1.3. Génesis y desarrollo del análisis estratégico
de Michel CrozierEn la mitad de la década de los 60 del siglo pasado,
cuando la sociedad industrial moderna, incluida la francesa, miraba a su futuro
(en lo económico, en lo científico–tecnológico, en lo político,
en lo social y cultural), de una manera muy optimista, Crozier resaltaba el
desarrollo en este tipo de sociedad de las grandes organizaciones, siendo las
mismas para el sociólogo francés algo inherente a la sociedad
industrial; además de llevar en su seno un "nuevo" fenómeno, digno
de estudio sociológico, llamado burocrático. Ahora bien, este
fenómeno es entendido por Crozier, de la siguiente manera: El tema de
nuestro pensamiento, al hablar del fenómeno burocrático, es falta
de adaptación, la inadecuación, o, según la expresión
de Merton, las "disfunciones"que se producen inevitablemente dentro de las organizaciones
humanas. Es así que, Crozier al hablar del fenómeno burocrático
se esta refiriendo concretamente, utilizando un concepto de Merton, a las llamadas
disfunciones que se generan en el seno de las organizaciones humanas. El sociólogo,
Crozier sigue diciendo: El análisis del fenómeno burocrático,
en el sentido disfuncional que utilizamos, se coloca con toda naturalidad en
esa perspectiva; la pesadez y rutina " burocráticas " pueden interpretarse
fácilmente como consecuencia de la resistencia del material humano, y
para comprenderlos es inevitable remitirse a una sociología de las organizaciones:
el mal funcionamiento no puede existir sino comparativamente con un funcionamiento
ideal. Una teoría de la burocracia constituye pues forzosamente un caso
particular dentro de una teoría más general de las organizaciones,
que a su vez debería ser en sí misma un elemento esencial de una
sociología de la acción, válido para el estudio global
de la sociedad. Al analizar, el fenómeno burocrático como algo
equivalente a disfunción las llamadas deformaciones burocráticas
(lentitud, pesadez y rutinas, etc.) pueden entenderse, según Crozier,
como resultado de la resistencia del material humano. A su vez, para la comprensión
científica de la resistencia del material humano, es necesario, para
el sociólogo francés, una sociología de las organizaciones.
Una teoría del funcionamiento de la burocracia es apenas, para Crozier,
un caso especifico que forma parte de una teoría más general de
las organizaciones, que según él tendría que ser en sí
misma una pieza esencial de una sociología de la acción, útil
para el estudio global de la sociedad. Es decir, que para Crozier la sociología
de las organizaciones es un elemento clave para cualquier estudio macrosociológico
verdaderamente comprehensivo. El carácter aplicado de la sociología
de las organizaciones permite descubrir, según Crozier, nuevos aspectos
del fenómeno burocrático. Al respecto, el sociólogo francés
dice: El estudio de los dos casos tomados por nosotros, considerados como ejemplos
significativos del fenómeno burocrático, no solamente nos aporta
informaciones sobre un problema particular, crucial para la sociología
de las organizaciones, sino que reviste además grandísimo interés
para el análisis de los sistemas culturales. En efecto, la resistencia
del material humano que en él se pone de manifiesto, está hondamente
ligada a ciertos comportamientos primarios y a ciertos rasgos característicos
del sistema cultural francés. El estudio de estos aspectos culturales
del fenómeno burocrático permitirá introducir una dimensión
nueva en la sociología de las organizaciones. En efecto, si bien parece
posible elaborar una teoría general y universal de las organizaciones,
poniendo entre paréntesis los diferentes sistemas sociales y culturales,
en cuanto se pasa al de la patología de las organizaciones el análisis
cultural se convierte en instrumento indispensable que permite marcar los límites
de la teoría universal e interpretar su aplicación en contextos
culturales diferentes. Al mismo tiempo, y ése es nuestro objetivo final,
un análisis tal permite entrever la posibilidad de renovar la teoría
de los sistemas culturales. Abordaremos en momento un nuevo terreno, que puede
considerarse (en algunos aspectos por lo menos) más apropiado que los
terrenos tradicionales para el estudio de las modalidades de inserción
de los sistemas culturales en la realidad de nuestro tiempo. Hasta el presente,
las culturas y los conjuntos culturales se han analizado, sobre todo, a partir
de los sistemas de valores y de los rasgos psicológicos singulares de
una "personalidad básica" ideal. Rara vez se los confronta con los problemas
de la acción y, en particular, con el problema del material humano necesario
para la acción en una sociedad industrial compleja. Para Crozier, el
estudio de dos casos (la agencia de contabilidad de París y el monopolio
industrial) concretos considerados por él como ejemplos paradigmáticos
del fenómeno burocrático es de sumo interés fundamentalmente
para el análisis de los sistemas culturales. La resistencia del material
humano que en el estudio se pone de manifiesto, para el sociólogo francés,
esta estrechamente vinculada a ciertas conductas primarias y a ciertos rasgos
característicos del sistema cultural francés. El estudio de los
aspectos culturales del fenómeno burocrático permitirá
introducir, según Crozier, una dimensión nueva en la sociología
de las organizaciones; es decir, a la hora de estudiar la patología de
las organizaciones el análisis cultural se transforma en instrumento
esencial, en lo que se refiere a marcar las fronteras de la teoría universal
e interpretar su aplicación en contextos culturales heterogéneos.
Además, de renovar la teoría de los sistemas culturales, en el
sentido que las culturas y los conjuntos culturales se los pasará a confrontar
específicamente con el problema del material humano indispensable para
la acción en una sociedad industrial compleja. Es decir, como la sociedad
francesa. A fines ya, de la década de los 60 del siglo XX las sociedades
industriales modernas de occidente, particularmente la sociedad francesa estaba
pasando por una etapa de agotamiento de su orden dominante y que la crisis de
Mayo de 1968 puso de manifiesto. Es así que, esta situación de
agotamiento de lo instituido que estaba experimentando la sociedad gala y los
sucesos del llamado Mayo francés, no le fueron ajenos, como acontecimientos,
a la mirada sociológica de Crozier, quien dice lo siguiente: Hoy todos
admiten, aunque solo sea formalmente, que la sociedad francesa es una "sociedad
bloqueada". Sin embargo, la cuestión no es denunciar los defectos de
nuestras estructuras o de nuestros hábitos -y menos aún soñar
con el mundo maravilloso que sería el nuestro con tal de que aceptáramos
una u otra de las múltiples recetas que nos ofrecen nuestros expertos
en la materia– sino comprender y provocar el cambio. ¿Por qué la sociedad
francesa ha quedado bloqueada dentro de su andamiaje burocrático y paternalista?
¿Por qué los franceses emplean su tiempo en reforzar, hasta mediante
sus recriminaciones, el sistema bajo el cual padecen? ¿Cómo cambian?
¿Cómo podrían cambiar? ¿De qué modo podría el conocimiento
ayudarnos a cambiar mejor o a cambiar de un modo distinto? Tal es el doble tema
de esta obra, fruto de una serie de dolorosas confrontaciones entre mi experiencia
de investigador y mis frustraciones de ciudadano. En su mayor parte estos ensayos
fueron escritos en los dos años previos a la crisis de mayo. Sus temas
-el poder, la participación, el cambio y la crisis- son los que fueron
más profundamente vividos por muchos de nuestros conciudadanos durante
el estallido revolucionario que nos envolvió. Para el sociólogo
M. Crozier, la sociedad francesa es una "sociedad bloqueada", por varios círculos
de centralización y estratificación administrativas, incapaz de
autocorrección. La crisis experimentada por la sociedad gala en Mayo
de 1968 pone en el orden del día de la opinión pública
francesa temas como el poder, la participación, el cambio y la crisis,
temas todos estos que antes de la crisis de Mayo fueron sólo tratados
en el plano teórico, en este caso, por Crozier. Con respecto, al llamado
Mayo francés, Crozier sigue diciendo: Si se procura tomar distancia respecto
del vocabulario ideológico y de las formas habituales del razonamiento
marxista o antimarxista, cuyo empleo, como hemos visto, tiende en realidad a
confundir el análisis, lo que llama la atención en la crisis de
mayo es que no fue revolucionaria en sus objetivos políticos ni en sus
intenciones sociales, mientras que sí lo fue, y profundamente, en sus
medios de expresión, o sea en el nivel de los mecanismos del juego social,
o más sencillamente de las relaciones humanas. Lo que trajo consigo no
fue una ruptura social ni política, sino cultural. La interpretación
que se impone con esta perspectiva se plantea, por consiguiente, en términos
de medios; el origen y los resortes de la crisis no deben ser buscados en la
organización del poder político o del poder económico,
sino en el funcionamiento de las instituciones de la vida cotidiana. Los franceses
no se rebelaron para poner fin a la explotación capitalista ni para edificar
la sociedad sin clases; se precipitaron a la crisis para enjuiciar un sistema
de relaciones humanas, un estilo de acción y un modo de gestión
que los perjudicaban. Así, la crisis de mayo aparece antes que nada como
un cuestionamiento del estilo de acción a la francesa y una rebelión
instintiva contra lo que hemos denominado sociedad bloqueada. En cierto modo,
los rasgos más característicos de la crisis pueden ser considerados
como característicos de la sociedad bloqueada. Esta se basaba sobre el
temor al enfrentamiento y sobre una concepción jerárquica de la
autoridad. La crisis será, entonces, el festival del enfrentamiento y
la impugnación de la autoridad. Para Crozier, la crisis de Mayo fue revolucionaria
y muy hondamente, en lo que se refiere, en el nivel de los mecanismos del juego
social, es decir, en las relaciones humanas. Lo que trajo consigo, según
él, una ruptura esencialmente cultural. La explicación que prevalece
con esta perspectiva se plantea, por consecuencia, en términos de medios.
Es así que, para Crozier los orígenes y los resortes de la crisis
de Mayo tienen que ser buscados en el funcionamiento de las instituciones de
la vida cotidiana. Los franceses, según él, se precipitaron a
la crisis para enjuiciar un sistema de relaciones humanas, un estilo de acción
y un modo de gestión que los perjudicaban. Es decir, la explosión
de Mayo del 68 fue una rebelión contra el modo burocrático de
organización y los aspectos autoritarios del estilo a la "francesa ".
A su vez, lo sucedido en Francia en Mayo de 1968 no fue un fenómeno aislado
del resto del mundo moderno sino todo lo contrario; así lo entiende el
propio Crozier, quien dice lo siguiente: Desde el punto de vista intelectual,
moral y político, la crisis de mayo señala para Francia el fin
de un período y el advenimiento de una nueva sensibilidad. Pero si entre
nosotros la ruptura fue más viva, y por consiguiente más fácil
de distinguir, aunque no de analizar, la conmoción ha sido general, y
ni siquiera comenzó en Francia. Nuestra crisis tomó un significado
muy particular, que remite antes que nada a nuestro sistema de gobierno y nuestro
estilo de acción; pero al mismo tiempo es parte de un gran movimiento,
una especie de tambaleo general del mundo civilizado que se precipitó
al final de la década de 1960. Ha muerto algo que fue esperanza, que
ahora parece ilusión y cuya desaparición nos abruma: cierto racionalismo
demasiado simple, cierta confianza demasiado fácil en la razón,
la convergencia y el progreso. La crisis de Mayo en Francia, como crisis, para
Crozier, es expresión de una crisis más general y también
mas honda, la que experimenta de una manera acelerada desde fines de la década
de 1960, el mundo civilizado. Es decir, lo que esta en crisis es la totalidad
de la cadena del mundo civilizado, siendo el Mayo francés un eslabón
más de toda la cadena civilizatoria en crisis. En otros términos,
lo que esta en crisis a finales de los 60 del siglo pasado es la sociedad industrial
como tal, es decir, la llamada sociedad moderna. La muerte de una esperanza
basada en el racionalismo, la razón, la convergencia y el progreso que
a finales de la señalada década del siglo XX, es sólo una
mera quimera. Con respecto, a esta crisis, Crozier dice: Como la ruptura francesa,
dicha conmoción desencadenó una gran fiebre ideológica.
