"El sexo se proyecta siempre en el dominio público"
Anthony Giddens.
I.
Nuestra investigación tiene por objeto intentar encontrar una respuesta respecto al por qué de las prácticas discriminatorias contra los homosexuales.
Si bien la homosexualidad ha comenzado, en los últimos años, a ser más difundida y publicitada en los medios masivos de comunicación de nuestro país, esto no es -creemos- reflejo de una apertura mayor por parte de la sociedad a sus reclamos y demandas por un status de igualdad social. Muestra de ello son las prácticas discriminatorias -explícitas o implícitas- que aún perduran.
Al acercarnos al eje problemático, nuestros interrogantes se formularán en derredor de la tríada conceptual "inclusión/exclusión/dominación", como elementos constitutivos de la formación del ideario social colectivo. Si estar dentro de un grupo es el tesoro para quienes tienen la suerte de gozar de ello, por el contrario esto se convierte en una pesada carga para aquellos que no logran ser aceptados gracias a prácticas y referencias excluyentes de lo diferente. Es a partir de aquí que intentaremos conocer cuáles son los pensamientos y reflexiones de la sociedad rosarina hacia las personas que sienten atracción por individuos de su mismo sexo.
Estar dentro o fuera del tejido societal implica, entonces, la formulación de valores morales que son producto y determinación histórica. En consecuencia, estos pueden ir transformándose y mutando hacia conductas sociales propensas al logro de un mayor grado de integración y tolerancia respecto de lo "diferente" o, por el contrario hacia mecanismos sociales de discriminación, estigmatización y eliminación de minorías. Esto es el resultado de políticas concretas respecto al ordenamiento sexual y genérico de la sociedad, políticas que no son el resultado del debate de los de "abajo", y por ende resolución consuetudinaria, sino más bien producción discursiva irradiada desde los círculos cercanos al poder. Aquí es donde juegan un papel central las relaciones sociales de dominación - tanto en discurso como en prácticas concretas, tanto en lo referente al tratamiento entre los diferentes sectores sociales como a la asignación precisa de roles que deben cumplir cada uno de los géneros de la especie humana. Estas relaciones de dominación, como producto histórico, no sólo se elaboran en ámbitos intelectuales que propician y otorgan el fundamento ideológico de un ordenamiento sociocultural determinado.
Toda sociedad genera costumbres y normas, prácticas y creencias, que regulan la expresión sexual: cuándo tener relaciones sexuales, con quién tenerlas, cuántas veces, de qué manera, con qué objetivo y, sobre todo, qué tipo de relaciones. Cada cultura otorga valor a ciertas prácticas sexuales y denigra a otras a partir de una limitada concepción de la sexualidad. Hoy, en los discursos sobre la sexualidad se entrecruzan tres grandes significados relativos a la esencia de la sexualidad: a) la reproducción, b) el establecimiento de lazos afectivos y de compromiso entre las personas, y c) el placer. Por lo tanto la sexualidad no heterosexual, no de pareja, no coital, sin fines reproductivos y fuera del matrimonio es definida como perversa, anormal, enferma, o, simplemente, moralmente inferior. Quienes ejercen el poder simbólico establecen las fronteras entre lo normal y lo anormal, dictaminando qué prácticas son buenas o malas, naturales o antinaturales, decentes o indecentes (Lamas, 1997).
"Los homosexuales no son normales" - siguen opinando muchas personas. DE hecho, los homosexuales no sólo fueron discriminados durante siglos, sino que se los consideraba punibles de sanción legal. La persecución y el oprobio obligan a los homosexuales a actividades clandestinas, ilegales, que en conjunción con una comunidad de deseos, gustos, hábitos, necesidades y expectativas originan un estilo de vida peculiar, con sus códigos, sus rituales, su aprendizaje, su habla, su glosario. Forman una sociedad secreta dentro de la sociedad. La estigmatización del homosexual, derivada en parte de la imagen simbólica del varón identificado con la fuerza y de la mujer con la debilidad. Al modificarse esta imagen simbólica en la cultura popular, el prejuicio homofóbico pierde uno de sus principales sostenes. Los límites entre los sexos se vuelven más fluidos entre la mujer y el varón, pero también, aunque en menos medida, entre heterosexuales y homosexuales (Sebrelli, 1997:338-360).
