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El nuevo mundo: Civilización y barbarie

Enviado por marcos cueva



  1. Resumen
  2. Desarrollo

Resumen:

Civilización y barbarie no son categorías que puedan pensarse por separado y fuera de una dualidad intrínseca. En la occidentalización del Nuevo Mundo (las Américas) hubo por ende de ambos fenómenos, como hasta hoy. En medio de la crisis de Occidente, la dualidad se ha modificado tanto en el Sur como en el Norte del continente Americano. Pese a la idea de progreso, el siglo XX tampoco estuvo exento del enfrentamiento, interno y externo, de civilizados y bárbaros.

Desarrollo

De una manera general, el Occidente no ha llegado a pensarse a sí mismo como bárbaro, ya que esta categoría estuvo destinada por mucho tiempo a los pueblos de Oriente (desde las invasiones de los hunos y los mongoles) y a las comunidades primitivas sojuzgadas por los imperios coloniales, como en Africa, antes de que, ya en el siglo XX, antropólogos y etnólogos se dieran a la tarea de estudiarlas y ocasionalmente rescatarlas. Kipling, por ejemplo, consideraba que las comunidades africanas estaban integradas por "medio demonios, medio niños". Curiosamente, las civilizaciones prehispánicas de América, que tanto habían deslumbrado a los españoles a su llegada en el siglo XVI (como ocurriera con Tenochtitlán), no han sido calificadas de bárbaras, aunque una como la azteca tuviera entre sus costumbres los sacrificios humanos. Hoy, para los arqueólogos, los vestigios de dichas civilizaciones prehispánicas dan cuenta de un esplendor pasado, a veces digno de ser reivindicado. Los incas, en sus incursiones bélicas, tampoco estaban exentos de un tratamiento bárbaro para los vencidos, como ocurriera, por ejemplo, en el actual norte del Ecuador y la laguna de Yaguarcocha ("laguna de sangre"), donde miles de indígenas adolescentes fueron ejecutados por los vencedores venidos del Sur, poco tiempo antes de la llegada de los españoles. Ciertamente, éstos, fundamentalmente preocupados por el oro, no encontraron en el indio sojuzgado al "buen salvaje" armónico, sino al animal, la "bestia de carga". Con la llegada de los españoles, en todo caso, se inauguraba un periodo durante el cual el imperio iberoamericano, que exportaba el 80 % de los metales preciosos del mundo, parecía ser el centro del orbe.

En el Norte como en el Sur de las Américas, la fundación del Nuevo Mundo conjugó el aporte civilizatorio –ciertos adelantos "tecnológicos" habían ayudado a los españoles- con la franca barbarie occidental, procedente de Europa. No hubo de pasar mucho tiempo antes de que los colonos europeos que llegaban a las costas estadounidenses decidieran exterminar a los indios que encontraban a su paso, y que con frecuencia no se les habían manifestado hostiles, aunque sí fueran radicalmente distintos en sus modos de vida. La primera democracia de América y el mundo nunca quiso reconocer en los indios a ciudadanos en plano de equidad, como tampoco quiso hacerlo más tarde con los negros traídos desde Africa. Para finales del siglo XIX, terminada la Conquista del Oeste, los pioneros habían arrasado con los indios acorralados, aunque algunos se hubieran pasado del lado del vencedor y colaboraran con él. El destino de esos indios, para quienes el hombre blanco era a primera vista incomprensible y a veces objeto de represalias, fue finalmente el de las terribles reservaciones: se habían acabado los grandes territorios para la caza y la pesca, los espacios del búfalo, la vida nómada y hasta cierta barbarie –aquí también- en los enfrentamientos entre tribus. Con el frecuencia, el comercio con engaño, la estafa sobre la ingenuidad y contra la palabra dada en los tratados, el robo, el alcohol y el desarraigo pudieron incluso más que las acciones bélicas. El acorralamiento seguía en los años ’70 del siglo pasado, cuando se descubrieron recursos naturales en las reservas indias, y pese a resistencias como la de los sioux oglala en Wounded Knee y Pine Ridge, donde se seguía exigiendo el respeto de los tratados: curiosamente, ya en ésa época, algunos jefes indios decían desconocer el concepto de "masas" porque implicaba despersonalización. La comunidad india, aunque de apariencia gregaria, no desconocía las particularidades individuales. Desde este punto de vista, no era gregaria.

