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Perú: Fuerzas Armadas. Cuestiones en debate




Enviado por m_rodriguez_sosa



Partes: 1, 2

    1. ¿Para qué
      necesitamos a las Fuerzas Armadas?
    2. La
      cuestión de los roles de las Fuerzas
      Armadas
    3. La
      cuestión del "dimensionamiento" de las Fuerzas
      Armadas
    4. El
      problema económico
    5. Hacia
      la nueva institucionalidad militar
    1. ¿Para
      qué necesitamos a las fuerzas armadas?

    . El cuestionamiento de las fuerzas armadas ha escalado
    posiciones relevantes en la opinión
    pública nacional, al punto que importantes formadores
    de opinión llegan a considerar que deben ser reducidas a
    una mínima expresión, sobre la base de la percepción
    de que nuestro país no está inmerso en una
    situación de conflicto con
    otro estado, y que
    no enfrenta ni es previsible que enfrente amenazas a su seguridad
    nacional.

    1.1 Actualidad de los escenarios de conflictos en
    América

    Esta manera de ver las cosas no se condice con las
    aproximaciones analíticas al tema. En los años 80
    Michael Norris planteó una tipología de los
    conflictos que permite una primera aproximación a la
    necesidad de contar con unas fuerzas armadas adecuadas en
    países como el Perú. Norris distingue cinco tipos
    de conflicto: conflictos sistémicos, conflictos por
    hegemonía/influencia, conflictos
    territoriales/fronterizos, conflictos por recursos y
    conflictos por migraciones/refugiados.

    Según este enfoque, que sigue siendo
    válido, los conflictos sistémicos implican
    ideologías con relación a valores
    políticos y sociales que conducen a una pugna para imponer
    (o resistir la imposición de) estos valores. Incluyen las
    controversias entre dictaduras y democracias, entre
    regímenes civiles y militares y entre modelos
    capitalistas y socialistas de desarrollo.
    Los conflictos por hegemonía/influencia incluyen las
    reclamaciones de las grandes potencias y de potencias regionales
    que dan lugar a intentos para aumentar y proyectar su poder nacional
    sobre los estados de la región en lo militar,
    político, económico y social.

    Los conflictos territoriales/fronterizos surgen de las
    reclamaciones acerca de la posesión de extensiones de
    tierra o
    agua, y la
    soberanía sobre las mismas, así como
    las tensiones que surgen entre dos o más estados soberanos
    en su frontera
    mutua. Los conflictos por recursos comprenden disputas sobre
    recursos comprobados o supuestos en una zona dada y tienen
    más relación con el valor del
    recurso en cuestión que con el territorio que lo contiene.
    Los conflictos por migraciones/refugiados son consecuencia de
    factores económicos y políticos regionales. Los
    problemas de
    refugiados son causados no sólo por razones políticas,
    sino también económicas o una combinación de
    ambas.

    Dos decenios después el aislamiento
    ideológico y político del régimen de
    Fidel Castro
    en Cuba, el
    alineamiento más o menos riguroso de todos los gobiernos
    latinoamericanos con la versión del capitalismo
    que en su momento imponen los organismos financieros
    internacionales y el comportamiento
    coyunturalista de los regímenes políticos en la
    región, que transita con cierta fluidez de una naturaleza
    más o menos dictatorial y plebiscitaria a una más o
    menos democrática y parlamentaria, en razón del
    grado de legitimidad que logren, ha dejado atrás la
    posibilidad de que en América
    Latina se presenten conflictos sistémicos que amenacen
    la seguridad nacional de los países.

    Más bien subsisten diversos asuntos que mantienen
    vigente la posibilidad de conflictos por
    hegemonía/influencia, considerando que hay innegables
    acciones de
    países que se proyectan como potencias regionales para
    aumentar su poder nacional sobre otros estados de la
    región. Es el caso de la relación entre Estados Unidos de
    América
    y Colombia, por la
    ejecución de la vasta estrategia de
    guerra
    contra-insurgente y contra el narcotráfico que se denomina precisamente
    "Plan
    Colombia", cuyos efectos ya han internacionalizado la guerra
    civil larvada que vive este país, creando problemas
    activos para la
    seguridad de otros países del área: Ecuador,
    Venezuela,
    Brasil,
    Panamá
    y Perú.

    Es asimismo el caso de la relación potencialmente
    amenazadora entre México y
    Guatemala, por
    la aguda y violenta lucha política y social que
    involucra a los grupos
    indígenas de la selva Lacandona en ambos lados de la
    frontera común; es también el caso de la
    proyección geopolítica de Brasil sobre Guyana,
    Paraguay y
    Bolivia; es el
    caso de la creciente proyección del poder económico
    de Chile sobre sus países limítrofes.

    En lo concerniente a los conflictos
    territoriales/fronterizos subsisten situaciones que generan o
    pueden generar tensiones contrarias a la seguridad nacional de
    varios estados en la región. Son los casos del diferendo
    fronterizo por la soberanía del suelo marino en
    el Golfo de Venezuela, entre este país y Colombia; de la
    reclamación nicaragüense de las islas del
    archipiélago caribeño de San Andrés, bajo
    soberanía colombiana; de las reclamaciones venezolanas de
    una amplia extensión territorial adyacente en Guayana; del
    diferendo fronterizo sobre la soberanía de las islas
    emergentes en el río Amazonas, en la frontera de
    Perú y Colombia; de la defectuosa definición de las
    fronteras marítimas del Perú con Ecuador y con
    Chile.

    Merecen mención aparte los conflictos
    territoriales/fronterizos que ya están formalmente
    resueltos pero que todavía concitan significativos
    movimientos de opinión que cuestionan su solución,
    afectando la estabilidad de los acuerdos, como es el caso del
    rechazo de sectores de población, en ambos países, a la
    solución del diferendo fronterizo entre Perú y
    Ecuador.

    Tienen importancia asimismo, en América Latina,
    las tensiones que surgen o pueden activarse entre los estados por
    la disposición de los recursos energéticos y acerca
    del control sobre 200
    millas frente a la costa, incluida la jurisdicción sobre
    recursos y su explotación dentro de una zona
    económica exclusiva de 188 millas mar afuera, más
    allá de las 12 millas de mar territorial.

    Finalmente, si bien en los últimos decenios en la
    región no se manifiestan conflictos entre estados por
    migraciones/refugiados, probablemente desde la denominada "guerra
    del fútbol" entre El Salvador y Honduras, en 1969, existen
    en forma latente, por esta causa, situaciones conflictivas entre
    México y Guatemala y entre Colombia, por un lado, y
    Ecuador, Panamá y Perú, por otro. No puede
    descartarse asimismo el surgimiento de escenarios conflictivos a
    propósito de las corrientes xenofóbicas de
    opinión que aparecen eventualmente en países de la
    región que reciben migrantes ilegales o considerados
    socialmente indeseables.

    Es preciso destacar que esta rápida visión
    de los conflictos activos y potenciales en América Latina
    muestra que el
    Perú se halla ante varios tipos de conflictos potenciales:
    conflictos por hegemonía/influencia, a propósito de
    los intereses norteamericanos en Colombia y su proyección
    en el espacio amazónico, y a propósito de la
    expansión de los intereses económicos de Chile en
    la región; conflictos territoriales/fronterizos, en tanto
    no se consolide culturalmente el acuerdo de 1998 con Ecuador, y
    en tanto no se supere los defectos de la delimitación de
    las fronteras marítimas con este país y con Chile;
    conflictos por recursos, con Chile y Ecuador, por la
    disposición de recursos marítimos, y con Ecuador,
    por la disposición de recursos energéticos en la
    selva.

