Página anterior | ![]() Volver al principio del trabajo | Página siguiente ![]() |
6. El comienzo de la limpieza
A continuación, Hércules tuvo que limpiar
en un día la suciedad acumulada durante treinta
años por miles de rebaños en los establos de
Augias. Desvió el cauce de dos ríos, haciendo que
corrieran por los establos.
No eran tiempos fáciles para nadie, el país se
encontraba apesadumbrado, la población leía en los mensajes
televisivos la sombra de una guerra. Guerra
inútil, como todas, pactada de antemano, dibujada por
personajes oscuros que bajo la supuesta tutela de países
más experimentados se cubrían con alusiones a los
derechos de la
patria que en realidad nada tenían de honorables, era
simplemente sed de sangre.
Para Juan el momento era doblemente difícil, tapado de
trabajo, consumido por el amor que no
podía ser correspondido y atormentado por el dilema
ético de ver en una paciente más que lo
estrictamente profesional. Y es que simplemente no podía
sacársela de la cabeza.
Sabía con exactitud el momento preciso en el que
había caído en las redes del amor, esa
misma mañana estuvo incesantemente pensando en esa
mujer de
modales suaves, de manos como la nieve y de mente frágil.
Casi por instinto trato de dejar de lado sus pensamientos a
sabiendas que arrebatarían su dormir e indefectiblemente
terminaría soñando ocasionales pasajes de una vida
paralela que no terminaba de creer que no fuera la suya.
La esperaba, claro que la esperaba, siempre la estaba buscando
entre sus pacientes y a veces hasta la encontraba ahí,
parada en el pasillo como un ángel recién bajado
del mismo cielo, esperando con ansiedad su turno para poder decir lo
que de antemano Juan sabia que iba a escuchar.
Y su marido, siempre presente en la conversación se
perfilaba como un rival fácil no le sería trabajoso
dejarlo a la deriva, mas que una pequeña charla no le
haría falta, pero nunca aparecía.
Esa mañana se levantó, como de costumbre, con el
tiempo justo
mientras se vestía lo atacó un sentimiento de
ansiedad, de alegría ese día ocurriría
algo.
Con el correr de la mañana se fue aclarando la
visión, era ella la que se presentaría, no sola
sino con él.
Maquiavélico se dispuso a ordenar su mente con el
propósito de desorganizar la de ese ser humano que
interfería con sus planes más elaborados, con sus
sentimientos, con su futuro y debía hacer algo.
Promediando la mañana se presentó la oportunidad
esperada, sobrio y profesional, llamó a la pareja desde la
puerta del consultorio con la ficha en mano. Mientras entraban
pudo ver en sus caras la ambigüedad de lo dispar, una con
encono esperando respuesta a lo que más deseaba, la otra
con evidente enojo solo deseando que se termine todo cuanto
antes. No podía haber elegido un marco mejor,
típico de una novela de Vargas
Llosa se representaba ante sus ojos la escena típica de lo
que suelen llamar "complejo de tres".
¡Qué fácil le había resultado entrar
en la mente de ella! Pero en contraposición era muy dura
la de él.
A medida que avanzaba la consulta se iba nublando su esperanza de
introducir en la cabeza de su oponente una semilla que como fruto
de la liberación de su amada y es que ¡era tan
fuerte esa persona!.
Había menospreciado a su rival, un error tan típico
que no pudo evitar reprenderse mentalmente mientras simulaba todo
su interés
en lo que la pareja le exponía.
La fuerza, el
entusiasmo y los colores puestos
en cada palabra de ella contrastaban con la hosquedad y la forma
parca, hueca de elaborar frases por parte de él.
Necesitaba más tiempo, decidió prolongar el asunto
con un inútil pedido de laboratorio,
aun a riesgo de quedar
mal con sus colegas por solicitar algo que no hacía falta,
y es que necesitaba re-elaborar sus pasos siguientes, algo que no
sucedía con normalidad pero que se hacia imperioso
considerar.
Mientras escribía en un pequeño papel, hablaba
con la pareja sin levantar la vista, percibiendo el malestar de
él y la ansiedad de ella.
Al despedirse se prometió trabajar más intensamente
sobre el tema, la limpieza debía ser profunda para no
dejar manchas, para que no queden rastros.
En su siguiente trabajo apartó una enorme bandada
de aves de picos,
garras y alas de bronce que vivían junto al lago
Estínfalo y atacaban a las gentes del lugar, y devastaban
sus campos y cosechas.
Creyó haber cumplido simplemente con concurrir a la
consulta, no era su intención realizarse prueba alguna,
consideró haber hecho suficiente, pensó que con eso
su mujer se encontraría complacida. En vano puso
empeño en convencerla que no hacía real falta
continuar con algo que la naturaleza por si
sola se encargaría de arreglar. Con ello reanudaron las
discusiones del tema; férrea posición
adquirió ella ante la negativa constante de él, no
hubo tregua esta vez y se desencadenó una especie de sitio
a una ciudad fortificada que parecía destinada a
permanecer en esa actitud de por
vida.
Para el observador descuidado los esposos gozaban de la salud de un matrimonio
perfecto pero en el seno mismo de esa pequeña comunidad
había sangre derramada todos los días, no
existía toque de queda, no se recogían los heridos
y por fuerte que pareciese alguno de los dos bandos de alguna
forma terminaba el día mal herido como su oponente.
- Vamos a ver si esta tarde te podes hacer los análisis -
- Esta tarde tengo reunión del consejo por el tema de
Malvinas -
- Bueno por la mañana, entonces te espero directamente en
el Hospital Naval -
- Podría ser si me autorizan la salida, hay mucho trabajo
de campo con esto de la supuesta guerra, ya sabes como es la
cosa... -
Ambos mantenían la temática de su esquema de
conducta, no era
fácil para ninguno, pero estaban lejos de rendirse.
