5. Cuentos
Fray Mocho nació en Gualeguaychú, Entre Ríos, en 1858; falleció en Buenos Aires en 1903. "Contemporáneo de la generación del 80, su obra mantuvo un perfil independiente. Fray Mocho fue considerado uno de los máximos representantes del relato costumbrista. En 1882 publicó su primer libro, Esmeraldas. Fruto de su trabajo como policía, comisario y cronista policial, en 1887 ganó popularidad con Vida de los ladrones célebres de Buenos Aires y sus maneras de robar y con Galería de ladrones de la capital (1880-1887), colección de fotografías y datos sobre delincuentes famosos. En 1897 escribió Memorias de un vigilante, con el seudónimo de Fabio Carrizo. Ese mismo año, como Fray Mocho, publicó Un viaje al país de los matreros, libro que recrea el lenguaje regionalista en la descripción del paisaje y los habitantes rurales. En 1898 dirigió Caras y Caretas, revista de gran influencia en el periodismo argentino. Entre sus obras sobresale En el mar austral. Con motivo del tercer aniversario de su muerte, Caras y Caretas publicó una selección de sus colaboraciones periodísticas con el título de Cuentos de Fray Mocho. En 1920, apareció Salero criollo, recopilación de su obra periodística" (49).
Dice Eduardo Romano en un estudio sobre el escritor: ‘Heterogénea, polifacética, conflictiva, la realidad político-social que abarca de 1880 a 1910 contenía los gérmenes propicios para la aparición de una nueva literatura costumbrista’. Sostiene que la anterior ‘había coincidido con nuestra primera generación romántica y se había expresado en publicaciones como La Moda (1837-1838), cuyo principal animador fue Juan B. Alberdi; El Iniciador, de Montevideo (con la base del mismo elenco de la anterior); El Zonda sanjuanino, con que Domingo F. Sarmiento buscara emular a la revista porteña’. Considera que aquella era una ola de costumbrismo reformista, inspirada fundamentalmente en la prédica del español Mariano José de Larra y se manifestó, por lo menos, en "una página clásica de las letras argentinas: El Matadero, de Esteban Echeverría".
En el resurgimiento de este género, señala la importancia de "una prensa periódica que aspiraba a presentar, por encima de las polémicas partidarias que hasta entonces la habían absorbido, otra clase de colaboraciones". Menciona al respecto dos autores: "Ciertas notas de Bartolito Mitre en La Nación o los sueltos de actualidad insertados por Manuel Láinez en El Diario, al que dirigía, señalaron un rumbo", pero fue –a su criterio- más significativo Juan Piaggio, una "figura, bastante desdibujada hoy día, cuyos artículos prefiguran –por el título, por la temática- lo que será el costumbrismo hacia 1900".
Fue importante, asimismo, una publicación que comenzó a editarse casi al final del siglo: "fue con la aparición de Caras y Caretas (1898-1939) que el género costumbrista halló canal de transmisión indicado, pues sus páginas estuvieron casi enteramente dedicadas a la captación y procesamiento de la actualidad porteña mediante fotografías, acompañadas o no de comentarios; reportajes; cuadros de costumbres; escenas callejeras; viñetas; aguafuertes, etc., sin negar un espacio a las tradiciones y a los Tipos y paisajes –así tituló sus colaboraciones al semanario Godofredo Daireaux- camperos" (50). En esta revista se publicaron los cuentos de Fray Mocho.
En sus cuentos (51), el escritor presenta escenas cotidianas, que podían ser protagonizadas por cualquier habitante de la ciudad. En ellas encontramos personajes verosímiles, con los que sin duda habría trabado relación, dada la fidelidad con que los describe y la coherencia con que los vemos actuar. Si bien es importante la habilidad para escribir, no lo es menos la capacidad de observación, y Fray Mocho posee ambas. Sus cuentos lo demuestran.
Muchos de estos personajes que retrata son inmigrantes. Entre las diversas nacionalidades que evoca, se destacan los italianos. Un comerciante de esa procedencia aparece en plena labor, intentando convencer a una compradora de que el producto que desea no es el adecuado, y le dice eso simplemente porque no tiene lo que la mujer le solicita. La descripción del inmigrante es elocuente: "Pascalino se siente arrebatado; las venas del cuello se le inflan, los ojos se le inyectan; le revuelve la bilis, evidentemente, la terquedad de una cliente que quiere longanizas cuando él no tiene y se encamina apresuradamente a su carro como para marcharse, pero vuelve con la misma rapidez, se encara con ella, desocupa la boca de la mascada que le dificulta la palabra, y dice con tono despreciativo, aunque casi lloriqueando de puro meloso y derretido: ‘-¡Ma!... Perqué non parlate guiaro allora?... ¡Voi volete artigoli fate con gose di pero!... ¡Ebene!... ¡Andate al meregato sui volete!... ¡Pascalino non dimenticará de la sua fama!’ ". La reproducción del idioma del extranjero hace que su retrato sea aún más logrado, y evidencia el esfuerzo por adaptar su lengua nativa a la de la nueva tierra.
