Kemet. El país de la tierra negra
La escarpada costa es azotada por la tempestad. Las olas rugen como el monstruo del abismo en su insistente embate sobre el acantilado rocoso. En esta árida y desnuda roca en medio del mar, comienzo a narrar la historia de mi vida al escriba Kano, encomendado para la tarea en un gesto de amabilidad del señor canciller Alcinoo, cuando le comenté que deseaba dejar por escrito mis memorias como herencia a mi pequeño nieto Kamose y que mi deficiente visión ya no me permitía llevarlo a cabo por mis propios medios. Me urge la necesidad espiritual, de dar a conocer al niño los motivos de por qué tuvo que crecer lejos de la tierra de sus ancestros, en un país extraño que nos ha cobijado y protegido, exiliados de nuestra sagrada Kemet, el suelo que es la verdadera patria y el hogar de nuestros dioses.
Hoy es demasiado joven para comprender las razones que nos trajeron a Keftiu, huyendo del sitio que amamos y al cual siempre estaremos unidos por nuestra esencia. Por ello dejo este manuscrito con los recuerdos que pueda salvar de mí empobrecida memoria, y sabiendo que siendo hombre viejo me toca vivir mis últimos años, evitar que la muerte me sorprenda sin haber podido transmitir a mi único descendiente, la verdad acerca de los hechos que desencadenaron nuestro destino. Confío en que comprenda mi proceder a pesar de las acusaciones de las que fui objeto, pues siempre actué haciendo el bien y quienes provocaron nuestras desgracias actuaron movidos por intereses mezquinos y envidias incomprensibles, pues siempre serví con lealtad a mi soberano y a mi nación. He respetado la pureza de Maat en cada acto de mi vida y si he cometido faltas como cualquier otro mortal, no ha sido por otra razón que por luchar contra el mal. El amado Asar, "Señor del mundo de ultratumba", juzgará en su momento a aquellos que me calumniaron e injuriaron, castigando sus maldades y condenando sus Ka a la destrucción eterna.
Por mi parte puedo decir que no temo a la muerte y deseo que cuando llegue el momento, mis restos sean tratados como acostumbra el ritual de momificación en mi tierra natal y luego sepultados en La Necrópolis de Waset en donde descansan mis padres.
Para finalizar debo agradecer profundamente a su majestad el Rey Pharos, monarca de Keftiu, por albergarnos, dándonos asilo en su reino, salvando nuestras vidas, y el comprometerse a cuidar de la educación de Kamose cuando Asar, Dios de los muertos me llame ante su presencia.
SHED HIJO DE PENTU DE LA CIUDAD DE KHMUN EN EL AÑO ONCE DE REINADO DE PHAROS MONARCA DE KEFTIU.
CAPITULO 1
"Khmun, la tierra del Dios Thot."
El país de donde provengo se denomina Kemet y en nuestra lengua se traduce como "Tierra Negra", debido al fértil y oscuro limo que deposita cada año sobre el valle y el delta, la crecida de nuestro sagrado río Hep-ur, cuyo significado es agua dulce, diferenciándola del Desheret, la tierra roja representativa de los estériles desiertos.
Nací la noche del día 19 del cuarto mes de la estación de Ajet, la inundación, del tercer año de reinado de Tutmés III, bajo el gobierno efectivo de la soberana regente Hatshepsut, luego de un desapacible y oscuro atardecer en un humilde caserío del norte de la ciudad de Khmun, en el valle de Kemet, protegida por el amado Thot, nuestro Dios de la sabiduría con cabeza de ibis. El prematuro ocaso fue provocado por una gran tormenta de arena que había enrarecido el aire ocasionando a mi madre problemas respiratorios que terminaron adelantando el parto.
El alumbramiento en estas condiciones, fue considerado por las mujeres de la vecindad como un mal presagio y signo de que mi vida estaba en peligro, porque mi alma podía ser robada por los demonios del desierto, secuaces de Sutej, Dios maléfico llamado "el Destructor", para llevarla al inframundo de la oscuridad eterna. Mi pobre madre había quedado muy angustiada en su lecho y aún dolorida por el esfuerzo de parir, pidió a mi padre que me bañara en aguas del Hep-Ur, nuestro río sagrado, para recibir la bendición de Hapy, Dios de la inundación, invocando para mi protección a la antigua deidad, Shed, "el salvador" considerado señor de los desiertos, en honor al cual llevo su nombre.
Al parecer el dios Shed me protegió muy bien, pues fui un niño bastante sano a pesar de los temores que las comadronas sembraron en el seno de mi familia. Sin embargo los siguientes embarazos de mi madre Amunet, terminaron muy mal pues mis hermanos, dos varones murieron pocas horas después de nacer. Decía mi padre que la piel de los niños se ponía amarillenta y que a pesar de las plegarias y obsequios a la diosa Ta-Weret y al Dios Bes, todos los esfuerzos fueron en vano.
Los sabios sacerdotes del templo de Thot aseguraron que este era el precio que imponía Anup, Dios con cabeza de chacal, llevándose al mundo de los muertos, al reino del Dios Asar, Señor del mundo de ultratumba, las almas de
algunos de los hijos de aquellos que habían mezclado su sangre con la de los extranjeros, contaminándola.
Ciertamente mi padre era descendiente de pastores nómadas del desierto occidental, más allá de la región de los oasis. Lo misterioso es que este extraño mal, también ocurrió en la familia de mi amigo de infancia Paser, quien se enorgullecía contando su ascendencia materna y paterna como puramente nativa, y hasta he visto este curioso hecho entre los recién nacidos en Biblos y Keftiu.
Volviendo a mi familia, sólo después de seis años de mi nacimiento mi madre tuvo una niña a la que llamaron Eset, pues había encomendado su vida a la gran madre de Hor, el Dios halcón. Eset fue la única que sobrevivió después de mí, que soy el primogénito, y ya que mi madre tuvo otro niño nacido muerto luego de Eset, nunca más volvió a quedar encinta, creo yo que por el dolor de haber perdido tantos hijos. Eset y yo tuvimos suerte de no ser elegidos por Anup para formar parte del campo de las almas inocentes constituido por las almas de los niños fallecidos de corta edad, que van al Am-Duat sin previo juicio de Asar, pues son Ka limpios, o como le llaman en Keftiu, espíritus puros.
Como ya dije antes, Pentu mi padre, era descendiente de nómadas pastores de las tribus del desierto occidental los Chehenu, entre los que hay muchos como él, de piel pálida y ojos azules, finos cabellos amarillentos lacios. Yo tengo como Pentu ojos azules, pero mi cabello es negro como la noche y mi piel más oscura, como la gente de mi tierra a quién pertenece mi madre.
Pentu, había quedado huérfano cuando Ay, mi abuelo, fue muerto junto con otros hombres de su grupo, al tratar de escapar de la guarnición de los oasis, que los habían tomado prisioneros para llevarlos como esclavos al valle del Hep-ur. Es frecuente que en épocas de gran sequía, estos pastores nómadas se viesen impulsados por el hambre, a llevar sus rebaños a los oasis controlados por nuestro estado, para robar a agua y pastos para el ganado, arriesgándose a ser capturados o asesinados por los soldados de los puestos de vigilancia de los ojos de agua, indispensables para la vida en la región. El estado de Kemet no les daba elección pues, si no servían como esclavos debían morir de hambre en el desierto.
La época de mi abuelo fue muy dura para aquellas tribus pues, luego de la reconquista del bajo Hep-Ur, por los Faraones Kamose y Ahmose, surgió en el pueblo de Kemet, un gran sentimiento de desprecio hacia todos los extranjeros, siendo sólo los Reyes A’amu, es decir los asiáticos, quienes invadieron y profanaron nuestra tierra y nuestros templos.
La gente del desierto occidental, jamás osó alzarse contra algún Faraón; sus escasos recursos, siempre los obligaron a una sumisión total ante la autoridad del doble país.
Hoy, esta situación ha cambiado y se mantiene un comercio fluido con las tribus del desierto, que proveen de carne, cuero y animales de tiro a las clases superiores de la sociedad, de Kemet, adquiriendo por su parte harina, cereales y manufacturas. Inclusive se les ha permitido establecerse en pequeñas colonias en el Delta, y forman parte de los cuadros del ejército, recibiendo su paga mayormente en trigo, cerveza y ropa.
