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El proceso de transformación del sector agropecuario argentino

Enviado por jorge_zappino



  1. Las claves de los años anteriores al periodo estudiado
  2. El desarrollo capitalista y su influencia en el sector agropecuario argentino
  3. El papel del Estado en el proceso de transformación
  4. A modo de conclusión
  5. Bibliografía

INTRODUCCION

El presente trabajo pretende analizar las distintas dimensiones en el proceso de transformación del sector agropecuario argentino durante el periodo 1850-1890. Se toma este periodo porque es durante esos años que se suceden cambios relevantes, transformaciones profundas en la configuración, ocupación y valorización del territorio de la pampa; sucesos que significarían un antes y un después en la historia de la región pampeana.

Durante esos años comienza a darse un proceso de aceleración económica en los países centrales europeos. De esta manera, la economía industrial pudo extender globalmente la economía capitalista, a medida que aumentaban los intercambios comerciales.

Por otra parte, a nivel local, se producen importantes cambios. La conformación definitiva del Estado surge sobre la base de luchas y enfrentamientos políticos. El mismo va a ir adaptándose, progresivamente, al contexto mundial. Sin embargo, este proceso se hacía difícil debido a varios factores: la enorme extensión del territorio, su escasa población, el poder económico acumulado en un sector muy reducido, etc. Las tierras pampeanas comenzarían a adquirir mayor valorización, y se comenzaba a planificar la "conquista" del territorio eliminando a los indígenas.

Mediante este trabajo, se intenta establecer una relación entre la transformación del sector agropecuario pampeano, y los cambios globales y locales. Se busca explicar cómo la región se vio influenciada tanto por la expansión capitalista, como por los profundos cambios políticos que ocurrieron a nivel nacional, y que llevaron al establecimiento y afianzamiento del Estado y de la clase económica y políticamente dominante.

El trabajo, entonces, quedará estructurado de la siguiente manera:

1. Las claves de los años anteriores al período estudiado.

2. El desarrollo capitalista y su influencia en el sector agropecuario argentino.

2.1. Los cambios y exigencias del mercado mundial.

2.2. Los ferrocarriles y la expansión capitalista en la pampa argentina.

2.3. Las migraciones y su impacto.

2.4. El comercio exterior.

3. El papel del Estado en el proceso de transformación

3.1. Las políticas inmigratorias.

3.2. Colonización y expansión del territorio.

3.3. Las crisis de 1866 y 1873 y sus consecuencias para este proceso.

4. A modo de conclusión

1. LAS CLAVES DE LOS AÑOS ANTERIORES AL PERIODO ESTUDIADO

En el periodo que transcurre entre la Revolución de Mayo de 1810 y la década de 1850, se pueden rastrear, al menos, tres claves que definen la situación del momento y configuran el marco para comprender el periodo en estudio. Las tres claves, a saber, son:

  1. La expansión de la frontera: apropiación de la tierra y de la renta.
  2. Empréstitos, Bancos y Emisión. La deuda pública y las crisis.
  3. Comercio Exterior

Estos puntos serán analizados por separado, realizando un corte horizontal entre los años 1810 y, aproximadamente el año 1850.

A. La expansión de la frontera: apropiación de la tierra y de la renta

La Revolución de Mayo de 1810 pierde el Alto Perú y con esto las minas de oro y plata del Potosí. Por lo tanto, se pierde el sustento de la economía y las finanzas de la colonia. Quedaba claro, desde el principio, que este no iba a ser el sustento de la economía y las finanzas de Buenos Aires.

Por esos tiempos, había, en Buenos Aires, ganado vacuno. Luego de los cambios introducidos por la Revolución, se podía, sin las trabas del monopolio español, exportar a otros países los cueros de esos animales. En la medida que avanza el comercio, se reproduce el ganado y se comienza a conseguir mercados, los terratenientes comienzan a hacerse ricos y poderosos.