    Ignorar o minimizar esta situación no va a
    contribuir a la solución de los potenciales conflictos,
    pero es un hecho que la percepción más ampliamente
    consentida acerca de la necesidad de las fuerzas armadas en un
    país como el Perú no comparte esta visión de
    "conflictos". Estableciendo una diferencia semántica, plantea más bien la
    existencia fáctica o potencial de "amenazas" a la
    seguridad nacional, que justifican la existencia y
    actuación de las instituciones
    castrenses para sofocarlas. Este enfoque distingue entre amenazas
    tradicionales y nuevas. Más allá de las sutilezas
    del lenguaje,
    preciso es coincidir en parte con este planteamiento, lo que
    permite definir diferencias con su otro extremo.

    1. En efecto, no es posible desconocer amenazas,
      cuando menos latentes, a la seguridad nacional del
      Perú. Lo discutible es clasificarlas, como es usual
      en los círculos académicos castrenses y
      civiles asociados, en amenazas tradicionales y nuevas
      amenazas, porque la diferenciación entre ambas es
      tan elusiva y arbitraria que la discusión al
      respecto corre el riesgo de
      asemejarse a la inútil controversia
      sociológica sobre la diferencia entre "lo antiguo" y
      "lo moderno".

      En un mundo densamente interrelacionado e
      interdependiente es también arbitraria e
      inútil la diferenciación de las amenazas
      entre externas e internas, más todavía si se
      considera que los compromisos de la comunidad
      de estados avanzan en el sentido de limitar la
      soberanía nacional y los fenómenos
      problemáticos de manifestación global (como
      el tráfico ilícito de drogas o
      de armas,
      el terrorismo, la depredación de los
      recursos naturales, la oposición militante a
      la
      globalización o el nativismo igualmente
      militante) tienen correlatos singulares en muchos
      ámbitos estatales.

      Más allá de estas clasificaciones
      inconducentes es preciso mencionar con especificidad lo que
      considero la adecuada diferenciación de las amenazas
      a la seguridad nacional del Perú: amenazas activas,
      que ya obran, pueden actuar o causar efectos en el futuro
      próximo, y amenazas latentes, es decir, inactivas
      pero en gestación o ya estructuradas, aunque no son
      todavía manifiestas.

    2. Crítica
      de las clasificaciones de amenazas a la seguridad
      nacional

      Las amenazas que al presente causan efectos
      adversos a la seguridad nacional, y que exigen actualmente
      la intervención de las fuerzas armadas en misión de defensa, son tres, en mi
      opinión: la subversión terrorista, el
      narcotráfico y el desborde de la violencia en Colombia.

      1.3.1 La subversión
      terrorista.

      La derrota política y estratégica de
      los grupos insurgentes Partido Comunista del Perú
      ("Sendero Luminoso" – PCP-SL) y Movimiento Revolucionario Túpac Amaru
      (MRTA) no significa su liquidación ni su
      desaparición en el escenario social ni en las
      previsiones de las fuerzas de seguridad; tampoco implica
      dejar de considerar a la subversión terrorista como
      un problema grave para el orden interno, más
      aún si se toma en cuenta el rebrote de incursiones
      armadas de columnas guerrilleras en zonas donde se
      descuidó en los últimos años la
      ejecución de la fase de consolidación de la
      pacificación efectuada por las FFAA, el
      resurgimiento de atentados terroristas y sobre todo de
      actos de "terrorismo blanco" (incruento) que los
      especialistas consideran propios de un proceso
      de rearticulación y capitalización
      ("cristalización") de la derrotada experiencia
      insurgente anterior.

      Ante el rebrote subversivo documentos oficiales contienen información sobre la preocupante
      situación de la capacidad operativa de las fuerzas
      armadas para enfrentarlo. El Comando Conjunto de las FFAA
      registra que actualmente se mantienen en operaciones
      135 bases contra terroristas del ejército, y que de
      noviembre del 2000 a julio del presente año se ha
      realizado 100 operaciones contraterroristas y 7.421
      patrullajes a cargo de efectivos militares, pero que esta
      gran cantidad de acciones –indicativa de la magnitud
      del peligroso rebrote subversivo- adolece de graves
      limitaciones debido a la suspensión de las zonas
      declaradas en emergencia, por razones políticas
      desde marzo del 2000; la falta de un presupuesto de emergencia para la
      ejecución de operaciones militares contra los grupos
      subversivos; la falta de una base legal adecuada que ampare
      las operaciones contrasubversivas de las fuerzas armadas en
      el marco del estado de
      derecho; y el incumplimiento del Ministerio del
      Interior en reinstalar más de 120 comisarías
      de policía en las zonas afectadas por la
      reactivación subversiva (se presume que debido
      también a carencia de presupuesto).

      Los datos de
      la realidad confirman pues que la subversión es
      actualmente una considerable amenaza al orden interno del
      país. Es importante destacar que no obstante el
      abrumador descrédito de las organizaciones subversivas y de sus métodos criminales, no obstante la
      desmitificación de sus líderes, existen
      todavía sectores de la sociedad
      peruana que consideran válida su propuesta como
      instrumento radical para la reivindicación de
      demandas sociales; sectores para los que esta alternativa
      se presenta más atractiva sobre todo por la
      reformulación autocrítica que los subversivos
      han efectuado de su relación con los grupos
      sociales.

      Nadie cuestiona que la subversión es un
      fenómeno inherente al orden social. Existe siempre,
      aunque sólo se desarrolla amenazadoramente en
      ciertas circunstancias. Cualquier análisis de las condiciones sociales
      que se consideren propicias para un crecimiento de la
      subversión en el Perú coincidirá en
      que desde 1980 hasta el momento presente se mantienen
      la
      pobreza, la desigualdad
      social, la marginalización, la
      frustración de expectativas de bienestar, la
      debilidad del sistema
      institucional que le impide canalizar la solución de
      los conflictos sociales, o siquiera mediar y tamizar las
      demandas sociales por necesidades prolongadamente
      insatisfechas, la depauperación moral de
      la escena política, etc. Son condiciones que si bien
      han cambiado en sus manifestaciones y en el peso
      específico relativo de cada factor, siguen siendo
      gravitantes en conjunto como soporte estructural de la
      posibilidad de insurgencia.

      Dos procesos
      contribuyen a mantener o reforzar la vigencia de la
      subversión como amenaza activa a la seguridad
      nacional del Perú. El primero es el propio curso de
      fragmentación de las organizaciones subversivas
      luego de la captura de sus líderes y la evidente
      derrota de su proyecto
      estratégico. Algunos analistas mencionaban en
      1992-93 que el PCP-SL probablemente se fragmentaría
      en una facción guerrillera maoísta
      tradicional en espacios rurales, otra facción
      persistente en la línea establecida por Abimael
      Guzmán (realizar la guerra popular en el campo y en
      la ciudad) y una tercera que buscaría su
      incorporación al sistema de los partidos
      políticos actuantes en el campo legal
      (parlamento y municipalidades).

