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Alcances e interpretaciones del problema inquilinario a través de la historia

Enviado por danus12



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Suplemento Extraído de la Revista Lotería. Octubre-Noviembre 1973

Alexander Cuevas. El Movimiento Inquilinario de 1925

  1. Desarrollo histórico
  2. Naturaleza ideológica del momento
  3. La defensa de los inquilinos
  4. La Asamblea Nacional pide informes de los nuevos arrestos a los inquilinos
  5. Un análisis sereno
  6. Un corazón de piedra
  7. Una ley socialista
  8. Otro articulo nuevo

DESARROLLO HISTÓRICO

1. A través de la Ruta de Tránsito

2. La Etapa Republicana.

1. A través de la Ruta de Tránsito

La importancia histórica, geográfica y comercial, inherentes a las ciudades de Panamá y Colón obedecen a una condición muy particular, de la cual ambos aprovecharon y aprovechan: la de ser sitios de Tránsito. De allí que, las ciudades terminales de la Ruta, fuesen siempre campos abonados para la siembra de casas de inquilinato; porque, como dice Tomlinson:

"Siendo estos lugares, únicos, en los cuales se mantenía cierto movimiento comercial, era lógico que se agrupara en torno a estas ciudades toda la población y se enclavaran en ellas todas las propiedades que necesitaban construirse para alojar a sus moradores" .

Pero, el problema inquilinario no era todavía un problema. Era apenas un embrión que la situación caótica del Istmo —producto de una estrecha ligazón con la nación colombiana— impedía desarrollarse. Sin embargo, en el año de 1850, con la construcción del Ferrocarril, aparecen los primeros bodegones y con ellos los perfiles del problema. Perfiles que logra contornos definidos con la iniciación de los trabajos del Canal por los franceses.

"Con el arribo a nuestra tierras de legiones de técnicos, empleados, comerciantes y trabajadores en general, que viene a trabajar en la obra canalera, los capitalistas se aprestan a construir casonas con multitud de cuartos de alquiler para darlas en arrendamiento a la masa de hombres y mujeres que llegan" .

El arrendamiento se da en las circunstancias más deplorables para el arrendatario. Sus demandas ante los propietarios no pueden ser apuntaladas por normas legales, porque no existe todavía una legislación sobre el asunto. De allí que se vea compulsado a aceptar la vivienda con los numerosos inconvenientes a ella adheridos.

Esta situación no duró mucho tiempo. Porque la Compañía

Francesa fracasa en su intento de abrir el Canal. Y a los centenares de trabajadores que habían venido para hacer posible ese intento, no les queda otro camino que el de prepararse a partir hacia sus tierras de origen.

Por esta época, el Istmo estaba convulsionado por las frecuentes manifestaciones de descontento de una burguesía que aspiraba a librarse política y económicamente del Estado Colombiano. Que buscaba amplias libertades para la propiedad. Que anhelaba su consolidación como clase. De allí que se produce el Acto Independentista de 1903; y se produce también, casi simultáneamente, la firma del Tratado del Canal con los Estados Unidos. Este país había realizado ya la compra de todas las acciones del Canal que poseía la Compañía Francesa. Sin embargo, ni la autonomía política, ni la Construcción del Canal por los norteamericanos dieron los frutos que se esperaban. Las repercusiones sociales de esta nueva pero triste realidad, fueron insospechadas. Soler dice al respecto que: "En los mismos momentos en que la burguesía liberal esperaba un impulso ascendente definitivo, se opera una delicuescencia de clase que determina su pérdida de la hegemonía intelectual, 'su refugio en la propiedad inmobiliaria', y su marginación de la actividad comercial en favor de inmigrantes extranjeros. Uno de sus intelectuales de hoy así lo reconoce cuando afirma que nunca en la historia estuvo el blanco capitalino en condiciones tan angustiosas como en 1903... su hegemonía intelectual estaba perdida. Sólo le quedaba la pequeña península de la capital y esto por obra y gracia de fuerzas colombianas; y dentro de sus murallas, comerciantes extranjeros lo empujaban más y más hacia un caserismo estático" .

Esto último va a constituirse en destino y característica fundamental de una clase decepcionada, en las primeras décadas del presente siglo. Característica que hace posible el establecimiento, por vez primera, de:

"Las bases objetivas de la degeneración de una clase frustrada en lo internacional y cada vez más en lo nacional, de la cual habría de surgir la lumpenburguesía de hoy..." (4).

2. La Etapa Republicana

Desilusionada la burguesía liberal panameña después de su intento fallido de estructuración clasista no le queda otro recurso —para seguir subsistiendo muellemente— que el arrendamiento de casas.

Así tenemos que las ciudades terminales se ensanchan, porque los caseros se aprestan a recibir »la avalancha de distintos grupos humanos que vienen a trabajar en las obras del Canal. De esta manera surgen en la ciudad de Panamá, los barrios del Chorrillo y Calidonia; luego los de San Miguel y el Marañón; y por último, los del Granillo y Malambo. En Colón, Rainbow City y Folk River, representan concreciones de la obsesión por las edificaciones que caracterizaba a los dueños de casas de ese momento. Pero el arrendamiento tornábase difícil. Empezaba a mostrar ya su forma ignominiosa y explotadora. Porque, como nos dice Tomlinson:

"Con una legislación conservadora derivada de Colombia y una Constitución confeccionada precisamente por los dueños de casas y nuevos terratenientes del Istmo, la relación arrendaticia que renacía con motivo de la construcción de los bodegones en los barrios... no podía ser más desigual. Los arrendatarios estaban sometidos a una situación desastrosa" (5).

Los inquilinos confrontan una situación similar o peor que aquélla que confrontaron en la segunda mitad del siglo XIX. Esta política egoísta e inescrupulosa puesta en práctica por los arrendadores, se constituyó en una espada de doble filo. Porque si, por un lado, llevó a los arrendatarios a condiciones denigrantes e intolerables; por el otro, creó conciencia en esos hombres que se hallaban aprisionados y que sufrían por ella. Arribamos así, a 1925. Año en que la masa inquilinaria decide, en una forma mancomunada, encarar valerosamente el problema. Y así, un día de octubre, el 10 específicamente, sangre y vidas se ofrendaron generosamente en cumplimiento con una lucha que pretendía acelerar su obliteración.

