por Álvaro Zarzuela
SU MUNDO.
ALBERTI.
GHIBERTI.
BOTTICELLI.
BIBLIOGRAFÍA pág. 64
ALBERTI, GHIBERTI y BOTTICELLI.
SU MUNDO.
EL MUNDO DEL RENACIMIENTO. CONTEXTO SOCIOCULTURAL DE LOS SIGLOS XV y XVI.
Se entiende por RENACIMIENTO el periodo de renovación ideológica y artística que durante los siglos XV y XVI comienza en Italia y se extiende al resto de Europa, dando paso de la Edad Media a la Moderna. Su característica esencial es la admiración del clásico grecolatino, de ahí el nombre de Renacimiento, pues se supuso que había "renacido" todo el esplendor de los antiguos griegos y romanos. Los renacentistas consideraban esta cultura clásica como la realización máxima del ideal de perfección e intentaban imitarla en cuanto podían.
El Renacimiento nace en Italia.
El Renacimiento es un fenómeno fundamentalmente italiano, que aunque se extendió rápidamente a otros lugares de Europa guardó en cada uno de ellos unas características propias tan definitorias y en algunos casos tan profundas que puede hablarse de varias clases de Renacimientos, lo cual enriquece su concepto genérico. Es natural que fuera en Italia donde naciera este movimiento de renacimiento de los clásicos. Para empezar, es en esta península donde el Imperio romano tenían su centro de gobierno y los días gloriosos del Imperio todavía se recordaban con añoranza. Además, la península itálica nunca se había visto implicada íntimamente en la corriente internacional del gótico sino que sus manifestaciones medievales habían tenido una carácter muy particular, siempre más ligado a su propia tradición románica y clásica que a las evoluciones estilísticas de Francia, el gran rector del estilo gótico. Amén de que en prácticamente todas las ciudades se encontraban restos arqueológicos, arquitectónicos y escultóricos del antiguo Imperio, que favorecieron el estudio de esta cultura grecolatina. También favoreció este redescubrir el mundo clásico la emigración de numerosos eruditos, intelectuales y artistas desde Bizancio, conquistada por los turcos, trayendo consigo manuscritos de grandes autores helenos y romanos. Además, Italia, fraccionada en numerosos estados ricos y con fuertes personalidades al frente de sus gobiernos, llenos de numerosas y florecientes ciudades, con un sentido realista de la política y la economía, era el país que mejor podía favorecer una vida y una cultura como la del Renacimiento, basada en el Hombre y la Naturaleza.
El Humanismo. La corriente ideológica del Renacimiento.
Esta vuelta a los clásicos fue, sin embargo, más que una causa, una consecuencia. Los ejes de esta renovación son varios, mas el pilar más llamativo es la nueva corriente de pensamiento, el Humanismo, así llamado por ensalzar con preferencia las cualidades propias de la naturaleza humana. Su nuevo enfoque, que rechazaba la visión teocrática del Medievo, defendía una concepción antropocéntrica del Universo, un papel central del individuo y sus actos. Consecuentemente, el humanista se interesa por el Mundo que le rodeaba, de ahí su amor a la naturaleza, del mismo modo que, apoyándose en esta reintroducción de la sabiduría grecolatina, defiende la Razón para solucionar los conflictos humanos y busca un ideal de equilibrio y armonía. Este antropocentrismo fue lo que le llevó a girar los ojos hacia los valores de la cultura clásica.
Tiene el Humanismo su cuna en Italia, y si bien comenzó a gestarse en el siglo XIII, se desarrolló durante los XIV y, sobre todo, XV en toda la Europa Occidental. Lo que condujo a la aparición del Humanismo fue la profunda inquietud por una renovación espiritual latente ya en el Hombre de la Alta Edad Media, el cual, viendo cómo se debilitaban las tres instituciones básicas de la sociedad de su tiempo, el Pontificado, el Sacro Imperio y las Universidades, sentía que no eran ya suficientes para la consecución de sus nuevos ideales los principios en que se había basado la vida medieval, por lo tanto debía buscar otros pilares en que apoyar su nueva ideología. Con este anhelo de renovación, se fijó en los modelos clásicos y dio un profundo viraje a lo que habían sido su modo de pensar, pasando de una sociedad colectivista y teocéntrica a la exaltación del individuo y la Naturaleza. Rompió con escolasticismo medieval, las filosofías basadas en las doctrinas aristotélicas, y se inclinó hacia las escuelas neoplatónicas, filtradas por el cristianismo. El Humanismo halló en la antigüedad clásica el perfecto modelo que sí correspondía con su nueva ideología y concepción del mundo, lo que le llevó a reverenciarla e imitarla, considerándola el máximo exponente de perfección a que podía aspirar el ser humano. Su finalidad era un nuevo examen del Hombre y su Mundo, tomando como maestros y ejemplo los autores clásicos. Hombre y Naturaleza, desligados de todo su sentido trascendente y sobrenatural, se convierten así en los dos polos de la cultura y la vida renacentista.
Dado el pensamiento antropocéntrico del humanista, su principal campo de estudio son las ciencias humanas, y especialmente las filologías clásicas, progresando con ello ampliamente la lingüística. Los humanistas realizaron la labor de rastrear por doquier antiguos textos griegos y latinos, copiándolos, traduciéndolos, comentándolos, empapándose de la cultura clásica; numerosas obras prácticamente olvidadas, copiadas durante siglos mecánicamente por los monjes, son rescatadas del fondo de las bibliotecas y las intelectuales exiliados de Bizancio traen consigo otra gran cantidad de manuscritos antiguos. Pero para que los clásicos pudieran hablar en su genuino lenguaje era menester librar sus textos de las interpolaciones, deficiencias y errores que habían sufrido con el paso del tiempo y las sucesivas copias, lo cual requería un amplio bagaje de conocimientos históricos, geográficos, lingüísticos, arqueológicos, etcétera, y de esta ardua faena se encargaron los humanistas. Mas no se limitaron exclusivamente a un aspecto técnico en sus estudios sino que buscaron en los escritores clásicos la confianza en la inteligencia del Hombre y el amor a la naturaleza. También la anatomía humana fue objeto de cuidadosos estudios por parte de los científicos, que se preocupaban por dibujar con todo detalle sus descubrimientos, con lo que el papel del dibujante toma una relevancia inusitada hasta el momento. El invento de la imprenta fue de suma importancia para la rápida y amplia difusión del pensamiento humanista desde Italia al resto de Europa.
Este volver a centrarse en lo humano, no obstante, no significa en absoluto un abandono de lo divino, que tan fuertemente había marcado toda la sociedad, cultura, ciencia y arte durante la Edad Media. Bien al contrario, la religiosidad, y en concreto el cristianismo, sigue bien presente en todas las facetas de la vida durante el Renacimiento. El humanista valora el Mundo Antiguo como contribución al cristianismo. Lo divino es revisado desde la perspectiva humana para dotarlo de una mayor significación: Dios trata de hacerse inteligible a la razón humana, en lugar de limitarlo a la emoción de la fe.
