CAPITULO 6

"Waset, la sagrada ciudad de Amón-Ra."

Inofensivas sombras se cernían sobre el horizonte occidental. Las colinas, mostraban su negro perfil a la luz de los últimos destellos del atardecer, que encendían de tonos rojizos el cielo cubierto de nubes sobre el Hep-Ur.

La cubierta de la nave mercante, estaba colmada de productos llegados a Kemet a través de las caravanas del comercio de oriente, hacia las grandes y opulentas ciudades del sur del país. Lapislázuli para joyería desde las montañas al oriente del Elam, obsidiana de Hatti para la fabricación de cuchillos rituales de los embalsamadores, cosméticos elaborados a partir del cobre del Sinaí, madera de cedro y roble para la construcción, la estatuaria y la fabricación de muebles desde los bosques de Khinakhny y Djahi. El destino final de la embarcación era por supuesto Waset, la capital del país, la ciudad más rica del mundo y desconocida para mí, en ese entonces.

Sentados cerca del extremo de la proa, contemplando el paisaje costero lentamente bañado por la penumbra del ocaso, nos encontrábamos mi padre y yo, disfrutando de la fresca brisa del río.

Faltaba poco para llegar al puerto de Nubt, la antigua ciudad del Dios Sutej, amo del caos y hermano de Asar, Dios de los muertos. Nubt significa oro en nuestra lengua, y se relaciona con la riqueza en este metal, extraída de las minas de desierto oriental, ya casi agotadas, a las que se accede a través de los torrentes, en este caso el de Hammamat. Cuando a lo lejos comenzamos a ver las luces de la ciudad costera asentada sobre la ribera occidental, meditaba a cerca de la ubicación de la capital en el alto valle del Hep-Ur.

----- Padre, ¿cuál es la razón para que Waset sea la capital del país siendo que se encuentra tan al sur, y no en el norte como había sido antiguamente, cuando Mennufer era la gran metrópoli?---- pregunté.

Con la mirada fija en el horizonte, como absorto por la visión de imágenes fantasmales arrancadas a un pasado mítico, comenzó su inspirado relato.

---- Hace mucho tiempo atrás, cuando comenzaron a sucederse soberanos débiles e irresolutos que no supieron imponer la justicia y el orden de Ma’at, cayendo presa de las fuerzas de la corrupción y la degradación, dejando las fronteras de nuestra amada tierra, abiertas a la entrada de pueblos paganos, adoradores de dioses extraños y maléficos, como si Sutej hubiese regresado de su destierro para destruir el reinado eterno del Dios Hor.

Extrañas gentes venidas desde el país de los a’amu, los Heka-Khasut, príncipes extranjeros, trajeron la muerte, el hambre y la destrucción sobre el pueblo de Kemet condenado a la esclavitud, pagando tributo por los frutos del suelo que le pertenecía, debiendo soportar la profanación de sus templos y sus lugares sagrados, viendo enseñorearse al invasor de su amado río, manchado con la sangre de los hijos de la tierra negra, derramada por la espada del extranjero salvaje y cruel. El norte del país ocupado y explotado, con sus ciudades y habitantes bajo el dominio de los bárbaros, clamaba a los dioses por justicia y libertad. Entonces desde el sur, desde el alto valle, se levantó la voz del pueblo encabezado por Waset, de la amada tierra de Amón, consagrada a dirigir la liberación de la nación para sacudir el yugo de los príncipes asiáticos, para expulsarlos por siempre de la tierra del Hep-Ur. Muchos murieron en la guerra de liberación en la reconquista de ciudades como Mennufer, Iunu, Hut-Waret, etc. Entre los héroes caídos se encontraban varios faraones como Nebireyeraw, Sekenenre-Ta’a II y Kamose, y antes que ellos, muchos otros que entregaron sus vidas en la lucha por volver al orden universal.

Fue Ahmosis quien culminó la epopeya al perseguir a los príncipes extranjeros hasta la ciudad a’amu de Sharuhen.

De esta manera, Waset se convirtió en capital del territorio que luego extendieron faraones como Amenhotep I, Tutmés I, padre de la actual soberana y del último faraón, nuestro fallecido y venerado señor Tutmés II.---- concluyó mi padre.

Ya llegada la noche, cuando tocamos el puerto iluminado por las antorchas de los pilares del embarcadero, se me ocurrió preguntar por la edad de Tutmés III.

---- ¿Es muy joven el príncipe heredero?---- pregunté.

---- No, hijo, el príncipe Tutmés tenía alrededor de nueve años cuando murió su padre.---- dijo Pentu.

---- Y ¿cuando murió?---- pregunté curioso.

---- Hace diecinueve años aproximadamente.---- respondió.

Quedé sorprendido por la cifra.

---- Pero, ¿por qué con veintiocho años el príncipe Tutmés no es nuestro faraón?----. me miró pensativo y me respondió.

---- No tengo respuesta a esa pregunta, hijo mío.----

Bajamos del navío hacia el alborotado ambiente portuario. Mi padre y yo, bajando los bártulos necesarios para pasar la noche. Atravesamos el mercado de abarrotes hacia el caserío cercano, buscando un lugar donde alimentarnos y descansar, para continuar el viaje al amanecer del día siguiente.

Habiendo transcurrido tranquilo nuestro avance desde el alba, con la barca de Ra en el cenit dominándolo todo, desde su trono celestial, divisamos a lo lejos, el contorno de la gran ciudad de Waset, deformada su imagen por el intenso calor, haciendo parecer a la distancia como si las gigantescas murallas temblaran. El ambiente era sofocante y opresivo, el vapor que se desprendía de la superficie del río hacía más agobiante el final del viaje.

Llegamos frente a la entrada del enorme canal sobre la ribera oriental, que daba acceso al magnífico puerto, protegido por muros sucesivos contención contra las inundaciones más grandes. Saliendo del extremo interior del canal, se abría una bahía artificial en forma de mazo, con una extensión prodigiosa que podía albergar a toda la flota de guerra del Alto Valle. En el puerto se hallaban atracadas naves mercantes tres veces más grandes que la que nos transportaba. Su vereda mostraba un vertiginoso movimiento de marinos, cargadores, soldados, comerciantes, etcétera, cargando y descargando productos, alistando los barcos, revisando y controlando las mercaderías, cobrando y pagando salarios, una muchedumbre atareada a un ritmo febril, daba vida al enorme embarcadero y su mercado.

La profusión de colores, aromas, formas y la variedad de mercancías me impresionó grandemente, al superar con amplitud la abundancia y diversidad de productos de intercambio que había visto en Gebtu.

Cuernos de rinoceronte, delicadas telas de un hilo que llaman seda procedentes de lejanas tierras situadas al oriente del oriente, especias, plumas de avestruz, pieles de pantera y leopardo, valioso ámbar de las frías regiones del norte, monos y simios, animales exóticos, mirra, aceites, perfumes y ungüentos sagrados, aves de bellísimo plumaje, etcétera.

Fascinado por tan mágico ambiente, tuve que ser apurado por mi padre por que estaba retrasando nuestro ingreso a la ciudad propiamente dicha. Luego de abandonar el puerto y el mercado, el emisario del secretario de Senmut, nos hizo llevar hacia nuestro temporario lugar de asentamiento al norte de la ciudad de Waset, hasta que pudiésemos instalarnos definitivamente en la aldea de los artesanos sobre la ribera occidental. A la parte central de Waset, la ciudad palatina, como se denomina al centro de la metrópoli, alberga los edificios oficiales como el palacio real y dependencias, el templo de Amón-Ra, santuarios y capillas, la residencia del Sumo Sacerdote del culto, la residencia del alcalde y la administración con su escuela de escribas. Rodeando el sector central de la ciudad fuimos trasladados en un carro tirado por asnos, atravesando el barrio de los altos funcionarios de la administración, los jefes del ejército y la flota de guerra, de la policía medyau y de personalidades de la nobleza local. Bellas residencias de dos plantas se alzaban a ambos lados de la extensa calzada, flanqueada por altas palmeras. Amplios ventanales de balcones floridos protegidos por toldos pintados con motivos variados, que mostraban escenas bucólicas, representaciones de artes y oficios, etc.

Continuando por la avenida, en la misma dirección seguía el barrio de funcionarios y oficiales menores, con viviendas más modestas que las anteriores, pero cómodas y agradablemente ornamentadas y protegidas del calor por una fresca cubierta de palmeras datileras, grandes sicomoros, tamariscos y frondosas higueras en las que se subían los niños del caserío a tomar sus frutos.

Hacia el este, se extendían las humildes viviendas de los estratos más bajos de la población casi en el límite del desierto. Por cierto los pescadores y barqueros, vivían sobre la costa en íntimo contacto con el río pero también a merced de inundaciones excesivas.

En zonas más alejadas se movían los habitantes del desierto, tribus de pastores que comerciaban con Kemet en calidad de vasallos.

Fuera de la ley, siempre existían las bandas de delincuentes nómadas recorriendo las inhóspitas colinas al borde de las estériles arenas, que por ser tan extensas, siempre serán difíciles de limpiar de ladrones de caminos y saqueadores de aldeas.

Luego de instalarnos y descansar, acompañé a mi padre a conocer la ciudad palacial. Pasamos circundando el muro del templo de Amón cerca de la puerta norte, próxima al templete de Montu el Dios guerrero con cabeza de halcón. Apenas traspusimos la barriada de la clase acomodada, comenzamos a divisar los edificios oficiales, la blanca estructura del Khenbet (consejo), que administra la justicia en asuntos civiles, y que sólo posee en su plataforma de entrada una escultura en forma de pluma símbolo de Ma’at, la justicia, el orden y la verdad. Hacia el este, pudimos observar la fachada de la Casa del Tesoro que guarda las riquezas de Kemet, fuertemente custodiada por guardias. Seguidamente se destacaban el frente del Granero del Valle con su gigantesco depósito de cereales contrapartida del Granero del Delta en Mennufer y el Directorio de los Rebaños y sus establos y corrales que se extienden hasta cerca de los límites del desierto.

Bajando por la misma calle de la Jefatura de Medyau, se llega hasta la entrada de la residencia del alcalde, el edificio de la administración central y la escuela de escribas.

Separado del grupo y realzado por su disposición en niveles, se accede al enorme palacio real con su escalera custodiada a los lados por dos magníficas esculturas en basalto negro, una de la Diosa buitre Nekhbet, símbolo del alto valle y otra de la Diosa cobra Wadjet, símbolo del delta del Hep-Ur.