 NATURALEZA IDEOLÓGICA DEL MOMENTO

1. El Neoliberalismo

2. ¿Anarquismo? ¿Comunismo?

1. El Neoliberalismo

La desilusión que saturó a la burguesía liberal panameña después del Acto Independentista y mucho más, después del Tratado del Canal con los Estados Unidos, la llevaron a refugiarse en un caserismo ignominioso y expoliador. Y con esta actitud inició un proceso de degeneración que no ha concluido, y que la conduce a su propia aniquilación.

Durante los años del 20, hombres como Eusebio A. Morales, Guillermo Andreve y José Dolores Moscote, emprenden la gigantesca tarea de renovar el Liberalismo y revisar sus postulados clásicos. Por esta misma época, y concomitantes a esta actitud, dice Soler:

"Se observa un florecimiento inusitado del pensamiento pedagógico que, acompañando los intentos teóricos de renovación neoliberal, pretende estructurar una educación de definición democrática y de afirmación nacionalista"

Esta tarea la llevaron a cabo Jeptha B. Duncan y José Daniel Crespo. Hombres que vieron en la educación no sólo la perpetuación del liberalismo, sino también, la salvación de la República. Porque los ideólogos del Neo-Liberalismo fueron, también, los ideólogos de la renovación pedagógica. Concluida la Primera Guerra Mundial y luego del ejemplo, sin precedentes en la Historia, de la Revolución Rusa, aunado al empuje vigoroso y progresivo de las ideas Socialistas, llevó a los teóricos Neoliberales a elaborar críticas y a formular paradojas en torno al panorama ideológico-político internacional desde el punto de vista liberal. Y así, Eusebio A. Morales, advierte y acepta la atmósfera proletaria que envuelve a la Revolución Bolchevique aunque no acepta un elemento y una etapa vital de dicha revolución en su proceso de realización: La Lucha de Clases y La Dictadura del Proletariado.

"En ese sentido, ya en el enfoque mismo que de los problemas sociales hacía Morales en 1919, se sienta uno de los supuestos del posterior pensamiento político neo-liberal: la justicia social es posible sin la agudización de las contradicciones clasistas que conduzcan a una dictadura —'tiranía'— del proletariado" (7).

Moscote y Andreve adoptan las ideas de Morales y con ella intentan la estructuración del ideario neo-liberal. Estructuración que sólo podía hacerla posible una revisión previa de los postulados leseferistas e individualistas del liberalismo clásico. De esa manera, dice Soler:

"Moscote en primer término, y después Andreve se abocaron a la tarea revisionista intentando una re-definición, social y moderna, del liberalismo. Tal re-definición, en el sentir de estos autores haría incluso posible la asimilación de aquellos aspectos positivos del socialismo sin que por ello fuere negada la esencia perenne del liberalismo" (8).

Así tenemos que, para Moscote, el liberalismo no es más que una "actitud mental", y para Andreve, "una recta tirada al infinito". Estas conceptualizaciones que inventaron Moscote y Andreve, no fueron más que intentos por salvar una ideología que ya había sido superada en Europa pero que aquí entraba en su etapa agónica.

"La perenne 'actitud mental' liberal de Moscote, y la 'recta tirada al infinito' de Andreve, reconocían implícita, y en Moscote explícitamente, la caducidad del liberalismo doctrinario que sólo intentaba superar a través de la perennidad de fórmulas sin contenido, es decir, a través de la perennidad de un liberalismo 'sin Doctrina' " .

De allí que, agrega Soler,

"La caducidad de las fuerzas histórico-sociales que inevitablemente representa lo llevó a superar el siglo XVIII con el siglo XIII" .Por eso, la concepción neo-liberal con un forma moderna pero con un contenido refugiado en la Edad Media, no cumplió ni cumplirá su misión: impedir la aniquilación del liberalismo. Este, hoy, se encuentra en sus últimos estertores agónicos en manos de un partido nefasto e incapaz. Esto es lo que afirman y tienden a reafirmar las palabras que a continuación transcribo y que, en los actuales momentos, expresa uno de los que fue y es uno de sus legítimos representantes.

"Los liberales que, como yo, nos vemos obligados a atacar al Partido Liberal, en obediencia a un ineludible deber, no lo hacemos para hacer daño al Liberalismo; lo hacemos para salvar al Liberalismo y darle nueva vida..." .

Esta era, pues, la ideología de los hombres del gobierno del Presidente Rodolfo Chiari. Ideología vacua y precaria. Vacuidad y precariedad que se puso de manifiesto el 10 de octubre de 1925; después con la renuncia de la Soberanía, y finalmente, con la penetración de las tuerzas norteamericanas para solucionar un orden de cosas que, según palabras de uno de los defensores de los inquilinarios, ... El mismo Presidente de la República había creado con sus coqueterías de Liberalismo barato" (12).

2. ¿Anarquismo? ¿Comunismo?

Es incuestionable que, en la década del veinte, existía en Panamá una amplia libertad de pensamiento. La misma Constitución de 1904 así lo señalaba en su Artículo 27, cuyo contenido, era el siguiente:

"Toda persona podrá emitir libremente su pensamiento, de palabra o por escrito, por la imprenta, o cualquier otro medio, sin sujeción a censura previa, siempre que se refiera a los actos oficiales de funcionarios públicos. Pero existirán los responsabilidades legales cuando por alguno de estos medios se atente contra la honra de las personas" (13).

Por ende, es natural que el Movimiento Inquilinario se incubase en un medio fecundo en ideas y hasta es posible que fuese apuntalado por algunas de ellas. Pero calificar tal movimiento con los adjetivos de "anarquista" o de "comunista", fue uno de los grandes errores del Gobierno de aquella época. Error que se proyecta hasta nuestros días, por obra y gracia de nuestros "historiadores". Y ese error, esa concepción del movimiento de los Inquilinos tan alejada de la verdad, impidió que el Ejecutivo diese soluciones justas e inmediatas al problema inquilinario, que hubieran evitado el derramamiento de sangre y que, por tanto, se enlutecieran muchos hogares de inquilinos proletarios panameños como, efectivamente, ocurrió.

