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¡Que se vayan todos!

Enviado por cronopios77



  1. Antecedentes Políticos y Económicos Inmediatos
  2. Qué se vayan... quienes?
  3. A modo de conclusión
  4. Apéndice
  5. Material consultado

Introducción

19 y 20 de diciembre de 2001, días bisagra en la historia argentina contemporánea. Días que se grabaron en la memoria del pueblo y que ayudan a configurar su identidad de clase, su grado de organización y de conciencia en un determinado momento histórico. A lo largo (y ancho) de la historia pueden observarse momentos de ruptura, momentos que se intuyen importantes cuando están sucediendo, pero cuya dimensión verdadera y sobre todo la dirección futura de acontecimientos que abren, no siempre es posible vislumbrar rápidamente. A diferencia del Cordobazo, que tuvo un grado mucho menor de espontaneidad pero contó con un programa político y un marco de organización más importante, la "crisis" de diciembre de 2001, la rebelión popular, constituyó uno de esos momentos en los que gran parte de los sectores populares ocupan el espacio público, se ponen como sujetos y producen un corte en la historia, planteando los grandes objetivos que signarán de ahí en más el devenir histórico de la sociedad por todo un período.

Más allá de las vivencias personales en los episodios, aunque rescatando algunas de esas experiencias, que por personales no dejan de ser históricas, este trabajo analiza las causas inmediatas de la crisis tomando como punto de partida el terrorismo de estado y el terrorismo económico implantado en 1976. Durante la democracia de las últimas dos décadas este modelo económico se profundizó, aunque estuvo atravesado de contradicciones y de expectativas populares en los distintos gobiernos que despertando a veces algún interés en la población, una y otra vez impusieron las políticas neoliberales que llevaron al empobrecimiento a la mayoría de la población.

En el estallido social así como en el desarrollo del proceso de movilización popular se expresan los antagonismos de clase en relación directa con, por un lado la violencia de la represión estatal, y por otro lado por el nivel de organización y resistencia del pueblo en la calle. Así, se entiende este proceso como una rebelión popular espontánea pero masiva, con un limitado orden del día en cuanto a "programa político" y un amplio apoyo popular, que iba desde los indigentes a la clase de pequeños y medios comerciantes, algunos de los cuales habían logrado una posición bastante "acomodada" durante la década anterior. A partir del análisis de las asambleas barriales se intenta dar cuenta de algunas de las formas de resistencia popular, que si bien ya venían siendo implementadas por los movimientos de trabajadores desocupados, cobraron vigor y se caracterizaron por la heterogeneidad política e ideológica de sus integrantes. Aquí recojo los testimonios de dos asambleístas, uno de ellos de la Asamblea de Paternal y el otro de la Asamblea del MTD de Lugano, que también participaron en los enfrentamientos con la policía. Por último se analiza la contraofensiva del régimen para recuperar su "legitimidad" a través de un golpe institucional, apoyado por los mismos partidos políticos que el pueblo había salido a repudiar, por un lado, y una política abiertamente represiva como lo demuestran los hechos de la masacre del Puente Pueyrredón, el 26 de junio de 2002.

Antecedentes Políticos y Económicos Inmediatos

El terrorismo de estado como garante del terrorismo económico

Con el golpe militar de 1976 se abre un proceso despiadado de concentración monopólica y acumulación financiera de los grandes grupos económicos internacionales y sus vasallos locales. Para imponer esta política económica se llevó a cabo un plan de exterminio de opositores políticos e ideológicos con la mayor saña y barbarie del terrorismo de estado que se dio en la historia del país. Tal es así que cuantos más años transcurren desde aquel Proceso, se percibe con más claridad el daño que significó y que significa aún hoy para la sociedad la implementación de la política del terrorismo de estado y del terrorismo económico en el país. "Estos hechos, -denunciaba Rodolfo Walsh en su Carta abierta a la Junta Militar- que sacuden la conciencia del mundo civilizado, no son sin embargo los que mayores sufrimientos han traído al pueblo argentino ni las peores violaciones de los derechos humanos en que ustedes [la Junta Militar] incurren. En la política económica de ese gobierno debe buscarse no sólo la explicación de sus crímenes sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada" (Carta abierta a la Junta Militar, Rodolfo Walsh, C.I. 2845022, Buenos Aires, 24 de marzo de 1977) Puede afirmarse que este proceso de (sub)desarrollo económico vivió un salto en todo sentido bajo el "menemato", y llegó a su techo y crisis política y económica más profunda con el triste y decadente gobierno de la Alianza.

La característica central de este proceso de acumulación, además de los altísimos niveles de corrupción y ostentación, fue la extranjerización casi total de la economía: privatizaciones y compra masiva de empresas por parte del capital internacional, el aumento de la desocupación estructural que llego a niveles de más del 20 %, y el endeudamiento del estado. La financiación externa tanto del estado como de los grupos económicos, y la paridad cambiaría, alimentaron el mecanismo de generación de deuda externa, que constituyó el otro puntal del proceso de acumulación del capital durante la era neoliberal. Acumulación de los monopolios y el capital financiero, junto a la fuga de capitales hacia el centro del imperio a costa del vaciamiento de la economía nacional, la destrucción de su industria, y el desempleo de sus trabajadores, es el proceso perverso que asume la reproducción ampliada del capital en las condiciones de un país dependiente y en particular en la Argentina.

A nivel mundial el capitalismo atraviesa una etapa histórica que se caracteriza por la concentración más despiadada y descomunal, al punto, y para dar un ejemplo, que las 250 fortunas más importantes acumulan un patrimonio igual al del 40 % más pobre de la población del planeta. A esto le sumamos en el orden local las características propias de una burguesía que siempre se desarrolló al amparo del capital financiero y jamás tuvo capacidad ni peso propio como para desplegar políticas independientes. Junto a una dirigencia política corrupta que en sintonía con esta situación fue siempre gerente y a lo sumo coimera de los grandes monopolios. Se configura así en nuestro país un cuadro de agotamiento y crisis profunda, que cuestiona la propia identidad y perspectivas del estado nación Argentino.

Expectativas y decepciones de la democracia: profundización del modelo y resistencia

Este régimen político basado en la farsa democrática fue despertando lentamente la desconfianza popular. Tanto Alfonsín primero, como Menem después, supieron despertar, cada uno con sus características, grandes expectativas populares, sin embargo ese entusiasmo está en directa proporción al grado de decepción, escepticismo y desconfianza que sus gestiones generaron no solo con respecto a sus figuras, sino a los partidos tradicionales e inclusive a las propias instituciones del sistema. Si el proyecto es el del capital financiero, si la tendencia es a eliminar todas y cada una de las conquistas logradas por la clase obrera en más de un siglo de luchas, si la fase es la de la imposición absoluta de los intereses del imperialismo y del absoluto predominio de los monopolios y el capital financiero, necesariamente su régimen de dominación política, mas allá de discursos o formas aparentemente "democráticas", es cada vez más evidentemente la dictadura abierta de ese "gran capital".