Algunos colonos estadounidenses habían alcanzado a reconocer en el indio al "buen salvaje", que vivía con apego a la naturaleza y en relativa paz, pero fueron los menos: para los más, el indio vivía como los animales, y debía ser "civilizado" o aniquilado. No hubo, en la conquista del Norte de América, humanistas ni Iglesias que atemperaran el fanatismo y la belicosidad del hombre blanco, y que inclinaran la balanza hacia la "civilización" y la integración social del nativo. Colonos y pioneros huían de una Europa que veían en decadencia y corrupta, y se proponían desde un principio crear un "Nuevo Mundo" y una "civilización": en realidad, arrasaron con las comunidades preestablecidas y se privaron, con ello, de un pasado en suelo propio. Los negros no corrieron mejor suerte: el tráfico de esclavos era bárbaro por excelencia, aunque en él colaboraran también tribus y reyezuelos africanos. En Norteamérica, el "afroamericano" fue considerado por un tiempo, hasta la Guerra de Secesión, como el equivalente de una mercancía más a disposición del aristócrata sureño. Sorprende, a fin de cuentas, que el negro haya logrado adaptarse y hacer un aporte invaluable a la cultura norteamericana, como en la música, del blues al jazz, o como en la lucha por los Derechos Civiles de un Martin Luther King. Pero hasta bien entrado en el siglo XX, cuando aún se acostumbraba linchar y quemar negros, no faltaron blancos que pensaran en repatriarlos al Africa (como ocurrió con el experimento liberiano, de fatales consecuencias en los años ’90 del siglo pasado), ni líderes negros, como Marcus Garvey, que acariciaran idéntico sueño, el mismo que más tarde idealizaran desde los barrios marginales de Kingston, en Jamaica, los adeptos al culto rastafari. Con el tiempo, el reclamo de los Derechos Civiles quedó en el abandono y muchos negros estadounidenses se reorientaron hacia el Islam, con el fanatismo de un Louis Farrakhan. El pasado africano había sido borrado con el transplante de un continente a otro, y con ello la identidad primigenia. No quedaban comunidades preestablecidas que reivindicar: quedaban sobre todo mitos.

Norteamérica, que luego habría de reclamar su pertenencia a Occidente, se fundó así sobre dos barbaries, una practicada contra el indio y otra contra el negro, sin demérito del empeño que pusieron colonos y pioneros en fundar un "Nuevo Mundo", la "ciudad sobre la colina" para el "pueblo elegido de Dios", y los logros que fueron forjando los pequeños y medianos granjeros, antes de desaparecer de la escena a finales del siglo XIX, con el populismo agrario contra los grandes monopolios del ferrocarril. Probablemente este populismo, junto con los aportes negros a los que ya nos hemos referido, hayan sido los últimos vestigios de una cultura popular –que no de masas- en Estados Unidos. En efecto, la cultura popular en Estados Unidos tuvo que enfrentarse en el siglo XX con el auge de la cultura de masas, y por ende con grandes dificultades para sobrevivir. En su desarrollo, Estados Unidos también arrasó, aunque ahora lo reivindique, con el pasado colonial, de corta duración, en particular con las formas de colectividad que podían haber creado pequeños y medianos granjeros.

En el Sur, la fundación de América tampoco fue ajena a la barbarie, en la cual un puñado de hombres, con frecuencia de dudosa procedencia en España, arrasaron primero con los indios de las Antillas (como ocurrió con los tainos en la actual Cuba) y luego, de manera sorprendente y en un tiempo muy breve, con dos grandes civilizaciones, la azteca y la inca. No sólo utilizaron la espada y la cruz: como lo atestiguan los episodios de la Conquista en el árbol de la Noche Triste (México) y en la traición a la palabra dada por el inca Atahualpa, los españoles no dudaron en utilizar el engaño, como no dudaron más tarde, durante cerca de un siglo, en provocar una hecatombe demográfica a fuerza de brutalidad, de toda suerte de abusos (como el uso de la coca para que el indio aguantara el trabajo en la mina) y de la introducción de epidemias desconocidas para los nativos. Salvo excepciones, como la de Las Casas o las misiones jesuitas entre los guaraníes, tampoco hubo, entre los Conquistadores, mayor preocupación por preservar las riquezas materiales y espirituales que encontraban a su paso. Las civilizaciones prehispánicas apenas intuían por profecías que su fin se acercaba, y se encontraban por lo demás divididas, como las tribus del norte americano. Ya casi agotada la mano de obra india, en el Sur también se recurrió al bárbaro tráfico de esclavos. A diferencia del Norte, en el Sur la necesidad de mano de obra, que no era colmada por inmigraciones masivas, impidió el aniquilamiento final del indio en Mesoamérica y los Andes, aunque éste se produjo, ya en el siglo XIX, en las fronteras de la Pampa o de la Amazonia. Nunca quiso reconocer España, como tampoco lo ha querido hacer la historia oficial de América Latina y el Caribe, que el acto fundador, más que de civilización, fue de barbarie, pese a la conversión de los sometidos al catolicismo: la espada se había adelantado a la cruz. Los Conquistadores habían adquirido algo de "cruzados".

A veces tampoco han querido reconocer los descendientes de indios que las civilizaciones prehispánicas y las comunidades primitivas del Sur americano tampoco estaban exentas de elementos bárbaros. Si la Colonia sobrevivió y dejó huella hasta hoy, como lo atestiguan monumentales sedes arquitectónicas todavía funcionales, pero también cierta cultura popular (curiosamente mezclada con elementos aristocráticos), de las civilizaciones prehispánicas sólo quedaron ruinas para el trabajo de los arqueólogos y la curiosidad del turismo, "patrimonios culturales" muertos. Como en el Norte, a indios y negros, en sociedades ultrajerarquizadas en castas, jamás se les reconoció una Humanidad que fuera hasta la plena integración social. Aún así, la Colonia iberoamericana logró una mayor sedimentación que la breve Colonia británica del Norte. En el Sur, la Colonia creó culturas populares, con huellas aristocráticas y cristianas, que tendrían a la larga una mayor capacidad de sobrevivencia que en el Norte. No todo fue "barbarie" en la Colonia española.

