, de promover el totalitarismo y la tiranía de los gobernantes, así como de justificar el social-comunismo o el fascismo del pasado siglo. Es indudable que su riqueza conceptual, hace de "La República" un punto de partida para las ideologías de la posteridad y seria erróneo dudar de las influencias que haya podido tener en estas tendencias políticas, pero antes de condenar o reprochar las afirmaciones que mantuvo Platón en sus escritos, sería más prudente conocer el contexto político y social que condicionó sus ideas, así como algunos de los rasgos más trascendentales de su vida, que a buen seguro influyeron en su modo de entender el mundo y ayudarían, sin duda, a advertir el significado que el célebre filósofo pretendió otorgar a su obra.

Platón, 427-347 a.C.

Aristóteles de Atenas, apodado Platón por la amplitud de sus espaldas, nació, como su mismo nombre indica, en Atenas en el año 427 a.C., en el seno de una noble familia que, capaz de proporcionarle los mejores maestros, le orientó en sus aficiones hacia la literatura y el estudio. A los veinte años conoció a Sócrates y gracias a una larga convivencia, se inició con él en la filosofía. Educado para la política, desestimó esta opción al contemplar como la democracia ateniense se alzaba sobre valores distintos a los suyos y tras intentar con escaso éxito organizar la política de otras polis (como Siracusa), donde incluso llegó a ser vendido como esclavo. Siguió la enseñanza de Sócrates, y tras su muerte (- 399), viajó a Egipto y al sur de Italia, conociendo el pitagorismo y entablando amistad, en Sicilia, con Dión, sobrino del tirano de Siracusa Dionisio. A su regreso a Atenas fundó la Academia (- 387) y posteriormente, volvió a Siracusa (- 367), intentando en vano que el nuevo tirano aplicara en la ciudad su modelo político.

El pensamiento de Platón abarca numerosas dimensiones del conocimiento humano pero sus inquietudes abarcan sobre todo la concepción del hombre y su relación con el mundo y la sociedad. Así se apoya en la afirmación socrática de que el hombre está hecho para la ciencia. Es decir, concibe la ciencia como un conjunto de verdades universales e inmutables que el hombre debe conocer para comprender el mundo en que vive. De ahí se extrae la aparición de dos mundos. El de las ideas o auténtico y el sensible, que es el que percibimos y supone tan sólo una sombra confusa del primero. Así la misión de los filósofos, que conocen la existencia de este otro mundo es captar las verdades que en él se albergan y mostrarlas a los demás ciudadanos, rescatándolos de la inocencia en que viven. Por otra parte, la concepción que Platón tiene del hombre está en consonancia con su visión de la naturaleza. De esta forma, piensa que el hombre es un alma inmortal encerrada en un cuerpo que la recluye y que esta alma de vida eterna, es la que proporciona el saber científico al individuo, pues es ésta la única que ha contemplado el mundo de las ideas y pese a haberlas olvidado al unirse al cuerpo, es capaz de sugerir ciertos recuerdos al contemplar la realidad del mundo sensible. En cuanto a la sociedad, Platón mantiene que está fundamentada en la naturaleza humana y no es sino una prolongación del organismo humano individual. Así, se estructura en tres estamentos básicos: los filósofos (poseen la capacidad de dirigir y gobernar la sociedad), los militares (tienen la misión de protegerla), y los productores (deben trabajar para proporcionar los medios necesarios para sostenerla).

Este pensamiento surge en medio de una crisis política en Atenas, tras la democrática guerra del Peloponeso y la democrática derrota frente a Esparta, llegando a la democrática condena de Sócrates y la también democrática pérdida de los valores tradicionales. Quizá por este motivo y buscando solución a estos problemas, Platón sale en defensa de Sócrates, elabora su teoría de las ideas, establece la justicia "en sí" como fundamento del orden socio-político, eleva el eros a categoría ideal, presenta la figura del filósofo como modelo del ser humano capaz de regir la polis, y se afana por hallar un prototipo de la misma.

Este conjunto de teorías y argumentos extraíbles del pensamiento platónico, se ven claramente reflejados en las numerosas obras que el filósofo escribió a lo largo de su dilatada vida, pero por encima de todas las demás destaca "La República", donde recoge todas estas dilucidaciones para mostrar su concepción del estado político ideal. Nace así la utopía literaria.

Resumen de la obra
"La República" es una continua reflexión entre personajes sobre la política y las relaciones entre los gobernantes y ciudadanos que constituyen la nación. En ella, Platón propone en boca de su maestro Sócrates, y mediante el uso de sucesivas intervenciones dialogadas con otros interlocutores, un modelo de estado perfecto, que consolide la estabilidad de la nación y garantice la seguridad y la justicia de todos los ciudadanos. Esta extensa obra, que se encuentra fragmentada en diez libros, es como muchos dicen un tratado de política pero no seria correcto, sin embargo, atribuirle sólo esta definición, pues además de dilucidar sobre los orígenes y consecuencias de las distintas formas de estado, se pretende indagar en el hombre que las crea. De este modo, cada libro abarca temas distintos, pero con el único fin de diseñar el gobierno perfecto y mostrar las entrañas del Ser del hombre.

Las primeras cuatro fracciones del diálogo son un esbozo de los problemas que surgen al tratar el concepto de justicia y pretenden discernir los modos más eficaces de lograrla y los seis restantes se centran en una compleja exposición del pensamiento platónico en su más intenso nivel de profundidad.
Libro I: Inicia la obra con un elogio a la ancianidad de Céfalo a Sócrates. Se alaban las características más nobles del hombre, la moderación, la sensatez, la cordura, y se da comienzo a una reflexión sobre la importancia de la justicia en la vida de los hombres y tras acordar su papel en el seno del estado, se procede a una búsqueda de sus características.
Libro II: Tras dar comienzo al tema de la justicia, dos personajes más, Glaucón y Adimarco, alientan a Sócrates a encontrar y exponer la verdadera naturaleza de la justicia, alienando el concepto de cualquier valoración u opinión popular. Para ello se intenta comprender los motivos que la originan y las razones de su perturbación.
Es en este libro donde se plantean las analogías entre las nociones de hombre y estado. Paralelismo que fundamentará el sentido de todo el diálogo. Se presenta, además, una brillante disertación sobre la educación y su importancia dentro de los deberes del estado, siendo ésta la base que constituirá el futuro de las posteriores generaciones encargadas de dirigirlo.
Libro III: Llegados a este punto, se genera una discusión entorno a la concepción del estado justo. Se concluye entonces, que sólo puede obtenerse mediante una estricta distribución de labores y su pertinente educación desde la más tierna infancia para evitar las sublevaciones que pudiera motivar la incomprensión del individuo respecto al lugar que ocupa en la sociedad. Una educación especializada y precisa que aún discriminando oriente a cada miembro en función de las aptitudes con que ha sido dotado.
Libro IV: En este libro, que pone fin a las cavilaciones que motiva el concepto de justicia, se revelan las conclusiones extraídas, y se promulgan los principios que deben regir el estado justo. "Producir la justicia es establecer en las partes del alma la subordinación que en ella ha querido poner la naturaleza. La injusticia es dar a una parte sobre las demás un imperio que va en contra de la propia naturaleza". Este principio, según Platón, armoniza las relaciones entre los hombres, pero su conocimiento tan sólo está reservado a los intelectos más capaces y, por ello, el gobernante debe extraerse de aquellos que lo posean.
Libro V: En este libro, Platón vuele a hacer referencia a la educación como punto de partida del estado ideal, centrándose esta vez en los niños y las mujeres ( a estas últimas les proporciona la posibilidad de desempeñar roles distintos a los tradicionalmente asignados, si demuestran capacidades para ello). Así, una vez diseñado el estado perfecto, se baraja la opción de ponerlo en práctica, y como el rumbo de éste dependerá de la predisposición de los ciudadanos a seguir el orden establecido, el poder de orientarlos mediante el correcto uso de la pedagogía debe residir en los únicos capaces de administrarlo racionalmente: los filósofos. Sin embargo para entender el papel de estos sujetos en "La República", es preciso saber que, para Platón, el filósofo es aquel individuo cuya capacidad de abstracción permite descubrir la idea del bien supremo y llevarla a la realidad del estado ideal. Así la gestión y la organización del gobierno perfecto deben residir en la razón y la justicia que sólo el filósofo puede proporcionar.
Libro VI: En este punto, Platón reflexiona sobre la idea del bien. Concepto que aporta sentido al mundo de las ideas, fin en sí mismo de toda aspiración humana, y base del conocimiento verdadero. Expone además su popular teoría de las cuatro fases del conocimiento. Fases que discurren desde las primeras impresiones sensitivas, hasta la contemplación del Ser Supremo y que constituyen el proceso que, según Platón, sigue todo saber desde que es percibido mediante sensaciones, hasta que asimilado por el hombre en su punto máximo.
Libro VII: Expuestos ya algunos de los principales cánones de las tendencias platónicas, en este magnífico libro, el filósofo escribe uno de los pasajes más admirados de su obra. El mito de la caverna, es un paradigma de las teorías previamente argumentadas, en el que Platón simboliza el mundo real bajo la perspectiva de su pensamiento. Propone dos mundos. El primero, una caverna donde los hombres viven encadenados desde su nacimiento, contemplando tan sólo las sombras que una hoguera situada en la entrada proyecta del exterior y otro mundo al que ni pueden acceder ni conocen los hombres y que abarca toda realidad ajena a la caverna. Sin embargo, un día estos dos mundos interaccionan cuando uno de los hombres logra escapar y, al contemplar el exterior y entender el engaño en que vivía, advierte que las sombras que antes veía y que creía verdaderas, no eran sino el reflejo de las figuras que discurrían ante la hoguera proyectando una sombra distorsionada. Esta analogía de muestro mundo ejemplifica, mediante un genial arquetipo, la teoría del conocimiento (muestra el procedimiento que sigue el saber en su recorrido desde las primeras percepciones hasta la consecución de la verdad suprema) y explica la relación entre los dos mundos que mantiene el autor en sus tratados: el sensible, encarnado por la caverna, y el de las ideas, representado por el exterior.
Libro VIII: Este libro se centra en una comparación entre el estado justo e ideal formulado y el resto de sistemas políticos dominantes en la época. De ese modo, se analizan los principios que les sustentan así como el talante de los individuos que los crean. Concluye con una reflexión acerca de los niveles de decadencia política que abarca desde la Timocracia espartana, la Oligarquía y la Democracia, culminando en la figura del tirano. Llegados a este punto, finaliza el paralelismo hombre-estado iniciado en el segundo libro del diálogo.
Libros IX y X: Estos dos últimos volúmenes, se ocupan de asentar más profundamente las conclusiones alcanzadas por Sócrates y sus acompañantes. Así, el libro IX se encarga de explicar las repercusiones del estado perfecto en la vida individual de los hombres, es decir, pretende conjeturar las consecuencias que su instauración en el mundo real pudiera ocasionar sobre una sociedad como la suya. De otro modo, el libro décimo analiza las diferencia entre poesía y filosofía, afirmando la primacía de esta última en lo que a educación y adoctrinamiento se refiere, asignando así al poeta un lugar más humilde en el terreno de la creación artística.