En "Instantánea", es una italiana la que dialoga con un criollo, tratando en vano de convencerlo de que no le conviene vivir con ella: "Ma... ¿dícame un poco?... ¿Cosa li parece inamuramientos tra ina lavandiera e in bombiero? ... E anque... tra ina gringa come me e ono criollo come osté... que é propio in chino...". El criollo no entiende razones, y lo expresa con estas palabras: "-¿Pobre?... ¡La gran perra, que había sido avarienta!... ¿Y tuavía querés ser más rica de lo que sos, mi vida?... ¡Pucha!... ¡si al pensar que me vi’a juntar con vos, me parece que me junto con el Banco e Londres!...". El mismo tema es abordado por Fray Mocho en "Tirando al aire", cuandro en el que un italiano, requerido de casamiento, afirma no poder hacerlo por estar ya casado en su tierra.
En "Carnavalesca", el escritor desliza la crítica social, al afirmar que a la doméstica gallega, la patrona la explota. De la abusadora señora dice el personaje: "se aprovecha de que sos d’España para sacarte el jugo por unos cuantos centavos". El retrato que hace del temible gallego hermano de la joven, es despectivo, ya que pone en boca de la doméstica este concepto: "Yo lo conozco a mi hermano y sé que a bruto y terco no le han de ganar muy fácil...". Un italiano aporta su opinión, completando la imagen que Fray Mocho quiere dar de los peninsulares.
La conversación que se reproduce en "Nobleza del pago" evidencia en qué medida se confundían los orígenes de los habitantes de nuestro país. Una mujer cree que su abuela es vasca. A esa convicción, le responde una parienta: "Más bien tirab’a pampa o a correntina por l’habla... ¡Si era bosalísima! El viejo parece que se juntó con ella cuando andaba de picador de carros, p’allá, pa la cost’el Salao, que fue de an’de comenzó a internarse pa l’Azul...".
En ese mismo texto se hace referencia a un inmigrante inglés que no era trigo limpio. Recordando la historia de su familia, dice un personaje: "Yo no sé, che, si eran nobles, pero sé que les caían y que con algunos hasta tuvo que ver l’autoridá, como le pasó a tu tío Ramón, que al fin se quedó en la calle, y a tu tía Robustiana, mal casada con un inglés que tenía el finao de mi padre de puestero y que lo pilló cerdiándole las yeguas, a medias con el juez de paz...".
"En familia" cuenta la historia de otra supuesta inmigrante. En esta oportunidad, es un equívoco, pero de otra clase. "Que Pepa es portuguesa, decís? ¿Pero estás loco? –exclama una mujer. Si hemos ando juntas en l’ escuela ’e Misia Pamela y nos conocemos desde chicas... El padre’ra un chino gordo...". El hijo aclara el malentendido: "no es portuguesa de nacionalidad sino de oficio... En los tiatros les llaman así ¿sabés? A las familias que sirven p’al relleno de la sala no más". La madre le sugiere que vea si puede ser portugués en una sastrería, para que le arreglen la ropa y no deba hacerlo ella. La señora demuestra así haber incorporado el término a su habla cotidiana.
Estos y muchos más son los inmigrantes eternizados por Fray Mocho en sus colaboraciones escritas para Caras y Caretas. En esas páginas aparece como el testigo de un momento clave de la historia argentina, en el que supo ver con nitidez al hombre, más allá del fenómeno social. Simpáticos o no, sus personajes son esencialmente creíbles y es por eso que debe recurrirse a ellos cuando se trata de conocer nuestro pasado y la diversidad de nacionalidades que forman nuestro presente.