A partir de la Revolución, entonces, el problema de la tierra adquiere una gran importancia, lo cual se verifica en las numerosas leyes que reglamentan su dominio, apropiación y uso a partir de ese momento. La primera expedición contra el indio se realiza en 1810 con el reconocimiento de las tierras cercanas al río Salado. Sucesivamente, a partir de ese momento, varias expediciones van extendiendo la frontera hacia el sur, llegando a duplicar, en solo 25 años, el territorio controlado.

Muy pronto la Junta, con el decreto del 1 de septiembre de 1811, extingue la mita, el yanaconazgo, la encomienda y el servicio personal. Tales medidas formaban parte del programa de la burguesía, y fueron apoyadas por los ganaderos. De esta manera, los terratenientes comienzan a expandirse velozmente; rota la traba colonial, sus negocios prosperan en la medida en que acumulan tierras, ganado y hombres. En este contexto, comienzan a dictarse las leyes citadas anteriormente. La primera de ellas, la Ley de 1821, garantiza la deuda pública con tierras fiscales.

"Después de diez años de conflictos, el agotamiento del tesoro público argentino solo admitía una salida: el empréstito externo. La nueva Nación, como la provincia de Buenos Aires, no podían ofrecer sino un bien como garantía hipotecaria: las tierras fiscales".

Posteriormente, bajo la presidencia de Bernardino Rivadavia, se dicta la denominada Ley de Enfiteusis, vinculada al empréstito Baring Brothers que veremos más adelante. "Enfiteusis" es la "cesión perpetua, o por largo tiempo del dominio útil de una finca mediante el pago anual de un canon al que hace la cesión, el cual conserva el dominio directo". El ingeniero agrónomo Emilio A. Coni publicó en 1927, en la imprenta de la Universidad de Buenos Aires, La verdad sobre la enfiteusis de Rivadavia. Allí asegura que "no se había hecho hasta hoy un estudio serio, cronológico y documentado de la enfiteusis y su aplicación. Dos hombres solamente la habían estudiado, y superficialmente, Andrés Lamas, panegirista de Rivadavia, y Nicolás Avellaneda. Los demás autores no hicieron sino repetirlos. Confieso —continúa Coni— que antes de iniciar el estudio tenía ya mis dudas sobre la excelencia del sistema enfitéutico. Algunos datos aislados que había conseguido me lo hacían sospechar. Pero lo que más pesaba en mi espíritu para mantener esa duda era la opinión francamente contraria a la enfiteusis de todos los hombres de valer que actuaron después de Caseros y que habían sido testigos del sistema. (...) Descubrí en la enfiteusis de 1826 tres gravísimos defectos, fundamentales para una ley de tierras públicas. Faltábale el máximo de extensión, lo que permitía otorgar 40 leguas cuadradas a un solo solicitante. No obligaba a poblar, de lo cual resultaba que la tierra se mantenía inculta y baldía esperando la valorización. Y la libre transmisión de la enfiteusis sólo servía, sea para acaparamientos, algunos superiores a 100 leguas cuadradas, o para el subarrendamiento expoliatorio de los infelices de la campaña por los poderosos de la ciudad".

En 1825 se desató la "fiebre de la tierra": en Tandil, Pergamino, Lobería, Dolores se denunciaron lotes que iban desde las cuatro a las cuarenta leguas cuadradas. Quienes los reclamaron no parecían pobres campesinos: figuran los nombres de Sebastián Lezica, Ambrosio Cramer, Patricio Lynch, Pedro Trápani, Facundo Quiroga (quien denunció 12 leguas al oeste de Bragado por medio de su apoderado, Braulio Costa), Tomás Manuel de Anchorena, con unas veinte leguas en Fuerte Independencia, hoy Tandil. Otros localizaron baldíos en zonas ya pobladas y presentaron solicitudes de enfiteusis en Lujan, Cañuelas, Chascomús, Chacarita y San Isidro. Dice Gaignard: "Rivadavia creaba las condiciones ideales para la "acumulación primitiva" en beneficio de una capa muy reducida de negociantes del puerto y de estancieros del campo. De ello surge la consolidación de una clase dominante de grandes ganaderos, dueños de la tierra, de los animales y de los hombres".