Subiendo por la escalinata en la plataforma intermedia y dominando su centro, soportada por una gran base cuadrada, se alzaba en granito rojo, una espectacular estatua de Hor, el dios halcón, hijo de Asar, representante de la realeza con la doble corona típica del faraón, símbolo de la unión de las regiones del Norte y el Sur de Kemet, acompañado por Eset su madre a la izquierda y la diosa Hathor a la derecha.

En el frente del pórtico, sobre cada una de las columnas que lo constituyen, ondean banderas con los colores y estandartes de cada una de las provincias, Sepat en nuestra lengua, en que se divide administrativamente el país. Cada columna del Bajo Kemet, tiene su capitel en forma de flor de papiro y las del Alto Kemet en forma de flor de loto. Al contemplar los muros interiores, se pueden observar como muestra del poder militar, los frescos del vestíbulo que forman una interminable procesión de pueblos tributarios y vasallos, haciendo honor y rindiendo homenaje postrados ante la grandeza de la soberana Hatshepsut y su padre Amón-Ra, Señor de los dioses.

Toda esta zona de la ciudad tiene sus calles bordeada por palmeras, sicomoros y acacias y también higueras y granadas.

El área de palacio real, abarcaba los aposentos reales sobre el ala derecha en el piso superior de la estructura detrás de las cuales se encontraban las habitaciones del Harén o Per-Jenret como lo llamamos nosotros. En el cuerpo central también en la planta alta se abría "El salón de los Dioses". Sobre sus blancas paredes laterales se habían excavado tantos nichos como provincias tiene el país, en los que reposaban las estatuas de los Dioses representantes de cada región, incluidos la Diosa Eset y el Dios Asar a ambos lados de la puerta que daba a la sala de reunión del faraón. Los emblemas del alto y bajo Kemet se repetían una y otra vez por todo el edificio. El lujo era abrumador. La variedad y número de objetos de ornato de las estancias, estaban tan bien equilibrados y armoniosamente distribuidos, que aumentaba la magnificencia del lugar.

El mobiliario fabricado con valiosas maderas como caoba, ébano, roble, cedro, contenían una gama incontable de aplicaciones, enchapados, incrustaciones en diferentes materiales oro, marfil, turquesa, lapizlásuli, alabastro, cristal de roca, granito, jade, esquisto, electro, etc. con una confección exquisita.

La planta baja se dividía en tres secciones bien diferenciadas. El cuerpo central, estaba ocupado por la sala del trono, en tanto que en el ala derecha se hallaban la sala de la administración de las propiedades reales dirigidas por el Chambelán, mientras que el ala izquierda se dividía en varias salas menores dedicadas al Directorio y el Archivo de documentos en papiro, referentes al movimiento administrativo del Alto Valle.

En la Sala del Trono, se hallaba la gran silla dorada enchapada completamente en oro, cubierta de iconos en relieve bruñidos y pintados en que la Reina Hatshepsut aparecía ofrendando incienso y oro a Amón-Ra. Las puertas laterales de la pared a espaldas del trono, se abrían hacia la extensa galería columnada, que reproducía en sus muros, policromas escenas que mostraban a la reina en diferentes actividades como ceremonias de culto, festividades, recibiendo tributos de los pueblos subyugados, etc. La mencionada galería, circundaba el colorido y grandioso jardín en cuyo centro sobresalía el bello estanque artificial colmado de flores de nenúfar y lirios de agua amarillos, azules, rojos y blancos, ranas, sapos y peces de colores. Una gran variedad de aves visitaba las palmeras cargadas de dátiles, manzanos, granados, higueras, sicomoros y tantas otras especies de árboles y arbustos que poblaban el amplio parque, proporcionando fresca sombra y dulces aromas que atraían a las abejas de las colmenas pertenecientes al templo.

En la parte más posterior del edificio en planta baja, se hallaba la cocina que incluía la panadería y el matadero de animales de consumo y ya mucho más alejado pero dentro de los límites de la residencia del faraón, los talleres donde trabajaría mi padre para reemplazar la estatuaria y las estructuras deterioradas durante el sismo.

Finalmente los corrales, el establo, las caballerizas, el depósito de carros y su anexo del pequeño arsenal de la guardia de palacio. Este último sector se encontraba sobre terreno correspondiente a las zonas semiáridas de transición, que colindaban con el desierto propiamente dicho. Era una gran extensión abierta destinada a la práctica en el manejo de carros de combate, entrenamiento de los cuerpos de guardia de palacio, competencias, etc, separada de los jardines por un bosque de palmeras a través del cual se abría la estrecha calle que los comunicaba. Hace falta decir que el conocimiento de las más importantes estancias de palacio no estaba a mi alcance aquel primer día en que acompañé a mi padre; en los primeros tiempos sólo se me permitía el ingreso al taller. El resto de la residencia real no lo conocí hasta mucho después ya que no tenía acceso al mismo.

La última parte que descubrí de la esplendorosa Waset la formaban los cuarteles del ejército de Amón-Ra, el cuerpo más prestigioso de las fuerzas de guerra de la reconquista del Norte, que comprendían las barracas para los soldados y las estancias y habitaciones para los oficiales, los comedores, la cocina, el arsenal, la caballeriza y los establos.

La zona que más atraía mi curiosidad era por supuesto, el gran templo de Amón-Ra, el lugar más sagrado de la Tierra Negra, la mansión del Dios nacional llamado "El Oculto", cuyo edificio era inaccesible para un joven insignificante como yo. Sólo observar su magnificencia y belleza cubiertas por los muros a la vista de los mortales, inspiraba en mí un profundo respeto, admiración y devoción.

Es de destacar la increíble labor llevada a cabo tanto en el Palacio Real, como el templo, pues a nuestra llegada a la capital y habiendo transcurrido menos de seis meses desde el terremoto se encontraban totalmente restaurados, como si no hubiesen sufrido daño. Deben haber sido reunidos miles de trabajadores de todo el alto valle, para poder concluir reparaciones de tal magnitud en un tiempo tan reducido, de acuerdo con el deterioro de la edificación manifestado por muchos obreros a mi padre.

Donde todavía se veían hombres trabajando en la reconstrucción, era en varios sectores de edificios oficiales como el Granero, y el Tesoro, el Consejo y la Residencia del Alcalde.

Por su parte los caseríos de todos los barrios mostraban una importante actividad de albañiles y pintores, abocados a la rehabilitación de las viviendas de las familias y comercios de la ciudad. También en reparación se encontraban sectores del puerto y la residencia del sacerdocio de Amón-Ra. El Sumo Sacerdote por otra parte vivía en una residencia, independiente de la del resto del clero, que destacaba su poder y riqueza.

Desde mi llegada, me fue permitido asistir al taller del palacio en calidad de aprendiz de mi padre y otros maestros escultores, dirigidos por Bahri, pero por las tardes debía dejar mi lugar a otros aprendices de escultor, que en la mayoría de los casos tenían más talento que yo y estaban más adelantados en su aprendizaje, de modo que, en mi tiempo de ocio aprovechaba para pasear por la ciudad y visitar monumentos, edificios, el puerto y su mercado, y todo otro lugar que me resultara interesante. Me paraba en cada sitio en donde encontraba alguna inscripción, descifrando la escritura para comprender aunque sea parcialmente su significado.

El desierto también era un buen lugar para recorrer, por la belleza de las colinas y los torrentes, con su vegetación resistente al duro clima y sus rebaños de cabras, ovejas y vacas, y las manadas de antílopes, gacelas e ibises y otros habitantes más peligrosos como hienas, leones, leopardos y chacales. Algunas zonas también estaban infestadas de escorpiones y serpientes, incluida la cobra.

Sobre la ribera occidental se encontraban las grandes edificaciones funerarias, templos de distintas épocas en honor a varios faraones, desde el antiguo e imponente monumento mortuorio de Nebhepet-re Mentu-Hotep, hasta la magnífica estructura y disposición del templo de Hatshepsut, aún sin concluir en aquella época, que demuestra la capacidad y el ingenio del arquitecto Senmut, quien lo construyó en distintos niveles aprovechando las cortaduras del terreno, en terrazas rodeadas de columnatas que sirven de pórtico a las capillas abiertas en la roca.

Las columnas facetadas son sencillas y elegantes a la vez. Se asciende a las terrazas por escaleras monumentales, pudiéndose observar sobre los antepechos de las barandas de las terrazas, las campañas victoriosas de los generales de la reina, aunque en realidad jamás tuvieron lugar verdaderamente, pues fueron derrotados por los ejércitos de Naharin y sus aliados, perdiendo gran parte del territorio al norte de Biblos, alguna vez conquistados por el valeroso Tutmés I padre de la soberana. También se encontraban plasmadas las escenas del célebre viaje a Punt en donde se compraron enormes cantidades de incienso y mirra.

Este fue en realidad el máximo logro de la soberana y demos gracias a Amón que Naharin estaba debilitado en sus fuerzas por sus conflictos con Hatti, como para dirigir todo su poder contra nuestra tierra, de lo contrario habrían entrado caminando hasta la capital del alto valle sin que los cobardes generales partidarios de Hatshepsut, hubiesen levantado un solo dedo para defender Kemet.

Mi padre, esculpió para este edificio, una estatua de la reina en mármol blanco. El propio Senmut propuso una competencia entre los maestros escultores de Waset. Todos deberían realizar una escultura de la soberana en un bloque de seis codos de altura, de la piedra que mejor trabajara cada uno, en el menor tiempo posible. Se esculpieron cinco imágenes y ganó Bahri, cuya estatua fue elegida por el propio arquitecto como la más natural y parecida a la reina. Mi padre hizo una figura femenina idealizando a la soberana. Era hermosa en sus facciones y de cuerpo esbelto, no coincidiendo con la realidad, pues la Regente era más bien baja y algo gruesa, pero mi padre por respeto y quizás también por temor a perder su trabajo, no se animó a marcar las imperfecciones de su anatomía. Bahri por el contrario, creó una vívida imagen de Hatshepsut que al ser reconocida por el arquitecto acorde a la energía y a la fuerte personalidad de la soberana la eligió como ganadora. Aquella escultura enfureció a la reina al ver reflejada en ella sus defectos, tanto que condenó al escultor a diez azotes. Mi padre perdió la competencia pero salvó su espalda del rigor de la fusta. De todas maneras el trabajo de Bahri fue colocado en el centro de uno de los recintos y premiado con cien Deben de Oro.

Otro lugar muy especial, era el valle de las tumbas de los faraones y su contrapartida el valle de las reinas, dos zonas de la necrópolis que se encuentran fuertemente custodiadas debido a la terrible actividad de los saqueadores de tumbas, execrable actividad en la que participé y de la que nunca podré arrepentirme lo suficiente.