La Historia puede salir de sus mitos: la fundación del "Nuevo Mundo", una de las primeras empresas modernas de Occidente, se distinguió por el afincamiento de la barbarie, aunque fuera disimulada por la promesa de la abundancia material y, sobre todo, del ascenso social para los recién llegados: la Tierra Prometida para los colonos en el Norte, el anhelo de pertenencia a la Corte para les "venidos a menos" en el Sur. Hasta hoy, la empresa de la movilidad social ascendente es uno de los elementos que distinguen al Nuevo Mundo de otras latitudes, donde las jerarquías son mucho más fijas (baste con pensar en las inamovibles castas en India). El puritanismo en el Norte y el catolicismo en el Sur ofrecieron la hoja de parra civilizada, pero colonos y Conquistadores habían llegado, fundamentalmente, para enriquecerse a como diera lugar. Se fundaron así, a la par, la soberbia y la ignorancia que juntas han acompañado siempre a las "invasiones bárbaras": los mongoles, por ejemplo, probablemente no entendían lo que hacían cuando destruyeron las riquezas del actual Irak, Bagdad incluida, riquezas que, por cierto, también fueran saqueadas recientemente por las tropas estadounidenses.

En ambos casos, el del Norte y el del Sur americanos, los bárbaros se habían quedado sin pasado ni tradiciones colectivas sobre las cuales afianzarse y en las cuales ampararse: destruyeron culturas y civilizaciones milenarias cuyos orígenes –asiáticos, por cierto, si ha de darse por cierta la hipótesis del cruce por el estrecho de Behring- interesan poco hasta hoy, en una perspectiva comparativa de estudio de las civilizaciones. Desafortunadamente, es probable que la insularidad de América también haya pesado en este saldo: los intercambios de los indios, aunque existieran dentro del continente americano, no iban más allá de éste, si se exceptúan también los hallazgos de la isla chilena de Pascua y la hipótesis del intercambio Pacífico, que algunos científicos buscaron reconstruir con la expedición del Kon-Tiki.

Todas las civilizaciones del mundo conocieron, en algún momento u otro de su historia, el peso de la barbarie, ya fuera por descomposición interna o por invasiones foráneas, fenómenos que solían coincidir. Pero si drama hay en América, es que, a diferencia de otras civilizaciones, aquí las preexistentes a la barbarie fundadora se hayan hundido, y que con ellas se hayan perdido culturas milenarias, capacidades de resistencia al exterior y de conservar jerarquías históricas, por rígidas que fueran. A la llegada de los occidentales, Japón supo cerrarse, luego abrirse con prudencia y conservar un pasado feudal jerárquico con sus tradiciones.

A la llegada de los occidentales, también, China conservó una cultura milenaria campesina en el interior, mientras los occidentales saqueaban sobre todo las zonas costeras. Los rusos supieron pactar con los mongoles, con la sagacidad de un Alejandro Nevski, hasta expulsarlos y expandir el imperio, como, ya en el siglo XX, consiguieron derrotar la empresa bárbara del nazismo, proveniente de una Alemania donde aún sobrevivía el feudalismo prusiano. Pese a la profunda penetración británica y las divisiones que provocó, India supo conservar una cultura milenaria de castas. Europa, la "vieja" Europa, conserva hasta hoy cierto cuño aristocrático y la herencia de la larga sedimentación de una Edad Media rica en enseñanzas: aún con la belleza arquitectónica, ésta no es un pasado muerto, sino que conserva toda su funcionalidad urbana y rural. Igualmente acosado por Occidente, por lo menos desde las cruzadas, el Islam ha conservado sus propias tradiciones y formas de resistencia al exterior. Incluso el Imperio Romano, destruido al final por la decadencia interna y las invasiones bárbaras, dejó una herencia imperecedera en el mundo latino. Muchas civilizaciones, aunque acosadas, han logrado proyección universal: las del continente americano, arrasadas, ya no pudieron hacerlo. Enfrentamientos entre "civilización" y "barbarie", por ende, marcan buena parte de la Historia de la Humanidad.

Sólo la pretendida superioridad de Occidente, que hoy quisiera encarnar Estados Unidos, ha relegado al olvido esta dualidad presente en todas las civilizaciones, que llevan en su interior gérmenes de barbarie y que pueden ser igualmente amenazadas desde el exterior.

