Queremos estudiar a Rubén Darío o, mejor dicho, su obra, desde un ángulo un tanto diferente (pero no por eso menos importante), del que ha sido objeto en babélicas montañas críticas desde la aparición de Azul en 1888. Es sabido que Darío no tenía mucho interés por publicar sus ideas en torno a su propia concepción literaria; sin embargo, algunas veces lo hizo prologando sus obras.
De estos prólogos o palabras preliminares, hemos seleccionado tres para la elaboración de este ensayo: "Palabras Liminares" de Prosas Profanas, "Prefacio", de Cantos de vida y esperanza. Los cisnes y otros poemas y "Dilucidaciones", de El canto errante (1). Ellos nos ofrecen, en conjunto, una amplia visión de aquello que podríamos llamar "La poética de Rubén Darío". Su comprensión del Arte no es nueva (hablando en términos estéticos) pero sí renovadora. Para el autor de "El rubí" (2), "El don del arte es un don superior que permite entrar en lo desconocido de antes y en lo ignorado de después, en el ambiente del ensueño o de la meditación. Hay una música ideal como hay una música verbal. No hay escuelas; hay poetas. El verdadero artista comprende de todas las maneras y halla la belleza bajo todas las formas. Toda la gloria y toda la eternidad están en nuestra conciencia" (3). La cita nos recuerda las palabras de Hegel cuando sostenía que "la misión del arte es representar, bajo formas sensibles el desarrollo libre de la vida y sobre todo del espíritu, en una palabra, de hacer lo exterior semejante a su idea" (4). Estamos, sin duda, frente a una interpretación "elitista" del arte, en la cual el poeta siente el canto de las musas clásicas y canta para un público también clásico, selecto (5); sólo que en Darío estos términos adquieren una unívoca significación. En "Al lector" dice: Podría repetir aquí más de un concepto de las palabras liminares de Prosas profanas. Mi respeto por la aristocracia del pensamiento, por la nobleza del Arte, siempre es el mismo. Mi antiguo aborrecimiento a la mediocridad, a la inmadurez intelectual, a la chatura estética, apenas si se aminora hoy con razonada indiferencia" (6).
La cita que estamos analizando nos lleva también a otras líneas del pensamiento humano; si entendemos bien esta colocación dariana, ella nos sitúa, de lleno, frente a una actitud crítica que entiende el objeto artístico como una entidad lo más alejado posible de los cánones de la realidad; dicho en otros términos, hay en esta colocación una contundente declaración en pro de la inmanencia de la obra artística. Se hace imprescindible, pensamos, presentar un breve poema que nos permita verificar la exégesis desarrollada hasta ahora, al mismo tiempo que proyecte las consideraciones interpretativas siguientes. La metodología de nuestra exposición así lo exige:
"Fue en una hora divina para el género humano.
El cisne antes cantaba sólo para morir.
Cuando se oyó el acento del Cisne wagneriano
fue en medio de una aurora, fue para revivir.
Sobre las tempestades del humano oceano
se oye el canto del Cisne; no se cesa de oír,
dominando el martillo del viejo Thor germano
o las trompas que cantan la espada de Argantir.
¡Oh Cisne! ¡Oh sacro pájaro! Si antes la blanca Helena
del huevo azul de Leda brotó de gracia llena,
siendo de la Hermosura la princesa inmortal,
bajo tus blancas alas a la nueva Poesía
concibe en una gloria de luz y de harmonía
la Helena eterna y pura que encarna el ideal." (7)
Como dice Hugo Friedrich, "si el poema moderno se refiere a realidades –ya de las cosas, ya del hombre-, no las trata de un modo descriptivo , con el calor de una visión o de una sensación familiar, sino que las transpone al mundo de lo insólito, deformándolas y convirtiéndolas en algo extraño a nosotros.
