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San Martín, la Expedición Libertadora del Sur y la Independencia de los pueblos del Perú (1819-1821)

Enviado por Jorge G. Paredes M.



Partes: 1, 2, 3

 

  1. San martín prepara la Expedición Libertadora del Perú. Supe primer pueblo peruano en proclamar su independencia
  2. Desembarco del Ejército Libertador en Pisco
  3. Donferencia de Miraflores
  4. San Martín y su cuartel general en Huaura
  5. Primera campaña de Juan Antonio Álvarez de Arenales (octubre 1820 – enero 1821)
  6. Independencia de los pueblos del perú
  7. Crisis en las filas realistas: defección del Numancia y motín de Aznapuquio
  8. Conferencias de torre-blanca y punchauca
  9. Movimiento del Ejército Libertador en el primer semestre de 1821
  10. Ingreso a Lima y proclamación de la Independencia

INTRODUCCIÓN

La llegada de San Martín al Perú sirvió para avivar aún más el espíritu separatista de un gran sector de la población del virreinato peruano que, desde mucho tiempo atrás, venía pugnando por establecer un nuevo orden político. En un trabajo anterior(*) analizamos la problemática que se planteara a partir de la década de los 70 del siglo XX acerca de la naturaleza de la independencia peruana y como se contrapusieron, y aún se contraponen, dos tendencias interpretativas, aunque, y justamente como consecuencia de dicho importantísimo debate, hoy tenemos una visión mucho más equilibrada y lo que es más importante, mucho más comprensiva acerca del proceso y naturaleza de la caída del gobierno español en el Perú, para utilizar el título de uno de los libros de Timothy E. Anna, historiador canadiense que ha brindado lúcido análisis de este tema.

Por un lado tenemos la posición hipercrítica - herética para la década del 70 del siglo XX- para la cual la independencia peruana estuvo determinada íntegramente por intereses extrarregionales, básicamente por los intereses comerciales y financieros de Inglaterra. La independencia no puede ser analizada ni interpretada como un proceso interno, como producto de un largo proceso de lucha por ella, sino que les fue impuesta a los peruanos, quienes realmente no la deseaban, por no convenirles la separación con relación a España. Según esta interpretación los peruanos consideraban que permaneciendo fieles a España tenían mucho más que ganar, o por lo menos mucho menos que perder.

Frente a esta posición hipercrítica se encuentra aquella otra que habiendo nacido como una reacción de tipo nacionalista, por lo menos en ciertos historiadores, pasa en poco tiempo a estar caracterizada por un análisis más integral y profundo acerca del proceso y la naturaleza de la independencia peruana, en su contexto interno, regional y mundial. Esta posición tiene matices. Uno de ellos, que llamaremos nacionalista tradicional, sostiene que el proceso separatista peruano o guerra por la soberanía nacional, como prefiere denominarlo el historiador Edmundo Guillén Guillén, tuvo, en su vertiente primigenia, es decir indígena, un carácter de reconquista, que comienza inmediatamente después de la invasión hispana, aunque fue un proceso frustrado que alcanzó su punto climático con el movimiento de Túpac Amaru II, el cual, a su vez, marca una cierta relativa ruptura en dicho proceso, porque con posterioridad a dicho movimiento los que le seguirán cronológicamente serán ya en el siglo XIX y el mando ya no estará en manos del grupo dirigente indígena (caciques) sino de criollos.

Pero la posición más importante frente a la que hemos denominado hipercrítica es la que reconociendo que la independencia peruana es y seguirá siendo un tema polémico, sin embargo considera que la posición que sostiene que la independencia peruana fue concedida a los peruanos es un mito. La prestigiosa historiadora peruana Scarlett O’Phelan Godoy ha dedicado gran parte de sus investigaciones a desentrañar la lucha revolucionaria de los siglos XVIII y XIX, pero desde una perspectiva geohistórica centrada en el sur andino, con lo cual se ha ganado en una mayor comprensión del fenómeno revolucionario y del proceso separatista. Su trabajo El mito de la "Independencia concedida": Los programas políticos del siglo XVIII y del temprano XIX en el Perú y Alto Perú (1730-1814) (1) constituye un análisis minucioso y muy profundo acerca de este acontecimiento. Esta temática la ha vuelto a tocar, con la sapiencia y claridad que a ella caracteriza, en su trabajo "Repensando la independencia del Perú".(2) Allí leemos: "...,los estudios sobre la independencia han obviado el hecho de que en la fase de los regionalismos, la participación de peruanos en la lucha insurgente fue significativa. Esclarecer este punto implica que, por un lado, la independencia no nos vino exclusivamente "desde afuera" y, por otro, que la "pasividad" que se achaca a los peruanos durante este periodo no fue un fenómeno extendido, como se ha pretendido demostrar. Hubo peruanos que desde muy temprano vieron en las juntas de gobierno el canal más efectivo para plantear sus discrepancias con el sistema colonial".

Entre la copiosa obra de la Dra. O’Phelan no se puede pasar por alto el mencionar "La Independencia del Perú. De los Borbones a Bolívar".(3) Ella es la compiladora de los estudios presentados en el ciclo de charlas organizado por el Instituto Riva Agüero –Escuela de Altos Estudios de la Pontificia Universidad Católica del Perú, el cual tuvo como tema central el proceso de la independencia. La mencionada historiadora nos ofrece allí un trabajo titulado "Sucre en el Perú: entre Riva Agüero y Torre Tagle"

John Fisher en un libro muy importante titulado "El Perú borbónico 1750-1824" (4), fruto de más de 30 años de investigación, trata este tema con la solvencia intelectual que lo caracteriza. Precisa que, a riesgo de simplificar, el historiador en lo referente a este tema se sigue enfrentando con dos interpretaciones diferentes sobre la manera (y tal vez el momento, ¿1821 0 1824?) en que el Perú alcanzó la independencia.. Analiza el trasfondo ideológico que caracterizó el debate acerca de la naturaleza de la independencia peruana a partir de 1970, considerando que a partir de 1990 se ha logrado un mayor realismo en los análisis interpretativos. Y considera que "uno de los frutos del revisionismo existente desde los años setenta es que ahora se acepta, en general, que tras la fachada del fidelismo peruano posterior a 1808 –cuando el virrey José Fernando de Abascal (1806-1816) logró enviar ejércitos comandados por oficiales criollos a que sofocaran las insurrecciones del Alto Perú, Chile y Ecuador- hubo un considerable descontento local, que dio lugar a rebeliones armadas en el sur (Tacna, 1811 y 1813; Arequipa, 1813) y el centro (Huamanga y Huánuco, 1812) del virreinato".

