Opinión Pública y Mentalidades

Enviado por gallegofranco

 

En un principio la configuración del tema parece abstrusa: tanto opinión pública como mentalidades, gracias al tiempo y al influjo de la tradición, han resultado conceptos a los que constantemente se acude, de los que con frecuencia se habla y sobre los cuales poco se precisa. Verbigracia: bajo el rótulo de mentalidad se entiende, a la vez y de acuerdo al contexto, una escuela histórica (francesa, a la que pertenecen entre otros Mandrou, Duby, Foucault y Bloch), una forma particular de pensar, y un marco referencial colectivo. De la opinión pública las acepciones también son distintas y hasta el momento se ha visto la necesidad de replantear el paradigma inicial de una opinión pública unitaria para hablar de unas opiniones públicas que varían dentro de un mismo cuerpo social.

Ésta última observación es importante para la relación con el campo de las mentalidades, recordando el interrogante que Reyna Pastor anotaba en el prólogo del libro Hombres y Estructuras Medievales de George Duby: "¿existen mentalidades <colectivas>? El término <colectivo>, ¿no habría que pensarlo en función de una clase social, aun de un estamento y no de una sociedad entera?".

Intangibles ambas, admiten siempre juicios aproximativos y preguntas complejas: ¿son medibles? ¿existen? ¿son significativas para el hombre? ¿es posible relacionarlas?

Las distinciones previas de ningún modo han de ser consideradas baladíes: trazan el camino de las preguntas iniciales que conducirán al desarrollo del trabajo. Podemos entonces inquirir, una vez allanado el camino: ¿Son las mentalidades el resultado de la opinión pública? ¿La opinión pública se hace sólo efectiva cuando se establece una mentalidad determinada? ¿Se logra dar cuenta de las mentalidades de un colectivo una vez analizadas las opiniones que manan de éste? o por el contrario ¿es preciso conocer el modo como un colectivo en una época concibe el mundo para entender las opiniones que emite?

La forma de abordar y responder estas preguntas corresponde, creemos, a la perspectiva que se asuma inicialmente en la investigación. Este trabajo, por efectos de tiempo –lo que implica renunciar a las extensiones desmesuradas en la redacción y a los rastreos bibliográficos muy amplios que devienen por lo general en falta de rigor- no pretende dar respuesta a todos los interrogantes sino explorar la problemática de la mentalidad intentando desde allí construir el modelo de la opinión.

El camino contrario derivaría necesariamente en un estudio histórico que propusiera la pesquisa de opiniones a lo largo de una época para construir el modelo de pensamiento propio a ella (y no es ese nuestro propósito).

Así delimitado, el ensayo se mueve principalmente dentro del ámbito teórico. Los nombres de los distintos parágrafos no indican que en lo sucesivo se trate sólo el tema de las mentalidades: en el desarrollo de los mismos se irá tejiendo siempre la relación con la opinión pública.

 

MENTALIDAD Y OPINIÓN

 

El interés por lo que se ha denominado mentalidades es relativamente nuevo. Se inició en Francia, cuna (esto es un juicio irrefutable) de la Historia. Cabe anotar, a manera de contexto, que tradicionalmente se había llevado a cabo la llamada Historia apologética, encargada de describir las hazañas de los grandes hombres, de los buenos, los poderosos. Esta forma de hacer historia creía que la humanidad avanzaba de algún modo gracias a los actos grandes de hombres grandes: era un deber, pues, registrar las vidas y obras de los hombres insignes para tener un mejor conocimiento de la humanidad a través del tiempo.

La escuela de las mentalidades planteó una alternativa para el ejercicio de su disciplina (alternativa que proponía a su vez una nueva forma de interpretación histórica que daba mayor sustento al presente y no se detenía en el recuento de hechos y datos pretéritos): ir al pasado en la búsqueda de formas comunes en que los grupos humanos se entendían a sí y a su mundo, aproximarse a los modos de vida de los colectivos, explorar las relaciones de los grupos humanos, su sentimiento cohesivo, su cosmogonía (si es que la tenía), en fin, el conjunto de sentimientos y pensamientos comunes a un grupo de personas que se expresaba directa o indirectamente.

