El estilo político Peronista

Indice
1. El liderazgo peronista
2. Paralelo entre Yrigoyen y Peron
3. Peron y el gobierno militar
4. El coronel Peron y el movimiento obrero argentino
5. El partido laborista
6. La coalicion peronista
7. El partido peronista
8. La nueva elite dirigente
9. El führerprinzip o culto a la personalidad
10. La diarquia peronista
11. Peronismo y estado
12. El uso del patronazgo oficial en el estilo peronista
13. Decadencia y caída del primer peronismo
14. Santa Evita
15. La decadencia del estilo peronista
16. El Conflicto Con La Iglesia

1. El liderazgo peronista

Las fuerzas armadas, después de la exitosa culminación del golpe de Estado, se vieron en posesión del supremo poder político del país, sin poder determinar exactamente los procedimientos a implementar para solucionar los problemas, que a su juicio, afectaban a la Nación. Las primeras proclamas del gobierno militar estaban concebidas en un enfático tono nacionalista, pero poco decían acerca de sus planes políticos concretos, salvo en materia de desarrollo industrial.

Muchos militares sabían que la condición principal para alcanzar la grandeza nacional era la existencia de una base industrial. Sin industria, sin siderurgia, sin petróleo, no habría Argentina grande. Si bien puede decirse que el gobierno militar no condujo el proceso de industrialización, concretó algunas iniciativas interesantes para estimularlo: creó el banco de Crédito Industrial, dictó medidas para el fomento y defensa de la industria, promovió las fabricaciones militares, se preocupó por la formación de aprendices y técnicos, estableció una Secretaría de Estado específica e instauró el Día de la Industria. Lo demás corrió por cuenta de los empresarios argentinos, de su ingenio, su espíritu de aventura y su optimismo, y por supuesto, de la guerra. "Lo importante –dice Luna- no es tanto el saldo que quedó en términos estadísticos –que fue mucho- sino la conciencia que dejó afirmada en el país. Se había roto un viejo tabú cuidadosamente alimentado por las clases dirigentes vinculadas a la producción agropecuaria. Ahora resultaba que los argentinos no solamente sabían producir carne y cereales sino que también podían fabricar, pasablemente bien, telas, productos químicos, manufacturas de toda clase, partos para el hogar, accesorios para automóviles, camiones y tractores, elementos ferroviarios. Fue una conciencia que contribuyó a hacer más sólida la nueva visión del hombre argentino sobre su país; el país que diez años antes miraba la cara de la desocupación, la ‘mishiadura’ y la crisis, y ahora desbordaba de actividad, trabajo e iniciativa, en una euforia pocas veces conocida".

Después del 4 de junio de 1943 las fuerzas armadas carecían de un plan político y de un líder que asumiera la responsabilidad de su ejecución, o sea, de un dirigente en quien delegar la representación política del movimiento. Y, lo más importante, les quedaba por elaborar una metodología capaz de concertar el apoyo de las restantes fuerzas políticas hacia el logro de sus objetivos de gobierno. La necesidad de resolver con rapidez y eficacia esos tres problemas desencadenó un proceso de selección dentro de las fuerzas armadas. En ese proceso el coronel Juan Domingo Perón se destacó como el oficial con mayor talento político, entre los que competían por el poder y no tardó en convertirse en figura dominante dentro del gobierno militar.

Al respecto de la personalidad del coronel Juan Domingo Perón, uno de sus más acérrimos opositores políticos, Bonifacio del Carril, -que por ese entonces mantenía con él un trato diario- nos brinda el siguiente perfil: "Tenía una memoria notable, especialmente para recordar hechos y circunstancias, y para reconocer a las personas, condición que le permitió en poco tiempo tratar y atraer a una gran cantidad de individuos en su carrera política, partiendo literalmente de cero. Poseía una gran facilidad de palabra, con una oratoria directa y efectiva, y cierto ingenio para inventar o utilizar chascarrillos, dichos y apodos populares. Decía que la mentira tenía patas cortas, pero no era demasiado respetuoso de la verdad e improvisaba sobre cualquier cosa, con o sin conocimiento de la causa. Se contradecía sin rubor. Era muy hábil a su manera para manejar el tono de sus conversaciones privadas y de sus discursos públicos, según el resultado que quería obtener. Envolvía al interlocutor, dándole la razón por anticipado para evitar discusiones, y luego recogía el argumento y lo daba vuelta según su intención. El fin que justifica los medios era para él una norma habitual. Explicaba sus actitudes sosteniendo que le eran impuestas por razones ajenas a su voluntad. En esto era cínicamente inteligente. Decidió conquistar a las masas, comprendiendo claramente que la pretensión de hacerlo desde afuera era vana y que, en cambio, debía identificarse con ellas, si quería conducirlas. Lo hizo con gran habilidad, deliberada y conscientemente. En su prédica empleaba un recurso dialéctico primario: inventaba la existencia de un adversario o una idea contraria para tener a quien atacar y refutar como base de la argumentación que desarrollaba. Utilizó con este fin la figura del oligarca y después, la del contrera, palabra que inventó y define claramente esta peculiaridad. De esta manera dividió al país."

"La política era para Perón la lucha por el poder, que sentía físicamente, pero no el poder formal de las instituciones constitucionales sino el poder real de los estamentos básicos de la estructura social: el ejército, las entidades profesionales, patronales y obreras, la jerarquía eclesiástica. Adueñado de la fuente del poder, el dominio de las instituciones formales resultaría una simple consecuencia. En materia electoral repetía que los que tienen más votos vencen siempre a los que tienen menos votos. Esta verdad de perogrullo, la necesidad de tener más votos, lo llevó a plantear la opción electoral en términos que trascendían el simple voto de clase de los gremios obreros. Planteó el caso en forma más amplia: el voto de los de abajo contra el de los de arriba, porque los que están abajo –obreros, empleados, pequeños comerciantes e industriales, profesionales- son siempre más numerosos que los que están arriba –capitalistas, empresarios, grandes comerciantes e industriales, banqueros-. En la democracia masiva el voto siempre es posicional. Perón nunca olvidó este punto de partida. Quería todo el poder, y no toleraba ninguna oposición, porque la oposición comportaba quitarle parte del poder. Hizo imposible para disuadirla y neutralizarla, y atraerla para anularla. El juego democrático de una mayoría gobernante y una minoría opositora era incompatible con su modo de pensar, sentir y actuar."

"La primera tarea que tuvo que afrontar fue la aquiescencia y el consentimiento de sus colegas militares. Para ello inventó o utilizó el tan mencionado G.O.U. Perón sabía cómo conducir y manejar a sus compañeros de armas. Les hizo creer que todos eran iguales, pares en el G.O.U..." Se transformó en jefe del G.O.U. del ejército y del gobierno..."

2. Paralelo entre Yrigoyen y Peron

Parece importante trazar un paralelo entre Yrigoyen y Perón, en forma similar al que anteriormente realizara el historiador Manuel Gálvez entre el líder radical y el general Julio A. Roca. En este sentido debemos comenzar por recordar que estos caudillos dieron origen a los dos grandes partidos políticos que en Argentina reúnen la mayoría de las preferencias electorales: la Unión Cívica Radical y el Partido Justicialista. Desde la aparición del peronismo como partido político en 1945 todos los gobiernos constitucionales del país fueron implementados por alguno de estos dos grandes partidos, ya sea en forma independiente o conformando alianzas con otras agrupaciones políticas minoritarias. Así como Perón decía que en la Argentina de su tiempo se nacía conservador o radical, desde su aparición en la escena política nacional en nuestro país las grandes mayorías nacionales son radicales o peronistas.

Pero las similitudes no se agotan en este punto ambos llegaron en más de una oportunidad a la presidencia de la nación – Perón es el único argentino electo tres veces a la presidencia- por el voto libre de los ciudadanos. Ambos hicieron una primera presidencia considerada como muy buena y no pudieron completar su segundo período porque un golpe de Estado militar se lo impidió. Tras su derrocamiento ambos debieron soportar calumnias y proscripciones. Ambos estuvieron detenidos en la isla de Martín García. Y a su muerte fueron despedidos con dolor por el mismo pueblo que los había amado en vida y apoyado en las urnas.

Aunque de indudable vocación democrática los dos participaron de golpes de Estado: Yrigoyen tomó parte de la Revolución del Parque en 1890 y organizó la Revolución Radical de 1905, en ninguno de estos casos tuvo éxito. Perón fue más afortunado en 1930 participó del derrocamiento de Yrigoyen –aunque después se arrepentiría de esta intervención- y en 1943 fue un actor principal en el derrocamiento del gobierno de Ramón S. Castillo.