Cierto que fue una minoría de banqueros, filósofos, intelectuales y artistas quienes llevaron a cabo esta renovación cultural, pero no es menos cierto que el Humanismo fue calando en todos los campos de la sociedad. Esta renovación en todas las parcelas de la cultura humana, filosofía, ética, ciencia, arte, etc., estaba encaminada a la hechura de un Hombre que fuera compendio de todas las perfecciones físicas e intelectuales y en el que la razón dominara sobre la pasión. De aquí surge la figura del cortesano, diestro en letras, ciencias y armas, docto en todos los campos del saber y las artes, valiente, refinado, gentil, modesto, universal. La frontera entre letras y ciencias no existían, el intelectual debía estar ducho en todos los campos del saber, interrelacionados y complementarios. El Hombre integral, el genio múltiple en quien se concilian todas las ramas del saber en una actitud fecunda, fue la gran creación del Renacimiento, que cristalizó en figuras que mantienen viva la admiración de los tiempos, como Leonardo Da Vinci, Miguel Ángel, Rafael Sanzio, León Battista Alberti, Lorenzo Ghiberti, Sandro Botticelli...
El panorama político en la Italia de los siglos XIV y XV.
Italia se convierte con el Renacimiento por primera vez desde la Antigüedad grecolatina en el eje rector de la cultura de una época. Esto supone un elemento paradójico dado que la Italia de los siglos XIV y XV era mucho menos rica de lo que lo había sido, pues, al igual que el resto de Europa, sufría una decadencia económica que abarcó, aproximadamente, la totalidad de estos dos siglos, y su vida política estaba llena de guerras intestinas dentro de los pequeños estados y entre ellos. El papado, fiel a su antigua política, continuaba impidiendo el desarrollo de una poder predominante, pero sólo lo lograba a expensas del poder político de los papas mismos. Cuando la Curia volvió a Roma, después de haber permanecido fuera de Italia en la ciudad francesa de Aviñón durante casi todo el siglo XIV, se produjo el Gran Cisma de 1378, que duró hasta 1417, al cual siguieron tres décadas durante las cuales la autoridad del Papa se vio en entredicho, a causa del intento conciliar de convertirlo en monarca constitucional. Los principados italianos evolucionaron dentro de este marco. Las comunas del norte estuvieron dominadas por tiranos locales, las repúblicas de la Toscana absorbieron las ciudades adyacentes y, en el sur, un reino de Nápoles, crónicamente mal gobernado por la casa de reinante de origen francés se fue desgastando como consecuencia de sus ambiciones en el Mediterráneo oriental y del temor a los aragoneses, establecidos en Sicilia. A fines del siglo XIV, la familia de los Visconti, de Milán, logró dominar toda la llanura de Lombardía. En 1395, Giangaleazzo Visconti, casado con una princesa francesa, obtuvo del emperador Wenceslao el título de duque y no ocultó sus propósitos de extender su poder hacia el sur, a través de los estados divididos de la Iglesia, y llegar hasta Toscana. No lo consiguió, pero el duque Filippo Maria Visconti (f. 1447) continuó soñando con lo mismo. No obstante, los Visconti establecieron un gobierno fuerte, el cual pasó a manos de Francesco Sforza en 1450. En la Toscana, Florencia ostentaba una superioridad indiscutible, y la familia de los Medici consolidó, a partir de 1434, su dominio efectivo de la ciudad, si bien conservando brillantemente su forma de gobierno republicana. Sólo otro gran centro comercial competía con Florencia, se trataba de otra república, Venecia, que salió triunfante de su larga rivalidad con Génova por obtener los frutos del comercio levantino, y que, bajo la autoridad de un dux electo y vitalicio, pero desprovisto de poder real, gozaba de una constitución de envidiable solidez, mediante la cual las familias "nobles" o patricias gobernaban la ciudad y sus tierras de ultramar con una administración coherente y refinada. A principio del siglo XV, las guerras de Italia obligaron a Venecia a mezclarse en una agresión a tierra firme, y a finales del siglo se había convertido en una gran potencia territorial, pese a que los turcos otomanos le estaban arrebatando rápidamente sus colonias del mar Egeo. Finalmente, tendría suma importancia el hecho de que el rey aragonés Alfonso V pasara de Sicilia a tierra firme y conquistara el reino de Nápoles (1435-1442). En efecto, al morir Ferrante, sucesor de Alfonso en Nápoles, el rey francés Carlos VIII reclamó esa ciudad e invadió Italia, en 1494. Otro rey francés, Luis XII, se tituló duque de Milán desde su subida al trono en 1498, pero en aquella época el rey de Aragón comenzó a reclamar su parte y, a partir de entonces, Italia fue víctima de los invasores extranjeros. Cuando las "guerras italianas" llegaron a su fin, efectivamente en 1538, el país estaba a la merced de Carlos V. Este príncipe Habsburgo, criado en Borgoña, no sólo gobernaba la mayor parte de Italia, sino también Aragón y Castilla, con sus colonias americanas, y las tierras de Austria, y como Sacro Emperador Romano también era jefe titular de los principados alemanes. Bajo su reinado, Italia estuvo regida por gobernadores y virreyes españoles y sometida a la ocupación de tropas españolas.
Si durante los siglos XIV, XV y principios del XVI la historia política de Italia fue violenta, sería erróneo buscar en ello un contraste con la paz de otros lugares. Los reinos de España, Francia, Inglaterra, Alemania, los países escandinavos... todos ellos sufrieron turbulentas historias políticas y militares. En general, a finales de la Edad Media hubo poca paz en Europa.
El contexto religioso. Reforma y Contrarreforma.
Aunque la cada vez más pujante clase burguesa rompió el monopolio de mecenazgo que mantenía la Iglesia, ésta continuaba siendo la principal patrocinadora del arte y la ciencia durante el Renacimiento, realizándose la mayoría de las más importantes obras por encargo eclesiástico, de igual modo que se veían favorecidos los estudios humanistas relacionados con la Biblia. Así, a pesar de la multiplicación temática renacentista frente al omnipresente cristianismo del teocéntrico gótico medieval, el arte religioso se desarrolló enormemente. De hecho, durante los siglos XIV, XV y XVI parecía que la Iglesia se preocupara más del arte que del bienestar espiritual y físico de sus fieles, despreocupación agravada por la participación del papado en asuntos políticos internacionales. El alto clero se hallaba rodeado de lujo y ostentación mientras, en contraste, el pueblo vivía en humildad y mostraba una viva fe, como también apreciaba y demandaba el arte religioso. El papada tenía un lucrativo negocio con la venta de bulas e indulgencias, cobrando buenas sumas a cambio de la salvación espiritual de aquel que podía pagarla, así como con los cargos eclesiásticos, que eran vendidos a cualquiera que desembolsara lo requerido. Las indulgencias que llegaron a adquirir un carácter tan material y profano que serían, en última instancia, la gota que colmaría el vaso y desembocaría en el cisma protestante con la publicación de las 95 tesis de Lutero contra las indulgencias. Con esta ostentación desmedida del alto clero y el tráfico de salvaciones divinas y cargos eclesiásticos, frente a la humildad de los beatos fieles del pueblo llano, es obvia la situación de crisis en el seno de la Iglesia. Ya en 1378 tuvo lugar el Gran Cisma, originado por la división de la corte papal entre los seguidores del recién nombrado Papa Urbano VI de Roma y quienes consideraron nula su elección, que eligieron como Papa a Clemente VII y reinstalaron la sede pontificia en la ciudad francesa de Aviñón. El Gran Cisma duró hasta 1417, y le siguieron tres décadas durante las cuales la autoridad del Papa se encontró tambaleante.