Quizás hoy no suene tan espléndido ese interés y nos resulte algo común. Cincuenta años atrás, no obstante, fue todo un descubrimiento: pongamos por caso lo que fue el estudio del Medioevo. La historia tradicional –basada en los textos eclesiásticos (sólo esos había)- se encargó de construir una época oscura donde el temor a Dios se elevaba como máxima inobjetable y la iglesia era el órgano rector que impedía todo tipo de opinión. La historia de las mentalidades acudió a los textos y a la arqueología para demostrar que por fuera de esa institución coercitiva se encontraba un conjunto de personas –campesinos, por ejemplo- que tenían unas formas particulares de ver el mundo y que no vivían atemorizados constantemente como pretendía señalarlo el texto escrito. Que sostenían además una opinión colectiva.

Tratándose entonces de una búsqueda relativamente nueva, el campo de las mentalidades apenas comienza a explorarse en la Historia: de ahí que hoy se estén estableciendo las primeras relaciones entre mentalidades y otros campos (en este caso opinión pública).

Debe reconocerse a la disciplina histórica, no obstante, una premisa fundamental que ayuda a entender la relación que se propone: la Historia está escrita, por lo general, por las manos del poder que constituyen el oficialismo: las opiniones que éste expresa no han de señalarse necesariamente como falsas –a fin de cuentas dicen algo de sí mismas a través de su discurso- pero no deben corresponder siempre a lo que se puede llamar Historia Real. Es decir, si en una época determinada, digamos hoy por ejemplo, los medios de comunicación (agentes íntimamente ligados al ejercicio del poder jerárquico) dicen: "los pueblos campesinos de Colombia viven en un estado constante de temor", tal juicio no tiene que corresponder a la realidad; la descripción de una mentalidad hecha por los medios no indica necesariamente una Verdad. Otro ejemplo: la prensa señala que "La Opinión Pública pereirana está conmocionada por artículo de periodista española donde habla de la ciudad como cuna de prostitución": ¿quiere decir esto que la mentalidad del pueblo pereirano juzga negativamente el oficio de la prostitución? ¿significa eso que la mentalidad del pueblo pereirano es fundamentalmente ortodoxa y opera bajo preceptos morales cristianos? Sí y No son las respuestas correspondientes: el juicio descriptivo planteado en el medio de comunicación habla de una opinión pública al menos, pero no significa que todas las personas de Pereira piensen así y por tanto posean una mentalidad común: desprendiéndose de allí que se deba hablar de UNA OPINIÓN PÚBLICA Y UNA MENTALIDAD TAL. Es importante hacer esa salvedad sobre todo hoy cuando la imagen de realidad que se tiene, muchas veces sólo se sustenta por los testimonios que dan los medios de información: al punto que, como señalaba Federico Medina, "aquello que no aparece en los medios, no existe".

Definimos entonces mentalidades como "las actitudes en las que toma forma el comportamiento colectivo (...). Conjuntos y configuraciones, actos de preferencia o de repugnancia, predisposiciones hacia conductas y reacciones; cuadro social, en fin de cuentas, donde predominan los símbolos o las escalas de valores aceptados o repudiados". Raúl Rivadeneira dice: "Lo que piensa el público es un aspecto del problema. ¿Cómo actúa socialmente? ¿En correspondencia con el concepto de verdad acuñado, en paradójica contradicción o simplemente asume una posición indiferente?, es otro aspecto del problema. De esto se deduce que opinión y actitud son diferentes (...) aunque parecen una misma cosa; pero algo asoma con más o menos claridad: la opinión se refiere a algo conceptual o conceptualizado en un grupo social; la actitud, a un comportamiento generalmente visible o perceptible".

