CAPITULO 15
"La pesadilla se transforma en realidad."
Terminé mi trabajo en la habitación de la señora Ahset y me retiré del Harén para ir a comer a casa de mis padres en la aldea de los artesanos en la otra ribera del Hep-ur. No había comido nada en toda la mañana y mi estómago rugía como un león.
Cuando me dirigía hacia el río, me interceptó Maya, el joven con el que había entablado una buena amistad, aunque no teníamos tiempo para vernos con mucha frecuencia.
---- Maya, amigo mío, ¿cómo has estado?.---- lo saludé cordialmente.
---- Shed, necesito hablar contigo.---- me dijo casi sin contestar mi saludo y visiblemente contrariado. El muchacho se veía triste, con los ojos enrojecidos y demacrado. Me extrañó su condición y detuve mi marcha para escucharlo con atención. En el tiempo que lo conocía, desde la campaña en Kush, le había tomado cariño y sabiendo que era un joven maduro y de carácter, me preocupó verlo en ese estado, sabiendo que no exageraría un mal momento.
Puse mi mano en su hombro afectuosamente y continuamos rumbo a la costa mientras conversábamos. El cielo se había encapotado y comenzaba a relampaguear. Los truenos retumbaban con gran estruendo, esparciendo sus ecos entre las colinas del valle anunciando un posible aguacero. Lo invité a casa para conversar más tranquilos sin peligro de que nos sorprendiese la lluvia. Lo noté muy angustiado y supe que ocurría algo realmente importante cuando se negó a hablar mientras cruzábamos el río, por temor a que alguien de entre los de la barca pudiese escucharlo.
Al llegar a casa lo presenté con mi madre y mi hermana y nos sentamos a la mesa. Amunet nos sirvió pan, pescado, legumbres y dátiles.
---- Shed estoy muy preocupado por la suerte de mi padre.---- me dijo con los ojos llenos de lágrimas.
---- ¿Qué le sucede?. Cuéntame todo desde un principio.---- le dije.
---- Hace ya un mes, más o menos, mientras realizaba mis tareas con las armas en el depósito donde estoy encargado, noté que faltaban armas, entre ellas arcos, saetas, espadas y puñales entre otras, de entre las que son secuestradas a las bandas nómadas que transitan ilegalmente por los desiertos. No así con las armas deterioradas de las patrullas o del resto del ejército regular.
Por precaución no le comenté nada al escriba del depósito hasta no estar seguro de que estaban desapareciendo esas armas. Esperé una semana más, controlando día a día el número de elementos del depósito y para mi sorpresa desapareció otro grupo de armas también de las secuestradas a las bandas nómadas.---- relataba Maya.
---- ¿No las retiran para llevarlas a reciclar al taller de armas o a la función?.---- le interrumpí.
---- Sí por supuesto, pero yo mismo realizo ese trabajo o mi compañero del depósito, y al consultarlo, me dijo que el escriba no le había mandado a retirar armas secuestradas.
---- ¿Crees que el escriba esté implicado en el robo de esas armas?.---- pregunté intrigado.
---- Si hubiese sido el mismo maestro escriba con el que trabajé desde mis inicios, no hubiese dudado de él, pero casualmente fue reemplazado
por Yuf, el actual escriba, un personaje oscuro, de aspecto altivo y poco confiable. También hay otro escriba nuevo llamado Herkhuf que llegó en la misma época que el escriba jefe. De modo que no les comenté nada porque no confío en ellos y creyendo que pueden encontrarse implicados en el delito, le conté todo a mi padre. Al principio no me quería creer, diciendo que debía estar equivocado pues se lleva un control estricto del armamento secuestrado a nómadas, malvivientes y delincuentes en general, aduciendo que no tenía sentido la sustracción de armas de las tribus nómadas exclusivamente, ¿Quién podría hacer negocio a partir de esas armas de inferior calidad?. Pensaba mi padre.
Le pedí que disimuladamente comprobara él mismo la desaparición de las mismas visitando el depósito en ausencia del escriba cuando yo estuviese solo. Pocos días después sucedió de nuevo y ya no tuvo dudas al respecto, tras lo cual decidió averiguar por su cuenta el asunto.
---- ¿Cuál es el procedimiento seguido con las armas secuestradas?.---- pregunté.
---- Cuando se secuestra armamento, el jefe de la patrulla, luego de entregar a los delincuentes para ser juzgados, lleva las armas hasta el puesto de guardia de donde son retiradas dos veces al mes por un carro del depósito en donde trabajo, para llevarlas al arsenal en donde las separamos y clasificamos, para luego decidir su destino, ya sea destruirlas, fundir las partes para recuperar el metal, o transformarlas para aprovecharlas de diversas maneras. Durante el clasificado, el escriba del arsenal asienta en los papiros la cantidad, tipo, estado en que se encuentra cada unidad y el destino que se decide sobre las mismas.---- dijo Maya.
---- De modo que, de ninguna manera, puede pasársele inadvertido al escriba, la desaparición del armamento a menos que sea cómplice del robo.---- dije.
---- Así es Shed.---- dijo.
---- Pero, ¿Qué cantidad de armas desaparecía cada vez?.---- Pregunté tratando de deducir el objeto del robo.
---- Por ejemplo la segunda vez que me percaté de la falta de armamento, contabilicé que habían sustraído cinco arcos, varias aljabas llenas de flechas, seis lanzas, seis espadas cortas, cuatro jabalinas, dos o tres hondas, varios palos arrojadizos y bumeranes, cuatro hachas, cinco escudos, entre otros.
---- Continúa Maya.---- dije.
Pasadas dos semanas mi padre me dijo preocupado que no había averiguado mucho, pero sospechaba que había superiores del ejército metidos en esto, y además de no tener pruebas para acusar a nadie, no conocía el destino de esas armas, que hacían con ellas y si eran vendidas clandestinamente o las reciclaban. Mi padre se veía completamente desconcertado y cuando me comentó que las averiguaciones lo habían llevado hasta oficiales de muy alta graduación, desapareció.---- dijo Maya acongojado.
---- ¿Cuándo ocurrió la desaparición de tu padre?.---- pregunté.
---- Hace dos días. Temo por su vida, Shed.---- expresó Maya.
---- ¿No habrá sido encomendado en alguna misión fuera de la provincia?.---- pregunté entreviendo esa posibilidad.
---- Nos hubiese avisado que estaría unos días fuera, pero no fue así. El día de su desaparición se despidió de mi madre diciéndole que volvería temprano.---- respondió Maya.
---- ¿Comentaste con alguien más, todo lo que ha acontecido, incluida la desaparición de tu padre?.---- era importante saber quién conocía los detalles de lo ocurrido.
---- El único que sabe todo, es aquel anciano que te comenté durante el viaje a Kush, que lo quiero como a mi propio abuelo y que sería incapaz de traicionarnos. El mismo me aconsejó que pidiese ayuda a alguien confiable que no perteneciera a los mandos del ejército, y enseguida pensé en ti, más ahora que se te conoce por tu coraje y valentía, después haber vencido a Wersu.---- expresó.
---- Haré todo lo posible para averiguar, a través de mis amigos de la custodia, lo que ocurre con el robo de las armas, y buscaremos a tu padre hasta encontrarlo.---- Dije para darle confianza.---- No debes comentar lo que hablamos. Mientras no sepamos de qué se trata lo que está pasando, y quienes están implicados en el asunto, no podemos confiar en nadie de entre aquellos que rodeaban a tu padre.---- le advertí, imaginando el peligro que corríamos.---- Mañana iré a verte y me ayudarás a investigar algunas cosas que necesito saber para idear una manera de descubrir la complicidad o inocencia de los escribas encargados de asentar las armas en cada puesto de recepción. Mientras tanto vuelve a tus tareas habituales y trata de disimular tu estado de ánimo.
Lo acompañé hasta el embarcadero en donde tomó un pequeño bote para volver a la ribera oriental.
Cuando regresaba a casa de mis padres, recordé que en nuestra aldea vivía un muchacho llamado Djer, que trabajaba en la fundición, siendo su padre compañero de Pentu en las tareas que realizaban en el templo funerario de Hatshepsut.
Era demasiado tarde para ir a montar al potro, y un día que no practicase, no afectaría mi habilidad. Además podría aprovechar el tiempo que me quedaba antes de prepararme para mi encuentro con Ahset, visitando a Djer, intentando averiguar algo acerca de la cantidad de armamento que desaparecía. Caminé por las apretadas callejuelas de la aldea, preguntando por el lugar en donde vivía el muchacho. Todos se conocen allí, pero saber exactamente donde vive alguien en un caserío de más de setenta casas, puede llevar algo de tiempo. Las nubes de tormenta no se habían disipado aún y todavía caían algunas gotas. Cuando ubiqué la casa ya había oscurecido.
Pasando entre medio de un grupo de niños que chapoteaban en los charcos y jugaban con barro, llegué hasta la puerta de la humilde vivienda. El hombre grueso y de mediana edad que me atendió, se hallaba sentado ante la entrada aprovechando la fresca brisa que soplaba después del breve aguacero.
---- Buenas noches, señor. Me llamo Shed, soy hijo de Pentu, el escultor. ¿Se encuentra su hijo Djer?.---- pregunté. Solo veía su perfil vagamente iluminado por el pálido resplandor de una lámpara de aceite encendida en el interior.
---- Sí por supuesto, ya le comunico que lo buscas.---- respondió amablemente.
El joven era como de la edad de Maya, algo más alto y rechoncho.
---- Hola Djer, ¿cómo estás?.---- saludé al muchacho.
---- Muy bien señor. ¿Qué se le ofrece?.---- preguntó.
---- Quería saber por tu intermedio si es que habrá una vacante para un amigo que necesita trabajo.---- dije para sacar el tema del armamento para no despertar sospechas.
---- Realmente no hay demasiado trabajo para hacer. No creo que se necesiten nuevos trabajadores pero si quiere puedo averiguar con el maestro fundidor.---- se ofreció diligentemente.
---- Qué extraño. Me habían comentado que había aumentado el número de armas secuestradas por las patrullas e imaginé que eso podría haber incrementado el trabajo en la fundición y por consiguiente pensé que podrían precisar nuevos operarios.---- respondí buscando más indicios.
---- No señor, la cantidad de armamento secuestrado que nos llega a la fundición ha disminuido. No comprendo que a usted le hayan informado lo contrario.---- respondió extrañado.
---- Puede ser que haya pasado demasiado tiempo desde que me dieran la información. ¿Desde cuándo ha disminuido dicho número?.---- inquirí.
---- No lo sabría decir con exactitud pero podrían ser tres semanas, tal vez más.---- respondió dubitativo.
---- Seguramente me hicieron tal comentario antes de que disminuyera la cantidad de armamento secuestrado. De todos modos te agradezco mucho Djer. Hasta pronto.---- dije despidiéndome de él y de su padre.
Luego de hablar con Djer no quedaban dudas al respecto y era obvio que el escriba encargado debía estar metido hasta el cuello en el asunto. Todo encajaba. Los reemplazos en el personal administrativo del ejército eran decididos a niveles mucho más altos de la burocracia de modo que como sospechaba el padre de Maya, debe haber oficiales de alto rango mezclados en el robo de esas armas, ¿Pero quienes y para qué robaban ese armamento?. Realmente resultaba muy extraño, ya que el valor de esas armas era netamente inferior al de las armas que utilizaba el ejército, y de estas últimas no había desaparecido ninguna.
Las preguntas rondaban en mi cabeza sin cesar pero las respuestas no salían a la luz.
Mientras me bañaba en el canal más cercano a la aldea, también pensé en el hecho de que las armas secuestradas y entregadas en el puesto de recepción no corresponderían en cuanto a número y tipo, con las entregadas al escriba encargado del recuento en la fundición. De alguna manera los djet originales (papiros originales) del puesto de recepción de las patrullas, debían ser alterados para hacerlos coincidir con los listados asentados posteriormente en el depósito y también con los del taller de fundición. Como los escribas en cada sitio eran diferentes, cabría la posibilidad de que los documentos fuesen falsificados para que los números concordaran, pues de otro modo no pasarían la inspección mensual y todo se descubriría.
Terminé de bañarme y luego de cambiarme me dirigí a la ribera oriental. El gran ojo del cielo había surcado gran parte de su ruta nocturna atravesando el ejército de nubarrones, que amenazaban con eclipsarlo constantemente, movidos por el viento del desierto soplando sobre las colinas dibujadas de a ratos por diáfana luz de Ioh.
Al llegar al Palacio me fue permitido el paso hacia la barraca de los hombres de la custodia, aduciendo que llevaba un mensaje para Ykkur. Como yo trabajaba en la residencia y ya me conocían los guardias de la entrada, no pusieron objeciones. Le pediría a Ykkur que me prestara su kapet, un exquisito y varonil perfume que había comprado a Gamartu, el mercader asiático, antes de mi encuentro con la señora Ahset.
Al llegar, recordé que el Príncipe había viajado a fin de organizar el ejército en la región del Delta para mantener a raya las incursiones nómadas, sobre todo de los Shasu, que constantemente amenazaban las poblaciones fronterizas con el desierto del Sinaí. De modo que probablemente no encontraría a Ykkur ni a Madakh que habrían viajado con él. De cualquier modo tenía su autorización para tomar prestada cualquiera de sus cosas.
Pensé que podría encontrar a cualquiera de los otros custodios que permanecían en Waset guardando los documentos que atesoraba Tutmés para su futura gestión de gobierno, pero cuando llegué al lugar no había nadie. En el desorden reinante me dispuse a buscar el preciado kapet que con sus fragancias afrodisíacas aumentaría mi atractivo. Entre los camastros revueltos, ropa en el suelo, jarros aún conteniendo cerveza, platos con restos de comida invadidos de moscas por doquier, la mesa sucia y el piso como un chiquero. Ni los cerdos se hubiesen sentido cómodos allí.
Hurgué en cada rincón y removí cada cosa de su lugar. Pensando que podía estar entre las cosas de alguno de los otros custodios, me apuré a revisar entre las otras pertenencias. Sabía que no era correcto buscar entre los objetos personales de los demás, pero era una noche muy especial y necesitaba el perfume para sentirme más seguro.
Cuando levanté un almohadón de entre los camastros, algo cayó de él. Al levantarlo me di con que era un amuleto de oro en forma de Sheshet que es el nombre que damos en mi país al sistro, símbolo de la Diosa Hathor, con una turquesa incrustada en su centro. En el reverso se hallaba grabado con la leyenda: "Hathor protegerá nuestro amor". Imaginé que el amuleto pertenecería a Say o a Shomu pues el almohadón se encontraba entre las camas de ambos, pero en aquel desorden podría pertenecer a cualquiera de los custodios.
Luego de dejar el objeto en donde lo había encontrado, seguí buscando el kapet, hasta que di con él, al verlo en el suelo detrás de las patas de un taburete cerca de la pared frente a la entrada. Después de perfumarme coloqué el recipiente entre los objetos de Ykkur y me alejé del lugar en busca de los aposentos de Ahset.
Era obvio que no podría ni acercarme al Harén llegando por los corredores custodiados por la guardia de palacio, por lo que ya había planeado el modo de ingresar a las habitaciones de Ahset a través del balcón exterior que daba al bosquecillo de sicomoros en hacia el sur del parque palacial. El perímetro exterior del edificio también era recorrido por guardias, pero la custodia se relajaba notoriamente cuando la soberana viajaba con su cortejo, como ocurría en aquellos días en que la Reina se hallaba en Hut-waret durante la festividad en la que se celebraba otro aniversario de la expulsión de los Hekau-Khasut durante el reinado del Faraón Ahmose. Khepermare, esposo de Ahset, se encontraba con la comitiva real por lo que no había peligro de que me descubriese. De todas maneras debía ser cuidadoso pues los chismes y las traiciones son las ocupaciones predilectas de las señoras del Harén. Habían sido apagadas las antorchas del corredor central y los pasillos principales dejando solo la iluminación necesaria para que los guardias pudiesen transitar los sectores más importantes de la residencia.
Ya fuera del edificio y oculto entre los sicomoros divisé el balcón de Ahset. Me llamó la atención que sus aposentos se hallaban a oscuras. ¿Habría decidido acostarse a dormir?, ¿Tal vez se hubiese arrepentido de verme esta noche?. Como fuese, no iba a quedarme con la duda. Trepé al tronco de un añoso sauce que desplegaba sus ramas apenas por debajo de uno de sus balcones. Esperé a que el guardia que recorría el sector se alejase en su ronda y me lancé. Estaba aproximadamente a ocho codos de altura del suelo y de haber fallado hubiese sufrido graves heridas, incluso podría haber muerto. Pero en aquellos años no medía el peligro y tenía tanta confianza y tan poca prudencia, que sentir mi corazón palpitar ante el riesgo casi se había convertido en una atracción irresistible.
Quedé colgado y oscilando en el vacío a punto de caer, pero pude asirme con mi mano derecha de una de las columnas del balcón, exigiéndome un gran esfuerzo cuando mi mano izquierda casi resbalaba del borde inferior del mismo. Subiendo lo más rápido que pude, pasé rápido sobre la baranda del balcón para ocultarme de la vista del guardia que volvía a recorrer la vereda de la planta baja, ya que mi shendyt blanco, un tipo de faldellín plisado, me hubiese puesto en evidencia al verse en la oscuridad.
Las puertas que daban a la sala se encontraban abiertas y la brisa mecía las finas cortinas de lino. Dejé mis sandalias en el balcón y me asomé al interior de la sala, tenuemente iluminado por los tímidos rayos de la luna que se filtraban entre las espesas nubes. Posada a los pies de la estatuilla de la Diosa Hathor, una diminuta lámpara de aceite aromático desprendía su perfume manteniendo una llama tan pequeña que no se observaba desde el exterior y apenas daba luz a la imagen, por lo demás el resto de la sala estaba sumido en una oscuridad casi completa.
---- ¿Señora Ahset?. ¿Se encuentra usted, soy Shed?.---- dije en voz muy baja.
Llegué al centro de la alfombra caminando cuidadosamente para no caer si es que chocaba con algo. Cuando giré para ir al dormitorio, divisé por el rabillo del ojo, una sombra que se abalanzó sobre mí. Salió con tal rapidez de la oscuridad que no tuve tiempo más que para cubrirme con los brazos, dando un paso hacia atrás cayendo de espaldas con mi atacante encima. Presentí una daga en su mano que contuve al interponer mi antebrazo izquierdo entre ella y mi pecho. Instintivamente y aprovechando el impulso de la caída, moví mi cuerpo hasta voltear a mi adversario y quedar sobre él, desarmándolo fácilmente. Todavía sin poder ver quién era, tratando de ver su cara en la penumbra y apretando su cuerpo con mis piernas, arrojé lejos la daga y tomando sus muñecas las inmovilicé por encima de la cabeza, percatándome de lo delgadas y frágiles que eran, descubriendo que se trataba de una mujer. Quedé totalmente atónito cuando jadeante, se echo a reír.
---- Creí que no vendrías.---- dijo agitada. Recién en aquel momento percibí su delicado perfume y me di cuenta de lo alterado que estaba.
---- ¿Así me recibes?.---- dije dejando de lado la actitud respetuosa y subordinada. Sentía una mezcla de enfado y excitación me hacía temblar.----
¿ Pretendías matarme?.----
---- Sí, lo hubiese hecho.---- respondió tranquilamente.
---- ¿Por qué?.---- pregunté estupefacto, soltando sus manos.
---- De no haber sobrevivido, no hubieses sido un amante digno de mí.---- respondió.---- Y ahora también sé que no eres un simple ayudante de carpintero, pero no pretendo descubrir tu secreto, quiero que sigas siendo un misterio para mí.---- replicó con sensualidad.
---- No comprendo.---- respondí haciéndome el tonto. Obviamente no podía revelarle mis secretos y me alivió que no deseara averiguar nada más.
---- Sé que me entiendes, Shed. No necesitas fingir conmigo, tu secreto estará a salvo.
Lo único que me interesa, eres tú. No me equivoqué al creer que eres igual que yo. Te excita el peligro, te gusta lo prohibido y no te dejas amedrentar por el riesgo.---- expresó.
Sus palabras resonaron en mi mente, describiéndome tal cual me sentía, y sorprendido por su capacidad de observación, pues yo mismo había descubierto muy recientemente esta desconocida sensación que, poco a poco ganaba mi ser.
---- Eres muy perceptiva y no puedo negar que me atrae el peligro.---- respondí acercándome para besarla.
Desprendió mi faldellín y lo pasó por sus pechos desnudos. Jadeante, me incliné sobre ella para besarla como si estuviera engullendo el manjar más delicioso, mientras sentía mi pene crecer en tamaño rozando su tibio vientre ondulando en cortos movimientos de su respiración acelerada. Tomando mi nuca mientras nos besábamos, bajó mi cabeza hasta sus pezones erizados, los cuales succioné con fruición hasta morderlos suavemente, a lo que reaccionó con sutiles quejidos entrecortados.
Apartándome un segundo, con mi visión ya habituada a la penumbra, la vi levantar un cuenco que había preparado de antemano, e inclinándolo sobre su abdomen, vertió un oscuro líquido que lentamente se deslizó bajando por su entrepierna lampiña. Comencé a libar de aquel néctar entregado por esa bellísima flor que abrió sus pétalos al hambriento colibrí. Mi lengua, recorriendo el camino trazado por el elixir de vino y dátiles, esparció el gozo sobre su bañada intimidad.
Mecía su vientre con rítmicos movimientos en una danza sexual, subyugante y arrebatadora. Su cuerpo exudaba el embriagante perfume del kapet que se evaporaba de su caliente piel, ardiendo como abrazada por un fuego interior.
Inclinándome sobre ella en un beso ardoroso y salvaje, en donde nuestros labios parecían devorarnos a ambos, penetré profundamente en su intimidad húmeda y suave, hasta quedar abrazados como un solo cuerpo, como una sola criatura engendrada en las llamas de la pasión amenazando con destruirse a sí misma, consumida en una vorágine de placer, en un abismo de excitación inconmensurable.
Entre quejidos y gemidos descontrolados, casi animales, rompimos en jadeos convulsivos, en un estallido de sensualidad, empujados a una explosión de los sentidos como jamás antes había experimentado. Ahset era sexo sublime e irresistible capaz de hacerte enloquecer de placer y de cautivarte eternamente, hasta extraer la última gota de tu semen. Me sirvió vino en un fino vaso de alabastro mientras descansábamos desnudos sobre la alfombra.
---- ¿Qué te impulsó a seducirme, siendo yo un simple sirviente?.---- pregunté curioso.
---- Me atrae el poder y tú lo tienes.---- dijo sin mirarme mientras deslizaba su mano derecha por mi cadera.---- Me gusta tu figura y tienes un cuerpo fuerte y varonil, pero fue ese poder que emana de tu personalidad lo que me movió a atraerte hasta mí.---- giró mirándome directamente a los ojos.
---- No comprendo. Yo no tengo poder, soy un hombre común. No tengo un cargo político, dinero, ni influencias.---- dije confundido.
---- No me refiero a eso. Hay hombres que tienen todo lo que acabas de nombrar pero no tienen el poder del que yo hablo. El poder al que hago alusión es esa fuerza interior expresada en tu voluntad, en tu temperamento, en tu capacidad. Esa fuerza se puede manifestar como la valentía en el guerrero que puede perder o quitar la vida, en el marino que lucha contra la tormenta retando la voluntad de los Dioses, en el artesano capaz de descubrir en la roca sobre la que trabaja, la imagen que atesora su pétrea intimidad.
La mayoría de los gusanos que controlan este país, ordenan a otros inferiores en rango a cometer actos que ellos mismos no se atreven, por cobardía, por miedo. Viven existencias pasivas, carentes de emociones, faltas de nuevas sensaciones que agiten sus corazones e impulsen su sangre como un torrente desbordando su cause. Son como ratas que inseparablemente unidas a la tierra, nunca conocerán las alturas que domina el halcón.
Tú como yo, amas el riesgo, el peligro que nos hace sentir vivos y que como un arpista, toca la cuerda que hace vibrar nuestro ser.---- expresó Ahset.
Me sentí cautivado por su personalidad, tan diferente Tausert, a la que veía simple y tradicional, casi aburrida y tan predecible que perdía el atractivo que su belleza poseía. De algún modo quedé deslumbrado por Ahset, como embrujado por su personalidad, hechizado por sus palabras, porque me hacía sentir como un hombre diferente al resto, compartiendo su mundo exótico tan distinto a lo anteriormente vivido.
---- Ahora comprendo lo que dices. Yo he descubierto en mi padre algo parecido a lo que describes, que para mí es algo mágico, el poder o la extraordinaria virtud que lleva en sus manos cuando la figura que trabaja va mucho más de la estética, cuando se aleja de la mera reproducción rasgos y escapando de la simple copia de elementos anatómicos, plasma el alma del retratado en la roca, su personalidad, su bondad o su vileza, la candidez o lo pérfido de un personaje, desnudando su espíritu a los sentidos del observador.
Por otro lado me sorprende lo que me dijiste sobre que me hubieses asesinado si no era como tú creías. Si hubiese sido un sencillo ayudante de carpintero y no un guerrero preparado para defender su vida, ¿me hubieses asesinado?.---- pregunté sospechando la respuesta.
---- Por supuesto que no hubiese hecho el amor con un vulgar carpintero. Debías pasar la prueba como el antílope macho dominante de un rebaño, debe vencer a sus rivales para tener el derecho a copular con sus hembras. Tu prueba era sobrevivir a mi ataque y de no haber reaccionado correctamente, mi daga te hubiera abierto el vientre como a un intruso cualquiera invadiendo los aposentos de una señora del Harén.---- dijo con una frialdad que me heló la sangre.
---- ¿Eres capaz de asesinar a sangre fría a un ser humano solo por no satisfacer tus expectativas?.---- pregunté boquiabierto.
---- Este mundo está superpoblado de criaturas insignificantes que no merecen siquiera existir, pero ahí están para servir de comida y ser utilizados por seres superiores, como los peces sirven de alimento al hombre o a los cocodrilos.
Si tu naturaleza es ser un depredador, solo debes seguir tu instinto, y matar a seres débiles e inermes, es solo parte de un sistema creado por la Divinidad, un juego en el que me gusta participar y cumplir el papel que me toca. Piensa Shed que, si los Dioses no amaran esa lucha entre fuertes y débiles, no existirían leones y gacelas, sino solamente gacelas.---- dijo con pasmosa insensibilidad.
---- ¿Y cómo consideras a tu esposo?.---- pregunté.
---- Él me tomó como esposa cuando era apenas una niña, desconociéndolo todo acerca de los hombres y el sexo. Hoy, él representa solo un escalón para llegar a hombres con verdadero poder.---- dijo antes de beber otro trago de su vaso.
---- ¿Khepermare te hizo daño durante los años que llevas junto a él?.---- pregunté pensando que debía existir algún motivo para explicar su extraña conducta.
---- Es demasiado dócil y estúpido como para ser peligroso. No, el nunca me hizo daño, pero mi vida a su lado fue un hartazgo imposible de soportar, hasta que decidí llevar una existencia de emociones de alcoba que me hace sentir viva, que excita mi piel y mi espíritu ávido de aventuras que nunca encontraría a su lado.---- respondió.
---- ¿Y el amor?. ¿Haz conocido eso que llaman amor?.---- pregunté.
Nunca he experimentado el amor y no creo que exista un hombre que despierte un sentimiento de ese tipo en mí. He atraído decenas de amantes a mi lecho y ninguno a conseguido satisfacer mis deseos, aliviar mi apetito, ni cubrir mis expectativas. Todos han sido arcilla entre mis manos, maleables como el barro, sumisos y obedientes como el perro ante su amo; los he dominado a todos sin excepción.---
---- ¿Matarías a tu esposo?.---- pregunté casi adivinando la respuesta.
---- No mientras sea útil a mis propósitos.---- respondió sin reparo.
---- ¿Cuáles son vuestros propósitos?, Si puede saberse.---- dije.
---- Llegar a ser la favorita del Faraón y gobernar el país junto a él.---- respondió sin importar que sus planes fuesen conocidos por otros. Mis pensamientos con relación a Ahset eran sumamente contradictorios. Ahset no temía a nada ni a nadie. Era una mujer increíblemente atractiva pero desde aquel día supe también que podía ser muy peligrosa. Cómo escapar de sus redes, cómo evadirme de su encanto embriagante y arrollador, que me atraía a su lecho como un torbellino de pasión del que no se puede huir, como un potro que a pesar de sus bríos es dominado por el auriga obligándolo a tomar el rumbo que aquel le fija, como el indefenso insecto en la telaraña de un poderoso arácnido, que cuanto más lucha por zafarse, más se enreda en su trampa.
No existían en ella sentimientos de bondad, piedad, compasión, escrúpulos, ni remordimiento por las consecuencias de sus actos. Así era Ahset, irresistible y fatal.
Ahset bebió algo más de su vino y se acostó a mi lado hasta quedar dormida. Se había hecho muy tarde y en pocas horas comenzaría a aclarar, de modo que decidí que era tiempo de irme a casa. Salí del lugar como había entrado, por el balcón. Esperé a que los guardias pasaran en su ronda habitual y luego me descolgué por el sauce para alejarme corriendo rumbo al río.
Fui despertado por mi padre que abandonaba la aldea de los artesanos para dirigirse al valle de las tumbas reales en donde se llevaban a cabo los trabajos en el sepulcro de la soberana. Me levanté apurado desayuné y partí hacia la ciudad, concentrando mis pensamientos en el asunto de las armas robadas.
