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Doce Cuentos Peregrinos




Enviado por Mariana G



    1. Introducción
    2. La primera característica
      en común es el realismo
      mágico.
    3. El autor y los Doce cuentos
      peregrinos
    4. Movimiento literario: Realismo
      Mágico
    5. Cuentos
    6. Conclusión

    Prólogo

    Situación
    problemática: ¿Cuál es la
    relación que existe entre los diferentes
    cuentos?

    Hipótesis: Nos encontramos frente a un
    conjunto de cuentos de los que rescataremos similitudes y
    diferencias en su estilo. Se presenta mostrando desde relatos con
    puntos muy cómicos, hasta los cuentos con historias muy
    drásticas.

    Intencionalidad: El análisis a realizar sobre este texto se basa
    en la comparación de los doce cuentos leídos. Se
    observara su enfoque desde diferentes aspectos. Tomaremos en
    cuenta el análisis social, literario y psicológico,
    entre otros menos abordados. La elección de estas variables para
    su estudio se debe a que son los temas mas destacados que el
    desarrollo de
    los cuentos.

    Elección de este libro: La eleccion de
    este libro se debio
    mas que nada a la curiosidad. Es un libro que tenia en mi
    biblioteca
    pero no se por que razón nunca había leído.
    Además me gusto la opción que me presentaba la
    situación de que el libro estuviera formado por muchos
    cuentos, lo cual me permite el mayor trabajo de los mismos a
    través de la comparación.

    Introducción:

    En todos se encuentra un toque de misterio que
    caracteriza al libro completo en sí. Tratan mucho el tema
    de la muerte en
    diferentes aspectos y circunstancias, y al mismo tiempo desde
    distintas perspectivas.

    Son cuento que te
    llevan en un ambiente de
    suspenso con finales no esperados, muy poco
    predecibles.

    Los cuentos son relatados desde distintas personas que
    viven y comparten el tiempo con el personaje principal de la
    trama.

    En si son historias muy rebuscadas, complejas en el
    entendimiento a medida que se desarrollan hechos
    inesperables.

    Uno se dedica al cuento, y a medida que avanza se van
    formando distintos finales depende a las situaciones que van
    aconteciendo, y al final se sorprende con algo que ni se
    había imaginado.

    Desarrollo:

    La primera característica en común es el
    realismo
    mágico.

    En todos trata de dar razones vivir la vida
    apreciándola, o de mostrar circunstancias que hagan pensar
    y reflexionar a uno.

    Cuando leemos el cuento "La Santa" se muestra la
    discusión de la muerte frente
    a la vida. No solo si lo analizamos desde el lado del hecho
    extraño en la hija de Margarito Duarte, sino
    también en la vida perseverante de este que se termina
    solo basándose en conseguir la canonización de la
    hija.

    Después encuentro similitudes entre "Maria Dos
    Prazares" y "Buen viaje, Señor Presidente" porque como
    personajes hay dos personas con características similares.
    Llegan a una altura de sus vidas en la que se dan cuenta de los
    errores que han cometido y las cosas que se han prohibido, asumen
    el pasado, y a pesar de que la edad es tardía, el tiempo
    de ver la vida de otro lado disfrutándola no.

    En "Buen viaje, señor presidente" la política se emplea
    como elemento que sostiene la trama, en donde se muestran
    posiciones y opiniones. Además se presenta la diferencia
    en lo económico, mostrando las diferencias de clases, lo
    que al mismo tiempo lo convierte en un unas muestra de la forma
    social en que se organizaba ese pueblo.

    Después se plantean temas más
    escalofriantes, lo que no quita que sean creíbles, como en
    "Solo vine a hablar por teléfono" o "El rastro de su sangre en su
    nieve", en donde cuando uno se encuentra en al trama, ya
    impactado por los sucesos que van aconteciendo, se encuentra con
    un final doloroso e incomodo. En la primera de las dos obras
    anteriormente mencionadas hay un aspecto psicológico que
    la hace muy interesante. Produce una sensación como si uno
    estuviese en ese lugar viviendo esa situación.

    En cuentos como en "el avión de la bella
    durmiente" o "El verano feliz de la señora Torbes" se
    destaca la forma de explicar los sentimientos que en cierto
    momento de la lectura
    instalan en uno un sentir similar al de los protagonistas,
    logrando el mejor entendimiento de las circunstancias, y la
    actuación de los personajes frente a ellas.

    "Tramontana" toca un tema ya yéndose bastante de
    lo real. Pasa un poco mas a la locura. También
    están los cuentos en donde la interpretación por
    parte del lector debe ser máxima por la aparición
    de muchas metáforas, o sea, cosas con sentido distinto al
    que se interpreta en la primera leída.

    Se analizamos la obra de manera social, García
    Márquez demuestra en la mayoría de los cuentos
    las características principales de la gente de su pueblo.
    Muestra sus costumbres, sus defectos, y sus relaciones. Una de
    sus costumbres podría ser lo que demuestra en el dialecto,
    incorpora palabras típicas latinoamericanas.

