CAPITULO 6

"Waset, la sagrada ciudad de Amón-Ra."

Inofensivas sombras se cernían sobre el horizonte occidental. Las colinas, mostraban su negro perfil a la luz de los últimos destellos del atardecer, que encendían de tonos rojizos el cielo cubierto de nubes sobre el Hep-Ur.

La cubierta de la nave mercante, estaba colmada de productos llegados a Kemet a través de las caravanas del comercio de oriente, hacia las grandes y opulentas ciudades del sur del país. Lapislázuli para joyería desde las montañas al oriente del Elam, obsidiana de Hatti para la fabricación de cuchillos rituales de los embalsamadores, cosméticos elaborados a partir del cobre del Sinaí, madera de cedro y roble para la construcción, la estatuaria y la fabricación de muebles desde los bosques de Khinakhny y Djahi. El destino final de la embarcación era por supuesto Waset, la capital del país, la ciudad más rica del mundo y desconocida para mí, en ese entonces.

Sentados cerca del extremo de la proa, contemplando el paisaje costero lentamente bañado por la penumbra del ocaso, nos encontrábamos mi padre y yo, disfrutando de la fresca brisa del río.

Faltaba poco para llegar al puerto de Nubt, la antigua ciudad del Dios Sutej, amo del caos y hermano de Asar, Dios de los muertos. Nubt significa oro en nuestra lengua, y se relaciona con la riqueza en este metal, extraída de las minas de desierto oriental, ya casi agotadas, a las que se accede a través de los torrentes, en este caso el de Hammamat. Cuando a lo lejos comenzamos a ver las luces de la ciudad costera asentada sobre la ribera occidental, meditaba a cerca de la ubicación de la capital en el alto valle del Hep-Ur.

----- Padre, ¿cuál es la razón para que Waset sea la capital del país siendo que se encuentra tan al sur, y no en el norte como había sido antiguamente, cuando Mennufer era la gran metrópoli?---- pregunté.

Con la mirada fija en el horizonte, como absorto por la visión de imágenes fantasmales arrancadas a un pasado mítico, comenzó su inspirado relato.

---- Hace mucho tiempo atrás, cuando comenzaron a sucederse soberanos débiles e irresolutos que no supieron imponer la justicia y el orden de Ma’at, cayendo presa de las fuerzas de la corrupción y la degradación, dejando las fronteras de nuestra amada tierra, abiertas a la entrada de pueblos paganos, adoradores de dioses extraños y maléficos, como si Sutej hubiese regresado de su destierro para destruir el reinado eterno del Dios Hor.

Extrañas gentes venidas desde el país de los a’amu, los Heka-Khasut, príncipes extranjeros, trajeron la muerte, el hambre y la destrucción sobre el pueblo de Kemet condenado a la esclavitud, pagando tributo por los frutos del suelo que le pertenecía, debiendo soportar la profanación de sus templos y sus lugares sagrados, viendo enseñorearse al invasor de su amado río, manchado con la sangre de los hijos de la tierra negra, derramada por la espada del extranjero salvaje y cruel. El norte del país ocupado y explotado, con sus ciudades y habitantes bajo el dominio de los bárbaros, clamaba a los dioses por justicia y libertad. Entonces desde el sur, desde el alto valle, se levantó la voz del pueblo encabezado por Waset, de la amada tierra de Amón, consagrada a dirigir la liberación de la nación para sacudir el yugo de los príncipes asiáticos, para expulsarlos por siempre de la tierra del Hep-Ur. Muchos murieron en la guerra de liberación en la reconquista de ciudades como Mennufer, Iunu, Hut-Waret, etc. Entre los héroes caídos se encontraban varios faraones como Nebireyeraw, Sekenenre-Ta’a II y Kamose, y antes que ellos, muchos otros que entregaron sus vidas en la lucha por volver al orden universal.

Fue Ahmosis quien culminó la epopeya al perseguir a los príncipes extranjeros hasta la ciudad a’amu de Sharuhen.

De esta manera, Waset se convirtió en capital del territorio que luego extendieron faraones como Amenhotep I, Tutmés I, padre de la actual soberana y del último faraón, nuestro fallecido y venerado señor Tutmés II.---- concluyó mi padre.

Ya llegada la noche, cuando tocamos el puerto iluminado por las antorchas de los pilares del embarcadero, se me ocurrió preguntar por la edad de Tutmés III.

---- ¿Es muy joven el príncipe heredero?---- pregunté.

---- No, hijo, el príncipe Tutmés tenía alrededor de nueve años cuando murió su padre.---- dijo Pentu.

---- Y ¿cuando murió?---- pregunté curioso.

---- Hace diecinueve años aproximadamente.---- respondió.

Quedé sorprendido por la cifra.

---- Pero, ¿por qué con veintiocho años el príncipe Tutmés no es nuestro faraón?----. me miró pensativo y me respondió.

---- No tengo respuesta a esa pregunta, hijo mío.----

Bajamos del navío hacia el alborotado ambiente portuario. Mi padre y yo, bajando los bártulos necesarios para pasar la noche. Atravesamos el mercado de abarrotes hacia el caserío cercano, buscando un lugar donde alimentarnos y descansar, para continuar el viaje al amanecer del día siguiente.

Habiendo transcurrido tranquilo nuestro avance desde el alba, con la barca de Ra en el cenit dominándolo todo, desde su trono celestial, divisamos a lo lejos, el contorno de la gran ciudad de Waset, deformada su imagen por el intenso calor, haciendo parecer a la distancia como si las gigantescas murallas temblaran. El ambiente era sofocante y opresivo, el vapor que se desprendía de la superficie del río hacía más agobiante el final del viaje.

Llegamos frente a la entrada del enorme canal sobre la ribera oriental, que daba acceso al magnífico puerto, protegido por muros sucesivos contención contra las inundaciones más grandes. Saliendo del extremo interior del canal, se abría una bahía artificial en forma de mazo, con una extensión prodigiosa que podía albergar a toda la flota de guerra del Alto Valle. En el puerto se hallaban atracadas naves mercantes tres veces más grandes que la que nos transportaba. Su vereda mostraba un vertiginoso movimiento de marinos, cargadores, soldados, comerciantes, etcétera, cargando y descargando productos, alistando los barcos, revisando y controlando las mercaderías, cobrando y pagando salarios, una muchedumbre atareada a un ritmo febril, daba vida al enorme embarcadero y su mercado.

La profusión de colores, aromas, formas y la variedad de mercancías me impresionó grandemente, al superar con amplitud la abundancia y diversidad de productos de intercambio que había visto en Gebtu.

Cuernos de rinoceronte, delicadas telas de un hilo que llaman seda procedentes de lejanas tierras situadas al oriente del oriente, especias, plumas de avestruz, pieles de pantera y leopardo, valioso ámbar de las frías regiones del norte, monos y simios, animales exóticos, mirra, aceites, perfumes y ungüentos sagrados, aves de bellísimo plumaje, etcétera.

Fascinado por tan mágico ambiente, tuve que ser apurado por mi padre por que estaba retrasando nuestro ingreso a la ciudad propiamente dicha. Luego de abandonar el puerto y el mercado, el emisario del secretario de Senmut, nos hizo llevar hacia nuestro temporario lugar de asentamiento al norte de la ciudad de Waset, hasta que pudiésemos instalarnos definitivamente en la aldea de los artesanos sobre la ribera occidental. A la parte central de Waset, la ciudad palatina, como se denomina al centro de la metrópoli, alberga los edificios oficiales como el palacio real y dependencias, el templo de Amón-Ra, santuarios y capillas, la residencia del Sumo Sacerdote del culto, la residencia del alcalde y la administración con su escuela de escribas. Rodeando el sector central de la ciudad fuimos trasladados en un carro tirado por asnos, atravesando el barrio de los altos funcionarios de la administración, los jefes del ejército y la flota de guerra, de la policía medyau y de personalidades de la nobleza local. Bellas residencias de dos plantas se alzaban a ambos lados de la extensa calzada, flanqueada por altas palmeras. Amplios ventanales de balcones floridos protegidos por toldos pintados con motivos variados, que mostraban escenas bucólicas, representaciones de artes y oficios, etc.

Continuando por la avenida, en la misma dirección seguía el barrio de funcionarios y oficiales menores, con viviendas más modestas que las anteriores, pero cómodas y agradablemente ornamentadas y protegidas del calor por una fresca cubierta de palmeras datileras, grandes sicomoros, tamariscos y frondosas higueras en las que se subían los niños del caserío a tomar sus frutos.

Hacia el este, se extendían las humildes viviendas de los estratos más bajos de la población casi en el límite del desierto. Por cierto los pescadores y barqueros, vivían sobre la costa en íntimo contacto con el río pero también a merced de inundaciones excesivas.

En zonas más alejadas se movían los habitantes del desierto, tribus de pastores que comerciaban con Kemet en calidad de vasallos.

Fuera de la ley, siempre existían las bandas de delincuentes nómadas recorriendo las inhóspitas colinas al borde de las estériles arenas, que por ser tan extensas, siempre serán difíciles de limpiar de ladrones de caminos y saqueadores de aldeas.

Luego de instalarnos y descansar, acompañé a mi padre a conocer la ciudad palacial. Pasamos circundando el muro del templo de Amón cerca de la puerta norte, próxima al templete de Montu el Dios guerrero con cabeza de halcón. Apenas traspusimos la barriada de la clase acomodada, comenzamos a divisar los edificios oficiales, la blanca estructura del Khenbet (consejo), que administra la justicia en asuntos civiles, y que sólo posee en su plataforma de entrada una escultura en forma de pluma símbolo de Ma’at, la justicia, el orden y la verdad. Hacia el este, pudimos observar la fachada de la Casa del Tesoro que guarda las riquezas de Kemet, fuertemente custodiada por guardias. Seguidamente se destacaban el frente del Granero del Valle con su gigantesco depósito de cereales contrapartida del Granero del Delta en Mennufer y el Directorio de los Rebaños y sus establos y corrales que se extienden hasta cerca de los límites del desierto.

Bajando por la misma calle de la Jefatura de Medyau, se llega hasta la entrada de la residencia del alcalde, el edificio de la administración central y la escuela de escribas.

Separado del grupo y realzado por su disposición en niveles, se accede al enorme palacio real con su escalera custodiada a los lados por dos magníficas esculturas en basalto negro, una de la Diosa buitre Nekhbet, símbolo del alto valle y otra de la Diosa cobra Wadjet, símbolo del delta del Hep-Ur.

Subiendo por la escalinata en la plataforma intermedia y dominando su centro, soportada por una gran base cuadrada, se alzaba en granito rojo, una espectacular estatua de Hor, el dios halcón, hijo de Asar, representante de la realeza con la doble corona típica del faraón, símbolo de la unión de las regiones del Norte y el Sur de Kemet, acompañado por Eset su madre a la izquierda y la diosa Hathor a la derecha.

En el frente del pórtico, sobre cada una de las columnas que lo constituyen, ondean banderas con los colores y estandartes de cada una de las provincias, Sepat en nuestra lengua, en que se divide administrativamente el país. Cada columna del Bajo Kemet, tiene su capitel en forma de flor de papiro y las del Alto Kemet en forma de flor de loto. Al contemplar los muros interiores, se pueden observar como muestra del poder militar, los frescos del vestíbulo que forman una interminable procesión de pueblos tributarios y vasallos, haciendo honor y rindiendo homenaje postrados ante la grandeza de la soberana Hatshepsut y su padre Amón-Ra, Señor de los dioses.

Toda esta zona de la ciudad tiene sus calles bordeada por palmeras, sicomoros y acacias y también higueras y granadas.

El área de palacio real, abarcaba los aposentos reales sobre el ala derecha en el piso superior de la estructura detrás de las cuales se encontraban las habitaciones del Harén o Per-Jenret como lo llamamos nosotros. En el cuerpo central también en la planta alta se abría "El salón de los Dioses". Sobre sus blancas paredes laterales se habían excavado tantos nichos como provincias tiene el país, en los que reposaban las estatuas de los Dioses representantes de cada región, incluidos la Diosa Eset y el Dios Asar a ambos lados de la puerta que daba a la sala de reunión del faraón. Los emblemas del alto y bajo Kemet se repetían una y otra vez por todo el edificio. El lujo era abrumador. La variedad y número de objetos de ornato de las estancias, estaban tan bien equilibrados y armoniosamente distribuidos, que aumentaba la magnificencia del lugar.

El mobiliario fabricado con valiosas maderas como caoba, ébano, roble, cedro, contenían una gama incontable de aplicaciones, enchapados, incrustaciones en diferentes materiales oro, marfil, turquesa, lapizlásuli, alabastro, cristal de roca, granito, jade, esquisto, electro, etc. con una confección exquisita.

La planta baja se dividía en tres secciones bien diferenciadas. El cuerpo central, estaba ocupado por la sala del trono, en tanto que en el ala derecha se hallaban la sala de la administración de las propiedades reales dirigidas por el Chambelán, mientras que el ala izquierda se dividía en varias salas menores dedicadas al Directorio y el Archivo de documentos en papiro, referentes al movimiento administrativo del Alto Valle.

En la Sala del Trono, se hallaba la gran silla dorada enchapada completamente en oro, cubierta de iconos en relieve bruñidos y pintados en que la Reina Hatshepsut aparecía ofrendando incienso y oro a Amón-Ra. Las puertas laterales de la pared a espaldas del trono, se abrían hacia la extensa galería columnada, que reproducía en sus muros, policromas escenas que mostraban a la reina en diferentes actividades como ceremonias de culto, festividades, recibiendo tributos de los pueblos subyugados, etc. La mencionada galería, circundaba el colorido y grandioso jardín en cuyo centro sobresalía el bello estanque artificial colmado de flores de nenúfar y lirios de agua amarillos, azules, rojos y blancos, ranas, sapos y peces de colores. Una gran variedad de aves visitaba las palmeras cargadas de dátiles, manzanos, granados, higueras, sicomoros y tantas otras especies de árboles y arbustos que poblaban el amplio parque, proporcionando fresca sombra y dulces aromas que atraían a las abejas de las colmenas pertenecientes al templo.

En la parte más posterior del edificio en planta baja, se hallaba la cocina que incluía la panadería y el matadero de animales de consumo y ya mucho más alejado pero dentro de los límites de la residencia del faraón, los talleres donde trabajaría mi padre para reemplazar la estatuaria y las estructuras deterioradas durante el sismo.

Finalmente los corrales, el establo, las caballerizas, el depósito de carros y su anexo del pequeño arsenal de la guardia de palacio. Este último sector se encontraba sobre terreno correspondiente a las zonas semiáridas de transición, que colindaban con el desierto propiamente dicho. Era una gran extensión abierta destinada a la práctica en el manejo de carros de combate, entrenamiento de los cuerpos de guardia de palacio, competencias, etc, separada de los jardines por un bosque de palmeras a través del cual se abría la estrecha calle que los comunicaba. Hace falta decir que el conocimiento de las más importantes estancias de palacio no estaba a mi alcance aquel primer día en que acompañé a mi padre; en los primeros tiempos sólo se me permitía el ingreso al taller. El resto de la residencia real no lo conocí hasta mucho después ya que no tenía acceso al mismo.

La última parte que descubrí de la esplendorosa Waset la formaban los cuarteles del ejército de Amón-Ra, el cuerpo más prestigioso de las fuerzas de guerra de la reconquista del Norte, que comprendían las barracas para los soldados y las estancias y habitaciones para los oficiales, los comedores, la cocina, el arsenal, la caballeriza y los establos.

La zona que más atraía mi curiosidad era por supuesto, el gran templo de Amón-Ra, el lugar más sagrado de la Tierra Negra, la mansión del Dios nacional llamado "El Oculto", cuyo edificio era inaccesible para un joven insignificante como yo. Sólo observar su magnificencia y belleza cubiertas por los muros a la vista de los mortales, inspiraba en mí un profundo respeto, admiración y devoción.

Es de destacar la increíble labor llevada a cabo tanto en el Palacio Real, como el templo, pues a nuestra llegada a la capital y habiendo transcurrido menos de seis meses desde el terremoto se encontraban totalmente restaurados, como si no hubiesen sufrido daño. Deben haber sido reunidos miles de trabajadores de todo el alto valle, para poder concluir reparaciones de tal magnitud en un tiempo tan reducido, de acuerdo con el deterioro de la edificación manifestado por muchos obreros a mi padre.

Donde todavía se veían hombres trabajando en la reconstrucción, era en varios sectores de edificios oficiales como el Granero, y el Tesoro, el Consejo y la Residencia del Alcalde.

Por su parte los caseríos de todos los barrios mostraban una importante actividad de albañiles y pintores, abocados a la rehabilitación de las viviendas de las familias y comercios de la ciudad. También en reparación se encontraban sectores del puerto y la residencia del sacerdocio de Amón-Ra. El Sumo Sacerdote por otra parte vivía en una residencia, independiente de la del resto del clero, que destacaba su poder y riqueza.

Desde mi llegada, me fue permitido asistir al taller del palacio en calidad de aprendiz de mi padre y otros maestros escultores, dirigidos por Bahri, pero por las tardes debía dejar mi lugar a otros aprendices de escultor, que en la mayoría de los casos tenían más talento que yo y estaban más adelantados en su aprendizaje, de modo que, en mi tiempo de ocio aprovechaba para pasear por la ciudad y visitar monumentos, edificios, el puerto y su mercado, y todo otro lugar que me resultara interesante. Me paraba en cada sitio en donde encontraba alguna inscripción, descifrando la escritura para comprender aunque sea parcialmente su significado.

El desierto también era un buen lugar para recorrer, por la belleza de las colinas y los torrentes, con su vegetación resistente al duro clima y sus rebaños de cabras, ovejas y vacas, y las manadas de antílopes, gacelas e ibises y otros habitantes más peligrosos como hienas, leones, leopardos y chacales. Algunas zonas también estaban infestadas de escorpiones y serpientes, incluida la cobra.

Sobre la ribera occidental se encontraban las grandes edificaciones funerarias, templos de distintas épocas en honor a varios faraones, desde el antiguo e imponente monumento mortuorio de Nebhepet-re Mentu-Hotep, hasta la magnífica estructura y disposición del templo de Hatshepsut, aún sin concluir en aquella época, que demuestra la capacidad y el ingenio del arquitecto Senmut, quien lo construyó en distintos niveles aprovechando las cortaduras del terreno, en terrazas rodeadas de columnatas que sirven de pórtico a las capillas abiertas en la roca.

Las columnas facetadas son sencillas y elegantes a la vez. Se asciende a las terrazas por escaleras monumentales, pudiéndose observar sobre los antepechos de las barandas de las terrazas, las campañas victoriosas de los generales de la reina, aunque en realidad jamás tuvieron lugar verdaderamente, pues fueron derrotados por los ejércitos de Naharin y sus aliados, perdiendo gran parte del territorio al norte de Biblos, alguna vez conquistados por el valeroso Tutmés I padre de la soberana. También se encontraban plasmadas las escenas del célebre viaje a Punt en donde se compraron enormes cantidades de incienso y mirra.

Este fue en realidad el máximo logro de la soberana y demos gracias a Amón que Naharin estaba debilitado en sus fuerzas por sus conflictos con Hatti, como para dirigir todo su poder contra nuestra tierra, de lo contrario habrían entrado caminando hasta la capital del alto valle sin que los cobardes generales partidarios de Hatshepsut, hubiesen levantado un solo dedo para defender Kemet.

Mi padre, esculpió para este edificio, una estatua de la reina en mármol blanco. El propio Senmut propuso una competencia entre los maestros escultores de Waset. Todos deberían realizar una escultura de la soberana en un bloque de seis codos de altura, de la piedra que mejor trabajara cada uno, en el menor tiempo posible. Se esculpieron cinco imágenes y ganó Bahri, cuya estatua fue elegida por el propio arquitecto como la más natural y parecida a la reina. Mi padre hizo una figura femenina idealizando a la soberana. Era hermosa en sus facciones y de cuerpo esbelto, no coincidiendo con la realidad, pues la Regente era más bien baja y algo gruesa, pero mi padre por respeto y quizás también por temor a perder su trabajo, no se animó a marcar las imperfecciones de su anatomía. Bahri por el contrario, creó una vívida imagen de Hatshepsut que al ser reconocida por el arquitecto acorde a la energía y a la fuerte personalidad de la soberana la eligió como ganadora. Aquella escultura enfureció a la reina al ver reflejada en ella sus defectos, tanto que condenó al escultor a diez azotes. Mi padre perdió la competencia pero salvó su espalda del rigor de la fusta. De todas maneras el trabajo de Bahri fue colocado en el centro de uno de los recintos y premiado con cien Deben de Oro.

