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La importancia individual y social del dinero

Enviado por albertochab



Indice
1. Introducción
2. Los instintos, el poder y el dinero
3. El estado de no necesidad y el dinero
4. Los valores del dinero
5. El dinero y el psicón
6. Psicología, economía, sociología y política

1. Introducción

Generalidades
Este trabajo ofrece una síntesis bastante apretada de una serie de temas vinculados con el dinero, la economía y el poder –enfocados todos ellos desde una perspectiva psicoanalítica–, acerca de los cuales vengo investigando desde hace muchos años. Dichos temas los he expuesto in extenso, con fines de divulgación, en mi libro Poderoso caballero es Don Dinero (Editorial Lumen, Buenos Aires, 2003; 228 páginas).

En mis investigaciones he introducido varios conceptos totalmente nuevos, tanto para los psicoanalistas como para aquellos que no lo son.
Algunas de las ideas que expongo fueron, sin duda, intuidas por Freud. Pero él no investigó especialmente al respecto y, por lo tanto, no percibió su alcance y trascendencia. La psicología –y el psicoanálisis en particular– abarcan un horizonte tan vasto que en general no es posible ocuparse de profundizar todos sus aspectos. Y Freud orientó sus investigaciones principalmente hacia el campo de las neurosis de origen sexual, dejando otras cuestiones sin explorar.

He tomado los elementos de la teoría psicoanalítica que me resultaban útiles y los he desarrollado, incorporando nuevas ideas y postulados, con lo cual creo haber elaborado una explicación suficientemente convincente, original y útil de los manejos del dinero y el poder, sus interrelaciones y su importancia para la comprensión del psiquismo.

Por ser la mía una investigación que se desarrolló en un plano más bien teórico y que prácticamente carece de antecedentes, la bibliografía al respecto es casi inexistente. Sólo cabe mencionar los aportes del fallecido psicoanalista argentino Arnaldo Rascovsky sobre la vida fetal, así como los del psicoanalista de origen húngaro Béla Grunberger sobre el narcisismo, que tienen un punto de contacto con algunas de las ideas que desarrollo.

La realidad es que hasta ahora nunca se llegó a comprender en forma cabal la inmensa trascendencia psicológica que el dinero tiene para todo el género humano, la cual es de tal magnitud que, desde mi punto de vista, se podría equiparar a la que posee la sexualidad.

Cuando comparo su "trascendencia" me refiero a la influencia decisiva que ambos ejercen como motivadores del comportamiento individual y social.

Tanto la sexualidad como el dinero están dotados de profundas raíces afectivas –es decir, emocionales–, cuya explicación última se encuentra en los imperiosos instintos fundamentales que rigen la conducta de cada uno de los seres humanos y de todos ellos colectivamente, como suma de individuos articulados en estructuras sociales.

Como psicoanalista pude comprobar, en forma reiterada, que las problemáticas y los conflictos suelen poseer un trasfondo económico –y "dinerario", en particular– que, en algunos casos, puede ser manifiesto y, en otros, bastante difícil de "descubrir", y que tiene su origen en el psiquismo inconsciente.

Llegué así a la conclusión de que detrás del manejo del dinero se encuentra siempre, como componente ineludible, la búsqueda de poder y que ésta es una necesidad universal y omnipresente.
Por eso me atrevo a decir que dicha búsqueda individual tiene una vigencia aun más perdurable y decisiva que las manifestaciones de la sexualidad, tanto para el ser humano individual como para el desarrollo de la sociedad.
Reconozco que mis ideas sobre el dinero y sus profundas raíces psicológicas resultan revulsivas y, casi sin excepción, inicialmente producen grandes resistencias.
Siempre que las expuse generaron un fuerte rechazo por parte de algunos participantes, que se esforzaban en buscar ejemplos y argumentos para contrarrestarlas e, incluso, después de haber aceptado intelectualmente la validez y utilidad de esas ideas, intentaban mostrar que ellos mismos eran la excepción de la regla o encontrar que algunos otros lo eran.
"Yo no soy así" o "en el caso de Fulano (en el fondo, en mi caso) no sucede esto" fueron frases frecuentemente repetidas.

Los instintos y sus funciones
La sexualidad –que está al servicio de la procreación– tiende a satisfacerse para producir placer, el cual se obtiene no sólo al concretar el acto sexual, sino también a través de las fantasías y de los actos previos a esa concreción (seducción y juegos sexuales, por ejemplo).
Análogamente, el enriquecimiento crea también una sensación placentera de poder, que puede ser previa, simultánea o posterior al acto de incrementar el patrimonio o el poder económico personal.
El poder que se adquiere al enriquecerse es un poder potencial, que implica expectativas de adquirir un poder concreto que se podrá alcanzar en el futuro, a mayor o menor plazo.
El mero hecho de disponer de un poder potencial genera placer, del mismo tipo
–aunque probablemente de menor intensidad– que cuando las expectativas se concretan.
Hasta aquí, las similitudes. En cuanto a las diferencias, el instinto sexual no permite acumular "capacidad de satisfacción futura", cosa que sí puede hacer el impulso instintivo de acumulación y enriquecimiento, principalmente mediante el dinero (el cual se puede comparar con un acumulador eléctrico o un tanque con combustible de reserva).

El hecho de que el dinero sea quizás la única forma de poder que es posible acumular casi indefinidamente y que crece de manera prácticamente ilimitada hace que el impulso de poseer riquezas se manifieste con preferencia a través del dinero, poniendo en evidencia que detrás de él actúa un verdadero instinto de poder, que puede alcanzar un desarrollo exacerbado y superlativo.

Origen del estado de no necesidad
La exacerbación del deseo de poder en general –apropiarse de cosas, dominar a otros, acumular riquezas y, sobre todo, dinero– consiste en querer tenerlo todo, lo cual, para el inconsciente, equivale al deseo de no necesitar nada.
Este poder sin límites que se trata de alcanzar, al que llamo Poder Absoluto, se origina en el recuerdo reprimido (conservado en el inconsciente) de que –por lo menos alguna vez–, durante la vida intrauterina, hemos experimentado ese estado de no necesidad total.

Para comprender en qué consiste éste, basta pensar cómo es la existencia del nuevo ser que se desarrolla en el vientre materno. Alojado dentro del útero y protegido por el líquido amniótico, que está contenido dentro de la placenta, el embrión –y luego el feto– se encuentra admirablemente resguardado de las contingencias exteriores habituales más previsibles. Todo el organismo de la madre le sirve de protección. Vive sumergido en una especie de "mar primordial", alimentándose a través del cordón umbilical.

Salvo enfermedades, accidentes u otros imprevistos, el nuevo ser no sufre prácticamente ningún tipo de contingencia y se limita a cumplir el proceso de desarrollo, no sólo biológico sino también psíquico incipiente. Mientras tanto, no tiene hambre ni experimenta frío, calor o sufrimientos. Por lo menos durante períodos determinados –cuya ocasión y duración aún no conocemos y que seguramente son muy individuales–, no sufre ninguna necesidad y vive en un estado de placidez total.

A partir del nacimiento, el psiquismo humano es dominado por un impulso que lo induce a tratar de recuperar el referido estado, buscando incesantemente lo que constituye y simboliza un verdadero Paraíso Perdido. Esto es, en última instancia, a lo que todo ser humano tiende inconscientemente cada vez que ejerce un acto de poder, especialmente cuando recurre al poder idealizado del dinero, basado en el poder potencial que –para la fantasía– el dinero tiene de hacer posible adquirir todo lo que el individuo necesita o desea.

Ese impulso instintivo primigenio y omnipresente que se manifiesta fundamentalmente a través del dinero es lo que he llamado "instinto de poder". ÉÉste, como todos los instintos, es compulsivo; por lo tanto, su impulso no puede eludirse, ni siquiera aunque no produzca placer, o aun cuando genere sufrimiento o displacer.

El instinto de poder está al servicio de la fantasía inconsciente, permanentemente activa en todo ser humano, de recuperar el estado psicobiológico de no necesidad total que experimentó antes del nacimiento y cuyo "recuerdo" conserva en el inconsciente.

Dentro de la concepción de los instintos que he desarrollado, parto de tres fundamentales, que son: a) el instinto de autoconservación (o "de supervivencia"), b) el instinto sexual (o "de conservación de la especie") y, por último, c) el instinto de poder (o "de dominio"). Éstos son los principales, de acuerdo con la clasificación que establecí. Los tres incluyen, como casos particulares, a una extensa gama de instintos secundarios o parciales, que cumplen con finalidades específicas dentro del accionar de esos tres instintos básicos.
Considero que, una vez lanzado el recién nacido al mundo de la necesidad, su inconsciente no busca recuperar el estado
placentero de no necesidad a través de la muerte, como podría suponerse si se aceptara la existencia de un "instinto de muerte".
Por el contrario, el recién nacido recurre a los nuevos medios de que ahora dispone y que puede desarrollar, los cuales le permiten alimentar la fantasía de "manejar" los objetos del mundo exterior (el no yo), es decir, de ejercer poder sobre ellos.