Luego de varios meses de recorrer la ciudad y sus alrededores, solicité a mi padre que me ayudase a buscar algún otro trabajo, pues ante la imposibilidad de trabajar la tierra que ya no poseíamos, no me atraía la idea de trabajar arrendando las tierras del templo o las propiedades reales.

Después de un mes de buscar con mi padre, conseguí empleo como ayudante en el depósito de armas de la guardia de palacio, a donde también llevaban su armamento para cambio o reparación, los custodios de la Reina y los del príncipe Tutmés.

El encargado del depósito, era un anciano y achacoso escriba llamado Tay, que cada vez tenían más problemas para realizar su trabajo debido a una enfermedad ósea, deformante y dolorosa, que casi le impedía caminar.

El pobre viejo cascarrabias, por fin tendría un alivio con mi llegada, pues desde ese momento, sería yo quien realizara las actividades que implicaban movimiento o esfuerzo, de modo que él se limitaría a asentar por escrito en papiro los ingresos y egresos de armas o equipo, enviados a reparar, reemplazar, reformar, etc, mientras yo realizaba las tareas de limpieza y mantenía el orden del lugar. No era un trabajo para desempeñar por el resto de la vida, pero era mejor que no hacer nada, aparte de que el salario no era del todo malo.

A medida que transcurrían las semanas comenzaba a tratar más con los custodios de la guardia personal, tanto de la reina como del príncipe, entre los que sobresalía un personaje aparentemente engreído y fanfarrón, que hablaba en voz alta para atraer la atención hacia su persona. Resultaba pedante aunque a veces era francamente gracioso por las tonterías que decía. Poco a poco me di cuenta que raramente hablaba en serio, pero que cuando lo hacía era muy certero en sus apreciaciones. Parecía que le agradaba hacer el papel de bobo, pero no tenía un pelo de tonto. Le gustaba acercarse al depósito a hacer rabiar al viejo Tay que siempre caía en su juego. Ykkur superaba mi edad en unos diez años. Era gordo y fuerte como un buey y aún más alto que yo, lo que lo ponía realmente muy por encima del promedio de la gente de nuestra tierra. Cuando su enorme sombra tapaba parte de la puerta del depósito, Tay presentía su presencia y antes de verlo, ya se malhumoraba. Lo llamaban el gigante Ykkur y hacía resonar su estruendosa voz para fastidio del escriba.

---- ¿Qué pasa viejo Tay?, cada vez, es más fea tu escritura.---- dijo al anciano guiñándome un ojo.

---- Debe ser que tu gordo trasero tapa la entrada de luz y no me permite ver lo que escribo.---- no pude aguantar la risa.

---- Te gusta hacer reír a tu ayudante ó realmente no te agrada este cuerpo que tantas mujeres aman.---- me hizo señas burlándose de la rabia de Tay ante sus comentarios vanidosos. El viejo respondió ingeniosamente.

---- Yo diría que a las terneras difícilmente les guste un elefante.---- Ykkur lanzó una fuerte carcajada y le respondió.

---- Pero creo que a la vieja vaca de tu esposa, si el gusto.---- Tay se puso colorado de ira, y como no supo que contestarle, le lanzó una escudilla de barro, con el último higo que le quedaba. La vasija se rompió contra la pared junto al lugar en donde estaba parado Ykkur, que se había escondido detrás del marco de la puerta.

---- Bueno Tay, no te enojes, es sólo una broma. ---- se disculpaba riendo.

---- ¡No! ¡Esas no son bromas!. ¡Té pasas del límite grosero mal educado!---- le dijo el viejo dándose vuelta y dirigiéndose a mí. ---- Y tu muchacho tonto deja de reírte, que no le veo la gracia.---- dijo el anciano enojado pero no tanto.

Como ya había hecho enfadar al viejo, siguió conmigo.

---- Hola niño, ¿cómo te trata el depósito?.---- Al principio me molestaba mucho que me llamara niño, pero cuando fui conociéndolo comencé a seguirle el juego.

---- Hola Ykkur. Me va muy bien en mi trabajo. ¿Cómo está el príncipe?.---- pregunté.

---- Está perfectamente gracias a mí por supuesto.---- respondió con gesto de suficiencia.

---- Y ¿tú como estás?---- le pregunté.

---- Un poco molesto contigo, mi joven amigo.---- me dijo mirándome con ojos inquisidores. Lo miré confundido.

---- Y... ¿Qué hice o dije para molestar a mi señor Ykkur?.---- le dije en son de broma.

---- Te he visto merodeando en la cocina de palacio como una bandada de buitres sobre una oveja herida.---- era cierto que había ido a la cocina pues de la carpintería del taller me habían encargado entregar unos utensilios de madera.

---- Fui a entregar unas cucharas y otras cosas que me encomendaron los carpinteros del taller.---- le respondí haciéndome el desentendido.

---- Vamos Shed, todos sabemos que las muchachas más hermosas de entre la servidumbre del palacio trabajan en la cocina.---- cuando me llamó por mi nombre supe que hablaba en serio.---- Dime, ¿a cuál de ellas andas cortejando?. Porque si te acercas a mi amada te romperé el cuello.---- dijo en broma, pero realmente era muy celoso y quería saber quien me interesaba. Yo no sabía a cuál de las muchachas se refería, pero decidí que era mejor no mentirle.

---- Me gusta Tausert, pero nunca pude siquiera hablar con ella.---- dije esperando la reacción en su rostro. Nada ocurrió.

---- Me parece bien, es una buena muchacha. Yo tengo un romance con Binnet. Tausert es muy joven y demasiado flaca para mi gusto. La mujer debe tener buenas piernas y buenas nalgas.---- dijo con aire de experto en el tema.

---- Sí pero también debería tener cintura.---- le dije riendo.

---- ¿Quieres decir que mi novia es gorda?---- dijo tomándome de la parte de atrás del cuello.

---- No mi señor. Digo que a mí me gustan flacas y desgarbadas.---- nos echamos a reír y a todo esto, Tay que seguía la charla atentamente, rió con nosotros.

Ykkur se volvió hacia mí, aún tentado por la risa.

---- Pero de todas maneras, como no confío en ti, deberás acompañarnos a la cacería que emprenderemos dentro de una semana, pues no te dejaré sólo con las muchachas a tu disposición. Vendrás con nosotros en calidad de sirviente del príncipe, cuidando el equipo y los animales.

---- Realmente estaría muy feliz de poder ir, pero, ¿quién me reemplazará en el depósito? Tay no puede quedarse sólo.---- expresé preocupado.

----- Yo me encargaré de eso.---- dijo Ykkur con voz tranquila.

Sonreí dichoso al saber que no había impedimentos para que pudiera unirme al grupo. No podía creer que serviría en una cacería en la que participaba el heredero al trono, el verdadero sucesor de la corona roja y blanca del país de las dos tierras.

CAPÍTULO 7

"La providencial saeta del príncipe Tutmés."

Los días previos se hicieron largos y aburridos. Estaba ansioso por comenzar está aventura y claro está, por conocer personalmente a quien todos creíamos el futuro faraón. Mis padres accedieron a mi pedido, autorizándome ha formar parte del contingente, pero les preocupaba que estuviese alejado mucho tiempo y en una región salvaje e inhóspita, ciertamente más peligrosa de las que yo conocía.

El día del viaje desperté antes del amanecer y preparé todas mis cosas. Antes que el disco de Atón asomara su fulgor por encima de las colinas orientales, me uní con el resto del grupo en los establos reales. Terminaron de cargar todas las provisiones en fuertes sacos a lomo de burro, para treinta días de viaje. Grandes cantidades de pan, pescado seco, cebollas, ajos, puerro, lechuga, higos, granadas, dátiles, jarras con cerveza y vino para el príncipe. La alimentación se completaría con el producto de la caza, aportando carne de gacela, orix y antílope. El trofeo más preciado era el gran rinoceronte, o algún macho de elefante de grandes colmillos, aunque es muy difícil encontrar manadas en esta época, incluso en las regiones más meridionales de la tierra nehesi, cercanas a Kush. Los leones no eran cazados, salvo que constituyeran un grave peligro para la expedición. Mi señor Tutmés admiraba mucho a estos felinos y cuando algún ejemplar era muerto, su carne no se podía consumir siendo consagrado el cuerpo a la diosa Sakhmet.

Se transportaban armas como espadas, hachas, mazas, arcos y aljabas con gran cantidad de flechas, como así también tiendas de campaña, mantas, esteras y abrigos para pasar las noches frías en el desierto y la sabana.

Aparte de los hombres de a pie, unos veinticinco entre guardias y esclavos, iban seis más sobre tres carros de combate tirados por caballos. Uno de ellos era el príncipe Menkheperre Tutmés con su auriga; en otro Ykkur con el suyo y por último, el segundo jefe de la custodia Madakh, con otro conductor.

Salimos con las primeras luces del alba en una mañana fresca y sin nubes. Debíamos ganar tiempo y recorrer la mayor distancia posible para llegar al primer pozo de agua en el desierto antes que el calor abrasador nos dejara exhaustos.

Desde lejos veía al príncipe subido en su carro; su esbelta y musculosa figura eran imponente. Si un Dios debía tener cuerpo de hombre, sería como el del heredero. Era como de mi estatura pero sus grandes espaldas y fuertes brazos se adivinaban bajo la fina y transparente túnica de lino, su trabajada musculatura era producto de una incansable práctica en el arte de la guerra con armas; siendo el mejor en el uso de la espada, también era diestro con el hacha y la maza, y sólo superado en las competencias con arco, por el primer jefe de custodia, mi amigo Ykkur.

Mientras recorríamos los torrentes adentrándonos en el desierto y en tanto el resto iba conversando, riendo, o inspeccionando el paisaje en busca de manadas salvajes, el príncipe iba en silencio, mirada ausente, clavada en el horizonte, como sumido en quien sabe que pensamientos. Su rostro mostraba desánimo, frustración e insatisfacción, como quien ha perdido sus esperanzas y sus ilusiones. Me acerqué a Ykkur para conversar.

-----¿Ykkur?---- giró su enorme cuerpo hacia mí. ----¿Qué le ocurre al príncipe?. Parece abatido, como si formara parte de un cortejo fúnebre, no de una aventura de caza.

---- Justamente Shed, organizamos la cacería con el objeto de sacar al príncipe Tutmés de su melancolía. Se encuentra muy mal de ánimo por su situación. Es el rey que necesitamos y él lo sabe. Es un hombre decidido, inteligente, valiente y un amante de nuestro país, pero no puedo hacer nada contra poder de la soberana.---- expresó Ykkur.

