(Un ensayo acerca de las transformaciones).
A Andreas Schultze-Kraft, hombre de transformaciones.
El origen "celeste" del hierro puede quedar tal vez demostrado por el vocablo griego "sideros", que se ha relacionado con sidus-eris, "estrella", y el lituano svidu, "brillar"; svideti, "brillante".
Mircea Eliade. Herreros y Alquimistas.
Los cantos del yunque y del martillo produjeron innumerables cantos populares. Alegran la campiña silenciosa y revelan de lejos a la aldea cual campanas: "¡Golpea, golpea viejo Clem!... ¡Atiza, atiza el fuego viejo Clem! ¡Gruñe más fuerte, elévate más alto!". Así cantaba el viejo herrero de Dickens.
Gaston Bachelard. El lirismo dinámico del herrero. (La tierra y los ensueños de la voluntad).
La materia prima es aquella que el hombre no puede crear, pero que con paciencia, inteligencia y estética logra transformar, embellecer y convertir en materia útil.
José Guillermo Anjel R. Del cuaderno de las definiciones primeras.
En el libro de Enoc, libro extraño que no aparece en el cánon judío y que los padres de la iglesia rechazaron como apócrifo, se habla de las primeras transformaciones que realizó el hombre al ponerse en contacto con los bienes interiores de la tierra. Pero el libro fue marginado y prohibido y por ello sabemos muy poco acerca de cómo nació la magia, que en el principio fue unir la piedra con el fuego para verla parir. En ese libro de Enoc se dice que Azael, uno de los jefes de los ángeles que pisaron la tierra, enseñó a los hombres a fabricar espadas y cuchillos, escudos, corazas y espejos. Y a las mujeres les enseñó el arte de fabricar brazaletes y pintarlos.
En la mitología griega se cuenta la historia de Hefestos (dios que en la mitología latina se llamó Vulcano), un hijo de Cronos, feo y deforme, que tuvo por encargo habitar las profundidades de la tierra y crear la primera forja para fundir metales. De esas aleaciones nació el bronce y una pasión desmesurada por Afrodita. Hefestos cojeaba y, como se dice en las tradiciones mediterráneas, tenía pie de herrero, que es como el casco de un caballo feto. Se dice que este dios, al alear el cobre y el estaño, creó el color amarillento-rojizo y el material que fue el preámbulo del cañón y la campana, de la tenacidad y la sonoridad. Por eso sus pasiones fueron desbordadas y superadas apenas por Zeus, que gobernaba el rayo que contiene todos los fuegos.
De los cuatro elementos, sólo el fuego puede ser producido por el hombre. Y aunque los mitos y leyendas dicen que la llama fue posesión primero de los dioses (y en esto se diferenciaron de los hombres, siempre ateridos y asustados porque enfrentaban la oscuridad), tesis que Mircea Eliade sostiene para explicar el origen celeste de los primeros metales conocidos en la tierra, un día el ser humano conoció el fuego y lo convirtió en el elemento trasformador más poderoso que haya existido. De aquí que la historia y la mitología siempre se refieran al fuego como un don divino y por ello purificador de todo aquello que es el fundamento de un orden. Así, Prometeo es castigado por haber hecho conocer el secreto a los griegos, que con el fuego se igualaron a los persas y lograron conocimientos que sólo se adquirían en los laberintos de la poesía. El fuego está presente en la zarza ardiente que se manifiesta como una presencia de D’s ante Moisés y luego vuelve a mostrarse en forma de rayos cuando recibe las tablas de la ley; las llamas aparecen en la cabeza de los apóstoles indicando que tienen el conocimiento y con él todas las lenguas del mundo conocido; las letras hebreas que son llamas vivas etcétera. Siempre el fuego unido al desarrollo del pensamiento, a la instrucción para vivir, a la fuerza del lenguaje y al contacto con D’s. Como dice Eduardo Galeano en Las memorias del fuego, en este elemento se cuece la historia humana y quizás concluya en él, porque al principio fue el fuego y al final también lo será.
¿Cuánto tiempo hace que el hombre conoció el fuego? No lo sabemos. Sólo hay algunos indicios en las primeras cuevas donde se encontraron dibujos: allí el hombre, refugiándose del frío y de los animales sin domesticar, encendía las hogueras para darse calor. Y mientras el fuego actuaba y se consumía, las piedras sudaban. Quizás así conocieron esos hombres el rojo del cinabrio, la brillantez del plomo derretido, los primeros puntos del oro y la plata. Y asombrados, le dieron un carácter mágico a eso que veían sus ojos y quemaba las puntas de sus dedos.