¿Acaso las cosas ocurren casualmente? ¿No es por
algun designio divino que las personas se encuentran ante
caprichos de alguna fuerza superior que ofrece la salida
más insólita a las ventanas abiertas de la vida
diaria?
En el caso particular de ellos, fue la menos pensada, fue la
guerra que distanció las barreras y puso un alto el fuego
al tema principal de disputa, de la forma más inesperada,
de un día para el otro, le tocó a él ir a
las islas a combatir, le tocó a ella quedarse cual
Penélope esperando a su amado quizás no tejiendo
como la esposa de Ulises en la mitología
griega, pero si escuchando a toda hora Radio Nacional
que daba noticias de las islas en forma de "comunicados".
Había mucho miedo en ese avión, a pesar de
transportar lo más selecto del personal de
intermedia militar de campo, parecía que se encontraba en
un transporte
escolar lleno de niños
que van a su primer día de clases. No faltaban llantos,
rezos de todo tipo y alguno que otro aprovechaba para
descansar.
Él, lejos de estar asustado, llevaba consigo una carga de
adrenalina y ansiedad que lo dejaba muy por encima del resto,
además era el cabo a cargo del pelotón y no
podía darse el lujo de mostrar emoción alguna.
Pétreo rostro de jugador de póker no evidenciaba
ningún tipo de sentimiento que pudiera ser negativo para
la misión que
se disponía a cumplir. Se trataba de sostener la base de
Goose Green (en Malvina del Sur) que se hallaba hostigada por los
británicos quienes ganaban en número y tecnología.
Era ese el momento para el cual se había preparado su vida
entera, tranquilo pero a la expectativa de lo que podría
ocurrirle.
Espíritu de luchador lo mantenía firme y hasta el
aterrizaje no se movió prácticamente,
escuchó a lo lejos la orden de descender y con el fondo
ensordecedor de los motores de
hélice puso pie por primera vez en Islas
Malvinas.
Incesante traqueteo de máquinas
de matar se sentía por las noches, la muerte
visitaba cada pasillo de las tiendas sin ser vista, muchos de sus
compañeros, jóvenes que eran casi niños y
oficiales de alto rango perdían la vida a diario.
En cada misión de reconocimiento de zona volvían
con caras de tristeza y bajas importantes, así pasó
ese terrible día pardo y frío que con barro de la
anterior salida y escasez de municiones le tocó reconocer
última línea acompañado de un pequeño
grupo de
"colimbas" que daban la impresión de mearse en los
pantalones.
-¡Soldados a mis espaldas sin hacer ruido!-
Ordenaba al tiempo que avanzaba a pocos metros de la hondonada
provocada por un proyectil que seguramente había tenido
como blanco un helicóptero británico.
-¡Formación de uno!- Y se arrastraba sin que se
escuchase mas que su propia respiración agitada y algun
esporádico:
- Dios mío -
El panorama era terrorífico y de haber habido algo
más de temperatura
las moscas se habrían hecho un verdadero festín.
Los cuerpos mutilados de sus compañeros, apenas
reconocibles, la mayoría de ellos, yacían sobre el
pasto escarchado de ese suelo que se
decía ea argentino.
Por radio se le impartían instrucciones algo
encontradas:
-¡Avance!- y luego:
-¡Retroceda!, más tarde:
-¡Mantenga! mientras él veía como las fuerza
enemigas se alistaban para un nuevo ataque.
-¡Hay movimiento de
frente hacia usted!- informaba con precisión.
Y luego el infierno, el infame rostro de la muerte se
mostraba con toda naturalidad.
Las balas llegaban de todas partes, no había blanco
seguro y no
había lugar adonde apostarse, no había salida, el
sonido de
la radio se
escuchaba monocorde detrás del insostenible maquinar de
ametralladoras y fusiles, un colimba a su derecha entre lagrimas
y puteadas no paraba de disparar su F.A.L., acostado a
centímetros de él, como buscando
compañía pero sin darse cuenta que además de
no dejar escuchar la radio lo estaba dejando sordo.
-¡Cabo mueva su pelotón de ese agujero!-
-¡Están en zona de tiro por el amor de Dios!-
Repetía una y otra vez la radio, no era tan simple como
parecía no había escapatoria, intentó
convencer al operador del otro lado de la situación
solicitando refuerzos pero recibió un disparo.
Caliente, rojo y húmedo. Así se sintió una
herida de bala acertada en el cuello.
No fue un final malo, la guerra tuvo un epílogo esperado,
agradecidos fueron entregados a Argentina la
mayoría de los soldados atrapados con vida, los fallecidos
y los heridos.
Dentro de este selecto grupo se encontraba él lo que
apresuró su regreso a la patria, sin mayores honores que
el recibimiento cálido y preocupado de su esposa, algunos
amigos y familiares.
Mientras bajaba en camilla con el ensordecedor ruido de motores
de fondo y un ajetreo constante de aeródromo militar,
obligado a mirar hacia arriba vio un pequeño grupo de aves
que se alejaba como huyendo de algo que las azuzaba.
Para cumplir su séptimo trabajo, Hércules
entregó a Euristeo un toro furioso que Poseidón,
dios del mar, había enviado para aterrorizar a Creta.
En el Hospital Naval de Buenos Aires
el trabajo era
incesante, no había descanso, ni momento alguno para la
reflexión o intermedios que permitieran evaluar casos
complicados, se trabajaba a un ritmo devastador. Los heridos de
la guerra no paraban de llegar, casi siempre se trataba de
oficiales alto rango o soldados heridos en combate en forma
heróica, de una u otra forma eran personas que recibian
trato especial cosa que hacia doblemente trabajosa la labor del
personal.
