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La Argentina ante los desafíos de la globalización

Enviado por luirengo



Daniel Passaniti

  1. La globalización: premisas emergentes
  2. La globalización y sus efectos en la economía argentina
  3. Globalización, Cultura y Economía
  4. Conclusiones

Creemos oportuno comenzar esta reflexión con dos afirmaciones de SS Juan Pablo II:

"La globalización no es, a priori, ni buena ni mala. Será lo que la gente haga de ella. Ningún sistema es un fin en sí mismo, y es necesa-rio insistir en que la globalización debe estar al servicio de la persona humana, de la solida-ridad y del bien común".

Anteriormente, el Papa había expresado los siguientes conceptos acerca de la globalización: "Desde el punto de vista ético, puede tener una valoración positiva o negativa. En realidad, hay una globalización económica que trae consigo ciertas consecuencias positivas, como el fenómeno de la eficiencia y el incremento de la producción y que, con el desarrollo de las relaciones entre los diversos países en lo económico, puede fortalecer el proceso de unidad de los pueblos y realizar mejor el servicio a la familia humana. Sin embargo, si la globalización se rige por las meras leyes del mercado aplicadas según las conveniencias de los poderosos, lleva a consecuencias negativas. Tales son, por ejemplo, la atribución de un va-lor absoluto a la economía, el desempleo, la disminución y el deterioro de ciertos servicios públicos, la destrucción del ambiente y de la naturaleza, el aumento de las diferencias entre ricos y pobres, y la competencia injusta que coloca a las naciones pobres en una situación de inferioridad cada vez más acentuada"

Coincidimos con SS Juan Pablo II en que la globalización, proceso que responde a múltiples causas y que ocasiona múltiples impactos, es un hecho real que en sí mismo no es ni bueno ni malo, no tiene virtudes ni defectos; a nuestro juicio, sus consecuencias positivas o negativas dependerán de dos factores:

1) de las premisas éticas y culturales que la fundamentan,

2) de la forma en que los pueblos y naciones se preparen para enfrentar los desafíos del nuevo contexto cultural, político, económico y social que ha originado este fenómeno a partir de fines de la década de 1980. En tal sentido, el principal y mayor desafío será saber capitalizar sus ventajas en favor de la familia humana, de la solidaridad y del bien común nacional e internacional.

I-La globalización: premisas emergentes:

Mucho se ha escrito sobre el tema y son varias las definiciones y conceptos que se han vertido sobre la misma. A los fines del presente trabajo, nos interesa destacar que la globalización es un proceso de extensión e intensificación de las relaciones sociales, políticas, eco-nómicas, culturales, entre lo local y lo distante.

La desintegración del mundo socialista, la expansión de las empresas transnacionales, el flujo masivo de capitales y de información a nivel mundial, la generalización de la economía de mercado, el desarrollo de la tecnología in-formática y de las telecomunicaciones, la pérdida del grado de territorialidad de las actividades económicas generada por la nueva economía, de igual forma que la internacionalización de valores, el turismo de masas y la uniformidad en las pautas de consumo, son múltiples causas que han hecho del mundo un mundo global.

Si bien el proceso de globalización no es un fenómeno exclusivamente americano, como afirma SS Juan Pablo II, es más perceptible y tiene mayores re p e rcusiones en América con impactos evidentes en diversos campos.

Tales impactos tendrán una valoración positiva o negativa y, consecuentemente, repercutirán favorable o desfavorablemente en el desarrollo social y económico de cada nación. En tal sentido, será importante destacar algunas de las premisas emergentes de este fenómeno global, que se presentan como desafiantes de todo proceso de desarrollo local y nacional:

1) Contexto político: lo "nacional" ha sido reemplazado por lo "global", nueva geo-grafía del poder que supone la "provinciali-zación de los Estados" y la pérdida de libertad para elaborar políticas autónomas; con-cepto de soberanía limitada y dependiente, con la consecuente subordinación a los centros hegemónicos del poder económico mundial.

