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Del así denominado Argumento Ontológico de San Anselmo

Enviado por pdeff



Un ensayo de libre interpretación acerca del poder oculto que posee

  1. Introducción y resumen
  2. Proslogion de San Anselmo: textos extraídos del prefacio
  3. Exhortación del espíritu a la contemplación de Dios
  4. De que Dios en verdad es
  5. Comentarios: naturaleza y poder del argumento

1ª sección- INTRODUCCIÓN Y RESUMEN

Muy posiblemente redactado en algún momento entre los años 1070 y 1073, el Proslogion es el texto en el cual San Anselmo presenta su famosísimo argumento en pro de la existencia de Dios; argumento que la tradición ha calificado de "ontológico". Desde el momento mismo de su aparición, se ha prestado a mucha discusión: Gaunilio polemizó directamente con San Anselmo, Kant objetó el argumento, la filosofía analítica de los años recientes le ha dedicado numerosos artículos. ¿Cómo explicar tanta discusión a lo largo de siglos? ¿Qué lecciones podemos extraer de todo ello? El objeto del presente ensayo es presentar nuestra propia opinión acerca de la naturaleza y poder del, así denominado, Argumento Ontológico de San Anselmo. A fin de poner al lector en contexto, las secciones 2ª y 3ª que siguen transcriben textos selectos extraídos del Prefacio y del Primer capítulo del Proslogión. Seguidamente, la sección 4ª introduce la versión integral del argumento, tal cual lo presenta San Anselmo en el segundo capítulo de su obra. La sección 5ª tiene por objeto presentar nuestras observaciones y opiniones acerca del argumento, muy particularmente en cuanto a lo que a su naturaleza y poder concierne. Creemos haber aportado una interesante y útil novedad.

2ª sección- EL PROSLOGION * DE SAN ANSELMO

Prefacio (selección de textos).

"Luego de haber -acuciado por los ruegos de algunos hermanos- publicado cierto opúsculo (Monologion) como ejemplo de meditación sobre el sentido de la fe (ratione fidei), hecho en nombre de alguien que busca lo que no sabe vía razonamiento silencioso consigo mismo; considerando que estaba constituido por un encadenamiento de numerosos argumentos, comencé a buscar si no era posible encontrar un argumento que, por convincente, se bastase a sí mismo, que por sí solo bastara para demostrar que en verdad Dios es, que es el bien supremo, que no necesita de ningún otro y de quien todos necesitan para su ser y bienestar, y así también (para demostrar) todo lo que creemos de la sustancia divina.

Ahora bien, como a menudo y con gran celo de esta manera dirigía mi pensamiento, más de una vez creí poder alcanzar lo que buscaba; más de una vez, también, se escapaba por entero de la mirada de mi espíritu."

...................

Tras muchos intentos fallidos, San Anselmo dice querer excluir de su espíritu la búsqueda que -por imposible y entorpecedora de otros pensamientos- le parece inútil continuar. Pero, a pesar de su voluntad y la resistencia que opone, la idea le persigue. Continúa diciendo:

...................

"Ahora bien, cierto día, habiéndome cansado de vehementemente resistir esta obsesión, en el conflicto mismo de mis pensamientos, se me presentó aquello que había buscado desesperadamente..."

...................

"Estimando, por tanto, que aquello que me regocijaba haber encontrado, podría gustar -de ser escrito- a quien lo leyese, he compuesto este opúsculo sobre este tema y algunos otros, hablando en nombre de un hombre esforzándose por elevar su alma a Dios y buscando entender lo que cree."

..................

*Proslogion (alocución): La fe buscando la razón.

No confundir con:

Monologion (soliloquio): Ejemplo de meditación sobre la razón de la fe.

..................

3ª sección- Capítulo I: Exhortación del espíritu a la contemplación de Dios.