Antes de seguir adelante es preciso hacer constar que, ni el Anarquismo ni el Comunismo, como ideologías, constituían en sí mismas, en ese momento, infracciones a la Constitución o a la Leyes de la República. Por eso, la imputación de los adjetivos anteriormente mencionados a la lucha de los Inquilinos no fue más que una premeditada y abominable acción de quienes querían atraer sobre ellos el recelo y la desconfianza de instituciones gubernamentales y hasta de países extranjeros.

De allí que, el primer ataque contra el Movimiento Inquilinario tuviese como blanco directo, su propaganda; la cual era calificada de política, anarquista, comunista y subversiva. Calificativos que, con posterioridad, resultaron ser infundados; porque los arrendatarios, ab initio, se preocuparon por precisar que su campaña propugnaba por mejoras en las condiciones del arrendamiento. Y solamente eso. En otros términos, era un movimiento absolutamente reivindicativo. Prueba de esto es que, cuando se trató de impedir la celebración de sus mítines, acordaron que su propaganda se circunscribiría estrictamente al problema del arrendamiento, y prohibiendo, además, que se criticase algún gobierno o que se enfocasen temas ideológicos en ella. Empero, esta acción sincera y honesta de los inquilinos, no fue ningún atenuante para que cambiase la actitud del Gobierno. Este prosiguió en su política obstinada de dificultar las reuniones inquilinarias.

Esta situación, como era natural, provocó un disgusto inmenso en los arrendatarios; y más cuando se sabía que tal política no se asentaba en razones constitucionales, ni siquiera en razones legales. El choque, por ende, quedó planteado; el cual, más tarde, tornóse inevitable. El 10 de octubre de 1925, fue su concretización. Un Diez de Octubre, sangriento pero necesario para demostrar a un gobierno avestruz, quiénes tenían de su parte la razón y la justicia; y quiénes esgrimían la violencia para imponer precisamente lo contrario: la sinrazón y la injusticia.

Los inquilinos se agrupaban en una Liga, la cual a su vez, era un Departamento del Sindicato General de Trabajadores, organismo que se preocupaba por el progreso económico-cultural del obrero.

Entre los problemas económicos que se le presentaban a dicho organismo y que requerían solución inmediata, estaban: el Inquili-nario y el de las Subsistencias. De allí que, se le dio a la Liga autonomía para que desempeñase mejor sus funciones. Funciones que sólo tenían un objetivo, una finalidad: resolver la cuestión inquilinaria. Una vez resuelto el problema, dicha Liga dejaría de existir. Por tanto y como lo expresé anteriormente, las imputaciones de anarquista y comunista de que hicieron objeto a la Liga Inquilinaria, carecían de todo fundamento.

A continuación, tres razones por las cuales tales imputaciones hechas al Movimiento Inquilinario, fueron infundadas:

1. El Movimiento Inquilinario fue un movimiento circunscrito. Circunscrito por una reivindicación. El Anarquismo y el Comunismo, en cambio, son movimientos genéricos y radicales.

2. El primero tuvo como arma la huelga (parcial o total), la que efectivamente puso en práctica, para la obtención de las reformas inmediatas; mientras que, los segundos, aspiran a una transformación de la sociedad por medio de la Revolución Social.

3. El objetivo inmediato del Movimiento Inquilinario no era la revolución social. Era sencillamente.1; lograr mejores condiciones de arrendamiento para la clase proletaria.

Es evidente, también, que detrás del Movimiento Inquilinario se agitaron no sólo diversas nacionalidades, sino también, ideologías distintas. Así tenemos que, José María Blásquez de Pedro, su máximo inspirador, era español y de conocida tendencia anarquista. Luis Francisco Bustamante, Nicolás Terreros y Estaban M. Patle-vitch, peruanos, que habían luchado dignamente contra el Dictador Leguía, eran ardientes socialistas. Carlos Manuel Céspedes Jr., colombiano y socialista también. Sara Gratz, polaca y anarquista. Martín Blásquez de Pedro, español y anarquista, al igual que su hermano. Entre los nacionales: Domingo H. Turner, era un liberal-socialista consecuente. Y finalmente: Diógenes de la Rosa, Gabino Sierra Gutiérrez, Manuel Lucio Rodríguez, Carlos Sucre C., Samuel Casis, Manuel V. Garrido C., Eugenio L. Cossani y otros, eran simpatizantes entusiasmados de las ideas socialistas. Como se puede ver a simple vista, esta heterogeneidad ideológica no podía servir jamás de sustentáculo a una calificación taxativa como era esa que le habían otorgado al Movimiento Inquilinario. Y el intento de liquidarlo por este camino, resultó fallido. Ante esta situación, al Gobierno no le queda otra alternativa que adoptar soluciones de fuerza. La deportación fue una de ellas. Esta se inició con José María Blásquez de Pedro, el 25 de septiembre de 1925, la cual, en vez de extinguir el Movimiento (como eran los deseos del Gobierno), lo que hizo fue vigorizar el empuje de las masas inquilinarias, que enardecidas y sedientas de justicia se hicieron, más tarde, incontenibles. Pero los métodos violentos fueron siempre descartados de su programa de lucha, fue el propio Gobierno quien incurrió en éstos.

Concluimos pues, afirmando que la calificación que las autoridades gubernamentales lanzaron al Movimiento Inquilinario fue, evidentemente, premeditada y con fines claramente definidos. Calificación que se trocó, poco después, en una aberración de incalculables proporciones; la cual, sólo podía favorecer —como en verdad favoreció— a quienes la forjaron.

