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Homosexual: natural o de crianza

Enviado por adolfomo



  1. En el claustro materno
  2. La sociedad primitiva
  3. Historia del Pensamiento
  4. La homosexualidad
  5. Bibliografía

INTRODUCCIÓN

La homosexualidad como rasgo social específico es un tema que poco se discute pero muchos tienen la curiosidad por conocerlo aún con cierta discrecionalidad. Esta ambigüedad no es distinta a la existente en la naturaleza del conflicto socio-biológico. La homosexualidad, masculina o femenina, siempre ha existido en la sociedad tanto primitiva como la moderna. La conducta de orientación sexual invertida al orden establecido para la reproducción no es casual y mucho menos esporádica. Su presencia en otras especies animales distinta a los homínido, a la cual el hombre pertenece, nos indica que el fenómeno tiene un origen en el torrente biológico influido para su expresión por los factores del medio ambiente.

La humanidad en el curso de su evolución ha dejado huellas que destacan su conducta erótico-sexual como expresión primordial de inteligencia, y, de igual forma, testimonios de su crueldad para reprimirla. En esa permanente lucha entre el tanatu y el eros la sociedad define los perfiles de conducta, pero sólo el individuo es consciente de sus propios actos y responsable de orientarlos acorde con la naturaleza (fuerzas instintivas) de la empatía. Esos impulsos destinados a la atracción, cortejo y cópula, son ancestrales y, por ende, codificados como "señales impresas" en el genoma y transmitidas entre especies desde el origen mismo de la vida.

En las páginas siguientes se pretende trazar de forma escueta un cauce que se amolda a la perspectiva evolutiva y coevolutiva de los diversos aspectos que atañen a la homosexualidad. El lector crítico encontrará grandes vacíos que sabrá llenar de acuerdo a su interés, pues el intento no es otro que el de transmitir una opinión sustentada para contribuir en la orientación y fomento de la discusión de la temática homosexual como condición humana inalienable. Los argumentos históricos, literarios y biológicos tienen el soporte en la selecta bibliografía consultada.

Sexo, erotismo y amor son aspectos del mismo

fenómeno, manifestaciones de lo que llamamos vida.

("La Llama Doble. Amor y Erotismo")

Octavio Paz

La vida brota en el planeta con la presencia del agua sobre la convulsa superficie, y este fluido tiene su origen como producto del sinergismo caótico entre las turbulencias gaseosas de la atmósfera, las radiaciones cósmicas y las emanaciones terrestres. Este incipiente líquido saturado de múltiples componentes atmosféricos reacciona con los elementos sólidos e inicia la configuración molecular de "algo" distinto a sus partes estructurales, que, en el proceso de consolidación, adquiere intrínsecamente la extraordinaria capacidad de autorreproducirse. Esta es la molécula de la vida, conocida hoy como el ADN o Ácido Deoxirribonucleico. Desde entonces hasta ahora han transcurrido unos 3000 a 3500 millones de años. En el ínterin, estas moléculas autorreproductoras se adaptan a su medio ambiente e inician el proceso de organización de "formas de vida" u organismos, primero unicelulares (procariotes: virus, algas, bacterias y hongos) y luego pluricelulares (eucariotes: animales y plantas). El común denominador entre las especies y el "tronco común ancestral" es el ADN, lo demás es diversidad, selección natural y adaptación, es decir, evolución, en la cual el gen (ADN) y el medio ambiente son las variables determinantes.

Para continuar con está burda simplificación de la evolución es necesario poner en claro lo siguiente: la herencia, el desarrollo y la evolución son, en esencia, procesos epigenéticos; es decir, heredamos genes que determinan el patrón de desarrollo; y es así como durante el curso de éste algunos genes se activan y otros se desactivan, dando origen a cambios transitorios y/o permanentes de la acción de estos genes. Por consiguiente, el desarrollo epigenético no es más que una sucesión de procesos cualitativos disímiles que se siguen uno a otro en una secuencia definida.

El sexo, en términos evolutivos, ha sufrido una diversidad de formas como ninguna otra función biológica; no obstante, su fin primordial es la reproducción y con ella la variabilidad genética mediante la segregación y recombinación de los genes. En ciertos organismos primitivos conocidos (algas y hongos) la propagación se lleva a cabo por vía asexual, una simple fisión: se juntan y se unen de a pares. En otros existe algo paradójico, tienen varios "sexos", no diferenciados como macho y hembra pero sí definidos en función de la afinidad íntima entre ellos. En otras palabras, estos organismos se "empatan" según el grado de atracción (sexualidad relativa): los más positivos se reproducen en abundancia, los intermedios también pero un poco menos, y los débiles o negativos no se procrean aún cuando siguen apareciendo en generaciones sucesivas. Así, la vida se extiende y progresa, y la adaptación a los cambios de los diferentes medios permite el desarrollo de nuevas especies con mayor grado de especialización de la función sexual, lo cual hace suponer que en el genoma (ADN) se comienza a "imprimir" las primeras señales para la conformación de la maquinaria genética básica responsable de las vías hacia el desarrollo del dimorfismo sexual. Esta capacidad ancestral para la bisexualidad parece razonable dada la amplia existencia en el reino animal y vegetal del hermafroditismo.