Otra obra importantísima para comprender y no solo conocer la independencia peruana es el libro del historiador canadiense Timothy E. Anna "La caída del gobierno español en el Perú. El dilema de la independencia" (5) cuya edición en inglés es de 1979, pero que en español data recién de 2003. Desde su prefacio ya nos advierte acerca de su posición: "Es importante echar nueva luz sobre el proceso de independencia, no para rendir homenaje a los oponentes individuales de España, sean estos grandes o pequeños, peruanos o extranjeros. Su historia, en cualquier caso, ha sido contada antes y será contada nuevamente. Por lo tanto no sostengo ni la tesis nacionalista ni la intervensionista sobre la independencia peruana, aunque quiero tratar de explicar por qué tanto la batalla de Ayacucho como el sitio final del Callao fueron necesarios y lo que significaron".

Otra obra también muy importante aparecida no hace mucho es "La independencia del Perú y el fantasma de la revolución" (6) del historiador peruano Gustavo Montoya. Critica la posición marxista que acentuó el carácter fenoménico de la separación política del Perú con respecto de la monarquía española y según la cual la independencia fue resultado de las expediciones libertadoras del sur y del norte, lo que implicaba "el «silencio» de las clases populares, acentuando el carácter puramente político de la emancipación y en donde además los «factores externos» adquieren un sentido determinista"(p.23) Y más adelante nos dice: "Pero a fin de cuentas, ¿cuál es la razón que justifica el obsesivo lamento de una historiografía que se complace en denunciar la ausencia de un movimiento revolucionario? ¿Por qué tendría que haberse producido una revolución social, o existido una burguesía «nacional»? Fijaciones ideológicas de una historiografía que busca suplir la fragilidad hermenéutica de sus indagaciones, con el abuso del ensayo especulativo. Imágenes de la independencia organizada en función de la retórica de la «nueva izquierda". (p.126) La obra de Montoya es acuciosa y de gran originalidad.

No puedo pasar por alto en esta breve enumeración de obras recientes que tratan el tema acerca de la naturaleza de la independencia peruana, el libro, también muy importante, del historiador peruano Heraclio Bonilla, que incluye, en el capítulo 2, su estudio que podemos decir marca el inicio del gran debate que se organizó en el Perú sobre la naturaleza de la independencia peruana. Me estoy refiriendo a "La Independencia en el Perú: Las palabras y los hechos", escrito conjuntamente con Karen Spalding y por vez primera publicado por el Instituto de Estudios Peruanos, en 1972 (7). El nuevo libro de Bonilla se titula "Metáfora y realidad de la independencia en el Perú" (8) y en el se reafirma este prestigioso historiador en su interpretación.

Una obra sumamente importante para esta temática -por la originalidad de sus análisis e interpretaciones- aunque no tenga como tema exclusivo el proceso separatista, es el trabajo de Marie – Danielle Démelas "La invención política. Bolivia, Ecuador, Perú en el siglo XIX" (9) Los capítulos III y IV de la primera parte ("América participa en la revolución española" y "Las insurrecciones americanas", respectivamente), así como "La cosecha del desengaño" parte preliminar de la segunda parte, contienen un sugestivo análisis y una interpretación muy meditada y original sobre lo que significó el tránsito de la etapa colonial a la etapa independiente. Refiriéndose a Lima al momento del inicio de la etapa explosiva de la revolución americana (1809 -1810), Demélas escribe: "Si la capital estaba condenada a la fidelidad, en el interior del país, cuyos lazos con Lima se deshilachaban, la esperanza despertada por Cádiz y el activismo de los clérigos, en acuerdo con los movimientos campesinos indígenas, desembocaron en insurrecciones de gran amplitud. Dos de ellas adquirieron una importancia excepcional; la primera afectó los pueblos y comunidades de las provincias de Huánuco y Huamalíes, en 1812; la segunda tomó la forma de una guerra dirigida por el Cuzco en todo el sur andino, entre agosto de 1814 y marzo de 1815" (Demélas, Lima, 2003, p. 211)

La obra de Demélas es su tesis de doctorado trabajada entre 1982 y 1989 bajo la dirección de Bartolomé Bennassar y que fuera defendida en 1990. Los archivos consultados pertenecen a diversos países (Francia, España, Argentina, Bolivia, Colombia, Ecuador y Perú). Esto lo enfatizo para poner de realce que sus interpretaciones están basadas en fuentes primarias, manuscritas e impresas, además de la consulta exhaustiva de las obras de investigación. No predomina, como en otros historiadores, el sustrato de concepciones ideológico políticas.

Para el caso de la conspiración de Lima de 1809 cuyo líder era José Mateo Silva, Démelas ha consultado un expediente conservado en el Archivo de las Cortes en Madrid que titulado por error como Expediente acerca de la insurrección de la provincia de Buenos Aires, en realidad se refiere a la conspiración de José Mateo Silva. Para el caso del movimiento de Huánuco de 1812 ella utiliza entre otras fuentes el trabajo de Jöelle Chassin y M. Dauzier.

A veces, un tanto mezquinamente, no se suele citar una obra que considero fundamental. Me estoy refiriendo a "El azar en la historia y sus límites. Con un apéndice: La serie de probabilidades dentro de la emancipación peruana" (10), cuya primera edición data de 1973, pero que es un verdadero clásico dentro de la historiografía peruana. El apéndice, que sin embargo es la parte más extensa de la obra, trae tres capítulos realmente magistrales:

-"La erosión en el Imperio hispánico de Ultramar: el caso del Perú"

-"El retardo en la Independencia peruana"

-"Luces y sombras en la Independencia peruana"

Una obra recientemente aparecida en su versión española es «Nación y sociedad en la historia del Perú» del prestigioso historiador Peter Klaren, la cual condensa en un poco más de quinientas páginas toda la historia del Perú. Por su calidad excepcional no puede dejar de leerse. El tema que estamos viendo lo analiza Klaren en el capítulo IV, el cual lleva el sugestivo título «De la reforma imperial a una independencia a regañadientes, 1730-1824» y especialmente en el subtítulo «La caída del gobierno realista y el advenimiento de la independencia: 1780-1824». Referente a la naturaleza de la independencia peruana y sus diversas interpretaciones, Klaren escribe:

"Las interpretaciones de los orígenes de la independencia peruana por lo general se agrupan dentro de tres posiciones. La postura tradicional o patriótica, impulsada por el estado oligárquico antes de 1968, era que los peruanos de todos los grupos étnicos y sociales –indios, mestizos y criollos- fueron movilizados y liderados por «heroicos» líderes criollos en un levantamiento popular contra el dominio hispano. Esta versión oficial se enseñaba en las escuelas a todos los niveles y fomentaba el mito del «nacionalismo criollo» para unir la nación bajo el dominio de la elite.

La revolución nacionalista y populista de Velasco de 1968, cuyo símbolo fue Túpac Amaru II, buscando reivindicar e incorporar las masas indias a través de la reforma agraria y otros cambios, articuló un discurso alternativo sobre el «nacionalismo indígena». En esta versión, se incorporó al panteón de los héroes de la independencia peruana a líderes indígenas como Túpac Amaru II, junto a los ya conocidos héroes criollos, sirviendo así de igual manera para unificar la nación, pero esta vez en forma más inclusiva y popular.

