CAPITULO 3

"El mundo de ultratumba."

Son muchos los recuerdos que fluyen a mi memoria desde esa época, algunos gratos como los que acabo de relatar y otros difíciles de confesar por la gravedad de los actos cometidos. En cierto sentido fueron llevados a cabo, en parte por lealtad y compañerismo, pero también por una irresponsable inclinación de los jóvenes a desafiar el peligro, que en este caso en particular representaba la invasión del mundo de los muertos.

Debe haber pocas faltas tan deplorables al sentimiento de un natural de Kemet, cómo imaginar que sea interrumpido su descanso eterno.

No existe temor más grande entre mi gente que considerar que la tumba propia, pueda ser profanada y el cadáver cuidadosamente tratado durante el rito funerario para la vida en el más allá, sea dañado por ladrones, ocasionando la destrucción del Ka, el espíritu, que al no encontrar intacto el cuerpo del difunto, no tiene sitio en el que habitar, dejando de existir para siempre. Desde los grandes faraones constructores de los gigantescos Mer, hasta los soberanos de este tiempo sepultados en la necrópolis de Waset, todos buscan la seguridad de sus sepulturas, habiendo construido los primeros, enormes sepulcros de roca y excavando los segundos profundas galerías en el seno mismo de las colinas, que guarden sus divinos restos de la acción de los elementos, pero por sobre todo que los mantengan fuera del alcance de los saqueadores.

Conociendo la corrupción del corazón de los hombres, su ambición de riquezas y su irreverente actitud ante el poder de los dioses, Heka,"La Magia", es utilizada por los sacerdotes en ritos secretos, aplicándola a la protección de

la vida de ultratumba. La curiosidad malsana, anima a los jóvenes ávidos de aventura, ha cometer actos reñidos con el orden aceptado por la sociedad y castigados por los dioses, y arriesgándose a la venganza de los muertos que no perdonan las infamias de los vivos.

Me refiero a un hecho de aquellos años, que angustió mi alma, entregándome al maltrato de pesadillas nocturnas que atormentaron mi conciencia culpable durante mucho tiempo.

Todo empezó, cuando nos reunimos durante el ocaso en la cumbre más alta de las colinas que separaban la ciudad, de la zona del desierto en donde comenzaba la necrópolis, un lugar sagrado y prohibido. Nos llamó la atención, haber sido convocados por Paser a un lugar tan infrecuente de encuentro, ya que siempre lo hacíamos en la ribera o en la aldea de Ahmer. El aire de misterio de Paser también era extraño, aunque la seriedad con que nos pidió que asistiéramos, nos hizo sospechar que se trataba de algo importante. A nuestra llegada, lo encontramos acompañado por un muchacho desconocido, que calculé en poco menos de veinte años.

---- Amigos, les presento a mi primo Uben.---- dijo Paser sin demasiado entusiasmo. Se veía inquieto, como nervioso, en una situación de compromiso.

---- Que la gracia de Amón esté con vosotros.---- nos saludó.---- Soy hijo de un primo del padre de Paser y aunque a mi tío no le agrado mucho, mi querido primo ha aceptado ayudarme y me dijo que quizá pudiese contar con vuestra ayuda.

---- ¿De qué se trata?.---- preguntó Hep en actitud desconfiada y expectante.

---- Les contaré la historia desde un principio.---- anunció Uben.---- Mi padre, unos ocho años atrás, era escriba de la administración de la provincia, cumpliendo con honestidad y eficiencia su trabajo.

Uno de los asistentes del Heritepàa, amigo de mi padre, lo engañó, entregándole documentos falseados, que inocentemente y sin desconfiar, mi padre asentó en los papiros administrativos como era costumbre hacer, acerca de productos y objetos que formaban parte de los ingresos por tributo e impuestos, que entraban en las arcas del tesoro provincial y de los cuales este pérfido sujeto, estaba sustrayendo importantes cantidades. Cuando los funcionarios del visir comenzaron a notar la disminución del aporte de la provincia, exigieron una investigación. Este corrupto personaje, no tuvo mejor idea que culpar a mi padre y poner algunos objetos robados en nuestra casa para salvar su pellejo, haciendo que todas las culpas y castigos, cayeran sobre él. Mi padre ante tal injusticia y al ser traicionado por quien creía su amigo, viendo el castigo que se le impondría, la deshonra que significaba y la ruina

total por la pérdida de nuestros bienes, se quitó la vida. Mi madre, enloqueció, para después morir, y yo quedé a cargo de mis hermanos siendo apenas un muchacho como tú.---- dijo señalándome.

----¿Y que pasó con el traidor?----. pregunté atrapado por tan escalofriante historia.

---- Quedó impune y hasta fue recompensado por haber entregado al culpable, pues el suicidio de mi padre fue para el tribunal Kenbet, otra señal de arrepentimiento del funcionario corrupto, cuando en realidad mi padre era totalmente inocente.---- terminó diciendo con los ojos llenos de lágrimas.

Me sentí muy conmovido, como los demás, pues lo ocurrido con su familia era terriblemente trágico.

----¿ No intentaste demostrar la inocencia de tu padre?---- preguntó Ahmer.

---- Nadie se animó a salir en defensa de mi padre después de que cayó en desgracia ante el Visir, de manera que todos me dieron la espalda después de su muerte y jamás podría haberlo hecho sin la ayuda de aquellos que trabajaban con él, quienes tenían acceso a documentos que hubiesen podido comprometer la seguridad del infame sujeto.---- respondió.

----¿No intentaste de vengarte?---- preguntó Hep.

---- Lo pensé, pero si me enviaban a los Wehat, no había nadie que se hiciese cargo de mis hermanos. Yo era el único medio de subsistencia de ellos, trabajando en los campos del Templo, durante los últimos años.---- dijo.

---- Actuó coherentemente, pensando en que sus pequeños hermanos sufrirían nuevamente.---- señaló Paser sensiblemente emocionado.

----¿Y qué tiene que ver todo esto con nosotros?.---- dijo Hep tratando de descubrir nuestra participación en la historia.

---- El traidor que culpó a mi padre, fue enterrado ayer en la necrópolis, allá en donde se ven las grandes antorchas encendidas. ---- dijo, señalando desde donde estábamos, un sepulcro bien iluminado y en uno de los sectores más costosos de cementerio, a donde se inhumaban a grandes personajes de la nobleza local.---- Preciso vuestra ayuda para entrar en la tumba a robar las joyas y objetos de mayor valor que me permitan, vendiéndolas lejos de aquí, recuperar para mi familia algo del bienestar económico que ese bastardo nos quitó.---- dijo Uben.

---- Y ¿por qué no buscas delincuentes profesionales?.---- pregunté sin saber de lo que hablaba. Era tan tonto lo que había dicho que se quedaron mirándome.

---- No existen saqueadores profesionales que anden ofreciéndose en las calles de las ciudades como si vendiesen pan o cebollas. Existen saqueadores como

todos sabemos, pero debido a que el castigo es la pena de muerte y la destrucción del cadáver por cometer este delito, los hombres dedicados a esta actividad forman parte de grupos como sociedades secretas que así como obtienen enormes ganancias se arriesgan a lo peor, por lo tanto, los que tratan

con ellos, saben que corren peligro de muerte. Antes de ser descubiertos, son capaces de asesinar a cualquiera que conozca sus nombres o sus rostros. Son individuos dispuestos a todo y las ganancias que toman son muy grandes, de modo que se quedarían con la mayor parte de lo obtenido. Existe todo un sistema paralelo y corrupto de embalsamadores, sepultureros, albañiles, guardias de las necrópolis y en las capitales, en donde se encuentran los cementerios reales con los tesoros escondidos más fabulosos que el hombre pueda acumular, participan incluso arquitectos, capataces y jefes de guardia, atraídos por las pingües ganancias que produce la industria de la profanación, en que se hacen tratos a rostro cubierto y sin dar nombres.

Hace pocos años, se conoció un caso relacionado con este tema, conmovió a la ciudad de Iunmut, cuando el capataz de la rica necrópolis acusó a varios obreros de la misma, de ser culpables de la profanación de sepulcros, quienes fueron condenados a muerte.

Antes aún de la ejecución de los condenados, apareció el cuerpo desmembrado y la cabeza colgando por la lengua de un gancho, del capataz traidor que había entregado a los mismos hombres con los que había planeado los saqueos, en un intento por quedarse con todo el botín.

No sólo tenía un significado especial la forma en que había sido tratado el cadáver, sino el lugar en donde fueron encontradas las partes. Ese el lugar, fue nada menos que el muro del palacio del gobernador. Esto daba idea del alcance del brazo delictivo de esa organización.---- terminó diciendo Uben.

Nos estaba dando buenas razones de por qué no había buscado saqueadores profesionales, pero si con ese último relato pensaba que nos motivaba a ayudarlo, se equivocaba. Yo estaba tan asustado que mi piel se había erizado.

Todos nos quedamos pensativos y en silencio. Uben nos miraba esperando una respuesta a su petición.

---- No soy un delincuente. Sólo quiero parte del tesoro guardado en esa tumba, para comenzar una nueva vida junto con mis hermanos, lejos de aquí en el sur de Kemet.---- explicó, solicitando nuestra ayuda nuevamente.

----Pónganse en mi lugar, por el sagrado vientre de Eset.---- insistió suplicando.

---- Déjanos pensarlo Uben---- dijo Ahmer.

---- Si pudiésemos hacerlo los dos, no les pediríamos ayuda, pero debemos ser por lo menos cuatro para tener posibilidades de éxito.---- dijo Paser en tono de reproche, ahora mucho más convencido de brindar apoyo a su primo, después de escuchar sus palabras.

---- No hay tiempo, para pensarlo. Pasado mañana sellarán la tumba definitivamente y será sumamente complicado poder ingresar. Sólo tenemos esta noche y la noche de mañana.---- respondió Uben al pedido de Ahmer.

Nos veíamos entre la espada y la pared, sin posibilidades de meditarlo. Realmente queríamos ayudar a Uben, pues nos sentíamos identificados con su causa y apenados por tantas desgracias sufridas, pero al mismo tiempo resultaba un gran riesgo, ante la posibilidad de ser atrapados en el acto delictivo.

----¿Cuál es tu plan?---- preguntó Hep.

----Deberemos esperar hasta media noche en que el guardia de la necrópolis que es mi cómplice, se quede sólo en ese sector, para que nos permita trabajar en el ingreso a la tumba. El sepulcro consta de la cámara funeraria, la antecámara y la cámara de las joyas y objetos de mayor valor del difunto. Tenemos hasta antes del amanecer para sacar y transportar fuera del cementerio los objetos de oro, plata y piedras preciosas que podamos encontrar, para luego venderlos lejos de aquí a buen precio. Yo les pagaré su ayuda con algunos objetos fáciles de canjear.---- dijo Uben.

----¿Qué más debemos saber?.---- dijo Ahmer.

---- He conseguido todas las herramientas para penetrar la mampostería de adobes y como entraremos por la puerta, no perderemos tiempo abriendo la roca de la colina en que está excavado el sepulcro.---- explicó Uben.

Nos miramos nuevamente, como esperando que alguien hablase para decir que aceptábamos ayudar a Uben. Dubitativos todavía, accedimos, sabiendo que la decisión podría traernos arrepentimientos vanos hasta el día de nuestra muerte.

---- Está bien. Estaremos contigo, pero no queremos nada de lo que saquemos de la tumba. Prepara todo para mañana. Debemos buscar una buena excusa, para justificar nuestra ausencia durante la noche de mañana ante nuestras familias.----dijo Ahmer.

Iluminados por el pálido brillo de la luna, abandonamos las colinas a través de los áridos y rocosos senderos, amparados por la oscuridad nocturna, como sombras entre las sombras, escabulléndonos del lugar de descanso eterno, cual depredadores que esperan el instante adecuado para arrebatar la vida de su víctima.

Mientras tanto, deliberábamos buscando los motivos que daríamos en nuestros hogares para ausentarnos al día siguiente.

Encontramos un buen motivo, diciendo que participaríamos en la pesca ritual del "Pez Sagrado", en la fiesta de la ciudad de Harday, donde todos los años durante esa semana se lleva a cabo la ceremonia.

Dicho pez, según la mítica historia del Dios Asar, había devorado el falo de la deidad, que fue la única parte de su cuerpo que la Diosa Eset su esposa, no pudo recuperar cuando Sutej, hermano y enemigo de Asar, lo asesinó y desmembró, esparciendo sus pedazos por toda la tierra de Kemet. Así, a través de la pesca, se recupera simbólicamente el sagrado miembro, para completar el cuerpo del Dios, señor de los muertos.

Apenas llegué a mi hogar esa noche, y durante la cena, pedí autorización a mis padres para viajar a la tradicional festividad. No era nada agradable para mí mentirles a Pentu y Amunet, y menos en algo tan serio como esto, pero me sentía comprometido y no podía dar ni un paso atrás, sin quedar como un cobarde. Nunca fui bueno para engañar a mi madre y sin embargo, mi actuación debe de haber sido buena, porque ni Pentu ni ella sospecharon nada. Por otro lado, me angustiaba pensar que si nos atrapaban esa noche, provocaría gran dolor y humillación a mis padres, que me amaban y confiaban en mi, y no merecían sufrir semejante castigo. Todo el día rodó en mi mente la culpa, por la falta que aún no había cometido.

Salimos después de mediodía hacia el desierto, para reunirnos allí y preparar todo para aquella noche, de manera que desde la tarde, ya instalados y ocultos en las colinas cercanas, observamos la actividad de la zona que visitaríamos después de la caída del Sol.