      Los acontecimientos no han confirmado esta
      proyección pero mantiene su vigencia porque es un
      hecho que hay grupos del PCP-SL y, por su parte,
      también del MRTA, que actúan en función de cada una de estas
      alternativas. En cualquiera de los casos estos grupos
      buscan mantener o reforzar su vinculación con
      sectores sociales a los que consideran sus "bases", lo que
      en algún momento puede llevar a la confluencia de
      "mandos" experimentados en la subversión, y sus
      disminuidos pero expectantes aparatos partidarios locales,
      con organizaciones sociales necesitadas de un liderazgo radical y efectivo en el planeamiento y conducción de estrategias de confrontación
      reivindicativa con el
      estado.

      El segundo proceso es el de radicalización
      aparentemente espontánea de las luchas
      reivindicativas de sectores sociales tales como campesinos
      y pobladores de asentamientos urbano-marginales, que en los
      últimos meses han alcanzado niveles inusitados de
      centralización y de fuerza,
      al punto de producir paralizaciones agrarias de
      dimensión nacional, enfrentamientos de cultivadores
      cocaleros con las fuerzas del orden, bloqueos de carreteras
      y ataques contra instalaciones mineras. No solamente existe
      inteligencia policial y militar que detecta
      la presencia activista de personas vinculadas a las
      organizaciones subversivas en la organización o la
      radicalización de medidas de fuerza con apoyo
      popular, en los últimos meses, sino que documentos
      del PCP-SL postulan la necesidad y conveniencia de insertar
      su acción proselitista en las
      movilizaciones sociales, construyendo desde su interior una
      nueva estructura para retomar la "guerra
      popular".

      Por otro lado, con el previo reconocimiento de que
      todo símil histórico es
      metodológicamente cuestionable como herramienta de
      análisis, no puede desconocerse la provocadora
      analogía existente entre la agitación en el
      medio campesino, la utilización violentista
      de organizaciones como los frentes de defensa y los ataques
      a instalaciones de empresas
      mineras, tanto en el período 1974-1982 como en el
      lapso1999-2001, si se toma en cuenta que el producto
      de estas actividades en el período 1974-1982 fue la
      agresión subversiva a la seguridad nacional del
      Perú.

      El carácter activo de la amenaza
      subversiva determina que los institutos armados (como por
      su parte y en su ámbito de competencia, la Policía Nacional)
      mantengan y actualicen una fuerza y un dispositivo
      contra-subversivo que necesariamente implica la permanente
      instalación de bases a lo largo y ancho del
      territorio nacional para cumplir funciones
      de control territorial, completar la fase de
      consolidación de la pacificación y reforzar
      la relación con las organizaciones de la
      población, medios
      probadamente eficaces para conjurar el rebrote de la
      amenaza subversiva a nivel local.

      1.3.2 El narcotráfico

      El tráfico ilícito de drogas en
      escala
      internacional es otra amenaza activa a la seguridad
      nacional del Perú, por varias razones. En primer
      lugar porque las actividades del narcotráfico
      erosionan las estructuras del estado al vulnerar
      permanentemente la autoridad y el control estatales sobre el
      territorio físico, el espacio aeronáutico,
      los dominios marítimo y fluvial, las actividades
      económico-productivas y la identificación de
      la población con las normas
      sociales y el orden jurídico establecido; en la
      medida que adicionan el financiamiento internacional de sus
      actividades ilícitas, la producción extendida e intensiva de
      materia
      prima, el tráfico internacional de predecesores
      químicos para la producción de drogas y la
      distribución de droga
      hacia mercados
      externos.

      Desde este punto de vista la consideración
      del tráfico ilícito de drogas como amenaza
      para la seguridad nacional no es una cuestión moral,
      como algunos planteamientos pueden sugerirlo; se sustenta
      en razones materiales muy concretas, puesto que el
      financiamiento internacional del narcotráfico, el
      tráfico de predecesores químicos y la
      distribución de drogas en mercados externos
      distorsionan severamente el control estatal de los flujos
      de capital
      y bienes
      hacia y desde la economía nacional; la
      producción extendida e intensiva de hoja de coca o
      de amapola perjudica el manejo y la ulterior productividad del suelo en amplias
      extensiones, genera economías mercantiles sin
      articulación consistente y de bonanza efímera
      y distorsiona toda previsión racional de
      ordenamiento del territorio; y la cultura
      del narcotráfico genera un efecto de reproducción ampliada de la corrupción que afecta creciente y
      profundamente la legitimidad del orden social y
      jurídico establecido.

      El tráfico ilícito de drogas es
      inclusive un problema para la seguridad hemisférica.
      En Venezuela se ha propuesto el establecimiento de un
      Consejo Interamericano de Cooperación y Seguridad
      Regional, porque en medios oficiales se considera que
      combatir al narcotráfico exige la rápida
      adopción de medidas antes que su
      dramático crecimiento ponga en peligro "la paz entre
      las naciones, la seguridad y la estabilidad de la democracia en el hemisferio".

      Esta amenaza alcanza su más grave
      expresión a partir de la asociación entre
      organizaciones del narcotráfico y grupos subversivos
      u organizaciones contrasubversivas ilegales
      ("paramilitares"), pues potencia
      exponencialmente la capacidad de acción de estos
      proyectos, como ocurre en el caso de
      Colombia, donde, por ejemplo, el Frente 14 de las FARC,
      asentado en el departamento de Guainía (colindante
      con Venezuela y Brasil) mantenía en el 2000 una gran
      base de acopio y exportación de cocaína en la localidad de Barranco
      Minas, desde donde por el aeropuerto local exportaba
      toneladas de droga en un activo intercambio por armas y
      pertrechos, cuyo volumen
      de demanda
      era atractivo inclusive para importantes traficantes de
      armas del mundo.

      De manera que el tráfico ilícito de
      drogas, independientemente de la problemática que
      supone el consumo
      adictivo de drogas por parte de grupos cuantitativamente
      relevantes de la población, llega a amenazar la
      viabilidad del estado, y cuando menos erosiona gravemente
      potenciales económicos, sociales y
      psicológicos del país, debilitando sus
      energías colectivas y su cohesión para
      afrontar otras amenazas, alienando además una parte
      de su capacidad productiva, dedicada al
      narcotráfico.

      Mucho se ha discutido y se discute todavía
      sobre cómo enfrentar al narcotráfico, habida
      cuenta que el sentido común académico,
      militar y periodístico, inducido por la
      percepción norteamericana del fenómeno,
      acepta que constituye una de las "nuevas amenazas" a la
      seguridad nacional. En el Perú se ha experimentado
      involucrar episódicamente a las fuerzas armadas en
      la lucha contra el narcotráfico, desde 1992, pero
      los resultados están oscurecidos porque en el
      Ejército, por ejemplo, desde algunos altos mandos
      hasta suboficiales y personal
      de tropa incurrieron en actividades de protección de
      las organizaciones de narcotraficantes o bien participaron
      directamente en la actividad delictiva. La
      descomposición moral resultante ha contribuido
      decisivamente a la crisis
      militar presente, por lo que el temperamento dominante en
      la actualidad rechaza la participación de los
      militares en la lucha contra el tráfico
      ilícito de drogas, argumentando que causó
      muchísimos más perjuicios que
      beneficios.

      Pero las razones del rechazo no son consistentes.
      Es trivial sostener que los militares no deben intervenir
      en la lucha contra el narcotráfico porque son
      vulnerables a la tentación corruptora implicada en
      la cantidad de dinero
      que mueve esta actividad delictiva frente a la precaria
      situación económica del personal castrense y
      a sus comparativamente altas prerrogativas en la sociedad,
      lo que ha determinado que la corrupción se extienda en las fuerzas
      armadas ante la insuficiencia de controles sobre su
      actividad.