De esta forma se clausura una de las más grandes obras del pensamiento filosófico que resulta, además, de vital importancia para comprender el pensamiento utópico. Con una espléndida belleza narrativa, Platón concluye "La República" y sienta para la posteridad algunas de las claves para entender los entresijos de nuestra cultura y sus inquietudes filosóficas.

Valoración crítica
Una vez conocido el contexto, el autor y la obra, es el momento de valorar su contenido y la importancia que esta ha tenido en los siglos venideros. Hay que reiterar entonces, que "La república" es, además de una utopía social, un tratado de política y una reflexión sobre el ser humano. Por ello encontramos en su interior una gran cantidad de afirmaciones y principios de muy diversos ámbitos, destinados todos ellos a un mismo propósito: encontrar la perfecta organización social y el estado de cosas ideal para la vida del hombre. En este sentido, hay que decir que Platón no escribió su obra sin conocimiento de causa, pues, como cuenta en su biografía, fue educado desde la más temprana edad para participar activamente en la política de su tiempo. Con esto, no es de extrañar que algunas de sus conclusiones no fueran ni sean todavía entendidas por la gente, ya que su visión fue fundada desde la perspectiva del poder y no del pueblo, provocando así una posición demasiado autoritaria y rígida respecto a los ciudadanos. Por ese motivo, han sido muchos los teóricos que han comparado la república de Platón con un vasto cuartel, dominado por un severo adoctrinamiento de los individuos en función de los intereses del estado. No es extraño que así haya sido, pues es cierto que este estado ideal se apuntalaba en la educación de sus miembros, convirtiéndolos en simples empleados de la nación, pero hay que entender que Platón suprimió gran parte de las libertades por el bien de la estabilidad y la justicia públicas.

Este ultimo término, la justicia, abarca casi cuatro libros del total del diálogo, y es uno de los pilares entorno los cuales se organiza el estado. Para Platón, esta noción tan básica y presumible en nuestro tiempo, era una de las más conflictivas y complejas a las que debía enfrentarse el gobierno (tanto es así que en algunos fragmentos del diálogo llega a equiparar el estado perfecto con el estado justo). La justicia distinguía al bueno del mal gobernante, al tirano del filósofo, así pues, su consecución debía estar por encima de cualquier otro obstáculo y por ello, resultaba necesario conocer cuál era el núcleo generador de toda arbitrariedad. Este núcleo no era otro que la iniciativa individual, que de tener poder suficiente, podía comprometer a todo el estado. Así, el autor concluye que, para asegurar el acierto de la nación, es necesario controlar los actos particulares, suprimiendo si es necesario su libertad de actuación y, para lograrlo, el único medio realmente efectivo y acorde con las circunstancias, era el adoctrinamiento de las masas, mediante una pedagogía discriminatoria y selectiva, que dividiese y educase a cada miembro según su capacidad de servicio a la comunidad.

Para justificar este pasaje, Platón idea una curiosa metáfora capaz ejemplificar su afirmación. Dice que cada ser humano, al nacer, se compone de un determinado metal. Así, los más valiosos tienen oro y deben encargarse de dirigir y gobernar a sus congéneres. Los de plata, son también especiales y deben contribuir con sus ayudas a comandar la nación. Finalmente los de cobre y bronce, que no poseen por naturaleza el don de los anteriores, deben trabajar para mantener el estado, ocupando un lugar más humilde entre los ciudadanos. Con este paradigma, se intenta argumentar la educación discriminatoria y la desigualdad entre los individuos, pero se hace hincapié también, en un elemento digno de consideración.

Y es que, si bien es cierto que no hay igualdad de oportunidades, no se fundamenta el clasismo, es decir, no por pertenecer a un grupo social determinado se otorga una educación u otra, sino que la pedagogía se distribuye única y exclusivamente en función de las aptitudes y las habilidades personales. ¿Acaso no es esto justicia? Probablemente no lo sería si el encargado de tomar las decisiones de índole pública fuera alguien incapaz de asumir semejante responsabilidad, pero Platón, que no acostumbraba a dejar cosas al azar, contempló también esta posibilidad y tras discernir la complejidad de la cuestión, concluyó que una labor de tan ardua dificultad sólo podía ser asumida por los mejores filósofos, entendidos claro está, como aquellos seres capaces de encontrar la verdad entre la confusión y descubrir la idea del bien supremo, desde la cual llevar a la práctica la vida y el estado ideal.

Con estos elementos y otros derivados de los ya expuestos, Platón creyó haber encontrado la organización política perfecta superando los sistemas que fracasaban en las regiones vecinas, pero pese a ser una obra realmente admirable, no llegó a funcionar en los lugares donde se intentó implantar. Probablemente por motivos ajenos a la responsabilidad de Platón, pero sin duda por uno en especial. Esta concepción de estado ideal, era impracticable. No es posible encontrar la perfección humana (por lo menos no hay constancia de ello), y el modelo platónico exigía esta figura en la cumbre del gobierno. Necesitaba una especie de divinidad que administrase justicia sin el más mínimo margen de error y es obvio que ni el más sabio y honrado de los filósofos habría reunido tales atribuciones.