Solicité a Ninet el Maestro carpintero de Palacio que me brindase su ayuda en la investigación del asunto del secuestro de armamento, tema que sería de sumo interés para el Príncipe, aunque en realidad todavía no había podido informarle acerca del mismo, a causa de que Tutmés se hallaba viajando y sumamente ocupado en los asuntos de estado relacionados con su próxima coronación. El Maestro carpintero encargado del mantenimiento del mobiliario de los edificios del ejército, era primo hermano de Ninet y no hubo inconvenientes para que, como favor especial a su primo, me permitiese ocuparme del mantenimiento del mobiliario del arsenal como si fuese uno de sus trabajadores, permitiéndome acceder a los documentos que nos darían pistas referidas a la desaparición de las armas.
No había riesgos de que Yuf o sus secretarios, descubriesen alguna anormalidad, en el sentido que se dieran cuenta de que yo no formaba parte del cuerpo de carpinteros regulares del ejército, debido al menosprecio y desatención que mostraban todos los escribas hacia las tareas manuales y los trabajadores que las desarrollaban, considerándonos al nivel de siervos, en relación con el status social y económico que detentaba la clase burocrática.
Llevé la caja con las herramientas para ocuparme de alguna tarea de restauración si la inspección arrojaba el descubrimiento de deterioros en parte del mobiliario, y para disimular la verdadera razón de mi presencia en el depósito, que era revisar los papiros de aquellos días en que había desaparecido el armamento secuestrado.
El sistema administrativo del depósito se hallaba organizado con relación al del resto de la administración de los demás estamentos del ejército y constituido por un maestro escriba, que en el caso del arsenal era Yuf, asistido por dos secretarios.
Una enorme cantidad de rollos sobre estantes, ocupaba gran parte del muro que tenían los secretarios a su espalda, en la sala mayor del arsenal. Los documentos, estaban ordenados de acuerdo al día en que habían sido utilizados para asentar el ingreso de armas procedentes del puesto de recepción, en que las patrullas del desierto dejaban el armamento secuestrado.
En la sala contigua se encontraban Maya y los otros muchachos encargados de la revisión y mantenimiento del material. Entre sus actividades se contaban la renovación de las cuerdas de arco fabricadas con tripa de animales, cambio de las cañas de las jabalinas, reemplazo de las púas o barbas de las saetas, el afilado de espadas cortas, espadas curvas, punta de lanzas, hachas, etc.
Al ingresar a la pequeña antesala en donde se hallaba uno de los secretarios de Yuf lo saludé respetuosamente.
---- Que la luz de Amón Ra ilumine vuestra jornada.---- Expresé al joven escriba, del modo en que se acostumbraba saludar en Kemet a un funcionario. No era mayor que yo, pero se observaba en su actitud la soberbia del burócrata que cree imprescindible su desempeño.
---- ¿A qué se debe tu presencia en el arsenal?.---- dijo con desdén sin siquiera levantar su vista para verme, mirando de costado la caja de carpintero que llevaba en mi mano, mientras observaba un papiro sobre la mesa de ingresos.
---- Vengo por la inspección mensual del mobiliario.---- respondí.
---- Hace menos de veinte días que han llevado a cabo la última.---- dijo casi en tono de protesta.
---- El Maestro carpintero ha decidido aumentar la frecuencia de revisión teniendo en cuenta la aparición de ciertos parásitos de la madera que han demostrado ser muy destructivos y que actúan rápidamente....---- me interrumpió para que no continuara explicándole cuestiones que no le interesaban. Aunque a los escribas les molestase la presencia de quienes llevaban a cabo el mantenimiento del mobiliario y la exterminación de parásitos y alimañas, sabían que esa labor era de suma importancia para la conservación del material con el que trabajaban ya que la humedad, el fuego, las ratas y los insectos pueden provocar graves daños a estos rollos cuya información se pierde irremediablemente, de modo que la inobservancia de las reglas referidas a la seguridad de la documentación, acarrea sanciones contra el responsable de este tipo de negligencias en cualquier sector de la administración central.
---- Está bien. Haz lo que debas pero rápido y no perturbes el orden de los documentos.---- respondió volviendo a su tarea.
El lugar era bastante amplio, lo suficiente como para contener ordenadamente todo tipo de armas y complementos del equipo de guerra de los hombres del ejército. Había mazas, bastones de mano, espadas curvas a la que nosotros llamamos khepesh, bumeranes, hachas, hondas, palos y garrotes, lanzas y jabalinas, y por supuesto gran número de arcos compuestos, flechas y carcajes. Para la protección del guerrero se contaba con escudos y corazas de cuero que usaban sobre todo los oficiales.
Traspuse el primer escollo, sin embargo no sabía si adentro debería dar más explicaciones de mi presencia en aquel sitio, al segundo secretario escriba que se encontraba trabajando en un papiro con todo sus elementos sobre una mesa de espaldas a la pared en donde se encontraban los estantes con la documentación. De lejos vi a Maya que trasladaba de lugar un grupo de lanzas y arcos en mal estado. Cuando Maya me vio, tuvo el impulso de acercarse a mí, pero se contuvo al percatarse de que nos pondría en evidencia, de manera
que disimulando, se aproximó al estante que contenía los papiros correspondientes a las armas que nos interesaban y dejó una púa de flecha junto a los mismos. El error de Maya no nos comprometió, pues al no ser advertido por nadie no despertamos sospechas.
Busqué defectos o deterioros en los estantes en que se encontraban los documentos pero al no encontrarlos tuve que inventarlos, desprendiendo una de las tablas de la estantería aprovechando que nadie observaba mi trabajo, para poder sacar los papiros de su sitio sin que nadie desconfiase.
Sería imposible revisarlos allí mismo por lo que debía pensar una manera de sacarlos del lugar, ¿pero cómo?. Mientras hacía mi labor, Yuf el escriba jefe, había regresado al depósito, por lo que le informé a él mismo que necesitaba buscar algunos instrumentos de la carpintería que me hacían falta para mi tarea.
Tomé cañas huecas del depósito de maderas, en los que ocultaría los papiros, haciéndolos pasar por mangos de mis herramientas.
Volví al arsenal y trabajé en las tablas reemplazándolas por nuevas, cepillando y puliendo la madera, esperando el momento propicio para guardar los rollos y reemplazarlos por papiros en blanco, de manera que no existiese posibilidad de que advirtieran la falta de algunos de ellos, aunque sería difícil que se diesen cuenta de la desaparición de cuatro rollos entre centenares, quizás miles, que había en las estanterías.
Maya entendió mi intención distrayendo a sus compañeros llevándolos al fondo del depósito mientras los secretarios se hallaban asentando y controlando el pedido de armamento para una patrulla que saldría después de mediodía. Yuf ya se había retirado para asistir a una reunión en el edificio de la administración.
Rápidamente escondí los rollos de papiro dentro de las cañas huecas y los guardé dentro de la caja de herramientas, prosiguiendo con mi trabajo de manera habitual. Estaba nervioso por la situación pero gracias a la ayuda de Maya no tuve inconvenientes en lograrlo sin ser visto. Luego de lograr mi objetivo y terminar con mi tarea, me retiré al final de la tarde. Fue tan convincente mi comportamiento que ni siquiera revisaron mi caja de modo que podría haber sacado los papiros sin ocultarlos en las cañas huecas. Me apresuré en llegar al taller de carpinteros para dejar las herramientas y llevarme los rollos para inspeccionarlos. Pasé a buscar a Ykkur o Madakh que supuestamente estarían de regreso con el resto de la custodia del Príncipe pero me comentaron en Palacio que el Príncipe se hallaba rumbo a Abedju y que no regresarían a Waset en algunos días.
Abedju, es la mítica ciudad en donde según la tradición, se hallaba la tumba del Dios Asar, Señor del mundo de los muertos, a donde Menkheperre Tutmés III, rendiría homenaje a su padre Akheperenre Tutmés II, en otro aniversario de su fallecimiento y en fecha tan próxima a asumir el mismo, el poder de Kemet, y ceñir la doble corona del Valle y el Delta, tomando en sus manos los atributos del Faraón como eran el Cayado y el Látigo, como antaño lo hiciera su padre, que la ocasión se hacía sumamente evocativa.
Hatshepsut, por su parte, también había partido a dicha ciudad para rendir homenaje a su difunto esposo. Según decían los viejos funcionarios de Palacio, la soberana no participó en ninguna de estas ceremonias anuales desde el primer aniversario del fallecimiento de Tutmés II, hacía ya veintiún años, por lo que resultaba extraño que luego de tanto tiempo, volviese a honrar la memoria del hombre al que había despreciado en vida.
La Reina se mostraba sorprendentemente pasiva e inmutable, casi en vísperas de entregar el cetro real durante la próxima festividad de Amón, situación que nadie esperaba ocurriera alguna vez, pues ella había afirmado que el heredero lo recibiría luego de su muerte. La calma que exhibía Hatshepsut era para algunos, signo de que había asumido la necesidad de abandonar las responsabilidades del gobierno y la crisis de las tierras del Norte, a un hombre joven y valeroso como su hijastro Tutmés, que pusiese nuevamente en lo alto los blasones de la tierra del Hep-ur, dominando a los enemigos asiáticos. Incluso el propio Príncipe, se vio inclinado a aceptar dicho argumento al advertir un cambio radical en la actitud de la soberana.
Dejando de lado las cuestiones del trono, mi mayor urgencia se centraba en pedir ayuda a mis amigos de la custodia, pero en su ausencia debía buscar la forma de, por mis propios medios, averiguar lo más que pudiera para adelantar la investigación antes de que volviese el Príncipe, de manera que pudiésemos conocer el destino de esas armas y saber qué había ocurrido con el padre de Maya.
No teniendo lugar más seguro que la casa de mis padres, aproveché que mi madre y Eset, habían llevado a mi abuela a visitar a una de mis tías que aún vivía en Khmun y recién volverían en dos días, para revisar con tranquilidad los documentos sin que Amunet se preocupara pensando que andaba metido en líos nuevamente. Pentu estaba al tanto de todo por lo que no tenía problemas de que me viera con los papiros que había sustraído del arsenal.
Me alimenté frugalmente, ansioso por revisar el material aquella misma noche, pues planeaba devolverlos a través de Maya al día siguiente.
Me senté a la luz de una lámpara de aceite en el lugar más oculto de la casa para evitar que algún vecino pudiese verme con los papiros y puse todos mis sentidos en tratar de leerlos. Me di cuenta de que sería más fácil de lo que pensaba ya que constituían listas de armas, nombres y números, un recuento muy sencillo y sin complicaciones de expresiones o elaboración gramatical.
Maya llegó mucho más tarde cuando ya había leído el tercero de los cuatro papiros.
----¿Que descubriste, Shed?.----- Preguntó Maya.---- Me sorprende mucho que sepas leer ¿Donde aprendiste?.
----Nadie me enseñó. Aprendí sólo de tanto practicar tallado de estelas funerarias en mi pequeña ciudad de Khmun.----- Me quedó mirando asombrado.
----Ahora lo más importante es dedicarnos a esto, Maya.---- Le dije.
----¿Quién es Upma’at?.---- Pregunté.
----Es el escriba secretario que viste trabajando hoy en el arsenal más cercano a los armarios en que se encuentran los documentos.---- dijo.
---- ¿Cómo se llama el gruñón que me autorizó a ingresar?---- pregunté.
---- Su nombre es Herkhuf.---- respondió.
----¿Por qué?.---- Preguntó.
----Hay algo muy extraño en este papiro.--- le expliqué. ----Mientras que en los otros, luego de los datos figura el nombre del escriba encargado de asentar la información, con un trazo seguro y firme, los símbolos en este papiro se parecen más a los de Herkhuf que a los del escriba que figura como responsable de aquellos datos.
-----No entiendo a qué te refieres.---- Me dijo Maya.
----Mira---. Le dije mostrándose el papiro. ----Aquí está la escritura del escriba Upma’at. Si la comparas con la de Herkhuf es más escueta, más irregular, como la de un escriba novato. Por el contrario si uno compara la de Herkhuf con la del Jefe-Escriba Yuf, se hace notorio que a pesar de la diferencia en su grafía, ambos son escribas expertos, aún más hábil Herkhuf que el propio Jefe.
De aquí surgen dos preguntas: 1º ¿Por qué un escriba experto se encuentra sirviendo en un arsenal en el que no hace falta más que un escriba novato?. Incluso un aprendiz podría realizar un trabajo tan sencillo.
2º ¿Por qué falsificó la escritura de Upma’at para luego firmar con el nombre del novato?.---- Le dije.
---- ¿Cómo sabes qué es falsificada?.---- preguntó curioso.
---- Observa Maya.---- le indiqué en el papiro.---- Éste símbolo muestra deficiencias en la pericia del escriba como si fueran de un burócrata aún inexperto, pero llega a la exageración de defectos que la hacen sospechosa, pues Upma’at no es tan falto de destreza. Por otro lado, si comparas estos jeroglíficos, muestran un perfecto nivelado de altura como solo Herkhuf lo consigue; y aún más,---- dije para destacar la paradoja.---- mira este símbolo y observa que a pesar de ser imperfecto en su confección muestra este detalle,---- mostré a Maya señalándole con el dedo.---- que es característico de la escritura de Herkhuf.---- Puedes verlo reiterado varias veces en este documento escrito y firmado por él.---- afirmé.
Maya quedó estupefacto.
---- Por supuesto.---- me dijo.---- Herkhuf puede estar implicado en el asunto. Ingresó hace dos meses, en la misma época en que fue transferido Yuf, antes de comience la sustracción de armas.---- Dijo excitado por el descubrimiento.
---- ¿Quieres saber qué información contiene el papiro falsificado?.---- pregunté a Maya sabiendo que adivinaría su contenido.
---- Armas secuestradas por las patrullas a los nómadas del desierto Oriental ¿verdad?.---- Dijo intuyendo la respuesta.
---- Exactamente.---- dije con satisfacción.---- Ya no hay duda del robo. Ahora debemos averiguar quién nombró en el puesto a Herkhuf. Quien lo haya hecho debe estar implicado en el delito.---- respondí.
---- ¿Qué hay del jefe Yuf?. ¿Crees que ignore las actividades de Herkhuf?.---- preguntó Maya.
---- No estoy seguro. De él no sabemos nada pues no figura refrendando con su nombre ningún papiro adulterado, lo que no significa sin embargo que sea inocente. Tan solo sabemos hasta el momento que no tenemos pruebas en su contra.---- expresé.---- Lo que más me extraña es que escribas de alto nivel también estén metidos en este delito, cuyo objeto aún no logro comprender.---- dije como pensando en voz alta.
---- ¿Crees que mi padre haya descubierto lo de las armas?.---- preguntó Maya entristecido, sospechando que su padre podría haber sido asesinado al averiguar algo importante.
---- Tal vez sí, y quizás por eso hayan decidido hacerlo desaparecer. Pueden tenerlo prisionero, pero es difícil creer que aún siga con vida. ¿Qué te dijeron de su desaparición sus compañeros?.---- pregunté.
---- De entre los compañeros de mi padre, uno que era su mejor amigo, me dijo que persiguiendo a una banda de pastores que se resistieron a ser inspeccionados, se trabaron en combate y habiendo perdido de vista a mi padre luego de concluida la contienda, apareció su carro y su caballo solos, sin
señas de él o su auriga. Los estuvieron buscando varias horas pero no pudieron
dar con ellos.---- comentó Maya.
---- La historia es poco creíble. Muy fácilmente pueden haber llevado a tu padre a una trampa y secuestrarlo o matarlo, los propios soldados que lo acompañaban. ¿Confías totalmente en aquel amigo de tu padre?---- pregunté pensando en alguien dentro del ejército que nos ayudara.
---- No Shed. Últimamente se ha mostrado evasivo conmigo y a pesar de haber estado junto a mi padre muchos años, el viejo Hekayeb amigo de mi abuelo me aconsejó que no le revelara nuestros descubrimientos.---- respondió Maya.
----Tienes razón, pero ¿cómo averiguaremos quién nombró a Herkhuf?.---- le pregunté.
---- Pídele a Ykkur que nos ayude, o tal vez a Madakh.---- dijo.
---- No se encuentran en Waset pues acompañan al Príncipe en su visita a Abedju honrando la memoria de Tutmés II.---- comenté.
---- ¿Qué haremos mientras tanto?.---- preguntó.
---- Solo nos queda esperar, Maya. No debemos arriesgarnos a que nos descubran. Piensa en que si hicieron desaparecer a tu padre, no dudarán en matarnos al poner en peligro sus actividades.---- respondí.
Me despedí de Maya diciéndole que fuese paciente, que no tardarían en regresar más que unos pocos días, y cuando eso ocurriera averiguaríamos pronto lo que había sucedido con su padre.
Aquella noche la pasé en casa. Necesitaba dormir la noche completa para recuperar energías luego de la intensa madrugada transcurrida con Ahset y todas las actividades desarrolladas durante el día.
Al día siguiente durante la hora de descanso del arsenal, Maya vino a verme al taller mientras trabajaba en unos mangos para hacha.
---- ¡Un compañero de mi padre fue a verme anoche a casa y me estuvo esperando para hablar conmigo sobre la desaparición de mi padre!.---- dijo entusiasmado.
---- Podría ser parte de los delincuentes implicados en el robo de armas, que intenta saber cuanto conoces del tema y con quienes has hablado del asunto. Podría ser una trampa Maya.---- confesé preocupado mis sospechas.
---- No lo creo Shed. Se lo veía nervioso y me confió que teme que a él también intenten hacerlo desaparecer, por la estrecha amistad que lo unía a mi padre, creyendo que tal vez mi padre le hubiese comentado acerca del robo de armas.---- dijo Maya.
---- ¿Le interrogaste acerca de porqué no acudió a sus superiores si tenía información que pudiera esclarecer la desaparición de tu padre?.---- pregunté interesado. ---- Sabe que hay oficiales superiores metidos en el asunto, pero como no conoce hasta donde se extiende la cadena de implicados tampoco confía en sus superiores directos.---- respondió.
---- ¿Le hablaste sobre mí?.---- pregunté.
---- No, no lo hice. Me pareció prudente no comentar tu participación.---- dijo Maya.
---- Actuaste prudentemente.---- respondí.---- Quiero que nos reunamos con él en algún sitio apartado para conversar en privado. Deseo hacerle ciertas preguntas que nos podrían llevar a las pistas que necesitamos para acercarnos a descubrir quienes están detrás de todo esto.---- expresé.
---- ¿Cuándo y dónde deseas que nos encontremos con él?.---- preguntó.
---- Dile que nos encuentre ésta noche después del ocaso pasando las colinas al oeste de la aldea de los artesanos sobre la ladera sur de la cumbre del "Cuerno", allí lo estaremos esperando. También dile que vaya solo.---- concluí.
Antes de media tarde, estuve montando al potro y practicando puntería con el arco, a la carrera. No podía estar más satisfecho con mi desempeño. Había llevado dos pequeños melones del tamaño de la cabeza de un hombre como blanco para mis flechas, y los llené de agujeros hasta el final del entrenamiento. Luego atendí al "fantasma", cepillándolo, alimentándolo para luego llevarlo a las caballerizas.
Para la puesta de Sol, me encontraba escalando las áridas laderas del "Monte del cuerno", mientras el viento del desierto soplaba con su cálido hálito, levantando frágiles remolinos de arena y piedrecillas del yermo, pero al mismo tiempo fascinante paisaje, bañado por los purpúreos destellos vespertinos, filtrándose entre los nubarrones del horizonte occidental.
Quería estar allí antes de que Maya y el oficial fueran al sitio indicado. Desde la altura de los peñascos podría divisar si alguien los seguía a la distancia. Podía ser una trampa por lo que fui armado con la espada curva, el arco y el carcaj.
Aguardando la llegada de Maya y el oficial compañero de su padre, disfrutaba de la tranquilidad y la belleza de la fascinante vista desde las cumbres que dominan toda la región. A medida que el gran disco se hundía entre las lejanas colinas contorneando sus desnudos perfiles, la brisa del ocaso, mucho más fresca y agradable, se abría paso sobre la populosa metrópoli ganada rápidamente por las sombras, exhibiendo ésta, las primeras antorchas encendidas en los edificios oficiales como un espejo del firmamento que, pletórico de fulgores, lucía sus fantásticas joyas de luz en mágicas constelaciones sobre el mapa celeste.
El desierto como un mar de ondulantes dunas, era barrido por el incesante flujo de torbellinos de arena y polvo, que transformaban casi imperceptiblemente su magnificente y aparente inmutabilidad. El espectacular ambiente que me rodeaba hacía pensar en un mundo perfecto de armonía y paz eterna. Quizás así sea el mundo de ultratumba, pero allí abajo en el mundo de los vivos, la traición, la intriga, la violencia, y el crimen, seguían dominando la escena humana.
Maya llegó a tiempo y como estaba previsto, el oficial se apareció solo por los senderos al pie del monte, sin que nadie lo siguiera.
---- Que la luz de Amón-Ra ilumine tus días.---- saludó el oficial con un tipo de presentación que en mi tierra denota buena voluntad y deseos de bienaventuranza.---- Mi nombre es Wadj y soy Idenu del ejército de Amón.----
---- Ya le hablé de usted a mi amigo.---- dijo Maya.
---- Deberá comprender los recaudos que tomamos para evitar que se conozca mi identidad, debido a las delicadas circunstancias que rodean el caso.---- dije explicando mi vestimenta formada por una capa larga con capucha y un lienzo oscuro cubriendo el resto de mi cara, dejando solo una pequeña abertura por donde veía a mi interlocutor.
---- Comprendo el peligro de darse a conocer, pero yo también me expongo a cara descubierta ante usted, sin siquiera saber su nombre.---- respondió Wadj.
---- Deberá aceptar nuestras condiciones ya que fue usted quien buscó a Maya y no a la inversa. No vamos a arriesgarnos a caer en una trampa.---- respondí con firmeza.
---- Confiaré en ustedes porque el padre de Maya era uno de mis mejores amigos y temo que traten de matarme si sospechan que estoy investigando la razón de su desaparición.---- confesó Wadj. Parecía sincero y se veía angustiado al peligrar su propia seguridad.
---- ¿Qué información tiene?.---- pregunté sin más rodeos.
---- Después de aquel día de la desaparición de Sesi, ---- que era el nombre del padre de Maya.---- cuando tomábamos un descanso con mis compañeros después de regresar de un patrullaje de varias horas en el intenso calor de la tarde, escuché accidentalmente al acercarme al puesto de guardia, a dos soldados que hablaban acerca de las armas que debían sacar esa noche para llevarlas al escondrijo del desierto al nordeste del barrio de las prostitutas. Quedé perplejo al no comprender de qué hablaban, pero pronto me percaté que fuera lo que fuera, constituía un delito y si esos hombres se daban cuenta de que yo había escuchado su conversación, me encontraría en grave peligro. Me alejé de allí cautelosamente para que no me descubrieran y me ubiqué en un sitio desde donde pudiese verlos salir de aquel lugar para saber quienes eran. Cuando vi salir a uno ellos, supe que era el que había informado de la desaparición de Sesi durante un patrullaje de rutina, en que hubo una refriega con un grupo de pastores nómadas, nada que pudiese suponer la desaparición de un miembro de la patrulla. Desde aquel momento supe que la desaparición de tu padre ---- dijo dirigiéndose a Maya.---- debía estar relacionada con la sospecha de robo que él nos había mencionado. Como el otro aún no salía del puesto, me aproximé disimuladamente para conocer la identidad de aquel que había dado la orden de sacar las armas esa noche. A verlo casi se me paraliza el corazón. Aquel oficial era nada menos que Hofra, mi superior directo. Se hacía evidente que el ilícito que se estaba cometiendo era muy importante y que debían estar implicados quién sabe cuántos oficiales más.
Al principio no supe qué hacer, tenía mucho miedo. No quería hablar del tema con nadie. Me sentía observado, todo el tiempo creía que me seguían. No podía dormir de la tensión que soportaba. Por fin me di cuenta que mi imaginación había ido demasiado lejos y que en realidad nadie sabía que yo conocía el peligroso secreto.
Luego de recuperar cierta tranquilidad, recordé lo triste que había visto a Maya,---- dijo poniendo afectivamente su mano en el hombro del muchacho.---- y decidí contarle lo sucedido e intentar juntos encontrar una vía por medio de la cual pudiésemos llegar a autoridades que pudieran intervenir en el asunto y castigar a los culpables.---- expresó Wadj.
---- Maya te ha dicho que lo estoy ayudando, pero aún no podrás saber quién soy. Creo que eres sincero y puedes unirte a nosotros para investigar lo que está ocurriendo, sin embargo existe una condición que tendrás que aceptar. Yo daré las órdenes sobre lo que se hará y no discutirás mis decisiones, de lo contrario quedarás fuera.---- respondí.
---- Acepto las condiciones, pero exijo ser informado de todo lo que ocurra paso a paso.---- replicó Wadj.
---- Puedes estar seguro de ello. La comunicación no ha de faltar entre nosotros para combinar nuestros esfuerzos y conseguir el objetivo que deseamos, que es desenmascarar a los culpables de todo esto.---- dije.---- Hay algo muy importante que dijiste y sobre lo que quiero que nos detengamos. ¿Cuándo los hombres mencionaron el barrio de las prostitutas dijeron que el escondite que contiene el armamento se halla cerca en el desierto o en el propio caserío?.---- pregunté interesado.
---- Hicieron mención a un lugar cercano en el desierto, no en el propio caserío.---- respondió Wadj.
---- ¿En qué estás pensando?.---- preguntó Maya.
---- Quizás podamos averiguar algo a través de una prostituta de la que soy amigo. Tal vez alguien entre sus amigas o entre las jóvenes que trabajan para ella halla visto algo inusual o sospechoso que pudiera ayudarnos a conocer la ubicación del lugar en donde esconden el armamento robado.---- respondí.
---- Tienes razón, pero debes cuidarte de las mujeres con las que hables del tema. Recuerda que muchas rameras tienen clientes entre los hombres del ejército y por un poco de oro serían capaces de traicionar o vender información a cualquiera de ellos.---- previno Wadj.
---- Es cierto. Sin embargo la mujer de la que hablo es muy confiable y le advertiré que sea discreta al tiempo de averiguar lo que le pida.----dije.---- Ésta misma noche iré a visitarla.
---- ¿Crees que puedas averiguar quién nombró al escriba Herkhuf en el Arsenal?.---- preguntó Maya.
---- El hermano de mi esposa es escriba del ejército. Seguramente él podrá ayudarme en ello. ¿Pero porqué es importante saberlo?.---- preguntó Wadj.
---- Porque él es el escriba que está falsificando los documentos en que constan las listas de armas robadas.---- respondió Maya.
---- Excelente.---- dije.---- Ahora debemos separarnos y no dejar que nos vean juntos públicamente. Yo les avisaré mañana si es que pude averiguar algo. Nos encontraremos aquí mismo después del ocaso.---- dije.
Dejamos el lugar a intervalos de tiempo prudencial para que no se pudiese sospechar de nosotros.
Permanecí en casa de mis padres hasta que la oscuridad nocturna me permitiese moverme con más libertad en mis actividades.
Salí de "La aldea de los servidores del lugar de Ma’at", es decir de la aldea de los artesanos, cruzando el río con rumbo al caserío de las prostitutas en busca de la información que esperaba.
No recordaba con seguridad el lugar en que desarrollaba su actividad la rolliza Merythator, pero cuando llegué a la barriada no me resultó difícil ubicarme.
Esperé fuera del prostíbulo hasta que salió con su cliente riendo y bromeando.
---- ¡Hola Shed!. Sabía que volverías a verme.---- saludó alardeando.
---- ¿Cómo has estado?.---- respondí.
Entré con ella abrazándola por la cintura de manera que pareciera obvio a la vista de las demás prostitutas que se hallaban fuera, que tendríamos sexo, pues era exactamente lo que esperaba que creyeran. Mis intenciones sin embargo nada tenían que ver con ello.
Una vez dentro de la habitación, comenzó a acariciarme el pecho e intentó sacarme el taparrabo pues ya había hecho lo propio con el faldellín.
---- No Merythator. Tengo muchos deseos de hacer el amor contigo pero hoy he venido por otro motivo.---- le dije para que no se sintiera rechazada.
---- ¿Qué ocurre?.---- preguntó.
---- Estoy en una misión que me asignó el propio Ykkur.---- mentí pues sabía que si lo pedía Ykkur, ella no se negaría.---- Necesito que me ayudes a conseguir cierta información.---- dije.
---- Sí. Dime que quieres saber.---- dijo atenta.
Miré las puertas y ventanas temiendo que hubiese alguien que pudiese escucharnos.
---- ¿Has visto alguna actividad poco usual últimamente en el caserío, hombres en actividades sospechosas o clandestinas?.---- pregunté.
---- Shed, eso se ve todas las noches en este lugar. No sé exactamente a qué te refieres.---- dijo confundida.
---- No me refiero a personas que busquen sexo prohibido, sino a soldados conduciendo carros durante la noche hacia el desierto, o actividades parecidas fuera del horario normal.
---- Yo no vi ni escuché nada fuera de lo normal, pero ahora que lo mencionas, recuerdo que una de mis muchachas me comentó que le había parecido raro el paso de un carro conducido por soldados vestidos con ropas de civil hacia el desierto en plena madrugada durante tres semanas seguidas más o menos.---- respondió.