En 1989, el proceso económico que desató la hiperinflación y los saqueos derivó en la profundización del modelo neoliberal y sus "políticas de ajuste". La hiperinflación que provocó los saqueos de 1989 fue usada como herramienta de disciplinamiento social, como advertencia de lo que podía pasar si el Estado intervenía para regular los mercados y racionalizar las privatizaciones. La hiperinflación había castigado a los más pobres y se la usó para seguir castigándolos con el mismo modelo que provocó los saqueos de diciembre de 2001. Cuando comenzaron los saqueos en mayo de 1989, en supermercados del Gran Rosario, la gente reaccionó con histeria y pánico. Hacía apenas seis años que se había recuperado la democracia. El recuerdo todavía fresco de la dictadura militar y los levantamientos "carapintada" recientes hacían pensar que una protesta social de ese tipo solamente podía realizarse con activistas y una organización "subversiva" y que cualquier tipo de protesta sería castigada cruelmente por las Fuerzas Armadas. En diciembre de 2001, más que pánico o histeria, hubo bronca e indignación contra el gobierno, los políticos y los banqueros, hubo hastío frente a los televisores que mostraban las escenas de los saqueos, las colas de los jubilados, las marchas de protesta y la represión, hubo cansancio por vivir en un país castigado y castigador.

Durante los años 90 se gestaron y desarrollaron procesos importante de luchas de resistencia a las políticas denominadas neoliberales. Primero fueron las grandes huelgas y movilizaciones contra las privatizaciones, que a pesar de contener algunas huelgas importantes, como la ferroviaria del 91 y el 92, (con 45 días de paro la última y métodos de ofensiva como el boicot y el sabotaje para garantizar el paro), no pudieron detener la envestida neoliberal que en ese momento era prácticamente imparable.

Hacia mediados de la década comenzaron a desarrollarse y cobrar entidad los movimientos de desocupados que alcanzarían un grado de incidencia en las luchas de resistencia en el ámbito nacional en los años 96- 97 con las sucesivas puebladas de Cutral-có, el Jujeñazo y las puebladas de Mosconi y Tartagal. A partir de aquí el sector de los trabajadores desocupados fue uno de los más dinámicos en las luchas de resistencia, e impuso una serie de métodos que se caracterizaron por su nivel de combatividad y enfrentamiento con la represión como forma de garantizar el logro de sus reivindicaciones. La resistencia escaló objetivamente un peldaño, sino en la política (las reivindicaciones seguían siendo fundamentalmente económicas) al menos en la metodología, legitimándose ante buena parte de la sociedad los métodos de la autodefensa. Así se impuso el piquete, las gomas quemadas, los cortes de rutas prolongados y las batallas contra la represión policial y de gendarmería con todo el arsenal popular al alcance de los luchadores, piedras, palos, gomeras, cócteles molotov, etc.

Estos procesos de lucha quedaron como los "hitos primarios" y fueron jalonando, junto con sectores nuevos (recién perjudicados directamente como los pequeños ahorristas), la nueva resistencia que derivó en la rebelión popular de diciembre del 2001 y el proceso de movilización social posterior.

La Rebelión Popular del 19 y 20 de diciembre

Estado de sitio o Estado sitiado

La madrugada del 19 de diciembre empezó con saqueos en supermercados medianos y pequeños en todo el país, sobre todo en busca de comida. Primero, los blancos elegidos fueron los grandes supermercados, pero en general la vigilancia superior impidió que los saqueen. Luego grupos de vecinos, muchas veces provenientes de las villas de emergencia, se decidieron por los supermercados medianos, en general más vulnerables, y sobre todo por los más chicos, que normalmente están atendidos por la familia del dueño. La imagen de un propietario, quizás de origen coreano, llorando ante el supermercado vacío y diciendo "policía, nada", marcó el día. Algunos comerciantes dispararon. Alguno de los muertos pudo haber sido producto de un balazo de un comerciante irritado.

El Gobierno respondió con dos medidas. Por una, dispuso entregar nuevas raciones de comida para todo el país y por otra, dictó el estado de sitio con la esperanza de amedrentar a los saqueadores: "Han acontecido en el país actos de violencia colectiva que han provocado daños y puesto en peligro personas y bienes, con una magnitud que implica un estado de conmoción interior", decía el decreto del Poder Ejecutivo. Eso desató un cacerolazo masivo y horas más tardes se difundía la renuncia del "superministro" Domingo Cavallo.

Los primeros cacerolazos fueron desde los balcones, la gente saliendo primero a la vereda de sus casas y después a la calle, y después marchando a los puntos neurálgicos de esa convocatoria espontánea: Plaza de Mayo, Congreso, Libertador y Ocampo, la residencia de Olivos. En minutos se pasó del estado de sitio al Estado sitiado por la protesta generalizada. Miles de personas salieron a la calle con cacerolas, sartenes, espumaderas y tapas, en un fenómeno que se verificó en Belgrano, Caballito, Palermo, Parque Chacabuco, Villa Crespo y Almagro. El tono era hasta festivo, ganador, mucha gente salió de sus casas a la calle, y en Independencia y Entre Ríos, por ejemplo, una fogata en la calle acompañó el ruido de los metales. Del pánico se había pasado al repudio, incluso cuando muchos habían interpretado absurdamente el estado de sitio, que restringe las libertades, como un toque de queda, que impide caminar de noche.

El estado de sitio, y el discurso anunciándolo, habían pasado a la historia, cada vez más patéticos a medida que avanzaba la noche. "Qué boludos, / qué boludos, / el estado de sitio, / se lo meten en el culo", gritaban los miles que rodeaban el Congreso. En Ocampo y Libertador cientos se juntaron frente a la entrada del edificio donde vive Cavallo y cortaron parte de la calle.

Poco antes de la medianoche, una verdadera muchedumbre ingresaba interminablemente a la Plaza por las diagonales y Avenida de Mayo. No había políticos, ni legisladores, ni carteles, solamente esas banderas argentinas que se guardan en la casa para los días de fiesta o cuando juega la selección. Era raro estar en una manifestación tan imponente en la Plaza sin el acostumbrado sonar de los bombos. Era una muchedumbre sin carteles y con un ridículo ruidito a lata de fondo.

La plaza ya estaba llena, incluyendo las calles laterales, y había mucha gente dispersa por Avenida de Mayo. En ese momento, cerca de la una y sin que realmente mediara ninguna provocación, la Guardia de Infantería comenzó a tirar gases. Se produjo una desbandada, la mayoría era gente que no había participado en manifestaciones y había muchos chicos. Los que habían quedado del lado de adentro del vallado se apretujaron en el humo, llorando y vomitando, sin poder salir. Era una desbandada. Varias granadas de gas estallaron en lo alto de una palmera y la incendiaron. Finalmente la Plaza se fue despoblando y toda la superficie quedó cubierta por ojotas, sandalias y zapatos, cacerolas, asaderas y cacharros abandonados en la desesperada huida.

La medianoche pasaba y la bronca había copado Buenos Aires. En las avenidas la gente había encendido llantas, barriles, lo que encontraba a mano, y las columnas de humo blanco crecían al compás de la música de cacerolas, latas y cucharas. La música de la bronca.

La visión de los saqueos durante todo el día, la amenaza de las tristes batallas de pobres contra pobres, el caldo de cultivo para que nazcan serpientes de estos huevos, la certeza de que allá, intramuros, en algunos despachos, otra vez -¡otra vez!- había quienes intentaban pactar alguna innoble repartija sobre los cuerpos calientes de los muertos y sobre los cuerpos todavía más calientes de los vivos, todo eso y mucho más afloró en la conciencia colectiva.