Es aquí donde encontramos el talón de Aquiles de la idealizada república de Platón. Apostó por una justicia perfecta y consideró por tanto que, de ser obtenida, los demás principios debían estar a su servicio. Por ello, alienó a los ciudadanos de gran parte de su autonomía y suprimió algunos de sus derechos hacia el estado, desestimó la capacidad de éstos de decidir y escoger su propio gobierno (conocedor de las carencias de la democracia) y, en definitiva, consideró al pueblo un colectivo susceptible de la demagogia, incapaz de decidir correctamente por sí sólo. Pero apostar por un estado justo era una utopía, una idea que un personaje de la talla de Platón sólo pudo contemplar confiando plenamente en sus propias capacidades. Debió pensar que él mismo podría repartir la supremacía del bien entre los ciudadanos, y como él algunos de los grandes sofistas que había conocido. Pero un rebaño no puede confiar a ciegas en la bondad de su pastor, necesita unas mínimas garantías de poder cambiar el rumbo de su vida si lo estima necesario.

Por ello, "La República" promulga unos principios inaceptables en el ámbito de las libertades. Porque lejos de buscar un mundo donde cada cual campe a sus anchas, el hombre es un ser que nace libre y, aunque es obvio que somos sumamente influenciables, debería ser obvio también que tenemos derecho a escoger nuestro futuro y decidir con autonomía, aunque a costa de ello, nuestros errores comprometan a nuestros semejantes. Sin embargo, esta última afirmación, no debe ser tomada para alegar contra Platón, pues fue algo parecido lo que le obligó a adoptar en su obra una actitud tan rigurosa.

La condena a muerte de su mentor, por un jurado popular y bajo la aparente aprobación de un sistema democrático, hizo ver a Platón que a veces es mejor contener al pueblo para evitar que sus errores modifiquen el destino de los inocentes, ya que su debilidad frente a los poderes de la demagogia, la falacia y la retórica de los gobernantes, hacen de él un colectivo demasiado vulnerable. El problema está en decidir quien dirige a este colectivo y quien establece la diferencia entre lo bueno y lo malo. Platón lo sabía y por eso intento minimizar al máximo estos conflictos mediante el adoctrinamiento de los ciudadanos y la instauración del filósofo como sabio administrador del bien y la justicia. Así, es probable que cometiera errores, pero no olvidemos que Platón argumentó todas sus aserciones y, si bien resulta sencillo discrepar de alguno de los principios expresados, no lo es en absoluto rebatir congruentemente el modelo de estado que propuso en "La República".

La utopía renacentista
El renacimiento fue un movimiento cultural surgido en el s. XIV que se caracterizó por una ferviente admiración del pensamiento clásico. Una etapa de nuestra historia en la que los miembros ilustrados del arte y la cultura, pretendieron una renovación completa en todas las dimensiones del saber. Una renovación que más que basada o inspirada en los modelos grecorromanos, adoptó íntegramente su pensamiento imitando su arte y su concepción del mundo, dando lugar al nacimiento del humanismo. Así, se propició el retorno al idealismo de lo bello, volvieron a la vida las proporciones, la serenidad y el equilibrio natural que habían definido en sus tratados algunos de los más conocidos filósofos clásicos y, en definitiva, se supeditó de nuevo la creación espontánea, al orden y las leyes estéticas marcadas por los antiguos. No obstante, en este clima renovador, surgen como es lógico, numerosos autores descontentos con el rumbo de su sociedad. Eruditos personajes que dedicaron su tiempo a intentar cambiar las cosas, ofreciendo a sus semejantes nuevos modos de concebir el mundo. Así, después de unos siglos de leve sequía cultural, y en pleno imperio renacentista, se publicaron obras de vital importancia que cambiaron el rumbo del conocimiento humano. Algunas de estas obras fueron, por ejemplo, "La ciudad del sol" de T. Campanella, publicada en 1623 o "La nueva Atlántida", que escribió F. Bacon en 1627, pero probablemente, la que tuvo mayor repercusión entre el público de la época, fue la "Utopía" de Thomas More, obra ilustre que vio la luz en 1517.

"Utopía" de Thomas More
Este clásico de la literatura utopista, del mismo modo que el anterior, adquiere pleno sentido en el contexto histórico en que fue creado, pues no es igual la ideología de una mente contemporánea, que la ideología de una mente del s. XVI, pero aún así y salvando las diferencias entre ambos períodos, ésta conserva aún toda su vigencia en la actualidad. Tanto es así, que no es posible analizar el pensamiento utópico en su recorrido por el tiempo, sin conocer sus repercusiones, ya que, más allá de las influencias que sin duda ejerció en posteriores escritos y sin olvidar a los clásicos (entre los que cabe destacar a Platón y en especial sus diálogos entorno a "La República") que le sirvieron de precedente, supuso sin duda, el nacimiento de la utopía moderna.

Por todo esto, y para comprender con la mayor precisión posible el sentido que More quiso dar a la que fue sin duda su obra maestra, es necesario conocer cuáles fueron los rasgos que pudieron marcar o influenciar su vida y pensamiento.

Tomas More, 1478-1535

Sir Thomas More nació el 6 de febrero de 1478 en Cheapside (Londres). De pequeño entro de paje del cardenal Morton quien recomendó su ingreso en Oxford (donde estudió literatura y filosofía) y más tarde, en 1501, fue elegido miembro del parlamento, para ocupar posteriormente importantes cargos en la administración londinense. Aún así y pese a sus responsabilidades públicas, More tuvo tiempo para cultivar sus inquietudes religiosas y literarias, de este modo, en 1516, escribió su novela más valorada: "Utopía".

Entre tanto, en Inglaterra, Enrique VIII sucedió a su padre, Enrique VII. El nuevo rey fue coronado el 28 de ese mismo mes y consiguió que More entrase a su servicio tras mediar con el cardenal Wolsey, así, en 1517 fue nombrado miembro del Consejo del Rey, teniendo que renunciar a sus otros cargos. En la Corte se ganó el aprecio de los reyes, de los que obtuvo cada vez más confianza. En 1529 sucedió como Canciller a Wolsey, quien había sido destituido por oponerse al propósito de Enrique VIII de anular su matrimonio con Catalina para poderse casar con Ana Bolena. Thomas More contestó claramente al rey su desacuerdo en la cuestión del divorcio, aunque como laico, creyó no deber entrometerse en un asunto que estimó competencia de las autoridades eclesiásticas. El Parlamento pronto se doblegó al poder real y en 1533 sirvió como instrumento para forzar al clero a presentar un acta de sumisión por el que delegó en el rey la potestad legislativa en materia eclesiástica. Ante esta situación More presentó su dimisión como Canciller, lo que le supuso la pérdida de privilegios y cargos, además de la incomprensión por parte de su familia. Ante la declaración del Papa, el Parlamento aprobó el Acta de Sucesión otorgando un poder total al rey sobre sus súbditos. Así, a More se le pidió presentarse a jurar el Acta el 13 de abril de 1534. Éste aceptó los derechos de sucesión que fijaran el Parlamento y el rey, pero se negó a aceptar algo que fuera contra la autoridad papal, como era la unión del rey con Ana Bolena. Durante cuatro días estuvo custodiado por el abad de Westminster, obstinado en desoír los consejos y amenazas de amigos y enemigos, para ser encarcelado en la Torre de Londres. Allí estuvo quince meses, escribiendo varias obras espirituales con las que se preparó para el martirio. Sufrió además la incomprensión de su familia, que vio cómo los obispos y doctores del reino habían aceptado el matrimonio del rey. El 1 de julio de 1535 fue acusado de traidor por negarse a atribuir al rey su "justo" título de jefe supremo de la Iglesia de Inglaterra. En el juicio se hizo cargo de su propia defensa, pero fue ejecutado el 6 de julio. Su cabeza se colocó a la entrada del puente de Londres y tras ser recuperada por su hija Margarita, fue sepultada en San Dunstand, hoy día iglesia protestante. Su cuerpo primero fue enterrado en el recinto de la Torre para luego ser arrojado a una fosa común donde fue imposible localizarlo. Tras su muerte, Erasmo de Rótterdam definió a More como el más santo de los hombres que vivieron en Inglaterra. Tres siglos después, el 29 de diciembre de 1886, el Papa León XIII le beatificó. En el cuarto centenario de su muerte, se promovió un proceso de canonización y finalmente el 9 de mayo de 1935 Pío XI le declaró santo.