Estos nuevos organismos mejor dotados por su potencial multicelular desarrollan órganos reproductores que producen células sexuales o gametos masculinos y femeninos, y también poseen un órgano copulativo sin que en ellos exista un sexo definido; a tales organismos se les llama hermafroditas (moluscos, plantas florales, lombrices, etc). El hermafroditismo aparece como una función sexual con ventajas competitivas, en un principio a través de la autofecundación y luego, para evitar la pérdida de la plasticidad evolutiva, generan la atracción a la cópula y establecen la fertilización cruzada de sus gametos, lo cual da paso para que se desarrolle en forma definitiva la bisexualidad. En este estadio se asegura la separación de los sexos (masculino y femenino) y se garantiza la reproducción mediante la cópula del organismo masculino con sus espermatozoides y el femenino con sus óvulos. Así, la fertilización que comprende la unión de gametos provenientes de diferentes individuos, permitió la división del trabajo entre los dos sexos, y, de igual forma, la evolución de la capacidad mental, que culmina en el hombre.

La atracción para la cópula es una expresión socio-biológica que se manifiesta en diversa formas en el reino animal. Es una conducta ancestral precodificada (instintiva) que se estableció para la búsqueda de la pareja, el "empate" y la reproducción. Son las hormonas de la reproducción, en particular la hormona liberadora de las gonadotropinas (GnRH o LHRH)- la más primitiva – y la prolactina (PRL), como las proteínas responsables de la inducción de esta manifestación biológica. La existencia de la GnRH data de hace más de 800 millones de años, y su estructura molecular es la misma desde el pez más remoto (Teleóstes) hasta el humano, y su diferencia entre especies está dada por algunos cambios de ubicación de los aminoácidos que la componen, ¡y más nada! ¡De tal palo (ADN), tal astilla (GnRH)! ¿No es maravilloso? La PRL es un poco más joven que la anterior, unos 600 millones de años; y posee una homología estructural muy similar a su hermana menor (500 millones de años), la hormona del crecimiento (GH). Estos compuestos químicos fundamentales para la reproducción, el crecimiento y el desarrollo, se originan del manto primario del ADN, esa proteína de la vida que generó las primeras señales hormonales para la atracción y la propagación en el organismo asexuado (sexualidad relativa), que quedaron "impresas" en el genoma para manifestarse como conducta de cortejo, atracción y cópula. ¿Acaso la sexualidad relativa no es la forma primaria de homosexualidad? Si no fuera así ¿cómo explicar el hermafroditismo, que sigue siendo homosexualidad? Las señales "impresa" en el genoma (genotipo) que superan los estragos de las presiones de la selección natural no se borran sino que persisten, y afloran tan pronto las condiciones les son favorables (fenotipo).

En términos genéticos, se mantiene el paradigma que el fenotipo es la expresión del genotipo en un ambiente determinado, pudiéndose expresar por la ecuación P=G+E+IGE, donde P=fenotipo, G=genotipo, E=ambiente, IGE=interacción genotipo-ambiente. En otras palabras, la manifestación externa de un carácter depende de los genes que lo determinan y del efecto que el ambiente pueda tener sobre la propia constitución genética del individuo. En ciertos casos, para algunos caracteres, puede ocurrir que el componente ambiental sea nulo o muy pequeño, mientras que en otros el componente ambiental sea tan grande que enmascare el efecto genético o bien, si el componente genético no existe (G=0) porque en realidad no se trata de un carácter hereditario, entonces es obvio que el fenotipo o manifestación externa del carácter no depende más que del ambiente. La influencia del factor ambiental es muy diferente en caracteres de tipo cualitativo con variaciones bien definidas, donde suele ser pequeña o nula, que en los de tipo cuantitativo, donde puede ser más o menos importante. La metodología de los estudios en genética permite diseñar los experimentos apropiados para discernir en muchos casos entre el componente genético y el componente ambiental.