----¿Pero cómo puede tener tanta autoridad una mujer en medio de decenas de hombres poderosos y ricos?.---- pregunté, ignorante del poder que ostentaba la reina como hija del propio Amón-ra, Señor de los Dioses.

------- No es como cualquier mujer. Es sumamente astuta, sabe rodearse de funcionarios leales y todos sus adversarios le temen porque es capaz de cualquier cosa con tal de conservar el trono.---- me dijo en voz baja.

---- Se cuenta que, cuando el padre de la reina el gran Tutmés I se encontraba en su lecho muerte, le reprochó haber nombrado sucesor a la doble corona a su futuro marido y hermanastro, Tutmés II, llamándolo bastardo, porque era hijo de una concubina. Ella consideraba que era la verdadera heredera de la doble corona, de modo que, como no podía manipular ni al sumo sacerdote de Amón-Ra, ni al Visir de aquella época, accedió a casarse con Tutmés II, guardando la esperanza de darle una heredero varón, de quien sería la regente si muriese el Faraón.----.

----¿Hizo asesinar a su esposo, el faraón Tutmés II?.---- pensé horrorizado.

---- No. No fue necesario, pues el soberano, durante su segundo año de gobierno al realizar una campaña guerrera en tierra a’amu, contrajo una enfermedad que afectó a muchos hombres que participaron en ella. Falleció en su cuarto año de reinado, luego de permanecer casi ininterrumpidamente en cama, tosiendo y escupiendo sangre. Los embalsamadores que trataron el cadáver del Faraón, y guardaron en los vasos sagrados las vísceras del monarca, comentaron que los pulmones, aparecían sangrantes y cavitados interiormente, destruidos por el demonio de la peste.---- dijo con aire de misterio.

----¿Que ocurrió después?.---- pregunté.

---- Hatshepsut, tuvo la mala suerte de no darle ningún hijo varón al soberano de manera que se alejaba de sus manos la oportunidad de transformarse en reina regente, ya que existía otro heredero que había sido desplazado de la sucesión por el faraón Tutmés II, también era hijo de Tutmés I, pero a causa de su débil salud y su carácter despótico, no fue nombrado como futuro sucesor por su padre. A la muerte de Tutmés II, era casi un hecho que asumiría el poder que le correspondía por derecho. Se llamaba Amenmose y era hermano mayor de la reina Hatshepsut. Había sido nombrado por su hermanastro como sumo sacerdote de Ptah en Mennufer, concediéndole un cargo de importancia religiosa, pero con muy poco peso político, de modo que no amenazara su autoridad, al no tener control sobre fuerza militar alguna. Tutmes II desconfiaba mucho de él por su carácter ambicioso y despiadado, capaz de traicionar a su propia madre. Amenmose, en cierta ocasión, hizo azotar al segundo sacerdote de Ptah porque le sugirió que no hiciera entrar prostitutas a la residencia a plena luz del día. Ante tales perspectivas, Hatshepsut debe haber visto peligrar sus posibilidades de tomar el poder y decidió asesinar a su hermano, según suponen los sacerdotes del templo de Ptah, pues Amenmose, cayó muerto luego de beber el vino de su cena sin haber estado previamente enfermo, como si hubiese sido envenenado. Nadie apreciaba a Amenmose, de modo que no hubo acusaciones ni investigación sobre su repentino deceso.

Poco antes de la muerte de su esposo, incapacitado ya para tomar decisiones, Hatshepsut nombró sumo sacerdote de Amón a un oscuro funcionario llamado a Hapuseneb ha quien tenía dominado por conocer sus debilidades sexuales, por las que podía hacerlo ejecutar con sólo dar a conocer sus delitos al consejo de justicia, por abusar de los niños esclavos, pero se salvó por faltas de pruebas.

La reina se dio cuenta que lo que necesitaba en ese momento era conseguir otro heredero fácil de controlar y quién mejor que el pequeño Menkheperre Tutmés de sólo nueve años, hijo de Eset una de las concubinas de su esposo, al que haría coronar Faraón, fraguando un oráculo durante la festividad de Amón, con total acuerdo del venal Hapuseneb y que en cierta forma desviaría las sospechas de su implicación en la muerte de Amenmose. De más está decir que ella fue nombrada regente del joven monarca luego de hacerlo desposar con su hija Neferura. Esto le dio poderes absolutos para gobernar el país, hasta que el Dios Amón-Ra decidiera otra cosa.---- concluyó.

---- ¿Quieres decir que el sumo sacerdote de Amón es un depravado muñeco dominado por la Reina?.---- pregunté asombrado.

---- Exactamente. Es un repugnante pederasta cómplice de Hatshepsut, de manera que mientras viva la soberana, Tutmés nunca gobernará el país.----

Permanecí en silencio por un momento. Sentí rabia y compasión a la vez, por tanta injusticia sufrida por el heredero.

---- Comprendo el sentimiento de impotencia que embarga al príncipe al ser despojado de su legítimo derecho.---- dije conmovido a mi amigo. ---- No es el trono en realidad lo que más inquieta a Tutmés, sino el territorio asiático que conquistó su abuelo y defendió su padre y que hoy se pierde día a día a manos de las naciones enemigas. Él, solicitó a la reina de le permitiera comandar el ejército del Delta para recuperar los territorios perdidos, pero ella se lo negó, porque sabe que con el gran carisma que posee el príncipe, pronto dominará a las tropas pudiendo volverlas en su contra. Por el contrario, con los generales que nombró al mando de los ejércitos, luego de destituir a los valientes oficiales de su fallecido esposo, puede sentirse segura en el trono. Son hombres cobardes y corruptos, sin ascendiente sobre sus subordinados y comprada su lealtad con el oro de la Reina, incapaces de actuar por un sentimiento ligado al orgullo y dignidad de su patria. Han dejado escapar gran parte del territorio Djahi a pesar del poco esfuerzo realizado por las tropas de Naharín.

Este Imperio se encuentra en constantes conflictos armados contra el Reino de Hatti al occidente y contra sus rebeldes vasallos asirios al oriente, y sin embargo, se ha dado el lujo de ocupar los territorios al norte de Khinakhny, sin que hubiese una resistencia seria de parte de nuestras tropas. Parece que a Hatshepsut sólo le interesan los preciosos bosques de cedro para convertirlos en muebles y templos.

La costa asiática al norte del delta es tierra de nadie y Retenu en sus montañas y desiertos, alberga amorreos y canaaneos que constantemente desafían nuestra autoridad en la región, en tanto que, a través de las tierras al noreste del Delta, ingresan, entre otros, los nómadas Shasu que atacan las caravanas comerciales y los suburbios de las ciudades menos protegidas.---- dijo Ykkur muy serio y evidentemente preocupado.

Cuando concluimos la plática, el sol estaba en el cenit y nos aproximábamos al primer pozo de agua en nuestra ruta a través del desierto, sin haber visto ningún rebaño grande de gacelas o antílopes y no intentamos hacer daño a las manadas pequeñas. Durante el resto del día cazamos sólo tres gacelas y un orix, para alimentar a todos los hombres.

Los días transcurrieron sin sobresaltos mientras nos adentrábamos en tierra nehesi. En nuestro recorrido, cruzamos territorios que alternaban entre la sabana y el desierto, sin encontrar ninguna bestia de gran tamaño, capaz de motivar al aletargado Menkheperre que no participaba de la persecución de presas indefensas. Durante esos días, apenas se había sentido motivado para cazar algunas hienas bastante feroces y perros salvajes, pero no habíamos encontrado grandes felinos, rinocerontes, ni elefantes.

Durante la tercera semana de cacería, nos habíamos dispuesto a instalar el campamento después del ocaso tras otra agotadora jornada en que la rudeza del clima había hecho mella en nuestra resistencia, luego de una larga marcha a través del árido territorio azotado por el agobiante calor.

La noche era clara y al caer la tarde, la temperatura se había hecho agradable brindándonos una refrescante brisa para recuperar la compostura luego de tantas horas de caminar bajo el sol.

El enorme disco lunar, proyectaba sombras sobre la tierra semiárida de la región. En un cielo sin nubes, las estrellas quedaban opacadas por la resplandeciente luz de la diosa Ioh y el aire olía a las pequeñas florecillas de los achaparrados arbustos que poblaban los recodos de la cañada, menos castigados por el viento.

Después de ayudar a armar la tienda del príncipe, fui en busca de leña para alimentar las fogatas que proporcionarían luz, para mantener alejadas a las fieras.

Me alejé un tanto del campamento, cuando vi que en las cercanías había un saliente rocoso debajo del cual se encontraba un árbol, algunas de cuyas ramas habían caído al suelo, seguramente a causa del viento del desierto que había soplado fuertemente durante la tarde. Confiado en la luminosidad reinante, cometí la torpeza de no tomar una antorcha, pues veía claramente el ramaje seco en el suelo. Me aproximé a unos pasos de la pequeña cueva que creaba la formación rocosa, para observar si descubría la presencia de algún predador. El lugar no mostraba señales de actividad animal y tampoco se escuchaba ningún tipo de sonido. Me acerqué a recoger las ramas caídas debajo del árbol, hincándome con la rodilla derecha apoyada en la tierra, mientras iba juntando los palos con la mano del mismo lado, mientras los sostenía con la otra. Al extender nuevamente el brazo hacia mi derecha contemplé el crecimiento lento de una sombra en el suelo, que instintivamente me hizo retirar la mano al verme sorprendido por su movimiento. Obviamente me percaté, aunque demasiado tarde, que el peligro estaba en el árbol y no en la sombra que cambiaba de forma en el piso. Cuando levanté la vista, imaginé lo peor y no me equivoqué. Un intenso escalofrío corrió por mi espalda, mientras el pecho latía furiosamente. El corazón estallaba en mi garganta y sentía los cabellos de mi nuca erizados por el miedo. Comencé a temblar cuando observé la negra figura, de silueta felina, a contra luz entre el follaje, con enormes y brillantes ojos como llamas refulgiendo en la oscuridad.

Me quedé inmóvil, rogando que no me hubiese visto, pero era obvio que no solo me miraba fijamente, sino que ya había decidido saltar sobre mí.

Pensé en correr pero me encontraba paralizado, con las piernas entumecidas.

Me sentí morir cuando el animal se agazapó para lanzarse. Lancé un grito de terror y cubrí mi rostro al ver el animal cayendo sobre mí. Sentí que perdía el conocimiento. La secuencia de imágenes parecía interminable y de pronto el cuerpo del leopardo cayó pesadamente emitiendo un lastimero quejido. El golpe me derribó tumbándome de lado y rozándome con las garras. No comprendí que había ocurrido, cuando observé junto a mí al leopardo que manchó mi pecho de sangre, inmóvil y tendido de costado agonizando entre estertores, hasta que vi una figura humana acercarse corriendo hacia mí. Saqué mi pierna izquierda atrapada debajo del cuerpo del animal y al levantarme descubrí la flecha atravesando el cuello del gran gato.

