La guerra de los mundos ¿Y a qué demonio se parecen?

Enviado por mariaivalderrama

"Jamás la historia de la guerra ha dado cuenta de otra

destrucción tan insensata y general".

"Nadie hubiera creído en los primeros años del siglo XIX que las cosas humanas fueran escudriñadas aguda y atentamente por inteligencias superiores (...)." Pero la invasión marciana del planeta aconteció y los extraterrestres cayeron en Inglaterra.

La humanidad les permitió desenvolver las intenciones, en espera de poder comunicarse con la civilización alienígena, para salir huyendo después ante el descubrimiento de las armas abrasadoras que amenazaban con destruir Londres y sus alrededores.

El escritor y filósofo Herbert George Wells, autor del libro, no ha de confundirse con Orson Welles, el director de cine aquel que emitió esta obra en versión radiofónica, provocando el pánico de las gentes nerviosas de los Estados Unidos, que en nada difieren de la muchedumbre que corre harapienta en las páginas del texto.

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Los conceptos elegidos para desarrollar el presente trabajo fueron en principio la duda y el pánico. Advierto que el primero se agotará en primera instancia para dar paso al segundo, aunque de vez en cuando éste lance coletazos desesperados en un intento por rehusar todo olvido en el transcurso de la exposición.

La duda, o más bien la incertidumbre, suspende al ánimo ante dos juicios acerca de un hecho o una cosa.

Así, las gentes de Horsell, Ottershaw y Woking, paradas en derredor del inmenso agujero, se habrían formulado la pregunta de escogencia única ante la bondad o malevolencia de los marcianos.

Al corroborarse la respuesta temida, surge el pánico, y con éste desaparece nuestro primer concepto, por ahora, en este escrito.

-¿Los ha visto usted?

-Es verdad lo que dice el artillero –respondí.

-Está bien –repuso el teniente -. Tengo el deber de enterarme por mí mismo (...)

Ahora bien, he aquí el pánico en todo su furor: "A presencia de tan extrañas, veloces y formidables criaturas, la multitud que se apiñaba en las orillas pareció acometida de terror."

A partir de este hecho categórico, el pánico pasa por diferentes etapas en las que se extrema el espanto ante el peligro inminente, contagiando a cuanto humano encuentra a su paso. Intentaré desarrollarlo en la cronología del libro, es decir, a medida que avanzan las páginas y se vislumbra en los rostros imaginados de los sujetos.

El pánico, en el contexto del texto, surge ante un espectáculo carnicero, y en su desarrollo produce una agilidad insensata en la que es posible ver a las gentes domingueras de Weybridge celebrando misa y a la vez zambullida en el afán de la huida. Luego, atonía parece ser la palabra apropiada para referir las acciones irracionales del ser más racional sobre el planeta: el hombre.

A medida que las gentes corren y comunican a otros la contigüidad del peligro, la duda se va despejando al paso de los fugitivos y brota el miedo en su versión contagiosa: pánico.

El terror, desbocado en una actuación violenta y absurda, no puede ser mejor descrito que como lo hace Wells al comparar a la muchedumbre que intenta salir del río con las ranas que escapan por la hierba ante la presencia del hombre; unas y otras presas de desesperación.

Los sentimientos encontrados propios de la naturaleza humana surgen sucesivamente, uno para dar paso al siguiente.

Es así como hay un instante en el que el pánico cede la vía a la desolación y no se espera más que la muerte. Continuamente, y en un lapso que podría durar entre dos segundos y un minuto, se niega la propia destrucción y no queda sino correr. Ese corto pedazo temporal se explica a través de la lucha temor vs. debilidad: cuando la pesadez del propio cuerpo le gana a la emoción.

Si el segundero ha pasado del minuto y el cuerpo no reacciona, entonces se habla de impotencia, una de las precursoras de la cólera. Se habla de agonía de terror y de miseria física.

Si en principio se hacía mención al pánico como espectáculo, hay que recalcar el provecho que sacan de ello algunos personajes: taberneros en cuanto sus posadas se convierten en el lugar de encuentro entre los fugitivos y los que dudan en hacerlo, pregonadores de la redención y vendedores de periódico.

A estas alturas del camino, una trocha un tanto dispersa, podría continuarse con el protagonismo del diario, el extra! ensordecedor, esa grotesca muestra de lo que es la producción en serie que sigue pregonando calamidades, con ánimo de lucro, mientras los demás desocupan una ciudad.

Primero observamos a unos londinenses que sólo se enteran el lunes del inminente peligro pues el domingo no leen prensa.

Después leemos cómo el periódico subvalora el pánico y luego lo exacerba. La confección misma de la gaceta se transfigura con el acaecer de los nuevos eventos.