En la tesis de Mircea Eliade en Herreros y alquimistas, el fuego propició la forja y el herrero. Y esto antes que un oficio fue un ritual donde se asistía al parto de la tierra y a la génesis de la capacidad creativa del hombre. Hoy sabemos que el fuego alienta la imaginación, que las historias de las mil noches y una noche fueron tejidas alrededor de una hoguera y que una llama observada crea en el inconsciente las más variadas simbologías e imágenes extrañas, sueños sin descripción ni significado, como dice Gaston Bachelard en El psicoanálisis de una llama y se comprueba en Los caprichos de Goya, que pintaba usando un sombrero que le servía de candelabro. También dice Bachelar en El ensayo sobre la imaginación de la materia, que sólo ingresando en la tierra y el fuego es como el hombre se descubre y como se define en calidad de creador.
El fuego es elemento que transforma la materia permitiéndole al herrero, al soplador de vidrio y al alquimista asistir a los cambios de la tierra, al paso de lo impuro a lo puro, de lo escondido a lo evidente. En términos de Karl Popper, es atravesar la mentira para llegar a la verdad, como hacen los árabes cuando aplican la ordalía, ese ritual donde quien dice lo cierto (la verdad) pone la lengua sobre un metal hirviendo y no se quema.
En Colmillo blanco, la novela de Jack London, el fuego es aquello que se mueve y con el movimiento indica vida. Pero que no puede ser devorado por los otros seres vivos porque devora. Es una verdad manifiesta, es un ayudador, es un asombro permanente.
Una historia prima sobre los metales:
En Bereschit (el Génesis) se habla de la espada reluciente del ángel que expulsa a Adán, que es metal que produce fuego y por lo tanto guarda conocimientos que sólo pertenecen a D’s. Y en ese mismo texto se habla de un descendiente de Caín, cuando éste y su gente ya se habían establecido en algún lugar entre Afganistán y la India. Dice la crónica: "Y Tzila dio a luz a Tubal Caín, que forjaba instrumentos de cobre y hierro", lo que quiere decir que el hermano de Abel tomó el camino del desierto y allí, como pasó con Hefestos, entró en la tierra y se nutrió de ella. Esta referencia bíblica a la explotación de los metales luego se reafirma con Lot, quien no sólo hacía flechas sino clavos, con los hornos de Teraj donde además de trabajar la cerámica fundían oro y hierro, con el becerro de oro (los israelitas habían aprendido de fundición en Egipto), con la elaboración del arca de la Alianza, donde se trabajó el metal de formas delicada y artística; con los oficios que Moisés le ordena hacer a los miembros de la tribu de Judá, que serán textileros y orfebres (o sea conocedores de la aguja y el trabajo con metales) y finalmente reafirma la metalurgia con las Minas del rey Salomón, que estaban en Ofir (en Etiopía), donde se dice (en un comentario del Talmud) que los hombres extraían el metal con las manos y a través de vidrios anchos lograban fundirlo, porque la luz es el fuego de los fuegos.
Los griegos conocieron el horno, la fragua y el crisol en Creta, cuando reinaba el rey Minos y corría la leyenda del Minotauro. Rastros en metal, en especial bronces y máscaras de oro, certifican la existencia de la era minóica. Allí los marinos cretenses que se atrevían a cruzar el mar que unía las islas del Egeo, llevaban consigo pesadas armas de bronce y yelmos del mismo metal. Ya, en la Hélade (Grecia continental), conocieron el hierro y lo bruñeron hasta lograr escudos que no sólo les cubrían el cuerpo en la batalla sino que les servían de féretro para cuando llegaban muertos de la guerra. Según Hesíodo, el escudo era el lecho de honor del héroe, aquel donde el guerrero muerto era reconocido como grande y memorable.
Los griegos herraron los caballos, produjeron material para espadas y cuchillos, lograron hacer clavos para las tablas de los barcos y lograron trenzar el hierro para hacer tornillos. El más famoso de estos tornillos fue el de Arquímedes, que servía para perforar pozos y subir el agua a la superficie. También supieron hacer arados, palas y picos. Y coronas para sus reyes, pulseras y anillos, al igual que vasos de plata y oro donde engarzaron piedras preciosas. Y a pesar de que los ciudadanos libres despreciaban el trabajo (Aristóteles se lo asignaba a los esclavos), lucían el metal como símbolo de riqueza y origen noble.