      De hecho, ninguna entidad del Estado podría
      escapar a la tentación corruptora de los dineros del
      narcotráfico, incluyendo por cierto a la judicatura,
      a la policía y a las autoridades políticas si
      la presunta vulnerabilidad de sus integrantes se mide en
      relación a sus ingresos
      por actividad profesional. La verdad es que la intolerancia
      a la corrupción en los funcionarios públicos
      es una cuestión principalmente
      extra-económica y tiene que ver centralmente con la
      existencia de controles administrativos, políticos y
      sociales eficaces más que con la moralidad personal de los funcionarios. En
      este sentido es cierto que la corrupción que
      afectó a militares involucrados en los
      períodos cuando se les encomendó la
      misión de luchar contra el narcotráfico tiene
      su causa en las prerrogativas que tenían en el marco
      del "estado de excepción" establecido como parte de
      la estrategia contra-subversiva, que les permitía
      sustituirse a la autoridad política y judicial y los
      sustraía de cualquier control
      extra-institucional.

      De manera que en esencia la participación
      de los militares contra la amenaza del narcotráfico
      a la seguridad nacional del Perú no es perniciosa ni
      inaceptable por propia naturaleza si el Estado y la
      sociedad son capaces de establecer los controles
      administrativos y jurisdiccionales adecuados en un sistema
      de fiscalización independiente y superior a la
      institucionalidad castrense.

      Así, pues, no existe inconveniente
      sustantivo para que las fuerzas armadas actúen
      contra la amenaza del narcotráfico a la seguridad
      nacional del Perú, lo que, en consecuencia, plantea
      la cuestión de la necesidad de esa actuación.
      Ciertamente, la investigación y la persecución
      de los delincuentes y sus organizaciones para ponerlos a
      disposición de las autoridades judiciales es una
      tarea exclusivamente policial. Pero en los centenares de
      miles de kilómetros cuadrados de territorio de las
      zonas de frontera donde la presencia policial es exigua y
      tienen mayores recursos
      humanos y materiales los institutos armados que forman
      parte de los sistemas
      de vigilancia de fronteras, de control del espacio
      aéreo y de defensa interior del territorio, es
      perfectamente factible y deseable promover que se les
      encargue realizar tareas de control y seguridad para la
      interdicción del narcotráfico.

      Son perfectamente solucionables las dificultades
      de orden jurisdiccional que pueda presentar esta actividad
      a cargo de efectivos militares si se coordina que las
      operaciones incluyan la presencia activa de representantes
      del Ministerio Público y de la Policía
      Nacional. De esta manera se garantizaría que la
      participación militar contra la amenaza del
      narcotráfico se encuentre sujeta a los controles
      pertinentes y alcanzaría niveles de optimidad la
      misión de organizaciones militares como la de la
      Fuerza de Tarea 100 de la Marina de Guerra (control en las
      vías fluviales y ámbito territorial de la
      frontera con Brasil) y la de las unidades del
      Ejército encargadas de la vigilancia y seguridad en
      las zonas 3, 4 y 5 del sistema de vigilancia de fronteras
      (desde la frontera con Ecuador en el límite de
      Cajamarca con Amazonas, por el nor-oriente, pasando por las
      fronteras con Brasil y Bolivia, por el oriente, hasta la
      frontera con Chile en el litoral del océano
      Pacífico, por el sur).

      Esta actividad se sumaría a la que ha sido
      problemática pero exitosa participación de la
      Fuerza Aérea contra la amenaza del
      narcotráfico, pues es un hecho que la
      interdicción del espacio aéreo
      amazónico por sus aeronaves de combate, con la
      colaboración de agencias oficiales de Estados Unidos
      de América, ha logrado una disminución
      radical del tráfico de drogas por vía
      aérea, lo que sin embargo ha renovado el interés de los narcotraficantes por
      utilizar los ríos y trochas del espacio
      amazónico como vías para la
      exportación de drogas, poniendo en evidencia la
      acuciante necesidad de encomendar a las fuerzas armadas en
      su conjunto una enérgica actuación contra el
      narcotráfico.

      Pero es más, esta intervención
      militar es necesaria para prevenir y contrarrestar, si es
      el caso, que se reactive la coalición de intereses
      que desde la segunda mitad del decenio de 1980 y con
      elevada peligrosidad hasta 1997 aproximadamente se
      estableció entre los narcotraficantes y los
      subversivos, en el amplio espacio de los valles del
      Apurímac, el Ene, el Huallaga, el Ucayali y el Mayo,
      teniendo como pivote a los campesinos cultivadores de coca;
      coalición que aportó grandes ingresos
      económicos a los subversivos y que se
      constituyó en una amenaza cumplida contra la
      seguridad nacional, ocasionando un vacío de poder
      que prácticamente excluyó por años la
      región del dominio
      estatal.

      1.3.3 El trasvase de la violencia en
      Colombia

      Esta es una amenaza compleja porque combina la
      probable penetración de grupos insurgentes
      colombianos con el trasvase del narcotráfico ante
      las operaciones desarrolladas en ejecución del "Plan
      Colombia", no descartando que además pueda surgir un
      conflicto entre ambos países por causa de la
      presencia de agentes violentistas o de fuerzas militares
      colombianas en las islas fronterizas del río
      Amazonas cuyo estatuto nacional se encuentra en proceso de
      definición.

      Como ya ha ocurrido y ocurre en territorios
      fronterizos de Ecuador, Panamá y Brasil, es elevada
      la posibilidad de que insurgentes y narcotraficantes, en la
      misma entidad o por separado, rebasen las fronteras en
      busca de refugio o de seguridad para proseguir sus
      actividades

      Desde 1989 grupos de individuos armados, en
      algunos casos probadamente integrantes de las Fuerzas
      Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), y en algunos
      otros casos presuntos integrantes de esta
      organización, o bien de grupos paramilitares,
      desarrollan actividades en la zona fronteriza
      peruano-colombiana y aún en territorio peruano,
      afectando nuestra seguridad nacional. Estas actividades se
      producen en distintos lugares ubicados a lo largo de toda
      la línea de frontera, con mayor incidencia en las
      áreas fronterizas de los puestos de vigilancia de
      fronteras o de los asentamientos peruanos de Campuya,
      Puerto Arturo, Subteniente García-Río
      Gueppí, El Estrecho, Teniente Berggerie, El Remanso
      y Yahuas.

      La presencia de irregulares armados procedentes de
      Colombia, en la zona fronteriza y aún en territorio
      peruano, se produce configurando un patrón de tres
      fases. De 1989 a 1996: hostigamiento y ataque a puestos de
      vigilancia fronteriza de Perú; de 1996 a 1998:
      presencia de actividades FARC o paramilitares en el
      territorio colombiano contiguo a la línea de
      frontera con Perú; de 1999 a la actualidad,
      presencia de grupos armados de las FARC en actividades de
      inteligencia, reconocimiento y aprovisionamiento, en
      territorio peruano, e incremento de presencia así
      como mayor actividad armada contra Fuerzas Militares y
      Policía Nacional de Colombia en puestos de
      vigilancia de fronteras y localidades de línea de
      frontera.

      El comportamiento de los grupos armados
      insurgentes colombianos en territorio peruano muestra que,
      tendencialmente, tratan desde 1999, de explorar
      posibilidades de refugio, aprovisionamiento o espacio para
      actividades de narcotráfico.