¿Pero, a qué venia todo este comentario?. ¡Ahora recuerdo!, estaba hablando de mis abuelos. Me he vuelto a desviar del tema, que es contarte sobre mis ancestros. A la muerte de Harib, mi padre ya era huérfano de madre, pues mi abuela Nane, murió de fiebres, después de dar a luz al hermano menor de Pentu. Amani, quedó a cargo de Pentu y sus hermanos. Ella era la hermana menor de Harib que, sin posibilidades de mantener a los niños, los entregó como siervos al templo de Khmun y se vendió como esclava a una familia noble de Mennufer.
Durante los años en que permaneció como siervo del templo, mi padre trabajó principalmente cultivando los campos de trigo y cebada propiedad del mismo, y en el mantenimiento de canales y diques, según se presentaba cada estación de Ajet, para que las tierras de cultivo entregaran sus mejores cosechas.
Secundariamente, era empleado como personal asistente de los artesanos, trabajando en el taller del templo para el mantenimiento o reemplazo de la estatuaria y el edificio, tanto del templo como de la residencia del gobernador del Sepat, y para la provisión de objetos suntuarios de la clase noble y los ajuares funerarios para las tumbas de grandes personajes de la región.
Permaneció allí hasta los 26 años cuando compró su libertad y luego arrendó a porcentaje 8 aruras de las tierras que pertenecían al templo. El Dios de la inundación, Hapy, lo bendijo con cuatro años de buenas crecidas durante la estación de Ajet, en tanto la diosa Rennut, lo premió en su esfuerzo con excelentes cosechas abundantes y sin plagas. Con las ganancias pudo comprar los dos viejos bueyes que la habían proporcionado junto con el arriendo de la tierra.
Por aquel tiempo, Pentu se casó con Amunet, a quien había conocido durante la fiesta anual en honor a Thot. Los padres de Amunet, se habían opuesto al casamiento con un "salvaje del desierto", como llamaba despectivamente mi abuelo a Pentu.
Antef, mi abuelo, y Heket, mi abuela materna, se oponían a que Amunet se casara con un extranjero que había sido esclavo, cuando habían planeado para ella una vida religiosa y próspera como sacerdotisa del santuario de Nut, la diosa del cielo. Pero como las sacerdotisas de Nut no podían casarse ni mantener relaciones con hombres, Amunet abandonó el seminario cuando se enamoró de Pentu y albergó el deseo de tener hijos. Al ser mayor de edad, pues ya se había cumplido la décima inundación desde su primer sangrado, podía decidir con quien casarse sin el consentimiento de sus padres, así es que contrajeron enlace y habitaron en una pequeña casa de adobes en el campo que trabajaba Pentu cerca del río, hacia el norte del templo. Allí nacimos mi hermana Eset y yo.
Luego de consumado el matrimonio, Antef se resignó y aceptó a mi padre como yerno, porque ante todo, él amaba a su hija y ella era feliz con Pentu. Sin embargo, no habían sido injustificadas sus esperanzas de ver a Amunet, como sacerdotisa del santuario de Nut o como esposa de algún funcionario bien acomodado de la nobleza local.
Amunet, fue bien educada en canto, música, danzas tradicionales y su particular belleza, le hacían atractiva a cualquier hombre sin importar su nivel social, pues sin duda era una de las más hermosas muchachas de la ciudad.
Era la típica belleza de Kemet, con grandes ojos negros como dos escarabajos, nariz pequeña y respingona, tez trigueña y cabellos muy negros y lacios que brillaban al sol como él mismo Hep-ur, su estatura media a baja la hacían semejante a las estatuillas de la bella diosa Eset, la madre del Dios Hor.
Para un oficial del Ejército del faraón, que provenía de una familia de hombres, entre los que figuraban varios héroes caídos durante la guerra de liberación de Kemet contra los invasores Hekau-Khasut, con una relación familiar con la nobleza local y gozando de cierto bienestar económico basado en la posesión de una respetable extensión de tierras y esclavos, era lógico que esperara un futuro mejor para su hija mayor. Mi abuelo, contaba que su padre Ta’a, cuyo nombre recibió en homenaje a uno de los Reyes muertos en la guerra de liberación, combatió bajo el mando del Faraón Ahmose, cuando se expulsó a los a’amu de los territorios del Delta, que es la denominación que damos a los asiáticos, y luego en la toma de la fortaleza de Sharuhen en Retenu. Los templos de Hut-waret fueron quemados y sus tesoros llevados a Waset para la gloria de Amón.
Muchos hombres murieron en la guerra de liberación, y mi bisabuelo Ta’a perdió en ella a su padre y a su hermano mayor.
Ta’a combatió también en la región de la segunda catarata contra las tropas del Rey de Kush. En una de las batallas cerca de Buhen, fue golpeado por un nehesi, con su mazo en la cara, hundiendo los huesos de la órbita haciéndole perder el conocimiento, pero fue protegido por Mont, "Dios de la guerra", pues cuando el soldado negro se disponía a liquidarlo, un compañero de Ta’a, atravesó con su lanza al enemigo. Ta’a permaneció enfermo por muchos días con fiebres y temblores, pero con los cuidados de un mago-sanador, curó de sus heridas y sobrevivió, pero perdió el ojo izquierdo y llevó el resto de su vida un parche de cuero, para ocultar la deformación que había dejado la cicatriz de tan grande herida.
Pocos años después, cuando terminó la guerra, recibió como pago, tierras en el Sepat cuya capital era Khmun, por su servicio como "porta estandarte" en el ejército del Faraón, Señor del país de las dos tierras. Así pues mi bisabuelo, formó una nueva familia lejos de su Gebtu natal, una ciudad mucho más al sur, transformándose en un pequeño terrateniente. Mi abuelo Antef, nació como yo en Khmun, y en su juventud ingresó al ejército ascendiendo hasta Idenu, portaestandarte, uno de los rangos más altos a los que puede aspirar un oficial que no pertenece a una familia de la nobleza.
Así es que, considerando mi pasado, y si uno intentase adivinar el destino de un niño de acuerdo a las posibilidades que le otorga su ascendencia, se diría que mi futuro hubiese estado ligado al ejército. Sin embargo, mi sino, me depararía por extrañas circunstancias, ocupaciones que jamás hubiese imaginado. Así de cambiante fue mi existir y así de inescrutable fue la voluntad divina, que jugó conmigo como el viento con una flor de cardo, que la lleva y la trae, la baja o la eleva, la impulsa o la frena.
No reniego de nada y estoy agradecido porque he vivido intensamente. Mis experiencias fueron enriquecedoras y aleccionadoras, y puedo decir que, a pesar de haber sufrido grandes pérdidas de los seres que amé, también viví momentos de gran alegría y felicidad, pero repito, jamás comprenderé la voluntad de los dioses.
Bueno, no quiero ponerme melancólico, ya he llorado demasiado para empezar de nuevo, debo seguir con la narración.
Mi infancia fue como la de todos los niños hijos de campesinos, jugando con barro a orillas de algún canal o en el propio río, correteando felices y casi desnudos bajo el ardiente sol de nuestra tierra.
Desde muy pequeño, cinco o seis años, mi padre me llevaba a los campos para ayudar primero en la siembra, arrojando las semillas a los surcos dejados por el arado conducido por él y tirado por bueyes, o excavado por una simple azada, porque de cierto debes saber que no existe en el mundo una tierra más fácil de cultivar que la tierra negra del Hep-Ur luego de la bendición de Hapy, la inundación, que deposita su fértil limo dando 2 a 3 cosechas anuales del mejor trigo y la mejor cebada que existe, muy superior a las que se obtienen en la famosa tierra de Karduniash o en el rico país de Djahi.
Así, cada joven desde temprana edad aprende las labores junto a sus padres; los varones recogen las mieses que se van segando con una hoz de piedra. Luego se llevan al lugar donde se separan el grano de la paja para ser acumulado posteriormente en los graneros. Las niñas por su parte, aprenden a moler el grano y preparan la masa para luego hornear el pan. Cuando los varones crecen, ayudan en la preparación de canales y diques, antes de la llegada de la estación de Ajet.
Como mencioné anteriormente, cuando se cumplieron cinco inundaciones desde mi nacimiento, Pentu comenzó a llevarme al campo de labranza para que fuera familiarizándome con las labores que desempeñaba en la tierra de cultivo, de manera que con el transcurso de los años pudiera ayudarle en las tareas más simples, como juntar el heno para alimentar a los bueyes, hasta las más complicadas como afilar la hoz de piedra para la siega o preparar un canal antes de la llegada de la inundación.