Otro lugar muy especial, era el valle de las tumbas de los faraones y su contrapartida el valle de las reinas, dos zonas de la necrópolis que se encuentran fuertemente custodiadas debido a la terrible actividad de los saqueadores de tumbas, execrable actividad en la que participé y de la que nunca podré arrepentirme lo suficiente.

Luego de varios meses de recorrer la ciudad y sus alrededores, solicité a mi padre que me ayudase a buscar algún otro trabajo, pues ante la imposibilidad de trabajar la tierra que ya no poseíamos, no me atraía la idea de trabajar arrendando las tierras del templo o las propiedades reales.

Después de un mes de buscar con mi padre, conseguí empleo como ayudante en el depósito de armas de la guardia de palacio, a donde también llevaban su armamento para cambio o reparación, los custodios de la Reina y los del príncipe Tutmés.

El encargado del depósito, era un anciano y achacoso escriba llamado Tay, que cada vez tenían más problemas para realizar su trabajo debido a una enfermedad ósea, deformante y dolorosa, que casi le impedía caminar.

El pobre viejo cascarrabias, por fin tendría un alivio con mi llegada, pues desde ese momento, sería yo quien realizara las actividades que implicaban movimiento o esfuerzo, de modo que él se limitaría a asentar por escrito en papiro los ingresos y egresos de armas o equipo, enviados a reparar, reemplazar, reformar, etc, mientras yo realizaba las tareas de limpieza y mantenía el orden del lugar. No era un trabajo para desempeñar por el resto de la vida, pero era mejor que no hacer nada, aparte de que el salario no era del todo malo.

A medida que transcurrían las semanas comenzaba a tratar más con los custodios de la guardia personal, tanto de la reina como del príncipe, entre los que sobresalía un personaje aparentemente engreído y fanfarrón, que hablaba en voz alta para atraer la atención hacia su persona. Resultaba pedante aunque a veces era francamente gracioso por las tonterías que decía. Poco a poco me di cuenta que raramente hablaba en serio, pero que cuando lo hacía era muy certero en sus apreciaciones. Parecía que le agradaba hacer el papel de bobo, pero no tenía un pelo de tonto. Le gustaba acercarse al depósito a hacer rabiar al viejo Tay que siempre caía en su juego. Ykkur superaba mi edad en unos diez años. Era gordo y fuerte como un buey y aún más alto que yo, lo que lo ponía realmente muy por encima del promedio de la gente de nuestra tierra. Cuando su enorme sombra tapaba parte de la puerta del depósito, Tay presentía su presencia y antes de verlo, ya se malhumoraba. Lo llamaban el gigante Ykkur y hacía resonar su estruendosa voz para fastidio del escriba.

---- ¿Qué pasa viejo Tay?, cada vez, es más fea tu escritura.---- dijo al anciano guiñándome un ojo.

---- Debe ser que tu gordo trasero tapa la entrada de luz y no me permite ver lo que escribo.---- no pude aguantar la risa.

---- Te gusta hacer reír a tu ayudante ó realmente no te agrada este cuerpo que tantas mujeres aman.---- me hizo señas burlándose de la rabia de Tay ante sus comentarios vanidosos. El viejo respondió ingeniosamente.

---- Yo diría que a las terneras difícilmente les guste un elefante.---- Ykkur lanzó una fuerte carcajada y le respondió.

---- Pero creo que a la vieja vaca de tu esposa, si el gusto.---- Tay se puso colorado de ira, y como no supo que contestarle, le lanzó una escudilla de barro, con el último higo que le quedaba. La vasija se rompió contra la pared junto al lugar en donde estaba parado Ykkur, que se había escondido detrás del marco de la puerta.

---- Bueno Tay, no te enojes, es sólo una broma. ---- se disculpaba riendo.

---- ¡No! ¡Esas no son bromas!. ¡Té pasas del límite grosero mal educado!---- le dijo el viejo dándose vuelta y dirigiéndose a mí. ---- Y tu muchacho tonto deja de reírte, que no le veo la gracia.---- dijo el anciano enojado pero no tanto.

Como ya había hecho enfadar al viejo, siguió conmigo.

---- Hola niño, ¿cómo te trata el depósito?.---- Al principio me molestaba mucho que me llamara niño, pero cuando fui conociéndolo comencé a seguirle el juego.

---- Hola Ykkur. Me va muy bien en mi trabajo. ¿Cómo está el príncipe?.---- pregunté.

---- Está perfectamente gracias a mí por supuesto.---- respondió con gesto de suficiencia.

---- Y ¿tú como estás?---- le pregunté.

---- Un poco molesto contigo, mi joven amigo.---- me dijo mirándome con ojos inquisidores. Lo miré confundido.

---- Y... ¿Qué hice o dije para molestar a mi señor Ykkur?.---- le dije en son de broma.

---- Te he visto merodeando en la cocina de palacio como una bandada de buitres sobre una oveja herida.---- era cierto que había ido a la cocina pues de la carpintería del taller me habían encargado entregar unos utensilios de madera.

---- Fui a entregar unas cucharas y otras cosas que me encomendaron los carpinteros del taller.---- le respondí haciéndome el desentendido.

---- Vamos Shed, todos sabemos que las muchachas más hermosas de entre la servidumbre del palacio trabajan en la cocina.---- cuando me llamó por mi nombre supe que hablaba en serio.---- Dime, ¿a cuál de ellas andas cortejando?. Porque si te acercas a mi amada te romperé el cuello.---- dijo en broma, pero realmente era muy celoso y quería saber quien me interesaba. Yo no sabía a cuál de las muchachas se refería, pero decidí que era mejor no mentirle.

---- Me gusta Tausert, pero nunca pude siquiera hablar con ella.---- dije esperando la reacción en su rostro. Nada ocurrió.

---- Me parece bien, es una buena muchacha. Yo tengo un romance con Binnet. Tausert es muy joven y demasiado flaca para mi gusto. La mujer debe tener buenas piernas y buenas nalgas.---- dijo con aire de experto en el tema.

---- Sí pero también debería tener cintura.---- le dije riendo.

---- ¿Quieres decir que mi novia es gorda?---- dijo tomándome de la parte de atrás del cuello.

---- No mi señor. Digo que a mí me gustan flacas y desgarbadas.---- nos echamos a reír y a todo esto, Tay que seguía la charla atentamente, rió con nosotros.

Ykkur se volvió hacia mí, aún tentado por la risa.

---- Pero de todas maneras, como no confío en ti, deberás acompañarnos a la cacería que emprenderemos dentro de una semana, pues no te dejaré sólo con las muchachas a tu disposición. Vendrás con nosotros en calidad de sirviente del príncipe, cuidando el equipo y los animales.

---- Realmente estaría muy feliz de poder ir, pero, ¿quién me reemplazará en el depósito? Tay no puede quedarse sólo.---- expresé preocupado.

----- Yo me encargaré de eso.---- dijo Ykkur con voz tranquila.

Sonreí dichoso al saber que no había impedimentos para que pudiera unirme al grupo. No podía creer que serviría en una cacería en la que participaba el heredero al trono, el verdadero sucesor de la corona roja y blanca del país de las dos tierras.

CAPÍTULO 7

"La providencial saeta del príncipe Tutmés."

Los días previos se hicieron largos y aburridos. Estaba ansioso por comenzar está aventura y claro está, por conocer personalmente a quien todos creíamos el futuro faraón. Mis padres accedieron a mi pedido, autorizándome ha formar parte del contingente, pero les preocupaba que estuviese alejado mucho tiempo y en una región salvaje e inhóspita, ciertamente más peligrosa de las que yo conocía.

El día del viaje desperté antes del amanecer y preparé todas mis cosas. Antes que el disco de Atón asomara su fulgor por encima de las colinas orientales, me uní con el resto del grupo en los establos reales. Terminaron de cargar todas las provisiones en fuertes sacos a lomo de burro, para treinta días de viaje. Grandes cantidades de pan, pescado seco, cebollas, ajos, puerro, lechuga, higos, granadas, dátiles, jarras con cerveza y vino para el príncipe. La alimentación se completaría con el producto de la caza, aportando carne de gacela, orix y antílope. El trofeo más preciado era el gran rinoceronte, o algún macho de elefante de grandes colmillos, aunque es muy difícil encontrar manadas en esta época, incluso en las regiones más meridionales de la tierra nehesi, cercanas a Kush. Los leones no eran cazados, salvo que constituyeran un grave peligro para la expedición. Mi señor Tutmés admiraba mucho a estos felinos y cuando algún ejemplar era muerto, su carne no se podía consumir siendo consagrado el cuerpo a la diosa Sakhmet.

Se transportaban armas como espadas, hachas, mazas, arcos y aljabas con gran cantidad de flechas, como así también tiendas de campaña, mantas, esteras y abrigos para pasar las noches frías en el desierto y la sabana.

Aparte de los hombres de a pie, unos veinticinco entre guardias y esclavos, iban seis más sobre tres carros de combate tirados por caballos. Uno de ellos era el príncipe Menkheperre Tutmés con su auriga; en otro Ykkur con el suyo y por último, el segundo jefe de la custodia Madakh, con otro conductor.

Salimos con las primeras luces del alba en una mañana fresca y sin nubes. Debíamos ganar tiempo y recorrer la mayor distancia posible para llegar al primer pozo de agua en el desierto antes que el calor abrasador nos dejara exhaustos.

Desde lejos veía al príncipe subido en su carro; su esbelta y musculosa figura eran imponente. Si un Dios debía tener cuerpo de hombre, sería como el del heredero. Era como de mi estatura pero sus grandes espaldas y fuertes brazos se adivinaban bajo la fina y transparente túnica de lino, su trabajada musculatura era producto de una incansable práctica en el arte de la guerra con armas; siendo el mejor en el uso de la espada, también era diestro con el hacha y la maza, y sólo superado en las competencias con arco, por el primer jefe de custodia, mi amigo Ykkur.

Mientras recorríamos los torrentes adentrándonos en el desierto y en tanto el resto iba conversando, riendo, o inspeccionando el paisaje en busca de manadas salvajes, el príncipe iba en silencio, mirada ausente, clavada en el horizonte, como sumido en quien sabe que pensamientos. Su rostro mostraba desánimo, frustración e insatisfacción, como quien ha perdido sus esperanzas y sus ilusiones. Me acerqué a Ykkur para conversar.

-----¿Ykkur?---- giró su enorme cuerpo hacia mí. ----¿Qué le ocurre al príncipe?. Parece abatido, como si formara parte de un cortejo fúnebre, no de una aventura de caza.

---- Justamente Shed, organizamos la cacería con el objeto de sacar al príncipe Tutmés de su melancolía. Se encuentra muy mal de ánimo por su situación. Es el rey que necesitamos y él lo sabe. Es un hombre decidido, inteligente, valiente y un amante de nuestro país, pero no puedo hacer nada contra poder de la soberana.---- expresó Ykkur.

----¿Pero cómo puede tener tanta autoridad una mujer en medio de decenas de hombres poderosos y ricos?.---- pregunté, ignorante del poder que ostentaba la reina como hija del propio Amón-ra, Señor de los Dioses.

------- No es como cualquier mujer. Es sumamente astuta, sabe rodearse de funcionarios leales y todos sus adversarios le temen porque es capaz de cualquier cosa con tal de conservar el trono.---- me dijo en voz baja.

---- Se cuenta que, cuando el padre de la reina el gran Tutmés I se encontraba en su lecho muerte, le reprochó haber nombrado sucesor a la doble corona a su futuro marido y hermanastro, Tutmés II, llamándolo bastardo, porque era hijo de una concubina. Ella consideraba que era la verdadera heredera de la doble corona, de modo que, como no podía manipular ni al sumo sacerdote de Amón-Ra, ni al Visir de aquella época, accedió a casarse con Tutmés II, guardando la esperanza de darle una heredero varón, de quien sería la regente si muriese el Faraón.----.

----¿Hizo asesinar a su esposo, el faraón Tutmés II?.---- pensé horrorizado.

---- No. No fue necesario, pues el soberano, durante su segundo año de gobierno al realizar una campaña guerrera en tierra a’amu, contrajo una enfermedad que afectó a muchos hombres que participaron en ella. Falleció en su cuarto año de reinado, luego de permanecer casi ininterrumpidamente en cama, tosiendo y escupiendo sangre. Los embalsamadores que trataron el cadáver del Faraón, y guardaron en los vasos sagrados las vísceras del monarca, comentaron que los pulmones, aparecían sangrantes y cavitados interiormente, destruidos por el demonio de la peste.---- dijo con aire de misterio.

----¿Que ocurrió después?.---- pregunté.

---- Hatshepsut, tuvo la mala suerte de no darle ningún hijo varón al soberano de manera que se alejaba de sus manos la oportunidad de transformarse en reina regente, ya que existía otro heredero que había sido desplazado de la sucesión por el faraón Tutmés II, también era hijo de Tutmés I, pero a causa de su débil salud y su carácter despótico, no fue nombrado como futuro sucesor por su padre. A la muerte de Tutmés II, era casi un hecho que asumiría el poder que le correspondía por derecho. Se llamaba Amenmose y era hermano mayor de la reina Hatshepsut. Había sido nombrado por su hermanastro como sumo sacerdote de Ptah en Mennufer, concediéndole un cargo de importancia religiosa, pero con muy poco peso político, de modo que no amenazara su autoridad, al no tener control sobre fuerza militar alguna. Tutmes II desconfiaba mucho de él por su carácter ambicioso y despiadado, capaz de traicionar a su propia madre. Amenmose, en cierta ocasión, hizo azotar al segundo sacerdote de Ptah porque le sugirió que no hiciera entrar prostitutas a la residencia a plena luz del día. Ante tales perspectivas, Hatshepsut debe haber visto peligrar sus posibilidades de tomar el poder y decidió asesinar a su hermano, según suponen los sacerdotes del templo de Ptah, pues Amenmose, cayó muerto luego de beber el vino de su cena sin haber estado previamente enfermo, como si hubiese sido envenenado. Nadie apreciaba a Amenmose, de modo que no hubo acusaciones ni investigación sobre su repentino deceso.

Poco antes de la muerte de su esposo, incapacitado ya para tomar decisiones, Hatshepsut nombró sumo sacerdote de Amón a un oscuro funcionario llamado a Hapuseneb ha quien tenía dominado por conocer sus debilidades sexuales, por las que podía hacerlo ejecutar con sólo dar a conocer sus delitos al consejo de justicia, por abusar de los niños esclavos, pero se salvó por faltas de pruebas.

La reina se dio cuenta que lo que necesitaba en ese momento era conseguir otro heredero fácil de controlar y quién mejor que el pequeño Menkheperre Tutmés de sólo nueve años, hijo de Eset una de las concubinas de su esposo, al que haría coronar Faraón, fraguando un oráculo durante la festividad de Amón, con total acuerdo del venal Hapuseneb y que en cierta forma desviaría las sospechas de su implicación en la muerte de Amenmose. De más está decir que ella fue nombrada regente del joven monarca luego de hacerlo desposar con su hija Neferura. Esto le dio poderes absolutos para gobernar el país, hasta que el Dios Amón-Ra decidiera otra cosa.---- concluyó.

---- ¿Quieres decir que el sumo sacerdote de Amón es un depravado muñeco dominado por la Reina?.---- pregunté asombrado.

---- Exactamente. Es un repugnante pederasta cómplice de Hatshepsut, de manera que mientras viva la soberana, Tutmés nunca gobernará el país.----

Permanecí en silencio por un momento. Sentí rabia y compasión a la vez, por tanta injusticia sufrida por el heredero.

---- Comprendo el sentimiento de impotencia que embarga al príncipe al ser despojado de su legítimo derecho.---- dije conmovido a mi amigo. ---- No es el trono en realidad lo que más inquieta a Tutmés, sino el territorio asiático que conquistó su abuelo y defendió su padre y que hoy se pierde día a día a manos de las naciones enemigas. Él, solicitó a la reina de le permitiera comandar el ejército del Delta para recuperar los territorios perdidos, pero ella se lo negó, porque sabe que con el gran carisma que posee el príncipe, pronto dominará a las tropas pudiendo volverlas en su contra. Por el contrario, con los generales que nombró al mando de los ejércitos, luego de destituir a los valientes oficiales de su fallecido esposo, puede sentirse segura en el trono. Son hombres cobardes y corruptos, sin ascendiente sobre sus subordinados y comprada su lealtad con el oro de la Reina, incapaces de actuar por un sentimiento ligado al orgullo y dignidad de su patria. Han dejado escapar gran parte del territorio Djahi a pesar del poco esfuerzo realizado por las tropas de Naharín.

Este Imperio se encuentra en constantes conflictos armados contra el Reino de Hatti al occidente y contra sus rebeldes vasallos asirios al oriente, y sin embargo, se ha dado el lujo de ocupar los territorios al norte de Khinakhny, sin que hubiese una resistencia seria de parte de nuestras tropas. Parece que a Hatshepsut sólo le interesan los preciosos bosques de cedro para convertirlos en muebles y templos.

La costa asiática al norte del delta es tierra de nadie y Retenu en sus montañas y desiertos, alberga amorreos y canaaneos que constantemente desafían nuestra autoridad en la región, en tanto que, a través de las tierras al noreste del Delta, ingresan, entre otros, los nómadas Shasu que atacan las caravanas comerciales y los suburbios de las ciudades menos protegidas.---- dijo Ykkur muy serio y evidentemente preocupado.

Cuando concluimos la plática, el sol estaba en el cenit y nos aproximábamos al primer pozo de agua en nuestra ruta a través del desierto, sin haber visto ningún rebaño grande de gacelas o antílopes y no intentamos hacer daño a las manadas pequeñas. Durante el resto del día cazamos sólo tres gacelas y un orix, para alimentar a todos los hombres.

Los días transcurrieron sin sobresaltos mientras nos adentrábamos en tierra nehesi. En nuestro recorrido, cruzamos territorios que alternaban entre la sabana y el desierto, sin encontrar ninguna bestia de gran tamaño, capaz de motivar al aletargado Menkheperre que no participaba de la persecución de presas indefensas. Durante esos días, apenas se había sentido motivado para cazar algunas hienas bastante feroces y perros salvajes, pero no habíamos encontrado grandes felinos, rinocerontes, ni elefantes.

Durante la tercera semana de cacería, nos habíamos dispuesto a instalar el campamento después del ocaso tras otra agotadora jornada en que la rudeza del clima había hecho mella en nuestra resistencia, luego de una larga marcha a través del árido territorio azotado por el agobiante calor.

La noche era clara y al caer la tarde, la temperatura se había hecho agradable brindándonos una refrescante brisa para recuperar la compostura luego de tantas horas de caminar bajo el sol.

El enorme disco lunar, proyectaba sombras sobre la tierra semiárida de la región. En un cielo sin nubes, las estrellas quedaban opacadas por la resplandeciente luz de la diosa Ioh y el aire olía a las pequeñas florecillas de los achaparrados arbustos que poblaban los recodos de la cañada, menos castigados por el viento.

Después de ayudar a armar la tienda del príncipe, fui en busca de leña para alimentar las fogatas que proporcionarían luz, para mantener alejadas a las fieras.

Me alejé un tanto del campamento, cuando vi que en las cercanías había un saliente rocoso debajo del cual se encontraba un árbol, algunas de cuyas ramas habían caído al suelo, seguramente a causa del viento del desierto que había soplado fuertemente durante la tarde. Confiado en la luminosidad reinante, cometí la torpeza de no tomar una antorcha, pues veía claramente el ramaje seco en el suelo. Me aproximé a unos pasos de la pequeña cueva que creaba la formación rocosa, para observar si descubría la presencia de algún predador. El lugar no mostraba señales de actividad animal y tampoco se escuchaba ningún tipo de sonido. Me acerqué a recoger las ramas caídas debajo del árbol, hincándome con la rodilla derecha apoyada en la tierra, mientras iba juntando los palos con la mano del mismo lado, mientras los sostenía con la otra. Al extender nuevamente el brazo hacia mi derecha contemplé el crecimiento lento de una sombra en el suelo, que instintivamente me hizo retirar la mano al verme sorprendido por su movimiento. Obviamente me percaté, aunque demasiado tarde, que el peligro estaba en el árbol y no en la sombra que cambiaba de forma en el piso. Cuando levanté la vista, imaginé lo peor y no me equivoqué. Un intenso escalofrío corrió por mi espalda, mientras el pecho latía furiosamente. El corazón estallaba en mi garganta y sentía los cabellos de mi nuca erizados por el miedo. Comencé a temblar cuando observé la negra figura, de silueta felina, a contra luz entre el follaje, con enormes y brillantes ojos como llamas refulgiendo en la oscuridad.

Me quedé inmóvil, rogando que no me hubiese visto, pero era obvio que no solo me miraba fijamente, sino que ya había decidido saltar sobre mí.

