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El estilo político de la Unión Cívica Radical en la Argentina 1890 - 1930

Enviado por Adalberto C. AGOZINO





  1. El nacimiento de la U.C.R.
  2. La conformacion del estilo radical
  3. El liderazgo yrigoyenista
  4. El puntero radical: su importancia sociopolitica
  5. El uso del patronazgo oficial en el estilo radical
  6. Citas bibliográficas

 

EL NACIMIENTO DE LA UNION CÍVICA RADICAL

 

Si bien la modificación de la legislación electoral operada en el año 1912 -al poner fin al fraude electoral sistemático-, posibilita la aparición de un nuevo estilo político en la sociedad argentina, conformado sobre la base de las prácticas políticas implementadas por los integrantes de la Unión Cívica Radical, dicho estilo no surge espontáneamente con la promulgación de la Ley Sáenz Peña, sino que se va conformando a través de los veinticinco años de contienda política que desarrolla el radicalismo desde su nacimiento hasta alcanzar por primera vez el gobierno de la Nación. Veamos pues, cual fue la génesis histórica y las principales características de este estilo.

La Unión Cívica Radical es el primer partido político -y el más antiguo de los existentes en la actualidad- que merece tal denominación en nuestro país. Los orígenes del partido se encuentran en la depresión económica y la oposición política al presidente Miguel Juárez Celman del año 1890.

Tal como hemos visto en el capitulo precedente en 1889, se había conformado un grupo de oposición a este mandatario en la ciudad de Buenos Aires, con el nombre de "Unión Cívica de la Juventud"; al año siguiente al ampliar su base de apoyo popular, este grupo pasó a denominarse simplemente "Unión Cívica". En el mes de julio de 1890 la Unión Cívica preparó una revuelta de caráctervico - militar contra el presidente en la ciudad capital, que si bien no consiguió apoderarse del Gobierno, obligó a aquél a dimitir. Un año más tarde, con motivo de las candidaturas para la renovación presidencial, la Unión Cívica se dividió. Este fue el punto de partida de la "Unión Cívica Radical", bajo la jefatura de Leandro N. Alem. El caudillo de Balvanera, durante los siguientes cinco años, hasta su muerte, condujo a su partido infructuosamente a la conquista del poder a través de sucesivos intentos de golpe de Estado cívico militares.

El origen de la Unión Cívica, de la que saldría el partido radical un año más tarde, no debe buscarse tanto en la movilidad de los sectores populares sino en segmentos de la elite tradicional, cuyo papel puede rastrearse en el resentimiento que alentaban contra el gobierno encabezado por Juárez Celman distintos grupos de la provincia de Buenos Aires debido a su exclusión de los cargos públicos y del acceso al patronazgo oficial.

La aparición de la Unión Cívica Radical fue, pues, expresión de la imposibilidad del presidente Juárez Celman de instituir una relación estable entre los sectores politizados de la elite. Algunos de estos grupos se habían opuesto también al general Julio A. Roca en su primer Gobierno, pero obtuvieron la mayor parte del apoyo popular con que contaban gracias a su enfrentamiento con Miguel Juárez Celman.

El núcleo principal de la coalición antijuarista estaba integrado por jóvenes universitarios, los creadores de la Unión Cívica de la Juventud en 1889. Estos jóvenes no pertenecían a los estratos medios urbanos sino que eran en su mayoría hijos de familias que integraban la elite, cuya carrera política y de Gobierno había sido puesta en peligro por la tendencia de Juárez Celman de distribuir el patronazgo oficial entre los grupos cordobeses que le eran adictos. Su programa político se limitaba a exigir el cumplimiento de los principios democráticos proclamados en la Constitución Nacional.

El segundo grupo integrante de la coalición estaba formado por varios sectores que respondían a diferentes caudillos y que controlaban la vida política en la Capital Federal y en gran parte de la provincia de Buenos Aires. Algunos de estos grupos también se habían enfrentado al general Roca, pero, nuevamente, su prestigio derivaba de su oposición al cordobés Juárez Celman. Eran políticos en disponibilidad unidos por el rasgo común de no estar usufructuando cargos públicos. Cabe distinguir entre ellos dos sectores o subgrupos. El primero conducido por un veterano y prestigioso líder político, el general Bartolomé Mitre -quien buscaba infructuosamente su segunda presidencia-. Mitre mantenía fuertes vínculos con la elite tradicional, en especial con los sectores de importadores y comerciantes de la ciudad de Buenos Aires. El otro subgrupo era liderado por una figura relativamente nueva en la política argentina, el caudillo autonomista Dr. Leandro N. Alem, quien contaba con el apoyo de cierto número de hacendados. Alem era esencialmente un caudillo urbano cuya reputación política provenía en parte de la atracción que ejercía un cierto aire romántico que emanaba de su figura y, por otra parte, de una reconocida habilidad para organizar a los votantes y arreglar –algunas veces en forma fraudulenta- el resultado de las elecciones, especialmente en los barrios marginales de la ciudad.

La coalición antijuarista terminaba de conformarse con el aporte de grupos católicos enfrentados con el Poder Ejecutivo a causa de cierta legislación liberal y anticlerical que Juárez Celman había impulsado. Finalmente la Unión Cívica contaba con la simpatía y adhesión de algunos miembros de los estratos medios de la Capital Federal, sobre todo pequeños comerciantes y dueños de talleres artesanales. Pero la presencia de éste último grupo no impedía que el movimiento estuviese firmemente controlado por los elementos pertenecientes a la elite, a quienes los católicos y los sectores medios quedaban subordinados.

Lo novedoso de la Unión Cívica radicaba en su tentativa de movilizar en su favor a la población urbana. Para ello acusó al Gobierno de emitir papel moneda en forma clandestina y comenzó a luchar por la adopción del gobierno representativo contra la "dictadura" de Juárez Celman. La campaña no tuvo un éxito descollante; el apoyo popular con que contaba la Unión Cívica era en extremo incierto y no logró establecer una base institucional. El desencanto con respecto al Gobierno era una expresión efímera de la crisis económica y no una demanda autónoma en favor de los cambios institucionales que la Unión Cívica prometía. El ímpetu con que los grupos de la elite procuraron crear una coalición popular se estrelló contra una tibia respuesta de los habitantes de la ciudad.

Siendo tan débil el desafío representado por la Unión Cívica, la "Revolución del Parque" fracasó, y en vez de producirse grandes cambios, quedó abierto el camino para que la solución viniera por vía de un simple ajuste de la distribución del patronazgo oficial dentro de la elite. Luego de la caída de Juárez Celman, el nuevo presidente, el doctor Carlos Pellegrini, captó la buena voluntad de los grupos influyentes de la Unión Cívica mediante el simple expedienté de asignar de otra manera los cargos públicos. El general Bartolomé Mitre, por ejemplo, quedó muy satisfecho con una solución de esta especie. El presidente Pellegrini adoptó también rápidas medidas en el plano económico que eliminaron en forma efectiva el descontento popular. Estos éxitos son un reflejo de la vigencia que por ese entonces tenía el estilo político de los notables.

En el año 1891, el proceso de reorganización interna de la elite estaba virtualmente concluido. Todas las facciones con real predicamento habían sido atraídas por el Gobierno, que sólo dejó fuera a los grupos carentes de poder. Fue este el momento en que surgió la Unión Cívica Radical. Leandro N. Alem y sus partidarios se vieron excluidos del proyecto de Carlos Pellegrini y por consiguiente forzados a continuar su búsqueda de sustento popular y de una base de masas. Alem denunció los acuerdos entre el presidente Carlos Pellegrini y el general Bartolomé Mitre, se retiró de la Unión Cívica y se proclamó defensor de la democracia radical.

El nuevo partido se hallaba integrado básicamente por grupos provenientes de la elite y que por una u otra razón estaban descalificados, a causa de sus vínculos anteriores, para unirse a Mitre, Pellegrini o Roca. En términos regionales o de posición social poco había en ellos que los diferenciase de sus rivales. A ellos se sumaban, inicialmente en forma incipiente pero a partir de 1900 en forma cada vez más pronunciada, los grupos provenientes de los estratos medios urbanos.

En los cinco años siguientes Leandro N. Alem se esforzó por conquistar apoyo popular y obtener los medios para organizar una rebelión que pudiera triunfar; pero el descontento del pueblo continuó diluyéndose ante el clima general de prosperidad, y sus intentos de obtener el apoyo de los grupos de hacendados fuera de Buenos Aires terminaron en un virtual fracaso. La elite controlaba férreamente la situación.

De manera que pese a todos los esfuerzos de Leandro N. Alem, los remanentes de adhesión popular que los radicales habían heredado de la Unión Cívica se diluyeron, y hacía 1896 no era más que un grupo minúsculo en el extremo del espectro político.

