
Indice
1. Introducción
2. El León De Nemea
3. La Hidra
4. La Cierva
5. La caza del jabalí
6. El comienzo de la limpieza
7. Apartar las aves
8. La entrega del toro
9. La carnada humana
10. La muerte de la reina
11. La erección de las columnas
12. El mundo sobre los hombros
13. El ultimo trabajo
14. La muerte del heroe
Un cuento corto de Guillermo Zenarruza
Seudónimo: Franco Baderés
Hércules fue el héroe conocido por su fuerza y valor así como por sus muchas y legendarias hazañas, hijo de Zeus y de Alcmena, mujer del general tebano Anfitrión. Hera, la celosa esposa de Zeus, decidida a matar al hijo de su infiel marido, poco después del nacimiento de Hércules envió dos grandes serpientes para que acabaran con él. El niño era aún muy pequeño pero estranguló a las serpientes. Ya de joven, mató a un león con sus propias manos. Como trofeo de esta aventura, se puso la piel de su víctima como una capa y su cabeza como un yelmo. El héroe conquistó posteriormente a una tribu que exigía a Tebas el pago de un tributo. Como recompensa, se le concedió la mano de la princesa tebana Megara, con quien tuvo tres hijos. Hera, aún implacable en su odio hacia Hércules, le hizo pasar un acceso de locura durante el cual mató a su mujer y a sus hijos. Horrorizado y con remordimientos por este acto, Hércules se habría suicidado, pero el oráculo de Delfos le comunicó que podría purgar su delito convirtiéndose en sirviente de su primo Euristeo, rey de Micenas. Euristeo, compelido por Hera, le impuso el desafío de afrontar doce difíciles pruebas, los doce trabajos de Hércules.
Desde que se había dado cuenta de lo viejo que estaba, no volvió a ser el mismo de antes, sus caminatas nocturnas las dejo de lado, su sonrisa se había vuelto parca y hasta, no sabia porque, estaba casi todo el día triste.
A pesar de compartir momentos casi agradables diariamente, se sentía solo desde la mañana a la noche y, en particular esa, era de lo peor.
Su viejo perro Felipe, que durante toda su vida le pareció mas que una simple compañía, ahora rayaba en lo cargoso y cada vez que se le acercaba se le hacia pesado y a veces terminaba pegándole. El can, lejos de hacerse a un lado lo miraba con cara triste y volvía al ataque con toda la furia de sus mimos, su gran peso y sus caudales de baba.
-¡ Fuera Felipe!- Le decía
-¡ Que pesado, por favor!- Insistía.
Esa tarde se baño minuciosamente como era costumbre desde que estaba solo, se afeitó recortándose con prolijidad la barba y cuando estaba enjuagándose la cara de espuma vislumbró casi por casualidad, como de reojo un rostro por sobre su hombro dibujado en el espejo que no veía desde su juventud. Primero con asombro, luego con incredulidad y finalmente con odio lo reto mirando fijo sus ojos de chocolate amargo que bien recordaba con la fuerza de la bronca guardada por casi treinta años. Desafiante lo increpó:
-¡ Y vos que mierda queres acá de nuevo!?-
-¡No te parece que suficiente daño me has hecho ya!?-
El rostro cobrizo, tenue y con un brillo de ultratumba miro hacia abajo, como ofendido y desapareció.
Alarmado Felipe, se dirigió corriendo hasta donde su amo estaba pero solo recibió a cambio una sarta de blasfemos insultos haciendo alusión a su perenne compañía y demás.
Al intentar dormir se dio cuenta que debía aumentar la dosis de alcohol ya que el dichoso Febo no lo acogía en sus brazos mas bien parecía Ares quien lo instigaba a dejarse llevar por pensamientos belicosos, violentos recuerdos de hechos que nunca ocurrieron.
Dos medidas de Cognac mas tarde se animó a iniciar una de sus abandonadas caminatas sin mayor animo que el de conciliar el sueño, salió del viejo edificio de calle Callao y encaminó a la placita de siempre.
A su lado Felipe saltaba de alegría corriendo a través de los charcos de alguna llovizna episódica diurna que por supuesto él no vio.