Pensé en correr pero me encontraba paralizado, con las piernas entumecidas.

Me sentí morir cuando el animal se agazapó para lanzarse. Lancé un grito de terror y cubrí mi rostro al ver el animal cayendo sobre mí. Sentí que perdía el conocimiento. La secuencia de imágenes parecía interminable y de pronto el cuerpo del leopardo cayó pesadamente emitiendo un lastimero quejido. El golpe me derribó tumbándome de lado y rozándome con las garras. No comprendí que había ocurrido, cuando observé junto a mí al leopardo que manchó mi pecho de sangre, inmóvil y tendido de costado agonizando entre estertores, hasta que vi una figura humana acercarse corriendo hacia mí. Saqué mi pierna izquierda atrapada debajo del cuerpo del animal y al levantarme descubrí la flecha atravesando el cuello del gran gato.

---- ¿Te encuentras bien?. ¿Estás herido?----preguntó.

Todavía agitado por el susto balbuceé tartamudeando.

---- Sí gracias. Estoy,... estoy bien. Me sacudí la tierra del cabello y el cuerpo, en el momento en que me di cuenta que tenía el shendit mojado, pues me había orinado de miedo.

Avergonzado levanté la vista. Entre las sombras proyectadas por el árbol, reconocí el rostro parcialmente iluminado de mi salvador. Arco en mano delante de mí, era el propio príncipe que me había rescatado de entre las garras de la muerte.

En aquel momento, sentí que mi vida le pertenecía, que sería su servidor no importa cuanto me costase, pues no solo era el futuro Faraón, sino también el dueño de mi existencia.

---- Gracias mi Señor.---- le dije arrodillado besando su mano.---- Mi agradecimiento hacia vos es infinito.

---- Ya está bien, levántate.---- me dijo.

Me ayudó a pararme y frente a mí, poniendo su mano derecha en mi hombro preguntó.

----¿Cómo te llamas muchacho?---.

---- Me llamo Sed; soy de Khmun, hijo de Pentu el escultor.

----Escucha Shed de Khmun. Debes tener más cuidado. La noche y el desierto son una dupla muy peligrosa. Debes estar siempre atento. Hoy, Amón quiso que no fueras tomado por Sakhmet y me puso cerca para protegerte, pero no hay que tentar a los dioses.---- me amonestó en tono paternal.

Mientras se acercaban otros hombres al haberme escuchado gritar, Tutmés se acuclilló para sacar su flecha del cadáver. La saeta había matado casi instantáneamente al animal que derramaba saliva y sangre por su tiesa boca entreabierta. Me quedé mirando al leopardo, pensando que de no ser por el príncipe, partes de mi cuerpo se encontrarían entre las fauces de la bestia y sería mi sangre la que se hallaría derramada por doquier. Quedé obsesionado por la imagen mental de mi propia muerte. Todavía alterado por el hecho, sin poder quitar mis ojos del felino fui empujado por el pesado brazo de Ykkur que me sacó del lugar.

------ Ya pasó todo, Shed. Te salvaste por muy poco. Volvamos al campamento para que comas algo y te calientes junto al fuego.----

-----Sí, tienes razón.---- le dije sin convencimiento.

Comieron carne de órix de los animales cazados durante la tarde, riendo y bromeando tratando de hacerme olvidar lo ocurrido. No probé bocado y casi no pude dormir, pues soñaba una y otra vez con el leopardo. Me levanté mucho antes del amanecer para reemplazar a quien estaba de guardia; todos dormían profundamente. La noche era fría y la diosa Ioh se encontraba cerca del horizonte, de modo que en ese momento se podía observar mejor el vientre de Nut colmado de luces.

Y allí estaba la gran estrella de la Diosa Eset esposa del amado Asar, Señor del Duat como se le llama al mundo de los muertos y la constelación de Sahu su imagen en el firmamento nocturno. Permanecí absorto, contemplando el espectáculo celeste recordando las palabras de mi padre cuando me dijo, "Las estrellas de la constelación de Sahu son los espíritus correspondientes a los señores de la tierra negra soberanos fallecidos y transformados en dioses después de su muerte, desde el comienzo de los tiempos"; así le enseñaron los sabios sacerdotes conocedores de los secretos del cielo de mi ciudad natal.

Abrigado con una manta de lana de oveja, permanecí vigilando atentamente las colinas cercanas.

Sólo el viento se escuchaba silbar entre los peñascos y de vez en cuando algún solitario chacal o alguna hiena, que no se acercarían por la presencia de nuestras fogatas. Cuando comenzó a aclarar desperté al grupo para levantar el campamento y desayunar antes de proseguir la marcha.

Con esperanza de encontrar grandes mamíferos, nos internamos cada vez más en el territorio de las tribus negras. Los naturales de aquellas regiones guardan un fuerte resentimiento hacia nuestro estado y es tan grande su odio como su temor, de modo que a pesar de haber atravesado varias aldeas y aldehuelas, nunca estuvimos en peligro de ser atacados por los negros. La sola presencia de nuestros carros y el atuendo de Tutmés, provocó muestras de sumisión por parte de los jefes tribales quienes entregaron presentes a su majestad. Pero no era eso a lo que íbamos, de modo que el príncipe aceptaba los regalos y prontamente reiniciábamos la marcha en busca de caza mayor.

La abundancia y variedad de animales se hacía cada vez mayor y sin embargo, no encontrábamos los animales que el príncipe deseaba cazar. En una oportunidad, cruzamos una manada de elefantes, pero la mayoría eran hembras con sus pequeños hijos por lo que el príncipe considero conveniente no atacarlos. Cuando sacrificábamos un orix, realizábamos el ritual de ofrendar de noche el cuerpo a la diosa Nut porque se considera que este animal era el que había comido el ojo del cielo, durante las siete noches sin luna para que Ioh volviese a aparecer.

Cerca de la fecha estipulada para volver a nuestra tierra, durante una mañana calurosa poco después de la salida del sol, avistamos a lo lejos una gran bestia cuyo enorme cuerpo sobresalía por encima del campo de pastizales. El voluminoso cuerno sobre su nariz parecía un obelisco adornando la gran cabeza. A medida que nos acercábamos, apreciamos mejor su tamaño y por mi parte quedé asombrado pues, nunca antes había visto un rinoceronte y me parecía lisa y llanamente gigantesco.

Tutmés hizo señas para reunir al grupo. Se acercaron agachados entre los altos pastos. El príncipe se dirigió al grupo.

---- Escuchen atentamente. Ykkur y yo haremos un rodeo alrededor de la posición del rinoceronte. Buscaremos acercarnos a él en dirección contraria a como sopla el viento. Su visión es pobre pero tiene muy buen olfato y buen oído. Nosotros debemos estar suficientemente cerca para arrojar nuestras lanzas y hacer impacto detrás de su pata delantera izquierda para llegar al corazón por ser este su punto más vulnerable. Si algo nos sucede deben golpear los escudos y gritar para llamar su atención y luego escapar dispersándose.---- explicó Tutmés.

Hizo señas a los guardias ya experimentados en estas cacerías para que tomasen los escudos y se ubicaran en el terreno como él les había indicado. El resto deberíamos alejarnos llevando a los animales dónde podríamos estar lejos y a salvo, y al mismo tiempo divisar al rinoceronte.

El viento los favorecía, pues el animal no podía olfatearlos y se encontraba con la cabeza baja alimentándose de pastos. Se movieron con sigilo. Lentamente y a gatas, llegaron a unos veinte pasos del gigante que desde allí presentaba su flanco izquierdo en posición óptima de tiro.

Cuando Tutmés se elevaba por encima del nivel de los pastizales levantando su brazo derecho armado y se disponía para impulsar su dardo, el viento cambió inesperadamente de dirección y vieron ondear los pastos a su alrededor en dirección al paquidermo. El animal levantó su cabeza y la movió hacia ellos siendo obvio que los había descubierto.

---- ¡Hacia el árbol Ykkur, es nuestra mejor protección! El rinoceronte resopló y girando su cuerpo comenzó a correr hacia ellos. Los guardias golpearon fuertemente los escudos para atraerlo hacia ellos pero la bestia no les prestó atención y furiosa apuntó su cuerno en velocidad hacia los cazadores.

El árbol se encontraba a unos ochenta pasos de ellos y corrieron lo más velozmente que pudieron, pero los pastos altos les impedían moverse más rápido. Se me puso la piel de pato cuando vi que los alcanzaba. Ambos cazadores dejaron caer sus lanzas, tomando impulso con sus piernas a la carrera y extendiendo sus brazos en el salto asiéndose de diferentes ramas del árbol quedando colgados.

El animal a toda velocidad pasó por debajo de Ykkur que exhausto apenas tuvo tiempo de treparse para evitar la embestida. Sin poder frenarse del todo el gigante siguió unos pasos más, enganchando el ramaje bajo, que quedó parcialmente quebrado.

Tutmés ayudó a Ykkur subir a la seguridad del tronco donde recuperaron el aliento luego de tremendo esfuerzo. La bestia también se detuvo para descansar y un instante después el sonido de los escudos pareció llamar su atención. El rinoceronte todavía agitado, al fin advirtió nuestra presencia, girando su cabeza para mirarnos a causa del estruendo que provocaban los guardias. No vi en que momento el príncipe se apeó del árbol y ocultándose detrás del tronco había tomado una de las lanzas caídas junto al mismo. Cuando el rinoceronte empezaba a trotar en dirección a los escudos, Tutmés salido de detrás del árbol extendiendo su brazo en su máxima extensión y con todas sus fuerzas clavó la lanza profundamente entre las costillas de la bestia cuya herida manó un hilo de sangre que corrió hacia abajo por la pata del animal que frenó en seco su movimiento. Herido y furioso, el cornado ejemplar se volvió hacia Tutmés, que sin perder tiempo, tomó la otra lanza y mientras el gigante se movía lentamente y con paso vacilante, hizo blanco con violencia en el cuello de la bestia, que trastabilló para desplomarse tras recibir el impacto. Ante el intento del rinoceronte de levantarse, Ykkur entregó su khepesh al príncipe, para que ultimara al animal de un sablazo. Luego de tanta tensión, todos gritamos a una sola voz, vitoreando al príncipe cuando todo hubo terminado.

Nos reunimos en torno al grupo para felicitar al gran cazador que tomando un cuenco de arcilla alcanzado por Madakh, recogió la sangre de su víctima para beber un sorbo todavía caliente como gesto de triunfo.

Su piel sudorosa brillaba al sol como el granito negro pulido, resaltando su musculatura vigorosa y varonil. Después de cortar el cuerno del animal, extraer carne y vísceras del cadáver, nos alejamos de sitio para alimentarnos con el trofeo de caza, dejando el resto para los leones, las hienas, los chacales y los buitres, que ya habían comenzado a rondar por el lugar.

Después de aquel día, el príncipe decidió que ya era tiempo de emprender el retorno hacia el valle. Había transcurrido más de un mes desde nuestra salida de la capital y el retorno nos llevaría al menos otros diez días.

La manera más rápida y segura de regresar, sería a través del río. El punto de embarque fue Sunnu, rica ciudad meridional, por la abundancia de minerales y piedra para la construcción. Siendo también "La puerta del sur", de entrada y salida hacia los dominios en tierra nehesi, constituía un punto estratégico en el tráfico comercial, de donde deriva su nombre, y como puesto fronterizo y enclave de las guarniciones que controlaban el límite meridional de Kemet.

Embarcamos en una nave mercante que volvía a Mennufer la gran metrópoli del delta.

El viaje río abajo, fue muy tranquilo y para el tercer día, habíamos arribado a Waset. Para mí fue una gran experiencia y aún tenía mucho que aprender al lado de mi señor Tutmés y mis amigos de la custodia. El príncipe me había tomado un aprecio especial, como si yo fuese un hermano menor a quien se debe proteger. De él aprendí a defenderme para sobrevivir y desveló ante mí, los secretos del combate con armas. Semana a semana y mes a mes después de aquella travesía me integraron más al grupo y el propio príncipe me instruyó en las artes de la guerra. Parece ser que mi entrenamiento y preparación, constituyeron una buena distracción y motivación para Tutmés, sacándolo de su melancolía. Fue un desafío para él, la difícil tarea de transformar a un inexperto y desgarbado campesino, en un fuerte y hábil guerrero.

Las cacerías se sucedieron y mi destreza con el arco fue mejorando notablemente. Las luchas cuerpo a cuerpo con hacha y mazo, fortalecieron mi musculatura, realzando sensiblemente mi defensa con el escudo y el trabajo con la lanza. Mi padre se veía henchido de orgullo cuando podía presenciar mi entrenamiento. Por mi parte, me resultaba fascinante formar parte del entorno del futuro faraón, aunque por supuesto era consciente que si el príncipe hubiese sido monarca, jamás se hubiera ocupado de mí, puesto que los asuntos de estado hubiesen consumido todo su tiempo.

Fue una gran bendición para mí, aquella época tan difícil de mi señor, viendo como se desintegraba el gran imperio, conquistado por su abuelo y su padre, a manos de su ambiciosa madrastra, ocupada en el lujo y la opulencia de su corte, mientras miles de campesinos sufrían privaciones, oprimidos bajo el rigor de los altos impuestos al grano, dirigidos a sostener la debilidad de Hatshepsut por los costosos productos exóticos traídos desde los cuatro puntos cardinales, y para pagar los salarios de decenas de miles de obreros que trabajaban en la construcción del palacio, la tumba y los templos de la reina. Mientras las poblaciones negras del sur morían en la hambruna, de su rica tierra era extraído el oro que llenaba los cofres del tesoro real y aumentaba las riquezas del obsecuente Hapuseneb.

Sin poder cambiar el curso de los hechos, debió sentirse como si los dioses lo hubiesen apartado del destino de "La Tierra Negra". El hecho de conocerlo tan de cerca, disminuyó en mí, la imagen divina y lejana que uno siempre tiene de un soberano o un heredero al trono, pero el apreciar tantas virtudes en el príncipe, me convenció de que no existía hombre sobre la faz de la tierra, más digno de desempeñar el cargo de gobernante y de ceñir la doble corona de Kemet.

Por aquel tiempo, ya habían transcurrido más de dos años desde mi llegada a la capital del país. Todo era igual en la gran metrópoli, salvo que el despilfarro de la reina había aumentado.

Desde la muerte del Visir Weseramun, que había sabido administrar los recursos a pesar de los derroches de la soberana, las riquezas del país cayeron en manos de Hapuseneb quien, por supuesto, no pondría oposición a los caprichos de Hatshepsut, utilizando incluso el tesoro de Amón para aumentar su ajuar funerario cuyo depósito había sido recientemente ampliado. El taller de artesanos de palacio estaba abarrotado de objetos suntuarios que se preparaban para el día en que la soberana fuese a habitar su lugar de descanso eterno. En nuestra tierra, todos los objetos necesarios para el soberano en el mundo de los muertos, se preparan muchos años antes de su deceso, para que llegado el momento, los sepulcros del "Valle de las tumbas de los faraones" contengan todo lo necesario para la vida de ultratumba del monarca fallecido. Mi padre se había transformado en uno de los mejores y más prestigiosos maestros artesanos, con gran cantidad de trabajadores bajo su dirección. Por el contrario, yo había abandonado mucho tiempo atrás el taller, al ver que por más que me esforzara, mis esculturas no pasaban de ser trabajos mediocres y, perdido el entusiasmo de años anteriores, decidí abandonar aquello para dedicarme por completo a prepararme para ser guardia de la custodia del príncipe.

La guardia personal de Tutmés, estaba formada por sólo diez hombres, pues la propia soberana, no permitía que el heredero tuviera en sus manos una fuerza armada que pudiera poner en peligro su seguridad en el trono. La usurpadora, temía que el legítimo sucesor de Tutmés II, le arrebatara el poder si contaba con un número importante de hombres bajo su mando; pero que podían hacer sólo diez custodios mal pagados, contra sesenta hombres que formaban el cuadro de los guardianes de la gran esposa real, con mejores armas, carros, caballos, y un entrenamiento excelente, formado casi en su totalidad por mercenarios libios, que solo respondían a Khian, su jefe, comprado con el oro de la Reina.

No existía en ellos algo que pudiera compararse con el sentido de patriotismo, escrúpulos, o preocupación por el futuro del país, mientras la soberana violaba las más elementales normas de respeto al Ma’at como orden universal. La lealtad de los mercenarios estaba dirigida hacia el oro y por ello se sentía segura, de modo que casi no prestaba atención a Tutmés. Si el príncipe alguna vez osaba sublevarse, simplemente lo condenaría a muerte sin dudar.

Tutmés, astutamente, se comportaba como el hijastro obediente, pues cualquier acto en contra de las decisiones de la reina podía provocar su ira, desatando su crueldad. Incluso a su propia hija Neferura, la degradada verbalmente, amonestándola como si fuese una niña; la avergonzaba delante de los propios esclavos abofeteándola e insultándola. La tímida y callada Neferura era una muchacha totalmente introvertida, completamente anulada por la personalidad de su madre, quien la había hecho desposar con Tutmés, cuando ambos eran sólo un par de niños.

De esta manera, Hatshepsut había llegado al trono casando a su primogénita, que llevaba el derecho a la doble corona en la sangre y a su hijastro, como heredero varón, aunque no con todo el derecho a la sucesión por ser hijo de una concubina de Tutmés II. Así, el matrimonio de los niños la transformaba en poseedora de la suma de atribuciones para ejercer el mandato como regente de su yerno y de su hija, luego de sacar del camino a Amenmose, su hermano.

La soberana despótica y tirana, en su delirio de grandeza, había hecho pintar en su templo, escenas que mostraban al propio Dios Amón-Ra fecundando a la madre de la regente, la reina Ahmose, con la semilla divina que la engendraba y la hacia hija material y espiritual de la más grande entre las divinidades de Kemet. Aún más, se había hecho retratar recibiendo la corona real de su padre, Tutmés I, fallecido mucho antes de que ella sé auto coronara faraón, con todos los atributos masculinos, el cayado, el látigo, como así también la barba postiza.

He caído en otra de mis digresiones, desviándome del tema.

Te contaba mi joven nieto, que en aquella época ya había abandonado el taller y sólo trabajaba en el arsenal con el viejo Tay, de manera que me quedaba la mitad del día para mi entrenamiento como futuro custodio del príncipe. De ello conversábamos con Madakh una tarde.

------¿Cuándo podré formar parte del grupo de custodia, Madakh?.----- le pregunté mientras limpiaba el suelo del depósito de armas para terminar mi tarea de aquel día.

El delgado y narigón Madakh, sentado sobre un banco, esperaba que yo concluyera mi labor, para salir juntos hacia la arena de lucha.

Me respondió con tono tranquilo y vos suave.

-----No seas impaciente, Shed, ya llegara tu tiempo. Preocúpate por mejorar. La labor de un custodio es peligrosa y tu todavía no tienes suficiente experiencia.----- me di vuelta para mirarlo y supe que se estaba burlando de mí.

-----¿Y, cómo voy ha adquirir experiencia si sólo me permiten participar de las expediciones de caza y nunca de las misiones a las tierras del norte en donde podemos encontrar enemigos?.----- pregunté.

------ Te aseguro que en Kemet encontrarás tantos enemigos como fuera de él. La reina tiene espías por todos lados y como guardia del príncipe deberás cuidar lo que hables hasta en presencia de tus propios compañeros de cuerpo.---- me advirtió.

---- ¿De quien desconfías?---- pregunté extrañado.---- Supongo que no será de Ykkur. ----

---- Por supuesto que no. Él ha sido mi mejor amigo desde hace muchos años y sé que sólo él y yo daríamos la vida por el príncipe sin pensarlo dos veces. Incluso me salvó la vida cuando me mordió una serpiente y me curó y cuidó de mí cuando presentí que mi muerte era inevitable. Ese gigante es el hombre más honorable que he conocido, aparte del príncipe, y nadie podría comprarlo ni con todo el oro de la Reina.

Yo me refiero a los otros guardias; son casi todos soldados del ejército y cumplen órdenes de oficiales superiores que a su vez dependen de Udimu general en jefe de su majestad, un viejo achacoso incapaz de mover un dedo, pero muy conocedor de la administración del ejército y la flota, sacando provecho del presupuesto para su peculio.

El príncipe de Sidón hace un tiempo le comentaba a Tutmés que a pesar de la enorme cantidad de oro que posee el tesoro de Amón-Ra, las guarniciones de los territorios del Norte, no son equipadas con pertrechos necesarios para resistir ataques exteriores de ejércitos organizados. Tan sólo pueden hacer frente a bandas de nómadas merodeadores. Este ahorro va a parar a las arcas del corrupto Udimu que empezó como un oficial común y hoy es uno de los hombres más ricos del país. Él se ocupa de pagar bien a los oficiales adeptos a la reina, pero la preparación es pobre y el armamento insuficiente, de manera que no hay posibilidades de defender el territorio ocupado y esto nos está costando la reducción de los dominios asiáticos e incluso algo de los territorios nehesi.---- comentó Madakh.