Sin embargo, lo que en realidad cuestiona, del mismo modo que la crisis de mayo,
no son tanto los principios morales cuanto las formas de pensamiento y los sistemas
de gobierno. A mi parecer, para comprender este problema crucial no existe ejemplo
más revelador, más espectacular y que pruebe mejor ese cambio
de sensibilidad que el de la guerra fría y la oposición entre
los bloques. Esta crisis, del mundo civilizado al igual modo que la crisis de
mayo lo que cuestiona esencialmente, según Crozier, son las formas de
pensamiento y los sistemas de gobierno. A su vez, para una mejor comprensión
de esta problemática, el sociólogo francés, pone como ejemplo
revelador que prueba ese cambio de sensibilidad a la llamada guerra fría
y la oposición entre el ya desaparecido bloque socialista y el bloque
capitalista. Crozier sigue diciendo: Quince o veinte años atrás,
la esperanza de una convergencia posible entre los dos sistemas, el soviético
y el norteamericano, era muy aventurada, y solo algunos espíritus avanzados
osaban formularla en la noche de la guerra fría. ¿Quién habría
imaginado entonces que esa esperanza llegaría a ser, para los rebeldes
de fines de la década de 1960 y una gran parte de la nueva generación
intelectual influida por ellos, la realidad más detestable de un mundo
opresivo y corrompido? ¿Quién habría podido creerlo hace apenas
seis o siete años, cuando el mundo entero vibraba todavía con
esa esperanza, convocado por esas grandes figuras de la apertura y la liberalización:
Kennedy, Jruschov y Juan XXIII? Este vuelco espectacular no es sino uno de los
que caracterizan los años de crisis moral e intelectual que acabamos
de vivir. El sueño de la convergencia se derrumbó al mismo tiempo
que cierto ideal de progreso superficial e indefinido, de confianza en la razón
humana y de la fe liberal, cuyo mejor ejemplo está dado por Estados Unidos
con su Peace Corps, pero del que también es posible encontrar huellas
en la exuberancia jruschoviana y en la sencillez del papa Juan. Para Crozier,
que en el año 1949 o en 1954, en plena guerra fría, la esperanza
de una convergencia posible entre el sistema soviético y el sistema norteamericano
se la considerara muy aventurada formulada solo por algunos espíritus
adelantados y que después los rebeldes de fines de la década de
1960 y una parte importante de la nueva generación intelectual influida
por ellos consideren la esperanza de esa convergencia posible entre los dos
mencionados sistemas como algo odioso de un mundo pautado por la opresión
y la corrupción; cuando en 1962 el mundo entero vibraba todavía
con esa esperanza convocado por tres grandes lideres reformadores (J. F. Kennedy,
N. Jruschov y Juan XXIII) dos de los tres políticos y uno religioso,
es un vuelco espectacular siendo uno de los vuelcos, según él,
que caracterizan la crisis moral y intelectual, en este caso, de los fines de
la década de los 60 del siglo pasado. Al derrumbarse el sueño
de la convergencia también se vino abajo, según Crozier, cierto
ideal de progreso superficial e indefinido, de confianza en la razón
humana y de la fe liberal, encarnado por U.S.A., a través de los cuerpos
de paz de la administración Kennedy y en un menor grado en la propuesta
comunista de Jruschov y en la figura de Juan XXIII. Es decir, lo que se vino
abajo como un castillo de naipes al igual que el sueño de la coexistencia
pacífica fue una ideología que se puede calificar de modernista
(esta concepción clásica, a la vez filosófica y económica
de la modernidad, la define como triunfo de la razón, como liberación
y como revolución y define la modernización como modernidad en
acto, como un proceso enteramente endógeno; Alain Touraine, Crítica
a la modernidad, p. 25) o de matriz iluminista (se trata de su concepción
del progreso como una acumulación lineal, unívoca y autocorrectiva;
Carlos Pareja, Una alternativa al pensar iluminista, p. 17) siendo la
misma, sustento ideológico a inicios de la década de los 60 del
siglo XX de gobiernos modernizadores tanto en el campo capitalista (administración
Kennedy) como en el ya desaparecido campo socialista (gobierno de Jruschov)
y que a fines de los 60, es bueno decirlo, la administración Kennedy
como el gobierno de Jruschov por sus contradicciones en lo interno como en lo
externo ya habían pasado a la historia junto con sus sueños en
versión capitalista o comunista de construir un mundo próspero,
feliz y pacífico. El panorama mundial a fines de los sesenta del siglo
XX, esta pautado por rupturas, divergencias y disparidades a todos los niveles.
Con respecto, a lo que se avecina, Crozier dice: En oposición a las prematuras
esperanzas de convergencia, nuestro mundo moderno amenaza ser, a plazo breve
y mediano, no un mundo armonioso de progreso racional, liberal o colectivista,
sino de rupturas, divergencias y disparidades entre naciones, sistemas, regiones
y grupos. Siendo así, se puede pensar que en esta gran prueba de coexistencia
activa que no se supo prever no están en juego las ideologías,
hace tiempo superadas, sino los métodos intelectuales que sirven de base
para concebir y organizar la acción colectiva. En oposición a
las apresuradas creencias de convergencia, el panorama del mundo moderno, en
este caso, el de a fines de la década de los sesenta del siglo pasado,
para Crozier amenaza ser, a breve y a mediano plazo, no un mundo armonioso de
progreso racional, liberal o colectivista, (norteamericano y soviético)
sino de rupturas, divergencias y disparidades entre naciones, sistemas, regiones
y grupos. Es decir, un mundo moderno plagado de contradicciones (antagónicas
y no antagónicas) entre naciones, sistemas, regiones y grupos; en donde
la marcha del mismo y de los mismos es zigzagueante. Es así que, en la
gran prueba de coexistencia activa (nuevo capítulo de la guerra fría
entre las dos superpotencias) lo que esta en juego, según Crozier, son
los métodos intelectuales que sirven de base para concebir y organizar
la acción colectiva. Es entonces que, para el sociólogo francés:
El racionalismo planificador al estilo soviético fue el primero en sufrir
los efectos, ya que solo podía ilusionar en una atmósfera de restricción
y de secreto. Cuando la competición dejó de tener lugar en el
campo militar para pasar al del consumo, su ineficacia se hizo evidente. El
racionalismo planificador al estilo soviético, según Crozier,
no escapa a que experimente sus propias limitaciones, dado que en un contexto
de competición en el campo fundamentalmente del consumo y no en el campo
militar se evidencio su total ineficacia. Es decir, que en una atmósfera
donde impera la total libertad el racionalismo planificador al estilo soviético
desilusiona claramente. Crozier, sigue diciendo: El problema reside en los medios
y en el método que permite utilizarlos. Aquellos son de una lentitud
y un costo insoportables; hacen muy difícil la comunicación entre
la base y la cúspide, falsean las informaciones, impiden efectuar, con
rapidez, los múltiples ajustes indispensables, desalientan la innovación
y sofocan los recursos humanos potenciales del sistema. El método sintético,
deductivo, a priori, que justifica el empleo de esos medios, es rígido
y hace muy difícil aprender con la experiencia. Los dirigentes soviéticos
prefieren emprender periódicamente grandes revoluciones administrativas
y entre tanto imitar los procedimientos, técnicas y hasta soluciones
norteamericanos, en lugar de reelaborar los principios y métodos de acción
que son la causa de sus fracasos. El problema radica, según Crozier,
en los medios y en el método que permite utilizarlos. A nivel de medios,
estos son para el sociólogo francés, de una lentitud y un costo
insoportables, hacen muy difícil la comunicación entre la base
y la cúspide, falsean las informaciones, impiden efectuar, con rapidez
los múltiples ajustes indispensables, desalientan la innovación
y sofocan los recursos humanos potenciales del sistema. En lo que hace, al método,
el método sintético deductivo, a priori, que justifica el empleo
de esos medios, para Crozier, es rígido y hace muy difícil aprender
con la experiencia. En suma, los medios y el método del racionalismo
planificador al estilo soviético resultan ser incapaces de dar respecta
a los problemas organizacionales relacionados a la sociedad de consumo, como
ya era la sociedad soviética en esa década del siglo XX. Además,
del llamado racionalismo planificador al estilo soviético, Crozier también
hace referencia a la llamada síntesis liberal estadounidense y dice lo
siguiente: Durante varios años, los contratiempos de la planificación
soviética parecieron justificar y consagrar las pretensiones de los intelectuales
liberales norteamericanos. La síntesis liberal que ellos inspiraban parecía
ser la última (y única) encarnación posible de la razón.
Es así que, debido a los porrazos que experimentaba la planificación
soviética la síntesis liberal de los norteamericanos aparecía
en el centro del escenario como la última y además de única
encarnación posible de la razón. Dice Crozier: Si tomamos el ejemplo
de Estados Unidos, hay que buscar la responsabilidad por el derrumbe de la síntesis
liberal en la unión de dos métodos opuestos en que se apoyaba:
el incrementalismo y la planificación política global. El incrementalismo
es, en el fondo, la racionalización de las prácticas de ajuste
recíproco empleadas por la democracia pluralista al estilo norteamericano.