More fue, por tanto, un concienciado luchador que se opuso con el poder de las ideas y siempre desde el lado del diálogo, a las injustas y despóticas leyes que imperaban en su época, revelándose incluso contra su propio rey y dando la vida por sus convicciones ante todo un estado reprimido. Todo este conjunto de vivencias y sinrazones, aportaron al pensamiento ya de por sí destacado de More, una riqueza y una perspectiva de la realidad existente, lo suficientemente amplia como para hacerle acreedor de las carencias y virtudes del sistema político y la estructura social en que vivió. Así, lejos de restar sumido y ante la imposibilidad de alzar su voz para cambiar las cosas, decidió plasmar sobre el papel su modelo de estado ideal, en la que ha pasado a la historia como una de las obras cumbre del pensamiento utópico.

Resumen de la obra
"Utopía"es un relato en prosa donde el autor, que alterna las reflexiones personales con los diálogos entre personajes, expone las experiencias de un curtido viajero (Rafael Hitlodeo), que afirma haber visitado una isla cuya población ha logrado poner en práctica una república ideal dónde la justicia, la seguridad y las libertades, son una realidad.

Todo se inicia, cuando More (por entonces miembro del parlamento inglés), es destinado a Brujas para parlamentar e intentar obtener un acuerdo, con motivo de los recientes conflictos que habían ocurrido entre el rey Enrique VIII y Carlos, príncipe de Castilla. Durante su estancia allí un buen amigo (Pedro), le aconseja recibir en su casa a un marinero que según parece, no tiene igual en cuestión de vivencias y mundologías. More que es un hombre de sobrado interés por todo tipo de saberes, no pone objeción alguna a la proposición de su amigo y acepta recibir en compañía de éste, al curioso aventurero. Así, una mañana se reúnen en casa de More, y de forma dialogada, se inicia un casi monólogo del invitado que de un modo extraordinariamente razonado, preciso y plagado de sentido común, expone algunos de sus viajes y anécdotas con personajes de importancia en los gobiernos del continente. En esta primera parte del diálogo, el autor se muestra sorprendido por los pulcros razonamientos de su interlocutor, y tras preguntarse porque una persona como Rafael, con una mente de semejante capacidad intelectual y una lógica tan admirables no estaban todavía al servicio de algún rey falto de buen consejo, se acaba concluyendo que las lecciones no son de ayuda, cuando el que las precisa no pretende acierto en sus decisiones sino beneficio en sus actos. Así, tras comprobar con pesimismo la vaga importancia de los hombres honrados e ilustrados en los gobiernos europeos de la época y las numerosas injusticias que estos cometían sobre su pueblo, Rafael certifica haber vivido en un lugar donde todas las carencias de los estados del viejo continente, habían sido subsanadas y corregidas desde la mas absoluta y contundente racionalidad. Una república perfecta, ubicada en una recóndita isla llamada utopía, que por las vagas influencias recibidas a lo largo del tiempo, había restado intacta desde que su fundador (un sabio, amante de los libros y la cultura clásica), instauró la perfecta organización política que hasta el momento había mantenido en paz y perfecto bienestar a todos sus habitantes. Es en este momento cuando se procede, en boca del erudito Rafael, a describir con considerable lujo de detalles, el funcionamiento de algunas de las instituciones políticas y estructuras sociales que rigen la república de utopía. Para ello, el autor divide esta descripción en varias parcelas que, bien delimitadas, contribuyen a una mejor comprensión del texto:

Las ciudades y en especial Amurota: En este primer punto se describen los rasgos más significativos de las ciudades, centrándose en la más grande de todas ellas, Amaurota. La perfecta organización de las ciudades (planificadas por el fundador Utopo), es idéntica y sólo se distinguen por las pequeñas modificaciones que requiere el terreno. Así, por ejemplo, Amaurota esta situada sobre la leve pendiente de una colina, regada por dos ríos que enmiendan los problemas de abastecimiento de agua. Posee una estructura de murallas, fosos y torres de guardia que garantizan la seguridad de los ciudadanos, y los edificios, de igual tamaño y parecidas características, se sitúan formando manzanas perfectamente alineadas, con amplios patios ajardinados en su interior e idéntica distancia entre fachadas. Las viviendas no constituyen una propiedad individual, por ello, cada cierto tiempo se intercambian entre los vecinos para evitar desigualdades, incitando así a que las amplias calles que la recorren, sean como los pasillos de una gran casa comunitaria.

Los magistrados: Los gobernantes de cada ciudad son elegidos democráticamente mediante una serie de representantes rigurosamente clasificados según su rango en una pirámide de poderes. De este modo en cada ciudad se parte de la unidad familiar como el núcleo de poder político más pequeño. Cada treinta familias se elige un juez que será renovado cada año, llamado Sifogrante o Filarca y estos, en grupos de diez, escogen un Traniboro o Protofilarca que los presida en el senado. Finalmente, cada uno de los cuatro distritos en que se divide la ciudad, propone su candidato a príncipe y los doscientos Sifograntes que componen el senado, tras la realización de un estricto juramento, se reúnen para designar cual de ellos será el próximo soberano de carácter vitalicio. Una vez designado el cuerpo del gobierno, la ley establece que todos los traniboros con la colaboración de dos sifograntes invitados de forma sucesiva, deben celebrar, cada tres días, un consejo bajo la presidencia del príncipe, donde deliberar sobre los asuntos de índole pública y proponer las soluciones y normas más convenientes para la población. Estos consejos, pese a su frecuencia son muy respetados y se siguen todas las normas necesarias para evitar la tiranía. Así, los asuntos de mayor interés se debaten con tiempo y son consultados con las familias mediante los Sifograntes antes de ser decretados, pues la conspiración a espaldas del pueblo es considerada un crimen capital.

Las relaciones públicas entre los utopianos: En este apartado, se explica el funcionamiento de la vida social de los utopianos, las relaciones mutuas que se establecen entre ellos y las reglas de distribución de los bienes de la isla. Como se relata en puntos anteriores, la vida en utopía se reduce a la organización familiar, de este modo, entre los miembros se establecen relaciones de subordinación. Las mujeres al alcanzar la edad núbil son entregadas al marido mudándose a casa de éste y los hijos y bisnietos permanecen en el seno familiar bajo la tutela del más mayor de sus miembros. Los miembros de cada familia son contabilizados (no se permite que el número de adultos sobrepase los dieciséis miembros), y el excedente se redistribuye en ciudades de menor población o, en caso de una superpoblación global, se funda una colonia con los sobrantes fuera de las fronteras de la república. Por otro lado, los bienes materiales que precisa cada familia, los recoge el patriarca de forma gratuita en los mercados comunitarios, donde cada familia expone el fruto de su trabajo. Los alimentos, sin embargo, son producidos por familias que sucesivamente se desplazan a casas rurales para trabajar la tierra, se sirven en comedores comunitarios distribuidos entre desayuno comida y cena. En estos comedores los gobernantes y los ancianos (que gozan del mayor de los respetos en Utopía), tienen un trato prioritario. En la república, la generosidad es uno de los principales valores, por eso, cuando hay excedente de algún producto, éste se presta a ciudades vecinas o incluso a naciones cercanas. Otro tema interesante es el trato a los enfermos. Éstos gozan de los cuidados más atentos, pero cuando se estima que no tienen curación se les recomienda morir del modo menos doloroso y molesto posible, procurando así su propio bien y el de la comunidad, que no tiene que mantener a un individuo sentenciado. Así pues, es evidente que aceptan la eutanasia como alternativa médica, pero no por ello asienten el suicidio voluntario, que es considerado un acto ignominioso y se paga con una vil despedida, arrojando el cuerpo a una ciénaga.

Los viajes de los utopianos: En este aspecto, las leyes son bastante estrictas y se regula escrupulosamente la circulación de individuos por las ciudades. De este modo es difícil alterar el orden establecido y resulta más sencillo mantener la equitativa distribución de los bienes. Pese a todo, los viajes están permitidos y pueden realizarse pidiendo un salvoconducto que advierta a los príncipes de las ciudades implicadas y delimite la duración de la estada. Sin embargo, quebrantar estas normas puede llegar a condenarse con la esclavitud. En Utopía además, se suelen recibir visitas de embajadores que acuden en representación de naciones divinas. Embajadores que pese la diferencia de costumbres (suelen ir engalanados con piezas de oro y otras piedras que en utopía carecen de valor material), son recibidos con cordialidad con el fin de mantener buenas relaciones con sus respectivas naciones.