2) Contexto económico: dogmatismo de mercado; liberalización económica y finan-ciera; achicamiento del Estado; reformas estructurales en búsqueda de una mayor eficiencia; reconocimiento de que el poder de decisión reside en el mercado global cuya hegemonía detenta el capital financiero y que el destino de una nación está subordinado a las fuerzas económicas y a los in-tereses prevalecientes en dicho mercado.

3) Contexto cultural: nueva escala de valores, a menudo arbitrarios y en el fondo

materialistas. En efecto, el eficientismo, el darwinismo social y el pragmatismo economicista penetran en toda la esfera de la vida social, al punto de considerar –entre otras cuestiones- que los bienes fundamen-tales de una nación no son ya los vínculos de solidaridad interna o los vínculos de sangre, territorio y cultura, sino "la capacidad y destreza de sus ciudadanos" para poder generar riquezas.

Reconocer que la globalización tiene una valoración positiva, no supone afirmar que el progreso, el desarrollo económico y la prosperidad social de las naciones deviene mágicamente en virtud de la misma. Por el contrario, y sin caer en posturas extremas y utópicas como la sustentada por los radicales anti-globalización, también hay que reconocer que el advenimiento de un mundo global, sustentado en falsas premisas filosóficas, ha ocasionado graves asimetrías entre distintos países y en el seno mismo de muchos de ellos.

Por tales razones, la pretensión de un "modelo hegemónico y global" impuesto como dogma inexorable, hoy se encuentra seriamente cuestionada. En efecto, el pragmatismo económico y político que fundamenta dicho modelo y que ha caracterizado las relaciones Norte-Sur pone en peligro la viabilidad y la existencia de muchas naciones, configurando todo ello nuevas formas de colonialismo

II. La globalización y sus efectos en la economía argentina

En virtud del giro ideológico y de la consecuente transformación económica que tuvo lugar en Argentina a principios de la década de 1990, el país llevó a cabo una apertura al mundo global que se tradujo en la incorporación de inversiones externas, nuevas tecnologías, nuevos parámetros de eficiencia y de producti-vidad, y en el logro de mayores niveles de crecimiento.

No obstante, todo ello aconteció con un alto costo económico y social. Lo que interesa destacar, a nuestro juicio, es que precisamente una de las virtudes más im-portantes de esa repentina apertura al mundo global, es la de haber expuesto claramente las principales falencias institucionales y culturales de Argentina, las que aún hoy están vigen-tes y repercuten directamente en su sociedad y economía, condicionando gravemente el desti-no histórico y el desarrollo de la nación. Nos referimos a tres cuestiones fundamentales:

1) equivocada y vacilante concepción del Estado,

2) ausencia de un proyecto nacional,

3) crisis de identidad.

Aspectos claves que limitan la posibilidad de lograr una inserción inteligente y conveniente en la economía global.

  1. Estado y estrategia nacional:

El Banco Mundial, en su Informe sobre el Desarrollo Mundial 1997, lejos de aceptar la teoría de un Estado minimalista, se encarga de destacar la necesidad de un Estado protagonista del desa-rrollo, y expresa: "los países necesitan de los mercados para su crecimiento, pero también necesitan instituciones estatales para que los mercados prosperen". "Sin un Estado eficaz –afirma J. Wolfensohn- es imposible alcanzar la meta de un desarrollo económico y social sostenible"; es por ello que el Informe propi-cia un replanteo del Estado, revitalizando su capacidad institucional a efectos de encauzar de mejor forma las vertiginosas transformaciones ocurridas en la sociedad y en el mercado global a partir de 1980.