Así, parece establecerse una dialéctica entre mentalidad y opinión, que es la misma entre externo e interno que se ha conservado en gran parte de la historia de la Filosofía. Parece que la mentalidad fuera anterior a la opinión, que la precediera y ésta fuera la exteriorización de aquélla. Sin embargo, valdría la pena recordar a Kimball Young en su libro La opinión pública y la propaganda, cuando anotaba que esa dialéctica es sólo apariencia, puesto que lo que más bien se da es una relación simbiótica: la una influye en la otra. Si bien las mentalidades se transforman muy lentamente, las distintas opiniones son un agente encargado de hacer efectivo el cambio.

 

OPINIÓN Y ACTUACIÓN

 

Continuando con la diferenciación entre "opinión y actitud" expuesta en líneas anteriores, ha de ser necesaria una precaria observación sobre la actuación del individuo en la sociedad. Tal actuación es "la actividad total de un participante dado en una ocasión dada que sirve para influir de algún modo sobre los otros participantes"; los individuos se presentan en sociedad como agentes actuantes desempeñando papeles que se ajustan a los representados a su vez por el público presente, con la intención de controlar impresiones, otras actuaciones y opiniones. Bajo esta afirmación habría de pensarse al ámbito social como si fuese un escenario teatral; en esta medida la actuación de cada personaje implica dos tipos de expresividad: la que es dada conscientemente por él, y la que emana a partir de sus acciones sintomáticas, aunque ante esta dialéctica el actor "deberá ser en la realidad lo que alega ser".

De esta manera y ante este gran escenario la persona se socializa, esto es, moldea su actuación incorporando y manifestando los valores aceptados por la sociedad mientras que en su vida íntima adopta sin embargo una conducta de "consumo secreto" haciendo lo que usualmente hace cuando no se le ve. Es entonces cuando lo que se presenta ante los ojos de los demás es lo que parece tener valor, idea presente en las técnicas audiovisuales las cuales deacuerdo a la utilización de los ángulos de cámara están capacitadas para dirigir y transformar las respuestas de un público.

Las actividades individuales se convierten en actuaciones sociales con el propósito de influir, llevar a los otros a actuar de la misma forma o transmitir una opinión sintiendo que será temporal y socialmente aceptada. Con ello queda claro que las opiniones, al referirse al lugar público, pueden provenir de una postura mediada por la actuación en la que la persona asume un rol exterior acreditado por el contexto. Cada individuo tiene tantos "sí mismos" como segmentación de públicos exista y a los cuales pueda interesar su actitud. No sobra pues advertir que una cosa son las actitudes de los individuos y otra el comportamiento de los gruposcuando la posición individual ya se encuentra socializada gracias a la institucionalización e inserción a códigos y tradiciones.

La existencia individual está sujeta a la valorización social al crear una imagen para los demás. De dicha imagen promovida por sí mismo se moldean los conceptos que determinan grados de aceptación o rechazo. Inmersa en esta complejidad la persona ha de cuidar que su actuación no reporte actitudes que le son propias a ella como individuo pero no a su repertorio y que por lo tanto pueden conducir a la sospecha pública de que lo que se presenta no es real.

Las opiniones públicas son susceptibles de ser influidas por una actuación aceptable. El momento mismo de emitir una valoración sobre un asunto determinado es un acto dramático en el que los individuos intentan presentarse como sujetos seguros de su postura en un escenario donde el instante propio de reflexión presupone debilidad y falta de determinación.

Incluso las culturas son dimensiones actorales, por así nombrar ese fenómeno en el que las prácticas más rígidas no lo son ante la inobservancia de los demás.