Alberto Gerchunoff nació en Proskuroff en 1883, y falleció en Buenos Aires en 1949. Fue escritor y periodista. "A su llegada a la Argentina, se trasladó con su familia a la colonia judía de Moisésville, en Santa Fe, y posteriormente a la colonia Rajil, en Entre Ríos. Allí transcurrió su infancia y trabajó de agricultor y boyero. En 1895 viajó a Buenos Aires, donde trabajó de obrero fabril, vendedor ambulante y, finalmente, en periodismo. Fue redactor del diario La Nación, donde publicó relatos sobre su niñez en Entre Ríos. Amigo de Juan B. Justo y Alfredo Palacios, se afilió al Partido Socialista. Entre sus obras se destacan Cuentos de ayer; Entre Ríos, mi país; Historias y proezas de amor; Pequeñas prosas, La clínica del Dr. Mefistófeles; El problema judío; Argentina, país de advenimiento; Buenos Aires, metrópoli de mañana y El pino y la palmera, entre otras" (52).
Escribió Los gauchos judíos (53) para celebrar un momento culminante de nuestra historia. Beatriz Sarlo señala que "la celebración del Centenario no fue sólo oficio de poetas de origen argentino o americano. La inmigración se hizo presente a través de un libro de relatos y estampas: Los gauchos judíos de Alberto Gerchunoff. (...) estos textos de Gerchunoff participan de la naturaleza mixta del recuerdo autobiográfico, el ‘cuadro’ y la estampa; no son simples testimonios" (54). En esta obra, publicada en La Nación entre 1908 y 1910, el escritor "muestra –a criterio de Estela Dos Santos- el grado de asimilación de la colectividad hebraica a la vida argentina. Asimilación de la que el mismo Gerchunoff fue el ejemplo" (55).
Décadas más tarde, el libro fue llevado al cine. Al respecto, Jorge Miguel Couselo afirma que "La briosa versión de Los gauchos judíos (Jusid, 1975), con la originalidad de una interrelación folclórica nunca tocada por el cine argentino, sufrió el torpe tronchamiento de la censura, que no admitió en imágenes pasajes que cuatro generaciones de estudiantes leyeron en la prosa de Alberto Gerchunoff" (56). Sobre el film escribe Ricardo Manetti: "La pantalla también devuelve (...) el retrato nostálgico y épico de la gesta de los inmigrantes" (57).
Horacio Quiroga nació en Salto, Uruguay; falleció en Buenos Aires en 1937, "Es considerado uno de los mayores autores de cuentos de la literatura en castellano. Su vida estuvo marcada por ribetes trágicos: asistió de pequeño a la muerte de su padre, mató accidentalmente a su mejor amigo y su primera esposa se suicidó. Dedicado a la química y la fotografía, en 1900 emprendió un viaje a París. De regreso, su vida transcurrió entre Buenos Aires, Chaco y Misiones, donde llega en 1903 acompañando a Leopoldo Lugones. Alternó la docencia y el oficio de juez de paz y oficial del Registro Civil. Entre sus principales obras cabe destacar Cuentos de amor, de locura y de muerte (1917), Cuentos de la selva (1918), Anaconda (1921), La galina degollada y otros cuentos (1925) y El regreso de Anaconda (1926), además de las novelas Historia de un amor turbio (1908) y Pasado amor (1929)" (58).
En "Van-Houten", que toma su tìtulo del apellido del protagonista, aparece un "belga, flamenco de origen", al que "se le llamaba alguna vez Lo-que-queda-de-Van-Houten, en razòn de que le faltaba un ojo, una oreja, y tres dedos de la mano derecha. Tenìa la cuenca entera de su ojo vacìo quemada en azul por la pòlvora. En el resto era un hombre bajo y muy robusto, con barba roja e hirsuta. El pelo, de fuego tambièn, caìale sobre una frente muy estrecha en mechones constantemente sudados. Cedìa de hombro a hombro al caminar y era sobre todo muy feo, a lo Verlaine, de quien compartìa casi la patria, pues Van-Houten habìa nacido en Charleroi" (59).
Acerca de ese texto, escribe Eduardo Romano: "Quiroga trazó, en Los tipos, varios notables perfiles con relieve. Entre ellos, y el lector emplazó una primera persona muy autobiográfica, directamente vinculada con la acción, según se aprecia ya en ‘Van Houten’: ‘-¡Ya vé! –me dijo, pasándose el antebrazo mojado por la cara aún más mojada- que hice mi canoa. Timbó estacionado, y puede cargar cien arrobas. No es como esa suya, que apenas los aguanta a usted’. O que tiñe el relato con su propia subjetividad: ‘Yo siempre había tenido curiosidad de conocer de primera fuente qué había pasado con el ojo y los dedos de Van Houten. Esa siesta, llevándolo insidiosamente a su terreno con preguntas sobre barrenos, canteras y dinamitas, logré lo que ansiaba’. Que el personaje mismo le contara tres cruentos accidentes de los que había salvado la vida –ya que no la integridad- por milagro. La impersonal desaprensión de Van Houten, quien se limita a comentar con un ‘¡Bah...! ¡Soy duro!’ cada uno de esos relatos, da la pauta del poder autodestructivo de esos tipos quiroguianos, producto en parte de observar a ciertos habitantes de la zona,y en parte remoción de sus propios fantasmas interiores" (60).
