
Indice
1.
Introducción
2. El León De
Nemea
3. La Hidra
4. La Cierva
5. La caza del
jabalí
6. El comienzo de la
limpieza
7. Apartar las
aves
8. La entrega del
toro
9. La carnada
humana
10. La muerte de la
reina
11. La erección de las
columnas
12. El mundo sobre los
hombros
13. El ultimo
trabajo
14. La muerte del
heroe
Un cuento corto
de Guillermo Zenarruza
Seudónimo: Franco Baderés
Hércules fue el héroe conocido por su fuerza y
valor
así como por sus muchas y legendarias hazañas, hijo
de Zeus y de Alcmena, mujer del general
tebano Anfitrión. Hera, la celosa esposa de Zeus, decidida
a matar al hijo de su infiel marido, poco después del
nacimiento de Hércules envió dos grandes serpientes
para que acabaran con él. El niño era aún
muy pequeño pero estranguló a las serpientes. Ya de
joven, mató a un león con sus propias manos. Como
trofeo de esta aventura, se puso la piel de su
víctima como una capa y su cabeza como un yelmo. El
héroe conquistó posteriormente a una tribu que
exigía a Tebas el pago de un tributo. Como recompensa, se
le concedió la mano de la princesa tebana Megara, con
quien tuvo tres hijos. Hera, aún implacable en su odio
hacia Hércules, le hizo pasar un acceso de locura durante
el cual mató a su mujer y a sus hijos. Horrorizado y con
remordimientos por este acto, Hércules se habría
suicidado, pero el oráculo de Delfos le comunicó
que podría purgar su delito
convirtiéndose en sirviente de su primo Euristeo, rey de
Micenas. Euristeo, compelido por Hera, le impuso el
desafío de afrontar doce difíciles pruebas, los
doce trabajos de Hércules.
Desde que se había dado cuenta de lo viejo que estaba, no
volvió a ser el mismo de antes, sus caminatas nocturnas
las dejo de lado, su sonrisa se había vuelto parca y
hasta, no sabia porque, estaba casi todo el día
triste.
A pesar de compartir momentos casi agradables diariamente, se
sentía solo desde la mañana a la noche y, en
particular esa, era de lo peor.
Su viejo perro Felipe, que durante toda su vida le pareció
mas que una simple compañía, ahora rayaba en lo
cargoso y cada vez que se le acercaba se le hacia pesado y a
veces terminaba pegándole. El can, lejos de hacerse a un
lado lo miraba con cara triste y volvía al ataque con toda
la furia de sus mimos, su gran peso y sus caudales de baba.
-¡ Fuera Felipe!- Le decía
-¡ Que pesado, por favor!- Insistía.
Esa tarde se baño minuciosamente como era costumbre desde
que estaba solo, se afeitó recortándose con
prolijidad la barba y cuando estaba enjuagándose la cara
de espuma vislumbró casi por casualidad, como de reojo un
rostro por sobre su hombro dibujado en el espejo que no
veía desde su juventud.
Primero con asombro, luego con incredulidad y finalmente con odio
lo reto mirando fijo sus ojos de chocolate amargo que bien
recordaba con la fuerza de la bronca guardada por casi treinta
años. Desafiante lo increpó:
-¡ Y vos que mierda queres acá de nuevo!?-
-¡No te parece que suficiente daño me has hecho
ya!?-
El rostro cobrizo, tenue y con un brillo de ultratumba miro hacia
abajo, como ofendido y desapareció.
Alarmado Felipe, se dirigió corriendo hasta donde su amo
estaba pero solo recibió a cambio una
sarta de blasfemos insultos haciendo alusión a su perenne
compañía y demás.
Al intentar dormir se dio cuenta que debía aumentar la
dosis de alcohol ya que
el dichoso Febo no lo acogía en sus brazos mas bien
parecía Ares quien lo instigaba a dejarse llevar por
pensamientos belicosos, violentos recuerdos de hechos que nunca
ocurrieron.
Dos medidas de Cognac mas tarde se animó a iniciar una de
sus abandonadas caminatas sin mayor animo que el de conciliar el
sueño, salió del viejo edificio de calle Callao y
encaminó a la placita de siempre.
A su lado Felipe saltaba de alegría corriendo a
través de los charcos de alguna llovizna episódica
diurna que por supuesto él no vio.
