ACERCA DE ALGUNOS ELEMENTOS HISTÓRICOS.
EL SIGLO XIX Y LA INFALIBILIDAD PAPAL:
Todo el siglo XIX está marcado por grandes movimientos y transformaciones tanto de carácter material como espiritual puesto que durante este siglo, más que en ninguno otro, se hace evidente y casi natural, su intrínseca interacción. Este es un siglo de profundas convulsiones en todos los aspectos de la vida humana donde las luchas reales y concretas se expresan también en lo artístico –en su acepción más amplia- y, éste mismo influye sobre las concepciones de la realidad. Nos hallamos frente a una Europa que busca su propia identidad, identidad ya determinada por los grandes sistemas filosóficos del idealismo alemán como del continente. Identidad que ya había logrado, insularmente, el Gran Imperio Británico. En 1848 se produce en Europa una revolución general cuya fuerza motriz es la insoportable estructura del Ancien Regime y, cuyo principio revolucionario lo constituye la nacionalidad. Italia no es ajena a este movimiento. Este es el sueño de sus patriotas y liberales; y éste sueño de los patriotas, el de una Italia unida, se remonta a tiempos anteriores a Dante, y ahora como entonces, es la Iglesia la que se opone a dicha unidad pues no deja de ver en esto el peligro que corre su poder temporal, el que aún en el siglo XVII era absoluto [1], por lo menos nominalmente. Maquiavelo, por su parte, había sido en su tiempo el más audaz defensor de la unidad italiana y quien ya había precisado la imperiosa necesidad de separar a la Iglesia del Estado, al igual que la moral de la política. Y es, paradójicamente, Cesar Borgia, hijo del Papa Alejandro VI, el inspirador de "El Príncipe", aquel ser idealizado por Maquiavelo por sus cualidades personales para regentar la unidad italiana. Tres siglos más tarde un Papa, igualmente controvertido, se opondrá, hasta el último momento, a la unidad italiana y, en especial a la incorporación de Roma a ésta: Pío IX.
En 1846 sube a la silla pontificia (a la muerte de Gregorio XVI), Juan María Mastai-Ferreti, quien adopta el nombre de Pío IX y sorprende a los conservadores al ocupar el trono pontificio como obispo liberal, al tiempo que fragua grandes ilusiones y esperanzas en nacionalistas y liberales que ven el él un poderoso apoyo para sus propósitos políticos. En efecto, Pío IX había empezado su pontificado "mostrando algunas simpatías por ciertos aspectos del movimiento liberal. En 1847 había suavizado algunos controles sobre la prensa en los Estados Pontificios de la Italia central, había creado un concejo asesor de laicos para ayudarle en la labor de gobierno, y muchos le miraban como a un simpatizante de la causa de la unificación italiana. Hasta se hablaba de crear una confederación italiana con el papa en cabeza" [2].
No pasó mucho tiempo para que se desengañaran, pues, a mediados de 1848 estalló la revolución y el Papa huye a Gaeta ante la instauración de la República Romana (de existencia fugaz) bajo la jefatura de Geusippe Mazzini y Geusippe Garibaldi. Pero, aquél es restituido en su cargo gracias a la ayuda de tropas francesas bajo el régimen de Napoleón III, quien se convierte en protector de Pío IX durante 20 años de un reinado de 32 (el período más largo de la historia de los Papas hasta hoy). Desde entonces se mostró decidido oponente del liberalismo, desarrollando una política abiertamente reaccionaria.
Hasta la segunda mitad del siglo XIX lo que se daba en llamar Italia, estaba conformado, o mejor, fragmentado por una serie de reinos que solo se mantenían unidos por límites naturales, constituidos estos por los mares Adriático, Jónico y Tirreno, que conforman la Península Itálica. Este territorio, esta Italia dividida (al igual que Alemania en un montón de minúsculos Estados), constituía uno de los reinos más atrasados de toda la Europa del siglo XIX. Italia era un país eminentemente agrícola al margen de una Europa industrial, movido por el minifundio de grandes masas campesinas que en realidad no eran más que una urbe desposeída y miserable pues, la reforma agraria intentada entre los siglos XVIII y XIX no benefició más que a los grandes propietarios, nobles y burgueses a quienes no les preocupó una acumulación de capital con propósitos claros para una modernización del latifundio. Sólo se preocuparon de sus privilegios personales o de su condición de clase propietaria y nobiliaria. Estos campesinos desposeídos, sobre todo los del sur (pues los reinos del norte tales como Piamonte, Lombardía, Liguria y Toscana tenían tradición de Estado y experiencia administrativa, y por tanto, mayor capacidad de organización; sin olvidar el contacto más directo con el resto de Europa), serán los gestores de un movimiento verdaderamente revolucionario, fiel expresión de esa Italia desgarrada, hambrienta y brutalmente golpeada por todos los estamentos; ellos son los injustamente llamados: Los Bandidos.
Era lógico que el elemento moderado temiera su violencia. "Los <gentileshombres> querían la existencia de Italia, pero la querían dentro del orden y a condición de que se respetasen sus prerrogativas. En el fondo de su patriotismo figuraba también la aspiración a un Estado más eficiente que el borbónico y que, con pulso firme, los protegiese contra aquellos estallidos de cólera de las chusmas hambrientas". Es un movimiento de unidad nacional expresamente burgués, puesto que "jamás pensaron en aliarse con estas plebes y en solicitar su participación, en el movimiento nacional (...). de aquí que el llamamiento a la independencia no encontrase jamás eco en el proletariado agrario, que representaba la inmensa mayoría de la población" [3].
Los llamados "bandidos" siempre fueron tratados por aquellos "gentileshombres" moderados, no como la expresión de una realidad social, sino como simples fenómeno de delincuencia común. Esta es la Italia de Pío IX, que aún en los años ochenta el gremio obrero representaba una exigua minoría. Así mismo, son las condiciones concretas las que permiten –a falta de un proletariado efectivamente industrial- germinar la semilla del anarquismo traída por Mihail Bakunin. De Alemania había sido expulsado Karl Marx por su participación en los hechos de 1848 y se había trasladado a Londres, capital por ese entonces del imperio capitalista. En este mismo año salió a la luz pública el "Manifiesto Comunista", obra conjunta de Marx y Engels. En 1864, los creadores del socialismo científico, convocan a la "Primera Internacional", y un año después, llega Bakunin a Nápoles (Italia), como embajador de Marx, sin embargo, con el firme propósito de crear su propio movimiento puesto que éste país aún no se había industrializado. Más tarde, en 1872 es convocado el Concejo en La Haya, en el que se expulsa a Bakunin de "La Internacional Comunista" quien ya por entonces no la reconocía y pasa a constituir su propio Congreso: La Internacional Italiana.
Después de la derrota de Francia a manos de Prusia (guerra franco-prusiana) se produce el primer experimento comunista, mejor aún, es el 18 de marzo de 1871 que, por una parte, señala la caída de Napoleón III y, por la otra, la instauración de "La Comuna de París". En esta fecha los parisienses estaban hambrientos, armados y desligados del gobierno dirigido por Thiers, en Versalles; deseaban resistir al cerco prusiano y acusaban a Thiers de pactar con el enemigo. El 26 de marzo se realizaron elecciones municipales, que instalaron un concejo comunal en el ayuntamiento. Pero las quimeras, las disensiones ideológicas y las querellas internas impidieron la acción efectiva, que se limitó a unas pocas medidas sociales. Luego vino la represión atroz ("la semana sangrienta") que aplastó la primera revolución proletaria de la historia, y para muchos, la única. Todos estos acontecimientos sociales, políticos y científicos hacían que Pío IX se convirtiera en un hombre cada vez más partidario de la autoridad conservadora e inclinado al rechazo, no sólo de los cambios bruscos y profundos, sino de las reformas liberales, de los avances científicos y culturales; en una palabra, se erigía en rémora del progreso, lo cual queda confirmado en su famoso Syllabus. Curiosamente este documento sale a la luz el mismo año en que es convocada "la Primera Internacional" (1864). Pero esta actitud no es nueva en Pío Nono como hemos visto, anteriormente "había condenado todos los intentos de liberalizar la teología católica; ahora resumía sus puntos de vista y lanzaba un ataque abierto contra las ideas liberales en general, racionalismo, libertad de pensamiento y subordinación de la Iglesia al Estado" [4]. A este mismo respecto nos comenta Schnerb que, "la encíclica Quanta Cura y el Syllabus son redactados en términos que provocan vivas reacciones de los concordatorios. Así, el final de su pontificado ve agrias reacciones entre la Santa Sede y los Estados: estallan conflictos con España y Austria; Bismarck emprende su Kulturkampf (lucha por la civilización) [5], y Gambetta declara la guerra al ‘orden moral’ proclamando: ‘el clericalismo, he ahí el enemigo’" [6].