Los esclavos: Los utopianos contemplan la esclavitud como un castigo ejemplar y a su vez provechoso para el bien público. Aún así, no consideran esclavos más que a convictos de un gran crimen en la propia república o a los esclavos comprados a bajo precio en países extranjeros (estos, no obstante, son tratados con mayor humanidad). Esta clase de personas es sometida trabajos más severos y no tiene los mismos derechos que los demás ciudadanos. Los utopianos no se rigen por demasiadas leyes, pues su organización no las requiere. Por ello no es fácil caer en el crimen y llegar a la esclavitud, pero las pocas normas que hay son llanas, muy claras y se siguen con rigidez. Así, por ejemplo, se castiga a las parejas que se entregan al amor fuera del matrimonio, aunque si tras haberse casado, se argumenta que sus caracteres son incompatibles, puede solicitarse el divorcio, que será o no concedido según el parecer de los magistrados. Éstos son sumamente justos y debido a lo superfluo del dinero, es imposible comprarlos, por tanto las garantías de su imparcialidad son absolutas. Así, se estima que sus condenas, que van desde simples amonestaciones hasta la muerte, serán siempre equitativas y justas.

El arte de la guerra: Los conflictos bélicos no son bien vistos por los ciudadanos, pero eso no impide que sean adiestrados de vez en cuando para poder afrontarla si fuere necesaria. Los motivos que pueden requerirla son la defensa de sus fronteras, la expulsión de invasores en territorios amigos y la liberación de pueblos dominados por la opresión de la tiranía, aunque para lograr la victoria en la guerra siempre anteponen el ingenio y el engaño a la bestialidad de la sangre. Por tanto, es frecuente la contratación de mercenarios y pueblos guerreros, que son capaces de dar su vida a cambio del baldío dinero de los salvaguardados utopianos. Aún así si la situación lo requiere los propios utopianos deben hacer la guerra, aunque generalmente, este acto suele ser voluntario para aportar mayor valentía al ejercito. Las batallas suelen desarrollarse fuera de las fronteras de la república. Así, las ciudades no sufren daños y resulta más sencillo derrotar a los enemigos, que en caso de ser vencidos, no sufren saqueos ni vejaciones, destinando todos los beneficios a las naciones más desfavorecidas.

Las religiones de los utopianos: Las creencias religiosas son libres en Utopía y por ello, son diversas las que coexisten en la isla. Unos adoran a determinados astros, otros veneran a célebres antepasados, pero en general, la mayoría no aceptan nada de eso y contemplan la existencia de una fuerza superior a la comprensión humana. Una fuerza de cuyo poder se deriva toda la creación, a la que se refieren con el nombre de Padre atribuyéndole consideraciones divinas. Esta especie de numen que es en sí mismo origen y fin de todas las cosas, es por así decirlo, la base de la religión mayoritaria entre los utopianos, pero se venera junto a los demás dioses por considerar que todos son uno sólo (conocido bajo el apelativo de Mitra), entendido desde puntos de vista distintos. Así, se consigue una cierta unidad religiosa que facilita el entendimiento entre los fieles. Sin embargo tras la llegada de Rafael y sus compañeros a la isla, muchos de los ciudadanos se convirtieron al catolicismo y, aunque esto supuso la aparición de algún pequeño conflicto, la cautela y el respeto con las demás creencias facilitó la convivencia con los demás cultos, decretando que, quien sobrepasara los limites marcados por la ley seria desterrado o sometido a la esclavitud. La aparición del cristianismo en la isla derivó en una iglesia parecida a la nuestra pero con diferencias significativas respecto a la nuestra. Ajenos a los poderes papales, los utopianos nombraron a sus propios sacerdote y no encontraron objeción alguna en permitirles, como al resto de ciudadanos, contraer matrimonio con las jóvenes más selectas de la ciudad. Tampoco negaron la participación de las mujeres en el sacerdocio, aunque son pocas las que hay y sólo viudas o de avanzada edad.

Con estos puntos y el contenido que más ampliamente expone en ellos el autor, se llega al final de la obra previa muestra de una breve conclusión final. En ella, el autor en boca de Rafael Hitlodeo, da fin a la descripción de su utopía política, valorando las virtudes de sus instituciones y el acierto de algunas de sus costumbres. Todo esto comparando el modelo definido en la obra, con el de los "florecientes" estados de la Europa renacentista. Finalmente, More Realiza una ligera intervención para puntualizar su desacuerdo con alguno de los acontecimientos relatados por el docto viajero, pero dejando constancia de los aspectos positivos que en el relato se habían expuesto.

Valoración crítica
Como se puede deducir del resumen anterior, la obra no es sino la representación escrita de un estado ideal imaginado por T. More. Es decir, la descripción a grandes rasgos de una utopía política, capaz de contestar a las limitaciones y carencias de los sistemas absolutistas que asolaban con su injusto reparto de privilegios, a las poblaciones de la Europa medieval. No obstante, en ella, el autor parte de una premisa que, en lugar de hacer más digna la convivencia, actúa como una arma de doble filo. Intenta racionalizar todos los actos efectuados por los ciudadanos, alejándolos de todo sentimiento, emoción o disturbio, que impida la consecución de un gobierno dominado por una razón que el propio estado se encarga de definir. Así, a diferencia del punto de partida de platón en su república, la prioridad no es garantizar la seguridad de la población a costa de reducir sus libertades, sino dotar de sentido a todas sus acciones aunque esto conlleve un control que suprima en gran medida su autonomía como individuos. Es posible que esta obsesión del autor por suprimir las libertades individuales supeditándolas a la comunidad, sea fruto de las injusticias que vivió durante su vida entre las clases altas de la burguesía y la nobleza inglesa, contemplando como las excentricidades de un rey más preocupado por su propia existencia que por el bien de su nación, hacían imposible controlar a las masas de una país que caía, como sus vecinos, en la tiranía del dinero. Por eso, es el dinero uno de los factores que mejor definen la concepción de la utopía de More. Éste desaparece, quedando relegado a un papel secundario. Para ello, crea una especie de república comunista donde se elimina la propiedad privada y una estricta distribución de trabajos comunitarios garantiza la producción de las materias primas. Es en este punto donde la obra de More cojea levemente al no quedar demasiado claro el modelo de organización laboral entre los ciudadanos. El autor habla de una distribución equitativa del trabajo en función de las capacidades de cada individuo. Así, cada uno desarrolla su oficio u ocupación según sus aptitudes y las necesidades del estado. Hasta aquí todo parece correcto, pero si tenemos en cuenta que Utopía es una nación de abundancia donde el dinero no se usa como remuneración, ¿qué tipo de compensación reciben los ciudadanos por las labores que desempeñan? Porqué si tienen todo cuanto necesitan, seria fácil caer en la inoperancia y no desempeñar el trabajo pertinente. Así pues, desahuciado el sentimiento de necesidad, este estado perfecto sólo sería posible en un mundo de hombres reflexivos y racionales, que supieran valorar sus ventajas a largo plazo resistiéndose a los siempre tentadores placeres de la pereza y la comodidad. Un mundo que por fortuna o por desgracia no es el nuestro, ni el que inspiró en su día al autor. De todos modos, y pese las contradicciones que aparecen a lo largo del relato (por ejemplo en cuanto al número de habitantes de las ciudades), Utopía aporta una nueva y genial forma de concebir el mundo, sentando algunas de las bases del comunismo (posteriormente desarrollado por Marx en el s. XIX), y sacando a relucir algunos tabúes en materia eclesiástica como la aceptación de la figura de la mujer en el sacerdocio, la permisividad del matrimonio en los clérigos, o el siempre controvertido asunto del divorcio. Este último de especial interés, pues resulta curioso que lo consienta en su utopía, cuando fue su rotunda negativa de aceptar la separación entre el rey Enrique VIII y su esposa, uno de los motivos que le costaran la decapitación el 6 de julio de 1535. Además de la importancia que posee la religión en la república, aparecen también aspectos que pueden sorprender a un lector de nuestro tiempo. Tales son, por ejemplo, los relacionados con la esclavitud o sobre todo los de índole médica. Entre estos últimos, cabe destacar por encima de todos, los referidos a la eutanasia. More imagina un estado en cuyos hospitales, la manutención de enfermos cercados por la muerte resulta inaceptable o deshonesta. Es decir, no se obliga a los moribundos a aceptar un final inminente, ni siquiera se les trata peor por no hacerlo, pero se considera honorable resignarse la muerte cuando la vida ya no resulta digna, incitando de ese modo a morir, a todos aquellos que ya no albergan esperanzas de curación. Este hecho, según se relata en el libro, enaltece al enfermo y, a su vez, reduce los gastos de la hacienda pública recayendo así en el bien de la propia comunidad.