Todo ello, unido a las condiciones sociales, ideológicas y espirituales del Renacimiento, ocasionaron un movimiento de reforma en el orden religioso de la Europa Occidental, una profunda revolución que se realizó a principios del siglo XVI en el seno de la Iglesia católica y que provocó la separación de muchos fieles de la obediencia al Papa de Roma con la aparición del Protestantismo. Las causas de esta Reforma, no obstante, se hallan enraizadas más atrás, fundamentalmente en la aparición de la mentalidad humanista en la transición del Medievo a la Edad Moderna. El humanista, inquieto y egocéntrico, que ha apartado definitivamente la perspectiva teocrática, utiliza ahora la Razón y se da cuenta de las incoherencias dentro de la Iglesia y, aunque en ningún momento reniega de su religiosidad, aspira a cambiar los errores de los que ahora se percata, adoptando una inédita actitud crítica.
El hecho concreto que originó el cisma entre catolicismo y protestantismo fue la exposición por parte del agustino alemán Martín Lutero en la puerta de la iglesia de Wittenberg de sus 95 tesis contra las indulgencias en 1517. Esto provocó diversas discusiones entre el Papa León X y Lutero que finalmente desembocaron en la excomunión de éste último, el cual a partir de entonces va estructurando su doctrina, para la que pronto encontraría adeptos y seguidores. La base de la doctrina luterana es la salvación por la fe, esto es la exclusiva importancia de la fe para la salvación del alma al morir, sin que importe el arrepentimiento ni las obras. Otro punto fundamental de su doctrina es la ruptura con el papado y la negación la jerarquía de la Iglesia, afirmando que todos los cristianos tienen el mismo valor. También establece la libre interpretación de la Biblia, negando el valor de la Tradición de la Iglesia, y defiende su traducción a la lengua del pueblo, realizando él mismo una traducción al alemán, que se trata de uno de los pilares básicos de esta lengua. Del mismo modo, entre otras reformas de la fe católica, reduce los sacramentos a sólo bautismo y eucaristía, abole el culto a la virgen y los santos y suprime toda ostentación en los templos.
Las doctrinas luteranas se extendieron con bastante rapidez por toda Alemania, especialmente por los Estados del Norte, a lo que contribuyeron también factores económicos y políticos. Algunos nobles vieron la oportunidad de aumentar sus posesiones, puesto que con el luteranismo la Iglesia debía renunciar a todos sus bienes y, así, sus tierras fueron secularizadas, pasando a manos de esta nobleza; otros nobles se transformaron a la fe luterana porque significaba la posibilidad de enfrentarse al emperador Carlos V, uno de los más feroces defensores del catolicismo; y, en conjunto, el luteranismo resultó ser un movimiento nacionalista de oposición a Roma. Así pues, esta expansión del luteranismo no fue fácil ni pacífica, sino que provocó numerosas y cruentas guerras entre los señores y el pueblo y entre los nobles y el emperador. Carlos V y sus consejeros católicos pretendieron en un principio contener el progreso de lo que ellos consideraban la herejía luterana en sus estados mediante el diálogo. El emperador convocó asambleas de representantes de los estados alemanes en Worms para intentar que Lutero abjurase de sus ideas y después en Spira, prohibiendo en esta ocasión la propagación de las ideas luteranas, decisión contra la que los reformistas protestaron, ganándose ahí el nombre de protestantes. Fracasado este intento de solución, Carlos V pretendió que el papado convocara un concilio pero éste se retrasaba interminablemente. Se llegó a la lucha armada entre católicos y protestantes y, a pesar del sonado triunfo de Carlos V contra los protestantes en Mühlberg en 1547, finalmente el emperador tuvo que aceptar en 1555 la paz de Augsburgo, por la cual se reconocía la libertad religiosa de los príncipes alemanes y la supeditación del pueblo a la fe espiritual de éstos.
La convocatoria de un concilio para resolver el problema de la escisión protestante fue largo tiempo pospuesto por los papas, en parte por miedo a que prevaleciera la superioridad conciliar frente al Papa y en parte a causa de las guerras entre España y Francia. Cuando por fin se inició el Concilio de Trento en 1545 ya era demasiado tarde para atajar la expansión del luteranismo y, además, las sesiones del concilio fueron interrumpidas en dos ocasiones y se alargaron durante dieciocho años. En el concilio se adivinan dos tendencias, por un lado la que trata de conseguir algún tipo de armonía con los protestantes y por otro una postura totalmente intransigente, que finalmente es la que triunfaría. Mediante el Concilio de Trento se reafirmaron las características católicas diferenciadoras del Protestantismo: se afianzó la autoridad del Papa, aumentó la disciplina eclesiástica y fueron reforzados el valor de las buenas obras, el culto a la virgen y los santos y todos aquellos puntos de la fe católica que Lutero había negado.
Sociedad y cultura en la Europa del Renacimiento.
A finales de la Edad Media en todas partes había nobles, caballeros, sacerdotes y abogados. La burguesía comienza a ser una clase incipiente, cada vez con mayor poderío económico e influencia política, y su bonanza económica le lleva a convertirse en un importante mecenazgo artístico. Cada vez se le atribuía un valor creciente a la cultura y las escuelas y universidades se multiplicaban en todos los países. En este aspecto educacional el continente se encontraba relativamente unido, aunque la educación superior tendía a estar más regionalizada. Otro aspecto común a toda Europa era la importancia de la religión, ya fuera católica o protestante, cuya moralidad empapaba todos los actos de la vida pública y privada de la población.