Al llegar a la esquina misma, rozándole las rodillas
pasó un coche último modelo que por
poco no pisa a Felipe, de un tirón hacia atrás con
la correa evitó un accidente no sin ahorcar brevemente a
su compañero.
-Hijo de puta- Dijo por lo bajo, intentó ver la patente
para averiguar de quien se trataba pero al instante
recordó que no había llevado consigo sus anteojos
por lo que se sintió aun más impotente, mas viejo e
incapaz de ni siquiera iniciar una gresca ya que seguramente
llevaba las de perder.
Si se alteró por el hecho de casi ser atropellado por ese
vehículo, aun mayor fue su asombro al ver que a los metros
el coche
se detenía y regresaba en reversa.
Durante un breve periodo que no superó de seguro uno o dos
segundos, se paralizo de miedo, Buenos Aires era
una ciudad peligrosa y el horario para nada prudente para caminar
solamente acompañado de un viejo pointer que
carecía de dientes, fuerza o entusiasmo para
defenderlo.
Estático espero que ocurriese algo digno de un titulo
policial pero solo vio como el BMW negro con vidrios oscuros
retrocedía hasta hacer coincidir la ventana del
acompañante con su persona.
Mientras se agachaba para ver por la ventanilla, el vidrio opaco de
esta se bajaba eléctricamente y dejaba ver un interior
tapizado de color negro
así como asientos de similar característica.
Increíble lo que vio a continuación, era la misma
persona del baño, se vio cara a cara con el responsable de
su miserable vida
y además con un auto digno de una estrella de TV.
Paralizado por el horror, no atinó a decir una palabra,
las frases se mezclaban en su cabeza como naipes de casino, los
insultos se confundían de idioma, en su mente eran miles
las cosas que había para decir y solamente le salió
un pálido:
-Eh...-
El individuo del rostro cobrizo, aceitoso y brillante a modo de
disculpa arriesgó:
-¿Se encuentra Ud. bien?-
Felipe miró a su amo como preguntándole lo mismo,
con su cara de viejo compañero que espera alguna respuesta
inaudita de quien siempre las daba.
Juan Manuel Ciares y Colomé era morocho, negro por decirlo
de algún modo, colombiano, sus padres emigraron a Argentina en
década del 60 por problemas con
la guerrilla de su país, desde muy niño tuvo que
aguantar los interminables relatos de su padre de masacres,
escondidas y otras vicisitudes vividas por ellos en Colombia , a
él la verdad poco le importaban y quería ser un
niño normal a pesar del color de su piel.
Como todo hijo de padres humildes pasó por la escuela
pública de su barrio donde compartió los siete
años de primaria con todo tipo de niños ,
la adaptación fue buena considerando la notable diferencia
de raza así como su extraordinaria inteligencia
.
Había mañanas enteras que no sabia que hacer porque
el aburrimiento era supremo, todo lo repetían hasta el
hartazgo y por lo general estaba distraído y tenia fama
entre los profesores de prestar poca atención .
No pasó mucho tiempo , en
realidad solo fueron tres años, que alguien notó en
él el don, un maestro que solía impartirles
elementales conocimientos de matemáticas creyó ver en ese
niño de color un genio al preguntarle por una
ecuación que solo se resuelve con algún conocimiento
básico de matemáticas avanzada.
Juan no supo resolver el problema pero lo razono de tal forma que
era evidente que sabía mas de lo que aparentaba. El
maestro se sorprendió por poner a prueba a alguien tan
joven con algo tan complejo pero quedo absorto con la simpleza
con la que trato el inconveniente.
A partir de esa ocasión, Juan pasó a ser el mimado
de la clase con ejercicios propios y recreos particulares
más largos cosa que, lejos de integrarlo a su clase,
llevó a convertirlo en el "niño genio" que todos en
el grado odiaban y envidiaban, él feliz con su
posición, disfrutaba de poder poner a
prueba su intelecto con nuevos desafíos.
El negrito sabio creció así entre peleas infantiles
para demostrar que además de inteligente era hombrecito y
constantes pruebas por parte de profesores propios y
extraños que le enseñaban cosas, desde su
panorámica poco útiles y algo complicadas.
Así fue que llegó a la universidad con
una beca completa para estudiar medicina no del
todo convencido de que fuera ese su futuro pero tratando de
cumplir con las expectativas de todos los que le brindaban su
apoyo, incluidos, por supuesto sus padres y el profesor Torales,
su descubridor que lo seguía de cerca.