Ambos contribuyeron a consolidar el sistema democrático ampliando la participación política. Yrigoyen impulso el voto secreto y a abrió la participación política a los estratos medios. Perón estableció el voto femenino y abrió la participación a los sectores populares. Tanto Yrigoyen como Perón fueron capaces de imponer como sucesores a políticos menores sin ningún apoyo electoral: Marcelo T. De Alvear y Héctor J. Campora. Ambos fueron líderes reformistas que consideraron a los sectores del poder oligárquico como sus principales antagonistas. Hablaron mucho de una "revolución", pero se limitaron a introducir reformas y correcciones a las instituciones democráticas. No obstante una cosa es evidente y conviene reiterarla; la Argentina no fue la misma después de su paso por el poder.

Pero, más allá de estos aspectos que los identifican muchos otros los diferencian.

Yrigoyen era un idealista que se guiaba por una férrea moral derivada de la filosofía krausista. Aunque se enriqueció con su esfuerzo y trabajo en la actividad privada murió pobre en medio de la mayor austeridad y pobreza. Era un hombre recto que por sobre todo honraba su palabra y que consideraba que un apretón de manos era suficiente para sellar un compromiso. El líder radical era circunspecto e introvertido, le gustaba rodearse de un aura de misterio, jamás habló en público y su oratoria era pobre y compleja. Compensaba sus deficiencias como orador con un particular magnetismo personal que imponía en los contactos directos cara a cara con sus interlocutores. Sabemos que curso estudios universitarios y que fue profesor de filosofía. Pero sus alumnos lo recordaban como un mal profesor, no dejó ningún libro escrito, odiaba mantener correspondencia y los textos de sus discursos y escritos son de escaso valor literario, ideológico o político. Como se ha dicho anteriormente, nunca salió del país, ni mostró interés por los adelantos científicos, más bien tenía cierto rechazo hacia las innovaciones de su tiempo tales como el teléfono o el avión.

Perón era un pragmático que no se guiaba por principios filosóficos o políticos rígidos sino que tomaba las ideas que mejor le servían según las circunstancias. Aunque no los citaba su accionar parecía guiado por una muy particular combinación de los principios de conducción militar de Clausewitz y los consejos políticos de Maquiavelo. Aunque Perón no era pobre tampoco poseía una gran fortuna pero es evidente que dejó el gobierno con mas dinero que con el que ingresó y a su muerte su herencia fue considerable. Perón era extrovertido, un orador consumado que podía crear un vínculo especial tanto con sus auditorios como en las entrevistas particulares. Para ello acomodaba sus argumentos recurriendo a simplificaciones, exageraciones o pequeñas inexactitudes. Acompañaba sus discursos con gesticulaciones, sonrisas cautivadoras y guiños cómplices.

Sus únicos estudios fueron de carácter militar, pero los completó con intensas lecturas. Esta formación no sólo le permitió convertirse en profesor de la Escuela de Guerra sino dejar gran cantidad de libros no sólo doctrinarios, sino también estudios históricos y de estrategia militar, también produjo otros escritos y una frondosa correspondencia con distintas personas. Durante su exilio forzado recurrió a la grabación de discos y videos para difundir sus ideas. Perón era un hombre de mundo abierto a todas las innovaciones y cambios. Antes de llegar a la presidencia Perón había vivido en Chile como diplomático y recorrido la Europa del período previo a la Segunda Guerra Mundial. Después de su derrocamiento, vivió diecisiete años fuera de la Argentina. Durante este exilio vivió en Paraguay, Panamá, Venezuela, Santo Domingo y España. Mostró siempre un especial interés en el futuro. Uno de sus sentencias predilectas era augurar que el año 2000 encontraría a la América Latina unida o dominada.

También se diferenciaron en su vida privada. Yrigoyen no se casó nunca, sin embargo tuvo numerosas parejas y varios hijos a los cuales no reconoció. Pero como cubrió su intimidad con un manto de reserva y hasta secreto no fue cuestionado por ello. Sin embargo, su entorno siempre fue familiar. De joven contó con el apoyo de su tío Leandro Alem y luego del afecto de su hermano y de su hija Elena quien lo acompañó hasta sus últimos momentos.

Perón, por el contrario se casó en tres oportunidades y enviudó dos veces pero no tuvo hijos. Al ser más abierto y haber convertido a sus esposas en personalidades políticas sufrió múltiples ataques por su vida privada, en especial por su predilección por las mujeres mucho menores que él. Puede decirse que era un hombre solitario, distanciado por razones profesionales de su entorno familiar. Su círculo íntimo se fue modificando con el tiempo y con sus sucesivos matrimonios. Sus últimos días lo encontraron rodeado de un muy particular entorno conformado por su tercera esposa María Estela Martínez Cartas y un personaje siniestro: su secretario y Ministro de Bienestar Social, José López Rega. Un ex cabo de la Policía Federal, de inclinaciones exotéricas, a quien sus íntimos llamaban "hermano Daniel".

Tal es el paralelo que podemos establecer entre dos de los hombres más destacados de la política argentina en la primera mitad del siglo XX.

3. Peron y el gobierno militar

Fue mérito del coronel Perón el que, luego de algunos meses en los cuales pretendió ocultar ese vacío de concepción apoyándose en modelos autoritarios de derecha, el gobierno militar desarrollara un programa político propio. Por iniciativa suya se confeccionaron amplios informes acerca de la situación de las diferentes ramas de la economía y se comenzó a aplicar una política de estímulo y protección a la industria nacional. También por iniciativa suya se confeccionaron amplios informes acerca de la situación de las diferentes ramas y se comenzó a aplicar una política de estímulo y protección a la industria nacional. También por iniciativa suya se encaró la indispensable reforma de la legislación social, creando una serie de nuevas situaciones en el ámbito del trabajo y de la salud pública y se dictaron numerosas leyes de protección a los estratos más bajos de la población. A su influencia se debe también el abandono de la actitud estrictamente neutral y se procuró un mayor acercamiento a los aliados, cuya victoria sobre las potencias del Eje se insinuaba cada vez con mayor claridad.

Gracias a su habilidad táctica, el apoyo de numerosos y leales partidarios entre la oficialidad y el completo dominio del Grupo Obra de Unificación –que constituía un eficaz órgano de control del gobierno militar-, una logia militar que dirigía junto con los coroneles Montes, Gilbert, Imbert y González . Mucho se ha especulado sobre el carácter de esta logia y su influencia dentro de las filas del Ejército. María Sáenz Quesada ha resumido el programa e ideología del GOU diciendo que: "La ideología preponderante en la Logia era simple: se temía al comunismo a la revolución social y a la posible influencia de radicales, socialistas, demoprogresistas y comunistas en un Frente Popular, tal como había ocurrido en España en 1936. La celebración multitudinaria del 1º de mayo de 1943, con banderas rojas y puños en alto, pareció confirmar los peores pronósticos".

"El GOU creía en el orden, la jerarquía, la defensa de la neutralidad y en la tradición católica del país. No eran nazis aunque varios de sus integrantes fuesen abiertamente germanófilos, pero puestos a elegir un modelo político preferían el corporativismo fascista a la democracia liberal. Temían que por culpa de la democracia el país quedara indefenso como había sucedido en la Tercera República francesa con relación al rearme alemán. Se justificaban imaginando que el Ejército encarnaba las fuerzas sanas del país y los códigos de la honradez, la palabra, el honor y el desinterés patriótico. Venían escuchando elogios desmesurados en ese sentido desde que Leopoldo Lugones pronosticó en 1925 el advenimiento de la "la hora de la espada".

Perón intervino en forma cada vez más frecuente en los procesos de decisión política dentro del Gobierno, hasta que llegó a hacerse, prácticamente, cargo del poder. Su ascenso político se refleja en la gran cantidad de cargos políticos que acumula durante el año 1944. Es designado Ministro de Guerra, Vicepresidente de la Nación y Presidente del sumamente importante Consejo de Posguerra. Si a eso se le suman las posiciones que ya había ocupado con anterioridad, sobre todo la de Secretario de Trabajo y Previsión, y si se tiene en cuenta que el Presidente de la Nación, general Edelmiro J. Farrel, era su antiguo jefe, pertenecía al igual que él a la especialidad de tropas de montaña y se encontraba sometido a su total influencia, se tendrá una idea aproximada del poder que había logrado concentrar en sus manos a esa altura Perón.