    El autor y los Doce
    cuentos peregrinos:

    El autor de Doce cuentos peregrinos, Gabriel
    García Márquez, nació en 1928 en un pueblo
    llamado Aracataca. Novelista colombiano, guionista
    cinematográfico y corresponsal de "El Espectador" de
    Bogotá a Europa, fue
    cofundador de la agencia cubana "Prensa Latina".
    Su primera novela, La
    hojarasca (1955), lo presento como el narrador más
    destacado de su generación, juicio reafirmado con la
    publicación de El coronel no tiene
    quien le escriba (1961). Siguieron Los funerales de la
    Mamá Grande (1962), relatos, y La mal hora (1962).
    Cien años
    de soledad (1967) es su obra más significativa:
    evocación mitológica del pueblo Macondo, es a la
    vez una reinvención de la historia latinoamericana. Ha
    publicado, además, Relato de un náufrago (1970), La
    triste e increíble historia de la cándida
    Eréndira y de su abuela desalmada (1972), El otoño
    del patriarca (1975), novela sobre el tema del dictador
    latinoamericano, Crónica de una
    muerte anunciada (1981), basada en la historia real de un
    crimen, con la cual ha conseguido elevar el género
    periodístico a categoría literaria y que ha
    estado portada
    en el cine, y
    El amor en
    tiempos del cólera (1985), una historia de amor con un
    destino patético en clave de humor. En 1982 le fue
    concedido el premio Nóbel de literatura.

    Doce cuentos peregrinos es una obra con una larga
    historia. Cinco de los cuentos fueron formas periodísticas
    y guiones de cine, y uno fue un serial de televisión. Otro está basado en una
    entrevista
    grabada que le hicieron hace quince anos.

    La primera idea se le ocurrió a principios de la
    década de los setenta después de un sueño
    mientras vivía en Barcelona (en el sueño
    asistía a su propio entierro con sus mejores amigos y a la
    hora de irse uno de ellos se dijo: «Eres el único
    que no puede irse». Entonces comprendió que morir es
    no estar nunca más con los amigos). Después de esto
    estuvo dos años tomando notas hasta que tuvo 64 temas. Fue
    en México,
    1974, donde se dio cuenta que el libro no debía ser una
    novela sino una colección de cuentos cortos; quería
    hacer algo diferente de los otros tres libros de
    cuentos que había escrito, quería conseguir una
    unidad interna en el libro. Los dos primeros -El rastro de tu
    sangre en la nieve y El verano feliz de la señora Forbes-
    los escribió en 1976. El tercer y cuarto cuento le
    costó mucho escribirlos ya que se dio cuenta que era tan
    difícil escribir cuentos como novelas. En el
    1978, México, perdió su cuaderno y lo estuvo
    buscando a fondo pero no lo encontró. Cogió y con
    mucho esfuerzo intentó escribirlos de nuevo, y evitando
    los cuentos que no le acababan de convencer obtuvo dieciocho
    cuentos. Pero no tardó mucho en darse cuenta que ya no los
    disfrutaba como antes y los archivó. Cuando empezó
    Crónica de una muerte anunciada, 1979, comprobó que
    entre libro y libro perdía el hábito de escribir
    por eso se impuso la tarea, entre 1980 y 1984, de escribir en
    periódicos de diferentes países hasta que
    después de muchas reflexiones se dio cuenta que aquello
    servía para cine y fue así como se hicieron cinco
    películas y un serial de televisión. Lo que nunca
    previó, es que le cambiarían las ideas de los
    cuentos después de la lluvia de ideas de creadores y
    directores de televisión con los que estuvo, hasta que un
    año más tarde seis de los dieciocho temas fueron a
    la papelera, entre ellos el del funeral. Ellos son los doce de
    este libro. Cuando estuvieron listos para ser impresos,
    después de sus incesantes peregrinajes de ida y vuelta al
    cajón de la basura se dio
    cuenta que las ciudades europeas que había descrito las
    había descrito de memoria, entonces
    fue cuando decidió emprender un viaje por Europa para
    comprobar la fidelidad de sus recuerdos. Ninguna de las ciudades
    estaba igual, todas habían cambiado y, pues por fin,
    encontró lo que le faltaba para terminar el libro: una
    perspectiva en el tiempo.

    En el regreso de aquel viaje venturoso, rescribió
    durante ocho meses febriles, todos los cuentos, hasta el punto de
    haber escrito el libro de cuentos que siempre había
    deseado y, a la vez, viviendo grandes experiencias.

    Movimiento
    literario: Realismo Mágico

    El realismo mágico, es una característica
    propia de la literatura latinoamericana de la  segunda mitad
    de siglo XX  que funde la realidad narrativa con elementos
    fantásticos y fabulosos, no tanto para reconciliarlos como
    para exagerar su aparente discordancia. El reto que esto supone
    para la noción común de la "realidad" lleva
    implícito un cuestionamiento de la "verdad" que a su vez
    puede socavar de manera deliberada el texto y las palabras, y en
    ocasiones, la autoridad de
    la propia novela. 
       Si bien esta tendencia a fundir lo real con lo
    fantástico ya existía en las obras de novelistas de
    todos los tiempos, principalmente en escritores como
    François Rabelais y Laurence Sterne; otros precedentes
    más inmediatos pueden ser las novelas del ruso 
    Vladimir Nabokov o del alemán Günter Grass. 
       Pero el realismo mágico floreció con
    esplendor en la literatura latinoamericana de los años
    sesenta y setenta, a raíz de las discrepancias surgidas
    entre cultura de la
    tecnología
    y cultura de la superstición, y en un momento en que el
    auge de las dictaduras políticas
    convirtió la palabra en una herramienta infinitamente
    preciada y manipulable. Al margen del propio Carpentier, que
    cultivó el realismo mágico en novelas como Los
    pasos perdidos
    , los principales autores del género son
    Miguel Ángel Asturias, Carlos Fuentes,
    Julio
    Cortázar, Mario Vargas
    Llosa y, sobre todo, Gabriel García Márquez.
    Las novelas de este último, Cien años de soledad
    (1967), El otoño del patriarca (1975) y Crónica de
    una muerte anunciada (1981) siguen siendo obras notables del
    género.

    Cuentos:

    BUEN VIAJE, SEÑOR PRESIDENTE.