El poema no pretende ya medirse con lo que vulgarmente se llama realidad, ni siquiera cuando, al servirse de ella como trampolín para su libertad, ha absorbido en sí algunos restos de aquélla" (8). Las palabras de Friedrich son importantísimas para nuestros propósitos, ellas encierran toda un realidad profunda que nos llevará derechamente a retomar la línea del pensamiento dariano. En primer lugar, la postulación de un rasgo fundamental de la estética contemporánea: la "anormalidad" de que habla el propio Friedrich o, lo que es lo mismo, la "desviación a la norma", que propone Cohen (9). Estamos, por lo tanto, frente a una nueva visión de la obra artística; nueva, naturalmente, en relación a la estética clásica (10). Es vox populi que el lenguaje poético siempre fue diferente del lenguaje establecido por la norma pero, también sabemos que la diferencia (con excepción de Dante y Góngora) era relativa y gruadual. Tal vez, nadie supo, como Goethe, expresar mejor los fundamentos de la estética clásica: <‘las mayores osadías se ajustan a una norma de mesura’; las catástrofes se convierten en bendiciones; lo vulgar se convierte en exaltado; la acción benéfica de la poesía consiste ‘en enseñar a considerar la condición humana como algo deseable’; la poesía está llena de ‘íntima alegría’, responde a una ‘visión feliz de la realidad’ y eleva lo individual a universalmente humano.
Las cualidades formales son: el significado, esto es, el valor del contenido de las palabras, el ‘lenguaje conciso’, seguro y concreto, en el que cada palabra está acertadamente elegida ‘sin acepciones accesorias’> (11).
El poema transcrito se configura, exactamente, como siendo lo contrario a los postulados estéticos de Goethe. La poética dariana asume otra perspectiva que, en lo fundamental, se proyecta con inusitada validez hasta nuestros días. Es en este sentido que hablamos de actitud "renovadora" hace algunos momentos. Rubén Darío propaga en sus escritos teóricos toda una reformulación analítica acerca de la obra de arte: la abolición de los "clisés" y de las estructuras tradidas.
Por otro lado, propone con nítida conciencia el arte del futuro. En "Dilucidaciones", el más extenso de sus prólogos, nos dice que: "Precepto, encasillado, costumbres, clisé…, vocablos sagrados. Anathema sit al que sea osado a perturbar lo convenido de hoy o lo convenido de ayer." (12). Por esta misma razón, nunca nuestro poeta tuvo la más mínima intención de satisfacer a nadie; nunca buscó escuelas ni modelos literarios. Cantó "aires antiguos" y buscó el "porvenir" como él mismo lo declara. Su pluma, cubierta con esa exquisita ironía que en nuestro tiempo tan sólo Borges sabe usar, escribe categóricamente: "… jamás me he propuesto el asombrar al burgués, ni martirizar mi pensamiento en potros de palabras" (13). Sin duda que Darío tenía una visión autística de la poesía del mimo modo que Rousseau la tenía de la vida; esta comprensión de la poesía a partir de la más íntima intimidad del "yo", condiciona la afloración de un tiempo interior en el cual el poeta se refugia de la realidad. (No olvidemos que es, justamente el reloj, el tiempo mecánico, el símbolo odiado por excelencia, por poetas como Baudulaire y, más tarde, Antonio Machado). Es en esta línea de pensamiento que entendemos esta colocación dariana en "Palabras liminares": "Yo no tengo literatura ‘mía’ –como lo ha manifestado una magistral autoridad- para marcar el rumbo de los demás: mi literatura es mía en mí; quien siga servilmente mis huellas perderá su tesoro personal y, paje o esclavo, no podrá ocultar sello o librea. Wagner, a Augusta Holmes, su discípula, dijo un día: ‘Lo primero, no imitar a nadie, y sobre todo a mí’. Gran decir" (14). El subrayado es nuestro; con ello queremos enfatizar nuestra interpretación.
Decíamos anteriormente que la estética clásica, representada aquí por Goethe, propone la univocidad del signo lingüístico, es decir, la palabra significando exactamente lo que ella está refiriendo, sin posibilidad alguna de significar otra cosa. Es el signo lingüístico saussuriano, convencional y arbitrario, que se desarrolla en el primer orden de significación. La estética clásica, como aquí se ha planteado, es pura denotación.
Ahora bien, la extensa cita que viene a continuación nos sitúa de lleno en el meollo de la poética dariana; ella nos mostrará en toda su magnitud la amplitud de su reflexión teórica y la vigencia plena que ella tiene en la hora actual: "En el principio está la palabra como única representación. No simplemente como signo, puesto que no hay antes nada que representar. En el principio está la palabra como manifestación de la unidad infinita, pero ya conteniéndola.
Et Verbum erat Deus.