Con el gobierno de Rosas, comienza la etapa de la cesión en propiedad de las tierras cedidas en enfiteusis. El máximo desarrollo se alcanza luego de 1834. La ley provincial de 1836 ponía en venta 1.500 leguas de tierras de la enfiteusis a precios diferentes según la ubicación de las mismas. En 1838, otra ley pone en venta lo que quedaba de las concesiones de Rivadavia, con las mismas condiciones de 1836. También se realizan entregas de tierras a los oficiales de las campañas contra el indio y las guerras civiles (mayormente militares y funcionarios leales a Rosas). La más espectacular de todas las donaciones es la que se realiza en 1839, en la que se ceden 700 leguas cuadradas. Lo que ocurre es que a esos militares se les debían salarios y pagas desde hacia tiempo, lo que llevó a que los mismos revendieran las acciones a especuladores avisados que lograron, mediante este método, adquirir numerosas tierras.

En el período de 1830-1852, la tierra ocupada ascendió hasta 6.100 leguas cuadradas (16.470.000 hectáreas) con 782 propietarios. De éstos, 382 concentraban el 82% de las propiedades de más de una legua cuadrada, mientras que 200 propietarios, o sea el 28%, concentraban el 60% de las estancias con más de 10 leguas cuadradas. Existían 74 propiedades con más de 15 leguas cuadradas (40.404 hectáreas) y 42 propiedades con más de 20 leguas cuadradas (53.872 hectáreas). Mientras tanto, las pequeñas propiedades sólo representaban el 1% de la tierra explotada.

Luego de la caída de Rosas, se desató una larga polémica acerca del destino de las extensiones otorgadas por las distintas leyes de premios, y finalmente, por ley de 1858 se dispuso anular las donaciones efectuadas entre el 8 de diciembre de 1829 y el 3 de febrero de 1852, salvo aquellas que resultaran de premios por las expediciones contra los indígenas. En este último caso se reconocía también los derechos de quienes aún no habían efectuado la correspondiente escrituración y se les daba un plazo para hacerlo. Por esta ley el Estado recuperó unas 200 mil hectáreas de tierras pero confirmó el derecho de particulares sobre una superficie que duplicaba esa cifra. Concentración de la tierra y expansión del latifundio fueron el corolario de todas estas medidas.

B. Empréstitos, bancos y emisión. La deuda pública y las crisis.

Los comienzos.

Cuando, en 1776 se dan las reformas borbónicas, se produce un vuelco total de la situación en la América Hispana. En el caso de la creación del Virreinato del Río de la Plata, estas reformas otorgaban al puerto de Buenos Aires el derecho a comerciar con España. Hasta ese momento, la plata del Potosí, el oro de Puno, salían por Lima, cruzaban el Caribe y de allí salían hacia España. Los borbones cambiaron eso, además de abrir otros puertos en España. De esta manera, Buenos Aires se convertía en el único puerto de salida del Virreinato. En todo el periodo anterior a 1810, la plata del Potosí salía camino a Buenos Aires, y de allí a España. El mercado potosino, donde todo funcionaba en torno a las minas, era el mercado más grande del cono sur, y ese metálico era el sustento de toda la economía colonial.

Al producirse la Revolución del 25 de mayo de 1810, las guerras de independencia hacen que Buenos Aires pierda el Alto Perú – perdido completamente en 1815 - y con esto las minas del Potosí. De esta manera, se pierde el sustento de la economía y las finanzas de la colonia. A partir de ese momento, ese metálico tampoco iba a servir de sustento a la economía y las finanzas de Buenos Aires.

El problema que se presentaba ahora era el de solventar el erario público. Uno de los temas más acuciantes del momento era cómo pagar la enorme deuda comercial, producto del gran crecimiento de Buenos Aires y su consumo de estilo europeo. Las importaciones eran enormes y no solo por causa de la guerra de independencia. Analizando la composición de esas importaciones, puede ver que el 60% son artículos de consumo y entre un 16 y un 20% es equipamiento de guerra. El problema es que no había como pagarlo. En este punto, las casas comerciales inglesas, que empiezan a instalarse en 1811, juegan un rol fundamental; muchas de ellas contaban con socios porteños que eran los que realizaban las importaciones, los que proveían al Estado, y los que iban al interior a vender los artículos importados. Eran estos grandes comerciantes los que financiaban las compras del país. Por lo tanto, en este punto puede señalarse el comienzo de una deuda comercial que irá creciendo; el problema seguía siendo, aún, el metálico para financiar ese comercio.