Tanto la versión «criolla» como la «indígena» del nacionalismo, fueron cuestionadas por una escuela revisionista de historiadores marxistas, encabezados pro Bonilla y Spalding (1972, 1981), y que surgió a comienzos de la década de 1970. Bonilla y Spalding sostienen que el nacionalismo no existía en el Perú en 1820 ya que los criollos no estaban convencidos de la necesidad de la independencia pues sus intereses económicos y financieros estaban íntimamente ligados al antiguo régimen. ...

Desde la década de 1970, una nueva generación de historiadores aceptó los avances revisionistas, pero al mismo tiempo se movilizó para desplazar a Lima del estudio del colapso del viejo régimen hispano. Ellos describieron un movimiento mucho más complejo, fragmentado y regional en el cual la rebelión de Túpac Amaru II jugó un papel más decisivo, puesto que expresaba una visión multiétnica, transclasista y protonacionalista cuyos temas, como veremos más adelante, seguirían resonando en diversas rebeliones provinciales que condujeron a la independencia". (11)

Nos centraremos en este trabajo en analizar cómo los pueblos del Perú reaccionaron durante la etapa de la presencia de la expedición libertadora del sur, capitaneada por José de San Martín. Veremos el proceso separatista peruano en esta fase, incluso desde la etapa previa a la llegada del ejército y escuadra libertadora, aunque bajo la influencia de sus agentes. Trataremos de acercarnos a los hechos para su adecuado conocimiento, porque tratar de interpretar hechos que se desconocen o se conocen poco es un sinsentido.

Este trabajo lo he concebido en dos partes. La primera, que es la que ahora hago entrega, comprende desde los orígenes de la expedición libertadora del Perú comandada por San Martín, hasta la independencia de los pueblos del centro y norte del Perú, es decir con anterioridad a la proclamación del Perú realizada desde Lima. La segunda parte ha de abarcar desde la crisis en las filas realistas (defección del Numancia y motín de Aznapuquio) hasta la declaración, proclamación y jura de la independencia del Perú realizada desde Lima, en julio de 1821..

NOTAS

(1) O’Phelan Godoy, Scarlett. El mito de la "Independencia concedida": Los programas políticos del siglo XVIII y del temprano XIX en el Perú y Alto Perú (1730-1814). En: Independencia y revolución, Lima, Instituto Nacional de Cultura, 1987, tomo 2, pp. 145-199

(2) O’Phelan Godoy, Scarlett. Repensando la independencia del Perú. En: Historia de la cultura peruana II, Lima, Fondo Editorial del Congreso del Perú, 2001, pp.349-370

(3) O’Phelan Godoy, Scarlett / Compiladora. La independencia del Perú: De los Borbones a Bolívar, Pontifica Universidad Católica del Perú. Instituto Riva Agüero, 2001

(4) Fisher, John, El Perú borbónico, Lima, Instituto de Estudios Peruanos, 2000

(5) Anna, Timothy E. La caída del gobierno español en el Perú, Lima, Instituto de Estudios Peruanos, 2003

(6) Montoya, Gustavo, La independencia del Perú y el fantasma de la revolución, Lima, Instituto de Estudios Peruanos (Colección Mínima, 53), 2002

(7) Bonilla, Heraclio y Karen Spalding, La Independencia en el Perú: Las palabras y los hechos. En: Bonilla, Heraclio, et al. , "La Independencia en el Perú" Lima, Instituto de Estudios Peruanos (Perú Problema, 7), 1972

(8) Bonilla, Heraclio, Metáfora y realidad de la independencia en el Perú, Lima, Instituto de Estudios Peruanos (Colección Mínima, 45), 2001

(9) Demélas, Marie – Danielle. "La invención política. Bolivia, Ecuador, Perú en el siglo XIX", Lima, Instituto Francés de Estudios Andinos / Instituto de Estudios Peruanos, 2003

(10) Basadre, Jorge. El azar en la historia y sus límites. Con un apéndice: La serie de probabilidades dentro de la emancipación peruana, Lima, Ediciones P. L. Villanueva, 1973.

(11) Klaren, Peter F. Nación y sociedad en la historia del Perú, Lima, Instituto de Estudios Peruanos, 2004, pp.160-161

SAN MARTÍN PREPARA LA EXPEDICIÓN LIBERTADORA DEL PERÚ. SUPE, PRIMER PUEBLO PERUANO EN PROCLAMAR SU INDEPENDENCIA

1817 puede ser considerado el año en el cual la Expedición Libertadora del Sur inicia su intervención directa en el proceso separatista del Perú. En aquel año llegaron al territorio del virreinato peruano diversos emisarios enviados por San Martín, con el objeto tanto de ponerse en contacto con reconocidos patriotas como para estudiar el ambiente reinante en este territorio.

En noviembre de 1817 llegó a Lima, a bordo del navío Anfión, Domingo Torres, enviado con la aparente inocente misión de proponerle al propio virrey Pezuela un canje de prisioneros, pero en realidad con la secreta finalidad de hacer contacto con patriotas peruanos. Sabemos que llegó a ponerse en comunicación nada menos que con Remigio Silva.

En mayo de 1818 llegó a Lima otro emisario, don Pedro Noriega, quien había sido tomado prisionero en la batalla de Maipú. Se presentó como representante de San Martín y entregó a Pezuela, según lo consignado por el propio virrey, un oficio de San Martín en el cual se le hacía responsable de la sangre que se derramara en lo sucesivo si no obraba con arreglo a la voluntad del pueblo peruano. Este oficio irritó al virrey, quien al respecto comentó: "Este niño con zapatos nuevos (pues era la única acción que había ganado, pues la de Chacabuco no se puede llamar tal) creyó enseñándomelos con el lenguaje que acostumbran estos hombres, a la menor ventaja había de amilanar a un soldado envejecido en ganar acciones sobre ellos; y así será la contestación que recibirá"

En 1819 llegaron otros emisarios tales como José Navarro, José García y José Fernández Paredes. Navarro llegó al Callao el 4 de enero del mencionado año. Apresado, fue conducido a los calabozos del Real Felipe. Sabemos, por la misiva que Navarro escribió a San Martín desde Santiago, el 24 de marzo de 1819, que, a pesar de la incomunicación en la cual se le mantuvo, logró "notificar a mis compañeros de casamatas el buen estado de las cosas y del poco tiempo que les quedaba que sufrir para la restauración total de su libertad..." Asimismo logró poner sigilosamente una carta de San Martín en manos de Pedro Abadía. Sabemos, por dicha carta, que por denuncia de un gallego, Abadía no pudo actuar adecuadamente a favor de la misión de Navarro. (1)

En marzo o abril de 1819 llegaron los emisarios García y Paredes. "Debían informarse de todo cuanto tenía relación con el ejército real, del plan de operaciones que se pensaba seguir en caso de ser Lima atacada y del punto de la costa por donde se esperaba que el enemigo había de desembarcar. Esto era lo principal, pero sus investigaciones debían extenderse a las personas que rodeaban al Virrey, a la situación e ideas que dominaban en ambos cabildos, el civil y el eclesiástico, a lo que pensaba el Arzobispo de Lima y sus familiares y, en general, debían dar los nombres de los que más se señalaban o por su aversión a la causa o por su patriotismo" (2). Por no sabemos qué razones, en noviembre, García se entregó a las autoridades e informó acerca de los pormenores de su misión, indicando incluso los nombres de todas las personas comprometidas por sus ideas separatistas. El virrey ordenó que el Teniente Coronel Fernando Cacho le tomase su declaración, la cual se levó a cabo el 15 de febrero de 1820. Gracias a ella sabemos que había traído misivas para los sacerdotes Carrión y Tagle, Jerónimo Espinoza, Diego Aliaga, el doctor Pezet, el conde la Vega del Ren, Hipólito Unanue, Gaspar Rico, Riva Agüero, etc.