Juan no era un privilegiado ni mucho menos, su actividad se
intensificó al punto de permanecer en el Hospital poco
menos que todo el día.
Los casos graves se multiplicaban las consultas se
restringían y siempre había algun enfermo en
particular que debía ser evaluado con periodicidad y
más exhaustivamente, en algunos momentos del día
realmente odiaba haber elegido esa profesión su tiempo
particular prácticamente no existía.
Como encargado de la sala 12 de Clínica Médica
tenía a su cargo cuatro camas además del ingreso
por guardia de ocho horas diarias y frecuentemente era consultado
por colegas de otras especialidades y de la suya
también.
El ingreso de un paciente en su sala herido de bala en la guerra
no le pareció raro ya que Cirugía no daba abasto
con los que a diario llegaban de las islas.
Se trataba de un paciente compensado, según le dijeron,
recientemente operado por recibir un proyectil en la zona del
paquete vasculonervioso con desgarro de la vena yugular, que se
recuperaba lentamente, además portaba una hipoacusia
derecha producto de un
trauma acústico por disparos cercanos.
Al leer el nombre del paciente no pudo evitar la sorpresa de lo
absurdo que el destino suele ser, era él, el marido de su
amada el que ahora caía en sus manos. Tal vez no era del
todo malo, penso que el hecho de poder manipularlo a su antojo
tenía que dar algun fruto, pero...¿era lo
correcto?. El dilema se volvió a plantear:
¿debería utilizar su don para beneficio personal y,
tal vez, en perjuicio de terceros?. Algo para decidir con la
marcha de los acontecimientos, creyó.
No le pareció ni remotamente casual, estaba segura que el
destino había puesto a su marido en manos del doctor que
él mismo evitaba ver, no supo con exactitud que
sensación se apoderaba de ella al entrar la sal 18 pero
había algo bueno en el ambiente.
La sala era sobria, sin mayores decorados con paredes blancas que
daban la impresión de recién pintadas y colgado de
la cabecera de la cama de su esposo había un cuadro de la
virgen del Rosario de San Nicolás, tres pacientes
más compartían la habitación y las camas se
separaban con biombos con cuadro metálico negro y una tela
amarillenta que le daba un aspecto de milicia a la
habitación.
Entró como tímida y vio el cuadro de su marido
recién salido del quirófano, adormecido pero con
evidencias de dolor aun.
Llevaba su pijama a cuadros verdes y negros que más
parecía un uniforme de camuflaje que ropa de cama. Su
cuello se encontraba extendido hacia el lado derecho y se
evidenciaba un vendaje gigantesco con algunas manchas de sangre
seca, por alguna extraña razón creyó amarlo
más que nunca, el hecho de verlo indefenso, expuesto e
intentando en vano hablar con coherencia le resultó muy
tierno.
- Hola mi amor – Dijo al tiempo que se acercaba tomando su
mano.
- ¿Cómo estas hoy? – Él intentó
en vano hilar una frase alusiva o un saludo pero su boca no
respondió y un arroyo de baba se corrió por su
comisura.
Ella a la vez que lo limpiaba con una servilleta de papel, lo
consolaba:
- ¡Shh!, no intentes decir nada todavía por favor,
la operación salió muy bien, vamos a estar
excelentes a partir de ahora, te amo, no hables -
Una pequeña pero visible lágrima se escurrió
del ojo de él a modo de respuesta por lo que su más
preciado tesoro le acababa de decir, y es que a pesar de todo,
él también la amaba, nunca dejó de hacerlo,
amor era lo único que podía hacer entrar en su
mente cuando pensaba en ella.
Juan se dio cuenta que interrumpía un momento
íntimo y con un suave carraspeo se anunció entrando
decididamente a la sala. Creyó sentirse molesto pero en el
instante que ella se ponía de pie se recompuso.
- ¡Pero qué sorpresa!- Disimuló con orgullo
profesional.
- Si se trata de ustedes, las vueltas que da la vida,
¿no?-
Juan mentalmente recompuso el ritmo cardíaco de ella hasta
llevarlo a un suave golpeteo acompasado y la libró de toda
ansiedad, la hizo sentir cómoda y con las
típicas palabras suaves, lentas y pensadas comenzó
su oratoria con
intención de obtener la información que precisaba de la mente de su
rival.
- Bueno, la herida que el cabo recibió no reviste gravedad
alguna al menos por ahora, se trata de una lesión
superficial pero que lamentablemente afectó una
zona...-
Como un acorazado, él se negaba a ser abordado y Juan se
veía esforzándose por sacar en claro algo de su
cerebro. Aunque
en vano continuó su búsqueda durante toda la entrevista
que mantuvo en la pequeña sala.
Esa misma noche, que le pareció más larga que las
habituales, mientras repasaba el panorama de sus pacientes
miró por primera vez y con detenimiento la lista de
pacientes internados en toda la sala, quizás por el
destino mismo, caprichoso y cruel podía esta vez crear un
ambiente propicio, una situación interesante para lograr
su plan,
requeriría mucho trabajo, no despertar sospechas en el
resto del personal y planificar con detenimiento cada paso a
dar.
Terminó ganándole el sueño y en sus manos,
arrugado yacía un expediente médico con rojo
pintado en el frente la palabra :"TORALES".
Para recuperar las yeguas de Diomedes, rey de Tracia,
que se alimentaban de carne humana, Hércules
capturó al rey, se lo ofreció como alimento a las
yeguas y después las condujo hacia Micenas.
Por supuesto que recordaba al profesor Torales, su mentor de
niño, también recordaba agrias discusiones que
había mantenido durante su adolescencia
entorno a la practicidad de lo correcto y la ética, que
según palabras de Juan, "pasó de moda antes que
existiese el hombre como
tal".