Al llegar a la esquina misma, rozándole las rodillas pasó un coche último modelo que por poco no pisa a Felipe, de un tirón hacia atrás con la correa evitó un accidente no sin ahorcar brevemente a su compañero.
-Hijo de puta- Dijo por lo bajo, intentó ver la patente para averiguar de quien se trataba pero al instante recordó que no había llevado consigo sus anteojos por lo que se sintió aun más impotente, mas viejo e incapaz de ni siquiera iniciar una gresca ya que seguramente llevaba las de perder.
Si se alteró por el hecho de casi ser atropellado por ese vehículo, aun mayor fue su asombro al ver que a los metros el coche
se detenía y regresaba en reversa.
Durante un breve periodo que no superó de seguro uno o dos segundos, se paralizo de miedo, Buenos Aires era una ciudad peligrosa y el horario para nada prudente para caminar solamente acompañado de un viejo pointer que carecía de dientes, fuerza o entusiasmo para defenderlo.
Estático espero que ocurriese algo digno de un titulo policial pero solo vio como el BMW negro con vidrios oscuros retrocedía hasta hacer coincidir la ventana del acompañante con su persona.
Mientras se agachaba para ver por la ventanilla, el vidrio opaco de esta se bajaba eléctricamente y dejaba ver un interior tapizado de color negro así como asientos de similar característica.
Increíble lo que vio a continuación, era la misma persona del baño, se vio cara a cara con el responsable de su miserable vida
y además con un auto digno de una estrella de TV. Paralizado por el horror, no atinó a decir una palabra, las frases se mezclaban en su cabeza como naipes de casino, los insultos se confundían de idioma, en su mente eran miles las cosas que había para decir y solamente le salió un pálido:
-Eh...-
El individuo del rostro cobrizo, aceitoso y brillante a modo de disculpa arriesgó:
-¿Se encuentra Ud. bien?-
Felipe miró a su amo como preguntándole lo mismo, con su cara de viejo compañero que espera alguna respuesta inaudita de quien siempre las daba.
Juan Manuel Ciares y Colomé era morocho, negro por decirlo de algún modo, colombiano, sus padres emigraron a Argentina
en década del 60 por problemas
con la guerrilla de su país, desde muy niño tuvo que aguantar los interminables relatos de su padre de masacres, escondidas y otras vicisitudes vividas por ellos en Colombia
, a él la verdad poco le importaban y quería ser un niño normal a pesar del color de su piel.
Como todo hijo de padres humildes pasó por la escuela
pública de su barrio donde compartió los siete años de primaria con todo tipo de niños
, la adaptación fue buena considerando la notable diferencia de raza así como su extraordinaria inteligencia
.
Había mañanas enteras que no sabia que hacer porque el aburrimiento era supremo, todo lo repetían hasta el hartazgo y por lo general estaba distraído y tenia fama entre los profesores de prestar poca atención
.
No pasó mucho tiempo
, en realidad solo fueron tres años, que alguien notó en él el don, un maestro que solía impartirles elementales conocimientos de matemáticas
creyó ver en ese niño de color un genio al preguntarle por una ecuación que solo se resuelve con algún conocimiento
básico de matemáticas avanzada.
Juan no supo resolver el problema pero lo razono de tal forma que era evidente
que sabía mas de lo que aparentaba. El maestro se sorprendió por poner a prueba a alguien tan joven con algo tan complejo pero quedo absorto con la simpleza con la que trato el inconveniente.
A partir de esa ocasión, Juan pasó a ser el mimado de la clase con ejercicios propios y recreos particulares más largos cosa que, lejos de integrarlo a su clase, llevó a convertirlo en el "niño genio" que todos en el grado odiaban y envidiaban, él feliz con su posición, disfrutaba de poder
poner a prueba su intelecto con nuevos desafíos.
El negrito sabio creció así entre peleas infantiles para demostrar que además de inteligente era hombrecito y constantes pruebas por parte de profesores propios y extraños que le enseñaban cosas, desde su panorámica poco útiles y algo complicadas.
Así fue que llegó a la universidad
con una beca completa para estudiar medicina
no del todo convencido de que fuera ese su futuro pero tratando de cumplir
con las expectativas de todos los que le brindaban su apoyo, incluidos, por
supuesto sus padres y el profesor Torales, su descubridor que lo seguía de cerca.