    Llevaba el vestido azul oscuro con rayas blancas, el
    chaleco de brocado y el sombrero duro de los registrados en
    retiro. Tenía un bigote altivo de mosquetero, el cabello
    azulado y abundante con ondulaciones románticas, las manos
    de arpista con la sortija de viudo en el anular izquierdo, y los
    ojos alegres. A los setenta y tres años seguía
    siendo de una elegancia principal. Había vuelto a Ginebra
    después de dos guerras
    mundiales, en busca de una respuesta terminante para un dolor que
    los médicos de la Martinica no lograron identificar.
    Después de largos días de pruebas y
    exámenes agotadores le dijeron que el dolor se hallaba
    debajo de la cintura, en la unión de dos vértebras.
    El presidente debía someterse a una arriesgada e
    inevitable operación.

    Al día siguiente salió a dar una vuelta y
    a tomar algo como si no hubiese pasado nada. Intranquilo de que
    un hombre
    pálido y sin afeitar, con una gorra deportiva y una
    chaqueta de cordero volteado, le observase, decidió ir a
    por él. Una vez lo atrapó se puso a hablar con
    él y resultó ser, el hombre que
    lo seguía, el chofer de ambulancias del mismo hospital
    donde trataban al presidente. Homero, el hombre
    misterioso, le explicó la gran admiración que
    tenía por él y que hacía un tiempo que lo
    seguía y se preocupaba por su estado, pero lo que no le
    desveló es que él, Homero, también trabajaba
    haciendo arreglos para compañías de seguros y
    empresas
    funerarias y aunque no ganaba mucho le ayudaba a subsistir con su
    mujer y sus dos
    hijos. Después de la charla Homero lo invitó a
    comer un día a su casa aunque a su mujer, Lázara
    Davis una mulata fina de San Juan de Puerto Rico,
    menuda y maciza, y con unos ojos de perra brava que iban muy bien
    a su forma de ser, no le hizo mucha gracia cuando se lo
    contó.

    Poco a poco Homero y Lázara se fueron dando
    cuenta que la muerte del presidente ya no era tan inminente como
    al principio y que por lo tanto no le podían sacar partido
    a aquella relación. Después de la comida, que con
    mucha crispación se celebró, y algún otro
    factor que observó Homero, se dieron cuenta que aparte de
    que su muerte no fuese tan inmediata tampoco tenían nada
    que sacarle al presidente, ya que él pobre no le quedaba
    ni un mísero centavo. El presidente después de un
    tiempo instalado en casa de Homero volvió a Martinica
    donde se dedicó a vivir bien la poca vida que le quedaba,
    y a tomar de todo, ya que antes no se podía permitir ese
    lujo a causa de su enfermedad.

    LA SANTA

    La Santa es una anécdota original que
    conoció García Márquez durante unos
    días que pasó en Roma.

    Según una de sus más memorables notas de
    prensa, él se encontraba instalado en un cuarto contiguo
    al del tenor colombiano Rafael Ribero Silva, en una
    pensión del tranquilo barrio de Parioli, cerca de la Villa
    Borghese, cuando apareció el supuesto Margarito Duarte,
    como quien llega en busca de su autor. Margarito Duarte, sin
    embargo, había llegado desde su lejano pueblo de los Andes
    colombianos, gracias a una colecta pública, por un motivo
    más serio: alcanzar la canonización del cuerpo
    incorrupto de su hija muerta a los siete años. El
    cónsul de Colombia lo
    había enviado a donde Ribero Silva para que le buscara
    alojamiento en su pensión. Ese día Margarito Duarte
    les contó a los dos la historia del milagro de la santa,
    como le decía, de las peripecias de su viaje y de sus
    objetivos en
    Roma. Lo que nunca sospechó Margarito Duarte es que este
    viaje lo iba a convertir en un cautivo de Roma por el resto de su
    vida, empeñado en una labor titánica y dispendiosa,
    cuya meta final debía terminar en una entrevista personal con el
    Papa.

    Al cabo de veinte años García
    Márquez se volvió a encontrar con él, era un
    hombre de cabello blanco y escaso, sigiloso y imprevisible y de
    una tenacidad de picapedrero, ya que como el cadáver no se
    descomponía ni tenía ningún cambio
    él seguía con lo de la entrevista
    y fue entonces, en ese momento, cuando García
    Márquez se dio cuenta que el verdadero santo era
    él, Margarito Duarte.

    EL AVIÓN DE LA BELLA DURMIENTE

    Trata de como, García Márquez, se queda
    magnificado al ver una mujer bella, elástica, con una
    piel tierna
    del color del pan y
    los ojos de almendras verdes, cabello liso y negro y largo hasta
    la espalda vestida con un gusto sutil: chaqueta de lince, blusa
    de seda natural con flores muy tenues, pantalones de lino crudo,
    y unos zapatos lineales del color de la bugambilias. «Esta
    es la mujer
    más bella que he visto en mi vida», pensó,
    mientras estaba en el aeropuerto parisino de Charles de Gaulle
    esperando para embarcar con destino a Nueva York. Más
    tarde la volvió a ver y una vez subido en el avión,
    después de algún que otro problema
    meteorológico, dio la casualidad que su compañera
    de vuelo era aquella joven tan preciosa.

    El resto del cuento explica como la estuvo observando,
    una y otra vez, mientras dormía durante el vuelo, hasta
    que una vez el avión llegó, a Nueva York, ella
    desapareció entre la muchedumbre del
    aeropuerto.