No esperaba que la vida le presentase una chance tan simple de
cumplir con su sueño, su tan anhelado sueño de
estar con la mujer amada
para la cual se creía hecho desde siempre, para la que
Juan había nacido y de quien podría depender su
existencia toda.
Para llevar a cabo su retorcido plan necesitaría estar en
el mismo espacio físico que sus dos víctimas (ahora
eran dos), otros elementos le harían falta pero la base y
los personajes se hallaban correctamente dispuestos para su
fin.
Entonces, Juan solicitó con alguna excusa programada el
traslado del profesor Torales a su sala, más exactamente a
la cama de al lado del esposo de ella.
Ni el mismo profesor que tanto conocía a Juan
sospechó algo malo, sino por el contrario, se
alegró que su "negrito sabio", a pesar de los años
y los hechos ocurridos, se acordase de su viejo amigo y lo
pidiese para acompañarlo en este momento difícil de
su vida como era estar enfermo.
El intelecto superior y la avidez por nuevos conocimientos de
Juan pusieron sobre aviso en la juventud del
profesor que estaba frente a una mente privilegiada, sostuvo
tenaz la necesidad de una educación
especial y siguió muy de cerca sus pasos e incluso lo
acompañó en más de una oportunidad a clases
magistrales de la facultad en las que con orgullo casi paternal
veía a su "negrito sabio" convertirse en un hombre de
cultura
amplísima y capacidad de aprendizaje
ilimitada.
También con desazón advirtió como su pupilo
se apartaba tenuemente de la línea de lo convencional
incursionando en temas controvertidos y, a sus ojos,
desperdiciaba la posibilidad de volverse realmente una mente
brillante para abrirse paso a lo desconocido.
En alguna oportunidad intentó discutirlo con Juan pero en
vano, hablaba de lo que no solo no conocía sino
además le temía. La reacción de su negrito
fue indescriptible ya que sintió como se introducía
en lo más profundo de su ser moviendo sus sentimientos y
sus voluntades como piezas de ajedrez. El
miedo se hizo dueño del profesor y sin insistir, se
alejó con una sensación paradójicamente
reconfortante.
Pero en ese momento todo parecía haber cambiado, lejos del
esoterismo que pareció apoderarse de la mente de Juan, se
dedicaba a practicar la medicina
convencional y más práctica que había: era
clínico, y más aún, sería a partir de
ese momento su médico.
Alegre, si, esa era la palabra, estaba contenta de verdad. No
creía que fuera a ser para bien nada de lo ocurrido, la
guerra, la herida de su esposo ni siquiera la internación,
pero una vez más se dejó llevar por su
espíritu libre y consolidó su onda de positividad
canalizándola en la recuperación de su amado.
El simple hecho de ver una cara conocida, la de su médico,
la llenó de la más simple y sincera felicidad, es
que no había otro mejor, no había nadie más
en quien pudiese confiar, no había un ser humano
más bueno y...¿De que se trataba todo esto?,
¿Qué clase de pensamientos eran esos que
súbitamente había en su mente?, no, no podía
ser ella misma, algo superior comandaba sus sentimientos, no
podía ver con claridad, debía recurrir a su cable a
tierra, a su
fiel compañero, al porro, marihuana era
la solución para casi todo.
Mientras trasladaban al profesor a la cama más
próxima a la de él, tuvo una sensación
similar a la vivida en sus días de cadete, cuando se le
enseñó a hacerle caso al instinto. Una especie de
deja-vu paso a vuelo rasante por su mente todavía aturdida
por el impacto y la cirugía, un presentimiento no del todo
alentador se le fue acercando lentamente hasta casi poder
tocarlo, algo andaba mal.
Al disfrutar de un cigarrillo de marihuana, ella se transportaba
a un mundo feliz, generalmente lo visualizaba en su antiguo bar
hippie, ambientado como una cueva de hadas, un bosque, algo
mítico que le otorgaba paz, en esta oportunidad no fue
así, su panorámica era distinta, no sabía
con exactitud que, pero algo la perturbaba manteniéndola
vigil, atenta, lejana al ambiente fabricado a propósito en
su departamento, ni la oscuridad reinante, ni la música suave, ni los
sahumerios la dejaban escapar de los pensamientos sucios que la
habían atormentado todo ese día. No podía
ser cierto que pensase algo sucio de su médico que, por
otra parte, sabía no la atraía. Algo raro estaba
pasando.
El sábado era el día indicado, a Juan le tocaba
guardia activa y durante el día entero estaría
prácticamente solo a cargo de todo el servicio y
solo una enfermera, que de noche aprovechaba para descansar,
podía significarle una mínima traba. Debería
pulir los últimos detalles, conseguir los elementos
necesarios y el resto dependía de él. Si, esa sería su oportunidad.
10. La muerte de la reina
Hipólita, reina de las amazonas, deseaba ayudar a
Hércules en su noveno trabajo. Cuando Hipólita
estaba a punto de dar a Hércules su cinturón, que
Euristeo quería para su hija, Hera dijo a las amazonas que
Hércules intentaba raptar a la reina y estas lo atacaron.
Entonces el héroe mató a su compañera,
creyendo que era responsable del consiguiente ataque, y
escapó llevándose el cinturón.
Era un simple intercambio, el plan de Juan consistía en
llevar de un cuerpo al otro las mentes de las personas que
deseaba manipular. La posibilidad de que el profesor esté
también le simplificó las cosas aun más.
Bajo los efectos de un poderoso anestésico tenía
pensado extraer del cuerpo del esposo de su amada su ser, su
esencia o bien su alma. Acto seguido haría lo propio con
el profesor, en cuyo cuerpo depositaría la mente del cabo.