Asomados como cachorros de chacal en la puerta de la madriguera, recorrimos con la vista el lugar, hasta encontrar y tomar posición detrás de un peñasco, desde donde asistimos a las sentidas muestras de afecto de los deudos, que despedían las exequias del difunto, acompañado como correspondía por el lamento de las Muu, lloronas profesionales, en una ceremonia sumamente emotiva para los presentes. Los últimos detalles del ritual de enterramiento, como así también la despedida de familiares y amigos del muerto depositando flores delante de la antecámara vacía aún, que posteriormente y ante la mirada de la concurrencia, fue lentamente ocupada con el mobiliario, la estatuaria, un carruaje y el resto de los objetos que formaban parte de la vida cotidiana, indispensables para la vida de ultratumba.

A pesar de lo execrable que pudo haber sido aquel desconocido personaje según Uben, no podía evitar sentir que nosotros éramos más inmorales y viles que él mismo, al invadir un lugar de descanso eterno, dedicado al reposo del

alma, como hienas asechando para caer sobre la carroña, rondando como buitres sobre los restos aún calientes de la víctima.

No podía resultar más repulsivo, el pensar en la bajeza del acto que estábamos decididos a cometer, aunque fuese por un fin noble, transgrediendo un tabú milenario.

Pero los fantasmas de la conciencia no constituían los únicos elementos que atormentaban mi mente de adolescente-niño, a punto de perpetrar un acto reprobado y condenado. "Heka", La Magia, también protectora del mundo de ultratumba, ha entretejido toda una trama de intrincados recursos, con el objeto de preservar la morada eterna de la acción depredadora de los asaltantes de cementerios. Los innumerables medios creados por los custodios del mas allá, míticos entes sobrenaturales, que son invocados por los sacerdotes a través de himnos y plegarias, concurren a dar protección al difunto durante el responso final. A la luz de las antorchas que dominaban la entrada del sepulcro, ante la mirada respetuosa y expectante de la concurrencia que esperaba las palabras del sacerdote oficiante, sólo se escuchaba el viento soplando entre los riscos, atravesando el silencio del ocaso en la mortal quietud de la necrópolis. La voz grave y sonora del clérigo, resonó como un trueno, haciendo eco en las paredes rocosas que rodeaban el lugar.

----¡Amado Asar, Señor y Juez del Am-Duat, da lugar a tu hijo Kàaper recientemente llamado a tu presencia, para que comparta la bienaventuranza de aquellos que han amado al padre de los Dioses, Amón-Ra, rindiendo sacrificios en el templo de Waset, y viviendo una existencia terrenal apegada a los dictados de Màat, Diosa a la que ha servido con abnegación, desde su cargo en la administración del Sepat.---- Uben se retorcía por dentro al oír tantas mentiras.

----¡Asar Señor y Juez del Am-Duat, lleva a tu hijo Kàaper a los campos de A’aru, recompensándolo por haber sido un hombre justo entre los justos. Proporciona reposo a su Ka en el lago de las flores, y que su Ba, viaje unido a la barca celestial de Amón-Ra, al abrigo de los demonios de la oscuridad.----

La plegaria por la suerte del Ka del difunto, se prolongó un tiempo más, en tanto que uno por uno los presentes iban depositando sus ofrendas.

Posteriormente entregaron los adobes a los sacerdotes que simbólicamente ocluían la puerta de la tumba, para cumplir el acto de cerrar el sepulcro. La verdadera clausura de la tumba, la harían al día siguiente los obreros albañiles de la necrópolis, de modo que nadie interrumpiera el sueño de Kàaper, por toda la eternidad. Pero la eternidad, duraría muy poco para él.

Crispado y temeroso, escuché las sentencias contra los seres que osasen perturbar el descanso del difunto.

Conjuros contra los parásitos para que no destruyeran el cuerpo, ahuyentando a serpientes y ratas para que no devoraran su alimento, contra los insectos para que no deterioraran el valioso mobiliario de Kàaper, etc.

Cuando se refirió a los ladrones de tumbas expresó:

¡Y la maldición a los que profanen este recinto sagrado, caerá con peste, dolor y muerte!. ¡Sobre los que se aventuren a invadir este lugar prohibido, brotarán de sus pieles, pústulas sanguinolentas, que ardiendo como fuego, la quemarán devorándola. Ampollas reventando de gusanos, perforaran sus ojos para cegar su visión. Sanguijuelas sedientas, gestarán en sus oídos para alimentarse de la sangre de su cerebro. Hambrientas cucarachas, penetrarán por sus labios para comerse sus lenguas, hasta ingresar en las entrañas y engullir el corazón maldito del profanador. Su carne se pudrirá, sus órganos se convertirán en excrementos, sus huesos consumidos por las hormigas desaparecerán en la arena, como polvo en el polvo y su alma atormentada por el devorador Amemait, suplicará la aniquilación final, angustiada por sufrimientos y torturas.

Se me hizo un nudo en la garganta, se secó mi boca y un escalofrío intenso erizó mi piel, punzando mi estómago, en una sensación de náuseas por el espantoso cuadro que nos esperaba.

---- No te asustes Shed.---- dijo Uben, que debe haber percibido mi estado de nerviosismo, quedándome paralizado de miedo. ---- Es sólo una fórmula tradicional recitada para cada entierro con alguna variación y agregado. Los amuletos, objetos mágicos, oraciones elaboradas, estatuas y ritos de protección, son parte de un modelo ceremonial mucho más imaginario que real.

Mientras el sacerdote seguía recitando hechizos, anatemas, sentencias y maldiciones contra los saqueadores, miré a Uben asombrado y molesto por su actitud de incredulidad a los castigos que podrían esperarnos.

----¿ Acaso piensas que todo esto es una farsa para asustar a la gente y que no existen recompensas y castigos, como si el bien y el mal fuesen la misma cosa?.---- Pregunté en tono de reproche.

---- Eres demasiado joven para entender mi punto de vista y extremadamente ingenuo para comprender lo que yo he sufrido en esta vida.

No existe amenaza que pueda preocuparme de una próxima existencia, o de la aniquilación de mi alma. No hay peor castigo que ver a tu padre suicidarse y a tu madre, morir en un lecho totalmente desquiciada, sin reconocer a sus propios hijos, quedando huérfano, sin hogar, ni alimento. ¡Nadie puede amedrentarme con padecimientos sobrenaturales, para disuadirme de tomar lo que legítimamente me pertenece!.

Nadie me hará temer sufrimientos y angustias, por los que ya tuve que pasar sin tener culpa, a causa de esa bestia inhumana de Kàaper. ---- dijo exaltado.

Tuve miedo de que lo hubiesen escuchado, pero estábamos demasiado lejos y la estruendosa voz del sacerdote, todavía resonaba en el final de la plegaria. Presentí que su intención de penetrar en la tumba iba mucho más allá de la mera intención del robo. Existía en él, un ansia de venganza, un resentimiento profundo, que le quemaba por dentro y que no se apagaría por el solo hecho de conseguir una mejor vida para él y sus hermanos. Uben había perdido el temor de Dios, el miedo al dolor físico, al tormento mental y a la aniquilación espiritual. Su odio por aquel hombre no había desaparecido con su muerte, por el contrario había aumentado.

Nadie más dijo nada. Todo estaba muy claro y ninguno se atrevió a cuestionarlo. Uben estaba poseído por un espíritu de destrucción que no descansaría hasta cumplir su objetivo, y lo que resultaba peor, se hacía sumamente peligroso interferir con sus planes o tratar de convencerlo de desistir en sus intenciones. La obsesión, podría desencadenar su cólera si tratábamos de abandonarlo en aquel momento, en que se veía tan cerca de cumplir su meta. Habíamos visto la espada y el puñal que llevaba, y estoy seguro de que, de haberlo abandonado en ese momento, los hubiese empleado para obligarnos.

Estaba dispuesto a todo. Enajenado, su corazón estaba cegado por una pasión impetuosa. Temí que un ente maléfico se hubiese apoderado de su voluntad, y que se volviese también en contra nuestra.

Se fueron retirando de la necrópolis los participantes en la ceremonia, como así también los oficiantes y asistentes, para quedar solamente los guardias como únicos custodios del sepulcro. Pacientemente, aguardamos a que el guardia cómplice de Uben quedara solo, para poder acercarnos en la oscuridad a la tumba y comenzar nuestra tarea.

Bajamos desde el escondrijo poco después de la medianoche, a través de los senderos abruptos hacia la zona del cementerio más alejada del puesto de guardia.

Escondidos detrás de una tumba cercana a la de Kàaper, esperamos la señal de Uben. Junto a la entrada del sepulcro del signatario, encendió una lámpara y la movió de arriba a abajo dos veces, para que avanzáramos hacia allí.

----¡Apresúrense! Despejemos los ladrillos para ingresar en la antecámara.---- dijo visiblemente excitado.

Mientras el guardia observaba que ninguno de sus compañeros se aproximara, desarrollábamos una frenética actividad abriendo en la puerta, una brecha lo suficientemente amplia para permitirnos entrar y salir con comodidad.

---- Busquen objetos de oro, plata, bronce y piedras preciosas. Yo abriré entretanto la cámara de las joyas y luego la cámara de funeraria. ----dijo Uben, mientras repartía lámparas para cada uno de nosotros.----Si escuchan el sonido del búho tres veces, es el guardia que nos avisa que alguien se aproxima.---- hizo una pausa----. Por último, antes de entrar, nos encomendaremos a la Diosa Nehem-Auit, señoras de los despojados, para que nos proteja de la maldición.---- dijo sacando de su bolsa, una imagen en madera de la divinidad. Se arrodilló, besando la estatuilla de una diosa femenina, llevando un sistro dorado.

----"Amada madre de los desamparados, cobíjanos bajo tu manto y albérganos en tu seno, para que no seamos alcanzados por la maldición y se haga justicia contra el traidor que embargó de tragedia a mi familia".----

Volvió a besar la imagen y la colocó en la puerta, mirando hacia el interior de la tumba.

Al trasponer el escalón que daba acceso a la antecámara, se hizo más penetrante el aroma del Senetjer sagrado, mezclado con alguna otra sustancia que no alcancé a reconocer y que al inhalarlo, provocaba una sensación entre mareo y sueño, que me desconcertó.

El tamaño del lugar era de unos ocho codos de ancho por trece o catorce de largo, aunque la falta de luz hacía más difícil el cálculo.

Me moví despacio entre los objetos instalados de manera algo desordenada, pasando por encima de varias guirnaldas y ramos de flores, de loto, amapolas, violetas y margaritas, ramos de olivo, vid y ramilletes de flores silvestres, depositadas en el suelo.

Las pinturas murales, de sencillo colorido y de regular terminación, que parecían haber sido trabajadas de apuro, mostraban escenas en que se veía al difunto, desempeñando sus tareas bajo las órdenes de un funcionario superior que posiblemente fuera el Heritepa’a, es decir, el gobernador del Sepat.

A medida que permanecía más tiempo en el interior, el ambiente impregnado del humo del incensario comenzó a ofuscarme. Percibía un estado de somnolencia repentino, que me hizo sentir torpe y pesado. Comenzó a inquietarme seriamente cuando vi ondular el contorno de los objetos que observaba. Cerré mis ojos, los restregué y volví a abrirlos para seguir buscando.

Había sillas de mimbre, una cama de cedro, taburetes de madera barata, un carro de paseo desarmado, arneses, arreos y riendas, junto con dos caballos pequeños de madera, de magnífica talla, de un codo de altura aproximadamente. Di un respingo cuando uno de ellos movió la cabeza hacia mi lado para mirarme y levantó una de las patas delanteras. ¿ Qué me ocurre? pensé, ¿Cómo pudo moverse?. No, no puede ser. Volví a mirarla fijamente pero nada ocurrió. Debía ser solo mi imaginación provocándome alucinaciones, jugando con mi mente asustada.

Un cofre que encontré dentro de un armario, contenía un equipo de escriba con los vasos para el agua y un mortero para moler los pigmentos, pinceles y la paleta, todo en oro y plata de gran valor, que debe haber sido fabricado a pedido del propio difunto, para su ajuar funerario. Guardé todo eso en el saco. A su derecha encontré una caja entretejida con estrechas cintas hechas de hojas de palmera pintada en colores amarillos, diversos tonos de ocre y azul claro, conteniendo en su interior efectos personales del muerto como navajas de rasurar, peines de asta y marfil, una costosa peluca y varios frascos, unos de cerámica y otros de alabastro conteniendo perfumes, aceites y ungüentos.

Mientras los demás seguían con lo suyo, descubrí un incensario a mis pies, de donde provenía el Senetjer, aun consumiéndose en el recipiente. La emanación llegando directamente a mis fosas nasales volvió a saturarme con el humo embriagante que me dejó aún más confundido, hasta sentir que me desvanecía pero pude mantenerme en pie, aunque tiré la lámpara sobre la mesa que tenía los candelabros y para mi suerte sólo un poco se derramó y el pabilo no se apagó. La tomé nuevamente vacilante, y aún más mareado que antes, me aproximé a la pared que se veía recientemente terminada, correspondiendo a la puerta que comunicaba con la cámara el sepulcro. Traté de recomponerme, pero todo se veía difuso y extraño.

