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La lectura. De la descodificación al hábito lector




Enviado por Jorge G. Paredes M.



    1. Descodificación y lectura:
      aproximación conceptual e
      histórica
    2. Del descodificar al
      leer
    3. La primera gran fase de la
      alfabetización europea: El papel de las iglesias
      cristianas
    4. Democratización y
      alfabetización
    5. La escuela y la
      lectura
    6. La familia y la
      lectura
    7. Bibliografía

    Introducción

    Es comúnmente aceptado que la escuela tiene
    como una de sus metas la formación o reforzamiento del
    hábito lector. Es también ampliamente conocido que
    se suele hablar de una crisis de la
    lectura. Es motivo de análisis, tanto en libros como en
    artículos, conferencias y foros, la supuesta tendencia a
    leer cada vez menos, tanto entre los niños,
    como entre jóvenes y adultos. Las instituciones
    educativas demuestran especial preocupación por este
    hecho, que sabemos ha generado diversas interpretaciones. Se ha
    puesto especial énfasis en señalar que nuestros
    niños y jóvenes ya no responden a los mismos
    intereses que fueron los que, en generaciones atrás,
    despertaron la ilusión para leer determinados temas,
    géneros, obras, que parecen hoy no concitar el
    mínimo de atracción. Se ha producido una fractura
    generacional que ha envuelto cambios significativos en cuanto a
    intereses, gustos, preocupaciones.

    La lectura, como hecho cultural, es dinámica. No siempre se ha leído
    igual ni lo mismo. Lo que en el medievo europeo concitó el
    interés
    y la atracción de los lectores no es el mismo que atrajo a
    los lectores del mundo occidental de los siglos XVIII y XIX. El
    siglo XX, sobre todo desde su segunda mitad, se vio envuelto en
    cambios muy profundos debido al surgimiento y afianzamiento de
    las nuevas
    tecnologías de la comunicación y de la información.

    En esta vorágine de cambios, tan significativos,
    la lectura, más que haber entrado en una crisis
    agónica, realmente se encuentra atravesando una etapa de
    mutación profunda, consecuencia de los cambios
    tecnológicos que hemos visto desarrollarse y que han
    repercutido en los más variados aspectos de nuestras
    sociedades y
    culturas. El paso del rollo al códice, en cuanto a
    escritura y
    lectura, significó un cambio
    realmente revolucionario. Roger Chartier ha puesto especial
    énfasis en las profundas implicancias de esta
    transición. El otro verdadero cambio revolucionario lo
    constituye el paso del códice al texto digital.
    La imprenta y la
    cultura
    impresa, sin desconocer los cambios significativos que
    también supusieron, no han llegado a tener las
    características de ruptura que sí significa el paso
    a la cultura escrita digital.

    La escuela tiene que desenvolverse dentro de los cambios
    que nos ha tocado vivir. Como toda etapa de transición
    significa desconciertos, dudas, nuevos objetivos y
    nuevos procedimientos.
    Estos cambios exigen, de parte de los profesores y de todas las
    personas e instituciones vinculadas con la cultura, conocer y
    enfrentar los nuevos desafíos, tratando de encontrar
    respuestas y soluciones
    inteligentes, plenamente realistas.

    La lectura constituye un objetivo tanto
    de la escuela como de la familia y
    de la sociedad toda.
    Inmersa en la sociedad y en la cultura que suele denominarse
    posmoderna, enfrenta una serie de problemas que
    es necesario conocer para, con ese fundamento, concebir esas
    respuestas realistas que se suelen demandar.

    El objetivo de este trabajo es
    lograr un acercamiento al tema maravilloso de la lectura,
    pero centrado en nuestra posición de educador. No se
    pretende dar recetas de cómo hacer lectores, que dejamos
    establecido desde el comienzo nadie las conoce, simple y
    llanamente porque no las hay. Nuestra intención es lograr
    una mayor divulgación de tan importante y trascendental
    tema, porque conociéndolo -lo más adecuadamente
    posible- sabremos comprender sus mecanismos y desentrañar
    sus complejidades. Es ese conocimiento
    lo que realmente nos brindará la más valiosa ayuda
    para alcanzar nuestras metas en cuanto al fomento de la lectura,
    que necesariamente tiene que tener en cuenta las nuevas
    modalidades, los nuevos intereses y las nuevas
    tecnologías. La lectura en formato digital no es el
    futuro. Es ya presente y como tal tiene que ser también de
    nuestro interés. La pasión lectora,
    independientemente de su soporte, tenemos que trasmitirla. No hay
    llave mágica para abrir el mundo de la lectura. Constituye
    un desafío. No hay camino único por el cual
    transitar hacia el lectoespacio. Si logramos contagiar nuestra
    pasión lectora, conseguiremos abrir la puerta hacia el
    maravilloso mundo de la lectura.

    Descodificación y lectura: aproximación
    conceptual e histórica

    Para que podamos pensar en generar o incentivar el
    hábito de la lectura se necesita, como condición
    previa, el aprender a leer. Ocurre que leer no es un concepto
    unívoco. Encierra múltiples significados e
    involucra diversidad de aspectos. Se ha señalado, con gran
    acierto, que el verbo leer es mucho más transitivo que el
    verbo hablar, porque no solo se leen textos, sino también
    imágenes, escenas, rostros, gestos, etc.,
    etc. Cuando decimos que aprender a leer es condición
    previa para poder -en
    algún momento- lograr el hábito de la lectura, nos
    estamos refiriendo a leer como el proceso por el
    cual se aprende a descodificar o descifrar un determinado
    sistema de
    escritura. Se aprende, en los sistemas
    escriturales alfabéticos, a reconocer las palabras, las
    oraciones, pequeños textos, conociendo las relaciones
    entre las grafías y los fonemas. Esta etapa inicial del
    aprendizaje
    del leer que se da -por lo general- en la escuela, tiene su
    prehistoria en
    el entorno familiar. Esta fase previa posee una trascendental
    importancia para la creación del hábito de la
    lectura. Ella ha sido caracterizada como la lectura antes de
    saber leer.

    Se puede afirmar que la escuela cumple a cabalidad con
    la enseñanza de la lectura y la escritura en
    este primer nivel, que es básicamente descodificador. Casi
    todos aprendemos a leer y a escribir en los primeros años
    del nivel primario. Tenemos que reconocer que la escuela ha
    cumplido y cumple satisfactoriamente con esta misión
    importantísima. Aunque, como es ampliamente conocido, la
    metodología y la praxis sobre
    la lecto-escritura ha ido evolucionando y desde ya hace unos
    decenios atrás se encuentra fundamentada en valiosas
    investigaciones interdisciplinarias, las que han
    permitido una adecuada comprensión de cómo se
    producen estos complejos procesos del
    aprender a leer y escribir, que, guardando estrecha
    relación, difieren, -sin embargo- con los procesos de leer
    y escribir. Es de amplio conocimiento entre los educadores y
    psicólogos de la educación que,
    durante mucho tiempo, se
    discutió acerca de la metodología más
    adecuada para la enseñanza de la lectura. Kenneth S.
    Goodman señala, por ejemplo, que por un tiempo la
    principal controversia, en este aspecto metodológico, se
    centró en el enfrentamiento entre el método
    fónico y el método global. Ambos, sin embargo,
    tenían en común la pretensión de constituir
    el mejor camino para un mismo objetivo: la enseñanza de la
    lectura y la escritura. El objetivo supremo era alcanzar la
    alfabetización universal, y, para ello, se tenía
    confianza que la ciencia
    proveería soluciones para todos los problemas educativos.
    Esta controversia acarreó múltiples aspectos, como
    es -por ejemplo- lo que se ha denominado el mito del
    aprender para leer y del leer para aprender, que hacía que
    la enseñanza del proceso descodificador se centrara en el
    primer año de la primaria, para continuar en los
    siguientes grados con el leer para aprender, es decir la lectura
    al servicio del
    aprendizaje. (Al respecto se puede leer el importante trabajo
    de
    Laura Robb "The Myth. Of learn to read/read to
    learn"
    ). Actualmente sabemos que ambos
    procesos son simultáneos y, sobre todo, permanentes.
    Sabemos que el aprender a leer nunca termina. Esto hace que, por
    ejemplo, hoy tengamos mucho más claro que cada nivel
    educativo tiene, o debería tener, sus metas en cuanto a lo
    que es realmente la alfabetización. Que ella, como
    analizaremos, no se reduce al simple aprender a leer y escribir,
    es decir al dominio del
    proceso descodificador. La prestigiosa educadora argentina Emilia
    Ferreiro al respecto, señala: "…La idea de que la
    alfabetización acaba en los dos primeros años de la
    primaria impide ver cuál es la tarea alfabetizadora propia
    de los niveles siguientes, impide ver que la
    alfabetización es un proceso y no un estado que se
    logra de una vez por todas. Entonces seguiremos
    quejándonos de que el nivel anterior no hace lo que hace y
    nunca haremos lo que nos toca hacer. Efectivamente llegan mal,
    pero también es cierto que aunque lleguen bien yo tengo
    que seguir alfabetizando. Ese asunto de llegan mal, cada vez
    saben menos, no me parece un diagnóstico correcto… Cualquier profesor, el
    de Historia,
    Ciencias
    Naturales, el que sea tiene que preguntar si entendieron o no
    y si no lo entendieron qué pasó. Y no, simplemente
    no lo entendieron «profesor de lengua
    ocúpese». No". (
    Nora
    Veiras en Diálogo con Emilia
    Ferreiro
    )

    Como nos recuerda Inés Dussel en la
    presentación del libro de Berta
    Braslavsky titulado "¿Primera letras o primeras lecturas?
    Una introducción a la alfabetización
    temprana", hace ya más de 40 años la citada
    prestigiosa estudiosa argentina publicó "La querella de
    los métodos en
    la enseñanza de la lectura", obra que, como señala
    Dussel, "marcó un hito en la didáctica de la lectoescritura". (Braslavsky, 2003, p. 9).
    Actualmente se tiene una visión más profunda y
    certera de los mecanismos que intervienen en los procesos que
    hacen posible la adquisición del lenguaje oral,
    así como de la escritura y la lectura, lo que tiene que
    ver con lo que es el desarrollo de
    los procesos psicológicos superiores. Hoy en día
    comprendemos mejor que, como señala Goodman, el hablar y
    el escribir son procesos productivos, en tanto que leer y
    escuchar son receptivos. Cuando se utiliza el lenguaje
    productiva o receptivamente, se llevan a cabo complejas
    transacciones entre pensamiento y
    lenguaje. Hablar, escribir, escuchar y leer son procesos
    psicolingüísticos de índole tanto personales
    como sociales. (Cfr. Goodman, K. "El proceso de la lectura:
    consideraciones a través de las lenguas y del desarrollo",
    1982). Los aportes de Vygotsky en este aspecto son sumamente
    valiosos. Braslavsky los ha analizado y condensado magistralmente
    en su obra mencionada.

    Los docentes que
    hoy se encargan de la trascendental misión de guiar al
    niño en la compleja tarea de leer y escribir, poseen tanto
    técnicas y procedimientos como
    conocimientos teóricos correctos, los cuales les permiten
    realizar esta función de
    la forma más adecuada, conociendo cuáles son los
    mecanismos físicos, psicológicos y
    sociológicos que hacen posible que un ser humano, en
    especial un niño, pueda adquirir estas habilidades, estas
    destrezas. Hoy está casi totalmente superada la
    polémica que enfrentó a los defensores de los
    métodos analítico y sintético. Actualmente
    predomina un eclecticismo, pero que pone especial énfasis
    en ser conscientes de la singularidad que significa cada
    niño y que, por ello, se requiere tener en cuenta estas
    individualidades para adaptar los métodos y las
    técnicas a los casos concretos.