En el siglo XX, y más aún en sus dos últimas décadas, la sociedad ha asistido a cambios cada vez más rápidos y complejos producto de la expansión incontrolada e irreversible de los mecanismos que permiten la difusión y producción de información en tiempo real. Aunque los medios de comunicación masiva no se encuentran (aparentemente) en el centro de la esfera de producción ideológico-cultural, no por ello dejan de ser un elemento de vital importancia al momento de emitir y redifundir discursos que provienen de los círculos de poder. Así, los medios de comunicación masiva (en especial la televisión) pasan a convertirse en el "botín de guerra" por el que luchan los diversos sectores sociales para lograr difundir sus visiones del mundo. No sólo lo oficial tiene cabida, sino que también los sectores "insurgentes" o cuestionadores del actual ordenamiento de cosas pueden acceder a espacios -marginales o centrales, según los casos- desde donde transmitir sus demandas es algo no sólo posible sino concretizable.
En palabras de Octavio Ianni (1998:30-31): "Pero ninguna mercancía es inocente. También es signo, símbolo, significado. Tiene un valor de uso, valor de cambio y de comunicación. Viene a poblar el imaginario del público, auditorio, audiencia, multitud. Divierte, distrae, irrita, ilustra, ilusiona, fascina. Acarrea patrones e ideales, formas de ser, sentir, imaginar. Trabaja en las mentes y en los corazones, formando opiniones, ideas e ilusiones. En este sentido la cultura nacional-popular entra en la construcción y reconstrucción de la hegemonía de los grupos o clases sociales que se componen en escala global. Entra en la construcción y reconstrucción de la sumisión de los individuos, grupos, clases, etnias y sociedades nacionales enteras. Sucede que el mismo proceso de globalización de la cultura al marchar al lado de la sociedad, de la economía y la política, aunque de manera desigual, globaliza también a grupos y clases sociales, movimientos sociales y partidos políticos, ideologías y utopías."
Que en estos últimos cinco años la temática homosexual haya aparecido en lugares centrales en la televisión argentina no es, por otro lado, algo contradictorio, pero sí llamativo si tenemos en cuenta el largo silencio abierto con la llegada de la democracia institucional a la Argentina y la consecuente libertad de prensa y expresión que esta implico desde 1984. A qué responde esto? Es producto de una mayor "aceptación" de las "minorías sexuales", es un intento de reeducar a la sociedad para erradicar las vetas totalitarias aún persistentes? Ambos son interrogantes a los que es difícil encontrarles una respuesta unívoca. Sin embargo podemos observar que éste no es un movimiento de origen local, sino que viene inserto en una "ola" proveniente de los países centrales en donde la agenda política prioriza el desarrollo del respeto por los derechos humanos y la tolerancia a la diversidad.
Los nuevos movimientos sociales también ponen más el acento en los medios de comunicación como vía para extender sus mensajes a toda la población, y a menudo las acciones no convencionales del movimiento se piensan en función de su impacto sobre la opinión pública. Así, las protestas culminan atrayendo la atención de los medios de comunicación y suscitan el apoyo popular para una determinada causa (Dalton, Kuechler & Bürklin, 1992:35).
En síntesis, lo que nos proponemos demostrar es que esa aceptación y tolerancia que muestran los medios masivos de comunicación masiva no sólo son ficticias, sino que tienden a la "reeducación" de la sociedad al respecto.