Casi sin darse cuenta con solo 16 años se encontró en una sala gigantesca llena de adolescentes
y adultos jóvenes alborotados por la experiencia de ser universitarios, cargando libros
de todos los tamaños y vestidos informalmente pero acordes a la ocasión. Él mismo se descubrió contagiado del entusiasmo del primer día de universidad y aferrando su cuaderno de espirales a la espera de una nueva barrera que la vida seguro le pondría en esta etapa.
-Bienvenidos a Anatomía
I- Dijo el profesor de aspecto algo cansado y casi mecánicamente continuó:
-Esta materia
trata sobre el cuerpo humano
desde el punto de vista organicista sin reparar casi en la parte...- Y siguio
así con una introducción
de seguro memorizada por años de ver pasar miles de caras y ver en cada una de ellas un futuro colega y, porque no competidor.
Juan se encontraba emocionadisímo, al borde mismo de las lagrimas, era tal su entusiasmo que no anotó palabra alguna en su cuaderno sino más bien fue memorizando cada una de las frases que salían de la boca del profesor.
Como un tifón entro en su casa de barrio Pergamino y luego de besar brevemente a su madre y su padre comenzó a relatar con una velocidad vertiginosa los hechos ocurridos durante esa jornada para él memorable:
-No saben lo que fue ir a la "facu", algo que no puedo describir, el murmullo de la gente que sabe, el silencio de las salas que vieron pasar a genios de la medicina...-
La emoción de Juan parecía no tener fin, sus padres orgullosos lo escuchaban atentamente sin dejar pasar gesto alguno, como si se tratase de alguien con poderes sobrenaturales, y es que en realidad muy pronto caerían en cuenta de que en realidad sí los tenia.
"Cuando se es chico, no se tiene la experiencia necesaria para vivir de manera completa, al adquirir esa experiencia con los años, se es demasiado viejo para aplicar esos conocimientos" rezaba un pseudo-slogan televisivo, se enfermó tanto de encontrarle razón a uno de sus enemigos más viejos que la jaqueca comenzó a atacarle, despacio, desde la nuca, subiendo lentamente hasta hacerse generalizada en toda la cabeza, al sentir que le dolía detrás de los ojos supo que tenia poco tiempo para llegar al baño.
El vómito no tardó en llegar como una súbita marea alta inundando sus fosas nasales y despertando aun más asco y dolor, era insoportable, con su aliento ácido y apenas audible se dijo:
-Televisión de mierda-
Infaltable, Felipe estaba a su lado como dando consuelo de algo que no se consuela con nada, el perro olisqueaba el inodoro y hasta aventuro una lamida al contenido nauseabundo.
-Perro de mierda, no podes ser tan asqueroso- Farfullo su amo que sintió un nuevo acceso precedido de una nausea que le recordaba tiempos de hombre casado.
No tuvo que caminar mucho para encontrar su alivio, el Migral estaba en el mismo baño y solo a unos pasos de ahí se encontraba su añorado Cognac.
Sumido en una especie de letargo, llegaron imágenes de tiempos pasados de batallas libradas en otras épocas, lejanas casi remotas pero que ahora se veían tan nítidas que las exploro como si se tratase de un viaje en tercera persona.
Tan lejos le pareció aquella guerra que creyó tener mas de cien años a pesar de estar apenas cerca de los 50, las frases ya gastadas llegaron a su mente nuevamente como si se tratase de algo recién ocurrido:
-¡Cabo mueva su pelotón de ese agujero!-
-¡Están en zona de tiro por el amor de Dios!-
Y luego los disparos, el estallido, el zumbido en su oído derecho, la sensación de liquido caliente en todo su cuerpo y el dolor de cabeza, ese maldito dolor que lo acompañaría de por vida, como estigma de esa temporada de caza humana que algunos idiotas todavía las llaman guerra.
"La primera prueba de Hércules fue matar al león de Nemea, un animal al que no podía herirle arma alguna. primero aturdió al león con su garrote y después lo estranguló..."
Realmente se creía indestructible, muy fuerte en todo sentido, nada lo afectaba de manera significativa y veía pasar la vida con sorna.