Ahora, mientras que la nacionalidad se afirma en el dominio laico –gracias a la unión de nacionalistas y liberales-, tiende a declinar en el seno de la Iglesia. Cada vez se hace más próximo el momento en que la Iglesia tiene que renunciar a su poder temporal y aferrarse cada vez más a su poder espiritual abandonando su soberana voluntad simbolizada por dos espadas, en la actualidad reemplazadas por dos llaves antiguas, que pretenden simbolizar y reconocer, ahora sí, las conciencias individual y colectiva.
En diciembre de 1869 se inaugura en Roma el Concilio Ecuménico [7] y, el 18 de julio de 1870 se define el dogma de la Infalibilidad Pontificia, dos meses antes de perder los últimos vestigios de poder temporal con la entrada de las tropas italianas en Roma. Así, el Concilio Ecuménico Vaticano I, admite en 1870 por la constitución Pastor Aeternus la infalibilidad del Papa, o privilegio según el cual las declaraciones formuladas por éste ex cathedra en materia de dogma y de moral, no están sujetas a error. Pío IX había encontrado su propia identidad; no porque hubiera descubierto ser semejante a Dios, sino porque él mismo se convirtió en Dios. Iosephus Strossmayer tenía razón al considerar que frente al dogma de la infalibilidad papal "los protestantes, montarían la brecha, con tanta más bravura cuanto tienen la historia de su lado" [8]. Efectivamente, esto fue causa de que muchos católicos abandonaran la Iglesia y que los liberales consecuentes y radicales reafirmaran sus posiciones anticlericales y, los no-católicos se hicieran más inquebrantables en o desde la oposición [9]. Este fue el siglo que reunió todas las condiciones propicias para el auge del pensamiento filosófico materialista, con expresiones tan crudas y efectivas como la filosofía de Nietzsche, sin olvidar a David F. Strauss con su "Vida de Jesús", a Feuerbach con "La Esencia del Cristianismo" y, lógicamente a Marx que junto con el autor anterior se destacaron, no tanto por el ateísmo –como regularmente piensan muchos- que es el elemento propio del Iluminismo francés, como por la recuperación del concepto de naturaleza; ya que el ateísmo es una instancia o esfera religiosa y el marxismo, más exactamente el pensamiento marxiano, va más allá, supera (en cuanto Aufhebung) el ateismo. Por esto mismo es que la ciencia naturalista del siglo XIX se separa de la religión al no buscar ya respuestas en lo sobrenatural, lo que se ha hecho insuficiente, sino en la naturaleza misma y desde la instancia de la razón. En este horizonte encontramos representantes tan eminentes como Charles Darwin, como al biólogo T. H. Huxley, como a Louis Pasteur, como a Thomas Edison, como a Heinrich Hertz, a los esposos Curie, a Alexander G. Bell y, a Röntgen para no mencionar más que algunos nombres universalmente reconocidos.
Aún el mismo Bismarck, que era protestante, quiso doblegar la influencia de la iglesia católica en Alemania y, según Montanelli, éste pensaba que bastaría con trasladar al Papa a Alemania para lograr la unidad religiosa en su Imperio, pues una vez los católicos lo conocieran de cerca, se convertirían al luteranismo [10]. No se requiere de mucha reflexión y perspicacia para saber en qué concepto tenía el Canciller Otto von Bismarck al infalible Pío IX, que más bien parecía ser un impío. Esto está lejos de ser una blasfemia, pues mientras, el historiador alemán Gregorovius decía de él que "se halla tan convencido de la infalibilidad que la siente sobre sí"; el propio Pío IX afirmaba que el concilio había "liberado de todos los males a la Iglesia y a la sociedad civil, resuelto todas las dificultades, reparado todas las miserias, removido todos los peligros, calmado todos los sufrimientos" [11]. Estaba tan "prisionero" y tan aferrado a "sus" Estados Pontificios, tan enclaustrado en ellos que no podía ver y menos sentir la miseria y el desgarramiento social que le rodeaban. Curiosamente, parece ser que en 1863 tuvo el Papa la idea de convocar el Concilio Ecuménico Vaticano I, y "su propósito era el de hacer reconocer como dogma el poder temporal, de manera que todo el que lo violase incurriría en herejía. En él no era nada nuevo este modo de proceder. Ya con el Syllabus había desempolvado el lenguaje de Bonifacio VIII contra ‘los poderes laicos de la Tierra’, de una Tierra en la que los poderes que la dominaban ampliamente eran no sólo laicos, sino protestantes. Mucho más avisados que él –el cual no lo era en modo alguno- los jesuitas frenaron sus ímpetus. ¿Qué hubiese hecho el Papa si, no obstante el dogma, Italia hubiese ocupado Roma? La habría excomulgado. ¿Y si Italia se hubiese tomado a broma la excomunión? Lo mejor era no lanzar semejantes desafíos y replegarse sobre una fórmula más matizada, que permitiese alguna escapatoria. De esta forma se llegó al dogma de la infalibilidad, aunque sin especificar si ésta era aplicable al Papa también en su condición de soberano temporal" [12]. Para fortuna de Pío Nono, y para la iglesia católica en general, jamás se estableció el dogma del poder temporal (seguramente una gran frustración para Pío IX y su iglesia, la que estaba acostumbrada a quitar y poner reyes y gobernantes en tiempos pasados), pues el dos de julio de 1871 el Rey Víctor Manuel II hacía su entrada oficial en Roma, ahora capital de Italia. Cavour, había sido el artífice de la unidad italiana, quien muriera en 1861 y que hasta diez años más tarde no podía descansar en su tumba en absoluta paz, hasta tanto no "ver" cumplido su sueño nacionalista y su infalible sentencia: "Libera Chiesa in libero Stato" ("Una Iglesia libre en un Estado libre"). El siete de febrero de 1878 muere Pío IX, al que sucede León XIII.
Después de todo, se le hizo un bien a la iglesia con la "usurpación" de los Estados Pontificios, como lo reconoce Hertling, no sin antes reprocharle a Italia, tanto a su pueblo como a sus dirigentes políticos, tal proceder y transformación [13] pero, no a la manera de quien ve en los resultados justicia, sino por el contrario, injusticia ante la que no queda otra salida, a fuerza de impotencia, más que la resignación que tanto predican.

ACERCA DE ALGUNOS ELEMENTOS DOCTRINARIOS
EL DOGMA DE LA INFALIBILIDAD Y SUS IMPLICACIONES:
El aspecto doctrinario de la infalibilidad se ha convertido en uno de los asuntos más espinosos a tratar y, sobre todo, uno de los puntos fundamentales, sino el más importante junto con el fundamento de Pedro, de toda la instancia estructural de la iglesia católica. Desde el discurso del Obispo I. Strossmayer hasta el presente, se han desarrollado y publicado serios argumento en contra de la infalibilidad –infortunadamente de escasa repercusión general o popular, lo que a hecho que ésta problemática circule en espacios de teología avanzada, de intelectualidad eclesial y laica-; sin embargo, ninguna de estas objeciones, reparos y discusiones sobre el sentido y la función del concepto de infalibilidad van tras un abordamiento radical de dicho dogma, sino que sólo efectúan una crítica desde la posición misma de la iglesia en procura de exactitud, precisión y definición adecuada y apropiada que dé al traste con toda ambigüedad y posibles malos entendidos. Pero esto no debe extrañarnos en un mundo donde la política funciona de igual forma, propio de una dimensión totalizante de características eufemístas.