Por lo tanto, todos los actos humanos posteriores al nacimiento son normalmente reafirmaciones de la propia vida, en una lucha constante contra la muerte, con el objeto de recuperar el estado de no necesidad a través del dominio y la conquista de la realidad exterior.

Las acciones humanas como actos de poder
Sostengo que todo acto humano es un acto de poder, aunque no se realice (consciente o inconscientemente) como un acto de dominio o posesión, e incluso aunque tenga otra finalidad instintiva concurrente, como alimentarse o copular.
Habitualmente se considera que una acción es un "acto de poder" sólo cuando excede lo necesario, aceptable, conveniente o inocuo, es decir, cuando tiene cierto grado de violencia, arbitrariedad o unilateralidad. Pero mi definición es mucho más amplia y general, y presupone que siempre, en todas las acciones humanas, está presente el ejercicio del poder.

El poder al que me refiero no es un poder concreto, puntual, orientado a realizar o lograr cosas determinadas, definidas y limitadas. Es el poder (o la capacidad) de "poder hacer". Es un poder abstracto, direccional, que está orientado a obtener cada vez más de lo mismo –más poder–, a alcanzar el objetivo (fantaseado inconscientemente) del Poder Absoluto, para así recobrar el estado originario de no necesidad total. Es el poder que conocemos y ejercemos en la vida cotidiana a través de cualquier acción que realicemos.

La energía que está detrás del instinto de poder es algo así como un equivalente de la libido o energía sexual. A aquella energía la llamo "visadergo" (palabra formada a partir de la expresión grecolatina vis ad ergo, que significa "fuerza para la acción", o sea "fuerza impulsora").

2. Los instintos, el poder y el dinero

El origen de los instintos
El instinto de autoconservación ya está en plena actividad desde el mismo momento en que el recién nacido lanza su primer vagido.
A partir de entonces el instinto sexual comienza a desarrollarse, lo cual ha sido estudiado y divulgado ampliamente por el psicoanálisis, como consecuencia del descubrimiento freudiano de la sexualidad infantil.
El instinto de poder se origina automáticamente cuando se experimenta por primera vez una sensación de necesidad, lo cual seguramente sucede antes del nacimiento. Además, en ese mismo momento aparece la noción incipiente de que existe algo exterior –un no yo–responsable de esa necesidad.

El instinto de poder intenta inmediatamente subsanar esa incómoda sensación de malestar, recurriendo a un mecanismo a la vez biológico y psíquico que tiende a actuar y ejercer algún tipo de dominio sobre el mundo que nos rodea y también sobre nuestro mundo interno. (El mundo exterior incluye tanto a los objetos inertes como a los seres vivos en general y a los humanos en particular.) El objetivo que se logra con ese dominio –que siempre implica cierto grado de agresión, fuerza o violencia– consiste en tratar de obtener la satisfacción de la necesidad de poder, para recuperar el estado de no necesidad.

El instinto de poder que describo, que está en la base de los otros dos, siempre impregna a éstos e interactúa con ellos. Los tres instintos se van especializando, convergen y divergen, influyen unos sobre otros, comparten aspectos parciales y, en más de una ocasión, actúan sinérgicamente (es decir, se aúnan para contribuir a un objetivo común).
Sin embargo, detrás de todos ellos –incluyendo al propio instinto de poder desarrollado– está siempre la energía primigenia (la visadergo), que no es sino el instinto de poder en su manifestación más general e indiferenciada.

La censura y el poder
La censura se ejerce sobre el instinto sexual y principalmente sobre el instinto de poder, de tal modo que, en el caso de este último, supera incluso a la ejercida sobre aquél. Una prueba de esto es que la represión de muchos aspectos del instinto sexual haya comenzado a resquebrajarse en la cultura actual, mientras que la correspondiente al instinto de poder sigue vigente en forma absoluta, hasta el extremo de que ni siquiera se tiene conciencia de que dicho instinto existe.

El poder se ejerce de muchas maneras. La más antigua y primitiva es la fuerza, la violencia, que permite apoderarse de bienes necesitados o deseados, quitándoselos a los más débiles. Pero el dinero hace posible conseguir esas mismas cosas en forma más o menos pacífica, o sea comprándolas.
En nuestro mundo "civilizado" no debería ser necesario recurrir a la fuerza o la violencia, puesto que casi todo puede comprarse con dinero, tanto los objetos como las voluntades. (No obstante hace falta cierta dosis de violencia o agresión –no necesariamente física– para conseguir el dinero.)

Creo que sólo los vínculos emocionales interpersonales (el amor, por ejemplo) quedan al margen de esta posibilidad de ser "comprados", aunque no se puede afirmar categóricamente que el dinero no pueda influir en alguna medida también sobre ellos.
En la práctica, el dinero posee una versatilidad tal que le permite obtener cualquier cosa, ya sea que se trate de bienes concretos o de situaciones específicas de poder político u otros.

El individuo se siente más poderoso cuando tiene una cantidad de dinero determinada que si posee un bien que vale ese dinero. Esto se debe a que el dinero es versátil y "metamorfoseable" y le permite –en cualquier momento futuro– comprar cualquier cosa que a él se le ocurra y que pueda conseguir por esa suma.

Aunque aparentemente todo bien adquirido con ese dinero "pesa" lo mismo que el dinero utilizado para pagarlo o intercambiarlo, uno inclina más la balanza que el otro. Aunque comercialmente ese bien y ese dinero son iguales, psicológicamente "uno es más igual que el otro", porque cuenta más (es decir, otorga más sensación de poder) tener el dinero que el bien correspondiente.
Lo que sucede es que, cuando aún no ha sido utilizado, el dinero le suma, a su propio poder, el poder fantaseado en el inconsciente que le atribuye a una cantidad determinada de dinero la capacidad y la posibilidad de comprar todas y cada una de las cosas a la vez.
Cabe aclarar que no sólo el dinero permite acumular poder y, por lo tanto, es una forma de poder potencial. También lo son: una herramienta, que puede ser utilizada en cualquier momento para realizar distintas tareas; un arma, que sirve para dominar o someter a otros; o un conocimiento, que permite obtener poderes concretos, es decir, satisfacer necesidades "puntuales".
Sin embargo, de todos ellos el dinero es el más versátil, pues puede transformarse en "cualquier otra cosa", transfiriendo su carga de poder intrínseco a las cosas en las que se "convierte".

Los diversos tipos de poder
Los tipos fundamentales de poder que existen son cuatro.

  1. El poder instintivo, que se traduce o expresa en los demás tipos de poder, y cuyo objetivo inconsciente, imperioso e ineluctable –siempre presente en todas las situaciones y actos de la vida– consiste en alcanzar, de cualquier forma que sea, el Poder Absoluto, recuperando así, simultáneamente, el estado de no necesidad total.
  2. El poder concreto, que es aquel que se ejerce en todos los actos de la vida, tanto en lo personal como en lo familiar, social o político. Es el más conocido o notorio; es el poder por antonomasia.
  3. El poder potencial, que consiste en un poder que se mantiene en estado de "suspensión", para ser aplicado en el momento oportuno como poder concreto.
  4. El Poder Absoluto, imposible de concretar pero siempre anhelado y buscado por el inconsciente, y que constituye una verdadera entelequia.

De estos cuatro tipos de poder el principal es el instintivo, que está siempre detrás de todos los actos humanos –es decir, del poder concreto y del potencial– pues es el motor o impulsor de éstos con vistas a alcanzar el Poder Absoluto.

El dinero en la historia de la cultura
El primer cambio social notorio a partir del trueque consistió en utilizar objetos de valor intrínseco, por su factura y la calidad del material con que estaban realizados, y que podían ser conservados para intercambiarlos posteriormente por otras cosas. En este sentido podemos considerarlos formas predinerarias.

Se trataba de utensilios, herramientas, armas, joyas, etc., que –además del valor propio del material con el que estaban hechos– tenían un valor agregado por el trabajo que había demandado su fabricación, y cuya durabilidad permitía intercambiarlos varias veces, pero que de todos modos eran objetos únicos y poco comparables entre sí.
En los comienzos del uso del dinero se recurrió a una cantidad limitada de productos aceptablemente regulares y estables (es decir, fáciles de comparar cuando eran del mismo tipo); por ejemplo, cueros, bolsas de un mismo cereal, animales de la misma especie, conchillas, etc. Estos objetos constituían unidades de intercambio y, por lo tanto, dinero, aunque rudimentario aún. En este caso el dinero era, a la vez, mercancía (perecedera o no), y se lo utilizaba por lo común de acuerdo con su valor intrínseco, es decir, su valor como mercancía.

Con el tiempo, se comenzó a utilizar exclusivamente un dinero-mercancía no perecedero de forma y peso preestablecidos que tenía mayor valor que su mera composición, porque agregaba a ésta la garantía de calidad y peso que le daba su emisor.
El dinero de "curso legal", que es el más conocido y por lo tanto el considerado habitualmente, surgió en una época mucho más tardía.
La aparición del dinero acompañó, a la vez que estimuló, el surgimiento y el desarrollo de la escritura, la aritmética, los sistemas de pesas y medidas y el pensamiento abstracto.
Es curioso comprobar que el fenómeno de la aparición del dinero y su uso "ingenuo" se reproduce y recrea, en forma relativamente espontánea, entre los niños. Ellos suelen utilizar como medio de intercambio, en sus juegos, elementos como botones viejos, tapitas de gaseosas, conchillas, bolitas de vidrio, marquillas de cigarrillos y chocolatines o figuritas coleccionables.

