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Etica para amador




Enviado por pref85



    Indice
    1. I de
    qué va la ética

    2. Opinión
    personal

    3. Ordenes, costumbres y
    caprichos


    5. Date la buena vida
    6. ¡Despierta,
    baby!

    7. Aparece pepito grillo

    8. Ponte en su
    lugar

    9. Tanto Gusto
    10. Elecciones
    Generales

    1. I de qué va la
    ética

    Hay ciencias que
    se estudian por simple interés;
    otras, para aprender una destreza; la mayoría, para
    obtener un puesto de trabajo y ganarse con él la vida. Si
    no sentimos curiosidad ni necesidad de realizar tales estudios
    podemos prescindir tranquilamente de ellos. Abundan los
    conocimientos muy interesantes pero sin los cuales uno se las
    arregla bastante bien para vivir.

    Ciertas cosas uno puede aprenderlas o no, a voluntad.
    Como nadie es capaz de saberlo todo, no hay más remedio
    que elegir y aceptar con humildad lo mucho que ignoramos. Ahora
    bien, otras cosas hay que saberlas porque en ello, nos va la
    vida
    . Es preciso estar enterado, por ejemplo de que saltar
    desde el balcón de un sexto piso no es cosa buena para la
    salud; o de que
    una dieta de clavos y ácido prúsico no permite
    llegar a viejo. Pequeñeces así son importantes. Se
    puede vivir de muchos modos pero hay modos que no dejan
    vivir.

    En una palabra, entre todos los saberes posibles existe
    al menos uno imprescindible: el de que ciertas cosas nos
    convienen y otras no si queremos seguir viviendo. De modo que
    ciertas cosas nos convienen y a lo que nos conviene solemos
    llamarlo «bueno» porque nos sienta bien;
    otras, en cambio, nos
    sientan pero que muy mal y a todo eso lo llamamos
    «malo». Saber lo que nos conviene, es decir:
    distinguir entre lo bueno y lo malo, es un conocimiento
    que todos intentamos adquirir .

    En el terreno de las relaciones
    humanas, estas ambigüedades se dan con aún mayor
    frecuencia. La mentira es algo en general malo, porque destruye
    la confianza en la palabra y enemista a las personas; pero a
    veces parece que puede ser útil o beneficioso mentir para
    obtener alguna ventajilla. O incluso para hacerle un favor a
    alguien. Por otra parte, al que siempre dice la verdad –caiga
    quien caiga– suele cogerle manía todo el mundo. Lo malo
    parece a veces resultar más o menos bueno y lo bueno tiene
    en ocasiones apariencias de malo.

    Lo de saber vivir no resulta tan fácil porque hay
    diversos criterios opuestos respecto a qué debemos hacer.
    Algunos aseguran que lo más noble es vivir para los
    demás y otros señalan que lo más útil
    es lograr que los demás vivan para uno. .

    En lo único que a primera vista todos estamos de
    acuerdo es en que no estamos de acuerdo con todos. estas
    opiniones distintas coinciden en otro punto: a saber, que lo que
    vaya a ser nuestra vida es, al menos en parte, resultado de lo
    que quiera cada cual. En su medio natural, cada animal parece
    saber perfectamente lo que es bueno y lo que es malo para
    él, sin discusiones ni dudas. No hay animales
    malos ni buenos en la naturaleza,
    aunque quizá la mosca considere mala a la rana
    que tiende su trampa y se la come.

    Y así llegamos a la palabra fundamental de todo
    este embrollo: libertad. Los animales no
    tienen más remedio que ser tal como son y hacer lo que
    están programados naturalmente para hacer. No se les puede
    reprochar que lo hagan ni aplaudirles por ello porque no
    saben comportarse de otro modo
    . Tal disposición
    obligatoria les ahorra sin duda muchos quebraderos de cabeza. En
    cierta medida, los hombres también estamos programados por
    la naturaleza. Y
    de modo menos imperioso pero parecido, nuestro programa
    cultural es determinante: nuestro pensamiento
    viene condicionado por el lenguaje
    que le da forma y somos educados en ciertas tradiciones,
    hábitos, formas de comportamiento, leyendas…,
    en una palabra, que se nos inculcan desde la cunita unas
    fidelidades y no otras. Todo ello pesa mucho y hace que
    seamos bastante previsibles.

    Con los hombres nunca puede uno estar seguro del todo,
    mientras que con los animales o con otros seres naturales
    sí. Por mucha programación biológica o cultural
    que tengamos, los hombres siempre podemos optar finalmente por
    algo que no esté en el programa. Podemos
    decir «sí» o «no», quiero o no
    quiero. Por muy achuchados que nos veamos por las circunstancias,
    nunca tenemos un solo camino a seguir sino varios.

    Cuando te hablo de libertad es a esto a lo que
    me refiero. es cierto que no estamos obligados a querer hacer una
    sola cosa. Y aquí conviene señalar dos aclaraciones
    respecto a la libertad:

    Primera: No somos libres de elegir lo que
    nos pasa
    sino libres para responder a lo que nos pasa de
    tal o cual modo

    Segunda: Ser libres para intentar algo no tiene
    nada que ver con lograrlo indefectiblemente. No es lo
    mismo la libertad (que
    consiste en elegir dentro de lo posible) que la omnipotencia (que
    sería conseguir siempre lo que uno quiere, aunque
    pareciese imposible). Por ello, cuanta más
    capacidad de acción tengamos, mejores resultados
    podremos obtener de nuestra libertad.

    En la realidad existen muchas fuerzas que
    limitan nuestra libertad, desde terremotos o
    enfermedades
    hasta tiranos. Pero también nuestra libertad es una
    fuerza en el
    mundo, nuestra fuerza. En
    cuanto te fijes un poco, verás que los que así
    hablan parece que se están quejando pero en realidad se
    encuentran muy satisfechos de saber que no son libres. Como no
    somos libres, no podemos tener la culpa de nada de lo
    que nos ocurra…» Uno puede considerar que optar
    libremente por ciertas cosas en ciertas circunstancias es muy
    difícil y que es mejor decir que no hay libertad
    para no reconocer que libremente se prefiere lo más
    fácil.

    A diferencia de otros seres, vivos o inanimados, los
    hombres podemos inventar y elegir en parte
    nuestra forma de vida. Podemos optar por lo que nos parece bueno,
    es decir, conveniente para nosotros, frente a lo que nos parece
    malo e inconveniente. Y como podemos inventar y elegir, podemos
    equivocarnos, que es algo que a los castores, las abejas
    y las termitas no suele pasarles. De modo que parece prudente
    fijarnos bien en lo que hacemos y procurar adquirir un cierto
    saber vivir que nos permita acertar. A ese saber vivir, o
    arte de vivir
    si prefieres, es a lo que llaman ética.

    2. Opinión
    personal

    En este capítulo el autor nos habla de lo que
    puede ser lo bueno y lo malo, a partir de lo que nos conviene, en
    esta parte no habla de que lo que nos conviene es lo que para
    nosotros es bueno, pero para poder
    desarrollar esto que nos conviene tenemos una serie de
    obstáculos, los cuales considero que son lo que a los
    otros les convienen, pero esta conveniencia no es la que nosotros
    consideramos como buena sino como mala, por lo que es aquí
    donde surgen los obstáculos ; pero tenemos que saber
    que hay cosas que están hechas solamente para hacer algo
    lo cual también puede significar un obstáculo, pero
    a partir del ejemplo de las abejas y castores, nos damos cuenta
    que es prácticamente imposible realizar actividades que
    están dentro de lo que considero como una posible
    fantasía o algo parecido.

    En este capítulo el autor hace una
    comparación de el hombre con
    los animales en donde menciona a las termitas y a Héctor
    (personaje que forma parte de la Ilíada
    obra de Homero) quien es
    un guerrero al igual que una parte de las termitas que forman el
    "reino", creo que en esta parte del capítulo el autor nos
    trata de enseñar o dar a entender que el hombre tiene
    el privilegio de ser libre, ya que el humano tiene la capacidad
    de decidir lo que quiera y en este caso las termitas no pueden
    cambiar lo que tiene que hacer ya que pienso que no tiene el
    raciocinio suficiente para saber que es lo que les conviene.
    Aunque el autor nos dice que no podemos hacer lo que queramos
    creo que si lo podemos hacer pero el acto realizado puede traer
    consecuencias no muy agradables, pero también es cierto
    que de cierta manera tenemos una libertad un poco limitada ya que
    hay cosas que nos suceden y que no son producto del
    actuar de otra persona, que no
    nos benefician, sino que nos perjudican en algo, o simplemente
    son cosas en las que no podemos tomar parte alguna. Cuando nos
    plantea la voluntad, creo que es algo muy parecido a lo que he
    estado
    mencionando anteriormente ya que aunque si existen diferencias,
    esta nos va a llevar a realizar una actividad de bien o
    mal ; con todo esto en conjunto y llevándolo por el
    buen camino, desde mi punto de vista después de haber
    visto la reflexión del autor, creo que no va a crear lo
    que para nosotros podría ser la felicidad.

    3. Ordenes, costumbres y
    caprichos

    Queda claro que hay cosas que nos convienen para vivir y
    otras no, pero no siempre está claro qué cosas son
    las que nos convienen. Aunque no podamos elegir lo que nos pasa,
    podemos en cambio elegir
    lo que hacer frente a lo que nos pasa. Cuando vamos a hacer algo,
    lo hacemos porque preferimos hacer eso a hacer otra
    cosa, o porque preferimos hacerlo a no hacerlo. A veces las
    circunstancias nos imponen elegir entre dos opciones que no hemos
    elegido: hay ocasiones en que elegimos aunque
    preferiríamos no tener que elegir.

    Casi siempre que reflexionamos en situaciones
    difíciles o importantes sobre lo que vamos a hacer nos
    encontramos en una situación difícil . Pero claro,
    no siempre las cosas se ponen tan feas. A veces las
    circunstancias son menos tormentosas.

    Por lo general, uno no se pasa la vida dando vueltas a
    lo que nos conviene o no nos conviene hacer. Si vamos a ser
    sinceros, tendremos que reconocer que la mayoría de
    nuestros actos los hacemos casi automáticamente, sin darle
    demasiadas vueltas al asunto has actuado de manera casi
    instintiva, sin plantearte muchos problemas. En
    el fondo resulta lo más cómodo y lo más
    eficaz. A veces darle demasiadas vueltas a lo que uno va a hacer
    nos paraliza. .

    Vamos a detallar entonces la serie de diferentes motivos
    que tienes para tus comportamientos matutinos. Ya sabes lo que es
    un «motivo»: es la razón que tienes o al menos
    crees tener para hacer algo, la explicación más
    aceptable de tu conducta cuando
    reflexionas un poco sobre ella. En una palabra: la mejor
    respuesta que se te ocurre a la pregunta «¿por
    qué hago eso?». Pues bien, uno de los tipos de
    motivación
    que reconoces es el de que yo te mando que hagas tal o cual cosa.
    A estos motivos les llamaremos órdenes. En otras
    ocasiones el motivo es que sueles hacer siempre ese mismo gesto y
    ya lo repites casi sin pensar, o también el ver que a tu
    alrededor todo el mundo se comporta así habitualmente:
    llamaremos costumbres a este juego de
    motivos. En otros casos el motivo parece ser la ausencia de
    motivo, el que te apetece sin más, la pura gana.
    ¿Estás de acuerdo en que llamemos
    caprichos al por qué de estos comportamientos?
    Dejo de lado los motivos más crudamente
    funcionales, es decir los que te inducen a aquellos
    gestos que haces como puro y directo instrumento para conseguir
    algo: bajar la escalera para llegar a la calle en lugar de saltar
    por la ventana, coger el autobús para ir al cole, utilizar
    una taza para tomar tu café
    con leche,
    etc.