---- ¿Te encuentras bien?. ¿Estás herido?----preguntó.

Todavía agitado por el susto balbuceé tartamudeando.

---- Sí gracias. Estoy,... estoy bien. Me sacudí la tierra del cabello y el cuerpo, en el momento en que me di cuenta que tenía el shendit mojado, pues me había orinado de miedo.

Avergonzado levanté la vista. Entre las sombras proyectadas por el árbol, reconocí el rostro parcialmente iluminado de mi salvador. Arco en mano delante de mí, era el propio príncipe que me había rescatado de entre las garras de la muerte.

En aquel momento, sentí que mi vida le pertenecía, que sería su servidor no importa cuanto me costase, pues no solo era el futuro Faraón, sino también el dueño de mi existencia.

---- Gracias mi Señor.---- le dije arrodillado besando su mano.---- Mi agradecimiento hacia vos es infinito.

---- Ya está bien, levántate.---- me dijo.

Me ayudó a pararme y frente a mí, poniendo su mano derecha en mi hombro preguntó.

----¿Cómo te llamas muchacho?---.

---- Me llamo Sed; soy de Khmun, hijo de Pentu el escultor.

----Escucha Shed de Khmun. Debes tener más cuidado. La noche y el desierto son una dupla muy peligrosa. Debes estar siempre atento. Hoy, Amón quiso que no fueras tomado por Sakhmet y me puso cerca para protegerte, pero no hay que tentar a los dioses.---- me amonestó en tono paternal.

Mientras se acercaban otros hombres al haberme escuchado gritar, Tutmés se acuclilló para sacar su flecha del cadáver. La saeta había matado casi instantáneamente al animal que derramaba saliva y sangre por su tiesa boca entreabierta. Me quedé mirando al leopardo, pensando que de no ser por el príncipe, partes de mi cuerpo se encontrarían entre las fauces de la bestia y sería mi sangre la que se hallaría derramada por doquier. Quedé obsesionado por la imagen mental de mi propia muerte. Todavía alterado por el hecho, sin poder quitar mis ojos del felino fui empujado por el pesado brazo de Ykkur que me sacó del lugar.

------ Ya pasó todo, Shed. Te salvaste por muy poco. Volvamos al campamento para que comas algo y te calientes junto al fuego.----

-----Sí, tienes razón.---- le dije sin convencimiento.

Comieron carne de órix de los animales cazados durante la tarde, riendo y bromeando tratando de hacerme olvidar lo ocurrido. No probé bocado y casi no pude dormir, pues soñaba una y otra vez con el leopardo. Me levanté mucho antes del amanecer para reemplazar a quien estaba de guardia; todos dormían profundamente. La noche era fría y la diosa Ioh se encontraba cerca del horizonte, de modo que en ese momento se podía observar mejor el vientre de Nut colmado de luces.

Y allí estaba la gran estrella de la Diosa Eset esposa del amado Asar, Señor del Duat como se le llama al mundo de los muertos y la constelación de Sahu su imagen en el firmamento nocturno. Permanecí absorto, contemplando el espectáculo celeste recordando las palabras de mi padre cuando me dijo, "Las estrellas de la constelación de Sahu son los espíritus correspondientes a los señores de la tierra negra soberanos fallecidos y transformados en dioses después de su muerte, desde el comienzo de los tiempos"; así le enseñaron los sabios sacerdotes conocedores de los secretos del cielo de mi ciudad natal.

Abrigado con una manta de lana de oveja, permanecí vigilando atentamente las colinas cercanas.

Sólo el viento se escuchaba silbar entre los peñascos y de vez en cuando algún solitario chacal o alguna hiena, que no se acercarían por la presencia de nuestras fogatas. Cuando comenzó a aclarar desperté al grupo para levantar el campamento y desayunar antes de proseguir la marcha.

Con esperanza de encontrar grandes mamíferos, nos internamos cada vez más en el territorio de las tribus negras. Los naturales de aquellas regiones guardan un fuerte resentimiento hacia nuestro estado y es tan grande su odio como su temor, de modo que a pesar de haber atravesado varias aldeas y aldehuelas, nunca estuvimos en peligro de ser atacados por los negros. La sola presencia de nuestros carros y el atuendo de Tutmés, provocó muestras de sumisión por parte de los jefes tribales quienes entregaron presentes a su majestad. Pero no era eso a lo que íbamos, de modo que el príncipe aceptaba los regalos y prontamente reiniciábamos la marcha en busca de caza mayor.

La abundancia y variedad de animales se hacía cada vez mayor y sin embargo, no encontrábamos los animales que el príncipe deseaba cazar. En una oportunidad, cruzamos una manada de elefantes, pero la mayoría eran hembras con sus pequeños hijos por lo que el príncipe considero conveniente no atacarlos. Cuando sacrificábamos un orix, realizábamos el ritual de ofrendar de noche el cuerpo a la diosa Nut porque se considera que este animal era el que había comido el ojo del cielo, durante las siete noches sin luna para que Ioh volviese a aparecer.

Cerca de la fecha estipulada para volver a nuestra tierra, durante una mañana calurosa poco después de la salida del sol, avistamos a lo lejos una gran bestia cuyo enorme cuerpo sobresalía por encima del campo de pastizales. El voluminoso cuerno sobre su nariz parecía un obelisco adornando la gran cabeza. A medida que nos acercábamos, apreciamos mejor su tamaño y por mi parte quedé asombrado pues, nunca antes había visto un rinoceronte y me parecía lisa y llanamente gigantesco.

Tutmés hizo señas para reunir al grupo. Se acercaron agachados entre los altos pastos. El príncipe se dirigió al grupo.

---- Escuchen atentamente. Ykkur y yo haremos un rodeo alrededor de la posición del rinoceronte. Buscaremos acercarnos a él en dirección contraria a como sopla el viento. Su visión es pobre pero tiene muy buen olfato y buen oído. Nosotros debemos estar suficientemente cerca para arrojar nuestras lanzas y hacer impacto detrás de su pata delantera izquierda para llegar al corazón por ser este su punto más vulnerable. Si algo nos sucede deben golpear los escudos y gritar para llamar su atención y luego escapar dispersándose.---- explicó Tutmés.

Hizo señas a los guardias ya experimentados en estas cacerías para que tomasen los escudos y se ubicaran en el terreno como él les había indicado. El resto deberíamos alejarnos llevando a los animales dónde podríamos estar lejos y a salvo, y al mismo tiempo divisar al rinoceronte.

El viento los favorecía, pues el animal no podía olfatearlos y se encontraba con la cabeza baja alimentándose de pastos. Se movieron con sigilo. Lentamente y a gatas, llegaron a unos veinte pasos del gigante que desde allí presentaba su flanco izquierdo en posición óptima de tiro.

Cuando Tutmés se elevaba por encima del nivel de los pastizales levantando su brazo derecho armado y se disponía para impulsar su dardo, el viento cambió inesperadamente de dirección y vieron ondear los pastos a su alrededor en dirección al paquidermo. El animal levantó su cabeza y la movió hacia ellos siendo obvio que los había descubierto.

---- ¡Hacia el árbol Ykkur, es nuestra mejor protección! El rinoceronte resopló y girando su cuerpo comenzó a correr hacia ellos. Los guardias golpearon fuertemente los escudos para atraerlo hacia ellos pero la bestia no les prestó atención y furiosa apuntó su cuerno en velocidad hacia los cazadores.

El árbol se encontraba a unos ochenta pasos de ellos y corrieron lo más velozmente que pudieron, pero los pastos altos les impedían moverse más rápido. Se me puso la piel de pato cuando vi que los alcanzaba. Ambos cazadores dejaron caer sus lanzas, tomando impulso con sus piernas a la carrera y extendiendo sus brazos en el salto asiéndose de diferentes ramas del árbol quedando colgados.

El animal a toda velocidad pasó por debajo de Ykkur que exhausto apenas tuvo tiempo de treparse para evitar la embestida. Sin poder frenarse del todo el gigante siguió unos pasos más, enganchando el ramaje bajo, que quedó parcialmente quebrado.

Tutmés ayudó a Ykkur subir a la seguridad del tronco donde recuperaron el aliento luego de tremendo esfuerzo. La bestia también se detuvo para descansar y un instante después el sonido de los escudos pareció llamar su atención. El rinoceronte todavía agitado, al fin advirtió nuestra presencia, girando su cabeza para mirarnos a causa del estruendo que provocaban los guardias. No vi en que momento el príncipe se apeó del árbol y ocultándose detrás del tronco había tomado una de las lanzas caídas junto al mismo. Cuando el rinoceronte empezaba a trotar en dirección a los escudos, Tutmés salido de detrás del árbol extendiendo su brazo en su máxima extensión y con todas sus fuerzas clavó la lanza profundamente entre las costillas de la bestia cuya herida manó un hilo de sangre que corrió hacia abajo por la pata del animal que frenó en seco su movimiento. Herido y furioso, el cornado ejemplar se volvió hacia Tutmés, que sin perder tiempo, tomó la otra lanza y mientras el gigante se movía lentamente y con paso vacilante, hizo blanco con violencia en el cuello de la bestia, que trastabilló para desplomarse tras recibir el impacto. Ante el intento del rinoceronte de levantarse, Ykkur entregó su khepesh al príncipe, para que ultimara al animal de un sablazo. Luego de tanta tensión, todos gritamos a una sola voz, vitoreando al príncipe cuando todo hubo terminado.

Nos reunimos en torno al grupo para felicitar al gran cazador que tomando un cuenco de arcilla alcanzado por Madakh, recogió la sangre de su víctima para beber un sorbo todavía caliente como gesto de triunfo.

Su piel sudorosa brillaba al sol como el granito negro pulido, resaltando su musculatura vigorosa y varonil. Después de cortar el cuerno del animal, extraer carne y vísceras del cadáver, nos alejamos de sitio para alimentarnos con el trofeo de caza, dejando el resto para los leones, las hienas, los chacales y los buitres, que ya habían comenzado a rondar por el lugar.

Después de aquel día, el príncipe decidió que ya era tiempo de emprender el retorno hacia el valle. Había transcurrido más de un mes desde nuestra salida de la capital y el retorno nos llevaría al menos otros diez días.