Los niños adjudican distintos valores a cada uno de estos elementos, según su tamaño, material o forma, pero principalmente por la dificultad para de obtenerlos. De esta manera pueden emplearlos en forma similar al dinero, con la diferencia de que dichos valores los establece el propio grupo que circunstancialmente usa dichos elementos como "moneda" para sus juegos.

Los instintos y sus componentes de poder
El dinero resulta ser la solución óptima para realizar todo tipo de transacciones sin tener que recurrir al robo, la violencia o el pillaje (por lo menos no en forma directa).
Tanto el instinto de poder como el de autoconservación exigen satisfacer necesidades tales como apropiarse de bienes para acumular poder o asegurarse la supervivencia. Pero siempre, aunque se los adquiera con dinero, es inevitable privar de esos bienes a terceros. Esto produce un sentimiento de culpa, generalmente inconsciente, que es censurado para evitar el sufrimiento correspondiente. Algo equivalente sucede con el instinto sexual, uno de cuyos aspectos es el "instinto parcial de apoderamiento".

En consecuencia, "disimular" y encubrir el ejercicio permanente del poder es un objetivo que el psiquismo de todo ser humano "se plantea" constantemente en el nivel inconsciente. Esta actitud individual –que, al repetirse en todas las personas, se convierte en colectiva– se cumple mediante la adopción de nuevas formas de encubrimiento, que en cuanto se refieren a los usos del dinero sirven para alejarse cada vez más de las raíces que éste tiene en el psiquismo humano, con lo cual se hace cada vez más difícil percibir y hacer conscientes esas raíces y resulta más eficaz la censura.
Como parte de este ocultamiento sistemático, los mecanismos de complejización del dinero y sus usos permiten continuar y facilitar el desarrollo de la economía y, por lo tanto, de todo tipo de poder, tanto individual como colectivo (económico, social y político).

En la larga evolución histórica que sufrió el dinero hasta llegar al sofisticado papel moneda actual, a los cheques y las órdenes de pago, e incluso al "dinero plástico o electrónico", se le fueron incorporando características que lo hacían cada vez más confiable. El objetivo declarado y declamado fue siempre evitar falsificaciones o maniobras dolosas (por ejemplo, reducir la cantidad establecida de oro o plata amonedados), así como disminuir el riesgo de sufrir pérdidas, robos o estafas. En el fondo se procuraba así una mejor conservación del poder representado por el dinero, con lo cual se lograba un objetivo psicológico fundamental: disminuir la angustia producida por el permanente temor a perder, en todo o en parte, la carga de poder que el dinero contiene y simboliza.

Este temor se origina en que –como la posesión de todo tipo de bienes y de dinero en particular implica privar a los demás de esos bienes– todo individuo teme, por lo menos inconscientemente, ser víctima de lo mismo que él fantasea con hacer víctima a los demás. Es decir, teme ser despojado, a su vez, por los demás y entonces perder su dinero, que es la manifestación más explícita y –para él– convincente de su poder. De modo que el desarrollo y la complejización del dinero tiende a satisfacer esos objetivos psicológicos fundamentales de encubrimiento.

Comúnmente se sostiene que la necesidad y el deseo de acumular riquezas y dinero se debe ante todo a la búsqueda de seguridad. El comentario más habitual es que, si se dispone de dinero suficiente, se está a cubierto de riesgos e imprevistos que el dinero permite solucionar, lo cual se relaciona con el Poder Absoluto y con el estado de no necesidad total.

El encubrimiento de los fines del dinero
Al ponerse el poder del dinero al servicio de fines altruistas (sublimación), se continúa ejerciendo actos de poder, pero "disimulados" inconscientemente detrás de esos actos social y moralmente aceptados.
La existencia del dinero responde no sólo a una necesidad comercial –y, por lo tanto, económica–, sino también a una necesidad interna, de carácter psíquico, originada en el instinto de poder. En ambos casos, si se eliminara el dinero en todas sus formas (mercancías y metales preciosos usados como medios de intercambio, monedas, billetes, etc.), volvería a reproducirse el proceso histórico de su aparición y desarrollo. El dinero volvería a surgir como resultado de procesos psicológicos que inevitablemente se traducirían en la recreación del dinero y, consecuentemente, en el surgimiento de procesos de desarrollo económico distintos, aunque equivalentes.

Obviamente, el impulso de acumular compulsivamente riquezas –y, en particular, dinero– se ejerce en forma notoria o evidente sólo a partir del momento en que se han satisfecho las necesidades de sustento más elementales.

Históricamente –desde los mandamientos de los profetas bíblicos hasta el Derecho Canónico–, todos aquellos que expusieron sus ideas y teorizaron acerca del dinero siempre buscaron legitimar y aun "sacralizar" su uso, en todas sus formas. Condenaron la usura, la avaricia y la codicia, y pregonaron que el dinero debía utilizarse para "el bien", a la vez que trataban de explicar el origen de su poder.

Para ello consideraban que el dinero era un don divino o un emergente de la tierra, un equivalente o un producto del trabajo, etc. Esto no significaba que optaran por una distribución más equitativa ya que, según el Antiguo Testamento, los profetas podían disponer de inmensos rebaños y gran cantidad de tierra de pastoreo, cumpliendo obviamente –para sí mismos– con el mandato del instinto de poder.

En cuanto a la relación entre el dinero y el poder, el idioma castellano nos revela que existe cierto grado mínimo de conciencia acerca de la carga de poder que el dinero posee, tal como lo evidencian las palabras "pudiente" y "potentado", en las que la noción de riqueza se expresa fusionada con el concepto de poder. Asimismo, en castellano contamos, entre otras muestras notables, con el famoso poema satírico "Poderoso caballero es Don Dinero", de Quevedo.

El equilibrio psicobiológico
El ser humano busca permanentemente disminuir sus tensiones de origen tanto interno como exterior. El equilibrio biológico se mantiene mediante la homeostasis (retroalimentación biológica), que tiende a suprimir todo tipo de malestar físico. El psiquismo, por su parte, tiende permanentemente a eliminar las tensiones, descargándolas. Ambos mecanismos están interrelacionados y generan permanentemente sensaciones o representaciones de necesidad, y, por lo tanto, de tensión psíquica.

Por ese motivo necesidad y displacer son equivalentes. De esto se desprende que la carencia de tensiones puede ser vivenciada como ausencia de displacer, o, dicho en forma positiva, como puro placer.

Dado que toda la existencia del ser humano es un constante intento de eliminar el displacer y todas las energías instintivas están puestas al servicio de ese logro, se puede inferir que cada acto que consigue eliminar algo penoso es sentido como un acto de poder, de modo que la sensación de máximo poder que tiene un ser humano se produce cuando "percibe" que no necesita nada.

Esto explica que otros elementos sustitutivos del dinero, como las drogas y la televisión, se mantengan vigentes como sucedáneos del instinto de poder en la búsqueda del estado de no necesidad total. Sucede que tanto la droga como otros recursos alternativos producen, en forma rápida aunque sólo momentáneamente satisfactoria para el individuo, la ilusión de haber alcanzado algo semejante a ese estado intrauterino de no necesidad tan buscado
–inconscientemente– por el ser humano.

La "torta del poder"
Como dije, el poder plantea problemas morales conflictivos que se reprimen, ya que toda "porción de poder" que alguien ha llegado a poseer o a adquirir se la ha debido quitar a otro.
El poder es como una gran torta formada por distintas capas de espesor no uniforme. En esta imagen metafórica de la torta, cada capa representa una forma de poder, que puede estar representado, por ejemplo, por la fuerza, los privilegios sociopolíticos o el dinero. De todas las capas, la más gruesa y codiciada es la representada por el dinero.

La torta del poder ya está cortada y repartida entre todos los comensales, es decir, entre todo el género humano; es por eso que, cuando alguien aumenta su propia porción, debe privar de una parte a otros. Esto es válido no sólo cuando la apropiación se ejerce mediante la violencia o ciertas argucias, sino también cuando se la realiza mediante el dinero, cuyo uso incluye siempre una cierta dosis de agresión.

Gracias al trabajo humano, a la técnica y –sobre todo– al empleo del dinero en la economía, resulta posible la creación constante de nuevos bienes y riquezas. Aunque en la práctica no se distribuyen en forma equitativa entre quienes los producen, dichos bienes y riquezas no necesariamente se obtienen mediante el despojo de los demás, aunque las más de las veces eso sea lo que ha venido sucediendo a lo largo de la historia de la humanidad.

Manifestación, fusión y represión de los instintos
En todos los casos, las satisfacciones instintivas generadoras de placer no se mantienen por mucho tiempo, volviendo a generarse una tensión (hambre, sueño, necesidad fisiológica, deseo sexual o de otro tipo). El instinto de poder es el único que nunca se satisface plenamente, ni siquiera en forma momentánea, y siempre queda vigente un grado de tensión o displacer.