II

En el claustro marino - el claustro materno del origen de la vida - se promueve y nutre el desarrollo de nuevas especies acuáticas que de forma gradual perfeccionan nuevas funciones acordes con las exigencias de sus propias modificaciones somáticas. La diversidad poblacional se sustenta del lecho marino y entra en competencia por la supervivencia: las especies débiles sirven de alimento a las más fuertes para que asciendan en la escala evolutiva y progrese. La metamorfosis de estos vertebrados "culmina" con la formación de unas especies singulares que pueden salir del agua y respirar en el medio atmosférico, con características locomotrices y reproductivas mejor dotadas. Tales especies en definitiva logran su adaptación fuera del lecho materno marino e inician una etapa evolutiva que exigirá el crecimiento y el desarrollo de nuevos órganos y nuevas funciones en armonía con el medio donde se propague. A partir de este espécimen la naturaleza configura el ejemplar protoprimate, el Dryopithecus, hace unos quince o veinte millones de años, y de este se desprende una línea filética que daría origen a los póngido (chimpancé, orangután, gorila) y otra que a la larga se convertirá en la especie de los homínidos, a la cual pertenece el hombre. A partir de este momento, en la línea filética humana se van sucediendo los Ramapithecus (que vivieron hace unos ocho o catorce millones de años), los Australopithecus afarensis (hace unos cuatro millones de años), A. africanus (hace unos tres millones de años), y el género Homo: Homo habilis (dos millones de años), Homo ergaster, Homo erectus (un millón de años), Homo antecessor (800.000 años) y Homo sapiens (H. sapiens neanderthalensis, el hombre de Neanderthal, que vivió hace unos doscientos a cien mil años, y H. sapiens sapiens, el hombre de CroMagnon, que vivió hace unos treinta y cinco a cuarenta mil años y cuyos restos óseos son ya iguales a los del hombre moderno).

El homínido por necesidad (conducta hormonal) despliega un carácter gregario y social, que no es producto de su "racionalidad" sino de las fuerzas biológicas ancestrales (genes), las cuales comparte con otros seres vivientes que le sirven de sustento. La conducta sexual del bípedo primitivo no era distinta a la de sus congéneres inferiores: la atracción, el cortejo y la cópula seguían las directrices determinadas por las descargas hormonales y ejecutadas en el momento oportuno dentro del ciclo vital. La homosexualidad no era castigada sino por la naturaleza misma: no apareamiento heterosexual, no reproducción. Luego, se podría presumir que en ese período de transición entre homínido y Homo sapiens el desarrollo de la conducta sexual debió ser más instintiva que racional, y la escogencia de la pareja para la cópula estuvo bajo control de la hembra mientras ésta era cortejada por un séquito de admiradores. Así, la Fémina sapiens con un cerebro más evolucionado que su Hominal erectus establece la relación de pareja, la cual preserva para que le dé protección junto a sus crías y también como proveedor de insumos. De la misma forma pudieron establecerse parejas homosexuales, por una parte, dada la necesidad de salvaguarda, y, por otra, al seguir los propios impulsos biológicos ancestrales.

Es plausible suponer que en estos grupos sociales primitivos la promiscuidad como fenómeno social natural estuvo presente, pero el instinto de conservación de la especie moldeó la conducta de apareamiento para la reproducción. Sin embargo, en ese caos de atracción y cópula se despiertan sensaciones nuevas que son percibidas por ese novel cerebro que las integra y las evoca como señales primarias de una rudimentaria imaginación que, como destello evolutivo de inteligencia, le abre paso al erotismo para establecer la diferencia fundamental entre el sexo animal y el del Homo sapiens. En ese período incipiente de la inteligencia humana comienzan a confluir tanto los factores biológicos ancestrales de atracción para la cópula como los recientes de la imaginación o erotismo, sin que ello conlleve la discriminación entre los sexos pero sí la identificación y selección de la pareja más placentera. No es descabellado, por tanto, inferir que la Fémina sapiens con su cerebro mejor dotado haya iniciado las primeras relaciones homosexuales conscientes e inteligentes, gracias a su imaginación.

Las herramientas rudimentarias de piedra, hueso y madera, son las huellas de la prehistoria que hoy los antropólogos y paleontólogos exhiben como muestra del desarrollo de la inteligencia humanoide; asimismo, las pinturas rupestres en rocas y cavernas, nos pone en evidencia el grado de sensibilidad del Homo sapiens al expresar en forma gráfica su íntima relación con su entorno medioambiental. En el período Neolítico, el cual corresponde a las postrimerías de la Edad de Piedra, el ser humano da muestras de organización tribal y creatividad artística, desarrollo de la agricultura y elaboración de instrumentos con metales y piedra tallada. El culto a los dioses, testimonio del desarrollo de la imaginación o erotismo, está dedicado al falo como símbolo o atributo sexual, y confirma que la incipiente cultura humana jerarquiza en el espíritu lo que más satisfacciones le produce sin ignorar aquello que le genera dolor extremo como la muerte. La sobrevivencia y la reproducción, que son conductas instintivas, tienen ahora a otra compañera generada por la imaginación (erotismo) - que es inteligencia - y, así, el ser humano comienza a descubrir al mundo exterior a través de los ojos de la razón (¿nace la Filosofía?).