    ME ALQUILO PARA SOÑAR

    García Márquez había llegado a
    Europa buscando el cine más que la literatura. Pero era
    inevitable, porque la literatura iba siempre junto a él:
    días antes de regresar a Roma, en una taberna de
    estudiantes latinos, se topó con una mujer a quien
    rebautizaría mucho después como Frau Roberta (y
    luego Frau Frida en este cuento), una compatriota andina que era
    pura literatura en carne y hueso, pues, efectivamente, se ganaba
    la vida alquilándose para soñar en el seno de una
    familia
    vienesa, en la que, poco más tarde de estar allí,
    todos le hacían caso y todas sus acciones se
    debían a lo que dijera Frau Frida.

    En cualquier caso, Frau Frida tenía una
    espléndida pechuga de soprano, lánguidas colas de
    zorro en el abrigo y un anillo egipcio en forma de serpiente,
    también soñó para él aquel
    otoño: la última noche en que conversaron caminando
    junto al Danubio, ella le confesó que su último
    sueño tenía que ver con él, que se fuera de
    Viena enseguida y no volviera antes de cinco años.
    Él, con sus muchas supersticiones superpuestas de caribe,
    agarró el primer tren del alba y retornó a Roma,
    para no volver jamás a la ciudad de El tercer
    hombre.

    SÓLO VINE A HABLAR POR
    TELÉFONO

    Este cuento esta protagonizado por una mexicana de
    veintisiete años, bonita y seria, que años antes
    había tenido un cierto nombre como actriz de variedades.
    Estaba casada con un prestidigitador de salón, con quien
    iba a reunirse aquel día después de visitar a unos
    parientes en Zaragoza.

    Estaba conduciendo un automóvil alquilado,
    María de la Luz Cervantes
    (nuestra protagonista), cuando tuvo una avería en medio
    del desierto de los Monegros en pleno de una tormenta.
    Intentó encontrar un teléfono haciendo autostop
    aunque no hubo suerte hasta que un autobús destartalado
    paró y la dejo subir. Para su asombro vio en el
    autobús a un puñado de mujeres, con edades
    inciertas, dormidas y con mantas completamente iguales a la suya.
    Una vez el autobús se detuvo bajo en busca del
    teléfono y sin salir de su asombro vio que todas las
    mujeres salían ordenadas y obedeciendo ordenes de una
    mujer guardiana. La mujer le gritó y le dijo que se
    pusiera con las demás y aunque María
    insistió en que sólo venía para llamar por
    teléfono obedeció.

    Era un sanatorio. Después de darse cuenta de
    dónde estaba les explicó su situación y por
    que estaba allí, pero no la creyeron y la pusieron con las
    demás.

    Su marido, después de un largo tiempo de
    meditación sobre la desaparición de su mujer,
    creyó que lo había abandonado, como en alguna otra
    ocasión ya había hecho.

    Después de mucho tiempo en aquel manicomio
    consiguió mandar una carta a su
    decepcionado marido explicándole la situación. Fue
    a verla, pero tras hablar con el director de aquel lugar
    creyó que era cierto que estaba loca y lo único que
    hizo fue seguirle el juego como el
    director le dijo que debía hacer. Cada cierto tiempo le
    llevaba cigarrillos hasta que se marchó y le dijo a su
    vecina que lo hiciera por él. Rosa Regàs, la
    vecina, recordaba haberla visto en El Corte Inglés,
    hace unos doce años, con la cabeza rapada y el
    balandrán anaranjado de alguna sección oriental, y
    encinta a más no poder. Ella le
    contó que había seguido llevándole los
    cigarrillos a María, siempre que pudo, y
    resolviéndole algunas urgencias imprevistas, hasta un
    día en que sólo encontró los escombros del
    hospital, demolido como un mal recuerdo de aquellos tiempos
    ingratos del General Franco.

    ESPANTOS DE AGOSTO

    Es la historia de una familia que decidió, un
    día, hacerle una visita a un escritor amigo suyo, Miguel
    Otero Silva. Llegaron a la ciudad en la que vivía el
    escritor, Arezzo. Después de preguntar, a todo el mundo,
    donde estaba el castillo donde vivía, se fueron por un
    sendero donde encontraron a una pastora de gansos que les
    indicó el camino, y además, les advirtió que
    a media noche en aquel castillo había fantasmas. Ellos no
    le dieron importancia a aquel comentario, pero una vez en el
    castillo, Miguel les dijo que era cierto y les explicó
    toda la historia. Se trataba de un hombre, llamado Ludovico, que
    había vivido allí y que un día en un
    instante de locura del corazón
    había apuñalado a su dama en el lecho donde
    acababan de amarse, y luego azuzó contra sí mismo a
    sus feroces perros de
    guerra que lo
    despedazaron a dentelladas. Les aseguró, muy en serio, que
    a partir de la media noche, el espectro de Ludovico, deambulaba
    por la casa en tinieblas, tratando de conseguir sosiego en su
    purgatorio de amor.

    Estuvieron viendo el castillo, y después de verlo
    todo, Miguel les enseño la habitación, intacta, de
    Ludovico, en la que todavía estaba la sangre seca de su
    amada. Después de la cena, el escritor los invitó a
    pasar la noche, con la ayuda de los niños,
    sabiendo que no creían en fantasmas y ellos no tuvieron el
    valor de
    negarse y aceptaron.

    Al contrario de lo que se temían, durmieron muy
    bien y se preguntaron como había gente que todavía,
    en aquellos tiempos, creían en fantasmas. Fue entonces,
    cuando observó la habitación y se dio cuenta que no
    estaban en la alcoba de la planta baja donde se habían
    acostado la noche anterior, sino en el dormitorio de Ludovico,
    bajo la cornisa y las cortinas polvorientas y las sábanas
    empapadas de sangre todavía caliente de su cama
    maldita.