    Hoy por hoy somos muy conscientes que ha existido una
    fuerte ideologización en la cuestión de los
    métodos de la enseñanza de la lectura y escritura.
    Se considera, por ejemplo, muy simplista el señalar como
    conservadores o tradicionales a los métodos
    sintéticos o ascendentes y por lo tanto de renovadores y
    modernos a los métodos analíticos, globales o
    descendentes. Se precisa que con los lectores potencialmente
    competentes varios métodos pueden ser efectivos. Pero el
    problema se presenta con los que se consideran "malos lectores",
    es decir con aquellos para quienes aprender a leer y escribir se
    torna muy dificultoso. Es aquí cuando realmente los
    métodos prueban cuál es realmente su valor. Pero no
    es que alguno de ellos sea el que tiene más valía.
    Lo que efectivamente sucede es que va a depender de los casos
    concretos de los niños que presentan problemas, es decir
    de las dificultades específicas que encontremos para los
    casos individuales. Y aquí hallamos que lo que puede ser
    bueno para uno no lo será para otro. Es cuestión
    que el maestro analice los casos y, en la práctica, vea
    cual o cuales procedimientos valen para un caso determinado.
    Tener en cuenta que si bien es cierto que por diversos
    métodos se puede enseñar a leer y escribir (incluso
    se ha aprendido durante mucho tiempo con métodos que hoy
    se consideran inconvenientes), no es menos verdad que lo que
    tiene que buscarse es el método que no sólo
    enseñe a leer, sino también que reduzca el fracaso
    lector al mínimo o lo elimine completamente. No
    está de más señalar, sin embargo, que con
    métodos hoy considerados inadecuados, no sólo se
    aprendió a leer, sino que con ese basamento surgieron
    verdaderos lectores, lo que ya permite avizorar que el
    hábito lector no está determinado, aunque si
    condicionado, por el o los métodos más adecuados
    utilizados en la enseñanza de la lectura y la
    escritura.

    Hoy está perfectamente claro que en el aprendizaje de
    la lectura hay tres fases -no etapas. Estas tres fases son: la
    logográfica, la alfabética y la ortográfica.
    La primera lleva ese nombre porque el niño reconoce logos
    o marcas de
    productos que
    aparecen en avisos publicitarios. Memoriza palabras apoyado en
    indicios extralingüísticos, pero comete muchos
    errores porque realmente no lee, sino adivina (lectura
    adivinanza) Esta fase precede a la etapa escolar. En la escuela
    -en la generalidad de los casos- se dan las siguientes dos fases:
    la fase alfabética (algunas veces se inicia en el hogar),
    en la cual se comienza a utilizar la mediación
    fonológica; y la fase ortográfica, en la cual las
    palabras se analizan en unidades ortográficas sin recurrir
    sistemáticamente a la conversión fonológica.
    El niño utiliza entonces el procedimiento de
    acceso directo, gracias al cual reconoce directamente la palabra.
    (cfr. Golder, C y D. Gaonac’h, 2002, pp.171-179)

    Si aprender a hablar una lengua materna
    es un hecho natural derivado de nuestro proceso de socialización, leer y escribir exige la
    interactividad entre el niño y el educador. Como bien se
    ha señalado "al contrario de lo que sucede con la
    lengua oral, que se adquiere no sin esfuerzo del aprendiz, sino
    en situaciones espontáneas, la lectura no se adquiere, se
    aprende y, con frecuencia, en situaciones provocada por el
    entorno". (Golder, Carolina y Daniel Gaonac’h, 2002, p.
    169).

    La alfabetización es pues una tarea
    instruccional: nadie aprende a leer sin método. Jean Chall
    señalaba que la adquisición del lenguaje hablado no
    necesita instrucción, pero que en cambio nuestros cerebros
    requieren de un método para aprender a leer. Esto implica
    que no se puede desconocer la importancia de la enseñanza
    de las habilidades indispensables para que se pueda realizar el
    proceso descodificador, que a su vez significa poder llevar a
    cabo la asociación grafema-fonema, la
    descomposición silábica, la toma de conciencia
    fonológica, etc. Todos sabemos que la palabra escrita es
    un estímulo gráfico y que debe ser procesada
    visualmente, sin que esto implique que las palabras se procesen
    como dibujos. A
    veces se ha caído en el error de considerar las palabras
    como dibujo y, a
    partir de allí, pretender iniciar un proceso de
    aprendizaje lector. Actualmente sabemos que existen diferencias
    muy significativas, desde el punto de vista psicológico,
    entre el reconocimiento de palabras y el de dibujos No siendo las
    palabras dibujos y sabiéndose, sin embargo, que para su
    procesamiento mental actúan como estímulos gráficos, debe tenerse el adecuado cuidado
    para no caer en la tentación de enseñar como si lo
    fueran. Debe siempre tenerse en cuenta que dentro del proceso de
    la lectura los movimientos oculares son indicios de actividades
    verbales más complejas. Las palabras están
    asociadas a sonidos concretos. Lo fonológico es
    también sumamente importante. Las palabras tienen imagen y sonido.
    Aprendemos a leer captando imagen y verbalizando. La psicología
    cognoscitiva ha puesto en su exacta dimensión el papel que
    juega lo fonológico en la lectura experta. La lectura oral
    es fundamental tanto ontogenética como
    filogenéticamente hablando. La larguísima etapa de
    oralidad en la historia humana ha dejado su impronta incluso en
    sociedades letradas como la nuestra, donde la escritura y la
    lectura han tenido consecuencias tan profundas en la estructura
    misma del conocimiento, tal como lo ha estudiado magistralmente
    David R. Olson. (Olson, 1998).

    No es nuestra intención ni de nuestra competencia
    seguir con el tema estrictamente técnico de la
    enseñanza de la lectura y de la escritura. Pero lo que
    sí queremos dejar bien en claro es que leer no solo es
    descodificar. Sin embargo el aprender a descodificar es requisito
    sine qua non para la lectura. Algo más, se tiene que
    aprender a descodificar lo más adecuadamente posible
    porque solo así se podrá realizar una adecuada
    lectura. Se tiene que alcanzar un grado tal de automatización en el proceso descodificador
    que haga posible el poder adquirir una habilidad de lectura
    fluida. De no ocurrir ello, la descodificación
    demandaría un exceso de concentración en el proceso
    descodificador mismo, y, por lo tanto, distraería la
    capacidad de comprensión. El nivel de
    descodificación logrado debe hacer posible alcanzar el
    dominio fonológico y léxico. El primero tiene que
    ver con el proceso de descomposición, en tanto que segundo
    con el reconocimiento de palabras. Cuando se ha logrado que la
    descodificación forme parte de una habilidad eminentemente
    automática podrán leerse, con relativa facilidad,
    palabras nuevas e incluso de significado desconocido. Con el
    tiempo se aprenderá a aplicar técnicas
    metalingüísticas para deducir, en algunos casos, su
    significado teniendo en cuenta el contexto. Pero, también,
    una buena descodificación permitirá leer con mayor
    fluidez las palabras ya conocidas, las que vemos con más
    frecuencia. Lo ideal es lograr tal grado de destreza
    descodificadora que permita una lectura estrictamente
    léxica, lo que hará posible una lectura fluida y
    cada vez más veloz, en la medida que se prescinde de la
    descomposición fonológica. El niño que no
    "lee corrido", es decir que silabea, se ha quedado en la destreza
    fonológica y por ello se le hace difícil leer.
    Algunas veces el niño tiende a aprender de memoria y cuando
    se le pide que lea, lo que hace es repetir lo que escuchó
    y recuerda. Por eso constatamos que "lee" cosas que no
    están escritas en el texto. Cuando se le pide que
    realmente lea lo que está escrito, el mal descodificador
    (todavía no es lector) comenzará a silabear. Se
    tendrá que trabajar -en este caso- para que adquiera
    adecuadamente la destreza descodificadora.

    Si se presentara problemas en el proceso del aprendizaje
    descodificador el maestro está actualmente en capacidad,
    con la ayuda de psicólogos especializados, de determinar,
    primero, el tipo de problema que presenta el niño y, luego
    de esto, el determinar que estrategias
    metodológicas va a seguir. Si, por un tiempo, se puso casi
    de moda considerar
    como dislexia
    cualquier dificultad en el proceso lectoescritor, para suerte hoy
    ya se conoce bastante bien los problemas que se presentan y, lo
    que es más importante, cómo pueden ser
    adecuadamente enfrentados. El docente debe evitar el facilismo de
    etiquetar a los alumnos con problemas de aprendizaje de lectura y
    escritura. Lo que tiene que hacer es -en estos casos- tratar de
    precisar cuál es la naturaleza del
    problema y, si es necesario, asesorarse con el personal
    especializado de psicología. Solo así podrá
    instrumentar una estrategia
    metodológica adecuada al caso.

    Siendo fundamental la descodificación, sin
    embargo, para que esta se convierta en leer tiene que tener otras
    características, que por el momento podemos resumirla en
    una palabra: comprensión. Podemos hacer que una persona de
    cultura media, pero no familiarizada con temas
    filosóficos, nos «lea», por ejemplo, "Ser y
    Tiempo" de Martín Heidegger. Encontraremos que, si posee
    un buen nivel de dominio descodificador, casi no va a tener
    mayores dificultades en descodificar los signos
    escriturales y oralizarnos el texto. Pero, si le solicitamos que
    nos explique con sus propias palabras aquello que nos está
    "leyendo" nos encontraremos que no va a poder hacerlo, porque,
    entre el texto -que con relativa facilidad descodifica- y su
    comprensión, se interpone una valla que no puede
    traspasar. Por esta razón, si solo de este
    hipotético lectodescodificador dependiera, se
    detendría en su proceso descodificador, porque solo se
    está limitando a verbalizar palabras que aparecen dadas en
    un texto y que carecen totalmente de sentido para él.
    Nadie va a leer algo que no comprende. Es esta la razón
    por la cual Felipe Garrido dice que en realidad todos lo seres
    humanos somos analfabetos especializados, es decir analfabetos en
    las disciplinas que no conocemos o conocemos tan superficialmente
    que nos impide leer un texto, porque no conocemos sus
    códigos y sin ello no es posible intentar un proceso
    descodificador. Es lo que sucede cuando nos encontramos con un
    texto escrito en una lengua que no conocemos. O cuando de pronto
    aparece dentro de un texto que estamos leyendo una cita en
    latín u otro idioma que no dominamos. ¿Acaso no es
    cierto que se requieren obras de divulgación para leer
    ciertos temas? Y con las limitaciones propias de esas
    divulgaciones, que de todas maneras van a exigir una cultura
    medianamente alta. ¿Pondría Ud. en las manos de una
    persona de un bagaje cultural pobre una obra como "Historia del
    Tiempo. Del big bang a los
    agujeros negros" de Stephen W. Hawking? Es el propio afamado
    cosmólogo inglés,
    por ejemplo, quien en la introducción de su obra
    mencionada desaconseja a los lectores a leer su "The large scale
    structure os spacetime", por ser "altamente técnica y
    bastante árida".

    En pocas palabras: lo que no podemos comprender no
    podemos leer. Leer implica comprender. Lógicamente se
    podría, y en algunos casos es lo que se hace, interesarnos
    en conocer aquello que nos resulta abstruso, desconocido,
    incomprensible. Se tiene que aprender sobre aquello que queremos
    leer o, en su defecto, profundizar los conocimientos previos
    elementales que podemos tener. Leer implica pues
    aprehensión. Esto nos lleva a otro aspecto de la lectura:
    leer es, por lo general, un desafío. Estoy tentado a
    sostener que toda verdadera lectura es siempre un desafío,
    porque ella no es, como muchas veces se piensa, un acto pasivo,
    en ninguno de los soportes en los que actualmente aparecen los
    textos. La intertextualidad y la interactividad no solo se dan,
    como suele pensarse, en la escritura y lectura digital, en los
    hipertextos, en lo que se ha venido en denominar la hiperlectura.
    También la encontramos en los diversos textos que aparecen
    en formato de papel. Cuanto más aprendamos a leer (su
    aprendizaje nunca termina) más desafíos nos
    impondremos. Esto nos llevará al tema del para qué
    se lee, que más adelante tendremos oportunidad de
    analizar. Por ahora podemos, simplificando, reducirlo a leer para
    informarnos, para conocer, para saber, y leer por leer, leer por
    placer, leer por gusto, leer para o por nada, que es a la vez
    leer por todo y para todo. En su bellísimo prólogo
    a la edición
    2003 de "La experiencia de la lectura. Estudios sobre la literatura y
    formación", Jorge Larrosa nos dice: "Yo, por mi parte,
    nunca sabré qué es leer, aunque para saberlo
    continúe leyendo con un lápiz en la mano y
    escribiendo sobre una mesa llena de libros. Nunca sabré
    qué es lo que lo que he escrito, aunque lo haya escrito
    para saberlo. Y nunca sabré qué es lo que tú
    vas a leer, aunque te haya inventado para poblar los
    márgenes de mi escritura y para que, desde allí, me
    ayudases a escribir." (Larrosa, Jorge, 2003, p.21)

    Otro aspecto importante vinculado a la enseñanza
    de la lectura en la escuela es el concerniente al momento
    apropiado para su iniciación. Si actualmente se acepta lo
    que ha venido en denominarse alfabetización temprana, sin
    embargo hasta no hace muchos años atrás se
    planteaba, con mucha estrictez, el problema de cuándo
    comenzar a enseñar al niño a leer y escribir
    ¿A los cuántos años comenzar con esta
    enseñanza? Algo más: ¿debería
    comenzar en la etapa preescolar, es
    decir en el llamado nivel inicial? ¿5, 6 o 7 años?
    ¿Y qué del aprestamiento? Braslavsky nos
    señala como, a lo largo de la historia relativamente
    reciente, se precisaron diversas edades y se argumentaron para
    ello diversas razones. Para Dewey, desde el ya lejano 1898, la
    edad adecuada era ocho años. En el otro extremo, Decroly
    -en Bélgica- experimentaba con niños de 3
    años. Y lo propio -en Inglaterra- Ciryl
    Burt. Pero estaba muy generalizada la idea que la edad apropiada
    era los 6 años cumplidos. Si es cierto que todo esto ha
    cambiado mucho, sin embargo todavía hay una gran resistencia a la
    idea que se puede iniciar una alfabetización temprana, es
    decir antes de los 6 años. Braslavsky señala que
    incluso entre los países de habla inglesa hay sectores que
    consideran que es pérdida de tiempo e incluso peligroso
    que en el nivel inicial se inicie un contacto del niño con
    la escritura y la lectura.