El Renacimiento es también una época de importantes adelantos técnicos y científicos. Uno de los inventos de mayor importancia para la difusión de la cultura apareció durante esta época renacentista: la imprenta. Tomó entonces gran importancia el papel, que había sido introducido por los árabes en la península itálica por Lombardía. La invención de la imprenta tuvo lugar hacia 1448, considerándose inventor a un orfebre de Maguncia llamado Gutenberg, y partió de la xilografía (grabado sobre madera) pero nació verdaderamente cuando se idearon las letras móviles de metal, que permitían componer una página, entintarla con tinta gruesa y sacar copias mediante una prensa. Los escritos e ideas de los humanistas tuvieron una enorme difusión gracias a la imprenta, extendiéndose su pensamiento rápidamente por toda Europa. Ahora se podían editar muchas copias de cualquier libro en muy poco tiempo, mientras que antes copiar un libro llevaba años. Otros adelantos técnicos vinieron a sumársele, tales como la brújula o el astrolabio, que favorecieron enormemente la navegación, o la pólvora y las armas de fuego, que revolucionaron el panorama armamentístico y militar. Junto al movimiento renovador desde el punto de vista intelectual, se asienta a lo largo de los siglos XV y XVI una nueva ciencia, o ciencia experimental, que frente a los principios aristotélicos del pensamiento medieval intentaba explicar todas las cosas mediante al Razón y la experiencia. Aquí surge la teoría heliocéntrica de Copérnico, que, frente a la idea geocentrista medieval, formuló en 1543 el principio de que la Tierra y los demás planetas giraban en torno al Sol, la cual no pudo ser comprobada hasta el siglo siguiente. También hubo importantes avances en el campo de la medicina, como el descubrimiento de la circulación pulmonar de la sangre. Sin embargo, a pesar de todos estos adelantos y del evidente impulso que supone la curiosidad científica del Hombre renacentista, no hay que pensar que esta nueva ciencia se impuso totalmente en Europa, sino que por el contrario las supersticiones medievales perduraron durante largo tiempo.
En Italia era harto elevada la proporción de ciudades, florecientes gracias al periodo de expansión económica de los siglos XII y XIII, lo cual ocasionó que la burguesía tuviera allí mucha más importancia que en otros lugares. En realidad, la nobleza italiana, incluso los príncipes y tiranos, procedía en su mayoría del pueblo (con la excepción del reino de Nápoles) y la sociedad tendió a una menor jerarquización. El poderío económico y la influencia política de estos burgueses era cada vez mayor, hasta llegar a formar auténticas dinastías que llevaban prácticamente el gobierno de las ciudades, y fueron generoso financiadores e impulsores del arte renacentista. También era característico de Italia la alta proporción de abogados y sacerdotes respecto al conjunto de la población. Los abogados solían ser hombres sumamente cultos de ideas humanistas, con gran interés por la literatura clásica y la antigüedades, a menudos empleados en altos cargos de la administración de repúblicas y principados y que, con frecuencia, canalizaban y expresaban valores locales. Aunque más importantes aún eran los grandes mercaderes, sobre todo en los mayores centros comerciales: Venecia, Génova y las ciudades toscanas, en especial Florencia.
La era de los grandes descubrimientos geográficos.
Nunca en la historia de la humanidad se había dado una ampliación del mundo conocido a nivel universal tan vertiginosa como la que tuvo lugar en los siglos XV y XVI. En muy pocos años, como consecuencia de los grandes descubrimientos geográficos se amplia de un modo prodigioso el reducido Mundo conocido por el europeo, y consecuentemente el del resto de los Hombres, desde Asia hasta América pasando por África. Primero castellanos y portugueses y más tarde otros pueblos europeos se lanzan a alta mar al descubrimiento de nuevas tierras, azuzados por un fuerte afán de riquezas y aventuras. Velozmente, el Viejo Mundo, la bien definida imagen que comprendía Europa, África y Asia, con la ciudad santa de Jerusalén en el mismo centro y el oscuro océano a su alrededor, había desaparecido para siempre. En su lugar surgía un Nuevo Mundo, más grande, más extraño, más imponente, un Mundo cuyas maravillas parecían no tener fin.
Los portugueses encaminaron sus rutas a bordear África para llegar hasta Oriente, mientras que la corona castellana patrocinó el proyecto de Colón que pretendía llegar hasta las Indias navegando hacia el oeste, basándose en la teoría de que, contrariamente a la creencia de la época, la Tierra era redonda. Dicha teoría resultó ser cierta, lo que ignoraba Colón era que entre Europa y las Indias se hallaba un nuevo continente y que, en realidad, lo que acababa de descubrir, en 1492, era América. En 1519 una expedición marítima castellana al mando del portugués Magallanes consiguió, tras un viaje repleto de calamidades y penurias, dar por primera vez la vuelta al mundo, demostrando que, efectivamente, la Tierra era redonda y se podía circunnavegar. Las costas africanas, las Indias, Japón, Oceanía y demás territorios orientales, toda América... Todo un nuevo mundo se abría ahora, ofreciendo infinitas posibilidades.
Fueron varias las causas que impulsaron a castellanos y portugueses a embarcarse en arriesgadas e inciertas empresas marítimas. En principio, de carácter económico: la necesidad de una expansión económica debido al aumento de la población, la búsqueda de materias primas y de nuevos mercados, la falta de oro y metales preciosos que se estaban agotando en las minas europeas y el deseo de conseguir más baratas las especias y otros productos venidos del Lejano Oriente a través de una larga serie de intermediarios. También hay que tener presente la sed de aventuras del Hombre renacentista, cuya imaginación había sido estimulada por el Libro de las Maravillas de Marco Polo y el afán de enriquecimiento le hacía saltar a la aventura; así como el espíritu evangelizador de las Cruzadas, tan vivo en la Edad Media y que aún no había desaparecido por completo, el cual llamaba a los Hombres a marchar a esas nuevas tierras desconocidas a cristianizar, a fuerza de palos si era necesario, a sus habitantes (de aquí surge la leyenda del Preste Juan, un reino de cristianos rodeado de paganos, situado en algún lugar impreciso de Asia o África, al que se debía ayudar). Mas fue necesario que a esos estímulos humanos se les unieran un desarrollo científico de los estudios geográficos y unos descubrimientos técnicos de gran valor para la navegación: se desarrolló en gran medida la cartografía, con la realización de cada vez más precisos portulanos (mapas que detallaban las costas) y cartas marinas (que indicaban las corrientes), así como un mayor conocimiento del Sol y las estrellas para orientarse; la brújula y el astrolabio, empleados a partir del siglo XV, fueron de suma importancia para la navegación; se idearon dos nuevos tipos de naves, la nao y la carabela, más adecuadas para la navegación en alta mar que las hasta entonces utilizadas para el comercio galeras.
Pero los renacentistas no se sintieron muy atraídos por estas nuevas tierras descubiertas. Para aquellos que se interesaban por las ideas, la antigua Roma parecía encerrar más enseñanzas que el Nuevo Mundo, hasta el punto de que podríamos hablar de que Renacimiento y Era de los Grandes Descubrimientos no fueron sino dos grandes manifestaciones culturales que coexistieron en el mismo periodo de tiempo. Los motivos particulares de los exploradores y de las organizaciones que los financiaban sólo en parte se conjugaban con la ampliación de los horizontes intelectuales del Hombre renacentista. En general, los humanistas se interesaban poco por los relatos de los descubridores, excepto como curiosidad o ejemplos morales y tuvo que transcurrir algún tiempo para que la filosofía se hermanase con el descubrimiento. No obstante, el diluvio de información geográfica que cayó sobre Europa debía obligatoriamente ejercer un efecto depurador en una serie de temas al margen de la geografía, sobre todo en el estudio del Hombre, de la sociedad, la ética y la religión "natural". Ideas que parecían obvias se derrumbaron, normas de conducta que se creían absolutas deberían ser consideradas como relativas a fin de cuentas, ya no resultaba tan seguro como antes el que la civilización, en todos sus aspectos, fuera superior a la Naturaleza. El renacentista debía ver ahora todas las facetas de su condición humana y de su mundo bajo un prisma nuevo. Al reflexionar sobre el Nuevo Mundo, Europa tenía que volver a meditar sobre sí misma.