Para el análisis de la situación en la actualidad hemos realizado un trabajo de encuestas para conocer cuál es la realidad en la ciudad de Rosario con respecto a las actitudes tenidas frente a los homosexuales. Los cuestionarios se han realizado a personas individuales de ambos sexos y cubriendo la franja etaria entre los 21 y 63 años.
II.
En vista de la problemática a abordar, nuestro eje conceptual partirá desde la categoría de "homosexual".
Clasificar a veces comporta compartir varios atributos con las demás cosas que conforman una misma categoría, y que difieren de alguna manera de las cosas de otras categorías. Estas nos ayudan a darle sentido al mundo. A medida que avanza la tecnología, o a medida que conocemos mejor la esencia de lo que intentamos clasificar, se crean nuevas categorías y se abandonan las anteriores. Las categorías deben su existencia al hecho de que los hombres reconocen distinciones que existen realmente en el mundo que les rodea, o son convenciones arbitrarias, simples nombres para designar las cosas, cuyo valor categorizador proviene de que convienen en utilizarlos de ciertas formas? Aunque las categorías no son absolutas, sí son importantes y crean una diferencia sustancial en la vida de las personas. En otras palabras, las mayorías crean minorías en un sentido muy real, esto es, mediante la decisión de clasificarlas (Mondimore, 1998; Boswell, 1985; Boswell, 1993).
Durante los últimos mil años la gente ha definido la homosexualidad como una preferencia homosexual (como preferir el vino blanco al tinto), como un don divino que confiere una gran sabiduría y poderes curativos, como un pecado terrible, como una enfermedad mental y como una variación humana natural (Mondimore, 1998:20). Lo que hoy día entendemos por homosexualidad, antiguamente se llamó indistintamente: "sodomía", "pecado o vicio contra naturaleza" y "crimen o delito nefando". Tres expresiones con una marcada raíz religiosa judeocristiana. A partir de la segunda mitad del siglo XIX (1860) empezó a triunfar una cierta laicidad y aparecieron tres nombres nuevos: "uranismo", "inversión" y "homosexualidad" (Mirabet i Mullol, 1985:175).
No hay que olvidar que la categoría psicológica, psiquiátrica, médica, de la homosexualidad se constituyó el día en que se la caracterizó –el famoso artículo de Westphal sobre las "sensaciones sexuales contrarias" (1870) puede valer como fecha de nacimiento- no tanto por un tipo de relaciones sexuales como por cierta cualidad de la sensibilidad sexual, determinada manera de invertir en sí mismo lo masculino y lo femenino. La homosexualidad apareció como una de las figuras de la sexualidad cuando fue rebajada de la práctica de la sodomía a una suerte de androginia interior, de hermafroditismo del alma. El sodomita era un relapso, el homosexual es ahora una especie (Foucault, 1985:56-57).
Un médico húngaro llamado Benkert (que empleaba el pseudónimo de K. M. Kertbeny) fue quien, en 1869, acuñó el término "homosexualidad", que se ha convertido en una palabra generalmente aceptada para designar los actos sexuales entre personas de un mismo sexo; esta expresión se centra en el aspecto de la elección del objeto sexual.
"Homosexualidad" alude al fenómeno general del erotismo del mismo sexo y, en consecuencia, es la más amplia de las categorías empleadas; comprende todos los fenómenos sexuales entre personas del mismo sexo, ya sean resultado de preferencia consciente, deseo subliminal o necesidad circunstancial (Boswell, 1993:67). Sin embargo, esto no necesariamente conlleva a que personas en situación de hacinamiento, encierro o aislamiento prolongado en el tiempo culminen en un proceso de cambio de sus preferencias erótico-sexuales; esto no significa en forma alguna que la persona sienta alguna inclinación erótica hacia su propio sexo como característica distintiva de sus prácticas sexuales. En otras palabras, no todas las personas que mantengan relaciones sexuales con individuos de su propio sexo pueden ser considerados de por sí como homosexuales.