Es una extensión de la filosofía de los economistas liberales
al conjunto de las actividades colectivas públicas. Permite demostrar
que, lo mismo que en un mercado, el conjunto de microajustes de los partidos
da mejor resultado que cualquier planificación o coordinación
a priori. Conviene, por lo tanto, renunciar a toda "política" y conformarse
con calcular los costos y ventajas marginales para cada problema, y en función
de las presiones ejercidas por los diversos partidos en juego. Para Crozier,
la responsabilidad por el derrumbe de la síntesis liberal se encuentra
en la unión de dos métodos (el incrementalismo y la planificación
política global) opuestos en que se basaba la misma. El incrementalismo,
según Crozier, además de ser en el fondo una racionalización
de las prácticas de ajuste recíproco empleadas por la democracia
pluralista al estilo norteamericano, es también, una extensión
de la filosofía de los economistas liberales al conjunto de las actividades
colectivas públicas. Esto permite demostrar que, al igual que en un mercado,
el conjunto de microajustes de los partidos da mejor resultado que cualquier
planificación o coordinación a priori. Esta lógica conduce
a darle la espalda a toda "política" y conformarse con calcular los costos
y ventajas marginales para cada problema, y en función de las presiones
ejercidas por los diversos partidos en juego. Crozier sigue diciendo: Esta regla
de acción supone un universo perfectamente neutral y racional, sin apego,
dependencia o viscosidad particulares. Puede ser invocada como ideal, de modo
algo semejante al que se refiere a la extinción del Estado: seria un
gran progreso que el conjunto de las acciones de todos los participantes en
el juego social fuera totalmente neutro y racional, y hay que hacer todos los
esfuerzos posibles para avanzar en ese sentido. Pero no corresponde a la realidad
de ninguna manera, porque en todos los niveles en que se realiza una acción
aparecen relaciones de dependencia y nudos de poder que falsean el juego, y
si bien parece posible avanzar mucho en tal sentido, es difícil que aquellos
puedan ser suprimidos por entero. En consecuencia, en el contexto occidental
actual, el incrementalismo suele conducir a resultados en contradicción
total con los objetivos de los liberales, tales como escaladas ciegas de las
que Vietnam no es más que un ejemplo, o con mayor frecuencia, la constitución
y desarrollo de círculos viciosos de pobreza, estancamiento económico
y regresión cultural y social. Para Crozier, el ideal incrementalista
(un universo perfectamente neutral y racional, sin apego, dependencia o viscosidades
particulares) es solo eso, un ideal, que no se corresponde para nada con la
realidad, ni con la vida misma. Porque, entiende que, en todos los niveles que
se realiza una acción se manifiestan relaciones de dependencia y nudos
de poder que falsean el juego, siendo muy difícil en los hechos la supresión
de esos fenómenos de una manera absoluta. Esto da como consecuencia,
en el contexto occidental, en este caso, el de a fines de la década de
los sesenta del siglo pasado, que el incrementalismo, según Crozier,
lleva a resultados en contradicción total con los objetivos de los liberales,
tales como la guerra de Vietnam y la aparición de problemáticas
de orden socioeconómico y cultural. Pasando, ahora a la llamada planificación
política global, Crozier se refiere a la misma diciendo lo siguiente:
Es lógico que la planificación política global, los programas
coherentes de acción, satisfagan más el espíritu. Alrededor
de ellos se opera la síntesis o las síntesis sucesivas. Pero siempre
hay una profunda contradicción entre la voluntad de globalismo que los
anima y la práctica de una aplicación "incremental" que debe servirles
de apoyo. Por otra parte, y sobre todo, la extraordinaria dificultad de razonamiento
a priori que suponen, tiene por consecuencia que se basen generalmente en conocimientos
superficiales y extrapolaciones apresuradas, con el único cimiento real
de una necesidad muy arbitraria de coherencia. Es en este nivel global donde
fue trabada y perdida esa "partida" de convergencia artificial que en definitiva
no hizo más que exacerbar los conflictos. Los programas coherentes de
acción de una planificación política global, según
Crozier, además de que alrededor de ellos se opera la síntesis
o las síntesis sucesivas también manifiestan, de por sí,
una profunda contradicción entre la voluntad de globalismo que los anima
y la práctica de una aplicación "incremental" que debe servirles
de apoyo. A esto se le suma, la dificultad que tiene en sí un razonamiento
a priori, que como tal, se sustenta en conocimientos superficiales y extrapolaciones
apresuradas, con la única base real de una necesidad muy arbitraria de
coherencia. Después, de analizar críticamente el racionalismo
planificador al estilo soviético y la síntesis liberal norteamericana,
el sociólogo francés, pasa a la búsqueda del nuevo método
intelectual y con respecto a esta renovación dice lo siguiente: Para
superar la oposición incrementalismo - globalismo es preciso rechazar
el dilema y buscar la renovación más allá de los principios
y los planes globales de acción –cuyo impacto es siempre mucho más
débil de lo que parece- en el análisis de las regulaciones reales
de los múltiples sistemas sobre los que se debe actuar y donde la acción
no puede tener lugar sino en forma incremental. El método intelectual
a cuya búsqueda estamos nos permitiría descubrir los puntos clave
de estos sistemas, para concentrar allí los recursos libres de la sociedad
o de sus diversos segmentos autónomos capaces de acción. Esos
recursos, siempre demasiado débiles, no deben ser empleados sino en los
puntos de aplicación donde sean más eficaces. No se trata de reemplazar
por un fragmento de poder público el sistema ya en funcionamiento, ni
de poner a su lado otro sistema nuevo, sino de contribuir, mediante la acción
proyectada, a modificar sus reglas de juego de manera que el nuevo juego produzca
resultados diferentes. Es también el método que nos permitiría
lanzar y animar procesos de aprendizaje, de nivel institucional o –más
generalmente- colectivo análogos a los que se pueden poner en marcha
en el nivel individual. Para superar la oposición incrementalismo – globalismo
es preciso, según Crozier, rechazar el dilema y buscar la renovación
en el análisis de las regulaciones reales de los múltiples sistemas
sobre los que se debe actuar y donde la acción no puede tener lugar sino
en forma incremental. A su vez, el método intelectual buscado permitiría,
en la opinión de Crozier, descubrir los puntos clave de estos sistemas,
para concentrar allí los recursos libres de la sociedad o de sus diversos
segmentos autónomos capaces de acción. Se trata de contribuir
mediante la acción proyectada a modificar las reglas de juego del sistema
en funcionamiento de manera que el nuevo juego produzca resultados diferentes.
Además, el propio método permitiría, según Crozier,
lanzar y animar procesos de aprendizaje colectivo similares a los que se pueden
poner en marcha a nivel individual. En suma, lo que el método lograría
sería fundamentalmente poder determinar los puntos más sensibles
del sistema que se quiere hacer evolucionar y tratar de realizar mediante procesos
de aprendizaje colectivo la modificación de sus reglas de juego de forma
que el nuevo juego elabore resultados distintos. Crozier sigue diciendo: Entre
las macrodecisiones arrogantes y las microdecisiones ciegas, solo hallarán
el camino de una responsabilidad más limitada, pero más directa,
si abandonan su estrecho racionalismo. Claro está que ese método
no permitiría escapar a la lógica de los grandes sistemas ni a
la interrogación sobre los fines últimos y los principios e ideologías
que los sustentan. Pero al menos tendría la ventaja de ofrecer una perspectiva
más neutral, menos dependiente, tanto de los objetivos generales como
de las restricciones prácticas que impone la lógica de los grandes
sistemas. No supone convergencia a priori ni compromete irremediablemente en
un camino determinado, y esto puede convertirse en fermento de desarrollo general,
al margen de las ideologías y al margen de la ideología de la
convergencia. Al final, el método propuesto por Crozier radica en un
camino del medio entre las macrodecisiones arrogantes y las microdecisiones
ciegas, entendiéndolo como un camino de una responsabilidad más
limitada, pero más directa, con la condición que se abandone todo
tipo de racionalismo estrecho y excluyente. A su vez, por un lado, ese método
no permitiría escapar a la lógica de los grandes sistemas ni a
la interrogación sobre los fines últimos y los principios e ideología
que lo sustentan. Por el otro lado, al menos tendría la ventaja de ofrecer
una perspectiva más neutral, menos subordinada, tanto de los objetivos
generales como de las restricciones prácticas que impone la lógica
de los grandes sistemas. El que no suponga convergencia a priori ni comprometa
irremediablemente en un camino determinado, para Crozier, esto puede convertirse
en fermento de desarrollo general, al margen de las ideologías en general
y particularmente al margen de la ideología de la convergencia. En suma,
en un contexto mundial, como el de a fines de la década de los sesenta
en el siglo XX pautado por la presencia de una coexistencia activa entre las
dos superpotencias de la época, es decir, la no convergencia entre los
dos sistemas el soviético y el norteamericano y ante los porrazos experimentados
por la planificación soviética y el derrumbe de la síntesis
liberal (dos métodos intelectuales que sirven de base para concebir y
organizar la acción colectiva), Crozier entiende que, el nuevo método
intelectual que oficie de base para concebir y organizar la acción colectiva
tiene que estar en una "tercera vía" entre las macrodecisiones arrogantes
y las microdecisiones ciegas que no supone una convergencia a priori (a nivel
de sistemas) ni tampoco compromete irremediablemente en un camino determinado.
Es así que, para Crozier, el panorama de mundo moderno, en este caso
el de a fines de la década de los sesenta del siglo pasado, además
de estar pautado por rupturas, divergencias y disparidades entre naciones, sistemas,
regiones y grupos, también ese mismo mundo moderno experimenta una evolución
a nivel de las relaciones humanas. El propio Crozier, dice lo siguiente: En
general, tenemos tendencia a ver al hombre moderno como un ser abrumado por
la servidumbre. En todas partes nos amenazan las burocracias, las superautopistas
nos dirigen, las diversiones se hallan masificadas y hasta el pensamiento es
manipulado. Esta visión es completamente ilusoria. Si comparamos con
cierta seriedad distintas épocas, haciendo un examen de conciencia de
la especie humana, comprobaremos que las dos grandes tendencias más visibles
en todas las actividades humanas son: la libertad (los hombres la tienen cada
vez más para elegir entre un número creciente de posibilidades)
y el cálculo (están en cambio obligados a prever constantemente
el resultado de su acción y calcular el costo). Tal vez mi afirmación
sorprenda en un mundo intelectual dominado por los fantasmas del condicionamiento
y la manipulación. Para Crozier, el mundo moderno esta inmerso o se sitúa
en una evolución que es ancha y concreta que tiene lugar en las relaciones
humanas. Es así que, según el sociólogo francés,
si se compara con cierta seriedad distintas épocas, haciendo un examen
de conciencia de la especie humana, se comprueba que las dos grandes tendencias
más visibles en todas las actividades humanas son: la libertad (los hombres
la tienen cada vez más para elegir entre un número creciente de
posibilidades) y el cálculo (están obligados a prever constantemente
el resultado de su acción y calcular su costo). A su vez, esta afirmación
por parte de Crozier se contrapone abiertamente a una visión reinante
en el mundo intelectual (dominado por los fantasmas del condicionamiento y la
manipulación) que es, según él, completamente ilusoria
en la cual el hombre moderno se encuentra abrumado por la servidumbre. Es decir,
ese hombre moderno es amenazado por las burocracias, las superautopistas lo
dirigen, sus diversiones se encuentran masificadas y su pensamiento es manipulado
constantemente por agencias gubernamentales y también privadas. Es entonces
que, desde la visión crozeriana de la marcha de las relaciones humanas,
la libertad de elección y el cálculo racional son ejercicios en
aumento para el hombre moderno. Esto conduce a que en el seno de la sociedad
moderna se presenten problemas. Dice Crozier:El problema toma las dimensiones
de una crisis de civilización cuando la presión irresistible hacia
la libertad individual de opción provoca el hundimiento de formas tradicionales
de control social, como los tabúes sexuales, mientras que el desarrollo
del cálculo racional hace surgir la necesidad de nuevos controles. Cuanta
más conciencia tomamos de las consecuencias de nuestros actos, tanto
más fuerte se vuelve la presión que nos exige eliminar sus riesgos,
ya sea en lo que respecta a salud pública, educación, polución
o incluso en el terreno cultural o racial. Precisamente entonces nos faltan
los principios tradicionales en cuyo nombre era antes posible controlar la actividad
de los demás. Para esta contradicción imposible hay una sola solución:
construir conjuntos humanos capaces de soportar las más grandes tensiones
y oposiciones. El problema adquiere, para Crozier, las dimensiones de una crisis
de civilización, dado que la libertad individual de opción al
igual que un fuerte chorro de agua presiona sobre las formas tradicionales de
control social, como los tabúes sexuales, provocando el desmoronamiento
de las mismas, mientras que el desarrollo del cálculo racional hace surgir
la necesidad de nuevos controles. Es así que, para el sociólogo
francés, cuanta más conciencia adquirimos de las consecuencias
de nuestros actos, tanto mas fuerte se vuelve la presión que nos exige
eliminar sus riesgos, ya sea en lo que se refiere a salud pública, educación,
polución y también en el terreno cultural y racial. Es entonces,
que es aquí, donde los individuos sienten la ausencia de los principios
tradicionales en cuyo nombre era antes posible controlar el accionar de los
demás. Para resolver esta contradicción imposible, Crozier, entiende
que la única solución se encuentra en construir conjuntos humanos
capaces de soportar las más grandes tensiones y oposiciones. En términos
más concretos, lo que se necesita es una nueva capacidad organizativa.