Durante casi todo el período que se extendió entre el suicidio de Leandro Alem -1897- y 1905, el radicalismo perdió posiciones. Hasta el final del siglo XIX, los sucesos más destacados fueron, en primer lugar, la consolidación de Hipólito Yrigoyen como sucesor de Alem y, en segundo lugar el hecho de que el eje central del partido se ubicó en la provincia de Buenos Aires. Esto tuvo significación porque cuando el partido comenzó finalmente a expandirse, el grupo de Buenos Aires conducido por Yrigoyen, lo mantuvo bajo su control, incorporando poco a poco a las filiales provinciales en una organización nacional.

Alrededor del año 1903, Hipólito Yrigoyen, comenzó a planear otra revuelta. Revitalizó sus contactos con las provincias y retomó la fundación de clubes partidarios en la ciudad y la provincia de Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe, Entre Ríos y Mendoza. Sin embargo, el descontento se limitaba todavía a ciertos grupos restringidos -estudiantes, oficialidad joven del Ejército-, por lo tanto, el intento de coup d'etat, que se concretó en febrero de 1905, representó un fracaso todavía mayor que los precedentes, poniendo de manifiesto que si bien los radicales habían conseguido cierto apoyo militar, los altos mandos del Ejército seguían adhiriendo a la elite gobernante.

Pero si bien el movimiento militar fracasó, tuvo un importante efecto, al permitir que el radicalismo se diera a conocer a una nueva generación para la cual los acontecimientos de la década del noventa se perdían en el tiempo como un hecho borroso; también posibilitó, a partir de una ignominiosa y total derrota, el comienzo de un proceso que culminará con la victoria radical en las elecciones presidenciales de 1916.

LA CONFORMACION DEL ESTILO RADICAL

Entre el intento de golpe de Estado de 1905 y la reforma electoral de 1912 los radicales avanzaron a grandes pasos en el reclutamiento del favor popular. Esta vez sus organizaciones provinciales y locales no desaparecieron como había sucedido después de las revueltas de la década del noventa, sino que comenzaron a expandirse. En estos años quedó constituido un conjunto de dirigentes locales intermedios, en su mayoría hijos de inmigrantes. El grueso de los líderes pertenecía a los estratos medios urbanos del partido. Estos tendrían gran importancia después de 1916 y se incorporaron al radicalismo entre 1906 y 1912. La mayor parte de ellos eran profesionales urbanos con título universitario.

Hacia el año 1908 los elementos de base, anteriormente conformados con los "Clubes de Notables" ya descriptos, pasaron a constituirse en un nuevo tipo de elemento "El Comité". En esta forma el radicalismo asume las formas particulares en materia organizativa que caracterizaron a los partidos liberales europeos, ligados al igual que la Unión Cívica Radical, a la vigencia del sufragio universal. Esto implica, evidentemente, un mayor grado de racionalidad y representatividad en la vida política con respecto a las normas que regían al estilo político imperante anteriormente.

Así, el Artículo 1º, del Título 1º de la Carta Orgánica de 1892, establecía: "La Unión Cívica radical será gobernada por una Convención Nacional, por convenciones de la Capital y de las provincias". De esta manera, teniendo como elemento de base el comité, el radicalismo se organiza de acuerdo con las exigencias que planteará a los partidos la nueva situación institucional, apareciendo como la primera agrupación de base amplia que conoce el país. Por ese medio el partido se propone dar a conocer nuevas elites, cuyo prestigio descansa ahora en el respaldo de una estructura mayoritaria cómo única forma de competir frente al público electoral con los notables, ya conocidos por la población. Desde luego que esta estructuración tiene limitaciones propias de su situación embrionaria. Maurice Duverger las ha señalado con claridad: "En suma, el comité tiene un carácter semipermanente; no es ya una institución ocasional nacida para una sola campaña electoral y muerta con ella; pero no es todavía, una institución totalmente permanente parecida a los partidos modernos, para los que la agitación y la propaganda no cesan jamás".

El crecimiento del radicalismo, de comienzos del siglo XX, estuvo estrechamente ligado al proceso de estratificación social que concentró a los dirigentes de alta jerarquía en los estratos medios urbanos dedicados a las actividades terciarias. Además de los universitarios, se contaban entre los dirigentes intermedios algunos hombres de negocios que habían tenido éxito en su actividad. Esto nos habla de la creciente tendencia de adhesión de los estratos medios urbanos. Por añadidura, en esta época el problema educativo había alcanzado proporciones críticas, en tanto y en cuanto las limitaciones del desarrollo industrial generaban refuerzos culturales para que las aspiraciones de movilidad social se concentraran en la función pública y las profesiones liberales.

Esta era la diferencia esencial entre la posición de Hipólito Yrigoyen, luego de 1905, y la de Leandro Alem unos quince años atrás. Alem había actuado antes de que esta tensa situación alcanzara un punto crítico, y su pedido de apoyo estuvo dirigido a los grupos criollos de Buenos Aires, mientras Hipólito Yrigoyen se dirigió a los argentinos hijos de inmigrantes, empleados en su mayoría en el sector terciario. El gobierno representativo cobró atractivo para estos grupos que acusaban a la elite criolla de sus dificultades para ascender en la escala social más allá de las ínfimas actividades comerciales e industriales propias de la primera generación de inmigrantes.

Luego de 1905 los radicales comenzaron también a incrementar el volumen de su propaganda. El contenido efectivo de la doctrina y la ideología radicales era muy limitado: no pasaba de ser un ataque confuso y moralista a la elite gobernante, al cual se le añadía la demanda de que se instaurase un gobierno representativo. El partido operaba sobre la base de cierto número de slogans: la "abstención" o negativa a participar en elecciones fraudulentas, y la "intransigencia revolucionaria" o determinación de repudiar el sistema político vigente y establecer una democracia representativa por vía del golpe de Estado.

Hipólito Yrigoyen, profesor de filosofía en la enseñanza media, intentó dar a las doctrinas radicales algún grado de dignidad filosófica relacionándolas con las enseñanzas de Peter Krause, el escritor alemán del siglo XIX. Por la importancia que finalmente tuvo el krausismo en la ideología radical es conveniente detenernos en un examen más detallado de las ideas de este filósofo, para ello recurriremos al auxilio de Manuel Galvez.

Dice el biógrafo de Yrigoyen: "El krausismo aparece en España alrededor del año 50, introducido de Alemania por don Julián Sáenz del Río. Hacia el 60 ya se ha difundido en casi todas las universidades. Tiene no poca parte en la revolución del 68 y en la instauración de la República, el 72. Perdura hasta fines del siglo pasado. Entre sus secuaces, figuran hombres eminentes como Emilio Castelar, Nicolás Salmerón y Francisco Pi y Margal, que ocuparon la presidencia de la república y fueron escritores y filósofos; Gumersindo de Azcárate y Francisco Giner de los Ríos, maestros de maestros y publicistas de excepcionales méritos; y don José Canalejas, presidente del consejo de ministros. Todos ellos eran austeros y respetables y todos, salvo Castelar, escribían mal. Eran demócratas, creían en la panacea del sufragio libre y andaban por la vida graves, reservados, vestidos de oscuro. El krausismo trasciende al público después de la fundación de la República. Entonces comienzan a publicarse los libros del belga Guillermo Tiberghien, difusor de las doctrinas de Krause, que explica y resume con claridad; y los de Enrique Ahrens, otro belga que ha aplicado al Derecho las ideas del filósofo alemán. En 1875 aparece en Madrid el libro de Krause "Los mandamientos de la humanidad."

"Yrigoyen ha leído algunos de estos libros entre el 81 y 84. Al recorrer las librerías en búsqueda de manuales filosóficos que necesita para su cátedra, le ofrecen esos, que circulan por toda España. Krause está allí de moda, de tan rigurosa moda como no lo ha estado ni lo estará filósofo alguno y hasta el punto de haber numerosos fanáticos que juran por él. Yrigoyen estudia los libros de Tiberghien: traducciones y adaptaciones de los de Krause y que en España son textos oficiales en la segunda enseñanza. Llega a admirar a Tiberghien -expositor inteligente y nada más- con escandalosa admiración. Le considera él más profundo espíritu que ha producido la humanidad y el más grande entre los filósofos..."

"El krausismo que pretende completar a Kant, es una doctrina ecléctica, mezcla de racionalismo, idealismo y espiritualismo. Su concepto de la razón es inmanentista, pues la considera como la expresión de la esencia divina bajo el carácter predominante de lo absoluto. Mezcla en su racionalismo armónico a Kant, a Fichte, a Schelling y a Hegel, reconstruyéndolos, limitándolos y reformándolos. Pero no nos interesa su metafísica. Baste con saber que es una especia de panteísmo. Los krausistas, negándolo, le han dado el nombre de "panteísmo" todo no es Dios, dicen, pero todo está en Dios. El krausismo es más bien una ética. La preocupación moral está en todos los pormenores del krausismo inclusive, como es natural, en su parte política. Una ética impregnada de protestantismo. Su fórmula práctica se define: "hacer el bien por el bien, como precepto divino".