    La profesora María Cristina Retondaro considera
    que el aprendizaje precoz de la lectura a partir de los cuatro o
    cinco años ofrece grandes ventajas. Ella es la creadora
    del método fonográfico (audiovisual e integral),
    que lleva su nombre y que lo propone para este aprendizaje
    precoz, en lugar del método global constructivista.
    Señala que no existen peligros ni desventajas de esta
    enseñanza precoz, utilizándose un método
    adecuado, como el que propone. Al respecto dice: "Es a
    través del dibujo, a modo de juego, que se
    introduce al niño en el mundo simbólico de la
    lectura. El dibujo posee para él un significado completo,
    intelectual y afectivo. Las letras, en cambio, p0or ser símbolos abstractos y convencionales,
    están alejadas de su realidad y no son comprendidas y
    mucho menos recordadas".

    Contrario a lo que dice María Cristina Retondaro
    acerca de que no existe peligro alguno sobre una enseñanza
    de la lectura y escritura antes de los seis años, la
    pedagoga británica Meek, señala: "El único
    peligro que conozco en la lectura temprana es que los adultos en
    torno al
    niño puedan insistir demasiado en que éste debe
    alcanzar sus modelos de
    cultura literaria en la forma en que ellos, a pesar de que no
    puedan recordar cómo sucedió, creen que
    aprendieron" (Meek, 2004, p.114)

    Si bien es cierto que hoy sabemos cómo
    actúan mecanismos espontáneos para la
    adquisición de la lengua escrita, como es el hecho de
    vivir en una sociedad letrada, sin embargo las investigaciones
    también han puesto énfasis en la diversidad de como
    actúan estos factores. No es lo mismo un niño que
    crece en una familia cuyos
    padres leen, poseen una biblioteca, y, lo
    que es más importante, que leen a sus hijos; que un
    niño que vive en una familia cuyos progenitores no
    practican la lectura, que no tiene libros en casa, y, lo que es
    más significativo por sus consecuencias cuando el
    niño ingrese a la escuela, que nunca leen a sus hijos
    pequeños. Esto lleva de la mano a otro tema que
    también ha sido objeto de polémica: el referente al
    de la madurez y el aprestamiento. Todos sabemos que hace un
    tiempo se dio una importancia extraordinaria al aprestamiento,
    que debería llevarse a cabo fundamentalmente en el nivel
    inicial. Lo que las investigaciones más serias llegaron a
    encontrar fue que la supuesta inmadurez tenía un trasfondo
    eminentemente sociocultural. Las pruebas
    (test) que se
    tomaban, al no considerar el factor socioeconómico y
    cultural, no permitían detectar que las supuestas
    diferencias de niveles de madurez en realidad enmascaraban
    desiguales desarrollos y oportunidades, pero que ello no era
    decisivo cuando el niño ingresaba a la educación formal de
    la escuela. Innegablemente eran desventajas, pero que
    podían ser salvadas cuando en ese proceso de
    enseñanza aprendizaje se cerraba dicha brecha, por lo
    menos para el proceso de alfabetización primaria, es decir
    el aprender a leer y escribir, en su fase
    lectodescodificadora.

    La misión de la escuela como institución
    encargada de la alfabetización primaria es una
    consecuencia del proceso de democratización de las
    sociedades. Este proceso, que hunde sus raíces en el siglo
    XIX, casi logra su objetivo de una educación básica
    para el grueso de la población de las sociedades,
    fundamentalmente del mundo occidental. La educación ha
    sido durante gran parte de la historia humana privilegio de
    sectores pequeños de las sociedades. Los sectores
    populares estuvieron marginados de la educación
    sistemática. Para ellos solo quedaba la educación
    espontánea, es decir la que se da como consecuencia del
    proceso de socialización, tanto en la familia como en la
    comunidad. La
    escritura, y su correlato la lectura, por haber sido privilegio
    de élites, implicaban poder. Saber leer y escribir daba
    poder y prestigio. Henri-Jean Martin ha estudiado con gran
    profundidad este aspecto, en su obra "Historia y poderes de lo
    escrito".

    Otro aspecto importante de destacar en el aprendizaje de
    la lectura y la escritura es que a lo largo de la historia no
    siempre éstas se han dado en forma conjunta,
    sincrónica. Como nos dice Antonio Viñao Frago,
    profesor de la Universidad de
    Murcia, la historia de la enseñanza de la lectura y
    escritura tiene ya tras de si unos cinco mil años. Remito
    al trabajo del profesor Viñao titulado
    "La
    enseñanza de la lectura y la escritura: Análisis
    socio-histórico
    "
    para tener una visión panorámica muy bien
    documentada de este importantísimo proceso
    histórico. Viñao señala que es en la
    Grecia
    Clásica que aparece un sistema de instrucción para
    instalar en el cerebro, durante
    la infancia y la
    adolescencia,
    el hábito inconsciente, a modo de acto reflejo, del
    reconocimiento de las letras y sus combinaciones, así como
    de su relación con unos sonidos determinados. Si "la
    escuela de los escribas era una escuela centrada en la escritura,
    la del «grammatistés», en Grecia, era una
    escuela centrada en el reconocimiento y lectura de las letras. El
    niño aprendía el alfabeto pronunciando el nombre de
    cada letra (alfa, beta, gamma, …) en su orden normal, al
    revés y a pares que formaba tomando una letra del
    principio y otra del final. Pasaba después a las
    sílabas, todas las sílabas, pero no las vocalizaba
    sin más sino deletreando precisamente cada una de sus
    letras, y así sucesivamente a las palabras, también
    deletreadas desde las monosilábicas a las de
    pronunciación más difícil, y a los textos
    breves –asimismo en un principio deletreados-, escritos,
    como fue habitual hasta bien avanzada la Edad Media, de
    un modo continuo, es decir, sin espacios vacíos"
    (Viñao, A. op. cit.)
    Esta cita pretende tomar
    conciencia del inicio de la enseñanza de la lectura y la
    escritura en el mundo occidental y percatarnos de la
    persistencia, a lo largo de varios milenios, de algunas
    constantes procedimentales que, aunque con variantes, han
    subsistido hasta no hace mucho. Viñao nos habla al
    respecto de "la inercia de las prácticas escolares y
    los intereses gremiales en mantener un sistema lento,
    difícil y a la larga costoso para quienes no podían
    acceder al aprendizaje de la escritura por su dificultad y
    gastos".

    Referente a este tema tan importante sobre la escritura y la
    lectura en el mundo antiguo y medieval sugerimos a los lectores
    no dejar de leer "Historia de la lectura en el mundo occidental",
    escrita por connotados especialistas bajo la dirección nada menos que de Gugielmo
    Cavallo y Roger Chartier. Asimismo, la magistral obra de
    Henri-Jean Martín, con la colaboración de Bruno
    Delmas, "Historia y poderes de lo escrito"

    Otro aspecto que ha sido bastante estudiado es el
    concerniente a la disociación en la enseñanza de la
    lectura y la escritura. Como señala Viñao, hasta
    bien entrado el siglo XIX la enseñanza de la escritura y
    la lectura estuvieron disociadas. Primero se enseñaba la
    lectura, en un lapso de dos a tres años, y,
    posteriormente, en un periodo similar de años, el
    aprendizaje de la escritura, pero cuyo aprendizaje era mucho
    más oneroso, tanto por los honorarios más elevados
    como por el instrumental también más
    costoso.

    Esto se explica, entre otros factores, por el predominio
    de la oralidad dentro de la ya establecida cultura escrita. Por
    mucho tiempo la lectura en voz alta fue lo predominante. Por otra
    parte, la lectura, por influencia del cristianismo,
    devino en algo básicamente utilitario. Servía para
    tener acceso a la Palabra de Dios y para hacerla de conocimiento
    de aquellos -la mayoría- que no podían acercarse
    directamente a ella. Incluso, refiriéndose a esto, se
    habla de la manducación de la Palabra. Más adelante
    estudiaremos, aunque someramente, el gran aporte del cristianismo
    y muy especialmente del monacato en lo concerniente a la lectura
    y la escritura, en el tránsito de la lectura en voz alta a
    la lectura silenciosa.

    También la disociación de las
    enseñanzas de la escritura y la lectura tiene que ver con
    el factor de poder de la escritura y la lectura. Este aspecto de
    poder nos remite incluso a aquella posición que considera
    el lenguaje, tanto oral como escrito, como totalitario y
    fascista, de acuerdo a lo que sostiene el politólogo Sami
    Naïr. José Antonio Millán considera que la
    actual tendencia de renuncia a la lengua por la imagen y, como
    corolario, el empobrecimiento en el bagaje cultural, es
    también expresión de violencia.
    Armando Petrucci, por su parte, ha señalado que la
    escritura posee una característica perversamente
    jerarquizante. El prestigioso estudioso italiano escribe:
    "Nunca hubo en el pasado y no existe hoy una sociedad
    caracterizada por el uso de lo escrito en que la actividad de
    escribir fuera o sea practicada por todos los individuos que
    forman parte de la misma sociedad; en efecto, la escritura, al
    contrario que la lengua, instaura, donde quiera que aparezca, una
    relación tajante y fuerte de desigualdad entre aquel que
    escribe y aquel que no; entre aquel que lee y aquel que no, entre
    el que lo hace bien y mucho y el que lo hace mal y poco…"
    (Petrucci, A., 2003 p. 27)

    Otro factor que explica la disociación de la
    enseñanza de la lectura y la escritura es el concerniente
    a la tendencia novofóbica y conservadora, presente cada
    vez que se producen cambios que afectan un determinado statu quo.
    Esta tendencia tan natural en el ser humano de oposición y
    rechazo o, en la forma más leve, reparos a los cambios,
    también se dio en cuanto fue planteada la conveniencia de
    la enseñanza conjunta de la escritura y lectura. Los
    apocalípticos de todos los tiempos vieron aparecer
    terribles males en la sociedad como consecuencia de la libertad que
    adquirirían las personas alfabetizadas
    simultáneamente en lectura y escritura, al poder expresar
    -con plena libertad y por escrito- sus pensamientos,
    sentimientos, disconformidades, etc. De este miedo aún
    quedan rezagos, como lo expresa claramente Margaret
    Meek:

    "La interacción entre escritura y lectura es un
    hecho primario de la cultura escrita que ahora tenemos que
    aprender. En el siglo XIX, cuando ya no fue posible negar la
    exigencia de una cultura escrita para todos, no hubo un acuerdo
    pleno en cuanto a que todos debían aprender a escribir,
    sino solamente a leer. Se pensaba que si se permitía a la
    «gente sencilla» -a quien la cultura escrita
    pública mantenía en su lugar- decir lo que pensaba,
    habría un cambio de equilibro en la esfera de poder, de
    manera que la escritura popular era tan temida como los
    «libelos sediciosos», el tipo de escritos que
    había contribuido a las convulsiones de la Revolución
    francesa. Aún sobrevive algo de este miedo: cuando se
    alienta a los países en que la cultura literaria no
    está ampliamente difundida a incrementar sus programas de
    fomento a la cultura escrita, se cree que en primer lugar debe
    enseñarse la lectura pese a que se ha comprobado que la
    gente de edad adquiere muy rápidamente la cultura escrita
    si aprende a leer lo que ella misma quiere expresar con la
    escritura… " (Meek, 2004, pp. 44-45)