En esta etapa de la vida humana, el erotismo simbolizado en el falo se convierte en poder que dirige la urbe. Ese poder, que es la concurrencia de las fuerzas instintivas y eróticas, emerge y es promovido en el cerebro más evolucionado del Homo sapiens, la hembra o fémina sapiens. La deidad creada para el control social eleva al sexo viril como el todopoderoso (fuerza física, fertilidad y placer), y establece un hito en el patrón de conducta sexual dominante domesticada por la inteligencia matriarcal. Esta inspiración mística promueve la maternidad para preservar la especie ante las inclemencias de la naturaleza y las amenazas del entorno inmediato, y reafirma a la práctica homosexual como conducta natural en la sociedad que rige. Asimismo, la muerte engendra en la fémina sapiens - el ser que siente el dolor para parir y le da ternura y protección a la cría - la idea de conservar el cuerpo muerto bajo la tierra emulando la prominencia abdominal del embarazo y la maternidad, tal como lo exhiben los túmulos pequeños y grandes encontrados en los lugares donde tuvieron su asentamiento. El macho sapiens, despunta la imaginación a través de la elaboración de instrumentos para la caza y la pesca (matar para comer), cuyo progreso y desarrollo lo lleva al grado de "poder" para la dominación. En suma, es plausible considerar que la vida inteligente en los humanos pudo haberse iniciado con la confluencia de ciertos aspectos conductuales muy notorios; uno de ellos representado en la chispa erótica que llevó al disfrute del placer del acto sexual, la incorporación del ritual a la muerte y, por último, los impulsos instintivos asociados con la alimentación (la caza y la pesca), cuyo progreso logra el desarrollo de los utensilios para el sometimiento y la intimidación, es decir, el poder para el control social.

La migración y expansión de la sociedad humana trajo consigo la consolidación de grupos sociales en constante movimiento debido a los fuertes cambios medioambientales; el ser humano sobrevive las grandes heladas (Edad de los Glaciales) y con ellas sufre transformaciones importantes en su condición biológica para adaptarse. Durante la etapa del deshielo y posterior a éste el Homo sapiens progresa en mejores condiciones pero no se puede deslastrar, dado que el giro fue muy rápido, de las modificaciones genéticas que tuvieron lugar durante la etapa previa (Glacial). Estas mutaciones están relacionadas con la conservación de la energía y la presión de la sangre (azúcar o glucosa para la energía, y la adrenalina para la defensa ante el frío), y que hoy en día todavía las mantenemos en nuestro genoma manifestándose en las personas diabéticas y las hipertensas. Estas variaciones que ayer fueron beneficiosas pero hoy nocivas no ejercieron influencias negativas en los patrones de la conducta sexual, sino por el contrario los arraizaron para conservar la especie.

III

La sociedad primitiva se mantuvo igualitaria hasta el descalabro del matriarcado, gestión que estuvo signada por la creatividad en la organización social, política, económica y religiosa. Este es el período esencial de la inteligencia humana. Luego se impuso la fuerza del hombre mediante la intimidación para erigirse en protector y sumo sacerdote, e introduce la segregación social al establecer las jerarquías de acuerdo a la representatividad en la escala de valores (familiar, religioso, económico, militar, etc.). Paso a paso la sociedad humana amalgama sus costumbres y se organiza en lo social y político; crea sus propios dioses, cuya visión sobrenatural permitía a los grupos privilegiados sojuzgar y controlar la vida colectiva. La humanidad sigue su expansión y funda una diversidad de grupos sociales que se asientan en territorios (pueblos) con un conjunto de prácticas, instituciones, ritos, ideas; en fin, todo eso que hoy denominamos cultura, y que establece las diferencias perceptivas entre ellos tanto del mundo interior como del que les rodea. En estas pequeñas ciudades aparece la división social del trabajo y el comercio, el cual es impulsado por los excedentes agrícolas.

Es la actividad comercial la que permite establecer la comunicación entre los pueblos y, por ende, transmitir la cultura que al principio fue a través del verbo (mitos) y las manufacturas artísticas. También es el momento cuando surge el primer pensamiento humano elaborado, y lo que en la sociedad neolítica constituía una creencia y un culto rudimentario a la Diosa Madre de la Fertilidad y el Erotismo, se convertiría de modo imperceptible en creencias religiosas, en espíritus y fuerzas sobrenaturales que personificaban los ciclos, las potencias y los agentes naturales. Surgen nuevos dioses y, entre ellos, uno muy singular que representa las relaciones sexuales, que en la antigua Mesopotamia se llamó Ishtar. En esta región asiática (Mesopotamia) emergen las primeras culturas urbanas, la racionalidad de la agricultura, la rueda, la ingeniería hidráulica y la primera escritura conocida (la sumeria). Así, la humanidad colmada de ritos e ideas tuvo que buscar la separación entre ellos para dar origen a las religiones y a la filosofía, influidos en gran parte por la mistificación erótica de la conducta sexual, que en su esplendor entre bacanales y orgías acentúa la homosexualidad como parte de la cultura, con lo cual revalida que tal hábito no sólo obedece a las señales biológicas intrínsecas sino también a la influencia de los factores culturales o medioambientales.