Por último, y más difícil, se
llevaría a si mismo, su experiencia, intelecto, su cerebro
entero, hasta el cuerpo del cabo y la mente del profesor al
suyo.
Las posibilidades de que algo fallara existían pero
valía la pena correr el riesgo, la balanza se inclinaba a
su favor, todo se encontraba dispuesto para tener a la mujer que
deseaba a su lado.
La noche de ese sábado pasó por lado de la
enfermera de turno y, como nunca, la encontró despierta,
ensimismada en sus labores.
- Buenas noches – Dijo mientras mentalmente la
inducía en un sueño profundo. Cargando en su
maletín las drogas
necesarias se dirigió con paso seguro a la
habitación 12.
Con algo que no estaba en sus planes se encontró ni bien
cruzó la puerta, ella estaba sentada junto a su marido
conversando plácidamente. Saludo cortésmente y
tratando de disimular pensaba la forma de alejarla de
ahí.
- ¿Qué tal? – Dijo en forma casual.
- Acá estamos, doctor, contentos de ver como se recupera
con rapidez y esperando tenerlo en casa cuanto antes -
Algo sospechaba él ya que con el ceño fruncido y
cara de sorprendido preguntó sin ningún tipo de
gentileza:
- ¿Y usted que hace por acá a estas horas?, es la
primera vez que un médico visita a sus pacientes a la
madrugada, que yo sepa -
- Yo no soy un médico cualquiera - contestó con
evidente sorna.
- Soy un médico brujo – Sin mover un músculo
siquiera apagó las luces de la sala y transformó a
la mujer en un guiñapo durmiente en un abrir y cerrar de
ojos.
Él hizo rápidamente un diagnostico de
situación como había sido enseñado en
años de militar bien entrenado, no dejó que el
pánico primase y se prometió actuar con rapidez.
Vio a su lado tres pacientes sumidos en un sueño profundo,
demasiado profundo tal vez. Su mujer respiraba acompasadamente
mientras dormía como narcotizada, no se veía
más que las sombras de todo y él en cama con un
balazo en el cuello.
Realmente era una batalla difícil de librar, casi sin
armas y con
solo su voluntad debería vencer a un oponente que contaba
con atributos no del todo parejos para la pelea.
- ¿Qué pretendes, negro de mierda? – Dijo
mientras ganaba tiempo y se iba levantando. Se sintió con
fuerzas para pararse y lo hizo.
De pie, parecía más difícil para Juan, se
dio con la novedad de que no solo no podía doblegar la
mente del cabo sino que además era casi imposible de
vencer en una batalla cuerpo a cuerpo.
Decidió entonces utilizar a su viejo amigo el profesor, de
un salto lo hizo levantarse de la cama y lo indujo a atacar a su
oponente.
- ¿Y este viejo que quiere? – Se preguntó
él en voz alta a la vez que lo veía acercarse con
decisión y furia que le recordaba algunos pasajes de la
guerra que acababa de dejar atrás.
De alguna forma, Juan se vio superado en las tareas que
debía realizar a la vez, no era fácil mantener a la
enfermera y a la mujer del cabo dormidas, inducir al profesor que
ataque a su enemigo y preparar los anestésicos que no
tenía idea como iba a inyectárselos a alguien que
se movía con la agilidad de una pantera.
Algo falló, en algún momento perdió la
concentración y se le escapó algun pequeño
elemento de los que con su don manejaba.
La luz se
encendió nuevamente y se pudo ver con claridad la pelea
desigual entre el viejo que portaba como toda arma un florero y
el cabo que con sus manos le hacía una llave en el cuello
y lo mantenía asfixiado mientras le gritaba:
- ¿¡Eso es todo lo que tenés para darme
basura!? -
- ¿!No se te ocurre nada más!? -
Si, claro que tenía más para dar, no se hizo
esperar la reacción del negro mago, Juan con el
último tirón que le quedaba de fuerza mental,
reaccionó despertando a la mujer y colocándola en
la posición de atacante.
Ella se puso de pie aun entre sueños y se dirigió
decidida a intentar matar a su marido.
Él se derrumbó ante la ofensiva vil que se le
presentaba como una bajeza sin razón y comprendió
que era ella la que el médico deseaba, no supo de que
manera reaccionar y bajó la guardia.
11. La erección de las columnas
En su camino a la isla de Eritia para capturar los
bueyes de Gerión, un monstruo de tres cabezas,
Hércules erigió dos grandes columnas (los
peñones de Gibraltar y de Ceuta, que bordean ahora el
estrecho de Gibraltar) como monumentos conmemorativos de su
hazaña.
Degeneración cerebral progresiva, enfermedad de Alzheimer,
locura temporal, solo algunos justificativos que la ciencia
médica tradicional puso para titular al asesinato de una
mujer que visitaba a su marido enfermo, veterano de la guerra de
Malvinas, en manos de un profesor que se encontraba internado
por un problema de diabetes.
Nada de eso pudo consolar al más desdichado de los
concurrentes al funeral de ella, su esposo, todavía
convaleciente, no encontraba razón para seguir existiendo,
atónito miraba la tumba de su amor que se elevaba
majestuosa sobre las demás con ornamentación de
mármol típica y dos pequeñas columnas
sostenían la placa de bronce con su nombre y las características fechas de nacimiento y
defunción.
"Devota esposa, amante fiel e irreparable pérdida para
toda tu familia",
injustificable muerte que no se compondría con las
más bellas frases ni todo el mármol del mundo.
Juan asistió al velorio con un sentimiento de culpa que lo
perseguiría de por vida, no es que fuera algo que
molestase su conciencia ya que
creía carecer de ella, sino que por su propio accionar no
llegó siquiera a poder expresar sus sentimientos a esa
mujer que ahora yacía bajo tierra.