Para el krausismo, la Humanidad es "la expresión de la esencia divina, bajo el carácter de armonía, sin predominio o exclusión". Vale decir: la esencia divina se manifiesta bajo la forma de armonía en la Humanidad. Este concepto religioso de la Humanidad conduce, necesariamente, a la igualdad democrática, al derecho universal, al amor entre los hombres y entre los pueblos, a la paz perpetua y a la formación de grupos de pueblos hasta el día en que todas las naciones se unan en una sola".

"El krausismo de Yrigoyen se observa en sus escritos, en su vida pública y privada y en su obra de gobernante. Su estilo literario, de peor gusto que el de los krausistas españoles, es éticamente muy elevado. Se mantiene en un plano de grandezas morales, de sentimientos nobles, de ambiciones de justicia y reparación. Jamás el menor asomo de escepticismo; un krausista es un hombre de fe exaltada. Sus plurales proceden, en parte, del krausismo -en la lengua filosófica alemana es frecuente el uso de plurales abstractos- y están de acuerdo con las ideas subjetivas que maneja. Yrigoyen cree en la justicia absoluta, y todos sus escritos están empapados de ética krausista y aun de metafísica krausista. En una de sus frases revela cómo siempre fue propensión de su espíritu esperar a que "la razón inmanente" esclareciera sus juicios.

"Su sentido de la paz universal proviene de Krause, el cual lo había tomado de Kant, que preconizaba "la paz perpetua". Algunas frases de Tiberghien parecen de Yrigoyen, por la idea como por la forma; así, cuando dice: "...al mundo inmutable, eterno y necesario, es decir, al mundo de los principios infinitos y absolutos, a la esencia divina de las cosas y a las leyes permanentes que las gobiernan". Y en fin, Yrigoyen, que, según se desprende de sus palabras y sus actos, da el primer lugar entre las facultades humanas a la Voluntad y al Carácter y un lugar secundario a la Inteligencia, coincide con el krausismo, que dice, con palabras de Tiberghien: "La Voluntad es la facultad superior y que mejor expresa la causalidad del Espíritu".

"En su vida privada y pública, Yrigoyen es un perfecto krausista, salvo en su afición a las mujeres. Vestido con ropas oscuras, grave, algo solemne pero sin afectación, no ríe, habla de cosas abstractas, expresa ideas de la más severa moral. Dentro de su obra de gobernante, el krausismo aparece en su religión de la igualdad humana, en su concepto de la igualdad entre las naciones, en su pacifismo, en su política obrera y en la primacía que da a lo espiritual."

"Pero el krausismo de Yrigoyen difiere del de los filósofos y políticos españoles, partidarios de la separación entre la Iglesia y el Estado, del divorcio, de la enseñanza laica. Yrigoyen le da al krausismo un matiz católico. Aunque él no es creyente en los dogmas de la Iglesia, sino en los últimos años, tiene por ella el mayor respeto y la honrar como gobernante."

"Son curiosas las concomitancias entre el krausismo y algunas doctrinas esotéricas. Krause era masón y escribió un libro sobre los primitivos monumentos de la Masonería. También los espiritistas lo consideran como uno de los suyos. Menéndez y Pelayo juzga a Sánz del Río como "nacido para el iluminismo misterioso y fanático". De Krause dice que es un "teósofo, un iluminado tiernísimo, humanitario y sentimental, a quien los filósofos trascendentes de raza miraron siempre con desdeñosa superioridad, considerándole como filósofo de logias, como propagandista francmasónico". Y hablando de los planes de reformas de todas las instituciones, propuestos por el krausismo, los califica de "sueños espiritista-francmasónicos". Hipólito Yrigoyen, como le he dicho, ha pedido su afiliación, año atrás, en una logia masónica. Y es simpatizante de la teosofía y del espiritismo."

"¿Comprende bien al krausismo Hipólito Yrigoyen? Creo que no leyó a Krause sino a Tiberghien y a otros comentadores suyos. Tal vez no ha entendido profundamente la metafísica krausista, pero sí la parte ética y política, que son accesibles a cualquiera. Con sus malos estudios secundarios y universitarios, sin una cultura general verdaderamente vasta, sin ordenada preparación en tan arduas disciplinas, Yrigoyen no ha podido comprender a fondo el krausismo ni ninguna otra doctrina filosófica. Pero hombre de extraordinarias intuiciones, ha adivinado su esencia y con ella ha enriquecido su espíritu".

Es así como la ideología radical efectiva terminar fuertemente contaminada de un tono notoriamente ético y trascendentalista. Su énfasis en la función orgánica del Estado y en la solidaridad social representaba un agudo contraste con el positivismo y spencerismo de la elite tradicional y a menudo tenia notables reminiscencias de Krause. La importancia de estas ideas que habitualmente se expresara de manera confusa e incoherente, era que armonizaban con la noción de alianza de clases que el radicalismo terminó por expresar, y que habría sido mucho más difícil de alcanzar si hubiera adoptado doctrinas positivistas.

Sin embargo, más importante que lo que decían los radicales, era lo que no decían. Uno de los rasgos más destacados del radicalismo a partir de esta época fue su tendencia a evitar enunciar un programa político explícito. Había sólidas razones estratégicas para proceder así. Como partido constituía por entonces una coalición. Sus líderes no se mostraban muy dispuestos a perder la oportunidad de ganar adherentes atándose a determinados intereses sectoriales. En todas las circunstancias, el objetivo era evitar las diferencias sectoriales y poner en relieve el carácter integrador del partido.

 

EL LIDERAZGO YRIGOYENISTA

 

Otra importante novedad que puso aún más de relieve del carácter populista que el partido había adquirido hacia el año 1912 fue la consolidación de Hipólito Yrigoyen como líder. Yrigoyen ganó prestigio a partir de 1900 de una manera sumamente peculiar. En lugar de presentarse como un político callejero que atrae constantemente la atención pública, como había hecho antes su tío Leandro Alem, prefiere ocultarse y revestir su imagen de misterio. En su carrera política se destaca, entre otros, un rasgo singular: salvo en una ocasión intrascendente a comienzos de la década del ochenta, nunca pronunció un discurso en público. Su reputación de hombre de pueblo se vio fortalecida al fijar su residencia en casas modestas ubicadas en barrios populares mientras que los políticos de la Argentina Liberal residían en sus estancias o en aristocráticos palacetes situados en el barrio Norte de la ciudad. Al mismo tiempo su tendencia al aislamiento y la reclusión le proporcionaron el correspondiente adjetivo de zoológico, si Roca había sido el "zorro", Yrigoyen fue bautizado por Diógenes "El mono" Taborda, dibujante del diario "Crítica" como el "peludo".

Manuel Galvez, ha quien hemos citado anteriormente, encuentra elementos para establecer un paralelo entre ambos dirigentes políticos, así nos dice: "Roca e Yrigoyen tiene puntos de contacto: la astucia, el temperamento dominador, el silencio y el talento de conocer a los hombres. Pero Roca es despótico al estilo clásico, es el gobernante para quien el orden constituye lo fundamental. Yrigoyen es el espíritu romántico, que no domina con un fin sino con exigencia de temperamento. Roca e Yrigoyen son silenciosos: silencio de hombre en el campamento, en el general, silencio de varón fuerte; silencio de hombre interior en Yrigoyen, silencio calculado a veces. Roca conoce a los hombres íntegramente en sus aptitudes y en sus defectos; Yrigoyen los conoce en sus debilidades y suele equivocarse sobre sus virtudes y sus aptitudes. Pero sus diferencias son muy grandes. Si Roca es ejecutivo, preciso y hace bien las cosas, Yrigoyen es lento, impreciso y muchas cosas -aún las buenas- las hace mal".

El estilo político de Hipólito Yrigoyen estaba estructurado sobre la base del contacto personal y la negociación cara a cara que le permitieron extender su dominio sobre la organización partidaria y crear una cadena muy eficaz de lealtades personales. Esto estaba dosificado con ocasionales y providenciales gestos de caridad, como la donación de sueldos, que apelaban a los valores cristianos de los estratos medios. Aparentemente, su única contribución doctrinaria al partido radical fue una serie de tortuosos manifiestos, en los cuales los lemas partidarios aparecen revestidos de un manto de retórica moralista inspirada en el krausismo.

La constante prédica moralista proporcionó a Yrigoyen enorme fama personal entre los sectores medios urbanos. Se convirtió en el profeta del partido, y su aparente distanciamiento respecto de la lucha política cotidiana pasó a simbolizar la aplicación de la Unión Cívica Radical al ideal democrático y a la creación de una nueva república.