La manera más rápida y segura de regresar, sería a través del río. El punto de embarque fue Sunnu, rica ciudad meridional, por la abundancia de minerales y piedra para la construcción. Siendo también "La puerta del sur", de entrada y salida hacia los dominios en tierra nehesi, constituía un punto estratégico en el tráfico comercial, de donde deriva su nombre, y como puesto fronterizo y enclave de las guarniciones que controlaban el límite meridional de Kemet.

Embarcamos en una nave mercante que volvía a Mennufer la gran metrópoli del delta.

El viaje río abajo, fue muy tranquilo y para el tercer día, habíamos arribado a Waset. Para mí fue una gran experiencia y aún tenía mucho que aprender al lado de mi señor Tutmés y mis amigos de la custodia. El príncipe me había tomado un aprecio especial, como si yo fuese un hermano menor a quien se debe proteger. De él aprendí a defenderme para sobrevivir y desveló ante mí, los secretos del combate con armas. Semana a semana y mes a mes después de aquella travesía me integraron más al grupo y el propio príncipe me instruyó en las artes de la guerra. Parece ser que mi entrenamiento y preparación, constituyeron una buena distracción y motivación para Tutmés, sacándolo de su melancolía. Fue un desafío para él, la difícil tarea de transformar a un inexperto y desgarbado campesino, en un fuerte y hábil guerrero.

Las cacerías se sucedieron y mi destreza con el arco fue mejorando notablemente. Las luchas cuerpo a cuerpo con hacha y mazo, fortalecieron mi musculatura, realzando sensiblemente mi defensa con el escudo y el trabajo con la lanza. Mi padre se veía henchido de orgullo cuando podía presenciar mi entrenamiento. Por mi parte, me resultaba fascinante formar parte del entorno del futuro faraón, aunque por supuesto era consciente que si el príncipe hubiese sido monarca, jamás se hubiera ocupado de mí, puesto que los asuntos de estado hubiesen consumido todo su tiempo.

Fue una gran bendición para mí, aquella época tan difícil de mi señor, viendo como se desintegraba el gran imperio, conquistado por su abuelo y su padre, a manos de su ambiciosa madrastra, ocupada en el lujo y la opulencia de su corte, mientras miles de campesinos sufrían privaciones, oprimidos bajo el rigor de los altos impuestos al grano, dirigidos a sostener la debilidad de Hatshepsut por los costosos productos exóticos traídos desde los cuatro puntos cardinales, y para pagar los salarios de decenas de miles de obreros que trabajaban en la construcción del palacio, la tumba y los templos de la reina. Mientras las poblaciones negras del sur morían en la hambruna, de su rica tierra era extraído el oro que llenaba los cofres del tesoro real y aumentaba las riquezas del obsecuente Hapuseneb.

Sin poder cambiar el curso de los hechos, debió sentirse como si los dioses lo hubiesen apartado del destino de "La Tierra Negra". El hecho de conocerlo tan de cerca, disminuyó en mí, la imagen divina y lejana que uno siempre tiene de un soberano o un heredero al trono, pero el apreciar tantas virtudes en el príncipe, me convenció de que no existía hombre sobre la faz de la tierra, más digno de desempeñar el cargo de gobernante y de ceñir la doble corona de Kemet.

Por aquel tiempo, ya habían transcurrido más de dos años desde mi llegada a la capital del país. Todo era igual en la gran metrópoli, salvo que el despilfarro de la reina había aumentado.

Desde la muerte del Visir Weseramun, que había sabido administrar los recursos a pesar de los derroches de la soberana, las riquezas del país cayeron en manos de Hapuseneb quien, por supuesto, no pondría oposición a los caprichos de Hatshepsut, utilizando incluso el tesoro de Amón para aumentar su ajuar funerario cuyo depósito había sido recientemente ampliado. El taller de artesanos de palacio estaba abarrotado de objetos suntuarios que se preparaban para el día en que la soberana fuese a habitar su lugar de descanso eterno. En nuestra tierra, todos los objetos necesarios para el soberano en el mundo de los muertos, se preparan muchos años antes de su deceso, para que llegado el momento, los sepulcros del "Valle de las tumbas de los faraones" contengan todo lo necesario para la vida de ultratumba del monarca fallecido. Mi padre se había transformado en uno de los mejores y más prestigiosos maestros artesanos, con gran cantidad de trabajadores bajo su dirección. Por el contrario, yo había abandonado mucho tiempo atrás el taller, al ver que por más que me esforzara, mis esculturas no pasaban de ser trabajos mediocres y, perdido el entusiasmo de años anteriores, decidí abandonar aquello para dedicarme por completo a prepararme para ser guardia de la custodia del príncipe.

La guardia personal de Tutmés, estaba formada por sólo diez hombres, pues la propia soberana, no permitía que el heredero tuviera en sus manos una fuerza armada que pudiera poner en peligro su seguridad en el trono. La usurpadora, temía que el legítimo sucesor de Tutmés II, le arrebatara el poder si contaba con un número importante de hombres bajo su mando; pero que podían hacer sólo diez custodios mal pagados, contra sesenta hombres que formaban el cuadro de los guardianes de la gran esposa real, con mejores armas, carros, caballos, y un entrenamiento excelente, formado casi en su totalidad por mercenarios libios, que solo respondían a Khian, su jefe, comprado con el oro de la Reina.

No existía en ellos algo que pudiera compararse con el sentido de patriotismo, escrúpulos, o preocupación por el futuro del país, mientras la soberana violaba las más elementales normas de respeto al Ma’at como orden universal. La lealtad de los mercenarios estaba dirigida hacia el oro y por ello se sentía segura, de modo que casi no prestaba atención a Tutmés. Si el príncipe alguna vez osaba sublevarse, simplemente lo condenaría a muerte sin dudar.

Tutmés, astutamente, se comportaba como el hijastro obediente, pues cualquier acto en contra de las decisiones de la reina podía provocar su ira, desatando su crueldad. Incluso a su propia hija Neferura, la degradada verbalmente, amonestándola como si fuese una niña; la avergonzaba delante de los propios esclavos abofeteándola e insultándola. La tímida y callada Neferura era una muchacha totalmente introvertida, completamente anulada por la personalidad de su madre, quien la había hecho desposar con Tutmés, cuando ambos eran sólo un par de niños.

De esta manera, Hatshepsut había llegado al trono casando a su primogénita, que llevaba el derecho a la doble corona en la sangre y a su hijastro, como heredero varón, aunque no con todo el derecho a la sucesión por ser hijo de una concubina de Tutmés II. Así, el matrimonio de los niños la transformaba en poseedora de la suma de atribuciones para ejercer el mandato como regente de su yerno y de su hija, luego de sacar del camino a Amenmose, su hermano.

La soberana despótica y tirana, en su delirio de grandeza, había hecho pintar en su templo, escenas que mostraban al propio Dios Amón-Ra fecundando a la madre de la regente, la reina Ahmose, con la semilla divina que la engendraba y la hacia hija material y espiritual de la más grande entre las divinidades de Kemet. Aún más, se había hecho retratar recibiendo la corona real de su padre, Tutmés I, fallecido mucho antes de que ella sé auto coronara faraón, con todos los atributos masculinos, el cayado, el látigo, como así también la barba postiza.

He caído en otra de mis digresiones, desviándome del tema.

Te contaba mi joven nieto, que en aquella época ya había abandonado el taller y sólo trabajaba en el arsenal con el viejo Tay, de manera que me quedaba la mitad del día para mi entrenamiento como futuro custodio del príncipe. De ello conversábamos con Madakh una tarde.

------¿Cuándo podré formar parte del grupo de custodia, Madakh?.----- le pregunté mientras limpiaba el suelo del depósito de armas para terminar mi tarea de aquel día.

El delgado y narigón Madakh, sentado sobre un banco, esperaba que yo concluyera mi labor, para salir juntos hacia la arena de lucha.

Me respondió con tono tranquilo y vos suave.

-----No seas impaciente, Shed, ya llegara tu tiempo. Preocúpate por mejorar. La labor de un custodio es peligrosa y tu todavía no tienes suficiente experiencia.----- me di vuelta para mirarlo y supe que se estaba burlando de mí.

-----¿Y, cómo voy ha adquirir experiencia si sólo me permiten participar de las expediciones de caza y nunca de las misiones a las tierras del norte en donde podemos encontrar enemigos?.----- pregunté.

------ Te aseguro que en Kemet encontrarás tantos enemigos como fuera de él. La reina tiene espías por todos lados y como guardia del príncipe deberás cuidar lo que hables hasta en presencia de tus propios compañeros de cuerpo.---- me advirtió.

---- ¿De quien desconfías?---- pregunté extrañado.---- Supongo que no será de Ykkur. ----

---- Por supuesto que no. Él ha sido mi mejor amigo desde hace muchos años y sé que sólo él y yo daríamos la vida por el príncipe sin pensarlo dos veces. Incluso me salvó la vida cuando me mordió una serpiente y me curó y cuidó de mí cuando presentí que mi muerte era inevitable. Ese gigante es el hombre más honorable que he conocido, aparte del príncipe, y nadie podría comprarlo ni con todo el oro de la Reina.

Yo me refiero a los otros guardias; son casi todos soldados del ejército y cumplen órdenes de oficiales superiores que a su vez dependen de Udimu general en jefe de su majestad, un viejo achacoso incapaz de mover un dedo, pero muy conocedor de la administración del ejército y la flota, sacando provecho del presupuesto para su peculio.

El príncipe de Sidón hace un tiempo le comentaba a Tutmés que a pesar de la enorme cantidad de oro que posee el tesoro de Amón-Ra, las guarniciones de los territorios del Norte, no son equipadas con pertrechos necesarios para resistir ataques exteriores de ejércitos organizados. Tan sólo pueden hacer frente a bandas de nómadas merodeadores. Este ahorro va a parar a las arcas del corrupto Udimu que empezó como un oficial común y hoy es uno de los hombres más ricos del país. Él se ocupa de pagar bien a los oficiales adeptos a la reina, pero la preparación es pobre y el armamento insuficiente, de manera que no hay posibilidades de defender el territorio ocupado y esto nos está costando la reducción de los dominios asiáticos e incluso algo de los territorios nehesi.---- comentó Madakh.

---- Está bien, entiendo la situación pero, ¿cuándo voy a tener la oportunidad para adquirir experiencia?.---- pregunté impaciente.

---- Hablaré con el príncipe, para que vengas con nosotros a escoltar a una caravana que llegará por el camino de la costa, desde Djahi hacia el sur, una región infestada de bandas nómadas que asaltan los contingentes comerciales. Esta caravana en particular transporta desde oriente gran cantidad de productos apreciados por la regente, obsidiana, lapizlásuli, jade y tapices de Susiana.