Entonces, choque con algo a la altura de mis rodillas que me hizo trastabillar y caer delante de una estatua de Anup, el Dios chacal, que custodiaba la entrada a la cámara del sepulcro. Me quise reincorporar, y ante el resplandor de la lámpara, observé horrorizado al animal mostrando sus dientes en un gruñido feroz y listo para saltar sobre mí, con sus fauces abiertas y su aliento fétido buscando mi garganta. Mi grito, ahogado por mi propio brazo, cubriéndome el rostro ante el terror de ser atacado por la bestia, sorprendió a todos, que acudieron a mí para socorrerme sin entender lo que ocurría.

-----¿Qué te ocurre Shed?!. ---- preguntó Hep.

---- ¡¿Porqué gritaste?!. ¡¿Acaso quieres que nos descubran?!.---- dijo Paser enojado.

-----¡El chacal, el chacal iba a atacarme!.-------- dije todavía asustado, sintiendo mis propias palabras, retumbar en mis oídos como lejanas.

---- Seguramente has estado inhalando demasiado el humo del incensario. Esta mezcla produce alucinaciones y se utiliza para la comunicación sobrenatural con el más allá. Provoca visiones, que confunden la mente y dan vida a los seres inanimados. Fui un estúpido al no prevenirte. Espero que no te hallan

escuchado los guardias de la casilla.---- dijo Uben saliendo hacia la puerta exterior de la tumba, para ver si mi grito había alertado a los otros guardias.

---- Es sólo una estatua, Shed. Cálmate, no ocurre nada. ---- dijo Hep.

Todo había sido mi imaginación alimentada por las emanaciones del incensario, pero de todas formas, no era el único que percibía cosas extrañas.

----- No quise decirles nada para que no me creyeran un cobarde, pero escuché sonidos y voces, cuando me acerqué a la pared que da a la cámara del tesoro.----- dijo Ahmer.

----- No puede ser. Tenemos la protección de Nehem Auit y sólo hemos tomado objetos menores. Es el efecto del incienso.----- dijo Hep, que sin embargo se veía un tanto nervioso. Ahmer no quiso que continuásemos, hasta tanto no volviese Paser, que había acompañado a Uben hasta la entrada. Ambos regresaron en unos instantes.

----- Todo está bien. Prosigamos; ya casi abro la pared de la cámara del tesoro.---- dijo Uben.---- Pronto sacaremos lo que hay allí y luego abriré la cámara funeraria.---

-----¿No es suficiente con lo que encontremos en la cámara del tesoro?.----- Preguntó Ahmer.

---- ¡No!. ¡Debemos entrar en la cámara del sepulcro!.---- respondió alterado, y antes que pudiéramos decir nada para oponernos, nos ordenó a seguir buscando.

----¡Vamos, estamos perdiendo tiempo!.---- terminó diciendo, dirigiéndose nuevamente con su mazo y el escoplo a derribar el muro.

Con un ímpetu sobrehumano, lo vimos trabajar, hasta dejar abierto un espacio suficiente para ingresar cómodamente al cuarto y luego poder sacar lo que hubiese de valor.

----¡Muévanse!. Terminen de revisar la antecámara.---- dijo tomando su lámpara e ingresando a la que acababa de abrir. El espacio interior era reducido, sin embargo tenía un tamaño suficiente para guardar varios cofres, un arcón, y baúles. Desde donde me encontraba, vi un armario conteniendo atuendos oficiales del trabajo de escriba y ropas comunes, camisas, túnicas, faldellines, taparrabos y una estantería de varios niveles con ofrendas alimenticias.

Miré de soslayo a Uben, revisando el contenido de las cajas que una a una destapaba forzando los sellos de seguridad, encontrando pectorales, pulseras, colgantes, anillos, gruesos brazaletes, sandalias con aplicaciones en piedras, dagas, varios jarros, etcétera, fabricados en oro, plata, cobre, con incrustaciones en turquesa, cornerina, ágata, lapislázuli y fayenza, cristal de roca y aplicaciones en marfil, ébano, alabastro y otras tantas, dignas de un príncipe, no de un simple escriba asistente del gobernador.

La riqueza de esos cofres no podría haber sido conseguida de una manera honrada, pues ni el gobernador mismo era capaz de acumular tanto.

Podía jurar como él mismo Uben, que aquella fortuna no fue ganada con medios honestos y nadie mejor que él, sabía que eso era verdad. Ya no podía tener dudas acerca de la culpabilidad de aquel hombre y la inocencia de su padre, pues éstas eran pruebas fehacientes de la responsabilidad de Ka’aper en el robo.

Observé a Uben meditativo y con los ojos llenos de lágrimas. Luego tomó la barra con que había abierto los cofres y teniendo frente a sí los vasos sagrados de alabastro conteniendo las vísceras de Ka’aper, los destrozó a golpes, sobresaltando a los otros que no habían visto lo que yo presencié. Llorando y gimiendo, Uben derramó el líquido conservador del interior de los vasos con sus tapas esculpidas, esparciendo los intestinos, pulmones, hígado y estómago del difunto, por el piso del lugar. El suelo parecía un lugar de sacrificio, con los órganos diseminados por doquier, en una escena que me recordó el mito de Asar, cuando Sutej arranca las vísceras al Dios de los muertos y arroja cada parte tan lejos como su odio era capaz, pero por el contrario en este caso era como si Uben blandiendo el arma de Hor esparciera los restos de Sutej vengando a su padre muerto.

---- ¿Por qué...?---- Iba a preguntar Ahmer cuándo lo tomé del hombro y lo alejé de la puerta.

---- No hay ninguna duda acerca de los delitos de este hombre. Tiene un tesoro más grande que el del gobernador de Mennufer. Uben está descargando su dolor reprimido durante tanto tiempo, ahora que está seguro de la inocencia de su padre.------ le expliqué, en tanto escuchaban Hep y Paser, que se habían acercado a nosotros.

---- Vamos recogiendo lo más valioso que encontremos.---- les dije a mis amigos.

Como poseído, Uben se abrió paso entre nosotros y sosteniendo un gran mazo, golpeó la pared que separaba la antecámara de la cámara funeraria, con una fuerza que hizo saltar grandes trozos de mampostería, movilizando los adobes que pronto cedieron. Me sentí profundamente consustanciado con la situación de Uben y sus sentimientos.

Ahora, más que nunca, me daba cuenta que ni siquiera le importaba seguir siendo pobre, y que el motivo del ingreso a la tumba, no era la riqueza que guardaba, sino la duda en su corazón de, si su padre era inocente o no, quizás por haberse suicidado, sin siquiera contar a su familia sobre la trampa en la que había caído, a manos de un hombre al que creía un buen amigo.

A su alma acongojada y doliente por la desgracia, se agregaba el martirio de no conocer la verdad y tener que descubrirla paso a paso hasta la comprobación final al saquear la tumba de Ka’aper, que anulaba en su propio corazón las sospechas que aún podría haber tenido contra su padre.

Sabía plenamente que se proponía Uben en la cámara funeraria y aunque era un sacrilegio espantoso, no podía culparlo por llevarlo a cabo, pues sin importar las consecuencias, en su lugar yo hubiese hecho lo mismo.

Penetró en la cámara del sepulcro, aún más sofocante y opresivo el aire en su interior. Con su cuerpo bañado en sudor, llevó la lámpara y tocó el sarcófago como si fuese el verdadero tesoro. Nos hizo señas para que ingresáramos y nos entregó una de esas barras de bronce a cada uno de nosotros para ayudarlo a levantar la tapa de diorita negra del sarcófago. La antropomórfica cubierta, se movió lentamente a pesar de nuestros esfuerzos conjuntos para desplazarla por fuera del sarcófago. Finalmente, se movió lo suficiente para caer pesadamente, rompiendo las placas de caliza que formaba el suelo de la cámara. Un ataúd también de forma humana en madera pintada en dorado, verde y negro con aplicaciones en lapislázuli de un azul intenso, cornerina, serpentina, turquesa y amatista, se encontraba en su interior, el cual descubrimos luego de destapar los lienzos que lo velaban.

Con los mismos elementos, hicimos palanca sobre la tapa del ataúd que apenas sobresalía del nivel del sarcófago.

Las púas como puñales, que del borde de la cubierta se introducían profundamente en el espesor del ataúd, fueron apareciendo y con ello se elevó la tapa hasta darnos suficiente espacio para meter nuestras manos y terminar de levantarla, aún con cierta dificultad.

Dejamos la cubierta a un costado y levantamos las lámparas para observar en el interior del ataúd. Una ráfaga de aire frío penetró sorpresivamente en la tumba, apagando los pabilos y llenando de arena su interior. Una presencia sobrenatural invisible, a la vez que intensamente fuerte y sustancial, invadió el lugar con una poderosa energía, tan perceptible como el calor de los rayos de Ra.

Como un gato asustado por un can, se erizaron todos y cada uno de los pelos de mi cuerpo en un estremecimiento en que sentí tensados mis músculos hasta una parálisis total. Aquel ente extraño e impetuoso, nos rodeó en una vorágine de polvo, cegando nuestra visión y ahogando nuestra respiración. En total oscuridad y aterrorizados, tratamos de escapar de allí.

Inhalamos la emanación surgida del interior del féretro, parecida a la del fruto de la mandrágora combinada con alguna esencia desconocida que no supe precisar y que aparte de descomponer mi estómago con su olor nauseabundo, me ocasionó una sensación de borrachera sumamente desagradable hasta provocarme nuevos mareos y vómito.

En medio de la oscuridad, observé un resplandor acercándose a nosotros. Mi corazón golpeaba el pecho y en cada acceso de náuseas, parecía que expulsaría las vísceras por mi boca.

El dolor de cabeza y la congestión en mi rostro era insoportable, me sentí tan mal que si la luz que se aproximaba era el propio Dios chacal, no hubiese hecho nada para escapar. En la oquedad de la pared que daba a la antecámara, apareció una figura humana, con una antorcha en la mano y tapándose la nariz para evitar respirar el aire de la cámara. También visiblemente afectado, vi a Uben levantarse hacia el hombre con la antorcha, acercando su lámpara para encender la mecha y supuse que se trataba del guardia cómplice que ingresó para ver que ocurría.

Como una imagen sin sentido, en una visión nebulosa e irreal y la sensación de estar inmersos en una pesadilla, observamos caer la cabeza de aquel sujeto al suelo, mientras que la mano que antes tapaba la nariz, era bañada por espasmódico chorros de sangre brotando del cuello seccionado. Uben dio un salto hacia atrás, aterrorizado. Estupefactos, vimos derrumbarse el cuerpo decapitado con estremecimientos convulsivos hasta golpear el suelo, manchando de rojo la base del sarcófago de piedra.

Un estruendo ensordecedor y escalofriante, resonó por encima de nuestras cabezas, como si la colina en la que fue excavada la tumba estuviese por precipitarse sobre nosotros, que instintivamente nos cubrimos la cabeza. Pequeños trozos de roca se desprendieron del techo, percibiendo al mismo tiempo un temblor cuando miré el piso ondular bajo mi cuerpo.

Cuando levanté la vista nuevamente, divisé a Uben, lámpara en mano, tocando la pared. Al principio no entendí que hacía pero pronto me di cuenta que el hueco de salida en la pared, había desaparecido y que la cámara, antes rectangular, se había transformado en un cilindro sin ángulos, cuya pared curva nos envolvía.

Me paré, tratando de recobrar el equilibrio y cerrando mis fosas nasales con los dedos, dirigí la vista hacia el ataúd, notando que salía del mismo un brillo azulino. En un primer momento, me resultó difícil interpretar la forma del objeto que se hallaba sobre la mortaja, hasta que me di cuenta que era un Jepror, un amuleto en forma de escarabajo del tamaño de un puño, de oro y lapislázuli, que sobre el pecho del cadáver estaba emitiendo aquella luz fantasmal. Mientras los demás seguían buscando una salida, discutiendo por el dominio de la antorcha, contemplé azorado que la luz iba ganando intensidad en rítmicos pulsos, tornando su color a un azul intenso, luego violeta y después morado.

----¡Miren!--- les grité, sin despegar los ojos del objeto. Se dieron vuelta hacia el sarcófago.

-----¡Por Amón!---- dijo Hep alelado. Creí que lo decía por la luz, pero fue porque al mirar al suelo vimos el cadáver del guardia y su cabeza a un lado, invadidos por una masa de grandes gusanos, consumiéndolos y transformándose en crisálidas para terminar la metamorfosis en mariposas negras, que echando a volar por miles, llenaron el aire entorpeciéndonos la visión y dificultándonos la respiración.

Mientras tratábamos de quitarnos las mariposas de encima, el amuleto Jepror se había convertido en un corazón rojo sangre, bañando el sitio con su enceguecedora luz. No podíamos creer lo que veíamos, espantados ante el poder de una transformación semejante, cuando observamos los animales pintados en las paredes del sarcófago, tomar volumen y adquirir movimiento hasta convertirse en seres vivos. Comenzaron a aparecer serpientes, hienas, leones y cocodrilos que surgían de los paisajes plasmados, como las marismas, los pantanos y el desierto brotando con una animación y realismo aterrador. Atacándose entre ellos con una ferocidad bestial, avanzaban en todas direcciones ocupando la cámara, que para aquel momento parecía un gran salón de juicio, con un gran tribunal enfrente nuestro, de magistrados cuyos rostros no se veían, pero si sus iris, que brillaban como gigantescos ojos de cobra escrutándonos desde sus asientos, en un estrado en el que aguardaban presenciar, lo que parecía nuestra ejecución.