De esta época, recuerdo la primera vez que vi a mi vecino Hep, un muchacho un par de años mayor que yo, del que mi madre me había hablado, estimulándome para que lo visitara, diciéndome que era un buen niño con quien podía jugar y divertirme.
Yo era muy tímido y a pesar de vivir muy cerca de la casa de Hep, nunca iba a buscarlo. La madre del muchacho era amiga de mi madre y a veces visitaba a Amunet mientras ella realizaba los quehaceres domésticos, o Amunet hacía lo propio. Yo observaba a Hep que a veces acompañaba a su madre cuando esta iba a conversar con Amunet pero en vez de acercarme, me escondía o salía por la ventana hacia el campo. No recuerdo qué provocaba mi actitud, tal vez le temía por ser mucho más alto que yo, pero el temor era injustificado ya que Hep era un niño bueno, totalmente normal y su madre lo elogiaba como obediente y buen ayudante de su padre. La cuestión es que a medida que fuimos conociéndonos personalmente a través de las ocupaciones que nuestros respectivos padres nos asignaban, entablamos una amistad que nos hizo inseparables durante nuestra adolescencia.
Llevábamos juntos los animales al pesebre que habían construido en común nuestros padres, sacábamos agua del río para llevar a casa a la misma hora, de manera que pudiésemos encontrarnos para conversar y planear lo que haríamos durante las horas del día en que estaríamos libres, habiendo cumplido con nuestras pequeñas pero importantes obligaciones.
Una de las cosas que más nos gustaba hacer, era cazar los ratones que atacaban el grano de los silos y que abundaban durante la cosecha, siendo una molestia y un peligro, pues según algunos magos-sanadores, los roedores llevan el espíritu de la peste desde el tiempo anterior a los dioses Faraones constructores de Mer. Ésta actividad de matar ratas, era realmente muy útil pues protegíamos el alimento y evitábamos riesgos de epidemias, y al mismo tiempo, nos provocaba gran placer por la cacería en sí misma y porque utilizábamos la carne de estas ratas o ratones como carnada cuando íbamos a pescar al río o bien, cambiábamos la carne de rata a los pescadores por pescado, pues no sé cuál podría ser la causa, pero a los grandes peces del Hep-Ur les atraía más la carne de ratas que la de los propios peces del río. Hay gente que come los ratones más gordos y corpulentos, pues dicen que bien preparada su carne es deliciosa.
Realmente no creo que sea para tanto, pues nunca he visto en un gran banquete que se sirvan ratones preparados de forma alguna. Quizás se deba a que sólo los indigentes acostumbran comer carne de ratón y que ese hábito haya hecho que conozcan mejor la manera de condimentarla y adobarla para que esa carne entregue sus mejores cualidades al paladar.
Era fascinante ver al gato de Hep, lanzarse y frenar en seco, saltar o deslizarse bajo la paja, persiguiendo a aquellos grandes ratones uno de los cuales lo amedrentó al morderlo en la nariz. Matamos al animal a palos y quedamos sorprendidos de lo grande que era cuando lo medimos muerto, dándonos cuenta del enorme tamaño, que llegaba a la mitad del felino.
El gato, se acercó al cadáver con cautela y lo tocaba con su pata delantera con temor de que el ratón despertara y lo volviera a atacar. Movía a risa ver a un gato asustado por un ratón, pero la verdad era es que el roedor, se veía realmente amenazador.
Resultaba asombroso verlo perseguir a los ratones con una inteligencia y una visión admirable. Parecía adivinar lo que iba a hacer su presa, con movimientos ágiles y celeros en reacciones que el mejor guerrero envidiaría. Jugaba con el animal hasta tenerlo acorralado, atrapándolo con un zarpazo que lo mareaba, para luego caerle encima, o lanzándose con las dos patas delanteras en un ataque veloz y certero.
De diferente manera, pero no menos atractivo, era observarlo enfrentar a una culebra. Mientras no fuera una cobra u otra serpiente peligrosa, le dejábamos entablar disputas con aquellos ofidios, para deleitarnos con sus sorprendentes reflejos, que no pocas veces lo salvaron de una herida mortal. En una oportunidad en que lo encontramos en una situación difícil y sin poder ayudarlo, apreciamos en toda su medida la capacidad de supervivencia del gato. Había quedado encerrado por una cobra entre la pared de la casa del vecino y un muro de adobes bastante alto y vertical. El felino se dio cuenta de que si intentaba subir el muro y caía, la cobra lo mordería fatalmente de manera que le hizo frente y ante la amenazante postura de la serpiente, esperó cada uno de sus ataques, los que contrarrestó con veloces esquives o saltando en cortos espacios, dejando desairada a la cobra que se mantenía erecta y desafiante, hasta que el gato pudo evitarla y escabullirse por un costado.
Desde donde nos encontrábamos observando la escena, Hep llamó a su gato, feliz de que hubiese escapado de tan difícil prueba pero, para nuestra sorpresa el pequeño felino permaneció muy cerca de ella y con el campo libre para moverse, comenzó a caminar a alrededor de la sierpe que se veía notablemente alterada.
Atónitos, contemplamos el macabro juego que consistía en golpear con su patita delantera la cola de la culebra que se retorcía en vueltas deslizantes, atacando una y otra vez sin éxito para placer del juguetón felino. Luego de mucho fracasar la cobra se retiró totalmente derrotada hacia los matorrales de junco, buscando la seguridad y el descanso después de tan agotadora lucha.
Otro de nuestros pasatiempos favoritos, era cazar moscas y otros insectos para alimentar a arañas y sapos. En un rincón del campo de cultivo que arrendaba mi padre, había tres grandes rocas y otras más pequeñas, entre las cuales habitaba "La dueña de las rocas", que era como yo llamaba a la gran araña que me gustaba visitar y observar cómo atrapaba a sus presas. Entre sus bocados preferidos estaban las cucarachas, los mantis e incluso langostas y pequeñas lagartijas.
Mucho más peligroso, resultaba robar huevos de cocodrilo de los nidos que encontrábamos buscando en las zonas de cría. Luego de la época de desove, el embrión es pequeño, casi imperceptible y el contenido del huevo esta lleno de una sustancia nutritiva y sabrosa. Esperábamos que la hembra cubriese los huevos y luego nos lanzábamos a escarbar en la tierra antes de que volviese.
Mi infancia no fue fácil, a causa de las privaciones que afligían a mi familia a veces aquejada por el hambre provocada por una baja inundación o malas cosechas. Sin embargo, recuerdo aquellos años con la alegría de haber crecido en un hogar en donde lo único que nunca me faltó, fue el amor de mis padres.
CAPITULO 2
"Khama’at y las muchachas del Dios Menu."
Fue por aquel tiempo de juegos infantiles, cuando conocí a Khamaat, la hermana mayor de Hep. Ya la había visto a la distancia pero a partir de aquel día empezó para mí una forma de relación entre ella y yo, en la que su participación era totalmente pasiva, convirtiéndose en una especie de diosa de mi culto a la fertilidad, cuando me subyugó con su belleza. A pesar de que los temas sexuales no se tocaban en mi hogar, no los relacionados con seres humanos al menos, conocía como todo niño campesino en contacto directo con la naturaleza lo que el sexo significaba entre los animales.
Aunque sabía que el sexo entre los humanos no podía ser muy diferente de los que había visto practicar a los babuinos, no imaginaba a mis padres, por ejemplo, en un acto tan grotesco y salvaje, frotando sus intimidades y juntando sus secreciones, idea que resultaba bastante repulsiva a un niño. Sin embargo entre los ocho o nueve años, mi propio cuerpo venía experimentando una forma de excitación que a pesar de resultar muy inconveniente a veces, era extrañamente agradable e impetuosa. La anterior indiferencia hacia las niñas, había cambiado no sé en que instante y de manera tan absoluta, que sin darme cuenta comencé a reparar en la forma de sus caderas, sus senos y la tersura de la piel de esas delicadas criaturas, que hasta ese momento no habían llamado mi atención y que de pronto se transformaron en objeto de mi mayor interés, siendo blanco de mis deseos un tanto confusos, o más bien prístinos y desconocidos a la vez. En una posición intermedia entre el niño y el hombre, aun atraído por los juegos de los chiquillos, me iniciaba en el mundo de los sentidos relacionado con la sexualidad, que resultaban una rara mezcla de sensaciones entre agradables y vergonzantes, viéndome impulsado por el llamado erótico a buscar al sexo opuesto, y lleno de contradicciones al considerar a las niñas como seres débiles y ocupadas en tonterías, pero tan atractivas y excitantes que no podía evitar pensar en ellas o tener sueños en los que me veía acompañado por alguna bella muchacha. Cuando contaba con diez u once años, cada noche era visitado en mis ensoñaciones, por distintas flores del jardín de la diosa del amor Hathor, perfumando mi lecho con sus dulces aromas, entibiando con su calor la frescura nocturna y satisfaciendo con su sensualidad mis anhelos carnales, que concluían en una explosión de éxtasis sublime.