¿Acaso la cruzada contra el "Imperio del Mal" del comunismo, como lo llamara Ronald Reagan, fue la última de la "civilización occidental" contra la "barbarie roja", para que triunfara definitivamente la primera sobre los atavismos asiáticos que se atribuían al bolchevismo? Si el tema suscita polémica, es en la medida en que, incluso pese a la prueba irrefutable del fascismo alemán, a Occidente le preocupó por casi todo el siglo XX, más que nada (más incluso que el fascismo), una muy supuesta "amenaza soviética": por lo menos en Europa, entre 1917 y la Segunda Guerra Mundial, el bolchevismo se identificaba con el temor atávico a la invasión de la "barbarie". En la propaganda occidental, el "ruso", ni siquiera reconocido como soviético, era fácilmente retratado cual ser sanguinario y cruel, cuchillo en boca, al son de danzas bárbaras y dispuesto a destruir con brutalidad toda sacralidad y propiedad privada, como si de hunos o mongoles se tratara.

El siglo XX, desde este punto, fue un siglo atávico, de contienda entre "civilización" y "barbarie": bien es cierto que, en la Unión Soviética, Stalin tuvo algo de un Tamerlán bárbaro; cierto, también, que los bárbaros nazis, protegidos por Occidente mientras lucharan contra el bolchevismo, llevaban a cabo sus incursiones bélicas con símbolos tan bestiales como las calaveras en los uniformes y amuletos primitivos en sus cuerpos. En el siglo XX, como en otros anteriores, la dualidad interna entre civilización y barbarie no se perdió. Existían elementos de civilización y barbarie en los dos bandos encontrados. Y el acto de mayor "progreso" en el siglo pasado, el de la invención del arma atómica, dejó en claro desde Nagasaki e Hiroshima que podía retrotraer a la Humanidad a la Edad de Piedra.

Si drama hay en América, éste consiste en que la fundación del Nuevo Mundo acabó con las resistencias colectivas del pasado y las civilizaciones y comunidades preestablecidas, a diferencia de lo ocurrido en lo que algunos llaman el continente "euroasiáticoafricano", donde lo antiguo se preservó hasta hoy, aunque ya transfigurado.

El Nuevo Mundo se fundó no sobre el enfrentamiento de civilizaciones y su "hibridación", sino en gran medida sobre el aniquilamiento de las sociedades preestablecidas, cualquiera fuera su grado de evolución. Vencidas estas resistencias, y pese a los sincretismos y los mestizajes en el Sur, el Nuevo Mundo se convirtió en el lugar donde los atavismos, las jerarquías y las resistencias, aunque parezcan serlo, no son las de un pasado ya arrasado, sino las del presente y el futuro occidentales. Estados Unidos, como América Latina y el Caribe, representan el "Extremo Occidente". Es como si, más allá de la eterna promesa de modernización y occidentalización, no encontrara el Nuevo Mundo por donde replegarse para resistir o asidero de civilización alguno. Es así que la pregunta salta al aire: ¿existe una civilización en el Nuevo Mundo?¿ existe una civilización capaz de perdurar y reclamar un pasado que no sea bárbaro en su fundación? La pregunta se ha vuelto, sin duda, más pertinente ahora que Occidente, con el fin del enfrentamiento bipolar, se ha convertido en una noción más vaga, y que la fractura entre Estados Unidos y Europa no dista mucho de ser una posibilidad. El alejamiento de Europa representaría, para el Nuevo Mundo, el confinamiento en un "Extremo Occidente" donde el sentido de colectividad del pasado fue arrasado. El individualismo a ultranza, contrario al sentido de colectividad, existe en el Norte, pero también el Sur, aunque aquí sea más anárquico.

Estados Unidos, que se definía en sus orígenes contra la "vieja Europa" corrupta y decadente, se adueñó del liderazgo de "Occidente" durante el periodo de la Guerra Fría, aunque hablara por ése Occidente y no por el conjunto de la Humanidad: no podía hacerlo, puesto que la "barbarie roja" no era considera humana. Antes, Occidente era sobre todo una parte de Europa y de una cristiandad católica primigenia. Cuando Estados Unidos se apropió de la "idea de Occidente", tampoco lo hizo ya en términos de civilización, ni mucho menos por la defensa de una larga herencia que se remontaba por lo menos hasta la Edad Media, inexistente de este lado del Atlántico.

Estados Unidos asoció sobre todo "Occidente" con el "mundo libre", noción que permitía incluso que se incluyera a un país asiático como Japón. "Occidente", en manos de Estados Unidos, dejó de ser una Historia civilizatoria, para convertirse sin más en la defensa del "libre mercado" y la "democracia". Lo curioso, para un país que nada conoció de la Edad Media europea, es que desde Ronald Reagan, en los años ’80 del siglo pasado, "Occidente" haya vuelto a ser el equivalente de las cruzadas.

Los años ’80 del siglo pasado eran los de la gran cruzada contra el "Imperio del Mal". "Cruzada" fue también el término que empleó George W. Bush para justificar la segunda guerra del Golfo Pérsico. La fijación con el terrorismo islámico, aunque los atentados del 11 de septiembre de 2001 hayan constituido sin duda un acto de barbarie, sorprende del mismo modo que el énfasis en la "cruzada". Insistamos por lo pronto en que, por sí solos, el "libre mercado" y la "democracia" nunca han civilizado a nadie.