---- Está bien, entiendo la situación pero, ¿cuándo voy a tener la oportunidad para adquirir experiencia?.---- pregunté impaciente.

---- Hablaré con el príncipe, para que vengas con nosotros a escoltar a una caravana que llegará por el camino de la costa, desde Djahi hacia el sur, una región infestada de bandas nómadas que asaltan los contingentes comerciales. Esta caravana en particular transporta desde oriente gran cantidad de productos apreciados por la regente, obsidiana, lapizlásuli, jade y tapices de Susiana.

Partiremos dentro de diez días en barco desde el delta bordeando la costa hacia Khinakhny para esperar a la caravana que llega dentro de un mes proveniente de Karduniash y protegerla en su viaje por la costa de Retenu hasta Kemet.

---- ¿Por qué no transportan los productos por mar?.---- inquirí.

---- Porque es más peligroso aún debido a la cantidad de navíos que son atacados por piratas amorreos, y por las flotas hurrita e hitita, que superan ampliamente en número a nuestras naves y se disputan la supremacía marítima en "El Gran Verde" (que es el nombre que damos al mar Mediterráneo en nuestra lengua)---- dijo Madakh.

---- Te aseguro que si me llevan no los defraudaré.---- le dije para que intercediera por mí.

---- Trataré de convencer a Tutmés de que ya estás preparado para enfrentarte al peligro sin huir como una mujer. ----

---- ¡Ja,Ja! Qué gracioso eres mi jocoso amigo.---- le dije en tono de reclamo por compararme con una mujer asustada.

El príncipe accedió a mi pedido. En los días siguientes entrené más duro que nunca.

Cuando les conté a mis padres, se preocuparon, sobre todo mi madre, pero Pentu expresó su orgullo por mi desempeñó en la preparación y dedicación con la que me había visto trabajar en mi superación como guerrero, y estuvo de acuerdo en que realizara el viaje.

---- Si ese es tu deseo hijo mío y quieres con toda tu alma ser guardia del príncipe, debes poner tu corazón y demostrar lo que vales.---- me dijo mi padre emocionado.

Mi madre lloraba emocionada.

---- ¿En qué momento has crecido tanto que ya arriesgas la vida por tu país?, si yo aún te veo como mi pequeño Shed.---- me abrazó con fuerza y me dio un beso en la frente tomando mis mejillas entre sus pequeñas y tibias manos.

Mi hermanita Eset que para entonces había crecido mucho, me besó la mejilla, acariciando mis cabellos con dulzura.

---- Cuídate mucho hermano, te amamos y no queremos perderte.---- luego de despedirme de mi familia aquella mañana me sentí diferente, como si fuese otro.

Contaba con diecisiete años. Me vi como impulsado a otra etapa de mi vida. Por vez primera, percibí el sentimiento de haber cruzado una frontera. Había dejado de ser un joven para transformarme en un hombre.

CAPITULO 8

"La expedición a Biblos."

Con el equipaje listo salí de casa con las primeras luces del alba. La mañana era fresca y disfruté de la brisa perfumada a dátiles y granadas mientras me dirigía por la amplia avenida de palmeras hacia el puerto. Luego de embarcar todo lo necesario para el viaje zarpamos hacia Mennufer.

Río abajo nos movíamos a fuerza de músculo de los remeros negros que sudaban copiosamente bajo el ardiente sol, tan sólo protegidas sus cabezas por el tocado de lino ordinario, un tanto amarillento. Sentado junto a la baranda de estribor admiraba la bella cabeza de león colada en bronce y remachada sobre el cono de madera que remataba el extremo superior de la proa. La aleación pulida y lustrada, resplandecía como el propio disco solar, contrastando bellamente con el azul intenso que lucía el casco del barco. Era una nave real de guerra de unos cincuenta pasos de envergadura con treinta pares de remos, doble mástil, doble timón con camareta central y castillos en proa y popa. Por supuesto que jamás sería utilizada para el combate, sino más bien con fines ceremoniales, imitando a las naves guerreras de la flota para resaltar el carácter bélico y la riqueza del imperio. La camareta estaba construida en cedro enchapado en oro exteriormente, trabajado en relieve, con escenas bélicas de Tutmés I, en su lucha contra los Príncipes asiáticos, que lo representa victorioso tensando su arco montado en su carro, sobre la margen occidental del río invertido que atraviesa el país de Naharín, pintada en rutilantes colores azules, rojos, amarillos, verdes y blancos, con el borde de las figuras remarcada en negro. Los marcos y dinteles de las puertas de la camareta central estaban tallados en marfil, y el reborde exterior del techo en ébano al natural, lustrado. A su sombra se hallaba Tutmés meditabundo. Luego de un tiempo de encontrarse de buen ánimo, había vuelto a caer en su estado de nostalgia y tristeza. Me acerqué a conversar con él cuando se encontraba sentado a babor, observando las imágenes grabadas que mostraban las conquistas de su abuelo.

---- ¿En qué pensáis mi señor?.---- pregunté.

---- Ven, siéntate a mi lado.---- dijo.---- Mira Shed, esas son las imágenes de las victorias de mi abuelo sobre nuestros enemigos. ---- Sueño con los ojos abiertos, cuando veo esas pinturas por doquier, que muestran al Gran Tutmés I, imaginándome a mí mismo, haciendo valer el poder de Amón-Ra sobre los a’amu, colocando una estela para marcar la frontera del Imperio de Kemet al lado de la que él dejó durante su glorioso reinado, en la ribera del río invertido.

Deseo, más que nada en este mundo, devolver la grandeza, que supo darle mi abuelo, a la tierra del Hep-Ur.----

---- Yo sé que mi señor puede hacerlo.---- dije seguro de mis palabras.

---- Pero, ¿cuándo Shed?, ¿Cuándo podré tomar lo que me pertenece?. A veces, me resulta tan pesado el yugo que me impone Hatshepsut obligándome a soportar ser marginado del trono, mientras veo derrumbarse a pedazos el Imperio construido por mis antepasados, que siento que voy a arder de ira. En ciertos momentos mi corazón me impulsa a asesinarla, pero sé que sería como suicidarme, porque antes moriría yo a manos de sus guardias.

Pronto se cumplirán 20 años desde que fui nombrado sucesor al trono que dejó mi padre, y sin embargo debo vivir a la sombra de Hatshepsut como los parásitos que adulan a la usurpadora, fingiendo que soy fiel a su voluntad.

---- Sólo debe esperar mi señor. Amón-Ra no apartará del trono a quién mejor puede demostrar su poder a los enemigos de Kemet.

---- Yo tampoco he perdido la fe, pero a veces me siento desalentado al ver pasar las inundaciones, sin poder encontrar la oportunidad de ceñir la doble corona. Por otra parte sería incapaz de pactar con el enemigo para conseguir el trono, pues sentiría que traiciono a mis dioses, a mis antepasados y a mi pueblo.

Debo conseguir el apoyo de personajes importantes, con poder económico y militar que me respalden en contra de Hatshepsut.---- reflexionaba Tutmés.

Yo lo escuchaba atentamente y a pesar de mi poca experiencia en los asuntos de estado, era consciente del peligro que representaba tratar de conspirar contra la soberana, pues muchos que se decían de confianza, traicionarían a Tutmés informándole a la reina de sus intenciones a cambio del oro de sus arcas.

---- Debo descubrir los puntos débiles de su reinado o moriré de viejo antes de ser Faraón.---- dijo Tutmés, como pensando en voz alta.

Mientras veíamos subir y bajar los remos al compás del tambor de proa, me pareció adecuado sacar al príncipe de sus obsesivos pensamientos preguntándole acerca de la ciudad que visitaríamos, la grandiosa Mennufer, ciudad del dios Ptah.

---- Ruego que mi señor, me cuente cómo es aquella gran ciudad.---- le solicité.

---- Mennufer es magnífica. En ella, encuentras a cada paso, grabada en piedra, la gloriosa historia de nuestra "Tierra Negra", escrita por nuestros antepasados con el trabajo de sus manos, con la fuerza de sus músculos y defendida su grandeza con sus propias vidas. Fue la capital del país durante más de mil años y en sus palacios se decidía el destino de Kemet, cuando Waset era una aldea apenas habitada del alto valle.

Fue fundada por el rey Aha-Men hijo del gran faraón Nar-mer, fallecido antes de consolidar su obra de unificación, que tanto sacrificio representó a sus antepasados, para reunir en un solo gran territorio las tierras bajas del delta y las tierras altas del valle.

Tanto tiempo de enfrentamientos en luchas de dominación del Norte contra el Sur y del Sur contra al Norte, sólo producían estériles derramamientos de sangre, que debilitaban el alma de Kemet. Por ello a mí me complace llamarla por su nombre antiguo más adecuado Ankh-Tawy, "La que une a los dos países", desde la que gobernaron los dioses faraones, constructores de los gigantescos "Mer", esas gigantescas estructuras de piedra, algunas construidas con millones de bloques de caliza y granito que aún hoy envidian nuestros arquitectos.

Yo mismo indicaré a Madakh que te lleve a visitar la metrópolis y los monumentos de la ciudad, durante los días previos a nuestra partida. Él conoce la región pues procede de esa ciudad, de manera que aprenderás mucho a su lado.

Llegamos tres días después cerca del mediodía, luego de hacer escala en la ciudad de Hebenu la primera noche y en Henen-Nesut la segunda. Desde el puerto, fuimos conducidos en carros hasta la residencia real, pasando a través de una amplia avenida flanqueada por innumerables tiendas y puestos de los comerciantes que precedían la entrada al verdadero mercado de abarrotes.

La enorme multitud, se movía como un enjambre en la colmena, ocupada en el bullicioso intercambio en el que se escuchaban a los mercaderes ofreciendo sus productos y a los compradores regateando para conseguir mejores precios sobre gran variedad de artículos desde alimentos, hasta elementos de labranza, animales, ropa o sustancias para el proceso de "Ut", el embalsamamiento de los difuntos.

Un enorme bosque de palmeras brindaba fresca sombra al lugar, que de otra manera hubiese sido un caldero, con tanta actividad de gentes y animales bajo el sofocante mediodía, aumentada la humedad por las cercanías del delta. Sicomoros, manzanos, palmeras, granados y tamariscos entregaban al ambiente los dulces aromas de sus frutos como lo hacían los lirios de agua con sus flores en el estanque central. La vista no alcanzaba para divisar los límites de la ciudad. Tenía el doble de extensión que Waset. Pasando frente a la residencia del gobernador de la provincia llegamos finalmente al palacio real del norte del país.

Una impresionante estructura pintada de un blanco resplandeciente, a la cual se ingresaba a través de una escalera monumental en tres niveles en cuyos flancos se hallaban las estatuas en granito rojo de los héroes de la reconquista,

aquellos hombres que lucharon contra los príncipes extranjeros en pos de la liberación del país, incluso la propia reina regente, aunque no haya visto una batalla ni a distancia. A decir verdad, los príncipes asiáticos ya habían sido expulsados mucho antes de que la soberana hubiese nacido.

Las mencionadas esculturas, enmarcaban la plataforma cuadrangular en la que se alzaba una soberbia talla en mármol de la cobra real, manifestación de la Diosa Wadjet símbolo de las tierras del Delta del Hep-Ur.

En cada descanso de la escalera y a ambos lados de la misma, se encontraban también en cinco niveles, bellas fuentes rectangulares colmadas de nenúfares y lotos con flores multicolores, al pie de las cuales crecían bosquecillos de papiros y juncos, cubriendo el resto del frente del edificio en clara alusión a los reinos el alto y bajo Kemet por sus plantas representativas. Al final del patio se extendía una galería cubierta, rodeada de columnas con capiteles en forma de papiro abierto, tras la cual se abrían los corredores que llevaban a las diferentes estancias entre las que se encontraban las habitaciones a las que fuimos conducidos.

Se nos avisó que se celebraría una fiesta de bienvenida para el príncipe, aquella noche en el salón central.

Desde nuestros aposentos en el piso superior, podíamos observar a través del ventanal, los extensos jardines atendidos por hermosas jóvenes sirvientes y esclavas que alimentaban a las mascotas de la residencia, entre las que se encontraban palomas, ocas, garzas e íbices. No bañamos en el estanque construido por orden de Tutmés I que disfrutaba de nadar lejos del peligro de los animales del río como hipopótamos, cocodrilos y serpientes.

El agua procedía de un canal excavado desde un arroyo que se desprendía del río hacia el norte de la ciudad, de manera que siempre se encontraba limpia pues era filtrada a través de sucesivas mallas de fibras de palmera que eran reemplazadas periódicamente.

Mientras Ykkur y Tutmés, juntos con tres hombres más de la guardia, ajustaban los preparativos para la travesía, el resto nos dirigimos al mercado para aprovisionarnos de víveres y pertrechos para el largo viaje hasta Khinakhny. Para aquel momento, las ciudades puertos del país costero, se hallaban amenazadas por el avance de los príncipes amorreos y cananeos, apoyados por las tropas del país de Naharín gobernado por Parratarna. Después de adquirir lo necesario, que sería transportado al día siguiente para ser embarcado en las naves de la flota, regresamos al palacio para la fiesta.

Con las últimas luces de la tarde, las sombras ganaban el interior del edificio, nuevamente iluminado por los esclavos que fueron encendiendo las antorchas en los jardines y las lámparas de aceite de pie o colgantes, profusamente distribuidas por salones, salas, corredores y patios columnados. La belleza del lugar era paradisíaca. Por orden del príncipe la celebración se llevó a cabo al aire libre y no en el salón central como había sido programada previamente, pues la noche era realmente cálida e ideal para disfrutar de la frescura de los jardines tras la puesta de sol.

Ya entrada la noche y habiendo llegado el total de las autoridades y funcionarios, como así también representantes del clero, se anunció la entrada del príncipe heredero como representante de la familia real. Luego de terminado el saludo protocolar de bienvenida a Tutmés, el gobernador dio orden de que se iniciaran los festejos, tras lo cual se empezaron a escuchar las dulces melodías de las flautas y los nostálgicos tintineos de las arpas, acompañadas por sistros al compás de los timbales.

Exquisitos manjares fueron servidos por los esclavos. Terneros, cabras y corderos asados, patos, palomas y perdices cocinados en vino o hervidos en leche con miel.

Pescados de varias especies, pan de trigo y cebada, pasteles de higo y dátiles, bandejas colmadas de frutas y por supuesto lo que abundaba en toda celebración, docenas de grandes jarras de vino traídas desde los oasis. La fragancia de los perfumes femeninos inundaba el aire de embriagante sensualidad, al ritmo de la danza ejecutada por bellas jóvenes de agraciada figura, creando una atmósfera de elevado erotismo.

Sentado a un costado, lejos de los importantes personajes invitados, me encontraba fascinado contemplando aquellas bailarinas meneando sus caderas, cuando sentí un suave golpe en mi nuca y al girar mi cabeza hacia atrás, vi a Madakh sentándose detrás de mí con las piernas cruzadas. Se acercó para hablarme al oído.

---- Si quieres ser guardia personal del Príncipe debes estar atento a él en todo momento, incluso en aquellos instantes en que no parece existir ningún peligro.---- me advirtió.---- Supuestamente me encuentro de descanso y podría disfrutar de la celebración y sin embargo debo estar atento a lo que está ocurriendo.---- lo miré sin comprender. Realmente no sabía a qué se refería.

---- ¿Qué está ocurriendo.?---- le pregunté extrañado.

---- Un verdadero custodio no puede distraerse nunca. Te estuve observando y no apartaste la vista de las bailarinas desde que entraron en los jardines. Solo falta que babees.---- me dijo riéndose de mí.

Me debo haber ruborizado porque percibí un súbdito calor en mi rostro. ----- ¿Por qué?, ¿Qué ocurre?.---- pregunté avergonzado por mi pueril reacción.

---- No lo sé todavía pero mira al príncipe.---- me dijo disimulando como si estuviésemos hablando tonterías. Era cierto, algo malo ocurría. El príncipe escuchaba meditabundo y sombrío, a un hombre blanco barbado de aspecto extranjero y vestido con finas ropas. El semblante de Tutmés lo decía todo, reflejando preocupación y enfado al mismo tiempo.

---- ¿Quién es ese hombre?.---- pregunté a Madakh.

---- Es el embajador de Biblos. Las ciudades del país de Khinakhny, son las únicas aliadas que nos quedan en tierra asiática.

---- Luego averiguaremos que ocurre cuando nos informe el príncipe. Ahora mira al lado opuesto del jardín.---- me indicó Madakh.

Como de forma casual, giré la cabeza hacia allí y observé detrás de los invitados a Amenemheb, uno de nuestros compañeros de la guardia, que observaba atentamente hacia donde se encontraba Tutmés.

---- Ya sé,---- le dije---- yo debería estar atento como lo está él, ¿verdad?.----

---- No, no es por eso lo que te digo. Detrás del embajador de Biblos se encuentra Say, otro de la custodia y te aseguro que está escuchando atentamente todo lo que conversa el príncipe. He visto a Amenemheb haciéndole señas hace un momento, para que fuera a ubicarse allí. Ykkur también ha percibido el movimiento. Tanto Say como Amenemheb han permanecido escuchando las conversaciones del príncipe con cada personaje importante con los que ha mantenido diálogo.---- explicó Madakh.

---- ¿Ustedes suponen que son espías de la Reina?.---- pregunté.

---- Exactamente. Ykkur ha seguido a Amenemheb en la capital y lo vio entrar varias veces en la residencia del gobernador de la provincia. ¿Qué tipo de actividad puede cumplir un oficial de rango menor que lo lleve a frecuentar tan a menudo a la residencia de un funcionario como Bakenkhosu?. Es sólo un portaestandarte del ejército. Creemos que son informantes del gobernador que a su vez, es un "lame-culo" de la Reina, como tantos otros.----

---- Y, ¿ qué harán al respecto?.---- expresé con curiosa ansiedad.

---- Matarlos, de ser necesario, si suponen un peligro para la vida de Tutmés.---- quedé perplejo.

---- Pero de todas formas, una acción semejante pondría en evidencia la intención del príncipe de rebelarse a la autoridad de la Reina.---- reflexioné preocupado.

---- Lo sabemos, pero si así fuera, no nos quedaría otra opción. De cualquier manera Tutmés estaría acorralado, por eso necesitamos de tu ayuda esta misma noche.---- me dijo muy seriamente.

Se me hizo un nudo en la garganta.

---- Cuenta hasta cien y saliendo por el extremo opuesto de la galería al que yo utilice, búscame fuera del palacio en los bosquecillos de papiro a la izquierda de la entrada. No quiero que sospechan nada.

Lanzó una carcajada se paró detrás de mí y se tambaleó como si estuviera borracho, jarro de vino en mano. Tomó a una muchacha con la que había estado anteriormente y se la llevó de la cintura como si fueran hacia las habitaciones. Esperé un momento como él me dijo y abandoné los festivos jardines para salir del palacio.

Lo vi llegar por la puerta de atrás. Ocultos entre las sombras de la noche sin luna, conversamos acerca del plan.

---- Shed, debes seguir a Amenemheb, si es que abandona la residencia en algún momento de la velada. Estamos convencidos que tiene algún contacto en la ciudad y debemos saber de quién se trata, y si de alguna manera representa un peligro para Tutmés. Seguramente aprovechará ésta anoche para encontrarse con el contacto o dejarle algún mensaje, por las facilidades que la celebración proporciona para salir del palacio sin que nadie lo advierta. No podemos hacerlo nosotros pues Ykkur aún está de servicio y yo debo reemplazar a Shomu más tarde. Tengo asignada la custodia del príncipe pasada la medianoche junto con Say, de manera que sólo deberás estar atento de lo que haga Amenemheb. En cuanto podamos evadirnos sin ser vistos, te respaldaremos.---- me puso la mano en el hombro.

---- Confiamos en ti Shed, cuídate.----

-----Todo saldrá bien.---- le dije sin mucha convicción.

La verdad es que estaba muerto de miedo, pero me dije a mí mismo que debía tener confianza en mi capacidad, como mis amigos tenían confianza en mí. Traté de recomponerme y volví a la fiesta.

Luego de un tiempo las estrellas habían recorrido un largo camino sobre el vientre de Nut. La música seguía pero la mayoría se habían retirado.

Bostecé varias veces, pero como no tomé cerveza ni vino, sólo frutas y jugo de granadas, pude permanecer despierto entretenido en la conversación con las muchachas de la servidumbre y algunas bailarinas, pero sin apartar la vista de Amenemheb. Cuando lo vi levantarse de su sitio, tomé de la mano a una de las muchachas y me incorporé para llevarla a mi lecho.