Resulta paradójico que, no obstante este impulso globalizante, el Estado siga siendo la instancia central de legitimación del poder y el principal receptor de las demandas sociales: es que el mercado podrá ser global, pero el Estado es y seguirá siendo nacional. Y ello es así en virtud de que el Estado es una institución natural y necesaria, es la expresión jurídica y política de una nación, el que asegura su autono-mía decisional y su soberanía, el que garantiza el orden y el bien común nacional. Asimismo, el Estado siempre deberá ser protagonista del crecimiento y del desarrollo nacional, en for-ma activa o pasiva, pero protagonista al fin. Es por ello que todo proceso de crecimiento y de desarrollo es el resultado de una decisión política, y no una consecuencia de las leyes y del funcionamiento de los mercados; sobran expe-riencias históricas en tal sentido, incluso en aquellos países defensores y promotores del neoliberalismo actual, pero que muy poco lo practican. Antes que libertad de mercados, el mundo global se caracteriza por una renovada forma de mercantilismo que se materializa en recurrentes y generalizados proteccionismos competitivos en defensa de la industria y de la tecnología nacional.

De allí que en los tiempos presentes y en virtud de las fuerzas globalizantes, el modo en que la dirección política conduzca a un país resulta de vital importancia, ya que sin Estado y sin política, ninguna nación podrá resistir a las fuerzas y los intereses económicos que de-tentan la hegemonía en el mercado mundial.

Certeramente afirma Marcelo Lascano: "La globalización devora a las sociedades que no tienen objetivos claros, que carecen de estrategias nacionales… y se traga a los gobiernos complacientes, confundidos y escasamente in-formados de las dinámicas reglas de juego de la economía y política contemporáneas. Pier-de quien no tiene política. Por eso la globalización es una verdadera oportunidad y no un contratiempo insalvable. Por ello también reclama idoneidad política y la necesidad de actuar sin perder identidad".

No obstante ello, Argentina ha oscilado permanentemente, según la concepción ideológica de turno, entre un Estado omnipresente y un Estado ausente, entre un Estado que asume responsabilidades y funciones que no le com-peten y un Estado que deja de hacer lo que le corresponde como garante del bien común nacional. En la última década del siglo pasado, en virtud del alineamiento incondicional con las ideas prevalecientes del mundo global, se impuso en Argentina una concepción minima-lista del Estado, el mismo se replegó y se redu-jo a su mínima expresión. Y la ausencia de Estado significó –y significa- la ausencia de política y de estrategia, elementos estos imprescindibles –como dijimos- a efectos de lograr una inteligente y conveniente inserción mundial.

Parafraseando a Goldsmith, Argentina cayó en la trampa en la que cayó la sociedad pos-moderna: la de medir pero no entender las cosas; todo es resumido en una cuestión de cantidad.

Y la concepción del Estado no escapa a esta consideración, puesto que el problema se planteó exclusivamente en su tamaño y no en su calidad de gestión. Se creyó que, reducido a su mínima expresión, iba a ser más eficiente (lo que en realidad no aconteció) y en ningún momento se planteó la necesidad de un Estado eficaz que cumpla con su tarea de director político y garante del bien común de la nación. Sin dejar de reconocer el perjuicio de un Estado sobredimensionado, hay que afirm a r que el tamaño del Estado lo indican las circunstancias económicas, las demandas sociales de cada pueblo y la prudencia e idoneidad del gobernante, pero en ningún caso puede prescindirse de un Estado inteligente, estratégico, eficaz y protagonista del desarrollo.

La transformación económica y la apertura al mundo iniciada a principios de los 90, expuso repentinamente al país a las dinámicas fuerzas del mercado global, todo ello con alto costo para la estructura comercial y productiva. Por cierto que la apertura económica es necesaria y conveniente, no obstante, el sen-tido común indica que mientras una economía no tenga un grado de desarrollo suficiente que le permita hacer frente a la competencia externa, debe optarse por un gradualismo y cierta orientación económica. Opción que no realizó Argentina.

Mientras el mundo avanzaba -y avanza- hacia un proteccionismo competitivo, en defensa de la industria y tecnología propias, Argentina levantaba –en aquélla década- la bandera de la más cruda ortodoxia económica dejan-do que el mercado decidiera su suerte en el frente comercial externo. Contrariamente, la experiencia asiática muestra una apertura económica en los sectores de mayor productividad (automóviles, electrónica, computa-ción) y protección de aquéllos no preparados para la competencia externa. Como afirma el Banco Mundial, el proceso de industrializa-ción de los principales países asiáticos se realizó de la mano de una apertura gradual.