Hacia el año 1912, Hipólito Yrigoyen se había convertido en un hábil dirigente político. Poco a poco obligó a los notables a introducir una reforma electoral que redujera la posibilidad del fraude comicial mediante la amenaza permanente de desatar una rebelión popular. Al mismo tiempo amplió su control sobre el aparato partidario. Ello su posible porque desarrolló una enorme capacidad de persuasión personal y condiciones para organizar a las masas.

El peculiar estilo político de Yrigoyen imprimió al radicalismo buena parte de sus connotaciones morales y éticas originarias, que le permitieron ganar adherentes en una ola de euforia popular. Fue, asimismo, un instrumento importante para la articulación de los diversos intereses que el radicalismo había llegado a representar, un instrumento funcional en lo que respecta al objetivo partidario de reducir las fuentes potenciales de fricción entre sus sostenedores y obtener el máximo de apoyo posible en distintas regiones y estamentos sociales.

En el año 1912, cuando la Unión Cívica Radical decide abandonar finalmente la política de abstención y sus integrantes comenzaron a postularse como candidatos para las elecciones, la organización del partido aún no había terminado. Es cierto que en la mayoría de las zonas urbanas y rurales de la región pampeana, y aún fuera de ella, existían caudillos políticos de primer y segundo nivel, pero el partido seguía falto de coordinación central. Pese al creciente prestigio de Hipólito Yrigoyen, tampoco tenia suficientes dirigentes que contaran con reconocimiento en todo el país. Algunos de los comités provinciales estaban todavía bajo control de los rivales de Yrigoyen de la época en que el radicalismo era conducido por Leandro N. Alem. Aunque se habían establecido comités partidarios permanentes, fuera de las grandes ciudades no contaban con una organización amplia a nivel local. De manera que el rasgo principal del período que va de 1912 a 1916 fue el desarrollo de la organización partidaria.

En este aspecto, la ventaja de los radicales era la vaguedad. Los objetivos explícitos de los radicales eran pocos y sencillos; los primeros reclamos de un programa de gobierno más detallado fueron rechazados como desviaciones del propósito central. Puesto que "la Causa" tenia que ganarse el apoyo de toda la nación, no poda incorporar elementos potencialmente divisores. En esta actitud estaban también las simientes de una posterior rigidez. "La Causa" fue identificada cada vez más con la Nación, de modo que discrepar con el radicalismo, el abanderado de "la Causa", se hizo equivalente a ser un traidor antinacional. Los defensores de la democracia comenzaron a desarrollar una enfermiza intolerancia hacia la diversidad. Además, el elemento "nacional" de "la Causa" fue contrapuesto al "internacionalismo" de las ideologías dominantes en el movimiento obrero. Los radicales se sentían en gran medida parte de la Argentina histórica, con sus raíces entrelazadas con las tradiciones de los autonomsitas y, en cierto modo, más atrás aún, con los federalistas, aunque eran un factor nuevo en la política argentina -sectores sociales nuevos, nuevas regiones unidas a un centro en expansión, etc.- y como tales, reivindicaban su cuota de participación en el poder.

En síntesis, el enfoque moral y heroico que tenía el radicalismo de los problemas políticos le permitió a la postre presentarse ante el electorado como un partido nacional, por encima de toda distinción social o geográfica. Todos y cada uno de sus opositores se estrellaron contra este obstáculo. Había otros partidos populares, como el Socialista o el Demócrata Progresista, pero ninguno de ellos pudo trascender sus ámbitos de origen en un grado significativo. Aquí Yrigoyen demostró su sagacidad política: luego de 1912 se las ingenió para convertir una confederación de grupos provinciales -como había sido el Partido Autonomista Nacional- en una organización nacional coordinada. Aunque en el pasado los radicales habían subrayado su disgusto por los acuerdos que celebraban las distintas facciones de la elite, ahora Hipólito Yrigoyen aplicó subrepticiamente esa misma técnica en gran escala para ganarse el apoyo de los hacendados provinciales y sus seguidores.

Uno de los rasgos principales del estilo político radical, surge en esta época y se proyecta a través del tiempo hasta llegar -con las lógicas modificaciones- a nuestros días, convirtiéndose en uno de los factores primordiales que han mantenido la inserción popular del radicalismo a pesar de las escisiones, golpes de Estado, proscripciones y represiones sufridas en un casi un siglo de actividad política. Nos referimos a su particular organización local basada en los "punteros de comité".

 

EL PUNTERO RADICAL: SU IMPORTANCIA SOCIOPOLITICA

 

Como dijimos el éxito del estilo político radical estriba en su organización en el plano local y en los amplios contactos con la jerarquía partidaria que le ofrecía el electorado. En las grandes ciudades, sobre todo en Buenos Aires, surgió un sistema de caudillos de barrio que dentro de la teoría de los partidos políticos reciben la denominación norteamericana de "boss". Pero, en la subcultura radical se identifican bajo el nombre de "punteros", y en ellos reposa el control de la "máquina" partidaria.

Si bien la Ley Sáenz Peña terminó con la compra lisa y llana de votos, los radicales no tardaron en establecer un sistema de patronazgo que no era menos útil a los fines de conquistar sufragios. A cambio del voto los punteros cumplían gran cantidad de pequeños servicios para sus respectivos vecindarios en la ciudad o la campaña. Ligándose a aquellos, la nueva elite dirigente radical pudo sortear poco a poco los escollos derivados de su falta de contactos con los nuevos electores.

Aunque los radicales no controlaban las ocupaciones urbanas, muchos de los dirigentes de segunda línea pertenecientes a los sectores medios podían obviar esta dificultad a la influencia y el prestigio que habían adquirido en su zona. El puntero, un primitivo militante político, dedicado totalmente a la actividad partidaria, hacía de ella su medio de vida. Su ámbito de influencia comprendía la parroquia y el comité barrial constituía su sede ordinaria de actuación. Servía de enlace entre el dirigente de mayor jerarquía, y la clientela política. Su pequeño capital electoral comenzaba en los vínculos familiares y amistades para crecer luego con cualidades personales en las que primaban la audacia y la guapeza. Así se le iban abriendo las puertas de los despachos oficiales que permitían la materialización de toda suerte de favores o "gauchadas". Conocía los problemas de los integrantes de su grupo y trataba de asistirlos como forma de retribución a la lealtad política. Por ejemplo a través de la vinculación con los propietarios de inquilinato y conventillos tenían cierto manejo de la distribución de las viviendas; su posición relativamente acomodada hacía que estuviera en condiciones de ofrecer préstamos a vecinos en apuros; su carácter de abogados o médicos les ponía en estrecho contacto con distintos grupos pertenecientes al nuevo electorado. Además, se sabía que tenían buenas relaciones con la policía local, y esto los facultaba para dispensar mercedes a todo tipo de pequeñas infracciones a la ley. Junto con el cura de la parroquia, el caudillo de barrio se convirtió -sobre todo en la ciudad de Buenos Aires- en la figura más poderosa del vecindario y el eje en torno del cual giraba la fuerza política del radicalismo.

No obstante su empaque romántico no alcanzaba a ocultar cierta vena maleva. En alguna oportunidad, en el Congreso Nacional, algún legislador lo definió con estas palabras: "el caudillo es un hombre útil a sus convecinos, capaz de molestarse por ellos, curioso de sus necesidades, anheloso de satisfacerlas, progresista dentro de la circunscripción, celoso de ella, gran amigo del cura, del juez de paz, del boticario, del periodista y del maestro de escuela, director de todos los festejos patrios, con grandes simpatías entre los extranjeros, generoso, servicial, activo, desprendido, que el lunes solicita la libertad del pobre trabajador que se embriagó el domingo, que a éste le pagó la multa cuyo perdón no obtuvo; que al otro le procura empleo, que llama a todos sus hijos y como tales los trata. Que no se cansa de pedir para su circunscripción y que lo pide todo: el telégrafo, el ferrocarril, el tranvía, la luz eléctrica, el pavimento, las últimas novedades y hasta la banda de música".

Sí bien el fenómeno del "puntero de comité" no ha sido debidamente estudiado hasta el momento, algunos tratadistas han reparado en él. Entre los que así lo han hecho se destaca Torcuato S. Di Tella , y si bien analiza el fenómeno tal cual se desarrolla con posterioridad a 1930, nos parece útil permitirnos reproducir su caracterización del mismo.

Dice el citado autor: "Una de las formas de vida en la ciudad, es la que corresponde a los barrios más pobres y deteriorados que en general constituyen la primera etapa de instalación de los inmigrantes y donde se generaba una estructura de caudillismo representada por nombres como el de Barceló".