En cambio, en el caso del instinto sexual es notoria la existencia de un período refractario durante el cual no se producen nuevas excitaciones o tensiones. Dicho período es, en ese caso, generalmente mayor que en el instinto de autoconservación, mientras que no existe en el caso del instinto de poder.
También el instinto de autoconservación y el de poder se satisfacen en forma simultánea, puesto que aquél requiere permanentemente de actos de fuerza, violencia y dominio, para crear las condiciones necesarias que permitan sobrevivir al individuo. Obtener alimentos, defenderse de ataques, construir viviendas y herramientas, producir bienes y comerciar son, a la vez, actos de supervivencia y de poder que, en la actualidad, generalmente están encubiertos por el uso del dinero.

Por ejemplo, uno come carne, pero son otros los que ejercen el acto violento de matar al animal; en realidad, uno ejerce la violencia indirectamente, a través del dinero, con el cual paga a otros que la ejercen en forma directa.

Mencionando otras combinaciones posibles, habría que decir que los instintos de autoconservación y sexual también se fusionan en muchas ocasiones. Esto es lo que sucede, por ejemplo, en aquellos casos en que se puede hablar de la "función erótica" de la comida.

Finalmente, los tres instintos se fusionan para tratar de concretar la fantasía inconsciente de recuperar el estado de no necesidad total. De modo que se podría decir que la búsqueda de ese estado es, en última instancia, el objetivo final de los tres instintos fundamentales.

A este estado de no necesidad total hacia el que se tiende lo llamo "MuktiMukti", palabra sánscrita que significa "estado de bienaventuranza en el cual no existen el deseo, la necesidad y el sufrimiento". Cada uno de los instintos contribuye a la fantasía de alcanzar este estado final mediante su respectivo objetivo último o final. El del instinto de poder es, como ya dije, el Poder Absoluto. Por su parte, el instinto de autoconservación tiene un objetivo final conocido –aunque bastante olvidado en la actual civilización occidental–: la Inmortalidad. De allí surge la importancia que la creencia en la "vida eterna" tiene para todas las religiones.

Por supuesto, el instinto sexual también tiene un objetivo final propio: la fantasía inconsciente de la procreación ilimitada, que
implica tanto una fantasía de placer y satisfacción total como una fantasía de "expansión reproductiva" total.
Es como si el individuo se propusiera inconscientemente volver a ser único, repitiendo en el nivel macrocósmico, por medio de la unión sexual con otro individuo del sexo opuesto, todo el proceso de su propia gestación en el seno materno mediante la reproducción celular a partir de un óvulo y un espermatozoide.
Tal como se encontraba y sentía durante su desarrollo en el útero materno, la reproducción indefinida y la identificación con la especie convierten nuevamente al individuo
–en su fantasía– en el único "habitante" de un mundo sin necesidad.
En la función reproductiva el instinto sexual aparece fusionado con el ejercicio del instinto de poder. Los hijos son, por lo tanto, también una manifestación de este último instinto; igualmente pueden llegar a serlo los nietos, los descendientes en general e incluso los dependientes y súbditos. Como caso extremo, puede mencionarse que –como sucedía particularmente en la Antigüedad– los rebaños de ganado, e incluso los animales domésticos más variados, pueden llegar a constituir, para sus dueños, no sólo una manifestación de poder económico sino también un símbolo de la potencia reproductiva de sus propietarios.

3. El estado de no necesidad y el dinero

La no necesidad total y la Mukti
Quiero aclarar que la Mukti y el tan buscado estado de no necesidad total no son exactamente lo mismo, pero coinciden en cuanto a su contenido afectivo, que en ambos casos consiste en una sensación de bienestar y tranquilidad total.

La diferencia fundamental es que el estado de no necesidad total existió alguna vez y dejó una huella indeleble en el inconsciente. En cambio, la Mukti es una entelequia perseguida incesantemente por el psiquismo, a partir de la fantasía inconsciente de recuperar aquel estado originario de bienestar perdido.

Es muy importante dejar aclarada esa sutil diferencia conceptual: la Mukti no es aquel estado originario que se recuerda, pero sí es el que la fantasía inconsciente trata de recuperar, de reconstruir, paso a paso, recurriendo a todas las variantes del poder, incluso la droga, la religión, la mística, etc.
De todos estos medios el principal es el dinero, que permite adquirir poder y, gracias a que hace posible tender al Poder Absoluto, constituye un recurso –ilusorio como los demás, pero medio al fin– para alcanzar la Mukti.
El psicoanálisis tradicional carece aún del concepto de Mukti, aunque puede rastrear los contenidos traumáticos que marcaron a cada ser humano, generalmente en su primera infancia.
Para ello el psicoanalista parte de un episodio actual desencadenante, que produce una reactivación de dicho contenido traumático, gracias a lo cual le resulta posible analizarlo.
La movilización afectiva es la clave de la comprensión y aceptación, por parte de cada individuo, de la existencia de los contenidos traumáticos y de su influencia en la vida. En particular, si se la utilizara para poner en evidencia el instinto de poder, permitiría hacer consciente la existencia de ese instinto tal como yo lo entiendo.

Siempre se puede esclarecer la vinculación entre los síntomas actuales del individuo, el estado de no necesidad primigenio y la búsqueda de los sucesivos objetivos parciales, con lo cual se pueden comprender mucho mejor los motivos de las decisiones que dichos objetivos han implicado generado a lo largo de la vida transcurrida, produciendo la identidad actual del individuo.

Los síntomas displacenteros siempre existen y seguramente cualquier persona confirmará que no está satisfecha acerca de cómo transcurrió su vida, por más que en el momento presente se sienta feliz y "realizada". Admitirá haber sufrido multitud de fracasos y frustraciones que habría querido evitar, y siempre lamentará no haber hecho las cosas de otra manera y mejor. La búsqueda de la Mukti es ineludiblemente esquiva, engañosa y frustrante; por lo tanto, el psiquismo humano –que no tiene conciencia de ella pero que sufre su acoso y su atracción– es necesariamente inconformista.

La compulsión a la repetición
Cuando, en su impulso permanente por alcanzar la Mukti, el psiquismo inconsciente tropieza con obstáculos de la "realidad" interna o exterior que obstruyen el avance del individuo, éste reincide una y otra vez en el mismo camino hacia la Mukti, encontrándose con obstáculos iguales o similares dificultades en para la satisfacción de sus objetivos, lo cual constituye la neurosis.

El habitual fenómeno psíquico de la compulsión a repetir los mismos actos, y a reiterar insistentemente actitudes y elecciones sin saber por qué lo hace, se produce porque el individuo no tiene conciencia del impulso que lo fuerza a seguir hacia adelante ni del objetivo final al que tiende ese impulso.

En cambio, si toma conciencia de su objetivo final (la Mukti), puede aceptar con más facilidad tanto sus fracasos como la propia dirección adoptada para su recorrido (pues, en realidad, ningún camino permite alcanzar la Mukti). Podrá entonces seguir otra vía menos angustiante y más útil para sí mismo e incluso para la sociedad.

El estado de no necesidad, el narcisismo y el Destino
El yo incipiente de todo ser individual aún no nacido (es decir, que está en el vientre materno), percibe –de alguna manera que hasta este momento resulta imposible de precisar o definir– que está en un estado de no necesidad. Esta percepción coincide con lo que en psicoanálisis se llama "narcisismo primario".

Éste caracteriza una etapa esencial del psiquismo prenatal, en la que el yo incipiente aún no ha perdido su carácter eminentemente biológico, pues todavía no se enfrentó con una realidad exterior a sí mismo, la del no yo.

Mientras el individuo por nacer se hallaba en ese estado de no necesidad total, su yo incipiente tenía la sensación de estar ejerciendo un poder que le permitía asegurarse ese estado. Al nacer –y quizás aun antes–, el individuo percibe que ha perdido repentinamente ese poder y automáticamente se comienza a desarrollar el instinto de poder que tiene como objetivo devolverlo a ese estado primigenio.

Los esfuerzos por obtener el Poder Absoluto (lo cual equivale, en última instancia, a alcanzar la Mukti) se realizan a lo largo de un camino interminable y lleno de obstáculos y, por lo tanto, se traducen en éxitos y fracasos, que, respectivamente, producen satisfacción (placer) o frustración (displacer, dolor, sufrimiento). Y esto es relacionado por el psiquismo con lo que se suele llamar "suerte" o Destino.

El Destino es sentido por el individuo como algo antropomórfico; el psiquismo actúa como si existiera una entidad exterior (la Providencia, el Destino, Dios, el "yo ideal", etc.) que le brinda o no, según el caso, una dosis de afecto que puede ayudarlo en su objetivo instintivo.

Los afectos del individuo se proyectan para recibir una respuesta, una "devolución" o un premio, de modo que la persona pueda orientar sus actos y conductas a lo largo del camino de su vida. El Destino es el presunto receptor inicial de los afectos del individuo, y en retribución brinda seguridad y otorga premios y castigos. Es por eso que personifica a la suerte y el éxito, e incluso a la fatalidad.