La batalla de Plaza de Mayo

A las tres y media de la tarde del 20 de diciembre las Madres iniciaron la ronda, como todos los jueves. Pero ese jueves no fue como siempre. Los miembros de los organismos de derechos humanos que habían logrado traspasar las vallas se empeñaban en continuar con la simbólica protesta, pero después de una corrida sobre Avenida de Mayo, la Policía Federal apuntó las pistolas lanza gases hacia la plaza. Las pocas Madres que había en la Plaza trataban de continuar la ronda que empezaron en 1977, cuando la policía les ordenó marchar porque, debido al estado de sitio, no podían permanecer reunidas en la Plaza.

Ese jueves, como hacía 24 años, las mujeres caminaban cercadas por la policía. Pero esta vez, también estaban acompañadas por los manifestantes que les cantaban el tradicional "Madres de la Plaza, el pueblo las abraza". Luego de media hora, los policías apuntaron al lugar que, parecía, habían dejado para que los organismos de derechos humanos pudieran expresarse y dispararon. El paisaje de la Plaza y luego el del centro de la Ciudad se tiñó de humo negro, sirenas y disparos. Jóvenes que combatieron con la policía hasta el cansancio, una multitud que resistió en medio del gas y otra, que marchó en silencio en busca de un medio de transporte para volver a su casa. Autos que circulaban a contramano o cruzaban con luces rojas para huir del caos.

Pasado el mediodía del 20, todavía los multikioscos estaban abiertos y los oficinistas espiaban el televisor mientras compraban sus almuerzos. Aún cantaban organizadamente miles hacia la Casa de Gobierno ese himno: "Que se vayan todos / que no quede uno solo", retumbando en los oídos del poder tambaleante. Pero las corridas volvieron a las 14.05. Uno, dos, tres estampidos de escopeta: la visión de un movimiento en el fondo, y el escape masivo, los empujones, los pedidos de "no corran, tranquilos", aunque el ardor terminara por volverse insoportable y encegueciera como un ácido. Para las tres de la tarde los combates ya tenían su ritmo. Primero se disputó la Plaza misma. Las columnas dispersas por la lluvia de gases dejaron que se pasara el vaho, tomaron aire a unas cuadras, y regresaron por las diagonales, la calle San Martín y la Avenida de Mayo. Aunque la Rosada quedó fuera de la vista de la gente después de las cinco. Digamos que a esa hora la montada lucía enhiesta frente a la Catedral., y que por Avenida de Mayo la columna informe de resistentes llegaba solo a acercarse al edificio del gobierno porteño.

La ciudad encendida, hecha un fuego por las columnas que habían sido expulsadas de la Plaza, como de tantas partes. Muchos del trabajo, otros de sus casas, o de hoteles familiares, o del club, del almuerzo y la cena, de la educación, del disfrute, de la vida digna. Pues ellos se rebelaron. Lo hicieron sin conducciones, por el fervor de ocupar la calle y dar combate con rudeza. Entonces, de a miles, por todo el centro de la ciudad, estallaron con una bravura olvidada. Fueron mujeres, muchas mujeres, con sus chicos; jóvenes incansables; parejas que escapaban de la mano para no perderse en la multitud, huyendo de los gases; hombres de traje que habían perdido el saco y llevaban la camisa mojada como un pañuelo en la cara; músicos de bandas de rock, de cumbia, del Colón; motoqueros; una maestra jardinera herida en una pierna, gritando que los odia, que los odia. Y parándose, volviendo a correr, para intentar recuperar la plaza. Sabiendo, tal vez, que en esos combates habían asesinado a cinco jóvenes, entre ellos ese muchacho al que ella vio desangrarse sobre el cemento, con una bala 9 milímetros en la cabeza que salió del interior del Banco HSBC de Avenida de Mayo y Chacabuco.

En los combates del 19 y 20 confluyeron básicamente 3 grupos sociales, con sus métodos y contenidos de lucha y con un nivel de organización y conciencia desiguales y combinados. Por un lado el sector piquetero, que expresa al movimiento de trabajadores desocupados y a una parte de los ocupados que toman esta experiencia para el desarrollo de su propia pelea, más que nada por su proceso de acumulación previa y el rol del ejemplo, y en esos días en concreto su participación por grupos o inclusive individual más que organizadamente como movimiento.

Por otro lado un sector del proletariado, el más golpeado y hambreado pero inorgánico y que basándose en la experiencia histórica salió a expropiar alimentos en forma más o menos masiva. Y finalmente un componente que también se incorporaba a la lucha en forma reciente, que tiene que ver con los sectores más altos del proletariado, los asalariados de la ciudad, del comercio y los servicios en general, y un sector de la pequeña burguesía que se vio violentamente expropiada con el "corralito".

Así piquetes, saqueos y cacerolazos confluyeron y se unificaron el 20 en el asedio de horas a la Plaza de Mayo y la resistencia y el enfrentamiento a la represión que terminó con la huída en helicóptero de De La Rua , la caída del gobierno de la Alianza.

Pero la situación no fue la misma en todas partes, queda una última evidencia que refuerza la sospecha de muchos acerca de las diferencias abismales entre Gran Buenos Aires y Capital Federal: en la planta de Coto en Panamericana, los empleados formaron un cordón protector armados de palos y caños, y anunciaron que estaban dispuestos a lo que sea para proteger su fuente de trabajo de la multitud que los rodeaba, ante la inmovilidad de policía y gendarmería. Mientras la capital festejaba la caída de Cavallo, la provincia seguía buscando qué comer. Allí, la gente quería ya no vivir mejor, sino apenas vivir. En el Gran Buenos Aires durante esa madrugada se vivieron horas de pánico ante los rumores de los saqueos de viviendas particulares y muchos vecinos se "acuartelaron" en sus casas y hasta se formaron brigadas con gente armada para protegerse de los posibles saqueos. Estos rumores muchas veces fueron originados por la policía misma o por patotas municipales para asustar a la gente y evitar que salieran a la calle.

En la provincia de Buenos Aires, las 48 horas de saqueos dejaron nueve muertos, 97 heridos y 2444 detenidos. Todos los muertos fueron civiles, dos de ellos adolescentes de 14 y 15 años. Son víctimas caídas bajo la furia o la desesperación de pequeños comerciantes de barrio. Los negocios más asaltados, de acuerdo con la información suministrada por la policía, fueron los supermercados y autoservicios de barrio, es decir los más chicos. Como característica general se trató de los negocios que tuvieron menos custodia policial. Casi todas las muertes se produjeron en ellos.

De la utopía a la organización

Asambleas Populares

Como se mencionara en la introducción, Diciembre de 2001 constituyó uno de esos momentos en los que gran parte de los sectores populares ocupan el espacio público, se ponen como sujetos y producen un corte en la historia, planteando los grandes objetivos que signarán de ahí en más el devenir histórico de la sociedad por todo un período. Es el momento carismático que caracteriza a todo cambio histórico profundo. Es en momentos como éstos que los objetivos se expresan en forma "utópica". El momento de la gran utopía que expresa lo máximo a lograr, sin matices, sin concesiones. Ese es el significado profundo del "¡que se vayan todos, que no quede ni uno solo!". Esa consigna conserva hoy en día toda la validez que tuvo desde el primer momento. Quienes interpretan que fracasó completamente porque volvieron todos, o mejor, se quedaron todos, en realidad confunden el momento utópico con el de los proyectos.