Con 23 años, una apariencia física envidiable, con su metro ochenta y pico, sus cabellos rapados, su cuerpo torneado con entrenamiento militar y ese aire de superioridad que solo se adquiría luego de años en la milicia, prácticamente se llevaba el mundo por delante.
Disfrutaba mucho de ser parte de la elite argentina de los uniformados, pero lo que más placer le provocaba era pasearse de civil, exibirse en los boliches, dejar que las jóvenes se hicieran ilusiones con él y hasta darse el lujo de elegir con cual pasar la noche.
En más de una oportunidad se dejaba llevar por sus instintos y provocaba alguna pelea con excusas tontas y con resultados casi siempre favorables, las pocas veces que no salía victorioso exhibía su credencial militar y el asunto finalizaba a su favor. ¡Que buenas épocas!
Cierta noche, se aventuró a ir con varios de sus amigos del Colegio Militar a uno de eso bares de hippies a sabiendas de lo que ahí encontrarían, al menos eso pensó él.
De entrada se sintió con ganas de pelear, el lugar realmente se prestaba, ambientado como una especie de bosque encantado, se destacaba su barra de madera tallada en forma natural, prolijamente lustrada y contrastando una serie de tragos de varios colores irregularmente dispuestos. En la pared opuesta, había un centenar de frases escritas por los jóvenes, dibujos con crayones que seguro el mismo bar proporcionaba, todos ellos alusivos a la paz, el amor libre, las drogas y esas ridiculeces que caracterizaban a ese tipo de gentuza. Las mesas, por llamarlas de algun modo, eran troncos de árboles cortados y para sentarse no había una sola silla, se echaban en el suelo o en almohadones enormes que además de incómodos destacaban aún más la condición de ocio que reinaba en el ambiente. La música, por supuesto, era de algún grupo de vagos norteamericanos que conbinaban sonidos modernos con instrumentos orientales, o sea para sus oídos una verdadera basura.
- Veamos que se puede hacer acá - Les dijo a sus amigos como instruyendo a un destrozo o algo similar.
Las caras de sus compañeros hablaban por si solas, no había alegría en ellas, no se asomaba ni remotamente a rostros de amigos que se iban a divertir sanamente un viernes, no había intención de conocer alguna "minita", nada de eso, en sus rostros curtidos se reflejaba el odio, la adrenalina previa al combate y sus sonrisas eran muecas sarcásticas.
- Ahí - Dijo, señalando con el mentón a un grupo de adolescentes que fumaban marihuana con poco disimulo en un rincón del local, el grupo se componía de dos muchachos y tres jovencitas que rondarían los 18 años.
Como en camara lenta se fueron acercando a ellos, en el camino, apagó el cigarrillo con su bota, aprovecho para ver más de cerca la vestimenta de sus víctimas y se sintió con más asco.
Pero algo realmente fuera de lo comun le ocurrió en ese momento, una sensación de angustia, una especie de dolor y algo de mareo recorrió la superficie de su cabeza...¿Qué pasaba?. Se descubrió a si mismo observando con detenimiento una joven hippie de la mesa vecina, ¿acaso la conocía?, no, no era eso. Se plantó unos segundos en el lugar y la miró con más detenimiento, no tendría más de 20 años pero parecía muy adulta, se encontraba conversando con tres personajes que parecían salidos de Woodstock, se movía con ademanes suaves y sus manos flotaban, niveas, pulcras, bellísimas, parecía un ángel. Petrificado se retrasó del pelotón que avanzaba al objetivo, decidido.
Nunca supo porque, pero hizo lo menos imaginado, casi sin pensarlo, aflojó la tensión de su cara, aventuró una sonrisa casual y con la naturalidad de quien se siente seguro de cada uno de sus pasos, se acercó a ella, llegó hasta el mismo espacio físico que ocupaban aquellos que creía odiar, se sentó sin esperar invitación y espontáneamente lanzó un sincero:
- Hola, ¿qué tal? -
- Hola - Le contestó mostrando sus blanquísimos dientes, perfectos.
-¿Que haces? - Dijo.