---- ¿Y cómo sabía que eran soldados si iban vestidos de civil?.---- pregunté sorprendido.
---- Porque ambos frecuentan el prostíbulo con las ropas militares y por ello le pareció curioso que fuesen vestidos como simples campesinos, como si quisieran pasar inadvertidos.---- respondió Merythator.
---- ¿Puedo hablar con tu amiga?.---- pregunté ansioso.
---- No creo que se niegue a hablar contigo, pero tendrás que pagarle por su tiempo.---- respondió.
---- Eso no es problema.---- respondí.
Me llevó hasta la joven que trabajaba para ella que en aquel momento se encontraba afortunadamente desocupada.
---- Tiha, te presento a Shed. Quiere hablar unos instantes contigo.---- dijo Merythator dejándonos solos. ---- Sé que mis preguntas te quitarán tiempo de tu trabajo de manera que empezaré por pagar tu tarifa.---- dije entregándole un saco de grano como paga.
Tiha era muy joven y esmirriada. Su cuerpo sin embargo era agradable, en tanto que su negra y larga cabellera ondulada la hacía ver casi infantil.
---- Dime, ¿qué deseas saber?.---- preguntó.
---- Merythator me comentó que habías visto a soldados vestidos de civil como intentando pasar inadvertidos conduciendo carros hacia el desierto cercano.---- la orienté sobre el tema de mi interés.
---- Sí.---- respondió.---- Yo paseaba con mi novio por la callejuela que colinda con el desierto, después de salir de aquí, cuando vi a esos soldados que son nuestros clientes y me llamó la atención que visitaran el caserío sin pasar por lo de Merythator, y pensé molesta, que irían a visitar a las prostitutas que trabajan al final de la barriada, que son gordas y viejas, tan solo por que cobran más barato, y por curiosidad, los seguimos caminando a través de la calle por la que viajaban, pero cuando llegamos al prostíbulo de las viejas, los hombres no se encontraban allí y por supuesto tampoco estaba el carro que conducían.
A la semana siguiente los volví a ver luego de la primera vez y luego otra vez más.
---- Llévame a la callejuela por donde los viste pasar.---- le solicité.
Me condujo hacia nordeste del caserío, entre los miserables cuchitriles que lo componían y el bosquecillo de palmeras, extendido a la vera de la zona de transición, entre los suburbios de la ciudad y la región circundante que precede al desierto propiamente dicho.
---- Tomaron esa dirección hacia el final de la calle y luego desaparecieron seguramente por algún sendero hacia el desierto.---- dijo Tiha señalándome el único rumbo posible que pudieron haber tomado.
---- Gracias Tiha. Si guardas silencio sobre la información que me brindaste serás bien recompensada por tu colaboración.---- respondí para asegurarme su lealtad.
Mis ojos ya se habían acostumbrado a la oscuridad nocturna cuando me despedí de Tiha.
La noche se presentaba ventosa y los negros nubarrones que avanzaban desde el norte mostraban un amenazante aspecto, dibujando bellísimas sierpes de luz reproduciéndose y retorciéndose en ramificadas trenzas como una madeja de culebras recién paridas en el seno de la tormenta. Cada destello inundaba de efímera claridad el paisaje de dunas y pastizales, a cada paso en que me adentraba más y más en el desierto buscando alguna casilla, algún sitio apto para el escondrijo de las armas.
Ya había recorrido una distancia que calculé entre dos mil y tres mil codos sin ver nada que pudiese parecerse a un sitio de depósito habiendo cambiado varias veces de rumbo siguiendo diferentes senderos y aprovechando para ver alrededor, con cada relámpago, con cada resplandor del convulsionado y rugiente cielo que parecía quebrarse sobre mi cabeza en repetidos estruendos. Resultaba peligroso caminar en la noche sobre un terreno en el que abundaban escorpiones y serpientes, sobre todo las cobras, no así de otros animales salvajes que suelen buscar algún reparo nocturno, pero ya estaba allí y valía la pena arriesgarse. Casi sin esperanzas avancé un rato más bajo las primeras gotas de lluvia y el fuerte viento que soplaba entre los pastizales. Cuando un cegador relámpago iluminó el desierto como a pleno día acompañado de un rugiente trueno que me dejó medio sordo, me pareció ver una línea recta y oscura sobre un amplio médano cercano. No comprendí la imagen y pensé que podía ser un palo o una serpiente, tal vez el bastón de un pastor, sobre la rojiza arena. Me acerqué lentamente esforzándome por interpretar el objeto. Recorrí lentamente la distancia que me separaba del objeto esperando que otro relámpago me permitiese verlo mejor. Titubeando me incliné sabiendo que no se trataba de una serpiente, percatándome que fuese lo que fuese, parecía ser de madera pero sus caras y lo que correspondía a aristas demostraba que no era un palo sino más bien una tabla. Esta madera debería haber estado cubierta por tela que se encontraba plegada por encima y que por su color idéntico no se distinguía de la arena circundante, habiendo sido volteada por el fuerte viento que la removió de su lugar.
Fui palpando el contorno de la madera que formaba un rectángulo cuya medida calculé en seis codos de largo por cuatro de ancho, que no podía ser otra cosa que una puerta camuflada, transformada exteriormente en un cantero cubierto por tierra arena y pastos largos, del mismo tipo que cubrían el terreno contiguo, de manera que era casi imposible descubrirlo accidentalmente. Excitado por el descubrimiento, sabía que no podía ser otra cosa que la entrada a un depósito subterráneo que contenía las armas robadas. También observé hacia uno de los lados menores de la puerta, un par de bisagras de cobre sobre las que giraría la misma al abrirse. No encontré ninguna forma de traba o sello para evitar su apertura por lo que pensé que existía la posibilidad que hubiese un guardia en su interior que custodiara el armamento. Busqué algún resquicio o alguna rendija por donde pudiera descubrir si había luz en el interior.
Sin previo aviso la puerta sonó y comenzó ha abrirse mientras yo me encontraba apoyado husmeando en su sistema de cierre. Sorprendido salté hacia atrás y casi desesperadamente corrí hasta el otro lado de los médanos para esconderme.
Si se habían dado cuenta de mi presencia tenía pocas posibilidades de escapar; sin embargo creía no haber hecho ningún ruido, pero tampoco podía estar seguro.
Al buscarme podrían encontrarme fácilmente teniendo en cuenta la constante luz que proporcionaban los relámpagos y la falta de un lugar en donde poder ocultarme.
Me tendí boca abajo sobre la arena entre los pastos largos que al menos disimularían parcialmente mi cuerpo y confiaba que, si no se habían percatado de la existencia de un intruso, permaneciendo inmóvil podría pasar inadvertido.
Apoyé la barbilla sobre las manos y permanecí expectante observando por entre el pastizal esperando para actuar si era necesario.
Dos hombres jóvenes como de mi edad surgieron del depósito subiendo por una escalera no sin antes dar un vistazo al terreno circundante. Se veían totalmente relajados y por la actitud que mostraban, podía estar tranquilo pues al parecer solo habían salido a tomar el fresco aire nocturno.
El tenue resplandor que provenía del depósito apenas me permitía ver a los sujetos en sus flancos iluminados. De a ratos se veían como espectrales figuras recortadas contra la luminosidad de la tormenta, permitiéndome distinguir mejor los detalles que me interesaban. Por sus edades debían ser soldados rasos y no oficiales. Ambos portaban la espada de un lado de la cintura y un puñal o daga del otro. Lo más destacado e importante como información, era sin lugar a dudas, que los dos llevaban el faldellín liso y el chaleco de lino amarillo que caracterizaba a los miembros de la policía Medyau. Esto no podía ser casual y seguramente habría jefes de la policía de Waset implicados en el asunto. Si ha esto se le sumaba la participación de altos oficiales e incluso escribas del ejército la proporción que tomaba el tema rebasaba cualquier posibilidad con que hubiese especulado. Todos los indicios llevaban a la conclusión de que se trataba de algo mucho más grave que el simple contrabando y venta de armas, pero ¿qué era?, ¿Quién estaba a la cabeza de todo esto?. Todo estaba tan bien organizado que debía haber algún gran personaje relacionado. Nada se hallaba librado al azar. ¡Por los cuernos de Amón! Tenía que haber otro motivo para tamaña operación. Presentía que nos estábamos acercando a la verdad. Al mismo tiempo tenía una preocupante sensación de que había algo que estaba pasando delante de mis narices y no podía verlo. Sospechar algo malo es peor que conocer la verdad pues cuando la conoces, buscas los medios para combatirlo, pero como en aquel momento la incertidumbre me devoraba por dentro. No debía pasar más tiempo sin que Tutmés lo supiera para que desbaratara esta organización delictiva.
La lluvia fresca sobre mi cuerpo me sacó de mis cavilaciones. El viento y el agua se hacían más intensas y los dos guardias medyau decidieron retornar al escondrijo. Era el momento adecuado para salir de allí y no lo desaproveché. Me arrastré sobre la arena húmeda entre los pastos hasta que estuve seguro que no volverían a salir. Cuando estaba a unos cien codos del lugar me erguí y comencé a caminar raudamente hacia el caserío, aguzando la visión para no tropezar en la oscuridad.
Las preguntas daban vueltas en mi mente obsesionándome sin encontrar las respuestas. Me tranquilicé pensando que todas serían respondidas cuando al regresar, Tutmés se ocupara del asunto.
Llegué a la ciudad y me dirigí directamente a la casa de Maya. Crucé a dos miembros de la Patrulla medyau que recorrían como siempre la ciudad. No había en ellos nada distinto que hiciese pensar que eran diferentes a los guardias que había visto cuidar el orden y la calma en las calles de Waset durante todos esos años desde mi llegada a la ciudad. Sin embargo ahora los veía de manera diferente. Creía que eran corruptos y criminales de la peor calaña, y aunque no todos lo fueran debía cuidarme de ellos pues no sabía quienes eran delincuentes y quienes no.
Llegué a la casa de Maya y le conté todo lo que había descubierto. El muchacho quedó atónito.
---- ¿Qué haremos ahora?.---- preguntó Maya.
---- Debemos esperar hasta mañana para ver que puede averiguar el hermano político de Wadj acerca de quién dio la orden de traslado de Herkhuf y así acercarnos a los cabecillas de todo esto.---- respondí.---- Me había olvidado de preguntarte si desapareció más armamento del arsenal en estos días.---- inquirí.
---- No. Hubo un solo secuestro por parte de las patrullas y las armas aún siguen en el depósito. Estoy seguro que ésta semana no ha desaparecido ni un puñal del arsenal. ¿Habrán detenido la sustracción a causa de nuestra investigación?.---- preguntó Maya.
---- No lo creo, Maya. Piensa que si supiesen de nosotros ya habrían intentado eliminarnos. Debe haber otro motivo o bien volverán a hacerlo los próximos días.---- respondí.---- O quizás, ¿tendrían el número que esperaban reunir?. Pensé. Se me ocurrió preguntar algo que un instante después me pareció completamente inútil.---- ¿Cuántos hombres dirías tú, se podrían equipar con la cantidad de armas robadas?.---- dije.
---- Con seguridad menos de cien.---- respondió Maya con seguridad.
Era un número muy pequeño para pensar en que alguien trataba de formar un ejército.
---- ¿Crees que Shishak, el comandante medyau esté en el medio de todo esto?.---- preguntó pensativo.
---- Me jugaría la cabeza que lo está. Pero cómo no se me ocurrió; con las autoridades fuera de la capital deben sentirse a sus anchas. Tratemos de ubicarlo y veamos qué actividades lo tienen ocupado.---- dije.
Cenamos en compañía de la madre de Maya, siendo ya entrada la madrugada. Mientras conversábamos, el más pequeño de sus hermanos se levantó de su cama lloriqueando y preguntando cuando volvería su padre. Se hizo un silencio triste, vacío de respuestas. El niño con los ojos enrojecidos y húmedos de llanto, fue llevado en brazos de su madre que a su vez luchaba por contener sus lágrimas, hasta su lecho para ser arrullado por su dulce voz, tratando de dar consuelo con mimos y caricias, para compensar la ausencia de un padre que no regresaría.
---- Yo lo extraño mucho, pero los niños le necesitan mucho más que yo. Ellos son demasiado pequeños para comprender de traiciones y maldades. Solo quieren que su padre vuelva a su lado para jugar con él y disfrutar de los cuentos que les narraba.---- expresó Maya sin poder evitar que unas lágrimas recorrieran sus mejillas.
---- Te prometo que haré todo lo que esté a mi alcance para que los culpables de la desaparición de tu padre lo paguen con sus propias vidas.---- dije.
Permanecimos un momento más con ella y luego nos despedimos de ella antes de partir hacia el cuartel de la policía medyau. Era una mujer tranquila y valiente, pero se la veía abatida por la desaparición de su esposo.
---- Cuídate Maya, no quiero perderte a ti también.---- dijo abrazándose a él en un llanto apenas contenido.
---- No te preocupes madre. No nos arriesgaremos innecesariamente.---- le dijo tratando de tranquilizarla.---- Adiós y no me esperes despierta.---- dijo besando su frente.
Al llegar a la ciudad interior se hacía evidente la cercanía de la gran fiesta de Amón y la ascensión al trono por parte de Tutmés. Los edificios oficiales estaban siendo refaccionados, pintados y ornamentados con estatuaria, relieves y pinturas murales, para celebrar el doble acontecimiento de la fiesta de la máxima deidad del panteón de Kemet y la coronación del heredero al trono, con la suma de poderes conferidas por el propio Amón por su oráculo veintidós años atrás. Centenares de albañiles, escultores, pintores, ayudantes, aprendices, siervos y esclavos, participaban de un vertiginoso ritmo de trabajo a la luz de grandes antorchas y lámparas, en la madrugada sin luna y bajo un océano de estrellas, luego de disipada la tormenta. Como si fuera pleno día, ese ejército bullicioso del que formaba parte mi propio padre, luchaba contra el tiempo para completar los trabajos que embellecerían la ciudad palacial en vistas del notable evento que se adivinaba en todos los ámbitos de la metrópoli, que comenzaba a preparar a sus músicos, bailarinas, cantantes, para la gran festividad. El mercado transformado en un enjambre de proporciones descomunales había sido ampliado para albergar la multitud de mercaderes y delegaciones de países y naciones de los cuatro puntos cardinales, cuyos representantes llegaban para rendir honor al futuro soberano, trayendo presentes desde los más lejanos reinos del planeta. Todo este movimiento de trabajadores, nos ayudaría a pasar inadvertidos ante los policías medyau, que como simples observadores presenciaban el ir y venir del gentío en los preparativos para la celebración, época en que se relajaba mucho el celo en la vigilancia durante el patrullaje nocturno, limitándose solamente a mantener el orden bastante alterado por la actividad reinante.
Llegamos hasta un edificio vecino que se hallaba justo frente a la jefatura de la policía y robando un par de herramientas de tantas que se hallaban dentro de una caja utilizadas por un grupo de obreros que laboraban sobre una fachada contigua, tomamos una escalera y subimos a la terraza del mismo para, ocultos por los tabiques que remataban la parte alta de la techumbre, observar los movimientos de los guardias medyau y si se encontraba allí, seguir la actividad de Shishak.
Permanecimos mucho tiempo en el lugar y varias veces estuve a punto de dormirme, pero lograba despertarme nuevamente, dándome estímulos, pensando que estaba cerca de la verdad. Vimos muchos guardias medyau entrar y salir en sus rondas habituales por la ciudad pero no divisé a Shishak que se encontraría descansando a esas horas de la noche. A medida que transcurría la madrugada fue disminuyendo la actividad en las calles, pues los trabajadores debían descansar algunas horas antes de retomar sus respectivas ocupaciones, haciéndose más silencioso el tránsito de peatones por la urbe.
Agotado no pude resistir el sueño y quedé dormido por poco tiempo pero lo suficiente para recuperar algo de energía. Lamentablemente existía la posibilidad de haberme perdido algún hecho importante, aunque todo se veía igual que en el momento en que me dormí.
Faltando poco para que amaneciera y con gran parte de la población de nuevo atareada en sus respectivos quehaceres, me pareció conveniente abandonar el sitio antes que la luz del día hiciese sospechosa nuestra permanencia en el lugar. Deberíamos descender a través del fondo de una panadería cercana que se comunicaba por los techos con el edificio en el que nos hallábamos.
Mientras despertaba a Maya que se encontraba totalmente dormido, los vi llegar. Eran tres policías medyau y estuve completamente seguro de que uno de ellos estaba en el escondrijo del desierto. Llegaban a la jefatura probablemente luego de cumplir sus respectivas guardias.
---- ¡Maya, despierta!. ¡Ese es uno de los hombres que vi en el escondrijo del desierto!.---- dije excitado.---- Bajaré por la panadería hacia la calle. Intentaré descubrir con quién se reporta luego de pasar la noche en la guarida del desierto. Tal vez pueda descubrir algo más.---- comenté.
---- Y yo, ¿qué haré?.---- preguntó Maya.
---- Retorna a tu trabajo como cada mañana y no llames la atención. Creo que estamos cerca de descubrir de qué se trata todo esto.---- dije mientras me descolgaba hacia el fondo de la panadería sin dejar que me vieran los panaderos.
Al ser descubierto por los hombres que cargaban sacos de grano para llevar a moler dentro de la panadería simulé que me hallaba ebrio como si hubiese pasado la noche durmiendo mi borrachera en el depósito de trigo. Me sacaron a empujones y aproveché el mal trato de su parte, negándome a salir e incluso retándolos a pelear, creando una disputa para distraerlos mientras Maya descendía a su vez del techo, alejándose sin ser visto por una salida lateral.
Cuando estuve seguro de que Maya había salido sin problemas, me di media vuelta y salí de la panadería cantando con voz estridente y desentonada, dejando desconcertados a los obreros que al ver que me alejaba, simplemente me ignoraron para continuar con sus actividades, entendiendo que no tenía sentido pelear con un borracho.
La actuación como borracho me dio la idea de acercarme hasta la jefatura continuando con la simulación. Haciendo más curvas que una culebra me aproximé tambaleante a la entrada de la jefatura para ingresar en ella cuando me frenaron los medyau que se hallaban a ambos lados de la puerta custodiándola.
---- ¿Adónde crees que vas?.---- me dijo el más alto de los dos custodios, poniéndome una mano sobre el pecho.
---- Vengo a saludar, al ... al comandante.---- respondí con actitud vacilante. Mientras tanto alcancé ha ver a través del ventanal que daba a la calle, a Shishak, en su despacho conversando con los medyau que cuidaban el escondite con las armas. Al parecer se encontraba dictando a su secretario escriba sentado a su derecha, algún tipo de escrito sobre un papiro que luego enrolló, para finalmente atarlo y lacrarlo, entregándoselo a uno de ellos.
---- Estás borracho y sucio. Aléjate antes de que me hagas perder la paciencia.---- me amenazó.
---- Solo ... solo quiero saludar al comandante.---- dije tartamudeando.
---- Vete o te sacaré a patadas de aquí.---- me dijo el otro burlándose de mí.
---- Está bien ..., no quiero pelear con los oficiales del orden, pero otro día volveré para saludar al comandante.---- respondí despertando carcajadas en ambos guardias.
Me alejé de allí unos cuántos pasos para esperar a ver qué ocurría con aquellos hombres que recibieron el papiro.
La espera no fue en vano ya que uno de ellos salió portando el rollo, tras lo cual, lo seguí para averiguar a quién llevaba el papiro. Tal vez me llevara a conocer a otro de los personajes de esta red delictiva, de esta telaraña que ya había cobrado su primera víctima y en la que no debíamos caer, pues seríamos presa fácil.
Cuando se acercó al ámbito del Palacio presentí que no me había equivocado sobre el contenido del documento que llevaba el guardia. Debía contener alguna información, un mensaje tal vez, quizás solo estaba creando especulaciones en el aire, pero podría ser muy importante conocer al receptor del mismo, para atar cabos y aproximarnos más a los cabecillas de la organización.
Tuve que introducirme subrepticiamente a través de una de las entradas de servicio, pues los guardias no me hubiesen permitido el ingreso por el gran pórtico de la residencia faraónica como hicieron con el medyau mensajero. Perdí de vista al medyau por unos momentos, pero ingresando a los corredores de la administración lo vi a la distancia en la gran sala de escribas, conversando con un funcionario escriba, que yo conocía de vista, pero del cual desconocía el nombre y su cargo. Ataviado con finas vestiduras y ricas joyas armoniosamente combinadas, el joven burócrata llamaba la atención por su pulcritud y la suavidad de sus modales. Afeitada su cabeza como un sacerdote de Amón, poseía facciones delicadas, notablemente agraciadas, casi femeninamente bellas, sobre un cutis terso e imberbe, que muchas damas del harén hubiesen envidiado.
Siendo muy temprano, la gran sala de escribas se hallaba desocupada y a excepción del funcionario y el medyau que se habían sustraído de la creciente circulación de sirvientes que comenzaban a pulular por los corredores de palacio, solo se encontraban en ella un par de muchachas de la servidumbre terminando tareas de limpieza antes de la llegada de los funcionarios.
Seguro de que nadie me observaba, me introduje a gachas en el recinto por la puerta principal para, aproximándome lo más que pudiese entre mesas y taburetes, intentar escuchar lo que hablaban. Detrás de un armario de acacia, permanecí inmóvil y oculto, aguzando mi oído con la esperanza de obtener más información.
---- Ésta noche partirán con el cargamento hacia el norte en una nave mercante que los estará esperando en el atracadero viejo. Antes de la medianoche deben tener las armas y el resto del equipo embarcado para salir.
El capitán de la nave ya conoce el destino en dónde también les serán proporcionados caballos y carros para cumplir la misión.---- dijo el escriba.
---- ¿Cuándo se nos informará la ruta que tomará el cortejo?.---- preguntó el medyau.
---- Nuestro informante nos dará el itinerario exacto ésta tarde.---- respondió el burócrata.
---- Luego del asalto, ¿adónde debemos dejar el cargamento de oro?.---- preguntó el medyau.
---- Volverán al sitio de la costa en donde se halla el navío y desde allí les guiarán hasta un lugar, ya previsto en las afueras de la ciudad de Gebtu, donde ocultarán el cargamento de oro.---- respondió con su aflautada voz el escriba.
---- ¿Algo más que debamos saber?.---- preguntó el medyau antes de irse.
---- No deben quedar supervivientes, y asegúrense de dejar en el lugar armas y elementos que evidencien sin lugar a dudas de que se trató de un ataque de una banda de asaltantes nómadas.---- respondió.
Se me hizo un nudo en la garganta de pensar que, fuesen quienes fuesen los miembros de aquel cortejo, serían masacrados para ocultar la infamia de tan vil ataque. Imaginé que podría tratarse de alguna misión diplomática llegada desde los territorios asiáticos trayendo presentes para ganarse el favor y la amistad del futuro faraón. Numerosas delegaciones extranjeras habían hecho llegar sus respetos a Tutmés en la proximidad de su coronación y me imaginaba que el oro del que hablaban los conspiradores podría representar cierta forma de tributo de algún monarca asiático esperando el apoyo del flamante soberano en quién sabe qué conflicto de aquellas tierras.
Esperé que el policía medyau se retirara, para salir de allí antes de que comenzaran a llegar los escribas que trabajaban en la gran sala, y sospecharan de mi presencia en el lugar.
Me urgía dar a conocer el terrible secreto al Príncipe para que se pudiera evitar la atroz carnicería que se proponían los delincuentes.
Pero Tutmés aún no regresaba. ¿Cuándo lo haría?. Para aquel momento quizá fuese demasiado tarde para las víctimas del planeado asalto.
Por otro lado me preguntaba, ¿cuánto oro podría llevar el cortejo, para que hombres encumbrados de la burocracia, el ejército y la policía medyau, se arriesgaran a un acto delictivo de tan grave talante?. Debería ser una enorme cantidad para que el reparto entre tantos implicados justificara los riesgos, ya que de ser descubiertos, todos los participantes en el hecho serían, sin lugar a dudas, condenados a muerte. Nuevamente las dudas y las sospechas volvían a rondar en mi mente como lobos hambrientos acorralando a su presa. ¿Podría existir algún motivo más allá del robo en sí mismo?. ¿Tendría quizás alguna relación con un posible atentado para complicar la posición de Kemet, en su ya comprometida situación contra los enemigos hurritas del reino de Naharín?. No, no puede ser. Mi mente está a la deriva azotada por los vientos de mi imaginación. Estoy complicando los hechos más allá de la realidad. Todo está muy claro y se trata de un gran robo solamente.---- me decía a mí mismo.
Tal vez debía informar a Shomu para que él enviase un mensajero que lo transmitiese al Príncipe. Ninguno de los demás miembros de la custodia que permanecían en Waset, era de mi entera confianza y habiendo compartido con Shomu la misión en Biblos y la campaña en Kush, creía que era el más indicado para conocer lo que estaba ocurriendo, en ausencia de mis amigos ya que Ykkur, Madakh, Amenemheb y Say se hallaban como custodios de Tutmés en la ciudad santa de Abedju.
Pero, ¿adónde se encontraría Shomu?. A los otros custodios los crucé en los pasillos de Palacio frecuentemente, sin embargo a él, no lo había visto durante los últimos días. ¿Se habría reunido con los que acompañaban a Tutmés?. Debía averiguar en dónde se encontraba pues si mi suposición era correcta tendría que idear otra manera de poner al tanto de la situación al Príncipe. Luego de alimentarme frugalmente en la cocina de Palacio, gracias a mi amiga Binnet que robó para mí una hogaza de pan y un poco de leche de cabra, acudí
a las habitaciones de Tutmés en donde encontraría a los custodios para conocer el paradero de Shomu.
---- Hola Kaú, estoy buscando a Shomu.---- comenté al custodio que se hallaba delante de la puerta.
---- Shomu aún no ha regresado de Abedju. Debería haber vuelto ayer así es que seguramente llegue hoy.---- respondió.
Sabiendo que no era conveniente que fuese al arsenal a ver a Maya para comentarle lo que había averiguado, tomé mis herramientas de carpintero y me dirigí a los aposentos de la señora Ahset en busca de información acerca del día de retorno de la comitiva Real con la que había viajado el alcalde de Waset, aliado de mi señor Tutmés. Khepermare, esposo de Ahset, formaba parte de la comitiva por lo que especulé que ella podía conocer la fecha prevista para su arribo. Mi intención era contar con la posibilidad de recurrir al alcalde de Waset ante la posibilidad de que Shomu no regresara tampoco aquel día, ya que se acababa el tiempo para tomar medidas que neutralizaran el asalto que se proponían los confabulados.
Al llamar a su puerta me recibió una de sus esclavas nehesi.
---- Necesito hablar con la señora Ahset.---- dije.
Sin decir palabra se dirigió hacia el interior de la habitación en donde se hallaba su ama.
Luego de unos momentos apareció Ahset con su cara bellamente maquillada de blanco, con sus sensuales labios pintados de púrpura y sus ojos delineados en verde oscuro, enmarcadas sus facciones por los bucles de sus sedosos y brillantes cabellos.
---- ¿Crees que puedes venir cuando se te dé la gana?.---- me dijo notablemente ofuscada. Por supuesto se hallaba enfadada porque me esperaba la noche anterior y yo, ocupado en la investigación, había faltado a la sita. ---- ¿Quién te crees que eres?.---- dijo casi gritando, mientras nos encontrábamos en la entrada de sus aposentos y expuestos a ser escuchados por las mujeres del harén, guardias y siervos, siempre bien dispuestos al chisme y a las intrigas, situaciones por las que no podía arriesgarme a pasar, sobre todo en aquel momento.
---- ¡Solo eres un siervo inútil y ...!.---- antes que pudiera decir algo más, la atraje hacia mí y la besé acallando sus recriminaciones. Trató de zafarse e incluso intentó golpearme con su mano derecha. Tomé su mano asiéndola fuertemente y temiendo que fuese a gritar en el estado de histeria en que se encontraba, supe que solo había una manera de calmarla. La bofetada que le di, resonó en la habitación y la hizo enmudecer. Las esclavas desaparecieron temiendo que su ama estallase como un volcán en erupción. Completamente sorprendida llegó a balbucear en voz baja.
---- ¿Cómo te atreves...?.---- dijo. Con un suave movimiento de mi mano aparté los mechones de su pelo desordenados por el golpe y descaradamente volví a besarla sin decir palabra. Sabía que era una mujer que había que tratar con mucha firmeza para poder dominarla. Me abrazó y nos besamos con ardor, terminando en su lecho, ávidos de sexo, sedientos de pasión, excitados como cada vez que nuestros cuerpos se aproximaban el uno al otro, en una avasalladora e irrefrenable atracción mutua.
Luego de hacer el amor, permanecimos recostados un corto tiempo entre arrumacos, conversando de cosas triviales.
Mientras Ahset peinaba su cabello frente al pulido espejo de bronce, aproveché para preguntarle acerca del retorno de su esposo con los miembros de la corte.
---- ¿Cuándo regresa Khepermare con la corte?.---- pregunté.
---- Es difícil saberlo con certeza pero deberían hacerlo entre hoy y mañana.---- dijo en tanto retocaba los largos bucles que caían laxamente sobre sus pechos desnudos.