Los siglos XV y XVI fueron pues un periodo de intensa actividad cultural y también de febril expansión. En ninguna época anterior había existido tanta variedad, experimentación y prosperidad en las artes; ante las hazañas de los grandes descubridores, todas las anteriores fases de exploración (griega, romana, mongólica, árabe....) palidecían por su insignificancia. Dos cumbres de la capacidad humana: una de imaginación, otra de acción. Los geniales artistas y los grandes exploradores del XV y el XVI llevaron a cabo sus impresionantes logros siguiendo un impulso común, derivado de una experiencia compartida, un modo de pensar, una concepción de la vida llamada Renacimiento
EL ARTE DEL RENACIMIENTO
El RENACIMIENTO es una de las épocas más importantes para el devenir histórico y artístico de Occidente. Gran cantidad de las más importantes obras de arte se realizan en esta época, reconociéndose por primera vez las artes plásticas como tales y el valor del trabajo intelectual del artista. Amén del redescubrimiento de la cultura clásica que tanto influiría en épocas posteriores. Es en el Renacimiento cuando surgen algunos de los más grandes genios universales de arquitectura, escultura, pintura y todos los campos del saber, como Filippo Brunelleschi, León Battista Alberti, Donatello, Lorenzo Ghiberti, Masaccio y Sandro Botticelli.
Características del arte del Renacimiento.
También en arte se pretende un resurgir del mundo Antiguo. Se intenta revivir el estilo clásico, considerado feliz culminación del esfuerzo del Hombre por lograr un canon de perfección, acatándose como definitivo cuanto el genio de helenos y romanos produjo en todas las artes.
Mirando hacia los clásicos, el arte del Renacimiento se inspira en un concepto de belleza abstracta basada en arquetipos, es decir, cánones que se ajustan a una previa y calculada concepción de lo bello entendido como exactitud y proporción. Y en la elaboración de esta idea de belleza abstracta entra en juego de forma decisiva el sentido razonador del renacentista, quien, sin negar del todo la inspiración, le asigna una modesta parte en el acto creador, pues considera que la belleza del arte surge de leyes que establecen relaciones numéricas exactas. El número, la proporción, la regla de oro, la armonía, el orden, en fin, están presentes en todas sus obras. Esta exacta proporción entre las partes, esta justa relación entre los distintos elementos de la obra infunden a ésta una seguridad y reposo que se traduce en la sensación de serenidad, equilibrio y armonía. La pintura y la escultura, salvo en raras ocasiones, se propusieron dar una imagen plácida y serena de la realidad, y la arquitectura, en su contenido juego de líneas y volúmenes, aspiraba a presentarse como una totalidad orgánica en la que cada una de sus partes ejerciera su función sin esfuerzo alguno. Sin embargo, este principio idealista no excluía la obediencia a la naturaleza, tomada como modelo y maestra de sabiduría infalible. El estudio de la armonía, de la luz, de las leyes ópticas responde al afán del artista por acercarse a la naturaleza y poder representarla con toda la apariencia de realidad posible. La observación infatigable del Mundo es la virtud cardinal del artista.
En líneas generales, se pude considerar el arte renacentista como una exaltación del Hombre y el Mundo, los dos ejes que guiaban el pensamiento humanista de la época. Este antropocentrismo, unido al hecho de que el placer de los sentidos ya no se consideraba sospechoso de herejía y por lo tanto no había razón para privarse de las imágenes sensuales y los sonidos evocadores, y apoyado por el nuevo mecenazgo de la burguesía, hizo brotar en el arte nuevos géneros, perdiendo el arte religioso la total hegemonía que había mantenido durante el gótico, si bien su importancia continuaba siendo enorme. Con la revalorización del mundo grecolatino, a los temas cristianos se les suma ahora los relatos de la mitología romana y helena, frecuentemente con trasfondos religiosos, incluso mistéricos, y a veces de difícil interpretación excepto para círculos restringidos; el retrato se consolida como tema específico, consecuencia de los deseos de los mecenas burgueses de verse inmortalizados; merced a la revalorización del ser humano se cultiva buenamente el desnudo, prácticamente inexistente durante el Medievo; autores como Uccello hacen surgir en pintura el tema de las batallas.
En definitiva, el objetivo último del arte del Renacimiento fue hacer obras inspiradas en principios inmutables que asegurasen su permanencia ejemplar, tal como lo habían sido las grandes obras clásicas. Los artistas renacentistas se esforzaron en dar realidad a un arte insuperable y, por lo tanto, válido para siempre y para todo el Mundo. Universalidad y eternidad son las dos ideas rectoras del arte del Renacimiento.
En la arquitectura del Renacimiento sí se observa una marcada ruptura con el periodo anterior, pues el gótico había alcanzado en sus edificaciones durante sus últimas etapas unos logros y una perfección tales que ya resultaban difíciles de superar; las catedrales góticas no podían ser más ligeras ni más esbeltas, con lo que la arquitectura sólo podía optar entre repetirse o buscar nuevos caminos. Así, volviendo sus ojos hacia los clásicos, por supuesto, a la arquitectura renacentista la caracteriza el empleo de elementos constructivos grecorromanos, tales como el arco de medio punto, la bóveda de cañón, el frontón, los órdenes clásicos..., así como por su fuerte sentido de la proporcionalidad, también de herencia grecorromana. Se da un extraordinario desarrollo de la arquitectura civil, pues ya no sólo la Iglesia tiene el poder y el dinero para llevar a cabo grandes obras, sino que los señores burgueses también desean edificarse suntuosos palacios, edificios estos de creación renacentista. Sin embargo, siguen teniendo gran importancia las iglesias, inspiradas en las basílicas cristianas....
En escultura el Renacimiento irrumpe con los relieves de las segundas Puertas para el Baptisterio de Florencia por Ghiberti y muestra las mismas características comunes en todo el arte renacentista: vuelta a cánones clásicos, antropocentrismo y consiguiente revalorización de la figura humana. Factor también importante para esta escultura renacentista resulta ser el movimiento, en absoluto reñido con el ideal de equilibrio y proporcionalidad. Por primera vez desde la antigüedad se realiza una escultura exenta, el David de Donatello, pues durante la Edad Media sólo se había practicado el relieve y siempre como elemento decorativo de los edificios religiosos; mas no por ello el relieve deja de ejecutarse, antes al contrario, se estudia en él con afán el uso de la perspectiva debido al deseo de naturalismo, y el relieve llega a alcanzar unos niveles de perfección difícilmente superables.