Casi sin darse cuenta con solo 16 años se encontró
en una sala gigantesca llena de adolescentes y
adultos jóvenes alborotados por la experiencia de ser
universitarios, cargando libros de
todos los tamaños y vestidos informalmente pero acordes a
la ocasión. Él mismo se descubrió contagiado
del entusiasmo del primer día de universidad y aferrando
su cuaderno de espirales a la espera de una nueva barrera que la
vida seguro le pondría en esta etapa.
-Bienvenidos a Anatomía I- Dijo el
profesor de aspecto algo cansado y casi mecánicamente
continuó:
-Esta materia trata
sobre el cuerpo humano
desde el punto de vista organicista sin reparar casi en la
parte...- Y siguio así con una introducción de seguro memorizada por
años de ver pasar miles de caras y ver en cada una de
ellas un futuro colega y, porque no competidor.
Juan se encontraba emocionadisímo, al borde mismo de las
lagrimas, era tal su entusiasmo que no anotó palabra
alguna en su cuaderno sino más bien fue memorizando cada
una de las frases que salían de la boca del
profesor.
Como un tifón entro en su casa de barrio
Pergamino y luego de besar brevemente a su madre y su padre
comenzó a relatar con una velocidad
vertiginosa los hechos ocurridos durante esa jornada para
él memorable:
-No saben lo que fue ir a la "facu", algo que no puedo describir,
el murmullo de la gente que sabe, el silencio de las salas que
vieron pasar a genios de la medicina...-
La emoción de Juan parecía no tener fin, sus padres
orgullosos lo escuchaban atentamente sin dejar pasar gesto
alguno, como si se tratase de alguien con poderes sobrenaturales,
y es que en realidad muy pronto caerían en cuenta de que
en realidad sí los tenia.
"Cuando se es chico, no se tiene la experiencia necesaria para
vivir de manera completa, al adquirir esa experiencia con los
años, se es demasiado viejo para aplicar esos
conocimientos" rezaba un pseudo-slogan televisivo, se
enfermó tanto de encontrarle razón a uno de sus
enemigos más viejos que la jaqueca comenzó a
atacarle, despacio, desde la nuca, subiendo lentamente hasta
hacerse generalizada en toda la cabeza, al sentir que le
dolía detrás de los ojos supo que tenia poco tiempo
para llegar al baño.
El vómito no
tardó en llegar como una súbita marea alta
inundando sus fosas nasales y despertando aun más asco y
dolor, era insoportable, con su aliento ácido y apenas
audible se dijo:
-Televisión
de mierda-
Infaltable, Felipe estaba a su lado como dando consuelo de algo
que no se consuela con nada, el perro olisqueaba el inodoro y
hasta aventuro una lamida al contenido nauseabundo.
-Perro de mierda, no podes ser tan asqueroso- Farfullo su amo que
sintió un nuevo acceso precedido de una nausea que le
recordaba tiempos de hombre
casado.
No tuvo que caminar mucho para encontrar su alivio, el Migral
estaba en el mismo baño y solo a unos pasos de ahí
se encontraba su añorado Cognac.
Sumido en una especie de letargo, llegaron imágenes
de tiempos pasados de batallas libradas en otras épocas,
lejanas casi remotas pero que ahora se veían tan
nítidas que las exploro como si se tratase de un viaje en
tercera persona.
Tan lejos le pareció aquella guerra que
creyó tener mas de cien años a pesar de estar
apenas cerca de los 50, las frases ya gastadas llegaron a su
mente nuevamente como si se tratase de algo recién
ocurrido:
-¡Cabo mueva su pelotón de ese agujero!-
-¡Están en zona de tiro por el amor de
Dios!-
Y luego los disparos, el estallido, el zumbido en su oído
derecho, la sensación de liquido caliente en todo su
cuerpo y el dolor de cabeza, ese maldito dolor que lo
acompañaría de por vida, como estigma de esa
temporada de caza humana que algunos idiotas todavía las
llaman guerra.
"La primera prueba de Hércules fue matar al
león de Nemea, un animal al que no podía herirle
arma alguna. primero aturdió al león con su garrote
y después lo estranguló..."
Realmente se creía indestructible, muy fuerte en todo
sentido, nada lo afectaba de manera significativa y veía
pasar la vida con sorna.