"Y ahora, débil mortal, escápate por un momento de tus ocupaciones, apártate un poco de tus tumultuosos pensamientos, arroja tus preocupaciones agobiantes y pospón tus laboriosas ocupaciones. Tan sea un poco, abandónate a Dios y descansa un poco en ÉL. Entra en lo recóndito de tu alma, excluye de allí todo, excepto a Dios y aquello que pueda ayudarte a buscarlo, y habiendo cerrado la entrada ¡búscalo! Di ahora ¡oh corazón mío todo! di a Dios: Busco tu rostro, tu rostro ¡oh Señor! te busco (Salmo XXVI, 8) Y tu ¡oh Señor mi Dios! instruye mi corazón, cómo y dónde buscarte, dónde y cómo buscarte. ¡Oh Señor! si no estás aquí -si ausente estás- ¿dónde te buscaré? Pero, si estás presente en todas partes, ¿por qué no te veo? Sin duda habitas una luz inaccesible. ¿Dónde está esta luz inaccesible? ¿Cómo podré alcanzarla? ¿Quién me conducirá a ella? ¿Quién me introducirá en ella, para allí poderte ver? ¿Con qué signos, bajo que aspecto te buscaré? Jamás te he visto Señor mi Dios; no conozco tu Faz. ¿Qué hacer Señor Altísimo? Entonces, ¿qué hacerle a este exiliado que está tan lejos de Ti? ¿Qué hacerle a tu servidor atormentado de amor por Ti, arrojado tan lejos de tu Faz? Aspira verte y tu Faz está demasiado lejos de él. Desea acceder a Ti, pero inaccesible es tu morada.

Quiere encontrarte, pero no conoce tu lugar. Desea buscarte y no conoce tu Faz. ¡Oh Señor! tu eres mi Dios y mi Señor, pero jamás te he visto. Me has creado y vuelto a crear, y todos mis bienes. Tú eres quien me los ha dado, pero aun no Te conozco. En fin, estoy hecho para verte y jamás he hecho aquello por lo cual he sido creado. ¡Oh suerte miserable del hombre que ha perdido aquello para lo cual fue hecho!..."

Finaliza el capítulo diciendo:

"Y no busco entender para creer, sino que creo para entender. Ya que también creo, no poder entender de no creer."

4ª sección- Capítulo II: De que Dios en verdad es.

A continuación la totalidad del segundo capítulo del Proslogión. Es la versión integral del argumento calificado usualmente de ontológico. En su lectura tome en cuenta lo siguiente:

Cada vez que lea la larga expresión "algo de lo cual nada mayor (latín majus) puede pensarse (latín cogitari)", manténgala en su mente como aquella totalidad que San Anselmo, desde el inicio mismo de argumento, hace equivalente a Dios. Para facilitar esto, en cada caso la hemos impreso en negrillas.

Las palabras latinas Intellectum, Intelligam, Intelligit, Intellectu, Intelligat, Intelligere e Intelligitur se han traducido correctamente al castellano por la palabra entendimiento y las que se derivan de ella.

Las palabras latinas es, esse, est y sed se han traducido al castellano mediante los verbos ser y estar aplicando en cada caso la declinación apropiada.

Observación: Con la finalidad de visualmente facilitar la lectura del argumento, lo hemos formateado destacando por separado cada una de las oraciones que lo constituyen, a la par de desglosarlas en sus diferentes partes a fin de facilitar su análisis. La impresión original es la de único párrafo corrido incómodo de trabajar. Los subrayados también son nuestros.

Veamos el argumento.

➔ "Por lo tanto, Señor,

Tu que le das entendimiento a la fe,concédeme entender -tanto como de provecho sea-que eres, tal lo creemos, y tal quien te creemos ser.

➔ Y ciertamente creemos que Tu eres algo de lo cual nada mayor puede pensarse.

➔ ¿Acaso tal naturaleza no es, debido a que El insensato ha dicho en su corazón: Dios no es (Salmo XIII,1)?

➔ Pero cierto es que este mismo insensato,cuando me oye decir algo de lo cual nada mayor puede pensarse entiende lo que oye,y lo que entiende está en su entendimiento,aunque no lo entienda como siendo.

➔ En efecto, tener algo en el entendimiento no es lo mismo que entenderlo como siendo en realidad.

➔ Así, cuando el pintor pre-piensa (præcogitat) en lo que va a hacer, lo que va a pintar lo tiene en su entendimiento, pero no lo entiende como siendo, ya que aun no lo ha pintado.