El Estado va a encontrar en los empréstitos forzosos, una solución momentánea a ese problema. Estos empréstitos obligaban a aquel que tenia capital a suscribir esos títulos públicos, a cambio de los cuales el Estado les daba vales de tesorería con valor metálico, dependiendo de lo que se le retiraba al productor: si lo que el Estado tomaba eran especies, por ejemplo vacunos, éstos no tenían valor metálico; pero si se trataba de comerciantes o de la iglesia, el Estado aseguraba una tasa de interés de hasta un 8%. La política de los empréstitos forzosos se va a repetir, sistemáticamente, entre 1810 y 1840. Además, se recurrió también al capital externo.

Estas empréstitos produjeron serias disidencias entre los sectores de poder: si ellos tenían que pagar aranceles aduaneros y tasas de puerto con metálico, y éste metálico debían entregárselo al Estado, comenzaron a presionar para que el estado les permitiera pagar esos aranceles y tasas con dichos bonos. El perjuicio para el Estado era evidente: esos aranceles eran el único recurso del erario público, con lo cual, al poco tiempo, nos encontramos con un festival de bonos, que se usaban como moneda cotidiana.

Hasta 1812, 16 patacones o pesos fuertes equivalían a una onza de oro o doblón; después de 1812, la relación era de 17 patacones o pesos fuertes por cada onza de oro o doblón. Antes de la Revolución, 4 millones de patacones o pesos fuertes salían por el puerto de Buenos Aires; a partir de la misma, esa cantidad baja a 500.000 pesos fuertes.

Los empréstitos

En 1825, La Junta de Representantes de Buenos Aires, creada por el gobierno de Rivadavia, al ver que las cuentas no le cierran, decide tomar un empréstito de entre 2 y 4 millones de pesos fuertes. Se decide tomarlo en el exterior y colocarlo con un mínimo del 70 %. Se crea, para esto, una comisión que va a negociar el empréstito a Londres. En la comisión se encontraban algunos de los que figuraban como directores del Banco de Descuento, entre ellos Riglos, Castro, Sáenz Valiente y John Robertson.

Durante las negociaciones, la Casa Baring propone aceptar los bonos al 85 %, debido a su fácil colocación en el mercado. En este punto, la comisión negociadora decide aceptar el 85 %, pero, visto que la Junta de Representantes había declarado que un 70 % era conveniente, negociaron la diferencia, que fue repartida entre la Casa Baring y la comisión negociadora. Además, el gobierno argentino había adelantado ya 250.000 pesos fuertes por la comisión en concepto de gastos. A esto hay que sumarle 250.000 pesos fuertes más por millón. Finalmente, el empréstito es colocado por 5 millones de pesos fuertes (1 millón de libras esterlinas), con lo cual, lo que debía llegar a la Argentina eran alrededor de 3.500.000 (70%).

Ahora bien, como no se había especificado como llegaba ese oro a la Argentina, la comisión informa a la Casa Baring que la mejor manera era enviando letras giradas contra casas comerciales de prestigio que dieran garantías en Buenos Aires. No por casualidad, una de esas casas comerciales era la de Robertson y Costas, dos miembros de la comisión. Como si no alcanzara con esto, las letras que debían servir para pagar a un tercero que era el Estado, nunca llegaron, porque se descontaron, se redescontaron, y cuando se cancelaron, se hizo con otras letras. Algo del empréstito finalmente llegó a la Argentina: unos 200.000 pesos fuertes, que fueron utilizados para cubrir los gastos de la guerra con el Brasil; y después, presumiblemente, debieron haberse recibido 1.000.000 en letras que también parecen haber sido utilizados en gastos de guerra.