Poco a poco el gobierno militar comprendió la importancia del tercer problema que había de afrontar: ganar el apoyo de las principales fuerzas políticas. Es evidente que al comienzo partió de la idea que para la legitimación política de las fuerzas armadas bastaba la conciencia de su responsabilidad y la capacidad de servicio demostradas al encarar algunas reformas urgentes. Pero si bien es cierto que muchos grupos civiles reconocían la urgencia de tales reformas, el éxito de las providencias adoptadas no siempre estaba de acuerdo con las expectativas y sobretodo no alcanzaba a compensar la pérdida de libertad de acción y expresión política que se veía obligada a aceptar la población bajo un régimen militar. Después de dos años en los cuales los militares gobernaban, sólo habían chocado contra una ocasional resistencia; sin embargo, en la primavera de 1945 se constituyó un sólido frente opositor que no solo contaba con el apoyo de la elite tradicional, desplazada del poder en 1943, sino que incluía fuerzas tan diversas como las universidades, entidades empresarias, la totalidad de los partidos políticos y sectores profesionales pertenecientes a los estratos medios.

Conforme se fue desarrollando la escalada opositora, el gobierno militar adoptó una serie de medidas destinadas a apaciguar los ánimos. El 30 de junio anunció que hasta ese entonces habían recuperado la libertad trescientos setenta y cinco presos políticos. Locales de partidos políticos como la Casa del Pueblo y la Casa Radical fueron restituidas a sus legítimos propietarios. El Partido Comunista fue reconocido legalmente y se permitió la reapertura de los locales del Sindicato Obrero de la Alimentación y de la Federación Obrera de la Industria de la Carne. El decreto que había disuelto a la Federación Universitaria Argentina fue derogado. El 6 de julio de 1945, el general Farrel anunció que se convocaría a elecciones antes de fin de año y el primero de agosto entró en vigor el nuevo estatuto que regía el funcionamiento de los partidos políticos. Las modificaciones a la legislación electoral -ley Sáenz Peña- y al Código Penal objetadas por la oposición se dejaron sin efecto. Finalmente, el 6 de agosto el gobierno levanto el estado de sitio.

La reacción de las fuerzas armadas ante las exigencias de los partidos políticos tradicionales no fue uniforme. Muchos jefes y oficiales comenzaron a distanciarse del gobierno. Los grupos más influyentes dentro del ambiente militar, en cambio, buscaron apoyo en la población para neutralizar la presión opositora. La base de apoyo residía entre los obreros y los empleados que integraban los sectores populares. Estos habían resultado más favorecidos por las reformas laborales aplicadas por el Gobierno, y, en consecuencia, veían en el coronel Perón –indiscutible promotor de dichas reformas- a su defensor. Perón no tardó en consolidar la relación de lealtad existente en esos sectores convirtiéndolos en un sólido respaldo para el gobierno militar.

Estas medidas no resultaron suficientes para asegurar, ni con mucho, la estabilidad del gobierno militar hasta la salida electoral. El enfrentamiento alcanzó su culminación a comienzos del mes de octubre de 1945, cuando ante la presión conjunta de opositores civiles militares, el coronel Perón debió renunciar a todos sus cargos en el gobierno y fue sometido a arresto.

Los sucesos políticos habrían tomado un curso muy diferente si la oposición se hubiera conformado con despojar del poder a Perón. Pero fue más allá y volvió a exigir el inmediato retiro de todo el gobierno y su reemplazo por uno surgido de la Corte Suprema de Justicia. Las fuerzas armadas no podían, ni querían someterse a esta exigencia, pues ello habría significado dar por concluido el movimiento revolucionario de junio del 43 y admitir su fracaso político algo que no podían aceptar ni siquiera los militares que cuestionaban la figura de Perón. Cuando las fuerzas armadas parecían encontrarse en un callejón sin salida la movilización popular del 17 de octubre les evitó la necesidad de reconocer su fracaso, y les abrió la posibilidad de proseguir su obra de gobierno en forma constitucional, apoyando la candidatura de Juan D. Perón para las próximas elecciones.

Los militares comprobaron que el apoyo popular con que pretendía contar su cuestionado camarada era algo más que vana jactancia y esto daba la ocasión a un régimen que se encontraba acosado y a la defensiva de convertir su derrota en victoria y de obtener una continuidad que ni los elementos más optimistas del gobierno soñaban. Con ese amplio respaldo popular no sólo se podía evitar la humillante derrota que representaba para las fuerzas armadas la entrega del gobierno a la Corte Suprema de Justicia, sino que incluso la salida electoral no significaba necesariamente el traspaso del poder a la oposición. Si la evidente popularidad de Perón le permitía imponerse en elecciones limpias, el movimiento militar quedaría justificado y las fuerzas armadas legitimadas.

La mayor parte del Ejército se decidió entonces –no sin tener que vencer en muchos casos problemas de conciencia- por esta imprevista posibilidad que se abría para una salida honorable y eventualmente triunfal, y se dispuso a secundar el proyecto político del coronel Juan D. Perón.

Así, muchos jefes y oficiales que no aprobaban a Perón y a su naciente estilo político, sin embargo apoyaron su candidatura presidencial para asegurar la continuidad de la obra revolucionaria y para salvar el prestigio de las fuerzas armadas.

Pero, si los militares supieron interpretar con claridad los sucesos que culminaron con el 17 de octubre, la oposición no hizo la misma lectura. Al fracasar su intento de derrocar al régimen militar se contento con el alejamiento de Perón de sus cargos gubernamentales y su pedido de retiro. Aún cuando a los pocos días fue evidente que no había perdido su influencia en el gobierno, los partidos tradicionales y los políticos profesionales veían con cierto desdén las dotes políticas de ese militar. Después de todo no era más que un advenedizo que hasta hacía dos años sólo se ocupaba de las cuestiones propias de los militares. ¿Qué podría hacer contra la oposición de todos los partidos políticos unidos y de los sectores "esclarecidos" de la sociedad?

Los políticos tradicionales se negaban a aceptar que por primera vez en nuestra historia, una movilización de los sectores obreros determinaba un cambio sustancial en la situación nacional. El hecho significaba también la iniciación de una nueva etapa en la historia del movimiento obrero, cuyo peso político será desde entonces imposible de ignorar.

4. El coronel peron y el movimiento obrero argentino

Llegados a este punto, es preciso referirnos a la particular relación entablada entre el coronel Perón y el movimiento obrero, que será una de las características esenciales del estilo político peronista.

Perón tenía plena conciencia de la importancia que podían tener las estrategias políticas y emocionales para captar a la masa trabajadora sin una posición política definida hasta el momento, si las apoyaba sobre una base material e institucional. Por eso, la elevación del nivel de vida y la mejora de la posición social de los estratos populares constituyeron el centro de sus esfuerzos de gobierno.

Inicialmente, el gobierno militar había adoptado una posición hostil hacia el movimiento obrero. Suprimió una de las dos Confederaciones Generales del Trabajo, muchos sindicatos fueron intervenidos por el gobierno, mientras que la C.G.T. sobreviviente fue sometida a distintos controles. Los dirigentes sindicales y políticos, principalmente comunistas y otros de izquierda fueron sometidos. En octubre de 1943 se estableció una ley sumamente restrictiva que debía regular los sindicatos y que fuera muy resistida por los dirigentes sindicales. Si bien Perón la suspendió en diciembre, la aplicación de facto de su propósito fundamental no cambió: sólo los gremios reconocidos oficialmente por el gobierno podían representar a obreros en los convenios colectivos.

Las primeras medidas netamente favorables a los sectores obreros fueron adoptadas unos seis meses después del movimiento militar de junio cuando el coronel Perón se hizo cargo del Departamento Nacional del Trabajo, una repartición con funciones de asesoría y la transformó en un organismo con competencias más amplias y con considerables recursos administrativos: la Secretaría de Trabajo y Previsión. La comprensión y el interés de Perón por los problemas del movimiento obrero le permitió convertir en pocos meses a esa Secretaría en un centro de decisión de todos los problemas y conflictos vinculados con el movimiento obrero y las entidades sindicales.

La política seguida por el coronel Perón con respecto a los sindicatos fue muy flexible y utilizando tanto el hostigamiento como la atracción frente a las organizaciones y los dirigentes. Aquellos gremios que se oponían a sus intereses podían ser desconocidos o cancelada su personería gremial; también podían ser disueltos o suprimidos –la estrategia empleada variaba de acuerdo al clima político, las orientaciones ideológicas, el grado de amenaza política, etc.- De cualquier modo, ningún gremio que no mostrase su disposición a colaborar podía obtener alguna mejora para sus afiliados en los conflictos laborales, en la legislación, en los servicios sociales, etc. También las oportunidades de éxito de un dirigente gremial para lograr mejores condiciones para los trabajadores dependían de sus actitudes: ideológicas, personales y de organización. La flexibilidad podía convertirse en marginación y hostilidad: Luis Gay y Cipriano Reyes son ejemplos de esta actitud. Pero si bien la masa obrera perdió su autonomía en la cúspide durante la época peronista, debe reconocerse que continuó ejerciendo una importante presión a nivel de base, presión que a veces impuso limitaciones y condiciones a la conducción de la C.G.T.