Con 23 años, una apariencia física envidiable,
con su metro ochenta y pico, sus cabellos rapados, su cuerpo
torneado con entrenamiento
militar y ese aire de
superioridad que solo se adquiría luego de años en
la milicia, prácticamente se llevaba el mundo por
delante.
Disfrutaba mucho de ser parte de la elite argentina de los
uniformados, pero lo que más placer le provocaba era
pasearse de civil, exibirse en los boliches, dejar que las
jóvenes se hicieran ilusiones con él y hasta darse
el lujo de elegir con cual pasar la noche.
En más de una oportunidad se dejaba llevar por sus
instintos y provocaba alguna pelea con excusas tontas y con
resultados casi siempre favorables, las pocas veces que no
salía victorioso exhibía su credencial militar y el
asunto finalizaba a su favor. ¡Que buenas
épocas!
Cierta noche, se aventuró a ir con varios de sus amigos
del Colegio Militar a uno de eso bares de hippies a sabiendas de
lo que ahí encontrarían, al menos eso pensó
él.
De entrada se sintió con ganas de pelear, el lugar
realmente se prestaba, ambientado como una especie de bosque
encantado, se destacaba su barra de madera tallada
en forma natural, prolijamente lustrada y contrastando una serie
de tragos de varios colores
irregularmente dispuestos. En la pared opuesta, había un
centenar de frases escritas por los jóvenes, dibujos con
crayones que seguro el mismo bar proporcionaba, todos ellos
alusivos a la paz, el amor libre,
las drogas y esas
ridiculeces que caracterizaban a ese tipo de gentuza. Las mesas,
por llamarlas de algun modo, eran troncos de árboles
cortados y para sentarse no había una sola silla, se
echaban en el suelo o en
almohadones enormes que además de incómodos
destacaban aún más la condición de ocio que
reinaba en el ambiente. La
música,
por supuesto, era de algún grupo de vagos
norteamericanos que conbinaban sonidos modernos con instrumentos
orientales, o sea para sus oídos una verdadera basura.
- Veamos que se puede hacer acá - Les dijo a sus amigos
como instruyendo a un destrozo o algo similar.
Las caras de sus compañeros hablaban por si solas, no
había alegría en ellas, no se asomaba ni
remotamente a rostros de amigos que se iban a divertir sanamente
un viernes, no había intención de conocer alguna
"minita", nada de eso, en sus rostros curtidos se reflejaba el
odio, la adrenalina previa al combate y sus sonrisas eran muecas
sarcásticas.
- Ahí - Dijo, señalando con el mentón a un
grupo de adolescentes que fumaban marihuana con
poco disimulo en un rincón del local, el grupo se
componía de dos muchachos y tres jovencitas que
rondarían los 18 años.
Como en camara lenta se fueron acercando a ellos, en el camino,
apagó el cigarrillo con su bota, aprovecho para ver
más de cerca la vestimenta de sus víctimas y se
sintió con más asco.
Pero algo realmente fuera de lo comun le ocurrió en ese
momento, una sensación de angustia, una especie de dolor y
algo de mareo recorrió la superficie de su
cabeza...¿Qué pasaba?. Se descubrió a si
mismo observando con detenimiento una joven hippie de la mesa
vecina, ¿acaso la conocía?, no, no era eso. Se
plantó unos segundos en el lugar y la miró con
más detenimiento, no tendría más de 20
años pero parecía muy adulta, se encontraba
conversando con tres personajes que parecían salidos de
Woodstock, se movía con ademanes suaves y sus manos
flotaban, niveas, pulcras, bellísimas, parecía un
ángel. Petrificado se retrasó del pelotón
que avanzaba al objetivo,
decidido.
Nunca supo porque, pero hizo lo menos imaginado, casi sin
pensarlo, aflojó la tensión de su cara,
aventuró una sonrisa casual y con la naturalidad de quien
se siente seguro de cada uno de sus pasos, se acercó a
ella, llegó hasta el mismo espacio físico que
ocupaban aquellos que creía odiar, se sentó sin
esperar invitación y espontáneamente lanzó
un sincero:
- Hola, ¿qué tal? -
- Hola - Le contestó mostrando sus blanquísimos
dientes, perfectos.
-¿Que haces? - Dijo.
Él fue realmente sincero:
-Vine con unos amigos a armar despelote, pero te vi y se me
fueron todas las ganas-
-Qué bien- Contestó ella.