En los tiempos actuales todavía reviven, con más intensidad, estos ejemplos. Ejemplos que provinieron ayer y que provienen hoy de una clase corrupta que, débil para luchar contra los verdaderos movimientos populares, los trata de asfixiar en sus cunas con la simple calificación de comunistas; lográndolo la mayoría de las veces y... con la ayuda del pueblo. Un pueblo que está siendo empujado, por la mencionada clase, a condiciones espantosas de hambre y de miseria. Un pueblo que, hoy más que nunca, debe encontrar, para su redención, cimera inspiración en las palabras de Washington, en aquéllas que precisamente cerraban el Manifiesto que los detenidos inquilinarios enviaron, desde la cárcel al proletariado panameño, el 12 de octubre de 1925:

"Es preferible que las llanuras estén cubiertas de cadáveres antes que habitadas por esclavos"

LOS HECHOS

1. Causas

2. El 10 de octubre

3. La Intervención Norteamericana

4. El Proceso Inquilinario

He titulado el capítulo en esta forma, porque considero que son ellos, los hechos, los que se constituyen en esencia y acicate de esta pequeña aportación histórica. Y son esos hechos o una gran mayoría de ellos los que, traspasando las dimensiones del tiempo y las mistificaciones de los historiadores, nos impelen hoy a que los plasmemos en un sitio seguro donde puedan hacer fluir, libremente, toda la verdad en ellos contenida. Quizás sea, en este aparte, donde posiblemente se encuentre la satisfacción a ciertas interrogantes que algunas generaciones panameñas se han venido planteando en tomo al Movimiento Inquilinario. Interrogantes para las cuales no se encuentran todavía, en la actualidad, respuestas aceptables en nuestro vasto campo historiográfico. Iniciamos, pues, este importante y esclarecedor capítulo.

1. Causas

El problema Inquilinario en la década del veinte no fue un problema exclusivo de nuestro país; ya sus vientos soplaban en forma amenazadora en otros lares, haciendo tambalear la estructura económico social de países como Chile (Antofagasta, Valparaíso y Santiago), España (Madrid y Bilbao), y México. Y tanto allá como acá el problema presentaba sus eternas características: un precio de arrendamiento desorbitado concomitante a una habitación huérfana de sanidad, luz y aire. No otra cosa se desprende del siguiente párrafo de un artículo que elaboró, en marzo de 1925, el periódico chileno "El Mercurio", donde criticaba crudamente la actitud de indiferencia que el gobierno de su país prodigaba al problema inquilinario. Textualmente decía dicho párrafo que:

"Se edifica muy poco para la clase obrera y para la clase media de empleados que es la que más sufre con el elevado alquiler de habitaciones deficientes en cuanto a higiene y comodidad"

Pero la situación de los inquilinos de esos países palidecía ante la situación que confrontaban, por esa misma época, los inquilinos panameños. A estos últimos, la susodicha situación se les tornó crítica y asfixiante al arribar el año de 1925. Porque es en este año, precisamente, cuando se pone en vigencia la Ley destinada a hacer reformas y adiciones profundas al Código Fiscal. Dicha Ley fue, la 29 de 1925 (Véase Apéndice Documental), la cual, disponía gravar la propiedad urbana en un cinco por mil (5 x 1000), sobre el valor catastral de la propiedad, en vez del impuesto del 2% sobre la renta bruta probable anual, que era la que se había cobrado hasta la fecha. La mencionada Ley, creación del Dr. Eusebio A. Morales, quien por esa época estaba a cargo de la Secretaría de Hacienda del Gobierno Chiarista (Rodolfo), alteraba ostensiblemente el sistema tributario que regía sobre la propiedad urbana y rural. Los arrendadores alzaron inmediatamente su voz de protesta, alegando que se les estaba imponiendo una carga onerosa e injusta. Aunque, en el fondo, dicha protesta nacía y se alimentaba de la merma inevitable que produciría en sus ingresos la justa y plausible Ley. Para impedir esto, había que tomar una decisión, y la tomaron. Y esta fue la tradicional e inhumana de siempre: hacer recaer el peso del nuevo impuesto sobre la masa de inquilinos pobres, y crear así, una situación conflictiva que pondría de manifiesto ante el Ejecutivo la no-viabilidad del contenido de la Ley. Se produce así, en las ciudades de Panamá y Colón, un alza violenta e insólita del arriendo. Tan exagerado fue éste que Tomlinson nos dice que:

"... excedió de un 25 a un 50% sobre el precio de las habitaciones vigentes entonces" .

Esto, como era natural, produce un impacto tremendo en las masas inquilinarias. A pesar de que la situación económica para ellas no era todavía difícil, porque las construcciones que por esos días estaban muy activas absorbían la mayoría de sus integrantes.

Pero la actitud de los arrendadores no era sólo expoliadora, sino también, deshonesta. Expoliadora porque, como ya lo he señalado, se trocaba en un golpe directo y hasta mortal, contra la anémica constitución económica del obrero panameño, ya que gran parte del salario de éste, se iba en habitación dejando a medio satisfacer o sin satisfacer el resto de sus necesidades primarias. Y

ausencia y asomó, al revés, en la Federación lo que la comunidad conoce con el nombre de 'Caciquismo'...". "Prácticamente, entonces, desapareció el fin social y sólo medraron a la sombra de la supuesta organización, apetitos desmedidos de figuración y, lo que es más dañoso, de especulación...".

Y con respecto a la trayectoria ambigua y por tanto hipócrita, de sus líderes, se expresaba así:

"Porque los actuales directores de la Federación no se les ve sino a caza de la fórmula de inteligencia con el capital y los gobiernos, que es la manera de entregarse y, ¿por qué no decirlo claramente? de venderse. ¿Acaso no es ello, también, el hacerse pasar por líderes obreros para atrapar una posición oficial, a cuyo amparo se ejecuta lo que el gobierno quiere y no lo que el obrero necesita? " (19).