    Está perfectamente establecido -y debidamente
    estudiado- que hasta bien entrado el siglo XIX la
    enseñanza de la escritura y la lectura estuvieron
    disociadas. Sin embargo, se constata que esta tendencia
    comenzó a revertirse desde fines del siglo XVIII e inicios
    del XIX. Aunque el proceso se acelera, sin embargo tiene una
    primera etapa caracterizada por la simultaneidad, aunque
    aún no conjunción, de los aprendizajes de la
    enseñanza y de la escritura. Se inicia una primera fase en
    el proceso que llevará a la unificación de los
    aprendizajes de lectura y escritura, caracterizada por la
    enseñanza simultánea, pero no conjunta, de ambas
    habilidades, es decir estaban configuradas de modo independiente,
    aunque se relacionaban y llevaban a cabo en el mismo curso o en
    cursos sucesivos. La conjunción de ambos aprendizajes va
    también de la mano con una nueva modalidad de lectura. La
    laicización de la cultura en el mundo occidental, que echa
    sus raíces en los siglos XVI y XVII, va a manifestarse en
    el plano de la enseñanza-aprendizaje de la lectura como un
    alejamiento de lo que había sido el objetivo fundamental
    de la lectura, es decir el leer -y en voz alta- oraciones y
    textos religiosos conocidos, los cuales eran frecuentemente
    repetidos. Se comienza a dar un ensanchamiento del panorama
    cultural. La imprenta, en cierta medida, había iniciado un
    relativo proceso de democratización cultural al permitir
    salir del limitado número de textos manuscritos. Aunque no
    hay que olvidar, como bien precisa Petrucci, que
    obstáculos ideológicos y culturales, expresados en
    la censura religiosa y política de los
    siglos XVI y XVII, que se dieron tanto en el mundo
    católico como en el protestante, frenaron el desarrollo
    cultural, que a decir de Petrucci "constituyó una
    auténtica tragedia para la cultura escrita europea, cuya
    fuerte influencia negativa aún está por estudiarse
    de modo global y adecuado". (Petrucci, A. 2003, p.48)
    Los
    libros impresos, sin dejar todavía de ser bienes para
    grupos
    privilegiados, comienzan a ser pensados en función de una
    demanda que se
    expande. Libros como La Enciclopedia (siglo XVIII) se
    convirtieron en "un gran negocio de librería"
    (Goulemot, Jean-Marie y Michel Launay, 1969, p. 173)
    .
    Recordemos que la Enciclopedia pudo publicarse, en sus 35
    volúmenes, mediante el sistema de suscripción.
    Llegó a tener cuatro mil suscriptores,
    convirtiéndose, por su volumen y
    contenido, en "la más grande publicación del
    siglo"
    (Mandrou, Robert, 1973, p.121). Todo esto nos lleva al
    tema de la alfabetización como política educativa
    que han de asumir los estados a partir del siglo XIX y que
    más adelante analizaremos.

    Del descodificar al leer

    Ya hemos precisado que descodificar no es leer.
    Es momento que tratemos de precisar qué es realmente leer
    y cuál es el papel de la escuela en el aprendizaje de esta
    habilidad. Ya hemos adelantado que leer es comprender y que para
    que ello sea posible se requiere dominar la técnica de la
    descodificación. Es cierto, como señalan Carolina
    Golder y Daniel Gaonac’h, que actualmente hay cierta
    tendencia a no valorar en su exacta dimensión la
    importancia de la fase de la descodificación, mal
    interpretándose los resultados de las investigaciones
    referentes al proceso lector y, por lo tanto, cayéndose en
    el error de considerar que hay que incidir fundamentalmente, y
    desde el inicio del proceso del aprendizaje lectoescritor, en la
    comprensión. Decimos que es una mala interpretación porque no se toma en
    consideración que sin una adecuada habilidad
    descodificadora no llegaremos a leer y ya sabemos que leer es
    comprender. Cómo pues intentar llegar a una verdadera
    lectura sin el basamento de una perfecta automatización
    lectora. Golder y Gaonac’h nos dicen: "Para alcanzar un
    nivel de comprensión suficiente, hay que dominar los
    mecanismos básicos de la actividad de la lectura (los que
    permiten la identificación de las palabras)"
    y
    más adelante señalan: "En la escuela, se puede
    decir que, más o menos en general, las actividades
    dirigidas a la automatización de ciertas competencias
    llamadas de bajo nivel (como la capacidad de establecer
    correspondencias entre los grafemas y los fonemas) están
    un poco abandonadas a favor de otras dirigidas a la
    adquisición de competencias de alto nivel (la
    comprensión, por ejemplo). Las primeras se basan en un
    aprendizaje repetitivo (establecer correspondencias entre grupos
    de letras y sonidos) y a priori aburrido, aun cuando el
    aprendizaje de esas correspondencias no se haga a partir de
    sílabas sin significación. En lo que respecta a las
    actividades de alto nivel, éstas recurren a capacidades
    intelectuales
    que pueden considerarse más nobles: utilizar nuestros
    conocimientos para construir hipótesis sobre el texto, establecer
    inferencias para comprender las relaciones entre las diferentes
    oraciones, etc. Sin embargo, aquí defenderemos la idea de
    que leer es, ante todo, descodificar, o de manera más
    exacta, que la interpretación debe hacerse de un modo
    relativamente automatizado para permitir el funcionamiento de los
    procesos de alto nivel". (Golder, Carolina y Daniel
    Gaonac’h, 2002, p. 10).

    En conclusión: la escuela tiene que lograr que
    los niños adquieran una óptima habilidad
    descodificadora y ello pasa porque la escuela, los maestros,
    comprendan que esta fase inicial de la lectura es también
    un proceso sumamente complejo, que tiene que ser debidamente
    conocido. Porque -insistimos- no podemos pretender que nuestros
    niños, nuestros estudiantes, lean, estén en
    condiciones de adquirir el hábito lector, si no han
    logrado un nivel aceptable de dominio del proceso descodificador.
    Se tiene que alcanzar tal nivel de dominio, de
    automatización en la descodificación, que pueda
    permitir que esta se lleve a cabo sin pensar, para poder leer
    pensando, como tan acertadamente lo señala Juana
    Pinzás. Goodman es bien claro al respecto, al
    señalar que existiendo un único proceso de lectura,
    independientemente del nivel de capacidad con que este proceso es
    utilizado, la diferencia entre el buen lector y el que no lo es,
    o recién está iniciándose en su aprendizaje,
    realmente radica en el grado óptimo de manejo del proceso
    lector (descodificador) alcanzado por un buen lector comparado
    con otro que no lo es. Como el propio Goodman precisa: "De la
    misma manera aunque se necesita flexibilidad en la lectura, el
    proceso tiene características esenciales que no pueden
    variar. Debe comenzar con un texto, con alguna forma
    gráfica; el texto debe ser procesado como lenguaje, y el
    proceso debe terminar con la construcción de significado. Sin
    significado no hay lectura, y los lectores no puedan lograr
    significado sin utilizar el proceso"(Goodman, Kenneth S. "El
    proceso de la lectura: consideraciones a través de las
    lenguas y del desarrollo")
    . Esto implica que el proceso de la
    lectura debe ser perfectamente conocido y valorado por los
    docentes, quienes tienen que ser totalmente conscientes de su
    misión en la enseñanza de la lectura y escritura,
    porque de dicho dominio va a depender el uso que se haga del
    proceso lector. Sin embargo, como bien señala Goodman,
    ello también va a depender del propósito del
    lector, de la cultura social, de los conocimientos previos, del
    control
    lingüístico, de las actitudes y de
    los esquemas conceptuales. El citado especialista enfatiza algo
    que de ninguna manera debe olvidarse: "Toda lectura es
    interpretación y lo que el lector es capaz de comprender y
    de aprender a través de la lectura depende fuertemente de
    lo que el lector conoce y cree antes de la lectura. Diferentes
    personas leyendo el mismo texto variarán en lo que
    comprendan de él, según sean sus contribuciones
    personales al significado. Pueden interpretar solamente sobre la
    base de lo que conocen".

    Queda perfectamente precisado que el dominio del proceso
    lector implica desde su base la comprensión. La
    dicotomía proceso descodificador-comprensión es
    totalmente artificial y sobre todo falsa, Los aportes de los
    grandes estudiosos de esta temática señalan que el
    aprendizaje de la descodificación tiene que llevarse a
    cabo inmerso dentro del sentido y significado de los contenidos
    que hacen posible la adquisición de la habilidad
    descodificadora. Esto es de gran importancia, porque el leer
    constituye la lógica
    consecuencia del dominio de la descodificación. El
    niño, o el adulto, que comienza el aprendizaje de la
    escritura y lectura, tiene que hacerlo en un contexto
    válido para él, que tenga pleno sentido, porque
    ello ha de permitir el facilitar la comprensión de lo que
    se hace y ya sabemos que realmente se aprende lo que se
    comprende. Lo que no se comprende solo puede ser memorizado y por
    lo tanto fácilmente olvidado. Lo que no se comprende
    dificulta el aprendizaje, lo vuelve tedioso y termina por
    desincentivar el aprendizaje. Como dice Goodman: "Aprender a
    leer implica el desarrollo de estrategias para obtener sentido
    del texto. Implica el desarrollo de esquemas acerca de la
    información que es representada en los textos. Esto
    solamente puede ocurrir si los lectores principiantes
    están respondiendo a textos significativos que son
    interesantes y tiene sentido para ellos. En este sentido el
    desarrollo del lenguaje oral y escrito no son realmente muy
    diferentes. Ambos dependen del desarrollo del proceso a
    través de su utilización funcional".

    Para un acercamiento a lo que realmente es leer,
    comencemos haciendo una breve referencia a su origen
    etimológico, magníficamente estudiado por Jespe
    Svendro. Nuestro vocablo leer proviene de la voz latina legere,
    la cual, a su vez, según Svendro, procede del griego. Este
    idioma, según el mencionado autor, poseía
    más de diez verbos que significaban "leer". Svdendro
    analiza con minuciosidad uno de ellos, némein,
    literalmente distribuir, aunque era usado, es cierto, con poca
    frecuencia, lo que explicaría su olvido en el sentido de
    leer y especialmente leer en voz alta (anagignóskein era
    realmente el verbo que significa «leer» en Atenas).
    Svendro considera que némein está en el centro de
    una familia léxica cuyos miembros significan leer. Pero,
    ¿por qué los romanos eligieron legere para decir
    leer? Svendro considera que el legere latino deriva del
    légein griego. El citado autor nos dice que "si lego
    significa «leo», con razón cabe pensar que los
    romanos hayan oído esa
    palabra a los griegos de quienes tomaron prestado el alfabeto.
    Luego, nada más natural que emplear su homónimo
    latino lego, cuyo imperativo lege «suena»
    perfectamente griego…así pues, el sentido
    «coger» no es fundamental para la semántica del latín legere,
    «leer», aunque con posterioridad haya jugado cierto
    cometido".(Cavallo G. y R. Chartier –directores-, 1998, p.
    65)
    . Este sentido de ‘reunir’,
    ‘recoger’, ‘escoger’ es lo que significa
    legere en un primer momento. Como dice Miguel Ángel
    González Manjares "De esta forma, de ese 'reunir' y ese
    'escoger' que entrañaba 'legere' se pasó
    directamente a 'leer', a leer un texto y unas letras como acto
    extraordinario de reunión, escogimiento y elección,
    es decir, una operación mental que requiere discernimiento
    y criterio, un recorrido con la mirada que escoge y aúna
    ciertos garabatos y que después, en el adentro, se
    descifran y destilan como frutos hasta dar un jugo que casi nunca
    resulta idéntico en cada sujeto. La lectura, pues, como
    una antología (y esto es ya griego), como una
    recolección de flores que la misma palabra nos da
    generosamente por sustancia."