Como podemos deducir de todo lo referido, el envío de los emisarios fue un plan muy bien meditado. Constituyó una etapa previa y necesaria antes de lanzarse a la fase decisiva de la intervención directa del Ejército Libertador del Sur en suelo peruano. No solo tenían como misión un plan de reconocimiento, sino también hacer proselitismo a favor de la separación, el publicitar en favor de la independencia mediante la circulación de diversas proclamas, muchas de ellas suscritas por San Martín.

Habiendo logrado consolidar totalmente la independencia de Chile, San Martín se dirigió hacia Buenos Aires el 13 de abril de 1818, llegando a dicha ciudad el 4 de mayo. De inmediato se puso a trabajar para lograr los fondos necesarios para la expedición libertadora del Perú, solicitando la suma de quinientos mil pesos. No sería fácil esa tarea porque la situación en el Río de la Plata no era nada halagüeña. Pueyrredón le contestó en el sentido de que era del todo imposible reunir dicha cantidad. Por este motivo, y como una maniobra táctica para presionar a las autoridades bonaerense, San Martín presentó su renuncia el 4 de setiembre de 1818. Consiguió, en parte, su objetivo, porque le prometieron entregarle la cantidad solicitada.

Entre octubre de 1818 y marzo de 1919 San Martín hizo un viaje a Chile. De regreso nuevamente a su suelo patrio, vino a aquejarle una dolencia que requería cierto cuidado y en vista de ello presentó, el 26 de diciembre de 1919, su renuncia al mando del Ejército de los Andes, argumentando encontrarse enfermo y necesitado de pasar a los baños de Cauquenes. El gobierno Rioplatense no le aceptó la renuncia, expidiéndose, con fecha 8 de enero de 1820, y con la firma de Rondeau, Director de las Provincias Unidas del Río de la Plata, un decreto por el cual se le concedía "su pase a los baños de Cauquenes y cuidar exclusivamente de su convalecencia y entera reposición, bajo aquella calidad, y con la investidura de Capitán General y en Jefe del citado ejército ya sea reunido o seccionado, en cuyo concepto deberá proveer lo conveniente en orden a su fomento, disciplina y demás desde el punto donde se hallase, pues así lo exige el buen servicio del Estado en cuyo obsequio ha prestado constantemente sus relevantes servicios" (3)

1819 es trascendental en el proceso de la preparación de la empresa libertadora del Perú, puesto que en dicho año, exactamente el 5 de febrero, se suscribió el denominado «Tratado Particular entre el Estado de las Provincias Unidas del Río de la Plata y el de Chile». Este documento puede ser considerado, sin exageración alguna, como la partida de nacimiento de la expedición libertadora del Perú. Por su importancia lo transcribimos íntegramente:

"Artículo 1° Conviniendo ambas partes contratantes con los deseos manifestados por los habitantes del Perú y con especialidad por los de la capital de Lima, de que se les auxilia con fuerza armada para arrojar de allí al gobierno español y establecer el que sea más análogo a su constitución física y moral, se obligan las dos partes contratantes a costear una expedición que ya está preparada en Chile con este objeto.

Artículo 2° El ejército combinado de las Provincias Unidas y de Chile, dirigido contra los mandatarios actuales de Lima y en auxilio de aquellos habitantes, dejará de existir en aquel país luego que se halla establecido un gobierno por la voluntad libre de sus naturales, a menos que por exigirlo aquel gobierno y siendo conciliable con las necesidades de ambos países contratantes, se convengan los tres estados de Chile, Provincias Unidas y Lima en que dicho ejército permanezca por algún tiempo en aquel territorio. Para este caso deberán ir autorizados los generales u otros ministros de las Provincias Unidas y de Chile para tratar sobre este punto con el gobierno que se establezca en Lima.

Artículo 3° Para evitar todo motivo de desavenencia entre los dos estados contratantes y el nuevo que haya de formarse en el Perú, sobre el pago de los costos de la expedición libertadora y queriendo alejar desde ahora todo pretexto que pudiera tomar los enemigos de América para atribuir a esta expedición las miras interesadas que le son más extrañas, se convienen ambas partes contratantes en no tratar de cobro de estos costos hasta que puede arreglarse con el gobierno independiente de Lima, observando hasta entonces el ejército combinado la conducta conveniente a su objeto, que es el de proteger y no el de hostilizar a aquellos habitante. Sobre todo lo cual se darán las órdenes más terminantes por ambas partes a sus respectivos generales.

Artículo 4° Las cuentas del costo de la expedición libertadora y de la escuadra de Chile que la conduce, después de haber franqueado el mar Pacífico al efecto, se presentarán por los ministros o agentes de los gobiernos de Chile y delas Provincias Unidas al gobierno independiente de Lima, arreglando con él amigable y convenientemente las cantidades, plazos y términos de los pagos.

Artículo 5° Las dos partes contratantes se garantizan mutuamente la independencia del Estado que debe formarse en el Perú, libertada que sea su capital.

Artículo 6° El presente tratado será ratificado por el Excelentísimo Señor Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata, y por el Excelentísimo Señor Director Supremo del Estado de Chile dentro del término de 60 días, o antes si fuera posible.

Fecho y firmado en la ciudad de Buenos Aires, a 5 de febrero de 1819

(f) Gregorio Tagle (f) Antonio José de Irizarri (4)

1819 no es tan solo el año de la suscripción del acta oficial de la expedición libertadora del Perú, sino también el del envío al Perú de los dos cruceros que estuvieron al mando del intrépido marino Lord Tomás Alejandro Cochrane, conde Dundonald. Ambas expediciones tenían como objetivo el tomar contacto directo con el territorio peruano, el cual pronto sería el teatro de acciones de la expedición libertadora del sur. Pero no solo con el territorio. También con personas que de una u otra manera podían ser útiles para el proceso separatista.

El primer crucero se levó a cabo entre enero y junio de 1819. La escuadra, al mando de Cochrane, zarpó de Valparaíso el 14 de enero. Ese día zarparon los navíos O’Higgins, San Martín, Lautaro, Chacabuco, comandados por Roberto Forster, Guillermo Wilkinson, Jorge Martín Guise y Tomás Carter, respectivamente. Dos días después lo hicieron los navíos Galvarino y Pueyrredón. El 27 de febrero se encontraban ya en la isla de San Lorenzo, frente a la capital del Perú. Continuaron la travesía y el 28 de marzo anclaban en Huacho y de inmediato tomaban el pueblo de Huaura, un pueblito al norte de la ciudad de Lima.