Hans Küng que encabeza este movimiento de revisión del concepto de infalibilidad –a partir de sus textos, Strukturen der Kirche (Estructura de la Iglesia), Die Kirche (La Iglesia), y en especial de su libro, Unfehlbar? Eine Anfrage (Infalible? Un interrogante)- no se ha propuesto (a la vista de teólogos tan respetables como él) más que una puntualización que suprima todo equívoco posible. Aún así, las inquietudes que plantea Küng no dejan de ser interesantes y, más que eso, determinantes cuestionamientos en la esfera doctrinal de la iglesia. De entrada, podemos decir que en términos generales existen dos grandes corrientes al interior de la iglesia. De una parte, la facción de derecha y, de otra, la de izquierda. En otras palabras, los conservadores y los progresistas; siendo desde luego los primeros, los representantes de "la iglesia-contra-el-mundo", los que cuentan con mayor poder tanto en el ámbito espiritual como, sobre todo, en el temporal; quienes han tomado como "patrono" de añoranza e imitación a Pío XII. Es en esta facción donde encontramos asociaciones, movimientos y respectivas publicaciones de carácter reaccionario, autoritario y, en otros tiempos, agresivamente anticomunista, hoy antiterrorista. Siempre el maniqueísmo de Dios y el Diablo, los buenos y los malos, los benditos capitalistas y los malditos terroristas. Aquí la taxonomía de la ciencia no es muy amplia, sólo dos géneros o categorías, más nada.
Por su parte, los moderados, los progresistas, los que promulgan por "la iglesia-hacia-el-mundo", los fieles seguidores del "Papa Bueno", de Juan XXIII, al pensar y estar convencidos de la imperiosa necesidad de una iglesia abierta, efectivamente histórica como histórica es, de una iglesia que participe activamente del destino de los pueblos, de una iglesia "al servicio del pueblo de Dios", de una "iglesia de los pobres" (Leonardo Boff), de una iglesia social y "praxiológica"; de una iglesia lejos de una circulación puramente elitista, de "altas jerarquías" y, sobre todo, de aliada del sistema o de los sistemas políticos dominantes.
Así, demarcados los dos bandos eclesiales fundamentales, o la comunidad de la iglesia, el problema de la infalibilidad gira en torno a consideraciones ya de derecha, ya de izquierda, donde su centro convergente podría ser la instancia moderada al tratamiento del dogma de la infalibilidad. Es claro, que la problemática de la infalibilidad no es una problemática ideológica, pero, dicho concepto suscita sentimientos de sospecha. Sancho Bielsa sostiene por su parte que "el término infalibilidad significa negación de falibilidad, imposibilidad de equivocarse, incapacidad de errar. No es sólo ausencia de error, sino imposibilidad de cometerlo" [1], lo que nadie podría discutir en cuanto a su significado (definición) se refiere; sino que, precisamente es por esta significación que se presenta desconfianza y rechazo por tal concepto. Esto, en cuanto al término mismo se refiere.
Ahora, según McGrath [2], Hans Küng ha partido en Unfehlbar? Eine Anfrage, de un examen lingüístico del concepto de infalibilidad para demostrar que dicho concepto es incoherente y carente de sentido. Aquí tenemos que afrontar cuestiones tales como las de verdad formal y verdad fáctica o epistémica, proposición y formulación proposicional lo que nos remite a la filosofía analítica o lingüística y al positivismo lógico. Esta segunda corriente filosófica parte de una profunda desconfianza hacia los lenguajes naturales postulando los lenguajes formales como única alternativa segura para desterrar la dimensión metafísica de la esfera científica. La filosofía analítica por su parte dirige su atención al lenguaje común y a su significación (Wittgenstein, Tractatus Lógico-Philosophicus); pero esta tesis de concebir al lenguaje como una imagen (bilden) de los hechos o del mundo fracasa.
El segundo Wittgenstein (Investigaciones Filosóficas), formula la tesis que explica el significado a partir del uso empírico del lenguaje. Esto dio al traste con la tesis positivista de que es suficiente una sintaxis lógica para establecer los límites de significación de los discursos científicos y, reafirma que el lenguaje común es suficiente como expresión del conocimiento. Aquí tenemos como resultado lo que hoy en día conocemos como la pragmática. En otras palabras, el intento de una formulación lógica del lenguaje era, contradictoriamente, un intento metafísico y por esto el segundo Wittgenstein lo repudia, y el positivismo lógico abandona aquel intento de un lenguaje lógicamente perfecto y, porque no, infalible.
De tal manera, la problemática de la infalibilidad no es una problemática lingüística. No es allí donde podríamos hallar la esencia misma del problema ni tampoco donde pretendemos buscarla. La problemática del dogma de la infalibilidad se adentra en sí misma, se centra en la base misma del edificio de la iglesia católica. Los defensores de la infalibilidad giran regularmente en circulo vicioso; así, en cuanto admitamos la existencia de Dios, éste debe ser perfecto y por tanto infalible, de donde por consecuencia lógica, su perfección debe reflejarse en la iglesia y en el Papa como su máximo representante aquí en la Tierra, es decir, la infalibilidad se considera de instauración divina que pasa de Dios a Cristo y de éste a la iglesia, lo que define la certeza y es fuente de la verdad al interior de ésta, en orden a la conservación de la fe. Sin embargo, hoy que la física quántica demuestra que el universo avanza hacia la entropía (desorden) y que el desorden se complementa con la anentropía (orden) de donde se infiere que el universo no es perfecto sino que él mismo se enmarca dentro de la historia del cosmos en un devenir permanente [3], qué sentido tiene seguir postulando un ámbito de perfección? Volvamos al punto, Sancho Bielsa, afirma que "Cristo prometió asistencia continua a su iglesia. Ahí está la razón de la infalibilidad" [4]. Pero, realmente prometió Cristo esta asistencia? Esto nos remite al origen y a la genealogía misma del cristianismo y, como bien lo sostiene Strossmayer al inicio de su discurso [5] ni en el Antiguo ni en el Nuevo Testamento, ni en los Evangelios se encuentra nada que haya sido cuestión de un Papa "sucesor de San Pedro, Vicario de Jesucristo e infalible doctor de la Iglesia".
Todos bien sabemos que la iglesia como institución, tal como hoy la conocemos, es una creación "reciente" y fue posible gracias a Constantino el Grande, primer emperador romano que se convirtió al cristianismo a comienzos del siglo IV (311) de nuestra era; quien eleva a ésta a la categoría de religión oficial, lo que le permite a la iglesia como tal y por ese entonces, hacerse a un poder temporal que pregonó y sostuvo hasta 1929 y, que de alguna manera sostiene hasta hoy de forma realmente existente por su fuerte influencia en la toma de decisiones políticas. Ahora bien, así como este poder temporal no es de origen divino, de igual modo, Pedro no es el Vicario de Jesús aquí en la Tierra y, por consiguiente, el Papa no es el sucesor de Pedro ya que Jesús consideró a los apóstoles como iguales sin dar potestad a ninguno de ellos. La misma esencia del pensamiento de Jesús (para no hablar de doctrina alguna) es ajena abiertamente a todo tipo de poder y dominación jerarquizada. Pero dejemos que hable el eminente teólogo Josef Blank y corrobore lo aquí dicho. Dice, "...es evidente que el reconocimiento de Pedro por Pablo no era absoluto, como aparece claro en el <incidente de Antioquía> (Gál. 2.11-14.15-20). La conducta de Pedro estuvo a punto de ocasionar una ruptura entre los cristianos judíos y los cristianos gentiles... El motivo de queja contra Pedro y contra los judeo-cristianos que le imitaban lo cifra Pablo en que <no andaban a derecha conforme a la verdad del evangelio> (Gál. 2,14); en esto precisamente consistía su <simulación>. De aquí se deduce que para Pablo el evangelio representaba una magnitud de orden superior, con la cual puede ser medida también la conducta de Pedro. Éste había faltado al evangelio y al espíritu de los acuerdos de Jerusalén, y por eso es interpelado por Pablo" y, luego aclara, "los intentos que se vienen haciendo constantemente desde los Padres de la Iglesia hasta los intérpretes modernos, como J. Daniélou, por disculpar la conducta de Pedro con la <economía> o <motivos pastorales> no hacen justicia al texto" [6]. Como se puede apreciar, el mismo Pedro no fue infalible en contenidos de moral y doctrina, esto es, Cristo no lo asistió con la iluminación privilegiada de la infalibilidad y el mismo Pablo debe reprimir su conducta desviada del evangelio.