La utopía abre el ámbito, desbroza el terreno en el que se pueden realizar los proyectos. Sin éstos, la utopía queda vacía. Ninguna utopía se puede realizar inmediatamente. El "¡que se vayan todos!" es la utopía de una nueva sociedad de relaciones fraternales, horizontales, en la que todos sean reconocidos como sujetos y tengan la posibilidad de realizarse plenamente, si quieren pude llamarle comunismo. Pero es esa utopía expresada en negativo, porque los "todos" que se tienen que ir son los que expresan el proyecto neoliberal privatizador, flexibilizador, que ha producido la devastación del país.

En la pueblada que levantó la citada utopía convergieron amplios sectores populares formados por profesionales, amas de casa, estudiantes, trabajadores ocupados y desocupados, militantes, vecinos, hombres y mujeres de los barrios y del centro. Entre ellos es necesario resaltar la amplia participación de sectores pertenecientes a la denominada "clase media" golpeada, humillada y engañada. Es especialmente, aunque no exclusivamente, este sector el que comienza a organizarse en Asambleas, tomando el ejemplo de los movimientos de desocupados, donde la asamblea es el piquete que no se ve, lugares en los que se discute todo". El movimiento asambleario se desarrolló en el momento de máximo fervor, entusiasmo y expectativas que tuvieron lugar en los primeros meses después de la rebelión. Desde ese momento, el movimiento popular fue atravesado por un intenso y acalorado debate sobre el significado de la pueblada y, en consecuencia, sobre lo que era necesario hacer. Fue común la interpretación literal del ¡que se vayan todos!, confundiendo completamente el momento utópico con el del proyecto. Como los que debían irse no se fueron, esta interpretación sólo produjo desilusión y frustración. Las organizaciones de la izquierda tradicional, en general, interpretaron el fenómeno de las asambleas como un nuevo espacio para captar militantes y bajar las consignas "justas" de las que ellos son sus legítimos creadores. Muchas veces la asamblea fue el espacio en la cual diversas organizaciones disputaban sus espacios de poder, contribuyendo, de esa manera, a su disolución.

Desde el sistema, expresado en los medios de comunicación (a los que las Asambleas Populares escarcharon en varias oportunidades), y desde las intervenciones discursivas del gobierno, se baja actualmente el mensaje de que las asambleas ya no existen, están muertas, lo cual no deja de ser una mentira dirigida a difundir el desaliento. Es cierto que muchas asambleas desaparecieron, otras se dividieron, otras se encuentran reducidas a una pequeña expresión. Pero también es cierto que hay asambleas que no sólo no murieron, sino que se consolidaron y crecieron, sobre todo cualitativamente. Muchas tienen local en el que realizan talleres de música, de folklore, de tango, de teatro; seminarios de filosofía, economía, deuda externa, ALCA; emprendimientos productivos; ollas populares, merenderos. Se crean espacios de reflexión y discusión política en los que suelen confluir diversas asambleas.

Pero mucha de la gente que salió a las calles y plazas no sabía lo que quería, sino más bien lo que no quería. Sus actos fueron transformándose en conciencia. Era como si un nuevo rostro le apareciera frente al espejo, después de cada cacerolazo, represión policial o asamblea. Esa mutación se expresó en un derroche de consignas cantadas cuya unidad se establecía a partir de lo que se denunciaba, se negaba, se odiaba, repudiaba y cuestionaba. Como síntomas de crecimiento, las consignas fueron señalando tanto la buena salud como las fallas genéticas del proceso y sus protagonistas. Desde el comienzo se mezclaron consignas de distinto carácter y objetivos.

Con ese grado de espontaneidad, "materia prima de lo consciente", comenzó a constituirse este movimiento social organizado en asambleas barriales. Las asambleas proyectan la búsqueda de un espacio libertario, democrático, igualitario, de identidad, donde poder darle muerte a la anomia y la impunidad. En ese remolino de irreverencia democrática, también son rechazados el dirigismo sofocante y el centralismo irreflexivo de la izquierda. El sector más activista de las asambleas lo componen los nuevos militantes surgidos de los cacerolazos, donde las mujeres imprimieron un sello particular. Por la cantidad que participa en las marchas y tareas, pero sobre todo por el despliegue de iniciativas en las asambleas y comisiones. Como parte constitucional de esa camada de nuevos activistas también está la militancia de izquierda, la organizada en partidos y la otra. De hecho, se estableció una nueva relación que le impone el desafío de ejercitar un nuevo aprendizaje. Inédito en muchos sentidos, la obliga a modificar hábitos estructurados por años en sus rígidos locales, programas y modelos históricos. Y en esta dinámica se evidencia un choque cultural entre viejas y nuevas prácticas. La izquierda estuvo enfrentada al dolor de tener que resignar no sólo formas, sino programas, conductas y relaciones humanas. Aunque tuvo la ventaja de ser testamentaria de un cuerpo teórico sólido formado en la tradición del movimiento comunista internacional y en el movimiento obrero.

Los efectos aumentados de la crisis económico social afectaron el desarrollo y las actividades de las asambleas barriales orientándose en una segunda etapa hacia la resolución de problemas sociales y urbanos sin abandonar la deliberación encarada inicialmente, y en muchas veces profundizando debates.

Surge entonces en ellas una combinación inédita para el tratamiento político de las cuestiones sociales en la ciudad que se distingue del encarado por otras formas organizativas que actúan sobre el territorio como las ONGs, partidos políticos y dependencias estatales. De esta manera comienzan a poner en funcionamiento para los vecinos del barrio merenderos, ollas populares, emprendimientos de economía solidaria, ferias artesanales, talleres de oficios, bibliotecas, etc., muchas veces en lugares públicos de la ciudad que habían sido previamente abandonados. En todos estos casos los problemas sociales no aparecen escindidos de los políticos en la medida que las intervenciones en el espacio urbano, particularmente el local y más inmediato del barrio, permite relaciones más horizontales entre los vecinos basadas en sus vínculos cotidianos, el conocimiento más inmediato de los problemas existentes en el barrio, y a la ausencia en las asambleas de liderazgos formalmente reconocidos. Sin embargo aparecieron dificultades para la implementación de estas actividades -sin contar las diversas formas represivas que padecieron- siendo una de ellas la heterogénea conformación de las asambleas, que si bien aporta riqueza por la diversidad de expresiones e iniciativas que fomenta, incluyó también distintos conflictos por hegemonizarlas.

Qué se vayan... quienes?

La caída del gobierno de De la Rúa fue el episodio final de una espiral de deterioro político y económico que se desarrolló durante todo el 2001. El año había comenzado con expectativas favorables luego del llamado "blindaje" financiero que la Argentina había acordado con el FMI. Sin embargo, la reactivación económica no llegaba. El 2 de marzo renunció el ministro de economía, José Luis Machinea, cuya gestión había perdido el apoyo de las principales figuras de la Alianza gobernante que lo habían respaldado originalmente. En su lugar fue designado Ricardo López Murphy, cuya gestión terminaría en apenas dos semanas: su plan para recortar gastos y reducir así el déficit fiscal provocó la renuncia de varios ministros y la reacción desfavorable de la mayor parte del arco político y sindical.