Pero todo el deleite se esfuma como la fragancia del Kapet, que llena de gozo para pronto desvanecerse hasta desaparecer.
Así también, desaparecía en la nada el placer cuando despertaba sucio y solo, comprobando que todo era ficticio, una fantasía creada por mi imaginación nocturna, sintiéndome frustrado y deseoso de cumplir en la realidad mis imaginarios encuentros.
Una mañana antes del amanecer, como de costumbre, llegué a buscar a mi amigo Hep, pero esta vez lo hice desde el arroyo que corría por detrás de los campos, en vez de hacerlo por el frente de la casa. Entonces, fue cuando vi a Khama’at, con su falda de lino levantada, lavando sus torneadas piernas en la orilla. Sus firmes senos descubiertos mostraban los prominentes y rosado pezones erizados por efecto del agua fría que mojaba su trigueña piel. Oculto detrás de las palmeras, a la vera de los terrenos de cultivo, y desconociendo Khama’at mi presencia en el lugar, se quitó la falda para entrar en el arroyo, dejando al desnudo sus redondas caderas. Mi pene erecto protruía levantando el taparrabo, presionando contra la tela y provocándome aun mayor excitación.
Turbado por sentirme como un morboso fisgón, me alejé hacia el río cargado de culpa, luchando en mi interior con la parte de mi ser que quería permanecer allí, alimentando lujuriosos pensamientos con aquella belleza inalcanzable. Me sumergí con ropa y todo, intentando apagar el fuego que me consumía por dentro, en las frías aguas del Hep-ur, que sin embargo no ayudaron a tal propósito. No podía quitar de mi mente la imagen de Khama’at, aumentando
mis deseos (imposibles de concretar por otra parte, pues ella era mucho mayor que yo y estaba pronta casarse), que hacían vibrar mi cuerpo en un impetuoso impulso por usar mi falo como un puñal para introducirlo en su cuerpo, pero no para dañarla sino para colmarla del mismo placer que ella despertaba en mí con su sensual feminidad, hasta que el roce continuo de mi miembro con el taparrabo, hizo brotar de aquél, un líquido espeso y lechoso que, más allá de un intenso placer, calmó mi extrema excitación.
Llegué a mentir a mi madre, para repetir un día tras otro aquel nefando y compulsivo acto de invadir la privacidad de Khama’at que, aunque vergonzante, era provocado por un impulso irreprimible. Así conocí por vez primera el placer solitario, que a pesar de aplacar el deseo, trae aparejada la frustrante decepción de no poder compartir tan intensa experiencia con la mujer que la provoca.
Tiempo después, conocimos a Paser y a Ahmer, el hijo del pescador. Paser era nieto de un amigo de mi abuelo, otro hombre de la época de Tutmes I que como escriba, ocupó un cargo importante en la administración de las propiedades del templo. Nos hicimos amigos de ellos compartiendo nuestros ratos de ocio. Durante una de nuestras salidas al desierto cercano, cuando volvíamos de cazar palomas, descubrimos la casa de las meretrices, un lupanar que se hallaba apartado de la ciudad hacia el sur de la aldea.
Nos percatamos de su presencia por la pintura burda sobre la pared de la casa que representaba la imagen del ictifálico dios Menu, divinidad relacionada con el sexo y la fertilidad, con su falo erecto y descomunal. La fachada de la vivienda, ganada por la penumbra del ocaso, daba hacia el río, que por aquella hora, comenzaba a ser refrescada por la brisa ribereña, de la cual disfrutaba la voluminosa mujer. Se hallaba sentada con sus piernas abiertas y apoyada de espaldas contra la pared, apantallándose con un abanico de junco el sudoroso cuerpo. Llevaba una raída falda blanca muy corta que dejaba al descubierto sus rollizos miembros inferiores, ocultando sólo en parte un prominente trasero. El movimiento de su brazo al abanicar, oprimía las gordas tetas de grandes y oscuros pezones que, como gigantescas lenguas, caían sobre el abultado vientre.
Su cuerpo, distaba mucho de ser agradable, sin embargo su rostro era atractivo a pesar de estar enmarcado por una cabellera un tanto grasienta. Su nariz pequeña, respingada, sobre labios carnosos y bien formados dejaban entrever dientes blancos y bien ubicados. Sus mejillas regordetas pero no exageradas y tupidas cejas negras como el cabello, resaltaban la luminosidad de sus ojos verdes, que brillaban como dos lámparas contrastando con su piel oscura.
No quedaban dudas de que había hermosura en sus facciones y seguramente, junto con sus grandes pechos, serían los mayores atractivos para sus clientes. No debía tener más de veintiocho años, pero la gordura la hacía ver de más edad.
Con una amplia sonrisa nos saludó.
------ Hola muchachos ¿ quieren pasar?, podríamos darles un poco de diversión.---- dijo amigablemente y en son de broma.
Siendo el más joven y tímido del grupo, permanecí mudo esperando que los otros respondieran. Ahmer que era el mayor de los cuatro y el más conocedor sobre mujeres le respondió el saludo.
---- Hola, le agradecemos su invitación pero vamos de regreso a nuestros hogares. Venimos de cazar palomas en el desierto.----- Dijo Ahmer intentando impresionar a la mujer, tornando su voz más grave y en un tono de fingida madurez. Tratamos de ocultar nuestras risas ante la evidente actuación de nuestro amigo, que intentó acallarlas hablando más alto, para que la prostituta no las escuchase, aunque era obvio que ella también lo había notado, disimulando comprensivamente para no hacerlo avergonzar.
---- Y, ¿qué tal fue la cacería?.---- preguntó. Su voz también era agradable y melodiosa.
----No muy buena.---- respondió Hep.---- Cazamos sola una.---- dijo levantando la presa de una manera que destacaba su autoría. ---- Pude atravesarla por las costillas.--- aclaró, por si quedaban dudas.
Paser y yo seguimos sin decir palabra y sonreíamos solamente. Yo por lo menos, no sé si los otros también, la observaba de una manera particular como queriendo descubrir algo especial y diferente, por el hecho de vivir del comercio sexual. No sé qué era lo que encontraba en las meretrices que me hacía creer que eran distintas al resto de las mujeres. Durante mucho tiempo supuse que, aparte de ser expertas amantes, alcanzaban una percepción del carácter y la personalidad de los hombres, que las hacía capaces de consumir sus almas, a través del fluido que extraían de sus cuerpos, cuáles sanguijuelas que succionan la sangre de sus víctimas, agotando su fuerza vital, hasta transformarlos en arcilla entre sus manos y convertidas en maléficas alfareras, modelarlos y manipularlos para luego quebrarlos o arrojarlos al fuego.
Como si fuesen capaces de develar mágicamente los íntimos secretos de los hombres con los que se acoplaban, hurtarían de sus corazones hasta los más ocultos sentimientos.
Por ello las consideraba muy peligrosas. El tiempo me enseñó que las mujeres no necesitan ser prostitutas para ponernos en peligro o transformar nuestras vidas en un calvario.
Algunas mujeres son como inofensivas palomas, llenas de candor y belleza, que sin maldad, cautivan nuestro corazón, haciendo presa de él, sometiéndonos a un amor ciego y obsesivo, que atraviesa el pecho como una daga que no mata, pero cuya herida es más terrible que la propia muerte. Otras, en el extremo opuesto de la muestra, son peores que la serpiente más ponzoñosa, más temibles que la más mortal de las pestes, más destructiva que una manga de langostas, hijas dilectas del más maligno espíritu de los desiertos, tan arteras y malvadas, al punto que no existe ser más desalmado que una mujer vengativa.
Debo calmar mis emociones, encendidas por el recuerdo que acude a mi memoria, aunque resulta difícil controlar las reacciones surgidas al revivir a través del relato, tan aciagos momentos. Intentaré continuar mi narración sin desviarme del objetivo señalado. Ya en su momento me explayaré sobre estos dramáticos hechos.