-Es que sos muy linda, mentira, ¡sos una belleza!- Se
sintió cómodo, ya no era el león, se
veía como una oveja mansa, como uno e ellos. Se
creyó cerca de esa mujer que había abierto una
puerta en su alma que creía sellada para siempre.
-¿Te parece?, a mi no me importa la apariencia
física-
Él volvió al ataque:
- No todos pensamos como vos, a decir verdad la mayoría de
la gente aún sin admitirlo se inclina a compartir momentos
con gente linda, desde todo punto de vista-
Siguió hablando:
- Cuando toman un empleado, cuando te preguntan la hora, cuando
pedís cambio, siempre juega su papel lo
físico y, creéme, ganan siempre los lindos-
La noche se pasó en un suspiro, charlaron de todos los
temas sin estar de acuerdo en ninguno de ellos, a todo lo que
él decía ella contestaba tranquilamente
haciéndole ver lo equivocado que estaba, él
defendía férreamente su posición pero a
medida que avanzaba el tiempo se sentía más
débil, menos seguro, mas... como llamarlo, sí
más enamorado.
La disconformidad de ambos bandos con este pacto de paz era
evidente, sus compañeros en vano esperaron que se
desencadenara el caos, quedándose parados casi toda la
velada y a su vez los amigos de ella fueron alejándose
lentamente hasta que solo quedaban ellos dos.
-¿Cómo te llamás?, ¿Donde
vivís? ¿Estudiás?-
Y ella:
-¿Te gusta lo que haces?, ¿No te dan ganas de poner
el mismo empeño en que haya paz?, ¿Me llevas a mi
casa?-
Casi perfecta, así la definió con sus padres,
diamante para pulir, fantástica, hermosa, solo le falta un
poco de orientación.
Ella por su parte comentaba con sus compañeras de
facultad:
- Es bueno, le falta darse cuenta de que puede, de que hay amor
en su corazón-
Por supuesto el casamiento fue militar estricto, la mezcla de
invitados se confundía con la algarabía de la familia en
su mayoría feliz. Los novios parecían los
más enamorados del mundo, casi no hablaban y sus miradas
se perdían por minutos enteros como si nada existiese.
Todo parecía perfecto, ella moderaba lentamente el
carácter bélico de él.
Por su parte él se dedicó a tratar de ser un poco
más abierto a las ideas que diferían con las suyas.
Poco a poco, fueron
acercándose a un punto intermedio que al principio
parecía inalcanzable.
El león de la selva parecía domesticado, era ahora
un león de circo a lo sumo. En plena época del
proceso
militar, él se manejaba con criterios individuales pero
adquiridos de su relación matrimonial.
Ella lo cambió, lo domó.
En su segunda prueba, Hércules mató a
la Hidra, que
vivía en un pantano en Lerna. Este monstruo tenía
nueve cabezas. Una cabeza era inmortal y, cuando le cortaban
cualquiera de las otras, crecían dos en su lugar.
Hércules quemó cada cuello mortal con una antorcha
para impedir que crecieran las dos cabezas y sepultó la
cabeza inmortal bajo una roca. Después mojó sus
flechas en la sangre de la
Hidra para envenenarlas.
Rápidamente Juan se convirtió en médico y
sin mayor esfuerzo ingresó con honores a la residencia de
Clínica Médica del Hospital Naval.
Era este el momento que había estado
esperando por años, la culminación de una serie de
esfuerzos, en su mayor parte por mantenerse dentro de los canales
normales sin destacarse demasiado, sin llamar la atención,
no quería que se repitiera aquello del "negrito genio" de
la primaria.
Pero ahora todo cambiaba, estaba matriculado, en un Hospital que
le brindaba todos sus pacientes y el entorno adecuado para dar
rienda suelta a todo lo aprendido, practicado y reservado.
Sin dejar de lado la medicina, comenzó un lento pero
efectivo aprendizaje de
sus otras facultades. Al principio solo escuchaba lo que los
pacientes le contaban, leía sus mentes y descubría
con facilidad el origen de sus dolencias físicas, por ello
era eficaz en los diagnósticos y preciso en los
tratamientos. Tratando de no llamar mucho la atención, de
a poco fue centrando sus aptitudes en el estudio del hombre como
un todo, a veces incluso se atrevía a manipular un poco a
los que consultaban por problemas que tenían un origen no
orgánico, charlaba con quienes lo consultaban y
rápidamente los convencía que estaban sanos.