Él fue realmente sincero:
-Vine con unos amigos a armar despelote, pero te vi y se me fueron todas las ganas-
-Qué bien- Contestó ella.
-Es que sos muy linda, mentira, ¡sos una belleza!- Se sintió cómodo, ya no era el león, se veía como una oveja mansa, como uno e ellos. Se creyó cerca de esa mujer que había abierto una puerta en su alma que creía sellada para siempre.
-¿Te parece?, a mi no me importa la apariencia física-
Él volvió al ataque:
- No todos pensamos como vos, a decir verdad la mayoría de la gente aún sin admitirlo se inclina a compartir momentos con gente linda, desde todo punto de vista-
Siguió hablando:
- Cuando toman un empleado, cuando te preguntan la hora, cuando pedís cambio, siempre juega su papel lo físico y, creéme, ganan siempre los lindos-
La noche se pasó en un suspiro, charlaron de todos los temas sin estar de acuerdo en ninguno de ellos, a todo lo que él decía ella contestaba tranquilamente haciéndole ver lo equivocado que estaba, él defendía férreamente su posición pero a medida que avanzaba el tiempo se sentía más débil, menos seguro, mas... como llamarlo, sí más enamorado.
La disconformidad de ambos bandos con este pacto de paz era evidente, sus compañeros en vano esperaron que se
desencadenara el caos, quedándose parados casi toda la velada y a su vez los amigos de ella fueron alejándose lentamente hasta que solo quedaban ellos dos.
-¿Cómo te llamás?, ¿Donde vivís? ¿Estudiás?-
Y ella:
-¿Te gusta lo que haces?, ¿No te dan ganas de poner el mismo empeño en que haya paz?, ¿Me llevas a mi casa?-
Casi perfecta, así la definió con sus padres, diamante para pulir, fantástica, hermosa, solo le falta un poco de orientación.
Ella por su parte comentaba con sus compañeras de facultad:
- Es bueno, le falta darse cuenta de que puede, de que hay amor en su corazón-
Por supuesto el casamiento fue militar estricto, la mezcla de invitados se confundía con la algarabía de la familia en su mayoría feliz. Los novios parecían los más enamorados del mundo, casi no hablaban y sus miradas se perdían por minutos enteros como si nada existiese.
Todo parecía perfecto, ella moderaba lentamente el carácter bélico de él.
Por su parte él se dedicó a tratar de ser un poco más abierto a las ideas que diferían con las suyas. Poco a poco, fueron
acercándose a un punto intermedio que al principio parecía inalcanzable.
El león de la selva parecía domesticado, era ahora un león de circo a lo sumo. En plena época del proceso militar, él se manejaba con criterios individuales pero adquiridos de su relación matrimonial.
Ella lo cambió, lo domó.
En su segunda prueba, Hércules mató a la Hidra, que vivía en un pantano en Lerna. Este monstruo tenía nueve cabezas. Una cabeza era inmortal y, cuando le cortaban cualquiera de las otras, crecían dos en su lugar. Hércules quemó cada cuello mortal con una antorcha para impedir que crecieran las dos cabezas y sepultó la cabeza inmortal bajo una roca. Después mojó sus flechas en la sangre de la Hidra para envenenarlas.
Rápidamente Juan se convirtió en médico y sin mayor esfuerzo ingresó con honores a la residencia de Clínica Médica del Hospital Naval.
Era este el momento que había estado esperando por años, la culminación de una serie de esfuerzos, en su mayor parte por mantenerse dentro de los canales normales sin destacarse demasiado, sin llamar la atención, no quería que se repitiera aquello del "negrito genio" de la primaria.
Pero ahora todo cambiaba, estaba matriculado, en un Hospital que le brindaba todos sus pacientes y el entorno adecuado para dar rienda suelta a todo lo aprendido, practicado y reservado.
Sin dejar de lado la medicina, comenzó un lento pero efectivo aprendizaje de sus otras facultades. Al principio solo escuchaba lo que los pacientes le contaban, leía sus mentes y descubría con facilidad el origen de sus dolencias físicas, por ello era eficaz en los diagnósticos y preciso en los tratamientos. Tratando de no llamar mucho la atención, de a poco fue centrando sus aptitudes en el estudio del hombre como un todo, a veces incluso se atrevía a manipular un poco a los que consultaban por problemas que tenían un origen no orgánico, charlaba con quienes lo consultaban y rápidamente los convencía que estaban sanos.