La protesta de los miembros del S.G.T., era, pues, justificada. Así el 21 de Septiembre de 1925, enviaron un Memorial al Alcalde del Distrito, en el cual, dejaban establecida claramente su inconformidad por la distinción que se había otorgado a una organización que no había hecho nada, absolutamente nada, por merecerlo. Este Memorial fue contestado por el Alcalde Galindo, en frases saturadas de soberbia y arbitrariedad que sólo pueden proceder de funcionarios obcecados por el mando. Así con respecto al escogimiento decía: "No reparé en que si los nombrados eran miembros de determinada organización obrera" (20). Y más adelante refiriéndose a la acción discriminatoria ejercida contra los del S.G.T., expresábase así: "Estas consideraciones llevarán al ánimo de ustedes el convencimiento de que para el objeto de la reunión celebrada ayer en la Alcaldía no era indispensable su concurrencia..." (21).

Actos como éstos, provocadores en extremo, estaban caldeando el ambiente y empujando a los inquilinos a asumir posiciones beligerantes. Estas no se hicieron esperar. Las negociaciones con los propietarios resultaron infructuosas. Y así, el 1 de octubre en Panamá, y días más tarde, el 9 específicamente, en Colón, se inician las huelgas de "no-pago" de alquileres. Estas huelgas eran pacíficas o de "Resistencia Pasiva" como la llamaban los inquilinos. En la capital, la agitación se mantenía viva a través de los "meetings", los cuales ya tenían la aquiescencia del Presidente de la República. Pero, el 6 de octubre, el Alcalde del distrito Mario Galindo, envía

una comunicación a la Liga de Inquilinos, en la cual manifiesta su decisión de prohibir terminantemente los mitins. Comunicación que, por estar desnuda de razones, hizo que su contenido cayera viciado de nulidad. A continuación, su texto:

"Acusóles recibo de la comunicación firmada por el señor Diógenes de la Rosa a nombre de ustedes; en que me hacen saber que esta noche a la siete y media se reunirán en el solar comprendido entre las calles Juan Mendoza y 19 oeste, en uso del derecho de reunión que consagra el artículo 20 de la Constitución.

Nadie pone en tela de juicio ese derecho, pero él no los faculta a ustedes ni a nadie para ir contra el derecho de locomoción que a todos por igual concede el Artículo 21 de la Carta Magna; ni puede el suscrito como la autoridad superior del Distrito desatenderse de la protección que le debe a las personas, residentes o transeúntes, en sus vidas, bienes etc., ni menos dar pábulo a actos que pueden comprometer el respeto recíproco de los asociados en sus derechos naturales constitucionales y legales (artículo 15).

De aquí que no baste el simple aviso a la autoridad para reunirse en lugares públicos o al aire libre, sino que hay necesidad de permiso de la autoridad como lo prevé el ordinal lo. del artículo 1344 del C.A. (Código Administrativo).

Y como la Alcaldía considera que la continuación de esas reuniones en la forma que han venido efectuándose es atentatoria del orden público, en guarda de la tranquilidad social y como medida preventiva dispone no concederles a ustedes permiso para mítines en sitios públicos al aire libre.

Les aviso que he dado instrucciones a la Policía en tal sentido, para que haga respetar la respectiva orden del Despacho" (22).

Horas más tarde, los inquilinos enviaban, en otra comunicación, su Respuesta al Alcalde del Distrito. En ésta, se refutaba con sólidos argumentos la comunicación alcaldicia y se pone al descubierto, simultáneamente, la inconstitucionalidad e ilegalidad de la prohibición. Su texto rezaba así:

"En nombre de las personas que integran la Liga de Inquilinos tenemos el honor de referirnos a su nota número 688-11 de ayer en que usted nos manifiesta que ha resuelto no concedernos más permisos para celebrar más 'mítines' en sitios públicos o al aire libre y que ha dado instrucciones a la Policía para hacer respetar esa resolución. Tales medidas, expresa usted, han sido adoptadas en acatamiento de la Constitución y Leyes del País.

Nosotros, sin lamentar que no hubiera invocado también los principios del 'Partido Liberal' solicitamos a usted la revocatoria de las mencionadas órdenes, contra las cuales elevamos, además, nuestra enérgica protesta. Es indispensable retroceder más de un siglo y olvidar las instituciones públicas alcanzadas por los pueblos en cruentas faenas, para justificar la actitud de usted que pugna contra los más elementales fundamentos de nuestra organización constitucional y política. Es tan sagrado entre nosotros el derecho a libre y pacífica reunión que la Carta Magna no prevé el caso de que pueda ser suspendido. El Artículo 47 de la Constitución no enumera este derecho entre los resultados de que se pueda privar al pueblo ni aún por motivos de 'seguridad del Estado en caso de guerra exterior o de perturbación interna que amenace la paz pública'. Cuando el inciso lo. del Artículo 1344, Código Administrativo estatuye que sin permiso del Alcalde no podrán celebrarse reuniones o procesiones que impidan el tránsito por las calles o plazas públicas, no incluye todos los sitios al aire libre ni faculta a la autoridad para negar tales permisos, pues, además de que el tránsito puede accidentalmente hacerse por otras vías nunca esta libertad de movimiento constituye derecho más sagrado que el de reunión. Con este razonamiento la citada ley carecería de valor por inconstitucional.

'La Liga de Inquilinos' ha celebrado más de una veintena de mítines y muchas manifestaciones sin dar nunca motivos u ocasiones a desórdenes; porque ha sido y es su decisión respetar las autoridades públicas siempre que ellas procedan dentro del orden legal establecido; pero ello no es obstáculo para que francamente eleve su protesta siempre que, como en este caso, se trate de privar a sus miembros de los derechos constitucionales de que todos los pueblos civilizados gozan hoy.

Basándonos en los motivos expuestos rogamos a usted revoque la resolución a que hacemos mérito y le comunicamos desde ahora que esta noche, a las 8 pasado meridiano, celebraremos en el Parque de Santa Ana el mitin que la lluvia impidió ayer" (23).

Los inquilinos cumplieron su palabra. El mitin se realizó. Realización que fue un abierto desafío a la. actitud intransigente, ilegal e inconstitucional de funcionarios gubernamentales que, como el Alcalde, anhelaban aniquilar el Movimiento.La respuesta a este desafío no tardó. Y fue una respuesta violenta. Porque, dos días después, las calles y el Parque de Santa Ana se tiñeron con sangre proletaria.