      Puesto que la ejecución del "Plan Colombia"
      privilegia acciones en el departamento colombiano de
      Putumayo, contiguo a la zona peruana de Gueppí, y
      considerando que en ese departamento existen muy
      significativas actividades del narcotráfico y una
      importante fuerza de las FARC vinculada al delito,
      que son fuertemente afectadas por las acciones militares y
      policiales anexas a la erradicación de cultivos
      ilícitos, es probable que grupos armados de las FARC
      se vean en la necesidad de ingresar a territorio peruano,
      directamente o a través del curso del río
      Napo por Ecuador, replegándose ante la ofensiva
      estatal colombiana, no descartándose que asimismo
      aprovechen nuestro territorio en función de sus
      necesidades o intereses de establecer zonas de descanso, de
      refugio y/o de aprovisionamiento para sus combatientes en
      poblados ribereños de los ríos Putumayo y
      Napo.

      Podrían pretender también establecer
      la vía fluvial para el traslado de materiales y
      equipos para elaboración de drogas hacia Brasil si,
      como es previsible, se complica para sus intereses la
      situación en el departamento colombiano de Putumayo;
      e inclusive aprovechar el status binacional del río
      Putumayo para la realización de movimientos
      fluviales de grupos armados sin ser afectados por la
      vigilancia.

      Aún podrían intentar el
      establecimiento de zonas de procesamiento de drogas en
      territorio peruano utilizando el sistema vial compuesto por
      los ríos Angusilla, Campuya, Napo, Algodón, Yaguas, entre otros que son
      afluentes meridionales del río Putumayo, y por las
      trochas de penetración a territorio peruano que son:
      Puerto Arturo (río Putumayo) – Copal Urco
      (río Napo), Flor de Agosto (Río Putumayo)
      – Vidal (Río Napo), Teniente Berggerie
      (río Putumayo) – Pijuayal (río
      Amazonas).

      Finalmente podrían intentar el
      aprovechamiento del diferendo demarcatorio
      peruano-colombiano en las denominadas "islas emergentes"
      del segmento fronterizo del río Amazonas, tratando
      de instituir allí una "tierra de nadie" cuyo
      vacío político-jurídico sea explotable
      a favor de sus intereses, lo que podría generar un
      conflicto diplomático entre ambos
      países.

      La complejidad del problema de seguridad nacional
      generado por el "Plan Colombia", que en buena cuenta ha
      internacionalizado el conflicto interno colombiano, ha
      exigido que los países limítrofes refuercen
      previsora y significativamente sus dispositivos militares
      de frontera.

      En Ecuador se ha establecido un "plan de
      contención" afrontando la contingencia de un
      desborde del narcotráfico y de insurgentes,
      así como de población desplazada que puede
      encubrir a unos y otros, procedentes de Colombia. Es
      así como su gobierno
      ha dispuesto un gran reforzamiento del dispositivo militar
      fronterizo, adelantando una división de
      Ejército hacia Sucumbios y una brigada hacia Loja,
      enviando a la zona fronteriza unidades de fuerzas
      especiales y creando un nuevo agrupamiento de Fuerza
      Terrestre en Esmeraldas.

      En Brasil el gobierno ha reforzado la presencia
      militar en la frontera con Colombia para evitar que el
      conflicto interno de esa nación pueda trasladarse a la
      región amazónica contigua; y ha instalado un
      "Comando de Administración de Crisis" en la
      ciudad amazónica de Tabatinga (vecina de la
      localidad colombiana de Leticia y de la localidad peruana
      de Ramón Castilla), con representantes
      de los ministerios de Defensa y de Relaciones
      Exteriores, así como del Ejército, la Fuerza
      Aérea, la Policía Federal y los servicios de información militar.
      Asimismo, para reforzar la vigilancia fronteriza, el
      ejército brasileño ha anticipado la compra de
      equipo contra-insurgente y la policía federal ha
      elaborado el plan "Operación Cobra", que contempla
      la instalación de puestos de control en siete
      municipios de la frontera con Colombia.

      Por su parte, Venezuela y Panamá han
      incrementado el efectivo y equipamiento de sus fuerzas
      armadas y guardias de frontera, respectivamente, emplazadas
      en la frontera con Colombia.

      No por espíritu de emulación sino
      por atender a la clara amenaza contra nuestra seguridad
      nacional, derivada de la ejecución del "Plan
      Colombia", el Perú debiera superar las limitaciones
      presupuestales del sector Defensa que al presente,
      según expresiones del anterior ministro, general
      Walter Ledesma, obstaculizan alcanzar el nivel adecuado de
      fuerza y despliegue militar en relación a la
      magnitud de las amenazas que provienen de la crisis interna
      colombiana en el área de frontera con el
      Putumayo.

    3. Amenazas activas a la seguridad nacional del
      Perú
    4. Amenazas latentes a la seguridad nacional del
      Perú

    En su ensayo sobre
    fuerzas armadas y democracia Fernando Rospigliosi ilustra bien la
    corriente de pensamiento
    militar y civil asociado en el Perú que en el primer
    quinquenio de la década de 1990 negaba la posibilidad de
    un conflicto militar entre estados en el subcontinente
    sudamericano y, por ende, entre el Perú y alguno de sus
    vecinos. Pero creo que exagera al afirmar que la cúpula
    militar peruana de entonces adhería a esta
    posición, ya que es suficientemente conocido que tanto la
    División de Inteligencia del Comando Conjunto de las
    Fuerzas Armadas (2ª DIEMFFAA), en el campo militar, como el
    Servicio de
    Inteligencia Nacional, en los campos no militares,
    producían inteligencia estratégica a partir de
    hipótesis de guerra con Ecuador y, en forma
    disimulada, con Chile. Esta percepción, insumo
    determinante del planeamiento
    estratégico operativo de las fuerzas armadas, se ha
    mantenido por lo menos hasta 1998 en el SIN y es posible que
    persista en el CCFFAA. El hecho es que el conflicto bélico
    del alto Cenepa en 1995 sepultó el optimismo pacifista de
    algunos y reforzó las prevenciones de otros, justificando
    en alguna medida el comportamiento del SIN y de la 2ª
    DIEMFFAA.

    Le asiste razón a Rospigliosi cuando sostiene que
    la superación de los antiguos problemas fronterizos del
    Perú con Ecuador (1998) y con Chile (1999) no invalida la
    posibilidad de guerras con
    estos países limítrofes, ya que los procesos de
    interdependencia e inclusive de integración
    económica y cultural que se han abierto con cada uno
    de dichos vecinos pueden aprovecharse o no.

    En efecto, no impiden el surgimiento ulterior de nuevos
    problemas a partir de las brechas o de defectos en las soluciones
    encontradas a los antiguos diferendos. Por supuesto, debemos
    aspirar a que la interdependencia, la cooperación y la
    buena vecindad eviten la confrontación al punto de la
    guerra. Pero es bueno recordar que la interdependencia y la
    cooperación no son panaceas de la paz permanente, ya que
    el surgimiento de nuevos intereses nacionales podría
    también conducir a nuevos horizontes de
    conflicto.

    A la luz de los
    avances en el derecho interno y en el derecho internacional
    sería liviano e inexacto decir, como antaño algunos
    ideólogos del Estado, curiosamente ubicados en las
    antípodas del anarquismo y del fascismo, que la
    guerra es uno de los principales intereses estatales. Pero salvo
    excepciones explicables en contextos sociales y jurídicos
    muy singulares, como Costa Rica y
    Suiza, los estados no pueden prescindir de preocuparse por la
    eventualidad de una guerra que los involucre, aún cuando
    las motivaciones de la misma sean puramente expectaticias. Esta
    sola previsión justifica la existencia de las fuerzas
    armadas y de su misión de la defensa externa.