Toda esta serie de elementos que aparecen en el texto original y que, como es lógico, sería imposible de reflejar en su totalidad sin extenderse demasiado, fueron descritos por un filósofo del s. XVI y, como tal, es necesario reiterar que su pensamiento es distinto al que impera en nuestros días. Por ello algunos aspectos de la obra como, por ejemplo, los relacionados con la mujer (siempre subordinada a la tutela del padre o el marido), nos pueden llegar a parecer machistas o insensatos, así como otros de muy diversa índole, absurdos e infantiles, pero no debemos olvidar que además de los importantes cambios ideológicos sufridos, Utopía es una obra literaria fruto de la genialidad y la ironía de un autor, y como tal, no tiene porqué representar el ideal de perfección pretendido por More (quizá solo quiso mostrar las nefastas consecuencias de un estado gobernado por la razón y desahuciado de todo sentimiento emocional). Así se observa en el muestrario de nombres y topónimos con que bautiza a algunos elementos del escrito , o en la última página de su obra donde irónicamente corta la intervención de Hitlodeo, recomendándole un descanso antes de seguir profundizando sobre las costumbres utopianas. Sin embargo, este distanciamiento del autor respecto a su propia utopía queda posteriormente matizado con una última afirmación:

"Entre tanto, y si bien no puedo asentir a todo lo que expuso Rafael Hytlodeo, aunque él sea hombre de una extraordinaria erudición, y gran conocedor de la naturaleza humana, confesaré con sinceridad que en la república de Utopía hay muchas cosas que deseo, más que confío, ver en nuestras ciudades".
Estas argumentaciones aportan pruebas suficientes para considerar a "Utopía" como una sátira aguda y sutil de la sociedad de la época, e incluso a riesgo de equivocarnos, de su Inglaterra natal, pero ante todo manifiesta una voluntad de trascender lo presente y alegar a favor de un futuro mejor. Por lo tanto, es comprensible que difiramos de ciertos contenidos y connotaciones subjetivas pero, por encima de todo, no debemos olvidar que son precisamente algunos de esos rasgos idealistas, los que han hecho de esta obra un clásico universal de la literatura utopista.

La utopía socialista
Sería imposible constatar el momento preciso en que nació el ideal social-comunista, probablemente porque la naturaleza de esta tendencia vaya ligada al pensamiento del hombre desde el momento en que éste se constituye en sociedad. Por ello, es necesario realizar un breve recorrido por la historia y observar cuales han sido los precursores de las teorías que en el s. XI, K. Marx y F. Engels llevaron a la cumbre con sus publicaciones.
Tras siglos de desigualdades y explotaciones obreras, en la edad media empezaron a tomar forma las vagas ideas de constituir comunidades donde la propiedad privada y los intereses individuales quedaran definitivamente abolidos. Así con la llegada del renacimiento, Thomas More deja caer (como hemos comentado en el apartado anterior), en su obra más conocida, "Utopía", la posibilidad de suplantar el sistema de intereses particulares, por una sociedad "comunitarista" capaz de fomentar las relaciones fraternales y acabar con las desigualdades que suscitaba el dinero y la propiedad privada. Nacía así la utopía moderna y se daba comienzo a una tendencia política.

Más adelante, en el año 1764, Césare Beccaria (un autor hoy prácticamente olvidado), escribía un libro de gran repercusión en la época, titulado "De los delitos y las penas". Entre tanto, en pleno auge de la ilustración, ya habían ido surgiendo autores que contemplaban en sus escritos ideas similares a las descritas. Así, por ejemplo, Morelly, además de criticar los estados de su tiempo, teorizaba a favor de una sociedad en la que los bienes estuvieran en común y aspiraba nada menos que a la abolición de la idea misma de bien y mal. Así se empezaba a vislumbrar la idea moderna social-comunista, predicando al mismo tiempo la abolición de la propiedad privada y la abolición de toda moral tradicional. Pero Beccaria era más realista y pese a confiar en el estado comunista, centró su obra en una cuestión de la que hasta el momento, pocos se habían percatado. El derecho de la sociedad a castigar a los ciudadanos. Partiendo de la premisa que la justicia genera inevitablemente injusticias, dio la palabra a los delincuentes y propuso sustituir la pena de muerte y la tortura, por los trabajos forzados. Este hecho parece no guardar demasiada relación con el tema concerniente, pero fue el acontecimiento que motivó por primera vez, la aparición de la palabra socialista en Europa, como un calificativo peyorativo que definía, según las figuras conservadoras de la época, la actitud de Beccaria.

De esta forma y sentadas ya las bases del movimiento, la necesidad de realizar un proyecto razonable acorde con las circunstancias del momento, unido a la consternación provocada por los vagos resultados obtenidos por la Revolución Francesa (había declarado la igualdad entre los hombres, pero no una mejora en la vida de las clases trabajadoras), ocasionó la aparición del socialismo utópico. Esta tendencia ideológica, fue encabezada por autores como Saint-Simón (1760-1825), Charles Fourier (1771-1837) y Robert Owen (1771-1858), que defendieron la idea de constituir una sociedad emancipada, capaz de garantizar la igualdad entre ciudadanos. Sin embargo, la iniciativa socialista de estos personajes, que llegaron aplicar sus tesis en pequeñas comunidades, fue tildada de utópica por dos autores que pasarían, con el tiempo, a encabezar estas teorías. Marx y Engels, años más tarde, contestaron las propuestas del socialismo utópico, considerándolo una simple fantasía de la sociedad futura que, si bien eran útiles para amonestar las penurias de la época, eran completamente irrealizables. Así, lejos de contentarse con una crítica infundada, elaboraron un programa conocido con el nombre de "Manifiesto Comunista", que promulgaba la teoría del socialismo científico en sustitución del utópico.

Con todos estos avances en el pensamiento socialista, se llegó a la culminación del ideal social-comunista, pretendido no como una utopía irrealizable, sino como una revolución de los modos de producción tradicionales, capaz de eliminar las desigualdades que la propiedad privada y el capitalismo habían ocasionado a lo largo de la historia.
"El Manifiesto Comunista" de K. Marx y F. Engels

"Un espectro se cierne sobre Europa: el espectro del comunismo. Contra este espectro se han conjurado en santa jauría todas las potencias de la vieja Europa, el Papa y el zar, Metternich y Guizot, los radicales franceses y los polizontes alemanes.
No hay un solo partido de oposición a quien los adversarios gobernantes no motejen de comunista, ni un solo partido de oposición que no lance al rostro de las oposiciones más avanzadas, lo mismo que a los enemigos reaccionarios, la acusación estigmatizante de comunismo.
De este hecho se desprenden dos consecuencias:
La primera es que el comunismo se halla ya reconocido como una potencia por todas las potencias europeas.
La segunda, que es ya hora de que los comunistas expresen a la luz del día y ante el mundo entero sus ideas, sus tendencias, sus aspiraciones, saliendo así al paso de esa leyenda del espectro comunista con un manifiesto de su partido.
Con este fin se han congregado en Londres  los representantes comunistas de diferentes países y redactado el siguiente Manifiesto, que aparecerá en lengua inglesa, francesa, alemana, italiana, flamenca y danesa."
Con esta contundente declaración, iniciaban Marx y Engels el Manifiesto del partido Comunista. Declarando así, definitivamente, la guerra al capitalismo y proponiendo al mundo una alternativa distinta a la sociedad de clases.

Este revolucionario manifiesto, supuso entonces la consumación de la utopía socialista que desde hacía años se había intentado llevar a cabo. No obstante, lo verdaderamente significativo del trabajo desarrollado por estos dos teóricos, fue el hecho de creer en la viabilidad de su ideal y elaborar un proyecto serio y científico, capaz de superar las carencias del socialismo utópico y convertirse en una alternativa política factible.