Y no para acá la cosa, porque en 1826, el ministro García convence a la Junta de Representantes de dos cosas fundamentales: como se debían pagar los intereses, había que entretener los fondos del empréstito y crear una comisión para ese fin: dar créditos para sacar algún interés y poder pagar esos intereses. Nuevamente, en esta comisión estaba la misma gente que negoció el empréstito. Además, García convence al propio gobernador Las Heras, de no malgastar el dinero del empréstito en hacer el puerto, en proveer de agua corriente a Buenos Aires, argumentando que existían capitales privados que lo podían realizar.

La política de empréstitos continuó: en 1857 encontramos el empréstito de la Confederación; y, en 1858 el empréstito de intereses no pagados y diferidos del empréstito Baring. Esta política continúa hasta 1880.

Los bancos

El Banco de Descuentos, antecedente del Banco de la Provincia de Buenos Aires, fue creado en 1822. La denominación de Descuento proviene de que su función era descontar letras dando créditos, además de emitir moneda. El directorio, formado por argentinos e ingleses, reflejaba el poder del momento: Félix Castro, Miguel Riglos, Juan Fernández Marina, Albarellos, Juan y Manuel Aguirre, Juan Pablo Sánchez, etc. Entre los ingleses aparece John Robertson.

En cuanto al capital estatutario del Banco, Prebisch dice: "...aquel seria de un millón de pesos fuertes, dividido en acciones de cien pesos cada una que se entregarían a la suscripción pública; pero en la práctica, las acciones se llenaron parte en metálico y parte en billetes tomados del mismo banco, lo que le privó desde el principio, de la base metálica que debía tener. Es así que el capital metálico de este banco de emisión, no pasó nunca de la tercera parte del que nominalmente se había fijado...Al principiar las operaciones, las reservas apenas alcanzaban a 291 mil pesos fuertes, y aun este pequeño capital real, no era propio del país, ya que casi todas las acciones del banco se localizaron en Londres".

El mecanismo de capitalización era el siguiente: se pedían créditos al banco, se pagaba 9 % de interés y se recibían dividendos por el 12 %. Y en definitiva en el banco no había nada o había muy poco, porque el capital se había constituido con los propios dineros del banco. El banco cae en 1826, traspasando sus pasivos y la emisión al Banco Nacional, que comienza sus operaciones en peores condiciones que su antecesor. En realidad, el Banco de Descuentos funcionó mientras nadie reclamó el cambio de sus papeles por su equivalente en oro. El día en que el Banco debió hacer frente a estas obligaciones, comenzaron sus problemas.

A pesar de todos sus inconvenientes, estas instituciones bancarias resultaron beneficiosas a los sectores que antes se veían afectados por los empréstitos forzosos, aunque el Estado va a continuar colocando numerosos títulos en el mercado. Ahora eran los bancos los que le darían crédito al Estado. Además, los sectores mencionados van a conseguir créditos de corto plazo, mayoritariamente en letras descontadas. A estos créditos tiene acceso, fundamentalmente, el sector comercial, aunque la mayoría de los terratenientes también eran comerciantes. Con respecto a la precariedad del Banco de Descuentos, Rapoport aclara que "en 1826, luego de una crisis, este banco se convierte en el Banco Nacional, que comienza sus operaciones en peores condiciones que su antecesor. En 1836, pasa a denominarse Casa de Moneda, hasta que, finalmente, en 1854, se crea el Banco de la Provincia de Buenos Aires. La precariedad de estos bancos se debió, fundamentalmente, a la emisión descontrolada de moneda sin respaldo, que expandió el gasto publico y sirvió a los intereses de los sectores que se beneficiaban con la inflación".

A partir de 1854, el Banco de la Pcia. de Buenos Aires multiplicó los prestamos, lo cual contribuyó a la financiación de las actividades comerciales y productivas. Además del Banco de la Pcia. de Buenos Aires, también fueron creados el Banco Hipotecario de la Pcia. de Buenos Aires (1872), que otorgaba créditos con garantía de tierras, y el Banco Nacional, conformado con capitales estatales y privados. Finalmente, en 1885, fue creado el Banco Hipotecario Nacional, con los mismos fines que su homónimo de la Pcia. de Buenos Aires.