Con el fin del enfrentamiento bipolar, y mientras la ahora extinta Unión Soviética hacía - por boca de su intelligentsia liberal- esfuerzos por "reintegrarse a la civilización", Estados Unidos perdió la capacidad para definirla, como lo atestigua Samuel P. Huntington: muy lejos ya de la herencia europea, "civilización" pasa a identificarse con religión, y las cruzadas ya no son entonces las del catolicismo, sino las de un puritanismo exacerbado en un país sumido en una fuerte crisis moral, y que bordea el fanatismo en sus más diversas expresiones. Es el fanatismo de masas y mediático, aún con el ropaje religioso. No es, cabe decirlo, un fanatismo que represente la cultura popular estadounidense.

Estados Unidos es uno de los países con mayor fervor religioso del planeta, y dicho fervor ha renacido desde los años Reagan, hasta llegar al fanatismo de quienes apoyaron la elección y la reelección de George W. Bush. Casi la mitad de los estadounidenses (47%) se define como "cristiano redivivo". Por momentos, ello pareciera probar la hipótesis de Max Weber: la "ética protestante" es la que mejor se ajusta al "espíritu del capitalismo". Si en otras latitudes el capitalismo tuvo que hacer con civilizaciones preestablecidas, sin lograr vencerlas, en Estados Unidos consiguió su forma más "pura". No sólo es cuestión de fe casi ciega en el mercado y la forma de democracia estadounidense: es, con mucho, la fe en un país que, desde St. John Crévecoeur, consideraba que sería el paraíso de las clases medias y no de las terribles desigualdades feudales europeas.

Hasta hoy, sea rico o pobre, el estadounidense se considera fundamentalmente de "clase media" o "aspirante a rico", y como tal considera su estilo de vida, no exento de opulencia, aunque sí de "honrada medianía". Es una noción que, aunque sugiera lo contrario, es plenamente capitalista: la "clase media" supone el desconocimiento de las desigualdades entre ricos y pobres, la idealización de las "terceras vías" y el desdén por las jerarquías sociales de origen medieval y antiguo, como supone el individualismo y la competencia por ascender en la escala social, así existan "ganadores" y "perdedores".

En otras latitudes, la clase media (distinta de la "pequeña burguesía" europea) ha tenido siempre menor importancia que en Estados Unidos. En China o Rusia, por ejemplo, las aperturas al mercado se han preocupado por crear nuevos ricos (¡enrichissez vous!), antes que por ampliar las clases medias. Tampoco Europa se considera el paraíso de la clase media. La cruzada estadounidense por el "libre mercado" y la "democracia" no ha dejado de ser una "cruzada" por los valores de la clase media, que deberían propagarse por el mundo entero. Cierto es que, en América Latina y el Caribe, esos "valores", fuertemente "americanizados", se difundieron desde la segunda posguerra del siglo XX, al grado que en distintos países, populismos, dictaduras y democracias parecían fundamentalmente políticas destinadas a mantener, por la vía que fuera, satisfechas a esas clases medias . No era el caso en el siglo XIX, cuando en el subcontinente americano eran sobre todo las élites las que imitaban los estilos francés o inglés. La "clase media" es uno de los grandes inventos del siglo XX, y todavía hacen falta estudios para detectar si el capitalismo reciente, con sus mutaciones, ha disminuido la fuerza de esa clase o, por el contrario, le ha dado un protagonismo de masas que no tenía antes, en particular con la "revolución de los servicios" y el declive del campesinado y la clase obrera. Lo probable es que las clases medias, como lo han mostrado ahora, sean en el fondo inseguras y profundamente conservadoras, por lo menos en Estados Unidos: pueden buscar ascender, pero nunca "caerse". Suelen considerarse agentes del progreso, pero ya en la Alemania de los años ’30 del siglo pasado habían demostrado sus preferencias en caso de crisis.

En los países periféricos, ante la pobreza y la ostentación de las élites, suelen considerarse portadoras de la civilización y las "buenas maneras", y llegan a ser medianamente liberales: pero en más de una ocasión, como con las dictaduras conosureñas, se han mostrado dispuestas a la componenda con la barbarie. En Estados Unidos, por otra parte, las clases medias parecieran hoy haber perdido la medida de las cosas: consumistas, incapaces de ahorrar y con la vida a crédito, son también la masa más manipulable. Si en la segunda posguerra del siglo XX fueron liberales, luego del New Deal y con las promesas de la Great Society de Johnson, hoy son conservadoras, incultas, adictas al espectáculo y presa de fanatismos religiosos. La descomposición de hoy es la de las clases medias a las que se les prometía el paraíso en la segunda posguerra del siglo XX, y hasta finales de los años ’60.