    Nos limitaremos a examinar los tres meros tipos de
    motivos, es decir las órdenes, las costumbres y los
    caprichos. Cada uno de esos motivos inclina tu conducta en una
    dirección u otra, explica más o
    menos tu preferencia por hacer lo que haces frente a las
    otras muchas cosas que podrías hacer. Levantarte para ir
    al colegio es más obligatorio que lavarte los
    dientes o ducharte y creo que bastante más que dar patadas
    a la lata de coca-cola; en cambio, ponerte pantalones o al menos
    calzoncillos por mucho calor que haga
    es tan obligatorio como ir al cole, Lo que quiero decirte es que
    cada tipo de motivos tiene su propio peso y te condiciona a su
    modo. Las órdenes, por ejemplo, sacan su fuerza, en parte,
    del miedo que puedes tener a las terribles represalias que
    tomaré contra ti si no me obedeces; pero también,
    supongo, al afecto y la confianza que me tienes
    y que te lleva a pensar que lo que te mando es para protegerte y
    mejorarte o, como suele decirse con expresión que te hace
    torcer el gesto, por tu bien. También desde luego
    porque esperas algún tipo de recompensa si cumples como es
    debido: paga, regalos, etc. Las costumbres, en cambio, vienen
    más bien de la comodidad de seguir la rutina en
    ciertas ocasiones y también de tu interés de
    no contrariar a los otros, es decir de la presión
    de los demás. También en las costumbres hay algo
    así como una obediencia a ciertos tipos de
    órdenes.

    Las órdenes y las costumbres tienen una cosa en
    común: parece que vienen de fuera, que se te
    imponen sin pedirte permiso. En cambio, los caprichos te salen de
    dentro, brotan espontáneamente sin que nadie te
    los mande ni a nadie en principio creas imitarlos. Yo supongo que
    si te pregunto que cuándo te sientes más libre, al
    cumplir órdenes, al seguir la costumbre o al hacer tu
    capricho, me dirás que eres más libre al hacer tu
    capricho, porque es una cosa más tuya y que no depende de
    nadie más que de ti. Claro que vete a saber: a lo mejor
    también el llamado capricho te apetece porque se lo imitas
    a alguien o quizá brota de una orden pero al
    revés
    , por ganas de llevar la contraria, unas ganas
    que no se te hubieran despertado a ti solo sin el mandato previo
    que desobedeces.

    Y si en la situación en que está las
    órdenes no le bastan, la costumbre todavía menos.
    La costumbre sirve para lo corriente, para la rutina de todos los
    días. Tú mismo te pones religiosamente pantalones y
    calzoncillos todas las mañanas, pero si en caso de
    incendio no te diera tiempo tampoco te
    sentirías demasiado culpable. Cuando las cosas
    están de veras serias hay que inventar y no
    sencillamente limitarse a seguir la moda o el
    hábito…

    Tampoco parece que sea ocasión propicia para
    entregarse a los caprichos. En momentos tempestuosos a la
    persona sana
    se le pasan casi todos los caprichitos y no le queda sino el
    deseo intenso de acertar con la línea de conducta
    más conveniente, o sea: más racional.

    Opinión

    En este capítulo el autor nos resalta lo que para
    mi es la responsabilidad o nuestras ganas de vivir (a
    partir de los ejemplos que nos plantea el libro). Pero
    sigue sin dejar lo que es la libertad, la cual se sigue aplicando
    ya que se tienen que seguir tomando decisiones, partiendo de los
    problemas que
    se nos vayan presentando en la vida como producto de
    nuestro propio actuar ; en este capítulo, el autor
    nos pone de ejemplo a un capitán de barco, el cual tiene
    que decidir entre cumplir y no cumplir con el trabajo
    ó podría ser entre la vida y la muerte de
    el y el resto de la flota ; en este mismo capítulo
    nos plantea las costumbres, las cuales son las actividades que
    realiza el hombre
    normalmente sin pensar en el porque realiza tal actividad como la
    de levantarse, o ponerse ropa para salir a la calle, las
    costumbres para mi son los aspectos que existen en la vida de
    cada uno, los cuales si no existieran en la vida de alguien lo
    podría considerar como a alguien que no esta bien
    mentalmente hablando (esto refiriéndome a las actividades
    de vestirse y otras actividades comunes en la sociedad
    humana) ; los caprichos los veo como aspectos en la vida de
    cada persona que según yo en su mayoría no nos
    llevan a nada muy productivo que digamos, debido a que un
    capricho es algo que solo le interesa a una persona la cual es la
    que tiene tal capricho, y no a la sociedad en
    general aunque este aspecto tratado en el capítulo, creo
    que es el único que posee de la libertad casi
    absoluta.

    En cambio las ordenes y las costumbres no son acto
    libres ya que no son pensamientos internos sino son algo que es
    impuesto por
    alguien.

    4. Haz lo que
    quieras

    Decíamos antes que la mayoría de las cosas
    las hacemos porque nos las mandan , porque se acostumbra a
    hacerlas así, porque son un medio para conseguir lo que
    queremos o sencillamente porque nos da la ventolera o el capricho
    de hacerlas, así, sin más ni más. Pero
    resulta que en ocasiones importantes o cuando nos tomamos lo que
    vamos a hacer verdaderamente en serio, todas estas motivaciones
    corrientes resultan insatisfactorias: vamos, que saben a
    poco
    , como suele decirse.

    Esto tiene que ver con la cuestión de la
    libertad, que es el asunto del que se ocupa propiamente
    la ética
    Libertad es poder decir
    «sí» o «no»; lo hago o no lo hago,
    digan lo que digan mis jefes o los demás; esto me conviene
    y lo quiero, aquello no me conviene y por tanto no lo quiero.
    Libertad es decidir, pero también, no lo olvides,
    darte cuenta de que estás decidiendo. Lo
    más opuesto a dejarse llevar, como podrás
    comprender. Y para no dejarte llevar no tienes más remedio
    que intentar pensar al menos dos veces lo que vas a hacer;
    sí, dos veces, lo siento, aunque te duela la cabeza… La
    primera vez que piensas el motivo de tu acción la
    respuesta a la pregunta «¿por qué hago
    esto?» lo hago por que me lo mandan, porque es costumbre
    hacerlo, porque me da la gana. Pero si lo piensas por
    segunda vez, la cosa ya varía. Esto lo hago
    porque me lo mandan, pero… ¿por qué obedezco lo
    que me mandan? ¿por miedo al castigo?, ¿por
    esperanza de un premio?, ¿no estoy entonces como
    esclavizado por quien me manda? Si obedezco porque quien
    da las órdenes sabe más que yo, ¿no
    sería aconsejable que procurara informarme lo suficiente
    para decidir por mí mismo? ¿Y si me mandan cosas
    que no me parecen convenientes, como cuando le ordenaron
    al comandante nazi eliminar a los judíos del campo de
    concentración? ¿Acaso no puede ser algo
    «malo» –es decir, no conveniente para mí–
    por mucho que me lo manden, o «bueno» y conveniente
    aunque nadie me lo ordene?

    Lo mismo sucede respecto a las costumbres. Si no pienso
    lo que hago más que una vez, quizá me baste la
    respuesta de que actúo así «porque es
    costumbre». Y cuando me interrogo por segunda vez sobre mis
    caprichos, el resultado es parecido. Muchas veces tengo ganas de
    hacer cosas que en seguida se vuelven contra mí, de las
    que me arrepiento luego. En asuntos sin importancia el capricho
    puede ser aceptable, pero cuando se trata de cosas más
    serias dejarme llevar por él, sin reflexionar si se trata
    de un capricho conveniente o inconveniente, puede resultar muy
    poco aconsejable, hasta peligroso: el capricho de cruzar siempre
    los semáforos en rojo a lo mejor resulta una o dos veces
    divertido pero llegaré a viejo si me empeño en
    hacerlo día tras día?

    En resumidas cuentas: puede
    haber órdenes, costumbres y caprichos que sean motivos
    adecuados para obrar, pero en otros casos no tiene por qué
    ser así. Sería un poco idiota querer llevar la
    contraria a todas las órdenes y a todas las costumbres,
    como también a todos los caprichos porque a veces
    resultarán convenientes o agradables. Pero nunca una
    acción es buena sólo por ser una orden, una
    costumbre o un capricho
    . Para saber si algo me resulta de
    veras conveniente o no tendré que examinar lo que hago
    más a fondo, razonando por mí mismo. Nadie puede
    ser libre en mi lugar, es decir: nadie puede dispensarme de
    elegir y de buscar por mí mismo. Cuando se es un
    niño pequeño, inmaduro, con poco conocimiento
    de la vida y de la realidad basta con la obediencia, la rutina o
    el caprichito. Pero es porque todavía se está
    dependiendo de alguien, en manos de otro que vela por nosotros.
    Luego hay que hacerse adulto, es decir, capaz de
    inventar en cierto modo la propia vida y no simplemente
    de vivir la que otros han inventado para uno. Naturalmente, no
    podemos inventarnos del todo porque no vivimos solos y muchas
    cosas se nos imponen queramos o no Pero entre las órdenes
    que se nos dan, entre las costumbres que nos rodean o nos
    creamos, entre los caprichos que nos asaltan, tendremos que
    aprender a elegir por nosotros mismos. No habrá más
    remedio, para ser hombres y no borregos que pensar dos veces lo
    que hacemos. Y si me apuras, hasta tres y cuatro veces en
    ocasiones señaladas.

    La palabra «moral»
    etimológicamente tiene que ver con las costumbres, pues
    eso precisamente es lo que significa la voz latina:
    mores, y también con las órdenes, pues la
    mayoría de los preceptos morales suenan así como
    «debes hacer tal cosa» o «ni se te ocurra hacer
    tal otra». Sin embargo, hay costumbres órdenes que
    pueden ser malas, o sea «inmorales», por muy
    ordenadas y acostumbradas que se nos presenten. Si queremos
    profundizar en la moral de
    verdad, si queremos aprender en serio cómo emplear bien la
    libertad que tenemos, más vale dejarse de órdenes,
    costumbres y caprichos. Lo primero que hay que dejar claro es que
    la ética de un hombre libre
    nada tiene que ver con los castigos ni los premios repartidos por
    la autoridad que
    sea, autoridad
    humana o divina, para el caso es igual. El que no hace más
    que huir del castigo y buscar la recompensa que dispensan otros,
    según normas
    establecidas por ellos, no es mejor que un pobre
    esclavo.

    «Moral»
    es el conjunto de comportamientos y normas que
    tú, yo y algunos de quienes nos rodean solemos aceptar
    como válidos; «ética» es la
    reflexión sobre por qué los consideramos
    válidos y la comparación con otras
    «morales»que tienen personas diferentes.

    Te recuerdo que las palabras «bueno» y
    «malo» no sólo se aplican a comportamientos
    morales, ni siquiera sólo a personas.

    Para unos, ser bueno significará ser resignado y
    paciente, pero otros llamarán bueno a la persona
    emprendedora, original, que no se acobarda a la hora de decir lo
    que piensa aunque pueda molestar a alguien. Porque no sabemos
    para qué sirven los seres humanos.

    Se puede ser buen hombre de muchas maneras y las
    opiniones que juzgan los comportamientos suelen variar
    según las circunstancias. Admitimos así que hay
    muchas formas de serlo y que la cuestión depende del
    ámbito en que se mueve cada cual. De modo que ya ves que
    desde fuera no es fácil determinar quién
    es bueno y quién malo, quién hace lo conveniente y
    quién no. Habría que estudiar no sólo todas
    las circunstancias de cada caso, sino hasta las
    intenciones que mueven a cada uno.