"Elena Guimil nació en Pellegrini, provincia de Buenos Aires, en un pueblito de ancho horizonte en el que a la sombra de los árboles aprendió a amar la naturaleza. A los trece años su familia se trasladó a Buenos Aires. Se dedicó a la docencia. Fue maestra durante treinta años y se especializó en el área de Lengua. Siempre escribió sin dar a conocer su producción. Esta es la primera vez que un texto suyo se publica" (61).
"Mi búho" es uno de "los seis relatos del Premio La Nación 1999 de Cuento Infantil. La tarea de selección se llevó a cabo a partir de 1.267 cuentos enviados por autores de habla española, argentinos y de otros países. El jurado estuvo compuesto por Ema Wolf, Oche Califa y Canela (Gigliola Zecchin de Duahalde). El éxito de la convocatoria puso en evidencia la gran cantidad y variedad de voces talentosas que se asoman hoy a la literatura para chicos" (62).
En ese relato, la escritora recuerda la oportunidad en que su padre, "un gallego fornido" le trajo un pichón. Cuando el padre volvía de cazar –dice la hija- "yo me sentaba en un banquito impaciente, mirando fijamente la bolsa cerrada que descansaba olvidada junto a la puerta. Adentro había algo que se movía, algo que era para mí. Mi padre sólo la abriría después de tomar su café caliente. Unicamente él podía hacerlo. Pero no parecía tener ningún apuro. Me miraba de hito en hito y sonreía detrás de su taza. Creo que disfrutaba con mi impaciencia. El contenido de la bolsa de arpillera era un misterio para mí, aquel que esperaba ansiosa todas las semanas. ¿Qué sería esta vez? ¿Un tero, un lechuzón o un zorrito? La criatura asomó sus gigantescos ojos amarillos y se posó en la mano de mi padre. Emitió una especie de silbido cuando me acerqué" (63).
Acerca del texto premiado, afirma la autora: "Este cuento nació en un momento muy especial de mi vida, donde los recuerdos de la niñez se hacen vívidos, provocados por un hecho sutil: encontrarme de frente con los grandes ojos amarillos de un pichón de lechucita, parado en un alambre de un camino de tierra rumbo a un campo" (64).
"Oche Califa nació en Chivilcoy (en araucano, todo agua), ciudad emplazada en el corazón de la pampa húmeda, en 1955. Tiene esposa, tres hijos, y una colección de mates. Ha trabajado como periodista en diarios y revistas de Buenos Aires y dirigió "La Nación de los chicos". Es autor de varios libros para niños, entre ellos La vuelta de Mongorito Flores, Una escuela para crear, Valseado del piojo enamorado, Rimas y bailongos y Canciones sin corbata. Vive en Palermo, ‘barrio arisco que tiene un cielo con pasto y estrellas mordidas por caballos’, según su opinión" (65).
Es el autor de "Un bandoneón vivo", cuento en el que un hijode emigrantes rusos dice a su pequeño que los abuelos, a los que no conoció, "llegaron en barco a Buenos Aires y fueron a vivir a una pieza de conventillo donde nací yo. Mi papá era alto y blanco, pero andaba casi siempre con la cara sombría. Y hablaba poco. (...) Esa vez que yo tiré el brasero, en lugar de enojarse se rió. Mi vieja lo miró desconcertada. Pero él se puso contento y yo no me voy a olvidar más de eso. Después mi mamá dijo que desde el día que había tomado el barco para escapar de Rusia, no lo había visto reír". Escaparon "por el ejército del zar. Cada vez que aparecía por la aldea donde vivían era para llevarse a los jóvenes a pelear en alguna guerra en la otra punta del país" (66).