"Los habitantes de estas zonas guardan muchos resabios rurales, pero la organización familiar comienza a cambiar. La familia ya reduce su número y se desconecta de parientes que la rodea en su medio rural. Ante el medio más anónimo, se pierde bastante el control social ejercido por el padre. Empiezan a desarrollarse las típicas barras de muchachos que caracterizan sobre todo la vida de recreación de estas zonas. Cada barra forma un grupo con bastante permanencia, y rota alrededor de un líder informal que ejerce gran influencia sobre sus compañeros. Los miembros de la barra ocupan cada uno una posición bastante fija en su jerarquía de prestigio dentro de ella, que no por ser informal es menos reconocida implícitamente por todos sus integrantes. Muchas de las actividades de la barra pueden intepretarse como tendientes a mantener y robustecer esa jerarquía social interna, o cambiarla levemente en algunos casos, por lo general acompañados de gran tensión".

"La posición del líder o jefe informal de una barra de muchachos de este tipo demanda más flexibilidad que la posición de miembro seguidor. El líder diferencia su comportamiento notablemente según se halle con todo el grupo reunido a su alrededor, o esté solo con un miembro de bajo prestigio. Además, sabe reaccionar en forma adecuada ante situaciones nuevas, inesperadas. Y, lo que es esencial, posee más movilidad geográfica y más contactos con otros grupos e individuos de igual o superior status. El líder pues, provee de contactos a su grupo debido a su posibilidad y habilidad de moverse en medios sociales distintos. Claro que él, a su vez, puede desempeñar papeles subalternos o subordinados en éstos u otros medios sociales, lo cual exige estar continuamente cambiando de tipo de comportamiento".

"La cohesión interna, la unidad que existe entre los miembros de la barra, es definida por sus miembros en términos de amistad, de lealtad o de traición. Pero al analizarla más a fondo se advierte que se basa en un sistema de obligaciones y de intereses mutuos. Los subordinados siguen al jefe de la barra porque saben que a través de él consiguen a veces dinero, a veces empleos, a veces salir de la cárcel, a veces mera diversión. El jefe de la barra debe a su vez, servir eficientemente a sus miembros para evitar que se le vayan, y porque sabe que el apoyo de éstos le permite prometer votos, clientes, apoyo físico o asistencia a asambleas o mítines. Claro que este sistema de obligaciones e intereses mutuos es demasiado descarnado para que los individuos participantes lo acepten como tal, y por esto lo adornan, sin quizá proponérselo, con un ropaje más atractivo: amistad, lealtad, afección, camaradería, solidaridad o prestigio".

Finalmente consigna Di Tella: "Los caudillos de comité tienen una posición central con vinculaciones en los muchachos de las barras, a través de sus jefes, y con los negociantes ilegales, que los financian en buena parte. A través del caudillo se distribuyen puestos políticos, y se consigue salir de la cárcel a sacar una multa de encima. El caudillo emplea a determinados agentes que le permiten tener marcados y conocer las actividades de la gente de barrio. Además las barras de muchachos lo ayudan si es que él les ha hecho algún favor, o si lo esperan de él. El jefe de la barra puede así ir subiendo de posición y formar parte de los funcionarios y actividades del comité y terminar obteniendo un buen puesto. En este caso, ya su distancia social de los demás muchachos de la barra aumenta mucho, y debe tratar preferentemente no con ellos sino con uno que le suceda. Pero con aparecer cada tanto entre los muchachos e invitarlos al bar, o sacar a uno de algún lío, la lealtad que todos le profesan queda incólume. Si tiene éxito, él puede llegar a ser legislador o tener un buen empleo público..."

Así descripto el fenómeno del "puntero", retomemos el análisis del aparato partidario con que el radicalismo va a obtener su primer acceso a la presidencia. Como expresáramos, el mismo reposaba en los comités organizados según líneas geográficas y jerárquicas en diferentes lugares del país. Así había un comité nacional, comités provinciales, comités de distrito y comités de barrio; en períodos de elecciones se añadían una serie de subcomités que atendían zonas menores dentro de cada distrito. Una de las cosas de las que más se jactaban los radicales era que sus representantes oficiales habían sido elegidos mediante el sufragio de los afiliados al partido, con lo cual se evitaban las tradicionales prácticas elitistas de reclutamiento por cooptación o por status adscripto. Sin embargo, al menos hasta 1916, la pauta más corriente era que el comité nacional y los provinciales estuviesen dominados por los grandes propietarios rurales, y los comités locales, por los estratos medios; en los primeros, el reclutamiento se hacía casi siempre por cooptación, pero en los comités locales se celebraban elecciones todos los años, de los cuales surgían el presidente del comité -en la práctica el "puntero"- y gran número de funcionarios ligados a él. En cada uno de los comités de la ciudad de Buenos Aires se elegían anualmente hasta 108 personas; con frecuencia éstas permanecían en sus puestos varios años seguidos, salvo que hubiera más de un caudillo aspirando al control partidario, en cuyo caso se producían a menudo violentas luchas de facciones.

Los punteros explotaban la gran popularidad de los comités para retribuir a sus adictos con cargos fundamentalmente simbólicos, que podían ser utilizados para ampliar el número de adherentes. Asimismo, el sistema permitía a los radicales extender sus actividades y conexiones a una vasta gama de grupos de cada vecindario, dotando así al aparato partidario de gran penetración y flexibilidad, e incrementando su capacidad operativa como mecanismo procesador de las exigencias particulares que presentaba el electorado. En el año 1916, la organización partidaria se había convertido en un eficaz sustituto de un inexistente programa político bien definido, y, una vez más, en un dispositivo conveniente para superar entre grupos escindidos de la elite y los provenientes de los estratos medios, y entre distintos sectores del electorado.

La actividad del comité alcanzaba un punto culminante en época de elecciones. Amén de las tradicionales reuniones callejeras, la fijación de carteles en las paredes y la distribución de panfletos, el comité se convertía en centro de distribución de dádivas electorales. En 1915 y 1916, los comités de la ciudad de Buenos Aires, organizaron actividades recreacionales para niños y conciertos musicales, repartieron regalos de navidad y contribuyeron a las celebraciones del carnaval. Muchos de ellos también fundaron consultorios de asistencia médica o jurídica y bibliotecas, sosteniendo sobre la base del trabajo y aporte financiero de los miembros activos del comité. Asimismo, suministraban alimentos baratos - "pan radical" y "carne radical" como se dio en llamarlos-

Estas actividades evidenciaban algunas de las características salientes que había adquirido el partido luego de 1912. En el año 1891, se había iniciado como un retoño, en buena medida, de las facciones dentro de la elite tradicional; desde 1905 había penetrado en los estratos medios urbanos y rurales; luego de 1912 se convirtió en un vasto partido popular que abarcaba muchas regiones del país. Pero lo cierto es que estaba en gran parte dominado por los propietarios de la tierra, conservando así su carácter inicial de la década del noventa: era un movimiento de masas manejado por grupos de alta posición social más que un movimiento de origen popular que operara impulsado por las presiones de las bases.

Estos elementos notorios de manejos y manipulación desde arriba también eran evidentes en el carácter amorfo de la ideología radical, la cual estaba modulada de modo de inspirar en los grupos urbanos la adhesión a una redistribución mínima de la riqueza, exigía una diferente estructura institucional, la canalización de los favores oficiales en dirección a los sectores medios urbanos, mayor sensibilidad por las inquietudes de los consumidores, pero preservando el sistema social que había surgido de la economía primario exportadora. Su concepción de la sociedad era una amalgama ecléctica de ideas liberales y pluralistas. Atacaba a la elite con argumentos liberales, porque, como Hipólito Yrigoyen, ella le había impedido a la nación respirar en la plenitud de su ser. Pero también veía en la comunidad un organismo casi biológico, conformado por partes funcionales interactuantes y obligaciones reciprocas. Así aunque los radicales proclamaban el precepto liberal de la competencia individual, había en sus posiciones algo de las tradicionales actitudes conservadoras de jerarquía y armonía social.

Esto se destaca mejor si se hace un examen más detenido de las técnicas de politización del partido. Como ilustran las actividades de los comités, los radicales se apoyaban mucho en medidas paternalistas, cuya principal ventaja era que podía empleárselas para quebrar los lazos de los grupos de intereses generadores de divisiones, atomizando al electorado e individualizando al votante. Reflejaban también el tenue vínculo existente entre los grupos más politizados -la elite y los estratos medios- y las oportunidades de empleo productivo en las ciudades. En muchos aspectos, el paternalismo era simplemente el medio de hacer extensivas a las masas las técnicas tradicionales de patronazgo. Otra de sus ventajas era que permitía maximizar los contactos entre el partido y los electores, favoreciendo un reparto de los beneficios, a la vez que minimizaban el contenido real de las concesiones que se hacían.

El radicalismo se propuso lograr esa moderada intervención del Estado que corrige los rigores del "laissez faire" económico para los sectores menos favorecidos de la sociedad, moderada intervención que generalmente recibe la denominación de "paternalismo".