¡Qué hermosa era y cuán difícil resultaba estar a su lado!. A veces me sentía enamorado de su belleza sin par, de su contradictoria femineidad, de sus sofisticados gustos, de su complicado y voluble carácter, como un brebaje de vino y mandrágora, que resultaba tan embriagante y delicioso, como adictivo y peligroso. ¡Si solo fuese posible permanecer así como me encontraba ahora, relajado, extasiándome con su hermosura y presto para satisfacerla en su cama!. Pero deja de soñar Shed.---- me decía a mí mismo.---- Ahset se cansará de ti antes de que una nueva inundación vuelva a posar su fértil limo sobre la tierra de Kemet.
Y aunque no fuese así, ¿qué posibilidad tendrías de mantener una relación secreta con la esposa de uno de los personajes más sobresalientes de la burocracia del país?. Tarde o temprano, alguien nos delataría y terminaríamos condenados a morir por adulterio.
De pronto, el llamado a su puerta me sobresaltó, sacándome de mis delirantes especulaciones.
---- ¡Shed vístete pronto y simula estar trabajando!.---- dijo arrojándome el shendyt que aún yacía en el suelo.---- ¡No abras la puerta todavía!.---- ordenó a una de las esclavas negras.
Salté de la cama para colocarme el faldellín, tras lo cual recompuse mi cabellera con las manos.
Ahset hizo una seña a la joven nehesi para que abriese la puerta mientras terminaba de acomodarse túnica.
---- Informa a vuestra ama que traigo un mensaje de su esposo.---- dijo el hombre cuya voz creí conocer. Me encontraba en la habitación contigua de manera que no podía ver al sujeto, pero su tono y modos me recordaron vivamente al funcionario con el que hablaba el policía medyau aquella misma mañana en la sala de escribas.
Mientras Ahset conversaba con él, miré por la abertura que quedaba entre las cortinas de la puerta que separaba las habitaciones. Era él, no había dudas. ¿Qué relación tendría con Khepermare?. ¿Estaría Khepermare mezclado en el asalto que se planeaba?. Me resultaba difícil de creer. Él era un hombre rico, miembro de la familia Real, sin ambiciones políticas y con poder militar nulo. No, no podía estar implicado.
---- ¿Quién es?.---- pregunté, luego de que se hubo marchado el funcionario.
---- Su nombre es Tenen, y es el secretario de mi esposo.---- respondió Ahset.---- No debe verte salir de aquí. Espera hasta que halla abandonado el corredor.---- dijo ella observando los movimientos del escriba por los pasillos del Harén.
---- ¿Qué te dijo?.---- pregunté interesado.
---- Khepermare llega esta tarde junto con el resto de la Corte.---- respondió.---- Pueden arribar en cualquier instante. No podremos vernos mientras él esté en Waset.---- concluyó.
Con mi mente de regreso a la cruda realidad, no había prestado atención a las últimas palabras de Ahset que, lamentaba que no pudiésemos seguir viéndonos por el momento.
Sumido en mis pensamientos y concentrado nuevamente en el asalto a aquel desconocido cortejo, pensé que quizá el propio Tutmés y su custodia estarían de regreso para poder informarle de los acontecimientos, o por lo menos Shomu o el gobernador de Waset. Todo saldría bien,---- me decía a mí mismo.---- y podríamos desenmascarar a los delincuentes.
---- ¿Ya puedo salir?.---- pregunté ansioso.
---- Sí.---- dijo Ahset besándome tiernamente en los labios.
---- Hasta pronto.---- respondí.
Para aquel momento del día calculé que era posible que encontrara a Wadj antes de que volviera a salir de patrulla con su grupo. Si bien no era conveniente que nos viesen juntos, el tiempo que nos restaba era vital para completar las informaciones que teníamos antes de comunicarlas a Tutmés. Tomé aquel riesgo convencido de que valía la pena confirmar la identidad del escriba que había firmado la orden de traslado de Herkhuf y seguramente del propio Yuf, jefe de escribas del Arsenal.
Cuando llegaba a las caballerizas alcancé ha ver a Wadj inspeccionando riendas y arneses de los carros, en el sofocante y opresivo calor de los establos, antes de la partida hacia el desierto oriental en un nuevo patrullaje de rutina. Estaba solo en ese sector mientras otros hombres de su grupo se encontraban fuera revisando el armamento y otros habían llevado a los caballos al abrevadero antes de salir.
Al atravesar la caballeriza descubrí desde lejos al" fantasma", mi potro, cuando era atendido por uno de los mozos de cuadra. Se veía magnífico con su pelo brillante y su porte característico.
Al aproximarme a él, Wadj me observó con desdén, al ignorar mi identidad.
---- Soy el amigo de Maya.---- le dije en voz baja, seguro de que nadie nos escuchaba. Me miró con desconfianza creyendo que podría tratarse de un engaño para hacerlo caer en una trampa.---- Sé que había acordado mantenerme incógnito, pero hoy, he conseguido ciertos datos que nos obligan a actuar con celeridad.---- dije para tranquilizarlo.---- ¿Has averiguado el nombre del funcionario que firmó el traslado de Herkhuf al Arsenal?.---- pregunté disipando el recelo de Wadj.
---- Así es, y casualmente, es él mismo quien refrenda el nombramiento de Yuf al frente de la administración del Arsenal.---- respondió.
---- Adivinaré de quién se trata.---- dije seguro que sería el secretario de Khepermare.---- Es Tenen, ¿verdad?.---- pregunté.
---- ¡Sí, es él!. ¿Cómo lo supiste?.---- preguntó con asombro.
---- Ésta tarde cuando nos veamos en el sitio acordado los pondré al tanto de lo que está ocurriendo aunque todavía quedan algunas cuestiones por esclarecer.---- respondí.
---- ¿En el papiro firmado por Tenen, menciona quién ordena el traslado?.---- pregunté.
---- No podemos conocer eso sin abrir el papiro y violar el sello que lo resguarda. Es demasiado riesgoso. Sabemos que fue Tenen el que escribió el documento porque está asentado en el listado de nombramientos.---- dijo resignado Wadj. ---- ¿Descubriste el motivo por el que roban armas de los nómadas?.---- preguntó excitado por la curiosidad.
---- Sí. Planean atacar un cortejo cuya procedencia desconozco, quizás se trate de una delegación acompañando a alguna princesa extranjera enviada como futura concubina del Faraón. Lleva cierto cargamento de oro, y piensan dejar como evidencia armas y posiblemente otros elementos, tal vez ropas, de los utilizados por las bandas de delincuentes del desierto, para responsabilizarlos del ataque.---- expliqué.
---- ¡Por los cuernos de Amón!.---- dijo estupefacto.---- ¿No es posible averiguar de qué cortejo se trata?.---- preguntó.
---- Ha llegado hasta hoy a Waset, al menos una docena de delegaciones acompañando a princesas en cortejo nupcial para unirse al Faraón.
Solo Amón sabrá cuantos más estarán en camino hacia la capital desde los más remotos rincones del mundo.
No tenemos medios para averiguar esa información, por ello espero con ansiedad la llegada de mi compañero Shomu, para contarle lo que pasa y que él se lo transmita al Príncipe. Si él no regresa, pensé en comunicárselo al gobernador que es aliado de Tutmés. Ni siquiera los delincuentes saben todavía la ruta que traerá al cortejo hasta la capital. Escuché decir a Tenen que hoy su informante les dará esos datos.
Dos mozos de cuadra se aproximaron trayendo los caballos que se alistarían para unirlos a los carros de la patrulla.
---- Será mejor que concluyamos nuestra conversación.---- advertí.---- Durante nuestro encuentro de la tarde les daré más detalles de lo que ocurre.---- dije despidiéndome de Wadj.
Las horas pasaban lentamente como si el tiempo viajara sobre el caparazón de una tortuga.
Permanecí en el taller de carpintería esperando el retorno de Shomu.
El ambiente festivo se respiraba en cada rincón de la ciudad, que se preparaba para la gran celebración, mientras que un ejército de sirvientes había invadido los edificios oficiales, los templos y santuarios, embelleciendo sus fachadas con todo tipo de ornamentos florales, banderas y estandartes conmemorativos. En palacio se veían las cuadrillas de esclavas nehesi, dirigidas por los secretarios del Chambelán, decorando primorosamente los ambientes de la residencia real en vistas al festival de Amón conjuntamente desarrollado con la coronación Tutmés III como nuevo Faraón.
Después de media tarde se escuchó el bullicioso ingreso de la comitiva real al frente de la cual llegaban Hatshepsut del brazo de Senmut, con un semblante de sospechosa tranquilidad, saludando a sus súbditos con desacostumbrada calidez y simpatía, difícil de creer en las circunstancias que atravesaba, que hacían inminente su entrega de la doble corona de Kemet a manos del hijastro al que durante tanto tiempo había mantenido al margen del poder, y al que se veía impelida ha ceder el cetro ante la insostenible situación de adversidad que tuvo que enfrentar luego del asesinato de Hapuseneb. Esperando encontrar a Shomu entre los recién llegados, salí a buscarlo.
Infructuosamente traté de localizarlo pero no daba con él en ninguno de los sectores de Palacio donde podría haber permanecido luego de su arribo. El resto de los custodios de Tutmés que se encontraban en la residencia, tampoco lo habían visto y pensé que quizás no hubiese regresado.
Me dirigí hacia la costa con la esperanza de que el capitán de la nave real, que había traído a la Reina y sus funcionarios a la capital, pudiese informarme algo acerca de Tutmés y el grupo de custodia.
El capitán Dagi, había sido reclutado por uno de los generales de Hatshepsut, sin conocer éste, la admiración que el joven oficial le tenía al Príncipe, luego de haber estrechado lazos de amistad durante la campaña de Kush, lo que lo hacía un aliado incondicional y hombre de confianza de Tutmés, inmerso en el propio seno de los adeptos de la Reina.
Dagi sabía de mis servicios a las órdenes de Tutmés, de manera que podía fiarme de él buscando información acerca de sí el Príncipe retornaría aquel día a Waset, en alguna de las naves de la flota.
Lo encontré efectivamente en el puerto, supervisando los trabajos de limpieza y mantenimiento que se llevaban a cabo en las embarcaciones recientemente atracadas.
---- Buenas tardes Capitán Dagi.---- lo saludé.
---- ¿Cómo estás Shed?.---- respondió amigablemente.
---- Le pido disculpas por venir a perturbarlo durante su trabajo, pero se trata de algo importante.---- expliqué.
---- No es molestia Shed. ¿Qué deseas?.---- preguntó con amabilidad.
---- Necesito saber con urgencia si el Príncipe volverá hoy a Waset. Hay un asunto muy delicado del que debo informarlo.---- dije.
---- El Príncipe se hallaba en la ciudad de Gebtu desde la que saldría ayer temprano hacia el Mar Oriental.---- expresó Dagi.
---- ¿Al Mar Oriental?.---- pregunté confundido.---- ¿Por qué razón viaja hacia allá faltando tan poco para la Fiesta de Amón? .----
---- Justamente por eso, Shed. El Príncipe va en busca del incienso y la mirra ceremonial que traerá hasta la capital, para honrar a Amón-Ra durante la festividad. ---- explicó el joven capitán.
---- ¿Y por qué no envía a otros, teniendo tantos preparativos que concretar en
vistas a su próxima coronación en Waset?.---- pregunté extrañado,
demostrando un gran desconocimiento sobre el tema.
---- No se trata de un simple trámite que solo implique una pérdida de tiempo, Shed.---- dijo sonriendo.---- El viaje, desde el más importante puerto del Mar Oriental trayendo el oro, la mirra y el incienso sagrados del país de Punt hacia Waset, forma parte de un antiguo ritual llevado a cabo por los herederos al trono, como futuros Faraones y sumo sacerdotes de todos los Dioses, ofreciéndose a sí mismos como servidores de Amón-Ra, el Oculto, en una unión mística entre la Divinidad Superior del país y el soberano, como representante de los Dioses ante el pueblo de Kemet.---- respondió diligente, iluminando mi ignorancia.
Quedé perplejo, y extrañado al mismo tiempo de no haber escuchado antes, acerca de aquel rito sagrado conferido a los herederos a la doble corona.
---- Tal vez lo hayas conocido por el nombre de "El cortejo de Jonsu". ---- respondió Dagi tratando de aclarar mis recuerdos.
---- Sí por supuesto. He escuchado de él pero no conocía en qué consistía.---- respondí, limitándome a pensar que Tutmés no estaría de regreso para comunicarle los hechos que se venían sucediendo durante su ausencia.
Me siento tan estúpido cada vez que recuerdo estas circunstancias, que me resulta vergonzoso tener que contarlas, pero no importa lo mal que pueda sentirme, ya son parte del pasado y como tal, inmodificables.
Aún no puedo comprender por qué no advertí en aquel mismo instante lo que estaba ocurriendo, teniendo ante mis narices los últimos datos que me faltaban para solucionar el fatal acertijo que encerraba el robo de las armas. Como dicen en mi país, "mientras los ladrones se llevaban la vaca alzada, no viendo a los ladrones, creí que la vaca volaba."
---- ¿No sabe si Shomu viajó con el grupo de custodia a Gebtu?.---- pregunté, encasillado en mi plan de informar al Príncipe a través del custodio.
---- Supe que había enfermado mientras se hallaba en Abedju, de manera que el Príncipe prefirió no llevarlo en la custodia, pero hoy lo vi regresar a Waset en el navío que traía a los dignatarios de la corte.---- respondió.
---- Le agradezco su ayuda capitán.---- Dije respetuosamente al oficial que retornó a sus tareas.
Alejándome con prisa del puerto hacia el Palacio, pensé que podría haberme cruzado con Shomu, saliendo del ámbito de la residencia cuando él llegaba al mismo por otro lugar, de manera que me decidí a buscarlo de manera urgente.
Al regresar caminando a través de las calles de Waset, la purpúrea luz del atardecer sobre las blancas fachadas de los edificios oficiales, reflejaba destellos dorados tan brillantes que me obligaron a apartar la vista de ellos. Cómo si el propio Amón-Ra con su eterno fulgor y divina claridad, hubiese estado tratando de iluminar mis pensamientos en tinieblas, me asaltó la dorada visión del "Oro sagrado" que traería "El cortejo de Jonsu" hacia la capital. Con un temblor que recorrió mi cuerpo, convirtiendo en realidad el mal presagio que había amenazado mis pensamientos durante la última semana, la dramática coincidencia entre las palabras mencionadas por los confabulados aquella misma mañana y el viaje ritual del "Cortejo de Jonsu" transportando oro como ofrenda a Amón-Ra, despertó mis sentidos aletargados, abofeteando mi mente dormida como por un hechizo mágico, estremeciéndome físicamente hasta el punto de quedar inmóvil, paralizado de pánico al comprender la magnitud de la tragedia que se cernía sobre nuestras vidas, si el maléfico plan que se gestaba entre las sombras de la traición llegaba a tener éxito.
Desesperado, con el pecho oprimido por un insoportable sentimiento de angustia, corrí por las calles de la ciudad como un potro desbocado, con mi piel cubierta de sudor, como si un río intentara brotar por mis poros, impulsado por los violentos bombeos de un corazón a punto de estallar.
A pesar de participar en cruentos combates y de haber estado al filo de la muerte en reiteradas oportunidades, jamás hasta aquel momento, había experimentado tal sentimiento de desolación y temor ante un peligro que amenazaba todos y cada uno de los anhelos y esperanzas de futuro, que alentaban el sentido de mi propia existencia. Era peor ver derrumbarse todos los sueños que albergaba mi espíritu que morir bajo el filo de una espada.
Llegué jadeante y exhausto al Palacio, encontrando en los jardines a Shomu que se hallaba observando el trabajo de la muchedumbre de esclavos en la ornamentación de los jardines. Lo saqué de allí del brazo para llevarlo hasta un lugar menos transitado, en donde conversar con mayor tranquilidad y privacidad.
---- ¿Qué te ocurre Shed?.---- preguntó extrañado.
Traté de recuperar el aliento para hablar con claridad, pero estaba tan agitado que apenas podía pronunciar palabra.
---- Tratarán de ---- volví a tomar aire intentando calmarme.---- Tenderán una trampa a Tutmés ---- no pude terminar la frase. A mi espalda, escuché que alguien saludaba con inusual simpatía a Shomu quien había cambiado repentinamente su expresión cuando mencioné la conspiración contra el Príncipe. Al girar para ver de quién era, descubrí para mi pesar, que no me había equivocado, que la conocida voz era del propio Tenen, el secretario de Khepermare implicado en el robo de las armas con que asesinarían a Tutmés y a mis amigos de la custodia.
Al ver al afeminado escriba de cerca, recordé de pronto aquellas ocasiones en que había visto a Shomu acompañado por una misteriosa dama en situación sospechosa, y de la que por respeto a su intimidad no había intentado conocer la identidad. Aquella dama era en realidad Tenen, con su calva cubierta por una peluca rizada que me hizo creer equívocamente que se trataba de una mujer. Como si faltase algo para confirmar la traición de Shomu, los cabellos de mi nuca se erizaron al advertir que el escriba llevaba al cuello el símil del amuleto que por accidente yo había encontrado entre sus pertenencias, buscando un perfume de Ykkur para mi primer encuentro con Ahset.
Era lo que restaba para terminar de cerrar el círculo y comprender el modo en que los confabulados obtenían información que solo los allegados de confianza de Tutmés conocían. El informante era por supuesto Shomu, que había simulado una afección para no acompañar al Príncipe y volver a Waset para informar a Tenen sobre la ruta que tomaría el cortejo de manera que pudiesen elegir el lugar de la emboscada. No necesitaba más datos para saber que habiendo descubierto a los conspiradores, yo también me hallaba en peligro.
Antes que Shomu pudiese reaccionar, le apliqué un durísimo puñetazo en pleno abdomen con todas mis fuerzas y cuando se encogió de dolor lo pateé en los testículos, cayendo al suelo sin posibilidades de enfrentarme.
Tenen gritó horrorizado llamando a los guardias de Palacio al verme abalanzarme sobre él, después de golpear a su amante, pero antes de que pudiese huir le di una trompada en la cara rompiéndole la nariz, que crujió como una cáscara de huevo, bañando su boca y su barbilla con un chorro de sangre. Sentía tanto odio en ese momento, que de haber tenido un arma, los hubiese matado a los dos, pero no tenía tiempo para venganzas con los guardias alertados y siguiendo mis pasos.
CAPITULO 16
"El cortejo de Jonsu, una trampa mortal."
Todo parecía derrumbarse a mí alrededor y de ahora en más, para empeorar las cosas, era un delincuente buscado. Con la mente despierta como antes de entrar en batalla, escapé por los jardines de Palacio ante la atónita mirada de la muchedumbre de trabajadores que ornamentaban la residencia, entre las que vi a la propia Tausert, sin comprender lo que ocurría.
Entorpecidos por el gentío, los guardias que me seguían de cerca perdieron mi rastro cuando gané la calle y me escabullí hacia los edificios próximos evadiendo a los demás guardias que fueron a bloquear las demás salidas de la residencia. Disimulando mi agitación caminé por las avenidas de la capital intentando no llamarla atención, mientras trataba de organizar mis pensamientos, analizando opciones y ordenando prioridades. Shomu sabía quién era mi padre y a través de él podría tomar represalias sobre mi familia, de manera que antes que nada debía ponerlos a salvo.
Faltando poco para el ocaso, pensé que sería buena idea volver a casa, poner al tanto de la situación a mi padre, que ya estaría de regreso del trabajo, y ayudarlos a salir de nuestro hogar antes de que pudiesen presentarse policías enviados por Shishak, ya en conocimiento de mi huida y del riesgo de que yo representaba sabiendo de la conspiración.
Luego de dejar en sitio seguro a mi familia entre las colinas occidentales, me dirigí hacia el lugar de encuentro con Wadj y Maya con la esperanza de que aún estuvieran esperándome a pesar de mi retraso ya que llegaría muy retrasado.
Para mi tranquilidad se encontraban allí aguardando ansiosos mi llegada y preocupados al conocer el incidente suscitado en palacio.
---- ¡Shed, bendito sea Hor!. ¡Creíamos que te habían atrapado!.---- dijo Maya aliviado.
---- ¡Supimos que te buscan policías y soldados por herir a un funcionario de alto nivel y a un guardia de Tutmés!.---- dijo Wadj.---- ¿Qué está pasando?.
---- La situación es mucho más grave de lo que pensábamos. El cortejo al que atacarán es el de Jonsu, encabezado por Tutmés, que trae hacia Waset, el oro, la mirra y el incienso sagrados como ofrenda a Amón para la festividad del Dios.---- expliqué.
---- ¿Pero no deberíamos denunciar a los confabulados ante la reina?.---- dijo inocentemente Maya.
---- Maya, has escuchado sus palabras pero no comprendiste su significado.---- dijo Wadj con pesadumbre habiendo entendido lo que implicaban.
---- Así es Maya.---- El robo del oro y el resto de las ofrendas para Amón no son sino una manera de disimular el verdadero objetivo de la emboscada al cortejo de Jonsu.---- Maya nos miró desconcertado.---- El motivo de toda esa farsa es asesinar a Tutmés, y ¿quién se vería más beneficiada con ello que la propia Hatshepsut?.---- dije.---- Piensa que la Reina siempre odió a su hijastro, que nunca tuvo intención de cederle la doble corona viéndose obligada a hacerlo, que Tutmés no le permitirá ejercer ningún cargo luego de su entronización, condenándola a ser una dama más del Harén y como si todo esto fuera poco, le prohibirá ser sepultada a su muerte con las dignidades de Faraón.---- concluí. ---- ¡Por los cuernos de Amón!.---- dijo Maya desencajado.---- ¡Debe existir una manera de evitar que la Reina logre su propósito.----
---- Eso es lo que intentaré, Maya. No veo otra manera que intentar llegar a Tutmés antes de que sea emboscado. Mi única esperanza era poder comunicarle al gobernador las intenciones de Hatshepsut, pero la ciudad debe estar convertida en un hervidero de guardias y soldados buscándome.---- dije dirigiéndome a Wadj.---- Sería arriesgado que intentes llegar al gobernador para explicarle lo que está ocurriendo, sin embargo no veo otra manera de encontrar el apoyo de alguien en quién confiar, que nos pueda ayudar en esta grave situación.---- expresé.
---- ¿Qué piensas hacer Shed?.---- preguntó Wadj preocupado.
---- Sacaré a escondidas mi potro de los establos del ejército y trataré de llegar al cortejo antes de que los ataquen.---- respondí.
---- ¿Conoces la ruta del cortejo?.---- preguntó Maya.
---- Cuando me despida de ustedes, iré a ver al capitán Dagi. Es probable que conozca la ruta elegida por el Príncipe.---- respondí.
---- El camino de la costa es muy accidentado Shed. Tendrás que cabalgar toda la noche para tener posibilidades de prevenir el ataque.---- dijo Wadj.
---- Lo sé. Confío en que mis fuerzas no me abandonen, a pesar de no haber dormido la noche pasada.---- dije.---- Antes de irme debo pedirles un gran favor referido a mis padres. Se encuentran en las colinas cerca de aquí en "la gruta de las ánimas". Los llevé allí sabiendo que no existía peligro de que los encontraran. Les ruego que protejan a mi familia y la cobijen en vuestros hogares.---- solicité a mis amigos.
---- No te preocupes por ellos, los mantendremos a salvo.---- aseguró Wadj.
---- El esplendor de la Diosa Ioh iluminará tu camino.---- dijo Maya indicando el horizonte oriental, en donde comenzaba a asomar su blanco perfil el disco lunar, cual gigantesco huevo cósmico. Mientras regresaba a la aldea de los artesanos y pensando en los hechos que se sucedían, recordé la pesadilla que tuve durante mi viaje a Kush, que retrospectivamente reconocí como una visión premonitoria de los acontecimientos que vivía en ese preciso momento.
En aquel sueño yo representaba al propio Tutmés a punto de ser sacrificado por los secuaces de Hatshepsut en el desierto. Ahora entiendo el significado de las plumas de halcón reemplazando la blanca túnica ceremonial. Hor, el Dios halcón hijo de Asar amo del mundo de ultratumba, es víctima del ataque de Sutej representado en este caso por la soberana, buscando eliminarlo en la lucha por el trono de Kemet.
Regresé a casa y saqué un viejo lienzo que tenía mi madre pensando en hacerme pasar por leproso para que nadie pudiera reconocerme. Bajé hasta la costa y unté mi rostro y cara con fango en descomposición cuyo hedor era francamente nauseabundo pero ayudaría a que nadie intentara acercarse a mí. El verdoso musgo putrefacto, semejaba heridas purulentas que disimulaban aún más mis facciones y harían más repulsivo mi aspecto.
Cubierto con el lienzo y ocultando mis supuestas lesiones de lepra, abordé una barca para cruzar a la orilla oriental, observando con satisfacción el éxito de mi disfraz, con el resto de los pasajeros de la barca amontonados en el extremo opuesto en el que yo me encontraba atemorizados por el temor al contagio. Incluso uno de los vecinos de mis padres viajaba en la barca y jamás dio muestras de reconocerme.
Confiado en que no sería descubierta mi identidad fui en busca de Dagi que se encontraba como de costumbre con otros oficiales de la flota descansando y bebiendo cerveza luego del retorno a la capital.
Me aproximé renqueando hasta la entrada del comedor en donde los soldados que montaban guardia me observaron con total repugnancia.
---- ¡Alto ahí!. ¿Qué quieres mendigo?.---- dijo uno de ellos.
---- Os ruego me permitáis hablar con el capitán Dagi. Decidle que lo busca el hermano menor de Ykkur.---- dije suplicante.
Sin ánimo para sacarme a patadas de allí y apiadándose de mi condición, el guardia ingresó hasta el sitio en que se encontraba el capitán a quién le comunicó mi mensaje. Yo esperaba que Dagi recordara que durante la campaña de Kush, cuando nos conocimos, me llamaban el "Hermano menor", como broma, haciendo referencia a que era el más joven e inexperto del grupo. Luego de unos instantes Dagi apareció en la puerta del comedor mirándome con curiosidad.
---- Ven conmigo.---- me dijo al reconocerme.
Nos apartamos de allí para conversar en privado. Dagi se veía nervioso y no era para menos, teniendo en cuenta que la mitad de la soldadesca de Waset andaba buscándome.
---- ¡Shed qué está ocurriendo!. Dicen que casi matas a Shomu y atacaste a Tenen, el secretario de Khepermare. ¿Te has vuelto loco?. Todo policía de la ciudad te busca y tiene orden de matarte si te resistes a ser arrestado.---- dijo preocupado y desconfiando de mí.
En pocas palabras le conté el curso de los acontecimientos, la forma en que había descubierto la conspiración contra el Príncipe y el hecho de que Shomu era el traidor e informante de los confabulados.
Dagi quedó tan sorprendido como alarmado por mi relato, indicándome la ruta que tomaría el cortejo, deseándome éxito y disculpándose por no poder ayudarme más para evitar que asesinaran a Tutmés.
Para la medianoche me encontraba en los establos del ejército, sacando al "fantasma" de las caballerizas, muy precariamente custodiadas, facilitando mi acceso por el fondo mientras los guardias de custodia se encontraban a la entrada del predio, a más de cuatrocientos codos del sitio donde guardaban a mi potro. Cavando con mis manos el suelo por debajo del entablado que formaba la pared posterior de los establos, pude en poco tiempo sacar suficiente arena haciendo un poso lo bastante profundo como para, arrastrándome, penetrar en el interior de la caballeriza cerrada por dentro. Los animales se inquietaron un poco pero no pasó a mayores y quitando la traba del portón, saqué rápidamente mi caballo, lo ensillé y salí de allí silenciosamente a la seguridad del desierto cercano, rumbo al norte.
El ojo del cielo, como también denominamos a la Luna, acompañaba mi travesía nocturna mientras recorría el accidentado y yermo, aunque no carente de belleza, paisaje del desierto oriental. El mar de dunas sutilmente esculpido por el viento norte, presentaba un espectáculo sin igual bajo el pálido resplandor de Ioh, que mostraba una áurea iridiscente a su alrededor, entre las vaporosas nubes que la secundaban en su periplo celeste.
El agreste relieve resultaba ciertamente muy peligroso y retrasaba mi progreso en el terreno, robándome un valioso tiempo a causa de las precauciones que debía tomar, ya que un movimiento en falso en la penumbra, podría hacer fracasar la misión. Tuve que sortear los obstáculos que en cada sector del recorrido se presentaban; barrancos, médanos, hondonadas, pendientes rocosas y arenosas se interponían constantemente en mi avance. Perdí un precioso tiempo cuando entré en uno de los centenares de torrentes secos del desierto y cuando llegué a su origen no tenía salida posible, debiendo desandar el camino para regresar a la ruta costera. Las ráfagas levantando cortinas de arena, entorpecían mi visión demorándonos también en el terreno llano.
Durante la madrugada, y a pesar de tener suficiente luz del alba para ver el camino, estuve a punto de caer por un risco, al atravesar un estrecho desfiladero que se elevaba al menos cien codos sobre el fondo del lecho rocoso.
Me vi obligado a detener la marcha en ciertos momentos para permitir que "El fantasma" descansara, pastara y bebiese agua, pues lo había sometido a un esfuerzo muy grande y un animal agotado no resistiría lo que aún nos quedaba por recorrer. Durante uno de los descansos, poco antes del amanecer, me tendí un momento sobre la arena, quedándome profundamente dormido, despertándome sobresaltado cuando los primeros rayos matinales refulgieron sobre el levante iluminando mi rostro. Monté nuevamente el potro y partí raudamente al encuentro de la ciudad de Gebtu, intentando recuperar el tiempo perdido.