El virrey Pezuela fue informado de estos sucesos el 1 de abril, tal como lo consigna en su Diario: "Al amanecer recibí un extraordinario de Guacho, participándome haber fondeado la escuadra enemiga en aquel puerto el día 28 por la tarde y pasado el aventurero Cochrane al Comandante militar un oficio en el que le decía que no iba hacer daño alguno..." Al día siguiente recibió la noticia del desembarco de Cochrane y la toma de la ciudad: "Tuve aviso de Guacho participándome que lo enemigos habían desembarcado el 29, 400 a 500 hombres, dirigidos a Huaura, que tomaron con muy poca resistencia, auxiliados de todos los indios del numeroso pueblo de guacho que al instante se unieron a ellos... lo mismo ejecutaron casi todos los habitantes de Huaura, a excepción de muy pocos buenos españoles..."

Pezuela nombró, el 2 de abril, a D. Rafael de Ceballos, Comandante del Batallón de Cantabria, como jefe de una partida que debería marchar hacia Huaura. Dicha partida estaba integrada por tropas de los batallones del Infante, del Cantabria, de los Húsares y de los Dragones de Lima, con un total de 700 efectivos. Encargaba a Ceballos no solo el mando militar sino también aprehender y juzgar a todos aquellos habitantes que hubiesen auxiliado a la escuadra de Cochrane.

Mientras tanto Cochrane había ordenado abandonar Huaura. Parte de la escuadra se dirigió hacia el Callao y parte hacia Supe. Hacia este último lugar llegó el propio Cochrane. Aquí ocurriría un hecho de relativa trascendencia histórica, por cuanto es un indicador de la actitud favorable del pueblo peruano a favor de la independencia. Explica hechos que poco tiempo después ocurrirían con la presencia del ejército libertador del Perú y con anterioridad a la proclamación de la independencia desde Lima. Este hecho es la proclamación de la independencia por el pueblo de Supe, que ocurrió el 5 de abril de 1819.

El propio virrey Pezuela es quien nos da valiosísimos datos sobre el particular. En su Diario o Memoria de Gobierno, con fecha 8 de abril anotó pormenores de tal suceso. Consigna allí lo siguiente: "...los vecinos de Supe se juntaron en Cabildo el día 5, proclamando la patria y ofreciendo sus esfuerzos a favor de ella". Señala asimismo que se abrió, a consecuencia de todos estos sucesos, tres procesos. El primero de ellos en Guacho, a aquellos naturales que habían auxiliado a la escuadra de Cochrane. De este proceso resultaron ocho indios y una mujer condenados a la pena d muerte, habiéndose llevado a cabo dicho castigo sólo con cuatro de ellos, pues los otros cuatro y la mujer fueron perdonados. El segundo proceso fue abierto "por la infidencia cometida en el pueblo de Supe, donde recibieron a los enemigos con la mayor demostración de amistad, tuvieron cabildo abierto, donde juraron la bandera de ellos y su causa de independencia de una manera escandalosa, que excepto uno que otro que huyó, casi todos los restantes abandonaron la causa del Rey prestándoles toda clase de auxilio..."

¿Quiénes fueron los dirigentes de este movimiento de Supe? De resultas del proceso que allí se abrió podemos conocer los nombres de estos, todos los cuales fueron sentenciados a la pena capital, aunque esta no pudo llevarse a cabo porque casi todos lograron embarcarse en la flota de Cochrane, excepto Manuel Fonseca. Los dirigentes de este movimiento fueron: Andrés de los Reyes, Francisco de Vidal, Cayetano Requena, Juan Fonseca, Manuel Fonseca, Juan Franco, Manuel Villanueva, Juan Aranda, Doroteo de los Santos y el zambo Luis Risco.

El tercer proceso se instauró contra los siguientes personajes: Marcelino Saldamando (sentenciado a cuatro años de prisión), Anselmo Borjas, fraile guardián de San Francisco; frailes Juan de Belén, Vicente Sevilla y el limosnero de los santos lugares, sentenciados a ser reprendidos por sus respectivos prelados. (5)

Cochrane no permaneció muchos días en Supe. El 7 de abril levaba anclas y se dirigió hacia Huarmey. Allí, el 10 de abril, se apoderó del bergantín francés "La Gazelle" y de un cargamento de sesenta mil duros, de propiedad española.

De Huarmey enrumbaron hacia Samanco donde capturaron la goleta Macedonia, propiedad de un tal Smith. Luego se dirigieron a Paita, donde llegaron el 13 de abril, tomando al día siguiente la ciudad luego de haber hecho huir la guarnición realista situada en el mencionado puerto.

Después del último suceso mencionado la escuadra al mando de Cochrane comenzó el retorno a Chile. En el puerto del Callao debería reunirse con el resto de la flota, la cual al mando de Blanco Encalada se encontraba, desde el 4 de abril, bloqueando el mencionado puerto. Pero cuando Cochrane llegó al Callao se dio con la sorpresa de no encontrar a Blanco Encalada, por lo que tuvo que volver a Supe, donde el 8 de mayo hizo desembarcar un contingente de 40 hombres al mando de Guillermo Miller y de Roberto Forster. Luego siguió rumbo al norte, desembarcando el 14 de mayo en Huarmey. Pasó después s Samanco, desde donde emprendió nuevamente el regreso. Llegó al Callao y no encontrando por segunda vez a Blanco Encalada, decidió seguir con destino a Valparaíso, donde arribó el 16 de junio. No había podido hallar a Blanco Encalada porque este, por falta de víveres y agua, había tenido que levantar el asedio de la capital peruana y emprender el retorno a Chile.

La segunda travesía de Cochrane por la costa peruana se realizó entre setiembre y diciembre de 1819. La flota estaba compuesta por los mismos navíos que habían tomado parte en el primer crucero, con excepción de la fragata Independencia, que reemplazó a la Chacabuco

(Ver cuadros)

Navíos

Oficiales

Marinos

Extranjeros

Marinos

Chilenos

Grumetes

Artilleros

De mar

Soldados de

Infantería

Total

Cañones

Comandantes

O’Higgins

7

47

94

45

20

70

283

48

R.Forster

San Martín

8

102

169

35

72

69

456

52

G. Wilkinson

Lautaro

9

109

80

27

26

38

282

48

J. G. Martín Guise

Chacabuco

7

6

78

--

--

18

109

20

Tomás Carter

Total

31

264

421

107

118

195

1130

168

4

Navíos

Clases

Cañones

Comandante

O’Higgins

Fragata

48

Vicealmirante R. Forster

San Martín

Navío

64

D.G. Wilkinson, Capitán de Navío

Lautaro

Fragata

50

J.M. Guise, Capitán de Navío

Independencia

Fragata

28

A. Forster, Capitán de Navío

Victoria

Bergantín

28

Destinada a brulote

Jerezana

Bergantín

28

Idem

Galvarino

Fragata

18

D.J. Spry, Capitán de corbeta.