    MARÍA DOS PRAZERES

    Este cuento esta protagonizado por una mulata de setenta
    y seis años, esbelta y vivaz, de cabello duro y ojos
    amarillos y encarnizados, y hacía ya mucho tiempo que
    había perdido la compasión por los hombres y estaba
    convencida de que se iba a morir antes de Navidad, y
    aunque todavía era primavera quedó con un hombre de
    la agencia funeraria.

    Una vez llegó el hombre, desplegó un mapa
    con unas parcelas de colores diversos
    y numerosas cruces y cifras en cada color. María dos
    Placeres, nuestra protagonista, comprendió que era el
    plano del inmenso panteón de Montjuïc, y de repente
    se acordó de unas dramáticas imágenes
    que observó cuando era pequeña y vivía cerca
    del Amazonas; el Amazonas se desbordó, y miles de
    ataúdes y cadáveres quedaron flotando en el patio
    de su casa, ya que tuvo la mala suerte de estar viviendo al lado
    de un cementerio. Entonces le dijo que quería estar en un
    sitio donde nunca llegaran las aguas y sin pensárselo dos
    veces el hombre le indico un sitio y le dijo que allí
    jamás llegarían las aguas. Acabado esto
    llegó su perro y después de una mirada de
    María se puso a llorar mientras el hombre de la funeraria
    no salía de su asombro y repetía:
    «¡Pero ha llorado, coño!»; y
    María le dijo que ella misma le había
    enseñado ha llorar y que cualquier perro lo podía
    hacer si se le enseñaba.

    Una vez tuvo la parcela reservada, se dedicó,
    durante todos los domingos a ir al cementerio y a esperar que le
    sucediese lo mismo que en sus sueños, morir.
    Después de preparar el más mínimo detalle
    para no molestar a nadie después de su muerte fue al
    cementerio y al salir se encontró en medio de una gran
    lluvia. Los autobuses estaban llenos y los taxis también,
    pero en medio de la lluvia un lujoso coche paro y le
    invitó a subir, el chofer. Una vez que llegaron a la casa
    el chofer se prestó a acompañarla hasta arriba y
    aunque un poca molesta aceptó. Cuando se detuvo frente a
    la puerta del entresuelo, temblando de ansiedad por encontrar las
    llaves en el bolsillo, oyó los dos portazos sucesivos del
    automóvil en la calle. Noi, el perro, que se le
    había adelantado, trató de ladrar.
    «Cállate», le ordenó con un susurro
    agónico. Casi enseguida sintió los primeros pasos
    en los peldaños sueltos de la escalera y temió que
    se le fuera a reventar el corazón. En una fracción
    de segundo volvió a examinar por completo el sueño
    premonitorio que le había cambiado la vida durante tres
    años, y comprendió el error de su
    interpretación.

    «Dios mío», se dijo asombrada.
    «¡De modo que no era la muerte!»

    Encontró por fin la cerradura, oyendo los pasos
    contados en la oscuridad, oyendo la respiración creciente de alguien que se
    acercaba tan asustado como ella en la oscuridad, y entonces
    comprendió que había valido la pena esperar tantos
    y tantos años, y haber sufrido tanto en la oscuridad,
    aunque sólo hubiera sido para vivir aquel
    instante.

    DIECISIETE INGLESES ENVENENADOS

    Lo primero que notó la señora Prudencia
    Linero cuando llegó al puerto de Nápoles, fue que
    tenía el mismo olor del puerto de Riohacha. La
    señora Prudencia Linero andaba por el barco vestida de
    medio luto, se había puesto para desembarcar una
    túnica parda de lienzo basto con el cordón de San
    Francisco en la cintura, y unas sandalias de cuero crudo que
    sólo por demasiado nuevas no parecían de peregrino.
    Era un pago adelantado: había prometido a Dios llevar ese
    hábito talar hasta la muerte si le concedía la
    gracia de viajar a Roma para ver al Sumo Pontífice, y ya
    daba la gracia por concedida.

    Después de esperar muchísimo rato al
    cónsul decidió irse en taxi, que la condujo hasta
    un modesto hotel de la cercana Via Nazionale.

    «Era un edificio muy viejo y reconstruido con
    materiales
    varios», recordaría García Márquez,
    «en cada uno de cuyos pisos había un hotel
    diferente. Sus ventanas estaban cerca de las ruinas del Coliseo,
    que no sólo se veían los miles y miles de gatos
    adormilados por el calor en las
    graderías, sino que se percibía su olor intenso de
    orines fermentados. Mi buen acompañante, que se ganaba una
    comisión por llevar clientes a los
    hoteles, me recomendó el
    del tercer piso, porque era el único que tenía las
    tres comidas incluidas en el precio (…)
    Eran las cinco de la tarde y en el vestíbulo había
    diecisiete ingleses sentados, todos hombres y todos con
    pantalones cortos, y todos cabeceando de sueño. Al primer
    golpe de vista me parecieron iguales, como si fuera uno solo
    repetido dieciséis veces en una galería de espejos;
    Pero lo que más me llamó la atención fueron sus rodillas óseas y
    rosadas (…) Sin embargo, no sé qué rara facultad
    del Caribe me sopló al oído que
    aquella sucesión de rodillas rosadas era un mensaje
    aciago. Entonces le dije a mi compañero que me llevara a
    otro hotel donde no hubiera tantos ingleses sentados en el
    vestíbulo, y él me llevó sin preguntarme
    nada al piso siguiente. Esa noche, los diecisiete ingleses y
    todos los huéspedes del hotel del tercer piso se
    envenenaron con la cena».

    La dueña del quinto piso comentaba el desastre en
    una excitación sin control.

    -Todos están muertos -le dijo a la señora
    Prudencia Linero en castellano-. Se
    envenenaron con la sopa de ostras de la cena. ¡Ostras en
    agosto, imagínese!