 

MODERNIDAD: OPINIÓN PÚBLICA, MENTALIDADES Y PODER

 

Señalábamos antes (haciendo algunas indicaciones sobre claros indicios de opinión colectiva en el Medioevo) que el concepto de opinión pública es propio de la Modernidad: para ello fue importante tanto la invención de la imprenta como los movimientos de reforma y contrarreforma europeos. Debería señalarse, no obstante, otro factor que por lo general se obvia: en la Modernidad se construyen coherentemente los grupos sociales cohesionados por ideas comunes, de tal forma que se configuran unas mentalidades propias a cada grupo que redefinen la forma de verse a sí mismos y a los demás, y, por tanto (y gracias a los espacios de opinión que se hacen más amplios por las nuevas tecnologías) las opiniones públicas aparecen. No es fortuito que la forma de castigo cambie radicalmente en la Modernidad: si antes el suplicio era una reafirmación del poder monárquico, ahora el castigo es la reafirmación del colectivo como el mayor afectado de los comportamientos negativos de los demás. Cuando el soberano era el referente rector en el castigo, la opinión pública algunas veces se inclinaba por ser condescendiente con el condenado, exaltando muchas veces su valor frente al suplicio; luego, cuando el referente fue ya el cuerpo social, no hubo suplicio pues el castigo se trasladó a la cárcel: la estructura social misma se hizo una copia de la cárcel al instaurar un claro régimen de vigilancia continua.

En la Modernidad hay "...grandes transformaciones institucionales, códigos explícitos y generales, reglas unificadas de procedimiento, adopción casi general del jurado...". Lo que se quiere señalar con ello es que hay un cambio en la mentalidad de los distintos grupos a partir de la Modernidad y a ello consagra Foucault su obra: habría que determinar entonces cuáles son algunos de los principios fundamentales que conforman las mentalidades modernas y que sirven para articular opiniones determinadas, esto es, mentalidades sobre las cuales aparecen unas opiniones públicas que expresan ciertas ideas.

Foucault atribuye a la Modernidad "un esfuerzo para ajustar los mecanismos de poder que enmarcan la existencia de los individuos, una adaptación y un afinamiento de los aparatos que se ocupan de su conducta cotidiana, de su identidad, de su actividad, de sus gestos (...), y los vigilan".

¿Obedece la opinión pública (y la formación de las mentalidades) a simples relaciones de dominadores-dominados, o mejor, de poder estatal frente a poder individual? ¿Son las mentalidades colectivas (entendiendo colectivas como las comunes a un grupo específico) el producto del Poder con mayúscula que se ejerce desde lo alto de la escala social? Y trayendo a colación una situación cercana a la Comunicación Social y a nuestra época, ¿la opinión pública se reduce a lo que circula en los medios de comunicación? ¿se forma por medio del papel pedagógico que algunos pretenden conferirles? La respuesta es no. Los medios de comunicación ocupan parte, importante, claro, en la formación de las mentalidades y de opinión, pero más allá de ellos, e incluso anterior a ellos, es posible observar cómo se ha desarrollado un sistema con particularidades que se encarga de conducir el saber por un camino (y de allí se deriva que las actitudes y los juicios, las mentalidades y opiniones, obedezcan a algunos criterios observables en la sociedad).

Trazando un bosquejo muy general del asunto, se puede decir que la esencia de la Modernidad es la técnica, prefigurada por la investigación. "Si bien es cierto que la investigación, al convertirse en una técnica para las ciencias empíricas, se ha desprendido del procedimiento inquisitorial en que históricamente enraizaba, en cuanto al examen, ha quedado muy cerca del poder disciplinario que lo formó".

El nacimiento y desarrollo de las disciplinas trae consecuencias inmediatas como la manipulación del tiempo, el espacio y el cuerpo, marcando así una forma de pensar y concebir el mundo sobre el que luego se podrá opinar. ¿Qué son las disciplinas? "... métodos que permiten el control minucioso de las operaciones del cuerpo, que garantizaban la sujeción constante de sus fuerzas y les imponen una relación de docilidad-utilidad".

En un principio hablábamos de un poder inmenso –Estado digamos- que ejercía un poder visible sobre los individuos. A través de las disciplinas vemos, por el contrario, un poder casi anónimo que se ejerce constantemente sobre los sujetos: en la casa, en el colegio, en los hospitales, en las escuelas elementales, en las fábricas. Y más: un poder que se encarga de configurar el espacio mismo en términos de división, segmentación, prohibición (en ese sentido, habría necesidad de un trabajo que conjugara los temas de espacio público – mentalidades – opinión pública).