Ahora, Blank agrega algo que a nuestro modo de ver es de vital importancia: "en Corinto hubo también un <partido de Pedro> (1 Cor 1,12). Pedro no estuvo, probablemente, nunca en Corinto; por tanto, podría muy bien tratarse de un grupo de judeo-cristianos que, para defender su postura, apelan a Pedro. Pero a tal fin no pueden invocar ninguna autoridad superior; también para ellos es el propio Cristo la autoridad suprema. <¿Está dividido Cristo?>, pregunta por eso Pablo (1 Cor 1,13). En 1 Cor 3,21ss se dice que no debe gloriarse absolutamente nadie en grandeza humana; ya se trate del mismo Pablo, de Apolo o de Cefas; ya se trate del mundo entero, de la muerte o de la vida, del presente o del futuro: <Todo es vuestro; más vosotros, de Cristo, y Cristo, de Dios>. Para Pablo, pues, Pedro tiene autoridad, pero fundamentalmente en el sentido de auctoritas, no de potestas. Más no la tiene de modo exclusivo, sino que la comparte con las otras <columnas> como primus inter pares. Al parecer, Pedro no tenía ningún influjo especial en el territorio de la misión de Pablo. Influía mucho más en el ámbito judeo-cristiano. A este influjo corresponde también el mejor resultado de la tradición histórica de Pedro. Pablo buscaba el consentimiento, la comunión con Pedro y los primeros apóstoles por amor del evangelio. El evangelio o, concretamente, el Kyrios Jesús es la autoridad superior, que puede ser invocada incluso contra Pedro como suprema instancia crítica o norma de conducta" [7].
Blank concluye que, "como <roca> de la ekklesía de Jesús continúa siendo fundamento único y exponente claro de la siempre necesaria vinculación de toda la Iglesia a su origen indiscutible, Jesucristo". Puesto que fundamentarse desde el Nuevo Testamento un <ministerio de Pedro> en la Iglesia, es posible en sentido amplio, "quizá como punto simbólico de inserción de todo <ministerio eclesiástico>..." [8]. De esta manera se pierde el hilo conductor fundante entre Cristo y el papado al no ser Pedro el Vicario de Jesús, quedando entre paréntesis el origen divino de la infalibilidad como de la Iglesia. Así la continuidad Dios-Cristo-Pedro-Iglesia, es del orden simbólico; donde la infalibilidad personal del Romano Pontífice (por su cargo de Maestro y Pastor de todos los fieles, quizás –metafóricamente hablando- porque arrea a sus ovejas que le creen porque el mismo Papa de humilde pastor no tiene mucho) se da en virtud de su falibilidad personal como hombre. Es el Papa por decirlo de algún modo, la infalibilidad en coexistencia con su falibilidad en dirección a la conservación de la fe [9].
De tal forma, la fe se apoya en el dogma de la infalibilidad, porque gracias a este dogma se creen todos los demás, "porque la Iglesia nos los propone como verdades que debemos creer..." [10]. Esto quiere decir, que la fe y la verdad al interior de la iglesia, se asientan en el dogma de la infalibilidad y, es esta misma instancia (de ‘poder’, de autoridad, de confiabilidad, de certeza, etcétera) la que permite la permanencia, reafirmación y continuidad tanto de la verdad como de la fe en la iglesia. Pero, así volvemos al punto de partida; ¿qué o dónde se sustenta la infalibilidad? Aquí tenemos una certeza definitiva, el dogma de la infalibilidad es un presupuesto de la Iglesia Católica y, es por esta razón su trascendental importancia, no sólo en el terreno de la teología sino en campos como el de la filosofía, la historia, la sociología, el derecho, y en especial, el de la praxis cristiana.
Nadie discute que la verdad en sí misma –in abstracto- es infalible; (la verdad humana en cuanto tal, sólo es un pedazo de verdad no toda la verdad; de allí que existan opiniones diversas pero, no debemos olvidar que el conocimiento como tal también es susceptible de ser manipulado o instrumentalizado) pero, lo que está en discusión es la asistencia de esa verdad a la iglesia. Está en juego la condición infalible de la iglesia porque
por la naturaleza del presupuesto teórico de dicho concepto es que se hace menester dar razón de su propia verosimilitud. Los interrogantes giran en torno a la posibilidad de existencia de verdades eternas; en torno a si es posible decidir en materia de normas y doctrina supratemporalmente pues, ¿quién y cómo se toman las decisiones en materia de contenidos doctrinarios? ¿Acaso Dios? Y si así fuera, ¿no estaría mediado su mensaje por el hombre, por lo puramente terreno? Y acaso, ¿las demás religiones existentes en el mundo, son simples caretas de la Iglesia Universal? ¿Las demás religiones son simple farsa? ¿Están equivocados -y en número son mucho más que los católicos- todos los fieles seguidores del hinduismo, del budismo, del taoísmo, del confucianismo, del islamismo, del judaísmo y, de tantos otros credos y manifestaciones religiosas? Pero, ¿no es acaso, la existencia de este amplio abanico de creencias la refutación empírica de toda condición de infalibilidad y universalidad?
Es tan falible la Iglesia Católica –es decir, supuestamente universal- que existen aquellas iglesias que están fuera de sus límites doctrinarios testimoniando su diversidad, su diferencia, su weltanschauung, su riqueza doctrinaria, lo que sienta la exclusión, de principio y hecho, de las realidades absolutas. O, ¿acaso es falta de entendimiento por parte de muchas, de muchísimas personas, movimientos y sectas por lo que no comparten su doctrina? Curiosamente, mejor, irónicamente muchos de los desfases de la iglesia católica no han sido más que producto de su propia condición falible, de su conducción errada, de políticas desacertadas, peor aún, de directrices horrorosas y brutales para con "el pueblo de Dios" al insistir en privilegios de clase, al apoyar regímenes sociales y políticos reaccionarios y fascistas, bárbaros, totalitarios, antihumanistas (tras bambalinas de supuesta posición apolítica, lo que de por sí no puede ser) cuando ha sido precisamente, la alianza estratégica religión-política la encargada de coadyuvar a mantener la pobreza de los pueblos, puesto que estas dos esferas tal como se encuentran estructuras se nutren de la miseria humana, y de esto ya hace muchos siglos; cuando de lo que se trata es de exaltar la dignidad humana gracias a la dignidad material de la existencia.
Para hablar de horror y barbarie basta con recordar las guerras religiosas a lo largo y ancho de la historia, encontramos el Cisma de Oriente, que se produce ya en el año de 1054, al separarse de Roma la iglesia de Bizancio. Tenemos las cruzadas, que sobrevienen para atacar a los mahometanos con el supuesto argumento de rescatar el "Santo Sepulcro" y la "Tierra Santa"; las que no dejaron más que páginas negras y sangrientas en el libro de la historia.
Como si fuera poco, a esto se añadió la persecución de las sectas de la cristiandad, tal el caso de los cataros, albigenses, valdenses, anabaptistas y los más radicales de todos ellos, los husitas. Los siglos que van del XII al XVI están destinados a la persecución implacable, a sangre y fuego, de los herejes y de los movimientos heréticos; cuando, paradójicamente, el objetivo de dichas sectas no pretendía más que hacer volver a la iglesia a su antiguo estado, a su dignidad realmente espiritual y evangélica (como cuando Pablo llama al orden a Pedro).
Desde luego, no debemos olvidar que las cruzadas reactivaron el comercio y el renacimiento del Mediterráneo, pero este no fue su propósito, ciertamente. Muchas de las cosas positivas de la iglesia católica han sido, por fortuna, resultado del "azar". Resultantes de una fuerza indómita e intrínseca a la historia que por más que se desee intencionadamente mantener en la oscuridad, ella lanza más tarde o más temprano, a la luz del sol, lo criminal y lo justo de los hechos grabados indeleblemente en su memoria. Así mismo quebranta lo que parece inamovible, renueva lo que parece eterno.