Con respecto a la banca privada, las primeras instituciones datan de la década de 1860, como el Banco de Londres y Río de la Plata (1864), y el Banco de Italia y el Río de la Plata. Además, muchas casas mercantiles fueron transformadas en bancos para contribuir a la financiación de las actividades comerciales. El más importante de ellos fue el Banco Cabarasa, que caerá con la crisis de 1890.

La emisión y el circulante

En cuanto al circulante, en los primeros años prevalecía, en el interior, la moneda de plata. Existen bancos provinciales que funden y acuñan monedas propias, como el Banco de Santa Fe y el de Cuyo. Mientras que en Bs.As. no hay metálico, en el interior sí lo hay, lo cual hacía que fueran reacios a aceptar los billetes del Banco Nacional porque, para ellos, significaban papeles sin ningún respaldo. Las compras en el litoral se hacían en metálico, pero con muchos problemas: circulaban distintas monedas como las mexicanas de oro, las chilenas, las de EE.UU., de plata, de cobre, etc. La moneda de oro boliviana era la que más abundaba. Todos esos metales no tenían el mismo tipo de cambio en cada provincia. A esto se sumaban todas las aduanas interiores que complicaban aun más las cosas y aumentaban fuertemente los costos de traslado.

C. Comercio exterior

Una vez producida la Revolución de 1810, y el consecuente final del sistema monopolista español, las ideas librecambistas se convertirán en el eje de la política exterior de la Argentina. Los cueros, el tasajo y, poco tiempo después, la lana, se convierten en los principales rubros de exportación hasta bien entrada la década de 1890.

El tasajo se exportaba a Brasil y a Cuba, donde era usado como alimento para los esclavos de las plantaciones. En cambio, la lana era exportada a los grandes centros textiles europeos y a los Estados Unidos.

En 1822 las lanas representan el 0,94 % de las exportaciones, mientras que los cueros vacunos alcanzan al 64,86 %; en 1836, el 7,6 y el 68,4 % respectivamente; en 1851, el 10,3 y el 64,9 %. Pero en 1861 dichos porcentajes son el 35,9 y el 33,5 % respectivamente.

Cuando en 1830 se debatía sobre la forma de constituir política y fiscalmente a la Confederación Argentina, el representante de Buenos Aires argumentaba en favor de mantener la política comercial libre vigente, y el monopolio aduanero de la provincia porteña, defendiendo los beneficios que ellos habían traído a la ‘industria del país’: la ganadería. Decía Roxas y Patrón, futuro Ministro de Hacienda del gobierno de Rosas: ‘Es cosa averiguada que la generación de los ganados se duplica cada tres años, y este hecho y su utilidad lo explica todo. Si es preciso confirmarlo todavía, obsérvese cómo todos los individuos de todas las profesiones abandonan su antiguo modo de vivir, y se dedican a éste que les produce más, sin otra protección que la del cielo. Con argumentos similares, los historiadores han justificado el éxito de la ganadería de exportación de cueros en la rentabilidad de la empresa ganadera y los auspicios que le dio a esta actividad la apertura del comercio mundial en Buenos Aires.

Desde los primeros años de la década de 1830 el precio internacional de los cueros empezó a bajar, y la tendencia se acentuó para llegar a 1850 cuando el cuero había perdido más del 50% de su precio en el mercado de Londres. Según un contemporáneo que debía conocer bien las cifras del comercio, entre 1825 y 1850 el valor de las exportaciones desde el Río de la Plata se incrementó a pesar de la caída dramática de los precios internacionales de sus productos. El Cónsul inglés Parish destacaba que el valor de las exportaciones de Buenos Aires se había duplicado mientras que el precio de los cueros había perdido más de las dos terceras partes de su valor en ese mismo período. En otras palabras, solo un aumento en la cantidad de los cueros despachados podía compensar la declinación de precios para mantener el valor de las exportaciones. De modo que las alternativas de precios de estos bienes en el comercio atlántico no resultaron en el estímulo que explique suficientemente la expansión en el periodo de las exportaciones pecuarias de la región.