La cuestión es que, mientras conversábamos con aquella mujer, vimos aparecer en la puerta del burdel un grupo de hombres, uno de los cuales terminaba de acomodarse el shendit, mientras los otros salían abrazados con las muchachas que los acompañaban. La joven que salía junto con el primero de los sujetos, me sorprendió por su juventud ya que, con relación a las otras, parecía una niña. En tanto que las demás contaban con por lo menos veinte años, ésta según mi parecer no podría tener más de catorce o quince.
Sus mofletes ruborizados sobre la tez blanca, mirada dulce en sus ojos color caramelo, cabello castaño rizado y nariz pequeña respingona, me hicieron reparar en su parecido facial con la mujer con la que hablábamos. Sus pechos, pequeños y bien formados, se veían suaves y tiernos, en tanto que su piel era tersa como la de un recién nacido.
Algo más alta que yo, aunque no mucho, atrajo inmediatamente mi atención, y me sentí cautivado por ella, no sólo por su cuerpo armonioso y bellas facciones, sino porque la veía muy adecuada para mí.
Los hombres se despidieron de ellas tomando rumbo hacia la ciudad, riendo y comentando sobre sus actividades con las meretrices, en tanto que las mujeres hablaban a cerca de los regalos con que los hombres pagaron sus favores sexuales.
Sin fijarme en las otras muchachas, me acerqué a ella, maravillado por su encanto y frescura, que acaparó toda mi atención, como la flor de delicioso perfume llama a los colibríes a libar de su precioso néctar. Su amplia sonrisa y su actitud amistosa desvanecieron mi timidez.
---- Hola, me llamo Shed. ¿Cómo te llamas tú?.---- le pregunté percatándome que Paser se hallaba junto a mí, embobado con la otra muchacha, sin decir palabra.
---- Mi nombre es Meshkent.----dijo la muchacha, iniciando el corto paseo que dimos por la ribera, mientras conversábamos.
---- ¿Cuántos años tienes? -- le pregunté. Me resultaba inevitable mirar sus hermosos pechos.
---- Tengo trece años ¿y tú?---- preguntó.
---- Casi trece años.--- mentí para no parecer tan niño, porque en realidad recién había cumplido los doce.
---- ¿ Hace mucho que eres...?, quiero decir... ------ no sabía cómo decir la palabra prostituta sin sentirme ofensivo.
----- ¿ Te refieres a cuánto tiempo hace que soy meretriz?---- preguntó muy naturalmente. Asentí con la cabeza.
---- Hace casi un año y no me avergüenza decirlo. Mi madre es la que está sentada.---- dijo señalando a la mujer que encontramos al llegar.
---- Ella me enseñó que éste es un trabajo como cualquier otro, a veces placentero otras veces no tanto, pero es más fácil que otros. Nunca faltan los hombres deseosos de sexo. Ella me cuida eligiéndome a los clientes. Cuando cree que el individuo puede ser peligroso para mí, los atiende ella o las otras muchachas más experimentadas, y si el hombre no quiere, le dice que se vaya.
----- ¿ Viven solas?---- le pregunté---- Digo, ¿ no tienen miedo que las ataquen o asalten?.----
----- Sí. Vivimos solas, pero mi madre y las otras saben defenderse. Además, estamos cerca del caserío de los pescadores donde vive un hermano de mi madre.------ respondió ----- ¿Porqué preguntas tanto?.
---- Perdona si te he molestado con mi interrogatorio, sólo tenía interés por saber sobre ti. No quise ser entrometido.---- Dije quedándome en silencio.
---- ¿Quieres copular conmigo?.---- dijo. Fue tan directa su pregunta que me sorprendió y sentí que mis mejillas me quemaban. Debo haberme ruborizado muy notoriamente pues Meshkent sonrió y acarició mis cabellos cariñosamente en un gesto comprensivo.
---- Sí.--- respondí.--- Me gustaría estar contigo.---- dije bajando la vista atacado nuevamente por la timidez.
A pesar de la poca diferencia de edad me avergonzó sentirme tan infantil al lado de ella.
---- No tuviste relaciones anteriormente, ¿verdad?----. preguntó sin intención de burlarse de mí. Yo sabía que sería demasiado evidente si mentía, de modo que le dije la verdad.
---- No, nunca estuve con una muchacha.---- respondí.
---- No tienes porque avergonzarse Shed. Eres atractivo y me gustas aunque seas muy joven. Prometo hacer placentera tu primera experiencia.---- me hizo sentir confiado y deseoso de estar con ella.
---¿Cómo debo pagarte?. Soy hijo de un campesino.---- Le dije, para que comprendiera que no podía pagar demasiado.
---- Puedes pagarme con una cesta de pescado.--- Me dijo.
Me puse muy feliz ya que era muy bajo precio relacionado a lo que pagaban otros; además llenar una cesta pescado no me llevaría más que un día de buena pesca.
---- Espero poder conseguirla rápidamente para venir a visitarte. ---- respondí entusiasmado.
----Bueno, debo irme Shed, ya están llegando nuevos clientes. Hasta pronto.---- dijo despidiéndose.
Me di vuelta para verla alejarse hacia la casa, en el momento en que mis amigos volvían al camino. Me uní a ellos para retomar la marcha hacia nuestra aldea.
Entre las sombras que comenzaba a proyectar la luna llena, y aún sin extinguirse del todo la tenue luz de Ra sobre las colinas al oeste de Khmun, proseguimos nuestra ruta hacia el norte, hablando y bromeando sobre aquellas vendedoras de placer, a las que ansiosamente deseábamos volver a ver.
En los siguientes días, trabajé duro en los campos de trigo, atendiendo a los animales, e incluso ayudé a mi madre en la huerta limpiando las malas hierbas en el espacio cultivado con cebollas, ajos y lechugas. Por supuesto que tanto esmero en las labores cotidianas, con un fervor infrecuente en la concreción de mis tareas, que normalmente realizaba con tranquilidad y sin apuros, no pasó inadvertido para mi madre.
---- Madre, vengo a buscar la vasija para el agua. Voy al canal a llenarla para el almuerzo.---- Le dije apurado, mientras ella me observaba atónita.
---- Shed, ¿qué te traes entre manos hijo mío?. Nunca antes te había visto trabajar con tanto empeño ni tan rápidamente.---- dijo ella.
---- Lo sé madre. Estoy adelantando las tareas de la tarde para que me permitas ir con mis amigos a cazar después del cenit. ¿Puede ser?.---- Pregunté.
---- Está bien. Espero que por apurarte no vayas a hacer mal tus tareas. Pero, ¿por qué quieren ir tan temprano con el calor que hace a esas horas de la tarde?. Siempre que salen de cacería van a media tarde. ¿No es así?.---- preguntó.
---- Sí, pero es que ....----- no sabía qué decirle. Jamás me hubiese permitido ir si le decía que iría de pesca para poder pagarle a una prostituta.---- Hemos descubierto un buen lugar para cazar palomas, pero queda bastante alejado por eso debemos salir temprano.----
----¿No me estás mintiendo?.---- me dijo mirándome inquisitivamente como intentando adivinar mis pensamientos.---- Sabes que si te metes en problemas perderás mí confianza y nunca más volvería a darte permiso otra vez.----
---- No, madre, por el bendito vientre de Eset, te juro que no me meteré en problemas.---- aseguré.
---- Más te vale muchachito, más te vale.---- me dijo acariciando mi cabeza con actitud entre comprensiva y desconfiada.
Para la hora del cenit, me faltaba muy poco para terminar mis tareas, pero todavía quedaban malas hierbas por arrancar y debía juntar la paja que separé del grano aquella mañana. Mis amigos ya me estaban esperando para ir de pesca. Hice sólo lo último, lo más rápido que pude y le dije a Amunet que completaría lo que faltaba al día siguiente. Como vio que los muchachos me aguardaban impacientes, me dejó ir considerando lo duro que había trabajado durante la mañana.
Cuando estaba saliendo con mi bolsa cargada con pan, cebollas e higos y las armas de cacería, Amunet salió a despedirme y se le ocurrió preguntar.
----Hola muchachos --- saludó a mis amigos -----¿Qué irán a cazar?----Les preguntó.
Transpiré frío cuando me di cuenta que intentaba descubrir si yo había mentido y antes de que Paser pudiese contestar me anticipé.
----- A cazar palomas madre. ¿Recuerdas que te lo comenté?.---- Hep que me conocía muy bien se dio cuenta de que no debía contradecirme o echaría todo a perder, así es que enmudeció y se quedó mirando a mi madre como confirmando mis palabras, pero Paser casi me compromete.