    Ni órdenes, ni costumbres ni caprichos bastan
    para guiarnos en esto de la ética y ahora resulta que no
    hay un claro reglamento que enseñe a ser hombre bueno y a
    funcionar siempre como tal, ¿cómo nos las
    arreglaremos? «Haz lo que quieras.» ¡vaya, pues
    sí que es moral la conclusión a la que
    hemos llegado!, ¡la que se armaría si todo el mundo
    hiciese sin más ni más lo que quisiera!.

    Opinión
    En esta parte del libro se no
    plantea una especie de decisión la cual nos puede hacer
    culpables directos de algo o no, dependiendo de lo antecedentes
    que existan a esta actividad, la cual puede haber sido realizada
    voluntariamente o bajo ordenes de alguien. Aquí el autor
    no plante como ejemplo todos los anteriormente mencionados, pero
    el que habla sobre un comandante nazi y el que plantea el
    racismo,
    ejemplos que nos dicen que el hombre no siempre es el culpable de
    lo que hace, a partir de que muchas veces este tiene su libertad
    limitada, al tener que obedecer ordenes de alguien que sea
    considerado mas importante dentro de la actividad que realiza la
    persona. Pero estas ordenes pueden ser desobediencias ya que la
    libertad de la persona no se afecta a la hora de realizar la
    orden, orden que puede ser buena o mala, pero que va a ser
    clasificada por medio de la conciencia ;
    pero también puede existir el aspecto de la obediencia
    absoluta al que de la orden, pero en estos hechos entra la moral la
    cual nos dice si aceptamos o no el hacer lo que se nos ordena
    hacer ; dentro de lo que es la clasificación de lo
    bueno y malo no solo son esto sino que también estos dos
    pueden servir para calificar lo que se realiza. Por lo que
    así podemos calificar a las personas que nos rodean y a la
    sociedad en general, dependiendo de esta última y de una
    manera mas particular, a partir de nuestro criterio calificativo
    a l respecto.

    5. Date la buena
    vida

    ¿Qué pretendo decirte poniendo un
    «haz lo que quieras» como lema fundamental de esa
    ética hacia la que vamos tanteando? Pues sencillamente hay
    que dejarse de órdenes y costumbres de premios y castigos,
    en una palabra de cuanto quiere dirigirte desde fuera, y que
    tienes que plantearte todo este asunto desde ti mismo, desde el
    fuero interno de tu voluntad. No le preguntes a nadie qué
    es lo que debes hacer con tu vida: Pregúntatelo a ti
    mismo. Si deseas saber en qué puedes emplear mejor tu
    libertad, no la pierdas poniéndote ya desde el principio
    al servicio de
    otro o de otros, por buenos, sabios y respetables que sean:
    interroga sobre el uso de tu libertad… a la libertad
    misma.

    Si te digo «haz lo que quieras» parece que
    te estoy dando de todas formas una orden, «haz eso y no lo
    otro», aunque sea la orden de que actúes libremente.
    Si la cumples, la desobedeces (porque no haces lo que eres, sino
    lo que quiero yo que te lo mando), si la desobedeces, la cumples
    (porque haces lo que tú quieres en lugar de lo que yo te
    mando… ¡Pero eso es precisamente lo que te estoy
    mandando!). : no se trata de pasar el tiempo, sino de
    vivirlo bien. La aparente contradicción que
    encierra ese «haz lo que quieras»no es sino un
    reflejo del problema esencial de la libertad misma: a saber, que
    no somos libres de no ser libres, que no tenemos más
    remedio que serlo. Por eso un filósofo francés de
    nuestro siglo, Jean-Paul Sartre, dijo
    que «estamos condenados a la libertad». Para esa
    condena no hay indulto que valga…

    De modo que mi «haz lo que quieras» no es
    más que una forma de decirte que te tomes en serio el
    problema de tu libertad, lo de que nadie puede dispensarte de la
    responsabilidad creadora de escoger tu
    camino. No te preguntes con demasiado morbo si «merece la
    pena» todo este jaleo de la libertad, porque quieras o no
    eres libre, quieras o no tienes que querer. Aunque digas
    que no quieres saber nada de estos asuntos tan fastidiosos y que
    te deje en paz, también estarás queriendo no saber
    nada, queriendo que te dejen en paz aun a costa de aborregarte un
    poco o un mucho. Pero no confundamos este «haz lo que
    quieras» con los caprichos de que hemos hablado
    antes. Una cosa es que hagas «lo que quieras» y otra
    bien distinta que hagas «lo primero que te venga en
    gana». No digo que en ciertas ocasiones no pueda bastar la
    pura y simple gana de algo.

    La vida está hecha de tiempo, nuestro presente
    está lleno de recuerdos y esperanzas. Si te digo que hagas
    lo que quieras, lo primero que parece oportuno hacer es que
    pienses con detenimiento y a fondo qué es lo que quieres.
    Sin duda te apetecen muchas cosas, a menudo contradictorias, como
    le pasa a todo el mundo: quieres tener una moto pero no quieres
    romperte la crisma por la carretera, quieres tener amigos pero
    sin perder tu independencia,
    quieres tener dinero pero no
    quieres avasallar al prójimo para conseguirlo, quieres
    saber cosas y por ello comprendes que hay que estudiar pero
    también quieres divertirte, quieres que yo no te dé
    la lata y te deje vivir a tu aire pero
    también que esté ahí para ayudarte cuando lo
    necesites, etc. Eso mismito es lo que yo quería
    aconsejarte: cuando te dije «haz lo que quieras» lo
    que en el fondo pretendía recomendarte es que te
    atrevieras a darte la buena vida. Y no hagas caso a los tristes
    ni a los beatos, la ética no es más que el intento
    racional de averiguar cómo vivir mejor. Si merece la pena
    interesarse por la ética es porque nos gusta la buena
    vida. Sólo quien ha nacido para esclavo o quien tiene
    tanto miedo a la muerte que
    cree que todo da igual se dedica a las lentejas y vive de
    cualquier manera…

    Quieres darte la buena vida: estupendo. Pero
    también quieres que esa buena vida no sea la buena vida de
    una coliflor o de un escarabajo, sino una buena vida
    humana. Es lo que te corresponde, creo yo. Y estoy
    seguro de que
    a ello no renunciarías por nada del mundo. Ser humano,
    consiste principalmente en tener relaciones con los otros seres
    humanos. precisamente la gracia de todas esas cosas estriba en
    que te permiten relacionarte más favorablemente con los
    demás! Por medio del dinero se
    espera poder deslumbrar o comprar a los otros; las ropas son para
    gustarles o para que nos envidien, y lo mismo la buena casa, los
    mejores vinos, etcétera. Muy pocas cosas conservan su
    gracia en la soledad; y si la soledad es completa y definitiva,
    todas las cosas se amargan irremediablemente. La buena vida
    humana es buena vida entre seres humanos o de lo
    contrario puede que ser vida pero no será ni buena ni
    humana.

    Las cosas pueden ser bonitas y útiles, los
    animales resultan simpáticos, pero los hombres lo que
    queremos ser es humanos, no herramientas
    ni bichos. Y queremos también ser tratados como
    humanos, porque eso de la humanidad depende en buena medida de
    que los unos hacemos con los otros. el hombre no es solamente una
    realidad natural sino también una realidad
    cultural. No hay humanidad sin aprendizaje
    cultural y para empezar sin la base de toda cultura, el
    lenguaje. El mundo en el que vivimos los humanos es un
    mundo lingüístico, una realidad de símbolos y
    leyes sin la
    cual no sólo seríamos incapaces de comunicarnos
    entre nosotros sino también de captar la
    significación de lo que nos rodea. Pero nadie
    puede aprender a hablar por sí solo porque el lenguaje no es
    una función
    natural y biológica del hombre sino una creación
    cultural que heredamos y aprendemos de otros hombres.

    Por eso hablar a alguien y escucharle es tratarle como a
    una persona, por lo menos empezar a darle un trato humano. Es
    sólo un primer paso, desde luego, porque la cultura dentro
    de la cual nos humanizamos unos a otros parte del lenguaje pero
    no es simplemente lenguaje. Hay otras formas de demostrar que nos
    reconocemos como humanos, es decir, estilos de respeto y de
    miramientos humanizadores que tenemos unos para con otros. Todos
    queremos que se nos trate así y si no, protestamos. Lo
    más importante de todo esto: la humanización es un
    proceso
    recíproco . Para que los demás puedan
    hacerme humano, tengo yo que hacerles humanos a ellos; si para
    mí todos son como cosas o como bestias, yo no seré
    mejor que una cosa o una bestia tampoco. Por eso darse la
    buena vida
    no puede ser algo muy distinto a fin de cuentas de
    dar la buena vida.

    Opinión
    En el capitulo actual el auto nos plantea el tratar de realizar
    nuestros actos de una manera mas libre sin tomar mucho en cuenta
    lo que loas demás personas tratan de influenciarnos. Pero
    para la lograr lo que es la buena vida creo que aparte de se
    felices creo que tenemos que hacer lo que nuestra conciencia nos
    indique, aunque esta indicación no sea buena para la
    sociedad en general, pero que para el que lleva acabo el acto es
    lo que a el mas felicidad le causa a partir de lo que a el le
    parezca. En este capítulo el autor nos dice que para vivir
    felices hay que hacer lo mejor posible o estar lo mejor posible
    de cualquier punto de vista ; como no lo plantea en el libro
    a partir de la Biblia, en donde nos habla de la herencia para el
    hijo primogénito que para estar feliz le da su herencia para que
    el logre ser feliz por lo menos momentáneamente, momento
    que al final puede no haber valido la pena, como lo plante el
    libro ; a partir de esta decisión puede surgir lo que
    es el arrepentimiento de haber hecho lo que se hizo
    anteriormente, y todo esto por lograr una felicidad de muy corto
    plazo. En esta parte del libro se nos plantea el aspecto
    económico el cual creo que esta en todas partes, problemas
    de la sociedad que creo que es la que nos esta comiendo a partir
    de la gran variedad de problemas que surgen por este. Para lo
    anterior esta el comerciante Kane, que a pesar de tener mucho
    dinero y poder no era feliz debido a que para conseguir lo que
    tenia, había tenido que crearse una gran cantidad de
    enemistades, las cuales no le podían proporcionar el
    cariño necesario para ser feliz, cariño que no
    puede proporcionar ningún ser vivo a excepción del
    humano.

    6. ¡Despierta,
    baby!

    Está bastante claro lo que queremos (darnos la
    buena vida), pero no lo está tanto en que consiste eso de
    «la buena vida». Y es que querer la buena vida no es
    un querer cualquiera, como cuando uno quiere lentejas, cuadros,
    electrodomésticos o dinero. Todos estos quereres son por
    decirlo así simples, se fijan en un solo aspecto
    de la realidad: no tienen perspectiva de conjunto. No hay nada
    malo en querer lentejas cuando se tiene hambre, desde luego: pero
    en el mundo hay otras cosas, otras relaciones, fidelidades
    debidas al pasado y esperanzas suscitadas por lo venidero, no
    sé, mucho más, todo lo que se te ocurra. En una
    palabra, no sólo de lentejas vive el hombre. La muerte es
    una gran simplificadora: cuando estás a punto de estirar
    la pata importan muy pocas cosas. La vida, en cambio, siempre es
    complejidad y casi siempre complicaciones. Si rehuyes
    toda complicación y buscas la gran simpleza no creas que
    quieres vivir más y mejor sino morirte de una vez. Y hemos
    dicho que lo que realmente deseamos es la buena vida, no la
    pronta muerte.
    La verdad es que las cosas que tenemos nos tienen ellas
    también a nosotros en contrapartida: lo que poseemos nos
    posee. Lo que tenemos muy agarrado nos agarra también a su
    modo… o sea que más vale tener cuidado con no
    pasarse.