El término "homosexual" se ha acuñado y popularizado en el contexto de la patología – como una manera de hacer frente a las dificultades epistemológicas planteadas por el término que le antecedió: "inversión sexual". La "inversión sexual" –se concluyó- hacía referencia a una amplia gama de comportamientos sexuales desviados de los cuales el deseo homosexual era solo un aspecto lógico, pero indiferenciado, en tanto que la expresión "homosexualidad" era entendida, en sentido estricto, como la cuestión de la elección del objeto sexual.
Los cálculos actuales, desarrollados por primera vez por el Dr. Alfred Kinsey, indican que aproximadamente un 10% de la población es homosexual. Se cree que esta proporción es aproximadamente la misma en el mundo entero, en todas las épocas, culturas y climas. Los sentimientos de atracción hacia personas del mismo sexo parecen ser usualmente tanto afectivos como físicos. A finales de los años 40 el Dr. Kinsey desarrolló una escala que lleva su nombre y que muestra que las personas no son estrictamente homosexuales o heterosexuales, sino que fluctúan entre ambos. En otras palabras, hay muchos hombres y mujeres cuya orientación sexual indica diferentes grados de bisexualidad.
Las investigaciones de Kinsey demostraron que la homosexualidad y la heterosexualidad no son fenómenos absolutos e interdependientes, sino más bien fenómenos conectados por un gran segmento de la población que posee diferentes grados de bisexualidad. Lo anterior se refleja en una escala en la cual hay varias categorías. La cero (0) incluye a todas las personas que son exclusivamente heterosexuales y que reportan no tener o haber tenido ninguna experiencia o atracción homosexual. La categoría uno (1) incluye a aquellos que son predominantemente heterosexuales, teniendo sólo experiencias o atracción homosexuales incidentales. La categoría dos (2) incluye a aquellos que son predominantemente heterosexuales, pero tienen experiencias o atracción homosexuales más que incidentales. La categoría tres (3) representa a las personas que tienen tantas experiencias y atracciones homosexuales como heterosexuales. La categoría cuatro (4) incluye a aquellos que son predominantemente homosexuales, pero tienen experiencias o atracción heterosexuales más que incidentales. La categoría cinco (5) incluye a aquellos que son homosexuales, teniendo sólo experiencias o atracción heterosexuales incidentales. La categoría seis (6) incluye a todas las personas que son exclusivamente homosexuales en experiencias y atracción.
Los hallazgos de Kinsey sorprendieron a un público incrédulo en aquel momento. Durante el pasado cuarto de siglo, sin embargo, la homosexualidad se ha visto afectada por cambios tan grandes como los que ha sufrido la conducta heterosexual. Incluso en la fecha en que aparecieron los libros de Kinsey, la homosexualidad era vista todavía por gran parte de la literatura clínica como una patología, una forma de trastorno psicosexual, que iba pareja con toda una gama de trastornos análogos: fetichismo, voyeurismo, travestismo, satiriasis, ninfomanía, etc... Sigue siendo tratada como una perversión por parte de muchos heterosexuales –es decir, como específicamente antinatural y como moralmente condenable. Aunque el término "perversión" en sí mismo ahora ha desaparecido prácticamente de la psiquiatría clínica, y la aversión sentida por muchos hacia la homosexualidad no se ve reforzada ya sustancialmente por la profesión médica (Giddens, 1998:23).
Las investigaciones de Kinsey permitirían afirmar la consecuencia política de que la mayoría sexual de la sociedad humana es, en realidad, una coalición de minorías sexuales que legitimarían la sexualidad a los fines de la procreación. Empero, sobre el fundamento de la igualdad ante la ley, una sociedad democrática no concede a la mayoría el poder absoluto y establece mecanismos representativos para el disenso de las minorías (Barrios Medina, 1997:1).
Cuando se quiso sacar a la homosexualidad del mundo del mal y del pecado en que la había colocado el cristianismo, se la ubicó, casi con delicadeza médica, en el espacio de las enfermedades. Lo cual tampoco le hizo un gran favor, puesto que las enfermedades suelen ser contagiosas. No es, tampoco, un varón que quiere ser mujer ni una mujer que desea ser varón. Tampoco es un travesti destinado a ridiculizar a varones y mujeres.