Además, se estableció un gran número de gremios nuevos: en 1941 había 356; y en 1945 éstos llegaban a 969. En gran medida este incremento respondía a la aparición de gremios paralelos creados, con el apoyo oficial, para sustituir aquellos que rechazaban o se oponían a la política de Perón, en tanto otros representaban nuevas ramas de actividad a otras previamente no agremiadas. No siempre, pero a menudo, los nuevos gremios eran poco más que organizaciones sobre el papel. Sin embargo, sirvieron a un propósito importante: el de establecer una red de organización entre el movimiento obrero, difundir los resultados de la política laboral de Perón y en especial estimular el contacto directo –en manifestaciones masivas- con el líder, como también aumentar el número de personas favorables a Perón en el Comité Central Confederado, en la Asamblea General y otros órganos de la Confederación General del trabajo.

Este proceso fue fundamental en la configuración de la relación directa entre los recién llegados y el líder carismático. Los gremios que adhirieron al estilo político peronista sólo fueron instrumentos en este proceso y proporcionaron el marco administrativo y legal para los convenios colectivos. Más importante de todo, proporcionaron el clima necesario para facilitar los lazos personales de Perón con los dirigentes a través de visitas a plantas y sindicatos, así como también los frecuentes actos masivos en los cuales el coronel Perón presentaba las concesiones oficiales como conquistas obreras. En efecto, este procedimiento junto con una utilización de los medios de comunicación de masas, especialmente la radio, fue uno de los factores centrales para erigir la figura de Juan D. Perón, como el abanderado de los pobres, el único que comprendía y protegía a los trabajadores, los "humildes", término que claramente revelaba la imagen dicotómica –todavía tradicional de la estratificación-, basada en la antinomia entre ricos y pobres.

Un decidido antiperonista, el intelectual de la izquierda radical Marcos Aguinis describe claramente la relación entre las masas obreras y Perón. "El usos frecuente de la radio –afirma Aguinis refiriéndose a Perón- lo puso en contacto directo con todo el país. Las multitudes postergadas se estremecieron ante el milagro: un militar con poder se manifestaba su protector. Ya no se trataba del gesto corto que tenía lugar en el comité: el regalo de un abrigo, la ayuda de una recomendación. Era una situación insólita, porque desde arriba se propugnaba repartir bienes y establecer derechos que dormían en las legislaturas".

El acceso a grandes masas obreras fue efectivamente una de las metas fundamentales de la estrategia de Perón, como lo reconocieron más tarde ciertos sindicalistas que pensaron que esta relación era un precio exiguo para compensar los beneficios logrados por los sindicatos. En gran medida, para los obreros no agremiados significó que sus victorias lograban a través del esfuerzo personal del líder.

Los centenares de disposiciones, resoluciones y dictámenes emitidos por el organismo entre 1943 y 1946, contenía ya todas las figuras jurídicas y los principios básicos de la política social peronista: la mayoría de ellas persigue dos objetivos básicos: la valorización social de los trabajadores, su reconocimiento como miembros de la comunidad nacional, con todos los derechos que ello implica, y la mejora de sus condiciones económicas.

Quizá entonces, el máximo mérito del coronel Perón –conviene reiterarlo una vez más- consistió en sacar de su aislamiento social y político al gobierno militar a través del cual llegó al poder y en haber concretado sus planes políticos con el apoyo popular, y no contra la voluntad de éste. Mediante el apoyo de los estratos populares, los cuales por primera vez en la historia del país, eran tenidos en consideración y favorecidos por los dirigentes políticos. El gobierno los instaba a presentar sus exigencias y sus quejas, y representaba sus intereses ante los restantes grupos sociales. El éxito de los pocos sindicatos que respondieron inicialmente a esta invitación ejerció rápido efecto sobre las restantes organizaciones laborales. Provocó un paulatino cambio de actitud del movimiento obrero respecto del Estado, hizo que olvidara su escepticismo ante la política y los políticos y, este incremento del interés popular en el proceso político creó una mayor disposición a intervenir en forma activa en este proceso.

El movimiento obrero fue el sector social más numeroso de los que apoyaron a Perón; pero además de él, hubo muchos otros sectores sociales y políticos que proporcionaron a Perón su respaldo. Entre estos últimos cabe señalar sobre todo, aquellos sectores de los estratos medios, interesados en el desarrollo de una industria nacional independiente, así como algunos grupos de gran influencia dentro de la burocracia estatal, del clero y de las fuerzas armadas.

Si tenemos en cuenta la actitud de rechazo con la cual la elite tradicional había acogido las tentativas de integración de los sectores populares, entre 1930 y 1943, y la comparamos con la plétora de reformas sociales que mejoraron en forma decisiva el status social y la situación económica de los obreros en un plazo de apenas dos años, comprenderemos que la toma de posición de los obreros respecto del coronel Perón estuvo en un todo de acuerdo con la apreciación política del Secretario de Trabajo y Previsión. En los círculos de la elite tradicional –especialmente aquellos ligados al quehacer empresarial- la política social de Perón era contemplada como un injustificado recorte de sus bienes y posición social. De todos modos, cualquier ataque contra esa política, tenía escasas posibilidades de éxito mientras las fuerzas armadas respaldaran al gobierno y el prestigio de la Secretaría de Trabajo y Previsión continuará en aumento entre el pueblo. Pero al constituirse una oposición, en el año 1945, la elite vio la posibilidad de intervenir a través de las organizaciones empresariales, en forma más activa en la confrontación política, presentando sus intereses particulares como problemas de interés general.

Hacia mediados del año 1945, las organizaciones empresariales se dirigieron a la opinión pública en un manifiesto, en el cual criticaban la política social emprendida por el gobierno y exigían la revisión de todas las disposiciones legales. La respuesta del movimiento obrero no se hizo esperar, los sindicatos rápidamente comunicaron su apoyo al gobierno. Las manifestaciones de solidaridad a Perón alcanzaron su primer punto culminante en una demostración masiva ante el local de la Secretaría de Trabajo y Previsión, a la que concurrieron unos tres mil trabajadores.

En esta oportunidad Perón aprovechó para advertir a los trabajadores sobre el peligro que corrían sus "conquistas" e insistiendo sobre el hecho de que tanto ellos como el gobierno se enfrentaban con el mismo enemigo: "La clase trabajadora se encuentra hoy frente a un grave problema: el de la continuidad de las conquistas sociales obtenidas, de impedir la posibilidad de que por subterfugios legales o constitucionales se le resten algunos de los beneficios que tan meritoriamente ha alcanzado. Esos dos objetivos importan tanto a la clase trabajadora como para el gobierno de la Nación. El día que nosotros desaparezcamos, quedarán ustedes librados a sus propios medios. El Estado ha impedido que esos poderosos enemigos que existen hayan podido incidir sobre las soluciones que se han procurado en bien de la clase trabajadora, pero no estando nosotros no podremos de ninguna forma garantizar que esa situación no se produzca. En estos momentos parece que las fuerzas que los combaten a ustedes y que nos combaten a nosotros son las mismas. Tenemos un enemigo común..."

Pero estos acontecimientos sólo fueron el anuncio de la actitud que habrían de seguir los trabajadores en la decisiva semana del 9 al 17 de octubre, cuando, como dijéramos anteriormente, el coronel Juan D. Perón se vio obligado a retirarse de todos sus cargos, ante la presión de las fuerzas opositoras, y debió cumplir un arresto militar. La movilización popular en solidaridad con la política social y la figura de Juan D. Perón obligó a los sectores opuestos al Secretario de Trabajo y Previsión dentro de las fuerzas armadas a un repliegue. Perón fue puesto en libertad, y se dirigió a los obreros desde la Plaza de Mayo, sentado una tradición de contacto directo del líder y la masa de sus seguidores que constituiría uno de los elementos claves del estilo político peronista. Si bien Perón no fue repuesto en sus cargos y debió pedir el retiro, su control sobre el gobierno militar fue –si era posible- aún mayor.

5. El partido laborista

El éxito de la movilización popular del 17 de octubre de 1945 contribuyó en forma decisiva a la formación de una aguda conciencia política, a cuyo desarrollo contribuyó sustancialmente la política social desarrollada en beneficio del movimiento obrero desde la Secretaría de Trabajo y Previsión. La incorporación del sindicalismo entre los factores de poder capaces de contribuir a legitimar el sistema político y desde un punto de vista exclusivamente gremial, el fortalecimiento del poder centralizador de los sindicatos como entidades de alcance nacional, proporcionaron a los trabajadores la oportunidad de desempeñar un papel fundamental en la nueva estructuración del país. La gravitación creciente del movimiento sindical, junto con la crisis de los partidos políticos tradicionales y la oposición organizada en contra de la política social, hicieron que el movimiento obrero comprendiera la necesidad de convertirse en eje de un nucleamiento político nacional para la defensa de sus intereses sectoriales.