Volviendo al punto, ya en el año de 1252, con la bula de Inocencio IV (que no era tan inocente, según parece), la Inquisición adquiere carácter de institución permanente y, todos bien sabemos que el Oficio de la "Santa Sede" (cínicamente "Santa"), sembró el terror con su paroxismo macabro, cobrando miles de miles de víctimas en todas las latitudes del globo terrestre (bonita forma de convertir y reclutar fieles a su iglesia, pero también, bonita forma de piratería para apropiarse de tesoros como de grandes y valiosos bienes terrenos). El Santo Oficio de la Inquisición [11], por el que Juan Pablo II pidió perdón a la humanidad, como si esto bastara para enmendar uno de los crímenes más atroces de toda la historia. "Fariseos, hijos de víboras" como los llamaría Jesús, que se postran allí donde los puedan ver para predicar respeto por la vida, respeto y tolerancia por la diversidad y, respeto por los derechos humanos.
Aún en 1600 se levanta proceso contra Galileo Galilei; y los hugonotes en Francia, en pleno esplendor del siglo XVII, son perseguidos. Por lo demás, en 1534 se produce la escisión anglicana; entre 1517 y 1530 la Reforma de Lutero y Calvino, que tienen el mismo propósito de las sectas "heréticas", esto es, el retorno a la verdadera consagración cristiana, son condenadas, y ya en 1520 es excomulgado Lutero por el Papa León X. Este movimiento cobra tal fuerza que termina por separarse de la iglesia romana rechazando sus dogmas y la autoridad del Papa. El Concilio de Trento, efectuado entre 1545 y 1563, con varios intervalos, no logra restaurar la unidad del cristianismo, perdida ya para siempre. La Reforma, como era de esperarse, será contra-atacada por un movimiento reaccionario de la iglesia: La Contrarreforma.
No debemos olvidad, por otra parte, el Cisma de Occidente que divide a la iglesia entre 1378 y 1449 que la hace tambalear peligrosamente al ser elegidos simultáneamente varios Papas; por una parte, los de Roma (esto sin hablar de las papisas, y de los varios Papas que se presentaban al mismo tiempo en Roma) y; por otra, los Papas de Aviñon, a partir del Papa francés, Clemente V. ¿Quién de todos ellos contaba con la asistencia del Espíritu Santo? "Cristo –dice Sancho Bielsa- prometió asistencia continua a su Iglesia. Ahí está la razón de la infalibilidad". Pero, cada vez que se examina en el contexto de la historia, la inspiración ex cathedra no parece ser permanente e inmutable, por el contrario, tendríamos que admitir que Cristo ha abandonado más de una vez, en el transcurso de varios siglos, a "su propia Iglesia". En términos más precisos, hay que admitir que el Papa se ha equivocado en el ejercicio de su <función pastoral y doctrinal>, en la Iglesia y para la Iglesia. Y no nos estamos refiriendo a proposiciones de verdad en términos absolutos, ya dijimos como éstas no son posibles en el ámbito humano. Si la inspiración divina del Papa fuera al nivel de proposiciones de certeza de verdad, de proposiciones infalibles, la condición falible humana no estaría en condiciones para entenderlas y así todos tendríamos que participar del mismo privilegio Papal, pero así las cosas, la Iglesia desaparecería porque ya no cumpliría ninguna función como institución intermediaria, como no la cumple en la actualidad con la secta de los cristianos.
Acaso, ¿no será "el dogma" de la infalibilidad un simple recurso de confiabilidad hacia la iglesia? Si así fuera, grave cuestión ésta, porque "si Cristo dotó de infalibilidad a la iglesia, no dejaría de manifestar con toda claridad que, de hecho, así lo hacía. Toda la razón de ser de la infalibilidad es servir como medio seguro de poner fin a las dudas en materia de doctrina. Pero éste no sería en modo alguno el caso si la misma existencia de la infalibilidad es en sí cosa dudosa. Si Cristo otorgó a la iglesia la infalibilidad sólo implícitamente –cosa que con frecuencia sugieren los argumentos a favor de la infalibilidad-, ello hubiera sido tanto como darle una cosa con una mano y quitársela con la otra. Todo se hubiera reducido a otorgar a la iglesia el medio de poner fin a las dudas en materia de doctrina, pero de tal forma que el medio en cuestión nunca pudiera funcionar con eficacia. La cuestión que hemos de plantearnos en torno a la doctrina de la infalibilidad, por consiguiente, no es ya la de si hay pruebas suficientes a su favor, sino si tales pruebas son tan tajantes como lo exige el mismo carácter de esta doctrina. En este caso, una prueba inadecuada difícilmente podría valer algo más que la simple falta de pruebas. Y de nada serviría preguntarse: si las pruebas son tan convincentes, ¿por qué ha sido tan combatida esta doctrina?" [12].
Los defensores de la infalibilidad pretenden justificar, osadamente, la existencia de ésta dentro del ámbito histórico, porque "la Iglesia está dentro de la historia y no sobre ella" [13], y el hecho de que los acontecimientos cambien, el que se presente "el signo de los tiempos", nos indica la condición de no permanencia de la realidad. Si los hechos cambian, cambian en razón a que las condiciones sociales, políticas, económicas, culturales, artísticas y morales se renuevan, se transforman; luego entonces, ¿cómo se concibe una esfera infalible al lado de una falible y, esencialmente modificable? La infalibilidad se encuentra en el horizonte de lo a-histórico, de lo supra-histórico, está en la instancia de Dios. La condición sustancial del hombre es aquella que se mueve dentro de un espacio-tiempo determinado, es la no-continuidad, es la relatividad de los tiempos en cuanto impermanencia sustancial, que no marcha necesaria e indefectiblemente por el sendero de la liberación espiritual y, directamente al "reino de los cielos", al reino de la mística y ascética paz y sosiego de Dios.
Esto no justifica por ningún motivo la crueldad y barbarie tanto de la iglesia como del hombre mismo. allí estará siempre la historia recordándonos los errores y actos sanguinarios, que el hombre y la iglesia ya jamás podrán borrar. Por todo esto "habría que insistir en la historicidad de la verdad en la Iglesia, posibilitar una mejor fundamentación de la fe cristiana, continuar la renovación de la doctrina católica que los tiempos piden y, sobre todo, ayudar a la causa de Jesús a abrirse paso nuevamente en un sistema eclesiástico, que contradice de muchas maneras su mensaje" [14].
No sin razón muchos teólogos de reconocida sabiduría y pilares teóricos de la iglesia contemporánea han propuesto sustituir el concepto de infalibilidad por el de verdad bíblica y, el mismo Hans Küng en su profunda fe cristiana nos dice que "... el episcopado, el concilio y el Papa <funcionan> y pueden ejercer su tarea incluso cuando en caso de duda no puedan definir infaliblemente quién tiene razón. Cualquier caso de conflicto en la Iglesia se puede solucionar así, incluso mejor. Habría, pues, que estimar ese <magisterio> falible como una buena oportunidad. ¿No podría la Iglesia del futuro solucionar de este modo sus errores más fácilmente? ¿No se ganaría así la antigua libertad para hacer perceptible siempre la verdad del evangelio, a pesar de todos los errores? ¿No se podría así convertir también el error –dado que el pecado se puede convertir en felix culpa- en felix error, al resplandecer la verdad del evangelio con tanta más fuerza, a pesar de los errores de la Iglesia? ¿No se miraría así la historia de la Iglesia con más realismo y se creería con mucha más convicción en la permanencia de la Iglesia en la verdad?" [15].
Así, pues, la certeza de la verdad, la condición de infalibilidad no puede desprenderse de la iglesia misma, no puede basarse en ésta, más aún, no se encuentra en ella. La certeza de la infalibilidad sólo se puede buscar y hallar en el hecho de que Cristo era efectivamente enviado de Dios, fundador de la Iglesia, creador de la autoridad docente, facultado para dotarla del don de la infalibilidad y de explícita manifestación. Sin embargo, nada de esto es expreso en los "textos sagrados". ¿Cómo es posible entonces, aceptar el dogma de la infalibilidad? ¿Cómo es posible adoptar la doctrina del cristianismo tal como la predica la iglesia católica? ¿Es ésta realmente de institución divina? ¿Quién posee la infalible verdad doctrinal? ¿La iglesia oficial y ortodoxa o acaso la no ortodoxa, heterodoxa o la ortopraxis, al decir de Küng? ¿Creó el hombre el movimiento del cristianismo, a la iglesia católica y no Jesús? ¿Por qué subsiste la iglesia católica? Y si la iglesia ya no fuera más religión oficial y perdiera su gran poder económico y político, ¿qué sería de la iglesia católica? Seguramente, sería una simple y triste iglesia más, sin la más remota "asistencia divina" pero tal vez más grande en fe y doctrina. En otras palabras, la iglesia subsiste por los "hombres de buena voluntad", por la mística, confianza y sincera fe, por el profundo convencimiento en la existencia de Dios o de un Dios, en Cristo como el hijo de Dios, en su palabra como el verbo divino. En definitiva, por creencia y fe convencida.