La sexualidad es una estructura múltiple que varía en diferentes grados entre la feminidad y la masculinidad. Nos hacemos varones o mujeres, mejor dicho, somos hechos por la acción directa y permanente de los otros, de ese otro que está en los deseos, las palabras, las presencias, las posiciones que organizan la sexualidad del niño y de la niña. Sobre la base de un cuerpo masculino o femenino se construye una sexualidad cuyo destino humano es lo placentero y gozoso para proveer sentido a la relación entre dos y a la misma procreación.
La feminidad y la masculinidad no son otra cosa que el resultado de un complejo proceso de modelaje iniciado, en estricto rigor, aún antes del nacimiento.
El mundo es construido como un espacio de dominio heterosexual; los homosexuales se viven como excepción, lo cual hace más compleja su situación. Una excepcionalidad repudiada incluso con crueldad por una sociedad poco tolerante de las diferencias y que se construyó con ideas y principios universales destinados a hacer a todos iguales.
Es a partir de aquí que intentaremos conocer cuáles son los pensamientos y reflexiones de la sociedad rosarina hacia las personas que sienten atracción por individuos de su mismo sexo.
III.
El trabajo de compilación estadística que hemos llevado a cabo ha intentado, teniendo en cuenta las consideraciones anteriores, presentar una serie organizada de datos que permitan, si no exhaustivamente, analizar las actitudes de la sociedad rosarina frente a los homosexuales. Hemos trabajado con un diseño de encuesta que consistió en un cuestionario semiestructurado aplicado a una muestra de población. El cuestionario estaba integrado por preguntas cerradas, abiertas y una escala de valores y actitudes.
Según John Boswell (1985:38-39), el siglo XX ha asistido a tres revoluciones en el ámbito del estudio histórico: la primera fue el éxito de la Escuela de loa Annales; la segunda, el empleo de las técnicas estadísticas para evaluar y estructurar los datos históricos; la tercera revolución es lo que podrá denominarse la "historia de las minorías" y estriba en el esfuerzo por recuperar la historia de los grupos antes ignorados o excluidos por la historiografía clásica.
"Aunque evidentemente existen trabajos no reconocidos en las universidades, realizados por investigadores e investigadoras más o menos solitarios, este campo de estudios no tiene hoy consistencia ni legitimidad ni autonomía propia, y se practica en una especie de exclusión intelectual" (Levovici & Seguret, 1997:143).
En nuestro país el debate sobre el estudio sobre las "minorías" fue introducido a raíz de la denegación de la personería jurídica a la Comunidad Homosexual Argentina (CHA) en 1991. "La ausencia de investigación sobre este tema en la Facultad significa su atraso porque no ha dado el paso para esclarecer a su sociedad", expresó el director del Instituto "Gino Germani" de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, Enrique Oteiza. En esa coyuntura, mediados de 1992, Oteiza indicó la necesidad de esa investigación al Grupo de Salud y Derechos Humanos. A siete años de aquel acontecimiento, la publicación de los resultados de esa investigación, la primera de la Universidad de Buenos Aires, culmina una etapa de esclarecimiento y desarrollo social (Barrios Medina, 1998).
En vista de que el presente trabajo se ve inserto en un campo problemático novedoso a la investigación académica de nuestro país, es comprensible que ciertos datos que puede esperarse encontrar aquí, en muchos casos, aún permanezcan ausentes. Sin embargo, creemos que las informaciones aquí reunidas pueden servir de motivación para continuar desarrollando y profundizando el análisis de la realidad social.
IV.
Los datos recogidos muestran que:
La opción "rechazo" es elegida mayoritariamente por personas mayores a 56 años de edad, en tanto que los menores a 55 años varían entre aceptación e indiferencia.