Arrinconados contra el muro y sin entrever una salida posible, mientras los animales se acercaban cada vez más, Uben tomó la antorcha todavía asida por la huesuda mano del cadáver del guardia, consumida su carne casi en su totalidad por la voracidad de los gusanos.

----¡Debemos destruir la momia de Ka’aper y romper el amuleto que insufló vida a las imágenes del sarcófago, de lo contrario moriremos!---- gritó Uben.

-----¡Quítale la espada!---- le dijo Uben a Paser, refiriéndose a la que portaba el guardia muerto. Él había dejado la suya en la antecámara.---- Envuelvan sus ropas a manera de antorcha en las barretas y síganme.---- nos dijo, en medio del escándalo que producían las bestias, abalanzándose unas contra otras.

Embebimos las antorchas en el aceite de las lámparas y luego de encenderlas, seguimos a Uben, manteniendo a los animales alejados de nosotros, protegiéndonos con el fuego.

Cientos de serpientes, reptaban por todo el lugar, sobre todo alrededor del sarcófago, como custodiándolo.

Con Uben al frente, blandiendo la espada jepesh, nos acercamos a la fuente de luz roja, quemando las sierpes que se interponían a nuestro avance.

El amuleto Jepror, había aumentado enormemente su tamaño y podía verse que también había cambiado de forma, pero oculto en el interior del ataúd sólo veíamos su parte superior. Surgido de la nada y antes que pudiésemos verlo, escuchamos el furibundo gruñido amenazador del gigantesco lobo carmesí, que parado con sus dos patas delanteras sobre el borde del ataúd, como una

manifestación del Dios lobo Wepwawet, se disponía a lanzarse sobre nosotros al menor intento de dañar la momia de Ka’aper, mostrando sus poderosos colmillos y derramando por sus fauces abiertas, espumosa saliva, y aturdiéndonos con cada estruendoso ladrido, mientras nos seguía con sus ojos inyectados de sangre en señal de furiosa excitación. El animal se veía como un servidor del maléfico Sutej.

En un movimiento reflejo de protección, Paser interpuso su antorcha entre él y la bestia, quemando el hocico del monstruo que aulló, aprovechando Uben para atacarlo, pero el movimiento no fue bueno y el animal clavó los colmillos en su brazo, haciéndolo gritar de dolor tras lo cual dejó caer la espada. Increíblemente rápido en su reacción y con el lobo destrozando el brazo de Uben, Paser alzó la espada y la hundió profundamente en el pescuezo de la bestia, que soltó a Uben, emitiendo un rugido como de león, rápidamente ahogado por la sangre que mandaba como una vertiente desde su garganta. El lobo herido se volvió hacia Paser, en el momento en que Ahmer volvió a quemarlo con la antorcha, encendiéndose su cuerpo y provocando un espantoso olor a carne, sangre y pelo quemado de la bestia que se debatía entre desesperados estertores.

El fuego se propagó en las vendas de la momia, hacia los pies del ataúd. Ya sin vida, el cuerpo calcinado cayó al suelo sobre las serpientes, del otro lado del sarcófago, mientras ayudábamos a Uben.

----¡Abre la mortaja!---- dijo Uben haciendo un gran esfuerzo por soportar el dolor que le ocasionaban sus heridas.

---- Pero debemos vendar tu brazo.---- dijo Paser preocupado por su profuso sangrado.

----¡Ábrela o moriremos todos!---- repitió Uben nervioso.

Como si fuera un gigantesco capullo protegiendo un misterioso ser oculto, las vendas comenzaron a desgarrarse por la enorme presión interna proveniente de la criatura gestada en su interior.

Inmóvil de pánico, Paser se quedó mirando el lino deshilacharse rápidamente.

Las vendas se cortaron a la altura del pecho y el cuello, hasta que finalmente asomó el hocico descomunal y puntiagudo del ente que pugnaba por salir.

Con el brazo sano, Uben robó la espada de la mano de Paser que había quedado hechizado por la imagen de aquel engendro, mitad humano mitad chacal, que emergía entre las vendas.

----¡Hep, yo no puedo hacerlo!.---- gritó Uben, observando el peludo brazo de la criatura, asiendo el borde del féretro, mientras todos mirábamos paralizados.---- ¡No debe salir de allí!---- gritó Uben para hacernos reaccionar.

Hep despertó de su letargo y tomando la espada Jepesh con ambas manos y toda la fuerza de sus brazos tensos de excitación, la clavó a la altura del corazón, haciendo crujir las costillas fracturadas al choque con el metal, hasta clavarla en la madera del fondo del ataúd.

Los lastimeros gemidos del monstruo, retumbaron como truenos en la tempestad desencadenada. Como una tormenta desatada en pleno desierto, un terrible torbellino de arena, lluvia y viento, se abatió sobre el sepulcro, arrastrándonos hacia un abismo en el espacio, sin lugar, sin tiempo, hasta hacernos perder el conocimiento.

Desperté sobresaltado cuando Ahmer me tocó el brazo.

----¡Shed, despierta debemos irnos!----.

Estaba tendido en el lugar en donde antes se retorcían las serpientes, pero en ese momento no había nada.

Me levanté creyendo que todo había sido un sueño por efecto de las sustancias alucinógenas de la tumba. Atontado pero consciente, miré a mi alrededor. Todo se veía normal. La cámara, la entrada, el lugar estaba igual que cuando destapamos el ataúd. No había animales, rastros de fuego, ni cadáveres, pero la espada estaba clavada en la momia sobre la mortaja intacta.

Todo había parecido tan real, que me negaba a aceptar que fuera sólo producto de mi imaginación, exacerbada por efecto de las sustancias mágicas que trastornaron mi mente y confundieron mis sentidos.

Aún percibía cierta palpitación, producto de todo aquello que me resultó tan vívido.

Tratando de despabilarme, sacudí mi cabeza y junté los objetos que traía.

-----¡Vamos Shed, apúrate, debemos abandonar el lugar. Nos esperan afuera.---- me dijo Ahmer, urgido y visiblemente nervioso.

En aquel momento tomé conciencia de que quizás estuvimos demasiado tiempo y que estaría pronto a amanecer. Hubiese sido fatal que nos descubrieran. Al llegar a la antecámara apagué el pabilo de mi lámpara y salí de la tumba parar reunirme con los demás.

Mis amigos se encontraban a un costado escondidos y del otro lado, el custodio cómplice, cuidando de que no se acercaran otros guardias. La oscuridad de la noche no anunciaba aún el alba.

Se aproximaron al guardia y algo hablaron acerca del botín, para luego dirigirse hacia el sector alejado de las tumbas que llevaba al límite de la necrópolis colindando con las formaciones rocosas.

---- Ayúdame a ubicar los adobes como estaban cuando llegamos. Debemos hacerlo rápido. No debemos perder más tiempo. ---- me dijo Paser que se había quedado conmigo.

Me limité a ubicar los bloques de barros sin decir nada. Yo también quería salir de allí lo más pronto posible.

Completamos la cobertura de la entrada y tomamos las cosas siguiendo a los otros que ya habían iniciado el camino de regreso para abandonar el cementerio.

Trepamos como cabras salvajes los senderos agrestes, para salir de allí con los sacos cargados de objetos valiosos.

---- Cuando estábamos en la cámara del sepulcro, soñé que seres fantásticos surgían de la tumba y nos atacaban, de seguro, debido a esas sustancias que emanaban de ella.---- dije a Paser cuando, ya lejos de la necrópolis en camino al escondite, le comenté mis alucinaciones.

---- No fue un sueño Shed, todo fue real y estuvimos a punto de morir.---- dijo seriamente Paser, con voz todavía temblorosa.

---- No puede ser, todo estaba normal. Sólo fue nuestra imaginación que nos hizo ver extrañas criaturas inexistentes ...---- me interrumpió Paser.

---- ¿Te refieres a que no había ningún lobo, serpientes, cocodrilos y el guardia está vivo?.---- preguntó.

Me quedé mirándolo sorprendido.

---- ¿Cómo pudimos haber soñado lo mismo?---- pregunté extrañado.

---- Porque no fue un sueño, Shed. Uben está malherido por la terrible mordida del lobo que lo atacó en la tumba.

Me dejó sin habla. Después de todo, la espeluznante pesadilla no había sido tal; en verdad había ocurrido y de solo pensarlo volví a estremecerme.

----- Hep y Ahmer lo llevaron a la guarida en donde podamos curarle las heridas y ayudarlo hasta que se recupere. También esconderemos allí los objetos que hemos robado hasta que Uben pueda llevarlos.---- dijo Paser.---- Entre todos podemos turnarnos para cuidarlo y llevarle comida.----.

----- Si por supuesto, no lo dejaremos solo.---- respondí.

Aquella mañana, todos regresamos a casa menos Paser, que se quedó acompañando a Uben y nos turnamos para atenderlo en los días que siguieron.

Preocupados por la posibilidad de que se hubiese sabido del saqueo, Paser nos informó que tanto el guardián de necrópolis, como los obreros encargados de cerrar la tumba, habían recibido su parte del trato y mantuvieron silencio como se esperaba. Todos guardamos el secreto de aquella trágica noche que permaneció en mis sueños durante mucho tiempo.

Nadie, salvo los implicados, se enteró de lo ocurrido y nunca más se trató el tema, que no pocas culpas y remordimientos nos trajo aparejados.

Particularmente, creo que la maldición contra los saqueadores es real y que en nuestro caso se cumplió en gran medida.

Uben, no sobrevivió a las graves heridas infligidas por la bestial aparición, que lo mantuvieron inconsciente desde la salida de la tumba hasta su muerte en la guarida. Una fiebre altísima lo consumió en menos de cinco días entre delirios y alucinaciones relacionadas con el incidente. Sepultamos su cuerpo en el desierto cercano, sin posibilidad de brindarle una verdadera inhumación cumpliendo con todos los ritos de embalsamamiento, como hubiese sido nuestro deseo y el tesoro, fue enterrado junto a él hasta que sus hermanos crecieran y pudiesen extraerlo del lugar.

No sé que trato recibiremos en el día de nuestro juicio cuando lleguemos ante la presencia de Asar, por esta grave falta al descanso de los habitantes del mundo de ultratumba, pero si de algo estoy seguro, es de que parte del castigo los recibimos en vida, pues ninguno de los partícipes en aquel hecho, se vio librado de angustias y sufrimientos en su existencia. Lo que siempre me he preguntado durante todos estos años es, si los entes protectores de aquella tumba, eran servidores de Asar o secuaces del maléfico Sutej. Pero creo que nunca conoceré la respuesta.

CAPITULO 4

"Merneit y la furia del Dios Geb."

Después de que pasaron varios meses desde aquella aciaga noche en la necrópolis, comenzamos a salir nuevamente a pescar y a cazar como lo habíamos hecho siempre, resultando una buena forma de distraernos y olvidar esos trágicos acontecimientos. Habíamos planeado ir con Paser a visitar a Ahmer, para salir a pescar en el barco de su padre. Aquel día, Hep no fue con nosotros, ocupado en uno de sus amoríos.

Cuando llegamos a la aldea de los pescadores, Ahmer y su padre, ya habían terminado con su faena de la tarde, de modo que nos estaba esperando para zarpar con rumbo hacia nuestro lugar preferido. Ahmer, al lado de su padre, se había convertido en un experto pescador y navegaba el pequeño barco con gran seguridad. Sin perder tiempo, salimos en la nave llevada por la corriente suavemente hacia el norte, buscando la ensenada de los cocodrilos, una región en la que se ensanchaba el brazo occidental del Hep-ur nuestro río sagrado y formaba una lengua de agua que entraba en la costa, en donde habitaba una gran población de cocodrilos e hipopótamos y además colonias de Ibises, garzas, grullas, patos y gansos. La vegetación era muy abundante, con innumerables lirios de agua que tapizaban la superficie y una rica variedad de plantas en la costa, entre las cuales se encontraban papiros y juncos.

Servía de abrevadero tanto a los animales salvajes entre cuyas especies se encontraban las gacelas, los antílopes, los impalas, como así también a los rebaños domesticados por el hombre, entre ellos, cabras, ovejas y vacas.

También se encontraban en los alrededores hienas y perros salvajes, y de vez en cuando, algún grupo de leones siguiendo alguna manada de íbices.

Maravillados por el paisaje, tirábamos las redes en busca de percas o anguilas, que eran las variedades que más abundaban, mientras el disco de Ra, caía lentamente sobre las colinas y las dunas del desierto hacia el oeste del Hep-ur. Parado cerca de la proa de la pequeña embarcación, con su rostro regordete enmarcado por un oscuro y enmarañado cabello, Ahmer, recogía las redes, mientras sus facciones bonachonas eran iluminadas por la purpúrea luz del atardecer, filtrada entre las nubes del horizonte occidental.

----- Siempre seré pescador, porque es el mejor trabajo que los dioses pueden conceder a un hombre. Aquí tiene todo lo que necesita; alimento, agua, los cálidos destellos de Ra sobre la piel y el viento sobre tus velas. Con sólo arrojar estas redes en el Hep-ur, las llenas de peces sin esfuerzo y sin fatiga, y cuando vuelves a casa al anochecer, te espera una mujer con el pan caliente y una jarra de cerveza en tu mesa.---- dijo Ahmer como inspirado.

Nos reímos con Paser ante la mirada extrañada de Ahmer.

----¿Qué dije de gracioso mis jocosos amigos?.---- preguntó en tono de reproche, recogiendo las redes.