Pasando frente a la ciudad del Dios Menu, que siempre despertaba en mi mente agradables recuerdos de mi adolescencia, desvié mi rumbo hacia el nordeste buscando el paso que utilizaría Tutmés para volver al valle del Hep-ur proveniente del mar oriental, portando el valioso cargamento de oro, incienso y mirra.
A media mañana el disco de Ra castigaba con su habitual intensidad, haciendo el ambiente sofocante y abrasador, obligándome a disminuir la velocidad del trote, sabiendo que no podría pasar por los pozos de agua del desierto seguramente custodiados por los confabulados, debiendo racionar el poco que llevaba en mi odre para mí y para el potro que lo necesitaría más que yo.
Sabiendo que los conspiradores me llevaban varias horas de ventaja, viajando por el río que no presentaba las dificultades que oponía la ruta terrestre, imploré a Amón-Ra que protegiera al Príncipe en vista de la improbabilidad de llegar a tiempo para advertirlo de la emboscada.
Habiendo pasado después de media tarde el sexto pozo en la ruta y sin encontrar señales del cortejo, pensé lo peor, imaginando que ya habrían sido atacados y asesinados, en el siguiente tramo del recorrido en el que la ruta transcurría a través de las colinas, encerrando el camino entre los adustos parietales rocosos, sin posibilidades de escapatoria hacia terreno abierto.
Me apeé del caballo y caminé durante horas, observando la geografía del lugar, prestando atención a cada sonido repetido y aumentado por el eco, al chocar contra los enormes muros de piedra.
En la oscuridad del ocaso aumentada por las sombras del propio sendero en la intimidad de las colinas, escuché un rumor como de voces y gritos, entremezclados con los atronadores rugidos de la tormenta que amenazaba con densos nubarrones de aguacero, desde el final de la tarde.
Entre truenos y relámpagos me asomé por encima de un saliente de caliza que formaba un recodo del camino, pudiendo observar a unos cuatrocientos codos de mi posición unas fogatas encendidas delante del estrechamiento del paso que al parecer daba acceso a una garganta excavada en el interior de la montaña. Un número de al menos cincuenta hombres vestidos como nómades pastores se encontraba ante las fogatas, algunos de los cuales montaban guardia, otros atendían heridos mientras que el grupo principal se hallaba reunido en torno a un principal que daba órdenes. Por la distancia quizás, no pude reconocer a ninguno de ellos, pero era obvio que no eran pastores cuando vi carros de los utilizados por el ejército en el ingreso a la garganta. Todo hacía imaginar que se trataba de los asaltantes del cortejo, pero el hecho de que se hallaban bloqueando el paso, me dio a pensar que Tutmés y su custodia aún resistían el ataque.
Dejando a cubierto al fantasma, retrocedí en la ruta buscando un sitio por el que pudiese subir a la colina por encima del camino, para desde lo alto, observar el panorama y conocer cómo se hallaba la situación.
Con suma dificultad ascendí a escalando la abrupta escarpadura con las manos desnudas haciendo pie en cada hueco y en toda fisura en las que pudiera afirmarme en la oscuridad intermitentemente interrumpida por los relampagueantes destellos de la tormenta. Recorriendo la cima con extrema cautela, llegué enfrente de la ubicación en donde los falsos nómadas habían instalado el improvisado campamento. Desde la cumbre pude ver cadáveres y heridos, pertenecientes a ambos bandos según se reconocían por sus atuendos; también podían verse carros tumbados y caballos muertos, resultado de un cruento enfrentamiento.
En ese momento deduje que el cortejo había llegado al lugar de la emboscada poco antes de la puesta de Sol, circunstancia que no habían previsto los conspiradores, y que dio oportunidad a los emboscados de resistir, amparados en ese resguardo que brindaba la colina, ganado ya por las sombras del ocaso, otorgándoles un sitio seguro desde donde podrían defenderse de sus agresores, haciendo blanco sobre ellos si intentaban ingresar en él. Concluí por tanto que el motivo por el cual los atacantes aún no se habían retirado del lugar correspondía a dos posibilidades. La más esperanzadora de las mismas me hacía creer que Tutmés permanecía guarecido en el interior de la garganta, oculto en la oscuridad y planeando alguna forma de escapar de allí con el resto de los supervivientes, antes que la luz del amanecer hiciese imposible la huida. La segunda posibilidad, mucho menos alentadora, solo me llevaba a imaginar que habiendo asesinado al Príncipe, los criminales esperaban la claridad del nuevo día para acabar con los miembros del cortejo que pudiesen quedar en la intimidad del resguardo rocoso, de manera de no dejar testigos de la vil traición cometida.
Pasé por encima del techo del estrechamiento pétreo, para entrever las posibilidades de ayudarlos a escapar por alguna otra vía que no fuera a través del camino, totalmente impracticable por razones obvias, descubriendo que la única manera en que se podía intentar una salida del lugar era por medio de sogas trepando la pared vertical de la garganta. Sin acudir a mi imaginación otra opción mejor, intuí que los confabulados debían contar con sogas con las que hubiesen trepado la colina cuando dispusieron los arqueros para atacar al cortejo desde los peñascos, de modo que bajé de la colina decidido a robarlas del campamento.
Habiendo amainado la amenaza de tormenta, un fuerte viento comenzó a azotar la región, levantando polvo y arena, que dificultaban la visión.
Oculto en los salientes que proporcionaba el relieve abrupto de la ladera, cercano a la posición en que se habían instalado los atacantes, observé cada uno de los movimientos en el campamento, su equipo, armas, reconociendo efectivamente a varios de ellos como hombres de la policía medyau entre los que se hallaba el segundo de Shishak.
Debido a la estrechez del camino frente a la garganta, los carros de combate, a excepción de los que bloqueaban la salida del resguardo, habían sido llevados junto con los caballos que los tiraban, hacia el angosto valle cercano entre las colinas que formaban el paso. El sonido del viento silbando entre los riscos y la poca visibilidad ocasionada por el polvo elevado en nubes con cada nueva ráfaga, hicieron más fácil la tarea de moverme entre los vehículos buscando elementos que pudiesen servirme para ingresar a la garganta y disponer la única vía de salida posible. Un solo hombre custodiaba el sitio y se encontraba tan lejos de mi posición que apenas alcanzaba a verlo en el polvoriento ambiente. Como si el propio Amón los hubiese puesto allí para que los encontrara, conseguí todo lo que necesitaba, robando sogas, riendas, falsas riendas y tiros, con los que subí con gran dificultad hasta la cima, buscando los tramos que con mayor facilidad me permitieran acceder a la cumbre llevando la pesada carga que representaban.
Para cuando llegué a la boca de la garganta, extenuado y con mis hombros doloridos por el peso que soportaban, la tormenta de arena había amainado y comenzaba a translucirse la claridad de Ioh por entre las nubes, sobre el negro firmamento.
Era peligroso penetrar en la garganta con la luz de la Luna sobre la cumbre pues podía ser atacado con arco y flecha por mis propios compañeros pensando que era uno de los asesinos.
Sin embargo confiaba en el buen criterio de los sobrevivientes, suponiendo que se percatarían de que la salida por la cumbre, constituía el único modo de fugarse de aquella mortal guarida, ya que la luz del nuevo día los entregaría en manos de sus cazadores.
Lancé las sogas hacia el interior de la garganta luego de atarlas a los arreos, que a su vez anclé fuertemente en una prominencia de la cumbre y descendí cautelosamente a veces haciendo pié en la pared rocosa, y en otros momentos balanceándome sobre el vacío, solo soportado por la fuerza de mis brazos.
Muy cerca de llegar al suelo escuché una voz tensa pero controlada de alguien que acechándome en la oscuridad, me crispó los nervios, con una advertencia.
---- ¡Tengo una flecha apuntándote el corazón!. Dime quién eres o mueres.---- dijo la voz que creí reconocer como la de Amenemheb.
---- ¡No dispares, soy Shed!.---- me apresuré a decir.
---- ¿Cómo supiste que estábamos aquí?.---- dijo otra voz, parecida a la de Sai, en tono desconfiado.
---- Descubrí la conspiración y los conspiradores me descubrieron a mí. El traidor es Shomu. Él les informó acerca de la ruta que seguiría el cortejo.---- dije intentando convencer a Amenemheb y al otro, de que yo no estaba de parte de los asesinos enviados por Hatshepsut.---- ¿Cómo se encuentra el Príncipe?.---- pregunté ansioso por saber sobre su estado.
---- Está herido pero no de gravedad. Lo que más le afectó fue la muerte de Ykkur y Madakh, que murieron cubriéndolo con sus cuerpos bajo una lluvia de flechas.---- dijo apesadumbrado Amenemheb.
La noticia me destrozó. Mis mejores amigos habían muerto. Nunca podrían haber honrado más su función que aquel aciago día, salvando a costa de sus propias vidas, la de Tutmés.
Me condujeron hasta el sitio en donde se encontraba el Príncipe arrastrándonos en la oscuridad entre carros volcados y cadáveres de hombres y animales. No pude evitar pensar que entre los cuerpos que yacían fríos y sin vida a mí alrededor, se hallaban los de los dos hombres que me enseñaron a luchar y sobrevivir, regalándome lo mejor de una amistad abierta y sincera.
---- Mi Señor, soy Shed. Podemos escapar por la boca de la garganta que se abre en al cima de la colina. Yo bajé a través de sogas y riendas ligadas; por el mismo medio podremos salir de aquí escalando el muro.---- dije tratando de infundirle optimismo.
---- Estoy herido. No sé si pueda con la dificultad que representa llegar a la cumbre con una sola pierna. Además mis mejores hombres han muerto protegiéndome.---- dijo desanimado.
---- No falta mucho tiempo para que empiece a aclarar. Si la luz del alba nos sorprende escapando, los hombres de Shishak podrían descubrirnos. Debemos actuar rápido mi Señor, de otra manera si nos atrapan, Ykkur, Madakh y los otros, habrían muerto en vano.---- expresé.
---- Tienes razón Shed. Abandonemos este lugar. Ayúdenme.---- gimió de dolor ante el movimiento de la pierna herida y tumefacta.
Lo condujimos hacia el sitio en que había quedado colgando la soga, entre el pestilente hedor a sangre y excremento de los animales muertos, esparcidos en
la negrura, atenuada tan solo por el pálido reflejo lunar sobre el desparejo relieve pétreo.
---- Amenemheb, subirás tú primero y te asegurarás que el anclaje en el peñasco que soporta la soga no se halla debilitado. Luego subiremos el Príncipe y yo juntos, mientras tú esperas en la cumbre para ayudarnos a salir.---- le indiqué.
Esperábamos a que Amenemheb tirase de la cuerda, para advertirnos que todo estaba bien de manera que pudiésemos comenzar nuestro ascenso. Sin llegar a ver más que obscuras siluetas en la penumbra, llegué a contar una decena de supervivientes, que quedaron de los cuarenta que me había dicho Dagi, acompañaban a Tutmés en el cortejo. Ilesos o heridos se habían reunido en silencio, aguardando su turno para salir de aquella guarida que se convertiría en una trampa mortal con los primeros destellos del amanecer.
Al fin nuestro compañero dio la señal desde la cumbre.
---- ¡Amenemheb ha tirado de la cuerda!.---- nos dijo Sai, mientras yo sostenía a Tutmés por debajo del hombro para ayudarle a mantener el equilibrio sobre una sola pierna, mientras observé el torniquete que le habían aplicado en la otra a la altura del muslo, que mantenía flexionada.
---- Mi Señor tómese fuerte de mis hombros y vaya pisando la pared de la roca con la pierna sana, que yo le haré de apoyo cuando no pueda hacer pié.---- le dije dándole confianza.
---- Me siento muy débil Shed.---- expresó Tutmés con voz apagada.
---- Resista mi Señor. Será difícil pero luego estará a salvo.
Piense en que nada está perdido y que cuando regrese a la capital podrá hacerse con el poder y castigar a la Reina y sus secuaces.---- dije para motivarlo en un esfuerzo más.
No respondió, pero sentí sus manos apretadas alrededor de mis hombros.
---- ¿Está listo mi Señor?.---- pregunté mientras me colocaba un par de guantes de arquero que robé de uno de los carros.
Tutmés respondió afirmativamente.
Con cierta dificultad, fuimos subiendo lentamente, apoyándonos como podíamos en cada descanso que nos proporcionaban los salientes rocosos, aprovechando grietas y hendeduras para aliviar unos instantes los brazos y las manos agotados en la fatigosa escalada.
Mientras llegábamos a la mitad del recorrido hacia la cumbre, Tutmés resbaló en una abertura pedregosa en la que había apoyado su pie, quedando colgado de mí, con todo su cuerpo soportado sobre mis hombros. A punto de precipitarnos al vacío con mis manos resbalando por el excesivo peso y girando como un torno de alfarero, alcancé a distinguir la sombra de un nudo en la soga, medio codo más arriba de la posición en que mi mano izquierda se aferraba desesperadamente. Sintiendo flaquear mis fuerzas, en un esfuerzo supremo extendí mi mano derecha sobre el nudo para ganar firmeza y volví a trabar mi calzado sobre la grieta de la que me había zafado. Chocamos contra la roca recibiendo por mi parte un duro golpe en la cadera y el hombro derecho, pero nos salvamos de una mortal caída de al menos veinte codos de altitud.
Descansamos unos momentos para recuperarnos de manera que pudiésemos proseguir nuestro camino a la cima. Exhaustos, llegamos a la cumbre siendo ayudados por Amenemheb con un fuerte jalón, nos impulsó a la seguridad de la piedra firme en donde permanecimos tendidos en el suelo descansando. Como si el cansancio de varios días de dormir mal se hubiese acumulado en mi cuerpo durante la ascensión de la garganta, me dormí mientras el resto de los hombres subía por la cuerda hasta la cumbre para abandonar el lugar lo antes posible.
Desperté cuando Sai me zamarreó para que me levantara, luego de que los hombres que faltaban habían terminado de subir, dejando lamentablemente a los heridos que no podrían hacerlo. Sin posibilidades de ayudar a los supervivientes que por sus lesiones veían impedida su oportunidad de escapar, tuvimos que dejarlos en manos de los secuaces de Shishak que los encontrarían al amanecer, imaginando que no los sacrificarían porque no tenía sentido matar a esos hombres para cubrir el atentado que había fracasado. Obviamente se percatarían que el Príncipe había podido escapar junto con un reducido grupo de su custodia, de manera que el problema para ellos sería encontrar a Tutmés y no callar a aquellos pobres diablos que conocían la verdad. Nos inclinamos a pensar que los mantendrían prisioneros y ocultos para que no representaran una amenaza, pero nos equivocamos. Días después nos enteraríamos de que, lamentablemente, habían sido masacrados por aquellos despiadados criminales, y abandonados sus cuerpos en el desierto a la acción de los elementos y los animales carroñeros.
Sin embargo el objetivo del grupo de custodia se había cumplido ya que Tutmés seguía vivo y eso era lo que realmente importaba. Nosotros estábamos para esa función y constituíamos elementos sacrificables.
Cuando descendíamos colina abajo buscando alejarnos del paso que bloqueaban los conspiradores, nos percatamos de lo rápido que estaba aclarando sobre el horizonte oriental, lo que nos obligó a apurar el descenso.
Con la fatiga aún haciendo mella sobre mi deteriorada resistencia, ayudaba al Príncipe a bajar por la escarpada ladera, cuando Sai descubrió un medyau montando guardia al pie de una enorme peña que estrechaba el desfiladero a través del cual, nos disponíamos a ganar el desierto cercano que nos pondría a resguardo de nuestros enemigos. Se hallaba de espaldas a nosotros a unos treinta codos de nuestra posición, caminando lentamente por el estrecho sendero que conducía al camino principal. Nos detuvimos permaneciendo inmóviles y en silencio, pues el más mínimo sonido sería audible en el silencio de la madrugada. No teníamos lugar en donde ocultarnos y, en el apuro por salir de la garganta nadie había advertido de portar un arco y un carcaj de modo que no podíamos neutralizarlo a la distancia. Si giraba sobre sí mismo nos descubriría y daría la alarma con el cuerno de carnero que colgaba de su cintura. En un instante de tensión extrema advertí que Tutmés se había desmayado y el guardia medyau se volvía inadvertidamente hacia nosotros. Sin oportunidad de actuar mientras sostenía a Tutmés, vi de soslayo que Amenemheb desenvainaba su daga y con un movimiento ágil, casi felino, se lanzó en carrera haciendo dos largos pasos para luego arrojarse desde el gran peñasco, directamente al vacío, volando como una pantera sobre su víctima. El medyau debe haber visto tan solo una sombra, sin siquiera advertir qué lo había tumbado, cuando la vida ya se le escapaba por la garganta abierta como un torrente purpúreo y espumoso manchando el sendero. Golpeado por la caída pero ileso por lo demás, Amenemheb se levantó y nos hizo señas para que bajásemos rápido pues, desde lejos, había notado que comenzaba a aumentar la actividad en el campamento enemigo, muchos de cuyos integrantes ya se hallaban despiertos. Al llegar al pié de la colina me acerqué a Sai y Amenemheb, ayudando a Tutmés que había recuperado el conocimiento.
---- Debemos proteger al Príncipe sacándolo de aquí lo más rápido posible.---- les dije.---- Yo llegué hasta aquí con mi potro y creo que es la mejor manera de alejarlo del peligro. Además encontrándose herido en una pierna no podrá caminar y será imposible robar un carro a los asesinos medyau.---- expresé considerando las posibilidades. ---- Creo que tienes razón.---- dijo Amenemheb analizando la situación.---- Te ayudaremos ha llevarlo al lugar en donde dejaste el potro y luego nos internaremos en el desierto tratando de evadir a los medyau, cuando salgan a perseguirnos al percatarse de que los hemos burlado. Después buscaremos el modo de regresar a Waset sin que nos reconozcan.---- concluyó.
Me acompañaron hasta el lugar en donde se hallaba el "fantasma" y me ayudaron a subir al Príncipe que se encontraba tan dolorido y débil que casi no
pronunciaba palabra, aquejado por el constante malestar que le provocaba la herida.
---- ¿Adónde lo llevarás?.---- preguntó Sai.
---- Llévame al Palacio.---- dijo Tutmés delirando, cuando creíamos que se había desmayado nuevamente. Se encontraba con algo de fiebre, permaneciendo con la cabeza gacha y los ojos entrecerrados.
---- Lo llevaré a las cercanías de Waset en donde lo mantendré oculto hasta que se halla recuperado de su herida y podamos concretar los contactos necesarios para llegar al Gobernador del Sepat en busca de su ayuda.---- le respondí a Sai, haciendo caso omiso al pedido de Tutmés que obviamente no se hallaba en sus cabales.
---- He dicho que volveremos a Waset. Me esperan para coronarme Faraón.---- replicó balbuceando.
---- Mi Señor, eso sería un suicidio. Sería como salir de la boca del lobo para ir a meterse en las fauces del león.---- respondí.
---- ¿Te atreves a cuestionar mi decisión?.---- llegó a decir antes de volver a desmayarse.
---- Adiós amigos, no hay tiempo que perder. Pronto se darán cuenta de que nos fugamos de la garganta. Hay que abandonar el lugar cuanto antes.---- dije subiendo al caballo.
---- Adiós Shed. Que la gracia de Amón los acompañe.---- expresaron alejándose del camino hacia el interior del desierto.
CAPITULO 17
"La festividad de Amón transformada en un baño de sangre."
Tomé rumbo sudoeste a través del camino, para luego salirnos de él hacia el sur, para evitar pasar por los puestos instalados en los pozos de agua.
A poco de abandonar la ruta de las caravanas para internarnos en el desierto, la purpúrea luz del gran disco coronó las cumbres de las colinas, al emerger en todo su esplendor sobre el horizonte oriental.
La frescura de la mañana mejoró el estado del Príncipe que curioso, me preguntó cómo había descubierto la conspiración para matarlo, quedando impresionado al contarle el curso de los acontecimientos que me habían llevado a conocer los secretos de la escritura y por medio de los cuales pude descifrar los papiros que demostraban que existía una organización dirigida cometer un crimen encubriendo el delito bajo la apariencia de un ataque de bandas de salteadores nómades. Asombrado por mi capacidad para aprender sin ayuda la lectoescritura, comenzó a decir que instruiría los medios para que los personajes extranjeros que formaran parte de su corte, me enseñaran las lenguas y la escritura de sus respectivas naciones, pues tenía grandes planes para mi futuro. Pensé que se hallaba delirando nuevamente, suponiendo que solo hablaba incoherencias por efecto de la alta temperatura, ocasionada por el proceso febril causado por la herida.
Cerca del mediodía nos detuvimos principalmente para tratar la herida de Tutmés, luego de encontrar cerca de una pequeña cueva la planta medicinal que buscaba y también para dar descanso al "fantasma", que se encontraba fatigado y sediento, luego de transportar durante toda la mañana a dos pesados jinetes bajo el ardiente sol. En las cercanías de un pequeño charco, que aún resistía la desecación al encontrarse a la sombra del saliente rocoso que formaba el techo de la caverna, se encontraban un reducido grupo de plantas entre las que se veía un pequeño ejemplar de una variedad de hojas carnosas llamada "ladrón de agua". Este espécimen es ampliamente utilizado por sus propiedades curativas sobre los procesos inflamatorios y purulentos, cuyas cualidades conocía gracias a la enseñanza acerca de su uso, recibida por el propio Tutmés durante las expediciones de caza.
---- Mi Señor, ---- dije a Tutmés que se veía sudoroso y cansado.---- Limpiaré la herida de vuestra pierna. Morded este trozo de soga para resistir el dolor.---- mucho mejor hubiese sido que bebiera vino o cerveza para amortiguar los sentidos, pero no contábamos con ellos.
Sin decir palabra el Príncipe mordió la soga y tensó todo su cuerpo esperando mi manipulación sobre la herida. La incisión causada por la punta de la flecha, era pequeña en superficie pero profunda. Con un pedazo de tela de mi shendyt embebida en agua, limpié de suciedad, sangre seca y los coágulos superficiales la lesión que se veía tumefacta y amoratada. Con dificultad pero valientemente, Tutmés soportó la extracción de arena que había penetrado más profundamente y para nuestra tranquilidad no habían quedado restos de la punta de metal la que debe haber sido retirada completa cuando se la extrajo Madakh antes de que lo mataran.
Machaqué varias hojas de la planta medicinal con el dorso de la empuñadura de mi daga sobre una piedra, recogiendo el preciado zumo en la misma vaina del arma blanca para luego derramarla en la herida, de manera que eliminara los humores malignos que descomponen las heridas transformándolas en putrefactos eczemas, que terminan corromper el estado general del herido hasta provocar la muerte.
Tutmés se retorció cuando lentamente dejé caer la noble esencia curativa sobre la lesión, que abrí con mis dedos para que penetrara en la profundidad de los tejidos, bañando con su mágica virtud la intimidad de los músculos y demás elementos dañados. No pudo contener el grito de dolor y su transpiración se hizo más profusa, cubriendo su frente y tórax hasta cubrir cada parte de su piel. Por un momento recordé a Uben, el primo de mi amigo Paser, cuando luego de ser atacado por la bestia del sepulcro, después de que sus heridas se convirtieran en pestilentes escaras, falleció, consumido su cuerpo entre el terrible sufrimiento y la alta fiebre. Temí por la vida de Tutmés, pero la situación era diferente. Uben no había recibido la medicina que ahora proporcionaba al Príncipe y la herida de éste era menor y más limpia. Lo más importante, empero, eran las circunstancias asociadas a la lesión, que en el caso de Uben formaban parte de la venganza del difunto y las entidades del mundo de ultratumba, en castigo por una trasgresión imperdonable.
Tratando de convencerme de que Tutmés se recuperaría prontamente, invoqué el poder de Amón-Ra, la protección de Hor, y la sabiduría curativa de Thot, mientras ajustaba un apósito de tela mojada con el mismo jugo medicinal por medio de un torniquete.
El Príncipe se durmió, agotadas sus fuerzas después de soportar tan duro tratamiento llevando su resistencia al límite. Lo dejé descansar e hice lo propio con la tranquilidad de estar persuadido de que nadie nos seguía, sabiendo que localizarnos en la inmensidad del desierto era como encontrar una aguja en un pajar.
Desperté al atardecer a causa del ruido de los murciélagos chillando en el interior de la cueva iniciando su actividad antes del ocaso cuando salen a buscar insectos. Dejé que Tutmés siguiera durmiendo, aliviado al percatarme de que la fiebre había remitido notablemente. Me alejé rumbo al río para buscar crustáceos y moluscos con qué alimentarnos aquella noche pues sin otras armas que mi daga, me sería muy difícil conseguir caza mayor.
Cuando regresé, el Príncipe había despertado y se hallaba sentado sobre un peñasco con la pierna herida extendida sobre la piedra, con una actitud relajada, exhibiendo un semblante casi normal, sin señales de enfermedad.
¿---- ¿Cómo se siente Majestad?.---- pregunté apeándome del potro con mi pequeño envoltorio de caracoles y cangrejos.
---- Hambriento Shed. Ya no tengo fiebre pero aún me siento muy débil.---- respondió Tutmés.---- ¿Qué has conseguido para comer?.
Abrí el pequeño saco en donde aún se movía en total desorden nuestra poco apetitosa cena.
---- No es mucho, pero ayudará a calmar el hambre hasta mañana.---- dije mostrando nuestras pequeñas víctimas a Tutmés que las observó con poco entusiasmo.----
---- Tienes razón; no es buey asado pero es mejor que nada.---- respondió.
Hice una hoguera con la leña que encontré en las cercanías antes de que oscureciera y nos sentamos alrededor del fuego a consumir nuestro frugal alimento.
---- ¿Adónde nos dirigiremos mañana, mi Señor?.---- Pregunté mientras forzaba el caparazón de un cangrejo con mi daga.
---- Regresaremos a Waset.---- respondió con naturalidad mientras asaba sobre el fuego un caracol ensartado en un palo.
---- Mi Señor, la capital se encontrará atestada de hombres de la Reina esperando caer sobre nosotros apenas nos descubran.---- dije asombrado, sabiendo que lo decía concientemente.
---- Sí, tienes razón Shed, pero no habrá mejor momento para actuar que durante la festividad de Amón. Mañana comienza la gran celebración, de manera que Waset se convertirá en un hormiguero de gente atestando las calles, entorpeciendo la vigilancia, aturdiendo con su bullicioso ajetreo a los esbirros de Hatshepsut, de manera que podrás pasar inadvertido y contactarte con Bakenjosu para comunicarle mis planes. La Reina anoticiada de nuestra huida, debe encontrarse histérica y descontrolada, presintiendo mi regreso para destronarla, adivinando el castigo que recaerá sobre ella y sus cómplices.
Permaneceremos ocultos en las inmediaciones de la tumba del Faraón Kamose en la seguridad del desierto cercano que conozco como la palma de mi mano, para restablecerme allí hasta que llegue el momento de actuar cuando mis aliados en la capital hayan concretado la estrategia que he ideado.---- dijo Tutmés con su mirada posada en las llamas y su mente planeando la última posibilidad de arrebatar el trono a la Reina.
---- Tú serás mi mensajero, ---- continuó diciendo.---- llevando a conocimiento del gobernador Bakenjosu la conspiración tramada por la reina de la que fui víctima, y mi intención de derrocarla antes que finalice la celebración de Amón, aprovechando la incesante actividad en que se hallará inmersa la metrópoli durante estas semanas.----
---- ¿Shomu no sabía de vuestra alianza con el gobernador de Waset?.---- pregunté, imaginando que dicho aliado habría sido delatado por el custodio traidor.
---- Nunca tuve total confianza en él como para hacerlo partícipe de tan importante secreto.---- respondió el príncipe.
---- ¿Cómo convenceré al gobernador de que realmente soy vuestro enviado?. Bakenjosu no me conoce y puede creer que se trata de una trampa para desenmascarar a los enemigos de la reina.---- advertí.
---- Es cierto, no lo había pensado.---- dijo mirándose la mano, tras lo cual se quitó de su dedo mayor, para mostrármelo, un soberbio anillo de sello colado en oro con aplicaciones en turquesa y lapislázuli, con la imagen del buitre y la cobra, en alusión a las diosas Nekhbet y Wadjet, símbolos de la realeza y señoras del Alto y Bajo Kemet respectivamente.---- Portando esta sortija, el gobernador Bakenjosu no tendrá dudas de que eres mi enviado.---- aseveró Tutmés.
El resto de la cena me explicó sus planes para llevar a cabo el ataque a las fuerzas de la Reina que estarían atentas a contrarrestar cualquier movimiento sospechoso que amenazase la seguridad de Hatshepsut.
A la mañana siguiente antes del alba afeité la cabeza del Príncipe a pedido suyo para que fuese más difícil qué lo identificasen. Continuando por la ruta costera hacia el sur, aquel mismo día en una pequeña aldea al sur de la ciudad de Nubt, Tutmés canjeó un par de ajorcas de oro por ropas limpias, alimentos, varios asnos, algunas armas y jarras, ánforas, vasos y otros objetos de cerámica, para aparentar ser humildes comerciantes en viaje hacia la capital llevando sus productos para venderlos.