2. El 10 de octubre

Este día al igual que otros memorables que han dejado surcos profundos e imperecederos dentro del acontecer histórico panameño, se presentó nublado; como presagiando la tragedia que iba a apoderar de la ciudad a tempranas horas de la noche.

Pues bien, en horas de la mañana del mencionado día, aparecieron por toda la ciudad cartelones que contenían la siguiente prevención alcaldicia:

PREVENCIÓN

"Se hace saber del público que está prohibido formar reuniones o procesiones en la calles o plazas públicas sin licencia escrita del suscrito. Los actos en contrario serán considerados como desobediencia a la autoridad tendientes a turbar el orden público y reprimidos por la Policía, haciendo para ello uso de la fuerza si fuera necesario. A los que formen, promuevan o inicien tales actos o participen en ellos en cualquiera forma se les aplicarán las sanciones de Ley. (Art. 1344, 1349, 899, 900, 901, 902, 905 y 906 del Código Administrativo. Se aplicarán también los artículos 903 y 904 Ibidem, si fuere el caso).

El Alcalde" Í24).

Esta prevención era el primer síntoma o el primer indicio de que se iba a tratar de impedir, en toda forma y por todos los medios, la reunión inquilinaria proyectada para celebrarse esa noche. Así lo evidenciaban, también, las palabras del señor Alcalde del Distrito expresadas en una entrevista esa mañana a un reportero de un diario local. A continuación, dichas palabras: "En estos momentos voy a ver al Comandante Pretelt, para darle instrucciones en relación con las medidas que precisa adoptar para que este mitin no se realice de ninguna manera, pues no estamos dispuestos a dejar burlada la autoridad" .

Los inquilinos, por otra parte, no se habían dejado intimidar; estaban absolutamente convencidos de que, todas sus actuaciones, eran acompañadas y respaldadas por la Constitución y la Ley. De esta manera, y contando con el asentimiento del Ejecutivo lanzaron una hoja suelta, con más de 200 firmas, en la que se hacía un llamado a todo el elemento inquilinario de la ciudad afiliado o no-afiliado, sin distinción de sexos, para que acudiesen a Santa Ana a ejercer con valentía un derecho que les otorgaba a todos por igual, la Carta Magna. Su texto era el siguiente:

SI HAY MITIN

"La Liga de Inquilinos, invitamos en nuestros nombres propios a los compañeros, hombres y mujeres, al mitin que por iniciativa nuestra, se celebrará esta noche a las 8 en el Parque de Santa Ana. Acudid todos si tenéis el valor necesario para ejercer el derecho constitucional de reunión libre" (26).

Los inquilinos, además estaban realizando gestiones con los señores Erasmo Méndez, Juez Quinto del Circuito, y el señor Leónidas Pretelt, Comandante en Jefe de la Policía Nacional, las cuales, tenían como objetivo hacer que el Alcalde cambiase de decisión. Tales gestiones, al iniciarse la tarde, dieron un viraje inesperado. El Alcalde cedió. Pero cedió a medias. Iba a permitir celebrar el mitin pero no el sábado 10 (porque decía él iba a restarse autoridad), sino el 14, o sea, el miércoles.

La decisión alcaldicia ponía, pues, en dificultad a los dirigentes inquilinarios; porque, a esas alturas, era prácticamente imposible impedir que se reuniesen las masas del inquilinato local. El líder inquilinario, Samuel Casis, quien fungía en esos momentos de puente entre los inquilinos y los señores Méndez y Pretelt, hízole ver al último de los señores mencionados lo embarazoso de la situación; agregando, además, que iban a hacer todo lo posible por dominarla. Cito, al respecto, un párrafo de su declaración en el juicio que le siguieron a él y otros compañeros por los hechos del 10 de octubre. Textualmente decía:

"Entonces yo le dije al Gral. Pretelt que la noticia transmitida por él en la mañana de que el señor Presidente de la República estaba de acuerdo que el mitin se celebrara, causó una gratísima impresión en la Sociedad de Inquilinos al grado de que muchos de ellos asumieron la responsabilidad del caso y tiraron una hoja suelta invitando al mitin; que era casi imposible conseguir convencer a la masa de que no acudieran al Parque la noche del sábado, pero que tanto yo como los demás directores haríamos una exposición desde el Kiosco para explicar a los inquilinos la imposibilidad de continuar allí la reunión y advertirles que nos reuniríamos un día posterior..." .

Así, y como habían vislumbrado Samuel Casis y sus otros compañeros que dirigían la liga de inquilinos, ya a las 7 y media de la noche, los grupos que habían empezado a formarse a tempranas horas, estaban numéricamente acrecentados. El nerviosismo y la ansiedad se reflejaban de manera ostensible, en todos los rostros de la abigarrada muchedumbre. Esta tornóse violenta al saber que los señores, Jorge E. Brower Jr., y Carlos Manuel Céspedes Jr., habían sido arrestados sin causa justificada; y al saber también que un inquilino de apellido Sánchez, había sido brutalmente golpeado por un Oficial de la Policía. Mientras tanto, Manuel Lucio Rodríguez y Gabino Sierra Gutiérrez, agotaban todos sus recursos persuasivos para hacer que la masa desistiese de ir a Santa Ana. El último de ellos, no sólo hizo un llamado a la cordura y a la disciplina y explicó claramente los objetivos de La Liga, sino que, también, advirtió a toda la multitud el peligro que se cerniría sobre ella en la histórica plaza. Para ampliar transcribo, inmediatamente, algunos párrafos de su declaración:

"En vista de esto, usando un pito o silbato de los que tiene para llamar al orden a sus miembros la Liga de Inquilinos, me paré en una silla y luego de dos pitazos largos, les pedí me escucharan para hablarles. Les dije que precisaba tener reflexión, porque nuestras intenciones o fines no eran ir a luchar contra la policía ni contra el Gobierno legalmente constituido, sino hacer valer nuestros derechos vulnerados por el elemento burgués que nos extorsionaba con el alza de Alquileres y artículos de primera necesidad; que debían ser disciplinados y guardar toda la compostura que el momento exigía; que recordaran que se había aconsejado asistir sin arma alguna, y en ese estado era una imprudencia exponerse a luchar, máxime cuando no era esa nuestra finalidad.