Durante el siglo XX, no es únicamente el comportamiento de "masas" el que ha llegado a sorprender e incluso a causar temor, como ocurriera en los años ’30 del siglo pasado con Alemania, sino el hecho de que ése mismo comportamiento haya encerrado algo de un profundo gregarismo, no muy alejado del que, con o sin razón, se ha prestado a las comunidades primitivas, y desde luego que a las "hordas bárbaras". El comportamiento fascista era sin duda el de una "horda". Hoy, las clases medias estadounidenses reproducen mucho de ese comportamiento gregario, que se opone a los valores más caros a la Modernidad.

Dentro de ese gregarismo, ciertamente, cada quien intenta "ser más igual que los demás", y arreglárselas para conseguir ventajas, prebendas y privilegios en provecho propio o de sus allegados: es, hasta cierto punto, el cuadro normal de la competencia, sobre todo en una sociedad poco rígida en las jerarquías. Pero si ésta empieza a adquirir rasgos patológicos, es en la medida en que se reivindica la libertad absoluta del individuo: cualquier freno, cualquier control es interpretado como un atentado contra la libertad, y cualquier reglamentación es "liberticida". No es infrecuente que se formen grupos de presión que contribuyen precisamente, desde el amparo del gregarismo –frecuente en las clases medias- a ver en cualquier "control" una forma de "represión" y de "autoritarismo", como si cualquier forma de autoridad negara por principio de cuentas esa "libertad absoluta".

Con ello, el individuo puede llegar a olvidar- en un contexto de anomia como el que describiera Durkheim- las reglas y los límites propios de la vida colectiva, y comportarse como el "zorro libre en un corral libre". De igual forma, a través de lo "políticamente correcto", Estados Unidos ha incubado otra forma de negación de la colectividad: las culturas particulares y arcaicas se fomentan en detrimento de la universalidad, y, en vez de los sentimientos compartidos y las solidaridades entre sujetos colectivos, aparece la idolatría –que no la admiración- por las "identidades comunitarias" (igualmente gregarias), que fomentan la atomización del cuerpo social, siempre para beneficio de estos particularismos, de raza, étnicos, de género u otros.

Este proceso, que desemboca en la negación de la ciudadanía compartida y la universalidad del Hombre, probablemente haya incubado en el mismo enfrentamiento bipolar al que nos hemos referido, y que en principio oponía la "civilización occidental" a la "barbarie roja". Si ésta última era colectivista, la reivindicación de Occidente terminó por negar no solo el "colectivismo", sino, ya en el extremo, la posibilidad misma de la existencia de cualquier forma de colectividad , al grado de poner en peligro la idea misma de sociedad: no es casual que muchos se pregunten ahora, como Samuel P. Huntington, por la "identidad nacional estadounidense". De este modo, el Occidente que pretende encarnar Estados Unidos puede terminar confundiendo gregarismo arcaico y colectividad. En otros términos, al triunfar en la Guerra Fría, Estados Unidos acabó por ver un peligro en cualquier solidaridad y resabio de colectividad: no es del todo casual que, en esta perspectiva, hasta John Maynard Keynes y cualquier resto de Estado de Bienestar puedan aparecer como "de izquierda" para los ultraconservadores. La desaparición de la idea de colectividad, la liberación de todo impulso y el gregarismo no dejan de asomar como rasgos preocupantes en Estados Unidos, sobre todo si, como ya hemos sugerido, la fundación bárbara de este país aniquiló cualquier posibilidad de sobrevivencia de las colectividades preestablecidas. Dicho de otro modo, en Estados Unidos, al término del enfrentamiento bipolar, se han venido derrumbando las formas de vida colectiva sin que ningún componente civilizatorio antiguo pueda frenar la disgregación o servir de "compensación".

No es el caso de América Latina y el Caribe. Por mucho tiempo, y aunque ya José Martí, Domingo Faustino Sarmiento o Pedro Henríquez Ureña dejaran entrever elementos de barbarie en el Norte (sobre todo por contraste con Europa), unos Estados Unidos "civilizados", adelantados y en el camino de la abundancia material veían en el subcontinente los rasgos del atraso. Samuel P. Huntington los encuentra hasta hoy, en la medida en que, según él, los hispanos amenazan con "invasiones bárbaras" al mundo anglosajón y protestante. Antes, la barbarie estaba instalada en el Sur, y se caracterizaba por la pobreza ancestral, las enormes desigualdades en la distribución de la riqueza y otros factores, pero sobre todo por las pugnas intestinas, que hacían a las naciones inviables, y por la existencia, desde las independencias del siglo XIX, de "caudillos bárbaros". No en vano el México porfiriano, por ejemplo, era descrito por John Kenneth Turner como un "México bárbaro", en el cual la opresión colonial y el maltrato a los indios parecía no tener fin. Ciertamente, esa opresión colonial, practicada por minorías privilegiadas, prolongó por mucho tiempo la herencia colonial, en la que convivían el esplendor aristocrático y la barbarie, y América Latina y el Caribe no parecían capaces de "civilizarse" hasta bien entrado el siglo XX. Pero desde el fin del enfrentamiento bipolar internacional, las cosas también cambiaron en el Sur. Dada la envergadura de la crisis de los años ’80, muchos Estados nacionales del subcontinente, como colectividades, comenzaron a resquebrajarse, aunque las dictaduras hayan quedado atrás y se haya emprendido el camino de la democracia.