    Más allá de su significado
    etimológico nos encontramos con múltiples y muy
    buenas definiciones de lo que es leer, de lo que es la lectura.
    Golder y Gaonac’h la definen como "una actividad
    familiar pero compleja que implica a la vez procesos
    cognoscitivos y perceptivos. Se puede definir la actividad de la
    lectura como la recepción y la comprensión de las
    ideas y los pensamientos de un autor a partir de signos
    visuales".
    (Golder, Carolina y Daniel Gaonac’h, 2002,
    p. 22). Refiriéndose a la complejidad que implica la
    lectura, Elsa Ramírez L.
    precisa que en esa complejidad intervienen distintos factores:
    nivel educativo, condiciones socioeconómicas, la historia
    y la tradición lectora de cada sociedad, así como
    la producción, distribución y difusión de los
    materiales de
    lectura. Por su parte el Programa
    Internacional de Evaluación
    de Estudiantes (PISA) de la
    Organización para la Cooperación y el Desarrollo
    Económico (OECD) la define como la capacidad de
    comprender textos, evaluar informaciones, construir
    hipótesis y
    aprovechar conocimientos. La estudiosa peruana Juana
    Pinzás García, por su parte, señala que
    aún existe un arduo debate sobre
    la naturaleza del proceso de leer, pero que, en líneas
    generales, hay ya logrado ciertos consensos. Ella dedicada todo
    el capítulo I de su obra "Leer pensando.
    Introducción a la visión contemporánea de la
    lectura" a describir y comentar los consensos alcanzados sobre el
    qué es leer. Vemos, por ejemplo, como la lectura es
    entendida como un proceso constructivo en la medida que el lector
    va armando mentalmente un «modelo»
    del texto, dándole un significado o una
    interpretación personal. Pero también la lectura
    implica una interacción lector-texto (la cual es muy
    compleja, en la medida que implica la intervención de
    múltiples fuentes que
    intervienen en el proceso descodificador, tales como
    información ortográfica, gramatical, léxica,
    sintáctica, semántica y pragmática).
    Asimismo significa integración entre lo que el que el texto
    proporciona y lo que al respecto aporta el lector. Es, por otra
    parte, un proceso estratégico, en la medida que el buen
    lector aprende a adaptar su lectura a lo que lee y al para
    qué lee. (Cfr., Pinzas García, Juana, 2001,
    pp.15-27)

    Felipe Garrido, al igual que muchísimos otros
    autores, señala que sin comprensión no hay lectura.
    Garrido nos dice: "Quiero insistir estrepitosamente, en que la
    comprensión del texto es la condición esencial para
    que podamos hablar de lectura. Lo repito, porque me interesa
    vivamente subrayarlo: si no se logra dar sentido y significado al
    texto, si no se logra comprenderlo, no se produce la lectura
    (Aunque está claro, como insistiré abajo, que la
    comprensión se construye y, por lo mismo, se va dando en
    distintos niveles, de acuerdo con la experiencia y las
    circunstancias de cada lector". (
    Garrido,
    Felipe, "El buen lector se hace, no nace. Reflexiones sobre la
    lectura y formación de
    lectores"
    ). El propio
    Garrido precisa que sentido significa una forma de
    aprehensión de tipo emocional, intuitiva, que nos lleva a
    integrar a nuestra experiencia un signo. En cambio, el
    significado es una operación eminentemente intelectual
    que, sin excluir las emociones, exige
    el manejo de ideas y de información.

    Víctor Fowler Calzada, pedagogo y escritor cubano
    que se ha desempeñado como Especialista del Programa
    Nacional por la Lectura en la Biblioteca Nacional "José
    Martí",
    es autor de una valiosísima obra titulada "La
    lectura, ese poliedro
    ". De ese trabajo copiamos
    las definiciones consignadas en el "Diccionario de
    lectura y términos afines" preparado por la International
    Reading Association:

    "a) "La lectura no implica otra cosa que la
    correlación de la imagen sonora con su correspondiente
    imagen visual". (Leonard Bloomfield)

    b) "Un proceso bifásico que implica… la
    percepción y comprensión de los
    mensajes escritos en forma paralela a los correspondientes
    mensajes hablados". (John B. Carroll)

    c) "La lectura… (es) una interacción entre
    el lector y el lenguaje escrito, a cuyo través el que lee
    trata de reconstruir el mensaje del que escribe". (Kenneth S.
    Goodman)

    "La lectura implica la reconstrucción de los
    hechos que hay tras de los símbolos". (A..
    Korzybski)

    d) "La lectura es una actividad de muestreo, de
    selección, de predicción, de
    comparación por la que el lector selecciona una muestra de
    indicaciones gráficas útiles basadas en lo que ve
    y espera ver". (Kenneth S. Goodman)

    e) "La buena lectura comprende no solo el
    conocimiento del significado literal de un pasaje, sino
    además los significados que se infieren del talante del
    autor, de su tono, de su intencionalidad y su actitud hacia
    el tema que trata, hacia sus lectores y hacia sí mismo" (
    I. A. Richards)

    La lectura implica la identificación de los
    símbolos impresos o transcritos que sirven de
    estímulo para recordar los significados que la experiencia
    ha ido elaborando y para construir otros nuevos significados
    mediante la manipulación de conceptos que ya posee el
    lector. Los significados resultantes se organizan en procesos
    racionales de acuerdo con la intencionalidad del lector. Tal
    organización lleva a modificar el
    pensamiento y/o la conducta o, si
    no, a una nueva conducta que toma su lugar, sea en el desarrollo
    personal o social". (M. Tinker G. McCullough)

    f) "La lectura (es) un proceso social que pone al
    lector en relación con su entorno y condiciona tal
    relación". (Douglas Waples)

    Tantas y tan variadas definiciones pueden darnos la
    idea de la complejidad del problema al que nos enfrentamos.
    Según se aprecia en el ramillete de definiciones que
    seleccionamos, alrededor de la voz 'lectura' se crea un
    territorio común a lingüistas, psicólogos,
    sociólogos, pedagogos, culturólogos y
    teóricos de la literatura, expertos en comunicación
    de masas, promotores culturales, libreros, especialistas en
    semiótica, editores, etc. Espacio en el que
    se entrecruzan los más variados intereses y puntos de
    partida. Tal vez lo más inteligente sea entonces en lugar
    de discriminar, tender a la búsqueda de una
    definición omnicomprensiva que al menos trate de agrupar
    la mayor cantidad posible de las aristas del problema." (Cfr.
    Fowler C., V., Op. cit., cap. Precisando los
    términos)

    Leer, ya lo hemos señalado, es un proceso
    psicolingüístico sumamente complejo, caracterizado,
    entre otras cosas, por ser un continuum de transacciones entre
    pensamiento y lenguaje cuando a partir de un texto determinado
    -no importa si manuscrito, impreso o digital-, el lector busca
    encontrarle un sentido, es decir comprenderlo.

    Hilda E. Quintana, con gran claridad y precisión
    se refiere a las tres concepciones que existen sobre el proceso
    de la lectura como tal:

    a) La lectura concebida con un conjunto de habilidades o
    como simple transferencia de información. De acuerdo a
    esta concepción se comprende un texto cuando se es capaz
    de extraer el significado que el texto ofrece. Esto implica
    diversos niveles y subniveles. El primero es el conocimiento de
    las palabras. El segundo, la comprensión, que a su vez
    tiene varios subniveles: habilidad para comprender
    explícitamente lo dicho en el texto y habilidad para
    comprender lo implícito. El tercer nivel es la
    evaluación, es decir la habilidad para evaluar la calidad del
    texto, las ideas y el propósito del autor. En el campo de
    la enseñanza, la consecuencia lógica de esta
    concepción es considerar que un estudiante estará
    en capacidad de comprender un texto si es que lee bien, es decir
    si puede descodificar el texto.

    Esta concepción imperó hasta la
    década del 60 del siglo XX, aunque todavía se sigue
    aplicando, a pesar de los avances que han significado las nuevas
    concepciones.

    b) La lectura como un proceso interactivo. Surgió
    en la década del 70 como consecuencia de los avances
    logrados en la psicolingüística y en la
    psicología cognitiva. Para esta teoría
    el significado de un texto no está en él. Por esta
    razón es incorrecto considerar la lectura como un simple
    descifrar y descubrir el supuestamente significado
    implícito del texto. La lectura viene a ser, en realidad,
    la actividad que otorga significado al texto en la medida que se
    produzca el interactuar entre este y el lector, el cual utiliza
    para ello sus saberes previos, los que están estructurados
    en forma de esquemas, es decir como la red o categoría en la
    que se almacena en el cerebro todo lo que se aprende y que,
    lógicamente, están en constante desarrollo y
    transformación. Esto es muy importante, porque -como
    señala Hilda Quintana- cuando no se ha tenido experiencia
    alguna sobre un tema específico, no se dispondrá de
    esquemas para activar un conocimiento determinado, por lo tanto
    la comprensión será muy difícil, si no
    imposible.

    c) La lectura como proceso transaccional. Esta
    teoría proviene del campo de la literatura y fue
    desarrollada por Louise Rosenblat, en 1978. Para Rosenblat la
    lectura significa una transacción entre el lector y el
    texto que se lee. Cada uno de ellos (lector y texto) aporta lo
    suyo, pero el significado que se crea, producto de
    esta transacción, es superior a lo que aportaron por
    separado texto y lector. Allí radica la diferencia entre
    la teoría transaccional y la interactiva.
    (Cfr. Quintana, Hilda E.: La enseñanza de la
    comprensión lectora"

    )

    Goodman ha precisado que la lectura es una conducta
    inteligente que se da como un proceso cíclico, que se
    inicia con un ciclo óptico y concluye con un ciclo de
    significado, pasando por los ciclos perceptual y gramatical. El
    ojo humano posee una lente con una distancia focal que permite
    recoger información clara de tan solo una parte
    pequeña de un texto determinado. Nuestros ojos
    también poseen un campo periférico menos claro,
    pero el cerebro puede hacer uso de lo que ha sido visto
    borrosamente si tiene expectativas que lo guíen. Sabemos
    que tenemos una tendencia muy fuerte a ver lo que queremos o
    esperamos ver. Esto es muy importante, porque permite que el
    siguiente ciclo, el perceptual, pueda ser muy eficiente contando
    incluso con pocos índices, siempre y cuando estemos
    tratando con textos significativos y predecibles. De allí
    la importancia de utilizar textos realmente significativos para
    el niño cuando inicia el aprendizaje de la escritura y
    lectura. La percepción visual de la grafía es lo
    que permite el denominado acceso léxico, es decir el
    reconocimiento de las palabras ya conocidas (acceso léxico
    directo) o desconocidas o poco conocidas (acceso léxico
    indirecto). El siguiente ciclo, el gramatical o
    sintáctico, exige el uso de estrategias de
    predicción y de inferencia. Goodman, a quien venimos
    siguiendo, nos dice que de la misma manera que uno necesita saber
    dónde quiere ir cuando comienza un viaje, también
    el aprendiz de lector debe conocer y utilizar elementos claves de
    las pautas de la oración, nexos y sufijos gramaticales,
    así como la puntuación, para predecir pautas
    sintácticas cuando comienzan a procesarlas.

    La búsqueda de significado, nos dice Goodman, es
    la característica más importante del proceso lector
    y es en el cuarto ciclo, el ciclo semántico, que todo toma
    su valor. El significado es construido mientras leemos, pero
    también es reconstruido ya que se tiene que estar
    acomodando constantemente nuevas informaciones. A lo largo de
    toda la lectura, e incluso a posteriori, el verdadero lector
    está permanentemente revaluando el significado y
    reconstruyéndolo, en la medida que va obteniendo nuevos
    criterios, nuevos puntos de vista. La lectura es pues un proceso
    esencialmente dinámico, interactivo por excelencia
    –como ahora se suele decir- donde el lector es quien
    realmente da sentido y significado al texto, es decir a lo que
    lee. Es lo que se denomina la comprensión de lo que se
    lee. Dentro de la comprensión de lo que se lee se suele
    distinguir dos niveles: un nivel elemental, que tiene que ver con
    la comprensión de las proposiciones del texto, y, un
    segundo nivel, que tiene que ver con la integración de la
    información proporcionada por el texto a través de
    cómo el lector va relacionando las diversas proposiciones,
    que son las que van a dar pleno sentido a lo que se lee. Del
    lector, más que del autor, depende el sentido que adquiere
    un texto. Es esta la razón por la cual toda verdadera
    lectura es una interpretación de lo que se lee. Como se ha
    señalado, en la cultura escrita, a diferencia de la oral,
    no está presente el autor, no podemos preguntarle al autor
    lo que quiere decir. El lector tiene el texto y él le va a
    preguntar al texto y él mismo va a responder. Por eso es
    que se señala, que para que exista una comprensión
    efectiva de un texto son necesarias dos cosas: que el lector
    posea conocimientos sobre la estructura de los textos y que
    disponga de conocimientos tanto generales como específicos
    sobre lo que lee. Esto tiene que ver a su vez con dos aspectos:
    los conocimientos que el sujeto tiene sobre el mundo y el papel
    de la memoria en
    cuanto almacén de
    experiencias. Recordemos que Paulo Freire
    nos enseñó que "La lectura del mundo precede a
    la lectura de la palabra, de ahí que la posterior lectura
    de ésta no pueda prescindir de la continuidad de la
    lectura de aquél" (Friere, Paulo, 1999, p. 94)
    . En
    cuanto a la memorización es necesario superar la falsa
    posición que confundió el valor de la
    memorización como uno de los procesos complejos de la
    mente humana, tan necesario en todo momento de la vida, con el
    memorismo rutinario que por mucho tiempo impregnó la
    enseñanza -en todos los niveles de los sistemas
    educativos- y del cual aún quedan rezagos. Esperamos que
    solo sea eso.