El 20 de marzo, quien había sido el superministro de la primera gestión de Carlos Menem y objeto de las críticas de la Alianza, Domingo Cavallo, asumió como la última tabla de salvación del gobierno de De la Rúa. Las elecciones legislativas realizadas el 14 de octubre se caracterizaron por un nivel sin precedentes de votos en blanco y nulos, que ascendieron en total a casi 4 millones, el 21,1%. La oposición justicialista se impuso ampliamente en todo el país. La desconfianza general aceleró la fuga de depósitos que ya venía sufriendo el sistema bancario.

El 1 de diciembre, ante la posibilidad cierta de un crack financiero, Cavallo impuso un límite a la extracción de dinero por parte de los depositantes. Fue el nacimiento del "corralito". A través de la confiscación de los ahorros, el gobierno apostó a dejar esperando a los pequeños ahorristas, mientras su dinero era utilizado para licuar las deudas empresarias convertidas en pesos. Esta estafa contra la clase media se podría haber evitado obligando simplemente a los bancos a devolver el dinero, que sus grandes socios y clientes fugaron desde el mes de julio. Desde esa fecha se esfumaron de los bancos unos 26.000 millones de dólares pertenecientes a 87 grandes tomadores de crédito, lo que dejo cautivos en el corralito sólo a los pequeños ahorristas, que representan el 78 % del total de 1,6 millones de depositantes con cuentas inferiores a 25.000 dólares. Esta masa de afectados tan extendida explica por qué los cacerolazos son tan populares.

La salida de capitales se convirtió en fuga, el endeudamiento de las empresas desembocó en quiebras, la pérdida del poder adquisitivo paralizó el comercio y la caída de la recaudación dejó al Tesoro sin un peso. Los datos de este derrumbe son escalofriantes y retratan un cuadro propio de guerras o desastres naturales que la Argentina no ha padecido. El país venía soportando la virulencia de las crisis periódicas del capitalismo, las desventuras de la inserción periférica y las consecuencias de la política económica de la última década. La combinación de estos tres procesos explica la magnitud de la depresión en curso, que es semejante a la padecida en los 90 por otros países dependientes.

Entre el 20 de diciembre de 2001 y el 12 de febrero de 2002 se cuentan treinta y siete "agresiones" a importantes personajes o símbolos de la política nacional y provincial. Dos ex presidentes, cuatro senadores, nueve diputados, tres ex ministros, dos gobernadores. Uno a uno abucheados en la calle, el restaurante, avión o manejando su auto. Una irreverencia donde lo nuevo intenta tomar venganza de la impunidad. Gritos ofensivos, empujones, incluso trompadas. Hasta el sagrado placer porteño de tomar café con leche y medialunas les fue vetado. La explosiva inestabilidad obedece al descreimiento popular generalizado en todas las instancias del régimen político y su estado. La población movilizada percibió a estas instituciones como instrumentos del empobrecimiento y la depredación que sufrió el país. La investidura presidencial fue profundamente erosionada por el vertiginoso cambio de figuras y por el ejercicio del gobierno por decreto en favor de la clase dominante.

El abismo de la población con el poder legislativo fue aún mayor, porque los diputados y senadores del régimen acumulaban escandalosos prontuarios de coimas, obtenidas a cambio de leyes favorables a las grandes empresas. El poder judicial fue visto como la encarnación de la corrupción organizada, ya que sus máximas autoridades consagraron los turbulentos contratos con las empresas privatizadas y garantizaron impunidad de sus artífices.

Si los políticos del régimen concentraron el mayor desprestigio, es porque representan la cara visible de este sistema al ejercer la profesión de engañar al pueblo para proteger los intereses de los representantes del imperialismo por un lado, como el FMI, el Banco Mundial, y de la gran burguesía nacional y transnacional por otro. Un ejemplo de esto es el colapso del radicalismo, luego de coronar su último fracaso gubernamental con una expropiación de ahorristas que nunca olvidará la clase media. La centroizquierda se recicló despegándose a último momento de los gobiernos que promovió y luego abandonó, cuestionando una supuesta "traición". Pero estas maniobras camaleónicas ya fastidian a un gran sector de sus seguidores.

Finalmente Duhalde, vicepresidente de Menem durante su primera gestión, fue nominado como quinto presidente argentino en el transcurso de dos semanas, merced a un pacto de la Alianza con el Peronismo avalado por toda la "clase política" que el pueblo venía repudiando activamente en las calles. En estas condiciones el Peronismo fue convocado nuevamente por la clase dominante para reconstituir el estado. La misma asamblea que siete días antes había convocado a elecciones -diseñadas a medida de los caciques justicialistas a través de la ley de lemas- decidió cambiar el libreto luego del interinato de Rodríguez Saa. Este "caudillo" de la provincia de San Luis provocó a la población movilizada con la designación de viejos funcionarios ladrones y fue tumbado después de un cacerolazo, cuando el mismo Parlamento que lo había elegido le quitó su apoyo.

Frente a la reactivación de la sublevación popular todos los voceros de la clase dominante exigieron "contener el caos y frenar la disolución del estado", mediante la designación de un hombre fuerte del justicialismo sostenido explícitamente por la UCR y el Frepaso. Duhalde, representante acabado de la "mafia política", inmediatamente integró un gabinete de coalición y buscó reintroducir un mínimo de estabilidad, combinando la demagogia con la represión, como lo demostró la preocupación de ese gobierno por lograr el accionar conjunto de las fuerzas de represión interior. Atemorizado por el desenlace del gobierno anterior buscó evitar en los primeros meses una represión salvaje. A partir de mayo del 2002, molesto con la imagen de "gobierno débil" que el FMI esgrimía para esquivar la firma de un nuevo acuerdo y acosado internamente por las presiones para adelantar las elecciones, ese gobierno de Duhalde decidió asumir la represión aleccionadora que el poder económico y su propia estructura le demandaban. En este sentido, la masacre de Avellaneda el 26 de junio de 2002, como reconoció el propio secretario de Seguridad de entonces, Juan José Álvarez, fue una decisión política avalada por los partidos tradicionales.

Pero la misma crisis que corroe al régimen se trasladó al interior del justicialismo y los mismos choques que enfrentan a los capitalistas se canalizan en la lucha entre caudillos de ese partido. Menen demolió la tradicional expectativa de los trabajadores en el peronismo, debilitó el sostén estructural de ese movimiento al diezmar a la burguesía nacional y deterioró con su prédica neoliberal la cohesión ideológica de esa organización. Duhalde fue el último cartucho para recomponer el agónico régimen vigente y asumió para preservar a los legisladores, jueces y funcionarios actuales de la clase capitalista. Su receta fue apuntalar con "más de lo mismo" a un régimen que perdió legitimidad en la mayoría de la población.