Mucho más frágiles que en Estados Unidos, las clases medias también sufrieron el embate de la crisis. Las oligarquías, por su parte, recrearon el comportamiento extranjerizante, pero esta vez con la vista puesta en Estados Unidos y ya no en Europa. El sentido de colectividad que comenzó a resquebrajarse en América Latina y el Caribe es el único que podía haberse heredado del pasado: el de la sociedad colonial. Desde este punto de vista, y a contracorriente de lo que ocurre en Estados Unidos (que no vivió un largo esplendor colonial), el subcontinente americano, en algunos aspectos, se ha vuelto menos conservador y más liberal, aún bajo influencia norteamericana. La liberalización –que incluye la de las costumbres- y las nuevas formas de movilidad social, aún por estudiar, han resquebrajado las jerarquías de origen colonial.

Esta trayectoria puede tener rasgos "civilizadores": existen cierto cansancio por el comportamiento señorial y de casta de las oligarquías, el anhelo de una mayor igualdad y mayores libertades (contra las rigideces coloniales), y en algunos casos la búsqueda de genuinas democracias. Hasta donde la influencia norteamericana es fuerte, este proceso "civilizador", de corte liberal, no afianza empero el civismo, ni afirma una ciudadanía plena. El subcontinente americano, contra las rigideces de origen colonial, busca sobre todo la confirmación de los Derechos Civiles.

Es en medio del resquebrajamiento del Estado nacional como colectividad que aparecieron, en distintos países del subcontinente, reivindicaciones indígenas de distinta índole. 1992 marcó un parteaguas, hasta donde se conmemoraban 500 años del Descubrimiento de América. Contra lo que las clases medias locales o el turismo pudieran pensar, la experiencia indígena en el Sur nunca fue homogénea, ni antes ni después de la Conquista. Los grupos indígenas, en algunos países, fueron nucleados con frecuencia, desde la segunda posguerra del siglo XX, por sectas evangélicas provenientes del Norte (como las que se instalaron entre los shuar del Ecuador o en el Cauca colombiano) o por organismos de dudosos procedimientos, como el Instituto Lingüístico del Verano: en estos casos, el "renacer" indígena podía subvertir los cimientos, de por sí endebles, del Estado nacional, incapaz de integrar a los indios en una ciudadanía plena y de poner límites a la manipulación transnacional de los nativos.

Entre algunos, hay que decirlo, a la larga la asociación con organizaciones internacionales (como las organizaciones no gubernamentales) se convirtió en un modus vivendi que llegó a sustituir a las precarias instituciones nacionales. En otros casos, fue el aporte humanista de la Iglesia, en particular el cercano a la Teología de la Liberación, el que contribuyó a la vez a respetar la comunidad indígena y a "despertarla", como ocurriera en Riobamba (Ecuador) con Leonidas Proaño. En algunos casos más, como en la costa Atlántica nicaragüense, los indígenas (miskitos, sumos, ramas) fueron abiertamente manipulados para fines más o menos separatistas, o en todo caso para "achicar" las funciones del Estado nacional.

Hasta hoy, la experiencia indígena en el subcontinente no está unificada, y ello, en parte, por la extrema diversidad evolutiva de los grupos indios. De ahí que, hasta ahora, haya básicamente dos tipos de resurgimiento indígena en el Sur. En el Ecuador, por ejemplo, los indígenas de la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador, sin perder su sentido colectivo (que se expresa en la minga o en los principios del ama suwa, ama llulla y ama qhilla: no robar, no mentir, no holgazanear), han reivindicado un Estado pluriétnico o multinacional (como lo hicieran en su momento los indios del Norte americano), pero no por ello han renunciado al reconocimiento del mismo Estado y sus instituciones, en peligro por el achicamiento neoliberal. En Bolivia, en cambio, el katarismo entre los aymaras, en nombre de una historia de resistencia ancestral, ha propuesto la reconstitución de la sociedad del Qullasuyo, que prácticamente desconoce la realidad del Estado nacional boliviano e intenta sustituírsele.

En síntesis, aparecen dos tipos de reivindicaciones: las colectivas, que no se contraponen a la plena integración ciudadana, y las comunitaristas y fuertemente "identitarias", en donde no deja de encontrarse cierto "estilo estadounidense" (el "comunitarismo" contra la colectividad). De poco serviría, a estas alturas, idealizar el pasado indígena: pese a sus indudables aportes, fue tan contradictorio como cualquier otro pasado civilizatorio, y se encontraba dividido –como ya se ha dicho- desde antes de la llegada de los españoles. Así las cosas, pareciera importar sobre todo que, en medio de la fuerte crisis del Estado nacional, los resurgimientos indígenas puedan recordar la existencia de lo colectivo y de las solidaridades básicas: en esto, por lo demás, el indio probablemente deje de ser visto como bárbaro por las clases medias o las oligarquías nacionales. Las reivindicaciones de tipo "comunitarista", en cambio, sólo pueden contribuir a una mayor descomposición de la colectividad y a la endeblez del Estado nacional. Si las clases medias han llegado a idealizar las resistencias indígenas, seguramente sea por la intuición de que, en medio del resquebrajamiento de las jerarquías coloniales de antaño, el neoliberalismo y el achicamiento del Estado han extraviado el sentido de colectividad.