En relación a esto, Crozier dice: Lo que ahora necesitamos es una nueva
capacidad, en el nivel de las organizaciones o sistemas que integramos, para
encarar de modo más consciente contradicciones que son mucho más
directas y claras. Tal capacidad organizativa no es una circunstancia natural
sino una conquista humana, fruto de un prolongado aprendizaje. Solo mediante
su desarrollo podrán los hombres hacerse más libres y soportar
a la vez las consecuencias de la claridad de su opción y de la magnitud
de sus resultados. En términos concretos, lo que necesita el hombre moderno
es, según Crozier, una nueva capacidad, en el nivel de las organizaciones
o sistemas que el mismo integra, para poder hacer frente de modo más
consciente contradicciones que son mucho más directas y claras. Esa capacidad
organizativa, para el sociólogo francés, es una conquista humana,
producto de un prolongado aprendizaje y solo mediante su desarrollo podrán
lo hombres hacerse más libres y soportar a la vez las consecuencias de
la claridad de su opción y de la magnitud de sus resultados. A la llamada
capacidad de organización se le suma también una capacidad para
los sistemas. En relación a esto último, Crozier dice lo siguiente:
A esta capacidad de organización se puede agregar una "capacidad para
los sistemas ", consistente en la aptitud de elaborar y mantener reglas, costumbres,
sistemas de relaciones humanas y métodos de control social, sin los cuales
ninguna sociedad podría identificar y abordar sus problemas específicos.
Repitámoslo: capacidad organizativa y capacidad para los sistemas no
son consecuencia del desarrollo, pero constituyen su primera y principal condición.
Ninguna sociedad puede avanzar ni tolerar una mayor libertad y claridad en los
compromisos humanos, si no elabora la capacidad organizativa o "sistémica"
necesaria para encarar tal situación. A la capacidad de organización
se le puede sumar, según Crozier, una "capacidad para los sistemas ",
consistente en la aptitud de elaborar y mantener reglas, costumbres, sistemas
de relaciones humanas y métodos de control social, sin los cuales ninguna
sociedad podría identificar y abordar sus problemas específicos.
En suma, capacidad organizativa y capacidad para los sistemas constituyen, según
Crozier, la primera y principal condición para el desarrollo. Ninguna
sociedad puede avanzar ni tolerar una mayor libertad y claridad en los compromisos
humanos, si no elabora la capacidad organizativa o "sistémica" necesaria
para encarar tal situación. Es decir, que la elaboración de la
capacidad organizativa o "sistémica" por parte de una sociedad es fundamental
para que la misma pueda avanzar y tolerar una mayor libertad y claridad en los
compromisos humanos. La mayoría de las sociedades modernas, de a fines
de la década de los sesenta del siglo pasado, tuvieron dificultades enormes
(particularmente y de forma muy agravada la sociedad francesa) para hacer frente
a los problemas planteados por el progresivo avance hacia esa mayor libertad
y esa mayor racionalidad de las relaciones humanas. Con relación a Francia,
Crozier dice: Pero la sociedad francesa se encuentra, debido a sus bloqueos
tradicionales, en una situación especialmente crítica, ya que
en ellas se acumulan los problemas tradicionales de estratificación y
centralización que le son propios y los nuevos problemas que le impone
el advenimiento del mundo de la libertad y el cálculo. Mal adaptada a
la sociedad industrial, tiene que ya que hacer frente a los problemas de la
sociedad posindustrial. Paradójicamente, parece incapaz de admitir que
el origen de sus dificultades reside ante todo en la gran debilidad de su capacidad
de acción colectiva, y al mismo tiempo muy pocos deseos de corregirla.
Particularmente, la sociedad francesa, según Crozier, se encuentra en
una situación más que crítica, debido a sus bloqueos tradicionales.
En el seno de la sociedad gala se acumulan los problemas tradicionales de estratificación
que le son propios y los nuevos problemas que le impone el advenimiento del
mundo de la libertad y el cálculo. Es así que, mal adaptada a
la sociedad industrial, tiene ya que hacer frente a los problemas de la sociedad
posindustrial. Además, para el sociólogo francés, la sociedad
francesa paradójicamente parece incapaz de admitir que la raíz
de sus males radica ante todo en la gran debilidad de su capacidad de acción
colectiva y al mismo tiempo no tiene ningunas ganas de enmendar la situación.
En lo que atañe a la capacidad organizativa de las empresas y administraciones
francesas, Crozier dice lo siguiente: Ya nos hemos referido extensamente a la
debilidad de las organizaciones francesas. Formales, rígidas, incapaces
de establecer redes eficaces de comunicación y participación,
malgastan sus recursos y se orientan mucho más hacia la explotación
de las ventajas adquiridas y las rentas de situación, que hacia la adaptación
a las circunstancias, la utilización de nuevas oportunidades y la innovación.
En consecuencia no favorecen el desarrollo de la libertad de sus miembros ni
el de la racionalidad del conjunto social. Su capacidad de crecimiento, por
último es débil. Todos advierten la insuficiente magnitud de las
empresas francesas, pero se tiende a creer que esta ocasiona su debilidad, cuando
en realidad ocurre exactamente lo contrario: porque carecen de la capacidad
organizativa necesaria, no pueden crecer, y cuando se las obliga a hacerlo con
demasiada rapidez –por ejemplo imponiéndoles fusionarse-, su debilidad
real aumenta con la pesadez de un aparato burocrático dividido. Lo que
es aplicable a las empresas lo es también, a fortiori, a las administraciones,
universidades, hospitales y todas las restantes organizaciones francesas, cuya
pesadez e ineficacia influyen no solamente en su propio avance, sino en el de
la sociedad en su conjunto. Para Crozier, la formalidad, la rigidez, la incapacidad
de establecer redes eficaces de comunicación y participación entre
otras cosas, conforman las características principales del rostro de
las organizaciones francesas en general (empresas, administraciones, universidades,
hospitales) que conduce a que las mismas no favorezcan el desarrollo de la libertad
de sus miembros ni el de la racionalidad del conjunto social. Además,
su capacidad de crecimiento es débil. Las empresas francesas (las organizaciones
galas en general) carecen, según Crozier, de la capacidad organizativa
necesaria ocasionando así su nulo crecimiento y cuando se las quiere
hacer crecer a contrareloj su debilidad real aumenta con la pesadez de un aparato
burocrático dividido. En suma, la debilidad de las organizaciones francesas
se debe en la opinión de Crozier a la total ausencia de una mínima
capacidad organizativa. Pasando, ahora, a la capacidad "sistémica" del
conjunto social francés, el sociólogo galo se refiere a esta capacidad
diciendo:Quizá sea necesario insistir sobre la capacidad "sistémica"
del conjunto social francés, o sea sobre las posibilidades con que cuenta
la sociedad francesa (o los subsistemas que la componen) de instaurar entre
los múltiples grupos, organizaciones, clases o sectores en que se divide,
relaciones de comunicación, negociación, conflicto y cooperación
que permitan un conocimiento exacto de los hechos, una adopción real
de responsabilidad por parte de sus miembros, conduciendo así a la elaboración
de un juego más constructivo. Tal capacidad "sistémica" es particularmente
débil en Francia. En todos los dominios, y sobre todo en el sector integrador
por excelencia, el sector político, se tiene la impresión de ser
dominado por maquinarias muy lentas, frágiles y muy resistentes a la
vez. En ellas los contactos son difíciles, los relevos actúan
como pantalla, las comunicaciones se llevan a cabo con un lenguaje de iniciados,
no se discute sino sobre conflictos falsos, y el conjunto posee una fuerza de
inercia extraordinaria. Es imposible modificar la marcha habitual de esas "maquinarias",
que desaniman las mejores intenciones y esterilizan todas las iniciativas. En
cambio, cuando un hecho casual pone en funcionamiento una de ellas, resulta
imposible detenerla, corregir o desviar su curso. Para Crozier, la capacidad
"sistémica" del conjunto social francés es débil. Es así
que, en el sector político, sector integrador por excelencia, la impresión
que tiene el sociólogo francés del mismo es de estar dominado
por maquinarias muy lentas, frágiles pero a la vez muy resistentes. Es
decir, son maquinarias altamente burocráticas imposible de poder modificar
su marcha habitual que conduce a desanimar las mejores intenciones y esterilizan
todas las iniciativas. En cambio, cuando un hecho casual pone en funcionamiento
una de ellas, resulta imposible detenerla, corregir o desviar su curso. En el
caso, de los partidos políticos o los sindicatos, Crozier dice: Tomemos
el ejemplo de los partidos políticos o los sindicatos. Son organizaciones
confusas, mal integradas y mal dirigidas, pero esto no les impide ser rígidas;
al contrario. Para movilizar adherentes en la situación de impotencia
en que se encuentran, necesitan apelar a la ideología. Solo el fervor
sectario les permite reclutar y conservar un mínimo de militantes responsables.
Pero estos militantes benévolos quedan así investidos de una tarea
que constituye para sus organizaciones una coacción agotadora. Guardianes
de la ideología que es el único sostén de su acción,
tienden a paralizar a los dirigentes, a quienes quitan toda posibilidad de actividad
autónoma, y a impedir cualquier contacto con la base. Inevitablemente
adoptan el papel de barrera, bloquean la comunicación con un lenguaje
oscuro e introducen así una rigidez imposible de superar, y que es aumentada
por la fragmentación de estas organizaciones, que aunque incapaces de
actuar solas, tampoco pueden comunicarse unas con otras. Semejante sistema es
al mismo tiempo sumamente frágil y sensible a todos los chantajes. Se
ahonda el abismo que separa dirigentes y dirigidos; se hace imposible tomar
decisiones y el conjunto queda a merced de un movimiento demagógico que
puede desarticular por completo sus mecanismos durante meses e incluso durante
años. Tales mecanismos no son exclusivos de los sindicatos ni de los
partidos; existen en todos los organismos voluntarios y en segundo grado en
el conjunto social como sistema organizado; su influencia permite explicar el
irrealismo, confusión e impotencia que sufrimos. Sin poder comprometerse
y decidir, los dirigentes manifiestan posiciones públicas rígidas,
sin relación con sus sentimientos particulares. Las consecuencias de
esta debilidad que padece la capacidad colectiva del sistema social son desastrosas;
incapacidad de aceptar la verdad de los hechos, de decidir, de encarar los verdaderos
conflictos. Para Crozier, los partidos políticos o los sindicatos son
organizaciones confusas, mal integradas, mal dirigidas y muy rígidas.