Economía y poder
El instinto de poder provoca en el individuo la angustia de perder el mucho o poco poder que ha podido alcanzar, así como su capacidad de obtener más poder. Este temor de perder el poder tan laboriosamente conseguido no es otra cosa que el miedo a regresar al momento del trauma del nacimiento, ocasión precisa en la cual se produjo la pérdida del estado de no necesidad prenatal.

Ahora, en pleno camino hacia la Mukti, el individuo teme perder la relativa seguridad que haya llegado a alcanzar, como parte del camino recorrido hacia su objetivo final, acerca del cual no tiene conciencia pero que no por eso es menos acuciante.
El temor a este tipo de pérdida se da principalmente en relación con la situación económica. Ese miedo actúa como un estímulo adicional –y, muchas veces, como una racionalización– para justificar la acumulación cada vez mayor de dinero, con el argumento de disminuir la incertidumbre y la inseguridad.
Para dar una definición propia de la economía, yo diría, en forma más bien metafórica, que es el principal escenario donde –superando la apropiación mediante la fuerza– se libra la batalla de todos los tipos de poder de cada uno de los individuos de la especie humana.

Aparte de la economía, hay otros escenarios alternativos y estrechamente relacionados con la obtención de formas elaboradas o "sofisticadas" de poder. Por su importancia cabe mencionar la política y la guerra, así como la adquisición de conocimientos y de habilidades prácticas (deportivas, por ejemplo).

La magia del dinero en la cultura
Si se analiza el uso del dinero en una cadena de transacciones, cada operación de compra o venta sucesivas tiene la apariencia de un acto mágico, en el cual el dinero permite transformar una cosa en otra y actúa como una especie de catalizador, tal como sucede en ciertas reacciones químicas.

Objetivamente, el dinero "transforma" una cosa en otra sin modificarse a sí mismo; en este sentido es que cumple la función de catalizador, pues permite realizar el proceso y, al finalizar éste, esa cantidad de dinero –que ha pasado a manos de otro– está disponible nuevamente para volver a utilizarse en nuevas transacciones, incólume y sin haber sufrido desgaste alguno.

Si hipotéticamente el dinero tal como lo conocemos fuera suprimido, se crearían con rapidez, y de manera espontánea, nuevas formas de dinero, seguramente siguiendo los lineamientos históricos conocidos. Esto se debe a que el dinero es algo así como una prolongación o extensión del psiquismo, a través de la cual se ejerce el instinto de poder. Es una prolongación en el mismo sentido en que un martillo, por ejemplo, es una extensión del brazo y del puño, y su principal función es concretar o intensificar una acción.

Puede decirse que, así como el martillo (o cualquier otra herramienta) constituye una prótesis del cuerpo, el dinero representa una prótesis del psiquismo. Ambos instrumentos permiten mejorar y suplementar funciones propias del ser humano. En el caso del dinero, éste permite que el instinto de poder actúe sobre la realidad exterior, pasando del campo de los deseos fantaseados al mundo de la acción concreta, tanto sobre la naturaleza –que entonces se convierte en un objetivo de la cultura– como sobre la sociedad, que es la manifestación de la cultura por antonomasia.

La principal propiedad psicológica del dinero consiste en transferir poder de una persona a otra. Al finalizar su empleo a lo largo de una extensa serie de transacciones comerciales, el dinero permanece inalterado y todos los participantes han satisfecho sus necesidades parciales de poder, mientras el dinero permanece como un mero testigo.

Muchas veces me pregunté quién sería el ser humano más poderoso del mundo y me respondí que sería aquel que tuviera el mayor patrimonio individual. Posteriormente tomé conciencia de que el poder no se sustenta sólo en la posesión del dinero sino, sobre todo, en la capacidad de actuar sobre el dinero para adoptar resoluciones que modifiquen en mayor grado a la sociedad y su cultura.

4. Los valores del dinero

1. El valor numérico del dinero
Al dinero se le pueden asignar cinco valores, cada uno de los cuales determina un uso o función que le es propio. Ninguno de estos valores constituye un compartimiento estanco; cada uno de ellos tiene límites imprecisos y se interpenetra con el que le antecede y con el que le sigue. El primero de ellos –el más conocido–, es el más concreto, objetivo y cuantitativo. Los siguientes se vuelven cada vez más abstractos, emocionales y subjetivos, a medida que se pasa de uno al otro.

1. El valor numérico del dinero
Por lo pronto, el dinero tiene un "valor numérico"". Éste consiste en que todos los que recurren a él (la sociedad, el mercado, los tenedores y los consumidores en general) le reconocen al dinero un valor numérico explícito que remite siempre a un nombre (pesos, rublos, euros, etc.) y a un valor inicial definido (1, 10, 50, etc.), impreso, grabado o escrito. Es un contenido cuantitativo que se le asigna al dinero en su uso comercial, para expresar las equivalencias de las mercancías u otras monedas que se pueden intercambiar por su intermedio. Se trata de un valor relativamente estable, aunque convencional.

En la práctica, el uso del dinero como sistema de medida comercial implica, por parte del usuario, por el mero hecho de utilizarlo, la aceptación de un contrato implícito (llamado "contrato de adhesión" en la jerga legal), que no se puede transgredir sin cometer un acto punible. Por dicho contrato el usuario acepta las condiciones establecidas por el emisor para las piezas monetarias o los billetes (tamaño, "ley" metálica, valor numérico impreso, etc.) y no las debe modificar o adulterar.

El valor podérico del dinero, en general
Paso ahora a referirme a un valor del dinero que es aquel que relaciona el dinero con el poder, en todos sus tipos y variantes, tal como he tratado de explicarlo hasta el momento, lo cual constituye uno de los pilares de mi investigación.

Concretamente, en el nivel inconsciente, el psiquismo le atribuye al dinero un contenido de poder. En efecto, el dinero es la más auténtica y eficaz expresión del instinto de poder, tanto instintivo como concreto y potencial, que permite ir en pos de la fantasía inconsciente del Poder Absoluto. Por eso es necesario referirse al "valor podérico" del dinero, en general.

Es oportuno recordar que el poder puede ser concreto o potencial, y que también es siempre –por supuesto– esencialmente instintivo. Esta clasificación me lleva a profundizar en los tipos de valor del dinero, continuando con su enumeración.

Por lo que acabo de decir, el valor podérico general se subdivide en dos. El primero es el "valor podérico adquisitivo", que se relaciona tanto con el poder concreto como con el poder potencial del dinero, es decir, se refiere a lo que habitualmente se conoce como "poder adquisitivo" –concreto o potencial–, del dinero. El segundo es el "valor podérico instintivo".

2. El valor podérico adquisitivo del dinero
Me ocuparé ahora del valor podérico adquisitivo, que es el segundo de los cinco valores que pueden atribuirse al dinero.
El valor podérico adquisitivo depende de los precios y no es fijado por el individuo que, precisamente, puede hacer uso del dinero gracias a que existe un sistema de precios, establecidos no por él sino por otros. Por eso, análogamente al valor numérico del dinero, el valor podérico adquisitivo tiene un contenido eminentemente cuantitativo –y, por lo tanto, objetivo–, que resulta de aplicar a las cosas el valor numérico convencional del dinero. De esta manera se constituye el sistema de precios de las cosas (bienes y servicios).

Si bien el valor numérico es fijado por la autoridad monetaria, el valor podérico adquisitivo (o sea el precio de las cosas) es fijado por los mercados, mediante un complejo sistema de consenso gradual que deriva en un aceptable equilibrio.

Esto sucede tanto cuando se compra algo (recurriendo al valor podérico concreto del dinero), como cuando se guarda el dinero para utilizarlo en la ocasión en que se quiera o decida hacerlo (en cuyo caso el dinero tiene un valor podérico potencial). Ambos casos están incluidos en el valor podérico adquisitivo.
Igual que el valor numérico, en condiciones "normales" –inexistencia de inflación, por ejemplo–, el valor podérico adquisitivo es relativamente estable, es decir, en cada situación o circunstancia en que se usa el dinero, el valor podérico adquisitivo de éste se mantiene, con sólo ligeras fluctuaciones, a lo largo del tiempo.

3. El valor podérico instintivo del dinero
Cuando el dinero se valora desde la perspectiva del poder instintivo que intrínseca y necesariamente contiene, se puede hablar del "valor podérico instintivo" del dinero. Lo que se tiene en cuenta, en este caso, es en qué medida el dinero le sirve a cada individuo como expresión de su respectivo instinto de poder.

En este sentido, el valor podérico instintivo atribuido al dinero es más subjetivo y personal que los dos anteriores, y carece prácticamente de contenido cuantitativo.
Esto es así porque, frente a la distancia infinita que separa del Poder Absoluto a cualquier cantidad de poder, por grande que sea el poder del dinero acumulado, éste sólo puede ser valorado como "mucho" o "poco". Aunque al aumentar la suma de dinero que se posee crece también el poder conferido por su posesión, distintos valores podéricos instintivos del dinero sólo pueden compararse entre sí –uno es "mayor" o "menor" que otro–, pero no pueden medirse numéricamente.