----- No lo tomes a mal Ahmer,---- dije tentado de risa---- pero esas palabras parecen robadas a tu padre o es que ¿realmente hay alguna muchacha que te espera al final de la jornada.?---- pregunté.

---- Pues claro que sí, pero es un secreto.---- dijo con aire de fingida modestia.

--- Sabes que somos tus amigos y que no revelaríamos tu secreto, o es sólo un

embuste para impresionarnos.---- dijo Paser con sonrisa inquisidora.

---- No, les aseguro que es verdad, pero a mi madre no le gusta la muchacha y quiere que no la vea más, pues cree que debo buscar una joven de buena familia como Essir, la hija del orfebre.---- respondió.

Comprendí el punto de vista de Ahmer. Ambos sabíamos que Essir era inalcanzable para nosotros, pues no solamente era hermosa, sino que su padre había conseguido llegar a lo más alto entre los artesanos del templo tanto en prestigio como en riqueza y que, por supuesto, no se fijaría en un pescador como Ahmer o en el hijo de un campesino como yo. Paser por otro lado se hallaba en otra posición ya que su padre era funcionario supervisor del granero provincial, de modo que se encontraba mucho más alto en escala social que nosotros y tenía un futuro promisorio en la carrera militar gracias a que un hermano de su padre era comandante de tropas del ejército del Delta.

---- Nunca se fijará en ti.---- dijo Paser en tono hiriente, dejando entrever su interés por Essir. Inmediatamente trató de disimular su reacción pero ya era tarde. Antes que pudiera decir algo, Ahmer se anticipó.

---- Por tu actitud, veo que no te resulta indiferente la joven.--- dijo sonriendo Ahmer sin darle importancia.---- Nunca me hice ilusiones si ello te preocupa y no me atraen las mujeres flacas.--- le contestó Ahmer burlándose de la infantil reacción de Paser.

Intervine para aliviar el rubor en las mejillas del avergonzado Paser.

--- Y ¿cuándo conociste a tu enamorada?.---- pregunté.

--- Durante la festividad de Sobek. Dio la casualidad que entramos juntos a dejar las ofrendas y luego conversando, me di con la sorpresa de que era de nuestra ciudad. Ella vive al norte de Khmun.

--- Cuéntanos pues, ¿cómo se llama?.--- le pregunté tratando de incitar sus deseos de revelar su romance.

--- Es hija de pastores y se llama Nebu.---- dijo orgulloso Ahmer.

--- ¿Y cómo es ella?.--- dijo Paser tocándome con el codo.

--- Tiene hermosos ojos y largos cabellos, es un poco gordita y tiene dos grandes tetas.---- dijo destacando los aspectos que más le atraían de la muchacha. Reímos ruidosamente y comenzamos a recoger las redes para marcharnos, pues las sombras se hacían cada vez más largas y la barca de Amón, pronto iniciaría su periplo nocturno tras los médanos de la ribera occidental, mientras la oscuridad invadía poco a poco el valle.

Apuramos los remos para poder alcanzar el puerto antes que la bruma cubriera la costa, pues era noche sin luna y todos saben en mi tierra que las tinieblas atraen a los demonios del desierto, seguidores de Sutej, e hijos de la destrucción y de la muerte. Amarramos el bote en el embarcadero con rápidos movimientos, y cargando el contenido de nuestra magra pesca, subimos hasta la vereda de laja bordeando la costa, para volver al caserío de los pescadores.

---- No puedo ver ni el lugar que piso.---- dijo Paser a causa de la espesa niebla costera.

---- No te preocupes,---- dijo a Ahmer---- conozco el camino como los peces conocen el Hep-ur. Podría llegar a casa con los ojos cerrados.---- fanfarroneó.

En ese momento vi hacia nuestra derecha una luz a través de la niebla.

----¿Qué es esa luz Ahmer?----pregunté.

----- Deben ser los vagabundos, que suelen hacer sus fogatas cerca del río para pasar la noche, por temor a los demonios del desierto, a las hienas y a los chacales.---- respondió.

Seguí caminando en silencio, sin poder despegar la vista de la luz que se intensificaba a medida que nos acercábamos.

De pronto, cuando vimos más claramente el fuego y un grupo de gente a su alrededor, una silueta fantasmal emergió de la oscuridad caminando delante de nosotros, hacia donde se encontraba la fogata.

Quedé paralizado del miedo, se me cortó la respiración por un momento y mi corazón dio un salto, pareciendo que escaparía de mi pecho. Iluminada por la tenue luz de las llamas, alcancé a ver un rostro deformado por cicatrices, con un agujero en medio de la cara, bajo el cual resaltaba una doble hilera de dientes con en una enorme y macabra sonrisa. Una cabeza calva y sin orejas, con su cara sin nariz ni labios, la hacían más semejante a un espectro que a un ser humano.

Se quedó mirándonos con ojos fríos, vacíos de emociones, faltos de vida. Un fuerte escalofrío recorrió mi espalda hasta hacerme sentir erizados los cabellos de la nuca. Traté de sobreponerme mientras la figura pasaba delante de nosotros, cubriéndose la cara con un pliegue de su raído y sucio mantón.

Ahmer me tomó del brazo y se burlo de mí.

----¿Casi mueres del susto verdad?.---- miré a Paser. El débil reflejo de sus facciones, denotaba un estado de agitación tan grande como el mío.

----¿Quién es?. ---- pregunté, todavía turbado por la repentina aparición.

----¿Cómo, no la conoces?, es la mujer a la que llaman "La Adúltera".

----¿Qué dices?.---- preguntó Paser recuperando el habla.

----"La Adúltera", es una mujer que fue encontrada con su amante, por su marido y éste, en vez de pedir su condena ha muerte, solicitó al Kenbet que la juzgaba, que la castigara desfigurándola con la amputación de su nariz, orejas, labios y quemándole el cuero cabelludo con agua hirviente.---- comentó Ahmer.

----¿No era preferible matarla a hacerle sufrir tal tormento?.--- contesté sorprendido por tanta crueldad.

---- Claro que sí, pero el marido es un nombre poderoso e influyente y justificó su petición diciendo que, " Si una mujer seduce a los hombres por la vanidad de su belleza, debe ser condenada a la mutilación para que la aborrezcan por la desfiguración merecida por su pecado".

Esa pobre mujer se llama Merneit. Dicen que era realmente muy hermosa antes de su castigo. ---- terminó diciendo Ahmer.

----¿Y que pasó con su amante?. preguntó Paser.

----Fue condenado a morir enterrado en la arena hasta el cuello. Le echaron miel para que las hormigas le comieran la cabeza. Esto me lo contaron mis padres pues yo era muy pequeño entonces, hace más de diez inundaciones.----

----¿Y sabes tú quien era el marido?.---- pregunté curioso.

----No era, es.--- dijo Ahmer tratando de aumentar el efecto de su respuesta.---- Ese hombre es Pawr, el gobernador del Sepat.--- Paser y yo quedamos estupefactos y no pronunciamos palabra el resto del camino.

No podía imaginar al achacoso Pawr en una actitud de venganza desmesurada contra una de sus esposas. Siempre había escuchado a la gente referirse a él como "El honorable Pawr", aunque quizás, solo se tratara de un modo de llamarlo respetuosamente por su condición de gobernador de la provincia. Tal vez mis padres supieran algo del asunto.

Al llegar a casa, encontré a mi padre esculpiendo una pequeña muñeca de madera para mi hermanita Eset, mientras mi madre terminaba de hornear el pan para la cena. Me acerqué a ella, le di un beso en la mejilla y saludé a mi padre muy concentrado en su trabajo.

---- Mira madre lo que pude pescar.---- me apuré a decir para que no me sermoneara.

---- ¿No es un poco tarde para llegar?.---- me preguntó.

---- Te pido disculpas madre. Nos entretuvimos buscando un buen sitio para pescar y cuando nos dimos cuenta que el sol caía, recién advertimos de nos habíamos alejado demasiado del puerto, como para poder regresar a casa antes de que el vientre de Nut, se cubriera de estrellas. ( En nuestra tierra, Nut la Diosa del cielo es representada como una gran vaca con su vientre cubierto de astros).

---- Siéntate al lado de tu padre. Pronto pondré la comida en la mesa pero antes, lávate las manos. En la vasija grande hay agua limpia.---- me dijo Amunet, mientras limpiaba el pescado que comeríamos crudo con ajos, cebollas, especias y vinagre, acompañado con lechuga, pan y cerveza.

La pequeña Eset estaba encantada observando la figura tallada por Pentu que iba cobrando forma. Los maestros escultores dicen "El buen escultor no es el que crea una figura, pues en realidad no crea nada, sino el que descubre la imagen que oculta el material". Mi padre había perfeccionado tanto su técnica que los sacerdotes de Khmun le habían pedido que reemplazara a Djer en el puesto de segundo ayudante escultor, pues con los años, el temblor de sus manos ya no le permitía trabajar más que en la piedra para la estructura de los edificios. Pentu había retomado el trabajo en el taller del templo luego de muchos años de haber dejado, ocupado por la tarea de cultivar la tierra para mantener a la familia. En aquel tiempo que yo podía reemplazarlo en el campo con la ayuda de los bueyes, volvió a esculpir en el lugar sagrado, pues la principal actividad, era la producción de estatuaria para los santuarios de cada deidad, los templos funerarios, capillas, santuarios, sagrarios y las ofrendas de un templo de una ciudad a otra.

Los personajes importantes de cada distrito, también encargaban trabajos particulares que deberían pagar de su peculio al templo, que retenía su porcentaje y pagaba al maestro escultor.

Existían algunos maestros que eran famosos en todo Kemet como Iput de Mennufer y Bahri de Waset.

Realmente, nunca había visto los mejores trabajos de mi padre, pero decían que había mejorado mucho y tenía grandes aptitudes para progresar en la profesión. No imaginaba hasta dónde podrían alcanzar las virtudes de mi padre, que tanto elogiaban sus amigos.

Terminé de lavarme las manos y me senté a la mesa en mi lugar. Amunet colocó en la mesa una fuente de arcilla con el alimento y nos dispusimos a comer. Mi padre dejó la pieza de madera y los instrumentos de tallado a un lado, para tristeza de Eset que esperaba ansiosamente tener terminada su muñeca.

---- Mañana la terminaré pequeña, debemos cenar y mis ojos están ya muy cansados.---- dijo a Eset acariciándole la cabeza.

---- Está bien.---- dijo resignada la niña.

No me atrevía a preguntar sobre "La Adúltera", pues la intromisión de los jóvenes en cuestiones relacionadas con escándalos sexuales era mal vista, pero mis padres no eran tan estrictos como mis abuelos, así que me arriesgué a la reprimenda. Busqué las palabras para hacer menos inconveniente mi pregunta.

---- Madre, ¿conoces a una mujer llamada Merneit?.----

Mis padres se miraron.

---- ¿Qué Merneit, hay muchas mujeres con ese nombre?.---- preguntó Amunet.

---- ¿Por qué preguntas? ---- dijo mi padre inquisitivamente.

---- Ocurrió que cuando veníamos del puerto, me llevé un gran susto cuando se cruzó por delante de nosotros una mujer con la cara desfigurada. Ahmer me dijo que se llamaba Merneit y que había sido castigada por adulterio. ¿Es cierta esa historia.?----

---- Lo es.---- dijo Pentu.---- Es una triste historia que conmovió a toda la provincia. Hace muchos años, Merneit, siendo candidata por la ciudad de Khmun, había sido consagrada en la elección de la esposa de Sobek, por su gracia y encanto, entre todas las jóvenes vírgenes durante la gran fiesta anual al Dios que se celebraba en el Mer-Wer es decir en el Gran Lago del Norte.

Pawr, el gobernador del Sepat, quedó prendado por su belleza y no dudó en pedirla como esposa a sus padres que, siendo ellos de condición muy humilde, accedieron a entregarla, atraídos por la dote. Merneit, muy joven para decidir su destino, se encontró convertida en la esposa de un anciano poderoso y despótico.

Con sólo trece años se sintió sola y abandonada a su suerte, pues vivía encerrada en una habitación del Per-Khenret y custodiada por guardias en su puerta.---- mi padre hizo una pausa para beber cerveza y continuó.---- De vez en cuando, iba el anciano Pawr por las noches, la sometía y hasta la golpeaba. Merneit pensó en suicidarse, pero le faltó el valor para hacerlo. Pasado el tiempo, uno de los guardias, un joven llamado Sah, se apiadó de ella y comenzó a dejarla salir de noche a caminar por los jardines de palacio. Al transcurrir el tiempo se enamoraron. A Sah le resultaba insoportable ver a su amada, vejada por el morboso Pawr sin poder hacer nada, de manera que decidieron escapar, pero fueron atrapados por los guardias, alertados por una esclava a’amu que los traicionó a cambio de ganar su propia libertad. Fueron juzgados por el Kenbet, presidido por el propio Pawr, que condenó a Sah, a muerte y a Merneit, a ser desfigurada tras lo cual la abandonaron en el desierto. A pesar de las heridas, con la ayuda de los Dioses, ella sobrevivió. Hoy vaga por ahí como un fantasma ocultando su rostro durante el día.

Los que la conocen dicen que juró vengarse de Pawr aunque le cueste la vida, pues ella se considera muerta desde que mataron a Sah y la mutilaron. Nadie sabe aún si tratará de vengarse del viejo, pero la esclava traidora, apareció degollada en un suburbio de la ciudad de Mennufer.---- mi padre hizo silencio, en tanto mi madre y yo permanecimos pensativos. Eset nos observaba sin entender completamente la magnitud de la historia.