Los romanos, herederos de Grecia, lograron hacer de los metales seres más livianos y perfeccionaron la espada, los pectorales (muchos de ellos obras de arte como el de Julio César y Augusto), las cabezas de los arietes, las bolas de las catapultas y los espolones de los barcos. Y en esta perfección lograron hilos de metal para las redes con las que luchaban y se atrapaban los gladiadores y los aretes con los que se embellecían las mujeres. Para ellos el metal fue trabajo diario que se ejercía en las herrerías militares, en las ínsulas donde habitaba la clase media y en los talleres de los limes, donde los bárbaros también imponían sus conocimientos. Con Roma, podríamos decir, nació una cultura de convivencia a través del hierro. En los límites del imperio se reunían los herreros para intercambiar piezas de metal como clavos, herraduras, hojas y pomos para espadas, cuchillos y medallones, unos para usar contra el mal de ojo, otros como símbolo de virilidad. Se dice que en las obras de arquitectura romana, como puentes y acueductos, anfiteatros y murallas, los constructores se ayudaron de máquinas donde en la madera se habían insertado piezas de metal. Y que para los trabajos con argamasa ya existían el palustre y la plomada.
Los masones, que aseguran su origen en Iram, el arquitecto de Salomón, simbolizan con la escuadra los tres magisterios de Hermes: mensajero de los dioses, portador de la inteligencia y señor de todas las astucias. Lo curioso, es que la escuadra es de hierro y sólo en ella es posible mantener vivas las características de ese díos, que para los romanos fue Mercurio (nombre que luego se le dio al azogue, metal líquido y asombroso). En otros términos, Mercurio (Hermes) simboliza el conocimiento positivo (el logrado a través de la experiencia y la comprobación continuada), la inspiración y la agilidad, conceptos éstos que los romanos le asignaban al espíritu del hierro bruñido y aceitado.
En la leyenda celta, los metales son el gran don de la piedra. Por esta razón, Excalibur, la espada del rey Arturo, permanecía unida a una roca y sólo quien fuera a ser el rey podría liberarla del sitio donde estaba clavada. Es interesante esta leyenda porque certifica que la nobleza la da la tierra y el metal que fluye de ella. Y que si bien los árboles fueron los primeros dioses, como tan bien lo detalla Robert Graves en La diosa blanca, fueron las rocas quienes les robaron el don más preciado: el metal. Ya los hombres, tentados por la creatividad, crearían la fundición, el martillo y el yunque, para ira de Thor el dios germano, quien así se vio desposeído de su honra.
Merlín el gran mago, conocía el espíritu de los metales y por ello sabría (según la leyenda) dónde se escondía el Grial, copón hecho en metal sagrado que haría muy poderoso a quien lo obtuviera. Pero viendo Merlín que en los hombres las pasiones son más fuertes que las virtudes, siempre negó el lugar donde se escondía el Grial, ese receptáculo famoso porque allí se almacenó parte de la sangre de Jesús y que fue traído a Europa por José de Arimatea y la mujer conocida como la Magdalena, como dice George Duby. En este punto es bueno anotar como en la cultura cristiana occidental al metal, el compuesto del Grial, se une a la sangre de la divinidad, perseverando así en el mito que le otorga origen divino al hierro. Para Mircea Eliade, los meteoritos que cayeron a la tierra contenían metales diversos y por ello algunas culturas vieron el cielo como la gran mina o como el proveedor de regalos de la divinidad. Ejemplo de esto es la piedra negra que los musulmanes adoran en la Kaaba y que, según la hadit (leyenda islámica) no es otra cosa que una lágrima del ángel que expulsó a Adán. Un ángel herrero.
La extracción y fundición de metales:
Europa fue la heredera de Roma y no sólo con relación al latín como lengua para expresar conceptos complejos y al sistema de gobierno visto desde el derecho romano, sino de los oficios. Cuando Alarico destruye y saquea la ciudad en el siglo V, y con esta devastación resquebraja el Imperio, se lleva las riquezas y los símbolos y también a muchos maestros herreros. Y así la tradición, ya expandida en Europa, se extiende por el Norte de África y luego se une con los oficios del hierro de la India y de la China, que están representados por la multiformidad nacida de la multiplicidad de dioses y por una ética que busca la perfección a partir del examen del error. En la India está el trimurti (Brama que crea, Visnú que conserva y Shiva que destruye) y entre los chinos se vive el I-Ching, ese libro e las aleaciones que Confucio recopila para que el hombre siempre tenga imaginación. Así, el símbolo del progreso es el martillo que golpea el yunque, que rebota sin destruir, que saca chispas. Y bajo este concepto y oficio, el hombre se une mediante una concepción general del trabajo: la transformación de la naturaleza.