Por lo tanto, al carecer de un contenido cuantitativo estricto, el valor podérico instintivo del dinero no es algo objetivo; por el contrario, es eminentemente subjetivo, ya que tiene su origen en el inconsciente, está cargado de un fuerte contenido emocional y posee características sumamente personales.

4. El valor simbólico del dinero
El dinero tiene también un "valor simbólico", que no alude directamente al dinero sino a "otra cosa". Este valor es un contenido eminentemente afectivo que el psiquismo le asigna al dinero. En tal caso, para el individuo puede significar, por ejemplo, el orgullo de haberlo obtenido y de poder "refregárselo por las narices" a alguien (al amigo envidioso, al jefe o a un familiar), pero también puede significar el esfuerzo, el sufrimiento e incluso la humillación asociados a la obtención de ese dinero. Lo que éste simboliza puede ser consciente, pero generalmente no lo es.

En síntesis, lo que se valora simbólicamente en el dinero no es el dinero como tal sino lo que él representa para la autoestima de su poseedor. Cuando al ganador de un torneo deportivo profesional se le entrega un objeto como trofeo (una medalla o una copa, cuyo valor es simbólico) se lo suele acompañar con un premio en dinero. Este es un buen ejemplo de cómo la sociedad suele reconocer y diferenciar los distintos valores del dinero.

5. El valor psicónico del dinero
Ahora me ocuparé de describir detalladamente el quinto valor, que es el más complejo y, también, el más rico y trascendente desde el punto de vista psicológico y social.
Este complejo uso afectivo del dinero, cuya influencia dentro del psiquismo es notable, es lo que llamo "valor psicónico del dinero". Se trata de un valor esencialmente dinámico y enteramente subjetivo, que se establece por referencia a una especie de "moneda psíquica", para designar a cuya unidad acuñé el término "psicón".

Para referirme al psicón mediante un símbolo análogo al "signo pesos", utilizo la letra griega "psi", que tiene la forma de un tridente, y le agrego una segunda línea vertical.

Defino el valor psicónico (o valor en psicones) como el valor subjetivo –y, por lo tanto, afectivo– que cada individuo le asigna al dinero en función de cada momento de su vida y del uso económico que hace o piensa hacer de una cantidad determinada de ese dinero en el preciso momento en que se plantea la posibilidad de realizar una transacción determinada, que es de carácter concreto y objetivo.

El valor psicónico, que se le asigna al dinero en ese instante, es de un contenido totalmente afectivo y refleja el estado del psiquismo frente a esa transacción; por lo tanto, es de carácter totalmente subjetivo.

En el caso del valor psicónico, el afecto que se pone en juego se refiere a una situación concreta planteada a raíz de una posible transacción comercial (fantaseada o real) en la que está en juego una cantidad determinada de dinero, con sus correspondientes valores numérico y podérico adquisitivo.

En este valor psicónico se integran los valores (instintivo y simbólico), cuyo contenido es también de carácter afectivo.

Por decirlo de otra manera: a partir del valor numérico del dinero, que es totalmente objetivo, al ascender en la escala de los distintos valores del dinero cada valor siguiente resulta más subjetivo que el anterior, hasta llegar al último –el valor psicónico–, que es totalmente subjetivo. Así como va aumentando éste, también aumenta al contenido afectivo, que incorpora un contenido subjetivo creciente al carácter objetivo del dinero tal como se lo utiliza en economía.
De modo que el valor psicónico resulta ser el más complejo de todos, pues incorpora a los demás, integrándolos. El valor psicónico es, pues, algo así como una síntesis, desarrollada en un nivel superior de complejidad psíquica, de los demás valores que caracterizan al dinero.

Resumen de los cinco valores

  1. Valor numérico: es el que está impreso en cada pieza monetaria o billete, junto al nombre de la unidad.
  2. Valor podérico adquisitivo: es el que depende de los precios, gracias a los cuales podemos comprar o compramos concretamente.
  3. Valor podérico instintivo: es la expresión del instinto de poder.
  4. Valor simbólico: remite a "otra cosa" que el dinero en sí, y está esencialmente vinculado con la autoestima.
  5. Valor psicónico o valor en psicones: es una síntesis integradora de los cuatro anteriores y se caracteriza por ser permanentemente mutable.

5. El dinero y el PSICÓNpsicón

Usos objetivos y usos psicónicos del dinero
Aunque se parte del hecho de que el dinero es un medio social de intercambio, el valor psicónico le es asignado al dinero –independientemente– por cada uno de los participantes, en forma personal, intransferible (pues depende de toda la historia de la persona hasta ese instante) y circunstancial (ya que se refiere estrictamente al "aquí y ahora"). Por eso le agrego el calificativo de "autorreferencial". De modo que hay tantas valoraciones psicónicas autorreferenciales como personas en juego en cada circunstancia o en cada posible transacción.

Además, como acabo de decir, este valor –que es producto de la mutable actividad psíquica–, también varía sin cesar, y por lo tanto es precario e inestable, es decir, constituye un valor dinámico.
Dado que en toda posible transacción comercial siempre hay por lo menos otro participante además de aquel cuyo psiquismo le atribuye al dinero un valor psicónico autorreferencial referido al momento, la relación entre las partes hace más complejo el proceso, puesto que éste deja de ser meramente unilateral para convertirse en interactivo.

Naturalmente, el dinero utilizado en una transacción comercial puede considerarse desde dos puntos de vista: el de quien debe entregarlo o desprenderse de él, y el de quien debe recibirlo. Pero en ambas situaciones, y frente a la utilización o a la mera posibilidad de disponer de un dinero, cada individuo tiene una valoración afectiva de ese dinero que varía con la velocidad del pensamiento.

El psicón también desempeña un papel importante en la determinación de los precios por parte de la sociedad, en la cual los individuos contribuyen –en mayor o menor medida– a una valoración común y socialmente compartida del dinero y su poder adquisitivo.
En efecto, el valor de mercado de cada cosa (precio) se expresa en unidades de la moneda circulante (pesos, dólares, rupias o lo que fuere); éstas, a su vez, se valoran en psicones. De esta manera se desarrolla un proceso en el cual la valoración en psicones es el resultado de una valoración afectiva del precio asignado a las cosas; esta valoración afectiva a su vez genera los mecanismos sociales que permiten establecer, como resultado de la mayor o menor demanda, ese precio en el mercado.

Evaluación del concepto de psicón
Una conclusión general sería que el valor autorreferencial en psicones que –"aquí y ahora"– se le asigna al dinero depende de toda una constelación de valores afectivos relacionados específicamente con el dinero y, en particular, con el esfuerzo que demandó obtenerlo, con la cantidad de que se dispone en ese momento, con el trabajo que costará reponerlo, con el placer que proporcionará el uso que se espera darle en esa ocasión, con las otras cosas que se debe renunciar al gastar el dinero en esa ocasión, con el estado de ánimo en el momento y con toda una enorme variedad posible de circunstancias (en su mayoría inconscientes) que influyen sobre la valoración afectiva acerca del uso de una cantidad de dinero determinada para un fin determinado.

O sea: la valoración autorreferencial en psicones del dinero gastado o por gastar es, en determinado instante presente, a la vez producto del pasado, de ese presente y de las expectativas y consideraciones relacionadas con el futuro.

Aunque en una situación transaccional siempre hay dos partes (si uno compra hay otro que vende), ); siempre existe una "negociación" interna" previa, en la que entran en juego los psicones. Ésta tiene lugar con gran velocidad y, en su mayor proporción, se desarrolla en el inconsciente de cada una de las partes.

Funcionamiento del psicón
La transacción se concreta sólo cuando ambas partes llegan a una concordancia o un equilibrio entre los psicones que uno entrega y el otro recibe en la operación. Si así no fuera, el intercambio fracasaría se frustraría sin que los participantes comprendieran cabalmente el motivo del fracaso.
A veces quien ha realizado una operación comercial evalúa, en forma consciente, su propia actitud o comportamiento a lo largo de la transacción. Esta evaluación narcisística no tiene una connotación comercial ni se relaciona con el resultado concreto de la transacción. La referida evaluación brinda una sensación consciente de satisfacción o insatisfacción –es decir, de placer o displacer– y se relaciona exclusivamente con la actitud asumida por el psiquismo durante la transacción; es decir, se vincula al aumento o la disminución de la autoestima.

Origen psicológico del dinero

Esa carga afectiva que es el psicón la utiliza el psiquismo humano para actuar sobre la "realidad" exterior u objetiva. De esta manera trata de recuperar, mediante la adquisición de objetos, su condición primigenia, perdida definitivamente al nacer: el estado de no necesidad total o Paraíso Perdido, situación en la que tenía todo lo que necesitaba.