Además, de apelar a la retórica ideológica como forma de
movilizar adherentes dada su situación de impotencia y tener una practica
sectaria única vía que les permite el reclutamiento y la conservación
de un casco militante. Los cascos militantes altamente ideologizados, según
Crozier, ofician de guardianes de la ideología tendiendo de por sí
a paralizar a los dirigentes, a quienes quitan toda posibilidad de actividad
autónoma, y a impedir cualquier contacto con la base. A esto se le suma,
el asumir el rol de barrera, bloqueando la comunicación con un lenguaje
oscuro (tecnomilitante) introduciendo así una rigidez que se vuelve constante
y que se amplia debido a la fragmentación de estas organizaciones (partidos
políticos, sindicatos), que aunque incapaces de actuar solas, tampoco
pueden comunicarse unas con otras. Es decir, padecen de autismo. Es así
que, semejante sistema, para Crozier, es al mismo tiempo sumamente frágil
y sensible a todos lo chantajes. Se ahonda el abismo que separa dirigentes y
dirigidos; se hace imposible tomar decisiones y el conjunto queda a merced de
un movimiento demagógico que puede tirar abajo por completo sus mecanismos
durante meses e incluso durante años. Tales mecanismos, existen en todos
los organismos voluntarios y en segundo grado en el conjunto social como sistema
organizado; su influencia permita explicar, según el sociólogo
francés, el irrealismo, confusión e impotencia que experimenta
la sociedad francesa. Las consecuencias de debilidad que padece la capacidad
colectiva del sistema social son, para Crozier, desastrosas; incapacidad de
aceptar la verdad de los hechos, de decidir, de encarar los verdaderos conflictos.
En suma, debilidad de las organizaciones francesas en general y debilidad de
la capacidad "sistémica" del conjunto social francés, generándose
así una incapacidad por parte de la propia sociedad gala, según
Crozier de asumir, discutir y resolver sus problemas reales en un mundo ya posindustrial.
Dado entonces este complejo y crítico panorama de la sociedad gala, Crozier
entiende que: Si el diagnóstico es acertado, el problema esencial de
la sociedad francesa no se refiere al crecimiento, al régimen político
ni al socialismo, sino simplemente a la constitución y desarrollo de
una capacidad colectiva que responda a las necesidades de una sociedad compleja.
El crecimiento y los objetivos "de civilización" no dejan de tener importancia
primordial, pero el desarrollo de la capacidad "sistémica" constituye
en medida cada vez mayor la condición indispensable de un crecimiento
económico sostenido como de toda democratización de la sociedad.
Ninguna de las grandes ambiciones de los reformadores franceses tendrá
sentido mientras no se ose enfrentar de lleno este problema. El problema esencial
de la sociedad francesa, según Crozier, se refiere simplemente a la constitución
y desarrollo de una capacidad colectiva que responda a las necesidades de una
sociedad compleja. El desarrollo de la capacidad "sistémica" constituye
en medida cada vez mayor la condición indispensable de un crecimiento
económico sostenido, como de toda democratización de la sociedad.
Dado este problema, surge inmediatamente la interrogante de como cambiar, en
relación con este otro "problema", Crozier dice lo siguiente: Pero, ¿cómo
cambiar? ¿Cómo pasar de un sistema de juego caracterizado por la desconfianza,
los malentendidos y la confusión, a otro, no digamos ideal, sino más
abierto, sencillo y eficaz? ¿Cómo aprender colectivamente? Hasta ahora,
las transformaciones de los grupos humanos y de las sociedades parecen producirse
a través de las crisis. Pero, en realidad, la mayor parte de las crisis
no conducen a un verdadero aprendizaje. Desde este punto de vista, el drama
que amenaza en los años próximos a la sociedad francesa es el
de una sucesión de rupturas de significado más bien regresivo.
Sin embargo, tiene la posibilidad de efectuar una mutación decisiva si
convierte esas rupturas en crisis constructivas, a partir de las cuales se iniciaran
procesos de aprendizaje. La verdadera función de un gobierno en el conjunto
social, como la de todos los grupos dirigentes en las organizaciones e instituciones
de las que son responsables, sería en esa circunstancia la de provocar
crisis en el momento y el sector adecuado y con la perspectiva correcta, y realizar
previa y paralelamente las inversiones institucionales necesarias para que los
individuos y los grupos interesados puedan aprovecharlas. En Crozier, surgen
las interrogantes de, como cambiar, como pasar de un sistema de juego caracterizado
por la desconfianza, los malentendidos y la confusión (juego kafkiano)
a otro que tienda hacer más abierto, sencillo y eficaz y por último,
como aprender colectivamente. A su vez, desde el punto de vista de que, la mayor
parte de las crisis (por más que las transformaciones parecen producirse
a través de las mismas) no conducen a un verdadero aprendizaje, Crozier
entiende, que el futuro inmediato de la sociedad francesa, de a fines de la
década de los sesenta del siglo pasado, se presenta dramáticamente
pautado por una sucesión de rupturas de signo regresivo. Pero, la sociedad
gala, según el sociólogo francés, tiene la posibilidad
de realizar un cambio fundamental si transforma esas rupturas en crisis constructivas.
Es en este sentido, que la verdadera función de un gobierno en el conjunto
social, como la de todos los grupos dirigentes en las organizaciones e instituciones
de las que son responsables, sería en esa circunstancia, según
Crozier, la de provocar crisis en el momento y el sector adecuado y con la perspectiva
correcta, y realizar previa y paralelamente las inversiones institucionales
necesarias para que los individuos y grupos interesados puedan aprovecharlas.
Es así que, Crozier entiende que hay que realizar inversiones institucionales
fundamentalmente en la educación y también provocar crisis constructivas
en primer lugar alrededor de las estructuras territoriales y en el sistema administrativo
realizar tanto una como otra. En relación, a la inversión institucional,
Crozier dice lo siguiente:Durante este rápido examen de los problemas
que deberá enfrentar la sociedad francesa y de la crisis que convendría
provocar para que pueda lograrlo, hemos subrayado repetidas veces una prioridad
esencial que resulta ineludible: la prioridad de la inversión institucional.
Permítase referirnos a ella una vez más, porque de la elección
de esta prioridad depende el éxito de la estrategia de cambio que proponemos.
La inversión institucional, para Crozier, es una prioridad esencial para
el éxito de la estrategia de cambio que él propone. Crozier dice:
Si bien es cierto que la agudeza de los problemas se debe ante todo a la debilidad
de la capacidad organizativa y "sistémica" del conjunto francés,
el problema completamente fundamental de la sociedad francesa es el de aumentar
su capacidad colectiva, es decir, capacitar más a los franceses para
una cooperación organizada y eficaz. Lo que denominamos inversión
institucional es el esfuerzo doloroso, políticamente difícil y
financieramente costoso, por ayudar al desarrollo gradual de sistemas de relación
y negociación, de conjuntos de reglas y costumbres y de modelos de regulación
más complejos, abiertos, globales y eficaces. El problema esencial o
principal de la sociedad francesa, según Crozier, es el de aumentar su
capacidad colectiva, es decir, capacitar más a los franceses para una
cooperación organizada y eficaz. El sociólogo francés,
denomina inversión institucional al esfuerzo doloroso, políticamente
difícil y financieramente costoso, por ayudar al desarrollo gradual de
sistemas de relación y negociación, de conjuntos de reglas y costumbres
y de modelos de regulación más complejos, abiertos, globales y
eficaces. A su vez, hay diferentes tipos de inversión institucional,
en relación con esto, Crozier dice:La inversión institucional
es directa cuando se trata de un sistema en que la función del Estado
es central; puede ser muy indirecta cuando se trata de un medio económico
cuyas relaciones con el poder público son marginales o cuando se refiere
a problemas internos de organizaciones particulares. Pero el papel del Estado
es ahora tan grande, tanto en el aspecto financiero como en el de la reglamentación
y en el psicológico y social, que su intervención es completamente
decisiva. Es así que, hay inversión institucional de tipo directa
(cuando se trata de un sistema en que la función del Estado es central)
y de tipo indirecta (cuando se trata de un medio económico cuyas relaciones
con el poder público son marginales o cuando se refiere a problemas internos
de organizaciones particulares); en este caso, la inversión institucional
es directa dado el rol preponderante que tiene el Estado (en el aspecto financiero,
en la reglamentación y en el psicológico y social) en la formación
social de la Francia de a fines de la década de los sesenta del siglo
pasado que hace que su intervención sea decisiva. En resumen, la sociedad
francesa necesita aumentar, para Crozier, la constitución y desarrollo
de una capacidad colectiva que satisfaga los requerimientos de una sociedad
compleja (sociedad posindustrial), es decir, capacitar más a los franceses
para una cooperación organizada y eficaz. A su vez, la posibilidad de
cambio viene por el lado, según Crozier, de que la sociedad francesa
pueda transformar las rupturas de signo recesivo que se le avecinan, a inicios
de la década de los setenta del siglo pasado, en crisis constructivas,
a partir de las cuales se inician procesos de aprendizaje. Esto quiere decir,
para el sociólogo francés, que el gobierno de un país en
este caso Francia como los grupos dirigentes de las organizaciones e instituciones
desde esa posición de poder provoquen crisis en el momento y el sector
adecuado y con la perspectiva correcta, y realizar previa y paralelamente las
inversiones institucionales necesarias para que los individuos y los grupos
interesados puedan aprovecharlas. Es en este sentido, que la inversión
institucional (prioridad esencial ineludible y por la sencilla razón
de que su elección depende el éxito de la estrategia de cambio),
que en el caso de Francia dada su formación social es de tipo directa
y se la entiende esencialmente, por parte de Crozier, como un ayuda al desarrollo
gradual de sistemas de relación y negociación, de conjuntos de
reglas y costumbres y de modelos de regulación más complejos,
abiertos, globales y eficaces. A todo esto, se le suma nuevas interrogantes
y un problema, Crozier dice lo siguiente:¿Cómo es posible efectuar tales
inversiones? ¿Se puede realmente obtener la modificación de las prioridades
que es indispensable para que puedan llevarse a cabo? El problema no es, en
nuestra opinión, de recursos financieros ni de prioridad política,
sino ante todo de conversión intelectual. Nuestros recursos financieros
y humanos son muy limitados, y la capacidad política de acción
de cualquier gobierno, sumamente reducida. Pero la impotencia consiguiente se
debe mucho más a que sus recursos y su capacidad están de antemano
comprometidos y bloqueados en el mantenimiento de acciones de sostén,
cuyo resultado será inútil mientras siga siendo débil la
capacidad de organización o la amplitud "sistémica" de las instituciones
del sector respectivo. El único medio para remediar esta impotencia es
aprender a concentrar los recursos de la colectividad en los puntos clave de
los sistemas, que deben ser ayudados a salir de los círculos viciosos
que se deploran, en lugar de hacerse cargo de las consecuencias desfavorables
producidas por tales funcionamientos defectuosos, a los que de este modo se
contribuye a perpetuar. El sociólogo francés, se plantea las interrogantes
de que, como es posible efectuar tales inversiones y si además, se puede
realmente obtener la modificación de las prioridades que es indispensable
para que puedan llevarse a cabo. El problema, para Crozier, es de conversión
intelectual. A su vez, la impotencia (el no poder) se debe esencialmente, según
él, a que los recursos financieros y humanos (muy limitados) y la capacidad
política de acción del gobierno (sumamente reducida) se encuentran
de antemano comprometidos y bloqueados en el mantenimiento de acciones de sostén
cuyo resultado será inútil mientras siga siendo débil la
capacidad de organización o la amplitud "sistémica" de las instituciones
del sector respectivo. El único medio para remediar esta impotencia es,
según Crozier, aprender a concentrar los recursos de la colectividad
en los puntos clave de los sistemas, que deben ser ayudados a salir de los círculos
viciosos que se deploran. Es en este sentido que Crozier entiende que:Para lograrlo
se deben favorecer tres grandes líneas de orientación intelectual
en todas las actividades de dirección de la sociedad. Ante todo, debe
darse prioridad a la formación de una seria capacidad de análisis.