Por ese estilo habló a la muchedumbre el compañero Rodríguez y varios otros más, y recuerdo, que nos vimos obligados a usar términos fuertes como los de 'Carajo, aquí hay que obedecer, porque se impone la disciplina'. Esto indignó a la muchedumbre, que estuvo a punto de lincharnos, tratándonos de traidores al movimiento, etc". (28).

En estas circunstancias, nada se podía hacer ya para contener la multitud; excepto, alejarla del peligro. Esto fue lo que trataron de hacer los dirigentes inquilinarios pero, después de recorrer varias calles, la muchedumbre se rebeló al darse cuenta de tal propósito y entonces se lanzó heroicamente hacia el Parque de Santa Ana. Manú el Lucio Rodríguez, en su declaración, nos describe el fatal itinerario en las siguientes palabras:

"Viviendo yo que me era imposible convencer a la multitud no me quedó otro recurso que el de salir con ella, a la cabeza, a efecto de dar un recorrido por ciertas partes alejadas del parque, y efectivamente recorrí con ella un tramo de la calle B, la calle 19 oeste, las anexas a ellas, y al llegar a la avenida Ancón, la muchedumbre trató de subir esa calle, consiguiendo desviarla con engañifa, subiendo por la calle 'B' hasta llegar a la esquina de la calle 13 oeste donde ya me fue imposible contenerla, viéndome obligado a seguir con ella rumbo al Parque de Santa Ana..." (29).

El Parque, al igual que el Kiosko del mismo, se encontraba rodeado por miembros de la Policía. Esta, como era lógico, no resistió el primer embate de la enorme ola humana, la cual, los envolvió por completo. Ya en el Kiosko, los dirigentes inquilinarios, Rodríguez, Casis y Sierra Gutiérrez, trataron de imponer orden y silencio a la multitud enardecida. Ellos no habían perdido la esperanza de poder disuadir a la masa de sus propósitos, los cuales, ineluctablemente, iban a tener consecuencias fatales. Sierra Gutiérrez, en su declaración, describiendo su arribo al Kiosko, decía textualmente:

"De allí empecé a hablar al pueblo en forma que refrenara sus pasiones y no fuera a ir contra la policía. Era nuestra idea pronunciar dos o tres discursos y luego hacerlos disolver..." .

Pero, los líderes inquilinarios no pudieron cumplir con su objetivo. La policía, se los impidió. El Teniente Enrique Correa, a cargo del Destacamento de Policía, repuesto del asombro, había mandado a pedir ayuda y ésta no tardó. Ayuda que, encabezada por el Comandante Ricardo Arango, Segundo Jefe de la Policía, venía dispuesta a sembrar dolor y muerte en el Parque de Santa Ana. El Comandante Arango, se acercó y subió al Kiosko en donde increpó a Sierra Gutiérrez, amenazándole con su revólver, a que bajase. Este que se encontraba en el atril, que utilizan los Directores de Orquesta, se abrió el saco e incitó al Comandante Arango a que le disparase. El Comandante Arango no lo hizo porque unos individuos allí presentes, se lo impidieron. Dramáticamente describe, Gabino Sierra Gutiérrez, ese momento:

"... Y me paré entonces en el atril que usa el Director de la Banda, para de allí apaciguar los ánimos, pero el comandante Arango insistía que desalojara el Kiosko y para hacerme bajar me apuntó con su revólver. El pueblo gritó en señal de protesta y me abrí el saco, levantándomelo con las dos manos, y demostrándole que no estaba armado le dije que disparara si quería.

Algunos individuos le bajaron la mano al Comandante Arango y éste hizo dos disparos al suelo a los que sucedieron dos más. Comenzó el escándalo y empezaron a disparar porque yo los vi, el Teniente Correa, los Subtenientes Pérez, Alemán y Maestre y el Agente Julio Bernal"

Dos de los proyectiles de los disparos hechos por el Comandante Arango fueron a alojarse en las piernas de Ferdín Jaén, quien era uno de los que permanecían en el Kiosko. Samuel Tachar que se encontraba en el sitio y a la hora en que cayó Jaén, decía, de manera textual, en su declaración:

"Ferdín Jaén sí se bajó, y en momento que estaba abajo de la banca, el señor Arango, hizo dos disparos con su revólver a la muchedumbre sin que pueda precisar si era a determinada persona y en ese instante de los disparos oí un grito de Ferdín Jaén que dijo: ¡Ay! y se desplomó al suelo" (32).

Y refiriéndose a las acciones posteriores del Comandante Arango y de la masa inquilinaria, continuaba así:

"El público mientras Correa hacía disparos no huía porque veía que esos disparos eran hechos al aire pero al ver que los dos disparos del Comandante Arango habían causado un herido, el público comprendió el peligro en que estaba, se dispersó en grupos en distintas direcciones, bajándose el Coronel Arango en persecución de uno de esos grupos que se dirigió hacia el Metropole" .

Persecución que iba a tener, como epilogo, el asesinato a mansalva de Marciano Mirones. Tachar vuelve y nos da una relación de esos instantes, tan llenos de infamia y cobardía. Dicha relación, se troca, en verdad, en una seria acusación. Decía él que:

"El Coronel Arango cuando perseguía al grupo de manifestantes que se dirigía hacia el Metropole, no disparó contra ese grupo sino simplemente los impresionaba con voces e insultos diciéndoles: 'Negros, Miserables, váyanse'; pero que al llegar a una de las bancas de concreto situadas a orillas de la acera del Parque cerca al Metropole, habiendo quedado despejada la calle y sólo se encontraba allí Mirones quien continuaba excitando al pueblo para que no se acobardara, fue cuando hizo uno o dos disparos rápidos que tumbaron a Mirones, gravemente herido" .

En esta misma forma se expresa Manuel Lucio Rodríguez, quien tenía mayor visibilidad y estaba mejor situado que Tachar.