Fuimos inspeccionados por varias patrullas durante las dos jornadas siguientes sin que reconocieran al Príncipe ni encontraran motivos para detener nuestra marcha hacia la gran urbe.
A pesar de que resultaba difícil que alguien pudiera identificarlo con aquel humilde atuendo, Tutmés no consideró prudente exponerse a ser visto dentro de los límites de la ciudad en donde era bien conocido por tantos guardias, soldados, comerciantes, dignatarios extranjeros y funcionarios reales que pudiesen delatar su presencia en Waset, de modo que aguardó pacientemente en nuestra guarida del desierto restableciéndose de la herida en su pierna, mientras yo hacía los contactos y alistaba los preparativos con sus aliados según sus propias órdenes. Mientras tanto por mi parte comencé a moverme dentro de la ciudad llevando a cabo las actividades encomendadas por el Príncipe.
Comencé por buscar a Gamartu en su tienda del puerto, llevando un cargamento de objetos para comerciar, vestido con capa y capucha, ropas de las empleadas por los traficantes de productos asiáticos que atraviesan las rutas caravaneras del desierto para ocultar mis facciones de la vista de los soldados que cuidaban el orden en el mercado central.
---- Honorable Gamartu, vengo a ofrecerle los productos que os envía mi señor.---- dije presentándome ante el mercader que sentado en un escabel, garrapateaba sobre un papiro las cuentas de la mañana satisfecho por las ganancias obtenidas, mientras sus empleados se afanaban por convencer a unos clientes.
---- No comercio con mercadería barata.---- dijo mirando de reojo mis dos asnos cargados, sin siquiera levantar su vista hacia mí, volviendo inmediatamente sobre sus anotaciones.
---- ¿Y qué puede decirme de esta sortija?.---- le dije en tono bajo para no llamar la atención de los curiosos que observaban otras mercancías expuestas en las mesas.
Asenté la mano sobre el papiro en el que trabajaba exhibiendo el anillo que me había dado Tutmés. Cuando levantaba la vista hacia mí, molesto por mi impertinencia, reparó en el símbolo y el valor de la joya que reconoció inmediatamente. Boquiabierto buscó mi rostro semioculto por los pliegues de la capucha evidenciando su sorpresa.
---- Ven conmigo y hablaremos de negocios.---- me dijo disimulando la situación mientras me hacía ingresar en el interior de la tienda, ordenando a uno de sus ayudantes salir del lugar con un gesto de su mano, para que pudiésemos hablar en privado. ---- ¿Tú eres Shed, verdad? ------ dijo perplejo sin comprender cómo había llegado aquella sortija a mis manos. Luego me observó con desconfianza como sospechando que podría tratarse de una trampa.----- ¿ Qué haces tú con el anillo de Tutmés?. ¿De que se trata todo esto?.----- preguntó preocupado.
---- ¡Me envía mi señor Tutmés!. No debes temer Gamartu.---- dije tratando de calmar su nerviosismo.
---- ¿¡Que no tema me dices!?. El país se halla conmocionado después de que la reina comunicara ayer que el Príncipe fue encontrado muerto, luego de haber sido asesinado por una horda de delincuentes nómades que atacaron su cortejo. Expusieron frente a la fachada del Palacio y ante el pueblo de Waset los restos del heredero envueltos en su mortaja, y ¿tú pretendes que me tranquilice luego de lo que acabas de decirme?.---- dijo alterado el mercader.
---- Os aseguro buen Gamartu que el Príncipe se encuentra a salvo y esperando vuestra ayuda para cumplir sus planes de tomar el trono de Kemet.---- respondí confiado en convencer al asiático.---- La Reina y sus secuaces fueron quienes tramaron la emboscada para asesinar a Tutmés cuando regresaba del mar oriental con el cortejo, aparentando que se trataba de un ataque de merodeadores nómadas. De esa manera recuperaría el control del poder pues nadie se opondría a su continuidad como soberana ante la falta del legítimo heredero y luego de haber sido ella misma la que abdicara a favor del malogrado sucesor.---- con sus grandes ojos negros mirándome sin poder creer
lo que sus oídos escuchaban, el rechoncho comerciante denotaba completa perplejidad.
---- ¿Pero entonces de quién era el cadáver que mostraron a la multitud acongojada?.---- preguntó Gamartu.
---- Puede ser el cadáver de cualquier hombre. Con solo desfigurar las facciones y vestirlo con ropas delicadas, cualquiera aceptaría las mentiras de la reina. Por otra parte, los hombres de Hatshepsut no permitirán que nadie realice un examen minucioso del cuerpo que llevaría ha descubrir la verdad.---- expliqué.
Meditabundo, Gamartu tomó asiento en un taburete mientras se rascaba la espesa barba entrecana.
---- ¿Dónde se encuentra el Príncipe entonces?.---- volvió a preguntar.
---- Ya os dije que se encuentra en lugar seguro, pero por su propio bien me ha ordenado no comentar ni a sus aliados el sitio en el que se esconde.---- respondí.
---- Creo que me has convencido Shed. Ahora dime cómo ayudar a Tutmés a lograr su cometido.---- expresó el mercader, tras lo cual le di las indicaciones que Tutmés me había confiado que le trasmitiera.
Mezclado entre el gentío, abandoné el puesto de Gamartu recorriendo diferentes sectores de la ciudad con sus calles atestados de vendedores --callejeros, encantadores de serpientes, músicos y bailarines, malabaristas, magos y hechiceros, que ofreciendo filtros para calmar dolencias de cualquier tipo o pociones y elixires para cautivar el corazón del ser amado, ofrecían sus servicios y productos a los fascinados transeúntes. Entre aquel batí borrillo de llamativos espectáculos y extraños personajes, recorrí la urbe cosmopolita, observando la actividad y disposición en que habían sido desplegadas las fuerzas de seguridad para impedir cualquier intento de invasión por parte de Tutmés y sus seguidores, o de sublevación de los acólitos del Príncipe planeando su regreso. Jamás había visto tanta cantidad de tropas distribuidas por la metrópoli que iban desde policías medyau, mercenarios asiáticos y efectivos del ejército, cubriendo los sectores estratégicos de la ciudad en especial el palacio y los edificios oficiales.
Al final de la tarde atravesé el centro de la ciudad siempre cuidando de no acercarme demasiado a los sectores en que abundaban policías y soldados, hacia el barrio en que vivía Maya. La mortecina luz del crepúsculo se confundía con los millares de antorchas esparcidas por los frentes de los edificios y las fachadas de las viviendas, reemplazando casi imperceptiblemente el purpúreo resplandor solar.
Llegando a la casa de mi amigo, encontré un grupo de niños jugando, entre los cuales se hallaba Thuti, el más pequeño de sus hermanos.
---- Hola pequeñín.---- le dije cariñosamente al chiquillo acariciando sus cabellos.
---- ¡Hola Shed!. ¿Qué me trajiste de regalo esta vez?.---- preguntó Tutti, acostumbrado a que lo malcriara con algún presente cada vez que iba a su casa.
---- ¿Se encuentra Maya en casa?.---- pregunté mientras elegía un diminuto caballito de arcilla de entre los juguetes que portaba uno de los asnos.
---- Sí.---- respondió mirando ansioso lo que yo buscaba entre la mercancía.
----¡¿Eso es para mí?!.---- preguntó con una gran sonrisa que mostraba los huecos en su dentadura por los dientes deciduos que estaba cambiando.
---- Por supuesto.---- respondí besando su frente polvorienta de tierra.---- Ve y dile a Maya que estoy aquí.----
Enseguida vi salir a Maya que salió a recibirme haciendo que ingresara al interior de la vivienda dejando los asnos atados a una palmera.
---- ¡Shed, qué gusto me da verte!.---- dijo Maya en tanto se acercaban a saludarme el resto de sus hermanos y su madre.
---- Lo mismo digo, Maya.---- respondí.
---- Me alegro de verte sano y salvo, aunque lamento profundamente que no pudieses evitar la muerte del Príncipe.---- dijo con pesadumbre.
---- Te equivocas Maya. Tutmés vive y pronto será el faraón de Kemet.---- Maya me observó extrañado como si yo estuviese demente.---- Antes de explicarte lo que acabo de decir, cuéntame donde está mi familia.---- pregunté impaciente por saber de ellos.
---- Se encuentran muy bien y los veo casi diariamente. Los hemos ocultado en casa de Hekayeb, el anciano amigo de mi abuelo. El viejo recibe pocas visitas y permaneciendo en su residencia como sirvientes, existen aún menos posibilidades de que la seguridad de los tuyos se vea comprometida.---- respondió Maya con toda tranquilidad.---- Ahora explícame lo que me dijiste sobre Tutmés.---- inquirió ansioso.
Narré a Maya todos los hechos acaecidos desde mi partida, la noche en que huí de Waset. Perplejo escuchaba atento cada palabra, entusiasmado de saber que existían grandes esperanzas de que el Príncipe tomara el poder del país si el plan que pronto pondríamos en acción, daba los resultados esperados.
---- Puedes contarle a Wadj acerca de lo que acabo de confiarte; sin embargo deben mantener el secreto sin divulgarlo a nadie.---- saqué el anillo de Tutmés y se lo di a Maya.---- Entrégaselo a Wadj para que se lo lleve al gobernador Bakenjosu. Dile que concierten una sita, si es posible para esta misma noche, para que yo pueda ver al gobernador sin peligro de que me reconozcan los hombres de la Reina.---- expliqué, urgiendo a Maya para que hiciera llegar el mensaje y la sortija lo antes posible a Wadj.
Sin perder tiempo, Maya llevó el recado. Por mi parte solo me restaba esperar su regreso. Me hubiese gustado visitar a mi familia, pero no había tiempo para ello en aquel momento. Al menos resultaba una gran tranquilidad saber que no corrían peligro. Cuando todo aquel embrollo terminase, volveríamos a estar juntos y felices. Por supuesto que para ese momento, yo ya estaba convencido de nuestro éxito y de que Tutmés lograría hacerse de la doble corona de Kemet. Si no, ¿de qué otra manera podía explicarse que los dioses me hubiesen utilizado como instrumento de su voluntad para salvarlo de una muerte segura en aquella trampa mortal?.
Empero, el tiempo me demostraría que la existencia se nos presenta como la trama de un tejido a cuyo dibujo intentamos dar forma a través de nuestra voluntad, sin saber que el telar se encuentra fuera de nuestro alcance. No quiero decir con ello que debemos abandonarnos a lo que nos depare el destino como quién se dejase llevar a la deriva por el río en una nave sin timón, sin embargo, creo que no importa cuanto te esfuerces en mantener la ruta que buscas, finalmente la corriente te conducirá al mar de tu sino.
Retornando a la narración de los sucesos de aquellos días, Maya volvió a medianoche con la noticia de que podría entrevistarme con el gobernador antes del alba, encontrándonos al sur de la capital en un antiguo y poco frecuentado santuario en honor al dios halcón Mont.
Cené frugalmente, y dejé la casa de Maya poco tiempo después, atravesando la ciudad para pasar la noche cerca del lugar de encuentro de manera que observar la zona y descubrir alguna actividad sospechosa en el lugar. A esta altura de los acontecimientos no podía dejar nada librado al azar.
Al llegar encontré unos cuantos pordioseros durmiendo, refugiados del frío nocturno en el interior del santuario, en tanto otros dos, borrachos como cubas, proferían maldiciones y hablaban incoherencias, cobijados en torno al fuego de una hoguera. Como un mendigo más, me tendí cerca de ellos para pasar inadvertido, percibiendo el hedor de sus pestilentes harapos y sus cuerpos mugrientos de meses, quizá años de no recibir un buen baño. Recostado de lado sobre el helado granito que formaba el piso del lugar sagrado, me acurruqué para abrigar mejor mis piernas con los pliegues de la túnica, acomodándome lo mejor que pude mientras tiritaba de frío, esperando la llegada del alba.
Habiendo ganado algo de calor, me quedé dormido, vencido por el cansancio de la jornada transcurrida, despertándome al escuchar la voz de dos custodios que conversaban con un personaje ataviado con un costoso manto negro de lana que lo protegía de la gélida aurora. Los borrachines se hallaban durmiendo la mona y la tenue luminosidad de hoguera casi extinguida en brasas, no me permitía divisar con claridad las facciones de los sujetos. Al reconocer que efectivamente se trataba de Bakenjosu, me levanté dirigiéndome hacia ellos, al ver que no había nada sospechoso en sus actitudes.
Se volvieron hacia mí cuando percibieron mis movimientos en la oscuridad. Uno de los guardaespaldas se interpuso entre el mandatario y yo por lo que me detuve dándome a conocer.
---- Mi señor, soy el mensajero que os envió la sortija.---- expresé.
---- ¡Vaya que me has dado un buen susto!.---- dijo más relajado el gobernador.---- ¿Cuál es tu nombre?.---- preguntó.
---- Mi nombre es Shed.---- dije mientras le sugería con una seña que nos alejáramos del sitio para que no pudiesen escucharnos los indigentes.---- Como se habrá percatado mi señor, ---- continué diciendo.---- el anillo es del príncipe Tutmés y aunque pueda parecer sospechoso que él mismo no haya venido en persona, por obvias razones de seguridad, me ha enviado para darle a conocer los sucesos que acaecieron durante los últimos días.---- expliqué.
---- ¿Cómo sabré que no me estás mintiendo?. Podrías haber robado la sortija del cadáver del Príncipe.---- dijo desconfiado Bakenjosu.
---- ¿Habéis visto el cuerpo sin vida del Príncipe o un cadáver cubierto por una mortaja que la Reina afirma que pertenece a Tutmés?.---- cuestioné.
---- Solo me permitieron ver el rostro desfigurado de un hombre cuyas facciones habían sido destrozadas por un hachazo, con el resto de la cabeza y cabellos ensangrentados y sucios de tierra.---- respondió el mandatario.---- Desconsolado pero sin poder aceptar aún la muerte de Tutmés, intenté ver si los ojos del muerto eran azules como los suyos, pero cubrieron rápidamente los restos con el lienzo, por lo que acepté la versión de la Reina, considerando impiadoso seguir revisando el cadáver que pronto sería enviado a los sacerdotes de Anup.---- concluyó Bakenjosu.
---- Por supuesto que tampoco os hubieran permitido hacerlo, pues habría descubierto que no se trataba del Príncipe.---- observé, mientras continuábamos caminando por la ribera con el valle todavía en sombras, en tanto las cimas más elevadas de las colinas occidentales eran iluminadas por las primeras luces del amanecer.---- La Reina y sus secuaces intentaron asesinar a Tutmés durante el retorno del cortejo a Waset, pero no lo lograron y ahora quieren atraparlo para acallar la verdad y eliminarlo definitivamente de la lucha por el poder de Kemet. Habrá percibido la inusual cantidad de efectivos de seguridad que recorren las calles de la ciudad, ¿verdad?.---- pregunté esperando que el gobernador se hubiese percatado del hecho.
---- Ahora que lo mencionas me doy cuenta de ese detalle. Había algo que me resultaba extraño cuando recorría las avenidas principales, pero no llegaba a tomar conciencia de ello.---- respondió pensativo.
---- Por supuesto que el Príncipe ya había calculado que Hatshepsut se prepararía como para resistir una invasión extranjera, temiendo que él se presentase con un grupo de acólitos intentando destronarla en un acto de fuerza impulsado por odio y deseo de venganza, que podría ser reprimido como si se tratara de un levantamiento popular fácilmente sofocado por las falanges armadas que responden a sus intereses. Sin embargo Tutmés conociendo como conoce a su madrastra, sabía cómo reaccionaría al saber que su conspiración para asesinarlo había fracasado, de manera que ideó un plan pensado en todos los detalles para destruir las huestes de la Reina y hacerse con el poder definitivamente y castigar a Hatshepsut y sus partidarios.---- expresé a Bakenjosu que me escuchaba atentamente.---- El príncipe os considera su mejor aliado y vuestra ayuda será fundamental para cumplir su propósito.---- afirmé.
---- ¿Y cuándo piensa llevarlo a cabo?.---- inquirió Bakenjosu.
---- Antes de que concluya la festividad de Amón, el día del viaje de la barca del Dios hacia su santuario de Ipet-resyt.---- respondí.
---- ¡Pero sería un acto sacrílego y blasfemo, irrumpir con violencia y muerte en el valle durante la jornada más importante de la festividad!.---- dijo horrorizado Bakenjosu.
---- Tutmés también lo sabe, pero considera peor falta al Orden Universal, a la Justicia y al Ma’at en todo su más amplio concepto, permitir que continúe la infame usurpación de Hatshepsut luego de veintidós años de ignominia. Por otro lado el Príncipe sabe que quizás no tenga otra oportunidad mejor que la brindada por la populosa celebración en cuanto a las posibilidades de concretar los preparativos sin llamar demasiado la atención pasando inadvertidos en el ambiente tumultuoso de la festividad.---- dije observando la actitud comprensiva del Gobernador que al parecer aceptaba los motivos aducidos por Tutmés.
---- ¿Cuándo me dará a conocer los detalles del plan?. Hay que tener en cuenta
que no queda mucho tiempo para el día del viaje de la Barca Sagrada.---- advirtió.
---- ¿Dónde se encuentra el príncipe en estos momentos?.---- preguntó curioso Bakenjosu.
---- Se halla oculto en lugar seguro que, él mismo me ordenó, aún no os rebelara.---- respondí. ---- Por supuesto que estoy de su lado y colaboraré en todo lo que el Príncipe necesite para destronar a la Reina. ¿Dónde se encuentra en estos momentos?.---- preguntó curioso Bakenjosu. No había nada sospechoso en su actitud.
--- Se halla oculto en lugar seguro que, él mismo me ordenó, aún no os rebelara.---- respondí.---- Aunque lo más probable es que desee que concreten un encuentro para esta misma noche.
---- ¿Cuándo y dónde estaría dispuesto a que nos encontremos?.---- preguntó sumamente interesado.
---- Nos deberán aguardar a medianoche en una nave mercante pequeña, para no llamar la atención, frente a este Santuario pero sobre la ribera occidental. Si no concurriéramos a la sita, deberá esperar que yo vuelva a comunicarme.---- respondí.
---- Muy bien. Allí estaremos mis hombres y yo.---- dijo señalando a los dos custodios.---- Son de mi mayor confianza.---- aclaró Bakenjosu despidiéndose.
Decidí que era un buen momento para regresar al escondite, luego de haber logrado obtener la información que Tutmés necesitaba y cumpliendo todas las órdenes que él me había encomendado.
Cuando le informé de la situación el Príncipe se mostró satisfecho y rebosante de optimismo.
---- Esta misma noche estaremos frente al Santuario de Mont, para echar a andar el plan, Shed. Hoy abandonaremos este sitio y nos instalaremos en la residencia de Bakenjosu hasta que llegue el momento de actuar.
Hatshepsut no tendrá posibilidad de contrarrestar mis acciones.---- expresó con un brillo especialmente vivaz en sus ojos como habiendo recuperado toda su fuerza interior y el ímpetu del hombre decidido a triunfar.
Antes de medianoche, con una enorme Luna bañando el paisaje costero, estuvimos en el lugar después de varias horas de recorrer las colinas, montados en mi potro. En un pequeño bosquecillo de palmeras, apenas apartado unos doscientos codos del río, decidimos esperar, y ocultos, otear la ribera preventivamente. Todo se veía tranquilo y muy normal, sin señales de gente en el sitio.
Tiempo después, como habíamos convenido, una nave mercante se aproximó a la costa no lejos de nuestra ubicación. La pequeña embarcación llevaba solo dos lámparas encendidas, una en la proa y otra en la popa, con una pequeña camareta central más cercana a la popa, completamente a oscuras.
Luego de atracar fue desplegada la escalerilla de la que descendió un hombre al que reconocí como uno de los guardaespaldas del Gobernador. El timonel por su parte era efectivamente el otro custodio del mandatario.
---- ¿Son los custodios de Bakenjosu?.---- susurró Tutmés en mi oído.
---- Sí. No tengo la menor duda.---- respondí.---- Pero no veo al gobernador.
---- Debe hallarse oculto dentro de la camareta a oscuras.---- dijo Tutmés.---- Piensa que también es muy riesgoso para él ser reconocido en actitudes sospechosas.----
---- Es cierto.---- expresé.
En aquel instante asomó por la puerta de la camareta el propio Bakenjosu caminando rumbo a la escalerilla ubicada hacia estribor de la nave.
---- Sí. Es él.---- dijo Tutmés.---- Acércate al barco y observa que no haya nada fuera de lugar.---- sugirió.---- Si ves algo raro no le digas que estoy aquí.----
Tomé las riendas de mi potro y salí del bosquecillo para dejarme ver por ellos. Después de estar seguro de que no había peligro alguno para mi vida dejé el caballo en la playa y me acerqué al custodio que al reconocerme, inmediatamente me dio paso para subir a la nave.
---- Buenas noches mi señor.---- saludé respetuosamente al mandatario, mientras observaba el resto del barco en busca de algo fuera de lo normal.----.
---- Buenas noches.---- respondió.---- ¿Ha venido solo?.---- Preguntó percibiendo mi actitud desconfiada.---- Puede estar tranquilo que no hay ninguna trampa.---- concluyó.
La nave estaba totalmente limpia y los remeros esclavos aguardaban relajados sin muestras de nerviosismo, de modo que hice señas a Tutmés para que se acercara al navío.
---- El Príncipe está aquí mi señor.---- informé al gobernador, mientras veía brillar sus ojos de ansiedad.
Lentamente lo vimos aproximarse renqueando.
---- Será una gran alegría volver a ver sano y salvo al heredero.---- afirmó.
El custodio que se hallaba en tierra se apartó de la escalerilla para dar paso al Príncipe ante el cual se inclinó en devoto respeto.
---- ¡Mi Señor!.---- dijo el anciano mandatario arrodillándose para besar la mano de Tutmés.---- Mi corazón se llena de felicidad al veros otra vez.---- aseguró sinceramente conmovido con los ojos invadidos por las lágrimas.
Su barbada mejilla se posó afectuosamente sobre la diestra de Tutmés, que lo ayudó a levantarse para abrazarlo como si de un abuelo se tratara. Visiblemente emocionados se estrecharon evidenciando la profunda amistad que los unía.
---- Espero poder ocultarme en vuestra morada hasta que llegue el día de mostrar a Kemet quién es el verdadero Faraón.---- dijo Tutmés con decisión.---- Prepara vuestra residencia para que pueda permanecer allí sin peligro de que me descubran.
---- Mi señor, imaginando esa posibilidad, ya dispuse que mis sirvientes os prepararan vuestros aposentos en mi humilde hogar, para que su majestad se halle cómoda y a salvo, abandonando su escondrijo en el desierto, que puede digno de delincuentes y criminales, pero no del futuro soberano de Kemet.---- respondió inteligentemente Bakenjosu.
---- ¡Ah!. ¡Eres previsor, mi querido amigo!. Y por supuesto desde ya agradezco vuestra hospitalidad.---- dijo Tutmés satisfecho.
---- Ordenad que zarpemos prontamente.---- Dijo Bakenjosu al timonel, cuando me apuré a hacer subir al "fantasma" antes de que subieran la escalerilla.
El navío viró rumbo al norte y río abajo nos dirigimos hacia la residencia del Gobernador, ubicada a un iteru, aproximadamente de distancia de la ciudad de Waset, que poseía un pequeño atracadero al que arribamos poco tiempo después.
Al día siguiente, luego del suculento desayuno que devoramos con celeridad, el príncipe comenzó a describir su plan a Bakenjosu y sus ayudantes, en la gran sala de la residencia desocupada de objetos ornamentales, reemplazados por mesas de cedro cubiertas de papiros con mapas del recorrido de la imagen del Dios a través de las calles de Waset desde su egreso del Templo, el embarcadero central desde donde parte la nave sagrada, la rada, la localización de los grupos en que estarían distribuidas las tropas de Tutmés, por el puerto y la ribera colindante y en los distintos tramos del recorrido y la descripción de la estrategia de ataque, que como una reacción en cadena iba a destruir la protección de la soberana en círculos concéntricos hasta dejar el sacro navío a merced de las fuerzas dirigidas por el propio Tutmés.
---- Sabiendo que gran parte de los jóvenes oficiales del ejército de Amón, ignoran que sigo con vida, no podremos contarlos entre nuestros efectivos pues a pesar de estar de mi lado, difundir la noticia de mi regreso sería arriesgarse a que los partidarios de Hatshepsut desataran un pandemónium, rastreándonos por toda la región y eliminando el factor sorpresa que tanta importancia tiene para lograr el éxito de nuestro ataque. Sin embargo cuento con que se unirán a nosotros cuando me dé a conocer ante ellos. Para iniciar las maniobras y neutralizar a los custodios de Hatshepsut y a los policías medyau, necesitaremos traer tropas mercenarias del norte y el sur del país encubiertos de diferentes formas como comerciantes, artesanos, pastores, marinos, etc.
Una vez en Waset, yo mismo los instruiré en un paraje apartado del desierto occidental para la acción armada, en la que constituirán la vanguardia de nuestras huestes, cuando mezclados entre el populacho, ataquen a los medyau visiblemente reconocibles por sus típicos uniformes, tras lo cual avanzaremos sobre los miembros de la guardia personal que, flanqueándola, acompañarán a la reina en el desplazamiento de la barca de Amón a través del Hep-ur.---- dijo Tutmés confiado.
---- Solo nos quedan dos semanas mi señor.---- dijo Bakenjosu preocupado.
---- No debes preocuparte amigo mío. Los mercenarios estarán aquí en una semana quizás antes.---- dijo Tutmés conociendo la capacidad de Gamartu para conseguir lo que fuera, incluido soldados a sueldo.---- Tú solo ocúpate de conseguir ropas, armas y un sitio donde mantener a la pequeña tropa oculta y entrenada.---- Dijo Tutmés.
---- ¿De qué número de hombres se trata?.---- Preguntó el gobernador.
---- Al menos trescientos, como para neutralizar a los policías medyau que custodiarán la salida del puerto durante el paso de la Barca de Amón hacia el Hep-ur y por supuesto a los custodios de la Reina que cuidarán de cerca a la soberana y su cortejo.---- dijo Tutmés a los concurrentes a la reunión.---- ¿Alguna pregunta más?.---- inquirió el Príncipe.
---- ¿Cuándo entraremos en acción?.---- preguntó Mentuhotep, yerno de Bakenjosu e idenu del ejército del Alto Kemet.
---- El ataque sobre las filas medyau comenzará cuando la nave real, saliendo del puerto, vire hacia el sur para remontar el curso del río.
En la seguridad de la casa del gobernador, transcurrimos los siguientes días en los que la herida del Príncipe curaba rápidamente y su estado de ánimo se fortalecía con cada noticia acerca de la concreción de los preparativos.
Cumplida la semana que había solicitado Gamartu para conseguir el número de hombres que necesitaba el Príncipe, los hizo llegar de noche a través del desierto rodeando la ciudad, hasta los campos de cultivo de Bakenjosu sitio en el cual se encontrarían escondidos. La mayoría de los mercenarios eran guerreros nehesi capturados el último año, durante la campaña que habíamos desarrollado en Uauat y Kush, y vendidos como esclavos para el trabajo en las minas de cobre del desierto oriental. Gamartu había pagado un alto precio por aquellos esclavos pero no tenía demasiado tiempo para regatear, ni para seguir buscando mejores ofertas. Los venales idenus del ejército cuyas tropas debían controlar a los esclavos, los entregaron a cambio de jugosos dividendos a repartir con los corruptos capataces que dirigían el trabajo en las minas. A ese punto había llegado el decadente sistema, que invadido en cada ámbito de la administración del país por la corrupción, se desmoronaba día a día en la confusión y el desgobierno, durante aquellos años. En esa precisa oportunidad el deplorable estado de los mecanismos que ejercían el contralor de actividades tan importantes como la explotación minera, nos proveyó de aquellos miembros de las tribus negras que infiltrados como sirvientes entre la población, como una ironía más del destino, nos ayudarían a llevar hasta el trono de Kemet, al hombre que hacía tan solo unos meses, había echado por tierra las esperanzas de libertad del pueblo nehesi. Sujetos fuertes y valerosos como ya habíamos comprobado en la guerra contra Nabuma, constituían los elementos ideales para la misión pues difícilmente se podría haber esperado conseguir mejores soldados.
Cuando ya habíamos perdido las esperanzas de que Amenemheb, Sai y los otros supervivientes de la garganta en el paso, hubiesen escapado a la persecución de los medyau de Shishak, aparecieron en la residencia del Gobernador en las afueras de Waset. No todos pudieron evadir a la horda que los rastreó por el desierto, pero la mayoría se salvaron. Harapientos y famélicos, se veían en un estado lamentable, pero felizmente no sufrían de nada que no pudiese solucionarse con un buen baño, ropas limpias y un plato de chícharos y habichuelas. Podían dar gracias de seguir con vida e incluso se hallaban bien dispuestos para participar de las acciones de los próximos días.
La habitación se colmó de trinos cuando las aves canoras que habitaban los jardines de la residencia del gobernador, percibieron la llegada del nuevo día, llenando el aire con sus melodiosos cánticos.
La jornada, fijada en el calendario religioso para la salida del Dios Amón-Ra en su viaje anual remontando las aguas del Hep-ur hacia su santuario de Ipet-
resyt, había llegado.