No en vano Küng afirma sabiamente que "la Iglesia se mantiene en la fe de modo absolutamente concreto siempre que haya hombres que sigan su camino mediante la imitación. Por tanto, el permanecer en la verdad es más cosa de la ortopraxis que de la ortodoxia, más cosa del individuo y de cada comunidad que de las instituciones. Pues la verdad es vivir de la plenitud de la Buena Nueva prometida en Jesucristo. Esta permanencia en la verdad se manifiesta, a pesar de todo posible fallo de la jerarquía y la teología, en la fe vivida y en el amor a <los débiles>, y naturalmente no sólo en las grandes Iglesias ortodoxas, sino también fuera en ciertas circunstancias. Aquí se ve claramente que la verdad en la Iglesia no consiste en los misterios eclesiásticos, sino que éstos tienen que servir a la verdad y a los hombres" [16].
La religión, así como todas las actividades del hombre (filosofía, política, ciencia, etcétera), tienden a sucumbir en su propia naturaleza cuando se pierden en un espacio de estabilidad que implica la auto-justificación y auto-suficiencia de los sistemas dando al traste con toda actitud crítica, verdad científica, filosófica y, desde luego, dando al traste con la inteligencia emocional. El cristianismo en sus orígenes tuvo como base un profundo sentido renovador que pronto se trastocó y convirtió en credo de certidumbre, o mejor, de continuidad conservadora hasta el paroxismo de lo antinatural y salvaje en pro de un rechazo abierto a sangre y fuego de toda experiencia nueva, de todo descubrimiento y creatividad como a todas las posibilidades múltiples del existir; esto es, mutilando toda espacialidad y orden de relación de contenidos y de formas renovadas en el interior de la realidad, como de la experiencia cotidiana de los individuos.
La religión, la creencia, es entre otras cosas, la huida del temor y terror que causa en los hombres la incertidumbre o el "kaos" de lo nuevo, de lo desconocido, del progreso como lo porvenir, del futuro como lo no-determinado. El transcurrir histórico de los hombres como simple continuidad inalterable constituye la instancia de lo religioso por cuanto el proceder empecinado de dicha esfera, en el orden histórico mismo, los hace sinónimos. Así, el espacio de lo religioso es de alguna manera evasión de lo vívido y edificante, es evasión de la pluralidad o aleatoriedad de la naturaleza humana en sus aspectos teóricos y prácticos. El rito religioso es alabanza conciente de lo pasado, de lo mismo, de lo no-cambiante; es la reafirmación continua de la tradición, de los valores ancestrales; es la consagración de la supuesta lógica natural en lo humano la que a su vez es supuestamente reflejo de la lógica divina, si hemos de tener presente el dogma de la identidad o congruencia entre lo celeste y lo terreno. La atmósfera religiosa puede invadir las esferas de la ciencia, de la política, de la filosofía y por consiguiente, lo más grave, la dimensión práctica y social. De esta manera, no es de extrañar que la historia de la religión católica, y de muchas de las grandes religiones del mundo, no sea más que la historia de la lucha contra la cultura y la ciencia; como contra el despliegue del avance social en su acepción crítica. El hombre se traiciona así mismo en el espacio de lo religioso, confundiendo e identificando seguridad y estabilidad con coherencia.
Todo rito, configuración de lo práctico, contiene su contraparte, el mito, configuración del pensar. El rito es al mito como el pensamiento al lenguaje porque, "el mito es pensamiento teórico de un pensamiento práctico..., un pensamiento que busca las razones para pensar así, o para actuar así su pensamiento". El mito se ha convertido en el recinto de lo real puesto que en este descansa el hombre de la zozobra diaria, en él encuentra su razón de ser y lo mítico mismo se convierte en el objetivo esencial de la vida, pensando dentro de dicho recinto y creando la verdad en el mismo. Es la prolongación del orden establecido que siempre tiene como soporte lo "sagrado". Lo sagrado entre comillas puesto que éste no tiene validez dentro de la realidad, o mejor, encuentra lo sagrado en tanto que acomodado a la realidad. Lo único sagrado es la discontinuidad, la no-permanencia, lo nuevo, la renovación social y científica del mundo y por tanto la permanencia de lo falible, que es negación de toda supuesta estructuración de lo absoluto: la continuidad. La pasiva permanencia es un modelo de necesidad construido por el hombre, por los hombres del grupo social y, sobre todo, de una elite dominante; siendo la creencia un momento de encuentro con la estabilidad que debe ser corregido y superado en el ámbito de una concepción nueva del mundo, como mundo de los posibles, como mundo de la transformación permanente.
Para lograr una condición más elevada, los hombres deberán modificar su orden de representación del mundo. Si el hombre se presenta a sí mismo una noción de espacialidad y temporalidad diferente a la religiosa, en sentido convencional, a la vez que establece un orden social transformado radicalmente, su ámbito de apreciación, actitud y desplazarse prácticos serían de un orden lógico distinto a lo que hasta hoy hemos conocido como realidad. La realidad presente del mundo es una pésima construcción del hombre, dentro del contexto de lo estrictamente humano, social y cosmológicamente hablando. Queda claro, que la lógica clásica como instrumento que sustenta el sentido de vida y del mundo actual, ha caducado por perverso y criminal; lógica que ha de superar y debe superar la dimensión de la religión para que pueda cumplir con su misión social encarnada en el espacio de lo valorativo y así tender la mano a lo espiritual. Pero esto ya es tema de otro análisis.

BREVE BIOGRAFÍA DE IOSEPHUS (O JOSSIP) G. STROSSMAYER
Prelado católico yugoslavo, n. En Esseg (Eslavonia) y m. En Diakovo (1815 – 1905). Promovido en 1848 al obispado de Diakovo y, desde 1851, también administrador nacionalista croata y gran fautor del paneslavismo, cuyo programa consistió en restaurar el triple reino de Croacia, Dalmacia y Eslavonia. En el Concilio Vaticano (1869 – 1870) se mostró opuesto a la declaración de la infalibilidad. Por iniciativa suya, la Santa Sede publicó el nuevo misal glagotílico (1893). Fundó la universidad croata de Zagreb (1874), y mandó construir la catedral de Diakovo (1882).
Tomado de: Diccionario Enciclopédico Salvat, Vol. 11, undécima edición. Pág. 384. Barcelona, España, 1964

ACERCA DE ALGUNOS ELEMENTOS HISTÓRICOS.
El siglo xix y la infalibilidad papal:
[1] en el siglo XVII la iglesia católica corre el riesgo de perder su supremacía espiritual al lado del movimiento revolucionario de los Enciclopedistas y, a fines del mismo siglo son arrebatados los Estados Pontificios por los políticos. Con la Revolución Francesa (1789) es llevado prisionero Pío VI. Pío VII es igualmente llevado como prisionero por Napoleón a pesar del concordato firmado entre éstos. (Ver a este respecto, los mapas de la división política de Europa decidida en el Congreso de Viena (1815) y, contrastarlo con la nueva distribución política establecida por el Congreso de Berlín (1878) ).
[2] Joll, James; ‘Pautas de cambio desde 1848 hasta 1900’ en "El Siglo XIX"; Editorial Labor, Barcelona, 1973. Pág., 90
[3] Montanelli, Indro; "El Fin de Siglo", Editorial Plaza & Janés, Barcelona, 1975. Pág., 54
[4] Joll, James; ibidem.
Parte del documento del Syllabus se puede ver al final de las notas históricas.
[5] "El nombre Kulturkampf, acuñado en 1873 por el diputado librepensador Virchow, pretendía indicar que la lucha se emprendía en defensa del progreso moderno contra el oscurantismo medieval. Dirigió la campaña Bismarck, en su calidad de primer ministro prusiano..." Ludwig Hertling S. J., "Historia de la Iglesia", Editorial Herder, Barcelona, 1961. Pág., 447.