El pórtico de la Grecia clásica sirve de entrada al nuevo mundo de las ideas, y la historia del pensamiento nace y madura en esta región mediterránea. Homero, místico padre de la cultura helénica, abrió todo un camino tanto en el lenguaje como en las ideas, por el que Grecia caminaría durante siglos. Surge la ciudad-Estado (polis) y con ella se encarna la ley (nomos) hallada por la razón, hecho que distingue la civilización de la barbarie (voluntad de un rey) que con orgullo el griego sentenciaba: "No tenemos más amo que la Ley". Esta madurez de la conciencia social del griego tiene su genuina representación en la trilogía trágica de Esquilo, la Orestíada, sobre la cual baste recordar lo siguiente: Orestes se debate consigo mismo porque, para cumplir su destino, ha debido matar a su madre infiel y asesina de su marido el rey, este acto de venganza (justicia a las leyes de la polis) lo lleva a juicio en el que se establece un conflicto de competencia entre la ley natural (derecho a la vida) y la ley social, que al final, aunque repugne a la ley natural, es la que se impone. Orestes cae en manos de las Furias (Divinidad infernal que tenía por misión atormentar a los malos) y enloquece.

En los poemas homéricos (Ilíada y la Odisea), se recoge y exalta los valores épicos de que eran portadores los antiguos héroes micénicos y, en uno de los pasajes de la Ilíada, Homero, sin recato, expresa el dolor de Aquiles y su cólera mítica al contemplar el cadáver lacerado del bellísimo Patroclo, su amante; que luego fuera vengado al darle muerte a Hector, el héroe troyano, autor de su desgracia. Este homoerotismo del varón era una manifestación natural y bien cultivada de esa sociedad donde nace la polis y la nomos, y en aquellas a las cuales Homero canta su historia. Por otra parte, es menester mencionar a Hesíodo, cuyos poemas (Teogonía y Trabajos y días), en particular la Teogonía - que es un catálogo de divinidades -, pone en alto relieve a Eros (el Amor) como "el más hermoso entre los dioses inmortales, que afloja los miembros y subyuga la voluntad y los sentidos de dioses y de hombres"; asimismo, el poema parece ser el primer intento de la inteligencia humana por buscar una explicación al origen de la vida. Otras expresiones de igual trascendencia pero en diferente género son las esculturas de Polícleto (Doríforo, Dióscuro y el Diadumeno), en cuyas proporciones y equilibrio de esos cuerpos residía toda la belleza del Universo, según su propia definición.

Son relevantes en la poesía griega los versos lésbicos de Safo, poetisa de la antigüedad que, por boca de Platón, la reconoció como la décima musa. Alceo y Anacreonte, otros líricos contemporáneos de Safo y con las mismas inclinaciones homosexuales. Safo se dirige a un grupo de muchachas y funge como iniciadora de éstas hacia la vida adulta en lo erótico y sexual. Alceo, canta a los amigos y a la invocación de los enemigos, que fueron sus amigos pero cambiaron de bando por las circunstancias sociopolíticas. Anacreonte, al igual que el anterior manifiesta una clara e inequívoca tendencia homosexual en sus expresiones líricas a sus jóvenes amantes. Debe destacarse, además, que en la Grecia clásica prevaleció un carácter misógino en la polis, estigma éste que desapareció en la época alejandrina, cuando sucede una "revolución invisible": la mujer abandona el gineceo y aparece en público a reclamar su posición en la sociedad helenística, según da cuenta el poema de Teócrito, La hechicera.

Es imprescindible resaltar las figuras de Sócrates y Platón en este contexto. El primero, el Maestro, aunque no escribió nada, dejó con su elocuencia las enseñanzas que moldearon a plenitud la historia del pensamiento occidental. Al Maestro lo inmortaliza su discípulo, Platón, en sus obras (Los Diálogo – El Banquete, Fedros-, entre otras) como personaje literario. Este dúo paradigmático no sólo trascendió por sus aportes al conocimiento en general y a la filosofía en particular sino también por su muy conspicua homosexualidad. Sus detractores, los sofistas, aparte de señalarles sus divergencias en lo atinente a las concepciones filosóficas también le cuestionaban con severidad y vehemencia sus desmanes, atribuyéndoles las funestas consecuencias en los educando. Sobre el particular, dice Aristófanes en su obra, Las Nubes: hablan los sofistas a la filosofía, que son los personajes de la comedia......"Acuérdate de mis palabras: algún día /se dará cuenta esta ciudad de lo que has / hecho con sus hombres: / afeminados y locos". Sí algo repugnaba en demasía al espíritu de los griegos era el pecado de exceso o desmesura. Asimismo, nada oculta era la relación íntima que el insigne Perícles tenía con Fidias, el máximo exponente de la escultura griega. En fin, en la literatura y las artes griegas el homosexualismo masculino tiene un alto nivel de aparición, mientras que el femenino es excepcional; pero en todo caso, el amor, la belleza y el disfrute de los placeres homo o heterosexuales eran los temas más sobresalientes en la escultura, la épica y lírica del tiempo y del lugar de los grandes pensadores de la civilización de las luces y, hoy, a través de sus obras, nos percatamos, no sólo de su genio sino del entorno socio-cultural de la época, que para entonces constituía el cúmulos de voces y tradiciones milenarias que encontraron su máxima expresión humana.