A modo de conclusión

A veces los procesos de lucha de clases son difíciles de dimensionar mientras están en curso, en los momentos donde a una gran pelea le sigue un periodo de relativa calma o inclusive retroceso, o cuando luego de una batalla importante todo parece volver a su cauce anterior y entonces el balance es que no alcanzó, que la situación no pudo modificarse sustancialmente y que el enemigo retomó el control, a veces con la sensación de que están aún más fuertes que antes. Los procesos de acumulación tienen hilos que aparecen como invisibles en lo inmediato, pero en determinados momentos la cantidad se transforma en calidad y ya nada vuelve a ser lo mismo.

Los hechos de diciembre de 2001 pueden caracterizarse como una rebelión popular donde años de reivindicaciones económicas insatisfechas y frustraciones electorales saltaron al terreno político de una vez, como lo expresó la consigna "que se vayan todos". Este es un elemento central de la situación: el eje de la lucha se trasladó al terreno político y es básicamente un cuestionamiento a los partidos, a los políticos de siempre, y en gran medida a las propias instituciones de la democracia burguesa.

La experiencia no solo de la lucha económica sino la experiencia siempre contradictoria de la lucha de clases más general, donde a la larga van quedando en evidencia las actitudes de los distintos actores, fueron traduciéndose en una acumulación inorgánica tal vez pero acumulación política al fin, que se manifestó fundamentalmente como un repudio al régimen democrático burgués, a sus partidos políticos y principales Personeros. A partir del 20 de diciembre esto se transformó abiertamente en una crisis que hizo tambalear al régimen de dominación política, esto es la democracia burguesa tal como la conocíamos desde el 83 hasta hoy. Todo su sistema de partidos, sus principales figuras, que son escrachadas y corridas a golpes por la calle, y buena parte inclusive de las propias instituciones del estado burgués, están casi fatalmente deslegitimados frente a la población movilizada. Esto pone en crisis a las formas de gobierno y obliga a la burguesía a una intensa búsqueda de fórmulas que le permitan estabilizar la situación.

En el Apéndice que sigue se ofrecen tres artículos que hacen referencia directamente a los hechos de diciembre, aunque desde diferentes perspectivas. En primer lugar, se trata de una entrevista a Luis Zamora, uno de los pocos políticos que no cayó en tela de juicio, sino que por el contrario tuvo una actuación destacada, aunque insuficiente quizás, en el proceso de movilización. En segundo término se ofrece una crónica periodística de Marta Dillon acerca de los saqueos. Y por último un texto de James Petras, que desde una perspectiva más "literaria" analiza la crisis de diciembre de 2001.

APÉNDICE

Testimonios:

Luis Zamora (*)

En diciembre se abrió un proceso riquísimo porque, a través de una pueblada, salió a la superficie un descontento que se venía acumulando desde hacía décadas contra el modelo económico y contra el régimen político. Un aspecto destacable es que este descontento no salió como una expresión electoral, sino a partir de una movilización espontánea tan fuerte que tiró abajo a un gobierno al que le faltaban más de dos años de mandato y que, encima, había sido votado por los sectores que hicieron punta en la protesta.

Los acontecimientos del 19 y 20 han sido inéditos, cuesta encontrar ejemplos similares porque no fueron convocados ni dirigidos por ninguna organización ni dirigente. No fue sólo una movilización de descontento sino que hubo que poner el cuerpo, fue de combate callejero y costó la vida de 30 personas cuando De la Rúa decidió recurrir a las fuerzas de represión y asesinar, con tal de mantenerse unas horas más y poder negociar.

Otro de los aspectos ricos fue que dio lugar al surgimiento de procesos asamblearios, de autogestión, de ocupación por parte de los trabajadores de las fábricas abandonadas por sus patrones. Se abrió todo un proceso de construcción de poder desde abajo. Se combinaron algunos procesos que venían de antes, como el de los trabajadores desocupados, con otros nuevos como las asambleas, las ocupaciones, los comedores comunitarios, etcétera. Algunos más significativos que otros, como la administración de los trabajadores de algunas empresas, cuestionando directamente la propiedad privada. Hay otros procesos, también importantes, pero con rasgos menos profundos en el cuestionamiento al régimen político y al sistema capitalista, como son los comedores comunitarios.

A mi modo de ver, hoy sigue habiendo un proceso muy rico en la cabeza de muchísima gente. Un proceso que continúa más allá de los lógicos avances o retrocesos que puedan haber en las acciones. Sigue abierto un proceso revolucionario en la cabeza de millones, algo hermoso, que es lo más apasionante que se está dando en la Argentina de hoy. Opino que hay una búsqueda, que hay un pueblo que está reflexionando sobre todo, que está repensando todo. El rechazo a todas las instituciones (al Parlamento, al Poder Judicial, a la Policía, a la Iglesia, a los sindicatos…) ha generado una búsqueda de alternativas, aunque esto sea por ahora muy embrionariamente.

El proceso de búsqueda y de construcción alternativa es, como suele ocurrir, mucho más lento de lo que uno quisiera.

La tarea es estimular y extender estos procesos y también hay que escuchar. Un revolucionario, alguien que se plantea derrotar al capitalismo y toda su barbarie, para poder aportar, debe escuchar y aprender de lo que los pueblos hacen. Más que nunca hay que huir de dogmatismos y del pensamiento único, no sólo del de la clase dominante.

La consigna que aprendimos de la voz del pueblo, el "Que se vayan todos, que no quede ni uno solo", para mí sintetiza el fundamental objetivo de hoy. Vendría a ser algo así como "Abajo la dictadura", es decir, "Abajo este régimen político, esta democracia capitalista".

"Que se vayan todos" es entendido de muchas formas pero tiene, en el fondo, esta riqueza de decir: "¡Basta! Váyanse y no vengan otros a hacer lo mismo. No queremos más este régimen político, estas instituciones".

Yo sigo viendo combatividad. Por ejemplo, cuando vacían una fábrica los trabajadores reaccionan, no se resignan, no dicen "no se puede". Aunque haya miedo, confusión, inseguridades, yo veo que sigue habiendo combatividad. El gran desafío es articular todos los procesos que se están dando con otros que, por ahí, no se están dando, pero que existen potencialmente y pueden estallar en cualquier momento.

* Entrevista publicada en la revista Bandera Roja, en noviembre de 2002.

"¡Vengan que la cana no viene y hay aceite y pan dulce y sidra y todo!"

por Marta Dillon*

Sobre la avenida Gaona, entre Ciudadela y Ramos Mejía, se extendió una alfombra de mercadería desparramada. Arroz, fideos, latas de tomate que explotaron sobre el asfalto; un dibujo de vidrios y litros de vino y cerveza fermentados al sol. Frente a algunos locales, perros guardianes tensan la cadena que los ata a sus amos, hombres armados que se reivindican dispuestos a todo. Ellos no van a llorar como "los chinos" viendo sus negocios arrasados por los saqueos, les van a hacer frente. "Si vienen, los cago a tiros." En las esquinas hay corrillos de vecinas que se preguntan por qué no quemar ellas mismas la Casa de Gobierno, "eso es lo que hay que hacer, no robarle a la buena gente". Son clientas de un supermercado saqueado, conocen al dueño desde hace treinta años, un hombre que se agita al borde del infarto viendo las ruinas de su negocio. Sus empleados tienen los ojos rojos -"¡pobres, van a perder su trabajo!", dice una vecina- y buscan entre los restos algo que devolver al local.