    Le entregó la llave del cuarto, sin prestarle
    más atención, mientras decía a los otros
    clientes en su dialecto: «¡Cómo aquí no
    hay comedor, todo el que se acuesta a dormir amanece vivo!»
    Otra vez con el nudo de lágrimas en la garganta, la
    señora Prudencia Linero pasó los cerrojos de la
    habitación. Luego rodó contra la puerta la mesita
    de escribir y la poltrona, y puso por último el
    baúl como una barricada infranqueable contra el horror de
    aquel país donde ocurrían tantas cosas al mismo
    tiempo. Después se puso el camisón de viuda, se
    tendió bocarriba en la cama, y rezó diecisiete
    rosarios por el eterno descanso de las almas de los diecisiete
    ingleses envenenados.

    TRAMONTANA

    Lo vio una sola vez en Boccacio, el cabaret de moda en
    Barcelona, pocas horas antes de su mala muerte. Estaba acosado
    por una pandilla de jóvenes suecos que trataban de
    llevárselo a las dos de la madrugada para terminar la
    fiesta en Cadaqués. Eran once, y costaba trabajo
    distinguirlos, porque los hombres y las mujeres parecían
    iguales: bellos, de caderas estrechas y largas cabelleras
    doradas. Él no debía ser mayor de veinte
    años. Tenía la cabeza cubierta de rizos
    empavonados, el cutis cetrino y terso de los caribes
    acostumbrados por sus mamás a caminar por la sombra, y una
    mirada árabe como para trastornar a las suecas, y tal vez
    a varios de los suecos. Lo habían sentado en el mostrador
    como a un muñeco de ventrílocuo, y le cantaban
    canciones de moda acompañándose con las palmas,
    para convencerlo de que se fuera con ellos. Él,
    aterrorizado, les explicaba sus motivos. Pues los motivos del
    chico eran sagrados. Había vivido en Cadaqués hasta
    el verano anterior, donde lo contrataron para cantar canciones de
    las Antillas en una cantina de moda, hasta que lo derrotó
    la tramontana. Logró escapar al segundo día con la
    decisión de no volver nunca, con tramontana o sin ella,
    seguro que si
    volvía alguna vez lo esperaba la muerte. Era una
    certidumbre caribe que no podía ser entendida por una
    banda de nórdicos racionalistas. En primavera y
    otoño, eran las épocas en que Cadaqués
    resultaba más deseable, nadie dejaba de pensar con temor
    la tramontana, un viento de tierra
    inclemente y tenaz, que según piensan los nativos y
    algunos escritores escarmentados, lleva consigo los
    gérmenes de la locura. Sin embargo, no hubo modo de
    disuadir a los suecos, que terminaron llevándose al chico
    por la fuerza con la
    pretensión europea de aplicarle una cura de burro a sus
    supercherías africanas. Lo metieron pataleando en una
    camioneta de borrachos, en medio de los aplausos y las rechiflas
    de la clientela dividida, y emprendieron a esa hora el largo
    viaje hacia Cadaqués.

    La mañana siguiente le despertó el
    teléfono. Había olvidado cerrar las cortinas al
    regreso de la fiesta y no tenía la menor idea de la hora,
    pera la alcoba estaba rebozada por el esplendor del verano. La
    voz ansiosa en el teléfono, que no alcanzó a
    reconocer de inmediato, acabó por despertarlo.

    -¿Te acuerdas del chico que se llevaron anoche
    para Cadaqués?

    No tuvo que oír más. Sólo que no
    fue como se lo había imaginado, sino aún más
    dramático. El chico, despavorido por la inminencia del
    regreso, aprovechó un descuido de los suecos
    venáticos y se lanzó al abismo desde la camioneta
    en marcha, tratando de escapar de una muerte
    ineluctable.

    EL VERANO FELIZ DE LA SEÑORA
    FORBES

    Este cuento explica la aventura de dos niños que
    se quedaron, un verano, a cargo de una institutriz, que no les
    hacía mucha gracia porque era muy estricta y severa,
    aunque muy culta e inteligente.

    Durante un año entero habían, los
    niños, esperado con ansiedad aquel verano libre en la isla
    de Pantelaria, en el extremo meridional de Sicilia, y lo hubo
    sido en realidad durante el primer mes, en que sus padres
    estuvieron con ellos. Pero la revelación más
    deslumbrante para ellos había sido Fulvia Flamínea,
    la cocinera. Parecía un obispo feliz, y siempre andaba con
    una ronda de gatos soñolientos que le estorbaban para
    caminar, pero ella decía que no los soportaba por amor,
    sino para impedir que se la comieran las ratas. De noche,
    mientras sus padres veían en la
    televisión los programas para
    adultos, Fulvia Flamínea los llevaba con ella a su casa, a
    menos de cien metros de la suya, y les enseñaba a
    distinguir las algarabías remotas, las canciones, las
    ráfagas de llanto de los vientos de Túnez. Su
    marido era un hombre demasiado joven para ella, que trabajaba
    durante el verano en los hoteles de turismo, al otro extremo de
    la isla, y sólo volvía a casa para dormir. Oreste,
    un amigo veinteañero de los chavales, vivía con sus
    padres un poco más lejos, y aparecía siempre por la
    noche con ristras de pescados y canastas de langostas acabadas de
    pescar, y las colgaba en la cocina para que el marido de Fulvia
    Flamínea las vendiera al día siguiente en los
    hoteles. Después se ponía otra vez la linterna de
    buzo en la frente y los llevaba a cazar las ratas de monte,
    grandes como conejos, que acechaban los residuos de las
    cocinas

    La decisión de contratar una institutriz alemana
    sólo podía ocurrírsele al padre de los
    chicos, que era escritor del Caribe con más ínfulas
    que talento. La señora Forbes llegó el
    último sábado de julio en el barquito regular de
    Palermo, y desde que la vieron por primera vez se dieron cuenta
    de que la fiesta había terminado. Llegó con unas
    botas de miliciano y un vestido de solapas cruzadas en aquel
    calor meridional, y con el pelo cortado como el de un hombre bajo
    el sombrero de fieltro. Desde aquel momento todo se volvió
    aburrido y todo lo que hacían para divertirse acabo siendo
    clases de algo.