    La mayor complejidad de la vida es precisamente
    ésa, que las personas no son cosas. Al principio no
    encontró dificultades: las cosas se compran y se venden.
    Las cosas Se usan mientras sirven y luego se tiran.

    Desengáñate: de una cosa sólo
    pueden sacarse… cosas. Nadie es capaz de dar lo que no
    tiene, ¿verdad?, ni mucho menos nada puede dar más
    de lo que es. Si los hombres fuésemos simples cosas, con
    lo que las cosas pueden darnos nos bastaría. Pero
    ésa es la complicación de que te hablaba que
    como no somos puras cosas, necesitamos «cosas» que
    las cosas no tienen
    . Cuando tratamos a los demás como
    cosas, lo que recibimos de ellos son también cosas: al
    estrujarlos sueltan dinero, nos sirven, salen, entran, se frotan
    contra nosotros o sonríen cuando apretamos el debido
    botón… Pero de este modo nunca nos darán esos
    dones más sutiles que sólo las personas pueden dar.
    No conseguiremos así ni amistad, ni
    respeto, ni mucho
    menos amor. Ninguna
    cosa puede brindarnos esa amistad, respeto,
    amor… en
    resumen, esa complicidad fundamental que sólo se
    da entre iguales y que a ti o a mí que somos personas, no
    nos pueden ofrecer más que otras personas a las que
    tratemos como a tales. Lo del trato es importante, porque ya
    hemos dicho que los humanos nos humanizamos unos a otros. Al
    tratar a las personas como a personas y no como a cosas estoy
    haciendo posible que me devuelvan lo que sólo una persona
    puede darle a otra.

    Pero al menos contamos con el respeto de una
    persona, aunque no sea más que una: nosotros mismos. Al no
    convertir a los otros en cosas defendemos por lo menos nuestro
    derecho a no ser cosas para los otros. Intentamos que el
    mundo de las personas sea.

    ¡Despierta de una vez, criatura! Los demás,
    desde fuera, pueden envidiarle a uno y no saber que en ese mismo
    momento nos estamos muriendo de cáncer. ¿Vas a
    preferir darle gusto a los demás que satisfacerte a ti
    mismo? Y yo te digo que dejes a la gente en paz y que sólo
    pienses en ti mismo.

    Precisamente la ética lo que intenta es averiguar
    en qué consiste en el fondo, más
    allá de lo que nos cuentan o de lo que vemos en los
    anuncios de la tele, esa dichosa buena vida que nos
    gustaría pegarnos. A estas alturas ya sabemos que ninguna
    buena vida puede prescindir de las cosas pero aún menos
    puede pasarse de personas. A las cosas hay que manejarlas como a
    cosas y a las personas hay que tratarlas como personas: de este
    modo las cosas nos ayudarán en muchos aspectos y las
    personas en uno fundamental, que ninguna cosa puede suplir, el de
    ser humanos. A lo mejor ser humanos no es cosa
    importante porque queramos o no ya lo somos sin remedio…
    ¡Pero se puede ser humano-cosa o humano-humano, humano
    simplemente preocupado en ganarse las cosas de la vida, todas las
    cosas, cuanto más cosas, mejor y humano dedicado a
    disfrutar de la humanidad vivida entre personas! Por
    favor, no te rebajes; deja las rebajas para los grandes
    almacenes, que
    es lo suyo.

    Se puede ser listo para los negocios o
    para la política y un solemne borrico para cosas
    más serias como lo de vivir bien o no.Te repito una
    palabra que me parece crucial papa este asunto:
    atención. No me refiero a la atención del búho, sino a la
    disposición a reflexionar sobre lo que se hace y a
    intentar precisar lo mejor posible el sentido de esa «buena
    vida» que queremos vivir. Sin cómodas pero
    peligrosas simplificaciones, procurando comprender toda la
    complejidad del asunto este de vivir (me refiero a vivir
    humanamente), que se las trae.

    Yo creo que la primera e indispensable condición
    ética es la de estar decididos a vivir de cualquier modo:
    estar convencido de que no todo da igual aunque antes o
    después vayamos a morirnos. Cuando se habla de
    «moral» la gente suele referirse a esas
    órdenes y costumbres que suelen respetarse por lo menos
    aparentemente y a veces sin saber muy bien por qué. Pero
    quizá el verdadero intríngulis no esté en
    someterse a un código
    o en llevar la contraria a lo establecido sino en intentar
    comprender, por qué ciertos comportamientos nos
    convienen y otros no, comprender de qué va la vida y
    qué es lo que puede hacerla «buena» para
    nosotros los humanos. Ante todo, nada de contentarse con ser
    tenido por bueno
    , con quedar bien ante los
    demás, con que nos den aprobado. Pero el esfuerzo
    de tomar la decisión tiene que hacerlo cada cual en
    solitario: nadie puede ser libre por ti.

    En este capítulo el autor sigue no sigue tratando
    de explicar para dejarnos una idea mas clara lo que es la buena
    vida en donde nos empieza a explicar que las complicaciones que
    se presentan en la vida tienen que ser tomadas de una manera mas
    sencilla, para así poder superar estos problemas, pero
    como que al plantear los ejemplos en este capítulo, por
    medio de estos, creo que no nos da una idea clara de lo que esta
    tratando de decir, nos habla un poco refiriéndose al
    futuro como el posible factor para impedir que logremos nuestros
    objetivos ; luego al plantear su ejemplo del
    alumno y el maestro nos enseña que no es necesario tener
    todo para ser felices, aspecto que creo nos a venido planteando
    los últimos dos capítulos, en el ejemplo el
    discípulo se dio cuenta de que al tener lo que mas
    quería (dos cosas del cuarto de su maestro) no iba a ser
    feliz ya que estaba ocupado de ambas manos al momento de tener
    una necesidad que podría ser de carácter
    personal,
    necesidad que no es agradable si no se puede
    solucionar.

    7. Aparece pepito
    grillo

    ¿Sabes cuál es la única
    obligación que tenemos en esta vida? Pues no ser
    imbéciles. La palabra «imbécil» es
    más sustanciosa de lo que parece, no te vayas a creer.
    Viene del latín baculus que significa
    «bastón»: el imbécil es el que necesita
    bastón para caminar. El imbécil puede ser todo lo
    ágil que se quiera y dar brincos como una gacela
    olímpica, no se trata de eso. Si el imbécil cojea
    no es de los pies, sino del ánimo: es su espíritu
    el debilucho y cojitranco, aunque su cuerpo pegue unas volteretas
    de órdago. Hay imbéciles de varios modelos, a
    elegir:
    a) El que cree que no quiere nada, el que dice que todo le da
    igual, el que vive en un perpetuo bostezo o en siesta permanente,
    aunque tenga los ojos abiertos y no ronque.
    b) El que cree que lo quiere todo, lo primero que se le presenta
    y lo contrario de lo que se le presenta: marcharse y quedarse,
    bailar y estar sentado, masticar ajos y dar besos sublimes, todo
    a la vez.
    c) El que no sabe lo que quiere ni se molesta en averiguarlo.
    Imita los quereres de sus vecinos o les lleva la contraria porque
    sí, todo lo que hace está dictado por la
    opinión mayoritaria de los que le rodean: es conformista
    sin reflexión o rebelde sin causa.
    d) El que sabe que quiere y sabe lo que quiere y, más o
    menos, sabe por qué lo quiere pero lo quiere flojito, con
    miedo o con poca fuerza. A fin de cuentas, termina siempre
    haciendo lo que no quiere y dejando lo que quiere para
    mañana, a ver si entonces se encuentra más
    entonado.
    e) El que quiere con fuerza y ferocidad, en plan
    bárbaro, pero se ha engañado a sí mismo
    sobre lo que es la realidad, se despista enormemente y termina
    confundiendo la buena vida con aquello que va a hacerle
    polvo.
    Todos estos tipos de imbecilidad necesitan bastón, es
    decir, necesitan apoyarse en cosas de fuera, ajenas, que no
    tienen nada que ver con la libertad y la reflexión
    propias.

    Conclusión: ¡alerta! ¡en guardia!,
    ¡la imbecilidad acecha y no perdona!
    Uno puede ser imbécil para las matemáticas (¡mea culpa!) y
    no serlo para la moral, es decir, para la buena vida. Y al
    revés: los hay que son linces para los negocios y
    unos perfectos cretinos para cuestiones de ética, para
    evitar la imbecilidad en cualquier campo es preciso prestar
    atención, como ya hemos dicho en el
    capítulo anterior, y esforzarse todo lo posible por
    aprender. En estos requisitos coinciden la física o la
    arqueología la ética. Pero el negocio de vivir bien
    no es lo mismo que el de saber cuánto son dos y dos. Saber
    cuánto son dos y dos es cosa preciosa, sin duda, pero al
    imbécil moral no es esa sabiduría la que puede
    librarle del gran batacazo.

    Lo contrario de ser moralmente imbécil es tener
    conciencia. Pero la conciencia no es algo que le toque a
    uno en una tómbola ni que nos caiga del cielo. Por
    supuesto, hay que reconocer que ciertas personas tienen desde
    pequeñas mejor «oído» ético que otras y un
    «buen gusto» moral espontáneo, pero este,
    «oído» y ese «buen gusto»
    pueden afirmarse y desarrollarse con la
    práctica

    Bueno, admito que para lograr tener conciencia hacen
    falta algunas cualidades innatas, como para apreciar la música o disfrutar
    con el arte. Y supongo
    que también serán favorables ciertos requisitos
    sociales y económicos pues a quien se ha visto desde la
    cuna privado de lo humanamente más necesario es
    difícil exigirle la misma facilidad para comprender lo de
    la buena vida que a los que tuvieron mejor suerte. Si nadie te
    trata como humano, no es raro que vayas a lo bestia… Pero una
    vez concedido ese mínimo, creo que el resto depende de la
    atención y esfuerzo de cada cual. La conciencia esta
    dentro de los siguientes rasgos:
    a) Saber que no todo da igual porque queremos realmente vivir y
    además vivir bien, humanamente bien.
    b) Estar dispuestos a fijarnos en si lo que hacemos
    corresponde a lo que de veras queremos o no.
    c) A base de práctica, ir desarrollando el buen
    gusto
    moral de tal modo que haya ciertas cosas que nos
    repugne espontáneamente hacer.
    d) Renunciar a buscar coartadas que disimulen que somos libres y
    por tanto razonablemente responsables de las
    consecuencias de nuestros actos.

    Como verás, no invoco en estos rasgos
    descriptivos motivo diferente para preferir lo de aquí a
    lo de allá, la conciencia a la imbecilidad, que tu propio
    provecho. Por qué está mal lo que llamamos
    «malo»? Porque no le deja a uno vivir la buena vida
    que queremos. Por lo general la palabra
    «egoísmo» suele tener mala prensa: se llama
    «egoísta» a quien sólo piensa en
    sí mismo y no se preocupa por los demás, hasta el
    punto de fastidiarles tranquilamente si con ello obtiene
    algún beneficio.

    Cuando se roba, ese algo (respeto, amistad, amor) pierde
    todo su buen gusto y a la larga se convierte en veneno. Los
    «egoístas» se parecen a esos concursantes del
    Un, dos, tres o de El precio
    justo
    que quieren conseguir el premio mayor pero se
    equivocan y piden la calabaza que no vale nada…

    Sólo deberíamos llamar egoísta
    consecuente al que sabe de verdad lo que le conviene para vivir
    bien y se esfuerza por conseguirlo. El que se harta de todo lo
    que le sienta mal (odio, caprichos criminales, lentejas compradas
    a precio de
    lágrimas, etc.) en el fondo quisiera ser egoísta
    pero no sabe. Pertenece al gremio de los
    imbéciles y habría que recetarle un poco de
    conciencia para que se amase mejor a sí mismo.