Los dirigentes políticos, administrativos y hasta económicos rebosan
de síntesis brillantes, pero carecen de la capacidad de análisis
indispensable para tomar decisiones prospectivas. Ningún programa, ninguna
acción administrativa debería ser emprendida sin que se haya establecido
un diagnóstico sobre el complejo sistema dentro del cual deberá
ejecutarse el programa o la acción. Cuando no se conocen los nudos de
poder y los modos de regulación de los sistemas, las más seductoras
iniciativas terminan malogradas. La nueva moda de los estudios es una falsa
respuesta para esa necesidad; la sociedad francesa nunca se conoció tan
mal como ahora. Los estudios son efectuados para justificar las prácticas
existentes, no para conocerlas. La inversión en capacidad de análisis
es más urgente que cualquier inversión económica, aunque
sea muy modernista. Es así que, para poder lograr que los sistemas salgan
de los círculos viciosos que se deploran, Crozier entiende, que se deben
favorecer tres grandes líneas de orientación intelectual en todas
las actividades de dirección de la sociedad. La primera es, que debe
darse prioridad, según él, a la formación de una seria
capacidad de análisis. Es decir, que ningún programa, ninguna
acción administrativa debería ser emprendida sin que se hubiera
establecido un diagnóstico sobre el complejo sistema dentro del cual
deberá ejecutarse el programa o la acción. En otras palabras,
se tienen que conocer los nudos de poder y los modos de regulación de
los sistemas, para que las más seductoras iniciativas no terminen malogradas
o en el cementerio de las buenas intenciones. Los estudios tienen que ser efectuados
para conocer las prácticas existentes. En lo que se refiere, a la segunda
línea, Crozier dice:El segundo esfuerzo debe residir en la comprensión
del cambio y de los tipos de conducta aptos para dirigirlo. Ningún cambio
serio puede ser llevado a cabo sin una penosa alteración de prácticas
profundamente arraigadas, de las que un análisis verdaderamente global
demuestre que en su nivel son racionales y hasta beneficiosas. En el sistema
francés, dicha alteración nunca fue cumplida sin crisis. Estas
crisis nos producen al mismo tiempo pánico y fascinación. Lo que
debemos aprender es a provocarlas y dirigirlas. El segundo esfuerzo debe residir,
según Crozier, en la comprensión del cambio y de los tipos de
conducta aptos para dirigirlo. Ningún cambio serio, para él, puede
ser llevado a cabo sin una penosa alteración de prácticas profundamente
arraigadas, de las que un análisis verdaderamente global demuestre que
en su nivel son racionales y hasta beneficiosas. En el caso concreto del sistema
francés, dicha alteración nunca fue cumplida sin crisis. Es decir,
que en Francia la experiencia de cambio esta asociado directamente al fenómeno
de la crisis. Para el propio Crozier los franceses deben aprender a provocar
las crisis y también a dirigirlas. Por último, a lo que hace a
la tercera línea, Crozier dice:El tercer esfuerzo se refiere a la actitud
hacia las instituciones. Nos negamos a ocuparnos de ellas; solo nos interesan
el individuo y la Ley (o el Estado, el Régimen o la Revolución).
Pero no se puede cumplir ningún programa, ni alcanzar ningún objetivo,
sin que alguna institución, formal o informal, administre los resultados.
Legislamos sobre educación o salud pública, pero nadie quiere
ocuparse en aprender a crear, dirigir, desarrollar o animar un cuerpo social
tan complejo como una universidad un hospital. La capacidad de acción
de una sociedad, su posibilidad de plantearse problemas, descubrir soluciones
y ponerlas en práctica, así como su aptitud para innovar, dependen
fundamentalmente de su riqueza institucional. Formales o informales, las instituciones
son los instrumentos de la cooperación humana. Ninguna tarea debería
ser más encumbradora que su desarrollo. Para hacerla bien no basta la
imaginación descubierta en las jornadas de mayo; es preciso apelar a
otras virtudes cuya cualidad intelectual estaba tan olvidada como aquella: la
paciencia y el valor. Por último, el tercer esfuerzo se refiere, según
Crozier, a la actitud hacia las instituciones. Para el sociólogo francés,
los franceses se niegan a ocuparse de ellas; solo les interesan el individuo
y la Ley (o el Estado, el Régimen o la Revolución). Pero no se
puede cumplir ningún programa, ni alcanzar ningún objetivo, sin
que alguna institución, formal o informal, administre los resultados.
Formales o informales, las instituciones, según él, son los instrumentos
de la cooperación humana. Esto hace que, ninguna tarea debería
ser más enaltecedora que su desarrollo. Para realizarla correctamente
es preciso además de contar con imaginación apelar, según
Crozier, a otras virtudes como ser la paciencia y el valor. En suma, prioridad
a la formación de una seria capacidad de análisis, comprensión
del cambio y de los tipos de conducta aptos para dirigirlo y una nueva actitud
hacia las instituciones, son estas las tres grandes líneas de acción
intelectual a todas las actividades de dirección de la sociedad, propuesta
por Crozier, para poder lograr que los sistemas salgan de los círculos
viciosos que se deploran. En otros términos, estas tres grandes líneas
de orientación intelectual, lanzadas por el sociólogo francés,
son un llamado a los núcleos o círculos dirigentes de la sociedad
gala a que tengan un conocimiento concreto de la sociedad de la cual forman
parte. Es decir, que la sociedad francesa tenga un fuerte conocimiento de si
misma para poder salir de los laberintos burocráticos y así poder
encarar como sociedad los nuevos problemas (hundimiento de formas tradicionales
de control social, necesidad de nuevos controles) planteados por la llegada
del mundo de la libertad y el cálculo. En la década de los setenta
del siglo XX a la idea central en la sociología clásica de correspondencia
entre institucionalización de valores y socialización de actores
se opuso la separación entre sistemas y actor. Con respecto a este tema,
el sociólogo Alain Touraine dice lo siguiente:A la idea central en la
sociología clásica de correspondencia entre institucionalización
de valores y socialización de actores se opuso la separación entre
sistema y actor. Se concibió el sistema como un conjunto de reglas y
limitaciones que el actor debe aprender a utilizar o a burlar más bien
que a respetar (lo que sabe hacer muy bien el ciudadano francés en relación
con la reglas fijadas por el Estado). Por su lado, el actor no apareció
más como ciudadano o trabajador sino como individuo, miembro de comunidades
primarias ligado a cierta tradición cultural. Finalmente y sobre todo,
las normas de funcionamiento de la sociedad y la evolución histórica
se manifestaron como disociadas; el cambio histórico no se definió
más como progreso o modernización sino como red de estrategias
destinadas a sacar el máximo provecho del empleo de recursos limitados
y a controlar zonas de incertidumbre. Desapareció la idea de sociedad
y hasta lo "social" se remplazó con la política, la cual adquirió
dos opuestas formas: por un lado, la del poder totalitario que devora la vida
social; por otro, la de grupos de presión y aparatos de decisión
que se enfrentan en un mercado político. Mundo frío del cual el
actor - con sus creencias, proyectos, relaciones sociales y capacidad de acción
propiamente social - resultó eliminado. Esta representación de
la vida social, o más bien la oposición de estas mitades disociadas
- visión del sistema como orden y concepción del actor como calculador
y jugador - dominó ampliamente la década de setenta. Por un lado
se encontraban, más allá de sus diferencias, Marcuse, Foucault,
Altusser, Bourdieu y Goffman, cuyas obras ejercieron la mayor influencia; por
otro, lo que se denominó la teoría de las organizaciones y decisiones
con Simon, March, Blau y Crozier. Esta etapa del pensamiento social se asoció
con dos grandes transformaciones históricas. Por un lado, la metamorfosis
de los movimientos de liberación en estados autoritarios; por otro, en
los países ya industrializados la transformación de la cultura
y la aparición de nuevas formas de conocimiento, actividades económicas
y modelos éticos provisionalmente disociados de las relaciones sociales
y políticas. La sociedad estalla; por un lado es absorbida por el poder
estatal; por otro se encuentra "atrasada" (atraso social más que cultural)
con respecto a las transformaciones de la cultura, es decir de la construcción
de las relaciones con el medio. La noción de que el actor se comporta
en toda organización de manera estratégica esta representada por
la teoría organizacional de Crozier, siendo una de las principales corrientes
del pensamiento social de la década del setenta del siglo pasado. A su
vez, la misma forma parte de una etapa del pensamiento sociológico que
esta relacionada, según Touraine, con dos cambios de orden histórico.
Uno es, la transformación de los movimientos de liberación en
estados no democráticos y el otro, en los países ya industrializados
la modificación de la cultura y el surgimiento de nuevas formas de saberes,
actividades económicas y modelos éticos momentáneamente
separados de los vínculos sociales y políticos. La sociedad se
rompe; por un lado es tragada por el universo estatal; por otro, se encuentra
en una posición de clara "retaguardia" principalmente a nivel social
en relación a las variaciones de la cultura. En otras palabras, es la
entrada escena de la sociedad posindustrial. Dado el desordenado panorama que
experimentan las llamadas sociedades adelantadas en el mundo sociológico
se plantea la interrogante de si todavía tiene un centro la vida social.
Esto lleva a que se manifiesten oposiciones y rompimientos entre diferentes
corrientes sociológicas. En relación con todo esto, Alain Touraine
dice: En un mundo dominado por la guerra, el nacionalismo estatal, la industrialización
acelerada, cuando la transmisión de la herencia sociocultural aparece
cada vez más problemática a medida que aumenta la heterogeneidad
de las sociedades nacionales, ¿acaso hay todavía lugar para la idea de
cierta estabilidad del sistema social alrededor de un principio central, consista
éste en creencias, valores y derechos fundamentales o, por el contrario,
descanse sobre la hegemonía de una clase dominante o de un Estado omnipresente?