Ahí se encuentran con dos mujeres que hacen lo mismo, rescatar mercadería entre todo lo que ha sido roto o aplastado, pero para sí. Y las corren, les sacan lo que tienen; las vecinas les gritan "negras chorras", las mujeres se aferran a lo que tienen, zafan, se van. Entonces, sí, dos horas después de producidos los saqueos llega la policía, cinco comandos patrulla y un patrullero. Los efectivos se bajan con las armas cargadas, alguien les reprocha haber llegado tarde pero igual les señala a una pareja que lleva unas bolsas. Los atrapan, los tiran al piso, esposan al muchacho. Alguien más ve a otros que también podrían ser saqueadores, no llevan nada, no tienen más de 14, la policía los lleva detenidos. Entonces las vecinas aplauden y el dueño del local Superuno, José Vieytes, vuelve a agitarse: "¿Me querés decir qué carajo aplauden?".
Fue una de las últimas postales de un día que en lugar de pasar fue desintegrándose. En Ciudadela empezó temprano, a la madrugada, igual que en buena parte del oeste del Gran Buenos Aires, cuando grupos de vecinos levantaron las persianas de algunos minimercados y se llevaron lo que pudieron. "Lo que pasa es que si saqueás la policía te corre y yo no estoy para eso, tengo cinco hijos y el menor enfermo, todos vivimos de lo que hacemos una amiga y yo trabajando por horas. Por eso me vine para acá, para ver si me dan algo, un pan dulce, un aceite, una sidra, algo. Pero me dieron tres bolsas y me las arrancaron de las manos." Al mediodía Rosa tiene aún las manos vacías. Está parada detrás de un camión de Coto que salió desde el hipermercado, del otro lado de la Autopista del Oeste, para descomprimir esa multitud que se había reunido en los playones del nuevo Centro Comercial de Ciudadela, presionando contra una cantidad similar de empleados atrincherados detrás de carritos de compra. Rosa se enteró de los saqueos viendo llegar a su barrio, el Ejército de los Andes, a las vecinas con comida. Pero hasta que no vio por la tele que la iban a repartir no fue a buscarla. Una vez allí levantó las manos como todos intentando atrapar lo que se tiraba del camión, luchó por retener lo conseguido y golpeó la persiana del camión cuando éste la bajó con la promesa de ir a buscar más mercadería. Pero el camión tarda demasiado en volver y cada vez son más en la esquina de la colectora donde esperan. Ahí está Verónica, por ejemplo, la mayor de doce hermanos, la que para la olla con 28 años y 120 pesos ganados por quincena. "Hoy ni fui a la fábrica de almohadones, me conviene venir a buscar algo acá, veo la gente y la sigo, no soy yo sola, somos todos."
Y todos se empujan por una calle lateral, por seguir al primero, nada más. Cualquier persiana es tentadora, pero la masa que se va formando no es estúpida. "¡No, los chiquitos no, loco, vamos al Maxiconsumo, está acá a la vuelta!". Unos a otros se ponen límites en el camino para desbordarse en Gaona 4441, en el hipermercado mayorista. En un minuto la reja de la playa de estacionamiento cae. Unos ladrillos huecos sirven para romper los vidrios más altos y desde allí se bajan paquetes de gaseosas que no conforman a nadie. Al principio la gente cree que tiene que trabajarrápido, puede llegar la policía, y se desesperan por levantar una persiana. Se abre una rendija sobre el piso. Varios cuerpos se echan de costado, unos sobre otros como mamones buscando una teta, estirando los brazos más allá de la cortina metálica. Ahí hay algo, hay harina, fideos, aceite, lo que buscan lo dejaron allí los empleados encerrados en las oficinas creyendo ingenuamente que con un cebo en las puertas sería suficiente. Pero la presión es mucha y la persiana cede, se pliega como una sábana y como si fuera la cueva de Alí Babá se abren las puertas del paraíso. El hipermercado está lleno, la noticia corre de boca en boca, hay pañales, toallitas íntimas, shampoo, las mujeres lo dicen a los gritos: "¡Vengan que la cana no viene, hay aceite, sidra, todo!". Y era cierto, durante una hora y media la policía no apareció. A pesar del miedo, el exceso de un galpón con siete pisos de estanterías que sólo había que tomar puso el "Felices fiestas" en boca de todos.
"El tema es que la gente tiene hambre, ¿qué vas a hacer frente a eso, cómo los conformas?" El hombre no quiere dar su nombre, es uno de los gerentes de Maxiconsumo y trata de calmar a una de las dueñas de la cadena de 22 sucursales. "¿Por qué no vienen, por qué?", gritaba la mujer mientras veía la sangría de sus depósitos, sus carritos, sus bandejas. Una parejita se toma de la mano en la explanada de un estacionamiento en el que estallan las gaseosas como fuegos artificiales. Ella está llorando, ¿por qué? "No sé, estoy hecha pelota." Dos efectivos policiales de la comisaría segunda de Tres de Febrero llegan no se sabe a qué. "¿Qué pasa con los refuerzos, Gómez?", dice uno por el handy con su escopeta de balas de goma, "vacía", dice. Los refuerzos son dos efectivos más, dicen sin identificarse que las órdenes son "no reprimir ni disuadir frente a las cámaras. Y nos siguen como abejorros, así que nada". Después de dos horas de saqueo sin pausa tiran gases dentro del galpón ya casi sin gente y la salida deja a más de uno con cortes de vidrio, golpes por las patinadas en un piso bañado en aceite, algún bastonazo de los agentes de seguridad privada que descargan su impotencia.
Pero no fue suficiente. Algunos llegaron tarde y ya buscan un nuevo negocio, a dos cuadras hay otro supermercado. El dueño Wan Cahu So llegó hace un año y su desesperación bañada en lágrimas se repetirá hasta el hartazgo por televisión. En su local no quedó nada y nadie detuvo el saqueo. Se llevaron hasta las góndolas, las heladeras y los ventiladores. La mercadería se cargaba en remises, autos, bicicletas, carritos. Seguiría el Super uno, un local "premium" según un diploma que otorgó American Express, allí donde la policía llegó cuando ya no había nada. Y después el Coto de Rivadavia en Ramos Mejía y el EKI descuento, del otro lado de la vía. La vida cotidiana empezó a detenerse al paso de la muchedumbre que buscaba nuevos objetivos. En Casa de Gobierno se firmaba el estado de sitio. En Ciudadela, a la misma hora, los vecinos se armaban para defender sus locales y ya nadie podía decir claramente quién era el enemigo.

 Extraído de la edición de Página/12 del 20 de diciembre de 2001

Argentina, una navidad con comida, juguetes y muertos

por James Petras

24 de diciembre del 2001 / Traducido por Rebelión

Pablo y Diego corrían por la avenida, pasando mucha gente que entraba y salía corriendo de supermercados y negocios de electrónica. Una columna de jóvenes iba por la calle cantando:

Ya se acerca nochebuena

Ya se acerca navidad

Pero el pueblo esta en la calle

Y el gobierno ya se va…

Pablo agarró el brazo de Diego y apuntó hacia una calle estrecha:

-Por ahí, -gritó.

Se dieron vuelta abruptamente y comenzaron a correr lo más rápido que les permitía la brevedad de sus piernitas.