    Un trono no concede automáticamente ni amor ni
    respeto verdadero: sólo garantiza adulación temor y
    servilismo. Sobre todo cuando se consigue por medio de
    fechorías, como en el caso de Ricardo III. En vez de
    compensar de algún modo su deformación física Gloucester se
    deforma también por dentro. Ni de su joroba ni de
    su cojera tenía él la culpa, por lo que no
    había razón para avergonzarse de esas casualidades
    infortunadas: los que se rieran de él o le despreciaran
    por ellas son quienes hubieran debido avergonzarse. Por fuera los
    demás le veían contrahecho, pero él por
    dentro podía haberse sabido inteligente, generoso y digno
    de afecto; si se hubiera amado de verdad a sí mismo,
    debería haber intentado exteriorizar por medio de su
    conducta ese interior limpio y recto, su verdadero yo. Por el
    contrario, sus crímenes le convierten ante sus propios
    ojos (cuando se mira a sí mismo por dentro, allí
    donde nadie más que él es testigo) en un monstruo
    más repugnante que cualquier contrahecho físico.
    ¿Por qué? Porque de sus jorobas y cojeras morales
    es él mismo responsable, a diferencia de las otras que
    eran azares de la naturaleza. La corona manchada de
    traición y de sangre no le hace
    más amable, ni mucho menos: ahora se sabe menos
    digno de amor que nunca y ni él mismo se quiere
    ya.

    palabras como «culpa» o
    «responsable». Suenan a lo que habitualmente se
    relaciona con la conciencia,. No me ha faltado más que
    mencionar el mas «feo» de esos títulos:
    remordimiento. Sin duda lo que amarga la existencia a
    Gloucester y no le deja disfrutar de su trono ni de su poder son
    ante todo los remordimientos de su conciencia. Y ahora yo te
    pregunto: ¿sabes de dónde vienen los
    remordimientos? En algunos casos, me dirás, son reflejos
    íntimos del miedo que sentimos ante el castigo
    que puede merecer nuestro mal comportamiento. Fíjate: uno puede lamentar
    haber obrado mal aunque esté razonablemente seguro de
    que nada ni nadie va a tomar represalias contra él
    . Y
    es que, al actuar mal y darnos cuenta de ello comprendemos que ya
    estamos siendo castigados, que nos hemos estropeado a
    nosotros mismos voluntariamente. No hay peor castigo que darse
    cuenta de que uno está boicoteando con sus actos lo que en
    realidad quiere ser…

    ¿Que de dónde vienen los remordimientos?
    Para mí está muy claro: de nuestra
    libertad. Si no fuésemos libres, no
    podríamos sentirnos culpables (ni orgullosos, claro) de
    nada y evitaríamos los remordimientos. Por eso cuando
    sabemos que hemos hecho algo vergonzoso procuramos asegurar que
    no tuvimos otro remedio que obrar así, que no pudimos
    elegir: «yo cumplí órdenes de mis
    superiores», «vi que todo el mundo hacía lo
    mismo», «perdí la cabeza», «es
    más fuerte que yo», «no me di cuenta de lo que
    hacía», etcétera. Del mismo modo el
    niño pequeño, cuando se cae al suelo y se rompe
    el tarro de mermelada que intentaba coger de lo alto de la
    estantería, grita lloroso: «¡Yo no he
    sido!» Lo grita precisamente porque sabe que ha sido
    él
    ; si no fuera así, ni se molestaría
    en decir nada y quizá hasta se riese y todo. En cambio, si
    ha dibujado algo muy bonito en seguida proclamará:
    «¡Lo he hecho yo solito, nadie me ha ayudado!»
    Del mismo modo, ya mayores, queremos siempre ser libres para
    atribuirnos el mérito de lo que logramos pero preferimos
    confesarnos «esclavos de las circunstancias» cuando
    nuestros actos no son precisamente gloriosos.

    Y lo serio de la libertad es que tiene efectos
    indudables, que no se pueden borrar a conveniencia una vez
    producidos. Lo serio de la libertad es que cada acto libre que
    hago limita mis posibilidades al elegir y realizar una de ellas.
    Y no vale la trampa de esperar a ver si el resultado es bueno o
    malo antes de asumir si soy o no su responsable. Quizá
    pueda engañar al observador de fuera, como pretende el
    niño que dice «¡yo no he sido!», pero a
    mí mismo nunca me puedo engañar del
    todo.

    De modo que lo que llamamos «remordimiento»
    no es más que el descontento que sentimos con nosotros
    mismos cuando hemos empleado mal la libertad, es decir, cuando la
    hemos utilizado en contradicción con lo que de veras
    queremos como seres humanos. Y Ser responsable es saberse
    auténticamente libre, para bien y para mal: apechugar con
    las consecuencias de lo que hemos hecho, enmendar lo malo que
    pueda enmendarse y aprovechar al máximo lo bueno. El mundo
    que nos rodea, si te fijas, está lleno de ofrecimiento
    para descargar al sujeto del peso de su responsabilidad. La culpa
    de lo malo que sucede parece ser de las circunstancias, de la
    sociedad en la que vivimos, del sistema
    capitalista, del carácter
    que tengo no me educaron bien, de los anuncios de la
    tele, de las tentaciones que se ofrecen en los
    escaparates, de los ejemplos irresistibles y perniciosos… Acabo
    de usar la palabra clave de estas justificaciones:
    irresistible. Todos los que quieren dimitir de su
    responsabilidad creen en lo irresistible, aquello que avasalla
    sin remedio, sea propaganda,
    droga,
    apetito, soborno, amenaza, forma de ser… lo que salte. Los
    partidarios del autoritarismo creen firmemente en lo irresistible
    y sostienen que es necesario prohibir todo lo que puede resultar
    avasallador

    Un gran poeta y narrador argentino, Jorge Luis
    Borges, hace al principio de uno de sus cuentos la
    siguiente reflexión sobre cierto antepasado suyo:
    «Le tocaron, como a todos los hombres malos tiempos en que
    vivir.» En efecto, nadie ha vivido nunca en
    tiempos completamente favorables, en los que resulte sencillo ser
    hombre y llevar una buena vida. Siempre ha habido violencia,
    rapiña, cobardía, imbecilidad (moral y de la otra),
    mentiras aceptadas como verdades porque son agradables de
    oír… A nadie se le regala la buena vida humana
    ni nadie consigue lo conveniente para él sin coraje y sin
    esfuerzo: por eso virtud deriva etimológicamente
    de vir, la fuerza viril del guerrero que se impone en el combate
    contra la mayoría. amaciones.

    El meollo de la responsabilidad, por si te interesa
    saberlo, no consiste simplemente en tener la gallardía o
    la honradez de asumir las propias meteduras de pata sin buscar
    excusas a derecha e izquierda. El tipo responsable es; consciente
    de lo real de su libertad. Y empleo
    «real» en el doble sentido de
    «auténtico» o «verdadero» pero
    también de «propio de un rey»: el que toma
    decisiones sin que nadie por encima suyo le dé
    órdenes. Responsabilidad es saber que cada uno de mis
    actos me va construyendo, me va definiendo, me va
    inventando. Al elegir lo que quiero hacer voy
    transformándome poco a poco. Todas mis decisiones
    dejan huella en mí mismo antes de dejarla en el mundo que
    me rodea.

    Opinión
    Aquí comienza tratándonos de dar a conocer el
    objetivo de
    nuestra vida el cual lo plantea como el de no ser imbécil,
    tratándonos de decir que lo que tenemos que lograr es
    tener un espíritu fuerte, creo que este espíritu
    fuerte lo generaliza para que abarque todas las actividades
    posibles a realizar por el hombre, pero a su vez da una
    clasificación de las formas de vida, tomando como punto de
    partida al imbécil ; primeramente esta el que esta en
    una siesta permanente creyendo que no necesita nada, luego el que
    no tiene seguridad en si
    mismo para realizar lo que el quiere, luego esta el que no tiene
    interés de superarse a pesar de saber que necesita este
    factor de superación para se feliz en la vida ; luego
    esta el que tiene decisión pero que no tiene la voluntad
    para decidir lo que va a hacer y por último esta el
    ambicioso ya que lo quiere todo pero de una forma excesiva,
    aspecto por medio del cual no va a lograr la buena vida. Luego no
    plantea la conciencia para saber que es lo que sabemos y que es
    lo que necesitamos saber para así desarrollar nuestra
    necesidad si se le puede llamar así, aunque mas bien creo
    que las mayoría de las veces esto pudiera se solo un
    capricho ; esta conciencia es la que nos va a ayudar a dejar
    de tener lo que al autor plantea como imbecilidad moral a
    través de no ser conformistas, aceptar nuestras cualidades
    y saber tener un buen criterio de decisión. Luego el autor
    creo que nos plantea las ambición, la cual creo que es
    otro problema para lograr lo que es la buena vida para nosotros,
    en donde nos habla de Ricardo III de Sahakespeare, en donde desde
    mi punto de vista Ricardo no lograra nunca ser feliz ya que
    creía que para ser feliz le bastaría con llegar al
    trono, pero para esto tuvo que eliminar a toda la gente que
    estaba primero que el, pero al matar a todas estas personas no
    supo que también estaba matando su felicidad ya que se
    estaba quedando solo, el ahora rey no lograra nunca ser feliz, al
    menos mientras siga siendo rey ya que el remordimiento de sus
    actos siempre va estar siendo recordado por su
    conciencia.

    Después habla de la diferencia de personalidades
    entre el que es bueno y el que es malo.

    8. Ponte en su
    lugar

    La ética no se ocupa de cómo alimentarse
    mejor o de cuál es la manera más recomendable de
    protegerse del frío ni de qué hay que hacer para
    vadear un río sin ahogarse, cuestiones todas ellas sin
    duda muy importantes para sobrevivir en determinadas
    circunstancias; lo que a la ética le interesa, lo que
    constituye su especialidad, es cómo vivir bien la
    vida humana, la vida que transcurre entre humanos. Si uno no sabe
    cómo arreglárselas para sobrevivir en los peligros
    naturales, pierde la vida, lo cual sin duda es un fastidio
    grande; pero si uno no tiene ni idea de ética, lo que
    pierde o malgasta es lo humano de su vida y eso no tiene ninguna
    gracia, francamente, tampoco

    por muy semejantes que sean los hombres no está
    claro de antemano cuál sea la mejor manera de comportarse
    respecto a ellos. Precisamente porque los otros hombres se me
    parecen mucho pueden resultarme más peligrosos
    que cualquier animal feroz o que un terremoto. No hay peor
    enemigo que un enemigo inteligente, capaz de hacer planes
    minuciosos, de tender trampas o de engañarme de mil
    maneras. Quizá entonces lo mejor sea tomarles la delantera
    y ser uno el primero en tratarles, por medio de violencia o
    emboscadas, como si ya fuesen efectivamente esos
    enemigos que pudieran llegar a ser… Sin embargo, esta
    actitud no es
    tan prudente como parece a primera vista: al comportarme ante mis
    semejantes como enemigo, aumento sin duda las posibilidades de
    que ellos se conviertan sin remedio en enemigos míos
    también; y además pierdo la ocasión de
    ganarme su amistad o de conservarla si en principio estuviesen
    dispuestos a ofrecérmela.

    «Al levantarte hoy, piensa que a lo largo del
    día te encontrarás con algún mentiroso, con
    algún ladrón, con algún adúltero, con
    algún asesino. Y recuerda que has de tratarles como a
    hombres, porque son tan humanos como tú y por tanto te
    resultan tan imprescindibles como la mandíbula inferior lo
    es para la superior.» Por malos que sean, su humanidad
    coincide con la mía y la refuerza. Sin ellos, yo
    podría quizá vivir pero no vivir
    humanamente.