Textualmente expresaba, en su declaración:

"Me consta que la herida causada a Marciano Mirones fue hecha con el revólver que portaba el Comandante Arango, porque en momentos que se había formado el tumulto y se sucedieron los disparos, vi desde una pequeña plataforma que queda al lado de la escalera del Kiosko, cuando el Comandante Arango salió por la Avenida que desemboca frente al Metropole y Mirones, que se encontraba parado en la calle, pero más cerca de la acera del Parque que la del Metropole protestaba de los atropellos de la Autoridad, y en este momento Arango le disparó, haciendo blanco en Mirones quien cayó exánime" .

Tanto Mirones como Jaén, quien falleció al día siguiente, eran dos inquilinos pobres que fueron a Santa Ana respaldados por la Constitución y la Ley y encontraron la muerte precisamente en manos de quienes estaban más obligados a salvaguardar esa Constitución y a respetar dicha Ley.

Entre tanto, los dirigentes inquilinarios Sierra Gutiérrez, Diógenes de la Rosa, Samuel Casis, Rodríguez y otros, permanecían en el Kiosko. Permanencia que fue efímera, porque un refuerzo de Policía a cuya vanguardia venían los señores Eduardo Chiari, el Alcalde Galindo y el gobernador Archibaldo Boyd se acercó, rápidamente, con intención de desalojarlos. El último de los señores mencionados, intimó arresto a Sierra Gutiérrez apuntándole con su revólver. El alcalde Galindo, en cambio, subió en busca de Casis. Tomó a éste por la camisa y trató de intimidarlo con el revólver. El dirigente inquilinario le hizo una pregunta y el alcalde contestóle con toda clase de improperios —lenguaje de las bestias o de personas infatuados o ensoberbecidos con el mando— lo empujó, y hasta lo amenazó de muerte. Transcribo a continuación el histórico diálogo:

"Me hice hacia el centro del Kiosko y en eso subió el alcalde dando tumbos con el revólver en mano y me tomó por la pechera de la camisa, me puso el revólver en la sien y en el pecho, y me dijo 'hijo de puta, tú estás aquí —' 'no querían al Alcalde', 'aquí está el Alcalde pues'. — Yo le contesté: 'Usted qué me dice con eso'... — 'Si quiere tirar, tire'. E insistía en un vocabulario tan sucio y tan vulgar que comprendí que no estaba en su estado normal por el tufo, que parecía mosto de alambique. El trató como de empujarme, pero yo resistí y le interrogué, '¿Qué quiere Usted?'. — Y me contestó: 'Mandarte a la otra vida' " .

El Alcalde no se encontraba en estado sobrio. Esto se desprende de la cita precedente. Quizás, para darse valor, había estado libando copas antes de dirigirse al Parque de Santa Ana. Igual cosa hicieron, el Gobernador Boyd y el Comandante Arango. Gabino Sierra Gutiérrez que estuvo en íntimo contacto con ellos, expresó con firmeza:

"Declaro solemnemente, que tanto el Gobernador Boyd quien me trató vergajo y otros términos análogos, como el Alcalde Galindo y el Comandante Arango, pude darme cuenta que estaban en estado de beodez, porque les sentí cuando se me acercaron" .

Las hienas se habían saciado en un pueblo inerme. Los últimos grupos de éste fueron disueltos por el agua que lanzaron los bomberos no sólo con este propósito, sino también para tratar de quitar, en un gesto inútil, la sangre joven y fresca que había vertido, valientemente, el pueblo en el Parque de Santa Ana.

A continuación, reproduzco la lista de víctimas que apareció en "La Estrella de Panamá" en su edición del 11 de octubre, es decir, el día siguiente:

"Hospital Panamá:

Carlos de Diego, Capitán del Puerto, herida en el pulmón

derecho.

Félix Tejada, herida muscular del brazo derecho.

Hospital Santo Tomás:

Miguel Ávila, panameño, de veinte años; herida en el cuello (parte anterior).

Emilio Olivardía, panameño, de 21 años. Herida en el brazo y pulmón derechos.

Felipe López, panameño, de 21 años, herida en la pierna izquierda.

Antonio Landazo, colombiano, de 42 años, herida en el hombro izquierdo.

Alejandro Grau, panameño, 39 años, herida en el brazo izquierdo.

Ferdín Jaén, panameño, 28 años, herida en ambas piernas. Florencio Iturriaga, panameño, 23 años, herida de la pierna derecha.

Daniel Santana, panameño, 32 años, herida de la pierna derecha.

Toribio Meléndez, herida superficial de la frente. Muerto: Marciano Mirones, panameño" (38).

En la noche de los sucesos, hubo otros heridos que "La Estrella" no sacó en su lista. En la calle "B" después de los acontecimientos de Santa Ana, el señor Lorenzo Brown y un tal Pacheco, fueron balaceados por un ciudadano llamado Diógenes Montalbán.

Brown falleció días después, es decir, el 21 de octubre. "El Tiempo" informó del hecho ese mismo día, en su página principal, de la siguiente manera:

"Otro de los heridos del Sábado diez murió en la madrugada de hoy en el Hospital Santo Tomás. Fue uno de los que resultaron heridos por los disparos que esa noche hizo Diógenes Montalbán, en la calle B, después del Motín del Parque de Santa Ana" (39).

Brown vino a ser el cuarto muerto de los hechos infaustos acaecidos en Santa Ana, porque aparte de Mirones, ya habían fallecido, Jaén el 11 y Olivardía el 14. Hubo otros muertos con posterioridad. Un ejemplo: Antonio Landazo, a causa de su herida, estuvo paralítico por mucho tiempo antes de que la muerte viniese a poner fin a sus dolores.

Este fue pues, en síntesis, el saldo trágico del 10 de octubre. Saldo, que iba a ser más extenso con la Intervención. Saldo, que se erigió en delito y que levanta su índice acusador contra aquéllos que lo cometieron. Saldo también, que fue un crimen, el cual se materializó —según palabras de un abogado de los detenidos inquilinarios— "en las manchas de sangre que el 10 de octubre dejó en Santa Ana y en algunas conciencias y en las copas que bocas beodas escanciaron con delectación" (40).

Partes: 1, 2

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