---- Padre, ¿cómo conoces tan bien los detalles?.---- Pentu me miró entristecido.

---- Merneit es la hermana menor de un amigo de mi infancia, Sipar, con el que fuimos aprendices en el taller del templo, cuando yo todavía era esclavo.

Hace ya doce años atrás, un día le pedí a Sipar que llevase a la niña al taller, para retratarla en piedra, dos años antes de aquella tragedia.

----¿Lo hiciste?.-- pregunté curioso.

---- Así es. En el taller del templo se encuentra la única prueba que existe de la belleza de la desafortunada Merneit.---- dijo Pentu.

----Según lo que dices padre, Merneit debe contar con veintidós o veintitrés años.---- dije expresando mi asombro por la juventud de la mujer.

----Sí Shed, es muy joven y sin embargo su vida está acabada, la mantiene viva su odio a Pawr.----

Proseguimos cenando en silencio. Terminamos de cenar. La llama de la lámpara empezaba a consumirse y mi madre nos dijo a Eset y a mí, que deberíamos ir a dormir.

Acosté a la pequeña y me quedé junto a ella. Mientras acariciaba a Eset trataba de adivinar el rostro de Merneit, pensando, cómo se podía compensar en el mundo de ultratumba, tanto sufrimiento padecido en el mundo de los vivos.

Afuera, la gélida noche con una tímida luna en cuarto menguante, resplandecía de estrellas. Contemplándolas a través de la ventana me quedé dormido.

Desperté al día siguiente como siempre, por el canturreo de las aves que van a alimentarse de las semillas silvestres y los insectos, con las primeras luces del alba. Jepri, asomaba su magnificencia sobre el horizonte, con su rojiza luminosidad invitando al campesino a volver al arado, antes que toda la intensidad de su fulgor abrase la tierra.

Con una vasija de arcilla saqué un poco de fresca agua del río. Desayuné una hogaza de pan, tres dátiles y un par de higos. Até los bueyes al arado y me dispuse a trabajar. La mañana se me hizo interminable. No hacía más que pensar en la figura de Merneit. ¿Sería tan buena como para reflejar la verdadera belleza de la joven, que había despertado la lujuria del decrépito Heritepa’a?, ¿ Habría captado mi padre, con su cincel, la gracia que abrumó el corazón de un hombre hasta perder la vida por amor?.

Luego del almuerzo, pedí a mi padre que me permitiese ir hasta el templo con él. El taller era muy grande y estaba colmado de piedras de diferentes tipos desde el delicado lapilázuli, hasta caliza o el granito.

Pentu fue mostrándome las herramientas y presentándome a los operarios, aprendices, ayudantes y maestros. Yo estaba impaciente. Sólo me interesaba ver la escultura. Me llevó al depósito y comenzó a buscar la efigie apartando objetos de un rincón en que reinaba el desorden y el polvo. Había amontonadas estelas funerarias, estatuas inacabadas, imágenes en relieve, otras a medio pulir, etc. Llegó al extremo junto a la pared, pero la escultura no aparecía. Cuando empezaba a perder las esperanzas, de pronto la encontró.

--- ¡Aquí está!.--- dijo Pentu feliz de haberla hallado.

Sacó una pequeña estatua del tamaño de mi antebrazo y mi mano extendida, correspondiente al busto de una mujer. La limpió con un trapo para sacarle la suciedad y la arena acumulada durante tantos años.

---- Esta es.---- me dijo---- En esquisto verde al estilo antiguo.

Quedé atónito. Estaba maravillado por la admirable hermosura de las facciones. Transmitían una inocencia y a la vez, una sensualidad difícil de describir. Era una talla magnífica.

Miré a mi padre que no comprendía bien lo que me ocurría. Lo abracé.

---- ¡Padre, es la escultura más hermosa que he visto!----

---- Me parece que exageras un poco.---- me dijo agradecido.

---- ¡No, lo digo de verdad!. Es bellísima.---- le dije emocionado.

Era tan expresiva, que impresionaba por su realismo y la delicadeza de sus rasgos. Al mismo tiempo me producía una gran tristeza por la joven privada de tan genuina belleza.

Nunca antes valoré, ni supe ponderar en toda su magnitud, el potencial de mi padre como escultor, hasta aquel día.

---- ¿Puedes regalarme la figura?---- le pedí en tono de súplica.

---- Sí, por supuesto.---- respondió extrañado por tanto entusiasmo de mi parte.

Así fue como empezó mi interés por la escultura, que me llevó a ingresar en el taller del templo, como aprendiz.

Por otro lado, la historia de "La Adúltera", concluyó años después. Me enteré que durante otra festividad de Sobek, Merneit había logrado su cometido.

Salida de entre la muchedumbre que rodeaba a Pawr, durante la entrega de ofrendas frente al estanque, y antes que los custodios del viejo pudieran reaccionar, ella lo asió con todas sus fuerzas y lo arrastró hasta caer ambos en el agua, siendo devorados por los cocodrilos, ante la horrorizada mirada de la concurrencia.

Mi primer año como aprendiz, no se vio premiado como yo esperaba con un gran progreso en mi capacidad para dominar el cincel, que pudiese prometerme el futuro que le esperaba a mi padre. Fui perseverante en mi práctica, pero era obvio que no poseía la magia que tenía Pentu en sus manos, sin embargo, aprendí muchas cosas que me resultaron útiles por el resto de mi vida.

Practicando la copia de estelas funerarias para mejorar mi destreza con diferentes instrumentos y piedras de variada dureza, fui comprendiendo los símbolos, su empleo y significado, al relacionarlos inconscientemente. Al conocer a muchos de los personajes y los Dioses que hacían mención las estelas, fui descubriendo lentamente el sistema de escritura, aunque en las primeras épocas no hubiese podido descifrar un mensaje completo. En aquel momento no imaginaba cuanto cambiaría mi vida el conocimiento de la escritura, y que curiosamente comenzó, gracias a la práctica de una actividad para la cual no poseía habilidad.

Mientras yo me esforzaba, vanamente, por mejorar mi calidad en el grabado de estelas, el talento y la fama de Pentu, iban creciendo enormemente. La oportunidad la tuvo cuando falleció el maestro ayudante Ani, un escultor muy anciano, que por el cariño que todos le tenían y por su experiencia sumamente valiosa en este trabajo, fue mantenido en el cargo, a pesar que su mala visión, que solo le permitía realizar un esbozo del trabajo que luego terminaba concretando mi padre.

A partir de aquel momento, los trabajos que eran de su autoría, se transformaron en pruebas de su talento.

Tenía cada vez más encargos en relación con otros maestros ayudantes y cuando fue nombrado segundo maestro escultor por el Sumo Sacerdote de Khmun, hasta el propio gran maestro se sintió amenazado por la ascendiente carrera de Pentu. Mi padre se destacaba en escultura de bulto, pero también dominaba el trabajo en relieve y en piedras preciosas para incrustaciones. En estatuaria llevó a cabo excelentes obras en granito, diorita, gneis, esquisto, alabastro, etc. Con el tiempo, varios personajes destacados del iripat (que es el término con el que denominan en mi país a la clase privilegiada que en ésta tierra llaman nobleza), encomendaron a Pentu gran número de objetos para los ajuares funerarios e incluso recibió pedidos de otros templos.

Mi padre era feliz, pues amaba su trabajo y al aumentar sus ingresos, había mejorado notablemente las condiciones de vida de nuestra familia. Compró dos bueyes jóvenes y fuertes para facilitar mi trabajo en el campo y colmó de regalos a mi madre y a Eset. Peines de marfil, finos vestidos, sandalias de cuero de hipopótamo, adornos para el cabello, perfumes, etc. Yo recibí de regalo el arco compuesto que tanto tiempo había deseado, para salir a cazar con mis amigos. Todo era tan distinto solo cuatro años atrás, que parecía que estábamos viviendo un sueño.

Habían pasado sólo ocho meses desde que mi padre llegó a primer maestro escultor del taller del templo, cuando ocurrió un suceso que conmovió al país. El día dieciséis, del segundo mes llamado Meshir de la estación de Peret, la siembra, del año diecinueve de reinado de Hatshepsut, como siempre durante la mañana, me encontraba trabajando en el campo, abriendo con el arado los surcos en la tierra fertilizada por la última inundación, para luego a arrojar las semillas que serían enterradas por el pisoteo de los bueyes. A media mañana con el ardiente sol sobre mi cabeza, sudoroso y sediento, dejé el arado y los bueyes bajo la sombra de las palmeras, para beber un poco de agua fresca de la vasija que tenía protegida del calor bajo un sicomoro. Extrañamente, sobrevino una gran quietud y se hizo un silencio absoluto. Los pájaros habían cesado sus trinos abruptamente y una calma sepulcral llenó el ambiente. Sorprendido, caminé unos pasos hacia la jarra con agua, mirando el sicomoro que tenía enfrente, buscando los pájaros que había escuchado hacía apenas unos instantes, cuando de pronto hice un paso en falso, como si hubiese metido el pie en un pozo. Por un segundo creí estar mareado. Cuando levanté

la vista vi a los bueyes perder pie, las palmeras y el sicomoro se sacudían y las aves levantaron vuelo asustadas.

El suelo tembló con violencia. Geb, el Dios tierra hizo sentir su poder. Con el corazón latiendo fuertemente quedé inmóvil, expectante. Al cesar el terremoto, pensé en mi familia, si estarían bien, temiendo por su suerte.

Corrí lo más fuerte que pude hacia mi casa. Al llegar, vi fisuras y grietas en varias paredes y el muro se había derrumbado, pero el techo no había caído.

Pasé la puerta de entrada y escuché llorar a alguien. Busqué en la cocina pero no había nadie; las encontré en la habitación de Amunet. Estaban sentadas en un rincón y mi madre acariciaba a Eset que no podía contener su llanto.

---- Madre, ¿se encuentran bien?---- pregunté casi sin aliento.

---- Si Shed estamos bien. Eset sólo está asustada. Ve al templo a ver cómo se encuentra tu padre.

Atravesé las calles de la aldea para llegar a la ciudad corriendo sin descanso.

Vi gente por todos lados suplicando y llorando, atemorizados por el suceso. Los edificios dañados aumentaban en número a medida que me acercaba al templo. A pesar de la intensidad del sismo, sólo un edificio estatal y pocas casas habían sufrido daños serios. En todas partes ayudaban a los heridos y llevaban agua para apagar algunos incendios causados por el terremoto. Llegué corriendo hasta el pórtico del templo. Había una gran fisura del lado izquierdo en el primer pilón. Parte del techo del lado derecho del patio peristilo, había caído junto con una de las columnas que lo soportaba. Dos bloques del mismo lado habían caído, fracturando las placas del piso de granito negro de la sala hipóstila. Una parte del muro exterior había caído sobre los trabajadores que la levantaban, matando a uno por aplastamiento. Otros se habían lesionado al caer.

Llegué al taller cuando aún se socorría a los heridos. Estaban despejando los objetos de la entrada que quedó bloqueada por escaleras y andamios que habían caído de sus soportes; caballetes y bancos, estatuas y estelas por doquier mesas y herramientas, bloques sin trabajar, etc. Una nube de polvo no terminaba todavía de asentarse en su interior, iluminada por la luz solar que ingresaba a través del agujero abierto en el techo, que había caído parcialmente entre las paredes agrietadas. Entré apresuradamente a buscar a mi padre.

---- ¿Dónde está Pentu?.---- pregunté a uno de los aprendices que ayudaba a otro a levantarse bajo los escombros.

---- No lo sé.---- me dijo turbado ----- Creo que más adentro.

Fui caminando entre el gran desorden de cosas desparramadas.

Pasé por debajo de una viga que había caído de un extremo sobre una mesa interrumpiendo el paso. Mi corazón palpitaba como un potro desbocado. Miraba alrededor, había muchos hombres aquí y allá, pero no veía a mi padre. Hacia la izquierda en la parte más posterior, vi a un grupo de grupo hombres; uno de ellos era Pentu, estaba arrodillado hablando con Tjemu, su ayudante, de cómo deberían efectuar la palanca para liberar a un trabajador atrapado bajo unos tirantes y restos de mampostería.

Me acerqué a mi padre y lo abracé.

---- Cuánto me alegra que estés bien.---- le dije.

Se dio vuelta y me abrazó rodeándome con sus largos brazos.

---- ¡Hijo mío!.---- me dijo aliviado.---- ¿Cómo están tu madre y la pequeña?.-

---- No te preocupes, están bien. Sólo se llevaron un gran susto.---- le dije tranquilizándolo.---- Tuve mucho miedo de que estuvieses herido.

---- Espera un momento.---- me interrumpió.

Se aprestaban ha realizar la maniobra para sacar al trabajador, que tenía las piernas fracturadas.

Mientras tres hombres levantaban un extremo de la viga, mi padre y Tjemu, lo tomaron de los brazos y lo arrastraron por debajo del madero hasta que aparecieron sus dislocados miembros. Se veía sangre por todas partes y en la pierna izquierda se veía el hueso atravesando la piel.

---- Subámoslo a esta tabla y llévenlo al mago-sanador.--- ordenó Pentu. ----Salgamos antes que se desprenda algún otro madero del techo.---- me decía mientras abandonábamos el lugar.