    Sin embargo, muy pronto se dieron cuenta de que la
    señora Forbes no era tan estricta consigo misma como lo
    era con ellos, y esa fue la primera grieta de su autoridad. Una
    madrugada la sorprendieron en la cocina, con el camisón de
    dormir de colegiala, preparando sus postres espléndidos,
    con todo el cuerpo embadurnado de harina hasta la cara y
    tomándose un vaso de oporto con un desorden mental que
    habría causado el escándalo de la otra
    señora Forbes. Una noche, mientras oían desde la
    cama el trajín incesante de la señora Forbes en la
    casa dormida, el hijo pequeño soltó de golpe toda
    la carga del rencor que se le estaba pudriendo en el
    alma.

    -La voy a matar -dijo.

    Esa misma noche, los niños, cogieron un veneno
    que había en la casa, para analizar, y lo pusieron en una
    botella de vino, de la cual solía beber la señora
    Forbes. Eso fue un viernes, y la botella siguió intacta
    durante el fin de semana. Pero la noche del martes, la
    señora Forbes se bebió la mitad mientras
    veía las películas libertinas de la
    televisión. Al día siguiente estaba como siempre,
    no sabían que había pasado.

    La madrugada siguiente, volvió a hablar sola por
    un largo rato, como solía hacer, y culminó con un
    grito final que ocupó todo el ámbito de la
    casa.

    La mañana siguiente, se hicieron los despistados
    y se fueron a nadar como si la señora Forbes se hubiera
    quedado dormida, sin embargo, cuando volvieron a casa, vieron
    mucha gente en la casa y dos automóviles de la
    policía frente a la puerta, y entonces tuvieron conciencia por
    primera vez de lo que habían hecho.

    -¡Por el amor de Dios, figlioli, no la vean! -dijo
    Fulvia Flamínea.

    Ya era tarde. Nunca, en el resto de sus vidas,
    habían de olvidar lo que vieron en aquel instante fugaz.
    Dos hombres de civil estaban midiendo la distancia de la cama a
    la pared con una cinta métrica, mientras otro tomaba
    fotografías de los parques. La señora Forbes no
    estaba sobre la cama revuelta. Estaba tirada de medio lado en el
    suelo, desnuda
    en un charco de sangre seca que había teñido por
    completo el piso de la habitación, y tenía el
    cuerpo cribado a puñaladas. Eran veintisiete heridas de
    muerte.

    LA LUZ COMO EL AGUA

    Esta es la historia de dos niños, Totó de
    nueve años, y Joel, de siete, que siempre pedían a
    sus padres cosas relacionadas con la mar y estos les
    decían una y otra vez que no las necesitaban ya que
    vivían apretujados en el piso quinto del número 47
    del Paseo de la Castellana en Madrid.

    Pero una vez tuvieron un ansiado bote que lo llevaban
    pidiendo desde hace mucho empezó lo increíble. La
    noche del miércoles, como todos los miércoles, los
    padres se fueron al cine. Los niños, dueños y
    señores de la casa, cerraron puertas y ventanas, y
    rompieron la bombilla encendida de una lámpara de la sala.
    Un chorro de luz dorada y fresca como el agua
    empezó a salir de la bombilla rota, y lo dejaron correr
    hasta que el nivel llegó a cuatro palmos. Entonces
    cortaron la corriente, sacaron el bote, y navegaron a placer por
    entre las islas de la casa.

    Meses después, ansiosos de ir más lejos,
    pidieron un equipo de pesca
    submarina. Con todo: máscaras, aletas, tanques y escopetas
    de aire
    comprimido. De modo que el miércoles siguiente, mientras
    los padres veían El último tango en
    París, llenaron el apartamento hasta la altura de dos
    brazas, bucearon como tiburones mansos por debajo de los muebles
    y las camas, y rescataron del fondo de la luz las cosas que
    durante años se habían perdido en la
    oscuridad.

    En la premiación final los hermanos fueron
    aclamados como ejemplo para la escuela, y les
    dieron diplomas de excelencia. Esta vez no tuvieron que pedir
    nada, porque los padres les preguntaron qué
    querían. Ellos fueron tan razonables, que sólo
    quisieron una fiesta en casa para agasajar a los
    compañeros de curso. Los padres pensaban que era un
    símbolo de madurez.

    El miércoles siguiente, mientras los padres
    estaban en el cine, la gente que pasó por la Castellana
    vio una cascada de luz que caía de un viejo edificio
    escondido entre los árboles. Pues habían abierto tantas
    luces al mismo tiempo que la casa se había rebosado, y
    todo el cuarto año elemental de la escuela de San
    Julián el Hospitalario se había ahogado en el piso
    quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. En Madrid
    de España,
    una ciudad remota de veranos ardientes y vientos helados, sin mar
    ni río, y cuyos aborígenes de tierra firme nunca
    fueron maestros en la ciencia de
    navegar en la luz.