➔ Pero cuando ya lo ha pintado, lo tiene en su entendimiento, y también entiende lo que ha hecho como siendo.

➔ Ahora bien, el propio insensato ha de admitir particularmente que en el entendimiento está algo de lo cual nada mayor puede pensarse, ya que cuando oye esto lo entiende,y todo lo que se entiende está en el entendimiento.

➔ Y, ciertamente, aquello de lo cual nada mayor puede pensarse,no puede sólo estar en el ntendimiento.

➔ En efecto, si sólo estuviese en el entendimiento,se le podría (además) haber pensado como siendo en realidad; lo cual es mayor.

➔ Entonces, pues,si aquello de lo cual nada mayor puede pensarse, está sólo en el entendimiento,

eso mismo de lo cual nada mayor puede pensarse, es algo de lo cual algo mayor (si) puede pensarse:

pero ciertamente esto es imposible (contradictorio).

➔ Por consiguiente, sin duda alguna,

ALGO, de lo cual nada mayor puede pensarse,

ES, tanto en el entendimiento como en realidad."

5ª sección- COMENTARIOS: LA NATURALEZA Y PODER DEL "ARGUMENTO".

Pregunta:

Luego de transcurridos varios siglos, el "argumento" de San Anselmo aun resuena. Lejana resonancia, pero resonancia al fin.

Tal reverberación no la tiene cualquier cosa. Reverberación la hay en el caso de los llamados sagrados (campana, gong,...). ¿Será esto simple coincidencia? ¿Puede el "argumento" de San Anselmo ser entendido como un llamado sagrado?

Pero hoy día la resonancia del "argumento" apenas si parece audible. ¿Tendrá esto que ver con la dificultad del texto?

Escriba Ud. hoy como lo hizo San Anselmo y nadie le leerá. Hoy día abunda la creencia de que leer textos calificados de "enrevesados" no vale la pena. Se dice: "Los textos deben ser fáciles y digeribles. De no serlo, todavía algo anda mal con lo que Ud. quiere decir. Por lo tanto, siga trabajando hasta convertir en papilla, fácil de engullir, lo que Ud. le quiere decir a su lector. Además ¡qué nos asegura que el esfuerzo valdrá la pena si de entrada nos es tan difícil leerle? Desde los inicios mismos de su escrito, háganos fácil determinar si valdrá o no la pena nuestro esfuerzo de lectura y entendimiento! En tanto no nos hay convencido, por favor no nos exija tal esfuerzo".

¡Escandalosa comodidad! Asumida pertinazmente ¡cuantas obras maestras jamás habrían sido leídas!

Nótese que en relación al escrito de San Anselmo -que no es de los más difíciles de la humanidad- semejante actitud equivaldría a pedir -sino exigir- lo siguiente: "¡Convierta Ud. en "papilla" nuestra creencia y nuestro entendimiento de Dios!" (¡nada menos!).

Y es que nosotros -los tardíamente llegados- ya no entendemos cómo ni porqué, pudieron otrora existir personas capaces de creer que sí valía la pena leer con esfuerzo. Es más ¡que hasta placer sintieran desentrañando textos semejantes!

Tesis:

El escrito de San Anselmo no puede sólo ser evaluado a partir de los estándares y criterios de la sola razón, de las simples leyes de la lógica.

A todas luces, el examen y discusión usual que los filósofos han hecho del "argumento" sólo ha ocurrido desde el punto de vista de la lógica. Estudiar y evaluar el "argumento" tan solo en términos de sus contenidos semánticos -significado de las palabras utilizadas- así como del sólo punto de vista de su estructura o validez lógico/racional, es calibrar lo que San Anselmo hace a partir de criterios inadecuados: no sólo foráneos, sino también inferiores en jerarquía a la del "asunto" objeto del "argumento", i.e. Dios. El inferior sólo puede entender de manera inferior lo que le es superior. Por ejemplo, el "entendimiento" que de su amo tenga un perro sólo puede ser "perruno"; en todo caso no puede percibirle en tanto el ser humano o persona que es.