---- Pero si íbamos a ...----. Llegó a decir Paser pero la palmada de Hep en su espalda evitó que cometiera un grave error que me costaría la salida. Amunet era muy estricta y si se percataba de que le mentía no me permitiría acompañarlos. Hep me salvó.
---- Si Paser, si nos queda tiempo también iremos a pescar, pero teníamos planeado cazar perdices ¿recuerdas?. Por fin Paser cayó en la cuenta de su error.
---- Si, tienes razón, que tonto soy. Es que me gusta tanto pescar, que siempre pienso en ello.----Dijo tratando de disimular.
Mi madre se quedó mirándonos desde la puerta de la casa con la pequeña Eset tomada de sus piernas. Me di vuelta para mirarla sabiendo que esperaba a que le dijera cuándo volvería.
---- Volveremos antes de la cena.---- Le dije.
---- Que tengan buena pesca ---- me respondió. Con esa respuesta me lo había dicho todo. Se había dado cuenta de mi mentira, mal encubierta por mis amigos y me demostraba que a pesar de ello confiaba en que me comportaría correctamente y no tomaría riesgos innecesarios. Por otra vía me expresaba que no era tonta y trataba de decirme que no volviese a intentar engañarla.
---- Gracias madre ---- le dije. Por supuesto que me sentí muy mal porque mi intención no era hacerla pasar por tonta. El tonto fui yo, al no decirle la verdad sin necesidad, creyendo que por decir que iríamos a pescar temprano, se daría cuenta de que era para pagar a meretrices.
De seguro que de cualquier manera se daría cuenta de que existía algún motivo muy especial para que fuéramos a pescar tan temprano. En aquel momento supe que al regresar tendría que contar toda la verdad. Pero si decía la verdad y ella juzgaba que estaba muy mal lo que pretendía hacer, decidiría castigarme de todas maneras.
Por otra parte, mi padre decidió que fuese circuncidado en mi primer año de vida como medida higiénica, de modo que no había ningún impedimento para que tuviese relaciones sexuales. Pentu a diferencia de mi madre, ya no me consideraba un niño.
De todas formas debería pensar una buena excusa o todas mis ganas de ver a Meshkent se frustrarían. Mi madre aún me veía como a un niño y eso provocaría su oposición a que me iniciase en las actividades de los adultos, a pesar de que niños y niñas aún menores que yo, son unidos en matrimonio por sus padres, en busca de beneficios económicos e incluso políticos. Este tipo de enlace es muy frecuente entre las familias de clase social alta de las provincias y dentro de la corte y la familia real, no así en la clase trabajadora libre, mientras que los esclavos se unen sólo con el consentimiento de su señor y los vástagos de la pareja, son propiedad del amo.
Retomando el hilo de la narración, salimos de la aldea con la barca de Amón-Ra apenas pasada del cenit, en su periplo hacia el horizonte occidental. Cubriendo nuestras cabezas con tradicionales tocados de lino blanco más fresco que los de cualquier otro color, emprendimos la marcha en el intenso calor de la tarde, apresurándonos por llegar a la aldea de los pescadores en donde Ahmer, nos estaría esperando para ir a un buen lugar a lanzar las redes y poder llenar las cestas que pagarían nuestras tan ansiadas aventuras sexuales y en mi caso particular, la misma iniciación sexual, que a la vez que grandes deseos, de sólo pensarlo me producía palpitaciones, humedecía las palmas de mis manos y hacía temblar mis descarnadas rodillas.
---- Vamos Shed, apúrate que ya hemos perdido mucho tiempo.---- Dijo Paser molesto achacándome el retraso.
---- Bueno, no es para tanto.---- dijo Hep defendiéndome.---- Tenemos toda la tarde para pescar. Todo depende de que encontremos un buen cardumen y el sitio adecuado. De ser así en pocas horas podríamos llenar nuestras cestas y tener para pagar a "Las muchachas de Menu"---- dijo Hep con su acostumbrado optimismo y su buena predisposición para todo.
Me gustaba la forma en que llamaba a las meretrices como "las muchachas de Menu" por el Dios de la fertilidad, que le daba al título un cierto encanto, como si se tratara de sacerdotisas del culto a esa deidad, en una actividad ceremonial de la que nosotros mismos participábamos como representantes del Dios.
Por el contrario, Paser sólo las denominaba despectivamente como rameras y no sé por qué, pero durante toda su vida, por lo que me enteré muchos años después, tuvo malas relaciones con las mujeres, a las que parece que no respetaba mucho en su conjunto, ya que a pesar de su buena posición económica, se casó y separó dos veces y terminó conviviendo con una de sus esclavas en brazos de la cual falleció enfermo, hace ya muchos años.
Según me contó Ahmer, cuándo lo vi por última vez, se decía que Paser era un hombre violento y que maltrataba a sus mujeres, siendo peor aún cuando se embriagaba que era casi todo el tiempo, llegando en una oportunidad a ser encarcelado por varios meses cuando golpeó a su segunda esposa dejándola mal herida, tras lo cual ésta se separó de él y lo denunció ante las autoridades, quienes lo obligaron a entregar la mitad de sus bienes a la mujer en concepto de compensación por los daños físicos que le había provocado. La pobre infeliz tenía fracturada la nariz y un brazo, sin contar hematomas y excoriaciones.
Sé que me he apartado nuevamente de la trama del relato, pero me pareció importante comentar sobre el triste destino que tuvo uno de mis mejores amigos de la infancia, creo yo basado en su mal carácter y su afición desmedida por la bebida.
Mi gran amigo Hep, por el contrario, era para mí el modelo a imitar. Con dos años más que yo, parecía sin embargo mucho mayor por su personalidad segura y su carácter para conmigo, tratándome como a un hermano menor, con gran afecto y enseñándome lo que sabía en todos los aspectos de la vida. Por otra parte, era muy seductor para las niñas, que lo veían sumamente atractivo con su físico bien formado, robusto y alto. Su piel era trigueña pero el trabajo al aire libre la había hecho casi tan oscura como la mía. Sus facciones eran recias y varoniles con el cabello castaño oscuro ondulado y suave. Tenía grandes ojos pardos, de mirada inteligente y risueña. Su amabilidad y gentileza hacía que todos lo quisieran, salvo aquellos muchachos que lo veían como a un competidor, al momento de conquistar a las jovencitas que morían de amor por él. ¿Quién podría no querer ser como él?. Cuando me comparaba con Hep, siempre terminaba sintiéndome como una lombriz. Mi piel oscura sobre un cuerpo flaco y desgarbado, cara de niño en la que solo destacaban mis ojos azules que me hacían ver aún más infantil y con mi cabello lacio negro que por aquel entonces veía como falto de atractivo.
Todo en mí me parecía desagradable, quizá no tanto pero sí poco atrayente para las niñas, lo que hacía que sintiera cierta sana envidia hacia Hep cuando sus enamoradas le enviaban pequeños regalos, en tanto que yo era completamente ignorado por ellas.
Para las niñas yo era el amigo de Hep, creo que ni siquiera recordaban mi nombre, sin embargo acudían a mí para que le llevara mensajes o le hiciera llegar sus presentes. Así era mi querido amigo Hep, que no pocos problemas tuvo con ciertos amoríos y muchachas a las que embarazó, hasta que preñó a la hija de un importante personaje local de fortuna y poder, accediendo a casarse con la joven localmente enamorada de él.
Su suegro le había tomado simpatía y como era un muchacho decidido y trabajador lo dejó administrando sus campos que le rindieron excelentes frutos de la mano de Hep. Por lo que sé, tuvo como media docena de hijos y fue muy feliz con aquella mujer. Regresando a mis recuerdos de esa tarde, pregunté a Hep algo que parecía obvio y que sin embargo no comprendía.
-----¿ Por qué te tomas todo este trabajo de tener que pescar para pagar a "Las muchachas de Menu", cuando podrías copular con cualquiera de tus enamoradas de la ciudad?.---- le pregunté a Hep muy interesado por conocer la respuesta. A mí me gustaba pescar, pero yo estaba obligado a conseguir mi cesta llena, para obtener los favores de Meshkent.
---- Porque me gusta Dedyet y como es una meretriz, debo pagarle para hacerlo con ella.----Me dijo dándome una respuesta totalmente lógica.
---- Además, sabes que me gusta ir a pescar con ustedes, y quiero que tú consigas tu cesta para que puedas pagarle a... ¿Cómo se llama la niña?---- me preguntó
---- Meshkent ---- le dije orgulloso como si fuese una conquista. ¿Qué debo hacer?, es decir ¿cómo debo comenzar?---- pregunté cuando subíamos la última colina antes de llegar a la aldea de los pescadores.