En Europa se perfora la tierra y se funde el resultado de lo que sale de las minas. Y, como dice Bachelard, el hombre ingresa en las profundidades donde está la vida, esto que reta, asusta y asombra porque en la mina habita el misterio (en la cultura japonesa estaría el dragón), igual que en el vino (el rojo) que es una representación del hierro que entra en el cuerpo y lo fortalece. Y lo enloquece si se cometen excesos con él. Pasa igual que en la minería, donde la tierra da si hay un orden y una planeación, un rito de extracción y de fundición que alegre al dador (la tierra) y no lo alebreste. Quizás por esta razón, en algunas partes de la india los mineros son mujeres jóvenes y de mano delicada, que en lugar de picar la piedra la acarician.
Los árabes y los judíos, a quienes se les debe la delicadeza de la orfebrería, no sólo se dedicaron al oficio de fundir y lograr objetos bellos, sino de transmitir el oficio y dar a conocer los resultados. Y así, como existía una ruta de la seda (de la que Marco Polo e Ibn Batuta dan razón), también había una ruta de los fundidores y orfebres, que era la de los asombros y las bellezas, donde se comerciaba el metal para aplicar en armas, máquinas, palacios y vestidos. Y en esta ruta de los metales, todos ellos llamados preciosos porque contenían el beneficio de la belleza, parecen los centros de iniciación (especie de Institutos), donde los aprendices adquirían paciencia, habilidad y los fundamentos del arte, porque no bastaba con fundir y enfriar sino que era necesario lograr lo bello. De aquí que la primera definición de Metalurgia haya sido el arte de extraer y labrar metales, de embellecerlos con figuras e incrustaciones.
Toledo, Venecia y Estambul (Constantinopla, Alejandría), sitios de contacto entre Oriente y Occidente, fueron grandes centros de fundición y orfebrería. Y allí confluían no sólo los obreros y los artesanos sino los artistas, los filósofos (casi todos matemáticos y médicos) y los creadores de ingenios (que a partir de Leonardo se llamarían ingenieros), convocados por la magia y el ritual del espíritu metalúrgico y siderúrgico (metalurgia del hierro) que convocaba a la creación de formas, resistencias y transformación permanente. Hoy todavía es famoso el acero toledano, característico por su flexibilidad, resistencia y belleza. Igual que son famosos los mercados de orfebrería venecianos y los zocos de Estambul y Teherán, donde los vendedores de especias, perfumes, sedas y aceites se mezclan con los hombres que trabajan el metal.
Para antes del Renacimiento, donde el hombre deja de depender de D’s y asume la responsabilidad de entenderse él mismo, los alquimistas como Nicolás Flamel y Abraham el judío, Raimundo Lulio y el mismo Tomás de Aquino, se dan a la tarea de convertir lo impuro en puro y para ello recurren a los fundidores y a los herreros que no sólo producen artefactos para conducir líquidos y vapores, pequeños martillos y pinzas, sino verdaderas obras de arte en cobre, bronce y hierro. Y como la lucha del alquimista contra el espíritu de los metales a veces estaba intervenida por los demonios, como se lee en las crónicas, quienes hacían los aparatos para fundir, verter y capturar el opus nigrum o la opera magna, tenían que labrar en ellos figuras y símbolos religiosos para impedir que el Maldito o alguno de sus acólitos intervinieran en la tarea. Así que no sólo hubo un trabajo de fabricación sino otro de arte del que hoy tenemos vestigios en los museos y hasta en los relojes de leontina o en las mismas marcas que acreditan las maquinarias y las grandes obras en metal, siguiendo de esta manera la tradición de que todo trabajo en metal tiene una estética.