Más tarde Bismarck se retracta de su Kulturkampf y se reanudan en 1882 las relaciones diplomáticas entre Prusia y Roma (después de diez años de interrupción), más por estrategia y táctica política que por retractación de su contenido. Cfr. Con Hertling, op. cit., pág. 449
[6] Schnerb, Robert; "Historia General de las Civilizaciones, El Siglo XIX", bajo la dirección de Maurice Crouzet, Vol. VI. Ediciones Destino, Barcelona, 1969. Pág. 284
[7] "Hasta marzo de 1870 no se decidió la presidencia a poner a discusión el punto de la infalibilidad, en el que desde un principio se centraba el interés general. Los obispos estaban divididos en dos partidos. Caudillos de los <infalibilistas> eran Dechamps de Malinas, Manning de Westminster, Pío de Poitiers, Martín de Paderborn, Senestrey de Ratisbona, Gasser de Brixen. Entre los <anti-infalibilistas> descollaban Darboy de París, Dupanloup de Orleáns, Ketteler de Maguncia, Helefe de Rottenburg, Dinkel de Augsburgo, Schwarzenberg de Praga, Rauscher de Viena, Strossmayer de Diakovo en Eslavonia, Kenrick de Saint Louis. Todos ellos eran personas de profundo espíritu religioso y muchos destacaban por su labor pastoral..." Hertling, op. cit., pág. 456
[8] Ver el "famoso" discurso del Obispo Jossip Strossmayer, que según algunos historiadores (y digo historiadores porque la iglesia tiene muchos panegiristas a quienes les resulta más fácil y cómodo afirmar que Strossmayer no pronunció dicho discurso, e incluso lo califican de "sarta de mentiras" y de "ridículo"; sin embargo, así y todo, vale la pena ser leído porque queda claro que quien lo escribió no era ningún tonto), repito, que según algunos historiadores el Obispo de Diakovo pronunciara en el Concilio Vaticano I, en contra del dogma de la infalibilidad papal y que de paso cuestiona e incluso deja sin piso, con espíritu de muy buen cristiano, cimientos fundamentales de la iglesia católica. Al final de las notas incluimos este controvertido documento.
[9] "Cuando se llegó al meollo de la cuestión, o sea, el motivo por el que había sido convocada aquella asamblea, no sólo faltó la unanimidad con la que contaba el Papa, sino que la polémica se encendió hasta el punto de degenerar en tumulto. Tanto es así, que llegó un momento en que –según De Cesare- los gendarmes querían incluso forzar las puertas. Pese al grito de Sileat, sileat!, escandido a coro por los infalibilistas –sobre todo, italianos y españoles-, los opositores franceses y holandeses pronunciaron violentas requisitorias contra el dogma, y los alemanes, encabezados por Strossmayer, amenazaron incluso con el cisma. Al final, el dogma fue aceptado con 500 placet y sólo dos non placet. Pero 200 obispos manifestaron su disconformidad negándose a votar. El 18 de julio –mientras en la plaza rugía un furioso temporal- el Papa leyó –tenía una magnífica voz- la bula Pastor Aeternus, que lo proclamaba infalible. En medio del monólogo, un rayo cayó a pocos pasos de la Basílica, sembrando el terror, y los romanos lo interpretaron como una señal de ira del Padre Eterno por la ilícita competencia a sus prerrogativas". Indro Montanelli, op. cit., pág. 85
[10] Cfr. Indro Montanelli, op. cit., pág. 91
[11] Citado por Indro Montanelli, op. cit., págs., 85, 86
[12] Indro Montanelli, op. cit., págs. 84, 85
[13] Hertling, considera que "la anexión por Italia del Estado Pontificio fue sin duda una grave violación del derecho –y agrega luego- si decimos de los Papas del Renacimiento que faltaban gravemente a sus deberes cuando cedían a sus familias partes de los Estados de la Iglesia, mucho menos podemos admitir que Pío IX tuviera el derecho de regalar al reino de Italia la totalidad de aquellos Estados. Por otra parte, no puede negarse que, en muchos respectos, fue una ventaja para la Iglesia que el Papa no siguiera siendo al mismo tiempo soberano temporal de un Estado italiano". Hertling, "Historia de la Iglesia", op. cit., pág. 444.
Bastantes autores olvidan aquí, que muchos de los bienes de la iglesia fueron usurpados a otras religiones y enmarcados dentro de la cristiandad de modo abusivo e invasor, cambiando los símbolos de las creencias anteriores y colocando los suyos propios como fiel reflejo de su espíritu conquistador e intolerancia religiosa que le caracterizará. Dice el refrán popular que lo que por agua viene por agua se va.
Por lo demás, no sobra aclarar, que el problema del poder temporal de los Papas llega a su fin en 1929 mediante el Tratado de Letrán, suscrito por Pío XI y por Mussolini, que acuerda, entre el papado y el Estado italiano, crear la Ciudad del Vaticano; el Estado más pequeño del mundo con sólo 44 hectáreas cuyo territorio es cedido por Italia para tal fin. Sin embargo, "pese a su carácter religioso, el Vaticano actúa como un Estado político, si bien las relaciones diplomáticas han variado a lo largo del tiempo debido a la situación política mundial y a los propios pontífices". Diccionario enciclopédico, Nuevo Espasa Ilustrado 2000. Pág. 1731. Editorial Espasa Calpe, S. A. España, 1999

ACERCA DE ALGUNOS ELEMENTOS DOCTRINARIOS.
El dogma de la infalibilidad y sus implicaciones:
[1] Sancho Bielsa, Jesús; "Infalibilidad del Pueblo de Dios", Ediciones Universidad de Navarra, Pamplona, España, 1979. Pág. 17
[2] Cfr. McGrath, Patrick; ‘El Concepto de Infalibilidad’, en "Concilium", revista internacional de teología, Nos. 81-83, Ediciones Cristiandad, Madrid, 1973. Pág. 373 y ss.
[3] El interesado puede consultar una amplia bibliografía sobre física quántica donde destacados hombres de ciencia explican científicamente como el universo no es perfecto. Autores como Stephen Hawking, Ilya Prigogine, Fritjof Capra, entre otros.
[4] Sancho Bielsa, Jesús; op. cit., pág. 13
[5] Ver discurso de J. Strossmayer
[6] Blank, Josef; ‘Tipología y Ministerio de Pedro’, en "Concilium", revista internacional de teología, op. cit., págs. 354, 356
[7] Ibidem.
[8] Ibidem., pág. 361. A este respecto Hans Küng nos dice que "se ha revisado en las nuevas investigaciones exegéticas la auténtica, pero falible, autoridad de Pedro y la problemática de una sucesión en el <ministerio de Pedro>. Es cierto que la simbólica figura de Pedro ha sido muy importante para la Iglesia posterior, pero también es cierto que existen en el Nuevo Testamento y en los tres primeros siglos muy pocos indicios a favor de una infalibilidad de Pedro (los testimonios bíblicos entrañan siempre, de manera característica, rasgos positivos y negativos) y a fortiori para una infalibilidad de los obispos romanos. Lc. 22,32 no se aduce jamás, ni siquiera por la canonística medieval, a favor de una infalibilidad papal: no se le promete aquí a Pedro una infalibilidad, sino la gracia de la conservación de la fe hasta el fin, lo que igualmente se aplica por los canonistas medievales no a los obispos romanos, sino a la fe de toda la Iglesia". Küng, Hans; ‘Balance del Debate sobre la Infalibilidad’ en "Concilium", op. cit., pág. 454
[9] Sancho Bielsa, sostiene que "la infalibilidad se muestra en secuencia perfecta que nos lleva de la infalibilidad divina a la infalibilidad de Cristo, y de la de Cristo a la de la Iglesia..." op. cit., pág. 37. No han faltado autores que han identificado al Papa con Cristo, más aún, se ha llegado a desconocer a Pedro como intermediario entre Cristo y el Papa y se ha designado a éste como sucesor y vicario directo de Jesucristo y, a Jesucristo mismo, Hervé Nedellec (+ 1323) lo consideró como el primer Papa.