---- Lanzándote encima de ella.---- dijo Paser grosero y burlón. Hep se rió del comentario chabacano de Paser.
---- Tú quédate tranquilo y deja que ella te guíe.---- dijo tratando de darme confianza.---- ¿Sabe que es tu primera vez?.
Me puse colorado seguramente, pues sentía más calor en mis mejillas que en todo el resto del cuerpo.---- Sí ---- le dije avergonzado.
---- No te sientas mal. Eres casi un niño y ya tendrás tu primera experiencia.---- me dijo para darme ánimo.
---- Lo malo es tener que pagar por ello, ¿verdad?---- Dijo Paser maliciosamente, aunque en son de broma.
----Tú no critiques mucho, porque se te ven los callos de tanto usar la mano.---- como un reflejo, Paser se miró inmediatamente las palmas de sus manos, hecho que desató la hilaridad de Hep en una carcajada sonora y contagiosa, que me hizo reír a mí también. Paser se puso serio al principio, cuando se sintió como un tonto, pero luego se echó a reír con nosotros.
Bajando los tres de la colina a las risotadas, llamamos la atención de unos pescadores en la orilla, que se fijaron en nosotros por lo exagerado de nuestra forma de reír. Ahmer nos estaba esperando. Como había dicho, reparó una vieja barca que un pescador ya no usaba y por un porcentaje pequeño de los peces, nos la entregaba toda la tarde para que la trabajásemos, junto con la barca prestada por el padre de Ahmer.
Habiendo completado los preparativos, salimos hacia el lugar en donde Ahmer nos aseguró que tendríamos buena pesca. Antes de la media tarde castigados por el intenso calor, sudorosos y malolientes arrojábamos nuestras redes una y otra vez, atrapando uno que otro pez perdido en la corriente, alguna anguila solitaria pero nada de lo prometido por el gran pescador Ahmer.
Mis manos me ardían de tanto tirar y recoger las redes sin éxito, sin contar el esfuerzo de trabajar con los remos para trasladarlos de un lado a otro del río, hasta que, descendiendo un buen trecho corriente abajo, ubicamos un lugar un poco turbulento en una curva en que el agua sorteaba una gran roca, encontrando un sitio excelente en donde comenzaron a colmarse nuestras redes, quizá no era para tanto, pero alimentaba mis esperanzas de completar mi cesta. Paser, Ahmer y Hep debían pagar a las prostitutas más caras, dos cestas, de modo que según parecía yo tenía más posibilidades que los otros de pagar por los servicios. Pero el trato no era ese. Deberíamos conseguir la cantidad de peces necesaria para llegar a las siete cestas, dos para cada uno de ellos y una para mí y si no lo conseguíamos no iría ninguno, por lo menos no a aquel día. Lo que haríamos sería cambiar los peces por trigo en el mercado de Khmun y saliendo de pesca otro día pagar la diferencia en pescados o su equivalente en trigo, al precio convenido con "Las muchachas de Menu".
La pesca fue buena durante un buen rato, pero luego empezó a disminuir un tiempo antes del ocaso, cuando comenzó a soplar el viento del noreste arrojando cortinas de arena sobre el río.
A la hora del regreso, ya no sacábamos nada a pesar de que el viento había disminuido. El cardumen se había esfumado. Recogimos las redes por última vez, sabiendo que a pesar del buen momento que habíamos pasado junto a la gran roca, no era suficiente para que completásemos las siete cestas.
---- Ahmer, ¿crees que hallamos completado las siete cestas?.---- le pregunté recurriendo a su conocimiento sobre el tema, esperando escuchar un tal vez, un quizá, que mantuviera vivas mis esperanzas de poder estar con Meshkent aquella misma noche.
---- No Shed, no alcanzará para llenar siete cestas.---- dijo tan desilusionado, como yo.
---- Tal vez si hubiésemos llegado más temprano.---- dijo Paser otra vez cargando la culpa sobre mis hombros.
---- Bueno, ya está. Lo que se pudo pescar se lo cambia en el mercado y otro día volvemos a pescar hasta conseguir lo poco que nos falta para pagar a "Las muchachas de Menu". ---- Dijo Hep como siempre, encontrando una solución al problema.
----¿Qué otra posibilidad nos queda?. ---- dije yo, pensando que a mi regreso a casa, quizá mi madre me prohibiese salir con mis amigos durante un tiempo por haberle mentido. Nadie respondió mi pregunta. Llegamos a la aldea de los pescadores, guardamos las redes y comenzamos a llenar las cestas de pescado. ---- Tenemos sólo cinco cestas y media, Ahmer.---- dijo Paser, maldiciendo.
---- Querrás decir cinco cestas, porque media cesta le corresponde al dueño de la barca.---- dijo aclarando la situación.
---- Debemos apurarnos para ir al mercado a cambiar el pescado.---- dijo Paser, completamente resignado a volver otro día a conseguir la cuota de peces faltante.
---- Vamos a asearnos al río. No pueden ir a ver a "Las muchachas de Menu" con este terrible olor a sudor y pescado.---- nos dijo Hep riendo.
Los tres alzamos la vista al mismo tiempo, mirándonos sin comprender.
----¿De qué estás hablando? ---- preguntó Ahmer.
---- Digo, que los peces alcanzan para ustedes tres.---- respondió contento de darnos la alegría de que fuésemos nosotros al prostíbulo.
---- Pero el trato fue que iríamos todos o nadie.---- Dijo Ahmer. Paser y yo deseábamos que Ahmer se callara o haría arrepentirse a Hep de tan altruista actitud.
Sin contestar, Hep salió corriendo hacia el río y gritando.
---- ¡El que llega al último es un inmundo hijo de Sutej!.----
Me saqué las sandalias y corrí hacia el río, dejando el shendit en la barca, ante la mirada sorprendida de los pescadores que concluían en la orilla su faena cotidiana, sin entender la algarabía y el festejo de un grupo de muchachos después de tan magra conquista. Nos bañamos, bromeamos y comentamos sobre nuestras fantasías a poner en práctica aquella noche, que al menos intentaríamos concretar. Frotamos nuestras pieles con pétalos de loto, que pudimos conseguir en la orilla y cáscaras de dátiles que eran los perfumes que en mi infancia más me agradaban.
Me cambié el taparrabo, el shendit, y peiné mi cabello para salir en la barca hacia el lupanar.
Al llegar, vimos que la única a la vista era Meshkent, lo que me alegró mucho, ya que estaba ansioso por mostrarle que había trabajado duro para conseguir su compañía.
Se adelantó para recibirnos.
---- Hola muchachos. Veo que han pescado bastante. ¡Los felicito!---- Dijo con una bella y amplia sonrisa. Con la inocencia de un niño me sentí enamorado de la jovencita como si ella pudiese ser sólo para mí.
Nos guió hasta el caserío cercano, para cambiar el pescado por pan y verduras, que transportamos hasta su vivienda.
Por aquel momento ya estaba anocheciendo y con la pobre luz de la antorcha de la fachada, vimos salir a la última de las muchachas que se desocupaba de un cliente.
----¿Podemos entrar?---- dijo Paser a Meshkent.
---- Sí, ¿vamos Shed?---- me dijo tomándome de la mano. Se me hizo un nudo en la garganta y comencé a temblar de nervios.
----Bueno, entremos.---- dije no muy seguro de querer hacerlo. Temía fallar, que mi falo no reaccionara, como comentaban que les pasaba a algunos muchachos en su primera vez.
---- ¿Tú no entrarás conmigo Hep?---- pregunto Dedyet, que se veía muy hermosa aquella noche.
---- No conseguimos pescar lo suficiente, así es que decidí, que ellos entren con las muchachas. Yo lo haré otro día, pero, podemos quedarnos conversando aquí, hasta que te llegue otro cliente para ti, ¿verdad?.---- preguntó sonriendo.
---- Sí, por supuesto.---- dijo Dedyet sonriendo. Se notaba que Hep le atraía a pesar de que ella le llevaba varios años.
Ingresamos al interior del lupanar, Ahmer con la madre de Meshkent, Paser con la muchacha rubia con aspecto chemeh y Meshkent conmigo.
Raídas cortinas de lino amarillo, separaban los cuartos del pasillo por el que entramos. Tomándome de la cintura me llevó hasta uno de ellos.
Una vasija de cerámica cruda hacía las veces de lámpara que por su débil llama dejaba a medias iluminado el lecho. Cerró la cortina de la pequeña ventana e hizo lo mismo con la de la puerta. Frente a frente, me di cuenta de que éramos de la misma altura, a pesar de que creí que era más alta que yo.