Con anterioridad a los sucesos del 17 de octubre, un grupo de dirigentes –en su mayoría provenientes del socialismo- se había reunido en el local de la Unión Obrera Metalúrgica para intercambiar ideas sobre la creación de un "partido de la revolución". Los días 19 y 20 de octubre hubo reuniones de ferroviarios donde se habló de constituir un "Partido Laborista". Finalmente, el 24 de octubre se reunió una asamblea en la que se invitó, a través de la Secretaría de Trabajo y Previsión, a delegados de todos los sindicatos del interior. En esta asamblea constitutiva se fijó el nombre del partido y se designó una serie de comisiones encargadas de presentar un proyecto de estatuto. Entre el 1º y el 8 de noviembre se obtuvieron los medios para su financiamiento y se eligió la sede del partido y el 16 de noviembre, apenas un mes después de la "liberación" de Perón, la agrupación inició formalmente sus actividades.

La prisa con la cual se cumplieron todos los pasos se explica por el hecho de que las fuerzas armadas concluían su período de gobierno y se había convocado a elecciones generales para fines de febrero de 1946. Eso colocaba al Partido Laborista ante la difícil tarea de movilizar políticamente a los sectores populares por él representados y convencerlos de que sus intereses estarían mejor representados por la nueva organización política, que por los tradicionales partidos de izquierda. El Partido Laborista pudo responder satisfactoriamente a esta imposición de las circunstancias, debido, por un lado, a que la creación de un partido obrero era una vieja aspiración de los dirigentes gremiales –especialmente de aquellos que provenían de las corrientes "sindicalistas"- que sólo esperaban el momento propicio para concretarlo; y por otro, porque la estructura partidaria se apoyaba en la ya preexistente de los sindicatos y de la Confederación General del Trabajo, que le proporcionó una presencia de nivel nacional y cuadros con relativa experiencia política.

Conviene detenerse un momento para analizar la estructura orgánica y principales características del Partido Laborista tal como las describe Elena S. Pont. En primer término cabe consignar que el Partido Laborista constituye el único caso en la historia argentina de partido de estructura indirecta constituido por "Sindicatos de trabajadores, agrupaciones gremiales, centros políticos y afiliados individuales" –artículo 2º- que se unieron para establecer una organización electoral común. En general puede afirmarse que el laborismo carecía de miembros del partido, existiendo tan sólo miembros de los grupos de base. Y más aún dentro de los partidos de estructura indirecta se identificaba con aquellos que toman el carácter de una comunidad basada en un sector social único. Así lo consignaba en el Artículo 3º de su Carta Orgánica: "Podrán ser afiliados activos del Partido, los obreros, empleados, campesinos, profesionales, artistas e intelectuales, asalariados, estudiantes, pequeños comerciantes, agricultores e industriales..." Y, por si existiera aún alguna duda, en su Artículo 4º reafirma: "En ningún caso se aceptará el ingreso como afiliados al Partido, de personas de ideas reaccionarias o totalitarias, ni de integrantes de la oligarquía..."

Por otra parte, el Partido Laborista es también el primer partido de masas del país que trata, en primer lugar, de realizar la educación política del movimiento obrero, de sacar de él una elite dirigente capaz de tomar en sus manos el gobierno y la administración de la Nación. Al respecto consigna el Artículo 1º de su Carta Orgánica –que se refiere a los fines del Partido-: "El Partido Laborista, fundado en la ciudad de Buenos Aires, el 24 de octubre de 1945, es esencialmente una agrupación de trabajadores de las ciudades y del campo, que tiene como finalidad luchar en el terreno político por la emancipación económica de la clase laboriosa del país, procurando elevarla en su condición humana y convertirla en factor decisivo de un fecundo progreso social..."

Desde el punto de vista financiero los partidos de masas descansan esencialmente en las cuotas de sus miembros: el primer deber de los elementos de bases es asegurar que se cubran regularmente. Así el partido reúne los fondos necesarios para su obra de educación política y sus actividades cotidianas: así pueden, igualmente, financiar las elecciones: el punto de vista financiero se une aquí al punto de vista político. Este último aspecto del problema es fundamental: toda la campaña electoral representa un gran gasto. La técnica de los partidos de masas tiene como efecto sustituir el financiamiento capitalista de las elecciones, con un financiamiento democrático. En lugar de dirigirse a algunos grandes donadores privados, -industriales, banqueros o grandes comerciantes-, para cubrir los gastos de campaña –lo que coloca al candidato (y al elegido) bajo la dependencia de estos últimos- los partidos de masas reparten la carga sobre un número lo más elevado posible de sus miembros, cada uno de los cuales contribuye con una suma modesta. Al respecto el artículo 34º de la citada Carta Orgánica expresa que los fondos del Partido Laborista se formarán esencialmente con las cuotas mensuales de sus afiliados y para destacar su independencia económica agrega: "En ningún caso el Partido Laborista aceptará contribución alguna visible o disimulada de gobiernos de cualquier naturaleza, ni de empresas que tengan o puedan tener interés en la sanción de las leyes u ordenanzas que las favorezcan" Así el laborismo al igual que los modernos partidos de masas europeos, se caracteriza por apelar al público. Un público que paga, permitiendo a la campaña electoral escapar a las servidumbres capitalistas, un público que escucha y actúa, que recibe una educación política y aprende el modo de intervenir en la vida del Estado.

Por último, el Partido Laborista poseía otra nota distintiva que lo identificaba como partido de masas al estilo europeo: el criterio formal de adhesión de los miembros del partido, que implicaba la firma de un compromiso de afiliación y el pago de una cuota mensual. En este sentido el laborismo adoptó la adhesión reglamentada, que se realizaba en dos actos distintos: una demanda de admisión del interesado, una decisión de admisión tomada por un organismo responsable del partido. El poder de admisión pertenecía a la agrupación seccional, local o gremial correspondiente, con recurso posible a los escalones superiores. El sistema se completaba con un padrinazgo obligatorio de dos miembros del partido, con un año de antigüedad como tales, que debían garantizar las cualidades políticas –la ausencia de ideas reaccionarias o totalitarias y la no pertenencia a la oligarquía- y morales del postulante, bajo su firma y responsabilidad –artículo 4º de la Carta Orgánica-.

Los aspectos que hemos destacado de la estructura del Partido Laborista, ponen en evidencia que se trataba de un moderno partido de masas al estilo europeo, quizás el más moderno en cuanto a estructura que ha conocido el país hasta nuestros días. Pero su efímera –aunque brillante- existencia impidió que estas características fueran adoptadas por otros partidos políticos, o puestas debidamente a prueba para comprobar si se adaptaban con eficacia a la realidad política argentina.

6. La coalicion peronista

La candidatura presidencial de Juan D. Perón, en las elecciones de febrero de 1946, no se encontraba monopolizada por el Partido Laborista. Otros partidos políticos también apoyaron a Perón en esa ocasión: en especial un sector del radicalismo y distintos grupos independientes.

Tal como señala Alberto Ciria en su excelente obra: "Política y cultura popular: La Argentina peronista 1946 – 1955" a quien seguimos en la elaboración de este punto, el radicalismo proporcionó al naciente estilo político peronista cuadros capacitados en la política práctica, es decir, un cierto número de punteros radicales habituados a la lucha comiteril y comicial -en algunos casos que guardaban agravios y resentimientos hacia la conducción del partido-, percibieron que estaban frente a un fenómeno nuevo en la política nacional y no dejaron escapar al tren de la historia.

Mientras que la conducción oficial de la UCR rechazaba los intentos de aproximación de Perón –en especial sus contactos con Amadeo Sabattini- y se arrojaba a los brazos de los sectores antiperonistas que finalmente conformarían la Unión Democrática, dirigentes de segunda línea de distritos importantes como de la Capital Federal, Buenos Aires y Córdoba realizaron un abierto acercamiento a Perón. Como resultado de ese acercamiento el gobierno militar nombró en agosto de 1945 a tres ministros de origen radical: Hortensio Jazmín Quijano, Armando G. Antille y Juan I. Cooke.