Así en 1846, los gobiernos del viejo continente advertían la consumación del comunismo y se esforzaban por contener a los alentados ciudadanos que por fin veían una salida a tantos años de sublevación clasicista, mientras que Marx y Engels seguían aunando esfuerzos para provocar un impacto aún mayor en la Europa del capital.
Sin embargo, no sería hasta medio siglo después cuando, por primera vez, una revolución social como las pretendidas por Marx, acogió su ideal socialista fundando la primera potencia comunista de la historia. Fueron los bolcheviques, en 1917, quienes tras derrocar del poder a los zares, instauraron en Rusia y bajo la dirección de Lenin, un sistema político basado en las doctrinas marxistas. El cambio social fue rotundo pero de nuevo la avaricia de un líder sumió al país en una represión militarista que marcaría el destino del siglo XX. Más tarde se extendería este sistema por algunas naciones asiáticas e iberoamericanas, de las que cabe destacar dos de las que aún se mantienen en vigor, China y Cuba respectivamente. No obstante estos proyectos políticos que tantas esperanzas despertaron entre el proletariado de aquellos años, no funcionaron y sólo sirvieron para justificar las injusticias de líderes totalitarios que acabaron arruinando la economía y la libertad de aquellos estados.

Ante semejantes resultados, son muchos los que creen que el fracaso se debió al carácter inviable del ideal, pero es más probable que todo fuera debido a una mala aplicación de sus principios. De todos modos, el socialismo científico que pasó a manos de Marx (pues ha sido éste su máximo representante a lo largo de la historia), tras la publicación de su mejor obra, "El Capital", seguirá siendo una utopía mientras no llegue el momento de su instauración tal y como lo quisieron sus creadores. Por ello, y para concluir esta introducción del mismo modo en que se inició, acabaremos con una de las afirmaciones que dejó para la historia el célebre Karl Marx:
". . . no me cabe el mérito de haber descubierto la existencia de las clases en la sociedad moderna ni la lucha entre ellas. . . Lo que yo he aportado de nuevo ha sido demostrar:

Que la existencia de las clases
sólo va unida a determinadas fases
históricas de desarrollo de la
producción;

Que la lucha de clases conduce,
necesariamente, a la dictadura del
proletariado;

Que esta misma dictadura no es de
por sí más que el tránsito hacia la
abolición de todas las clases y
hacia una sociedad sin clases. . ."
K. Marx, 1818-1883

Marx nació en Trier el 5 de mayo de 1818. Estudió en el gimnasio jesuita de esta misma ciudad y luego, de 1835 a 1841, estudió derecho, filosofía e historia en Bonn y Berlín. En 1836 se comprometió con Jenny Von Westphalen y se alejó de su familia. Intensificó sus estudios de filosofía y en 1841 obtuvo el doctorado de tal especialidad en la Universidad de Jena.

Los estudios de filosofía, historia y ciencia política que realizó en esa época le llevaron a adoptar el pensamiento de Friedrich Hegel. Así, Cuando Engels se reunió con él en la capital francesa en 1844, ambos descubrieron que habían llegado independientemente a las mismas conclusiones sobre la naturaleza de los problemas revolucionarios. Comenzaron a trabajar juntos en el análisis de los principios teóricos del comunismo y en la organización de un movimiento internacional de trabajadores dedicado a la difusión de aquellos. De este modo, en 1847, Marx y Engels recibieron el encargo de elaborar una declaración de principios que sirviera para unificar todas estas asociaciones e integrarlas en la Liga de los Justos (más tarde llamada Liga Comunista). El programa que desarrollaron (conocido en todo el mundo como el Manifiesto Comunista), fue redactado por Marx basándose parcialmente en el trabajo preparado por Engels, y representaba la primera sistematización de la doctrina del socialismo moderno. Las proposiciones centrales del Manifiesto, aportadas por Marx, constituyen la concepción del materialismo histórico, concepción formulada más adelante en la "Crítica de la economía política" (1859), y concluyen que la clase capitalista será derrocada y suprimida por una revolución mundial de la clase obrera que culminará con el establecimiento de una sociedad sin clases.

Poco después de la aparición del Manifiesto, estallaron procesos revolucionarios (las revoluciones de 1848) en Francia, Alemania y el Imperio Austriaco, por lo que el gobierno belga expulsó a Marx temeroso de que la corriente revolucionaria se extendiera también por el país. En 1849 fue arrestado y juzgado bajo la acusación de incitar a la rebelión armada. Aunque fue absuelto, se le expulsó de Alemania y se cerró su revista. Pocos meses después, las autoridades francesas también le obligaron a abandonar el país y se trasladó a Londres, donde permaneció el resto de sus días.

Una vez instalado en Inglaterra, se dedicó a profundizar en sus ideas, publicando nuevos escritos, y a alentar la creación de un movimiento comunista internacional. Durante ese período, elaboró varias obras que fueron constituyendo la base doctrinal de la teoría comunista. Entre ellas se encuentra su ensayo más importante, "El capital" (volumen 1, 1867; volúmenes 2 y 3, editados por Engels y publicados a título póstumo en 1885 y 1894 respectivamente), que constituye un análisis histórico y detallado de la economía del sistema capitalista.

Los últimos ocho años de la vida del filósofo estuvieron marcados por la miseria financiera y por un envejecimiento prematuro a partir del cual vivió cada vez más retraído de trabajar en sus obras políticas y literarias. Los manuscritos y notas encontrados en Londres después de su muerte, ocurrida el 14 de marzo de 1883, revelan que estaba preparando un cuarto volumen de El capital que recogería la historia de las doctrinas económicas; estos fragmentos fueron revisados por el socialista alemán Karl Johann Kautsky y publicados bajo el título de Teorías de la plusvalía (4 volúmenes, 1905-1910).

Resumen de la obra
"EL Manifiesto Comunista" formulado por K. Marx y F. Engels, fue una declaración orientada a extender el ideal socialista por todos los países del continente europeo. Por ello, consta de varios prólogos o prefacios, que fueron enviados junto al manifiesto, en función del país donde iban a ser editados. Así consta que se elaboraron unos siete prólogos que precisaban la intención del escrito en el contexto en que iba a ser leído. Uno a la edición alemana de 1872, otro a la rusa de 1882, uno más a la edición alemana en 1883, cinco años después, en 1888, se realizó un nuevo prólogo para la edición inglesa, en 1890 otro para la alemana, uno más para la edición polaca de 1892 y, finalmente, un último prefacio para la italiana de 1893.

Estas introducciones que acompañaban al escrito en función del estado y el año en que se publicaba, eran simples preludios de lo que se promulgaba en el cuerpo de la declaración y como tales, compartían la misma voluntad exhortativa, con las pequeñas fluctuaciones que cada entorno exigía.

El documento original, titulado "Manifiesto del partido comunista", constaba de cuatro puntos orientados a los distintos ámbitos de la sociedad, y seguía el siguiente esquema:

MANIFIESTO DEL PARTIDO COMUNISTA
I -. BURGUESES Y PROLETARIOS
II-. PROLETARIOS Y COMUNISTAS
III-. LITERATURA SOCIALISTA Y COMUNISTA
1-.EL SOCIALISMO REACCIONARIO
   a ) El socialismo feudal
   b ) El socialismo pequeño burgués
   c ) El socialismo alemán o socialismo "verdadero"
2-.EL SOCIALISMO CONSERVADOR O BURGUES
3-.EL SOCIALISMO Y EL COMUNISMO CRITICO-UTOPICOS
VI- ACTITUD DE LOS COMUNISTAS ANTE LOS DIFERENTES PARTIDOS DE
LA OPOSICIÓN
Resumir cada uno de los apartados llevaría a una dilatación excesiva de este resumen, por ello es mejor realizar un repaso por sus puntos principales destacando los rasgos más significativos. Así pues, es importante resaltar los cuatro que forman la columna vertebral del documento.
I-. Burgueses y proletarios: Este primer capítulo que encabeza el documento, realiza un estricto y extenso análisis de la dirección que ha ido tomando la sociedad con el paso del sistema feudal al capitalismo burgués. Mediante la presentación del antagonismo entre la clase burguesa y la obrera, se expone la tesis marxista de que la eterna lucha entre clases que motivó el alzamiento de la burguesía por encima de la nobleza, provocará inevitablemente una revolución social que alzará a la nueva clase oprimida, el proletariado, por encima de una burguesía cuyas leyes acabarán devorándola. En este apartado, además de elogiar el poder de la burguesía para dominar con su mejor arma, el capital, a la sociedad de la época, se critica duramente la pérdida de valores que ésta motiva, y se resalta la inexorable necesidad de provocar un cambio revolucionario que será llevado a cabo por una mayoría social incontenible: el proletariado.