Los menores a 45 años de edad se manifiestan en un 100% por la tolerancia, en tanto los mayores a los 56 años se reparten en proporciones iguales entre tolerar y prohibir.
Sólo un 10% manifestó que deberían reprimirse, frente a un 5% por promoverse.
De quienes se manifestaron a favor, el 53% tiene o tuvo experiencias de convivencia.
En los menores a 35 años de edad (25% de la muestra) es donde se ve como que no es un inconveniente, en tanto los mayores a los 56 años opinan en forma diferente.
No lo ven como una enfermedad un 40% de los entrevistados menores a los 46 años de edad.
Como enfermedad es vista mayoritariamente en los sectores de ingresos altos (75%) y medios (57%); en tanto lo ven así sólo un 33% de los entrevistados con ingresos bajos.
En el sector de bajos ingresos se considera a la homosexualidad preponderantemente como un estilo de vida (45%). Como una opción sexual más, opinan el 43% de quienes están en sectores sociales medios y el 22% de ingresos bajos.
Teniendo en cuenta el estado civil de los entrevistados; el 80% de los solteros ve a la homosexualidad como un estilo de vida frente al 20% que la considera una enfermedad. Los separados/divorciados se reparten igualmente entre opción sexual y enfermedad. Los casados la ven mayoritariamente como una enfermedad (63%).
V.
Es interesante observar que en el imaginario colectivo, la palabra "homosexualidad" es inmediatamente relacionada a prácticas sexuales exclusivas de los varones. Sólo uno de los entrevistados mencionó la existencia de este tipo de prácticas en las mujeres, pero aclaró que "ellas son lesbianas y no homosexuales". También es frecuente la confusión o equiparación entre prácticas homosexuales y travestismo o transformismo. "Vos acá lo ves como algo común -manifiesta una de las entrevistadas- a la noche salen en pareja, más que nada para cuidarse hasta que llegan a Grandoli"; otra mujer dijo al respecto: "Si hay varios, por ejemplo C, lo tendrías que ver, se viste y se arregla que es más lindo que una mujer".
Contraponiendo algunas respuestas, es interesante observar que mientras un 65% de los entrevistados considera que la homosexualidad es una práctica tan legítima como la heterosexual o bisexual, al mismo tiempo un 50% la considerase como una enfermedad. De lo cual podemos deducir que el nivel de tolerancia registrado es a partir de una "aceptación indiferente". Varios entrevistados manifestaron: "no me interesa", "no es cosa mía", "mientras no molesten a los demás".
Por otra parte, si cerca de un 84% tiene una "aceptación indiferente" frente a los homosexuales, quizás esto sea así debido a que muchos la consideran como una enfermedad. Varios de los entrevistados manifestaron que "homosexuales hubo siempre", "ya nacen así" - al ser vista como una "enfermedad de nacimiento" es por tanto considerada no punible de sanción moral. Entonces estamos en presencia de una actitud de tolerancia por resignación a una situación que se considera dada y producida genéticamente.
Las enfermedades -como toda patología- causa dolor y sufrimiento, esto se refleja en algunas expresiones como "Pobrecito, qué culpa tiene" o, de una manera más frontal, "la homosexualidad más que una enfermedad, es una desgracia". Si padecer una enfermedad es caer en la desgracia, esto es vivido como un elemento "exculpatorio". Aquí vemos que el nivel de tolerancia e indiferencia observado se produce como consecuencia de una elaboración mental más proclive a la aceptación por lástima que a posturas de respeto por la diversidad.
Esto se modifica cuando observamos las visiones según el nivel de ingresos. En tanto en los sectores sociales de ingresos medios y altos la homosexualidad es mayoritariamente considerada una enfermedad (66%), por el contrario en los sectores sociales de ingresos bajos la homosexualidad es vivida preponderantemente (45%) como algo estrechamente relacionado al ejercicio de la prostitución y, en consecuencia, como una fuente de trabajo para hacer frente a las dificultades económicas.