La palabra no es en sí más que un signo, o una combinación de signos; mas lo contiene todo por la virtud demiúrgica. Los que la usan mal, serán los culpables, si no saben manejar esos peligrosos y delicados medios. Y el arte de la ordenación de las palabras no deberá estar sujeto a imposiciones de yugos, puesto que acaba de nacer la verdad que dice: el arte no es un conjunto de reglas, sino una armonía de caprichos" (15). Tal disposición analítica no puede más que causarnos una agradable sorpresa si pensamos que ella fue formulada en 1907. Al mismo tiempo, la cita reafirma el concepto de la obra de arte como entidad autónoma que nosotros observábamos hace algunos momentos. Darío se centra en el problema del lenguaje, aspecto que nosotros desarrollamos en nuestro libro La literariedad en la obra de Jorge Luis Borges (16).
En la Introducción, cuando estudiamos el problema del Método, usamos el modelo propuesto por el profesor Félix Martínez Bonati, que considera el lenguaje de la literatura como siendo, precisamente, no un signo y sí una realidad ontológicamente diferente: lenguaje imaginario elaborado a través de pseudofrases que "representan a otras auténticas pero irreales" (17), o sea, frases o, mejor dicho, pseudofrases que no tienen ni contexto ni situación determinados. En otras palabras, frases que no tienen un referente externo que fundamente la (o su) situación comunicativa. ¿No hay, acaso, en las palabras de Darío un claro indicio de lo que acabamos de transcribir ahora?. Releemos la cita y no tenemos duda al respecto: "En el principio está la palabra como única representación. No simplemente como signo, puesto que no hay nada antes que representar. En el principio está la palabra como manifestación de la unidad infinita, pero ya conteniéndola. Et Verbum Deus". Con el subrayado queremos significar la trascendencia del metalenguaje dariano para los efectos exegéticos de este ensayo.
La continuación de la cita, la segunda parte, podríamos decir, reconfirma lo expuesto antes: "La palabra no es en sí más que un signo, o una combinación de signos; mas lo contiene todo por la actitud demiúrgica. Los que la usan mal, serán los culpables, si no saben manejar esos peligrosos y delicados medios". Tal como en el caso anterior, el subrayado quiere convocar lo más importante del texto así como establecer el vínculo que lo une al otro. Podrá argumentarse que Darío sostiene que "la palabra no es en sí más que un signo" y, por consiguiente, su naturaleza sería eminentemente lingüística. Habría, entonces, una contradicción en el propio texto y nuestra interpretación caería, como consecuencia natural, en la sin razón. Sin embargo, ni lo uno ni lo otro es efectivo; las expresiones "Et Verbum Deus" y "mas lo contiene todo por la virtud demiúrgica" nos ofrecen la posibilidad de entender la "esencia del ser de la palabra" no sólo como portadora de un signo lingüístico real y concreto; también, como siendo de otra naturaleza, es decir, imaginario.
Por otro lado, Darío conocía bastante bien la literatura romántica europea que, como sabemos, inició las bases estéticas fundamentales de la lírica contemporánea. Por esta razón no nos deben sorprender algunas claras relaciones ideológicas del texto que estamos estudiando con aquel movimiento. Después de todo, el reconocimiento al Romanticismo, a su herencia estética, ya lo había hecho Baudelaire en 1859 cuando decía: "El romanticismo es una bendición celestial o diabólica a la que debemos estigmas eternos" (18). Y, en Les contemplations, de 1856 (versos que mezclan la plegaria con los accesos de ira; sentimientos de resignación y condena), Víctor Hugo escribía: "La palabra es un ser viviente, mucho más poderoso que aquél que la usa; nacida de la obscuridad, crea el sentido que quiere; la palabra es mucho más todavía de lo que el pensamiento, la vista y el tacto externos pueden dar: es color, noche, alegría, sueño, amargura, océano, infinito; es el logos de Dios" (19).
Finalmente, la tercera y última parte de la cita, es la desembocadura natural a la cual viene a dar este río exegético: "Y el arte de la ordenación de las palabras no deberá estar sujeto a imposición de yugos, puesto que acaba de nacer la verdad que dice: el arte no es un conjunto de reglas, sino una armonía de caprichos". Leyendo este párrafo surgen de inmediato esas otras palabras de Darío de "Palabras Liminares": "Como cada palabra tiene un alma, hay en cada verso, además de la armonía verbal, una melodía ideal. La música es sólo de la idea, muchas veces" (20).
Nos propusimos en este ensayo una revisión de los conceptos metalingüísticos darianos; por lo mismo, hemos evitado el canto de las sirenas del Modernismo. Tampoco pretendemos haber agotado la investigación; no olvidemos que la crítica literaria, como discurso metalingüístico que es, evoluciona junto con el arte, que es re-creación.
Notas y bibliografía
Por
Alejandro Carreño T.
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