¿Es necesario, inversamente, guiarse otra vez por el aforismo griego panta rhei,
"todo es cambio"? ¿O queda la posibilidad de proponer una nueva definición
de la unidad del sistema social? La sociología de las organizaciones
y decisiones constituye hoy la principal expresión de una sociología
del cambio, opuesta a la clásica que presentaba una teoría del
orden. Su idea fundamental es que la sociedad es un conjunto sin centro, que
sólo admite cambios limitados, por adaptación a modificaciones
del medio o resolución de tensiones internas. Al romper con la noción
de racionalización impulsada por ingenieros como Taylor o Ford, esta
sociología habla de racionalización limitada, es decir de estrategia,
o como Michel Crozier de competencia por el control de áreas de incertidumbre,
donde el status de los actores queda impreciso. Los actores sociales, según
esta teoría, tratan de maximizar sus intereses, pero lo hacen dentro
de un medio desconocido y al cual controlan sólo parcialmente. El resultado
es una serie de cambios tipo estimulo–respuesta que ya no deja lugar para algún
principio unitario de la vida social, trátese de dominación absoluta
o de valores centrales. En un mundo sometido, según Touraine, por la
guerra, el nacionalismo estatal, la industrialización acelerada, en donde
el aumento de la heterogeneidad de las sociedades nacionales determina directamente
la existencia de problemas en lo que hace a la trasmisión de la herencia
sociocultural conduce, a que él mismo, manifieste una serie de interrogantes
en torno tanto a la estabilidad del sistema social alrededor de un principio
central o sustentado sobre la hegemonía de una clase dominante o de un
Estado omnipresente, como al cambio del sistema social y a una nueva definición
de la unidad del sistema social. La sociología de las organizaciones
y decisiones es, según el sociólogo francés, a mediados
de la década de los ochenta del siglo pasado, la principal expresión
de una sociología de cambio, opuesta a la clásica que presentaba
una teoría del orden. Su idea fundamental es que la sociedad es un conjunto
sin centro, que sólo admite cambios limitados, por adaptación
a modificaciones del medio o resolución de tensiones internas. A esto
se le suma, el romper como sociología de las organizaciones y decisiones
con la noción de racionalización absoluta del fenómeno
organizado sustentada por la escuela organizacional tayloriana y el fordismo
y sí hablar del concepto de racionalidad limitada como lo hacen March
y Simon y en el caso de Crozier de racionalidad relativa. Crozier entiende que
en toda acción organizada de los hombres, incluidas las organizaciones,
coexisten dos lógicas que es necesario tener en cuenta: el actor persiguiendo
sus objetivos "egoístas" y el sistema organizado estructurado en función
de una lógica finalística. Es decir, que para Crozier el actor
desarrolla comportamientos racionales, pero lo que define esa racionalidad no
es una "ciencia" de la organización forjada con anterioridad, como sucede
en la "organización científica del trabajo" de Taylor, sino un
constante juego conducido por el actor, cuyo desenvolvimiento no se encuentra
para nada escrito en ningún lugar, y en el que toman parte tanto los
recursos del actor como las presiones del sistema. Esta racionalidad relativa
dirige todas las organizaciones humanas. Es entonces que, la lectura crozeriana
es necesariamente dualista, en el sentido de que se debe integrar al actor en
el sistema organizado, ya que es en el seno del fenómeno organizado donde
los sujetos y los grupos elaboran sus estrategias. El propio Michel Crozier
junto a Erhard Friedberg dicen lo siguiente: Para terminar, este ensayo es,
ante todo, una reflexión tocante a las relaciones del actor y del sistema.
El razonamiento que proponemos se estructura en torno a la existencia de estos
dos polos opuestos. El actor no existe fuera del sistema que define la libertad,
que es la suya, y la racionalidad que puede emplear en su acción. Pero
el sistema no existe porque hay un actor; únicamente él puede
generarlo y darle vida, y sólo él puede cambiarlo. De la yuxtaposición
de estas dos lógicas nacen las restricciones de la acción organizada
que exponemos con nuestro razonamiento.Para Crozier, el individuo esta permanentemente
construyendo una realidad colectiva -la organización- que es su obra
y en cuyo seno nunca deja de ser actor tratando en todo momento de aprovechar
su margen de libertad (que significa fuente de incertidumbre tanto para los
miembros como para la organización en su conjunto) para negociar su "cooperación",
cuidando de manipular a sus miembros y la organización en su conjunto
de tal suerte que esta "cooperación" le genere beneficios. Pero también,
ese mismo producto suyo que es la organización se transforma para él
en una fuente de condicionantes que conforman el marco indispensable para la
acción conjunta. A su vez, la cuestión del cambio es entendida
por Crozier y Friedberg de la siguiente manera:Es preciso borrar de un plumazo
de una vez por todas esta visión del cambio que hemos heredado del siglo
XIX. El cambio no es ni el majestuoso correr de la historia, en cuyo caso seria
suficiente conocer sus leyes nada más, ni la concepción y la puesta
en práctica de un modelo más "racional" de organización
social. No puede ser comprendido más que como un proceso de creación
colectiva a través del cual los miembros de una determinada colectividad
aprenden juntos, es decir, inventan y determinan nuevas formas de jugar el juego
social de la cooperación y del conflicto (en pocas palabras, una nueva
praxis social), y adquieren las capacidades cognoscitivas, de relación
y organizativas correspondientes. Es un proceso de aprendizaje colectivo que
permite instituir nuevos constructos de acción colectiva que crean y
expresan una nueva estructuración del o de los campos. Crozier, por un
lado, le da la espalda y rompe con una visión del cambio que viene del
siglo XIX, que lo entendía como una etapa lógica de un desarrollo
humano ineluctable o como la imposición de un modelo de organización
social mejor por ser más racional. Por el otro lado, el sociólogo
francés, concibe al cambio como un proceso de creación colectiva
a través del cual los miembros de una determinada colectividad aprenden
juntos, es decir, inventan y determinan nuevas formas de jugar el juego social
de la cooperación y del conflicto (en pocas palabras, una nueva praxis
social), y adquieren las capacidades cognoscitiva, de relación y organizativas
correspondientes. Es un proceso de aprendizaje colectivo que permite instituir
nuevos constructos de acción colectiva que crean y expresan una nueva
estructuración del o de los campos. Crozier y Friedberg siguen diciendo:La
alternativa para las fórmulas de cambio, tecnocráticas y autoritarias,
no puede ser más que la extensión y la generalización progresiva
de la experimentación, es decir, del aprendizaje colectivo e institucional
en todos los niveles, o más bien la organización de las condiciones
que hacen posible tal extensión.La extensión y la generalización
progresiva de la experimentación, es decir, el aprendizaje colectivo
e institucional en todos los niveles, es presentado por Crozier, como la alternativa
a las fórmulas o modelos de cambio de índole tecnocráticas
y autoritarias. Es decir, una y otra son fórmulas o modelos de cambio
que tienen de común el castrar todo tipo de aprendizaje colectivo e institucional,
dado que la cuestión del cambio lo entienden como la imposición
de un modelo a priori concebido desde el inicio por grupos de técnicos
y cuya racionalidad deberá defenderse contra las obstrucciones irracionales
de los actores que serian en los hechos la manifestación de su relación
reducida a las costumbres pasadas o a su condicionamiento por las estructuras
de dominación existentes y por la alineación dentro de éstas.
Finalmente, el sociólogo Hebert Marcuse dice lo siguiente:El universo
totalitario de la racionalidad tecnológica es la última transmutación
de la idea de razón. Crozier con su "análisis estratégico"
realiza un jaque mate a todas las visiones de una racionalidad totalitaria,
devoradora de sus hijos al igual que el dios Saturno. Dado que la aplicación
del mismo a situaciones concretas evidencia la existencia de una racionalidad
de actor en organización, irreductible a la racionalidad del sistema
organizado. Es decir, el carácter esencialmente "oportunista" de las
estrategias humanas y la parte no reducible de la libertad que existe en toda
relación de poder. En donde, el cambio como tal es entendido por Crozier
como proceso de aprendizaje colectivo e institucional a todos los niveles. En
un mundo occidental, particularmente Europa y más particularmente Francia
que desde 1968 vive y experimenta la salida de la modernidad.
Capítulo IIReferencias TeóricasLa modernidad del siglo XVIII fue un proyecto de sociedad basado en un concepto de razón no ceñido a la razón instrumental, sino dando igual significación a la razón moral y estética, durante todo el siglo XIX europeo se asistió a un proceso en el cual lo racional se transforma en lo racional instrumental. Es decir, la modernidad tiene forma burguesa y de por sí su rostro es la del orden económico capitalista. En donde, para Weber la teoría de la burocracia conforma una pieza importante de su visión sobre la modernización (racionalización) del mundo occidental, que no conduce según él hacer realidad la vinculación entre el crecimiento de la ciencia, la racionalidad y la libertad humana universal (como soñaban los pensadores de la ilustración), sino a que el hombre moderno quede encerrado en la "jaula de hierro" de la racionalidad burocrática careciendo su vida de significado y libertad. A su vez, el llamado "análisis estratégico" es entendido por Crozier como un nuevo modo de razonamiento (proporciona herramientas teóricas para superar las visiones "monísticas" de la organización) o de razonar ante los problemas de la acción colectiva, y por ende organizada, de los hombres, en un tiempo histórico como lo fue Europa y particularmente Francia de afines de la década de los sesenta e inicios de los setenta del siglo pasado pautada por diversas crisis, una de ellas es la que corresponde a la ideología modernista. Es así que, todo esto lleva a que se pase ahora a detallar las referencias teóricas de la racionalidad burocrática y de la racionalidad relativa de Crozier en lo que se refiere a la organización y al poder.
2.1. La organización - Racionalidad burocrática Max
Weber enfatiza la racionalidad de la organización burocrática;
de hecho, la palabra máquina viene directamente de sus escritos.
Max Weber dice:La razón decisiva que explica el progreso de la organización
burocrática ha sido siempre su superioridad técnica sobre cualquier
otra organización. Un mecanismo burocrático perfectamente desarrollado
actúa con relación a las demás organizaciones de la misma
forma que una maquina con relación a los métodos no mecánicos
de fabricación. La precisión, la rapidez, la univocidad, la oficialidad,
la continuidad, la discreción, la uniformidad, la rigurosa subordinación,
el ahorro de fricciones y de costas objetivas y personales son infinitamente
mayores en una administración severamente burocrática, y especialmente
monocrática, servida por funcionarios especializados, que en todas las
demás organizaciones de tipo colegial, honorífico auxiliar. La
racionalidad burocrática descansa en la utopía de la organización
como máquina perfecta. Es decir, la búsqueda de una racionalidad
organizacional absoluta que sometería al hombre a un modo de funcionamiento
"sin fallas" de ningún tipo. Esta búsqueda revela una concepción
de la organización en la que solamente están presentes los reclamos
procedentes de una dinámica finalística. La única medida
de referencia del modelo weberiano es la finalidad de la organización.
Para alcanzar esa finalidad se encuentra la administración burocrática
que anula todo tipo de contingencias circunscribiendo la organización
a una realidad del todo previsible. Weber dice lo siguiente:Allí donde
se ha llevado íntegramente a cabo la burocratización del régimen
de gobierno se ha creado una forma de relaciones de dominio prácticamente
inquebrantable. El simple funcionario no puede desprenderse de la organización
a la cual está sujeto. En oposición a los honoratiores, que administran
y gobiernan honoríficamente y como al margen, el funcionario profesional
está encadenado a su labor con toda su existencia material e ideal. En
casi todos los casos el funcionario no es más que un miembro al que se
encargan cometidos especializados dentro de un mecanismo en marcha incesante
que únicamente puede ser movido o detenido por la autoridad superior,
y que es la que le prescribe la ruta determinada. Por todo ello se halla sometido
al interés común de todos los funcionarios insertados en tal mecanismo,
para que siga funcionando y persista el dominio socializado ejercido por la
burocracia. Por su lado, los dominados no pueden prescindir del aparato de dominio
burocrático ya existente ni sustituirlo por otro, pues se basa en una
metódica síntesis de entrenamiento especializado, división
de trabajo y dedicación fija a un conjunto de funciones habituales diestramente
ejercidas. La organización es concebida por la racionalidad burocrática,
como un conjunto articulado de funciones. Este conjunto debe operar (gracias
a la máxima autoridad oficial) de una manera transparente, fluida y homogénea
como para que nada ni nadie (a parte de la máxima autoridad oficial)
pueda frenar e impedir el logro de las metas fijadas de antemano por la propia
máxima autoridad oficial de la organización. A su vez, al individuo
en la racionalidad burocrática, sólo se lo tiene en cuenta en
su carácter de funcionario especializado. Es decir, como miembro de la
organización burocrática al que se le encargan obligaciones especializadas
que tienen como fin único la concreción de los objetivos fijados
por la propia organización burocrática. Dice M.Weber:Las funciones
específicas de la burocracia moderna quedan expresadas del modo siguiente:I.