Por su parte, los alemanes siempre se preocuparon de medir el impacto de la apertura conómica en su mercado interno; es decir, a apertura al mercado global deberá ser inte-ligente prudentemente implementada, para ue la competencia externa no termine por niquilar la industria nacional, como ocurrió en Argentina por aquellos años en virtud de la apertura económica indiscriminada, sin discreción política.

Un informe realizado en aquél entonces año 1992 bajo la supervisión de la Secretaría

de Programación Económica, daba cuenta de a crisis estructural y de los graves condiciona-mientos nternos y externos que padecían las equeñas y medianas empresas argentinas en i rtud de esa apertura, muchas de las cuales esaparecieron. Concluía dicho informe expre sando que la reconversión productiva de estas empresas no era un tema que podía ser abordado exclusivamente desde la firma, sino que dicha reconversión requería la presencia y la labor coordinada de agentes públicos y privados.

La experiencia histórica –no sólo asiática o alemana- demuestra que ningún país ha alcan-zado un crecimiento y un desarrollo sustentable a largo plazo desprotegiendo sus empresas, su industria y su tecnología.

Por el contrario, en Argentina, la ausencia de un Estado conductor permitió que los intereses económicos prevalecientes en el mercado mundial condicionaran gravemente la senda del desarrollo y comprometieran de igual forma su soberanía económica y política.

2) Proyecto nacional:

Este es otro de los aspectos claves al momento de reflexionar sobre la globalización. En la era digital y global un país sin proyecto y sin objetivos de mediano y largo plazo no es viable. Y la ausencia de un proyecto movilizador y catalizador de los inte-reses sectoriales y regionales es otra de las grandes falencias argentinas, en virtud de la cual el país parece estar resignado a ser tan sólo un retazo del mercado mundial.

Resulta paradójico también que de la mano de la globalización y del derrumbe de fronteras, los mercados internos siguen teniendo fundamental importancia (absorben más del 80% de la producción mundial y el 90% de la mano de obra ocupada) y que lo global convive con lo regional (ALCA, MERCOSUR, UE, ASIA). Es que no puede haber proyección global si no es a partir de lo local y nacional; es por ello que la forma en que un país articula sus propios recursos, sus mercados y su estruc-tura tecnológica-productiva interna con las nuevas dimensiones del contexto externo, será un aspecto no menor a efectos de concre t a r una acertada estrategia de desarrollo.

Esta ausencia de proyecto y la deficiente ar-ticulación de lo propio con lo externo, sumado a los insuficientes niveles de ahorro inter-no, ha llevado a la Argentina de los últimos años, en forma re c u rrente, a ser un país de-pendiente de los mercados internacionales, especialmente de los mercados financieros, per-diendo así y en gran medida, su autonomía de decisión. Por otra parte, la falta de valoración de los recursos propios se tradujo en la extran-jerización de la economía y en el vaciamiento patrimonial del país, hechos que han compro-metido y comprometen gravemente la senda del desarrollo nacional. La inserción en el mundo global exige la definición de un perfil de país y, a la vez, una estrategia de desarrollo. También exige pensar en términos geopolíticos, es decir, consideran-do la geografía como punto de reflexión para la toma de las grandes decisiones nacionales, tema ausente en Argentina, no así en países como Chile o Brasil por hablar de las expe-riencias más cercanas. Lo continental y lo glo-bal, no suponen el debilitamiento de lo nacio-nal o la declinación de un perfil de país, por el contrario, ambas proyecciones exigen el fortalecimiento de lo propio y de lo local

3) Crisis de identidad:

La identidad es el conjunto de factores y circunstancias que determinan quién es y qué es una persona, un pueblo o una nación; la identidad cultural estará representada, enton-ces, por el conjunto de valores predominantes, creencias, conocimientos, el arte, el derecho, y por los usos, costumbres y tradiciones de una sociedad. Es esta identidad cultural la que permite que un determinado pueblo o nación sea el mismo pueblo y la misma nación ante dis-tintas circunstancias y acontecimientos.