La pintura toma una importancia que hasta entonces no se le conocía y resulta, sin duda, la manifestación que mejor acogió la influencia del nuevo arte. La práctica inexistencia de restos de pintura grecolatina no fue un impedimento para que los pintores renacentistas se empaparan de todo el sentir clásico de la época y lo plasmaran en sus obras, recogiendo de la escultura los cánones de proporcionalidad humana y de la literatura inspiradores relatos. Rompe la pintura renacentista con la puramente gótica, rígida y simbolista, inclinándose ahora por la belleza naturalista y el juego de volúmenes. La preocupación por el total realismo en la plasmación pictórica de una escena, que revierte en un arte verosímil y naturalista, llevó a un concienzudo estudio de la óptica y la perspectiva, estableciéndose en un principio la matemática perspectiva geométrica, basada en un haz de líneas que fugan en un punto, para más adelante ser superada por la perspectiva aérea. En el campo técnico resultó de suma importancia la aparición del óleo, esto es la utilización del aceite como aglutinante, técnica que aunque ya era conocida en la época medieval es ahora perfeccionada, principalmente por Jan Van Eyck, y extendida por toda Europa; el óleo, que permite crear veladuras merced a la superposición de capas y conseguir unas texturas perfectas y unas calidades brillantes en los objetos que los hacen hiperreales, es utilizado por los pintores renacentistas con maestría, confiriendo a las obras unos nuevos y revolucionarios valores de finura, brillo, minuciosidad y realismo.
También en la música influyeron las ideas renacentistas, naturalmente. Tal vez fue el Renacimiento el último periodo en el que la música disfrutó de una posición tan importante dentro de la cultura, pues todo el que gozase de cierto nivel educacional debía conocer tanto la teoría como la práctica musical. Esta música renacentista heredó de la religiosa medieval la polifonía, pero la orientó de manera totalmente distinta. La música ya no se creaba e interpretaba exclusivamente en ambientes religiosos y por juglares populares, sino que también comienza a tocarse en academias y salones de la nobleza. La música eclesiástica continuaba, no obstante, teniendo gran importancia y recogió la nueva estética, constituyendo las ceremonias religiosas fastuosos espectáculos audiovisuales gracias al talento de los maestros de capilla. Paralelamente, a lo largo del s. XVI la música instrumental comenzó a emanciparse, dado que el placer de los sentidos ya no se consideraba sospechoso de herejía y ya no existía razón, pues, para privarse del sonido evocador y la sugestión rítmica de los instrumentos, los cuales abandonan su papel de mero apoyo de la voz para pasar a un primer plano. De este modo, comenzaron a componerse obras para clavecín, órgano, laúd y toda clase de instrumentos de la época, y cobró gran auge la composición de obras para conjuntos. Importantísima en el proceso de difusión musical fue la aparición de la imprenta, siendo el veneciano Petrucci el primero que publicó, en 1501, un libro de partituras.
Importante también en el panorama cultural resultó la literatura, que goza de una etapa de esplendor. A parte de las obras ensayísticas de los humanistas y de los tratados teóricos de los artistas plásticos, se desarrolló a lo largo de los s. XV y XVI un amplio movimiento literario que desde Italia se extendería por toda Europa, a través de obras que caracterizan la nueva mentalidad como El Cortesano de Baltasar Castiglione, donde se traza el ideal del caballero del Renacimiento, y los poemas épicos en imitación de los clásicos latinos, donde destacan obras como Orlando furioso de Ariosto o Jerusalén libertada de Torquato Tasso. Nace en Italia, a partir de Arcadia de Sannazaro, el género de la novela pastoril. Importante también resulta la figura de Nicolás Maquiavelo, secretario de gobierno florentino a principios del siglo XVI, con su obra El Príncipe. Y la más bella poesía llega de la mano de Poliziano, poeta mediceo que inspiró algunos de los cuadros de Botticelli. Huelga explicar la importancia de la imprenta para la difusión y consecuente influencia de toda esta obra literaria.
Yo, el artista.
Es precisamente en el mundo de las artes donde surge el concepto originario de Renacimiento, como periodo de descubrimiento y revalorización del mundo clásico. El Renacimiento es el primer movimiento en tener plena consciencia de época. Sus integrantes se autodenominan Hombres del Renacimiento, como inauguradores de una nueva Edad, la Edad Moderna, por contraposición a la que ya identifican como Edad Media, nexo de transición entre el esplendor de la Antigüedad clásica y el nuevo esplendor de su propia época. Así, establecen tres momentos en las Historia del Arte: la Edad Antigua, el mundo clásico grecolatino paradigma de belleza y perfección; la Edad Media, un periodo de transición cuyo arte consideraban decadente y propio de los bárbaros, los godos (de ahí el término "Gótico"); su propia edad, la Edad de Oro, el Renacimiento del esplendor de la Antigüedad clásica.
Por primera vez los artistas plásticos reivindican su papel intelectual más allá del de meros artesanos y desean ser incluidos en la élite cultural y la alta sociedad, equiparándose a músicos y escritores, quienes si venían recibiendo un reconocimiento cultural. Es en el Renacimiento cuando los artistas comienzas a firmar sus obras, rompiendo con el anonimato medieval, e incluso a menudo recurren a un seudónimo artístico con el que ser identificados. Sus datos biográficos empiezan a ser recogidos por los especialistas en arte, sus teorías artísticas componen tratados de gran elaboración y sus escritos son publicados e intelectualmente reconocidos. El arte adquiere un prestigio inusitado hasta entonces, hasta el punto de que el buen cortesano debe ser entendido, tanto en la teoría como en la práctica, en todas las artes; y señores, cortes e Iglesia se disputan a los artistas de todas las ramas, pues el arte se convierte en un factor importante para el prestigio de una ciudad: cuantas más bellas obras de arte posea, cuantos más artistas trabajen en ella, mayores serán su reconocimiento y fama. Surge aquí el mito del genio moderno.
Todos los campos del saber estaban interrelacionados, sin noción de frontera entre letras y ciencias. El Hombre renacentista entendía tanto de historia como de medicina y practicaba por igual la pintura y las matemáticas, aunque obviamente, cada cual se especializaba y destacaba en una actividad concreta. Esto llevó a considerar el arte casi como una ciencia más, de ahí también en parte su reconocimiento intelectual, máxime cuando la vuelta a los cánones clásicos suponía la concepción de la belleza como algo exacto y matemático, sujeto a las leyes del número y regido por la armonía de las formas. Más aún cuando la labor del dibujante tomó una importancia hasta entonces inusitada por ser necesario a la hora de plasmar los descubrimientos técnicos y científico, ya fueran sofisticados inventos mecánicos o planos de anatomía humana, por lo que se confundió frecuentemente el papel del dibujante con el del científico. Además, dada la multiplicación de los temas, el artista debía tener profundos conocimientos de mitología, historia y teología para estar capacitado en la buena representación de lo que deseaba transmitir, lo que convertía a la figura del artista en la del Hombre integral, compendio de todos los saberes humanos, el genio múltiple ideal del Renacimiento.
El mecenazgo.
El patrocinio de la Iglesia sobre las artes sigue siendo mayoritario pero abandona el monopolio frente a la incipiente burguesía, enriquecida gracias al desarrollo comercial en Italia durante los siglos XII y XIII. Así, las florecientes repúblicas mercantiles se llenan de familias de comerciantes que establecen auténticas dinastías y que, acumulando riquezas y poder, logran hacerse con el poder práctico de las ciudades. La más importante de estas familias es sin duda la de los Medici, que apoyan su poder en la Banca internacional, el control de las rutas marítimas y el prestigio que les otorga ser mecenas de científicos y artistas.