Pensó que su vida no sería la misma y que
debía abandonar la medicina así como el resto de
sus prácticas paralelas, lo pensó un segundo tan
solo, luego lo desechó por completo.
Él esperó pacientemente que se retirasen todos los
concurrentes a sabiendas que lo querrían dejar un momento
solo, también esperó que Juan se quedase para poder
poner de una vez por todas las cartas sobre la
mesa.
Uno a uno fueron escapando del tortuoso acontecimiento que suele
ser la muerte de un ser querido.
La gente se iba y con rapidez subía sus vehículos
tratando de dejar atrás lo que más miedo da, Juan
intentó hacer lo propio pero fue interceptado por el viudo
de forma poco amistosa, fuertemente sostenido del brazo, escucho
las palabras que salían entre dientes apretados de la boca
del cabo:
- Vos negro de mierda te quedas acá -
- No creo que te vaya a servir de mucho - Contestó sin
demostrar miedo alguno. Sufría de pensar que era
invencible en el campo que más se tentaba a deslizar el
enfrentamiento, no había chance alguna de intentar
siquiera tocar la mente de ese hombre que parecía
amurallado, tampoco disponía de ánimo suficiente
como para probarse físicamente. También Juan estaba
de luto y se lo hizo saber mientras se alejaba el último
de los participantes de la despedida a ella:
- A mí también me duele -
- No, ahora vas a saber lo que es el dolor, ¡basura!
– Sintió que le decía al oído con
rabia y algo de aliento alcohólico.
Se preparó para lo peor y con el cuerpo tenso
esperó el golpe que se veía llegar de un momento a
otro.
Nunca llegó, Juan no recibió ni una palmada en su
cuerpo, si bien era intenso el dolor que le imprimía al
sostenerlo del brazo, esperaba recibir al menos un buen golpe de
puño o una patada, algo, pero no ocurrió nada de
eso.
El rostro del cabo se fue desfigurando delante de él en
una mueca infernal, con los ojos enrojecidos que parecían
querer salir de las órbitas, los dientes parecían
aterradores, crecían y se afilaban momento a momento,
además el cabello se erizó como por una
súbita ráfaga, no sabía con exactitud lo que
estaba ocurriendo pero lo invadió el pánico y en
vano intentó soltarse o maniobrar mentalmente la
situación, estaba perdido.
Casi de inmediato lo invadió una sensación de
pánico, un dolor corporal no determinado que al principio
se ubicaba en el pecho, opresivo o desgarrante, no lo supo
precisar, poco a poco se fue deslizando hasta entrar en la zona
del cuello en donde además lo asfixiaba, tenía
necesidad de respirar más pausadamente porque el aire
parecía negarse a entrar, el dolor fue creciendo hasta
hacerse insoportable, sintió que no aguantaría
más y que perdería el
conocimiento, y de hecho probablemente hubiera sido
así sino hubiese mediado un componente nuevo: al dolor, la
sensación de ahogo y el miedo se le sumó una
tristeza infinita que no sabía de donde provenía
pero si quien se la provocaba: ¡Era él mismo!.
En medio de la tortura que significaba encontrarse a merced de un
oponente muy superior, Juan descubrió al fin en donde
radicaba todo su poder: era un espejo.
Él nunca supo con exactitud como pero tenía la
capacidad de ser invulnerable, de dañar a los demás
de la forma que intentaban atacarlo, jamás se le
ocurrió siquiera ponerse a investigar si podía
beneficiarse con ello, él era militar y se debía a
su futuro, no tenía real necesidad de utilizar poder
mágico alguno por tentador que pareciese, no hasta ese
momento en el que concentró toda su energía, su
bronca y su dolor en lastimar a quien le había arrebatado
a su ser más querido.
Matarlo hubiera sido fácil, mejor dejar que viva con el
peso insostenible de la lesión que se provocó a
sí mismo y la que el cabo se encargaría de
proporcionarle.
12. El mundo sobre los hombros
Después de que Hércules se llevara los
bueyes, fue a buscar las manzanas de oro de las hespérides
pero como no sabía dónde estaban esas manzanas,
pidió ayuda a Atlas, padre de las hespérides. Atlas
accedió a ayudarlo si Hércules, sostenía el
mundo sobre sus hombros, mientras él conseguía las
manzanas.
Bajo la tensión insostenible de la pena aplicada, Juan
continuó con su rutina diaria. Su actividad hospitalaria
lo mantenía ocupado pero no conseguía olvidar ni
por un instante aquello que le provocaba un dolor casi constante.
Como una película vieja en blanco y negro, sin
autorización le aparecían una y otra vez los
recuerdos trágicos de lo ocurrido con aquella mujer de
rostro infantil, ojos claros como la miel, manos de princesa que
se movían como con vida propia y un alma digna de un
ángel, su amada, que de suya solo tuvo para sí el
título ya que nunca siquiera alcanzó a expresarle
lo que sentía.
Había días en los que simplemente no podía
seguir adelante, y si lo hacía, era pura voluntad; los
pacientes le molestaban, el trabajo lo superaba y ya no deseaba
ver dentro de la gente por miedo a encontrarse con algo que no
desease.
Próspero y exitoso a merced de su fama ganada podía
darse algunos lujos y la vida la vivía con rapidez con la
esperanza de que terminase pronto. Como era de esperarse se
casó y muy bien, el amor llegó tarde y de una
manera tenue, pálida y con el sabor del segundo puesto en
el podio. Nunca supo porque, pero de él no tuvo noticias
más; mejor así.
En el fondo, Juan sabía que tarde o temprano
terminaría encontrándose con él, no
creía que fuese a ocurrir algo similar a lo de la
última vez, pero de solo pensarlo sintió deseos de
haber muerto ese día en el cementerio.