Las mujeres que nos servían eran parte del regalo de bienvenida para el príncipe y sus invitados, de manera que aún nosotros, los que no cumplíamos con la guardia, estábamos autorizados para llevar a una de ellas a nuestras habitaciones para pasar la noche.

Abrazado a la joven y besándonos, nos dirigimos al piso superior donde se encontraban las habitaciones, mientras veía a Amenemheb entrar a su cuarto que se encontraba a dos habitaciones más allá de la mía. Me quedé un rato con la muchacha en el corredor y luego de ver que había apagado su lámpara, entramos a mi aposento y nos sentamos en los almohadones sobre la alfombra. Apagué mi lámpara y me acerque a la joven para hablarle al oído.

---- Necesito que me ayudes, es muy importante. Sólo debes fingir que estamos haciendo el amor.----

-----¿Cómo?.---- preguntó confundida.

-----Haz como te pido, por favor. Jadea y suspira, debes aparentar que estamos copulando.---- La muchacha no preguntó más y satisfizo mi pedido.

No pude ver su rostro en la oscuridad, pero debía haber estado totalmente sorprendida por lo que le dije, sin embargo estaba para complacerme y obedeció.

Yo me acerqué a la puerta, cubierta por una delgada cortina de lino blanco, permaneciendo en la oscuridad a la espera de algún movimiento en el pasillo. Si Amenemheb salía, solo podría hacerlo por la escalera, pues las ventanas estaban demasiado altas para saltar y tampoco le convenía llamar la atención de los guardias que recorrían el exterior de la residencia. De manera que obligadamente debería pasar frente a mi puerta para llegar a la planta baja.

Esperé un rato sin que ocurriese nada, al fin divisé una sombra cruzando el corredor en dirección a las escaleras. Me asomé con mucho cuidado al exterior. Estaba muy oscuro, pero no tuve dudas, era él. Me acerqué a tientas en la oscuridad a la muchacha. Le di un beso.

---- Quédate aquí hasta que regrese y no enciendas a la lámpara.---.

Salí deprisa y observé con cuidado a mí alrededor, podía haber alguien acechando en las sombras. Apuré el paso; el lugar estaba tranquilo y aparentemente la mayoría dormía o se encontraban en sus habitaciones o en el jardín, pues el interior del palacio estaba en completo silencio.

Bajé descalzo para hacer menos ruido. Amenemheb, cruzaba el patio exterior para bajar a la calle. Se dio vuelta para mirar atrás. Me quedé inmóvil por un momento. ¿Me habrá visto?, pensé.

Me latía el corazón como el galope de un potro. Para mi tranquilidad, siguió caminando sin detenerse. Estaba demasiado oscuro en la galería como para que me hubiese visto, me dije para calmarme.

Lo seguí por varias calles a una distancia prudencial. Al doblar una esquina apuré el paso para no perderlo. Las calles se hallaban desoladas apenas iluminadas por algunas antorchas.

Cuando giraba hacia la otra calle, vi a Amenemheb tan de repente que no pude esquivar su golpe, sólo amortiguado un poco con mi antebrazo. Caí hacia atrás, e instintivamente cuando me apoyé, levanté un puñado de arena del suelo y se la arrojé a la cara cuando se abalanzó sobre mí. Se frenó y gruñó de dolor cuando la arena entró en sus ojos. Aproveché para golpearlo con el puño en la cara y trastabilló sin caer. Era casi de la altura de Ykkur pero su cuerpo no mostraba grasa, siendo una verdadera mole de carne y hueso. Aún sin poder verme me lancé con todas mis fuerzas sobre su pecho para derribarlo. Lo conseguí pero al caer encima de él, con la planta de sus pies me arrojó hacia atrás golpeándome fuertemente la espalda. Me levanté rápido pero ya se encontraba de pie con su puñal en la mano, palpé mi cintura advirtiendo que había perdido mi cuchillo en la caída. No tenía con qué defenderme. La sangre corría por mis venas con furia y el corazón se salía de mi pecho; mi excitación era excesiva y debía mantener la calma si pretendía sobrevivir a aquella prueba.

Pude esquivar los dos primeros ataques. Al tercero tuve que bloquearlo, giró por detrás de mí y me aplicó un codazo en las costillas haciéndome retorcer de dolor para luego derribarme en el piso boca abajo. Antes de que pudiera darme vuelta o levantarme, sentí el filo de la daga en el cuello y su rodilla en espalda. Me tenía asido del cabello totalmente indefenso.

---- ¿Por qué me sigues?.---- responde o te abro el cuello. ¿Eres espía de la Reina?.---- me dijo el guardia. Antes de que pudiera negarme, escuché una voz que me pareció la del propio Amón que venía a salvarme.

----Tu no matarás a nadie y suelta al muchacho o te atravieso como a una gacela.---- pronunció mi benefactor.

Amenemheb soltó el arma y se paró lentamente, girando para ver quién lo amenazaba de muerte.

Me paré de un salto y tomé la daga de mi oponente. Desde un oscuro rincón salió la enorme figura de Ykkur armado con su lanza.

---- ¡Arrodíllate!.---- le ordenó.---- ¿Tratas de hacernos caer en una trampa?. Te crees que somos estúpidos. ¿Por qué le preguntas si es espía de la reina?, si tú eres el traidor que quiere entregar al príncipe. Habla ahora o te mato aquí mismo como a una rata.----

Amenemheb ni pestañeó. Lo miraba fijamente. Con voz segura y sin temor le respondió.

---- No soy espía de la Reina; trabajo secretamente para el gobernador Bakenkhosu.---- respondió.

-----¿Ése obsecuente, parásito de Hatshepsut que la adula y la sirve? Es lo mismo que ser espía de ella.---- le replicó Ykkur.

---- Si deseas matarme, mátame, pero escucha antes lo que tengo que decir.---- Ykkur aún en guardia, esperó sus palabras.---- Mi señor Bakenkhosu finge obediencia y lealtad a la soberana, pero la verdad es que está cansado de la tiranía y el despotismo de Hatshepsut. Bakenkhosu no necesita del oro de la Reina. Es lo suficientemente rico, para dejar una buena herencia a sus hijos y llenar de oro su tumba, pero no soporta ver el inútil despilfarro de la Reina y el robo descarado del tesoro a manos de funcionarios corruptos. Se aumenta los impuestos al pobre campesino que tiene sólo lo indispensable para sobrevivir y se entregan extensos terrenos al templo de Amón, para provecho del venal Hapuseneb. Es demasiado para un hombre amante de Ma’at como mi señor.---- expresó Amenemheb de forma convincente.

---- ¿Y con quién ibas a encontrarte esta noche?.--- Le preguntó un poco más calmado.

---- Con el alcalde de Mennufer, que es gran amigo de mi señor y piensa igual que él sobre los asuntos de estado. Ambos están muy preocupados por la situación límite en que se encuentran los territorios asiáticos a punto de perderse a manos de los amorreos y sus aliados hurritas.---- Ykkur y yo nos miramos. Si el guardia mentía era un experto. Pero lo volvió a interrogar una vez más.

---- ¿Y por qué no dió a conocer sus ideas al príncipe o intentó entablar conversación con él?.---- volvió a inquirir Ykkur.

---- Porque tanto el príncipe como mi señor son personas muy importantes rodeadas por mucha gente. Y entre esa gente se ocultan muchos oídos y ojos pagados por el Visir para proteger a su Majestad de una conspiración. Nadie sabe quiénes o cuántos son los espías pagados por el oro de la soberana.----- a esta altura de la confesión, Ykkur ya había bajado la lanza convencido de la inocencia de Amenemheb.

---- Levántate.--- le dijo.--- Volvamos al palacio antes que amanezca. Nadie debe vernos.---- nos dijo Ykkur.

Mientras regresábamos. Amenemheb nos habló sobre Say. Era hijo de un general de la época de Tutmés I que se había negado a entrar en el sucio juego que proponían el general Udimu y otros oficiales adeptos a Hatshepsut, siendo destituido.

De manera que Say tenía sobrados motivos para odiar a la soberana y a sus seguidores.

Llegamos al palacio. Antes de irnos cada uno a nuestras habitaciones Ykkur se dirigió a Amenemheb.

---- Mañana buscaré una manera segura para que puedas hablar con el príncipe de todo lo que nos contaste esta noche.---- afirmó Ykkur.

Subí con Amenemheb por las escaleras. Se me cerraban los ojos por el sueño. Entré sin hacer ruido. La joven dormía. Me acosté a su lado y en ese momento, agotado luego de una noche tan agitada me dormí junto a ella.

Al día siguiente desperté muy tarde con la luz del día en mi rostro. Me sentía cansado y dolorido por los golpes recibidos en la pelea, pero por sobre todo, estaba feliz de estar vivo, pues de no ser por Ykkur podría haber muerto a manos de Amenemheb.

Como no podía ser de otra manera, la joven se había marchado, seguramente ofendida por despreciar sus encantos. Debía buscar la manera de disculparme, pero no tenía tiempo de hacerlo en aquel momento.

Al salir del cuarto me acerqué a las otras habitaciones pero ya no había nadie.

Bajé las escaleras para ir a bañarme al estanque. Todavía sentía arena en el cuerpo. Mientras me aseaba pensé en la muchacha a la que había dejado en mi cuarto sin haberla hecho mía. Debió sentirse humillada por mi actitud e incluso podía creer que yo era homosexual.

Terminé de vestirme con un faldellín limpio y salí del palacio atestado de sirvientes ocupados en sus tareas cotidianas. En las escaleras de salida me crucé con una de las jóvenes con las que me encontraba la noche anterior.

---- Discúlpame. ¿Cómo se llama la muchacha que llevé a mi habitación anoche?.---- le pregunté.

---- Su nombre es Tiyet, pero no creo que quiera verte. La avergonzaste dejándola sola cuando ella estaba para complacerte.---- me dijo.

---- Sí lo sé, pero no fue mi intención.---- no dije más. Estaba demasiado retrasado para continuar la conversación.---- Adiós.---- me despedí tomando rumbo hacia el puerto y pensando que al terminar el día, volvería a buscar a la hermosa Tiyet para disculparme.

El grupo del príncipe se hallaba reunido ante las naves de la flota real atracadas en el puerto. A la actividad habitual del mismo se agregaba el gentío en torno a las autoridades y altos oficiales allí presentes. Sin perder más tiempo me uní a mis compañeros.

---- Te pido disculpas por llegar tarde.---- le dije a Ykkur que escuchaba atentamente la conversación que entablaba Tutmés con el gobernador de la provincia. Como si no me hubiese escuchado, me observó sin prestarme demasiada atención, como pensando en otra cosa.

---- ¿Qué me dijiste?.---- me preguntó confundido.

---- Que me disculpes por llegar tarde.---- le repetí.

---- No importa. De todas maneras los preparativos quedan suspendidos hasta nuevo aviso.---- explicó.

---- ¿Por qué?---- pregunté sorprendido.

---- Como si las noticias del embajador de Biblos no fuesen lo suficientemente preocupantes, ahora se suma la información del capitán de un navío proveniente de Akko llegado esta madrugada. El embajador comunicó al Príncipe que la ciudad de Tiro fue tomada tres semanas atrás por los príncipes cananeos, encabezados por nuestro enemigo el Rey Durusha de Meggido. La ruta de la costa se encuentra controlada por sus tropas. Nuestras guarniciones en Biblos y Sidón han tenido choques armados cada vez más frecuentes con las patrullas de avanzada del país de Djahi; Simurru y Arvad también corren grave peligro acosadas por los príncipes amorreos de Qadesh, Qatna y Tunip.---- me contó Ykkur.

---- ¿No se realizará el viaje?---- pregunté mientras observaba al príncipe discutiendo acaloradamente con las máximas autoridades.

---- Eso están deliberando en este momento. Al corte de la ruta costera en Tiro, se agrega la toma de Akko, uno de los puertos sobre la costa de Retenu que se utilizan como puerto intermedio de descanso en la ruta hacia Biblos, de modo que la flota deberá unir Kemet con el país de Khinakhny sin paradas intermedias.

El corte de la ruta costera impide el abastecimiento de nuestras tropas en Biblos y Sidón, y la comunicación con el de resto de las ciudades puerto aliadas a Kemet, de manera que la única forma de proveer alimentos y pertrechos es por mar. El último envío por tierra fue secuestrado por los nómadas Shasu que asesinaron a los efectivos que lo protegían, al suroeste de Meggido, sobre la ruta de la costa. En este momento se les acaban las reservas y si no reciben pronto trigo y cebada morirían de hambre, o deberán rendirse pues se encuentran rodeados.---- respondió Ykkur.

Ya había sido suspendido el abastecimiento por mar, luego de que la flota hurrita bloqueara la entrada a naves de Kemet transportando alimento a las ciudades costeras, varios meses atrás.

----Es decir que de cualquier manera tendremos que abastecerlos y la única opción es través del mar, ¿verdad?.----- pregunté.

---- Si, pero en este momento no tenemos tiempo para esperar al resto de la flota que se encuentra en la capital y con sólo nueve naves para proteger a los barcos cargueros, estamos expuestos a ser destruidos por la flota hurrita que prácticamente controla el norte del "Gran Verde". Sólo la armada hitita impide la total hegemonía de los hurritas de Naharín. Es esto lo que está deliberando el príncipe con los funcionarios de la administración y los oficiales de la flota del delta.----- me dijo Ykkur señalando al grupo de autoridades.

Hasta mediodía esperamos la decisión del alto mando. La reunión se extendió hasta bien entrada la tarde, para luego trasladarse al salón central del palacio, estudiando con mapas todas las posibilidades, para conseguir el éxito de la empresa y no perder los únicos dominios que le quedaban a Kemet en las tierras del norte. A pesar de lo crítica que resultaba la situación reinante, mi señor Tutmés parecía más vivo y enérgico que nunca. Jamás lo había visto tan entusiasmado debatiendo y actuando como lo haría un verdadero líder.

Viendo que no tenía actividad que cumplir, pedí autorización a Ykkur para encontrarme con Tiyet y disculparme con ella.

Conseguí unas flores de los jardines de la residencia y la busqué por los edificios y terrenos que correspondían al ámbito del palacio. Pregunté por ella a todos los sirvientes que encontré. Sus amigas parecían querer confundirme dándome informaciones contradictorias. Convencido de que trataban de evitar que la encontrara, decidí quedarme oculto cerca de las habitaciones que correspondían a la servidumbre, para hablar con ella cuando regresara de sus tareas. Luego de un buen rato de espera la vi llegar acompañada de otras muchachas y me adelanté a ella antes que se acercara a la puerta de los dormitorios.

Cuando me vio, dio media vuelta e intentó alejarse. Corrí tras ella hasta interceptarla. La tomé de la mano haciéndola girar hacia mí y le entregué las flores.

---- Quiero que las aceptes como disculpa por haberte dejado sola anoche. No quise ofenderte.---- lentamente me acerqué a ella hasta abrazarla.

---- Nunca antes me había sentido burlada y humillada por un hombre. Nunca entendí porque me dejaste de esa madera después de llevarme a tu cuarto. Yo estaba allí para complacerte.---- me reprochó dolida.

---- Yo debía aparentar que pasaría la velada con alguna mujer en mi cuarto y te elegí a ti porque me gustas mucho, pero te dejé pues recibí órdenes de mis superiores para cumplir una misión durante la noche. No puedo contarte más, porque es un secreto.---- le expliqué.

Me acerqué a Tiyet y la besé en los labios, a lo que ella respondió abriendo su boca en un beso más profundo y apasionado. Nuestros cuerpos se sintieron fuertemente atraídos el uno por el otro, en la mutua percepción de nuestras formas. Subí succionando suavemente su cuello perfumado con esencia de nenúfares y miel, hasta llegar a su oreja. Sentí su estremecimiento y excitación al recorrer sus piernas con mis manos, al tiempo que me provocaba intensamente la tersura de su piel como pétalos de amapola hasta llegar a sus caderas, para tomar su pequeña cintura bajo la falda de lino. De pronto puso las manos en mi pecho.

----- Aquí no, Shed; espérame en tu cuarto esta noche cuando apaguen las antorchas de los corredores. Podrían sancionarme si nos encontraran haciendo el amor en el jardín.---- dijo Tiyet.

----- Está bien. Estaré esperándote ansiosamente.----- respondí.

----- Allí estaré, Shed.----- me besó y se fue corriendo hacia los dormitorios de la servidumbre.

Regresé al interior del palacio y encontré a mi grupo escoltando al príncipe, cuando salía del salón con los jefes de la flota del Delta. Me acerqué a ellos cuando Tutmés terminaba de despedir a las autoridades que habían asistido a la reunión, entre ellos el propio gobernador de la provincia cuya capital era Mennufer, el de Iunu, Per-sopdu, Per-wadjit, Zau y Hut-waret. Tutmés despachó un mensajero portando un papiro en el que le informaba a la soberana de los hechos acaecidos, y de la decisión inconsulta que había tomado para hacer frente a tan urgente situación. Pregunté a Madakh qué había decidido hacer el príncipe.

---- Tutmés decidió zarpar mañana mismo hacia Biblos a pesar de que los gobernadores, excepto el alcalde de Mennufer, estaban en desacuerdo con tal decisión, aduciendo que primero se debía esperar órdenes de la reina, en tanto que el príncipe consideraba que la pérdida de tiempo sería fatal para las ciudades aliadas. Otros como el Alcalde, apoyaban el viaje temiendo perder las jugosas ganancias que en concepto de impuestos entraban en las arcas de la ciudad, proveniente de las mercaderías que llegaban desde aquel país a través de comercio.

Aumentarán cinco naves mercantes a las nueve de la flota para reforzar la escolta de los seis grandes navíos de aprovisionamiento. Más de mil hombres trabajarán toda la noche para alistar las naves que se agregarán a la flota en condición de escolta.---- me transmitió Madakh, mientras nos acercábamos al salón donde se serviría la cena.

---- ¿Saldremos temprano?.---- pregunté, pensando que mi encuentro con Tiyet, me restaría tiempo para descansar.

---- No, zarparemos después del mediodía. --- me dio paso para que ingresara por delante de él al comedor que había sido preparado para todos nosotros.

---- ¿Por qué no antes del amanecer como siempre?.---- pregunté extrañado.

---- Zarpando a esa hora con la potencia de los remos al máximo y aprovechando el viento en las velas, saldríamos de la desembocadura del delta hacia el mar, al ponerse el sol. Pasaríamos la noche cerca de la costa asiática sin luces de lámparas ni antorchas, para evitar ser descubiertos por vigías enemigos.---- dijo Madakh.

---- ¿Quieres decir que nuestros enemigos pueden hallarse a las puertas del Delta?.---- pregunté sorprendido.

---- Es una posibilidad que Tutmés no se atreve a descartar. Teniendo en cuenta la debilidad de nuestra flota y el poder de la armada hurrita y sus aliados, no sería descabellado suponer que nos esperen cerca de nuestras costas para atacarnos.---- expresó Madakh.

---- Y durante el día, ¿qué haremos?.---- volví a preguntar.

---- Durante las horas del día, navegaremos lejos de las costas, evitando lo más posible transitar las rutas marítimas que seguramente patrullarían nuestros enemigos. De esa manera, tendremos menos probabilidades de encontrarnos con naves de guerra hurritas o amorreas.---- contestó.

---- Es decir que nos moveremos como una cobra zigzagueando en medio del mar.---- le dije.

---- Sí, tienes razón, no lo había pensado. Esto puede ser augurio de éxito y protección por parte de la diosa Wadjit.---- reflexionó.

---- Por otro lado, ¿no es peligroso movernos de noche cerca de las costas?. Podríamos encallar.---- le expresé preocupado.

---- Nuestros marinos son expertos y conocen las rutas de memoria y con la ayuda de nuestros maestros astrónomos podemos navegar guiados por las estrellas a una buena velocidad sin demasiados riesgos. Por el contrario, durante el día, estamos obligados a alejarnos de la costa infestada de barcos enemigos, que esperan nuestro paso para caer sobre nosotros y dar el golpe de gracia a las colonias sitiadas.---- dijo mientras apuraba su comida.

---- Sin embargo, a pesar de los recaudos tomados, será una misión muy arriesgada y tendremos graves problemas si nos descubre la flota enemiga. Si los hurritas saben que los príncipes cananeos han cortado la ruta terrestre de la costa, para el aprovisionamiento de Sidón y Biblos, estarán esperándonos para atacarnos cuando llevemos los víveres a través del mar.---- respondió.

---- Pero, ¿están seguros que vigilan las aguas cercanas o sólo es una suposición?.---- inquirí.