Partiremos dentro de diez días en barco desde el delta bordeando la costa hacia Khinakhny para esperar a la caravana que llega dentro de un mes proveniente de Karduniash y protegerla en su viaje por la costa de Retenu hasta Kemet.

---- ¿Por qué no transportan los productos por mar?.---- inquirí.

---- Porque es más peligroso aún debido a la cantidad de navíos que son atacados por piratas amorreos, y por las flotas hurrita e hitita, que superan ampliamente en número a nuestras naves y se disputan la supremacía marítima en "El Gran Verde" (que es el nombre que damos al mar Mediterráneo en nuestra lengua)---- dijo Madakh.

---- Te aseguro que si me llevan no los defraudaré.---- le dije para que intercediera por mí.

---- Trataré de convencer a Tutmés de que ya estás preparado para enfrentarte al peligro sin huir como una mujer. ----

---- ¡Ja,Ja! Qué gracioso eres mi jocoso amigo.---- le dije en tono de reclamo por compararme con una mujer asustada.

El príncipe accedió a mi pedido. En los días siguientes entrené más duro que nunca.

Cuando les conté a mis padres, se preocuparon, sobre todo mi madre, pero Pentu expresó su orgullo por mi desempeñó en la preparación y dedicación con la que me había visto trabajar en mi superación como guerrero, y estuvo de acuerdo en que realizara el viaje.

---- Si ese es tu deseo hijo mío y quieres con toda tu alma ser guardia del príncipe, debes poner tu corazón y demostrar lo que vales.---- me dijo mi padre emocionado.

Mi madre lloraba emocionada.

---- ¿En qué momento has crecido tanto que ya arriesgas la vida por tu país?, si yo aún te veo como mi pequeño Shed.---- me abrazó con fuerza y me dio un beso en la frente tomando mis mejillas entre sus pequeñas y tibias manos.

Mi hermanita Eset que para entonces había crecido mucho, me besó la mejilla, acariciando mis cabellos con dulzura.

---- Cuídate mucho hermano, te amamos y no queremos perderte.---- luego de despedirme de mi familia aquella mañana me sentí diferente, como si fuese otro.

Contaba con diecisiete años. Me vi como impulsado a otra etapa de mi vida. Por vez primera, percibí el sentimiento de haber cruzado una frontera. Había dejado de ser un joven para transformarme en un hombre.

CAPITULO 8

"La expedición a Biblos."

Con el equipaje listo salí de casa con las primeras luces del alba. La mañana era fresca y disfruté de la brisa perfumada a dátiles y granadas mientras me dirigía por la amplia avenida de palmeras hacia el puerto. Luego de embarcar todo lo necesario para el viaje zarpamos hacia Mennufer.

Río abajo nos movíamos a fuerza de músculo de los remeros negros que sudaban copiosamente bajo el ardiente sol, tan sólo protegidas sus cabezas por el tocado de lino ordinario, un tanto amarillento. Sentado junto a la baranda de estribor admiraba la bella cabeza de león colada en bronce y remachada sobre el cono de madera que remataba el extremo superior de la proa. La aleación pulida y lustrada, resplandecía como el propio disco solar, contrastando bellamente con el azul intenso que lucía el casco del barco. Era una nave real de guerra de unos cincuenta pasos de envergadura con treinta pares de remos, doble mástil, doble timón con camareta central y castillos en proa y popa. Por supuesto que jamás sería utilizada para el combate, sino más bien con fines ceremoniales, imitando a las naves guerreras de la flota para resaltar el carácter bélico y la riqueza del imperio. La camareta estaba construida en cedro enchapado en oro exteriormente, trabajado en relieve, con escenas bélicas de Tutmés I, en su lucha contra los Príncipes asiáticos, que lo representa victorioso tensando su arco montado en su carro, sobre la margen occidental del río invertido que atraviesa el país de Naharín, pintada en rutilantes colores azules, rojos, amarillos, verdes y blancos, con el borde de las figuras remarcada en negro. Los marcos y dinteles de las puertas de la camareta central estaban tallados en marfil, y el reborde exterior del techo en ébano al natural, lustrado. A su sombra se hallaba Tutmés meditabundo. Luego de un tiempo de encontrarse de buen ánimo, había vuelto a caer en su estado de nostalgia y tristeza. Me acerqué a conversar con él cuando se encontraba sentado a babor, observando las imágenes grabadas que mostraban las conquistas de su abuelo.

---- ¿En qué pensáis mi señor?.---- pregunté.

---- Ven, siéntate a mi lado.---- dijo.---- Mira Shed, esas son las imágenes de las victorias de mi abuelo sobre nuestros enemigos. ---- Sueño con los ojos abiertos, cuando veo esas pinturas por doquier, que muestran al Gran Tutmés I, imaginándome a mí mismo, haciendo valer el poder de Amón-Ra sobre los a’amu, colocando una estela para marcar la frontera del Imperio de Kemet al lado de la que él dejó durante su glorioso reinado, en la ribera del río invertido.

Deseo, más que nada en este mundo, devolver la grandeza, que supo darle mi abuelo, a la tierra del Hep-Ur.----

---- Yo sé que mi señor puede hacerlo.---- dije seguro de mis palabras.

---- Pero, ¿cuándo Shed?, ¿Cuándo podré tomar lo que me pertenece?. A veces, me resulta tan pesado el yugo que me impone Hatshepsut obligándome a soportar ser marginado del trono, mientras veo derrumbarse a pedazos el Imperio construido por mis antepasados, que siento que voy a arder de ira. En ciertos momentos mi corazón me impulsa a asesinarla, pero sé que sería como suicidarme, porque antes moriría yo a manos de sus guardias.

Pronto se cumplirán 20 años desde que fui nombrado sucesor al trono que dejó mi padre, y sin embargo debo vivir a la sombra de Hatshepsut como los parásitos que adulan a la usurpadora, fingiendo que soy fiel a su voluntad.

---- Sólo debe esperar mi señor. Amón-Ra no apartará del trono a quién mejor puede demostrar su poder a los enemigos de Kemet.

---- Yo tampoco he perdido la fe, pero a veces me siento desalentado al ver pasar las inundaciones, sin poder encontrar la oportunidad de ceñir la doble corona. Por otra parte sería incapaz de pactar con el enemigo para conseguir el trono, pues sentiría que traiciono a mis dioses, a mis antepasados y a mi pueblo.

Debo conseguir el apoyo de personajes importantes, con poder económico y militar que me respalden en contra de Hatshepsut.---- reflexionaba Tutmés.

Yo lo escuchaba atentamente y a pesar de mi poca experiencia en los asuntos de estado, era consciente del peligro que representaba tratar de conspirar contra la soberana, pues muchos que se decían de confianza, traicionarían a Tutmés informándole a la reina de sus intenciones a cambio del oro de sus arcas.

---- Debo descubrir los puntos débiles de su reinado o moriré de viejo antes de ser Faraón.---- dijo Tutmés, como pensando en voz alta.

Mientras veíamos subir y bajar los remos al compás del tambor de proa, me pareció adecuado sacar al príncipe de sus obsesivos pensamientos preguntándole acerca de la ciudad que visitaríamos, la grandiosa Mennufer, ciudad del dios Ptah.

---- Ruego que mi señor, me cuente cómo es aquella gran ciudad.---- le solicité.

---- Mennufer es magnífica. En ella, encuentras a cada paso, grabada en piedra, la gloriosa historia de nuestra "Tierra Negra", escrita por nuestros antepasados con el trabajo de sus manos, con la fuerza de sus músculos y defendida su grandeza con sus propias vidas. Fue la capital del país durante más de mil años y en sus palacios se decidía el destino de Kemet, cuando Waset era una aldea apenas habitada del alto valle.

Fue fundada por el rey Aha-Men hijo del gran faraón Nar-mer, fallecido antes de consolidar su obra de unificación, que tanto sacrificio representó a sus antepasados, para reunir en un solo gran territorio las tierras bajas del delta y las tierras altas del valle.

Tanto tiempo de enfrentamientos en luchas de dominación del Norte contra el Sur y del Sur contra al Norte, sólo producían estériles derramamientos de sangre, que debilitaban el alma de Kemet. Por ello a mí me complace llamarla por su nombre antiguo más adecuado Ankh-Tawy, "La que une a los dos países", desde la que gobernaron los dioses faraones, constructores de los gigantescos "Mer", esas gigantescas estructuras de piedra, algunas construidas con millones de bloques de caliza y granito que aún hoy envidian nuestros arquitectos.

Yo mismo indicaré a Madakh que te lleve a visitar la metrópolis y los monumentos de la ciudad, durante los días previos a nuestra partida. Él conoce la región pues procede de esa ciudad, de manera que aprenderás mucho a su lado.

Llegamos tres días después cerca del mediodía, luego de hacer escala en la ciudad de Hebenu la primera noche y en Henen-Nesut la segunda. Desde el puerto, fuimos conducidos en carros hasta la residencia real, pasando a través de una amplia avenida flanqueada por innumerables tiendas y puestos de los comerciantes que precedían la entrada al verdadero mercado de abarrotes.

La enorme multitud, se movía como un enjambre en la colmena, ocupada en el bullicioso intercambio en el que se escuchaban a los mercaderes ofreciendo sus productos y a los compradores regateando para conseguir mejores precios sobre gran variedad de artículos desde alimentos, hasta elementos de labranza, animales, ropa o sustancias para el proceso de "Ut", el embalsamamiento de los difuntos.

Un enorme bosque de palmeras brindaba fresca sombra al lugar, que de otra manera hubiese sido un caldero, con tanta actividad de gentes y animales bajo el sofocante mediodía, aumentada la humedad por las cercanías del delta. Sicomoros, manzanos, palmeras, granados y tamariscos entregaban al ambiente los dulces aromas de sus frutos como lo hacían los lirios de agua con sus flores en el estanque central. La vista no alcanzaba para divisar los límites de la ciudad. Tenía el doble de extensión que Waset. Pasando frente a la residencia del gobernador de la provincia llegamos finalmente al palacio real del norte del país.

Una impresionante estructura pintada de un blanco resplandeciente, a la cual se ingresaba a través de una escalera monumental en tres niveles en cuyos flancos se hallaban las estatuas en granito rojo de los héroes de la reconquista,

aquellos hombres que lucharon contra los príncipes extranjeros en pos de la liberación del país, incluso la propia reina regente, aunque no haya visto una batalla ni a distancia. A decir verdad, los príncipes asiáticos ya habían sido expulsados mucho antes de que la soberana hubiese nacido.