Ocurrió una vez pues, que se encontraba cubriendo la guardia central del edificio y en la madrugada lo llamaron a su habitación por un dolor de pecho.
Mientras caminaba por el largo pasillo que separaba la sala de guardia del resto del recinto, vislumbro que se trataba de una persona de sexo masculino de unos 38 años que seguramente padecía un infarto.
Cansado y algo dormido comenzó a interrogar al hombre que se encontraba en la camilla con un intenso dolor, sudoroso y con respiración dificultosa. Fue ahí cuando se le presento el típico panorama del infarto: familia destrozada, interminables disbalances económicos, disconfort del paciente ante los innumerables estudios diagnósticos, tratamientos que además de caros le resultarían incómodos y hasta dolorosos y mil inconvenientes más.
Decidió entonces cortar por lo sano, mientras conversaba con la persona deslizó suavemente la mano por su pecho y mediante una manipulación de los tejidos y fluidos, recanalizó la arteria obstruida, de inmediato comenzó la mejoría y mientras ordenaba que se le realice un electrocardiograma se sentó en una silla junto al paciente a escuchar de sus problemas familiares.
Media hora más tarde, Juan se encontraba recostado en su habitación sin mayores preocupaciones y con una tira de papel milimetrado en la mano que rezaba la frase: NORMAL.
No pasó mucho tiempo para que todo el Hospital comentara de sus supuestos dones de sanador, algunos lo llamaban médico brujo, otros "el budú" y otros calificativos que Juan se apresuraba a desmentir pero era en vano.
- Es la primera vez en casi 20 años de servicio que veo pasar un residente que durante los tres años en el Hospital Naval no cometió ni un solo error médico - Le decía el jefe de Servicio.
- Dr. Juan Ud. tiene las manos benditas –Escuchaba de una enfermera.
Pero luego le llegaría el amor.
La siguiente prueba de Hércules fue capturar viva a una cierva con cuernos de oro y pezuñas de bronce que estaba consagrada a Ártemis, diosa de la caza.
Llevaban casi tres años de casados sin novedades de descendencia, esto inquietaba a las familias en particular a la de él.
Ella, por su parte le restaba importancia y justificaba todo de una manera muy natural.
- Es por el mundial de fútbol este... - Dijo el primer año.
- Lo van a ascender a cabo, por favor imaginate los nervios - Promulgaba el segundo.
- Todo llega en la vida...che ¿no seré yo?- Se preocupaba el tercero.
Por su parte, él estaba muy concentrado en su carrera militar y poco pensaba en los hijos.
- Vendrán cuando tengan que venir- Decía.
Como suele suceder en estos casos, es una amiga de la familia, por lo general mayor, quien la aconsejó:
- Deberías ver un médico -
Y así fue como descubrió a Juan. Una mañana salió decidida a saber lo que le ocurría, el problema seguramente era de ella y debía solucionarlo.
Llego en colectivo al Hospital Naval sin turno, sin orientación y como perdida entró el hall principal. Ahí se dio cuenta que no tenía idea de que hacer. Se encontró en un recibidor gigantesco en él dominaba un mostrador enorme con varias señoritas atendiendo a todo vapor las consultas de miles de personas quizás tan perdidas como ella. Lo dejo de lado y comenzó a caminar por un pasillo hasta dar a un salón donde había un pequeño bufete y enfrente cuatro ascensores.
Se sentó, pidió un agua tónica y se detuvo a pensar un instante el siguiente paso a dar.