La rica burguesía italiana, en especial la florentina, encargaba sus palacios a los mejores arquitectos y luego contrataba a pintores y escultores para su decoración. Los gobernantes y los ciudadanos, con un espíritu heredado de la época gótica, desearon embellecer su ciudad con construcciones de todo tipo. La Iglesia continuaba siendo el más importante patrocinador de los artistas, especialmente en el clima de lujo y ostentación que la caracterizó durante este periodo, llevando a cabo monumentales obras para las que hacia llamar a los mejores arquitectos y artistas. Se generó así, entre todos, un ambiente particularmente propicio para la proliferación de los artistas y el desarrollo del arte.
Gracias a esta entrada en escena del nuevo mecenazgo burgués, se produjo un aumento de los género, hasta ese momento limitados exclusivamente a la pintura religiosa. Se inicia con gran fuerza el esplendor del retrato, puesto que quienes pagaban el arte deseaban contemplarse en él, y con la revalorización del mundo grecolatino aparece el tema de la mitología romana y helena.
Evolución del arte del Renacimiento.
Pero no se trata el Renacimiento de una revolución cultural que corta bruscamente con toda la tradición medieval anterior, como se ha considerado hasta no hace mucho, sino por el contrario una evolución lógica de la misma. Los lazos que unían el Medievo con la Antigüedad clásica, si bien muy débiles, no habían llegado a perderse por completo, y con anterioridad al siglo XV ya se advierten otros intentos menores de recuperar el clasicismo. El Renacimiento se encuentra, pues, fuertemente enraizado en el periodo anterior, del que puede considerarse una especie de culminación. Las aportaciones más importantes para la creación del nuevo estilo las hallamos en el siglo XIV en las elaboraciones teóricas de personajes como San Francisco de Asís, los frescos de Giotto, las esculturas de los Pisano o las aportaciones técnicas de los primitivos flamencos, principalmente el óleo. La pintura de este Trecento rompe ya con la tradición medival descollando, especialmente Giotto di Bondone (1266-1344), quien, pese a mantenerse dentro de la corriente del Gótico apunta ya hacia un nuevo estilo con sus volumétricas figuras, su luz diáfana y moldeadora, su preocupación por la escena misma más que por el sentido narrativo, su utilización de fondos paisajísticos o arquitectónicos frente a los planos medievales, etc. Hay quien afirma que es con él con quien comienza realmente el Renacimiento, y si bien esta afirmación puede resultar exagerada por encontrarse en su obra, principalmente frescos, multitud de elementos medievales, no lo es el afirmar que fue el auténtico precursor de este movimiento.
Pero el Renacimiento en toda su plenitud comienza realmente coincidiendo con el siglo XV. En este periodo, denominado Quattrocento, se produce una auténtica explosión artística como consecuencia de esa gira de las miras hacia la Antigüedad clásica. Es un momento de gran creatividad y afanosa experimentación en todos los campos artísticos, movida por el espíritu investigador del humanista. Es ahora cuando el egocentrismo del Hombre renacentista le lleva a una revalorización del sí mismo y el Mundo, multiplicándose los temas, los artistas y su prestigio. La capital indiscutible de este panorama artístico es la ciudad de Florencia, en la región italiana de la Toscana, gobernada por la familia de los Medici, brillantes comerciantes y políticos burgueses que llegaron a hacerse con el control práctico de la ciudad pero manteniendo hábilmente su forma de gobierno republicana, siendo conocidos especialmente por su generoso mecenazgo para el arte. Es el siglo de grandes nombres propios como Brunelleschi, Michelozzo, Alberti, Donatello, Ghiberti, Masaccio, Piero della Francesca, Botticelli... y de obras como la cúpula de la Catedral de Florencia, las Puertas del Paraíso, El nacimiento de Venus... El Quattrocento desemboca, a principios ya del siglo XVI, en el periodo conocido como Cinquecento.
El Cinquecento es el periodo de asentamiento del estilo, de utilización de los resultados de las experimentaciones quattrocentistas, de apogeo de las novedades, de plenitud del Renacimiento. Sin embargo, este nuevo periodo dura en realidad poco tiempo, apenas dos décadas, pues pronto comienza a aparecer una nuevo estilo, el Manierismo, si bien la delimitación cronológica entre ambos periodos es más bien difusa, pues existen autores que realizan incursiones en ambos estilos. El Cinquecento es la continuación natural del Quattorcento, regido igualmente por los principios clásicos de perfección y belleza. En la arquitectura se aprecia una magnificencia mayor que en el siglo anterior y un distinto planteamiento centralizado de las plantas; destaca especialmente la dilatada obra del nuevo Vaticano, encargada originariamente por el Papa Julio II y en la que, prolongada desde 1502 a 1546, participan un variado plantel de arquitectos con nombres como Bramante, Rafael, Antonio de San Gallo el Joven y Miguel Ángel, y cuya cúpula se considera la cima de todo el arte cinquecentista. La escultura también continúa con la tradición del siglo anterior, tendiendo quizás ahora hacia una mayor monumentalidad. La pintura alcanza la conquista plena del clasicismo y un nivel incomparable, descollando auténticos portentos del arte universal, tales como Tiziano, Leonardo Da Vinci o el mismo Rafael. Nunca antes se había dado en pintura tanta perfección técnica, tal exactitud, tal naturalismo y realismo como durante este periodo. Rafael Sanzio (Urbino 1483 - Roma 1520), llamado "el Divino", resulta paradigma del ideal del Hombre renacentista, artista múltiple y ejemplo del equilibrio clásico cinquecentista; uno de los más sobresalientes pintores, autor, entre otras obras, de los frescos La Escuela de Atenas y La disputa del Sacramento, así como un afamado arquitecto, que participó en la construcción de la Basílica de San Pedro del Vaticano; fue uno de los primeros artistas en realizar incursiones manieristas, advirtiéndose en sus últimas obras numerosos rasgos de esta estética, como en los frescos Expulsión de Heliodoro o Incendio del Borgo. Roma pasa a convertirse en el Cinquecento en la capital artística de Europa, perdiendo Florencia el gran protagonismo que tuvo durante la etapa anterior; esto es debido principalmente a la recupración del poder papal, el cual había estado en entredicho durante el siglo XV, con el consiguiente aumento del mecenazgo artístico de la Iglesia, que pretendía embellecer el Vaticano.