Pablo había pasado durante meses por delante de una tienda de juguetes al volver de la escuela, deteniéndose a mirar un inmenso volquete rojo con su cabezal basculante. Incluso trató de arrastrar a su madre al negocio al acompañarla a hacer sus compras del sábado por la mañana. No sirvió para nada. Siempre la misma respuesta:

-Hoy no, no hay plata. Otro día, cuando tenga trabajo.

Pero hoy, el 20 de diciembre, todo iba a cambiar. Su padre, su mamá y sus hermanos mayores habían salido con bolsas.

-Papá Noel vino temprano este año, -le dijo su hermana.

-¡Dile que me traiga el camión rojo! -le gritó Pablo, pero ella ya había partido.

Pablo se juntó con Diego y caminaron, pasando los neumáticos en llamas y las esquirlas de vidrio. Diego apuntó hacia su amigo Gustavo que iba en una bicicleta nueva.

-¿De dónde la sacaste?

-Mi papá me la dio ayer por la noche..

Se fue zigzagueando entre los despojos desparramados por la calle.

Pablo asió el brazo de Diego.

-¡Vamos a buscarnos nuestros regalos de Navidad! -¿Dónde? -Diego lo miró incrédulo.

-A la tienda de juguetes, -gritó Pablo.

Al acercarse al negocio vieron a un grupo de jóvenes rompiendo vidrieras y corriendo.

-Ahí es.

Pablo metió la mano por la vidriera destrozada. Agarró el volquete rojo mientras Diego atrapaba un tren eléctrico.

Oyeron gritos desde el interior de la tienda y comenzaron a correr. Sonó un tiro. Pablo abrazó su volquete y se agachó. Diego estaba en el suelo, sangrando. Pablo corrió hasta la esquina y pidió ayuda. Cuando llegó la ambulancia Diego estaba muerto. Seguía aferrado firmemente a la locomotora.

Cuando Pablo llegó a su casa, había sacos con comestibles y una tira de asado, pero todos estaban agitados.

-Tu papá está en el hospital y arrestaron a tu hermano, -sollozó su madre.

-¡Mataron a Diego! -exclamó Pablo.

El día de Navidad hubo más carne y regalos que en cualquiera Navidad anterior, pero también más tristeza: Claudio, su padre, estaba en el hospital, su hermano Mario en la cárcel, y Diego muerto.

Por toda la villa circulaba un olor poco usual a asado y se veía el extraño espectáculo de niños con bicicletas, y corriendo con zapatillas Nike nuevas. Pero el silencio dominaba en las casas y entre los niños en la calle.

Pablo jugaba solo.

Material consultado:

"Argentina: valoración general tras 18 meses de lucha popular". James Petras. Traducido para Rebelión por Manuel Talens. Publicado en www.rebelion.rg <http://www.rebelion.rg> el 11 de junio de 2003.

"Argentina, una navidad con comida, juguetes y muertos". James Petras. Publicado en www.rebelion.org <http://www.rebelion.org> el 24 de diciembre del 2001. Traducido por Rebelión

"El Argentinazo: Lecciones positivas de la acción directa de masas". James Petras. Publicado en www.rebelion.org <http://www.rebelion.org> el 29 de diciembre del 2001. Traducido para Rebelión por Germán Leyens.

"La Argentina después del 19 y 20 de diciembre. Las tareas de los revolucionarios hoy" Jorge Guidobono. Publicado en la revista Bandera Roja (órgano de la Liga Socialista Revolucionaria) en Noviembre de 2002.

"Argentina: Cómo domina la clase dominante". Claudio Katz. Publicado en www.rebelion.org <http://www.rebelion.org> el 21 de octubre del 2003.

"Asambleas barriales e imaginarios sociales. Sobre las formas de resistencia en la Argentina contemporánea". Amilcar Salas Oroño.

"Asambleas barriales: un balance provisorio". Tomás Calello. Instituto del Conurbano-Universidad Nacional de Gral. Sarmiento.

"Crisis por arriba, insubordinación por abajo". Claudio Katz. 4 de enero de 2001. Extraído de "Pimienta negra", 6 de enero de 2002.

"El Corralito Financiero de Argentina". Villar, Sofía Soledad, 2002. Publicado en www.econlink.com.ar <http://www.econlink.com.ar>

"El paisaje de la gran rebelión". Claudio Katz. Buenos Aires, 5 de marzo de 2002. Publicado en www.pensamientocritico.org <http://www.pensamientocritico.org>

"Argentina: Emergencia y desafíos de las asambleas barriales". Modesto Emilio Guerrero. Revista Herramienta Nº 19. www.herramienta.com.ar <http://www.herramienta.com.ar>

"Las asambleas, de la utopía a los proyectos". Rubén Dri. Buenos Aires, 19 de diciembre de 2003. Publicado en www.lafogata.org <http://www.lafogata.org>

"Sobre el significado de las jornadas del 19 y 20 de diciembre". Cuadernos para la militancia. Elementos de debate sobre la situación actual. Marzo 2002 / Refundación Comunista.

Carta abierta a la Junta Militar, Rodolfo Walsh, C.I. 2845022, Buenos Aires, 24 de marzo de 1977.

Darío y Maxi. Dignidad Piquetera. El gobierno de Duhalde y la planificación criminal de la masacre del 26 de junio en Avellaneda. Movimiento de Trabajadores Desocupados Anibal Verón. Ediciones 26 de Junio.

"El Estado sitiado". Juan Forn. Página/12, 20 de diciembre de 2001.

"La chispa que encendió la mecha". Luis Bruschtein. Página/12, 20 de diciembre de 2001.

"La música de la bronca". Andrea Ferrari. Página/12, 20 de diciembre de 2001.

"Nosotros". Sandra Russo. Página/12, 20 de diciembre de 2001.

"El conurbano, armado hasta los dientes después de los saqueos. Un paseo por la tierra arrasada". Marta Dillon. Página/12, 20 de diciembre de 2001.

"Los pobres contra pobres". Laura Vales. Página/12, 20 de diciembre de 2001.

"El día (y la noche) del no va más". Martín Granovsky. Página/12, 20 de diciembre de 2001.

"Saqueos y saqueadores". Horacio Verbitsky. Página/12, 20 de diciembre de 2001.

"Fernando de la Rúa se fue como quien se desangra". Martín Granovsky. Página/12, 21 de diciembre de 2001.

"Parieron al modelo en 1989 y lo entierran en 2001". Luis Bruschtein. Página/12, 21 de diciembre de 2001.

"Padres saqueadores". Mempo Giardinelli. Página/12, 21 de diciembre de 2001.

"Buenos Aires sin control, desde la furia al saqueo". Eduardo Videla. Página/12, 21 de diciembre de 2001.

"La batalla de Plaza de Mayo". Cristian Alarcón. Página/12, 21 de diciembre de 2001.

"Es un jueves muy triste". Victoria Ginzberg. Página/12, 21 de diciembre de 2001.

"Todo al grito de políticos de mierda". Laura Vales. Página/12, 21 de diciembre de 2001.

"Es una hoguera". Susana Viau. Página/12, 21 de diciembre de 2001.

Federico Iglesias

Investigación sobre la crisis de diciembre de 2001

Materia: Problemas Socioeconómicos Contemporáneos I
Universidad Nacional de General Sarmiento


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