    La memoria fue menospreciada, so pretexto que con la
    memoria de la computadora
    es más que suficiente, no reflexionándose -como
    señala Jaim Etcheverry- que: "Nuestra memoria no es un
    banco de
    datos, sino
    más bien, un entramado específico que
    también incluye experiencias afectivas y sensoriales"
    (Jaim, 2001, p. 191)

    Se viene dando, sin embargo -desde la última
    década del siglo XX- una reivindicación en el
    estudio y valorización de la memoria, en el campo
    pedagógico y psicológico. Se distinguen, dentro de
    ella, varios tipos: memoria semántica, memoria inmediata,
    de mediano, y largo plazo, implícita, etc. Se ha estudiado
    su importancia dentro del proceso de la lectura. En un trabajo
    muy importante publicado por Freddy Rojas Velásquez y
    María Carmen Yárnoz de Rodríguez, de la
    Universidad Simón Bolívar de
    Venezuela,
    titulado "Las
    pistas contextuales en la comprensión de la
    lectura
    ", se señala que Raaijmakers y
    Shiffrin agrupan distintos modelos de recuerdo y reconocimiento
    en tres categorías: a) modelo de redes; b) modelos de pistas
    episódicas y c) modelos de memoria distribuida/compuesta.
    Destacaremos el primer modelo, el modelo de redes, el cual
    concibe la memoria a largo plazo (MLP) como un conjunto de nodos,
    los cuales, a su vez, representan conceptos o unidades
    cognitivas, conectados por enlaces que representan relaciones
    semánticas o episódicas. Dondequiera que aparecen
    juntos dos ítemes, se puede establecer un enlace entre
    ellos. Hay una cierta analogía con la configuración
    de la corteza cerebral, en la que las células
    nerviosas o neuronas serían los nodos y la tupida trama de
    dendritas sería la red de conexiones o enlaces. La mayor
    parte de los modelos de redes postula que la recuperación
    de información responde a un proceso de activación
    que se va extendiendo, según uno de dos modelos: todo o
    nada y el de activación continua. Dentro de las
    conclusiones de su trabajo los citados autores señalan,
    entre otras, la siguiente: "En la lectura, la
    «activación» del conocimiento previo
    (recuperación de información
    «almacenada» en la MLP para contrastarse con la que
    ingresa a la MCP o memoria de trabajo) se estimula y facilita por
    efecto del contexto –textual y/o extratextual- en el cual
    se presentan las ideas del autor. El lector extrae
    «pistas» o «claves» con frecuencia
    difusas, no necesariamente intencionales pero no menos efectivas
    que aquellas que puedan incluirse en condiciones experimentales
    para inducir el recuerdo y/o reconocimiento de
    información".

    Si la verdadera lectura (solo deberíamos decir
    lectura) es un proceso eminentemente dinámico,
    interactivo, porque la comprensión así lo exige,
    podemos concluir que el lector al leer realmente crea un
    texto-meta sobre la base de un texto-origen. El texto origen es
    uno, en tanto que múltiples son los textos-meta, tantos
    como lectores tenga el texto-origen El lector en este sentido es
    creador. Siempre lo ha sido. La hipertextualidad y la
    interactividad de los textos digitales no son algo totalmente
    nuevo. Los que sostienen que la lectura digital es esencialmente
    interactiva mientras que la lectura en formato de papel, ya de
    manuscritos como en un pasado ya remoto (salvo para algunos
    especialistas que aún leen manuscritos) o de textos
    impresos, a partir del siglo XV, es una lectura pasiva, realmente
    no saben absolutamente nada acerca del proceso de la lectura. Y
    esto es grave, porque leemos mucho de esto escrito por personas
    que poseen un relativo alto nivel instruccional, algunos de los
    cuales se desempeñan en la docencia
    superior e incluso vinculados al campo educativo o campos
    conexos. Michèle Petit refiriéndose al carácter activo de la lectura,
    señala: "No lo olvidemos, el lector no consume
    pasivamente un texto; se lo apropia, lo interpreta, modifica su
    sentido, desliza su fantasía, sus deseos y sus angustias
    entre las líneas y los entremezcla con los del autor. Y es
    allí, en toda esa actividad fantasmática, en ese
    trabajo psíquico, donde el lector se construye" (Petit,
    Michèle: 2001, p. 28)

    En cuanto al proceso de la lectura, ¿la escuela
    realmente enseña a leer? Ya hemos señalado que en
    cuanto al proceso descodificador la escuela logra realmente este
    objetivo. Pero, en cuanto al leer… allí ya comienzan los
    reparos. Se insiste mucho que cuando se hacen pruebas que miden
    la comprensión
    lectora, razonamiento matemático, cultura general, se
    ponen de manifiesto las profundas deficiencias del sistema
    educativo. Países americanos como Argentina y México y
    europeos como España,
    que participan en la evaluación de la OCDE, han visto
    confirmado lo que, en forma empírica, ya conocían
    acerca de las serias deficiencias de sus respectivos sistemas
    educativos en cuanto a la preparación de niños y
    jóvenes. ¿Qué tiene que ver esto con el
    leer, con la lectura? En realidad, mucho. El leer en la escuela
    está estrechamente imbricado con el aprender. Y si no
    puede existir lectura sin comprensión, de la misma manera
    no se puede concebir verdadero aprendizaje sin una adecuada
    capacidad de comprensión.

    La lectura en la escuela se identifica con el
    aprendizaje. Es cierto, como veremos más adelante, que la
    verdadera lectura trasciende esta finalidad. Pero a veces se
    plantea mal la que consideramos falsa dicotomía entre
    lectura instrumental y lectura por placer. Para muchos, la
    verdadera lectura no es la lectura escolar, universitaria o
    profesional, es decir la lectura que se realiza porque estamos
    obligados llevarla a cabo. Me cuento entre
    los que consideran que la verdadera lectura es la lectura por el
    simple placer de leer. Pero no se puede dejar de reconocer que
    las instituciones educativas no pueden llevar a cabo sus funciones
    específicas si no es estableciendo una relación de
    "coacción benéfica" -llamésmole de alguna
    manera- para que sus estudiantes aprendan a leer y lean, lo que
    tiene que ver con los programas que en ellas se desarrollan. Esta
    presión
    para leer en sí misma no es negativa. Anne-Marie Chartier
    nos habla de la "paradoja de la obligación escolar"
    (Chartier, Anne-Marie, 2004, p. 51). Y Delia Lerner se refiere a
    las tensiones entre los propósitos escolares y
    extraescolares de la lectura y de la escritura. Lerner
    escribe:

    "Dado que la función (explícita) de la
    institución escolar es comunicar saberes y quehaceres
    culturales a las nuevas generaciones, la lectura y la escritura
    existen en ella para ser enseñadas y aprendidas. En la
    escuela, no resultan "naturales" los propósitos que
    perseguimos habitualmente fuera de ella lectores y escritores…
    Esta divergencia corre el riesgo de
    conducir a una situación paradójica: si la escuela
    enseña a leer y escribir con el único
    propósito de que los alumnos aprendan a hacerlo, ellos no
    aprenderán a leer y escribir para cumplir otras
    finalidades (esas que la lectura y la escritura cumplen en la
    vida social); si la escuela abandona los propósitos
    didácticos y asume los de la práctica social,
    estará abandonando al mismo tiempo su función
    enseñante". (Lerner, 2001, p.29)

    Lo que constatamos es que en los niveles primario y
    secundario no se sientan las bases adecuadas para una adecuada
    lectura (también escritura). Y esto continúa luego
    en el nivel universitario. Actualmente se está analizando
    esta problemática que sufren las universidades y se
    proponen medidas, aunque aún no de gran trascendencia. En
    nuestro trabajo no incluimos análisis concernientes a la
    lectura en este nivel, pero no queremos dejar pasar la
    oportunidad de recomendar dos buenos trabajos. El primero, el de
    las profesoras de la Universidad Nacional del Centro de la
    Provincia de Buenos Aires,
    Argentina, Rosana Egle Corrado y María Daniela Eizaguirre,
    titulado "El profesor y las prácticas de lectura en el
    ámbito universitario". El otro, el de los profesores de la
    Universidad Juárez Autónoma de Tabasco, Ariel
    Gutiérrez Valencia y Roberto Montes de Oca García,
    titulado "La importancia de la lectura y su problemática
    en el contexto educativo universitario. El caso de la Universidad
    Juárez Autónoma de Tabasco
    (México)"

    Volviendo al punto de la lectura en la escuela, lo que
    tiene que llevarse a cabo es una profunda transformación
    para que las instituciones educativas puedan llevar a cabo su
    misión de formar lectores. No incluyo en este concepto la
    adquisición del hábito o adicción a la
    lectura, porque ese es otro nivel y para casi la totalidad de
    analistas de este tema la escuela no juega un papel decisivo en
    la creación de este hábito. Si esto es así,
    ¿cuál es el papel de la escuela? Consideramos que
    la respuesta sencilla pero verdadera es la de formar niños
    y jóvenes que sepan leer, es decir que puedan comprender
    lo que leen, que pierdan el miedo a los textos, que al leer
    puedan volcar en lo que están leyendo lo que ellos ya
    saben, de tal manera que la lectura sea una aprehensión
    personal de lo que supuestamente el texto brinda. Que, como dice
    Jorge Larrosa, el leer sea una experiencia significativa que vaya
    más allá de la simple adquisición de
    información, formándolos y transformándolos.
    (cfr. Larrosa, Jorge: 2003, p.207) Que puedan llegar al nivel de
    saber que lo que el texto ofrece está en función a
    lo que ellos pueden aportar, que, en esta medida, cuanto ellos
    más brinden el texto les brindará más, que
    ellos podrán estar de acuerdo o en desacuerdo con lo que
    leen, pero que son consciente de estas actitudes, las cuales no
    le impiden sumergirse en el texto. Si esto lograra la escuela,
    estaría poniendo su granito de arena tratando de fomentar
    el hábito de la lectura.