    Y es que esa misma semejanza en la inteligencia,
    en la capacidad de cálculo y
    proyecto, en
    las pasiones y los miedos, eso mismo que hace tan peligrosos a
    los hombres para mí cuando quieren serlo, los hace
    también supremamente útiles. Cuando un ser
    humano me viene bien, nada puede venirme mejor.
    Ningún bicho, por cariñoso que sea, puede darme
    tanto como otro ser humano, incluso aunque sea un ser humano algo
    antipático. Es muy cierto que a los hombres debo tratarlos
    con cuidado, por si acaso. Pero ese
    «cuidado» no puede consistir ante todo en recelo o
    malicia, sino en el miramiento que se tiene al manejar las cosas
    frágiles, las cosas más frágiles de todas…
    porque no son simples cosas. Ya que el vínculo de
    respeto y amistad con los otros humanos es lo más precioso
    del mundo para mí, que también lo soy, cuando me
    las vea con ellos debo tener principal interés en
    resguardarlo y hasta mimarlo, si me apuras un poco. Pero
    tenía bastante claras dos cosas que me parecen muy
    importantes:

    Primera: que quien roba, miente, traiciona,
    viola, mata o abusa de cualquier modo de uno no por ello deja de
    ser humano. Aquí el lenguaje es
    engañoso, porque al acuñar el título de
    infamia («ése es un ladrón»,
    «aquélla una mentirosa», «tal otro un
    criminal») nos hace olvidar un poco que se trata siempre de
    seres humanos que, sin dejar de serlo, se comportan de manera
    poco recomendable. Y quien «ha llegado» a ser algo
    detestable como sigue siendo humano aún puede volver a
    transformarse de nuevo en lo más conveniente para
    nosotros, lo más imprescindible…

    Segunda: Una de las características principales de todos los
    humanos es nuestra capacidad de imitación. La
    mayor parte de nuestro comportamiento y de nuestros gustos la
    copiamos de los demás. Por eso somos tan educables y vamos
    aprendiendo sin cesar los logros que conquistaron otras personas
    en tiempos pasados o latitudes remotas. En todo lo que llamamos
    « civilización», «cultura», etc.,
    hay un poco de invención y muchísimo de
    imitación. Si no fuésemos tan copiones,
    constantemente cada hombre debería empezarlo todo desde
    cero.

    Ahora bien: si cuanto más feliz y alegre se
    siente alguien menos ganas tendrá de ser malo. El que
    colabora en la desdicha ajena o no hace nada para ponerle
    remedio… se la está buscando. tratar a los semejantes
    como enemigos (o como víctimas) puede parecer
    ventajoso. El mundo está lleno de
    «pillines» o de descarados canallas que se consideran
    sumamente astutos cuando sacan provecho de la buena
    intención de los demás y hasta de sus desventuras.
    La mayor ventaja que podemos obtener de nuestros
    semejantes no es la posesión de más cosas (o el
    dominio sobre
    más personas tratadas como cosas, como instrumentos)
    sino la complicidad y afecto de más seres libres.
    Es decir, la ampliación y refuerzo de mi
    humanidad.

    ¿en qué consiste tratar a las personas
    como a personas, es decir, humanamente? Respuesta: consiste en
    que intentes ponerte en su lugar. Reconocer a alguien
    como semejante implica sobre todo la posibilidad de comprenderle
    desde dentro, de adoptar por un momento su propio punto
    de vista. A fin de cuentas, siempre que hablamos con
    alguien lo que hacemos es establecer un terreno en el que quien
    ahora es «yo» sabe que se convertirá en
    «tú» y viceversa.

    Ponerse en el lugar de otro es algo más que el
    comienzo de toda comunicación simbólica con
    él: se trata de tomar en cuenta sus derechos. Y cuando los
    derechos faltan, hay que comprender sus
    razones. A que alguien intente ponerse en su lugar y
    comprender lo que hace y lo que siente. Aunque sea para
    condenarle en nombre de leyes que toda
    sociedad debe admitir. En una palabra, ponerte en el lugar de
    otro es tomarle en serio, considerarle tan plenamente
    real como a ti mismo.

    Cuando hablo de «relativizar» tu
    interés quiero decir que ese interés no es algo
    tuyo exclusivamente, como si vivieras solo en un mundo de
    fantasmas, sino que te pone en contacto con otras realidades tan
    «de verdad» como tú mismo. De modo que todos
    los intereses que puedas tener son relativos (según otros
    intereses, según las circunstancias, según leyes y
    costumbres de la sociedad en que vives) salvo un interés,
    el único interés absoluto: el
    interés de ser humano entre los humanos, de dar y recibir
    el trato de humanidad sin el que no puede haber «buena
    vida». Se trata de sentir simpatía por el
    otro (o si prefieres compasión, pues ambas voces
    tienen etimologías semejantes, la una derivando del griego
    y la otra del latín), es decir ser capaz de experimentar
    en cierta manera al unísono con el otro, no dejarle del
    todo solo ni en su pensar ni en su querer. Reconocer que estamos
    hechos de la misma pasta, a la vez idea, pasión y
    carne.

    Tomarte al otro en serio, es decir, ser capaz de ponerte
    en su lugar para aceptar prácticamente que es tan real
    como tú mismo, no significa que siempre debas darle la
    razón en lo que reclama o en lo que hace. Ni tampoco que,
    como le tienes por tan real como tú mismo y semejante a ti
    debas comportarte como si fueseis
    idénticos.

    La vida es demasiado compleja y sutil, las personas
    somos demasiado distintas, las situaciones son demasiado
    variadas, a menudo demasiado íntimas, como para
    que todo quepa en los libros de
    jurisprudencia. Lo mismo que nadie puede ser
    libre en tu lugar, también es cierto que nadie
    puede ser justo por ti si tú no te das cuenta de
    que debes serlo para vivir bien. Para entender del todo lo que el
    otro puede esperar de ti no hay más remedio que
    amarle un poco, aunque no sea más que amarle
    sólo porque también es humano… y ese
    pequeño pero importantísimo amor ninguna ley instituida
    puede imponerlo. Quien vive bien debe ser capaz de una justicia
    simpática, o de una compasión justa.

    Opinión:
    En este capítulo el autor comienza con un ejemplo, sobre
    la historia de
    Robinson Crusoe, personaje que vive solo en una isla y que al ya
    estar bien establecido en ella, encuentra que no esta solo,
    hablando de que encontró pruebas para
    poder decir que hay otros humanos en la isla, lo cual le causa un
    problema, el cual esta lleno de dudas sobre lo que tendrá
    que hacer. Lo único que este sabia es que por lo menos iba
    a ser alguien parecido a el sin importar las demás
    características del extraño,
    entonces el autor comienza a hablar sobre el tipo de
    relación que el esta pensando tener con el otro humano,
    sin importar por el momento la forma de ser de este.
    Después al avanzar me encuentro que para tratar con otro
    humano se tiene que tratar a este como tal sin importar lo que
    podría haber en su pasado, ya que el puede desarrollar y
    hacer lo mismo que cualquier persona normal en este caso, pero al
    existir la imitación, actividad que todos los humanos
    desempeñan, es la característica que nos a venido
    estableciendo la forma de vida del hombre a través de l
    que considero como las costumbres, costumbre que no harán
    buenos o malos, pero en otros ejemplos establece que el ser malo
    no es un factor de estar viviendo una buena vida ya que la
    persona que es mala a su vez es desgraciada, esto por diferentes
    motivos, los cuales los considero personales. Pero al tener que
    seguir tratando a estas personas como humanos, tenemos que
    ponernos en su lugar, pienso yo que esto es para poder comprender
    el porque esta clase de personas actúan así, viendo
    que también tienen sus intereses, objetivos y el
    que tienen que tomar decisiones a partir de lo anterior, como
    para establecer que es lo que la demás gente debe de
    esperar de esta clase de personas.

    9. Tanto
    Gusto

    Cuando la gente habla de «moral» y sobre
    todo de «inmoralidad», el ochenta por ciento de las
    veces el sermón trata de algo referente al sexo.
    Tanto que algunos creen que la moral se dedica ante todo a juzgar
    lo que la gente hace con sus genitales. En el sexo, de por
    sí, no hay nada más «inmoral» que en la
    comida o en los paseos por el campo; claro que alguien puede
    comportarse inmoralmente en el sexo
    (utilizándolo para hacer daño a otra persona, por
    ejemplo), lo mismo que hay quien se come el bocadillo del vecino
    o aprovecha sus paseos para planear atentados terroristas. Y por
    supuesto, como la relación sexual puede llegar a
    establecer vínculos muy poderosos y complicaciones
    afectivas muy delicadas entre la gente, es lógico que se
    consideren especialmente los miramientos debidos a los
    semejantes en tales casos. El que de veras esta
    «malo» es quien cree que hay algo de malo en
    disfrutar… No sólo es que «tenemos» en
    cuerpo, como suele decirse (casi con resignación), sino
    que somos un cuerpo, sin cuya satisfacción y
    bienestar no hay vida buena que valga. El que se avergüenza
    de las capacidades gozosas de su cuerpo es tan bobo como el que
    se avergüenza de haberse aprendido la tabla de
    multiplicar.

    Desde luego, una de las funciones
    indudablemente importantes del sexo es la
    procreación. Y es una consecuencia que no puede
    ser tomada a la ligera, pues impone obligaciones
    ciertamente éticas: repasa, si no te acuerdas, lo que te
    he contado antes sobre la responsabilidad como reverso
    inevitable de la libertad. Pero la experiencia sexual no puede
    limitarse simplemente a la función procreadora.
    En los seres humanos, los dispositivos naturales para asegurar la
    perpetuación de la especie tienen siempre otras
    dimensiones que la biología no parece
    haber previsto. Se les añaden símbolos y
    refinamientos, invenciones preciosas de esa libertad sin la que
    los hombres no seríamos hombres. Es paradójico que
    sean los que ven algo de «malo» o al menos de
    «turbio» en el sexo quienes dicen que dedicarse con
    demasiado entusiasmo a él animaliza al hombre.
    Cuanto más se separa el sexo de la simple
    procreación, menos animal y más humano resulta.
    Claro que de ello se derivan consecuencias buenas y malas, como
    siempre que la libertad está en juego.

    Lo que se agazapa en toda esa obsesión sobre la
    «inmoralidad» sexual no es ni más ni menos que
    uno de los más viejos temores sociales del hombre: el
    miedo al placer
    . Y como el placer sexual destaca entre los
    más intensos y vivos que pueden sentirse, por eso se ve
    rodeado de tan enfáticos recelos cautelas. El placer nos
    distrae a veces más de la cuenta, cosa que puede
    resultarnos fatal. Por eso los placeres se han visto siempre
    acosados por tabúes y restricciones, cuidadosamente
    racionados, permitidos sólo en ciertas fechas, etc.: se
    trata de precauciones sociales (que a veces perduran aun cuando
    ya no hacen falta) para que nadie se distraiga demasiado del
    peligro de vivir.

    Por otro lado están quienes sólo disfrutan
    no dejando disfrutar. Tienen tanto miedo a que el placer les
    resulte irresistible, se angustian tanto pensando lo que les
    puede pasar si un día le dan de verdad gusto al cuerpo,
    que se convierten en calumniadores profesionales del
    placer. Que si el sexo esto, que si la comida y la bebida lo
    otro, que si el juego lo de más allá, que si basta
    de risas y fiestas con lo triste que es el mundo, etc. Todo puede
    llegar a sentar mal o servir para hacer el mal, pero nada es
    malo sólo por el hecho de que le dé gusto
    hacerlo
    . A los calumniadores profesionales del placer se les
    llama «puritanos». El que asegura que la señal
    de que algo es bueno consiste en que no nos gusta hacerlo. El que
    sostiene que siempre tiene más mérito sufrir que
    gozar (cuando en realidad puede ser más meritorio gozar
    bien que sufrir mal). Y lo peor de todo: el puritano cree que
    cuando uno vive bien tiene que pasarlo mal y que cuando uno lo
    pasa mal es porque está viviendo bien. Por supuesto, los
    puritanos se consideran la gente más «moral»
    del mundo y además guardianes de la moralidad de sus
    vecinos.