---- Lamentablemente, no es una suposición. El embajador de Biblos nos contó que después de las noticias de la caída de Tiro en manos cananeas, decidió viajar a nuestro país oculto en una nave mercante de Keftiu, sospechando que de zarpar con naves de Khinakhny desde su ciudad, podía ser tomado prisionero si los hurritas patrullaban cerca de las costas de Biblos. Y no se equivocaba. Desde la cubierta del barco en que llegó a nuestro país, pudo contar al menos cuarenta naves con la insignia del Reino de Naharín en su viaje hasta las costas de Kemet, en varias patrullas diferentes. De manera que es muy posible que tengamos que enfrentarlos en alta mar.---- terminó diciendo.

Bueno, pensé, si tengo que morir en esta travesía al menos pasaré la última noche con una mujer hermosa entre mis brazos. Terminamos de comer bastante tarde y luego, Tutmés permitió al grupo quedarse a beber cerveza si así gustaban, pero deberíamos levantarnos temprano para ayudar a equipar las naves adaptadas a la escuadra. El príncipe se retiró a sus aposentos escoltado por las jóvenes mujeres de la servidumbre. Por mi parte me dirigí al estanque de la residencia a tomar un baño y perfumarme.

Al pasar por los dormitorios de las muchachas pude ver que ya habían apagado las lámparas de modo que me apresuré a llegar a mi cuarto. Cuando subía la escalera vi luz en mi pequeña habitación y me acerqué silenciosamente para mirar a través del pequeño espacio entre la cortina y el marco de la puerta. Estaba acostada sobre la alfombra entre los almohadones de plumas de ganso. La luz de la lámpara dibujaba su figura a través del transparente vestido de lino amarillo y pintaba reflejos rojizos en su ondulado cabello rubio. Su piel era blanca y sus mejillas rosadas, como los descendientes de la gente del Mediterráneo, porque entre los habitantes de Keftiu he visto muchas mujeres de su tipo. Me acerqué sigilosamente con mis pies descalzos mientras se hallaba de espalda a la puerta mirando hacia el ventanal. Cuando se sentó estirando su abrazo para sacar higos de una vasija que contenía frutas y miel, sin que se diese cuenta que me ubiqué detrás de ella. Cuando se recostó nuevamente y sintió mi cuerpo se asustó y me reí mientras la abrazaba.

----- Me asustaste; no te vi entrar.---- me dijo sonriente.

---- Te estuve observando desde la puerta durante un momento.---- le dije.

----¿Por qué?.---- me miró extrañada.

---- Quería contemplar tu belleza sin que supieras que te veía, sin pose, sin fingimiento, con la naturalidad de cuando crees que estás sola.----

---- Y ,¿qué piensas de mí?. ¿Te complace como me embellecí para ti?.---- preguntó con la sencillez de una niña.

---- Tanto que no puedo contener mi deseo de poseerte.---- respondí.

Nos besamos con apasionamiento lujurioso. Lentamente fui levantando su vestido hasta descubrir sus piernas torneadas y suaves. Seguí subiendo mis manos por su vientre rozando sus pechos hasta sacar la prenda que desordenó su perfumada cabellera. Derramé miel sobre sus pezones para lamerlos con salvaje fruición. Era hermosa como el amanecer y caliente como el sol de mediodía, una verdadera hembra llena de fértil sensualidad.

Sus claros ojos pardos tenían el fulgurante brillo de una excitación creciente. Me hizo girar hasta ponerme boca abajo para quitarme el taparrabo mientras mordía y acariciaba con sus tibios labios mis nalgas y mi espalda húmeda a causa del calor que invadía mi piel. Estaba bien dispuesta a complacerme y me di cuenta que era experta en el arte sexual. Me enseñó el modo de cada postura y descubrió la sensibilidad de cada rincón de mi cuerpo que yo mismo desconocía. Despertaba mis sentidos a toda una gama de nuevas sensaciones y percepciones hasta entonces ocultas y de una intensidad arrolladora. Desbordaba mi deseo aún después de haber llegado al orgasmo. Parecía como si un fuego interno nos quemase las entrañas en una explosión de gozo ilimitado.

La tenue luminosidad de la lámpara hacía brillar nuestros cuerpos sudorosos y agotados después de semejante entrega carnal. Comimos algunos dátiles con miel mientras conversábamos, en tanto, la brisa del río ondulando tenuemente las cortinas, nos acariciaba la piel con su fresco hálito. Ya sin fuerzas para seguir despiertos, nos dormimos uno junto al otro abrazados en nuestra desnudez.

Me desperté cuando Tiyet peinaba sus blondos cabellos. Inclinándose hacia mí, me besó en la frente.

---- Levántate Shed, pronto amanecerá. Tus compañeros ya han bajado a desayunar, y yo debo ir a los dormitorios de la servidumbre antes de que despierte el Chambelán de palacio. Espero que tengas buen viaje y que me visites cuando hayas regresado de Asia.---- me dijo sonriendo.

------ Por supuesto que te buscaré. He disfrutado mucho nuestro encuentro y llevaré tu recuerdo conmigo.---- le dije abrazándola.

Nos besamos y salió del cuarto presurosa hacia las escaleras.

Comí unas frutas antes de ir a bañarme. Mi cuerpo olía a perfume mezclado con los desagradables olores de las secreciones genitales.

Luego de asearme, me reuní con los de mi grupo que ya salían del palacio rumbo al templo del Ptah, donde se llevaría a cabo la ceremonia en honor al Dios de Mennufer, con entrega de ofrendas a los dioses de Kemet invocando su protección y poder, para conseguir éxito en nuestra misión.

Reunidas las autoridades militares y civiles en presencia del príncipe como representante de la familia real, se inició la liturgia a cargo del sumo sacerdote ricamente ataviado para el oficio. En el patio columnado enfrente del segundo pilón que limitaba la sala hipóstila, formada por veinticuatro columnas en forma de haces de papiro a cada lado del corredor central, al que sólo tenía acceso la soberana y el sumo sacerdote.

De acuerdo con el ritual sagrado, se elevaron los cánticos de alabanza al son de las arpas, los sistros y las flautas, invocando la protección divina al elevar los ruegos sacros, para obtener el favor de los Dioses que propiciarían el éxito de la empresa. Fueron pronunciados los ensalmos mágicos atrayendo la benéfica influencia espiritual de los Reyes-dioses, héroes de la reconquista para destruir a los enemigos del país. Por último, se enumeró la lista de pueblos, reinos y ciudades execrados, malditos y condenados a ser destruidos por el poder y la magia de las divinidades guardianas de Kemet, que impedirían la victoria de los demonios de la oscuridad, secuaces de Sutej, que atentan contra el orden universal. Seguidamente, el príncipe y el sumo sacerdote, llevaron las ofrendas consistentes en oro, mirra, incienso y alimentos, hasta el altar, lugar prohibido a los ojos profanos. Los vimos ingresar al interior y desaparecer en medio de una nube de humo, que emanaba de los incensarios, llenando el ambiente con su místico aroma. Así llegarían ante la presencia del Dios, envueltos en la atmósfera del sacrosanto lugar, en donde se decide la suerte de los hombres y la divinidad impone su misteriosa voluntad.

Después de un tiempo, salieron del interior y Tutmés se dirigió al patio sin siquiera mirar al sumo sacerdote que permaneció en la puerta del templo. La multitud vitoreaba al Príncipe a la salida del edificio, pero su expresión no reflejaba optimismo y confianza, sino más bien ira. No entendíamos que pudo haber ocurrido en el lugar más sagrado, que provocase tal reacción en Tutmés. Se acercó a nosotros y sin decir palabra, nos dirigimos al palacio a recoger nuestras pertenencias y tomar el último alimento antes de embarcar.

Luego de almorzar, durante el viaje hacia el puerto, Madakh tomó la iniciativa.

---- Mi señor, que ocurrió dentro del templo para que haya cambiado tanto vuestro semblante.--- preguntó.

El príncipe miró fijamente a Madakh.

---- Luego les contaré lo ocurrido.---- respondió en voz baja, para que no le escuchasen los gobernadores y demás funcionarios que se encontraban con nosotros.

Estábamos intrigados, pero sabíamos que era algo malo por el tono y la reserva de Tutmés.

Fuimos despedidos a nuestra partida por una enorme multitud que vivaba a la flota arrojando flores a las naves, alentando y dando muestras de afecto a los marinos, deseándonos éxito y asegurándonos que el poder de Amón-Ra estaría acompañándonos. Junto a la baranda de proa, en el intenso calor de la tarde, el príncipe nos llamó a reunirnos en la camareta central. Fijando su vista en el horizonte poniente, nos habló.

---- El oráculo, predijo nuestro fracaso y mi muerte en este viaje.--- nos quedamos boquiabiertos, mirándonos unos a otros sin decir palabra.

---- ¿Y por qué no suspendió el viaje majestad?---- dijo Amenemheb realmente sorprendido como estábamos todos.

---- El sumo sacerdote de Ptah es un protegido de la Reina, por lo que creo que intenta amedrentarme y hacerme desistir a realizar el viaje, fraguando un oráculo que me augurase lo peor.---- dijo Tutmés molesto. ----- Si tenemos éxito, aparte de salvar las ciudades aliadas, ganaré el apoyo de mucha gente influyente de todo el país, que me verán como el Faraón que necesita la tierra del Hep-ur desde la muerte de mi padre. Muchos saben que el aumento de mi popularidad, puede ser peligroso para la seguridad de mi madrastra en el trono, y como ellos comen de la mano de la soberana, harán lo que sea necesario para evitar su caída.

Muchos de los gobernantes de las provincias del delta tuvieron la misma actitud.

----- Pero, ¿si el oráculo realmente predijo los hechos que sobrevendrán?.----- pregunté preocupado.

---- Debo correr el riesgo, de otra manera no podré mejorar mis posibilidades, ni acceder al centro que ostenta Hatshepsut. Con una victoria podría empezar a equilibrar la balanza de poder, que en este momento se encuentra totalmente inclinada a su favor. Solo tenemos que estar concentrados en no cometer errores que nos cuesten el éxito de la empresa, y confiar en la ayuda de los dioses.--- dijo el príncipe.

---- Lo más probable, es que el pedido de ayuda enviado ayer a la flota del alto valle, sea ignorado por orden de la reina, quien se pondrá furiosa cuando se entere de su decisión sin esperar su aprobación.--- expresó Ykkur, seguro de lo que decía.

---- Es cierto Ykkur. Ya lo había pensado y creo que cuando sepa nuestra situación, pedirá a los dioses que yo muera a manos de nuestros enemigos para eliminar la amenaza que represento.---- reflexionó Tutmés.

---- Así es que no debemos esperar refuerzos en nuestro viaje de regreso a Kemet; dependemos sólo de nuestros recursos.----- dijo Tutmés reflexivamente.

----- Mi señor, admiro vuestra valentía, pero considero que es demasiado riesgoso ir en contra del pronóstico del oráculo.---- expresó Sai.

---- Si el oráculo no es un fraude, tema sobre el que tengo mis serias dudas, de todas maneras no siempre aciertan a interpretarlos en sus predicciones. Cuando mi padre fue coronado rey, el oráculo de Amón-Ra auguró que tendría treinta años de próspero reinado, me contó mi madre, pero falleció antes de cumplir su quinto año.

Desde que surgió este viaje al delta, me juré aprovechar cada oportunidad que tenga para luchar por recuperar la doble corona de Kemet, aunque muera en el intento.---- expresó totalmente decidido.

Sus palabras fueron aleccionadoras. En mí, provocaron un gran optimismo y enorme entusiasmo, pensando en que luchando por una causa tan justa, debíamos estar bajo la protección divina con toda seguridad.

De cualquier manera si moríamos intentándolo, mereceríamos un destacado lugar en el mundo de ultratumba, al entregar nuestra existencia honrando el Maat.

Al son de los tambores, se desplazaba la flota con su preciada carga de alimentos hacia las ciudades aliadas, impulsada velozmente por la potencia de los remos. Tal como lo habían previsto, nos acercamos a la desembocadura al caer la tarde, y entramos en el mar ya consumidos las últimas luces del divino disco de Ra.

Tomamos rumbo nordeste avanzando en la negrura de la noche hacia la costa asiática. Todavía estábamos demasiado lejos como para preocuparnos por apagar lámparas y antorchas. La bóveda celeste tachonada de luces era un espectáculo fantástico. El "Gran verde" se encontraba en calma y una suave y refrescante brisa llenaba de salado aire marino mis pulmones. No había bruma y hubiese sido fácil ser descubiertos, pero estábamos muy al sur como para encontrar naves enemigas tan cerca de las costas de Kemet, de manera que en la tranquilidad de esta parte de la ruta, me acerqué al gran maestro astrónomo o como lo llaman en mi país "Guardador del Tiempo", que conversaba con Tutmés. Con sus instrumentos escrutaba el cielo y tomaba nota sobre un papiro, a la luz de una pequeña lámpara de aceite, controlando los movimientos estelares sobre el negro vientre de Nut.

---- Avanzamos rápido mi señor.---- comunicó a Tutmés.---- Pronto deberemos ajustar el rumbo para no acercarnos demasiado a la costa.---- observó el sacerdote.

El príncipe dio la orden al capitán, quien mandó transmitir la misma de barco en barco. Nuestra nave iba al frente de la escuadra, en formación como los patos en sus vuelos migratorios, prolijamente alineados guardando distancia y posición.

Cuando se ordenó el cambio de remeros y timoneles, para que pudiesen descansar después de muchas horas de esfuerzo continuado, me detuve a observar la tarea del sacerdote astrónomo que escudriñaba el firmamento. Pasé algunas horas de aquella madrugada, tratando de conocer algo sobre la ciencia del cielo.

---- Maestro, ¿cuál grupo de estrellas corresponde al espíritu sagrado de nuestro Dios Asar?.--- pregunté mientras me abrigaba.

--- Se llaman constelaciones, Shed, y el dios Asar se transfiguró en Sahu, un conjunto de estrellas que se destacan delante de Sopdet en el cielo nocturno.

---- Cuéntame la historia de cómo el Dios de ultratumba se transformó en el Señor del Duat, maestro, te lo ruego.---- supliqué al anciano.

---- Asar era el hijo mayor de Nut la diosa del cielo y de Geb el Dios tierra. Sus otros hijos eran Eset, Sutej, Nebt-hut y Anup. Asar, tanto hombre como Dios, se convirtió en señor de Kemet y desposó a su hermana Eset. Su reino era perfecto y estableció a Ma’at como custodia del orden y la justicia. Con la ayuda de su sabio Visir Thot, enseñaron a los hombres la escritura, el cultivo de la tierra y la domesticación de animales cuando los primeros habitantes de la tierra negra eran seres salvajes que vivían como los bárbaros nómades. Nuestra tierra prosperó y mantuvo la paz interior. Pero su hermano Sutej sintió envidia por la grandeza del Reino de Asar y conspiró con sus secuaces para matarlo. Durante una celebración engañó a Asar, diciéndole que había mandado a fabricar un sarcófago para regalárselo, así es que Sutej pidió a su hermano que entrara en él para probar su tamaño. Cuando Asar entró en el mismo, Sutej y sus secuaces lo golpearon y clavaron la tapa del féretro arrojándolo luego al mar.

Eset buscó el cuerpo de su amado esposo y lo encontró en la costa de Asia.

De regreso a la tierra del Hep-Ur, ocultó el cuerpo, pero Sutej lo encontró y procedió a desmembrarlo en catorce pedazos que fueron esparcidos por toda la tierra. Eset reemprendió la búsqueda, pudiendo encontrar todos los pedazos excepto el falo devorado por un pez.

Eset se ocultó de Sutej ayudada por Wadjet, la diosa protectora del delta, en el bajo Hep-ur.

Uniendo los pedazos reconstruyó el cuerpo de Asar y lo protegió por medio del proceso de conservación que llamamos Ut. Por medio de sus poderes mágicos, pudo insuflarle vida tras lo cual se apareó con él, para darle un sucesor, ya que no habían tenido descendencia. Eset quedó encinta y cumplida su misión, Asar se transfiguró en una constelación, Asar-Sahu y se convirtió en señor del mundo de ultratumba, llamado el mundo celeste del Duat.

Eset dio luz un hijo en los pantanos del Delta al que llamó Hor. Este creció hasta convertirse en un poderoso príncipe, que desafió al asesino de su padre a un duelo para dirimir el gobierno del país de "La Tierra Negra".

Durante la batalla, Hor perdió un ojo y Sutej los testículos, y antes de quedar decidida la lucha, el dios Ra juzgó que Hor era el legítimo heredero siendo proclamado "Señor de la Tierra Negra".

---¿Por qué llaman a Asar "El Gran Juez".?---- pregunté.

--- Porque es precisamente quien desde su Divino Tribunal juzgará los actos de los hombres, pesando el corazón de cada difunto en la balanza de la justicia. Si su corazón pesa menos que la pluma del Ma’at, aquel hombre se salvará y será recompensado, acompañando al Dios en el Duat. Si por el contrario su corazón descubre en la balanza la maldad de su dueño, su ka será entregado al monstruo Amemait que lo destruirá devorándolo.

Deje al clérigo realizando sus observaciones estelares para buscar un lugar en cubierta donde dormir. Mi mente volvía a la imagen de la bestia devoradora de almas, cuya visión me sobrecogió aterrándome.

¿Qué ocurriría con el alma si era aniquilada?, ¿La profanación de la tumba de Ka’aper me condenará a las fauces de Amemait? ¿Será doloroso? ¿Padeceré un sufrimiento eterno o no se sentiré nada?. Traté de no pensar más. Solo debía ser un hombre justo y actuar conforme a la verdad, la justicia y el orden.

El maestro guardador del tiempo me mostró más tarde a Sopdet, la estrella de la Diosa Eset, que cuando salía poco antes del amanecer por encima del horizonte oriental, marcaba la época de la inundación del río que bien conocía yo por ser campesino. Arrullado por el monótono compás de los remos que batía el agua en el silencio nocturno, quedé dormido sobre la fría cubierta de la nave. Desperté con la intensa claridad del divino disco solar, ascendiendo en el horizonte oriental, transpirado por el abrigo de lana de oveja que me protegió durante la fresca madrugada. Tomé un poco de agua de los toneles de la reserva y luego me lavé con agua de mar para limpiarme el sudor. Mis compañeros me invitaron a servirme de las vasijas que contenían alimento y de las jarras con cerveza.

----¿Has dormido bien, Shed?.--- preguntó Madakh.

----Me duele un poco el cuello, pero por lo demás me siento muy bien.---- respondí.

---- No es lo mismo cagarte de frío aquí, que dormir con tu cara entre las tibias tetas de Tiyet, ¿verdad.?---- Ykkur hizo reír a la tripulación con su grosero y divertido sentido del humor. Rápidamente pensé en la contestación que merecía.

---- Si, es cierto.---- le dije.---- Es una lástima que yo no pueda traer a Tiyet para complacerme, pero ¿tú no tienes problemas, no?.--- me miró con desconfianza.

----¿Por qué?.---- me pregunto mientras llevaba su jarro de cerveza a la boca.

---- Porque puedes llevar tus manos a cualquier parte.---- escupió la cerveza que sorbió y dejando el jarro comenzó a perseguirme por toda la cubierta, desatando la hilaridad general.

---- Ven muchacho, no te escapes, voy a darte una paliza por faltarme el respeto.---- se cansó al no poder alcanzarme. Se sentó agitado y asiendo nuevamente su jarro y me invitó a sentarme junto a él.

---- Ven, te has ganado esta cerveza. Me has cagado con esa respuesta.---- me dijo riendo.

El resto de la mañana y la tarde fueron tranquilos. Nos pasamos conversando y escuchando historias, algunas heroicas, otras amorosas, unas verdaderas y muchas inventadas, para hacer reír aún al más apático. El príncipe que participaba como uno más, nos dijo que estuviésemos atentos pues al caer la tarde comenzaríamos a acercarnos nuevamente a las costas.

Luego de unas horas, el dorado disco de Ra comenzaba a sumergirse en el horizonte, donde el cielo se unía con el mar agitado por el viento. Bajo el cielo algo nublado, las sombras se alargaban paulatinamente y la temperatura descendía como en cada ocaso.

Caminé hacia la barandilla de proa en donde se encontraba el embajador de Biblos conversando con el príncipe. El representante asiático se había mantenido alejado de la tripulación sin participar en las charlas y sólo se comunicaba con Tutmés. Se veía en extremo angustiado, ausente de todo cuanto ocurría en la nave. Al acercarme a ellos enmudeció y me miró con cierta desconfianza.

---- Puede hablar con toda tranquilidad señor embajador, este hombre es uno de mis más confiables servidores, parte de mi guardia personal.------ dijo el Príncipe acerca de mí, para tranquilizar al funcionario extranjero.