Araucano

Fragata

16

D. Crosby, Capitán de Corbeta.

CDIP, La Expedición Libertadora, t. VIII, v. 3°

A diferencia de la primera travesía esta segunda no dio como resultado ninguna proclamación de independencia.

El 12 de setiembre la escuadra libertadora al mando de Cochrane zarpó del puerto de Valparaíso. Después de 16 días de navegación, es decir el 28, llegaba a inmediaciones de la isla de San Lorenzo, frente a la capital del Perú. Permaneció Cochrane en el Callao hasta el 7 de octubre, día en el cual una parte de la flota enrumbó hacia el sur y la otra hacia el norte. Aprovechando de su permanencia en las costas del Callao, aprovecharon para atacar varios navíos realistas surtos en el puerto del Callao.

El grupo que se había dirigido hacia el sur, y que esta dirigido por Guise, desembarcó en Pisco el 7 de noviembre, después de vencer la resistencia realista al mando del coronel Manuel Gonzales.

Habiéndose aprovisionado adecuadamente volvieron a embarcar y tomaron dirección norte con el objeto de unirse con el resto de la escuadra. El 16 de noviembre y a la altura de Santa, se llevó a cabo la reunión de ambas partes. El 21 comenzaron la persecución de la fragata española "Prueba" y tras de ella llegaron hasta el fondeadero de la isla de Puná, donde se apoderaron de los navíos Begoña y Águila. El 13 de diciembre la escuadra abandonaba el puerto de Guayaquil y ahora sí emprendían viaje de regreso a Chile. (6)

El 28 de enero de 1820 se le comunicaba a San Martín que el Director Supremo de Chile, "a satisfacción del ejército y de todo buen patriota" lo acababa de nombrar General en Jefe del Ejército Expedicionario" (7)

La situación anárquica imperante en el Río de la Plata creaba serias dificultades, tantas que San Martín creyó conveniente dimitir su cargo de General en jefe del Ejército de los Andes, para lo cual el 26 de marzo de 1820 dirige a Gregorio de las Heras, Coronel Jefe del Ejército de los Andes, un oficio presentando su renuncia. San Martín da como explicación justificativa de su actitud el hecho de no existir ni el Congreso ni el Director Supremo de las Provincias Unidas, autoridades de las cuales emanaba la suya. Leamos lo que el propio San Martín consignó en el oficio: "El Congreso y Director Supremo de las Provincias Unidas no existen; de estas autoridades emanaba la mía de General en Jefe del Ejército de los Andes, y por consiguiente creo mi deber y obligación el manifestarlo al cuerpo de oficiales de Ejército de los Andes, para que ellos por sí y bajo su espontánea voluntad nombren un general en jefe que deba mandarlos y dirigirlos y salvar por este medio los riesgos que amenazan a la libertad de América" (8)

En vista de la actitud de San Martín, los jefes y oficiales del citado ejército se reunieron e Rancagua el 2 de abril, con la finalidad de examinar el planteamiento de San Martín y tomar un acuerdo al respecto. En dicha reunión hizo uso de la palabra el General D. Enrique Martínez, en el sentido de que los argumentos esgrimidos por San Martín para declarar la caducidad de su máxima autoridad carecían en realidad de verdadero fundamento y que por lo tanto no debería procederse a la elección de un nuevo jefe. Esta opinión fue respaldada por los coroneles Mariano Necochea, Pedro Conde y Rudecindo Alvarado. Se convirtió ella en moción y como tal fue sometida al voto, resultando aprobada, como era de esperar. En virtud de este acto, San Martín quedaba confirmado en su delicada función de General en Jefe del Ejército de los Andes. Se encargó de inmediato a Las Heras para que transmitiese dicho acuerdo al interesado, debiéndose señalársele que los jefes y oficiales habían convenido que quedaba "sentado como base y principio, que la autoridad que recibió el General de los Andes para hacer la guerra a los españoles no ha caducado ni puede caducar, pues que su origen, que es la salud del pueblo, es inmutable" (9)

El 6 de mayo de 1820 el gobierno de Chile confirió a San Martín el mando de General en Jefe del Ejército Libertador del Perú. Este hecho debió tranquilizar, por lo menos un tanto, a aquellos que desesperaban al ver que la expedición tardaba tanto en emprender su misión. Esta impaciencia se refleja claramente en el periódico chileno El Censor de la Revolución, en el cual se llega a acusar al gobierno de Chile de no hacer los esfuerzos necesarios para llevar a cabo la expedición. En el número 1 del citado periódico, de fecha 20 de abril de 1820, se lee lo siguiente: "¿Habrá o no habrá expedición al Perú? El interés de toda la América la exige, los pueblos del Perú la desean con ansia, la existencia de Chile depende de ella, y la tranquilidad de las provincias del Río de la Plata acaso resultará de su buen éxito" (10)

Aunque la expedición solo saldrá a mediados de agosto, ya en el número 7, de 10 de julio de 1820, de la misma citada publicación, se habla de la inminente salida de ella y por anticipado le brinda sus mejores augurios: ¡Felices los que van a participar los riesgos de esta empresa! Su suerte será envidiada de todas las almas, a quienes el amor de la gloria inspira una pasión fuerte por los grandes designios" (11)

Siguiendo con los últimos preparativos de la expedición, el senado chileno creyó conveniente darle al jefe de ella una serie de instrucciones, a las cuales debería ceñirse rigurosamente. Estas Instrucciones fueron dadas el 23 de julio de 1820 y constaban de veinticinco artículos. Se establecía que la fuerza solo debería ser utilizada en los casos de obstinada resistencia y después de haber convidado a los pueblos con la paz

En gran parte la actuación militar y política de San Martín en el Perú, que a muchos desconcierta por su actitud pacífica y relativamente lenta, encuentra su explicación en estas instrucciones. Se establecía que deberían ser tratados como hermanos los pueblos que se entregasen voluntariamente a la causa separatista. Por ningún motivo se ofendería ni insultaría a nadie, ni siquiera a aquellas personas contrarias a la separación. Se debería castigar severamente a los miembros del Ejército Libertador que incumpliesen estas normas. Es a este espíritu de exigencia principista que se ciñe la proclama que San Martín dirigió a su tropa apenas llegado a las costas del Perú, que más adelante tendremos oportunidad de conocer.