Ahora bien, esta identidad nacional que principalmente se fundamenta en valores espi-rituales y culturales, se proyecta y tiene graves connotaciones en la vida social, política y eco-nómica de cada pueblo y nación.

En efecto, como se ha expresado anterior-mente, no existe un modelo económico único y universal que pueda ser aplicado por igual a todas las naciones. Cierto es que hasta el pre-sente la humanidad no ha tenido otra expe-riencia que resulte más apropiada que la del modelo capitalista de la economía de mercado, el que, con la caída del régimen socialista, se ha generalizado y constituido en uno de los paradigmas de la globalización.

III. Globalización, Cultura y Economía:

Si la economía es una manifestación cultu-ral del hombre, resulta de fundamental impor-tancia reflexionar acerca de los valores de los que se nutre el espíritu y la cultura del capitalismo global, discernir acerca de los pre s u-puestos filosóficos que fundamentan la actual economía de mercado. Y ello es import a n t e por cuanto este sistema y esta economía tie-nen hoy aceptación universal, y porque a tra-vés de los mismos se va imponiendo un "mo-delo cultural" que tiene efectos decisivos en la definición y concreción de un auténtico desa-rrollo nacional. Como afirma el Papa, el gran desafío moral que hoy enfrentan las naciones, es superar un desarrollo deshumanizado como también el superdesarrollo, por cuanto ambos consideran a la persona humana como una simple unidad económica dentro de un siste-ma consumista. Por tales razones, el desarrollo de los pueblos no es una mera cuestión técni-ca o económica, sino fundamentalmente una cuestión humana y moral.

1) El nuevo estadio del capitalismo

El nuevo estadio del desarrollo capitalista se encuentra signado por la confluencia de distintas fuerzas concurrentes: la globalización de los mercados, la revolución del conocimiento y las nuevas tecnologías informáticas y de co-municación digital, el capital intelectual como fuerza motriz de la nueva economía. Todo ello ha originado un nuevo sistema tecnoeconómi-co que modifica la función clásica de produc-ción y ha hecho emerger una nueva forma de propiedad, una nueva forma de organizar la producción y distribución de los bienes y servicios, y un nuevo concepto de organización.

2) La racionalidad económica del modelo global:

Como se afirmó, la realidad cuestiona severamente los presupuestos filosóficos que sirven de sustento a la nueva economía y al modelo capitalista emergente que pretende imponerse como modelo hegemónico global. En efecto, las nuevas formas de marginación y de exclusión social, la agudización de la brecha entre ricos y pobres no sólo en términos de riqueza, sino también en términos de información y de conocimiento (brecha digital), no son sino el resultado de la racionalidad eficientista y economicista que fundamenta el re-novado espíritu capitalista. A su vez, el individualismo y el darwinismo social predom inantes asumen con cierta resignación y como patología del sistema: que éste sólo puede funcionar para algunos, que el éxito queda reservado para pocos y que la eficiencia y la equidad social son objetivos inconciliables.

Política .

La política como ciencia ord enadora de la vida social ha sido menoscabado por las fuerzas anónimas del mercado mun-dial donde el aparato tecnológico y financiera se realiza y desarrolla independientemente d la voluntad de los pueblos y de los gobiernos pareciera ser que el político ya no conduce, si-n que es conducido por el mercado. Las funciones del Estado han quedado reducidas y su-jetas a la concepción pragmática y eficientista dominante. De esta forma, el destino de una nación queda supeditado a la lógica economi-cista del mercado global, en la que deciden los grandes operadores económicos conforme sus propios intereses.

Educación.