Sin mirarme, el embajador Arashen siguió expresando su preocupación.

---- Mi esposa, mis hijos y mis padres, encuentran en peligro.

El canciller de Naharín nos amenazó diciendo que si no rompíamos la alianza con vuestro país, nuestras familias incluida la del Rey de Biblos serían masacradas.---- dijo temeroso.

---- No entiendo por qué tanta crueldad. ¿Cuál es el propósito.?---- preguntó irritado Tutmés.

---- Según sé, el Rey Baratarna está muy de enfermo y existe un enfrentamiento solapado por el poder entre Parsatatar, sobrino del monarca y Shatuara hermano menor del soberano. El anciano Rey no vivirá mucho tiempo más y Shatuara trata de inclinar la decisión del "Panku", que es el consejo de nobles, en su favor, conquistando Biblos y Sidón.

Si consigue dominar las ciudades-puerto más importantes de Khinakhny, es casi un hecho que el Consejo de Nobles pondrá el cetro real en sus manos. Parsatatar tiene demasiados problemas en la frontera con Hatti y con la presión de los nómadas sobre el límite norte del Reino, pero de poder controlar la situación, es probable que desplace a Shatuara en sus aspiraciones por conseguir el favor del Consejo. De manera que la disputa es salvaje, pues el que pierda el apoyo de los Nobles, se quedará con las manos vacías e incluso puede perder la vida. Shatuara tiene más partidarios que Parsatatar en el "Panku", por lo que se cree que tiene más posibilidades de alcanzar la corona. Si conquista las únicas regiones que todavía son aliadas de vuestro país, seguramente tomará el control de todo el imperio. Somos una presa de caza.---- expresó afligido Arashen.

---- Si retuviésemos el control de Sidón y Biblos, favoreceríamos a Parsatatar. Una misión secreta podría pactar con Parsatatar, de manera que nos comprometiéramos a dejar las ciudades costeras de Simurru y Ardata, a cambio de que nos ayudara a mantener Biblos y Sidón.---- especulaba Tutmés.

---- Ya hemos suplicado a la Reina por ayuda, pero ella afirma que el poder de Amón, ayudará a sus ejércitos a vencer a los enemigos de Kemet.---- respondió desesperanzado Arashen.

---- Por Asar señor de los muertos, ¡como puede ser tan estúpidamente obcecada!. Hemos perdido más territorios en dos años, que en los veinte anteriores. Amón no ayuda a los necios.

Si no llegáramos a un trato con Parsatatar, él puede perder el trono y nosotros, los territorios más importantes que aun controlamos en Asia. Un pacto nos convendría a ambos.---- reflexionaba el Príncipe.

---- La reina no pactará con aquellos a quienes considera adoradores de Sutej.---- dijo el embajador.

---- Lo que no percibe es que si Shatuara unifica bajo su mando las fuerzas hurritas y llega a un tratado de paz con los hititas, teniendo a los Príncipes amorreos ya de su lado, estamos expuestos a una nueva invasión de nuestra tierra como en la triste época de los Hekau-Hasut.---- dijo preocupado Tutmés.

---- He tratado de convencerla, mi Señor.---- decía el embajador con lágrimas en los ojos y la voz entrecortada.---- Pero ella cree que con plegarias y ofrendas podrá conseguir que Amón conquiste toda la tierra por su sola voluntad.---- dijo resignado Arashen.

---- Está loca o no le importa la suerte de los pueblos vasallos. Sus delirios de grandeza van a llevarnos a perder la guerra. Debe creer que con los ritos mágicos puede luchar contra el bronce de los asiáticos.---- dijo con indignación Tutmés.

---- No se preocupe más señor embajador, pase lo que pase su familia estará segura, aunque deba llevarlos a mi tierra para salvarlos, pero no los abandonaré.---- prometió Tutmés.---- Más que nunca estoy dispuesto a derrocar a la Reina. Su actitud indolente nos pondrá en un estado de total indefensión frente a nuestros enemigos. Mi deseo de llegar a ceñir la doble corona de Kemet, ni siquiera tiene que ver con que se respete mi derecho por nacimiento de suceder a mi padre, sino por la seguridad de nuestro país y de nuestros aliados, amenazados seriamente por los hurritas de Naharín.---- en aquel instante recordó una conversación anterior que le interesó sobremanera.---- Durante la celebración en la ciudad de Mennufer, me habló algo del líder asirio Ashshurbel Nisheshu. Me dijo que trataba de unificar a su pueblo para expulsar a los hurritas de su territorio, ¿verdad?.---- preguntó Tutmés.

----- Sí, mi señor. Fue un mensaje secreto que me envió el líder asirio a través de un mercader del país de Karduniash, para hacerlo llegar al Rey de Hatti, Khantil II, pidiéndole que los proveyera de cobre, a través de la ruta que atraviesa los mares del norte, para fabricar armas, ya que las minas de Asiria se encuentran controladas por los hurritas.---- afirmó el embajador.

---- Y ¿qué supo de aquel asunto?.---- preguntó el Príncipe.

---- Tiempo después me informó un dignatario de la corte del Rey Khantil II, que la ayuda fue negada porque la ruta del norte se encuentra bloqueada por los nómadas Khashu, cuyas bandas tiene bastantes problemas para contener el ejército de Hatti.---- respondió Arashen.

---- Pero si nosotros proveyéramos de cobre y cereales a los asirios a través del país de Karduniash, podrían fabricar sus armas y alimentar a sus tropas para enfrentar a los hurritas.---- reflexionó Tutmés.

---- Es cierto. ---- dijo el embajador.---- Los hurritas de Naharín controlan la producción del metal de Asiria, y Ashshurbell Nisheshu, no cuenta con recursos para conseguir la cantidad de metal y alimentos que necesita para formar un ejército organizado. De todas formas, no creo que Karaindash, Rey del país de Karduniash, se preste a ayudar a sus ancestrales enemigos asirios.---- dijo Arashen.

---- No señor embajador. El oro de Uauat y Kush puede comprar la amistad entre los asirios y los gobernantes de Karduniash, puesto que Ashshurbell no sería tan estúpido como para atacar a quienes lo ayudan a liberarse del imperio de Naharín.---- respondió el Príncipe.

----- ¿Pagarían en oro a Karaindash para que los ayuden a armar a los asirios?. ¿Entregaría la Reina parte del oro de Amón para salvar los territorios de Kemet en Khinakhny?.---- preguntó incrédulo Arashen.

---- Estoy seguro que la reina no lo haría, pero yo sí.---- afirmó el Príncipe.

---- Eso realmente provocaría graves problemas a Shatuara, porque la frontera y el territorio oriental del imperio son responsabilidad de sus ejércitos. ---- contestó Arashen.

---- Espero poder convencer a Hatshepsut de la necesidad de actuar rápidamente en este sentido.---- dijo el Príncipe pensativo.

Se escuchó la voz del capitán que ordenaba preparar las lámparas de popa pues estábamos seguramente cerca de puerto de Akko, según los cálculos de los marinos y las mediciones del sacerdote astrónomo. Nos encontraríamos aproximándonos a la ciudad-puerto asiática que había caído en manos cananeas. Constituía una importante base de asiento para la escuadra enemiga. Un gran puerto en medio de la ruta, a mitad de camino entre Biblos y Kemet, estratégicamente ideal para interceptar el avance de nuestra flota. Si existía un buen lugar para atacar a nuestra escuadra, este era frente a las playas de Akko.

El príncipe nos reunió para darnos instrucciones antes de que se apagaran las luces de la nave.

---- Gracias a la intuición del embajador, hoy sabemos que nos están esperando y debemos sacar ventaja de ello.---- dijo el Príncipe acaparando toda nuestra atención.---- Aprovechando el factor sorpresa tenemos que actuar como la Cobra Sagrada, moviéndonos silenciosamente en la oscuridad sin ser vistos cuando nos acerquemos al puerto asiático dentro de unas horas. Apagaremos todas las luces y sólo dejaremos una lámpara de aceite encendida en la popa de cada embarcación oculta en una caja de madera con una ventana hacia atrás, de modo que sirva de guía a la nave que le sigue, para evitar colisiones entre nuestras naves y al mismo tiempo, sin ser vistos desde la costa. Si nos encontramos con alguna patrulla en las aguas cercanas, debemos tratar de evadirnos pero de no ser posible, si nos descubren accidentalmente, procederemos de la siguiente manera. Las naves de guerra saldrán de la formación y rodearán a las enemigas utilizando sus propias luces para transformarlas en blancos de nuestras flechas a las que encenderemos con tela de lino embebida en aceite para incendiar las velas y la cubierta de los navíos enemigos. Los capitanes de nuestras naves ya conocen el plan. Luego de dejar fuera de combate a nuestros enemigos alcanzaremos a las naves que llevan las provisiones a través de la luz de popa moviéndonos hacia el norte y alejando a la flota lo más rápidamente posible de las costas.

Con esta táctica de combate, actuamos como la cobra que ataca y se repliega en la oscuridad, lo que puede ser un augurio de éxito teniendo en cuenta lo que simboliza para nuestro pueblo la Cobra Sagrada manifestación de la diosa Wadjit del Bajo Kemet.---- concluyó Tutmés dando lugar a Ykkur para completar las indicaciones finales.

---- Es casi seguro que parte de la flota enemiga estará atracada en el puerto de Akko y quizás mantengan alguna patrulla navegando por sí se topan con algún mercante de nuestra tierra o de alguno de nuestros aliados para incautar sus mercancías.

Ellos no saben que conocemos sus intenciones de atacarnos en nuestro viaje de abastecimiento a las ciudades de Khinakhny, de modo que jamás imaginarán que cruzaremos la ruta de noche.---- dijo Ykkur.

---- Debemos preparar las flechas incendiarias para tenerlas listas antes de llegar frente a las costas, por si llegamos a necesitarlas.---- advirtió Madakh.

Pusimos manos a la obra y en poco tiempo, teníamos suficientes flechas incendiarias para quemar varias naves enemigas y transformarlas en teas flotantes.

Nos dieron alimento mientras alistábamos el armamento, la cantidad suficiente para calmar el hambre pero sin llenar nuestros estómagos. Comer demasiado puede provocar somnolencia, pero todos estábamos muy nerviosos como para comer en exceso. Por mi parte, no tenía hambre, de manera que guardé mi ración en un saco de vejiga de buey. Sentía como si tuviera una maraña de lombrices agitándose en mi estómago.

Las luces fueron apagadas y durante largo tiempo navegamos de esa manera. El cielo comenzó a cubrirse de nubes y eso nos traería serios problemas si no veíamos pronto las luces de la ciudad costera para poder guiarnos. En aquel momento de la noche viajábamos a ciegas pues los marinos y nuestro guía, el sacerdote Ra-Hotep, no podían observar la posición de las estrellas que daban referencias sobre nuestro rumbo y el viento del sur comenzaba a encrespar la mar.

---- Mi señor, el viento nos está empujando fuertemente hacia el oriente. Debemos cambiar el rumbo para evitar que nos arroje hacia la costa.---- expresó preocupado el capitán.

---- Maestro Ra-Hotep, ¿cuánto cree que nos falta para pasar frente a las costas de Akko?.---- preguntó el príncipe con tranquilidad. Se lo escuchaba más sereno que a los propios marinos.

---- Según mis cálculos deberíamos estar muy cerca pero el viento puede estar desviando nuestra trayectoria.---- respondió el sabio anciano.

Si pronto no avistamos las luces costeras de Akko, no tendremos otra alternativa que cambiar el rumbo para evitar encallar en la costa asiática.---- afirmó Ra-Hotep.

---- Es cierto.---- dijo el Príncipe.---- No podemos naufragar pues haría fracasar la misión y para mí esto significaría algo tan malo como morir.---- dijo Tutmés ponderando la gravedad de la situación.

---- Pero, Mi Señor, si nos alejamos demasiado de las costas, mar adentro, podríamos caer en las inmensidades del caos, donde habita el monstruo del abismo.---- advirtió el sacerdote.

---- Realmente no conozco ningún caso de un barco que haya desaparecido en el mítico abismo.---- dijo el príncipe en tono escéptico.

---- Debo advertirle mi Señor, que muchas naves se han perdido en las tormentas.---- recalcó el clérigo.

---- Una gran tormenta puede destruir a toda una flota pero no quiere decir que haya caído presa del monstruo del abismo.---- replicó Tutmés.

---- Vuestra alteza no debería poner en duda la palabra de los escritos sagrados.---- dijo en tono de reproche el sacerdote.

---- Mi fe en nuestro Dios Amón-Ra es mucho mayor que el temor a morir entre las fauces de la bestia. Por otra parte, si fracasamos en esta empresa, podemos ser tomados prisioneros por nuestros enemigos que puede ser aún peor.---- dijo el Príncipe.

Me alarmé, imaginando que caeríamos en algún sitio espantosamente terrorífico, para ser devorados por aquel monstruoso ser, sufriendo nuestros espíritus, aflicciones y tormentos por toda la eternidad.

No tuve tiempo de seguir pensando en aquel trágico fin. El grito de un vigía anunciaba el avistamiento de luces a estribor. No se hizo esperar el cambio de orden.

---- Capitán que se mantenga el curso paralelo a la costa y hacia el norte. Deben ser las luces de la ciudad de Akko.---- ordenó Tutmés.

El príncipe caminó hacia la proa con cautela.

Solo veíamos bultos en una oscuridad casi total. Se volvió a escuchar el grito del vigía.

---- ¡Luces a babor por delante de la proa!.---- se escuchó.

---- Sólo puede significar que nos encontramos a punto de pasar entre la ciudad de Akko y alguna patrulla recorriendo las aguas cercanas.---- dijo el príncipe como pensando en voz alta.

---- ¿Qué haremos mi Señor?.---- dijo ansioso el capitán.

Casi sin prestarle atención Tutmés preguntó al vigía.

---- ¿A qué distancia calculas que se encuentran las luces de babor?.---- se lo escuchaba tenso pero controlado.

---- Dos mil codos y acercándose.---- respondió el vigía.

Efectivamente, podíamos distinguir que las luces de estribor eran de una ciudad costera, mientras que las de babor provenían de naves. Cuando se acercaron más pudimos verlas mejor. Cuatro de ellas eran de grandes velas cuadradas henchidas por el viento con la insignia del Toro símbolo de la Casa Real de Naharín, las otras dos más pequeñas no llevaban símbolos y posiblemente serían cananeas.

---- No podremos evitarlas.---- dijo el príncipe.---- Se encuentran demasiado cerca. Es una patrulla pequeña pero si dan la alarma pueden alertar al resto de la flota atracada en el puerto.---- señaló.

Se veía una gran cantidad de naves a ambos lados del embarcadero de Akko.

---- Si nos dieran alcance tendríamos graves problemas.---- dijo Say.

---- No debemos perder tiempo, tenemos que sorprenderlos. Que los remeros realicen movimientos largos y suaves.---- ordenó el Príncipe. ---- Se acercan hacia la mitad de nuestra formación, de manera que los rodearemos en el mayor silencio posible. Los atacaremos con flechas incendiarias y debemos evitar que hagan sonar las trompetas en señal de alarma, para que el resto de la flota no caiga sobre nosotros. Luego de destruirlos desapareceremos en la oscuridad antes que el resto de la escuadra enemiga advierta lo ocurrido.---- dijo Tutmés.---- Es muy importante que no den la señal de alarma.---- recalcó el Príncipe.

Las naves enemigas se habían acercado hasta unos seiscientos pasos, aproximadamente, de nuestra posición. En el silencio nocturno escuchamos cánticos y algún instrumento musical. Al parecer estaban celebrando algo.

De repente el príncipe cambió de opinión.

---- Parecen estar de fiesta en la nave insignia. Se encuentran totalmente desprevenidos. No utilicen flechas incendiarias. Ataquen a los vigías y antes que puedan defenderse los abordaremos. ¡Propaguen la orden!.----

La orden fue comunicada de barco en barco.

Al parecer el príncipe imaginó que provocar un gran incendio en las naves enemigas podría atraer hacia nosotros al resto de la flota atracada en el puerto de Akko. Si por el contrario, los poníamos fuera de combate sin llamar la atención, podían pasar varias horas antes de que advirtieran nuestro ataque sobre la patrulla.

Se escuchaba el bullicio propio de una celebración con música, baile inclusive.

Sin advertirlo las naves enemigas fueron entrando lentamente en el corredor que formaban las dos filas de nuestros navíos preparados para el ataque. Se encontraban a nuestra merced. Totalmente indefensa la patrulla completa ingresó en nuestra emboscada. No llevaban vigías ni siquiera en la nave capitana.

Cuando el timonel ubicado en la parte mas alta de la popa de una de las naves escoltas nos descubrió en la oscuridad, fue demasiado tarde para él. Una flecha disparada por Ykkur con potente arco, le atravesó el pecho. Su cuerpo se balanceó sobre la plataforma de popa y sin emitir sonido alguno, cayó pesadamente hacia la cubierta. En el mismo instante que se escuchó el golpe del cuerpo ya sin vida del timonel, una exclamación de horror alertó a la tripulación de las naves asiáticas, al tiempo que el grito del príncipe resonó en el aire ordenando el ataque.

----- ¡Arqueros disparen!.---- se escuchó.

La música y los cánticos se silenciaron para tornarse en expresiones de espanto, quejidos y lamentos. Al parecer había también mujeres, quizás prostitutas o bailarinas pues se escucharon sus desesperados alaridos de terror al verse sumidas en una fatal contienda.

Volaban cientos de flechas disparadas por los arqueros apostados en las proas y las popas de nuestras naves. Los marinos y soldados enemigos corrían despavoridos por las cubiertas de sus barcos tratando de cubrirse y escapar inútilmente a las saetas que, tarde o temprano, como una lluvia mortal emergía de la oscuridad nocturna para hacer blanco sobre sus cuerpos indefensos.

----¡Al abordaje!.---- ordenó el príncipe.

Los remos de nuestras naves batieron el agua y las proas se incrustaron, rompiendo las barandillas de los flancos de los navíos enemigos en un crujir de maderos quebrados y horripilantes gritos de dolor de los remeros enemigos, seguramente esclavos de los hurritas, que quedaban atrapados con sus cuerpos destrozados por la embestida de nuestros navíos.

Salte detrás de Madakh hacia la nave capitana. Trastabillé al caer en la cubierta y al recomponerme me encontré de frente con un soldado hurrita que venía hacia mí blandiendo su hacha en la mano derecha. En una acción refleja proporcionada por mi duro entrenamiento con la custodia, me adelanté al recorrido de su golpe, cubriéndolo con el escudo, y clavé mi espada corta en su flanco izquierdo con un escalofriante sonido de costillas rotas y astilladas, atravesando su cuerpo. Su quejido fue ahogado por una bocanada de sangre que cayendo espumosa por su barbilla manchó mi pecho. Sus piernas se aflojaron totalmente y tuve que hacer un esfuerzo para sacar mi espada del cuerpo que se derrumba.

Levanté la vista y encontré hacia un lado un soldado estirando su brazo hacia atrás para arrojar su lanza contra Ykkur que se encontraba de espaldas luchando con otro hurrita.

----¡A tu espalda Ykkur!.---- grité.

El gigante apenas tuvo tiempo para girar pero fue suficiente para evitar el lanzazo pleno en su espalda, que sin embargo provocó un profundo corte al rozar su brazo hábil. Salté hacia Ykkur que había quedado indefenso al perder su espada y me atravesé entre él y su oponente que lo hubiese matado con seguridad.

La furia del hurrita se descargó sobre mí, pero antes de que volviera a bajar su larga y pesada espada en un movimiento lento, la mía más maniobrable y liviana, abrió su vientre como se corta el cuello de un cordero de sacrificio. El fluido escarlata salpicó la hoja de mi espada hasta la empuñadura y bañó sus piernas, mientras se desplomaba atónito, viendo como se le escapaba la vida.

Me volví hacia el hurrita que hirió a Ykkur, pero Madakh ya se había encargado de él.

Más allá, vi a Amenemheb sin comprender su expresión espantada.

----¡Va a hacer sonar la trompeta!.---- nos alertó, mirando hacia la popa de la nave. El timonel había alcanzado la trompeta del vigía muerto y se disponía a dar la alarma para alertar al resto de la flota. Corrí espada en mano hacia él.

----¡Quítate Shed!.--- escuché la voz de Tutmés que se encontraba a mi espalda y me arrojé al suelo.

No vi el recorrido de la fecha pero cuando desde el suelo miré nuevamente al timonel, tenía en su pecho una saeta atravesada, la cual estaba enterrada hasta la mitad. No había tenido tiempo para emitir ni el más mínimo sonido.