En ese mismo Renacimiento, donde Leonardo legitima el título de ingeniero, aparece un extraño libro, de Enrique Cornelio Agripa, titulado La filosofía oculta, donde en tres tomos (la magia elemental –la física-, la magia celeste las matemáticas- y la magia intelectual –el razonamiento-) se da razón de las ciencias ocultas (rituales y entenderes de las viejas religiones) así como de un sistema matemático muy particular que sería el propicio para dominar todos los componentes del espíritu de hierro. Este libro influye en los fabricantes de bombardas, culebrinas, los puñales, las dagas y las espadillas (origen de los estoques y la esgrima), así como en los artistas que pulen cascos, escudos, quijotes y armaduras para los grandes señores. En este punto, la magia se toca con la fundición y el resultado es arte. Vale la pena anotar que el quijote es una pieza de metal que, en el caballero, protege el muslo. Y que el muslo, por donde corre la femoral, hasta el siglo XVIII, siempre fue tenido como el sitio por donde se iba la vida o, como el caso de Cronos, se paría a los dioses. Es, entonces, una pieza metálica importante y quizás Miguel de Cervantes, sabiendo esto, nombró su libro Don Quijote, haciendo honor a esta pieza de metal, única que mantendría vivo y mágico al viejo caballero de La Mancha.
Esta expresión, tiempos modernos, se la debemos a Charles Chaplin, quien con ella dio a entender los momentos de ruptura. Y la uso en esta charla para determinar el poder de la metalurgia occidental sobre la oriental. Hasta el siglo XVIII, las ciudades islámicas y orientales estaban por encima de las de Occidente y desde allí se lideraba la ciencia y buena parte del entendimiento. Pero con la revolución industrial que se da en Inglaterra y pasa de allí a Francia, Alemania y los Estados Unidos, el mundo se parte en dos: los que tienen la máquina y los que no. Y son las máquinas, entre ellas los barcos y trenes a vapor, las que determinan el concepto que hoy tenemos de civilización, desarrollo y progreso.
En este mundo de las máquinas, donde el metal es el alma, fuerza y resistencia, las fundiciones y los crisoles fueron el símbolo de las ciudades. Se necesitó metal para todo: los edificios, las carrileras, los vehículos, las ciencias. Y la metalurgia y la siderurgia crearon un mundo diferente que agilizó las formas de vida y de producción occidentales. Y no sólo esto, porque contra este triunfo de la razón ilustrada, donde el alma del metal estaba compuesta, entendida y regida por las matemáticas y las preguntas con sentido, apareció el Romanticismo, la nueva versión del héroe y con él la magia necesaria para contextualizar lo metálico, no ya en la forja y el horno del herrero sino en el taller y la fábrica. En lo urbano real, que está cifrado en el metal, y donde el hombre romántico (que sueña) se rebela contra el entorno metálico que lo rodea. Y que, aunque parezca una contradicción, no puede vivir sin él, porque si lo hiciera, ya la rebelión no tendría sentido. Lo interesante es que, en los tiempos modernos, volvemos a la metáfora del martillo y del metal, uno contra el otro, los dos con temples similares, entre los dos produciendo el sentido de la transformación. No es de extrañar que en la simbología marxista se use la hoz y el martillo (el metal del campo y el de la ciudad, ambos como elementos transformadores).
Con la metalurgia activa, se construyen las ciudades, los puntos de contacto, las líneas que unen, las estaciones espaciales, las réplicas de la memoria simbólica y los nuevos retos. Todo, como dice Mircea Eliade, está unido al concepto del metal (el hierro en especial), porque él es el que transforma y dota de sentido a la mano humana que, en términos de Kant, es el filo del cerebro y el motor de la inteligencia. De aquí que, en La recherce du temp perdu (En busca del tiempo perdido), Marcel Proust dedique una crónica extensa al sonido de las campanas, al metal que llama a mirarse las manos para recibir el progreso, la tranquilidad y la sensación de estar vivos porque hay alguien que nos protege y es la naturaleza entendida.
A manera de conclusión, no se entiende el desarrollo humano ausente de la presencia de la metalurgia. Quizás, por esta razón, las grandes ciudades tengan símbolos metálicos que las identifican: la Torre Eiffel, en Paris, Los grandes puentes de Berlín y San Francisco, los rascacielos neoyorquinos etc. Y que estos monumentos sean la memoria del apellido más común que existe en la tierra: Herrera, Herreros, Smith, Schmitt. Y que en ciertas lenguas, como el alemán, Zug (que traduce tren) también sea Fleugzug (avión), indicando que la máquina tiene proyección y que el metal, como en el mito, vuelve al cielo.
Quien conoce la historia de un oficio, crea e imagina más. Augusto Compte.
Por José Guillermo Anjel R.
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