Así con la pereza de los años de adulto joven, fue
pasando el tiempo, lento pero indiscutible; parsimonioso y con
estigmas, el dolor no cesaba, nunca.
De esa forma dejó que el paso de la vida se
adueñase de él, trabajando a un ritmo cada vez
más lento y con las horas justas para poder escaparse a
tiempo.
Era exactamente lo que se propuso de joven no ser: médico
de consultorio, viejo, triste, aburrido y con pocas pulgas, sus
hijos le estorbaban y evitaba llegar temprano a su casa para no
tener que conversar con su mujer.
Hacía poco que había cambiado el coche,
compró uno de lujo, negro como su alma. Además lo
polarizo en los vidrios para no tener que ver tan claramente la
realidad, esa noche manejaba cansado y decidió dar un
rodeo mayor al habitual para hacer un poco más de
tiempo.
Manejando por Libertador, dobló hacia la derecha en una
esquina y aceleró.
No había semáforos en esa zona, piso el pedal
derecho un poco más y giró nuevamente a la derecha,
un poco pegado al cordón de la vereda tal vez, y al
hacerlo se dio cuenta de casi haber pisado a una persona que
llevaba un perro.
El último y más difícil trabajo de
Hércules fue capturar a Cerbero, el perro de los
infiernos. Hades, dios de los muertos, dio permiso a
Hércules para llevarse al animal siempre que no usara
armas. Hércules capturó a Cerbero, lo llevó
a Micenas y lo devolvió al Hades.
No supo con exactitud cuando pero de golpe se volvió un
anciano, la edad no acompañaba al físico y
parecía una persona mucho mayor.
Por sobre todo fue su humor lo que terminó de destruir su
persona, se convirtió en un hombre triste,
melancólico e irritable. No pasó mucho tiempo hasta
que fue dado de baja por problemas
emocionales y ningún sicólogo pudo determinar el
verdadero origen de su mal; él si lo sabía con
claridad, su mujer había muerto y era malo, pero en
realidad lo que más desgarraba su alma era el hecho de
haber sido a causa del amor de otro, de un negro de mierda que
además era medio brujo, no podía parar de repetirse
que podría haberse evitado y era insostenible el
sentimiento de culpa.
- La maté yo – decía en una de sus
innumerables terapias a un rostro escondido tras una barba que
parecía de fantasía.
- Yo me merezco la muerte y no ella - Insistía con su
familia.
-¿ Porque? – Se preguntaba a diario.
Como una verdad irrefutable se creía tan cómplice
como culpable. Poco a poco se fue apartando de la gente, se
recluyo en un viejo departamento y para no sentirse tan solo
compró un perro. Felipe pasó a ser su
compañero aun en aquellos momentos en los que ni siquiera
él sabía de que manera reaccionar, su fiel amigo lo
consolaba, la muerte se presentaba de mil formas, la guerra, la
pérdida de su amor y hasta la suya misma que no
podía evitar desearla a casi cada instante.
- ¡Que vida de mierda!- Repetía hasta el
hastío, no había salida para sus males.
Ocurrió entonces que una oscura noche de invierno
salió a pasear con su único amigo a quien llevaba
de una correa larga para que pudiese olisquear por ahí,
una de las tantas noches en que el maldito sueño
parecía burlarse de él sin querer siquiera hacerse
presente.
Ahí, en el marco menos inesperado se encontró cara
a cara con su enemigo, que lo miraba atónito detrás
de una ventanilla oscura que se bajaba como un telón dando
comienzo a una trágica función de
teatro.
Con el vehículo aun en marcha, el médico
aventuró algunas palabras como tratando de excusarse de
algo ocurrido años atrás pero que sin duda marco
duramente los corazones de ambos:
- Mire, yo en realidad quiero decirle que...-
Y otra vez el dolor de cabeza el odio que sentía correr
por sus venas la necesidad de ver sangre en forma urgente, de
vengarse de hacer algo que debió haber hecho hace mucho
tiempo atrás.
Después Hércules se casó con
Deyanira, a la que obtuvo de Anteo, hijo de Poseidón, dios
del mar. Cuando el centauro Neso atacó a Deyanira,
Hércules lo hirió con una flecha de las que
había envenenado con la sangre de Hidra. El centauro
moribundo dijo a Deyanira que tomara un poco de su sangre que,
según él, era un poderoso filtro de amor, pero era
un veneno. Creyendo que Hércules se había enamorado
de la princesa Yole, Deyanira le envió una túnica
mojada con la sangre. Cuando se la puso, el dolor causado por el
veneno fue tan grande que se mató arrojándose a una
pira funeraria. Después de su muerte, los dioses lo
llevaron al Olimpo y lo casaron con Hebe, diosa de la
juventud.
Los griegos veneraron a Hércules como un dios y como un
héroe mortal. Se le solía representar como un
hombre fuerte y musculoso, vestido con una piel de
león y armado de un garrote.
Al reconocerlo, Juan aventuró alguna frase pero
intentó escapar, su pie derecho no reaccionaba y sus manos
se prendieron del volante con una fuerza sobrehumana,
sintió el cuerpo contracturado y una tensión que
aceleraba los latidos de su corazón
hasta casi sentirlo saliendo del pecho. Y el miedo, ese miedo del
cual se encontraba huyendo hacía años lo
invadió por sorpresa y con toda la intensidad de haber
sido reprimido tanto tiempo.
Sin saber como se abrió la puerta de su coche y él
entró, con más claridad vio una persona que
aparentaba mucha más edad de la que en realidad
tenía, vio también odio, sintió olor a
alcohol y no
pudo mover ni un solo músculo.