En las Instrucciones a las cuales nos estamos refiriendo se ordenaba, asimismo, que cuando se ingresase a un pueblo se convocaría a elecciones para nuevos gobernantes, y que sería a estas nuevas autoridades a quienes se le solicitaría todo lo necesario para la guerra libertadora. En los pueblos que voluntariamente se ofrecían a la causa, se elegirían dichas nuevas autoridades y se gestionaría la proclamación pública y solemne de la independencia. Este mandato fue fielmente cumplido por el libertador, quien logró, como tendremos oportunidad de analizar, ganar a la causa separatista y conseguir que todo el centro y norte del Perú proclamasen su independencia antes que Lima fuese tomada. Las instrucciones establecían que si se presentaba el caso de que Lima, la capital del Perú, y algunos otros pueblos no aceptasen los ofrecimientos de paz y, por esta circunstancia, tener que recurrir al uso de la fuerza, tendría que tomarse las medidas adecuadas para evitar los saqueos, las violencias y, en general, cualquier posible exceso. En las localidades tomadas por la fuerza se reuniría a los elementos patriotas que en dichos pueblos existiesen, para que fuesen ellos los encargados de elegir a los nuevos gobernantes. Quedaba terminantemente prohibido para los jefes y oficiales del Ejército Libertador asumir cargo político alguno. Se establecía que en Lima se elegiría un Director o una Junta Suprema, para que, con plenos poderes, gobernase sobre todo el territorio. Las Instrucciones autorizaban, asimismo, el poder separar de los empleos políticos y militares a todos aquellos funcionarios de gobierno o militares contrarios a la causa separatista.

El General en Jefe del Ejército Libertador tendría que solicitar a la suprema autoridad constituida en la ciudad capital la redacción de una Constitución provisoria, la cual debería ser jurada solemnemente por todas las provincias del Perú. Se señalaba que para la redacción d esta Carta Constitucional debería conciliarse el nuevo sistema liberal con las antiguas costumbres, las cuales "no podrán ser alteradas sin pesadumbres y notables sentimientos de sus habitantes, y cuya extirpación debe ser obra de la prudencia y del tiempo".

En concordancia con este principio, en los pueblos que fuesen plegándose a la causa separatista no se haría la menor novedad en el orden jerárquico d los nobles, caballeros, cruzados, títulos, etc. Se cuidaría que no se hiciesen secuestro de bienes, salvo en los casos de aquellas personas que hubiesen fugado para reunirse con los realistas y también en el caso de los bienes de peninsulares. Se debería recibir amigablemente a todos aquellos que habiendo sido contarios a la independencia, decidiesen quedarse y conformarse con el nuevo sistema.

En cuanto a las contribuciones que fuesen estrictamente necesarias imponer, ellas deberían recaer en primer lugar sobre los españoles, criollos tercos y obstinados, y en segundo lugar sobre los indiferentes.

Quedaba autorizado aplicar la pena de destierro, así como también el remover de sus empleos públicos a los sacerdotes que se considerase estrictamente necesario. Sin embargo debería tenerse siempre presente que las iglesias y sus bienes eran inviolables. La religión católica sería respetada fielmente y cualquier transgresión a este mandato sería severamente castigado.

En cuanto al trato con los indígenas se establecía que deberían ser tratados con lenidad y aliviados, en cuanto fuese posible, de las graves pensiones con que los oprimía el sistema español. Deberían entrar en igualdad de condiciones que los demás pobladores en cuanto al goce de la libertad civil.

Si fuese necesario levantar cuerpos militares con los naturales del país debería cuidarse que se confundiesen las castas, "entre quienes siempre se observan ciertos principios de rivalidades ofensivas a la unión y disciplina militar. Se mandaba no se hiciese novedad alguna en lo referente a la libertad de los negros esclavos, pues esto debería ser privativo de las autoridades que se constituyesen. Sin embargo se podría recibir en el ejército a todos los negros y mulatos que voluntariamente se presentasen, pero sin darse por entendido de su libertad, salvo que mediasen circunstancias gravísimas que así lo exigiesen, Si se diese el caso de que muchos esclavos se presentasen para el ejército, entonces se remitirían a Chile dos o más batallones. Se establecía que existía la obligación de comunicar cualquier resultado o providencia que tomase al Supremo gobierno y Senado de Chile, interín se acordaba la remisión de un diputado" (12)

Estas Instrucciones dirigidas expresamente al Excelentísimo General en Jefe de la Expedición Libertadora del Perú, y a las cuales debería ceñirse estrictamente, en realidad no fueron aceptadas por San Martín, quien, encontrado algunos puntos contrarios a sus planes, e ideas muy sagazmente se dio maña para ignorarlas oficialmente, llegando al punto de afirmar, tiempo más tarde, que nunca las había conocido. Esta afirmación la hizo a raíz de la publicación en el periódico limeño El Correo Mercantil, de las mencionadas instrucciones. San Martín dirigió al Director de dicho periódico una misiva en la cual enfáticamente negaba haber recibido de gobierno chileno el citado documento. La carta en mención es la siguiente:

"Mendoza, 1 de junio de 1823

Señor Director del "Correo Mercantil" de la capital del Perú.

Muy señor mío.

Es en mi poder un impreso publicado en esa capital el que se encabeza del modo siguiente:

«El ministro, plenipotenciario de Chile, cerca del gobierno del Perú, cree conveniente publicar el siguiente documento:

Instrucciones que debe observar el ejército libertador del Perú. Según las instrucciones en 25 artículos firmados por los que componían el primer Senado de Chile el 23 de junio de 1820».

El que suscribe protesta no haber recibido ni éstas ni ningún otro género del gobierno de Chile, ni del de las Provincias Unidas, a menos de no tenerse por tales las órdenes de marchar con 3800 bravos de ambos estados a libertar sus hermanos del Perú.

Si usted se sirve insertar en su periódico esta exposición se lo agradecería su atento servidor

José de San Martín (13)

De lo señalado al comentar este hecho se desprende claramente que opinamos que San Martín sí conoció estas Instrucciones. Sin embargo, en esta misiva transcrita San Martín dice no haberla conocido. A pesar de ello no miente al afirmar categóricamente no haber recibido, ni del gobierno de Chile ni del de las Provincias Unidas el mencionado documento. Pero no mentir no significa decir la verdad, por lo menos toda la verdad. San Martín formalmente no miente porque él consiguió que O’Higgins, Director Supremo de Chile, y su amigo íntimo, no le trasmitiese oficialmente copia de las mencionadas Instrucciones, con lo cual quedaba totalmente libre para actuar en atención a sus propios planes, ideas y principios. El no haber recibido oficialmente ese documento le permitió actuar sin tener que ceñirse necesariamente a las instrucciones dadas, aunque el análisis que de ella hemos hecho muestra que en realidad San Martín siempre las tuvo presente, pero que pudo actuar con mayor libertad.

Resulta lógico preguntarse el por qué afirmamos que San Martín sí conoció con toda anticipación las Instrucciones dadas por el Senado chileno. Ello lo hacemos teniendo en cuenta tres factores. En primer lugar, porque es necesario recordar que dichas instrucciones fueron aprobadas por el senado chileno en sesiones no secretas. En segundo lugar, San Martín estaba íntimamente vinculado a las esferas gubernamentales chilenas y sobre todo con O’Higgins. En tercer lugar, porque encontramos que muchos de sus actos en el Perú siguieron fielmente lo que se había estipulado en dichas instrucciones.