Bajo el imperio creado por Alejandro Magno, que se extendía desde el Danubio hasta Egipto y desde la península helénica hasta la India y el macizo montañoso de Hindukush, la Época helenística inicia su auge y expande la cultura griega a todo su dominio, y, es así como la cultura romana toma la influencia de la tierra de las luces.

Durante el largo período del Imperio Romano no cambia mucho en lo que atañe a los aspectos socio-culturales de la homosexualidad. La libertad de escoger pareja continuó como tradición en todas las esferas de la vida pública y privada de los ciudadanos. También la historia, la literatura y las demás artes dan cuenta de esta conducta sexual, que, como testimonio podemos distinguir a Ovidio con su Arte de Amar, al egregio emperador Julio César con su adorado Bruto, y al preclaro emperador Adriano con su bello Antinóo. Asimismo, la familia adquiere un valor sagrado y político, y la mujer alcanza una posición social y doméstica que la distingue de la subordinación y exclusión a que fuera sometida durante la misoginia griega. Sería redundante continuar con un sin fin de nombres y obras ilustres que han forjado la parte histórica de la Humanidad, donde el hombre se encontró así mismo, adoró su cuerpo y confrontó a sus dioses con la razón; aun cuando, sí es pertinente delinear ciertos aspectos que caracterizaron a la oscura Edad Media, en cuyo seno se fraguó el delirio al pecado, la culpa y la expiación, y con ello la castidad toma un sitial preeminente que reprime las libertades individuales.

IV

la Historia del Pensamiento la dividen los filósofo en antes de Sócrates y después de éste, la Historia de la Humanidad a partir de la Edad Media se divide en antes y después de Cristo. Los pensadores griegos tuvieron la virtud de cuestionar a los dioses a través de la razón, mientras que los profetas Hebreos contemporáneos criticaban a la sociedad bajo la óptica de la religión. La primera tendencia predominó durante más de un milenio hasta la caída del Imperio Romano, y, con ello, la aparición del cristianismo en Occidente y el islamismo en Oriente. Las dos corrientes religiosas optaron por monopolizar tanto la vida civil como religiosa de la sociedad y el concepto de ciudadano desaparece. El individuo pierde su libertad de expresión y queda subordinado a los designios de los papas y cónclaves que determinan: "Yo soy la Verdad" y "Yo soy el que soy", es decir, Dios. Todo aquello contrario a la Divinidad se convertía en herejía y sería expuesto a los suplicios de la tortura para expiar los pecados de la carne (sexo) y del espíritu (filosofía).

La humanidad pierde su norte y no sabe donde mirar, la realidad está escindida entre buenos y malos, es decir entre herejes y devotos; la cultura extravía el poder político y la inspiración se resigna a rendirle culto al Creador y servir como vasallo a su señor feudal. Las expresiones literarias permitidas por la Santa Inquisición no pasaron de escritos proselitistas religiosos que incluían relatos de virtudes admirables, curaciones portentosas, hombres de vida ejemplar y milagreros santificantes. Aparecen las Cruzadas y con ellas Los Templarios, especie de soldado híbrido (monje-militar), en cuyas campañas y conquistas dejaban una estela de terror y muerte en nombre de La Cruz; el púlpito de las iglesias se transformó en una especie de ágora para catequizar y sostener, en el nombre de Dios, a los jerarcas en el poder. Las congregaciones, los conventos, abadías y monasterios, constituyen los medios de sobrevivencia de la cultura de una sociedad cuyo espíritu fuera saqueado y sometido inmisericorde a la voluntad "divina" de papas y sacerdotes. En estos recintos del silencio y la oración se vive en forma clandestina y con mayor intensidad las manifestaciones de la conducta homosexual reprimida, que, bajo el terror del pecado y la culpa, la lascivia del beato artista se proyecta en pinturas y murales con expresiones contemplativas sublimes del goce del placer oculto. La obra de Bracciolini, Contra hipócritas, encierra historias de la lujuria homosexual de los monjes, la exaltación del amor y el erotismo de la vida en un marco de alto contenido "antisistema"(Escolástico).

Bajo este imperio oscurantista y cruel la humanidad pasa mil quinientos años, sometida a la ignorancia y al despotismo de la sotana entronizada, primero en Constantinopla y luego retornada a Roma. Ese Dios medieval, preconizado e impuesto por la ortodoxia eclesiástica, tiene una inmensa deuda con la humanidad que jamás podría saldar; los crímenes cometidos a la libertad de expresión, la inteligencia, la creatividad y el desarrollo, que quemó en la hoguera, ni siquiera el perdón sería suficiente para hacer justicia . Sin embargo, el fermento de la enigmática rebeldía se insinúa y de manera progresiva toma forma en algunos terrenos que forjan la mente renacentista, y, si duda, pregúntele a Dante por La Divina Comedia, o a Petrarca, con sus cantos a los trovadores del amor y el placer, o a Santo Tomás de Aquino, quien antes de morir salió de ese tormento místico y declaró que toda su obra (Summa theologica y Las Diputaciones) le parecía paja; y, para rematar, aparece el Carnaval con sus parodias profanas pero regeneradoras de la sociedad, La Celestina, de F. De Rojas, y Boccaccio con el Decamerón y otras exquisiteces que aluden los temas eróticos homo y heterosexuales.