El principio del fin

Cuando el orden y la estética de las cosas ha cambiado, siendo transgredidos, nacen la desolación y la esperanza. Esta última recae en la salvación en tanto expresión de la religión ante el pánico.

El orden inquebrantable de la ciudad se transforma en tumulto cuando por las calles se muestra, inevitable, la tempestad del miedo.

Pánico: contagio de terror, ola de turbación en la que "los agentes de policía enviados para mantener el orden acabaron por abrir la cabeza a las gentes que debían proteger". Y esa ola es la muchedumbre, ejército que carece de carácter personal.

"Ya las palabras se le entrecortaban como en una letanía. Le fue imposible seguir caminando. Le pareció que no quedaban vivas sino muy pocas gentes, y éstas enloquecidas en su mayoría y cubiertas de quemaduras."

Pero el pánico es un estremecimiento egoísta en primer grado, donde no se guardan proporciones en su manifestación a la que vez que es exasperante e intolerable el pánico ajeno. Angustia reflejada en los rostros y en las voces.

Otros de los conceptos que acuden a amedrentar al principal son la oscuridad, el silencio y la muerte, todos ellos con un perfil desolador. La oscuridad se presenta en cuanto escondrijo que salvaguarda de la presencia sospechosa que va en busca de su víctima, pero a la vez es ese horizonte negro que niega a la vista todos sus horrores, que sin embargo se presienten.

El silencio es la voz de la muerte, o el sound-track intolerablemente sórdido de las cosas y de los hechos que se aproximan a través de la pasmosa incertidumbre. Y la muerte, que "no es cosa tan terrible: es el miedo lo que la hace antipática..."

El contagio del pánico se hace evidente en la fuga. No vale la certeza de ser atropellado en tanto se haga parte de la muchedumbre fugitiva. No vale la prudencia ni el pensamiento que aguarda localizar el peligro para así planear el escape.

Y es aquí donde las mentalidades racionales se distinguen de las que no lo son en sus maneras de escape ante el peligro amenazador, en las formas de racionar ese último esfuerzo, el huir: gritos, aullidos de dolor, la asfixia de los que han caído al suelo y a lo lejos, dos siluetas que corren en dirección opuesta a la aglomeración porque saben que pronto escasearán los víveres.

Los unos se cuidarán de los otros, pues además del peligro, está el pánico adverso del otro cuya violencia puede manifestarse de cualquier manera, pero esto no se aplica para aquel hombre tendido en el suelo con la pierna desnuda empapada de sangre que hasta el mismo Wells exclama un tanto atónito ¡Hombre afortunado que aún tenía amigos!

El pánico es una expresión tan explosiva y extravagante si se quiere que ni el orden ni la ley son capaces de amortiguarlo. El pánico colectivo trastoca la armonía de la norma suponiendo caos y anarquía pues cada uno corre salvaguardando lo suyo, intentando adueñarse de lo ajeno: los derechos de propiedad no tienen validez en el instante.

Y ante esto es poco lo que puede hacer la Institución, lo cual guarda cierta ironía ya que las instituciones, en las ciudades, se valen del temor infundido a sus ciudadanos para poder existir: temor de no pagar los impuestos, de no comparecer ante un juzgado cuando se es citado, de pasar un semáforo en rojo.

Su materia prima es el miedo infundado a los contribuyentes, infractores y renegados de la justicia.

Y es aquí donde toma relevancia otra de las palabras que, hablándose de pánico y de una gramática urbana precisada a guardar relación con el presente texto no podía faltar: la seguridad.

En La guerra de los mundos vemos un Londres que si bien no desconoce la caída de cilindros marcianos en sus alrededores se siente confiado en sus fortalezas. Una representación exacta de cualquier ciudad que visualiza sus contornos detrás de sus muralla como si el peligro fuese impenetrable y sólo perteneciera a los demás.

Algunas veces el pánico deja entrever cierta pregunta, cierta duda: ¿y a qué demonio se parece eso de lo que huimos? ¿cuál es la magnitud de su daño hacia nosotros? O tal vez sea éste un interrogante del que sólo se de cuenta el narrador, porque los otros corren y se estrujan.

Se acerca el fin de los tiempos para toda expresión humana, y el autor alude a la religión del No Hacer Nada: ese último reducto del pánico cuando no se materializa la promesa de la Salvación; no es nada más que la resignación.

Ya al final, la luz despiadada de la aurora tranquiliza toda expresión de pánico y despeja toda duda. -Beba usted aguardiente –le dije llenándole un vaso.

Por

MARIA ISABEL VALDERRAMA GONZÁLEZ

mariaivalderrama[arroba]hotmail.com

Medellín -Colombia

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