Sobre el origen de ese texto y del otro que lo acompaña en el volumen, manifiesta: "Las historias que se cuentan en estos dos relatos ocurrieron en la década de 1940, o sea unos diez años antes de que yo naciera. Me disculpo: no debí decir ‘ocurrieron’ sino ‘pudieron haber ocurrido’, ya que tanto los sucesos como los protagonistas han sido inventados. Sin embargo, hay una parte de verdad en ellas, debido a que el ambiente, las costumbres y las formas de pensar, hablar y actuar de los personajes se ajustan a la realidad de esos años. Doy fe de ello porque el pasado inmediato sobrevive en el presente, y yo siempre le he prestado atención. Debo agradecer a O’Kif haber escrito la primera, ya que me insistió para que lo hiciera porque él quería ilustrar un cuento con clima de tango y un patio como el de su infancia" (67).
"Alejandro O’Keefe (de bisabuelos irlandeses) nació en 1959 en Rosario, donde se crió con lápices, pinceles, una camiseta de Rosario Central y alguna pelota de fútbol. Su padre, dibujante gráfico, le dio, casi sin querer, el estímulo necesario para seguir esta profesión. Estudió en la Facultad de Humanidades y Arte de Rosario y trabaja como ilustrador en distintos medios y editoriales. Ha sido distinguido por ALIJA y comparte con Luis María Pescetti el premio White Ravens, otorgado por la Internationale Jugendbibliothek de Alemania. Actualmente publica una tira en el diario Clarín" (68). Ilustró los libros Viaje en globo, Pahicaplapa y Un bandoneón vivo, editados por Sudamericana.
En Un bandoneón vivo dibujó al nieto de rusos que intenta aprender a tocar ese instrumento. Acerca de las ilustraciones que dieron origen al libro de Oche Kalifa, escribe: "Que uno guarde imágenes en su memoria, no es ninguna causa de asombro. Lo que resulta asombroso es la forma en que esas imágenes aparecen después de algún tiempo. Así fue como, sin proponérmelo, un día me encontré dibujando cosas de aquel patio de la casa de mi abuela en Rosario. Eso me trajo bellísimos recuerdos y cierta nostalgia. Me dije: ¿será esa cosa tanguera que llevamos la mayoría de los rosarinos? Sin dudarlo, lo ubiqué a mi amigo Oche (nadie mejor para esto) y le propuse que escribiera un cuento para chicos con espíritu de tango. El texto superó mis expectativas. Lo ilustré con un placer especial, y dibujando soñé que era Gardel" (69).
María Teresa Andruetto es la autora de Benjamino (70). Dedica este libro, en el que reescribe dos cuentos tradicionales, "a la nonna Felicitas". Sobre ella expresa: "Mi abuela Felicitas, la mamà de mi mamà, fue colchonera, en el tiempo en que los colchones eran de lana, se apelmazaban y debìan desarmarse y rehacerse cada tanto. De ella recuerdo casi todo, porque la tuve hasta que fui grande: su casa de Arroyo Cabral, donde nacì, el piso fresco de ladrillos de esa casa, las màquinas de tisar lana, sus amigas hablando en una lengua desconocida para mì, sus comidas deliciosas (¡el dulce de leche azucarado!), su cara gordita, las mejillas coloradas, el pelo blanco que prendìa con horquillas en un rodete... Horquillas, rodetes, colchones apelmazados, màquinas de tizar lana... nombres de cosas que ya no existen".
Comenta el origen de los dos cuentos incluidos en el libro –"Benjamino" y "Zapatero pequeñito"-: "Ella habìa nacido en un pequeño pueblo del Piamonte, al norte de Italia, y de esa regiòn vinieron hasta mì las aventuras de Gioaninn ca boija (Juancito, el que se las ingenia) y Ciavtin cit (el zapatero pequeñito) que nos contaba, tal vez para mostrarnos que, por màs pequeño que uno sea, puede, con algo de astucia y un poco de suerte, engañar a los lobos y a los ogros" (71).
Novelas, cuentos, memorias y obras de divulgación recuerdan a la inmigración que llegó a la Argentina entre 1850 y 1950. Entre los autores figuran personalidades de nuestro pasado, ganadores de Premios Nacionales y Municipales de Literatura e integrantes del jurado de prestigiosos concursos, lo cual da una idea de la relevancia de los creadores que abordaron esta temática. La edición de estas obras -y la utilización de algunas de ellas en la enseñanza- nos habla de la voluntad de transmitir a las nuevas generaciones testimonios valiosos acerca de este aspecto de la historia de nuestro país.
Trabajo enviado por:
Marìa Gonzàlez Rouco
mgonzalezrouco[arroba]yahoo.com.ar
Licenciada en Letras UNBA/Periodista Profesional Matriculada
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