La sociedad, al inicio del Renacimiento, "comienza" a revisar sus conductas y a discriminarlas: florece las artes y con ellas el pensamiento se revela contra el yugo de la mente medieval. En suma, el ser humano rescata el derecho a penetrar el orden divino de la Naturaleza, y reaparece la Historia, la Filosofía, la Literatura y las Artes, como testigos "silenciosos" de la evolución del pensamiento y obra de la Humanidad. El Homo sapiens para alcanzar estos peldaños de inteligencia traspasó las barreras impuestas por la invencible selección natural, la cual le permitió preservar lo mejor de su patrimonio genético-cultural, dejando a la vera del camino lo no apto e inadaptado a su entorno medio-ambiental, tal como sucediera con la ceguera medieval. La sociedad ante esta nueva aurora discurre que el "hombre puede ser él mismo" y que "todos lo son todo"; aunque influida por un alto contenido religioso, vuelca su esencia para ubicar de nuevo al ser humano en el centro del mundo. La revolución renacentista es pletórica en ideas y nuevas concepciones humanísticas, mercantilistas, arquitectónicas, políticas, científicas, etc. Los protagonistas, entre muchos otros, son León Battista Alberti, con sus inspiraciones acerca del "hombre universa"; Nicolás Maquiavelo, que le entrega a su príncipe el gran tratado El Príncipe, basado en la observación realista de la sociedad y pone al descubierto la llamada razón de Estado y la Realpolitik de la vida moderna; Thomas Mun, quien desarrolla los conceptos del mercantilismo en la nueva nación-Estado; Thomas Moro y su utopía de la sociedad perfecta; Copérnico, que puso a la Tierra y a los otros planetas a girar alrededor del sol, y, a éste como centro del universo; Leonardo da Vinci, Miguel Angel, Vesalio, Gutenberg (la imprenta), Galileo, Rafael, Erasmo de Rótterdam, Shakespeare, etc. Toda esta constelación de estrellas o de alumbrados e iluminados gozan del prestigio bien ganado por su creatividad y aporte regeneradores a la sociedad, e influyen para disipar, entre otras "cosas", que el amor por la mujer no es un tormento inútil de energías espirituales y que la atracción y relación sexual con otro ser de su mismo sexo no es pecaminoso, porque ello nace en la propia naturaleza humana. Así, en Florencia, capital de la cultura y el comercio, se exhibe por las calles y en la plaza pública el fragante y magnifico Leonardo rodeado de su corte de efebos; Shakespeare, colmado de pasión le dedica sus sonetos de amor al joven conde de Southampton, y, Miguel Ángel, en el fulgor de su incontinencia universal, se derrite en los suyos por el caro Tomassino; mientras que el tierno y pulcro Rafael caía en los brazos de sus amigos procaces y desaliñados.

El humanismo del renacimiento no duró mucho, las intrigas palaciegas y de monasterios dio al traste con el espíritu de las libertades individuales, la Reforma y Contrarreforma interrumpe el progreso y creatividad intelectual, y, el sexo reprimido vuelve a las abadías y congregaciones. El amor furtivo y las perversiones sexuales crece debajo de las sotanas y hábitos religiosos, así como entre cortesanos y monarcas, pese al pecado y la culpa, dado que la naturaleza humana no la detiene Dios porque es negarse a sí mismo. Hasta nuestro días, la impronta medieval está presente respecto al sexo y la conducta sexual; la actitud prejuiciosa a los homosexuales no es más que una rémora de la coercitiva moral hipócrita de antaño. La literatura en todos sus géneros ha sido y sigue siéndolo la disidente que persevera en sacar a la luz los sentimientos impasibles de la sociedad sometida a las pretensiones del poder político, militar y religioso. La ciencia, a pesar de su gran libertad para el desarrollo y creatividad, es cómplice de esos verdugos de la civilización, pues su pacata postura mira con desdén la temática homosexual como fenómeno natural que merece un trato científico igual al de la hipertensión arterial, la diabetes o el cáncer. Si el SIDA no fuera mortal y expansivo, las comunidades de homosexuales vivirían aún en el ostracismo medieval, porque la gonorrea y la sífilis los mantuvo en ese status quo, gracias a la penicilina.