Muchas personas de nuestra sociedad tienen prejuicios y miedos frente a los homosexuales a pesar de no tener ningún contacto personal. El hombre homosexual pasa por afeminado, débil e inmaduro; las mujeres lesbianas como "amachadas", rudas y dominantes. Pero esa imagen coincide con muy pocos homosexuales; esto sucede porque se ha elaborado un "código de comportamientos" que intenta responder a la pretendida imagen social de los que es "ser hombre" o de lo que es "ser mujer". Esto también forma parte de la conciencia que con los años se les fija a los hombres y mujeres desde la infancia.
Un 75% opina que la televisión incide en la opinión de las personas, de los cuales cerca de un 65% opina que induce bastante. Tendrá algo que ver la programación televisiva en el "moldeamiento" de la opinión pública respecto a conductas más tolerantes respecto a la homosexualidad? Creemos que sí. El tratamiento que se ha hecho y que se hace de la homosexualidad en la televisión argentina (en especial programas de producción nacional) ha repercutido de manera favorable en la fijación de conductas sobre el colectivo social. Programas como "Zona de riesgo", "Verdad/Consecuencia", "Verano del 98", "Primicias", cada uno de ellos dirigido a un sector etario diferente, han cubierto sin embargo la franja comprendida entre los adolescentes y la tercera edad. Estos tres programas, como algunos otros al estilo "talk-show" hicieron un abordaje de la problemática homosexual en función de diferentes códigos generacionales correspondientes a cada uno de los públicos a que estaba dirigida la producción televisiva.
Ya expresamos más arriba la existencia de una pugna entre los diferentes discursos por acceder a espacios de difusión en los medios de comunicación masiva. Es así como la denuncia y la protesta contra hechos de discriminación se erigen en un elemento aglutinador de intereses diferentes dentro de una comunidad plural. En el nivel de la difusión de la ideología, los intelectuales son los encargados de animar y administrar la "estructura ideológica" de los círculos de poder en el seno de las organizaciones de la sociedad civil y de los medios de comunicación masiva.
De esta manera, las iniciativas de un determinado actor social para transformar, corregir, perfeccionar las concepciones del mundo existentes y para cambiar, consiguientemente, las normas de conducta conformes y relativas a ellas, conducen a la mutación del imaginario social colectivo expresado genéricamente como "sentido común". En este sentido, la relación establecida entre los medios de comunicación masiva y los activistas de las organizaciones que nuclean y defienden las demandas de las "minorías sexuales" han servido no sólo para difundir un determinado tipo de protestas, sino que ha logrado que la discusión sobre la expansión de la ciudadanía encuentre eco en el colectivo social. Reflejo de esta influencia es que las opiniones recogidas muestran que mayoritariamente (65%) se considera que las manifestaciones públicas de la homosexualidad deberían ser toleradas.
Que un grupo numeroso de personas se congreguen en derredor de una consigna común frente a los poderes públicos no sólo hace pensar en el surgimiento potencial de un nuevo movimiento social, sino que significa una noticia a cubrir y por tanto a difundir por los comunicadores sociales.
Cuando algo es noticia, y es consumido también como tal, hace falta enriquecer el discurso o, por lo menos, pulirlo de sus aristas más arbitrarias. A este respecto es interesante observar cómo, desde los medios de comunicación masiva, ha dejado de hacerse referencia a los "homosexuales" para pasar a tratar la problemática de los "gays, lesbianas, travesties, transexuales y bisexuales". También englobados bajo el rótulo común de "minorías sexuales". De esta manera, una categoría que en los inicios era tratada como conducta patológica se ve transformada en una categoría aglutinante de elementos socioculturales diversos - aquí la lucha por el respeto y por la dignidad gay ya muestra a las claras cómo se esta definiendo la batalla comunicacional.
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Prof. Marcos Gastón Milman (UNR)
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