Ocurrió una vez pues, que se encontraba cubriendo la
guardia central del edificio y en la madrugada lo llamaron a su
habitación por un dolor de pecho.
Mientras caminaba por el largo pasillo que separaba la sala de
guardia del resto del recinto, vislumbro que se trataba de una
persona de sexo masculino
de unos 38 años que seguramente padecía un
infarto.
Cansado y algo dormido comenzó a interrogar al hombre que
se encontraba en la camilla con un intenso dolor, sudoroso y con
respiración dificultosa. Fue ahí
cuando se le presento el típico panorama del infarto:
familia
destrozada, interminables disbalances económicos,
disconfort del paciente ante los innumerables estudios
diagnósticos, tratamientos que además de caros le
resultarían incómodos y hasta dolorosos y mil
inconvenientes más.
Decidió entonces cortar por lo sano, mientras conversaba
con la persona deslizó suavemente la mano por su pecho y
mediante una manipulación de los tejidos y
fluidos, recanalizó la arteria obstruida, de inmediato
comenzó la mejoría y mientras ordenaba que se le
realice un electrocardiograma se sentó en una silla junto
al paciente a escuchar de sus problemas familiares.
Media hora más tarde, Juan se encontraba recostado en su
habitación sin mayores preocupaciones y con una tira de
papel milimetrado en la mano que rezaba la frase: NORMAL.
No pasó mucho tiempo para que todo el Hospital comentara
de sus supuestos dones de sanador, algunos lo llamaban
médico brujo, otros "el budú" y otros calificativos
que Juan se apresuraba a desmentir pero era en vano.
- Es la primera vez en casi 20 años de servicio que
veo pasar un residente que durante los tres años en el
Hospital Naval no cometió ni un solo error médico -
Le decía el jefe de Servicio.
- Dr. Juan Ud. tiene las manos benditas –Escuchaba de una
enfermera.
Pero luego le llegaría el amor.
La siguiente prueba de Hércules fue capturar viva
a una cierva con cuernos de oro y pezuñas de bronce que
estaba consagrada a Ártemis, diosa de la caza.
Llevaban casi tres años de casados sin novedades de
descendencia, esto inquietaba a las familias en particular a la
de él.
Ella, por su parte le restaba importancia y justificaba todo de
una manera muy natural.
- Es por el mundial de fútbol este... - Dijo el primer
año.
- Lo van a ascender a cabo, por favor imaginate los nervios -
Promulgaba el segundo.
- Todo llega en la vida...che ¿no seré yo?- Se
preocupaba el tercero.
Por su parte, él estaba muy concentrado en su carrera
militar y poco pensaba en los hijos.
- Vendrán cuando tengan que venir- Decía.
Como suele suceder en estos casos, es una amiga de la familia,
por lo general mayor, quien la aconsejó:
- Deberías ver un médico -
Y así fue como descubrió a Juan. Una mañana
salió decidida a saber lo que le ocurría, el
problema seguramente era de ella y debía solucionarlo.
Llego en colectivo al Hospital Naval sin turno, sin
orientación y como perdida entró el hall principal.
Ahí se dio cuenta que no tenía idea de que hacer.
Se encontró en un recibidor gigantesco en él
dominaba un mostrador enorme con varias señoritas
atendiendo a todo vapor las consultas de miles de personas
quizás tan perdidas como ella. Lo dejo de lado y
comenzó a caminar por un pasillo hasta dar a un
salón donde había un pequeño bufete y
enfrente cuatro ascensores.
Se sentó, pidió un agua
tónica y se detuvo a pensar un instante el siguiente paso
a dar.