La búsqueda de este estado perdido se centra en la obtención de objetos, que están cargados de afecto y permiten satisfacer parcialmente las necesidades, produciéndose una ilusión de aproximarse a ese estado recreado que es la Mukti. Esta búsqueda de la no necesidad, la tranquilidad, la seguridad, la protección, el afecto proveniente del exterior y –sobre todo– el poder a través de la posesión de objetos coincide, en la historia evolutiva del individuo, con lo que en psicoanálisis se llama etapa objetal, que viene a continuación de la etapa anobjetal, característica esta última de algún momento de la vida intrauterina. Es en esta ocasión cuando comienzan, para el individuo, la necesidad y la posibilidad de incorporar a su psiquismo la existencia concreta del dinero.

A partir del nacimiento, el no yo comienza a definirse y a volverse más complejo, por el contacto que el yo establece con los objetos de la realidad exterior. Es entonces cuando el individuo comienza a descubrir que existen ciertos objetos que el yo puede controlar y manejar, y mediante los cuales puede posteriormente influir –es decir, ejercer su poder– sobre otros objetos o personas.

El primero de ellos es la materia fecal, que el niño produce y "ofrenda" a su madre, recibiendo a cambio el reconocimiento afectivo de ésta, principalmente bajo la forma de una satisfacción de necesidades del niño, tanto biológicas como afectivas.
Este mecanismo es, en realidad, un feed-back o "proceso de retroalimentación", en el cual el efecto influye sobre la causa y viceversa.

6. Psicología, economía, sociología y política

La ontogenia y la filogenia
La palabra "ontogenia" se refiere al desarrollo físico (biológico) de los individuos de una especie determinada a través de su vida embrionaria, mientras que "filogenia" alude a las características físicas (biológicas) que fueron adoptando las especies antecesoras a lo largo de la evolución. Esto se aprecia en el hecho de que, en cierto momento de su desarrollo, el embrión humano posee, por ejemplo, branquias y aletas rudimentarias como los peces y, más adelante, características propias de los reptiles y mamíferos inferiores.

La ontogenia continúa imitando a la filogenia incluso después del nacimiento (por ejemplo, el niño primero gatea y luego adopta la postura erecta, y también va reemplazando el olfato por la vista como sentido predominante).

Considero que, en el campo de la evolución del psiquismo humano, las características de cada individuo, impresas en su psiquismo, determinan y explican las características culturales, sociales y políticas del conjunto de los hombres, o sea, de la especie humana. Por lo tanto, no puedo resistirme a la tentación de decir que, en el campo del psiquismo humano, "la filogenia (de la sociedad) imita a la ontogenia (psíquica del individuo)". Aunque esta frase sólo es aproximadamente correcta, al relacionar las palabras "filogenia" y "ontogenia" con el psiquismo las uso en un sentido menos restringido que en biología.

La "ontogenia" se refiere, así, al desarrollo psíquico del individuo desde la vida intrauterina hasta la madurez, y la "filogenia" abarca el desarrollo social desde la prehistoria de la humanidad –y, por lo tanto, de la sociedad– hasta nuestros días. Por eso, creo que es mejor decir que "la sociogenia imita a la psicogenia". Y en este caso, como lo he dicho, el adagio es prácticamente el inverso del que se utiliza en el campo de la biología.

Por lo pronto, el punto de partida es análogo: el Paraíso Terrenal y el estado de no necesidad. Luego vienen la expulsión del Paraíso y el nacimiento, respectivamente, seguidos en ambos casos por la incesante búsqueda del estado paradisíaco perdido, con todas sus consecuencias: la lucha por la vida y el poder, y las formas superiores de desarrollo económico, social y político.

Por supuesto, en toda actividad o movimiento de grupos humanos están representados –en una especie de "promedio social, político y cultural"– los pensamientos y las tendencias instintivas y afectivas de todos los individuos que integran esos grupos.

La influencia de los instintos en la cultura
El desarrollo, la estructuración y el afianzamiento de los diversos instintos se producen gradualmente, en los primeros años de la vida infantil, a través de la interacción del niño con el mundo exterior (principalmente con los padres, hermanos y amigos, pero también con los maestros y el entorno social circundante). El niño se enfrenta con actos de poder de todo tipo (consejos, órdenes, prohibiciones, castigos) que ejercen sobre él sus padres y su entorno.

El mundo familiar, e incluso el social –tanto en escala reducida (familiar y local) como en el nivel de grandes grupos y naciones–, se ha ido estructurando "a imagen y semejanza" del mundo psíquico individual. Esto sucede particularmente en cuanto se refiere al instinto de poder, que se manifiesta en todos los niveles y es más ostensible cuando los seres humanos se agrupan para ejercerlo a través de la economía, la política y, sobre todo, las guerras.

La neurosis de la economía
El dinero constituye un medio insustituible para establecer nexos y comunicaciones sociales. Por eso –incluso aunque no tenga conciencia de ello–, la sociedad estimula y desarrolla el uso del dinero como una forma de promover su propia evolución, y así contribuye al desarrollo de la sociedad y, por lo tanto, de la civilización.

Las nuevas formas y estructuras socioeconómicas aumentan constantemente en complejidad. Frente a ellas, el psiquismo debe adaptarse, creando defensas; cuando no lo logra, el resultado es la enfermedad, que no se limita al ámbito de lo individual, sino que se extiende a lo social y político. Esta situación genera un creciente sentimiento de frustración y desprotección, cuyo origen casi nunca es plenamente consciente.

La actual economía mundial puede considerarse como un enfermo de neurosis. Un neurótico se caracteriza por no saber cuál es la razón debido a la cual le ocurren ciertas cosas que lo hacen sentirse infeliz. Tiene la vaga sensación de que actúa guiado por un impulso y de que hay algo que lo induce intensa, imperiosa e inevitablemente a proceder como lo hace.

Se trata de un impulso interno e inexplicable, que la persona quisiera controlar pero no puede, porque al ignorar su origen y sus causas no sabe cómo hacerlo. Por eso se fabrica explicaciones racionales que le proporcionan un marco de coherencia y cierta tranquilidad. Trata de justificar que todo "está bien", pero en el fondo siente que no es así y que, en algún momento, la situación hará crisis y todo su sistema de vida, laboriosamente edificado, se derrumbará.
La sociedad remeda estas características humanas individuales y el displacer se expresa a través de constantes conflictos bélicos que intentan detener, o al menos controlar, las múltiples pero ineficientes organizaciones creadas.

Consideraciones sobre algunas propuestas de cambio social
Decía Carlos Marx que el germen de la destrucción del capitalismo se encuentra en las propias entrañas del sistema. Pronosticaba que, en algún momento, la concentración de la riqueza en muy pocas manos sería tan enorme que, para redistribuirla más equitativamente, resultaría inevitable una revolución social.

Lo que en su época Marx no sabía y sus seguidores ignoraban –y continúan ignorando– es que el estado de enfermedad que padece el sistema económico capitalista tiene todas las características de una neurosis, la cual también se puede atribuir a países o a determinados sectores o grupos sociales, pues es el reflejo de la neurosis inherente a todos y cada uno de los seres humanos.

Además, el marxismo siempre desconoció que la tendencia psíquica al enriquecimiento por encima de las necesidades básicas lleva y llevará siempre, inevitablemente, a distorsionar los métodos de redistribución de esa riqueza propuestos por los teóricos de la "igualdad social a ultranza" y del socialismo.

En la Antigüedad, ya Platón y Aristóteles proponían sociedades relativamente más justas y equitativas, pero al hacerlo suponían que podía existir una clase dirigente exenta de ambiciones personales. Sin embargo, ni ellos ni los teóricos posteriores se plantearon jamás cómo llegar a contar con esa clase de dirigentes políticos provistos de normas éticas y carentes de ambiciones personales y comportamientos neuróticos del tipo descripto. Es decir, nunca explicaron convincentemente de qué manera resultaría posible liberarlos de la natural tendencia del ser humano a acumular riquezas y lucrar con ellas, como una manera de adquirir cada vez más poder y de tratar de recuperar el estado de no necesidad total característico de la vida prenatal.

La ética puritana protestante preconizaba que el trabajo metódico era el deber fundamental de la vida, y que la restricción de los gastos (es decir, el ahorro) era una forma de ascetismo a través de la cual se glorificaba a Dios. Esta justificación religiosa del principal objetivo del capitalismo, que fue puesta en evidencia y estudiada por el notable economista y sociólogo Max Weber (1864-1920), muestra cómo, para eludir la censura psíquica individual y, a la vez, la censura social, el ser humano busca motivaciones tranquilizadoras o aplacatorias que le permiten eliminar –o, por lo menos, reducir– el sentimiento de culpa.

La delegación del poder individual
Las personas se suelen agrupar siguiendo intereses económicos e ideas políticas que son el resultado de factores psicológicos individuales y colectivos. Nacen así las empresas comerciales, los partidos políticos, los sindicatos, las entidades religiosas, las sectas y sociedades secretas, los lobbies de presión, los clubes sociales y deportivos, los ejércitos y hasta las naciones, siempre dotados de un carácter corporativo.

Detrás de todas estas agrupaciones actúa el poder en forma organizada, que es mucho más que la suma del poder de cada una de ellas: es una forma de poder nueva y superior, un poder social y colectivo. En él, los poderes de cada individuo se apuntalan unos a otros, constituyendo una especie de "entramado autosustentado".