A su derecha en una mesa muy cercana dos mujeres que parecían enfermeras hablaban a viva voz:
-...y no se como pero se dio cuenta de inmediato que le estaba mintiendo, ¿vos sabes lo que hizo entonces? Lo miró fijo y le dijo que se deje de joder y que ya no fume porque la próxima vez se moría y la cara del tipo...-
Y siguieron así por un largo rato:
- El otro día lo vi atender a una señora mayor que te juro le había tomado la presión un minuto atrás, no te miento era de 240/150, ¡altísima! Y ¿qué hizo el Dr. Juan?, nada, te digo que nada, le tomó la mano, hablo algo así de diez palabras, la mujer dijo que sí y la mandó a su casa, cuando le tomé nuevamente la presión... ¡Era norma!, ¿podes creer?...-
Ella no pudo permanecer ajena a tales comentarios, sintió que su sangre de hippie resurgió, esa rebeldía el amor por lo esotérico, lo desconocido, dejó de lado el protocolo militar aprendido, tomó coraje y se acercó a la mesa de las dos mujeres con decisión la hablo de la manera que sabía hacer en sus épocas:
- Disculpen...-
Minutos más tarde se encontraba escuchando interminables historias del tal Dr. Juan que parecía ser poco menos que un milagrero, algunos relatos le parecían simplemente inverosímiles, otros creíbles, pero en línea general se sintió sorprendida y deseosa de conocerlo y contarle su "problemita".
Fue entonces que muy convencida se dirigió nuevamente al acceso del Hospital en busca de un turno para el famosísimo médico. Como era de esperar, no encontró forma de conseguirlo, parecía que la fama había trascendido hasta hacer imposible una visita antes de los cuatro o cinco días posteriores. No se daría por vencida tan fácilmente, averiguo donde era el consultorio y ahí se encaminó con la esperanza de poderlo hablar al menos.
Tomando el ascensor más próximo llegó al piso 8 y caminó brevemente hasta ver el cartel indicador: CLINICA MEDICA, siguió un trecho más hasta ver una puerta vaivén doble con la leyenda: COSULTORIOS EXTERNOS, para sus adentros se dijo que iba por el buen camino, un poco más adelante pudo ver entre varias personas que se agolpaban sobre una puerta de acero inoxidable y vidrio opaco el número 6, ¡ahí era!, por fin conocería al famoso Dr. que hacía milagros.
Separado de la puerta donde se encontraba el médico, a unos tres metros se encontraba un escritorio con una mujer gorda con uniforme militar y cofia de enfermera que seguramente auspiciaba de secretaria, se la veía molesta por la labor ya que debía atender a varias personas a la vez, actuar como filtro con aquellas que no tenían turno, que por lo visto eran la mayoría, y ella era una de esas.
Se propuso actuar rápido, descaradamente y con naturalidad. Simplemente se paró a un costado de la puerta sin alborotarse y pacientemente esperó a que se abriese.
En el momento que salió una persona del consultorio, sin hacer mucho alarde, sin esperar invitación y con total caradurez, entró decidida, mientras lo hacía escucho a sus espaldas la voz seguramente de la secretaria que la increpaba:
- ¿¡Y Ud. a donde se cree que va!?- A lo que ella contestó con naturalidad y sin detenerse o voltear:
- ¡Voy a visitar a mi hermano!- ya adentro alcanzo a escuchar a lo lejos:
- Su ¿ qué?- La puerta se cerró y ella cayó en cuenta de lo que acababa de hacer, de lo que esa gente ahí afuera podría pensar, de lo que le iba a decir al médico de lo ansiosa y asustada que estaba.
El consultorio numero seis parecía un lugar agradable pero formal, lo recorrió con la vista brevemente y descubrió en él cosas que no se suelen ver en lugares así, como por ejemplo infinidad de fotografías pegadas sobre una pared, en su mayoría gente sonriente y algunas notas alusivas como de agradecimiento.
Había además del escritorio formal, detrás del cual se veía a una persona de delantal blanco de espaldas, una pequeña mesita a la izquierda con pequeños adornos de tipo infantil que le impartían un aire de pediatría, una camilla, algunos cuadros y nada más.
No se percató que mientras recorría con la vista la habitación, el médico volteo y la miraba con una sonrisa.
De inmediato ensayo una especie de disculpa por la irrupción pero se quedo en la mitad cuando se percató que se trataba de una persona de color que además la invitaba a sentarse por su nombre. ¿Cómo sabía su nombre?.
Ambos se sentaron y de inmediato Juan comenzó a hablar con soltura, lenta pero ininterrumpidamente y ella escuchaba absorta las palabras que manaban de su boca como si se tratase verdaderamente de la verdad absoluta.