---- Me perfumé para ti con el mejor kapet de mi madre, sabiendo que vendrías como dijiste ayer. Quiero que tengas un buen recuerdo de la primera vez.---- dijo con dulzura.
Todos mis miedos desaparecieron. La fragancia de su cuello y sus senos desnudos sobre mi pecho, despertaron mis deseos. Con sus brazos rodeándome, besó mis labios y los entreabrió introduciendo su lengua hasta tocar la mía, invadiéndome de percepciones táctiles desconocidas, olores y sabores de su boca, su saliva, su aliento, la presión de sus mejillas cálidas contra las mías y la suavidad de su piel que tantas veces había presentido en mis sueños.
Mientras torpemente trataba de desatar su corpiño, Meshkent me quitaba el taparrabo, ya que el shendit había caído tempranamente al acercarnos el uno al otro. La tibieza de sus pezones desnudos y erizados, se trasmitió a mi piel. Claramente pude notar el crecimiento de mi falo que comenzó a erectarse en rítmicas pulsaciones hasta chocar con el pubis de Meshkent, cubierto de puberil bello, ya liberado de su prenda íntima.
Apoyando su mano en mi pecho, me llevó hasta la cama. Con su lengua y sus labios en medio del silencio de la noche, con sólo la compañía de los sapos cantando en la ribera y los arpegios de los grillos, me colmó de una fascinante variedad de sensaciones, que superaban con creces las urdidas por mi imaginación. Luego de un rato, se acostó junto a mí y tomándome del cuello me besó de nuevo y me acercó hacia sus pechos de los cuales succioné ávidamente los pezones turgentes, erectos, como dos frutos maduros y deliciosamente dulces e irresistibles. Acarició mi espalda, tras lo cual expuso su intimidad, como las flores abren sus pétalos para recibir con gozo el rayo de luz que las colme de vida. Tomó firmemente mis caderas y me atrajo hacia ella introduciéndome profundamente en su carne húmeda y variable en su relieve, como una geografía agreste, deseosa de ser recorrida una y otra vez, embriagándome de placer, satisfechos ambos, hasta el éxtasis extremo como una explosión de los sentidos, como un calor abrasador que funde los cuerpos convirtiéndolos en uno sólo, quizá por un instante, pero cuyo recuerdo es duradero y queda grabado a fuego en el interior del pecho.
Nunca tan satisfecho de la fatiga, me recosté a su lado con el sudor recorriendo mi cuerpo para rodar luego sobre ella tan agotada como yo. Se levantó desnuda miró a través de la ventana tomo un paño limpio y lo sumergió en una jarrón con agua del río para refrescar su cuerpo y el mío.
Debía irme, otros clientes esperaban fuera. Me sentía enamorado de aquella joven que yo sentía mía aunque también fuese de todo el que pudiera pagar sus servicios. De todas maneras, siempre estaré agradecido por los gratos momentos que pasé con Meshkent, desde mi inicio en el conocimiento directo de la sexualidad.
Cuando salí, me encontré solo bajo el brillante vientre de Nut, buscando a Hep y a los otros. Quizá Paser o Ahmer no hubiesen salido, pero ¿donde estaba Hep?. Quería contarle mi experiencia con detalles para que me creyese que pude hacer el amor con Meshkent.
Vi un grupo de hombres esperando entrar en el prostíbulo pero no estaba Hep.
Supuse que Dedyet estaría adentró en algún cuarto atendiendo a un cliente, justo en el momento en que los vi llegar a ambos, Dedyet acomodándose el
corpiño, desde un camino lateral que daba al desierto, venían conversando y riendo. Dedyet se apuró al ver que esperaban aquellos hombres para ser atendidos. Saludó a Hep y desapareció dentro del lupanar.
---¿Qué tal Shed?, ¿cómo te fue?--- me dijo palmeándome la espalda y adivinando la respuesta por mi actitud de satisfacción.
-----La pasé muy bien y creo que a Meshkent también le gustó---- dije sin seguridad pero lo importante era que lo había logrado. Para la muchacha, no podría haber sido demasiado placentero hacerlo con un novato al que tenía que guiar en todo. Pero ¿qué importaba eso?
---- ¿Y tú?, ¿de dónde vienes?----. Pregunté.
Justo en aquel momento vimos salir a Paser seguido de Ahmer, fanfarroneando de sus logros sexuales.
-----Fuimos a hacer el amor a las dunas---- me dijo sonriente.
---- No quisimos entrar porque la madre de Meshkent la reprendería al no ser pagado mi servicio-----.
Ella era la que hacía las veces de jefa y controlaba que cada hombre hiciese su pago.
---- ¿La convenciste que hacerlo contigo a pesar de no pagarle?--- dije atónito y admirado por la capacidad de Hep para seducir a las mujeres. Era una verdadera proeza que agrandaba aún más la figura de Hep como un seductor irresistible.
Cuando nos unimos a Paser y Ahmer en la barca, les conté la hazaña de Hep y ellos no podían o no querían creer. Sabía que por el carácter de mi gran amigo no hubiese inventado un cuento así, para engañarnos, pues no tenía necesidad de ello. Ya conocíamos de cerca sus conquistas para saber que lo de aquella noche, tenía que ser verdad y yo mismo vi que Dedyet regresaba acomodándose la ropa y el cabello. Contento por mi propio buen desempeño y en camino hacia Khmun a través del río, observé que Paser y Ahmer parecían molestos con Hep y no participaban de nuestra conversación acerca del asunto.
Entonces se me ocurrió hacer una broma, para sacar a mis amigos de tan tonta actitud, como si Hep hubiese hecho algo en contra de ellos.
Empujé a Paser y pateé a Ahmer que se dieron vuelta para mirarme.
----- Aunque no lo reconozcan están envidiosos de Hep, por eso para que no tengamos que envidiarlo elevemos nuestro cántico sagrado.---- me miraron sin comprender lo que decía.
Me arrodillé enfrente de Hep sobre el incómodo fondo de la barca, que me observó confundido.
En tono solemne y con voz grave, dije inclinándome en señal de devoción: ----" Oh, gran maestro copulador, danos tu poder para penetrar vaginas"----.
Ante tan estúpida veneración a Hep, comenzaron a reírse y se unieron a coro conmigo entonando el ridículo himno. Se dieron cuenta de que mi broma, hacía referencia a una actitud tan tonta, como la que habían tenido ellos hacia Hep, envidiosos por ser irresistible para las mujeres y haber conseguido que la bella prostituta hiciese el amor sin cobrarle.
----¡Basta, basta ya!---- decía Hep sin poder parar de reír.
La jarana siguió hasta llegar al embarcadero de la aldea, interrumpiendo el silencio nocturno con nuestras risas. Río abajo, la barca se desplazaba bajo el plateado resplandor con que comenzaba a bañar el valle la diosa Iunu, asomando su blanca figura en el horizonte. Aquella jornada quedaría en mi memoria como una de las más interesantes y divertidas de mi adolescencia.
Con el transcurso de los años, nos hicimos aún más unidos y las riñas de la época infantil, se transformaron en una rareza hasta desaparecer completamente. Asimismo creció en nosotros un sentido de pertenencia al grupo, como cuando ayudamos a Hep al morir su padre, quedando al lado de su madre como sostén de su familia entre tres hermanas.
Sin embargo estas responsabilidades no le restaron oportunidades para meterse en problemas amorosos. En una ocasión llegó a cortejar a cuatro muchachas de diferentes lugares de la ciudad y aldeas vecinas.
También estuvo cerca de ser descubierto por un marido celoso que siendo policía medyau, solía llevar puñal y que en un arrebato de cólera, no desacostumbrado en aquel personaje, lo hubiese utilizado para dañar a Hep. Así fue que en una de esas ocasiones, escapó con nuestra ayuda a través de una ventana, gracias a que le avisamos que llegaba el esposo en momentos en que él yacía en el lecho con la mujer, en la propia casa del cornudo sujeto.
Al contrario de Hep, Ahmer se enamoró de una muchacha aunque no sabíamos quién era, ni de donde. Paser creía que no había tal muchacha y que era una invención de Ahmer, pero no averiguamos hasta mucho después que, aquella joven realmente existía y que finalmente sería hasta la vejez, esposa de mi amigo el pescador. A mí me esperaba una vida mucho más atribulada mi querido nieto, pero no debo adelantarme, ya llegará el momento de narrarte aquellos hechos.
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