Lo que del capítulo I leímos hace un momento evidencia que la actitud básica que subyace al "argumento" es la búsqueda de Dios, y no la mera realización de un frío examen lógico, al estilo del que realizaría y de hecho ha realizado la denominada Filosofía Analítica anglosajona del presente siglo (véanse múltiples ejemplos en: The Ontological Argument, Alvin Planting Ed., Doubleday Anchor, 1965.)

En el fondo es evidente que lo que San Anselmo hace es darle forma de argumento a la constatación de que Dios está más allá del entendimiento, al menos humano. Si las leyes del entendimiento son las de la racionalidad, son las de la lógica, Dios está entonces más allá de la razón y de la lógica. El entendimiento que el hombre tiene de Dios siempre será humano, pero a diferencia del que de su amo tiene el perro, el hombre tiene -cuando menos debería tener- conciencia de que tal es su entendimiento. De allí que desde nuestra finitud, desde nuestra inferioridad, no nos sea posible percibir y entender a Dios en tanto el Dios que es. En palabras de San Anselmo: "La faz de Dios se nos oculta". De allí la ansiedad que acompaña Su búsqueda.

Surge entonces la pregunta:

¿Cómo convertir al "argumento" en una experiencia religiosa?

Pregunta muy significativa si tal experiencia religiosa ha de ser experimentada -posiblemente por primera vez- por una persona hasta entonces no religiosa y racionalista a ultranza.

Antes de proseguir preguntémonos:

¿Para qué argumentos lógico-racionales en pro de la existencia de Dios?

Respuesta:

Precisamente porque hay racionalistas, incluso racionalistas a ultranza. Precisamente porque hay gente a quienes asusta -hoy día no son pocos- abandonar el fundamento firme que aparentemente la razón les da. Veamos.

Si la razón de X ≡ al fundamento de X, entonces el que X sea sin razón => que X sea sin fundamento. Esto último ciertamente ha de inquietar sobremanera al racionalista: ¿acaso no han, prestigiosos pensadores, reiteradamente postulado como principio indubitable el que todo tenga alguna razón de ser; el que nada sea sin razón de ser o fundamento?

Y, aunque nosotros ya sepamos que hay que ir más allá de la razón para tener una experiencia místico/religiosa, no debemos olvidar que el punto de partida del racionalista no puede ser otro que su razón, razón que aún no ha trascendido.

Paréntesis:

A menudo pasa desapercibido lo siguiente: afirmar que ningún argumento es realmente prueba de que Dios es, no es indicativo de gran ingenio. Se olvida que, de inmediato, también habría que reconocer que tampoco hay argumento alguno que pruebe Su no ser. Constatar ambas cosas ya debiera bastar para hacernos sospechar que bien pudiera la cuestión del ser de Dios caer fuera del ámbito de la pura racionalidad y lógica.

¿Qué debe ocurrirle al racionalista?

Lo que ha de ocurrirle es que experimente de manera muy vívida los límites -la finitud- de la razón. ¿Cómo?

Viéndose obligado a trabajar en un problema que trascienda su razón, sino la razón misma. Que literalmente se vea obligado a devanarse los sesos hasta más no poder, hasta que su razón salga derrotada… no solo una vez, sino reiteradamente, como cuando se apunta a extirpar un mal hábito revirtiendo, vía barreras ad hoc que reduzcan nuestras recaídas, el proceso reiterado de conductas que originalmente lo fortaleció. Hipertrofia de la razón… he aquí el mal hábito del racionalista a combatir: su creerla capaz de fundamentar y permitir entender todo.

Nota: vale la pena recordar que la "resolución" de los Koan del budismo Zen también supone, en cada caso, trascender la racionalidad.

Afirmamos que:

El poder oculto que posee el "argumento" de San Anselmo es, pues, de caer en manos de un racionalista puro, retar su entendimiento al máximo -empujarlo hasta sus límites-, hasta por fin derrotarlo y así conducirlo hasta aquél umbral que le posibilite la ejecución del muy único salto que le hará ir más allá de la sola razón, del solo pensar conceptual y representativo: condición necesaria, aunque no suficiente, para vivir una experiencia místico/religiosa... para convertirse en creyente.