Si todo esto es así, ¿qué vio en ellas San Martín que decidió no aceptarlas formalmente? Consideramos que debió considerar que, a su criterio, algunas de estas instrucciones no eran las más adecuadas, que no eran concordantes con los planes que él debió haberse formado sobre los medios, fines y proyecciones de la campaña libertadora del Perú. Consideramos que el análisis realizado sobre este tema por el historiador Irrazabal Larraín es el más certero y es por ello que lo venimos exponiendo. El citado historiador, escribe: "Que San Martín tuvo conocimiento y por más de un conducto de tales instrucciones, adoptadas en sesiones no secretas del Senado, es ingenuidad pretender desconocerlo. Lo cierto sí ha de ser que San Martín al medir a primera vista cuan reñidas con sus planes propios podían en la práctica presentarse aquellas, obtuvo de O’Higgins que no le fuera trasmitidas oficialmente, pudiendo de este modo no sólo esquivar su cumplimiento sino, al ser preciso, alegar ignorancia a su respecto" (14)

Faltando casi un mes para zarpar al mando de la expedición rumbo al Perú, San Martín, siempre preocupado por la suerte de su patria y desilusionado por el caos reinante en ella a consecuencia de la falta de un gobierno central, dirigió a los habitantes de las Provincias unidas una sentida proclama, que puede ser considerada como una pieza antológica representativa de su pensamiento político, y en la cual les hace ver los graves yerros cometidos y en los cuales aún viven. Esta proclama está fechada en el Cuartel General en Valparaíso, el 22 de julio de 1820. Comienza ella con las siguientes expresiones:

"Voy a emprender la grande obra de dar la libertad al Perú. Mas antes de mi partida quiero deciros algunas verdades, que sentiría las acabaseis por experiencias"

Luego, en forma directa y con una franqueza incomparable, señálales los males que los aquejan:

"Vuestra situación no admite disimulo; diez años de constantes sacrificios sirven hoy de trofeo a la anarquía; la gloria de haberla hecho, es mi pesar actual, cuando se considera su poco fruto. Habéis trabajado un precipicio con vuestras propias manos, y acostumbrados a su vista, ninguna sensación de horror es capaz de deteneros. El genio del mal os ha inspirado el delirio de la federación. Esta palabra está llena de muertes y no significa sino ruinas y devastación... Pensar en establecer el gobierno federativo en un país casi desierto, lleno de celos y antipatías locales, escaso de saber y de experiencia en los negocios públicos, desprovisto de rentas para hacer frente a los gastos del gobierno central, fuera de los que demande la lista civil de cada Estado, es un plan cuyos pliegos no permiten infatuarse, ni aun con el placer efímero que causan siempre las ilusiones de la novedad".

Les enrostra, asimismo, las calumnias que continuamente se han levantado contra él, tanto las que en un primer momento fueron en la cobarde oscuridad del anonimato y del rumor, como las posteriores ya sin ningún disfraz, de las que tuvo que recibir los "improperios más exagerados". Justifica, más adelante, su abstención en la lucha contra los federalistas, afirmando que su actuación habría significado el tener que "renunciar a la empresa de libertar el Perú" (15)

Un día antes de darse inicio a la empresa de libertar al Perú del dominio hispano, San martín volvió acordarse de su patria y se dirigió al Cabildo de Buenos Aires, esta vez a través de una nota fechada el 19 de agosto de 1820, informándole que al día siguiente zarparía rumbo al Perú y que una vez que se estableciese un gobierno central en las Provincias Unidas, el Ejército de los Andes quedaría de inmediato subordinado a sus órdenes. El oficio en mención es el siguiente:

"El día de mañana da a la vela la expedición libertadora del Perú. Como su general, tengo el honor de informar a V.E. que representa al pueblo heroico, al virtuoso pueblo más digno de la historia de Sud-América y de la gratitud de sus hijos, protestando que mis deseos más ardientes son para su felicidad; y que desde el momento en que se erija la autoridad central de las Provincias, estará el Ejército de los Andes subordinado a sus órdenes superiores, con la más llana y respetuosa obediencia" (16)

NOTAS

(1) Documentos del Archivo de San Martín. (Buenos Aires: Imprenta De Coni Hnos. , 1910, tomo VII; pp. 136-137). [En adelante obra será citada como DASM]

Comisión Nacional del Sesquicentenario de la Independencia del Perú. "Colección Documental de la Independencia del Perú", La expedición libertadora, tomo VIII, v.2°, pp.379-380. [En adelante esta obra será citada como CDIP]

(2) Vargas Ugarte, Rubén. Historia General del Perú, Barcelona, I.G. Seix y Barral Hnos., S.A.,editor Carlos Milla Batres, 1966, tomo VI, p. 65

(3) DASM, tomo I, p. 265

(4) DASM, tomo VII, pp. 201-203

CDIP, La expedición Libertadora, tomo VIII, v. 2°, pp. 60-61

Comisión Nacional del Sesquicentenario de la Independencia del Perú, "Antología de la Independencia del Perú", Lima, Imprenta del Colegio militar Leoncio Prado,1972, pp.221-222

(5) Pezuela, Joaquín de la. Memoria de Gobierno (1816-1821", Sevilla, Escuela de Estudios Hispano-Americanos, 1947

Bonilla, Manuel. "Fecha y primer lugar del Perú donde se proclamó la independencia"

Mariátegui Oliva, Ricardo. "Supe, primer pueblo del Perú que proclamó su independencia", Lima, 1949.

Rosas Cuadros, Emilio. "El prócer Francisco Vidal y su contribución a la emancipación del Perú"

Regal, Alberto. "Historia del Real Felipe del Callao 1746-1900" Callao, 1961,cap. V, parte primera

Pons Muzzo, Gustavo. "La expedición libertadora". En: CDIP, tomo VIII, volúmenes 1°, 2° y 3°

Cochrane, Lord Tomás A. "Memorias de Lord Cochrane"

(6) Las mismas que para la nota 5

(7) DASM, t. VII, p. 205

(8) CDIP, La expedición libertadora, t. VIII, v. 2°, pp. 221-222

(9) CDIP, La expedición libertadora, t. VIII, v. 2°, pp. 222-224

(10) "La Prensa en la Independencia del Perú. Museo Mitre, Buenos Aires, 1910

(11) "La Prensa en la Independencia del Perú. Museo Mitre, Buenos Aires, 1910

(12) CDIP, La expedición libertadora, t. VIII, v. 3°, pp. 360-364

Quirós, Mariano Santos de "Colección de Leyes, decretos y órdenes publicados en el Perú desde su independencia", Lima,1831-1854, t. I, pp. 1-4 [En adelante: Quirós, CLDO)

(13) CDIP, "La expedición libertadora", t. VIII, v. 3°, p. 365

DASM, t. VII, p. 293

(14) Irrazabal Larraín, José M. "San Martín y sus enigmas" (Santiago de Chile,1949, t. I, p. 400

(15) DASM, t. VII, pp. 214-218

(16) Busaniche, José Luis. San Martín vivo, Buenos Aires, EUDEBA, 1963, pp. 111-112

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