Las actividades pastorales disfrutaron de fuertes incentivos o subsidios indirectos como resultado de la combinación de las políticas fiscales y monetarias de todo el período. Esto es visible en la fuerte correlación entre el aumento del número de cueros exportados con la ocurrencia de episodios inflacionarios. El promedio anual de cueros exportados desde Buenos Aires pasó de 500.000 unidades a comienzos de los veinte a 820.000 luego de la guerra con Brasil, y el episodio inflacionario que siguió a la inconvertibilidad en 1826 y la crisis financiera de 1829. Durante la década del treinta las cantidades oscilaron pero el promedio bajó a medio millón y, notablemente subió la exportación de otros bienes rurales, así como se reanudaron algunos embarques de trigo. En la década de 1840 el volumen promedio volvió a subir, siguiendo el ritmo de depreciación de la moneda luego de las grandes emisiones de la década. Se llegó a 1,5 millones de piezas de promedio, con picos extraordinarios en los años siguientes a la finalización de los bloqueos de más de 2,5 millones promedio para el periodo 1849-52. Notablemente, en la década de 1850 cuando la moneda tiende a estabilizarse, el numero de cueros no continuó aumentando y se estabilizó en el millón y medio de piezas.

Mas aún, cuando se considera la participación relativa de los cueros en el valor total de las exportaciones en la década de 1850, esta decrece en gran medida debido al sustantivo aumento de las exportaciones de lana.

En la década de 1820 los cueros formaron casi el 80% del valor de las exportaciones y hasta principios de 1850, constituyeron más del 60 por ciento del valor total. Las exportaciones de lana que promediaban 24.000 arrobas en los veinte llegaron a 60.000 a comienzos de los treinta. Estas se triplicaron hacia finales de la década y superaron el medio millón de arrobas promedio a comienzos de los cuarenta. Durante la década del cincuenta se duplicaron llegando al millón de arrobas y aun más se multiplicaron por 3 y 4 en algunos años de la década del sesenta. A diferencia de los cueros, el volumen de las exportaciones de lana siguió subiendo cuando la moneda tendió a estabilizarse. Le tocó al tasajo y al sebo, completar ese 20-25 % del valor de las exportaciones restante en la década de 1840.

2. EL DESARROLLO CAPITALISTA Y SU INFLUENCIA EN EL SECTOR AGROPECUARIO ARGENTINO

2.1. Los cambios y exigencias del mercado mundial.

Desde la segunda mitad del siglo XIX, el mundo experimentó el proceso de desarrollo de una nueva división internacional del trabajo. Así, ciertos países periféricos comenzaron a abastecer de productos primarios a los países centrales, que hacían fluir sus capitales, su tecnología, y sus productos manufacturados.

En esta nueva estructuración de la economía mundial, Argentina se incorporó específicamente como proveedora de productos primarios y alimentos. De esta forma, los intercambios comerciales entre Argentina y los países industrializados se acrecentaron velozmente durante el periodo en estudio.

Este aumento del comercio exterior no fue homogéneo a lo largo del territorio, sino que favoreció especialmente al territorio pampeano; la pampa se constituyó en el territorio privilegiado, tanto por las condiciones climáticas, como por la flexibilidad del sistema de explotación organizado en ella, que combinaba el dominio de la tierra en amplias propiedades con su explotación en escala familiar. El aumento de la demanda exterior de cereales y carne, debido a una mejora en los niveles de vida en los países centrales, generaba grandes perspectivas para la economía de la región.

El aumento del intercambio no sólo significó un incremento de las actividades productivas. Fundamentalmente, consistió en un reajuste de la estructura interna de producción, para satisfacer los cambios de la demanda externa. Los nuevos rubros exportables, y las importantes modificaciones y avances con respecto a los rubros tradicionales (tasajo, cueros, etc.), son un índice no sólo de las modificaciones en la demanda, sino también de la mayor modernización de las estructuras de producción, que anteriormente se basaban en economías regionales desarticuladas que no generaban excedentes suficientes como para exportar a otras regiones.