A su derecha en una mesa muy cercana dos mujeres que
parecían enfermeras hablaban a viva voz:
-...y no se como pero se dio cuenta de inmediato que le estaba
mintiendo, ¿vos sabes lo que hizo entonces? Lo miró
fijo y le dijo que se deje de joder y que ya no fume porque la
próxima vez se moría y la cara del tipo...-
Y siguieron así por un largo rato:
- El otro día lo vi atender a una señora mayor que
te juro le había tomado la presión un
minuto atrás, no te miento era de 240/150,
¡altísima! Y ¿qué hizo el Dr. Juan?,
nada, te digo que nada, le tomó la mano, hablo algo
así de diez palabras, la mujer dijo que
sí y la mandó a su casa, cuando le tomé
nuevamente la presión... ¡Era norma!, ¿podes
creer?...-
Ella no pudo permanecer ajena a tales comentarios, sintió
que su sangre de hippie resurgió, esa rebeldía el
amor por lo esotérico, lo desconocido, dejó de lado
el protocolo militar
aprendido, tomó coraje y se acercó a la mesa de las
dos mujeres con decisión la hablo de la manera que
sabía hacer en sus épocas:
- Disculpen...-
Minutos más tarde se encontraba escuchando interminables
historias del tal Dr. Juan que parecía ser poco menos que
un milagrero, algunos relatos le parecían simplemente
inverosímiles, otros creíbles, pero en línea
general se sintió sorprendida y deseosa de conocerlo y
contarle su "problemita".
Fue entonces que muy convencida se dirigió nuevamente al
acceso del Hospital en busca de un turno para el
famosísimo médico. Como era de esperar, no
encontró forma de conseguirlo, parecía que la fama
había trascendido hasta hacer imposible una visita antes
de los cuatro o cinco días posteriores. No se daría
por vencida tan fácilmente, averiguo donde era el
consultorio y ahí se encaminó con la esperanza de
poderlo hablar al menos.
Tomando el ascensor más próximo llegó al
piso 8 y caminó brevemente hasta ver el cartel indicador:
CLINICA MEDICA, siguió un trecho más hasta ver una
puerta vaivén doble con la leyenda: COSULTORIOS EXTERNOS,
para sus adentros se dijo que iba por el buen camino, un poco
más adelante pudo ver entre varias personas que se
agolpaban sobre una puerta de acero inoxidable
y vidrio opaco el número 6, ¡ahí era!, por
fin conocería al famoso Dr. que hacía milagros.
Separado de la puerta donde se encontraba el médico, a
unos tres metros se encontraba un escritorio con una mujer gorda
con uniforme militar y cofia de enfermera que seguramente
auspiciaba de secretaria, se la veía molesta por la labor
ya que debía atender a varias personas a la vez, actuar
como filtro con aquellas que no tenían turno, que por lo
visto eran la mayoría, y ella era una de esas.
Se propuso actuar rápido, descaradamente y con
naturalidad. Simplemente se paró a un costado de la puerta
sin alborotarse y pacientemente esperó a que se
abriese.
En el momento que salió una persona del consultorio, sin
hacer mucho alarde, sin esperar invitación y con total
caradurez, entró decidida, mientras lo hacía
escucho a sus espaldas la voz seguramente de la secretaria que la
increpaba:
- ¿¡Y Ud. a donde se cree que va!?- A lo que ella
contestó con naturalidad y sin detenerse o voltear:
- ¡Voy a visitar a mi hermano!- ya adentro alcanzo a
escuchar a lo lejos:
- Su ¿ qué?- La puerta se cerró y ella
cayó en cuenta de lo que acababa de hacer, de lo que esa
gente ahí afuera podría pensar, de lo que le iba a
decir al médico de lo ansiosa y asustada que estaba.
El consultorio numero seis parecía un lugar agradable pero
formal, lo recorrió con la vista brevemente y
descubrió en él cosas que no se suelen ver en
lugares así, como por ejemplo infinidad de
fotografías pegadas sobre una pared, en su mayoría
gente sonriente y algunas notas alusivas como de
agradecimiento.
Había además del escritorio formal, detrás
del cual se veía a una persona de delantal blanco de
espaldas, una pequeña mesita a la izquierda con
pequeños adornos de tipo infantil que le impartían
un aire de pediatría, una camilla, algunos cuadros y nada
más.
No se percató que mientras recorría con la vista la
habitación, el médico volteo y la miraba con una
sonrisa.
De inmediato ensayo una
especie de disculpa por la irrupción pero se quedo en la
mitad cuando se percató que se trataba de una persona de
color que además la invitaba a sentarse por su nombre.
¿Cómo sabía su nombre?.
Ambos se sentaron y de inmediato Juan comenzó a hablar con
soltura, lenta pero ininterrumpidamente y ella escuchaba absorta
las palabras que manaban de su boca como si se tratase
verdaderamente de la verdad absoluta.