La educación también ha sido invadida por esta lógica mercantilista global. Orientada actualmente a la enseñanza de sa-b e res útiles, ha quedado reducida a la mera formación de productores y consumidores: capacita pero no educa, transmite técnicas de eficiencia y no las virtudes que forman al hombre para ser más hombre.

Cultura y Sociedad.

El economicismo penetra en toda la esfera social; el nuevo modelo avanza de la economía de mercado hacia la so-ciedad de mercado, en donde la competencia, la mayor eficiencia y productividad, y el espíri-tu de lucro, trascienden la esfera de la produc-ción y venta de bienes y servicios. Sociedad de m e rcado significa mercantilización absoluta de la vida y negar su lógica supone la margina-ción en el mundo de la competencia global

3) El pragmatismo económico:

La negación del orden: la racionalidad economicista que caracteriza al modelo global, hunde sus raíces en el utilitarismo (Bentham, S. XVIII) y en el pragmatismo americano (James, S. XIX). Para tales corrientes filosóficas, la verdad no es ya la conformidad del espíritu con las cosas, de la anglosajón penetró y se difundió por el mundo a partir de la ética protestante y calvinis-ta. Sin embargo, esos valores no tuvieron lugar en el capitalismo asiático, en el capitalismo re-nano y en otras formas de capitalismo, en las que otro universo ético-cultural dio vida a las instituciones, a la sociedad y a la economía.

IV. Conclusiones

Por todo lo expuesto, debiéramos concluir que el proceso de globalización intensificado a partir de 1980, ha tenido la virtud de mostrar las debilidades y falencias de la economía y sociedad argentinas:

1) Argentina no se ha preparado como nación para enfrentar los embates de la era global. Argentina no tiene Estado, no tiene proyecto de país ni tiene estrategia alguna de desarrollo, institución y elementos éstos imprescindibles para poder intentar eficaz-mente una integración tanto a nivel regional como global.

2) Argentina no tiene personalidad, no tiene perfil propio; ha sido permeable a las pautas culturales del mercantilismo global y a la ortodoxia economicista prevalecientes, hecho que diluye su propia identidad y soberanía espiritual, y que pone en riesgo su existencia como nación. Si lo global refuerza lo local, Argentina debiera volver a definirse y darse un perfil propio de país para tener presencia y protagonismo en el nuevo contexto mundial.

3) La calidad de una nación, su propio desarrollo y la posibilidad de capitalizar las ventajas del mundo global, dependen fun-damentalmente del nivel ético, cultural y educativo de sus ciudadanos y de sus dirigentes. Desde esta perspectiva, afirm a m o s que las consecuencias negativas y la profunda crisis que hoy padece Argentina, responden –con las excepciones del caso- a los insuficientes niveles culturales y educativos de su clase dirigente, tanto pública como privada. Por tales razones, una vez más Argentina debiera distinguir lo importante de lo urgente, y ocuparse de formar hombres para lograr –a largo plazo, por cierto- una verdadera élite de dirigentes, inteligente, virtuosa y altamente calificada, que sepa conducir con grandeza los destinos de la nación. Deberá formar hombres para la política, entendida ésta como ciencia ordenadora de la vida social, como ciencia del bien común, porque precisamente, es esta ausencia de política la que ha permitido que la tecnocracia económica predominante comandara los destinos de la nación. Las consecuencias están a la vista.

En síntesis, si la gran tarea pendiente será recuperar la voluntad de ser una nación sobe-rana política, económica y espiritualmente, Argentina deberá rescatar y reivindicar sus raíces iberoamericanas y darse un proyecto propio de país y una estrategia de desarrollo local, regional y global, a partir de esa identidad cultural. No menos importante será encarar un profundo debate educativo, orientado al logro de una sociedad que privilegie la inteligencia, la idoneidad y el mérito, y que promueva la formación de una élite dirigencial que sepa entender los desafíos del mundo global y sepa capitalizar sus ventajas en beneficio de los grandes intereses de la nación.

 

Luis Lacquaniti


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