    El libro de Delia Lerner "Leer y escribir en la escuela:
    lo real, lo posible y lo necesario", que es justamente el
    título del capítulo primero de esta obra, que
    presentó como abstract de la conferencia que
    dictó en Vigo, España, en 1998, en el marco de las
    jornadas sobre Historia, usos y aprendizaje del lenguaje escrito,
    es sumamente importante, porque, con su larga experiencia
    adquirida en las aulas, Delia Lerner puede precisar que lo
    necesario es hacer de la escuela una comunidad de lectores que
    acudan a los textos buscando respuesta para los problemas que
    necesitan resolver, tratando de encontrar información para
    comprender mejor algún aspecto del mundo que es objeto de
    sus preocupaciones. Lo necesario es hacer de la escuela una
    comunidad de escritores que producen sus propios textos para dar
    a conocer sus ideas, para informar sobre hechos que los
    destinatarios necesitan o deben conocer. Lo real es que llevar a
    la práctica lo necesario es una tarea difícil para
    la escuela, por múltiples razones: la
    escolarización de las prácticas de lectura y
    escritura plantea arduos problemas, los propósitos que se
    persiguen en la escuela al leer y escribir son diferentes a los
    que orientan la lectura y la escritura fuera de ella. Lo posible
    es hacer el esfuerzo de conciliar las necesidades inherentes a la
    institución escolar con el propósito educativo de
    formar lectores y escritores, lo posible es generar condiciones
    didácticas que permitan poner en escena –a pesar de
    las dificultades y contando con ellas- una versión escolar
    de la lectura y la escritura más próxima a la
    versión social (no escolar) de estas prácticas
    (Cfr. Lerner, Delia, 2001, pp. 25-37)

    La primera gran fase de la alfabetización europea:
    El papel de las iglesias cristianas

    ¿Desde cuando se inicia un proceso alfabetizador
    en la sociedad occidental? ¿Por qué a la escuela se
    le hizo y aún se le hace tan difícil formar
    lectores? El problema es realmente complejo. Tiene que ver
    fundamentalmente con problemas históricos y sociales. La
    escuela actual es heredera de una tendencia democratizadora que
    se aceleró a partir del siglo XIX y que hizo de la
    alfabetización una de sus metas fundamentales. La
    alfabetización devino en un derecho, uno de los derechos más
    importantes de todos los seres humanos, en la medida que ella es
    concebida como una condición sine qua non para la
    realización del hombre como
    tal. La alfabetización pasa a ser entendida
    básicamente como el saber leer y escribir, es decir el
    haber aprendido la codificación y descodificación de
    una determinada lengua, de manera tal que permita su escritura y
    lectura.

    Decíamos que el proceso de esta
    democratización y, por ende, su corolario de perseguir
    como objetivo prioritario que todos aprendan a leer y escribir,
    se aceleró (no surgió) a partir de la segunda mitad
    del siglo XIX. Esto se concluye de diversos estudios sobre la
    alfabetización desde una perspectiva histórica. Es
    muy importante, al respecto, el libro de Anne-Marie Chartier
    "Enseñar a leer y escribir. Una aproximación
    histórica", centrado en el caso francés.

    Actualmente podemos apreciar en su exacta
    dimensión como la iglesia
    cristiana, tanto la católica como la protestante, a partir
    del siglo XVI llevaron a cabo la primera alfabetización de
    masas y la catequización cristiana de Europa occidental
    (Cfr.Chartier, Anne-Marie, 2004, p. 27). Ello tiene su
    antecedente en el gran papel cultural que jugó la iglesia
    cristiana europea medieval y, fundamentalmente, el monacato
    cristiano. Su aporte en el decurso de los siglos del medievo ha
    sido suficientemente estudiado y valorizado. Sin embargo, no
    siempre se hace referencia a su trascendental papel en el proceso
    de alfabetización que se fue dando en el mundo occidental.
    Por lo general, el énfasis del análisis de sus
    inicios se suele centrar en los últimos decenios del siglo
    XIX y comienzos del siglo XX. Resulta justo revalorizar en su
    exacta dimensión el papel jugado por las iglesias
    cristianas (no sólo el catolicismo) a partir del siglo
    XVI. El historiador francés Jean Hébrard
    señala que en dicho siglo, que es la centuria en la cual
    se reinventa la escuela en occidente, la Iglesia decide "que
    para formar a un cristiano hay que alfabetizarlo. Es el momento
    del Concilio de Trento, que es una respuesta al desarrollo de la
    reforma en Europa. Y esta institución de la Palabra, la
    Iglesia, descubre en ese preciso momento que ya no es posible
    escribir el catecismo en la memoria de los niños, sino que
    hay que alfabetizarlo. Las primeras escuelas parroquiales van a
    nacer –primero en Italia del norte,
    luego en toda Europa, así como se desarrollan
    paralelamente en la Europa de la Reforma- para vincular a la
    formación cristiana con la alfabetización"

    (Hébrard,
    Jean. "El aprendizaje de la lectura en la escuela: discusiones y
    nuevas perspectivas". Conferencia pronunciada en la Biblioteca
    Nacional de Buenos Aires en el año
    2000
    ). Esta primera
    alfabetización tuvo un objetivo fundamental: formar buenos
    cristianos, capaces de escribir y leer. La adquisición de
    estas dos habilidades constituía la única forma que
    posibilitaba su acceso, como cristianos, a la Palabra de Dios, al
    catecismo, a las oraciones. Nos señala Anne-Marie Chartier
    que diversos testimonios del siglo XVIII "muestran a algunos
    padres disgustados porque sus hijos de 13, 14, o incluso 15
    años, al no haber sido admitidos a la comunión,
    permanecían al margen de la sociedad adulta y no
    podrían entrar como aprendices".
    (Chartier,
    Anne-Marie, 2004, p. 27). Incluso en Suecia y Finlandia la
    "ley de
    Iglesia" de 1686 obligaba a los pastores (eran países
    protestantes) a verificar la competencia de niños y
    adultos en materia
    religiosa a través de exámenes anuales muy
    exigentes y solemnes. ¡Y por supuesto que había
    desaprobados! Suecia, a decir de Margaret Meek, "era el
    único país que tenía toda la
    población alfabetizada que era de esperarse; allí,
    a partir del siglo XVII la ley de la Iglesia luterana y el Estado
    exigió que todos los adultos que quisieran contraer
    matrimonio
    leyeran un texto en voz alta ante el ministro de su parroquia
    para demostrar que podían leer por sí mismo la Ley
    de Dios". (Meek, 2004, p. 51) El gran historiador inglés
    Peter Burke, citando a E. Johansson, escribe al respecto: "Na
    Suecia protestante, por exemplo, no século XVII a Igreja
    oganizou uma campanha de alfabetização -talvez a
    primeira dessa natureza na história moderna- que visava a
    estimular a leitura da Biblia".(
    Burke,
    Peter: Problemas causados por Gutenberg: A explosão da
    informação nos primórdios da Europa
    Moderna
    ) Consecuencia
    muy grave de esta exigencia alfabetizadora era que los que no
    sabían "leer y recitar su catecismo" no podían
    recibir la confirmación (que era posterior a la
    comunión, alrededor de los 15 o 16 años) y esto, a
    su vez, les impedía llevar a cabo cualquier acto oficial,
    como el casarse. En pocas palabras: quien no sabía leer no
    existía para la ley.

    En el mundo católico se dio una modalidad
    diferente. El catecismo, y por lo tanto los estudios en la
    escuela, concluía con la comunión, es decir hacia
    los 11 o 12 años. Esto explica por qué durante
    mucho tiempo la educación obligatoria llegaba hasta esa
    edad, que después va a coincidir con la llamada
    educación primaria. Pero hay otro aspecto a destacar
    dentro de la educación católica. A fines del siglo
    XVII el sistema educativo que establece Jean-Baptiste de La Salle
    va a diferenciar el rendimiento intelectual -muchas veces llamado
    aprovechamiento- de la conducta o comportamiento. La severidad propia de los
    sistemas educativos de aquel entonces va a ser exclusiva para los
    casos de mala conducta, nunca por dificultades para aprender. Se
    podía no lograr aprender, pero de todas maneras todos
    hacían su primera comunión. (Cfr. Chartier,
    Anne-Marie, 2004, p. 28-29)

    Hay otro aspecto, muy importante, que Anne-Marie
    Chartier destaca con relación a la innovación que Jean-Baptiste de La Salle y
    los Hermanos de las Escuela Cristianas implantaron, a fines del
    siglo XVII, en lo concerniente a la enseñanza de la
    escritura, lectura y cálculo.
    Es el llamado «método simultáneo», que
    constituye un gran avance porque, hasta ese momento, esos tres
    aprendizajes se realizaban sucesivamente, y, por otra parte, esta
    innovación permitió enseñar la lectura a los
    niños de medios
    populares, de manera gratuita y en francés (no en
    latín). Chartier nos dice: "Ya sea por la
    organización pedagógica o por el contenido del
    aprendizaje, tal «innovación» hoy en
    día puede sorprendernos o dejarnos perplejos. La
    distribución en nueve clases parece haber sido inventada
    como modelo de una especie de pedagogía por objetivos antes de que
    ésta existiera, con una evaluación binaria de los
    resultados y una transparencia de las reglas del «éxito
    escolar»: cada respuesta es correcta o incorrecta…"
    (Chartier, Anne-Marie, 2004, p. 93)
    . Con todo lo innovador
    que fue el aporte de La Salle, sin embargo, tenía serias
    limitaciones, que fueron detectadas en su tiempo. Al estar
    centrado en la lectura de plegarias, los estudiantes
    tendían a repetir de memoria las oraciones que figuraban
    en los textos de aprendizaje, de tal manera que se
    producía un inadecuado proceso descodificador. Chartier
    señala un comentario de Jacques de Betancourt, de 1654, en
    el cual se lee: "porque cuando se les pide que lean lo que ya
    conocen de memoria, no aprenden nada para la lectura" (Chartier,
    Anne-Marie, 2004, p. 95)
    . La Salle era consciente de estas
    limitaciones. Para él, según lo señala
    Chartier, "aprender a leer para saber recitar el catecismo no
    bastaba, pues un saber, incluso bien memorizado, no constituye en
    sí una cultura;…" (Chartier, Anne-Marie, 2004, p.
    98)
    .

    Consideramos un acto de justicia
    cultural el hacer referencia a cómo esta tradición
    cultural cristiana constituye, con sus matices y altibajos, una
    política continua a partir de la alta edad media. La
    cultura europea cristiana fue una cultura del libro en la medida
    que estaba fundamentada en el Libro -así con
    mayúsculas- es decir la Biblia. En este sentido, fue
    heredera de la tradición judía. Esta es la
    razón por la cual a las culturas cristiana, árabe y
    judía se les conoce como las culturas del Libro. La
    sacralización del libro tan característico de la
    Europa medieval probablemente es, según Sergio
    Pérez Cortés, una herencia
    judía. Robert Bonfil escribe al respecto: "Parece que
    durante la Alta Edad Media está presente entre los hebreos
    del Occidente cristiano un fenómeno de
    sacralización del libro análogo al que se observa
    en la sociedad cristiana contemporánea. También
    para los hebreos el libro está considerado como un objeto
    mágico-religioso más que como un instrumento de
    comunicación a través de la lectura; como reliquia
    destinada a la devota adoración contemplativa en
    función de su carga sobrenatural, más que como
    almacén de contenidos al que recurrir libremente".
    (Bonfil, Robert. «La lectura en las comunidades hebreas de
    Europa occidental en la época medieval». (En:
    Cavallo, Guglielmo y Roger Chartier, 1998, pp.
    234-235)

    El libro en el mundo mental cristiano no era un simple
    útil para la transmisión de la cultura, que era la
    concepción del libro en el mundo grecorromano. Al respecto
    escribe lo siguiente el estudioso mexicano Sergio Pérez
    Cortés, en un trabajo importantísimo y muy bien
    documentado titulado
    "El
    monje medieval ante su página. Actitudes ante la
    página: la relación de
    escritura"
    :

    "La función esencial del libro sería su
    participación en ceremonias litúrgicas, mediante la
    lectura en voz alta; el escriba lo sabía, y obtenía
    de ahí la convicción de que a él le
    correspondía esa misma plegaria, aunque no hecha
    públicamente con los labios, sino en privado, escribiendo
    en silencio. A eso se refería Pedro el Venerable al llamar
    al libro monástico "una prédica muda". El acto de
    escritura resultaba así cargado de un intenso valor
    moral y
    espiritual. Debido a ello, en la página quedaban
    concentradas una serie de tensiones ascéticas: el copista
    pedía al libro que fuera la prueba de su "santa fatiga" y
    de su ascenso espiritual; en él tenía que poder
    descifrarse también el progreso moral de aquél que
    lo había escrito y su esfuerzo por perfeccionar sus
    signos, desprendiéndose de ese modo de los errores y
    pecados que había cometido. De aquí proviene la
    frecuencia con la que aparecen las historias de salvación
    del escriba, debido a la realización de un manuscrito.
    Todos los copistas conocían la historia de ese monje que
    para remediar la enorme cantidad de pecados que había
    cometido, se había impuesto como
    penitencia la transcripción de un grueso volumen de la
    escritura santa. En el momento de su muerte, su
    alma fue
    conducida hasta el Juez Supremo; los diablos la reclamaron
    invocando sus frecuentes infidelidades, pero los ángeles
    presentaron a dios su libro para desarmarlos. Fue necesario
    contar las letras que ese desdichado había copiado. Para
    su fortuna, el número de letras era superior en una unidad
    al número de sus faltas; una
    sola letra que hubiese sido omitida, y su alma estaría
    perdida: "no fue enviado al cielo (porque esa conclusión
    sería un tanto inmoral); fue enviado nuevamente a la tierra para
    darle tiempo a corregir su vida". (Pérez Cortes, Sergio.
    1998)

    Como apreciamos en esta cita, un tanto extensa,
    que la reproduzco porque ella refleja claramente la
    sacralización del libro a punto tal que en esta
    cosmovisión la tarea de copiado de un libro podía
    salvar un alma.