- Son muchas las mujeres que me consultan por problemas para
tener hijos, en la mayoría de los casos, como creo es el
tuyo, no suele encontrarse en ellas trastorno orgánico
alguno, más bien suelen ser inconvenientes relacionados
con la ansiedad, el entorno familiar y más raramente es el
varón quien tiene...-
Realmente no podía creer lo que sus oídos
escuchaban, ella no había articulado frase alguna y el
médico le hablaba de algo tan íntimo que por si
sola no habría sabido como empezar a decirlo.
Juan descubrió en ella además de una belleza
sublime un alma que busca algo, que persigue un ideal sin saber
de que se trata, creyó ver algo que no había
experimentado aún. Entonces, sin dejar de hablar y con
toda la parsimonia posible recorrió el perímetro de
su escritorio hasta donde se encontraba ella, se agachó
tomos sus manos entre las suyas y le dio paz.
...la cuarta prueba consistió en cazar a un gran
jabalí cuya guarida estaba en el monte Erimanto.
La respuesta de su marido era más que obvia, lejos de
enojarse se burló de su mujer, machista empedernido,
militar en grado extremo, obsoleto en sus excusas se negó
a ser siquiera atendido por un "medicucho" y revelar su vida
íntima que además consideraba perfecta.
-¿Pero que fumaste vos?- Irónicamente le preguntaba
a su mujer haciendo alusión a su pasado no del todo dejado
atrás.
- Me encuentro perfectamente bien, no necesito que un doctor me
lo diga – Y continuó con una perorata interminable
que desembocaría irremediablemente en una pelea.
Clásico, el super-macho argentino que deriva los
inconvenientes de pareja en su señora, que no asume el rol
para el cual fue destinado y se marea en sus propias
explicaciones.
Fue muy difícil el tiempo que siguió a esa
conversación ambos con el resentimiento de lo recibido
como agresión, se retrotrajeron a sus labores cotidianas
dirigiéndose mínimamente la palabra.
De noche al regresar él se encontraba con la cena lista en
el horno, la mesa pulcramente puesta, como le gustaba, pero
terminaba comiendo siempre solo.
Así se sucedieron los días, las semanas y los
meses, lo que se pudo resolver de una manera digna, humana y
adulta terminó por aflojar las correas del amor en otrora
plantado con esperanza de un fruto o dos.
Ella a pesar de su esposo, continuó yendo al médico
que por sobre todo auspiciaba de escucha, atento siempre a lo que
decía como si se tratase de un amigo.
En algun momento él se dio cuenta de lo que estaba
ocurriendo, de lo cerca que se encontraba de perderla para
siempre, de lo poco que tenía que hacer para recuperarla.
Aún sin compartir la opinión de su mujer se
dignó a hablar del tema de la forma más inaudita y
en el momento menos esperado.
Víspera de Navidad,
estaba la pareja realizando compras para el
evento y mientras recorrían vidrieras por calle Esmeralda,
ambos con cara de sueño y de relación distante,
como un flechazo pasó por su mente la idea de ser otro, de
complacer a su amada.
- ¿ y como sería el tema de ver al medico ese?
– Dijo como al pasar. La respuesta espontanea, impensada
pero esperable no tardó en llegar, ella lo abrazó,
lo besó en los labios con el ímpetu del tiempo
perdido...
Así pasaron las fiestas sin mayores sinsabores, ella
consideraba haberlo recuperado, creía estar en los mejores
momentos de pareja, todo parecía armonía, respeto y
felicidad.
Por su parte, él esquivaba el tema y, sin decirlo
directamente, fue aligerando su responsabilidad asumida ganando tiempo.
Las excusas eran diversas pero efectivas iban de lo más
cómodo hasta lo absurdamente irracional, daba la
impresión de no haber caído en cuenta de lo
prometido, no tenía en apariencia, la menor
intención de dejarse interrogar por nadie del tema.
Entonces, una tarde que parecía todo olvidado ella
volvió a la carga y lo enfrentó:
- Querido, ya han pasado meses desde que me prometiste ir al
médico por lo de..., bueno por lo que los dos sabemos, por
favor no creas que no me doy cuenta que lo estas dejando de lado,
tampoco te hagas ilusiones porque no pienso olvidarme,
simplemente sé sincero y hagámoslo de una vez -
A regañadientes accedió a ir con un turno el mismo
Lunes siguiente, una vez más el jabalí había
sido cazado.
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