Así paralizado por el pánico, se encontró en
el lugar que no debía ocupar, en el asiento del horror, en
la camilla del paciente, no creyó poder continuar con su
pose pasiva y a pesar de no estar seguro de lo que hacía,
actuó.
Cerrando los ojos visualizó la mente de su adversario y se
dispuso a arremeter con una descarga de daño. Contó
mentalmente los segundos y mientras él comenzaba a hablar
y se introducía por la puerta del acompañante lo
atacó con todo su poder.
Él ya sabía lo que era necesario hacer y no
dudó un instante, tranquilo con la seguridad de
saber como terminaría este episodio se metió de
prepo y largó uno de sus clásicos insultos, vio
venir la arremetida y la esperó pacientemente. No opuso
resistencia y
haciendo caso omiso a la agresión se mantuvo calmo y al
ver que no le ocurría nada en absoluto con la misma sangre
fría que supo tener durante la guerra, lo tomo de la mano
y comenzó a tironear hacia su lado como queriendo
arrancársela o bien que soltase el volante.
Los ojos amarillos del negro se hicieron más
pequeños y no pudo evitar que una sonrisa drástica
fugazmente se paseara por su rostro. Era ese el momento que
él había estado
deseando, el negro ya había sufrido suficiente pero
igualmente debía morir.
Negro y blanco, médico y militar, polos tan distintos que
se juntaron y en su absurda conjunción de odio y miedo
mutuo hizo que se destruyeran uno al otro.
Juan trepaba desesperadamente por una cornisa de hielo
resbaladizo como era la tortuosa mente del cabo, quien a su vez
oponía la resistencia más dura que su ser
podía elaborar y lo bombardeaba desde arriba con la gracia
y el divertimento de un niño que juega arrojando bolas de
nieve.
- No vas a poder, basura – Lo retaba mientras sentía
como su mano se elevaba de temperatura sobre la del negro.
- Dejame en paz – Parecía suplicar Juan quien
veía achicharrarse su brazo como una bolsa de plástico
al fuego. Con seguridad el tiempo en el que estos sucesos
ocurrió en forma mucho más pausada para ellos de lo
que en realidad el reloj podría haber marcado, no hubo
mucho entre la detención del BMW y el primer chispazo
dentro del motor.
Un vehículo que en la vía pública arde es
todo un suceso, los vecinos a pesar de la hora se reunieron con
rapidez y comentaban con algarabía cual episodio
tragicómico la novedad del barrio.
Pasó casi una hora hasta que llegó el camión
de bomberos y recién con los primeros manguerazos se
alcanzó a descubrir que dentro del automóvil
había una persona. Un perro viejo olisqueaba todo sin
acercarse demasiado y su dueño lo increpaba:
-¡Felipe, basta! – Aunque distante, el anciano
parecía disfrutar como todos del show.
El horror del rostro carbonizado parecía algo exagerado,
como que hubiese vivido cada instante de su muerte con lentitud,
algo más que la pérdida de la vida se leía
en su olor a carne incinerada, era como una especie de incienso
maligno que reflotaba en el ambiente. Se había quemado la
maldad.
El resto de su vida no se distinguió de sus anteriores
años, siguió siendo rutinaria, precisa y
homologada, pronto descubrió la felicidad en la forma
más insólita y fue gracias a Felipe.
Una tarde otoñal de lo más fría se
disponía a preparar el té, que era como su ritual
de merienda, que entre otras cosas, lo ayudaba a matar el tiempo.
Mientras se encontraba de pie delante de la mesada de la cocina,
su perro de mil años esbozó una especie e ladrido y
con el hocico lo instó a voltearse, sintió a sus
espaldas una presencia.
Como si no hubiera pasado ni un minuto vio sentada en la mesa una
persona; increíble, atónito miró a su can
que parecía sonreírle y avanzó hacia esa
figura traslúcida que con su mano angelical lo invitaba a
sentarse.
Felipe se acurrucó debajo de la mesa y atento
escuchó la conversación:
- Pero...¿Cómo? -
- Cómo ¿qué? - Le respondió con
naturalidad, el perro daba la impresión de disfrutarlo
como una obra improvisada, alerta no se movió de su lugar
privilegiado.
- ¿Que pasa? - Insistía él.
Ella, con la tranquilidad que solo da el tiempo que no pasa, lo
miró de la manera más dulce que existe, lo
tomó con su mano de porcelana tibia y sin dejar de
sonreír, natural y espontáneamente le dijo
taxativamente:
FIN
Agradecimientos: Ante todo, agradezco a mi inspiración,
Analía de quien creo se trata toda la historia, a mi familia que
me apoyó y me apoya siempre, al Dr. Moltrasio que me
estimuló para escribir como parte de mi terapia y a todo
aquel que lea esto y capte el mensaje intrínseco que lleva
una historia corta.
Gracias!!!
Autor:
Página anterior | ![]() Volver al principio del trabajo | Página siguiente ![]() |
Trabajos relacionados
Ver mas trabajos de Lengua y Literatura |
|
Nota al lector: es posible que esta página no contenga todos los componentes del trabajo original (pies de página, avanzadas formulas matemáticas, esquemas o tablas complejas, etc.). Recuerde que para ver el trabajo en su versión original completa, puede descargarlo desde el menú superior.
Todos los documentos disponibles en este sitio expresan los puntos de vista de sus respectivos autores y no de Monografias.com. El objetivo de Monografias.com es poner el conocimiento a disposición de toda su comunidad. Queda bajo la responsabilidad de cada lector el eventual uso que se le de a esta información. Asimismo, es obligatoria la cita del autor del contenido y de Monografias.com como fuentes de información.
Ingrese el e-mail y contraseña con el que está registrado en Monografias.com
|
|