---- Yo me encontraba afuera en el momento del terremoto, inspeccionando los bloques de granito traídos desde Sunnu. Estaba muy preocupado por Amunet y tu hermanita, pero aquí había mucho hombres heridos y debía quedarme a socorrerlos.---- dijo mi padre agobiado, viendo los daños en el edificio.---- Vuelve a casa Shed y diles que estoy bien. Seguramente con los otros jefes del taller deberemos recorrer los edificios oficiales y religiosos para revisar las estructuras y contabilizar los daños, tomando las medidas necesarias para evitar nuevos derrumbes. Será un largo día.---- dijo mi padre, y tenía razón.

El día se hizo interminable. Fuimos a ayudar a nuestros vecinos, Hep, Paser y yo, llegándonos luego a la aldea de los pescadores, para prestar nuestra ayuda a Ahmer y los suyos, pero allí los daños fueron mínimos y no hubo heridos. Antes del atardecer visitamos la necrópolis en el límite con el desierto. Pasamos por el sepulcro de Kàaper, a ver en que condiciones se encontraba. Se hallaba intacto para nuestra tranquilidad, de manera que nadie se daría cuenta de que había sido profanado y no existían posibilidades de que se iniciase ninguna investigación al respecto.

El terremoto provocó gran destrucción de mastabas muy antiguas, tumbas excavadas en la roca de personajes famosos, e incluso se produjeron derrumbamientos de templetes funerarios, adoratorios y daños de diversa consideración en tumbas en construcción de funcionarios actuales. Las autoridades ya habían estado revisando, pues dejaron apostados guardias Medyau por toda la necrópolis para impedir la profanación de los mausoleos, abiertos por el movimiento telúrico.

Llegada la noche regresé a casa. Mi madre había preparado una pequeña tienda de campaña con la madre de Hep, para poder dormir fuera de la vivienda. Con hojas de palmera para el techo, ramas de un gran sicomoro y un tronco apoyado sobre dos acacias próximas entre sí. Amunet temía nuevos temblores y Pentu aún no había vuelto para evaluar los daños de nuestra casa.

Eset ya estaba dormida en la tienda abrigada con unas mantas de lana de oveja, pues la noche era fría. Cené con mi madre y nos quedamos conversando acerca de los sucesos del día. Quise esperar a mi padre pero ya me dormía.

---- Shed, acuéstate a dormir, yo cuidaré el fuego y daré de comer a tu padre cuando vuelva. Descansa, recupera fuerzas, mañana habrá que trabajar mucho para reparar los daños.---- me dijo Amunet.

---- Sí madre, es verdad.---- le di un beso y me fui a dormir.

En la mañana siguiente, fui despertado por mi padre.

---- Shed, hijo, ya amaneció. Llevaba los animales al abrevadero y a pastar, déjalos en el pesebre y ve al templo, yo estaré trabajando en las reparaciones; necesitaremos ayuda de todos los aprendices. Nuestra casa está bien, no hay peligro de derrumbe. Amunet y Eset estarán seguras.----- dijo Pentu.

Hice todo como me pidió. Me desocupé a mitad de la mañana. Pasé por mi casa y Amunet me entregó una cesta con alimento para dársela a mi padre, pues seguramente él regresaría por la noche como el día anterior.

Al llegar al templo, encontré un gran número de obreros trabajando en el sector de la sala columnada, donde se había caído parte del techo. Estaban retirando las partes de la columna derrumbada para cambiar la placa de granito fracturada que formaba el piso. Encontré a mi padre revisando una imagen en arenisca del Dios Thot de mi altura, que había perdido la cabeza al caer al suelo.

Como mi padre, había por todos lados en el templo y en el resto de los edificios de la ciudad, centenares de hombres trabajando fervorosamente para devolver a la misma, su belleza y reanudar la normal actividad interrumpida por la furia del Dios Geb.

---- Hijo, me alegra verte.---- me saludó.

---- Lo mismo digo. Todo está bien por allá. Mamá te envía esta comida por si no vuelves hasta la noche.

---- Gracias.---- dijo Pentu. Dejó la cesta en el suelo y llevándome fuera levantó su mano en dirección al puerto.---- Mira Shed. Aquellas naves de casco azul y la de grandes velas blancas, vienen del sur, de las ciudades de Gebtu y Waset. Los marinos cuentan que el terremoto fue devastador en esas ciudades al igual que en Iunet y Iun-Mut. Los muertos se cuentan por miles. Los daños en edificios y obras públicas son enormes. Un incendio afectó el depósito de grano de Gebtu, destruyendo totalmente la reserva; por ello vienen a buscar trigo y cebada.

Todas las ciudades están contribuyendo para reponer las pérdidas. El templo del Dios Amón en Waset, también quedó deteriorado, aunque no tanto como el templo de Menu en la ciudad de Gebtu, duramente castigada. Tendrán urgencia para completar las reparaciones ya que faltan solo tres meses para su fiesta anual---- dijo pensativo.

---- ¿En qué estás pensando padre?----. le pregunté, tratando de adivinar a qué quería llegar.

---- Lo que creo, es que pueden necesitar ayuda y seguramente la pedirán de nuestra región, tomando en cuenta que es una de las menos afectadas por el sismo. Además nuestra región tiene una gran cantidad de buenos escultores y artesanos para trabajar piedras, lo que aumenta las posibilidades de que soliciten nuestra ayuda.---- dijo.

---- ¿Tú crees que tengas que ir a trabajar al sur?.---- pregunté.

---- Es muy posible.---- respondió, contemplando las naves en el río.

CAPITULO 5

"El futuro en las manos de Pentu."

Mi padre sabía muy bien de lo que hablaba; antes de cumplirse una semana había llegado el pedido oficial del gobernador de Gebtu, autorizado por la reina, para que escultores y arquitectos se dispusieran a viajar hacia allí, para contribuir a la reconstrucción de templos y edificios de la ciudad, antes de la fiesta anual. Fue así como mi padre partió del puerto de Khmun, hacia las opulentas ciudades meridionales, una fresca mañana antes del alba, para trabajar ayudando a aquella región castigada por el terremoto.

Al cabo de dos semanas, fueron llegando escultores desde Gebtu, a los que se les autorizaba a permanecer durante 3 días con sus familias, para luego regresar, permitiendo que otro grupo pudiese volver unos días a su hogar. Pentu nos había hecho saber que estaba bien, comunicándonos que no podría regresar, hasta que no estuvieran terminadas las tareas referidas a estatutaria y bajorrelieves que ornamentarían el templo, para la festividad de Menu, pues había sido nombrado jefe de escultores, y era responsable de que el trabajo se

concluyera en tiempo y forma. El maestro escultor de aquella ciudad había fallecido durante el terremoto.

Extrañamos mucho a mi padre durante esos meses. Eset sufría más por su ausencia al ser muy apegada a él.

Por mi parte, permanecí en la práctica de esculpido, copiando estelas funerarias, ya que era lo único que podía hacer en ausencia de mi padre y de los otros maestros escultores. Cada semana que pasaba, comprendía mejor los escritos en papiro que copiaba. Solo mi padre sabía sobre mi conocimiento en el tema.

Él me advirtió que no divulgara mi secreto, pues podía recibir una sanción, con riesgo de ser expulsado del taller de artesanos, debido al hecho que el aprendizaje y conocimiento de la escritura estaban reservados a la clase de los escribas.

La profesión de escriba, era desempeñada por las clases dominantes y transmitida de generación en generación, manteniéndola lejos del alcance de las clases inferiores, por su alto prestigio y el acceso que proporciona a cargos que implican riqueza y poder.

Después de dos meses y medio, mi padre regresó a nuestra ciudad; fue un día de fiesta en nuestra casa. Compramos carne de buey, que pocas veces había probado, huevos de oca, verduras y legumbres, pan, cerveza y hasta vino, vendido a mi madre por una sirviente del alcalde, que casi seguro lo había robado de la bodega del palacio.

Pentu respondía de manera calmada, todas nuestras preguntas. Estábamos ansiosos por saber cómo era aquella gran ciudad, su gente, sus palacios y templos. Mi padre pasó el almuerzo describiéndonos todo lo que pudo conocer.

---- Padre, ¿cómo quedó el templo?---- pregunté.

---- Terminamos todo hace una semana. Sólo hacía falta terminar de pintar, limpiar y ornamentar para la fiesta de Menu que se inicia dentro de dos días. --

---- Pero, ¿cómo lo reconstruyeron?.---- pregunté con curiosidad.

---- Podrás verlo con tus propios ojos.---- me respondió.

---- ¿Cómo dices?---- pregunté asombrado.

---- Si Shed, era una sorpresa que te tenía reservada. Me dieron autorización para llevar a toda la familia a la celebración del culto. Pararemos en el caserío de los obreros, y participaremos del banquete que dará el Sumo Sacerdote de Menu, para agradecer al arquitecto que dirigió las obras del templo, por haber concluido la reconstrucción en término.---- quedé totalmente maravillado por la idea de conocer Gebtu.

Sería la primera vez que salía de la ciudad de Khmun, hacia una verdadera gran ciudad, por la que se accede a las ricas canteras y minas del desierto oriental, al importante ámbito del comercio, derivado del tráfico de mercaderías provenientes del África ecuatorial a través del intercambio con la región de Punt, por medio de la navegación del mar oriental.

De aquel país costero, llegan los colmillos de elefante que proveen el marfil que se emplea en Kemet, como así también el incienso sagrado, la mirra de la mejor calidad, las pieles pantera y de leopardo, las plumas de avestruz, la madera de ébano y caoba, etc.

Los días siguientes se me hicieron demasiado largos aguardando el día de la partida, hasta que por fin abordamos la embarcación que nos llevaría hacia el sur. Desde la proa de la nave saludé a mis amigos prometiéndoles algún presente a mi regreso. Presentí que sería una experiencia fascinante.

Navegando río arriba, con el viento en las velas y la fuerza de los remos logramos llegar al día siguiente, luego descansar esa noche, en la ciudad de Ipu-Khent-Min. Al arribar antes de mediodía, visitamos el mercado del puerto de Gebtu. Era extenso, lleno de colorido y abarrotado de productos exóticos provenientes de lejanas regiones. Khuy, el hombre que nos esperaba para llevarnos al barrio de los trabajadores, nos guió entre los puestos, explicándonos las características de los productos y el lugar de donde provenían. Nos mostró finas telas traídas desde Elam, bellísimas alfombras de Susiana, exquisitos perfumes de Karduniash, joyas de Naharín y Hatti, cerámica de Keftiu, aceite de oliva de Retenu, etc. Se escuchaba a los mercaderes, dialogando en ignotas lenguas, ataviados con extrañas vestiduras, gente de aspecto tan diverso, negros y blancos, rubios y pelirrojos, de largas barbas y bigote tupido, otros calvos como los sacerdotes de Kemet. Dejamos el puerto, para internarnos en la ciudad, en un carro tirado por bueyes, transitando una ancha avenida flanqueada por acacias, algarrobos y palmeras, junto al Hep-Ur. La ciudad formada por construcciones de formas y colores variados, era por lo menos el doble de grande que mi ciudad natal.

Luego de instalarnos, nos llevaron a almorzar y posteriormente fui con mi padre a conocer el templo. Normalmente está prohibida la entrada a la chusma, y sólo el sacerdocio y el faraón, como sumo sacerdote de todos los dioses del país, tienen acceso a las estancias más sagradas del templo.

En este caso permitieron como una excepción, que mi padre y yo ingresáramos, aduciendo que necesitaba revisar ciertos detalles en la terminación de la pintura de las columnas interiores, porque sabían que era uno de los jefes de artesanos de la reconstrucción del edificio.

Luego de trasponer el primer pilón, se abría una amplia explanada que llamó mi atención, pues no existía en el templo de Khmun, y de la que comprendí su función, durante la celebración. Un segundo pilón más pequeño seguía en la disposición, tras el cual se encontraba el patio abierto, rodeado por columnas con capiteles en forma de cabeza de toro, animal representativo del Dios Menu. Adentrándonos en el templo, llegamos a la sala columnada. La luz solar, se hacía cada vez más tenue a medida que avanzábamos hacia el recinto más sagrado, en donde se encontraba la estatua de la deidad, cubierta en su

altar por un delicado lienzo de lino azul, con su nombre bordado en hilos de oro. Mi padre preguntó al sacerdote presente, si podíamos quitar el velo, para que yo pudiera ver la escultura que él había hecho, pero el sacerdote dijo que no se podía, pues el rito de consagración de la estatua del Dios ya se había consumado, por lo tanto el Ka, es decir el "Espíritu Divino", ya se había posesionado de la imagen y no podía ser descubierto en presencia de cualquier mortal, salvo ante los ojos del sumo sacerdote y de la reina Hatshepsut.

Me hubiese gustado poder observar el trabajo de mi padre, pero la penumbra del lugar sagrado, tampoco me hubiera permitido apreciar los detalles. Seguimos recorriendo el templo; me mostró las imágenes en relieve sobre las columnas y los muros periféricos, que se estaban terminando de pintar con vívidos tonos en amarillo, azul, rojo, blanco y verde, con márgenes en negro. Gran número de sacerdotes ornamentaba el templo, con nenúfares, papiros, y amapolas, colocando incensarios y lámparas de aceite aromático. Luego de recorrer el lugar santo, mi padre me llevó a conocer la ciudad y regresamos al caer la noche.