En el caso del líder, el dirigente político, el tirano paternalista, etc., el individuo se identifica con él como una forma de sentirse partícipe del poder que percibe, considera o fantasea que el otro tiene. Le adjudica lo que él mismo no puede alcanzar ni ejercer, lo que –para él– es su yo ideal.

Se produce así, muchas veces, un "desvío" de los objetivos conscientes altamente valorados por el individuo hacia objetivos compatibles con sus posibilidades reales y concretas, es decir, limitadas. Este desvío es producto del hecho de que, en su búsqueda del Poder Absoluto, el inconsciente no tiene reparos morales de ningún tipo. En consecuencia, puede llegar a aprobar e idealizar transgresiones que otros realizan y con las cuales el individuo se identifica, aunque su superyó las repruebe.

Los líderes les dejan explícitamente manejar a sus subordinados una fracción determinada del poder que poseen. Crean así en ellos la ilusión de que esa porción de poder que los subordinados reciben es decisiva para el desarrollo o la "supervivencia" de toda la estructura de poder. De esta manera, quienes en realidad delegan la mayor parte de su poder personal en los líderes se sienten narcisísticamente dueños de un poder mucho mayor del que realmente conservan.

En general, el individuo común y corriente no tiene a quien reclamar ni ante quien protestar; en la práctica los responsables no existen y las organizaciones son una especie de ente "sin rostro", invulnerables para los sojuzgados, salvo para quienes conspiran contra ellas.

Mi Ppropuesta para un cambio social
Tal vez haya cierto fatalismo en el planteo de que el ser humano necesita ejercer su poder (principalmente a través del dinero) para tratar de concretar su fantasía de recuperar el estado de no necesidad total, alcanzando la Mukti.
En mi criterio eso se debe a que el desarrollo del psiquismo es finalista. Esto significa que todas sus acciones están orientadas hacia un fin último e ineludible, que, por supuesto, es la Mukti. Sin embargo, hay posibilidades de cambiar esto que parece tan ineludible.
Por lo pronto, hay que recuperar para el dinero su misión originaria y esencial de medio (es decir, de intermediario), que hace posible el intercambio de bienes y servicios necesarios para la supervivencia del ser humano. Podrá así lograrse depurar al dinero de sus aspectos espurios. Pero, para evitar el desborde del instinto de poder dirigido hacia la acumulación y el enriquecimiento ilimitados, es necesario desplazar dicho instinto hacia objetivos de poder más aceptables y útiles, tanto para la sociedad como para el individuo.

Creo que la búsqueda y adquisición de conocimientos puesta al servicio del "bien común" podría tener un papel fundamental en este cambio. Adecuadamente estimuladas, reconocidas y dirigidas por la sociedad, tales actividades permitirían ejercer satisfactoriamente el instinto de poder, acumulando poder en forma de méritos, reconocimientos, premios y, principalmente, prestigio.

De esta manera, el uso del dinero y de otras formas de poder concreto que dependen de él perdería su carácter hipertrofiado y el dinero quedaría limitado a su función imprescindible.

La principal característica del conocimiento (y por la que se diferencia esencialmente del dinero) es que se puede orientar hacia la satisfacción de necesidades altruistas –"espirituales", intelectuales y prácticas– tanto de quien lo posee o adquiere como de la sociedad, a la que beneficia. Esto es así porque, aunque el conocimiento, como toda actividad humana, es una manifestación del instinto de poder, puede convertirse en una sublimación de éste con más facilidad que otras manifestaciones, la principal de las cuales es el dinero.

Una primera ventaja del conocimiento –insólita, por lo demás–, es que cada persona que lo posee puede compartirlo con otros, sin que pierda por ello su carga de poder. Es decir, el conocimiento conserva las características del instinto de poder pero disminuye su intensidad narcisística. Algo semejante es impensable en el caso del dinero.

Además, el conocimiento puede crecer en forma exponencial y otorga una sensación de poder cada vez mayor a quienes lo poseen, incluso si lo comparten, aunque eso no significa en modo alguno que no subsistan las competencias y rivalidades inherentes al psiquismo humano.

Otra ventaja muy importante del conocimiento es que, contrariamente a lo que sucede con el dinero, para obtenerlo no es necesario despojar a nadie de ese mismo conocimiento, precisamente porque se lo puede compartir.

Es más, cada aporte para incrementar ese conocimiento tiende a unir, antes que a distanciar, a quienes participan de su búsqueda, tendiendo a formar una especie de "equipo universal". Por todo ello, la "adquisición" de conocimientos no produciría habitualmente sentimientos de culpa ni haría al individuo proclive a generar neurosis de poder.

Esta posibilidad habría sido impensable antes del advenimiento de las comunicaciones casi instantáneas posibilitadas por Internet.

Para llevar a la práctica estas ideas se debería comenzar por convocar a psicólogos, sociólogos, educadores, trabajadores sociales, profesionales competentes de cualquier especialidad y personas con la cultura y la aptitud necesarias para integrar grupos de trabajo dedicados a la formación de "facilitadores" adecuadamente guiados.

Admito que se trataría de una tarea ardua y de largo aliento, de una auténtica utopía cuya concreción exitosa –si es que puede lograrse algún día– quizá demande varias generaciones.

Que esa utopía puede llegar a concretarse lo muestra lo sucedido con las ideas fundamentales del psicoanálisis. Éstas, después de más de un siglo de presentadas por Freud, se han incorporado –bien o mal comprendidas y aplicadas– al patrimonio cultural de la humanidad y ejercen una considerable influencia sobre la civilización actual.

Todo aquel que actúe siguiendo las pautas que se desprenden de mi concepción debería, ante todo, tener clara conciencia de que su actuación no está necesariamente libre de neurosis de poder y, en particular, de neurosis dineraria.

Posibilidades de desarrollo de mis ideas

Me atrevería a afirmar que el concepto de "ciclos prenatales de necesidad y no necesidad", que estoy continúo desarrollando, permitirá explicar quizás el origen de la esquizofrenia y de otras enfermedades mentales, dentro del marco de una nueva disciplina a la que llamo "biopsicología prenatal", dedicada a estudiar el psiquismo a partir de sus raíces biológicas prenatales.

A partir de mis ideas se pueden estudiar las tendencias del ser humano basadas en los afectos, y así comprender el motivo de actos que parecen tan "normales" que no merecen mayor atención.

Aplicando mis ideas a la economía, me planteo crear una nueva disciplina que llamo "psiconomía", la cual se ocuparía de analizar y profundizar los mecanismos psíquicos relacionados con el poder y el dinero en el nivel tanto individual como colectivo, es decir, en sus manifestaciones y aplicaciones al psiquismo de cada ser humano y simultáneamente a la realidad económica, social y política.

El estudio de la psiconomía implica ahondar en la idea, que ya expliqué y desarrollé someramente, de que existe cierto paralelismo entre la psicogenia y la sociogenia, en el sentido de que ésta remeda a aquélla, es decir, que la realidad económica y social imita a la realidad psíquica, o –como se podría decir– que la "socionomía" (economía más sociología) reproduce la "psiconomía."
Alberto Chab Tarab
Miñones 2060 (CP 1428) Cap.
Tel. (5411) 4787-0776
Fax (5411) 4783-4194
E-mail: albertochab[arroba]sinectis.com.ar
albertochab[arroba]hotmail.com
Página Web: webs.sinectis.com.ar/albertochab

 
Curriculum vitae del doctor Alberto Chab Tarab
Alberto Chab Tarab nació en Cuba en 1927 y llegó a la Argentina a los tres años de edad. Después de recibirse de médico en la Universidad de Buenos Aires, ingresó, en 1958, en el Instituto de Psicoanálisis de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA), a la cual se incorporó luego, a partir de 1977, como miembro titular, actuando como profesor, didacta y supervisor de casos clínicos.
Durante dos períodos fue secretario, y luego presidente, de la Mutualidad Psicoanalítica Argentina, cuya reestructuración tuvo a su cargo. En 199394 fue miembro de la comisión directiva de la APA y posteriormente colaboró en la organización de varios congresos nacionales, latinoamericanos e internacionales de psicoanálisis, estos últimos organizados por la International Psychoanalytical Association (IPA). En la APA dictó diversos cursos y seminarios sobre teoría psicoanalítica, procesos grupales y familiares, así como sobre enfermedades psicosomáticas.
Fundó y dirigió varios servicios hospitalarios de psicoterapia y diversas instituciones, entre ellas el Instituto de Análisis Motivacional, la Sociedad Argentina de Psicodrama, el Centro de Investigación en Medicina Psicosomática y el Instituto de Terapéutica Psicosomática. En la actualidad ejerce el psicoanálisis como terapeuta individual, grupal, familiar y para empresas, dicta cursos y conferencias y, simultáneamente, realiza tareas de investigación.
Categoría: Educación, cultura y sociedad
Palabras clave: Psicoanálisis, Dinero, Poder, Economía.
Moneda, Riqueza, Instinto, Freud, Sociedad.

 

 

Autor:


Alberto Chab Tarab


Miñones 2060 (CP 1428) Cap.
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