Rige el principio de las atribuciones oficiales fijas, ordenadas por lo general,
mediante reglas, leyes o disposiciones del reglamento administrativo, es decir:
1) Existe una firme distribución de las actividades metódicas
consideradas como deberes oficiales - necesarias para cumplir los fines de la
organización burocrática. 2) Los poderes de mando necesarios para
el cumplimiento de estos deberes se hallan igualmente determinado de un modo
fijo, estando bien delimitados mediante normas los medios coactivos que le son
asignados (medios coactivos de tipo físico, sagrado o de cualquier otra
índole). 3) Para el cumplimiento regular y continuo de los deberes así
distribuidos y para el ejercicio de los derechos correspondientes se toman las
medidas necesarias con vistas al nombramiento de personas con aptitudes bien
determinadas. Estos tres factores constituyen, en la esfera oficial, el carácter
esencial de una autoridad burocrática o magistratura y en la esfera de
la economía privada la sustancia de un despacho. En este sentido, tal
institución se ha desarrollado completamente en las comunidades políticas
y eclesiásticas sólo con la aparición del Estado moderno,
y en la esfera de la economía privada sólo con la aparición
de las formas avanzadas del capitalismo. En organizaciones políticas
tan extensas como las del Antiguo Oriente, así como en los imperios germánico
y mogol formados mediante la conquista, y en muchos organismos feudales, las
magistraturas permanentes con atribuciones fijas no constituyen la regla, sino
la excepción. El soberano hace cumplir las medidas más importantes
por medio de comisionados personales, de comensales o de servidores de palacio,
a quienes se dan cargos o autorizaciones establecidos momentáneamente
para el caso particular y no siempre bien delimitados. II. Rige el principio
de la jerarquía funcional y de la tramitación, es decir, un sistema
firmemente organizado de mando y subordinación mutua de las autoridades
mediante una inspección de las inferiores por las superiores, sistema
que ofrece al dominado la posibilidad sólidamente regulada de apelar
de una autoridad inferior a una instancia superior. Para la racionalidad burocrática,
el funcionamiento de una organización es el fruto de la adaptación
de un conjunto de calificados profesionales a las facultades que dan las funciones
oficiales fijas ordenadas mediante reglas, leyes o disposiciones del reglamento
administrativo de la propia organización. A su vez, la integración
de la conducta de los individuos en la organización burocrática
es la derivación inmediata del aprendizaje de un conjunto de conductas
interdependientes con sus correspondientes normas y valores. Es decir, esto
implica un trabajo de equipo, una clara división del trabajo con la subordinación
del propio status-rol, obediencia a la autoridad (el poder legítimo para
dar órdenes), la existencia de normas regulativas y de valores comunes.
La organización burocrática como tal es una forma de eficiencia
funcional. Es así que, la organización para la racionalidad burocrática
es el reino invulnerable de la racionalidad del sistema organizado. Racionalidad
relativa de M. Crozier El "análisis estratégico" de Michel
Crozier maneja el concepto de racionalidad relativa. Esto consiste en que todo
conjunto humano organizado coexisten dos lógicas que es necesario tener
presente: el actor persiguiendo sus objetivos "personales" y el sistema organizado
estructurado en función de una lógica finalística. Al respecto,
Crozier y Friedberg dicen lo siguiente: Si admitimos que en toda su organización
el actor individual dispone de un margen de libertad irreductible para perseguir
sus actividades, es iluso querer buscar la explicación de sus comportamientos
empíricamente observables, en la racionalidad de la organización,
en sus objetivos, sus funciones y sus estructuras como si se tratara de un conjunto
de circunstancias a las cuales los individuos no pudieran adaptarse y que acabarían
por interiorizar y por conformar su conducta. Esto no quiere decir que la organización
pueda analizarse únicamente a partir del comportamiento del actor. La
lectura crozeriana es forzosamente dualista, es decir que debe integrar al actor
en el sistema organizado, ya que es en el seno del fenómeno organizado
dónde los individuos y los grupos establecen sus estrategias. Otro concepto
que maneja el "análisis estratégico" de Crozier es el de estrategia.
Crozier y Friedberg dicen: Para entender este concepto y el uso que hacemos
de él, es preciso partir de las siguientes observaciones empíricas:1.
El actor rara vez tiene objetivos claros y menos todavía proyectos coherentes:
estos son múltiples, más o menos ambiguos, más o menos
explícitos y más o menos contradictorios. Cambiará a mitad
del camino y rechazará algunos, descubrirá otros sobre la marcha
o incluso después, aunque no sea más que porque existen consecuencias
imprevistas e imprevisibles de su acción que le obligan a "reconsiderar
su posición" y a "reajustar su mira": lo que considera "medio" en un
momento dado puede ser "fin" en otro momento y viceversa. De ahí se deduce
que sería ilusorio y falso considerar su comportamiento como reflexivo,
es decir mediatizado por un sujeto lúcido que calcula sus movimientos
en función de los objetivos fijados al principio.2. Sin embargo su comportamiento
es activo. Siendo que siempre se encuentra restringido y limitado, no está
jamás directamente determinado; incluso, de alguna manera, la pasividad
es el resultado de una elección. 3. Es un comportamiento que siempre
tiene un sentido; el hecho de que no se le pueda relacionar con objetivos claros,
no significa que no pueda ser racional sino todo lo contrario. En lugar de ser
racional con relación a ciertos objetivos, lo es, por parte con relación
a las oportunidades y a través de estás, al contexto que las defina,
y por otra, en relación con el comportamiento de los otros actores, con
el partido de los que lo toman y con el juego que se estable- ció entre
ellos.4. Es, en resumen, un comportamiento que siempre presenta dos aspectos:
uno ofensivo, que es aprovechar las oportunidades con miras a mejorar su situación,
y otro defensivo que consiste en mantener y ampliar su margen de libertad y
por ende su capacidad actuar. Esta oposición se encuentra sin que necesariamente
haya equivalencia en una perspectiva temporal (ganancias a corto plazo contra
inversión); lo importante es la dualidad y no el significado de los términos.
5. En el caso límite, no existe, pues, un comportamiento irracional;
ésa es la utilidad que tiene el concepto de estrategia, que puede aplicarse
indistintamente a los comportamientos en apariencia de lo más racionales
y a los que parecen completamente erráticos. Tras el humor y las reacciones
afectivas que dirigen este comportamiento día con día, es posible
que el análisis descubra regularidades que no tendrían sentido
más que si se relacionan con una estrategia. Decir de un actor que tiene
un comportamiento estratégico indica que es capaz de utilizar los recursos
de una situación y las ocasiones que se le ofrecen para alcanzar unos
objetivos personales. Por otra parte, éstos no son siempre claros y coherentes;
no surgen necesariamente en la conciencia. Para Crozier, el concepto de estrategia
esta en la base de la comprensión de la racionalidad relativa. Con respecto
a la principal virtud del concepto de estrategia Crozie y Friedberg dicen:La
principal virtud del concepto de estrategia es que fuerza a la superación
y la hace posible, mientras que la reflexión en términos de objetivos
tiende a aislar al actor de la organización a la cual le enfrenta, la
reflexión en términos de estrategia obliga a buscar en el contexto
organizativo la racionalidad del actor y a comprender el constructo organizativo
en las vivencias de los actores. La principal virtud del concepto de estrategia
es superar la concepción de la organización basada en la noción
de objetivo. El comportamiento en organización es de naturaleza estratégica.
Es decir, que todo comportamiento organizacional se plantea alcanzar determinados
objetivos sirviéndose de la construcción organizacional. La estrategia
del actor se orienta a aumentar su margen de maniobra en detrimento del margen
de maniobra de los demás. Dada esta perspectiva, la organización
es en efecto ese lugar de enfrentamiento y de conflicto por la acción
motivada de sus miembros quienes, en la búsqueda de sus estrategias personales,
siempre divergentes cuando no contradictorias, tratan simplemente de proteger,
incluso de ampliar su propio margen de libertad reduciendo su dependencia respecto
a los otros. Crozier y Friedberg dicen: Así, pues, no se puede hablar
de los objetivos o de la racionalidad de una organización como sí
existieran de por sí, fuera o por encima de los individuos o los grupos
que sólo ellos pueden llevar consigo y darles vida incluyéndolos
en sus estrategias y actualizándolos con sus comportamientos. En el caso
extremo, la organización en sí no puede existir más que
por los objetivos y las racionalidades parciales de los individuos o de los
grupos que alberga.La organización, es en sí, un universo de conflicto,
y su funcionamiento el resultado de los enfrentamientos entre las racionalidades
contingentes, múltiples y divergentes de actores relativamente libres
capaces de llevar adelante sus propios objetivos. A esto se le suma, el concepto
de juego como instrumento de la acción organizada. Con respecto a esto,
Crozier y Friedberg dicen:El juego es el instrumento que elaboraron los hombres
para reglamentar su cooperación; es el instrumento esencial de la acción
organizada. El juego concilia la libertad con la restricción. El jugador
es libre, pero si quiere ganar, debe adoptar una estrategia racional en función
de la naturaleza del juego y respetar las leyes de éste. Esto quiere
decir que para el progreso de sus intereses, debe aceptar las restricciones
que se le imponen. Si se trata de un juego de cooperación, que siempre
es el caso tratándose de una organización, el producto del juego
será el resultado común que busca la organización. Este
resultado no se obtendrá por la solicitud directa de los participantes,
sino por la orientación que se les haya dado, debido a la naturaleza
y a las reglas de los juegos que juega cada uno de ellos y en las que buscan
su propio interés. Para el "análisis estratégico" de Crozier,
el juego es el instrumento que elaboraron los hombres para reglamentar su cooperación;
es el instrumento esencial de la acción organizada. El juego concilia
la libertad con la restricción. El jugador es libre, pero si quiere ganar
debe adoptar una estrategia racional en función de la naturaleza del
juego y respetar las leyes de éste. Esto quiere decir que para el progreso
de sus intereses debe aceptar las restricciones que se le imponen. Es así
que, si se trata de un juego de cooperación, que siempre es el caso tratándose
de una organización, el producto del juego será el resultado común
que busca la organización. Este resultado no se obtendrá por la
voluntad directa de los participantes, sino por la orientación que se
les haya dado, debido a la naturaleza y a las reglas de los juegos que juega
cada uno de ellos y en las que buscan su propio interés. Con respecto
a esto último, Crozier y Friedberg siguen diciendo: En otras palabras,
en lugar de considerar el funciona- miento de una organización como el
producto de la adaptación, por diversos procesos, de un conjunto de individuos
o de grupos con motivaciones propias, a los procedimientos y a las "funciones"
previstos por ésta, nosotros proponemos considerarlo como el resultado
de una serie de juegos en los cuales participan los diferentes actores organizativos
y cuyas reglas formales e informales -definiendo especialmente las posibilidades
de ganancias y de pérdidas de unos y otros- delimitan un abanico de estrategias
racionales, es decir, "ganadoras", que podrán adoptar si quieren que
su compromiso en la organización sirva para que sus expectativas personales,
o por lo menos para que no les contraríe.El "análisis estratégico"
de Crozier, entiende que el funcionamiento de una organización es el
resultado de una serie de juegos en los cuales participan los diferentes actores
organizativos y cuyas reglas formales e informales - definiendo especialmente
las posibilidades de ganancias y de pérdidas de unos y otros - delimitan
un abanico de estrategias racionales, es decir, "ganadoras", que podrán
adoptar si quieren que su compromiso en la organización sirva para que
sus expectativas personales, o por lo menos para que no les contraríe.
Dicen Crozier y Friedberg:Una vez conceptuada la organización como un
conjunto de juegos articulados entre sí, el fenómeno propiamente
sociológico de