¿Qué le ocurrirá al racionalista que ha depositado toda su fe -amor también- en el poder de la razón y de la lógica y que afirma sólo poder entender -creer también- lo sustentado en ellas?

Confrontado -retado- por al "argumento" de San Anselmo lo analizará con todo el poder de su entendimiento. Querrá verificar su racionalidad, la veracidad o falsedad de sus premisas y su validez lógica. También le "dará muchas vueltas" a cada una de las palabras clave utilizadas, buscando descubrir su real significado.

Una y otra vez el "argumento" eludirá sus embates: huidiza consistencia lógica… pureza racional que constantemente se le escapa.

¿"Argumento" falaz?: ¿quién sabe? ¿"Argumento válido?: ¿quien puede asegurarlo?

Si trabaja con empeño, puede que incluso se vea obligado a perfeccionar el ejercicio de su razón, afinando hasta más no poder la sutileza de su lógica y semántica. Sin embargo, por mucho que perfeccione su razón, por mucho que afine su lógica y semántica, seguirá en las mismas: desconcertado por la naturaleza elusiva del "argumento."

Observaciones:

1ª- Recuérdese que no hay manera de razonar con quien ya crea en algo sustentado en ciertos primeros principios que de manera explícita o tácita ha asumido como evidentes… como verdades incuestionables... como artículos de fe. Siempre le será posible contrarrestar cualquier argumento nuestro con otro de su propia factura, basado en esos primeros principios (de allí nuestra intuición cotidiana -confirmada una y otra vez en la experiencia- de que en última instancia discutir -intercambiar y oponer argumentos- no valga la pena). El entendimiento entre los hombres supone la existencia de primeros principios compartidos, cual base común para todo ulterior razonamiento o posibilidad de persuasión entre las partes. Cuando semejante base común no existe, las posiciones asumidas son inconmensurables, sino irreconciliables: la persuasión de uno por el otro no es posible.

2ª- En tanto salto por realizar, cambiar de principios se experimenta como riesgo total, como posible caída en un vacío abismal. De allí el desasosiego que el posible -quizás imperativo, quizás inminente- salto o cambio de base causa en la persona. Sin embargo, el salto "exitosamente" ejecutado (asumido algún nuevo conjunto de principios) es experimentado como un súbito despertar, como aquél glorioso momento de reinterpretación total que toda conversión acarrea. Pero, ¿no será tal saltar de unos principios a otros evidencia del apego que aún se tiene por la razón, por alguna suerte de fundamento que lo sustento todo, incluyendo todo lo que sentimos, pensamos, percibimos, expresamos y hacemos día a día, momento a momento? ¿Qué hay de un vivir que en última instancia sea sin fundamento? ¿Qué hay de un existir sin razón? ¿Es acaso posible? Y de serlo, ¿qué conlleva?

Prosigamos:

Es precisamente la fe que tiene en la razón y en la lógica -su amor por ellas- las que obligan al racionalista a no cejar en su empeño de resolver el intrigante enigma legado por San Anselmo. No quiere verlas derrotadas. Si verlas derrotadas le fuese indiferente, ello evidenciaría su falta de fe y amor por ellas. Las empuja hasta sus límites, precisamente porque son el objeto de su fe y amor.

¿Fe en, y amor por, lo que en fin de cuentas realmente los amerita? ¿Fe y amor desviados de Aquello que sí los merece en grado supremo?

Nosotros conocemos la respuesta, pero el racionalista aún no.

Hasta que algún día, habiendo una y otra vez empujado la razón y la lógica hasta sus límites, cual súbito despertar experimente su finitud. Es entonces cuando el "argumento" habrá cumplido su misión. Se habrá manifestado su poder oculto: evidenciar la finitud de la razón.