Los dirigentes y punteros radicales que se incorporaron al naciente peronismo no constituían una facción específica del partido sino que provenían por igual de distintos sectores internos si bien entre ellos imperaba un sentimiento nacional y popular heredado del antiguo yrigoyenismo. Tal como se evidencia de un análisis de las principales figuras de este grupo. Juan I. Cooke provenía de una familia con tradición radical: su hijo, John William, sería una nacionalista económico desde su banca de diputado nacional y como profesor de economía política en la Facultad de Derecho. Nombrado delegado personal de Perón después de su derrocamiento en 1955, fue radicalizando sus posiciones hacia el "socialismo nacional", gran admirados del castrismo finalizó sus días en Cuba. Armando G. Antille era un destacado dirigente radical: había sido ministro de gobierno en Santa Fe, en 1920, diputado y senador por la UCR antes de 1930; y uno de los abogados defensores de Yrigoyen en la década del treinta. Frustrado como aspirante a la vicepresidencia, fue senador por su provincia en 1946 y 1952. Hortensio J. Quijano, fue el vicepresidente de Perón en sus dos presidencias, era un pintoresco dirigente radical de Corrientes donde explotaba un ferrocarril local, pertenecía al alvearismo.

Diego Luis Molinari, político, profesor e historiador de antigua vinculación personal con Yrigoyen, fue senador por la Capital Federal y presidió el llamado "bloque único". También difundió los principios de la "Nueva Argentina" en giras internacionales. Alberto Iturbe perteneció al radicalismo jujeño que se suma al peronismo, siguiendo a su popular dirigente Miguel Tanco. Cuando terminó su mandato como gobernador de Jujuy, Iturbe pasó al Senado nacional. En 1955 se lo nombró ministro de Transportes.

Otros dirigentes radicales se destacaron como diputados. Raúl Bustos Fierro, de Córdoba, abogado e historiador buscó destacar la continuidad de los aspectos populares del yrigoyenismo en el peronismo. Algo similar planteo César J. Guillot, también proveniente de una familia radical. Eduardo Colom siempre se mostró orgulloso del papel que su diario La Epoca cumplió durante los sucesos del 17 de octubre de 1945. Diógenes C. Antille y Juan N. D. Brugnerotto eran radicales de la provincia de Santa Fe. Oscar E. Albrieu tuvo actuación en la Juventud Radical de Córdoba y La Rioja. Francisco Giménez Vargas era un radical yrigoyenista de Mendoza, lo mismo que el diputado obrero Juan de la Torre. Ricardo C. Guardo era un universitario porteño con simpatías yrigoyenistas. Dos punteros porteños fueron los diputados Elisardo Soneyra y Bernardino H. Garaguso, que más tarde sería intendente de Buenos Aires.

Por último debe mencionarse a quienes se incorporaron al peronismo desde la mítica "Fuerzas de Orientación Radical de la Juventud Argentina" un grupo de intelectuales del nacionalismo popular de izquierda que disolvió voluntariamente el 15 de noviembre de 1945 cuando muchos de sus miembros decidieron sumarse a las huestes de Perón. De sus filas salieron gobernadores, diputados nacionales y hasta ministros. Entre los que se destaca el abogado, publicista y sociólogo Arturo Jauretche, presidente del Banco de la Provincia de Bs. As. durante la gobernación de Domingo Mercante y presidente de Eudeba en la breve gestión de Héctor J. Campora., poco antes de su muerte.

El tercer nucleamiento que apoyo la candidatura de Perón fueron los Centros Independientes o Partido Independiente. En este nucleamiento militaron algunos sectores que no se sentían cómodos en el ambiente gremial o se encontraban distanciados del radicalismo, en especial dirigentes conservadores de la provincia de Buenos Aires y del Interior, que rechazaban la Unión Democrática. A ellos se sumaron algunos militares y elementos realmente independientes que hacían sus primeras armas en la política. Los Centros Independientes surgieron espontáneamente después del 17 de octubre de 1945 y de allí salieron dirigentes de gran importancia como Héctor J. Campora, José E. Visca y Héctor Sustaita Seeber.

El Partido Independiente respondía a conducción de dos dirigentes provenientes de las fuerzas armadas. Por un lado, el general Filomeno J. Velázco, un viejo amigo de Perón desde el Colegio Militar, desempeño el estratégico cargo de Jefe de Policía de la Capital durante los sucesos del 17 de octubre, los hombres a su cargo no hicieron nada para obstaculizar la movilización popular. Durante la presidencia de Perón fue gobernador de Corrientes y senador nacional por dicha provincia.

Por el otro lado, estaba el contralmirante Alberto Teisaire, uno de los muy escasos jefes de la marina que apoyó inicialmente a Perón. Fue senador por la Capital federal, desplazando al candidato laborista Luis F. Gay en 1946. Teisarire fue por muchos años Presidente Provisional del Senado. En esa época su más estrecho colaborador era un joven periodista de nombre Bernardo Neustad.

En Abril de 1954 fue elegido Vicepresidente de la Nación, ante la vacante que dejó el fallecimiento de Hortensio Quijano. Con posterioridad al alejamiento del coronel Domingo Mercante, "el hombre de la lealtad" como segundo hombre en la jerarquía del Partido, Teisaire estuvo a cargo de la Presidencia del Consejo Superior del Partido Peronista, donde aseguró el control partidario con intervenciones a los distritos díscolos, eliminación de todo vestigio de democracia interna, purgas de dirigentes, etc.

La existencia de una coalición tan heterogénea como la que apoyo a Perón en 1946 sólo fue posible por el prágmatismo y flexibilidad que evidenciaba la conducción estratégica del nuevo líder. Posiblemente, su dominio de la conducción militar como sus conocimientos de táctica y estrategia fueron muy valiosos en ese momento. Lo cierto es que en los hechos Perón demostró ser muy flexible, adaptándose a las posibilidades de la situación. En algunos casos debió sacrificar o posponer sus proyectos e ideas con tal de atraer a todos los potenciales aliados, acrecentando así su poder político. Por otra parte, se trataba de la exacta aplicación a la esfera política del principio estratégico de la economía de fuerzas. Fiel a ello, el coronel Perón trató siempre de ser superior en el lugar donde se buscaba la decisión porque si eso consigue la acción se inclina a favor de uno, salvo que la fatalidad lo haga fracasar.

Tal predisposición a la formación de alianzas se hizo evidente desde el mismo momento de la formación del Partido laborista. La actitud de Perón hacia el naciente partido no parece haber sido sino muy entusiasta. Cuando una delegación concurrió a darle la noticia, "nada dijo que pudiera interpretarse como que estaba de acuerdo con nuestra conducta –dice uno se sus integrantes- Siempre gentil, se desvió con habilidad del tema (...) El vicepresidente del Partido Laborista invitó aquella tarde al coronel Juan D. Perón a que fuera el primer afiliado, pero él declinó el ofrecimiento y postergó la invitación para más tarde". Evidentemente, Perón no quería atarse a un partido de incierto porvenir y sus planes eran más amplios: "Tomó lápiz y papel y dibujó un croquis con tres nombres: Partido Laborista, Junta Renovadora Radical y Partido Independiente –de este último no teníamos conocimiento de su existencia-. Nos dijo: estos tres partidos tienen que constituir el Movimiento Peronista Nacional, que yo debo organizar y conducir en esta emergencia. La consigna tiene que ser: hay que sumar y no restar"

Este sano eclecticismo conllevará –como se ha dicho- a la formación de una coalición sumamente heterogénea en cuanto a los intereses perseguidos por diversos miembros que la integraban. La convivencia entre ellos no fue nada fácil, sobreabundando los conflictos y querellas intestinas, como se verá más adelante.

La intención de Perón, y del grupo estructurado a su alrededor, por tratar de obtener una base de sustentación política parece haber estado presente en todas sus acciones. Diversos testimonio muestran esta intención. Veamos en este sentido lo expresado por Bonifacio del Carril: "Al día siguiente –8 de diciembre de 1943- tuvimos una larga conferencia con el coronel Perón. Entre otras cosas, Perón me dijo textualmente: En este país se nace radical o se nace conservador. Yo nací orejudo. Mi padre era orejudo, y mi abuelo era orejudo. Pero yo no voy a ser orejudo, que son menos: voy a ser radical y organizar un movimiento obrero para que apoye oportunamente la solución electoral. Me dijo que todo consistía en separar a los dirigentes de la masa –cada vez que hablábamos de política Perón preguntaba: ¿Dónde está la masa?-. Y después, pegar a los nuevos dirigentes. "Para eso lo necesito a usted y a sus amigos" agregaba guiñando un ojo. Yo le contesté que me parecía posible separar a los dirigentes de la masa, pero no tan fácil pegar a los nuevos dirigentes. Perón sonrió: "Es lo más fácil. Pongo el queso en la mesa, entro a cortar, y verá usted como se pegan."