Estos eran los principios rectores del estilo político radical. Ellos permitieron el mantenimiento de una estructura jerárquica autoritaria en el partido, que constituía una réplica del equilibrio preexistente de poder y de las estructuras de status de la sociedad argentina, posibilitando la coexistencia de grupos cuyos intereses eran a veces antagónicos. A la par que ofrecían diversas oportunidades a los estratos medios urbanos preservaban la hegemonía de la elite. Esto resulta comprensible si observamos que hasta el año 1924 el radicalismo fue controlado en gran medida por una elite muy flexible de grandes hacendados. En la década de 1890 el radicalismo revivió una pauta muy conocida durante el siglo XIX: el pasaje de poder y del control directo del Estado de uno a otro subsector de la elite. Su aparición fue parte de la reacción precipitada por la depresión de 1890 que suscitaba el hecho de que los beneficios y subsidios oficiales fueran en ocasiones prerrogativas de ciertos círculos internos de la elite dirigente. Muchas de las abortadas revueltas radicales anteriores al año 1912 fueron el epílogo de una tradición de luchas civiles mediante las cuales las disputas de esta índole se resolvieron, a lo largo de todo el siglo XIX, dentro de la elite tradicional.

La fuerza del radicalismo luego de 1905 derivó de su habilidad para movilizar el apoyo popular adecuándose a una amplia variedad de grupos en distintas regiones. Si con tal propósito no lograba atraerse a un grupo determinado, se volvía hacia los opositores de aquel. A ello se debe que disimulara sus llamamientos tras un velo de metáforas. Hasta fines de la década del veinte, la heterogeneidad de su base impidió incluso que desarrollara un programa partidario. Los radicales recurrieron a una ideología metafísica y al prestigio de Hipólito Yrigoyen como mecanismos conciliadores que crearon lazos artificiales entre sus adictos.

EL USO DEL PATRONAZGO OFICIAL EN EL ESTILO RADICAL

 

Hacia el año 1916, el radicalismo se había convertido en un movimiento de base amplia; poco después comenzó la transición que, a la postre, concedería un rol dominante a los grupos pertenecientes a los estratos medios por oposición a los dirigentes provenientes de la elite. El meollo de la cuestión residía en el triunfo electoral. La batalla continua en este sentido llevó al rápido aumento de los comités locales y de sus líderes provenientes de otros estratos. Cuanto más se expandían las atribuciones de los comités, más terreno perdían los antiguos dirigentes partidarios y más desconfiaba del Gobierno la elite tradicional. En la ciudad de Buenos Aires, en particular, los intentos de los radicales de obtener el firme apoyo de distintos sectores urbanos comenzaron a chocar con los intereses de la elite.

El estilo político radical imperó durante tres períodos presidenciales consecutivos. En el primero, entre 1916 y 1922, ejerció la presidencia Hipólito Yrigoyen. En el segundo, entre 1922 y 1928, el presidente radical fue el doctor Marcelo Torcuato de Alvear. Hipólito Yrigoyen fue nuevamente elegido para el último período, iniciado en 1928 y terminaron abruptamente en 1930 por una intervención militar.

En la primera presidencia de Hipólito Yrigoyen, la más importante esfera de conflictos fueron los manejos del Gobierno con el movimiento obrero a los efectos de ganar su apoyo electoral y minar la posición del Partido Socialista, para lo cual el presidente tendió a favorecer la posición negociadora de los sindicatos durante las huelgas. Esta estrategia logró cierto éxito en las huelgas marítimas de 1916 y 1917, pero fracasó al aplicarse en las huelgas ferroviarias de 1917 y 1918. Cuando estas últimas pusieron en peligro los intereses de los exportadores y de las empresas extranjeras, los grupos nacionales y foráneos se unieron para enfrentar la política oficial; así surgieron la Asociación del Trabajo, en 1918, y la Liga Patriótica en 1919. Presionado por estas organizaciones y por los estallidos de violencia el gobierno radical debió alterar su rumbo.

Luego de su fracaso con los sindicatos y en un esfuerzo por contener su pérdida de apoyo popular y el prestigio que ganaban grupos rivales como la Liga Patriótica, el gobierno radical apeló más concretamente en 1919 a sus vínculos con los estratos medios, presagiando el advenimiento de la política de patronazgo y la creciente importancia de los aparatos partidarios en la década del veinte. A partir de entonces creció rápidamente la influencia de los grupos provenientes de los estratos medios en el radicalismo, y la posición de Hipólito Yrigoyen llegó a depender de conservar la adhesión de estos aparatos. Este fue el origen del problema político central de esa década: la magnitud y distribución del presupuesto oficial.

La estructura social de la Argentina urbana determinó la importancia política del sistema de patronazgo oficial y el estilo de la actividad local de la radicales, con su énfasis en los vínculos zonales y su fuerte favoritismo por el sector terciario. Influencias análogas eran notorias en el tipo de prebendas con que traficaban los comités y los punteros para reclutar adeptos. Uno de los motivos de que la Ley Sáenz Peña fuera tan frugal en su concesión del sufragio fue que la elite tradicional tenia escaso control de las ocupaciones urbanas, fuera de las que pertenecían al Estado. Como el sistema no daba lugar, en general, a los empresarios privados, lo más que podan brindar los punteros eran puestos en la administración pública y pequeñas obras de caridad. Resultó difícil expandir el sistema a fin de convertirlo en un vehículo para la asimilación política de los inmigrantes; fuera de subsidios lisos y llanos, sólo era capaz de gestos paternalistas bastante superficiales -los centros de atención médica y asesoramiento jurídico gratuito- y los famosos repartos de vino y empanadas en las noches anteriores a las elecciones. No estaba en condiciones, por ejemplo de conseguir trabajo en el comercio o la industria para los inmigrantes. Como resultado, solo los estratos medios dependientes del patronazgo oficial tuvieron un papel destacado en el sistema político.

En lo económico, el radicalismo defendió el principio de la intervención del Estado para regular los desajustes que se producían como resultado de la vigencia de las leyes del mercado mientras que en el plano externo se adoptó una posición proteccionista. Fue notorio sin embargo, que durante los gobiernos radicales no se implementó un nuevo proyecto nacional sobre la base de un sistema orgánico de ideas para reemplazar el agotado proyecto de los notables. En lo político, el radicalismo defendió fervientemente las libertades públicas, particularmente durante la época de Alvear, pero pareció al mismo tiempo conformarse con la ampliación del sistema político.

El primer gobierno radical tomó medidas para modificar la redistribución del ingreso, pero no intentó practicar reformas de carácter estructural para modificar la base económica de una sociedad en la cual la elite tradicional constituía el sector de la sociedad civil mejor representado en la sociedad política. El esfuerzo de los radicales se orientó hacia el logro de la consolidación de la economía agroexportadora en la medida en que el partido no podía evitar que los grupos vinculados al agro y a las exportaciones se beneficiaron con el auge económico que se produjo con la Primera Guerra Mundial. Para no alienar a los estratos medios que lo habían apoyado, el radicalismo recurrió al patronazgo oficial e incrementó el número de puestos burocráticos para consolidar un esquema de poder en que el punterismo y el clientelismo jugaron un papel esencial.

El poder de los sectores que controlaban la economía no fue afectado durante los gobiernos radicales precisamente porque existía una estrecha relación entre el partido y el sector agrario. Cinco de los ocho ministros que componían el gabinete de Hipólito Yrigoyen eran ganaderos de la provincia de Buenos Aires o estaban relacionados con el sector exportador, y por ese motivo el radicalismo no podía propugnar las reformas profundas que el país necesitaba para que la ampliación del sistema político no se realizara en el vacío. Por otra parte, esta presencia dentro del partido de representantes de la elite tradicional hizo que los gobiernos radicales no pudieron modificar el carácter del Estado y que carecían de libertad de movimientos en lo que se refiere a la toma de decisiones de tipo político.

En 1922, la popularidad de Yrigoyen era cuando menos, mayor que cuando fuera elegido presidente. La Constitución estipulaba que no podía ser reelegido, y nadie pensó nunca que Yrigoyen violaría la legalidad constitucional. "Del gobierno a casa" era su lema y se atuvo a él mientras su partido, con su beneplácito -desde 1921 era un secreto a voces dentro del radicalismo que: "El Viejo apoya a Alvear..."- eligió al aristocrático, temperamental, inteligente y a veces trivial embajador en París: Marcelo Torcuato de Alvear.

En las elecciones de abril de 1922 los radicales triunfaron en doce distritos, obteniendo 458.457 sufragios en tanto que los conservadores de la Concentración Nacional apenas superaron los 200.000 votos. Todos los otros partidos, reunidos, sumaron 364.932 sufragios. La fórmula de la U.C.R., Alvear - Elpidio González obtuvo más de cien mil votos sobre la cifra de 1916.