Casi no había podido dormir durante la noche, a pesar de las comodidades que el gobernador puso a mi disposición, con tantos lujos inimaginables para un simple custodio, como premio por haber salvado la vida del Príncipe Tutmés. Lejos del bullicioso ambiente festivo que inundaba la ciudad, nos preparábamos para quebrar la paz, el orden y la armonía del valle en la celebración más sagrada de Kemet, como blasfemos instrumentos del caos que, impiadosos, osaban tentar el poder de la divinidad.
Habiendo sido ultimados los detalles referidos a la vestimenta y el armamento, partimos en grupos preestablecidos, hacia la ribera del valle cercana a la salida del puerto.
Penetrando entre el gentío reunido en la costa para saludar el paso de la deidad, fuimos ocupando posiciones esperando el comienzo de la ceremonia. El paisaje ribereño mostraba a la muchedumbre bajo el ardiente sol, desbordante de júbilo, participando de espectáculos de música autóctona interpretada con arpas, flautas y sistros acompañados de tambores y tamboriles, a los que se sumaban talentosos cantantes y bellas bailarinas, deleitando con sus encantos mientras contoneaban sus armoniosas figuras al ritmo de la danza. Bajo las grandes palmeras que brindaban con su techumbre vegetal una fresca sombra, el pan, las tortas de higos y dátiles, la cerveza y el pescado, eran consumidos por doquier, como regalo al pueblo de Kemet durante todo el día en el cierre del divino festival.
Sin embargo para Tutmés y los nuestros el momento distaba mucho de ser de relajada algarabía, manteniéndonos en un estado de tensión constante que aumentaba a cada momento. Me sudaban las manos constantemente y el corazón palpitaba cada vez con mayor intensidad. Mi piel exudaba el mismo desagradable olor que precedía a cada batalla. Mis ojos cansados por la noche de insomnio se mantenían empero atentos a cada movimiento de los medyau cercanos y al ir y venir de naves en los preparativos de la salida de la Barca de Amón. Constituido por Tutmés como jefe de mi grupo, observaba a los diez integrantes del mismo, que ubicados a distancias de no más de diez codos de mí, se veían en distintas actitudes para desvirtuar cualquier clase de sospecha, pero que al mismo tiempo debían prestarme atención para cuando diese la señal, ya que llegado el momento, yo debía tomar la iniciativa para que ellos entraran en acción. Imaginaba que Maya y Wadj ya habrían difundido entre las filas del ejército, el rumor de que el Príncipe aún vivía y que se aprestaba para tomar el control del país. Esta noticia cundiría rápidamente entre la joven oficialidad y la soldadesca que admiraban a Tutmés y pronto se unirían a él cuando se diera a conocer ante la muchedumbre.
Aunque los viejos generales y los demás acólitos de Hatshepsut se enteraran de nuestras intenciones, sería demasiado tarde para que pudiesen alterar el rumbo de los acontecimientos, dándonos la enorme ventaja de que gran parte de las tropas apoyasen nuestra causa en el enfrentamiento contra las huestes de la Reina.
Nuestra ubicación en la orilla occidental justo frente a la costa oriental en donde se abría la boca del puerto, nos permitía divisar el panorama ribereño en donde se encontraban las naves de la flota del ejército del Alto Kemet para zarpar ante la aparición de la Barca de Amón como escoltas del cortejo del que formaban parte la nave Real, y la nave de los funcionarios, en la que también viajaban los dignatarios de los países extranjeros, mientras que más atrás se observaban las embarcaciones y navíos de menor porte de personajes de la aristocracia y la nobleza de la región. Entre éstos últimos se encontraba el barco del Gobernador en que viajarían encubiertos Tutmés, Amenemheb, Sai y el resto de los hombres de su grupo.
Todo se hallaba bajo control y dentro de lo previsto, pero comencé a descubrir cierta inquietud en uno de los policías medyau que cuidaban el orden, que me preocupó. Por algún motivo uno de mis hombres, un negro de Kush, llamó la atención de aquel veterano esbirro, quizás por su gran altura y su porte de guerrero, quizás por su nerviosismo que lo hacía ver tenso y no relajado como al resto de la concurrencia. Observé que el medyau comentaba por lo bajo a su compañero, señalando a aquel de entre los hombres de mi grupo. Ubicado detrás de una palmera, fuera de la vista de los medyau, le hice gestos de que se mantuviese calmado, ya que desde que los había visto comentar mientras lo observaban, no hacía otra cosa que aferrar intermitentemente la empuñadura de su puñal escondido dentro de la cesta con fruta, que portaba como si de un vendedor callejero se tratara. Todo se complicó cuando el guardián ciudadano se encaminó lentamente hacia él, atravesando el abigarrado gentío congregado en la playa, seguido por el medyau más joven varios pasos detrás. Mientras la multitud atenta escudriñaba la orilla opuesta en espera de la Barca de Amón, ignorante de la situación que se desarrollaba, temí que los disturbios que sin duda provocaría nuestro ataque a los medyau se produjesen antes de lo previsto.
Cualquier perturbación alertaría a los demás medyau y los custodios de la reina impedirían su salida en la Barca, mientras el general Udimu ordenaría que las tropas del ejército cayeran sobre nosotros sin saber que no éramos delincuentes, haciendo fracasar todos nuestros planes y condenándonos a ser atrapados y luego condenados a muerte por conspirar contra la soberana.
Si debíamos eliminar a aquellos dos, no podíamos permitir que el populacho se percatara de ello, pues el pánico cundiría dejándonos en evidencia.
Le hice señas al nehesi de que se alejara de la playa rumbo al interior del bosquecillo de sicomoros detrás de nuestra posición. Supe enseguida que no tendríamos otra opción cuando vi al experimentado medyau afirmar la lanza que llevaba en su mano derecha mientras seguía al negro. Aún oculto detrás de la palmera vi pasar al más joven de los policías que no se dio cuenta de mi presencia. Miré nuevamente hacia la playa si veía a algún otro medyau alertado de la situación, pero no viendo a nadie, me interné entre los sicomoros siguiendo de lejos a los tres hombres.
En pleno bosquecillo el veterano policía le gritó que se detuviera y sin comprender lo que le decía, ya que el nehesi entendía muy poco nuestro idioma, simplemente giró y sacó el puñal, arrojando la cesta, para ponerse en posición de guardia esperando el ataque del medyau. Éste balbuceó un insulto contra el negro, arrojándole la lanza que con buena dirección fue esquivada por el nehesi que aguardó a que el veterano enfurecido, desenvainara su espada curva para enfrentarlo. Vestido de pastor como estaba, me acerqué silenciosamente por detrás del joven medyau que observaba la escena, empuñando mi cayado para dejarlo fuera de combate si intentaba dar la alarma con el cuerno de carnero que llevaba colgando en la cintura.
El viejo pesado y barrigón, embistió con dos lances de su espada, al negro que, joven y ágil, lo evitó fácilmente. Burlado por la habilidad del guerrero nehesi y alentado por su compañero, atropelló enardecido, blandiendo en alto la espada contra su rival, en el mismo instante en que, adrede, llamé la atención del joven que sorprendido giró hacia mí en el momento en que mi bastón impactaba sobre su cabeza desvaneciéndolo completamente.
El viejo desairado nuevamente por otro movimiento felino del guerrero, advirtió mi presencia y a su compañero tendido en la arena, por lo que alarmado manoteó el cuerno en su flanco para pedir ayuda, pero cayendo sobre él, el nehesi le cortó la garganta ahogando su quejido en una bocanada de sangre.
Como una imagen confusa e incomprensible, vi de pronto al negro, luego de dejar caer el cuerpo sin vida del medyau, desplomándose a su vez de rodillas con una flecha clavada en su pecho, que no vi llegar.
Giré sobre mis talones lentamente hacia la dirección de dónde provino la saeta, sabiendo que me hallaba a merced del arquero que había matado al nehesi y que cualquier movimiento brusco de mi parte podría terminar con mi vida.
---- ¡No me mate mi señor; soy solo un simple pastor!.---- no supe que más decir siendo lo único que se me ocurrió para evitar que disparase sobre mí.
---- No te hagas el estúpido y arroja el cayado. Te vi golpear a mi compañero.---- dijo el arquero. Era por supuesto otro medyau que rondaba por el lugar y al que no había visto llegar. Tan alto como yo y varios años mayor, se veía fuerte y seguro. Imaginé que sintiéndose confiado en su experiencia, intentaría averiguar con amenazas la razón de mi presencia ayudando al nehesi, antes de dar la alarma con su propio cuerno.---- ¿Porqué ayudabas al negro?.---- preguntó desconfiado, observándome de pies a cabeza.---- ¡Ah!. Veo que llevas un fino calzado para ser un humilde pastor.---- reparó el medyau. Era cierto. Si bien mis sandalias no eran del mejor material ni de gran confección, difícilmente un pastor se diese el lujo de comprarse un par de ellas. El error podía costarme caro. El corazón comenzó a latirme furiosamente. Me sentí acorralado, sin encontrar una idea que no fuese demasiado peligrosa para poder escapar.
---- ¡Dime quién eres hijo de puta o te atravieso el corazón!.---- dijo visiblemente alterado.---- ¡Arrodíllate!.---- gritó mientras seguía apuntándome.---- Tal vez seas un hombre del Príncipe Tutmés. Quizás valgas más vivo, que muerto, quizás hasta me gane un ascenso contigo y una buena recompensa en oro.---- especulaba, mientras caminaba a mi alrededor como un perro sobre su presa muerta.---- ¡Habla!.---- gritó.
Ni bien terminó de pronunciar la palabra, se escuchó un estruendo que nos sorprendió a los dos. Por reflejo, el medyau giró la cabeza en dirección al sonido que por un instante lo distrajo, dándome la oportunidad de impulsarme hacia él, antes de que volviese su atención sobre mí.
La aparición de la Barca de Amón aproximándose a la salida del puerto, había provocado una estruendosa ovación de los fieles que con su gritería saludando y alabando a la deidad, me proporcionaron una excelente posibilidad de resolver el difícil trance que atravesaba.
---- ¡Ughhh!.---- gimió el medyau, cuando arrojándome hacia delante, embestí su vientre con mi hombro, tumbándolo cuan largo era.
El arco y la saeta cayeron de sus manos, que desesperadamente trataron de asir mis cabellos, arrancándome un pequeño mechón de pelo que dejó dolorido el cuero cabelludo.
Al rodar hacia el otro lado, me levanté de un salto, alzando del suelo una, de las varias flechas que se deslizaron fuera del carcaj que portaba en la espalda, durante su caída. Me lancé sobre él esgrimiendo la flecha como si de un puñal se tratara, pero se defendió colocando ambas plantas de sus pies como escudo
contra mi pecho, impulsándome con fuerza por el aire, derribándome de espalda hasta chocar con mi cabeza sobre la arena. El golpe fue muy duro conmoviendo mis sentidos, ocasionándome un mareo momentáneo durante el cual, vi la imagen doble de mi enemigo abalanzándose hacia mí con un cuchillo en su mano derecha. Aturdido aún por el impacto, solo atiné a levantar la punta de la flecha, apoyada por el otro extremo en el suelo.
Sin poder detener su caída, mi atacante cayó pesadamente, incrustándose la saeta hasta atravesar su abdomen con un sonido seco y un lastimero quejido. El peso de su cuerpo me dejó sin respiración, sintiendo al mismo tiempo un dolor punzante en mi brazo y un líquido caliente y espeso que recorría mi flanco. Temí haber sido herido de muerte por el arma del medyau que a su vez agonizaba sobre mí emitiendo sus últimos estertores. Exhausto, empujé a un costado su cadáver cuyo peso me oprimía el tórax.
Permanecí inmóvil respirando agitado, tratando de recuperar el aliento. No sé cuanto tiempo habré pasado tendido, pero me pareció una eternidad.
De a poco comencé a moverme hasta sentarme. A pesar de lo confundido y lo mal que me sentía, era obvio que no moriría. Al mirar mi abdomen me tranquilizó ver que no tenía herida alguna y comprendí que la sangre que bañó mi cuerpo había manado de la humanidad del medyau. Al tratar de limpiarme la sangre, sentí el ardor en mi brazo izquierdo que en aquel momento me percaté, había sido alcanzado levemente por el cuchillo del policía.
Arranqué un jirón de tela del faldellín del muerto y me lo até lo más fuertemente que pude sobre la herida del brazo izquierdo, ajustándolo con la mano derecha de un extremo y sosteniéndolo con los dientes del otro.
Sintiéndome repuesto, me levanté hasta recuperar la vertical, aunque un poco vacilante todavía. Alcé el cuchillo del medyau y algo tambaleante, me dirigí hacia la playa buscando un poco de agua con que lavarme. La multitud vivaba acaloradamente el lento tránsito de la sagrada nave que, saliendo del puerto, viraba lentamente en dirección sur para remontar el curso del Hep-ur.
Viendo que aún no era tarde para continuar con los planes me llegué hasta un canal cercano, limpiándome la sangre pegada y la arena de mi cabello, y lavé mi cara para terminar de despabilarme.
Al llegar junto a la multitud, los hombres del grupo que esperaban mi señal ansiosos, repararon en mi aspecto desaliñado, y sorprendidos me observaron sin comprender lo que había ocurrido.
Les indiqué por señas que todo estaba bien y me encaminé entre la muchedumbre hacia el medyau que tenía más cerca.
Mientras la Barca de Amón se desplazaba hacia el sur, vi desde lejos que hombres de otros grupos ya habían entrado en acción contra los policías medyau de su sector tras lo cual hice lo propio. En ambas costas del río se propagaron los incidentes entre los gritos de los ciudadanos inocentes, los alaridos de las mujeres aterrorizadas corriendo con sus hijos, o tratando de llevar a los ancianos lejos de las playas convertidas en campos de batalla. En el desconcierto los medyau atacaban a hombres comunes, campesinos y esclavos indefensos, que caían víctimas de la confusión de los policías que no podían identificar a sus agresores, hasta que se fueron percatando de que la mayoría de los nuestros eran negros de Uauat y Kush; para aquel momento sin embargo, la táctica de Tutmés había hecho estragos entre los medyau.
A su vez lejos de nuestra vista, el Príncipe dándose a conocer a las tropas embarcadas en las naves de guerra, había provocado un gran desorden entre sus filas, divididas entre los seguidores de Udimu y los otros altos oficiales leales a Hatshepsut, contra aquellos que luchando codo a codo en la campaña en tierra nehesi, admiraban y apoyaban a Tutmés.
Diezmadas las fuerzas medyau y con nuestros guerreros teniendo bajo control el dominio costero, me lancé con tres de los hombres de mi grupo al abordaje de una de las naves de la flota de guerra que controlada por jóvenes oficiales fieles al Príncipe, se debatía en la contienda contra un navío ocupado por acólitos de la soberana. El fragor de la lucha, trasladado de la ribera, al centro mismo del sagrado río, mostraba el desolador panorama del enfrentamiento fratricida, la destrucción y la muerte. El derramamiento de sangre inútil e innecesario, provocado por la impiadosa y desmedida ambición de Hatshepsut, que tanto deploraba Tutmés y que sin embargo resultaba finalmente, la única solución para terminar con la inicua usurpación de su madrastra.
La dramática escena se desarrollaba a favor de nuestras fuerzas en el choque contra las últimas embarcaciones que dirigidas por Udimu y su alto mando, intentaban vanamente bloquear el paso de las naves dominadas por los partidarios del Príncipe, para permitir la huida de la soberana y sus prosélitos, en la nave Real, tan fastuosa y elegante, como pesada y lenta, custodiados por parte de su guardia personal con difíciles probabilidades de escapar a la persecución de cualquiera de las veloces naves guerreras.
Cuando abordé la nave trepando por la maroma que colgaba a través de la barandilla de estribor, encontré a Tutmés encaramado en la cabeza de león que coronaba la proa de la embarcación, tratando de ver por entre el desorden de
navíos desparramados sin concierto y mezclados en la batalla, la nave Real en que escapaba presurosa Hatshepsut y los suyos.
---- ¿Por qué has tardado tanto en llegar?.---- me gritó Tutmés para hacerse escuchar en el bullicio de la contienda, mientras hacía señas con su espada al soldado que tenía a su cargo el timón de la nave que interrumpía nuestro avance para que la desviase de nuestra ruta.---- ¡Más aprisa!.---- ordenó.---- ¡Salgan de nuestro camino!.---- dijo nervioso, al ver alejarse la nave Real.
---- No podrán ir demasiado lejos.---- dije intentando calmar a Tutmés.---- Pronto los alcanzaremos.----
---- Todavía tendremos que enfrentar a las naves de custodia lo que les dará aún más tiempo para alejarse.---- respondió alterado.
---- Pero no tienen sitio hacia donde escapar.---- dije.
---- No estaré tranquilo hasta tener a Hatshepsut encerrada en la mazmorra de palacio.---- La nave por fin tuvo vía libre para avanzar río arriba en persecución de los fugitivos.---- ¡A toda fuerza de los remos!.---- exclamó.
A poco de progresar río arriba, vimos en la orilla oriental, a los miembros de la familia real, del harén y a los visitantes extranjeros, que observaban absortos las alternativas de los acontecimientos mientras guardias de palacio los ayudaban a alejarse del cruento escenario en que se había convertido el Hep-ur.
Las fuerzas de los capitanes medyau dirigidas por el jefe Shishak, formaron un primer frente de resistencia a nuestro avance, a medio iteru aproximadamente del puerto de Waset. Con tres naves guerreras de medio porte interceptando el paso, impedían el progreso de los dos fuertes navíos en que remontábamos el curso del Hep-ur. El enfrentamiento era completamente inevitable y a pesar de llevar las de ganar por la potencia de nuestros barcos, la superioridad en hombres estaba del lado de los oficiales medyau. Por otra parte Shishak se jugaba la cabeza en esta maniobra, sabiendo que era su última posibilidad de resarcirse enfrente de la reina luego del fracaso de sus hombres al intentar asesinar a Tutmés. El objetivo fundamental sería eliminar al Príncipe de una vez por todas, sin importar cuantos de sus guardias fueran sacrificados. Muerto Tutmés, se acabarían las luchas por el poder y nadie más osaría contender con la soberana el privilegio a doble corona del país, pues sin importar las transgresiones que había cometido Hatshepsut, el centro de la disputa la constituía la legitimidad a gobernar la Tierra de Kemet por designio divino y nadie más que ellos podían arrogarse ese derecho.
Tutmés también fue consciente de que no podía darse el lujo de participar en un combate en donde él sería el único blanco.
---- Sabes que no soy un cobarde Shed, pero siento que no debo participar en este combate pues Shishak y los suyos tratarán de asesinarme no importa de qué manera, ni a qué costo. Con naves más pequeñas intentarán abordarnos.---- dijo reflexivamente el Príncipe, mientras observaba las embarcaciones enemigas a las que nos aproximábamos.
---- Yo pensé exactamente lo mismo.---- respondí.---- Sería conveniente que os mantuvierais a cubierto mi Señor.---- sugerí.
Sin perder tiempo Tutmés fue a ubicarse en la camareta central a resguardo de cualquier ataque de tiradores expertos que pudiese haber dispuesto Shishak para disparar sobre él. Esto me dio la idea de hacer lo propio contra el jefe medyau.
Shishak era, no solo, el jefe máximo de los medyau y el despótico líder de los oficiales del cuerpo de guardias ciudadano, sino también el único beneficiario de los favores de Hatshepsut, ya que sus subalternos solo recibían las migajas que caían del banquete del poderoso comandante. ¿Qué razón tenían para seguir luchando por una causa meramente económica, si quién podía recompensarlos moría en la batalla?. Imaginé que, tal como Tutmés había ganado la última batalla contra Nabuma teniendo como objetivo destruir la moral de las tropas nehesi matando a su guía espiritual, por motivos diferentes, podría conseguir un efecto parecido matando a Shishak antes de enfrentar a los medyau.
En ausencia de mi fallecido amigo Ykkur, yo era sin duda el mejor tirador con arco, a excepción del propio Tutmés que obviamente no podía exponerse, de manera que pedí a los soldados de la nave que me prestaran sus arcos y sus aljabas con flechas.
Todos eran arcos compuestos muy parecidos y de buena factura, construidos con maderas de gran calidad en los talleres de carpinteros del ejército.
Sin embargo uno de ellos resaltaba por su tamaño y aspecto. Cubierto su frente por una placa de marfil pulida y esmaltada, llevaba cuatro gruesas láminas superpuestas de una flexible madera lustrada que proporcionaba una potencia y alcance excelentes, sumado a ello la tensión que le confería su fuerte cuerda.
---- Tomaré prestado este arco.---- pregunté a los soldados sin saber quién era el propietario del arma.---- ¿A quién pertenece?.
---- Es mío, señor.---- respondió uno de ellos.
---- ¿De qué material es la cuerda?.---- inquirí pensando en la distancia desde la que debería disparar.
---- Está echa de tendones de gacela.---- respondió el joven oficial.
Al tensarlo percibí su enorme poder. Sin duda no encontraría un arco mejor en el navío.
Sabía que Shishak no participaría en la lucha, permaneciendo oculto en la camareta de su embarcación desde la que dirigiría a sus hombres a través de sus capitanes, y probablemente no tendría más de una oportunidad de hacer blanco sobre él, que cuando apareciese fugazmente para observar el curso de las acciones.
Ya era más de media tarde y el viento del desierto comenzó a soplar tenuemente, mejorando la temperatura sobre el caldero en que se había convertido el río desde las primeras horas de la mañana. Sin embargo la refrescante brisa complicaría mi objetivo de acertar desde larga distancia al jefe Shishak, ya que debería encontrar el momento exacto para disparar sobre él cuando se expusiese brevemente y, al mismo tiempo, la intensidad del viento no afectara la trayectoria de la saeta.
Comenté mi plan a Amenemheb y Sai que comandarían nuestro ataque según las órdenes de Tutmés, quienes estuvieron de acuerdo en que lo pusiera en práctica, aconsejándome que me ubicara en la popa, por su ubicación más alta lo que me proporcionaría mejor perspectiva y en donde podría protegerme de las flechas enemigas con los fuertes escudos fijos que cubrían la posición de los timoneles.
Con las naves rivales virando hacia nuestra posición para enfrentarnos y el Sol inclinándose hacia el occidente, me situé junto al timonel más viejo esperando el momento de actuar. Quería probar el alcance del arco antes de intentar mi disparo contra Shishak, y encontrar un lugar detrás del escudo que me diera la sombra necesaria para que el brillo solar de costado no entorpeciera mi visión del blanco.
---- ¿A qué distancia crees que nos hallemos?.---- pregunté al experimentado marino.
---- Poco menos de doscientos codos.---- respondió luego de un momento.
Era buena distancia para probar la potencia del arco. Busqué un objetivo adecuado y lo encontré. Un oficial medyau de aspecto fiero y cruel, tan alto como yo, pero barbudo y barrigón, blandiendo su hacha en alto como tratando de amedrentar a nuestros hombres con uno de sus pies sobre cubierta de proa y el otro en la baranda de babor. Arrodillado como estaba apunté sobre el medyau. El viento seguía soplando con inconveniente intensidad. Por fin aproveché una corta calma y disparé. La saeta se destrozó al golpear lateralmente contra la baranda de popa, delante y debajo del medyau que observó confundido sin saber qué había ocurrido. Apunté nuevamente
corrigiendo la altura del disparo, ya que la dirección había sido buena. La violencia del impacto impulsó al medyau hacia atrás, arrancándolo de la proa.
---- ¡Le destrozaste el pecho!.---- dijo excitado el timonel más joven, de mejor vista.
---- Yo solo vi que desapareció de mi vista.---- replicó admirado el viejo.
---- Bien, muy bien.---- dije satisfecho, mientras esperé mi oportunidad contra Shishak.
Las flechas comenzaron a caer en ambas direcciones, a medida que las embarcaciones rivales se pusieron a la distancia de tiro de los arcos comunes, en tanto intentaba afanosamente descubrir la nave en que viajaba el jefe medyau, hasta que identifiqué a uno de sus capitanes que volteaba alternativamente hacia la camareta de su navío, para luego impartir órdenes a los capitanes de los otros dos barcos. Shishak debía encontrarse allí, pensé. Aguardé expectante como un águila esperando que saliese el ratón de su madriguera. No tendría mucho tiempo y debía aprovecharlo. Si fallaba, Shishak no volvería a exponerse. Esperé vanamente mientras la lucha se prodigaba en un enjambre de saetas cayendo lanzadas desde uno y otro bando. No serviría de nada si no lograba matar al comandante medyau antes de que nos abordaran, pues luego debería preocuparme por proteger al Príncipe y salvar mi propia vida.
De pronto se me ocurrió que eliminando a sus capitanes le sería difícil dirigir el ataque sobre nuestros navíos, obligándolo quizá, a ponerse al descubierto para dar él mismo las instrucciones a sus hombres. Aunque no lo consiguiese al menos provocaría dificultades y confusión entre las filas enemigas.
Busqué en la aljaba una flecha lo más perfecta posible y la separé para tenerla disponible en el momento en que apareciese Shishak, si eso ocurría, para luego buscar con la segunda saeta al segundo del comandante medyau que valientemente llevaba la dirección del ataque contra los nuestros, cubriéndose a su vez fácilmente con su gran escudo de las flechas que, disparadas por nuestros arqueros, caían casi inofensivas como gotas de lluvia. Mi disparo debía ser directo y certero para no darle oportunidad de cubrirlo. Peligrosamente las saetas enemigas caían sobre nuestra posición en el intento de los arqueros enemigos de dañar a los timonéeles, tratando de descontrolar las naves para apurar el abordaje en cuya acción llevaban las de ganar. Sin prestarles atención confiando en la firmeza y seguridad del escudo que las detenía con su corazón de madera de roble, me concentré en el capitán enemigo para aprovechar la ocasión en que me presentara su punto vulnerable.
Ante una nueva andanada de flechas de los tiradores del navío aliado, el capitán de la nave en que viajaba Shishak, presentó una posición inmejorable para mi disparo, al girar su escudo hacia la dirección en que lo atacaban.
De un salto me puse de pie y con la máxima tensión que me permitieron las fuerzas de mis brazos saqué un furibundo disparo. La potencia del arco era excepcional y aunque hubiese alcanzado a cubrirse de frente, la flecha habría vencido la resistencia del escudo. La saeta atravesó su abdomen como si de una delgada hoja de papiro se tratara para ir a clavarse más atrás sobre la cubierta de la nave. Sentí lástima por él. Tan joven como yo, se estremeció de dolor por un instante, cayendo de costado en un charco de su propia sangre brotando a borbotones de su vientre perforado, permaneciendo casi inmóvil, conteniendo su llanto en estremecedoras muestras de sufrimiento y sabiendo que su vida se acababa sin poder evitarlo.
Los soldados medyau lo miraron sorprendidos por un momento, paralizándose instantáneamente la batalla en un enmudecimiento general del bando enemigo. Todos lo notaron y hasta el propio Tutmés salió de la camareta de nuestra nave, al llamarle la atención el silencio repentino que había invadido la escena. No comprendí por qué la agonía de aquel capitán significaba para las tropas medyau un suceso aún más dramático que el que, a mi parecer, hubiese suscitado la propia muerte de Shishak, hasta que me di cuenta de lo que ocurría cuando vi salir al comandante exponiéndose a ser asesinado, para ir a arrodillarse junto al joven. Aquel hombre no era un soldado más, cuya muerte significara una simple baja numérica entre los combatientes medyau; según me enteraría después aquel valiente oficial era el hijo dilecto de Shishak.
El viejo lloró desconsolado, derramando sus lágrimas más amargas, mientras mecía el cuerpo sin vida de su vástago, como si lo arrullara dormido. No importaba lo vil que pudiese ser el jefe medyau, me resultó inevitable sentirme conmovido al ver a un padre sumido en un lamento desgarrador por la muerte de su hijo amado, de la que yo era responsable.
Ante la bulliciosa algarabía de nuestras tropas sabiendo ganada la contienda, Tutmés sin apenas inmutarse, ordenó a nuestros capitanes avanzar hacia el sur para continuar la persecución de las nave Real y su escolta armada, pasando entre las naves enemigas cuyas tropas abandonaron todo intento de resistencia.
CAPITULO 18
"La sabia decisión de Wadjet."
Apenas hubimos avanzado superando una estrecha saliente de la costa que como una lengua de tierra se adentraba en el río, observamos para sorpresa de todos incluyendo al propio Príncipe, la nave Real atracada en el pequeño puerto de Ipet-resyt acompañada por las dos naves de la custodia personal de la soberana. De alguna manera parecía que la Reina había decidido concluir la fuga para esperar en el Santuario de Amón el resultado de los acontecimientos de la batalla en el Hep-ur, aceptando las consecuencias como inevitable designio de la deidad.
Las naves se aproximaron lentamente a la costa cuando vimos que las embarcaciones de la guardia personal de la soberana se hallaban vacías, temiendo que pudiese tratarse de un último y desesperado recurso de Hatshepsut para eliminar al Príncipe.
Con el disco solar coronando las cumbres de las colinas occidentales, atracamos en un embarcadero lateral de la rada, en el silencio del ocaso, inmersos en la purpúrea luminosidad que llenaba de largas sombras el valle. Había refrescado notablemente y la tenue brisa que olía a margaritas de los jardines que flanqueaban la calzada principal, meneaba suavemente las lánguidas ramas de los sauces que poblaban la ribera, mezclados sin concierto entre acacias y olivos.