Pero éste no puede reconstituirse sobre un pasado arrasado y repleto de mitos: si acaso, el único sentido de sociedad sobre el que podían replegarse América Latina y el Caribe es el que surgiera de los tiempos coloniales. ¿Cómo deshacerse de la herencia de la Colonia sin caer en la anarquía y la pérdida completa del aprecio por lo colectivo? La pregunta no es nueva en el subcontinente: tampoco ha encontrado todas sus respuestas en la democracia, aunque sea ahí donde las esté buscando.

A diferencia de Estados Unidos, donde se ha convertido en pieza de museo o en distracción exótica, en América Latina y el Caribe no ha desaparecido del todo la cultura popular: por su experiencia de siglos, contiene elementos sedimentados, y sobrevivió gracias a la prolongación de la herencia colonial, bárbara y "civilizadora" a la vez, de tal modo que hasta los populismos tuvieron que hacer con ella hasta bien entrado el siglo XX.

La Colonia no fue, únicamente, "represión" y "autoritarismo": leerla de este modo implica asumir el "estilo estadounidense" contrario a cualquier norma "liberticida". ¡Las sociedades coloniales no eran sociedades de masas!. Cuando la clase media exalta lo indígena, seguramente corra el riesgo de confundir lo popular con lo "exótico": es lo que pudiera haber ocurrido con el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, no exento de anarquismo, en el caso de México. Dentro de la cultura popular cabe mucho más que el particularismo indígena, y existen mayores posibilidades para la expresión colectiva: probablemente sea éste el ingrediente que explica que, mientras Estados Unidos se instala en el gregarismo y el conservadurismo a ultranza, en América Latina y el Caribe, un poco como en la Balsa de Piedra de José Saramago, la democracia esté tomando otros carices: en Venezuela, en Brasil, en Uruguay y en Argentina, como podría tomarlos mañana en otros países. El sentido colectivo y popular, en el subcontinente americano, heredado de la Colonia, no ha sido por completo destruido por los particularismos, ni por la crisis de la modernidad. Si ha de retomarse la curiosa propuesta de Samuel P. Huntington, es altamente probable que las mayorías latinoamericanas y caribeñas sigan aspirando a la modernidad y la occidentalización: el pasado que apuntalaría este proceso no es el prehispánico, que fue arrasado, sino el popular, que se creó y sobrevivió en la Colonia. En el pasado, la modernidad no fue una aspiración de las élites latinoamericanas y caribeñas, aunque la occidentalización si lo fuera: era el equivalente de la "civilización" frente a la "barbarie" interna. Hoy, la modernización sigue siendo una aspiración popular, aunque no forzosamente deba acompañarse de una occidentalización forzada. Con un mayor liberalismo, el anhelo de modernización y el resguardo popular de la democracia, el Sur bien podría seguir hoy una senda menos bárbara que la del Norte, si en ello se reconstituye el sentido de colectividad y se minimizan los efectos de los comunitarismos. Después de todo , ya Diderot escribía: "el mundo puede envejecer mucho,pero no cambia; es posible que el individuo se perfecciones, pero el conjunto de la especie ni mejora, ni empeora". En resumen, nada se pierde, nada se crea, todo se transforma.

México D.F., abril de 2005

BIBLIOGRAFÍA

-Escárzaga, Fabiola y Gutiérrez, Raquel (coords.). Movimiento indígena en América Latina: resistencia y proyecto alternativo. Gobierno del Distrito Federal/Casa Juan Pablos/Benemérita Universidad Autónoma de Puebla/Universidad Nacional Autónoma de México, Universidad Autónoma de la Ciudad de México., 2005.

-Fagan, Brian M. El gran viaje. El poblamiento de la antigua América. Madrid, EDAF, 1988.

-Fournier, Anne y Picard, Catherine. La falsa espititualidad y la manipulación de los individuos. Sectas, democracia y mundialización. Barcelona, Piados, 2004.

-Huntington, Samuel P. El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial. Barcelona, Paidós, 19976.

-Huntington, Samuel P. ¿Quienes somos? Los desafíos de la identidad nacional estadounidense, México, Paidós, 2004.

-Marienstras, Elise. Les mythes fondateurs de la nation américaine. Paris, Maspéro, 1977.

-Marienstras, Elise. La resistencia india en los Estados Unidos. México, Siglo XXI, 1982.

-Roszak, Theodore. ‘Alerta Mundo. El nuevo imperialismo norteamericano Barcelona, Kairós, 2004.

Dr. Marcos Cueva Perus

Instituto de Investigaciones Sociales

Universidad Nacional Autónoma de México

Categoría : Historia


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