    La labor del escriba era una tarea realmente
    difícil e incluso tediosa. Pero era una obligación
    monástica, como lo era, también, la lectura.
    Implicaba una lectura musitada, por lo menos hasta el siglo VII
    d. C., centuria en la cual se impone la separación de las
    palabras que hizo posible la lectura silenciosa (al respecto
    puede ser consultado el importante trabajo del profesor Sergio
    Pérez titulado "Separación
    entre palabras"
    , escrito en honor del erudito
    Paul Saenger). La lectura en el mundo grecorromano y en parte del
    medievo europeo había sido en voz alta y ello como una
    necesidad: para dar sentido, como nos dice Manguel, "a las
    retahílas de letras sin puntos ni mayúsculas". La
    labor del monje copista significaba, asimismo,
    compenetración con el texto que se copiaba. Y así
    como demandaba mucho esfuerzo, también debió haber
    brindado grandes satisfacciones, en algunos casos individuales
    (los monjes tenían que luchar contra el pecado del orgullo
    que podía despertar la tarea terminada), aunque realmente
    el trabajo de
    los escribas o copistas de los monasterios era, fundamentalmente,
    una obra de equipo. Esta es otra de las grandes lecciones y otro
    de los trascendentales legados
    culturales cristiano y monástico: el trabajo colectivo
    perfecto.

    Los monjes irlandeses fueron los que realmente iniciaron
    el proceso de separación entre palabras -que por supuesto
    tiene su prehistoria- y que constituye todo un
    interesantísimo proceso histórico. Malcolm Parkes
    señala "que los amanuenses irlandeses, al copiar los
    textos latinos, abandonaron la scriptio continua de sus modelos y
    adoptaron como base para sus trabajos los criterios
    morfológicos que habían hallado en los
    análisis de los gramáticos: identificaban las
    palabras introduciendo espacios entre las partes de la
    oración. Por el contrario, al reproducir textos en su
    lengua nativa, copiaban como una sola unidad aquellas palabras
    que estaban agrupadas en torno a un solo acento tónico
    principal y que mantenían entre sí una
    conexión sintáctica estrecha". (Parkes, Malcolm La
    Alta Edad Media. En: Cavallo, Guglielmo y Roger Chartier, 1998,
    p. 146).

    Los copistas irlandeses se vieron impulsados a emprender
    la trascendental tarea de crear una escritura con
    separación entre palabras por el hecho de ser el
    latín un idioma extraño para ellos. Ello explica el
    porqué al escribir en su propia lengua lo seguían
    haciendo con escritura continua. Esto explica, asimismo, el
    porqué este proceso, que se inicia en el siglo VI, es
    lento y recién estaría llegando a su fin en el
    siglo XII. En Italia, por el parecido de sus lenguas romances con
    el latín, su afianzamiento tardó hasta el siglo
    XI.

    La separación entre palabras hizo posible que se
    generalizara una nueva forma de lectura: la lectura silenciosa.
    Actualmente por ser la forma más común de leer no
    apreciamos el cambio profundo que ella significó y los
    cambios que ella trajo consigo. No tenemos conciencia que cuando
    leemos actualmente un texto en cualquier soporte se están
    llevando a cabo "una serie de procesos increíblemente
    complejos, montones de neuronas en sectores específicos de
    mi cerebro descifran el texto que absorben mis ojos y lo hacen
    comprensible para mí, sin necesidad de emitir las palabras
    en beneficio de mis oídos. Esta lectura silenciosa no es
    una ocupación tan antigua como creemos".
    (
    Manguel
    Alberto. "De San Agustín a la
    computadora"
    ). El mismo
    prestigioso estudioso que acabamos de citar, al respecto
    señala que en el siglo IX "la puntuación y la mayor
    difusión de los libros establecieron la lectura silenciosa
    como algo común y un nuevo elemento –la privacidad
    pasó a ser un rasgo del oficio. La lectura en silencio dio
    a estos nuevos lectores una suerte de intimidad con el texto,
    creando muros invisibles alrededor de ellos y de la actividad de
    leer". En la Regla de San Benito, según lo señala
    Malcolm Parkes, "encontramos referencias a la lectura
    individual y a la necesidad de leer para uno mismo con el fin de
    no molestar a los demás". (Parkes, Malcolm La Alta Edad
    Media. En: Cavallo, Guglielmo y Roger Chartier, 1998, p.
    141).

    Como todo cambio profundo la lectura silenciosa
    implicó toda una compleja trama de transformaciones.
    Sólo señalaremos, entre ellas, que la tarea de los
    copistas se vio facilitada; el silencio en los scriptorium
    podía ser ya una realidad y compatibilizar con las
    normas de
    silencio de la vida conventual. Por otra parte, el mutismo que
    fue hasta no hace mucho tiempo atrás lo
    característico de las bibliotecas
    (actualmente ya no lo es con la estrictez que venía de la
    época medieval) pudo ser establecido como norma en los
    ambientes destinados a la lectura, porque técnicamente era
    posible su cumplimiento. Escribiendo y leyendo, ahora en pantalla
    o en formato de papel, somos herederos de esos cambios que se
    operaron entre los monjes irlandeses a partir del siglo VI. Hoy
    leemos con tanta facilidad que no nos percatamos de las bondades
    de la página en la cual aparece lo escrito tan legible y
    preparado especialmente para su lectura. Ella, la página,
    hizo posible que la lectura descansara "en el reconocimiento
    visual, sin el aporte de la fonetización, y así, el
    ojo se convirtió en el sentido privilegiado. Ambos
    procesos confluyen en la posibilidad de aumentar la velocidad de
    lectura. La lectura rápida, inmediata, de consulta o de
    referencia, tal como la conocemos, podía iniciar su vida
    práctica". Refiriéndose a todas estas bondades
    James O’Donnell, dice: "[los antiguos] no tenían
    nuestras normas de la página ordenada, señalada por
    una puntuación visual uniforme y con palabras claramente
    separadas. En comparación con los jardines de palabras
    prolíficamente desbrozados y podados en que disfrutamos de
    nuestros placeres literarios, los antiguos lo hacían, y
    bastante bien, en un desierto de rayaduras irregulares sobre una
    página" (O’Donnell, James: 2000, p.
    54
    )

    Además, el placer de la lectura ahora
    podía tener carta de ingreso.
    No pretendo decir que con anterioridad los lectores del mundo
    antiguo y del alto medievo no sintieran el placer de la lectura y
    de la escritura, pero eran actividades que generalmente no
    tenían la intimidad que la nueva escritura con palabras
    separadas hizo posible. Recuérdese que antes de esto los
    escritores realmente no escribían sino que dictaban sus
    obras a un asistente o secretario. Como todo nuevo cambio,
    produjo efectos no deseados ni esperados. Hubo, es cierto, un
    impulso hacia la escritura en el campo espiritual, pero
    también se produjo un renacimiento de
    la escritura, y por ende de la lectura, erótica. Como
    escribe Sergio Pérez Cortés: "Hasta el siglo
    XIII, las decoraciones y las referencias sexuales contenidas en
    los libros eran mas bien oblicuas y destinadas a señalar
    los éxitos que, contra la carne, obtenía la vida en
    castidad. En la Francia del
    siglo XV la literatura erótica estaba desde luego
    aún prohibida, pero la lectura privada impulsó la
    producción de libros ilustrados para consumo de los
    laicos, que fueron tolerados porque eran leídos y
    diseminados en secreto. En secreto circulaba ahora ese material
    que nosotros llamaríamos pornográfico, y que en la
    tolerante y pagana cultura clásica había sido
    leído en voz alta y expuesto abiertamente a la curiosidad
    de todos". (Pérez Cortés, Sergio, Separación
    entre palabras, 1999)

    Nos hemos extendido un tanto en estos aspectos
    relacionados con la lectura silenciosa y el aporte del monacato
    cristiano porque, por lo general, es un tema tratado en trabajos
    muy especializados y por lo tanto injustamente desconocido en
    obras de divulgación. Por otra parte, su desconocimiento o
    su conocimiento muy superficial generan, entre los docentes y
    psicólogos de la educación, crasos errores de
    interpretación de hechos que, a la luz de un
    análisis e interpretación histórica, pueden
    ser cabalmente comprendidos. Por lo general, la mayor parte de
    los docentes no son conscientes, por ejemplo, que los copistas o
    escribas del medievo, la mayor parte de ellos monjes (aunque
    también los había laicos), de seguro sin tener
    clara conciencia de la trascendencia de su labor, dieron
    solución a un problema técnico complejo y de gran
    trascendencia, cual es el haber creado páginas legibles,
    correctas y homogéneas dentro de la cultura manuscrita y
    con ello haber hecho posible el salvar el gran legado cultural
    del mundo antiguo y del propio medievo. (Cfr. Sergio Pérez
    C., op. cit.) La simplificación alcanzada con una
    escritura no continua, con letra legible, con una página
    especialmente diseñada para facilitar la lectura, con
    signos de
    puntuación y ortográficos que también
    fueron en ese mismo sentido, así como para darle mayor
    legibilidad al texto no solo en su aspecto formal sino
    también y sobre todo en cuanto al aspecto del contenido.
    Todo ello sería un factor que con el paso del tiempo
    haría técnicamente posible la aspiración de
    lograr el ideal de la alfabetización universal.

    Democratización y
    alfabetización
    (*)

    La escuela y la lectura (*)

    La familia y la lectura (*)

    Bibliografía (*)

    (*)Para ver el texto completo
    seleccione la opción "Descargar" del menú
    superior

    Datos del
    autor

    Profesor de Historia y Geografía. Estudios
    de Educación realizados en la Universidad Nacional Mayor
    de San Marcos (Lima-Perú). Experiencia docente en centros
    de educación secundaria y superior, públicos y
    privados de Lima.

    Trabajos publicados:

    1. El futuro del libro y el libro del futuro. Una mirada
    desde la óptica
    pedagógica

    /trabajos12/futulib/futulib


    http://www.serprofessoruniversitario.pro.br/ler.asp?TEXTO=1137


    http://www.serprofessoruniversitario.pro.br/ler.asp?TEXTO=1138

    2.- Libro y lectura en la era digital. El gran
    desafío de la educación actual.

    Formato en papel.

    En: Revista
    CISTERCIUM, octubre-diciembre 2003, N° 233, pp. 781-881,
    año LV, Zamora – España, Ediciones Monte
    Casino, 2003

    Versión electrónica del trabajo, en:

    http://www3.planalfa.es/cisterc/zips/paredes.zip


    http://www.razonypalabra.org.mx/libros/libros/Libro%20y%20lectura%20en%20era%20digital.pdf

    3.- La lectura. De la descodificación al
    hábito lector.

    http://www3.planalfa.es/cisterc/archivos/digitall.htm


    http://www.cem.itesm.mx/dacs/publicaciones/logos/libros/libros/lecturades.pdf

    4.- "¿La independencia
    peruana un don foráneo?"


    http://www.ilustrados.com/publicaciones/EplFpFFAkZysspMZLm.php

    5- "La controvertida misiva de San Martín a
    Bolívar de 29 de Agosto de 1822"

    /trabajos12/lacontrv/lacontrv

    6.- "Dos casos de falsificaciones históricas en
    Hispanoamérica: El affaire Colombres Mármol
    y la falsificación de misivas relacionadas con el viaje
    del presidente peruano Mariano Ignacio Prado en plena guerra con
    Chile"


    http://www.periciascaligraficas.com/Guia%20Pericial/peri048.htm

    /trabajos10/dosca/dosca

    7.- "San Martín y Bolívar en
    Guayaquil"


    http://www.simon-bolivar.org/bolivar/sb_sm_en%20guayaquil.html

    8.- San Martín, la Expedición Libertadora
    del Sur y la Independencia de los Pueblos del Perú (1819
    – 1821).

    /trabajos16/san-martin-peru/san-martin-peru

    Jorge G. Paredes M.

    Lima-Perú

    Enero 2005

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