- Son muchas las mujeres que me consultan por problemas para tener hijos, en la mayoría de los casos, como creo es el tuyo, no suele encontrarse en ellas trastorno orgánico alguno, más bien suelen ser inconvenientes relacionados con la ansiedad, el entorno familiar y más raramente es el varón quien tiene...-
Realmente no podía creer lo que sus oídos escuchaban, ella no había articulado frase alguna y el médico le hablaba de algo tan íntimo que por si sola no habría sabido como empezar a decirlo.
Juan descubrió en ella además de una belleza sublime un alma que busca algo, que persigue un ideal sin saber de que se trata, creyó ver algo que no había experimentado aún. Entonces, sin dejar de hablar y con toda la parsimonia posible recorrió el perímetro de su escritorio hasta donde se encontraba ella, se agachó tomos sus manos entre las suyas y le dio paz.
...la cuarta prueba consistió en cazar a un gran jabalí cuya guarida estaba en el monte Erimanto.
La respuesta de su marido era más que obvia, lejos de enojarse se burló de su mujer, machista empedernido, militar en grado extremo, obsoleto en sus excusas se negó a ser siquiera atendido por un "medicucho" y revelar su vida íntima que además consideraba perfecta.
-¿Pero que fumaste vos?- Irónicamente le preguntaba a su mujer haciendo alusión a su pasado no del todo dejado atrás.
- Me encuentro perfectamente bien, no necesito que un doctor me lo diga – Y continuó con una perorata interminable que desembocaría irremediablemente en una pelea. Clásico, el super-macho argentino que deriva los inconvenientes de pareja en su señora, que no asume el rol para el cual fue destinado y se marea en sus propias explicaciones.
Fue muy difícil el tiempo que siguió a esa conversación ambos con el resentimiento de lo recibido como agresión, se retrotrajeron a sus labores cotidianas dirigiéndose mínimamente la palabra.
De noche al regresar él se encontraba con la cena lista en el horno, la mesa pulcramente puesta, como le gustaba, pero terminaba comiendo siempre solo.
Así se sucedieron los días, las semanas y los meses, lo que se pudo resolver de una manera digna, humana y adulta terminó por aflojar las correas del amor en otrora plantado con esperanza de un fruto o dos.
Ella a pesar de su esposo, continuó yendo al médico que por sobre todo auspiciaba de escucha, atento siempre a lo que decía como si se tratase de un amigo.
En algun momento él se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo, de lo cerca que se encontraba de perderla para siempre, de lo poco que tenía que hacer para recuperarla. Aún sin compartir la opinión de su mujer se dignó a hablar del tema de la forma más inaudita y en el momento menos esperado.
Víspera de Navidad, estaba la pareja realizando compras para el evento y mientras recorrían vidrieras por calle Esmeralda, ambos con cara de sueño y de relación distante, como un flechazo pasó por su mente la idea de ser otro, de complacer a su amada.
- ¿ y como sería el tema de ver al medico ese? – Dijo como al pasar. La respuesta espontanea, impensada pero esperable no tardó en llegar, ella lo abrazó, lo besó en los labios con el ímpetu del tiempo perdido...
Así pasaron las fiestas sin mayores sinsabores, ella consideraba haberlo recuperado, creía estar en los mejores momentos de pareja, todo parecía armonía, respeto y felicidad.
Por su parte, él esquivaba el tema y, sin decirlo directamente, fue aligerando su responsabilidad asumida ganando tiempo.
Las excusas eran diversas pero efectivas iban de lo más cómodo hasta lo absurdamente irracional, daba la impresión de no haber caído en cuenta de lo prometido, no tenía en apariencia, la menor intención de dejarse interrogar por nadie del tema.
Entonces, una tarde que parecía todo olvidado ella volvió a la carga y lo enfrentó:
- Querido, ya han pasado meses desde que me prometiste ir al médico por lo de..., bueno por lo que los dos sabemos, por favor no creas que no me doy cuenta que lo estas dejando de lado, tampoco te hagas ilusiones porque no pienso olvidarme, simplemente sé sincero y hagámoslo de una vez -
A regañadientes accedió a ir con un turno el mismo Lunes siguiente, una vez más el jabalí había sido cazado.
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