V

La homosexualidad cualquiera que sea su género, gracias al séptimo arte (cine) y a la literatura, comienza a ser tolerada por la sociedad. Los actores y escritores que nacieron con esas "señales" impresas de la conducta homosexual, casi obligados por las circunstancias, se han abierto ante el mundo para manifestar su condición humana. Muchos de ellos, salvo excepciones (Oscar Wilde, Truman Capote, entre otros.), mantuvieron oculta una vida bisexual hasta bien entrada la edad adulta. Esta identidad tardía es un rasgo social producto de una homofobia colectiva internalizada que proviene de las presiones de un sistema con prejuicios atávicos. En un contexto general, la homosexualidad en el hombre aparece en la infancia (5-7 años), establece las primeras relaciones con pareja del mismo sexo durante la adolescencia, y reconoce su condición al comienzo de la edad adulta o se mantiene en estado bisexual. En el curso del período que aún no ha integrado su identidad como homosexual el individuo se comporta sexualmente como si esa es la verdadera atracción natural de su sexo, y la entiende así en términos de conducta. ¿Pueden los factores medioambientales por sí solos inducir esta conducta?

Los seres humanos somos animales que pertenecemos a la especie de los homínidos y evolucionamos de la misma forma que el resto de las especies, por tanto, es la Teoría Evolutiva la que mejor se perfila para explicar los patrones epigenéticos de las diferencias sexuales y sus orígenes, mientras que, por otra parte, un enfoque coevolutivo podría ser más consistente en el esclarecimiento de los modelos de socialización; en consecuencia, de la conjunción de ambos enfoques puede acentuarse, por una parte, la importancia que tienen los genes como unidades de selección y, por otra, la naturaleza de la selección de la pareja, en la cual existe una variabilidad respecto a la "cualidad o valor del apareamiento" de los individuos. A lo largo de las páginas precedentes se intenta seguir - de forma rudimentaria – con fidelidad estos preceptos aún excluyendo los filogenéticos y ontogénicos (in extenso) por razones obvias.

En el curso de la evolución del sexo quedaron "impresas" señales químicas (genes) ancestrales en el genoma que son determinante de la conducta de empatía, cortejo y cópula para la reproducción. La inversión del patrón heterosexual, es decir, la tendencia a la conducta homosexual, supone la existencia de esos genes (señales) que están activos pero modificados o genes que se encuentran en estado inactivo. Lo contrario a ello, ¿cómo explicaría la presencia de tal conducta en otras especies animales? La mayoría de los estudios epidemiológicos en gemelos (es un método que se utiliza para detectar la etiología genética de una enfermedad humana. La premisa básica del estudio consiste en que los gemelos monocigotos – gemelos idénticos - se forman a partir de la división de un óvulo fertilizado, y son portadores de genes idénticos; mientras que los gemelos dicigotos – gemelos disímiles– no son genéticamente más similares que dos hermanos nacidos en embarazos separados) reportan una alta (> 65%) tasa de concordancia (término utilizado para designar que los dos gemelos exhiben el carácter bajo estudio) para la orientación homosexual en los gemelos monocigotos, y la correspondiente a los gemelos dicigotos (30.5%) es de significativa importancia. Para complemento, los estudios en familias con hijos adoptados que presentan la característica indican una tasa de concordancia que, junto con las de los gemelos, sustenta la noción según la cual la conducta de orientación homosexual tiene sin duda un alto componente biológico (genes) que, en términos estadísticos, se le puede atribuir más del 50% de la varianza. Es importante destacar que ciertas variaciones de lo genes relacionados con la actividad estrogénica poseen particular influencia en lo relativo a la "señales sociales" para el apareamiento. Los ratones de laboratorio con alteraciones de una proteína denominada receptor beta de los estrógenos son proclives a manifestar "problemas" de apareamiento sexual, pues no distinguen el sexo de su pareja. Estos hallazgos son indicativos de la posible existencia de mecanismos moleculares complejos que implican la interacción de receptores con una serie de proteínas desconocidas codificadas por unos genes aún no identificados.

En suma, sin las pretensiones extremistas del determinismo biológico y de acuerdo a la vivencia de la homosexualidad en el curso de la humanidad, es innegable la existencia del componente genético como asiento orgánico de la orientación sexual invertida. El fenotipo homosexual es complejo, no se trata de un solo gen que se active o se modifique sino de múltiples genes que actúan al unísono cuando se dan las condiciones para expresarse, tal como sucede con la diabetes mellitus o la hipertensión arterial. Estos procesos biológicos son de carácter poligénico (muchos genes comprometidos), en los cuales intervienen diversos factores (ambientales internos y externos) para que se manifieste, y los grados de expresión del fenómeno son muy variables. Los análisis genéticos de las diferencias conductuales entre los seres humanos requiere de un plan experimental cuidadoso y de modelos genéticos apropiados, con los que se logre arribar a inferencias confiables y consistente.

(*) Médico Endocrinólogo-Genetista. Profesor Titular. Facultad de Medicina. Universidad de Los Andes. Mérida-Venezuela.

Mérida, Noviembre de 2002

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El Autor

Adolfo Moreno

Mérida


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