Una de las figuras que sobresalen con luz propia en este siglo XVI es Leonardo Da Vinvi (Vinci, Florencia 1452 - Castillo de Cloux, Amboise 1519), Hombre del Renacimiento por antonomasia. Compendio de todas las virtudes que se le atribuían al perfecto renacentista, es a la vez excepcional artista, infatigable científico, brillante inventor, persona inquieta y experimentadora, ducha en todos los campos del saber y las artes, un genio como pocos ha habido en toda la Historia de la Humanidad. Nos ha legado una ingente cantidad de notas y apuntes sobre toda clase de temas, desde curiosos aparatos voladores hasta planos de anatomía humana. El incansable estudio de la óptica llevó a Leonardo a conseguir notables aportaciones al campo de la perspectiva, tales como la perspectiva aérea, que supera a la rígida y falsa perspectiva geométrica, y la revolucionaria técnica del sfumato. Su obra más popular quizás sea la Gioconda, el retrato de Monna Lisa, tal vez el cuadro más famoso de la Historia de la pintura, rodeado de un sentido enigmático y una eterna universalidad.
El Cinquecento deja, sin embargo, pronto paso a una nuevo estilo: el Manierismo. El Manierismo resulta un movimiento de oposición al clasicismo, de ruptura del hasta entonces tan idolatrado lenguaje grecorromano en un afán de novedad y rebeldía. No se pierden las referencias al Mundo Antiguo ni sus motivaciones, y los recursos plásticos y los elementos formales propios del clasicismo siguen siendo utilizados, pero ahora el artista busca la tensión en lugar del equilibrio, el agobio espacial enfrentado a la amplitud, el colorido intenso y apasionado en vez del suave y sosegado, la luz viva en contra de la homogénea, la volumetría frente a la gracilidad, la sorpresa y la zozobra oposición al orden y, en fin, la expresividad sustituye al idealismo. El nuevo estilo pronto traspasó las fronteras de Italia y alcanzó un carácter más internacional que el Renacimiento clasicista del Quattrocento y el Cinquecento, resultando sus manifestaciones más homogéneas por toda Europa. Suele considerarse que el Manierismo comienza en torno a 1520 con la descollante figura de Miguel Ángel Buonarroti (Caprese, Casentino 1475 - Roma 1564), precoz artista, heraldo de esta vanguardia, que nos ha legado tan trascendentes obras como su popular David, la finalización definitiva de la Basílica de San Pedro del Vaticano o la impresionante decoración de la Capilla Sixtina, en la que plasma su famosísima Creación de Adán. Sin embargo, ya en 1515 se advierte un foco de manierismo en la ciudad de Florencia de la mano de pintores como Pontormo y Rosso, amén de las incursiones manieristas de Rafael. El Manierismo, considerado durante mucho tiempo como una simple decadencia del estilo renacentista, se trata en realidad de un estilo cultural y artístico profundamente intelectualista y refinado, que se enfrentó al equilibrio y desapasionamiento del Renacimiento clásico para desembocar, finalmente, en el siglo XVII, en una nueva etapa artística: el Barroco.
EL QUATTROCENTO ITALIANO
Florencia y los Medici.
El QUATTROCENTO italiano tiene nombre propio: Medici. Y un centro neurológico claro: Florencia
La ciudad italiana de Florencia, capital de la región de la Toscana, resulta ser indiscutiblemente la capital artística del Renacimiento durante el siglo XV. Cuna de grandes genios y hogar de importantes mecenas, Florencia ofrecía las más propicias condiciones para el florecimiento de la vida artística. El generoso patrocinio de los burgueses, y en especial de la familia Medici, que gobernaba la ciudad, unido a la coincidencia de grandes talentos, tales como Botticelli, Ghiberti y Alberti, algunos allí nacidos y otros atraídos por el mecenazgo y ambiente de esta brillante urbe, confirieron a Florencia un vida cultural y artístico no comparable con el de otras ciudades de su siglo. Algunos de los más importantes talleres, como el de Verrocchio y el de Pollaiuolo, se encuentran en esta urbe y los artistas de todo el mundo occidental entienden Florencia como un paso obligado en su formación, lo cual cebó todavía más este ambiente creativo. Cierto es que otras ciudades alcanzaron también un importante renombre en los círculos artísticos, como Venecia, Roma, Perusa o Padua, pero sus obras no podían en modo alguno hacer sombra a la Catedral de Santa María dei Fiori, el David de Donatello o los frescos de la Iglesia Carmine, por poner algunos ejemplos, que se encontraban en la capital toscana. Así, embellecida por toda esta serie de obras de arte, Florencia podía considerarse una de las más hermosas ciudades de la época, si no la más, y su legado renacentista permanece aún hasta nuestros días.
Debe agradecer la ciudad de Florencia en gran medida su importancia a la Casa de los Medici. Los Medici fueron una familia de banqueros y comerciantes, perteneciente a la cada vez más pujante burguesía, que, con gran habilidad para la diplomacia y los negocio, llegaron a gobernar Florencia, estableciendo una auténtica dinastía que duró cuatro centurias. Brillantes políticos y comerciantes, arruinaban a sus enemigos y manejaban a los políticos, llegando a hacerse con el dominio del gobierno florentino pero manteniendo hábilmente su sistema gubernamental republicano. Apoyaban su poder en la Banca internacional, el control de las rutas marítimas mercantiles y el prestigio que les aportaba ser mecenas de numerosos artistas y científicos. Naturalmente, existieron otras familias burguesas de importante renombre y poderío económico, como los Rucellai, los Pitti o los Strozzi, pero fue el apellido Medici el que se convirtió en el más importante del Quattrocento.
La primera vez que los Medici alcanzaron notoriedad en Florencia fue a principios del siglo XIII, como comerciantes y prestamistas, y en la década de 1260 pasaron a formar parte de la vida pública. Gracias a sus numerosos negocios y a sus operaciones comerciales, los Medici se convirtieron en una de las familias más ricas de la Italia del siglo XV, y respaldaron siempre a la facción popular frente a los gobernantes aristocráticos de la ciudad. Cosme de Medici el Viejo, banquero del Papa y de los reyes de Francia e Inglaterra, inició el irrefrenable ascenso de esta familia. Se trataba de un político sagaz que estableció el dominio de la familia en Florencia a partir de 1434. Su nieto, Lorenzo el Magnífico, reafianzó el control de los Medici y convirtió a la familia en una de las más poderosas de la Italia renacentista, continuando la política de equilibro y bienestar social iniciada por su abuelo. Fueron expulsados en dos ocasiones de la ciudad por sus rivales políticos (1494-1512 y 1527-1530), mas las dos veces regresaron, gracias a la ayuda de España. Dos de los papas más destacados del Renacimiento, León X y Clemente VII, fueron miembros de la familia Medici. Clemente concedió a Alejandro de Medici el título de duque de Florencia. Cuando Alejandro fue asesinado, Cosme I, miembro de la rama de menor antigüedad de la familia, le sucedió y posteriormente se convirtió en el gran duque soberano de Toscana. Sus descendientes gobernaron Florencia hasta 1737.
Pero si la Casa Medici es recordada como de preclaros diplomáticos, con igual fuerza es conocida por su sobresaliente mecenazgo artístico. Fueron los miembros de esta familia unos de los mayores promotores del arte durante el Renacimiento, especialmente en el Quattrocento. Apreciaron en gran medida las manifestaciones artísticas y un sinfín de obras, desde palacio hasta esculturas para decorarlo, pasando por f