    Pero, ¿existe alguna amenaza latente a la
    seguridad nacional del Perú, procedente de otro estado? Si
    reiteramos que una amenaza latente es aquella inactiva pero en
    gestación o ya estructurada, aunque no es todavía
    manifiesta, no puede descartarse.

    Una corriente del pensamiento militar y civil asociado
    en el Perú, contrapuesta a la que anteriormente se ha
    aludido, sostiene en forma reservada que dista mucho
    todavía de consolidarse el acuerdo de paz con Ecuador, que
    subsiste una tradición cultural hostil al Perú en
    ese país y que ciertos aspectos del acuerdo de paz, los
    concernientes a los centros de comercio y
    navegación cedidos a Ecuador o el kilómetro
    cuadrado de Tiwinza, son fuentes
    potenciales de nuevas confrontaciones. En una variante extrema
    plantea que el desarrollo ecuatoriano de su espacio austral,
    colindante con el Perú, generará presiones
    geopolíticas sobre la red fluvial y territorio
    peruano amazónico, amenazando nuestra integridad
    territorial.

    Considero que estas apreciaciones le deben mucho a la
    tradicional –y en mi opinión, irreal y caduca- idea
    del Ecuador como "enemigo metafísico", presentando rasgos
    de paranoia similares a los implicados en las apreciaciones sobre
    la supuesta amenazante presencia dominante del Brasil en el
    espacio amazónico con proyección hacia el
    océano Pacífico. Pero no puede concluirse, sobre la
    base de la crítica
    razonada de los prejuicios que animan estas apreciaciones,
    negando con anticipación y ausencia de fundamento firme
    toda posibilidad de amenaza en estos casos.

    Creo que las suspicacias al respecto no contribuyen a
    configurar amenazas latentes en el sentido de estar ya
    estructuradas pero mantenerse ocultas, aunque no afirmaría
    categóricamente que las amenazas no puedan gestarse en el
    futuro. Después de todo, la cooperación y el
    conflicto son situaciones que coexisten en la relación
    entre los estados. Coyunturalmente una se superpone al otro o
    viceversa, derivando, según sea el caso, hacia la integración o hacia la confrontación
    en procesos que son, por acción o inacción humana,
    reversibles.

    Sólo se necesita un módico análisis
    para descubrir en el caso de la relación del Perú
    con los países vecinos que la confrontación
    bélica es posible en el caso de una escasa o casi
    inexistente interacción. ¿Es posible en el caso
    de una interacción intensa? El análisis
    también descubre que la confrontación bélica
    es posible en el caso de un diferendo acerca de la identidad
    territorial nacional, pero, ¿lo es en el caso de conflicto
    por intereses no territoriales?

    1.4.1 La relación con Ecuador

    Hasta el segundo decenio del siglo XVIII los dominios
    políticos que en breve serían Perú y Ecuador
    tuvieron una tenue interacción estructurada apenas por los
    procesos de la
    administración colonial. El conflicto de identidad
    territorial que siguió al colapso de la Gran Colombia
    causó la guerra de 1829 y una situación de
    recurrente hostilidad que demandó, hasta 1998, nueve
    procesos diplomáticos para resolverla. La tirantez de las
    relaciones bilaterales determinó la formación de
    culturas nacionales del encono recíproco y tuvo efecto
    material en un casi nulo intercambio comercial hasta 1998
    inclusive.

    Fue un largo período histórico
    caracterizado por la permanente amenaza de guerra y la
    sucesión de tres enfrentamientos militares (1941, 1980 y
    1995) además de periódicas escaramuzas. Se
    diría que el recelo producto de la mala memoria y de la
    recíproca ignorancia de las enormes semejanzas y problemas
    comunes de ambas naciones era causante del ánimo
    conflictivo. La confrontación era resultante de una
    sorprendente deficiencia de ámbitos de interés en
    los que ambos países pudieran ejercer el juego
    negociador que se realiza siempre entre la cooperación y
    la contienda. Lo único que realmente vinculaba al
    Perú y Ecuador era la enemistad debida a la discrepancia
    fronteriza innegociable. La guerra era perfectamente posible. Se
    produjo.

    El proceso de integración auspiciado por la firma
    del acuerdo de paz en 1998 debería superar en el mediano
    plazo los rasgos inamistosos de las culturas nacionales e
    incrementar provechosamente los intercambios. Se
    establecería uno o varios ámbitos de interés
    común para Perú y Ecuador. Pero es allí, en
    ese futuro precisamente deseable, donde se aloja latente el
    germen de amenazas a la seguridad nacional que sin embargo no son
    fatalidades y pudieran o no manifestarse.

    La argumentación de esta tesis sostiene
    que la comunidad de intereses de los estados no es igual a la
    identidad de intereses de ellos. Ecuador y Perú pueden
    tener intereses en común en la integración andina,
    en el control de los recursos del espacio amazónico,
    respecto del manejo de los recursos ictiológicos y
    minerales del
    dominio marítimo, en el mercado del
    petróleo, el transporte
    multimodal transcontinental entre las costas atlántica y
    pacífica de Sudamérica, la lucha contra el
    narcotráfico y muchos otros campos. Pero esos intereses en
    común necesariamente definen también campos de
    conflicto por la preeminencia de la participación nacional
    o para obtener ventajas. Es natural que así sea. Se trata
    de luchas que pueden resolverse en negociaciones donde todas las
    partes ganan o bien en escenarios del tipo suma cero, que pueden
    trasladar el conflicto al ámbito de la
    confrontación en el campo militar y, por tanto, a la
    guerra.

    Por consiguiente, el incremento de los intereses en
    común de Perú y Ecuador ofrece con toda probabilidad el
    surgimiento de escenarios de lucha económica,
    política, diplomática, entre ambos estados. Esta es
    una perspectiva normal en el contexto internacional. Pero esta
    perspectiva contiene una disyuntiva concerniente a la
    solución de esas luchas, puesto que podrían
    resolverse en nuevas síntesis
    de intereses en común o podrían derivar en
    conflictos irresolubles ante los que los estados consideren
    inevitable el empleo de la
    fuerza militar para la defensa de sus posiciones o asegurar la
    vigencia de sus propios intereses, básicamente en
    función de cuánta insatisfacción y
    frustración deje como secuela una negociación bien o mal llevada, en el
    segundo caso sugiriendo a la parte que se considera perjudicada
    que se activa una amenaza contra su seguridad nacional. La guerra
    pasa así a considerarse una opción, eventualidad
    indeseable para la que es mejor estar adecuadamente
    preparado.

    La historia constata que la
    confrontación bélica entre el Perú y un
    país vecino como Ecuador ha sido posible en el caso de una
    escasa o casi inexistente interacción; el análisis
    anticipa que es también posible en el caso de la
    interacción intensa en un marco del desarrollo de
    intereses en común y por defecto de capacidad negociadora
    para arribar a soluciones integracionistas de las luchas que
    surgen en el camino.