Probablemente era la de Alvear una de las pocas familias argentinas que podía jactarse de una real aristocracia. Su abuelo Carlos de Alvear, era un guerrero de la Indepenedencia, Director Supremo, héroe de la guerra con el Brasil que terminó sus días como diplomático argentino en los Estados Unidos de Norteamérica. Su padre Torcuato había sido el primer intendente de la ciudad de Buenos Aires después de su federalización en 1880. Un político roquista de ideas progresistas que contribuyó a darle a la "Gran Aldea" un aspecto de metrópoli europea. Alvear fue parte de la juventud dorada universitaria para la cual todo estaba permitido incluso el ser fundador de la Unión Cívica de la Juventud. Desde el inicio de su vida pública se vinculó a Hipólito Yrigoyen. Recibido de abogado en 1891, en la división de la Unión Cívica había permanecido con Leandro Alen. En el levantamiento radical de 1893 en la provincia de Buenos Aires dirigió el acantonamiento del Temperley, y hasta ocupó una cartera ministerial en el gobierno revolucionario. Durante el conflicto de las "paralelas", en 1897, entre intransigentes hipolistas y concurrencistas bernardistas, se mantuvo al lado de Hipólito en la abstención y como presidente del comité provincial encabezó su disolución, quebrando toda posibilidad de concurrencia junto al mitrismo para enfrentar a Roca. Durante el duelo entre Hipólito Yrigoyen y Lisandro de la Torre ofició de padrino del líder radical.

La vida de Alvear fue una mezcla de compromiso y aventura, de trivialidades y periodos de lúcida inteligencia, de militancia comiteril y conspirativa y de tomas de distancia para no quedar atrapado por el pueblo y el comité.

Alvear no era un principista, sino más bien un realista que percibía la política como una mezcla de pragmatismo y compromiso. No era, pues, un intransigente, porque la vida política era para él la prolongación de su manera de ser y de ver la vida social. Carecía incluso de la constancia en el sacrificio que caracterizó a Yrigoyen. Era un hombre del patriciado actuando en un partido popular, pero guardando identidad del estilo con la elite tradicional y con abierta comunicación con la elite.

El nuevo mandatario radical integró su gabinete con amigos personales, algunos de ellos sus compañeros de su época de estudiante universitario, militaban en el sector radical que se oponía a Hipólito Yrigoyen. El vicepresidente Elpidio González, un incondicional del caudillo radical, fue prolijamente marginado de toda intervención activa en el gobierno.

Los primeros años de la presidencia de Marcelo T. de Alvear constituyeron una excepción importante a la tendencia radical a agotarse en reivindicaciones políticas formales en el marco de una política distribucionista. Alvear ha sido frecuentemente acusado de no haber sabido infundir al radicalismo una clara orientación antioligárquica, antiimperialista y emancipadora. Esta tesis, sin embargo, tiende a pasar por alto el hecho de que Alvear intentó, al menos durante el comienzo de su presidencia, introducir modificaciones de fondo la política del primer gobierno radical en lo que se refiere al apoyo estatal que brindara a la industrialización por vía de la sustitución de importaciones. Entre las medidas tomadas por Alvear para proteger la industria nacional se pueden contar el aumento del sesenta por ciento de los aforos aduaneros a la importación de manufacturas producidas en el país. Es indudable que las medidas tomadas por Alvear fueron coyunturales y no respondieron a una estrategia de desarrollo concertada, pero en todo caso es posible afirmar que el segundo presidente radical fue el representante de una línea partidaria dispuesta a superar la mera voluntad transformadora de Yrigoyen a partir de una eficiencia programática que hiciera posible la concreción de los objetivos éticos que este estilo político perseguía.

El objetivo de Marcelo T. de Alvear era lograr un grado de industrialización doméstica para resolver el problema de la balanza de pagos deficitaria mientras que al mismo tiempo el proceso de crecimiento abriría nuevos espacios que facilitaría el ascenso social de los estratos medios. Al poco tiempo Alvear abandonó sin embargo su política proteccionista para alinearse con quienes sostenían la teoría de las ventajas comparativas, pero su posición original constituyó una posibilidad cierta, aunque efímera, de que el estilo radical completara en el terreno de la sociedad civil la transformación que había iniciado en el plano jurídico formal del sistema político ya que la industrialización del país hubiera contribuido a consolidar la democratización iniciada en el año 1912.

El estilo radical reconoció, en el intento de Alvear, el carácter dependiente de la economía argentina, criticó implícitamente la utilización del patronazgo oficial para fomentar la expansión indefinida de la burocracia y comenzó sugerir que la crisis argentina podía ser superada con la expansión del sector industrial inducida por el Estado. Este muy incipiente movimiento hacia una nueva forma de nacionalismo económico incluyó posteriormente la nacionalización del petróleo y el intento de importación de la parte que Argentina no pudiera producir de la Unión Soviética para romper con la dependencia de los Estados Unidos y de Gran Bretaña en el plano de la energía. Para los radicales la industrialización significaba la posibilidad de ofrecer nuevas perspectivas a los estratos medios sin amenazar gravemente los intereses de la elite tradicional.

El radicalismo había llegado al gobierno como una alianza entre un sector progresista de la elite y los estratos medios de origen inmigratorio. Hipólito Yrigoyen articuló esta alianza. Durante su primera presidencia Yrigoyen aplicó políticas que claramente favorecían a los estratos medios. Algunas de estas políticas –en especial el aumento desmedido del empleo público y la Reforma Universitaria- unidas al desorden administrativo, las actitudes populistas y la obsecuencia de su entorno, desencantaron a aquellos de sus seguidores que provenían de la elite. La candidatura de Alvear evito el cisma por un tiempo pero, en 1924, la disindencia terminó por manifestarse públicamente cuando los descontentos creían contar con el apoyo de Alvear.

En agosto de 1924 se organiza la Unión Cívica Radical Antipersonalista la formaron los senadores nacionales Leopoldo Melo, Vicente Gallo, Martí M. Torino, el ex ministro del Interior Gómez, el ex gobernador de Buenos Aires Crotto, de Santa Fe Lehman y Mosca, de Salta Castellanos, de San Juan Cantoni, de Entre Ríos Lurencena, al igual que otras personalidades como Mario Guido, Amado, Roberto M. Ortiz, Matienzo, Numa Soto y los Lencínas. Sus principales baluartes eran Entre Ríos, Santa Fe, Mendoza y San Juan, otras situaciones provinciales le son adictas, como el caso de Santiago del Estero, Tucumáan fluctúa pero se acerca al oficialismo.

En 1927 comenzó la contienda electoral. El radicalismo antipersonalista tomó la delantera. Constituyó una alianza con sectores conservadores denominados "Frente Unico Radical" proclamando la fórmula Leopoldo Melo y Vicente Gallo. Los yrigoyenistas no definieron su fórmula hasta el 24 de marzo de 1928, en una convención realizada en el Teatro de la Opera, se proclama la fórmula Hipólito Yirigoyen – Francisco Beiro. El viejo caudillo aceptó la nominación diciendo: "Ante la eminente y solemne expectativa del pueblo argentino, que repercute en todos los ámbitos de su territorio con las más intensas vibraciones cívicas, y bien compenetrado de que ellos condensan en suprema unción todas las idealidades del presente, esperanzas del futuro e infinitas irradiaciones de los destinos de nuestra nacionalidad, no puedo menos que inclinarme reverente a tan honrosísima designación, que me hace intérprete de los más fervorosos y sagrados anhelos patrióticos".

El panorama electoral se completó con las fórmulas del Partido Socialista: Mario Bravo – Nicolás Repetto, Partido Comunista: Rodolfo Ghioldi – Miguel Contreras; Partido Comunista de la República Argentina: José F. Penelón – Florindo A. Moretti.

El radicalismo yrigoyenista triunfó en los 14 distritos donde se presentó, salvo en san Juan, donde se impuso el bloquismo integrante del Frente Unico Radical.

El 12 de junio de 1928 se reúnen los colegios electorales y proceden a la elección, que consagra para el primer término presidencial a Hipólito Yrigoyen y para el segundo término a Francisco Beiró, pero su muerte, producida al poco tiempo, determinó que el gobernador electo por Córdoba, Enrique Martinez se convierte en vicepresidente.

Una vez reinstalado en el gobierno, en 1928, Hipólito Yrigoyen, gozando de un amplio apoyo popular -El viejo caudillo obtuvo 840.000 votos mientras que todas las fórmulas opositoras reunidas totalizaban 446.000 votos-, volvió sin embargo a recurrir al patronazgo oficial y consolidó las viejas formas de inserción de la Argentina en el orden económico internacional como país agroexportador. Pero el tiempo había pasado en vano, Yrigoyen tenía 75 años y su salud no pasaba por su mejor momento. Había nacido en tiempos de Rosas y alcanzado su madurez tanto biológica como política antes de la Belle Epoque, nunca había viajado a Europa y sentía un profundo rechazo por todo lo que fuera innovación, por ejemplo se negaba sistemáticamente a emplear el teléfono o a escribir cartas a sus colaboradores.