Me levante y miré a mi alrededor. La escena era grotesca. Mi primera actuación en combate se había transformado en parte de una pequeña masacre, en la que gracias a la protección de los dioses, yo me encontraba entre los sobrevivientes. Es difícil expresar el sentimiento contradictorio de vacío y poder al mismo tiempo, cuando se mata por primera vez otro ser humano, aunque sea un enemigo. El hecho de quitar la vida, a un hombre como lo es uno mismo, resulta terriblemente desagradable, aunque contradictoriamente, conlleva la sensación de sentirte poderoso, como si uno fuese un pequeño dios capaz de decidir sobre la vida o la muerte de otros. En combate no existe otra elección que la de vencer para sobrevivir y aunque la mayoría de los guerreros con el tiempo se acostumbra a matar seres humanos como si estuviesen pisando hormigas, jamás pude aceptarlo como el resto. Se transforman lentamente en bestias salvajes, incapaces de sentir compasión o piedad por aquellos que caen bajo el frío metal de sus armas e incluso existen algunos espíritus desnaturalizados que disfrutan morbosamente viendo el sufrimiento y el dolor que provocan. Sin embargo, había algo en mí que me hacía diferente de los demás, quizás el aprecio por la belleza y la armonía que mis padres supieron enseñarme, tal vez valorando la magia del que, como un escultor, crea y construye a diferencia del que destruye. Puede ser que por ello nunca haya perdido el sentimiento de desprecio hacia la guerra, la incomprensible actividad de matarse los unos a los otros, solo congruente con la ambición de los soberanos y los nobles, únicos beneficiarios de los tesoros tomados, los territorios explotados y los pueblos sometidos.

Retomando el hilo de la narración, aún me encontraba nervioso y agitado por la lucha cuando me acerqué a colaborar con Madakh y entre ambos ayudamos a Ykkur a abandonar la nave hurrita ya que el incendio accidental originado en la cubierta de otra de las embarcaciones enemigas se había propagado rápidamente alcanzando las velas que se consumían entre grandes llamaradas avivadas por el viento.

---- Mi señor el incendio se verá desde el puerto.---- advirtió Amenemheb.

---- Volvamos a las naves, antes de que la flota salga a buscarnos ¡Muévanse!.---- gritó Tutmés ayudando a levantarse a un guardia golpeado.

Con dificultad pero volvimos a nuestras naves bastante rápido y en poco tiempo se movió la escuadra buscando la formación original. No tomamos nada solo nuestras armas y nos alejamos a toda potencia de los remos. La nave incendiada se había convertido en una antorcha flotante y parte del maderamen encendido había caído sobre la cubierta de otros barcos propagando el fuego.

Los gritos de júbilo se extendieron por toda la flota kemetana al ver el estado deplorable que mostraba la patrulla enemiga.

Antes de que se pudiese observar el acercamiento de alguna nave desde el puerto de Akko, ya habíamos desaparecido en la oscuridad.

Mientras curábamos la herida de Ykkur con leche de cabra, miel y paños limpios, tomábamos cerveza para celebrar la victoria. Habían pasado algunas horas desde el incidente, cuando empecé a sentir dolor en mis músculos, y en la cabeza como si hubiese abusado de la bebida.

---- Shed, debo felicitarte por tu actuación en la lucha. Te has comportado como un verdadero guerrero y estoy orgulloso de ti.---- cuando escuché las palabras del Príncipe, mi corazón saltó de felicidad y me sentí dichoso, no sólo porque representaba el momento más importante de mi vida sino también porque al demostrar mi valía como guerrero reafirmaba la confianza que Tutmés había depositado en mí, al no defraudarlo después de trabajar tanto tiempo para hacer de mí un verdadero soldado a partir de un simple campesino.

---- Gracias, mi Señor. Todo lo debo a su Alteza; que su Majestad goce de una vida larga y próspera, para poder serviros cuando seáis el poseedor de la doble corona de Kemet.----le respondí.

---- Tus palabras suenan en mis oídos como música de los dioses. Quiera Amón que sean premonitorias.----- dijo Tutmés retirándose a descansar en la camareta central.

---- Muchacho, tu bautismo de guerra ha sido todo un éxito. ¡A tú salud!.---- expresaron brindando con cerveza mis compañeros de la guardia. Say palmeó mi hombro en señal de aprobación.

---- Muy bien muchacho, muy bien.---- dijo.

Ni que decir de Ykkur y Madakh que eran mis mejores amigos, pero me sorprendió el aliento de todos, pues no esperaba tanto del resto del grupo. Me sentí tan integrado como nunca antes. El respaldo y el respeto de aquellos con quienes arriesgas la vida por una causa, es una de las razones por la que sientes que vale la pena luchar.

---- ¿Cómo te sientes, Shed?.---- me preguntó Madakh en actitud de hermano mayor.

---- Me duele la cabeza, el cuerpo, y me siento muy cansado.---- dije mientras bostezaba. ----. Pero estoy feliz por todo el aliento que recibí de ustedes ----

----Es normal.--- respondió Ykkur mientras se acomodaba en su estera, mostrando señas de dolor. ---- Se debe a los nervios de la primera batalla y la tensión acumulada; con el tiempo te acostumbrarás. A lo que no te acostumbrarás nunca será a tener miedo antes de la contienda, pero eso es bueno porque te mantiene alerta y ayuda a sobrevivir. El valiente es aquel que se sobrepone al temor y no el que no lo sufre.----

---- Es muy cierto lo que ha dicho Ykkur, mas ahora deberíamos tratar de descansar y recuperar fuerzas.---- dijo Madakh.

Él tenía razón, de modo que me aparté un poco para poder descansar unas horas antes del amanecer.

El cielo se había despejado en parte y nuestra flota avanzaba sin pausa al rítmico sonido de los remos que habían cambiado de manos hacia poco tiempo. Estábamos a menos que dos días de Biblos y ya me había enfrentado cara a cara con la muerte, sin embargo la misión apenas comenzaba.

Me desperté al alba con un apetito voraz, pero esperé a que repartieran las raciones de alimentos como debe hacer un buen soldado. Se debe tener control de la mente sobre el cuerpo no sólo durante la lucha sino en todo momento y en cualquier circunstancia. Se nos enseñó a vencer la ansiedad, el miedo, el dolor, el hambre y el cansancio. El entrenamiento y la preparación que había desarrollado el príncipe, eran totalmente innovadores pues nunca antes se conoció algo parecido en el ejército ni en ningún grupo armado nacional o extranjero. Su intención era aplicarlo en el ejército al llegar al trono para poder recuperar los territorios que alguna vez había conquistado el gran Tutmés I.

El objetivo era fortalecer el espíritu templando el carácter, dándole al soldado una instrucción en el dominio de su cuerpo para soportar las condiciones más adversas y al mismo tiempo, formarlo con técnicas de combate con cualquier tipo de arma, convirtiendo al ejército de Kemet en una fuerza invencible.

Después de alimentarme abundantemente y todavía con los músculos sensibles al moverme, me acerqué a la baranda de estribor para lavarme con agua marina fresca, aunque algo contaminada por las algas, en la tórrida mañana del día tercero de la travesía.

En el transcurso de la jornada cruzamos dos mercantes, uno de Keftiu y otro de Alashiya, que hacía evidente nuestro avance hacia la zona de mar abierto, donde existe mayor tráfico comercial. Keftiu era un país neutral cuyo desarrollo se debía principalmente al comercio de productos como, vino, aceite de oliva, ámbar y cerámica, muy apreciada en todo el levante, Asia menor y Kemet.

Todos los reinos asiáticos tenían demasiados conflictos entre sí como para querer avanzar en la conquista de un grupo de islas que no guardaban grandes riquezas. Por el contrario Alashiya, era estratégicamente muy importante por su abundancia de cobre. En el último año, había caído en manos del estado hitita que aprovechó la lucha dinástica en Naharín para apoderarse de ella. De momento no teníamos de que preocuparnos pues era difícil toparse con la flota hurrita, preocupada en interceptar nuestro recorrido hacia Biblos en la ruta normal cercana a la costa asiática. De todas maneras siempre debíamos tener listo nuestro armamento. Reunidos para repasar la estrategia de entrada a Biblos, durante la madrugada del cuarto día escuchamos las directivas del príncipe.

---- He meditado durante gran parte de la noche y decidí cambiar el plan inicial de llegar directamente al puerto de Biblos.---

----¿Por qué mi señor?.---- preguntó el capitán.

----Teniendo en cuenta la numerosa flota en Akko, es lógico suponer que en aguas cercanas a las costas entre Biblos y Sidón, nos estén esperando con una flota mucho más importante a la que no podríamos vencer.----

---- Entonces ¿qué haremos?.---- preguntó Ykkur intrigado.

---- Viajaremos un poco más al norte de Biblos, hasta la pequeña ciudad costera de Batroun.

---- Mi Señor conoce bien que la costa de Batroun es una zona de peligrosos bancos de arena. Podríamos quedar varados.---- dijo preocupado el capitán.

--- A pesar de esos riesgos, será más seguro que encontrarnos con los hurritas. Llegaremos de madrugada, anclaremos en aguas cercanas y nuestro grupo desembarcará en el pequeño puerto. Pediremos a los pescadores que nos proporcionen canoas y botes pequeños que puedan navegar en esas aguas poco profundas y bajaremos toda las provisiones a tierra. Desde ahí la transportaremos en carros hasta Biblos.

--- Esto nos hará perder mucho tiempo mi señor.--- dijo Madakh.

--- Es cierto, pero ya pensaremos como retornar a Kemet sin tener que enfrentarnos a los hurritas.---- Tutmés se dirigió al capitán de la flota. ---- Ajustará el rumbo asesorado por Ra-hotep, de modo que evitemos las costas de Biblos para llegar por el norte de Batroun.----

La nueva orden fue difundida al resto de la flota. Confiábamos plenamente en el buen criterio del príncipe, pero si alguna nave encallaba se complicaría la situación para regresar a Kemet.

En el transcurso del tarde comenzamos a sentir el descenso de la temperatura, y una espesa bruma nos rodeó completamente durante la noche. Encendimos las lámparas de popa como lo habíamos hecho las noches anteriores. Se veían muy tenues sus luces y se dio la orden de navegar a muy baja velocidad hasta abandonar la zona de niebla. Cada vez se hacía más densa lo que provocaba el temor de una coalición entre las naves o que alguna se perdiera. Nos movimos a paso de hombre durante un tiempo que nos pareció una eternidad. Escuchamos un choque de remos en el silencio sepulcral. Inmediatamente se dio orden de encender antorchas y lámparas pues la situación era extrema.

Si disminuía la bruma volveríamos a apagarlas pero en ese momento no podíamos seguir navegando sin iluminación pues el riesgo de perder naves o de chocar era muy grande. A medida que fueron iluminándose los navíos, se reubicaron en la formación; por suerte no ocurrió nada malo.

Avanzamos más rápidamente, pero transcurrieron algunas horas más hasta que se empezaron a ver las estrellas más luminosas en el firmamento. El sacerdote Rahotep comunicó al capitán que nos habíamos desviado de la ruta.

---- El Capitán debe cambiar el rumbo pues nos hemos desviado hacia el noroeste.---- dijo el maestro astrónomo.

---- ¿Cuánto tiempo perderemos en retornar a la ruta?.---- Preguntó preocupado.

--- No lo sé exactamente mi señor, pero debemos movernos rápido o llegaremos con las luces del día a Batroun.----

---- ¡A toda velocidad capitán!.----- exclamó Tutmés. --- Es crítico llegar antes de la salida del sol. No podemos perder más tiempo, pues arribar a plena luz del día nos podría costar muy caro.----

Las naves quedaron a oscuras nuevamente, con solo las luces de popa. Tuvieron que cambiarse los turnos de remos varias veces para mantener alta la velocidad. Los pobres esclavos se encontraban exhaustos.

La luna creciente nos acompañaba en aquella fría madrugada en la que el mar se hallaba tranquilo y un suave viento helado hacía erizar la piel.

Dormí de a ratos envuelto en mi cobija de lana de oveja. El momento del desembarco se acercaba y mis nervios se tensaban. Estaríamos totalmente expuestos a un ataque si nos descubrían a pleno día antes de llegar a las costas de Batroun. No tendríamos más opción que enfrentarlos.

Me desperté sobresaltado con el corazón latiendo en mi garganta cuando escuché al vigía.

---- ¡Naves enemigas a estribor!.---- gritó el vigía.

---- ¿A qué distancia?.---- preguntó nervioso el príncipe.

---- Diría que a tres mil o cuatro mil codos mi Señor.---- respondió.

Miré hacia la proa. A lo lejos se veían las luces de la costa atenuada por el suave resplandor del amanecer. Estábamos al doble de distancia de la costa que las naves enemigas de nosotros. No veíamos sus insignias pero sabíamos que no podían ser sino hurritas o cananeas.

---- ¡Más velocidad, mucho más!---- gritó Tutmés excitado. Los capataces del navío golpearon con el látigo a los esclavos para que remaran aún más rápido.

---- Si nos alcanzan, caerán sobre nuestro flanco y atacarán las naves mercantes. Quiera Amón que no nos hayan descubierto aún.---- dijo Ykkur.

Todos en las barandas alentábamos a los remeros. Las naves de la flota se movían vertiginosamente pero las de aprovisionamiento no tenían ese poderío y se encontraban peligrosamente retrasadas. Los navíos enemigos se movían velozmente hacia nosotros. No podía existir duda de que estaban prestos a atacarnos.

Me quedé paralizado cuando escuché al príncipe.

---- ¡Disminuyan la velocidad y propaguen la orden de formar una línea protegiendo a las naves de aprovisionamiento!.----- El choque era inminente. Debíamos ser el escudo que bloquease el golpe. Nuestra flota avanzó hacia los enemigos en formación compacta para alejarlos de la bahía.

Al menos una docena de naves con la insignia del Toro en sus velas, se encontraba a mil codos de nuestra posición y acercándose.

---- ¡Abran la formación y preparen las flechas incendiarias!.---- volvió a ordenar Tutmés.

Un frío temblor recorrió mi espalda y mi piel se erizó de miedo como un gato al descubrir a un perro que lo ataca.

La escuadra enemiga entró como una punta de lanza entre nuestras líneas buscando la nave capitana de la flota, es decir la nuestra. Tarde se percataron de su error.

---- ¡¡Arqueros ahora!!.---- gritó el príncipe.

Mientras sumergíamos las fechas incendiarias en un caldero con aceite encendido luego de la primera andanada de saetas arrojadas sobre las naves hurritas, una lluvia de flechas caía sobre nosotros. Varios de nuestros hombres murieron y otros quedaron heridos por el primer ataque enemigo, pero cuando nuestras flechas de fuego volvieron a caer en las velas de las naves asiáticas y con el viento soplando sobre ellas, la contienda se inclinó netamente a nuestro favor.

Ante la desesperada mirada de los tripulantes que veían caer sobre sus cabezas maderos y trozos de tela de los velámenes ardiendo, que extendían los incendios por la cubierta, nuestras flechas caían sobre los enemigos casi indefensos luchando en dos frentes, contra nosotros y contra el fuego.

En una desesperada reacción el capitán asiático dio orden de embestir nuestras naves para propagar el fuego a las nuestras y abordarnos al mismo tiempo. La lucha se hizo encarnizada y cruenta. El olor a madera, aceite, tela y carne de los cadáveres incinerados impregnaba el aire.

Nuestra nave fue embestida violentamente por la proa de la nave capitana hurrita. El impacto me hizo perder pie y caí de lado golpeando mi cabeza contra la pared externa de la camareta central. Me levanté dolorido y algo atontado, y sacudí mi cabeza para despabilarme. Miré hacia un costado y vi al príncipe alzando su espada contra un asiático que había abordado saltando a nuestra cubierta. Sin poder protegerse el pobre desgraciado fue decapitado por el jepesh del Príncipe Tutmés. La sangre brotó del cuello seccionado con chorros intermitentes mientras el resto del cuerpo se agitaba en convulsivos espasmos. La cabeza rodó por la cubierta hasta mis pies y la impresión que me produjo me hizo reaccionar abruptamente. Amenemheb trataba de ayudar a Madakh que había quedado desvanecido luego del choque con la nave hurrita mientras que, con el brazo sano Ykkur intentaba protegerlo de un soldado amorreo que se disponía a liquidarlo.

A pesar de la fuerza de Ykkur, apenas podía contrarrestar con su brazo bueno los golpes de espada que el asiático asestaba con ambas manos. Busqué la lanza que había perdido cuando caí. Al encontrarla, la así con fuerza para la arrojarla con todas mis fuerzas contra el flanco izquierdo del hurrita que agotaba la resistencia de Ykkur en cada golpe. Con un ahogado grito de dolor, cayó arrodillado cuando mi lanza se clavó en su cuerpo, emitiendo un seco crujido de huesos rotos. La sangre brotó instantáneamente de la herida tiñendo de purpúreos hilos descendentes su blanca túnica, hasta finalmente caer de bruces al suelo.

Antes de que pudiese tomar mi espada, un fuerte empujón en mi espalda me volvió a tirar al piso. Pensé que un golpe mortal sobrevendría por detrás, pero al girar vi que era Sai que me había salvado de un flechazo, que fue a incrustarse en el castillo de proa. Al levantarme vi a uno de mis compañeros, Ay, que no había tenido tanta suerte, con su pecho abierto por un hacha enemiga.

Sin perder tiempo tomé mi arco y el carcaj, haciendo blanco en los amorreos y hurritas que saltaban sobre nuestra cubierta.

Un trozo de velamen encendido voló impulsado por el viento rozando mi cabeza. Percibí el calor y mi cabello quemado, soltando de dolor el arco para frotarme la cabeza, quemándome también un poco las manos. Al descuidarme no vi que dos asiáticos pasaron por la barandilla de estribor, uno de los cuales se dirigía hacia mí. Cuando lo vi, hacha en mano no tenía con que defenderme. Hizo amague de un hachazo lateral y luego lanzó un golpe descendente que silbó junto a mi oreja incrustándose sobre la barandilla de popa. Trató de sacarla pero se le trabó en la madera y aproveché para patear su vientre haciéndolo gemir y luego lo empujé por la baranda cayendo al agua.

Con todas mis fuerzas saqué el hacha. El príncipe se encontraba luchando con su espada contra un oficial hurrita, notorio por su rica vestimenta. A espaldas de Tutmés se acercó otro soldado enemigo y sin perder tiempo salté para

interponerme entre ellos. Me lanzó una estocada a fondo con su espada y pude evitarla por muy poco. Luego una finta y un corte lateral. Al esquivarlo, el asiático pasó con el impulso de la maniobra entregándome su costado. Corté su brazo derecho de un hachazo lanzando éste un grito estremecedor.

La sangre saltó del miembro amputado mientras el pobre infeliz retrocedía mirando su miembro sin poder creer lo que veía. Cayó hacia atrás sobre un madero encendido y su cuerpo comenzó a quemarse. Dio un alarido de dolor y convirtiéndose en una antorcha humana, se retorcía en el suelo de desesperación. Conmovido y sin posibilidades de ayudarlo a sobrevivir, me acerqué a él y seccioné su cuello con un jepesh, para que no siguiera sufriendo.

Miré a mí alrededor y ya no quedaban adversarios. Despejé la cubierta cercana de los objetos en llamas que hubiesen podido provocar incendio en nuestra nave. Me detuve a observar. Todo era sangre, destrucción y muerte. Me senté, estaba agobiado por la lucha, temblando de nervios, agitado y con el corazón golpeando mi pecho furiosamente.

Recuperé el aliento pero el olor a sangre, cabello y carne quemados, me provocó terribles náuseas como si mi estómago intentara escapar de mi cuerpo y vomité por la borda hasta que mis vísceras quedaron vacías.

Me dolían todos los músculos y cuando me sentí un poco mejor, me apresuré a mirar como estaban mis compañeros y el príncipe.

Tutmés se hallaba parado en la proa observando al resto de la flota, evaluando las pérdidas. No había dudas de que la victoria era nuestra; las naves enemigas que quedaban se alejaban en retirada. Volví con mis amigos y vi que Madakh estaba restableciéndose del desmayo, en tanto que Ykkur junto a él, se encontraba sentado jadeando de agotamiento. Más allá, Amenemheb y Sai colaboraban con Shomu, apagando un pequeño fuego que amenazaba con extenderse al velamen.

El resto recogía los cadáveres de los enemigos, arrojándolos del barco y colocando los propios a un lado sobre la cubierta para ser sepultados al descender a tierra.

Mientras limpiábamos la cubierta de maderos, velamen y trozos de objetos todavía encendidos, Tutmés se acercó a decirnos que habíamos triunfado, pero había tres naves que se encontraban totalmente en llamas. Las naves de aprovisionamiento por otro lado, habían llegado a salvo a la bahía. El objetivo se había cumplido.

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