    1.4.2 La relación con Chile

    La interacción con Chile muestra la otra
    tendencia de posibilidad de amenaza a la seguridad nacional del
    Perú al extremo del conflicto bélico, pues con este
    país hubo dos confrontaciones militares aún cuando
    el Perú no tenía con él ningún
    problema objetivo de
    identidad territorial y ni siquiera una frontera común. La
    primera confrontación fue en el decenio de 1830 y en
    realidad no fue estrictamente una guerra entre ambos
    países sino la agresión militar chilena al sector
    político y militar peruano que promovía la
    confederación peruano-boliviana, agresión que
    contó con la colaboración de los opositores
    peruanos de la confederación e incluyó una
    expedición militar chilena en nuestro territorio nacional.
    La segunda fue la fatídica "guerra del Pacífico"
    (1879-1883).

    Pero, a diferencia del caso de la relación con
    Ecuador, que desde 1829 en adelante forja una cultura del encono
    que alcanza estatuto oficial al punto que en 1865-66 el gobierno
    ecuatoriano de entonces se negó a contribuir materialmente
    a la alianza de los otros países sudamericanos
    ribereños del Pacífico contra las pretensiones
    neo-coloniales de España, la
    relación con Chile consintió una eficaz alianza,
    junto a Bolivia, que rechazó en ese tiempo la
    agresión española.

    Que trece años después los países
    aliados se empeñaran en una cruenta guerra cuya victoria
    permitió a Chile aumentar su territorio en una cuarta
    parte a costa de Bolivia y Perú es un suceso que puede ser
    interpretado como la materialización de una vieja y oculta
    ambición territorial chilena o como el resultado de un
    conflicto de intereses nacionales cuya naturaleza primordial no
    era territorial pero que devino ese carácter por la
    naturaleza del bien en disputa.

    En realidad es muy difícil coincidir con quienes
    se esfuerzan en explicar esta "guerra del salitre" como
    consecuencia inexorable de una remota, aleve y cada vez menos
    oculta ambición territorial chilena -otra versión
    de la doctrina del "enemigo metafísico"- aunque es preciso
    reconocer que ciertas interpretaciones de la conducta de Chile
    ante la confederación peruano-boliviana abonan a favor de
    este enfoque. Más realista es la apreciación causal
    de esta guerra, sobre la que se ha cargado tanta subjetividad,
    como resultado de un conflicto mal negociado a propósito
    del surgimiento de intereses nacionales en común
    desarrollados en el relativamente breve período de doce o
    quince años, sobre el aprovechamiento comercial de los
    nitratos de Atacama y Tarapacá.

    Como se sabe, esta actividad produjo progresivas
    fricciones entre los estados, que se agravan hasta el punto de
    detonar el estado de guerra en circunstancias de extrema ventaja
    militar para Chile. Un caso típico de
    materialización de amenaza a la seguridad nacional por
    superposición de la opción de conflicto a la
    opción de cooperación en el marco de un escenario
    que podría haber cursado alternativamente por vías
    de integración.

    La guerra de 1879-83 deja importantes enseñanzas
    de utilidad para
    detectar si el futuro de la relación peruano-chilena
    incuba amenazas a la seguridad nacional de nuestro país.
    La primera es que el Perú puede tener que afrontar una
    guerra con un país con el que no tiene ni ha tenido
    problemas fronterizos y ni siquiera frontera común. La
    segunda, que la guerra surge no obstante la intensa
    interacción de los países en un ámbito de
    intereses en común. La tercera, que el problema que incuba
    la amenaza a la seguridad nacional y genera la guerra puede
    surgir, desarrollarse y alcanzar niveles de conflictividad
    irreversibles en un ambiente de
    paz, en un lapso relativamente breve de tiempo.

    La cuarta, que el problema origen de la guerra no tiene
    necesariamente el antecedente propicio de una frustración
    y/o resentimiento nacional que sustente la aparición del
    fenómeno psicológico de la "deuda de sangre". La
    quinta, que la iniciativa y decisión de ir a la guerra
    para dirimir la primacía de intereses nacionales
    están fuertemente influenciadas por una antecedente
    posición de ventaja militar (marcada superioridad del
    poder combativo relativo).

    En la actualidad Perú y Chile experimentan una
    creciente interacción y el desarrollo de intereses en
    común. Ambos países tienen el común
    interés de auspiciar y promover la inversión de capitales procedentes de Chile
    en mercados peruanos. Chile se interesa porque de esta manera
    aumenta su formación bruta de capital en un mercado
    ampliado (fuera de su territorio) en tanto paralelamente puede
    aprovechar la inversión extranjera al interior del
    país. Perú se interesa porque las inversiones
    externas ayudan a suplir el déficit histórico de
    capital que nos afecta.

    Pero es preciso reconocer que gran parte de las
    inversiones de capital procedentes de Chile se han colocado en
    sectores económicos social y políticamente
    sensibles: distribución y venta de
    energía eléctrica y crédito
    de consumo, por ejemplo, lo que podría generar problemas
    entre las empresas y los consumidores o usuarios de su oferta, o
    entre las empresas y entidades reguladoras del estado. En un
    escenario de sensibilidad (populista o no) del gobierno a
    demandas sociales adversas a los intereses de las empresas con
    capital procedente de Chile, o por incurrir éstas en abuso
    de su posición de dominio en el mercado, podrían
    surgir situaciones de conflicto que involucren la relación
    peruano-chilena. Otro es el caso suscitado por los conflictos que
    podrían surgir a partir de irregularidades subyacentes al
    asentamiento en el Perú de alguna empresa con
    capital chileno.

    Una tercera posible fuente de conflicto en el
    ámbito de intereses en común puede surgir por
    prácticas proteccionistas excepcionales inherentes al
    mercado chileno ante inversionistas peruanos. No obstante que
    tecnócratas vinculados al flujo de capitales entre
    Perú y Chile prefieren creer que es un axioma el postulado
    lanzado hace algunos años por uno de los gurús del
    management, según el cual en el mercado internacional
    "compiten las empresas, no los países", un número
    creciente de empresarios peruanos constata con frecuencia que en
    Chile emerge un espíritu nacional, indistintamente
    corporizado en empresarios y funcionarios estatales, que escuda
    los intereses de las empresas con el poder del estado y por
    consiguiente convierte los intereses particulares de los
    empresarios en intereses nacionales. Cuando de su mercado se
    trata, Chile compite con el país, no con las
    empresas.

    Esta situación, que naturalmente convoca la
    germinación de conflictos entre los intereses nacionales,
    suele materializarse con suma rapidez hasta extremos de
    animadversión y encono en sus actores. Que hasta ahora no
    hayan trascendido el nivel del negocio frustrado,
    básicamente porque las esferas oficiales peruanas no se
    han involucrado en los casos puntuales, no es garantía de
    que la misma situación se mantendrá en el futuro,
    porque la continuidad o el cambio de la
    actitud
    oficial peruana depende de la orientación de la
    subjetividad de decisores y de variables
    políticas coyunturales, sobre las que no se puede afirmar
    que no cambiarán al punto de convertir un conflicto de
    intereses entre una o más empresas peruanas y el
    establishment chileno en un conflicto entre los correspondientes
    intereses nacionales. Algo parecido sucedió hace 122
    años.

    Estos casos, sugerentes como objeto de análisis
    respecto de Chile, impiden descartar la existencia de una amenaza
    latente a la seguridad nacional del Perú con origen en
    conflictos de intereses primero particulares y luego nacionales,
    para desarrollarse y alcanzar niveles de conflictividad
    irreversibles en un ambiente de paz, en un lapso relativamente
    breve de tiempo. Ilustran también que una amenaza latente
    no tiene necesariamente el antecedente propicio de una
    frustración y/o resentimiento nacional que sustente la
    aparición del fenómeno psicológico de la
    "deuda de sangre", sino que puede originarse y ganar fuerza a
    partir de situaciones inéditas o novedosas.