Paradoja: ¡Tantos racionalistas que evidentemente no empujan el poder de su razón al máximo! De hacerlo, pronto descubrirían su finitud. Sin embargo, su no hacerlo subrepticiamente parece conducirlos a una vaga, sino tácita, creencia en el ilimitado poder de la razón. Pero ¿no será más bien que, sin tener plena conciencia de ello, su creencia en la razón y en la lógica no es tan elevada como creen? Curiosa situación: ¡creer que se cree con mayor intensidad de lo en verdad se cree! ¡Creer que se ama con mayor intensidad de lo en verdad se ama! Pero,

¿Qué hay de esos otros argumentos en pro del ser de Dios que no están, como el de San Anselmo, dirigidos a la razón pura?

Estos "argumentos" incluyen una o varias premisas de orden empírico, supuestamente evidentes o susceptibles de verificación, es decir que no siendo por sí mismas evidentes, puedan derivarse de otras premisas más originarias -empíricas o no- que sí lo sean.

En lugar de estar dirigidos a racionalistas puros, estos argumentos, a diferencia del de San Anselmo, combinan razón y experiencia. Ciertamente hay quienes creen en este origen combinado del conocimiento.

Sin embargo, en estos casos también ocurre, mutatis mutandis, lo descrito arriba en relación al racionalista puro. Lo evidente para nosotros no lo es necesariamente para el otro. Por lo tanto, sustentar nuestra argumentación en lo que nos parece evidente, no nos asegura ser persuasivos. En última instancia, por muy cierta que nos parezca, no habrá evidencia alguna nuestra que, de presentársele al otro le sea lo suficientemente convincente -es decir, igualmente evidente. Seguro de sus creencias, no querrá creer aquello de lo cual intentamos persuadirlo.

Para quien no crea, para quien no quiera creer, para quien firmemente crea otra cosa, nunca habrá razones ni evidencias empíricas suficientes. La transformación del otro, sea racionalista puro o empirista ferviente, sólo puede iniciarse a partir de su posición tomada, a partir del lugar en el que inicialmente se encuentra. ¿A partir de que otro lugar podría iniciarse su conversión?

Por lo tanto, la conversión de quien ha colocado su amor y fe en la experiencia también implica llevarlo hasta los límites mismos de la experiencia para que, a semejanza del racionalista que por fin descubrió los límites de la razón, se vea obligado a reconocer la finitud, no solo de la razón, sino de la experiencia (humana) también.

La conversión del científico -que no es otra cosa que la conversión de quien ha colocado su amor y fe en el ejercicio y uso combinado de razón y experiencia- equivale a toparse con los límites de la ciencia… equivale al reconocimiento de su finitud… equivale a la "derrota" de su pretendida hegemonía en cuanto fuente de todo conocimiento válido, pretensión que en gran medida explica el alejamiento de la trascendencia en los tiempos modernos... y posmodernos también, a no ser que realmente se entienda la inconsciente -sin embargo, auto elegida- finitud de la modernidad.

En suma:

Empujados al máximo, al racionalista, al empirista también, no les que más remedio que reconocer los límites mismos -la finitud- de la razón y de la experiencia, límites que no son otra cosa que aspectos de la finitud del hombre mismo.

Quien nunca llega a experimentar los límites de su propio punto de vista nunca lo trascenderá. Sólo aquél que una y otra vez se topa -incluso si con dolor se estrella- contra los límites de la lógica y la racionalidad, contra los límites de la experiencia también... sólo él podrá constatar su finitud y su incapacidad para opinar acerca de -más importante aún, volverse receptivo a- Aquello que está mas allá de la razón y de la experiencia.

Sólo la vívida experimentación de nuestra finitud -incluida la de nuestro entendimiento y experiencia- nos puede hacer receptivos a lo que graciosamente pueda provenir de lo infinito: la revelación... la experiencia místico/religiosa.

BIBLIOGRAFÍA

SAN ANSELME DE CANTORBERY, 1967 Proslogion - Fides Quærens Intellectum, traducción al francés de Alexandre Koyré, Paris, Librairie philosophique J. Vrin (notas: los textos citados en el presente ensayo fueron traducidos al español por el autor).

BRODY, Baruch A., 1974 Readings in the Philosophy of Religion, New Jersey, Prentice-Hall

PLANTINGA, Alvin, 1965 The Ontological Argument, New York, Doubleday Anchor Books

 

Trabajo enviado por

Pedro de Fridman

Caracas


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