    EL RASTRO DE TU SANGRE EN LA NIEVE

    Se habían casado tres días antes, en
    Cartagena de Indias. Nadie, salvo ellos mismos, entendía
    el fundamento real ni conoció el origen de ese amor
    imprevisible. Había empezado tres meses antes de la boda,
    un domingo de mar en que la pandilla de Billy Sánchez, el
    novio, se tomó por asalto los vestidores de mujeres de los
    balnearios de Marbella. Nena Daconte, la novia, había
    cumplido apenas dieciocho años, acababa de regresar del
    internado de la Châtellenie, en Saint-Blaise, Suiza,
    hablando cuatro idiomas sin acento y con un dominio maestro
    del saxofón tenor, y aquel era su primer domingo de mar
    desde el regreso. Se había desnudado por completo para
    ponerse el traje de baño cuando empezó la estampida
    de pánico y los gritos de abordaje en las casetas vecinas,
    pero no entendió lo que ocurría hasta que la aldaba
    de su puerta saltó en astillas y vio parada frente a ella
    al bandolero más hermoso que podía concebir.
    Entonces Billy cumplió con su rito pueril: se bajó
    el calzoncillo de leopardo y le mostró su respetable
    animal erguido. Ella lo miró y sin asombro afirmó
    que los había visto más grandes y
    firmes.

    Llegaron a conocerse mientras se le soldaban los
    huesos de la
    mano, que se había astillado en aquella aventura
    erótico-festiva, y él mismo se asombró de la
    fluidez con que ocurrió el amor cuando ella lo
    llevó a su cama de doncella una tarde de lluvias en que se
    quedaron solos en casa. Todos los días a esa hora, durante
    casi dos semanas, se entregaron uno a otro sin el menor pudor. Ya
    casados, cumplieron con el deber de amarse mientras las azafatas
    dormían en mitad del Atlántico, encerrados a duras
    penas y más muertos de risa que de placer en el retrete
    del avión. Sólo ellos sabían entonces,
    veinticuatro horas después de la boda, que Nena Daconte
    estaba encinta desde hacía dos meses.

    La misión
    diplomática de su país lo recibió en el
    salón oficial. El embajador y su esposa no sólo
    eran amigos desde siempre de la familia de
    ambos, sino que él era el médico que había
    asistido al nacimiento de Nena Daconte, y la esperó con un
    ramo de rosas tan
    radiantes y frescas que hasta las gotas de rocío
    parecían artificiales. Al coger las rosas se pinchó
    el dedo con una espina del tallo y el dedo le empezó a
    sangrar, pero no le dieron mayor importancia. Más tarde le
    prestaron atención al dedo ensangrentado y pensaron ir a
    una farmacia pero pasaron alguna de largo y cuando se quisieron
    dar cuenta ya llegaban a París. El pinchazo era casi
    invisible. Sin embargo, tan pronto como regresaron al coche,
    después de comer algo y limpiarse la herida, volvió
    a sangrar, de modo que Nena Daconte dejó el brazo colgando
    fuera de la ventana, convencida de que el aire glacial de las
    sementeras tenía virtudes de cauterio. Fue otro recurso en
    vano, pero todavía no se alarmó. «Si alguien
    nos quiere encontrar será muy fácil», dijo
    con su encanto natural.«Sólo tendrá que
    seguir el rastro de mi sangre en la nieve.»

    Después de aquello, poco, a poco, se comenzaron a
    alterar, ya que el dedo sangraba y sangraba sin parar y todo se
    comenzaba a empapar de sangre. Una vez llegaron al hospital, Nena
    Daconte se quedó con el doctor en una camilla y Billy
    Sánchez esperó fuera. Nena Daconte ingresó a
    las 9.30 del martes 7 de enero. Billy Sánchez estuvo
    durante mucho tiempo intentando que lo dejaran entrar en el
    hospital, eso mientras sabía donde estaba, porque al poco
    tiempo se perdió y no supo encontrarlo y hizo todo lo
    posible para volver a encontrarlo y ver a su mujer hasta que por
    fin lo encontró.

    El médico levantó sus ojos desolados,
    pensó unos instantes y entonces lo
    reconoció.

    – Pero ¿dónde diablos se había
    metido usted? -dijo.

    Billy Sánchez se quedó
    perplejo.

    -En el hotel -dijo-. Aquí, a la
    vuelta.

    Entonces lo supo. Nena Daconte había muerto
    desangrada a las 7.10 de la noche del jueves 9 de enero,
    después de setenta horas de esfuerzos inútiles de
    los especialistas mejor calificados de Francia. Hasta
    el último instante había estado lúcida y
    serena, y dio instrucciones para que buscaran a su marido en el
    hotel Plaza Athenée, donde tenían una
    habitación reservada, y dio los datos para que se
    pusieran en contacto con sus padres. El embajador en persona se
    encargó de los trámites del embalsamamiento y los
    funerales, y permaneció en contacto con la Prefactura de
    Policía de París para localizar a Billy
    Sánchez. Durante cuarenta horas fue el hombre más
    buscado de Francia y se difundieron fotografías por todos
    los medios de
    comunicación.

    Conclusión:

    El texto entero me ha sorprendido porque no era lo que
    me esperaba. Hay mucha fantasía, la cual yo le
    quitaría para hacerla más creíble, y las
    historias son mayoritariamente muy distintas y con hechos muy
    trágicos. Es interesante en el descubrimiento del escritor
    García Márquez, además de tratar de
    descifrar el final, tan inesperado.

    Dentro de todo el relato se hace claro el amor del autor
    por su tierra y los habitantes de la misma. Además utiliza
    palabras que "hacen al libro al libro más
    latinoamericano".

    Los cuento que más me gustaron fueron "Solo vine
    a hablar por teléfono", "El verano feliz de la
    señora Forbes" y "El rastro de tu sangre en la
    nieve".

    Mariana G

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