"Sustituyó, para decirlo de una vez, un régimen de explotación, velado por los cendales de las ilusiones políticas y religiosas, por un régimen franco, descarado, directo, escueto, de explotación."
II-. Proletarios y comunistas: Concretado ya colectivo al que se dirige básicamente el manifiesto y contestado el desalmado poder opresor de la burguesía, esta segunda sección se centra en definir las analogías entre el proletariado y el partido comunista. Así, con una clara voluntad de identificar al prometedor movimiento obrero con el ideal promulgado en el documento, se inicia el discurso con una clara y definidora pregunta:

"¿Qué relación guardan los comunistas con los proletarios en general?"
Una vez contestada esta pregunta e identificados los obreros con el partido comunista, el escrito vierte todo su interés en una ferviente exhortación contra la burguesía. Se objetan, mediante sólidas argumentaciones, todas las acusaciones que este colectivo había ido volcando sobre el comunismo y se promulga su triunfo político como la única alternativa realmente justa al discriminatorio sistema vigente.
Para finalizar, se reconoce que el modo de llegar a la consumación del estado socialista es complejo y fluctúa en función del momento histórico en que es llevado a cabo, pero aún así presenta un seguido de principios que bien podrían llevarlo a cabo. Así se mencionan diez normas aplicables en cualquier estado progresista:
1.a Expropiación de la propiedad inmueble y aplicación de la renta del suelo a los gastos públicos.
2.a Fuerte impuesto progresivo.
3.a Abolición del derecho de herencia.
4.a Confiscación de la fortuna de los emigrados y rebeldes.
5.a Centralización del crédito en el Estado por medio de un Banco nacional con capital del Estado y régimen de monopolio.
6.a Nacionalización de los transportes.
7.a Multiplicación de las fábricas nacionales y de los medios de producción, roturación y mejora de terrenos con arreglo a un plan colectivo.
8.a Proclamación del deber general de trabajar; creación de ejércitos industriales, principalmente en el campo.
9.a Articulación de las explotaciones agrícolas e industriales; tendencia a ir borrando gradualmente las diferencias entre el campo y la ciudad.
10.a Educación pública y gratuita de todos los niños. Prohibición del trabajo infantil en las fábricas bajo su forma actual.  Régimen combinado de la educación con la producción material, etc.
Con este ejemplo de los principios que podrían aplicarse, se clarifica todavía más el modelo de estado que promovían Marx y Engels, concluyendo este capítulo con un breve enunciado que afirma la utopía socialista como un sistema ideal capaz de acabar con la lucha de clases y, de ese modo, con la necesidad misma de establecer un gobierno que las dirija.

III-. Literatura socialista y comunista: Esta parte del manifiesto está encaminada a comentar la evolución de la literatura socialista con el paso de los años. Se inicia con el socialismo reaccionario del que destaca, junto a otros dos, al feudal, mostrando como fueron los propios miembros de la nobleza quienes lo usaron para arremeter contra el creciente poder de la burguesía, aliándose con un incrédulo proletariado que nunca llegó a creérselo. Se hace referencia también al socialismo clerical cuyos miembros, siempre ligados al feudalismo medieval, apoyaron la desfachatez del aristócrata, para mantener los bienes de que habían disfrutado hasta la fecha. En segundo lugar se analiza también el socialismo "pequeñobugués". Este movimiento literario, se reconoce como un digno medio de crítica contra la nueva burguesía, capaz de reprochar las contradicciones del nuevo régimen de producción, y según palabras del propio manifiesto, el motor que "Ha desenmascarado las argucias hipócritas con que pretenden justificarlas los economistas. Ha puesto de relieve de modo irrefutable, los efectos aniquiladores del maquinismo y la división del trabajo, la concentración de los capitales y la propiedad inmueble, la superproducción, las crisis, la inevitable desaparición de los pequeños burgueses y labriegos, la miseria del proletariado, la anarquía reinante en la producción, las desigualdades irritantes que claman en la distribución de la riqueza, la aniquiladora guerra industrial de unas naciones contra otras, la disolución de las costumbres antiguas, de la familia tradicional, de las viejas nacionalidades." Pero, pese a su incipiente labor en la denuncia del sistema burgués, se critica duramente su cobardía a la hora de proponer soluciones, pues su mayor logro sería volver al antiguo sistema de producción feudal, en lugar de sugerir una renovación en todos los ámbitos de la sociedad. Para concluir, y como colofón final del socialismo reaccionario, se menciona una última variante. El socialismo alemán o "verdadero" socialismo. Esta corriente literaria que llegó Alemania con las doctrinas de la conflictiva sociedad francesa, fue tomada y estudiada por los filósofos e intelectuales del país. Así, en poco tiempo, su literatura ya había adoptado este pensamiento socialista desde la visión del pueblo que no padece el conflicto, es decir, desde una perspectiva completamente imparcial e inocente ajena a la realidad. Pero cuando la nación alemana y prusiana sintió en sus carnes el empuje burgués y comprendió que el sistema imperante se tambaleaba, los gobiernos vieron en aquellas doctrinas socialistas el bálsamo idóneo para paliar las embestidas del nuevo orden. Así, la literatura socialista fue adoptada por los altos cargos gubernamentales, perdiendo toda su inocencia para convertirse en una arma más del poder político contra la temida burguesía. De este modo, el ideal socialista, se vio de nuevo sumido en la contradicción y en lugar de abanderar la revolución proletaria, abrazó el conservadurismo feudal de los poderes nobiliarios para contrarrestar el capitalismo burgués.

Criticada ya literatura del socialismo reaccionario, se abre un segundo punto destinado al socialismo burgués o conservador. Este breve apartado, centra las miradas en un grupo de la burguesía que, consciente del peligro que entraña el descontento proletario, predica una serie de medidas que apacigüen los ánimos y contribuyan a la estabilidad de su sistema de producción. Para ello, destapan una literatura demagoga, que pide leves reformas en favor de una burguesía más conservadora que proteja y ampare los intereses del proletariado. Así, lanzan gritos como ¡Pedimos el librecambio en interés de la clase obrera! o ¡En interés de la clase obrera pedimos aranceles protectores! Arengas retóricas y contradictorias que desatan la burla de los autores del documento al contemplar la hipocresía con que argumentan y amagan el único interés de mantener el sistema capitalista. Así, al final del fragmento, encontramos una irónica frase que bien define la opinión de Marx y Engels sobre estos escritos:

"Todo el socialismo de la burguesía se reduce, en efecto, a una tesis y es que los burgueses lo son y deben seguir siéndolo... en interés de la clase trabajadora."
Finalmente, el capítulo destinado a la literatura socialista, concluye con una última mención del socialismo y el comunismo crítico-utópico. Este movimiento idealista es identificable con el socialismo utópico mencionado en el punto 2.3 (la utopía socialista). Así es la diana de duras críticas por su excesivo contenido utópico. En el manifiesto se habla de su aportación a las doctrinas socialistas, sobre todo por el hecho de haber tenido la valentía de proponer un sistema social con principios semejantes a los marxistas, pero se arremete contra el modo en que autores como Owen, Fourier o Saint-Simón, lo intentaron llevar a cabo. Y es que es en este sentido, donde encontramos la principal diferencia entre el socialismo utópico propuesto por estos autores y el científico de Marx y Engels. Los primeros tenían los ideales correctos, pero descuidaron el peso de la historia en la sociedad e inventaron el proceso que esta debía seguir hasta llegar a su doctrina, mientras que los segundos, promovieron en sus escritos un estudio científico basado en el materialismo histórico, que, partiendo de un profundo conocimiento de los procesos que motivan la evolución social, permi