    La diferencia entre el «uso» y el
    «abuso» es precisamente ésa: cuando usas un
    placer, enriqueces tu vida y no sólo el placer sino que la
    vida misma te gusta cada vez más; es señal de que
    estás abusando el notar que el placer te va empobreciendo
    la vida y que ya no te interesa la vida sino sólo ese
    particular placer. O sea que el placer ya no es un ingrediente
    agradable de la plenitud de la vida, sino un refugio para
    escapar de la vida, para esconderte de ella y
    calumniarla mejor…

    A veces decimos eso de «me muero de gusto».
    Mientras se trate de lenguaje figurado no hay nada que objetar,
    porque uno de los efectos benéficos del placer muy intenso
    es disolver todas esas armaduras de rutina, miedo y trivialidad
    que llevamos puestas y que a menudo nos amargan más de lo
    que nos protegen; al perder esas corazas parecemos
    «morir» respecto a lo que habitualmente somos, pero
    para renacer luego más fuertes y animosos. Se trata de una
    «muerte» para vivir más y mejor, que nos hace
    más sensibles, más dulce o fieramente apasionados.
    Sin embargo, en otros casos el gusto que obtenemos amenaza con
    matarnos en el sentido más literal e irremediable de la
    palabra. O mata nuestra salud y nuestro cuerpo, o
    nos embrutece matando nuestra humanidad, nuestros miramientos
    para con los demás y para con el resto de lo que
    constituye nuestra vida. El «instinto de
    conservación» a toda costa está muy bien pero
    no es más que eso: un instinto. Y los humanos vivimos un
    poco más allá de los instintos o si no la cosa
    tiene poca gracia.

    Todo cuanto lleva a la alegría tiene
    justificación (al menos desde un punto de vista, aunque no
    sea absoluto) y todo lo que nos aleja sin remedio de la
    alegría es un camino equivocado. Un
    «sí» espontáneo a la vida que nos brota
    de dentro, a veces cuando menos lo esperamos. Un
    «sí» a lo que somos, o mejor, a lo que
    sentimos
    ser. Quien tiene alegría ya ha recibido el
    premio máximo y no echa de menos nada; quien no tiene
    alegría –por sabio guapo, sano, rico poderoso, santo,
    etc., que sea– es un miserable que carece de lo más
    importante. Pues bien, escucha: el placer es estupendo y deseable
    cuando sabemos ponerlo al servicio de la
    alegría, pero no cuando la enturbia o la compromete. El
    límite negativo del placer no es el dolor, ni siquiera la
    muerte, sino la alegría: en cuanto empezamos a perderla
    por determinado deleite, seguro que estamos disfrutando con lo
    que no nos conviene. Y es que la alegría, no sé si
    vas a entenderme aunque no logro explicarme mejor, es Una
    experiencia que abarca placer y dolor, muerte y vida; es la
    experiencia que definitivamente acepta el placer y el
    dolor, la muerte y la vida.

    Al arte de poner el placer al servicio de la
    alegría es decir, a la virtud que sabe no ir a caer del
    gusto en el disgusto, se le suele llamar desde tiempos antiguos
    templanza. Se trata de una habilidad fundamental del
    hombre libre pero hoy no está muy de moda: se la
    quiere substituir por la abstinencia radical o por la
    prohibición policíaca. Antes que intentar
    usar bien algo de lo que se puede usar mal (es decir, abusar),
    los que han nacido para robots prefieren renunciar por completo a
    ello y, si es posible que se lo prohíban desde fuera, para
    que así su voluntad tenga que hacer menos ejercicio.
    Desconfían de todo lo que les gusta; o, aún peor,
    creen que les gusta todo aquello de lo que desconfían.
    «¡Que no me dejen entrar en un bingo, porque me lo
    jugaré todo! ¡Que no me consientan probar un
    porro, porque me convertiré en un esclavo
    babeante de la droga!»
    Etc. Son como esa gente que compra una máquina que les da
    masajes en la barriga para no tener que hacer flexiones con su
    propio esfuerzo. Y claro, cuanto más se privan a la fuerza
    de las cosas, más locamente les apetecen, más se
    entregan a ellas con mala conciencia, dominados por el más
    triste de todos los placeres: el placer de sentirse
    culpables. Desengáñate: cuando a uno le
    gusta sentirse «culpable», cuando uno cree que un
    placer es más placer auténtico si resulta en cierto
    modo «criminal», lo que se está pidiendo a
    gritos es castigo… El mundo está lleno de
    supuestos «rebeldes» que lo único que desean
    en el fondo es que les castiguen por ser libres, que algún
    poder superior de este mundo o de otro les impida quedarse a
    solas con sus tentaciones.

    En cambio, la templanza es amistad inteligente con lo
    que nos hace disfrutar. A quien te diga que los placeres son
    «egoístas» porque siempre hay alguien
    sufriendo mientras tú gozas, le respondes que es bueno
    ayudar al otro en lo posible a dejar de sufrir, pero que es
    malsano sentir remordimientos por no estar en ese momento
    sufriendo también o por estar disfrutando como el otro
    quisiera poder disfrutar. Comprender el sufrimiento de quien
    padece e intentar remediarlo no supone más que
    interés porque el otro pueda gozar también, no
    vergüenza porque tú estés gozando. Sólo
    alguien con muchas ganas de amargarse la vida y
    amargársela a los demás puede llegar a creer que
    siempre se goza contra alguien. Y a quien veas que
    considera «sucios» y «animales» todos los
    placeres que no comparte o que no se atreve a permitirse, te doy
    permiso para que le tengas por sucio y por bastante
    animal.

    Opinión:
    En esta parte el autor nos habla, pienso de lo que es un poco la
    inmadurez de realizar lo que se establece y supone que todos
    debemos hacer para poder convivir en la sociedad en la que
    tenemos que desarrollarnos, esto el autor lo define como
    inmoralidad, concepto al cual
    se le pueden dar otros significados como el que
    típicamente se establece como el sexo que aparece en
    películas, forma de utilizar el concepto que es
    incorrecta ya que se a ido creando en las personas que su objeto
    es el anteriormente dicho, pero la inmoral dentro del mismo tema
    (sexo) podría establecerse como tal cuando se comete
    alguna violación en contra de una mujer ; la
    inmoral no solo puede se lo anterior sino que también
    puede estar presente en la mesa a la hora de comer.

    Pero también no dice que el sexo se considera
    algo malo ya que la sociedad a través del tiempo a venido
    haciendo que esta actividad que debería ser considerada
    como de lo más común, se ha venido estableciendo
    como algo que impide que el hombre pueda seguir haciendo lo que
    hace en días normales (trabajo y otras actividades
    diarias). Este placer no es el único que hay para se por
    lo menos temporalmente feliz sino que existen otros los cuales
    creo que pueden variar dependiendo de la forma de ser y pensar de
    la persona frente a ciertas actividades que a esta le gustan
    mucho, esta clase de placeres, bueno todos en general son los que
    no hacen que tengamos mas ganas de vivir. Pero la mayor felicidad
    o producto de desarrollar esta es lo que podemos definir como
    alegría, conceptos que también son diferentes para
    cada persona dependiendo del criterio y forma de vida de
    esta.

    10. Elecciones
    Generales

    Para lo único que sirve la ética es para
    intentar mejorarse a uno mismo, no para reprender elocuentemente
    al vecino; y lo único seguro que sabe la ética es
    que el vecino, tú, yo y los demás estamos todos
    hechos artesanalmente, de uno en uno, con amorosa diferencia. De
    modo que a quien nos ruge al oído: «¡Todos
    los… (políticos, negros, capitalistas, australianos,
    bomberos, lo que se prefiera) son unos inmorales y no tienen ni
    pizca de ética!», se le puede responder amablemente:
    «Ocúpate de ti mismo, so capullo, que más te
    vale», o cosa parecida.

    Las sociedades
    igualitarias, es decir, democráticas, son muy poco
    caritativas con quienes escapan a la media por encima O por
    abajo: al que sobresale, apetece apedrearle, al que se va al
    fondo, se le pisa sin remordimiento. Por otra parte, los
    políticos suelen estar dispuestos a hacer más
    promesas de las que sabrían o querrían cumplir. Su
    clientela se lo exige (quien no exagera las posibilidades del
    futuro ante sus electores y no hace mayor énfasis en las
    dificultades que en las ilusiones, pronto se queda solo. Jugamos
    a creernos que los políticos tienen poderes sobrehumanos y
    luego no les perdonamos la decepción inevitable que nos
    causan. Si confiásemos menos en ellos desde el principio,
    no tendríamos que aprender a desconfiar tanto de ellos
    más tarde. Aunque a fin de cuentas siempre es mejor que
    sean regulares, tontorrones y hasta algo «chorizos»,
    como tú o como yo, mientras sea posible criticarles,
    controlarles y cesarles cada cierto tiempo; lo malo es cuando son
    «jefes» perfectos a los cuales, como se suponen a
    sí mismos siempre en posesión de la verdad no hay
    modo de mandarles a casa más que tiros…

    La ética es el arte de elegir lo que más
    nos conviene y vivir lo mejor posible; el objetivo de la
    política
    es el de organizar lo mejor posible la convivencia social, de
    modo que cada cual pueda elegir lo que le conviene. Como nadie
    vive aislado (ya te he hablado de que tratar a nuestros
    semejantes humanamente es la base de la buena vida), cualquiera
    que tenga la preocupación ética de vivir bien no
    puede desentenderse olímpicamente de la política.
    Sería como empeñarse en estar cómodo en una
    casa pero sin querer saber nada de las goteras, las ratas, la
    falta de calefacción y los cimientos carcomidos que pueden
    hacer hundirse el edificio entero mientras dormimos…

    Sin embargo, tampoco faltan las diferencias importantes
    entre ética y política. Para empezar, la
    ética se ocupa de lo que uno mismo (tú, yo
    o cualquiera) hace con su libertad, mientras que la
    política intenta coordinar de la manera más
    provechosa para el conjunto lo que muchos hacen con sus
    libertades. En la ética, lo importante es querer
    bien, porque no se trata más que de lo que cada cual hace
    porque quiere (no de lo que le pasa a uno quiera o no, ni de lo
    que hace a la fuerza). Para la política, en cambio, lo que
    cuentan son los resultados de las acciones, se
    haga. por lo que se hagan, y el político intentará
    presionar con los medios a su
    alcance –incluida la fuerza– para obtener ciertos resultados y
    evitar otros. Tomemos un caso trivial: el respeto a las
    indicaciones de los semáforos. Desde el punto de vista
    moral, lo positivo es querer respetar la luz roja
    (comprendiendo su utilidad general,
    poniéndose en el lugar de otras personas que pueden
    resultar dañadas si yo infrinjo la norma, etc), pero si el
    asunto se considera políticamente, lo que importa es que
    nadie se salte los semáforos, aunque no sea más que
    por miedo a la multa o a la cárcel. Para el
    político, todos los que respetan la luz roja son
    igualmente «buenos», lo hagan por miedo, por rutina,
    por superstición o por convencimiento racional de que debe
    ser respetada a la ética, en cambio, sólo le
    merecen aprecio verdadero estos últimos, porque son los
    que entienden mejor el uso de la libertad. En una palabra, hay
    diferencia entre la pregunta ética que yo me hago a
    mí mismo y la preocupación política por que
    la mayoría funcione de la manera considerada
    más recomendable y armónica.