[10] Sancho Bielsa, op. cit., pág. 13
[11] Hoy el Santo Oficio de la Inquisición se llama Congregación para la Doctrina de la Fe, es decir, esta institución no ha desaparecido sólo se ha ajustado a los tiempos y, es presidida en el momento por el cardenal Joseph Ratzinger, de reconocida tendencia conservadora como era de esperarse.
[12] Patrick McGrath, op. cit., pág. 383
[13] Irving Fetscher, ‘Certeza, Verdad y Autoridad del Magisterio’, en "Concilium", op. cit., pág. 371
[14] Hans Küng, ‘Balance del Debate sobre la Infalibilidad’, en "Concilium", op. cit., págs. 452, 453
[15] Ibid. Pág. 456
[16] Ibid. Pág. 455

Ayer, A. J. "El Positivismo Lógico", Editorial Fondo de Cultura Económica, México, 1981
Hertling, Ludwig S. J.; "Historia de la Iglesia", Editorial Herder, Barcelona, 1961
Montanelli, Indro; "El Fin de Siglo", Editorial Plaza & Janés S. A., Barcelona, 1975
Sancho Bielsa, Jesús; "Infalibilidad del Pueblo de Dios", Ediciones Universidad de Navarra, Pamplona, España, 1979
Schnerb, Robert; "Historia General de las Civilizaciones: El Siglo XIX", Vol. VI, Ediciones Destino, Barcelona, 1969
Trincado; Joaquín; "El Primer Rayo de Luz", Ediciones Voz Informativa, México, 1932
Joll, James; ‘Pautas de Cambio desde 1848 hasta 1900’, en "El Siglo XIX", Editorial Labor, Barcelona, 1973
Wittgenstein, Ludwig; "Tractatus Lógico-Philosophicus", Editorial Alianza Universidad, Madrid, España, 1980
- "Investigaciones Lógicas", Editorial Alianza Universidad, Madrid, España, 1985
Varios: "Concilium: Verdad y Certeza, en Torno al Tema de la Infalibilidad", Revista internacional de teología, Nos. 81, 82, 83. Ediciones Cristiandad, Madrid, 1973
Diccionario enciclopédico, Nuevo Espasa Ilustrado 2000. Editorial Espasa Calpe, S. A. España, 1999
Diccionario Enciclopédico Salvat, Vol. 11, undécima edición. Barcelona, España, 1964
Para leer el discurso del Obispo I. Strossmayer, hacer clic en la siguiente dirección:
http://www.gbasesores.com/colaboraciones/strossmayer.html

OBRAS CONSULTADAS
Acta et Decreta, Sacrorum Conciliorum Recentiorum. Concilii Vaticani I, tomus sptimus (VII); Friburgi Brisgoviae, sumptibus Herder, Tipographi Editoris Pontificii, MDCCCXC 81890)
Collectio Conciliorum Recentiorum Ecclesiae, tomus decimus quintus (XV); Sacrosancti Oecumenici Concilii Vaticani I. Arnhem (pays – Bas) & Leipzig, MCMXXVI (1926). Sociéte Nouvelle D’edition de la Collection Mansi (H. Welter). Observationes in caput de infalibilitate. Rom. Pont.
Collectio Conciliorum Recentiorum Ecclesiae, tomus decimus septimus (XVII); Sacrosancti Oecumenici Concilii Vaticani I. Arnhem (pays – Bas) & Leipzig, MCMXXVII (1927). Sociéte Nouvelle D’edition de la Collection Mansi (H. Welter).

La Iglesia Católica
Un libro polémico donde se narra la historia de la Iglesia Católica desde sus orígenes en Palestina y Roma a partir de la figura de Jesucristo.
Para entender el significado polémico de este libro es necesario saber quién es Hans Küng. Teólogo católico, catedrático en Teología Ecuménica y director del Instituto de Investigación Ecuménica de Tubinga, obtuvo su licenciatura en la Universidad Gregoriana de Roma en 1953.
Inteligente, hábil y aperturista, en 1967 escribió "La Iglesia" donde Küng pedía la abolición del celibato y el derecho a la conciencia como directriz en la cuestión de la regulación de la natalidad. Así mismo, el teólogo se manifestó contra la infalibilidad pontificia, e insistió en la posibilidad de que el concilio Vaticano hubiera caído en determinados errores históricos. A raíz de estas dos tesis, la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe, ex Santo Oficio, abrió un sumario en 1967 y otro en 1971, pidiendo a Hans Küng que fuera a Roma a justificar sus tesis. El teólogo se negó a someterse a lo que él consideraba un proceso inquisitorial.
En 1979, Juan pablo II, por primera vez desde su pontificado, condenó a Hans Küng retirándole la autorización eclesiástica para ejercer la enseñanza teológica en Tubinga y se precisó que "ya no podía ser considerado como un teólogo católico"
En 1983 Küng rompió su silencio con un artículo en el que criticó la obligación del celibato para los sacerdotes católicos, y en 1985 realizó mediante otro artículo, una dura crítica al pontificado de Juan Pablo II y a las "prácticas inquisitoriales" de la Congregación para la Doctrina de la Fe.
Este libro que aparece ahora gracias a la editorial Mondadori es un recorrido por la historia de la Iglesia Católica, desde sus orígenes. El prestigioso teólogo explora la evolución histórica de los concilios, obispos y cardenales, el entusiasmo misionero de la Iglesia, los orígenes del culto mariano, y las convulsiones de la Reforma y la Contrarreforma.
Küng, a punto de cumplir 75 años, todavía conserva el estilo directo, preciso y certero que le hacen encarnar una cara de la Iglesia que para nada gusta a los actuales mandatarios. Dialogante, conciliador, aperturista... Küng ve en la Iglesia Católica una extensión en la forma y manera de evangelización de Jesús; lejos, muy lejos del estatismo y la intransigencia de Juan Pablo II y como no de su antónimo, Ratzinger.
La Iglesia Católica
Hans Küng
Editorial Mondadori
Políticos y religiosos de Alemania alaban a Hans Küng y piden que el Papa lo rehabilite
EL PAÍS | Sociedad - 20-03-2003
EFE - Berlín
"Uno de los teólogos más importantes de nuestro tiempo". Con este tipo de consideraciones, numerosos líderes políticos y religiosos alemanes destacaron ayer los méritos del teólogo Hans Küng con motivo de su 75º cumpleaños. Numerosas organizaciones eclesiásticas de base pidieron a la Iglesia católica que lo rehabilitase.
Entre las personas que dirigieron mensajes de felicitación a Küng están el presidente alemán, Johannes Rau, el canciller Gerhard Schroeder, el presidente del Parlamento, Wolfgang Thierse, y el primer ministro del Estado de Baden Württenberg, Erwin Teufel. "Usted es uno de los teólogos más importantes de nuestro tiempo y ha hecho mucho por el movimiento ecuménico", dijo Teufel en un discurso en la celebración del cumpleaños de Küng. Teufel también se sumó a los movimientos eclesiásticos de base al decir que se alegraría de que el teólogo fuera rehabilitado por el Papa.
El Vaticano prohibió a Küng enseñar teología católica tras la publicación de su libro ¿Infalible? en el que cuestionó el dogma de la infalibilidad papal. A partir de entonces, Küng se encargó de una cátedra de teología ecuménica desde la que se ocupa ante todo de fomentar el diálogo entre las religiones. También creó la fundación Weltethos (Ethos universal) dedicada al fomento del diálogo entre las religiones sobre la base de sus postulados éticos comunes. Sobre su posible rehabilitación, Küng dijo ayer que no espera que el Vaticano acepte sus puntos de vista, pero sí que los tolere "como una posición católica al lado de otras".
http://www.montfort.org.br/imprensa/igreja20030124_4.html
http://www.escritosparalaconcordia.org/kung.htm
http://www.serv-inf.deusto.es/abaitua/kanpetzu/primate/teologos.htm
Por:
Ariel Charry Mirales
Filósofo – Artista
Trabajos relacionados
Ver mas trabajos de Filosofia |
|
Nota al lector: es posible que esta página no contenga todos los componentes del trabajo original (pies de página, avanzadas formulas matemáticas, esquemas o tablas complejas, etc.). Recuerde que para ver el trabajo en su versión original completa, puede descargarlo en formato DOC desde el menú superior.