Sin embargo la calma duraría poco. El 29 de octubre de 1929, el hundimiento de la Bolsa de Nueva York provocó el colapso de la economía capitalista mundial, que parecía atrapada en un círculo vicioso donde cada descenso de los índices económicos (exceptuando el del desempleo, que alcanzó cifras astronómicas) reforzaba la baja de todos los demás. Tal como señala Hobsbawn la dramática recesión de la economía industrial Norteamericana no tardó en golpear al resto del mundo. Se produjo una crisis en la producción de artículos de primera necesidad, tanto alimentos como materias primas, dado que sus precios, que ya no se protegían acumulando existencias como antes, iniciaron una caída libre. Los precios del té y del trigo cayeron en dos tercios y el de la seda en bruto en tres cuartos. Eso supuso el hundimiento –por mencionar tan sólo los países enumerados por la Sociedad de las Naciones en 1931- de Argentina, Australia, Bolivia, Brasil, Canadá, Colombia, Cuba, Chile, Egipto, Ecuador, Finlandia, Hungría, India, las Indias Holandesas (la actual Indonesia), Malasia, México, Nueva Zelanda, Países Bajos, Paraguay, Perú, Uruguay y Venezuela, cuyo comercio exterior dependía de unos pocos productos primarios.

Los efectos de la Gran Depresión sobre la política y la opinión pública fueron inmediatos, especialmente en América Latina donde doce países conocieron un cambio de gobierno o de régimen entre 1930 y 1931, diez de ellos a través de un golpe de Estado militar.

 

Ante las dificultades cada vez mayores que enfrentaba la Argentina como resultado de la caída estrepitosa de los precios de los productos agropecuarios en los mercados internacionales, el Gobierno abandonó la convertibilidad del peso -el cual automáticamente fue devaluado en veinte por ciento- para conseguir de esta manera una reducción de las importaciones y una mayor competitividad de los productos argentinos en los mercados mundiales.

Estas medidas provocaron un aumento de los precios de los artículos importados que consumía el país, incentivaron el proceso inflacionario y no resolvieron el problema del déficit de la balanza comercial. A partir de ese momento comenzó a aumentar el desempleo y se produjo una profunda crisis fiscal porque el Estado ya no tenía capacidad para contrarrestar las tensiones sociales a través del uso del patronazgo oficial. De allí en más se inició un proceso de descomposición del poder público y la consiguiente pérdida por parte del radicalismo del apoyo popular con que contaba hasta ese momento.

Por ese entonces, el embajador norteamericano Bliss traza un dramáticvo panorama de la situación del gobierno radical: "Los antagonismos políticos y personales dentro del gabinete adquieren un carácter tal que permiten expresiones y opiniones, en conversaciones privadas, que se asemejan en mucho a la traición. El Presidente no confía en nadie y con su desfalleciente capacidad mental y la fuerza de la inercia que pueden, algunas veces, apreciarse en los ancianos, persiste, tozudamente, en el atascamiento de toda acción útil, manteniendo, de ese modo, un equilibrio que se asemeja al de un sonámbulo en una cuerda floja, que se da cuenta que caéra si se detiene en su marcha".

El estilo radical había democratizado la sociedad, pero la falta de una base ideológica clara y de un programa para la transformación de la sociedad argentina lo redujo en una mística sin contenidos prácticos sobre la cual recayeron una infinidad de cargos. Se acuso al Gobierno de fomentar la ineficiencia, la irresponsabilidad y el excesivo gasto público. Se hablaba también de la edad de Hipólito Yrigoyen, de la degradación de las costumbres y de los oscuros punteros de comité que tenían en sus manos los destinos del país patricio.

El golpe militar del 6 de setiembre de 1930 se produjo en momentos en que el Gobierno de Hipólito Yrigoyen se aprestaba a sancionar la ley del petróleo que aseguraría el control del Estado sobre los recursos naturales. Reducir, sin embargo, la caída de Yrigoyen a un sólo factor sería desconocer otras importantes posibles causas. Lo cierto es que las minorías desplazadas temporariamente del Gobierno en 1916 no tardaron en recomponer su presencia política, particularmente ante la existencia de una variedad de factores coadyuvantes que dificultaron la acción del radicalismo.

El estilo político imperante sólo pudo comenzar a trascender la estrecha estructura del patronazgo oficial utilizado por los radicales cuando creció el sector industrial. Aunque el proceso de industrialización aún estaba inconcluso, el rápido crecimiento de una economía industrial ser sería uno de los rasgos más notorios del período posterior a 1930. El populismo burocrático del yrigoyenismo fue poco a poco dejando lugar a un nuevo estilo político, que inicialmente pareció encarar la defensa de los intereses globales específicos, pero pronto cayó en un nuevo sistema de conducción personal. De todos modos, el antiguo sistema no ha desaparecido del todo y el patronazgo sigue siendo un elemento importante en la política argentina y en la perduración del propio radicalismo.

Teniendo en cuenta el carácter general y los objetivos del radicalismo, puede decirse que no se diferenciaba de otros movimientos populistas - liberales de América Latina en ese período histórico. El partido perseguía como meta perpetuarse en el poder con el fin de alcanzar un sistema estable, mediante el cual pudiera conceder beneficios simultáneamente a diversos grupos sociales. Su razón de ser giraba en torno de problemas distributivos más que en torno de la reforma o el cambio social. Pese a que pretendía mejorar la situación de los sectores populares, la Unión Cívica Radical no era un partido que impulsase la reforma social.

El partido se proponía perdurar en el gobierno para satisfacer los intereses de su clientela política y consolidar el funcionamiento de instituciones democráticas. Su razón de ser giraba en torno de la ampliación de la participación política y de una distribución más equitativa de la prosperidad generada por la etapa postrera de la vigencia del modelo agroexportador. Cualquier propuesta seria de reforma o cambio social era ajeno a sus intenciones.

Aunque la casi totalidad de los historiadores afines al radicalismo han insistido en afirmar erróneamente que Hipólito Yrigoyen fue el primer presidente elegido por el "voto universal", lo cierto es que el radicalismo llegó al poder de la mano de una escasa proporción de la población. Según José Bianco en su libro "Vida de las instituciones políticas", de 1928, "en 1916 el porcentaje de votantes en la elección presidencial, en relación con la población total de la Nación fue del 9,679%; pasando en 1922, al 10,239%, hasta llegar en 1928 a un 14,418%".

En otras palabras la llegada del radicalismo al gobierno significó una importante ampliación de la participación política con la incorporación de los estratos medios al proceso político. No obstante, la participación política distaba mucho de ser "plena o masiva", en especial porque las mujeres y los extranjeros –que en ese entonces constituían un porcentaje muy importante de la población argentina- estaban totalmente marginados de la actividad política y sin derechos electorales. Esta situación se modificará recién en 1951 cuando, en tiempos de hegemonía del estilo peronista, se reconozcan los plenos derechos políticos de la mujer.

Al mismo tiempor, sus lazos con los consumidores de los estratos medios le impidieron promover la industrialización, por lo menos hasta que la cuestión del petróleo adquirió preeminencia, a fines de la década del veinte. En lo esencial, su objetivo era incrementar la tasa de crecimiento económico y utilizar el sistema político para distribuir una cierta porción de excedente, con vistas a crear una comunidad orgánica.

Luego de la caída del tercer gobierno radical en 1930 y de la muerte de Hipólito Yrigoyen acaecida pocos años más tarde, comenzó un lento proceso de autocrítica tendiente a la reconstrucción del partido. El estilo radical fue perdiendo gradualmente el espacio político que le perteneciera históricamente hasta que, finalmente, un fenómeno social nuevo a mediados de la década de los años cuarenta, el estilo político peronista, lo desplazó a una posición secundaria en el sistema político argentino.

En la mayoría de los aspectos, el primer experimento de democracia ampliada realizado en la República Argentina terminó en el fracaso. Casi todos los problemas que pretendió resolver eran tan evidentes en 1930 como lo habían sido veinte o treinta años atrás. El mayor cargo que puede imputársele fue su inhabilidad para generar un proyecto político de carácter nacional que, a partir de las nuevas formas de participación que este estilo político impulsaba, hubiese fortalecido la vida económica, política y cultural de la Nación. Fundamentalmente, el estilo político radical no consiguió superar el problema de la inestabilidad política y en verdad, fue su mayor víctima en el siglo XX.

 

Dr. Adalberto C. Agozino.

Doctor en Ciencia Política, profesor e investigador principal del Instituto Universitario de la Policía Federal Argentina. Miembro de la Sociedad Argentina de Historiadores.

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