Aquel bello y apacible ambiente no se correspondían con la situación de tensión extrema que vivíamos los efectivos de Tutmés, aguardando en cualquier instante un ataque sorpresivo de los guardias de la reina. La playa desierta, no mostraba signos de actividad humana y los pocos sonidos perceptibles provenían de una bandada de ocas que se retiraban de entre los juncos, dejando el campo libre a las garzas que aún cazaban en la orilla.
Armados con arcos penetramos en los jardines rodeando al Príncipe en nuestro afán de protegerlo de posibles tiradores ocultos entre la abundante vegetación.
---- Mi Señor, no creo que sea conveniente que vaya con nosotros. Pueden estar esperando para emboscarnos.---- advirtió Sai.
---- Lo sé Sai, pero estoy convencido de que Amón-Ra no me ha permitido llegar a esta instancia solo para dejarme morir. Mi destino es reinar sobre la tierra del Hep-ur y nadie más podrá impedirlo.---- expresó Tutmés como inspirado.
Avanzamos por la avenida monumental de al menos seiscientos codos de longitud que llevaba al Templo entre hileras de esfinges con cabeza de carnero, sin encontrar a nuestro paso ninguna señal de los guardianes reales. El parque de palmeras y sicomoros iluminado por grandes antorchas tempranamente encendidas, se veía en calma, mostrando tan solo la presencia de algunos sirvientes que recorrían diversos sectores de las instalaciones atendiendo la jaula de las aves, el serpentario y los corrales, con cierto temor, debido a nuestra presencia en el recinto sagrado.
Sin previo aviso, surgieron de la penumbra proyectada por las palmeras que precedían la entrada misma del Santuario a ambos lados del pórtico columnado. A contraluz, solo vimos sus oscuras siluetas recortadas por las luces del parque, apareciendo como negros fantasmas mensajeros de muerte. Uno de los primeros disparos que iba dirigido al Príncipe estuvo a punto de terminar con su vida, pero un soldado que se adelantó involuntariamente, se interpuso en la trayectoria, recibiendo el flechazo en pleno vientre.
----- ¡¡Cuidado!!.¡¡ Nos disparan!!.---- gritó Tutmés corriendo a refugiarse detrás de un grueso sicómoro, sosteniendo al moribundo.
---- ¡Dispérsense y rodéenlos! ---- ordenó Amenemheb al resto de las tropas. No eran muchos los guardianes de la reina que quedaban. En número de sesenta, tal vez menos, exhibían una destreza en el dominio de las armas que los hacía sumamente peligrosos.
---- ¡Aaah!.---- gimió Sai que se hallaba a mi lado. Había sido víctima de otra saeta, siendo herido en la parte alta del pecho junto al hombro, cuando corríamos a ocultarnos.---- ¡Hijos de puta me dieron!.---- maldijo con claras muestras de dolor.
---- ¿Te sientes bien Sai?.---- pregunté suponiendo que la lesión no era grave y preocupado al ver que Tutmés había salido corriendo hacia el pórtico del Templo, exponiéndose peligrosamente a los disparos de los custodios de Hatshepsut.
Dejé a mi compañero al cuidado de uno de los nuestros, sabiendo que la herida podía ser muy dolorosa pero no era mortal y no manaba demasiada sangre. Pedí un escudo a uno de los soldados que nos acompañaban y corrí tras el Príncipe protegiéndome lo mejor que pude. Sentí los impactos de al menos dos saetas que se clavaron contra el núcleo de madera de acacia que resistió estoicamente. Aún llevaba el arco colgado de mi hombro izquierdo, sosteniendo el escudo con el antebrazo del mismo lado, la aljaba en la espalda, mientras empuñaba la espada curva en la mano derecha. Tuve suerte de no encontrar enemigo alguno en el pórtico del templo, pues me hallaba tan maniatado con el equipo y las armas que cargaba, que no hubiese podido responder ningún ataque.
Oculto detrás de una de las esfinges de la entrada arrojé el escudo, envainé el Jepesh y me deslicé entre las enormes columnas del santuario, arco en mano, con el sigilo de una cobra y la atención de un águila.
Había perdido de vista a Tutmés y decidí internarme en la sala hipóstila, a pesar de saber que constituía una profanación invadir las sagradas estancias del Santuario, ante la posibilidad de que el Príncipe fuera atacado por los mastines de la soberana, a los que tampoco les importaría transgredir cualquier tabú con tal de lograr sus objetivos.
Entre los corredores iluminados por lámparas con aceites aromáticos e impregnados con el humo portador del aroma a senetjer quemándose en incensarios colgantes, avancé paso a paso con suma cautela entre los colosos de roca, que proyectaban espectrales sombras, confundiendo mis sentidos e infundiéndome sentimientos de pequeñez y vulnerabilidad que me llenaban de angustia. Las escenas grabadas y pintadas sobre los voluminosos fustes distraían peligrosamente mi atención y perturbaban mi mente ya agitada por místicos temores. Las imágenes esculpidas en sobre relieve parecían cobrar vida y observarme con miradas admonitorias, transfigurando sus apacibles facciones en encolerizados gestos de reprobación.
El pulso acelerado golpeaba rítmicamente las turgentes venas como ecos de mi palpitante corazón. Los músculos tensos prestos a reaccionar a la menor señal de alerta, la respiración corta y rápida llenando apresuradamente los pulmones ávidos de aire. Las pupilas dilatadas escudriñando cada rincón en la negrura y los oídos aguzados al extremo, atentos al mínimo sonido.
Como un ser ultraterreno nacido de un mundo paralelo de la oscuridad, advertí alarmado en el piso de granito rojo, una sombra creciendo de entre las sombras a mi espalda. Al girar sobre mis talones me encontré de frente a un custodio real que abalanzándose con su brazo izquierdo en alto sobre mí desplegaba un artero golpe a traición, distinguiendo milagrosamente por el rabillo del ojo, el destello de la hoja metálica que buscaba mi cuello.
Me agaché desesperado sin estar seguro de poder evitar el sablazo que al pasar por encima de mis cabellos, produjo una ráfaga de aire que erizó toda mi piel de miedo, al percatarme de lo cerca que estuve de perder la cabeza. La espada curva se estrelló contra la columna que estaba a mi lado, produciendo un ruido agudo que terminó en un chirrido escalofriante al bajar raspando la piedra.
---- ¡Mierda!.---- grité asustado.
Salté hacia atrás perdiendo el arco y la flecha, atinando a desenvainar mi jepesh apresuradamente, ante otro ataque de mi enemigo que intentaba aprovechar mi maltrecha guardia aún no recuperada del primer ataque.
Como si el sorpresivo ataque no hubiese sido lo suficientemente perturbador, descubrí, para mi pesar, otra sombra que salida de la nada, surgía a mi izquierda por detrás del gigantesco pilar. Me sentí perdido al encontrarme casi indefenso para responder sin escudo a dos rivales, por lo que solo tuve el impulso de retroceder una vez más para alejarme de lo que parecía una muerte inminente.
Sin ver al otro hombre oculto en las sombras, mi atacante saltó hacia adelante nuevamente sosteniendo en alto su espada con ambas manos, para caer sobre mí con un furibundo golpe descendente. Para sorpresa de ambos, mi contendiente nunca concretaría su ataque ya que, cortando el aire con un zumbido que evidenciaba la velocidad del movimiento, el brillo de otro jepesh brotó como un rayo desde la penumbra para hundir el mortal filo en su pecho.
Con un ruido seco a huesos rotos, la hoja penetró hasta la mitad de su ancho en el cuerpo del custodio al que se le aflojaron los musculosos brazos dejando caer la espada, mientras miraba estupefacto su propia sangre, brotar como un manantial escarlata, manchando su chaleco y corriendo hacia abajo hasta el mango del arma que permanecía anclada en su humanidad como un obsceno apéndice. Cayó penosamente desplomado, como un muñeco de trapo.
Sobresaltado, miré al verdugo del guardia, que saliendo a la luz del corredor, resulto ser Amenemheb.
---- Te salvé el pellejo, ¿verdad?.---- dijo sonriendo.
---- Sí, y casi me matas del susto también.---- respondí todavía agitado.
---- ¿Viste a Tutmés?.---- preguntó dejando de lado las bromas.
---- No.---- respondí.---- Lo perdí cuando ingresó en la sala.
---- Vamos por él.---- dijo preocupado mientras yo le entregaba mi espada para recoger el arco.
Nos adentramos aún más en el bosquecillo de columnas rumbo a los sectores más íntimos y prohibidos del Templo en busca del Príncipe, temiendo por su suerte.
A poco de andar escuchamos el choque de metales, característico del combate con espadas procedente del Santuario. Corrimos hacia allí a ver que ocurría, encontrando a Tutmés luchando contra Khian, el jefe de custodios, en tanto la Reina se encontraba visiblemente nerviosa, abrazada a Senmut observando la escena mientras Menkheperreseneb, el Sumo sacerdote de Amón se veía también expectante en el otro extremo del recinto.
Alcé el arco para hacer blanco sobre Khian por temor a que pudiese herir a Tutmés, no totalmente recobrado de la herida en su pierna, que le dificultaba el desplazamiento ante cada movimiento de su oponente. Junto a mí Amenemheb levantó su mano dándome a entender que los dejara combatir; Tutmés ya nos había visto y no daba muestras de solicitar nuestra intervención. Salvo que el Príncipe se encontrara en serio peligro no debíamos inmiscuirnos.
Una y otra vez las espadas entrechocaron, mientras los combatientes se desplazaban con ágiles movimientos alrededor del altar, en un alternativo juego de defensas y ataques, sin sacarse ventajas el uno al otro y sin una clara superioridad de ninguno de los contendientes. No comprendía por qué Tutmés se arriesgaba innecesariamente en un combate a muerte cuando ya no existía obstáculo alguno que pudiese impedir que se coronara Señor de Kemet. ¿Por qué había cambiado de opinión, cuando solo unas pocas horas atrás, durante el enfrentamiento contra las naves medyau, hubo tomado la sabia decisión de permanecer a resguardo ante el peligro de ser el blanco preferido por los arqueros enemigos?. ¿Qué quería probar?. ¿Acaso aún tenía dudas acerca de sí era el elegido de Amón-Ra para gobernar el País de la Tierra Negra?. No importaba qué argumentos lógicos esgrimiese mi especulación, ni cuán razonables fueran mis reflexiones acerca de la irresponsabilidad de Tutmés al exponerse de esa manera cuando ya todo estaba decidido. El Príncipe se encontraba en otro terreno del Ka, en un nivel superior del espíritu, incomprensible para nosotros en aquel instante, que solo se podía explicar a través de la iluminación del entendimiento por una revelación divina.
Viendo que nos manteníamos pasivos por propia decisión del Príncipe, Khian ponía todas sus fuerzas en cada golpe, todo su empeño en cada estocada, toda su ira dirigida a herirlo de muerte, sabiendo que su suerte estaba echada pues estábamos Amenemheb y yo para acabar con él, cualesquiera fuera el resultado de la lucha. Khian odiaba a Tutmés y conociendo al futuro monarca, era obvio que no había lugar para él en el nuevo reino. El soberano no tendría compasión.
Con los ojos inyectados y la mirada llena de furia, Khian parecía volcar a su favor el combate en sucesivos avances que menguaban la resistencia de Tutmés que, empero, permanecía inmutable respondiendo los ataques más profundos y cada vez más peligrosos de su enemigo, sin solicitar nuestra ayuda.
Levanté el arco para hacer blanco sobre el jefe de custodios, preocupado por que se veía venir un inminente golpe mortal que podría descargar Khian en cualquier momento, terminando con la vida del Príncipe.
---- ¡No!. ¡No lo hagas!.---- me gritó Tutmés al verme apuntar a su enemigo. Amenemheb y yo nos miramos perplejos.
¿Cuál era el plan de Tutmés?.¿Qué intentaba hacer?. Se estaba entregando a una muerte segura. Su obstinación rayana en la locura provocaría una tragedia de la que no solo él sería víctima, sino todo el país, que se derrumbaría en la guerra civil para ser invadido por las naciones más poderosas.
Decidí desoír su orden, sin importar las consecuencias que podrían tener para mi persona. Mataría a Khian y éste angustioso momento acabaría. Tutmés luego recapacitaría y sabría disculpar mi desobediencia.
---- ¡No Shed, te ordeno que no dispares!.---- volvió a gritar con más vehemencia aún.
Khian por su parte se encontraba en un estado de enajenación asesina que lo llevaba a atacar con mayor enjundia en cada oportunidad, haciendo chirriar las espadas, y desprendiendo chispas y virutas a los bronces.
Una nueva y furibunda embestida de Khian, obligó al Príncipe a retroceder precipitadamente hacia el área de columnas que rodeaba el recinto sagrado. Por un instante los perdimos de vista detrás de los grandes pilares, por lo que corrimos alarmados hacia el pasillo para seguir la escena, presagiando lo peor.
Arrinconado contra una columna del Santuario, Tutmés perdió la vertical al tropezar de espaldas, contra un escalón que daba acceso a uno de los corredores laterales. Como si el tiempo transcurriese más lento y la escena se transformase en un sueño o más bien en una pesadilla provocada por efectos de algún elixir embriagador, vi volar la espada de Tutmés ante el último golpe asestado por Khian, cayendo el Príncipe sentado al pié de uno de los gigantescos pilares, inerme y completamente indefenso, mientras escuchaba el desesperado clamor de Amenemheb que me gritaba, percibiéndolo como un sonido lejano y confuso, resonando con un extraño eco en mis oídos.---- ¡Dispara, dispara por Dios, Shed!.---- retumbó dentro mi cabeza.
Mis miembros inmóviles de terror, paralizados por el pánico ante el inminente desenlace, apenas tensaron débilmente la cuerda del arco, incapaces de ningún esfuerzo prometedor.
Sin saber su procedencia, escuché en un primer momento un ruido que no reconocí, sin estar seguro de sí se trataba de algo externo o de mi imaginación, alterada por mi confusión mental. La escena se detuvo como suspendida en el tiempo y como los demás volteé hacia el lugar desde donde venía el rumor de pasos, murmullos y un aleteo que recorría el aire con la resonancia del sonido reverberado por la cercanía de la bóveda del Templo.
El ave sagrada emergiendo de las tinieblas del crepúsculo, se materializó como un ente no terrenal, como una criatura sobrenatural, llegada desde el más allá y proveniente del mundo celestial e intemporal donde habitan las deidades. La mística aparición se posó sobre el altar exhibiendo ante el estupor de los presentes, su majestuosidad y belleza, desplegando sus alados miembros que resplandecían con iridiscentes reflejos de su sublime plumaje, bajo el fulgor de las lámparas de aceite.
Como una revelación corporizada de la voluntad divina, su presencia representaba una señal inequívoca, un milagro, la demostración de la protección que sobre el Príncipe habían enviado los Dioses, esclareciendo su designio y la condición de elegido que sobre él se evidenciaba, allanando todas las sospechas acerca de la legitimidad del heredero.
---- ¡Mátalo!.---- se escuchó retumbar en el Santuario.
Todas las miradas se volvieron hacia Hatshepsut, que le ordenaba a Khian que acabara con la vida de Tutmés.
Khian la observó perplejo sin poder creer lo que escuchaba.
---- No lo haré.---- dijo con firmeza el custodio, dejando caer su espada al piso.---- He protegido a su majestad y le he sido un fiel servidor todos estos años, pero no iré en contra de la voluntad divina.---- expresó arrodillándose en gesto de sumisión delante de Tutmés, que lentamente se levantaba con ayuda de Amenemheb.
Hatshepsut enardecida, se desprendió de los brazos de Senmut que trataba de convencerla de que todo había terminado, aproximándose a Khian en un estado de alteración demencial.
---- ¡Estúpido bastardo, te ordeno que levantes tu espada y acabes con él!. ¡La aparición de ese halcón no significa nada!. Solo es un ave escapada de una jaula.---- dijo señalando a los sirvientes del Templo que venían en pos del ave sagrada. Khian permaneció arrodillado ante el Príncipe esperando su perdón, sin prestar atención a la desencajada soberana.
Totalmente fuera de sí, Hatshepsut alzó la espada de Khian y acercándose por detrás de su custodio y con un impulso enérgico e inesperado para todos, la hundió profundamente en su espalda, en un arranque de furiosa impotencia.
---- ¡Cobarde traidor!.---- profirió Hatshepsut.
Khian gimió de dolor mirándola sorprendido, con la boca llena de purpúrea espuma que se derramaba por su barbilla hasta caerle en el pecho. Se derrumbó en desesperados estertores ahogándose en su propia sangre.
Presuroso le quité el arma, ante el enfado de Tutmés que no comprendía una reacción tan fuera de lugar, otra muerte inútil, una insensatez más de aquella delirante mujer dominada por una insana ambición que tocaba su fin.
---- ¡Yo soy la elegida de Amón!. ¡Ese halcón no significa nada, absolutamente nada!.---- gritó Hatshepsut como desafiando a Tutmés.
Amenemheb le agarró las manos, en tanto Senmut trataba de calmarla y convencerla de la conveniencia de aceptar las condiciones que impusiera el Príncipe, para concluir con aquel dramático enfrentamiento.
---- ¡Yo soy la hija dilecta de Amón, engendrada por el propio Dios en el vientre de mi madre!.¡He reinado veintidós años y el oráculo me ha asegurado que reinaré hasta mi muerte!.---- exclamó.
---- ¡Está bien!. ¡Sea cumplida la voluntad de los Dioses! ---- dijo exasperado Tutmés, mientras los sirvientes del Templo, que se habían mantenido expectantes, se llevaban al ave sagrada.---- ¡Si ésta no ha sido una señal para ti, entonces ambos pasaremos una prueba que no dejará lugar a dudas!.---- dijo inspirado el heredero.
Nos miramos con Amenemheb, ignorando qué se traía entre manos el Príncipe.
---- ¡¿De qué se trata?!.---- preguntó Hatshepsut desconfiada y curiosa al mismo tiempo.
---- La Diosa Wadjit decidirá quién de nosotros es el elegido para ceñir la doble corona, el Wereret regio.---- dijo Tutmés con una tranquilidad pasmosa, que me erizó la piel de solo imaginar a lo que se refería. Amenemheb me miró azorado.
---- ¡Es una locura!.---- dijo Senmut a la soberana para que no aceptara el reto.
---- Parece que vuestro amado Visir no cree que puedas pasar la prueba.---- dijo el Príncipe, azuzándola.
---- Pero, ambos podríamos morir.---- dijo la soberana tratando de hacer cambiar de opinión a Tutmés.
---- Entonces, ninguno de los dos es el ungido de Amón-Ra, dando lugar a otro, que se halle signado para gobernar "El país de la Tierra Negra".
Hatshepsut pensativa, palideció, empero, aceptó el reto confiando en que su divino padre no la abandonaría.
---- Acepto la prueba.---- dijo la soberana en un balbuceo vacilante, casi ininteligible.
---- Shed, manda a que iluminen el serpentario y alejen a todos los curiosos del lugar. Solo presenciarán la prueba los aquí presentes.---- expresó Tutmés.
Me encaminé por los corredores del Templo hacia el exterior para hacer cumplir las órdenes del Príncipe.
Senmut tenía razón, era una locura, pero ambos pretendientes estaban tan obsesionados con la idea de ser los legítimos aspirantes, que aunque pareciese descabellado, resultaba la vía más convincente para dirimir la cuestión, a pesar de que la manera de hacerlo era escalofriante.
La lucha en los jardines había terminado tiempo antes, con una victoria de nuestros efectivos, reduciendo a las tropas de la Reina y tomando prisioneros a los sobrevivientes del bando enemigo. Si Tutmés hubiese querido, en aquel momento podría haber vuelto sano y salvo a Waset, con Hatshepsut como prisionera, para proclamarse soberano de Kemet sin mayores contratiempos. Sin embargo estábamos allí para presenciar una prueba crucial, de desenlace incierto, que presagiaba convertirse en una tragedia, en el intento de escrutar la insondable decisión de los dioses. ¿Y si la aparición del halcón sagrado hubiese sido casual?. Realmente había escapado de las jaulas. Era mejor no pensar, de todos modos Tutmés no modificaría su determinación.
Luego de un tiempo informé que estaba todo listo para que se hicieran presentes en el serpentario.
El lugar en donde habitaban los ofidios era un gran foso semicircular de unos quince codos de diámetro y al menos cinco codos de altura, de blancas paredes, piso de arena, y adornado con algunas especies de plantas del desierto, en tanto que en su centro había un pequeño estanque con papiros y juncos. Dos cortas escalerillas enfrentadas, en extremos opuestos del foso, eran utilizadas por los sirvientes para acceder a su interior al efecto de higienizar el lugar y alimentar a las representantes de la Diosa del Bajo Kemet. Por medio de éstas mismas vías de ingreso, descendieron Hatshepsut por una de ellas y Tutmés por la otra.
Desde el borde externo del serpentario en donde nos encontrábamos, podíamos observar los nidos de cobras de diferentes tamaños, formando madejas de centenares de ellas deslizándose unas sobre otras en una estremecedora visión de muerte, iluminada por las antorchas empotradas en las paredes.
El Príncipe se había quitado las ropas a excepción del taparrabo, en tanto la reina se encontraba con sus delicadas vestiduras bajando escalón por escalón con muestras de una clara aprensión. Senmut miraba alelado el lento descenso de la soberana con una mueca de horror indescriptible. Tutmés por su parte, ya había descendido y se aprestaba a sentarse cruzado de piernas en un rincón junto a la pared. Hatshepsut hizo lo propio, imitando hasta la postura adoptada por el Príncipe que, con los ojos cerrados y las manos juntas, parecía abstraído en oración, como si se encontrarse en un campo de amapolas y no rodeado de miles de serpientes. Su aparente tranquilidad era sorprendente, pero las cobras aún no se acercaban a él. La Reina, en tanto, se acomodó su túnica de amplias mangas de manera que expusiera lo menos posible su cuerpo. La ansiedad que se vislumbraba en cada uno de los rostros, superaba con creces el nerviosismo que mostraban quienes se exponían a la prueba.
Como no podía ser de otra manera, la incertidumbre crispaba los nervios, transformando en un suplicio el de por sí angustiante trance. El sepulcral silencio de la noche era interrumpido ocasionalmente por algún grillo, el graznido de los gansos o el monótono canto de los batracios del río. Había refrescado notablemente y si bien no hacía frío, la temperatura era algo baja para la actividad de las serpientes.
Luego de una larga espera, comenzó a evidenciarse cierta actividad entre los ureos, tal vez estimulada por el calor emitido por las grandes antorchas del serpentario.
Una gran cobra, hasta aquel instante casi totalmente inactiva, alargó su bífida lengua y desprendiéndose del enmarañado ovillo que formaba con sus compañeras se deslizó con ondulante suavidad hacia el Príncipe, dejando su rastro sobre la arena. El corazón se me paralizó. Una leve sonrisa pareció dibujarse en el rostro de la soberana que tensa e inmóvil, observaba alternativamente los diferentes grupos de cobras.
A la primera, siguió otra y luego otra más, y luego una cuarta, que reptando y extendiendo sus viperinos miembros, parecían escrutar el ambiente con letal eficacia. No había dudas que aquellos reptiles habían percibido a Tutmés que, sin embargo, se mantenía imperturbable.
Mientras Hatshepsut parecía pasar inadvertida para las sierpes, Tutmés se veía terriblemente amenazado por la proximidad de varias culebras que indudablemente se dirigían hacia él.
Un gesto de triunfo ganó las facciones de la Reina, al ver a la mayor de las cobras escurrirse por entre las piernas cruzadas del Príncipe que abrió los ojos para observarla sin hacer movimiento alguno. El enorme reptil girando lentamente en volutas deslizantes, se contorsionaba sutilmente, rozando con su frío abdomen el regazo del Príncipe. Me estremecí de solo pensar en ponerme un segundo en el lugar de Tutmés, sintiendo cada movimiento de la cobra como una gélida caricia de la muerte.
La sangre se congeló en mis venas cuando alzando su escamosa cabeza, aplanó el cuello y acechando con sus luengas pupilas, permaneció inmóvil, salvo por su lengua que aguijoneaba el aire doblemente frente a Tutmés, a pocos dedos de distancia de su cara. Todo acabó, pensé. La mordedura sería fatalmente rápida, conduciendo con celeridad la ponzoña desde la cabeza al corazón y de allí al resto del cuerpo, para terminar de consumir la vida del Heredero en pocos instantes más. El aciago final se veía ineluctable. Cual sentencia malignamente prolongada por el verdugo, el ataque se retrasaba incomprensiblemente, como si la cobra disfrutara el agónico sufrimiento de su víctima. La escena se dilató en el tiempo hasta hacerse eterna en mis alterados sentidos, hasta que el reptil finalmente se movió.
Estupefacto, la escena desbordó mi entendimiento, al punto de creer que mis ojos me engañaban.
Los abrí y cerré varias veces intentando enfocar mejor la imagen. Mi visión era buena y Amenemheb se hallaba tan perplejo como yo.
No podía ser otra cosa que un milagro, el observar cómo la cobra se había posado sobre el regazo del Príncipe como lo haría un gato con su amo, en tanto las otras sierpes se mantenían alrededor del Príncipe escabulléndose por sobre sus piernas y su torso, sin muestras de agresividad alguna.
Alelados y felices por la maravilla que habían presenciado nuestros indignos ojos, nos abrazamos llenos de alegría con Amenemheb, ignorantes de la tragedia que se desencadenaba en el otro extremo del foso. Con nuestros sentidos puestos en el dramático trance que atravesaba el Príncipe, no advertimos la situación en que se hallaba Hatshepsut. Invadida por decenas de cobras se debatía intentando dominar su repulsión, transpirando profusamente, temblando desesperada y lloriqueando lastimosamente. Completamente aterrorizada, su rostro antes triunfal se veía demacrado y desfigurado en una mueca de espanto incontrolable.
Tutmés con una serenidad absoluta abrió los ojos y giró la cabeza hacia ella.
---- Trata de calmarte.---- le dijo.---- No hagas ningún movimiento brusco. Respira pausadamente y cierra los ojos para que te tranquilices un poco.---- le aconsejaba Tutmés.
Hatshepsut estaba perdida en su descontrol. Las cobras se desplazaban febrilmente empujándose y enredándose, subidas a su cuello, resbalando por su túnica de lino, excitadas por el calor emanado de su cuerpo húmedo y tembloroso, hasta que una sierpe que se deslizó por dentro de una de las mangas de su atuendo desató en la desdichada mujer un ataque de histeria tratando de pararse, para escapar sacándose los reptiles a manotazos de encima. Antes de que pudiera terminar de pararse, decenas de cobras se abatieron sobre ella con sus fauces abiertas, clavando sus ponzoñosos colmillos en feroces ataques, como buitres hambrientos picoteando la carroña. Los desgarradores gritos de Hatshepsut, aún hoy me erizan la piel en el recuerdo, viéndola debatirse inútilmente en su intento por alcanzar la escalerilla para escapar de un final ineluctable.
Destrozado de dolor por su pérdida, Senmut sacó el cuerpo sin vida de su amada soberana, mientras los sirvientes del templo apartaban con largas varas a las culebras que todavía alteradas, se atacaban mutuamente.
Menkheperreseneb, el Sumo sacerdote de Amón, se acercó hasta Tutmés al que, ya fuera del serpentario, ayudábamos a vestir sus atavíos rituales.
---- Alabado sea el ungido de Amón-Ra.---- dijo el clérigo a Tutmés, besando su mano, para finalmente prosternarse ante el nuevo monarca, acto que imitamos todos los presentes incluidos los miembros del ejército cuyos idenus habían hecho formar en los jardines.
El clamor ensordecedor de la multitud se dejó escuchar por primera vez aquella noche, en un eco que resonaría durante años en la tierra de Kemet, cuando el Sumo sacerdote, entregó el cayado y el flagelo dorados, los símbolos reales, al flamante soberano.
---- ¡Larga vida y próspero reinado al "Neter-nefer", Menkheperre Tutmés III, amado Hijo de Amón-Ra, Dios supremo de Kemet!.---- proclamó el Sumo sacerdote ante la estruendosa algarabía de las tropas que coreaban al unísono el nombre de Tutmés, en el pequeño Santuario de Ipet-resyt.
Esa misma noche, la entrada triunfal de Tutmés a Waset como soberano de Kemet, sería el preludio del majestuoso acontecimiento de la coronación y la colosal celebración de los próximos días, que no concluiría hasta fin de mes. La entronización del nuevo monarca se vería marcada por la desbordante alegría del pueblo, desplegada por las calles de cada caserío, de cada aldea, de cada poblado, de todas y cada una de las urbes del delta y el valle del Hep-ur, con la esperanza que albergaban los espíritus, en el advenimiento de una nueva era de paz y prosperidad para el País de la Tierra Negra.
Así concluían los hechos que llevaron, de forma tan trágica, a Menkheperre Tutmés, a transformarse en el nuevo Neter-nefer Tutmés III, como lo habría deseado su padre Akheperenre Tutmés II, veintidós años antes cuando era solo un niño.
Mientras que la narración parece llegar a un final feliz, te puedo asegurar mi querido nieto, que en realidad, la parte más importante de la historia recién comienza.
Fin de la Primera parte.
Pablo Matute
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