    Un sector de analistas ocupado en esta temática
    sostiene que la o las amenazas a la seguridad nacional del
    Perú, percibidas como procedentes de Chile, se
    mantendrán en la actual condición de latencia en la
    medida que el poder relativo combativo de ambos países no
    muestre una asimetría desestabilizadora. Sin embargo, hay
    analistas a quienes les preocupa la evolución en el futuro de una marcada
    brecha en el poder combativo relativo de Perú y Chile,
    respecto de lo que se especula podría variar la
    condición de latencia de las amenazas
    percibidas.

    No es un secreto que los intereses nacionales de Chile
    se han incrementado en función de su crecimiento
    económico y que entre sus objetivos
    nacionales se prioriza defender estos intereses, más
    todavía si pueden contraer riesgos
    allende las fronteras nacionales. Se justifica en consecuencia
    que sea política de Chile fortalecer al máximo la
    protección de tales intereses desarrollando y manteniendo
    un poder militar que si bien se concibe con intenciones
    eminentemente disuasivas, debe estar en condiciones de reaccionar
    violentamente en defensa de esos intereses.

    Los militares chilenos consideran que su país no
    puede considerarse a salvo de amenazas a su seguridad nacional y
    en la perspectiva de contar con un poder militar eficiente han
    comprometido al estado en grandes esfuerzos para alcanzar este
    objetivo. El Ejército avanza en la ejecución del
    "Plan Alcázar", que le permitirá en el mediano
    plazo contar con una fuerza moderna y adecuadamente equipada,
    incluyendo lanzacohetes tácticos Rayo de manufactura
    nacional y no menos de 400 tanques Leopard con sofisticados
    sistemas de combate. La Fuerza Aérea completaría
    hacia el año 2005 una dotación de aviones F-16 con
    gran capacidad operativa, la provisión de nuevas aeronaves
    para recarga de combustible en el aire y un nuevo
    sistema de defensa aérea, a la vez que ha modernizado sus
    aviones Mirage 50, Mirage 5 y F-5, proyectando su operatividad
    hasta el año 2015.

    Paralelamente las fuerzas armadas de Chile
    alcanzarán una amplia ventaja regional en su
    dotación de equipos de guerra electrónica y detección temprana,
    mientras que su Marina de Guerra construirá desde este
    año ocho fragatas y dos submarinos del tipo Scorpene.
    Todas estas adquisiciones confluyen en edificar las condiciones
    de una neta superioridad de poder combativo chileno hacia
    2005-2007, generando elementos de juicio que hacen prever en ese
    plazo un marcado desequilibrio del poder militar en esta parte
    del subcontinente sudamericano, subrayando además el
    fracaso de los entendimientos de las décadas de 1970 y
    1980 en pro del desarme regional.

    Si bien en mi opinión este incremento del poder
    militar chileno no configura por sí mismo una amenaza a la
    seguridad nacional del Perú, la hipótesis de su
    utilización como instrumento de presión en
    la eventualidad de un conflicto entre intereses nacionales es una
    circunstancia de amenaza latente que debe merecer la permanente
    atención de nuestras fuerzas
    armadas.

    1.4.3 La soberanía nacional sobre el espacio
    amazónico

    Desde el decenio de 1960 algunos entonces afamados
    "futurólogos" norteamericanos vinculados a círculos
    de pensamiento estratégico de su país, advirtieron
    la importancia ulterior que tendría la Amazonia por ser un
    territorio de reserva para los intereses de desarrollo y defensa
    "occidentales" en el largo plazo. Sus planteamientos sugirieron
    tempranamente la conveniencia de estudiar la mejor administración de sus recursos y,
    considerando la inacción de los estados nacionales con
    territorios sobre ese ámbito, pues permitían o
    inclusive promovían la depredación de esos
    recursos, adelantaron la propuesta de internacionalizar la
    Amazonia.

    La idea no produjo entonces efecto alguno, pero es un
    tema recurrente en las versiones periódicamente renovadas
    del pensamiento estratégico norteamericano. Su carencia de
    fortuna era correlativa a la hegemonía cultural del
    nacionalismo
    en las sociedades y
    estados sudamericanos, que se expresaba en planteamientos de una
    irrestricta defensa de los "asuntos internos" y de la
    soberanía de cada país, inesperadamente alentada
    por la doctrina de "defensa continental" propuesta por Estados
    Unidos ante la amenaza comunista en el escenario de la "guerra
    fría". Los regímenes militares que dominaron el
    escenario sudamericano en los años 70, independientemente
    de su orientación ideológica reforzaron el
    nacionalismo imperante. El caso brasileño fue el
    más destacado.

    Pero en la década de 1990 nuevas condiciones
    mundiales debilitan sensiblemente las ideologías
    nacionalistas sudamericanas: la globalización y la
    transnacionalización de amenazas planteadas por el
    narcotráfico (sobre todo si está asociado a la
    subversión) y el deterioro del medio ambiente
    favorecen una revisión de las posiciones estatales y
    sociales antecedentes, y la cooperación internacional en
    estos aspectos se convierte en un factor del sentido
    común.

    La creciente actividad del narcotráfico y la
    depredación de los recursos
    naturales de la Amazonia fuerzan el reconocimiento de que,
    siendo transnacionales, superan la capacidad represiva de los
    estados nacionales y requieren una acción internacional
    concertada. Pero los Estados Unidos aprovechan la oportunidad
    para intentar erigirse en líderes de esa
    concertación, en razón de su disponibilidad de
    recursos económicos y tecnológicos, impulsando la
    visión de que la región amazónica alberga en
    forma creciente todo tipo de acciones ilícitas ante las
    que los estados carecen de capacidad de control y no pueden
    impedir que se perjudique potenciales ecológicos
    necesarios para toda la humanidad.

    En perspectiva, este punto de vista alberga la
    intención de edificar las condiciones adecuadas para
    establecer una jurisdicción internacional sobre la
    Amazonia, a partir de intervenciones extra nacionales enarbolando
    objetivos de preservación de recursos que podrían
    encubrir las reales intenciones de hegemonizar decisiones sobre
    el uso del espacio amazónico, su sistema fluvial y
    recursos hídricos así como energéticos, y
    lograr el control del germoplasma amazónico que en el
    futuro puede resultar uno de los más apreciados bienes
    económicos de la humanidad. En las condiciones de
    asimetría que rigen la relación entre los estados
    del sistema internacional, significaría una
    limitación más o menos importante de la
    soberanía nacional sobre partes del territorio de los
    estados amazónicos, lo que ciertamente implica una amenaza
    latente para nuestra seguridad nacional y sugiere que las fuerzas
    armadas de los estados amazónicos concierten posiciones
    para la defensa común de los intereses nacionales al
    respecto.

    * * * * *

    Parece incuestionable que los peruanos necesitamos a las
    fuerzas armadas para que nos defiendan contra la actividad y
    efectos de cualquier amenaza a nuestra seguridad nacional.
    ¿Pero solamente las necesitamos para eso? Creo que en la
    actualidad las fuerzas armadas justifican su existencia no
    sólo en razón de su misión de defensa sino
    también, y lo vienen probando desde hace aproximadamente
    40 años, en razón de contribuir como agentes muy
    dinámicos a la integración nacional y territorial y
    al desarrollo
    económico y social del país.

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