Otro de sus asiduos visitantes de esos tiempos, Arturo Jauretche afirma que en el año 1944 Perón estaba en la formación de un gran movimiento nacional con el radicalismo yrigoyenista. Por ese entonces Perón, en una alocución a oficiales del ejército, se refería al radicalismo en los siguientes términos: "El Partido Radical es la gran fuerza que perdura y que es poderosa. Pero su dirección es anticuada y se percibe un movimiento para expulsar a los generales. Anticipamos una revolución como la nuestra, que permitirá el acceso de los hombres jóvenes a la dirección. Se trata de una fuerza utilizable, si podemos encauzarla de manera que coopere con nuestra obra. Estamos ocupándonos de ello y tenemos confianza en su éxito."

Como hemos visto este intento de lograr un vuelco de la Unión Cívica Radical al oficialismo fracasó, ya que Perón sólo pudo atraer a un grupo de dirigentes menores. El sector intransigente que más combatió al alvearismo se opuso sistemáticamente a Perón y permaneció en su totalidad dentro del Partido. Si bien dentro de la UCR había sectores que percibían la obsolescencia de su estilo político, la perdida de sus otrora sólidos apoyos en la clase media urbana que los hacían imbatibles en el campo electoral, pero que no vislumbraban aún la forma de renovar sus vínculos con el electorado.

En medio de este clima político polarizado se produjo el pronunciamiento de una fuerza social politizada, que habría de tener profundas implicancias políticas. Nos referimos concretamente a la Iglesia Católica. La introducción de la enseñanza religiosa en las escuelas primarias mediante un decreto del gobierno militar había granjeado a Perón la simpatía de la jerarquía eclesiástica. Asimismo, la política de apertura social del peronismo se colocó bajo el signo de una cruzada enfatizándose la colaboración de los distintos estratos sociales en aras del bien común. Esto coincidía con los lineamientos generales de la doctrina social de la Iglesia. El 15 de noviembre de 1945 el Episcopado Argentino dio a conocer una pastoral con motivo de las próximas elecciones. "Ningún católico –decía el documento- puede afiliarse a partidos o votar a candidatos que inscriban en sus programas los principios siguientes:

1.- La separación de la Iglesia y del Estado ...

2.- La supresión de las disposiciones legales que reconocen los derechos de la religión, y particularmente del juramento religioso y de las palabras en que nuestra Constitución invoca la protección de Dios, fuente de toda razón y justicia; porque tal supresión equivale a una profesión pública y positiva de un ateísmo nacional.

3.- El laicismo escolar.

4.- El divorcio legal"

Detrás de esta declaración se escondía un velado apoyo al coronel Perón y reforzó la posición del candidato oficial, extendiendo sus influencias a las zonas rurales donde no pocos sacerdotes se esforzaron por atraer adeptos hacia la nueva causa.

Si bien no puede desconocerse su contribución a la coalición peronista, es justo reconocer que la pastoral de 1945, no es sino la reproducción de otro documento episcopal de 1931 en el cual se prohibía votar por la fórmula presidencial compuesta por Lisandro de la Torre y Nicolás Repetto, con lo que daba apoyo indirecto a la candidatura del general Agustín P. Justo.

El apoyo de la Iglesia Católica fue aún más evidente. Poco antes de las elecciones, el coronel Perón fue invitado a una misa especial en la basílica de Luján donde el obispo de esa diócesis oró por la victoria peronista. A partir de entonces el cardenal Copello sería presencia obligada en todos los actos del peronismo, y el cardenal Caggiano, organizador de la Acción Católica Argentina, hacía ostensible su apoyo al régimen desde su sede de Rosario. El sacerdote jesuíta Hernán Benitez, confesor de Eva Perón, el padre Virgilio Filippo, diputado peronista y algunos católicos laicos de gran prestigio, como Tomás Casares, Ministro de la Corte Suprema, fueron otros tantos hombres del catolicismo incorporados al peronismo.

Frente a la coalición peronista se fue estructurando otra alianza social formada por el entretejido de los grupos supervivientes del antiguo estilo de los notables con la gran burguesía industrial y los sectores medios urbanos de origen inmigratorio. Esta alianza se forjó ante el temor por la movilización obrera y el rechazo hacia los migrantes internos que formaban la base electoral sobre la que se asentaría el peronismo. La Sociedad Rural Argentina y la Unión Industrial –que habían apoyado la Marcha de la Constitución y la Libertad y la detención de Perón en octubre- eran las organizaciones empresariales más activas de esta alianza. Los empresarios estaban especialmente enfrentados con Perón por la aplicación del decreto 33.302, del 20 de diciembre de 1945, que estableció un aumento de sueldos, el pago del sueldo anual complementario o aguinaldo, vacaciones pagas y el incremento de las indemnizaciones por despido; y fueron el sostén económico de la oposición.

La casi totalidad de los partidos políticos tradicionales establecieron un acuerdo para formar un frente electoral: la Unión Democrática. De ella participaron la UCR, el Partido Demócrata Progresista, el Partido Socialista, el partido Comunista y diversas fuerzas conservadoras –excluyendo al Partido Demócrata Nacional al cual no se aceptó formalmente en la alianza por oposición del radicalismo, pero que sin embargo la apoyó decididamente-. Estos partidos acordaron apoyar la fórmula presidencial elegida por la Convención Nacional de la UCR formada por los veteranos dirigentes antipersonalistas José P. Tamborini y Enrique M. Mosca. La Unión Democrática también adoptó la plataforma radical de 1937, con algunas modificaciones.

La Unión Democrática no sólo contaba con el apoyo de los partidos políticos tradicionales. "La prensa independiente –nos dice Luna, por entonces militante de la Unión Democrática- apoyaba a Tamborini – Mosca sin ninguna reticencia y la voz de sus dirigentes se podía escuchar en todo el país a través de las radios. Los más conocidos artistas de cine y el teatro publicaban sus adhesiones personales en Clarín, día tras día, con su retrato, su firma y una frasecita de circunstancias"

Un cálculo del espacio dedicado por "La Nación" y "La Prensa" a la información política en los dos últimos meses de la campaña electoral indicaba que mientras el peronismo recibía el 10%, la Unión Democrática tenía el 90%. "Páginas y páginas dedicadas a trasmitir, hasta la última coma, la totalidad de los discursos, manifiestos y movimientos democráticos, contrastan con los escasos párrafos dedicados a reseñar la actividad del peronismo. Actos peronistas cuya magnitud los convertía, de hecho, en noticia, son despachados en diez líneas; los discursos de Perón se sintetizan en un par de frases y cuando hay información destacada sobre el peronismo es para señalar un escándalo, una deserción o un cisma en sus filas; el nombre de Perón era prolijamente evitado y cada vez que se podía, los diarios usaban de eufemismos como ‘un militar retirado que actúa en política’, ‘un ciudadano que ha sido funcionario del actual gobierno’, ‘el candidato de algunas fuerzas recientemente creadas’"

A ello se sumaba el apoyo del gobierno de los Estados Unidos. Principalmente a través del ex embajador norteamericano en Buenos Aires, convertido en Subsecretario de Asuntos Latinoamericanos del Departamento de Estado, Srpuille Braden. Pocos días antes del comicio, el 11 de febrero de 1946, el gobierno norteamericano dio a conocer un grueso informe titulado "Consulta entre las repúblicas americanas respecto de la situación argentina" –más conocido como "Libro Azul"- donde acusaba a Perón de simpatías nazis.

Perón no dejaría pasar la oportunidad. El 12 de febrero, en un acto proselitista, no intentó negar la acusación ni justificarse, simplemente replicó con una demoledora consigna electoral destinada a hacer historia. "Denuncio al pueblo de mi Patria que el señor Spruille Braden es el inspirador, creador, organizador y jefe verdadero de la Unión Democrática" [...] "Sepan quienes voten el 24 por la fórmula del contubernio oligárquico – comunista, que con este acto entregan el voto al señor Braden. La disyuntiva en esta hora trascendental es esta: Braden o Perón"

Así, la Unión Democrática llegó a las elecciones dando la imagen en grandes sectores de la población que su único programa consistía en volver al estado de cosas imperante en el país hasta junio de 1943. El tipo de personalidades que la dirigían, sus candidatos, el tono general de la campaña y sus apoyos, más o menos clandestinos, contribuían a presentarla como algo regresivo, anacrónico, intrascendente, al servicio del capitalismo más crudo y el imperialismo más voraz...

Las elecciones presidenciales del 24 de febrero de 1946 se efectuaron de acuerdo con lo establecido por la ley Sáenz Peña y bajo el control de las fuerzas armadas. La fórmula Perón – Quijano obtuvo 1.478.3772 votos y los candidatos de la Unión Democrática, Tamborini – Mosca, 1.211.666. Cuando se reunió el Colegio Electoral, Perón contaba con 304 electores y sus adversarios con 72. Asimismo, la diferencia relativamente estrecha en los votos se tradujo de manera muy distinta en la distribución de los cargos legislativos: el peronismo contaba con 106 diputados y la oposición con 49.