Al día siguiente, toda la ciudad se preparaba para comenzar por la tarde la gran fiesta. Se habían adornado las casas y las calles con flores y hojas de palmera, en tanto que banderas y estandartes, lucían su colorido en los edificios oficiales. Comenzaba a elevarse el murmullo de la muchedumbre avanzando por las avenidas hacia el sitio de celebración. La gente afluía desde todos los lugares de la región hacia la explanada. Para cuando llegamos frente a la casa del Dios, la multitud colmaba el lugar y las máximas autoridades del país habían concluido el ritual secreto en el lugar más sagrado del templo, tras lo cual se había trasladado la estatua de Menu, para dar comienzo a la festividad ante el pueblo. Habían sido colocados los palcos para la corte y las autoridades del Sepat, encabezada por la reina Hatshepsut, en tanto que sobre el pedestal, se hallaba instalada delante del segundo pilono, la imagen consagrada de Menu que había esculpido mi padre, para presidir la gran celebración.

No me había percatado la noche anterior en el recinto sagrado, que el lienzo azul tenía dos orificios a la altura de los ojos para que la deidad pudiese ver su celebración.

Cuando el cortejo real entró por un costado de la explanada ubicándose en el palco oficial, se hizo un gran silencio en la concurrencia. La soberana, con atuendos ceremoniales sentada en el trono, se aprestaba a dar la señal para iniciar el evento.

---- ¿Esa es la Reina regente?.---- pregunté a mi padre que se encontraba junto mí.

---- Así es.---- me dijo en voz muy baja.

En ese preciso momento, con un movimiento de cabeza, la Reina dirigió la orden al Sumo sacerdote, para que se encendieran todas las antorchas del templo hasta quedar bellamente iluminado, ante la ovación de la multitud. En el corral armado para la ocasión fueron introducidos dos toros, los mejores animales de entre las manadas pertenecientes al templo. Eran dos enormes bestias que bufaban y mugían, azuzadas por la multitud a enfrentarse. Enardecidos por los rutilantes colores pintados sobre el lomo de su adversario y por el clamor de la muchedumbre, comenzaron a topar con sus cuernos y cabeza tratando de herirse mutuamente. Aquellos animales eran entrenados desde muy jóvenes para la contienda en honor del Dios Menu. Los alargados cuernos de ambos animales, eran conos de cobre que se colocaban sobre las astas naturales, para que las heridas infligidas al adversario fueran mortales. En un momento dado, el toro con la cornamenta pintada de blanco giró más lento, recibiendo una cornada del animal de cuernos azules en el lado izquierdo del pescuezo. La herida comenzó a manar sangre tiñendo de escarlata también su pecho. Los choques se repitieron, mostrando el animal herido señas de debilitamiento. Otra embestida le provocó el vaciamiento del ojo derecho. Casi indefenso, el macho de cuernos azules volvió a atacarlo, clavando su armamento tras la pata izquierda. El daño fue demasiado grande; los cuernos azules del atacante se habían convertido en purpúreas lanzas bañadas con la sangre del moribundo. La chusma exaltada, alababa el nombre de Menu, vitoreando acaloradamente al campeón. El perdedor fue degollado y su sangre vertida en una vasija como ofrenda al Dios, mientras que su cuerpo era retirado para ser desmembrado, tras lo cual sería consumido por el sacerdocio y los miembros de la corte, en tanto el ganador fue momentáneamente retirado fuera del corral.

Desde el otro costado se introdujeron tres vacas jóvenes en celo.

El campeón ahora excitado por el estado de las hembras, las fue montando una

a una, hasta que montó a la última, para ser consagrado como "El amado de Menu" ante la desbordante algarabía de la muchedumbre.

Seguidamente, el campeón fue galardonado y adornado profusamente con coronas y guirnaldas de flores, tras lo cual llevaron los animales hacia los establos, permitiendo así el ingreso de bailarines, músicos y cantores.

Sirvientes y esclavos negros entraron con decenas de cestas repletas de panes, pasteles, granadas, higos, algarrobas y vasijas con cerveza que eran repartidos a la muchedumbre. Además, para la realeza, la nobleza y el clero, también había carne seca, leche y galletas de miel. Al gentío se le entregaba pescado, anguilas y moluscos, pues la carne vacuna, ánades y ocas asadas, eran preparadas para la clase gobernante.

Al calor de las fogatas instaladas en el centro de la plaza, las bailarinas, a los sones de tambores y timbales, llenaban de sensualidad y erotismo el ambiente ya excitados por la escena de las bestias copulando.

Muchos hombres y mujeres comenzaban a mostrar signos de embriaguez y desenfreno, se desnudaban, peleaban, gritaban cantaban y lloraban. Aquellos que provocan disturbios eran llevados fuera de los límites del templo, para seguir emborrachándose en las calles de la ciudad. Los cantantes, después de la medianoche, ya se habían unidos la libación general, escuchando el solo de los músicos con sus flautas y arpas, algo desafinadas por los efectos de la cerveza. Sólo los instrumentos de percusión resonaban monótonos y a veces fuera de compás, cuando la luna ya dominaba el vientre de Nut.

Pasadas varias horas de festejo, mis padres y Eset se retiraron, no sin antes advertirme que no volviera demasiado tarde, pues viajaríamos por la mañana de regreso a Khmun.

Ahora que me encontraba solo y perdida mi timidez a causa de un poco de cerveza, comencé a acercarme a un grupo de jóvenes de mi edad, en la que se encontraba una bella bailarina a la que había visto danzar desde que entró en la explanada con los músicos.

No tendría más de catorce años y a pesar de su juventud, su bella figura desbordaba de sensualidad. De tez trigueña y tersa, su delicado rostro de niña y el brillo de sus ojos verdes, me atraían como abeja a las flores. Adivinaba en ella a una mujer deseosa de ser poseída, ansiando una aventura amorosa que colmara las expectativas eróticas de una noche de libertinaje, en honor de la ictifálica deidad. Sus pechos desnudos como las demás danzantes eran pequeños y tiernos. Sus pezones erectos alimentaban mis fantasías. Me acerqué a hablar con ella viendo que sus acompañantes varones más fuertes y mayores que yo, dormían profundamente por la borrachera. Sólo un par de jóvenes mujeres la acompañaban.

---- Hola, me llamo Shed, soy de Khmun.---- me presenté y no supe que más decirles. Me quedé mirándola a ella, alelado por su hermosura, sin reparar en las otras jóvenes, que rieron ante mi evidente interés hacia la muchacha.

---- Me llamo Nemy.---- respondió con soltura, tomándome de la mano.

La ayudé a levantarse y salimos del lugar. Había fogatas por doquier en las cercanías del templo. Nos acercamos a un par de mujeres y un hombre dormidos junto al fuego, tras los cuales se alzaba un sicomoro que brindaba cobijo. Debajo del arbusto nos arrodillamos besándonos, para luego caer tendidos. Reímos sin decir palabra. Temblando de deseo, mi corazón resonaba como un timbal en la ceremonia. En un abrazo interminable nos entregamos a la pasión. La acaricié suavemente, haciendo que se estremeciera. Mis manos dibujaron lentamente sus formas, para luego caer como un león sobre la tibia piel de sus pechos hasta alcanzar los pezones erguidos, que succioné con fruición. La cerveza había hecho efecto sobre mi pudor y al mismo tiempo despertó mis sentidos. El aroma de su cuerpo aumentaba más y más mis deseos. Al penetrar en su cuerpo, percibí la humedad y calidez de su interior durante los ondulantes movimientos de su vientre. Me sentía como el toro de la plaza arrebatado por una atracción salvaje. Llevado por una vorágine de sensualidad creciente ardiendo de excitación, entre profundos jadeos me atrajo aún más fuerte hacia ella, hasta llegar ambos a un desbordante éxtasis sexual haciendo fluir de mi cuerpo el mágico humor creador de vida, como la semilla en el surco, como el grano en la tierra.

Hicimos el amor hasta quedar exhaustos y luego nos aproximamos a la fogata, durmiendo abrazados hasta el alba. Cuando desperté ya había amanecido, y la muchacha se había marchado. Nunca más volví a saber de ella pero aquella noche de fiesta, quedaría marcada en mi memoria como el día en que el Dios de la fertilidad, me había obsequiado una bella flor del jardín de Kemet, para disfrutar por primera vez del placer sexual con una mujer a la que no debía pagar para que me entregara su gracia y femineidad, ganándome sus favores por mi propio atractivo.

Con la idea de sentirme satisfecho después de mi primer conquista, me apresuré a buscar mi taparrabo, escondiendo mi desnudez entre los arbustos. Se veían unas pocas personas alrededor de las fogatas en cenizas todavía dormidas. Acomodé mi faldellín, me sacudí el cabello sucio de haber dormido sobre la arena y me dirigí hacia el río para bañarme, antes de volver al barrio de los obreros del templo. Las calles estaban llenas de gente durmiendo por efecto de los toneles de cerveza regalada durante la fiesta.

Apuré el paso, llegué a la orilla y me zambullí en el río después de quitarme la ropa. El agua fría terminó de despertarme; al mirar alrededor, la superficie del río estaba cubierta de lirios de agua de bellísimo colorido; garzas y flamencos se alimentaban cerca de la orilla opuesta, moviéndose sigilosamente entre papiros y juncos. Froté mi piel con hojas y flores de nenúfar, sacándome la arena y perfumando mi cuerpo. Escurrí mi pelo mojado hacia atrás y salí del agua. Cubrí mis partes íntimas, calcé mis sandalias y me eché a correr por la vereda junto a la costa.

El día se entibia con los primeros rayos de Ra en tanto la brisa que olía a jazmines, acariciaba mi rostro y mi cabello aún húmedos, al atravesar la avenida de palmeras.

Al llegar, mis padres y Eset, me esperaban para partir.

----- ¡Que obediente eres!. Te dije que no volvieses tarde. ---- dijo mi madre en tono de reproche. ----- Levanta aquellas esteras y ponlas en el carro.

Pentu, subió a la pequeña junto a mi madre y luego de revisar las pertenencias, me hizo señas para que subiera atrás, cuidando que nada cayese en el recorrido.

Luego de ubicarse en su sitio, dio la orden al conductor que golpeó el lomo de los bueyes para echar a andar el vehículo rumbo al puerto en busca de la nave que nos llevaría de regreso a casa, a la rutina diaria, a la monótona tarea de trabajar los campos y a la práctica de esculpido, noble oficio para el cual no había nacido. Pero en fin, las festividades y el ocio no podían durar para siempre.

Una semana más tarde, los sucesos de Gebtu que relaté a mis amigos, resonaban en mi mente como imaginarios y lejanos eventos, tan diferentes a lo cotidiano, que parecían fragmentos de sueños fantásticos e irrepetibles. Sin embargo, solo un mes después de nuestro regreso, ocurrió algo extraordinario.

Una mañana, mientras me encontraba en el campo revisando las espigas en crecimiento y eliminando las malas hierbas del huerto, escuché que me llamaban desde la casa. Cuando vi que era mi padre, me preocupé, pensando que podía haber sucedido algo malo, pues era demasiado temprano para que volviese del taller del templo. Llegué lo más rápido que pude y encontré a mi padre tan agitado como yo, pero con el rostro lleno de alegría. Amunet lo abrazaba sosteniendo con el otro brazo a mi hermanita que reía con ellos.

---- ¿Qué ocurre madre.?---- pregunté recuperando el aliento.

---- ¡Algo maravilloso hijo!. Tu padre a sido llamado por el arquitecto Senmut para formar parte de la planta permanente de escultores.---- miré a mi madre sin comprender lo que decía.---- Pero, si papá ya es jefe de escultores del templo y ¿quién es el arquitecto ...?.---- pregunté desconcertado.

---- Senmut. Senmut es nada menos que principal arquitecto y favorito de nuestra soberana Hatshepsut, y quiere que tu padre trabaje como escultor en las obras más importantes de la capital del país.---- dijo emocionada.

---- ¡Por los cuernos de Amón.!---- expresé maravillado.---- ¡Debe haber estado en Gebtu y vio tus trabajos en el templo de Menu!, ¿verdad?---- dije adelantándome a la respuesta de mi padre.---- Así es. El mensajero que envió el secretario escriba del arquitecto, dice que quedó muy interesado en mis trabajos, pensando en ornamentar el templo funerario de la soberana que está construyendo en la orilla occidental de Waset.---- manifestó, orgulloso mi padre.---- Pero sólo aceptaré si mi traslado incluye una casa para toda la familia, pues no podría irme sólo por mucho tiempo; los extrañaría demasiado.---- respondió Pentu.

El mensajero accedió de buen grado al pedido que hizo Pentu, referido al traslado de la familia completa, y exigió la presencia de mi padre en Waset antes de un mes.

Mis padres devolvieron la casa, la tierra y los pocos animales que teníamos por una pequeña suma de oro al templo, que sacó jugosos dividendos de la transacción al volver a arrendarla.

Después de despedirnos de familiares, amigos y vecinos, estábamos listos para emprender el viaje hacia una nueva vida en la gran capital de Kemet, desde donde se administraban los extensos territorios que componían nuestro gran país.

Sabía que extrañaría mucho a mis amigos, sobre todo a Hep, pero me fascinaba la idea de conocer y vivir en la ciudad más rica del mundo, una metrópoli cosmopolita rebosante de templos, palacios, grandes residencias, complejos funerarios y mercados abarrotados de productos llevados desde todas las regiones de la tierra, para conseguir a cambio el oro de las inagotables minas de Uauat y Kush. De sólo pensarlo me parecía estar viviendo la continuación de aquel impensado sueño que se había iniciado con el viaje a Gebtu. Nada podía estimular más la imaginación de un muchacho como yo, lleno de ganas de vivir nuevas experiencias.

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