    Detalle importante: la ética no puede
    esperar a la política. No hagas caso de quienes
    te digan que el mundo es políticamente invivible, que
    está peor que nunca, que nadie puede pretender llevar una
    buena vida (éticamente hablando) en una situación
    tan injusta, violenta y aberrante como la que vivimos. Eso mismo
    se ha asegurado en todas las épocas y con razón,
    porque las sociedades
    humanas nunca han sido nada «del otro mundo», como
    suele decirse, siempre han sido cosa de este mundo y por tanto
    llenas de defectos, de abusos, de crímenes. Pero en todas
    las épocas ha habido personas capaces de vivir bien o por
    lo menos empeñadas en intentar vivir bien. Cuando
    podían, colaboraban en mejorar la sociedad en la que les
    había tocado desenvolverse; si eso no les era posible, por
    lo menos no la empeoraban, lo cual la mayoría de las veces
    no es poco.

    Desde un punto de vista ético, es decir, desde la
    perspectiva de lo que conviene para la vida buena,
    ¿cómo será la
    organización política preferible, aquella que
    hay que esforzarse por conseguir y defender? Si repasas un poco
    lo que hemos venido diciendo hasta aquí (temo, ay, que el
    rollo vaya siendo demasiado largo para que le acuerdes de todo)
    ciertos aspectos de ese ideal se te ocurrirán en cuanto
    reflexiones con atención sobre el asunto:

    a) Como todo el proyecto
    ético parte de la libertad, sin la cual no hay
    vida buena que valga, el sistema
    político deseable tendrá que respetar al
    máximo las facetas públicas de la libertad humana:
    la libertad de reunirse o de separarse de otros, la de expresar
    las opiniones y la de inventar belleza o ciencia, la de
    trabajar de acuerdo con la propia vocación o
    interés, la de intervenir en los asuntos públicos,
    la de trasladarse o instalarse en un lugar, la libertad de elegir
    los propios goces de cuerpo y de alma, etc. Abstenerse
    dictaduras, sobre todo las que son «por nuestro
    bien». Nuestro mayor bien es ser libres.

    b) Principio básico de la vida buena, como ya
    hemos visto, es tratar a las personas como a personas, es decir:
    ser capaces de ponernos en el lugar de nuestros semejantes y de
    relativizar nuestros intereses para armonizarlos con los suyos.
    Si prefieres decirlo de otro modo, se trata de aprender a
    considerar los intereses del otro como si fuesen tuyos y los
    tuyos como si fuesen de otro. A esta virtud se le llama
    justicia y no puede haber régimen político
    decente que no pretenda, por medio de leyes e instituciones,
    fomentar la justicia entre
    los miembros de la sociedad. La única razón para
    limitar la libertad de los individuos cuando sea indispensable
    hacerlo es impedir, incluso por la fuerza si no hubiera otra
    manera, que traten a sus semejantes como si no lo fueran, o sea
    que los traten como a juguetes, a bestias de carga, a simples
    herramientas,
    a seres inferiores, etc. A la condición que puede exigir
    cada humano de ser tratado como semejante a los demás, sea
    cual fuere su sexo, color de piel ideas o
    gustos, etc., se le llama dignidad. Fíjate
    qué curioso: aunque la dignidad es lo que tenemos todos
    los humanos en común, es precisamente lo que sirve para
    reconocer a cada cual como único e irrepetible. Las cosas
    pueden Ser «cambiadas» unas por otras, se las puede
    «sustituir» por otras parecidas o mejores, en una
    palabra: tienen su «precio» (el dinero
    suele servir para facilitar estos intercambios,
    midiéndolas todas por un mismo rasero). Dejemos de lado
    por el momento que ciertas «cosas» estén tan
    vinculadas a las condiciones de la existencia humana que resulten
    insustituibles y por lo tanto «que no puedan ser compradas
    ni por todo el oro del mundo», como pasa con ciertas obras
    de arte o ciertos aspectos de la naturaleza. Pues bien,
    todo ser humano tiene dignidad y no precio, es decir, no
    puede ser sustituido ni se le debe maltratar con el fin
    de beneficiar a otro. Cuando digo que no puede ser sustituido, no
    me refiero a la función
    que realiza (un carpintero puede sustituir en su trabajo a otro
    carpintero) sino a su personalidad
    propia, a lo que verdaderamente es; cuando hablo de
    «maltratar» quiero decir que, ni siquiera si se le
    castiga de acuerdo a la ley o se le tiene
    políticamente como enemigo, deja de ser acreedor a unos
    miramientos y a un respeto. Hasta en la guerra, que es
    el mayor fracaso del intento de «buena vida» en
    común de los hombres, hay comportamientos que suponen un
    crimen mayor que el propio crimen organizado que la guerra
    representa. Es la dignidad humana lo que nos hace a todos
    semejantes justamente porque certifica que cada cual es
    único, no intercambiable y con los mismos derechos al reconocimiento
    social que cualquier otro.

    c) La experiencia de la vida nos revela en carne propia,
    incluso a los más afortunados, la realidad del
    sufrimiento. Tomarse al otro en serio, poniéndonos en su
    lugar, consiste no sólo en reconocer su dignidad de
    semejante sino también en simpatizar con sus dolores, con
    las desdichas que por error propio, accidente fortuito o
    necesidad biológica le afligen, como antes o
    después pueden afligirnos a todos. Enfermedades, vejez,
    debilidad insuperable, abandono, trastorno emocional o mental,
    pérdida de lo más querido o de lo más
    imprescindible amenazas y agresiones violentas por parte de los
    más fuertes o de los menos escrupulosos. Una comunidad
    política deseable tiene que garantizar dentro de lo
    posible la asistencia comunitaria a los que sufren y la
    ayuda a los que por cualquier razón menos pueden ayudarse
    a sí mismos. Lo difícil es lograr que esta
    asistencia no se haga a costa de la libertad y la dignidad de la
    persona. A veces el Estado, con
    el pretexto de ayudar a los inválidos, termina por tratar
    como si fuesen inválidos a toda la población. Las desdichas nos ponen en manos
    de los demás y aumentan el poder colectivo sobre el
    individuo: es muy importante esforzarse porque ese poder no se
    emplee más que para remediar carencias y debilidades:, no
    para perpetuarlas bajo anestesia en nombre de una
    «compasión» autoritaria.

    Quien desee la vida buena para sí mismo, de
    acuerdo al proyecto ético, tiene también que desear
    que la comunidad
    política de los hombres se base en la libertad,
    la justicia y la asistencia. La democracia
    moderna ha intentado a lo largo de los dos últimos siglos
    establecer (primero en la teoría
    y poco a poco en la práctica) esas exigencias
    mínimas que debe cumplir la sociedad política: son
    los llamados derechos humanos cuya lista todavía
    es hoy, para nuestra vergüenza colectiva, un catálogo
    de buenos propósitos más que de logros efectivos.
    Insistir en reivindicarlos al completo, en todas parles y para
    todos, no unos cuantos y sólo para unos cuantos, sigue
    siendo la única empresa
    política de la que la ética no puede desentenderse.
    Respecto a que la etiqueta que vayas a llevar en la solapa
    mientras tanto haya de ser de «derechas», de
    «izquierdas», de «centro» o de lo que
    sea… bueno, tú verás, porque yo paso bastante de
    esa nomenclatura algo
    anticuada.

    Lo que sí me parece evidente es que muchos de los
    problemas que hoy se nos presentan a los cinco mil millones de
    seres humanos que atiborramos el planeta (y el censo sigue, ay,
    en aumento) no pueden ser resueltos, ni siquiera bien planteados,
    más que de forma global para todo el mundo. Piensa en el
    hambre, que hace morir todavía a tantísimos
    millones de personas, o el subdesarrollo
    económico y educativo de muchos países, o la
    pervivencia de sistemas
    políticos brutales que oprimen sin remilgos a su población y amenazan a sus vecinos, o el
    derroche de dinero y ciencia en
    armamentos, o la simple y llana miseria de demasiada gente
    incluso en naciones ricas, etc. Creo que la actual
    fragmentación política del mundo (de un mundo ya
    unificado por la interdependencia económica y la
    universalización de las comunicaciones) no hace más que perpetuar
    estas lacras y entorpecer las soluciones que
    se proponen. Otro ejemplo: el militarismo, la inversión frenética en armamento de
    recursos que
    podrían resolver la mayoría de las carencias que
    hoy se padecen en el mundo, el cultivo de la guerra
    agresiva (arte inmoral de suprimir al otro en lugar de
    intentar ponerse en su lugar)… ¿Crees tú que hay
    otro modo de acabar con esa locura que no sea el establecimiento
    de una autoridad a escala mundial
    con fuerza suficiente para disuadir a cualquier grupo de la
    afición a jugar a batallitas? Por último, antes te
    decía que algunas cosas no son sustituibles como lo son
    otras: esta «cosa» en que vivimos, el planeta
    Tierra, con su
    equilibrio
    vegetal y animal no parece que tenga sustituto a mano ni que sea
    posible «comprarnos» otro mundo si por afán de
    lucro o por estupidez destruimos éste.

    A lo que voy: cuanto favorece la organización de los hombres de acuerdo con
    su pertenencia a la humanidad y no por su pertenencia a tribus,
    me parece en principio políticamente interesante. La
    diversidad de formas de vida es algo esencial
    (¡imagínate qué aburrimiento si faltase!)
    pero siempre que haya unas pautas mínimas de tolerancia entre
    ellas y que ciertas cuestiones reúnan los esfuerzos de
    todos. Si no, lo que conseguiremos es una diversidad de
    crímenes y no de culturas. Por ello te confieso que
    aborrezco las doctrinas que enfrentan sin remedio a unos
    hombres con otros: el racismo, que clasifica a las
    personas en primera, segunda o tercera clase de acuerdo con
    fantasías pseudocientíficas; los
    nacionalismos feroces, que consideran que el individuo
    no es nada y la identidad
    colectiva lo es todo; las ideologías
    fanáticas, religiosas o civiles, incapaces de respetar el
    pacífico conflicto
    entre opiniones, que exigen a todo el mundo creer y respetar lo
    que ellas consideran la «verdad, y sólo eso,
    etc.

    Opinión:
    En este capítulo el libro comienza hablándonos
    sobre política, mas bien políticos si referir se a
    uno en particular, sino que hace una referencia general ;
    aquí se habla de la mala fama que tienen los
    políticos, pero el autor al define como que es la fama que
    tendría cualquier político y que es la
    característica que tendía el pueblo en general sin
    importar quien sea el que este desarrollando determinado puesto,
    el autor nos dice que un político llega a ser
    político por que es alguien muy parecido a la sociedad
    (personas que componen a esta), ya que si esta fuera diferente,
    pues simplemente a pesar de que esta lo intente sería muy
    difícil de que ganara. Esto no s hace responsables de todo
    lo que pasa con el gobierno ya que
    dentro de la Etica, esto se lleva acabo a partir de una
    elección la cual conlleva una decisión, por medio
    de la cual esperamos obtener lo mejor para nosotros, o sea, un
    bien.

    La Etica y política las veo como "actividades"
    que están relacionadas con la libertad, pero de una manera
    diferente ya que la Etica plantea la libertad individualmente
    pero a todos y la política establece la libertad pero de
    una manera general y a través de actividades que son
    necesarias para que la política funcione. Entonces se
    establece que la política debe de respetar la libertad de
    la sociedad incluyendo las características de esta como un
    algo que hace que la civilización funcione, luego se
    establece que tratemos a las personas como personas practicando
    lo que podemos definir como justicia, la cual podría decir
    que es la que nos limita un poco la libertad, por lo que
    finalmente dice que la política establece parte de la
    libertad (limita a esta) que se supone podría tener el
    hombre.

     

     

    Autor:

    Hector Uriel Vázquez Martínez

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