A partir de su triunfo electoral, el futuro peronismo debió enfrentar la necesidad de hallar un sistema de organización política que unificara al conglomerado de fuerzas políticas que se agrupaban en torno de la figura de Perón, pero que mantenían profundas diferencias entre ellas por cuestiones ideológicas y de aspiraciones políticas personales. Como señalan Floria y García Belsunce en tanto que la oposición tenía una estructura nacional de apoyo en el tradicional partido radical, el nuevo oficialismo debía establecerla para asegurar el pleno aprovechamiento político de su victoria electoral. Algunos de los seguidores de Perón comprendían mejor que otros la necesidad de unificar fuerzas en una única estructura partidaria. La construcción de esta fuerza política unificada no sería un trámite de sencilla concreción. Los dirigentes provenientes del radicalismo y los sindicalistas nucleados en el laborismo representaron los sectores menos dispuestos a la unificación. Las disputas entre estos sectores databan de la definición de candidaturas en la etapa previa a las elecciones y se agudizaron en el periodo de organización del nuevo gobierno en que cada formación política pretendía disputar espacios de poder e imponer sus propios hombres en los cargos del nuevo gobierno.

Perón debió tomar una enérgica resolución y no dudó en hacerlo. En un discurso radiofónico, pocos días antes de asumir la presidencia el 23 de mayo de 1946, hizo referencia a la breve pero intensa historia de conflictos y pujas internos que caracterizaron al naciente movimiento y termina por ordenar: "1.- la caducidad en toda la República de las autoridades partidarias actuales de las fuerzas que pertenecen al movimiento peronista; 2.- la organización de dichas fuerzas como Partido Único de la Revolución Nacional, tarea que estará a cargo de los camaradas legisladores que forman las autoridades –mesas directivas y presidentes de bloques- de ambas cámaras legislativas nacionales; y 3.- esta etapa sólo durará hasta que la masa partidaria elija autoridades en comicios internos libres y puros"

La agonía del Partido Laborista, especialmente, se prolonga hasta el 17 de junio, para finalmente desintegrarse en el nuevo partido que no conservaba ninguna de las características estructurales del laborismo. Sin embargo un pequeño núcleo disidente encabezado por Cipriano Reyes resistió la medida y terminó por alejarse del peronismo.

La decisión de la conducción peronista de disolver los partidos que habían posibilitado la victoria electoral, puede comprenderse mejor al considerar que el Partido Laborista reposaba fuertemente en los sectores obreros, y su estructura hubiera podido crear una dependencia institucional del peronismo con respecto de estos sectores, insuficientemente contrarrestada por el débil brazo de la Unión Cívica Radical o el insignificante grupúsculo conservador que fueron sus aliados. Disolviendo esas estructuras políticas de extracción radical y los caudillos locales de las provincias, cada uno de los cuales proporcionaba votos de distintas fuentes. Puede decirse que Perón conducía una alianza frágil, no una clase monolítica ni un movimiento de masas. Con todo, el papel obrero dentro del estilo político peronista continuó siendo muy importante y, lejos de haber sido los sectores obreros cooptados a través de este proceso, parecía que más bien impusieron de hecho pesadas condiciones a su marcha ulterior, obteniendo recompensas que resultaron ser irreversibles en la historia futura del país –en términos de institucionalización, poder de negociación, participación en la distribución de la riqueza, etc.-

Durante el año 1946 Perón se propuso reunir todos los recursos políticos dispersos, organizar sus fuerzas y definir un programa político que sintetizó en tres consignas que tendrían gran eficacia proselitista: justicia social, independencia económica y soberanía política. Con estas tres "banderas" Perón lograba reunir la esencia de la prédica nacionalista, de postulados socialistas y de principios expuestos por el catolicismo social. La oposición, mientras tanto, apenas reaccionaba de las consecuencias de la inesperada derrota electoral.

7. El partido peronista

El fugaz Partido Único de la Revolución Nacional –PURN-, tampoco resultó la organización adecuada para canalizar las distintas fuerzas integrantes del peronismo. Por otra parte, la denominación de "único" tenía demasiadas connotaciones totalitarias para resultar adecuada. Finalmente el 14 de enero de 1947 un comunicado del PURN, que distribuyó la Secretaría Política de la Presidencia de la Nación, justifica la nueva denominación de "Partido Peronista", en la insistencia ante Perón para que permitiera usar su patronímico "Como bandera en la formación del gran partido nacional". Félix Luna –quien no oculta su poca simpatía por el peronismo- nos explica el porque de la nueva denominación: "Pero hay que reconocer que el nombre de Peronista era la única solución para rotular una fuerza sin historia, compuesta por un rejunte de elementos heterogéneos vinculados solamente por la adhesión a su líder. Todavía no había acuñado Perón la palabra ‘justicialismo’, y sólo su nombre, como un sello enérgicamente colocado sobre ese compuesto, podía unificarlo. Fue un acto realista, pero a la vez prefiguraba lo que sería en poco tiempo el nuevo partido: un simple apéndice del Estado".

Una vez lograda la unificación de las fuerzas peronistas, la primera Carta Orgánica Nacional, aprobada en diciembre de 1947, estableció las bases de la organización partidaria. Ciria nos dice que dos artículos ilustran con claridad la naturaleza del Partido Peronista. El artículo 1º señalaba que el partido era una "unidad espiritual y doctrinaria" y que su fuente de inspiración estaba constituida por la doctrina del propio Perón que lo pone al servicio de la patria, el régimen republicano de gobierno y la justicia social. En su seno "no serían admitidas posiciones de facción o bandería atentatorias de esa unidad"

La Carta Orgánica estableció como elementos de base a las "Unidades Básicas" para diferenciarlos de las denominaciones utilizadas por otros partidos políticos. Perón explicó años más tarde el porque de la nueva denominación. En un discurso pronunciado el 25 de julio de 1949 dijo a los delegados del Partido Peronista "No queremos comités porque huelen todavía a vino, empanadas y tabas, para que los usen ellos. Lo que fue antro de vicio queremos convertirlo en escuela de virtudes; por eso hablamos de ateneos peronistas, donde se eduque al ciudadano, se le inculquen virtudes, se les enseñen cosas útiles, y donde no se los incline al vicio".

La Unidad Básica corresponde al tipo de organización de base que Maurice Duverger denomina "secciones". Las secciones son elementos de base menos descentralizada que los comités. La Unidad Básica no es más que una parte de un todo, cuya existencia separada no es concebible. De hecho la experiencia muestra que los partidos fundados en secciones son más centralizadas que los partidos –como la Unión Cívica Radical- fundados en comités. Pero la originalidad de las unidades básicas estaba en su estructura y no en su articulación entre sí. La unidad básica –o sección- trata de buscar miembros, de multiplicar su número, de engrosar sus efectivos. Si bien no desdeña la calidad, la cantidad importa antes que nada. La sección apela permanentemente a las masas, trata además de guardar contacto con ellas: de ahí su base geográfica, a menudo más limitada que la del comité. Estos funcionan sobre todo en el distrito; las unidades básicas estaban constituidas en el marco de la comuna. En las grandes ciudades tienden incluso a multiplicarse sobre la base del barrio.

Finalmente, la permanencia de la sección se opone a la semipermanencia del comité. Fuera del periodo electoral, éste vive una fase de letargo en la que sus reuniones no son frecuentes ni constantes. Por el contrario, la actividad de la unidad básica, muy grande en época electoral, continúa siendo importante y sobre todo regular en el intervalo de los escrutinios. Las reuniones de la unidad básica no tienen, por lo demás, el mismo carácter que la del comité; no se trata sólo de una táctica electoral, sino también de educación política –proselitista, estudio, difusión-. Oradores del partido tratan problemas frente a los miembros de la sección; su exposición es seguida de una discusión. Desde luego las reuniones frecuentemente se desvían sobre las pequeñas cuestiones locales y electorales, pero el Partido Peronista intentó en muchos casos hacer lugar a los debates de doctrina y de interés general.

Como la unidad básica constituía un grupo más numeroso que el comité; poseía una organización inferior más organizada. En el comité, la jerarquía era un elemento muy disperso: generalmente, la influencia personal de un "puntero" –caudillo o boss-. A veces había funciones y títulos oficiales: presidente, vicepresidente, tesorero, secretario, etc. Pero no correspondía a una división del trabajo rigurosa; había que ver en ellas distinciones honor&i