Arribamos a lo que constituye el juicio capital de este parágrafo: "La penalidad perfecta que atraviesa todos los puntos, y controla todos los instantes de las instituciones disciplinarias, compara, diferencia, jerarquiza, homogeiniza, excluye. En una palabra, normaliza". NORMALIZACIÓN: he ahí el principal objetivo de las disciplinas que influyen en toda institucionalidad moderna. La opinión pública pasa a convertirse en un medio más de normalización: no sólo producto de las mentalidades (concepción del tiempo, del espacio, del cuerpo), sino refuerzo de ellas mismas: de esa forma se evitan las desviaciones, se calcula la regla, se decide de antemano quién pertenece al grupo y quién no. ¿La opinión pública es el producto de las órdenes jerárquicas dentro de una sociedad? ¿No será más bien, de acuerdo a lo inspeccionado anteriormente, el resultado de una mentalidad donde el objeto fundamental es normalizar?

En ese sentido, intentando aproximarnos a una conclusión, el camino hacia una opinión pública más madura y responsable comienza por una inspección de temas fundamentales que de alguna forma están decididos pero no por ello exentos de interrogación: ¿cómo conocemos? ¿para qué vivimos? ¿de qué forma habitamos el mundo?

Sí: una ética. La modernidad ya tomó partido por una: "El trabajo es la providencia de los pueblos modernos, hace en ellos las veces de moral, llena el vacío de las creencias y pasa por ser el principio de todo bien. El trabajo debía ser la religión de las prisiones. A una sociedad-máquina le eran precisos medios de reforma puramente mecánicos".

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

  • BARROS, Carlos. Historia de las mentalidades: posibilidades actuales. . 2003.
  • BENEYTO, Juan. La opinión pública: teoría y técnica. Editorial Tecnos. Madrid. 1969. 203p.
  • CHARTIER, Roger. El orden de los libros: lectores, autores, bibliotecas en Europa entre los siglos XIV y XVIII. Editorial Gedisa. Barcelona. 1994. 107p.
  • FOUCAULT, Michel. Vigilar y Castigar: nacimiento de la prisión. Siglo XI Editores. México. 1978. 314p.
  • GOFFMAN, Erving. La presentación de la persona en la vida cotidiana. Editorial Amorrortu. Buenos Aires. 1971. 272p.
  • MEDINA, Federico. Teoría de la comunicación. Cuadernos de Clase #2. Editorial UPB. 2000.
  • RIVADENEIRA, Raúl. La opinión pública: análisis, estructura y métodos para su estudio. Editorial Trillas. México. 1982. 189p.
  • VOVELLE, Michel. Aproximación a la historia de las mentalidades colectivas. EN: Cuadernos de Historia XII. Universidad de Lima. 1991.

 

Maria Isabel Valderrama González

Santiago Gallego Franco

 


Comentarios


Trabajos relacionados

Ver mas trabajos de Estudio Social

 

Nota al lector: es posible que esta página no contenga todos los componentes del trabajo original (pies de página, avanzadas formulas matemáticas, esquemas o tablas complejas, etc.). Recuerde que para ver el trabajo en su versión original completa, puede descargarlo desde el menú superior.


Todos los documentos disponibles en este sitio expresan los puntos de vista de sus respectivos autores y no de Monografias.com. El objetivo de Monografias.com es poner el conocimiento a disposición de toda su comunidad. Queda bajo la responsabilidad de cada lector el eventual uso que se le de a esta información. Asimismo, es obligatoria la cita del autor del contenido y de Monografias.com como fuentes de información.

Iniciar sesión

Ingrese el e-mail y contraseña con el que está registrado en Monografias.com

   
 

Regístrese gratis

¿Olvidó su contraseña?

Ayuda