Las mencionadas esculturas, enmarcaban la plataforma cuadrangular en la que se alzaba una soberbia talla en mármol de la cobra real, manifestación de la Diosa Wadjet símbolo de las tierras del Delta del Hep-Ur.

En cada descanso de la escalera y a ambos lados de la misma, se encontraban también en cinco niveles, bellas fuentes rectangulares colmadas de nenúfares y lotos con flores multicolores, al pie de las cuales crecían bosquecillos de papiros y juncos, cubriendo el resto del frente del edificio en clara alusión a los reinos el alto y bajo Kemet por sus plantas representativas. Al final del patio se extendía una galería cubierta, rodeada de columnas con capiteles en forma de papiro abierto, tras la cual se abrían los corredores que llevaban a las diferentes estancias entre las que se encontraban las habitaciones a las que fuimos conducidos.

Se nos avisó que se celebraría una fiesta de bienvenida para el príncipe, aquella noche en el salón central.

Desde nuestros aposentos en el piso superior, podíamos observar a través del ventanal, los extensos jardines atendidos por hermosas jóvenes sirvientes y esclavas que alimentaban a las mascotas de la residencia, entre las que se encontraban palomas, ocas, garzas e íbices. No bañamos en el estanque construido por orden de Tutmés I que disfrutaba de nadar lejos del peligro de los animales del río como hipopótamos, cocodrilos y serpientes.

El agua procedía de un canal excavado desde un arroyo que se desprendía del río hacia el norte de la ciudad, de manera que siempre se encontraba limpia pues era filtrada a través de sucesivas mallas de fibras de palmera que eran reemplazadas periódicamente.

Mientras Ykkur y Tutmés, juntos con tres hombres más de la guardia, ajustaban los preparativos para la travesía, el resto nos dirigimos al mercado para aprovisionarnos de víveres y pertrechos para el largo viaje hasta Khinakhny. Para aquel momento, las ciudades puertos del país costero, se hallaban amenazadas por el avance de los príncipes amorreos y cananeos, apoyados por las tropas del país de Naharín gobernado por Parratarna. Después de adquirir lo necesario, que sería transportado al día siguiente para ser embarcado en las naves de la flota, regresamos al palacio para la fiesta.

Con las últimas luces de la tarde, las sombras ganaban el interior del edificio, nuevamente iluminado por los esclavos que fueron encendiendo las antorchas en los jardines y las lámparas de aceite de pie o colgantes, profusamente distribuidas por salones, salas, corredores y patios columnados. La belleza del lugar era paradisíaca. Por orden del príncipe la celebración se llevó a cabo al aire libre y no en el salón central como había sido programada previamente, pues la noche era realmente cálida e ideal para disfrutar de la frescura de los jardines tras la puesta de sol.

Ya entrada la noche y habiendo llegado el total de las autoridades y funcionarios, como así también representantes del clero, se anunció la entrada del príncipe heredero como representante de la familia real. Luego de terminado el saludo protocolar de bienvenida a Tutmés, el gobernador dio orden de que se iniciaran los festejos, tras lo cual se empezaron a escuchar las dulces melodías de las flautas y los nostálgicos tintineos de las arpas, acompañadas por sistros al compás de los timbales.

Exquisitos manjares fueron servidos por los esclavos. Terneros, cabras y corderos asados, patos, palomas y perdices cocinados en vino o hervidos en leche con miel.

Pescados de varias especies, pan de trigo y cebada, pasteles de higo y dátiles, bandejas colmadas de frutas y por supuesto lo que abundaba en toda celebración, docenas de grandes jarras de vino traídas desde los oasis. La fragancia de los perfumes femeninos inundaba el aire de embriagante sensualidad, al ritmo de la danza ejecutada por bellas jóvenes de agraciada figura, creando una atmósfera de elevado erotismo.

Sentado a un costado, lejos de los importantes personajes invitados, me encontraba fascinado contemplando aquellas bailarinas meneando sus caderas, cuando sentí un suave golpe en mi nuca y al girar mi cabeza hacia atrás, vi a Madakh sentándose detrás de mí con las piernas cruzadas. Se acercó para hablarme al oído.

---- Si quieres ser guardia personal del Príncipe debes estar atento a él en todo momento, incluso en aquellos instantes en que no parece existir ningún peligro.---- me advirtió.---- Supuestamente me encuentro de descanso y podría disfrutar de la celebración y sin embargo debo estar atento a lo que está ocurriendo.---- lo miré sin comprender. Realmente no sabía a qué se refería.

---- ¿Qué está ocurriendo.?---- le pregunté extrañado.

---- Un verdadero custodio no puede distraerse nunca. Te estuve observando y no apartaste la vista de las bailarinas desde que entraron en los jardines. Solo falta que babees.---- me dijo riéndose de mí.

Me debo haber ruborizado porque percibí un súbdito calor en mi rostro. ----- ¿Por qué?, ¿Qué ocurre?.---- pregunté avergonzado por mi pueril reacción.

---- No lo sé todavía pero mira al príncipe.---- me dijo disimulando como si estuviésemos hablando tonterías. Era cierto, algo malo ocurría. El príncipe escuchaba meditabundo y sombrío, a un hombre blanco barbado de aspecto extranjero y vestido con finas ropas. El semblante de Tutmés lo decía todo, reflejando preocupación y enfado al mismo tiempo.

---- ¿Quién es ese hombre?.---- pregunté a Madakh.

---- Es el embajador de Biblos. Las ciudades del país de Khinakhny, son las únicas aliadas que nos quedan en tierra asiática.

---- Luego averiguaremos que ocurre cuando nos informe el príncipe. Ahora mira al lado opuesto del jardín.---- me indicó Madakh.

Como de forma casual, giré la cabeza hacia allí y observé detrás de los invitados a Amenemheb, uno de nuestros compañeros de la guardia, que observaba atentamente hacia donde se encontraba Tutmés.

---- Ya sé,---- le dije---- yo debería estar atento como lo está él, ¿verdad?.----

---- No, no es por eso lo que te digo. Detrás del embajador de Biblos se encuentra Say, otro de la custodia y te aseguro que está escuchando atentamente todo lo que conversa el príncipe. He visto a Amenemheb haciéndole señas hace un momento, para que fuera a ubicarse allí. Ykkur también ha percibido el movimiento. Tanto Say como Amenemheb han permanecido escuchando las conversaciones del príncipe con cada personaje importante con los que ha mantenido diálogo.---- explicó Madakh.

---- ¿Ustedes suponen que son espías de la Reina?.---- pregunté.

---- Exactamente. Ykkur ha seguido a Amenemheb en la capital y lo vio entrar varias veces en la residencia del gobernador de la provincia. ¿Qué tipo de actividad puede cumplir un oficial de rango menor que lo lleve a frecuentar tan a menudo a la residencia de un funcionario como Bakenkhosu?. Es sólo un portaestandarte del ejército. Creemos que son informantes del gobernador que a su vez, es un "lame-culo" de la Reina, como tantos otros.----

---- Y, ¿ qué harán al respecto?.---- expresé con curiosa ansiedad.

---- Matarlos, de ser necesario, si suponen un peligro para la vida de Tutmés.---- quedé perplejo.

---- Pero de todas formas, una acción semejante pondría en evidencia la intención del príncipe de rebelarse a la autoridad de la Reina.---- reflexioné preocupado.

---- Lo sabemos, pero si así fuera, no nos quedaría otra opción. De cualquier manera Tutmés estaría acorralado, por eso necesitamos de tu ayuda esta misma noche.---- me dijo muy seriamente.

Se me hizo un nudo en la garganta.

---- Cuenta hasta cien y saliendo por el extremo opuesto de la galería al que yo utilice, búscame fuera del palacio en los bosquecillos de papiro a la izquierda de la entrada. No quiero que sospechan nada.

Lanzó una carcajada se paró detrás de mí y se tambaleó como si estuviera borracho, jarro de vino en mano. Tomó a una muchacha con la que había estado anteriormente y se la llevó de la cintura como si fueran hacia las habitaciones. Esperé un momento como él me dijo y abandoné los festivos jardines para salir del palacio.

Lo vi llegar por la puerta de atrás. Ocultos entre las sombras de la noche sin luna, conversamos acerca del plan.

---- Shed, debes seguir a Amenemheb, si es que abandona la residencia en algún momento de la velada. Estamos convencidos que tiene algún contacto en la ciudad y debemos saber de quién se trata, y si de alguna manera representa un peligro para Tutmés. Seguramente aprovechará ésta anoche para encontrarse con el contacto o dejarle algún mensaje, por las facilidades que la celebración proporciona para salir del palacio sin que nadie lo advierta. No podemos hacerlo nosotros pues Ykkur aún está de servicio y yo debo reemplazar a Shomu más tarde. Tengo asignada la custodia del príncipe pasada la medianoche junto con Say, de manera que sólo deberás estar atento de lo que haga Amenemheb. En cuanto podamos evadirnos sin ser vistos, te respaldaremos.---- me puso la mano en el hombro.

---- Confiamos en ti Shed, cuídate.----

-----Todo saldrá bien.---- le dije sin mucha convicción.

La verdad es que estaba muerto de miedo, pero me dije a mí mismo que debía tener confianza en mi capacidad, como mis amigos tenían confianza en mí. Traté de recomponerme y volví a la fiesta.

Luego de un tiempo las estrellas habían recorrido un largo camino sobre el vientre de Nut. La música seguía pero la mayoría se habían retirado.

Bostecé varias veces, pero como no tomé cerveza ni vino, sólo frutas y jugo de granadas, pude permanecer despierto entretenido en la conversación con las muchachas de la servidumbre y algunas bailarinas, pero sin apartar la vista de Amenemheb. Cuando lo vi levantarse de su sitio, tomé de la mano a una de las muchachas y me incorporé para llevarla a mi lecho.

Las mujeres que nos servían eran parte del regalo de bienvenida para el príncipe y sus invitados, de manera que aún nosotros, los que no cumplíamos con la guardia, estábamos autorizados para llevar a una de ellas a nuestras habitaciones para pasar la noche.

Abrazado a la joven y besándonos, nos dirigimos al piso superior donde se encontraban las habitaciones, mientras veía a Amenemheb entrar a su cuarto que se encontraba a dos habitaciones más allá de la mía. Me quedé un rato con la muchacha en el corredor y luego de ver que había apagado su lámpara, entramos a mi aposento y nos sentamos en los almohadones sobre la alfombra. Apagué mi lámpara y me acerque a la joven para hablarle al oído.

---- Necesito que me ayudes, es muy importante. Sólo debes fingir que estamos haciendo