El ciclo del lanar, con sus múltiples altibajos, dominó toda la primera parte del proceso de adecuación de la economía pampeana a las nuevas pautas internacionales. Entre 1850 y 1855 comenzó a notarse un avance en la cría de ganado ovino en la provincia de Buenos Aires. Los estancieros advirtieron las condiciones ventajosas que ofrecía el negocio del ovino, con sus bajos costos y el rápido ciclo de reintegro de capital. Así, se produjo un movimiento a favor del ovino que provocó que parte de la población porteña emigrara al campo, y que los estancieros sin lanares vendieran su ganado vacuno o sus campos para conseguirlos.

Ya hacia 1840 abundaban las graserías en las zonas ovinas de la provincia de Buenos Aires, valorizando las reses de carneros, pues el cebo de carnero tenía un alto valor comercial. La creciente demanda de lana había producido la incorporación progresiva de animales de raza, y el paulatino reemplazo de las ovejas criollas por ovinos mestizados. Los merinos franceses, por su mayor cuerpo y largura de mecha, desplazaron a los merinos sajones que abundaban en la región.

Desde ese momento los ovinos fueron ocupando un lugar cada vez más preponderante en las exportaciones de la región. En 1850 habían salido del país 7.681 toneladas de lana. Para 1875, los embarques alcanzaron a 90.000 toneladas. Es decir, que en 25 años las exportaciones se habían multiplicado más de 10 veces.

La gran expansión del ovino produjo profundos cambios técnicos y sociales. Las nuevas exigencias del mercado internacional aceleraron una serie de cambios productivos que modificaron el sector agropecuario pampeano.

El mestizaje no sólo exigía un cuidado más intenso de los rebaños mediante expertos reproductores para la cruza, sino que también requería una serie de innovaciones técnicas y cambios en las formas de producción. Es así como los estancieros comenzaron a impulsar la mejora de los pastos y el cercado de las tierras. El alambrado de los campos revolucionó profundamente las costumbres. Antes, un propietario no era dueño de hacer plantaciones, sembrados y potreros donde más le convenía, dado que los vecinos y los transeúntes solían realizar senderos y caminos por doquier para atravesar el establecimiento. Con el alambrado se invierten los factores. Los transeúntes pasaron a depender de los propietarios. Pero aun más importante, cambiaron las tareas habituales, suprimiéndose las pesadas rondas diurnas y nocturnas para vigilar al ganado. De día los ovinos pastaban libremente dentro de la propiedad, y por la noche se los encerraba en el corral. Se modifica así toda la infraestructura en las estancias. Además, se avanza en la construcción de galpones para la esquila, corrales, puestos para los pastores, y depósitos para la lana, la limpieza de aguadas y la apertura de pozos.

Los cambios no sólo repercuten en los aspectos técnicos de la vida rural, sino que contribuyeron a modificar las tradicionales pautas de la vida social en la región. De esta manera, el gaucho y el arriero comenzaron a ser reemplazados por pastores, puesteros y peones. Además, un número cada vez más significativo de inmigrantes llegaba a la región, donde la necesidad de mano de obra atraía a nuevos brazos.

Las serias dificultades que debían enfrentar los propietarios de la tierra para ponerla en explotación con personal capacitado, privilegiaron durante un tiempo la experiencia y la capacidad de trabajo de inmigrantes europeos, esencialmente irlandeses y vascos, en la cría de ovejas.

Hacia fines de la década de 1880 –y luego de haber superado dos crisis sucesivas en 1866-1868 y en 1872-1874, que veremos más adelante – los ovejeros iniciaron una nueva etapa, reemplazando el tipo de ovino en producción debido a los cambios en la demanda de la industria textil europea, que exigía lana más larga. Así, iniciaron el reemplazo de 40 millones de merinos por ovejas de la raza Lincoln, en un ultimo intento de salvar la cría de ganado ovino y la producción de lana. Esto evidencia la notable versatilidad de los estancieros para acomodarse a las señales del mercado internacional.

Hacia finales de siglo, el auge del ovino llegaría a su fin, a causa de diversos factores, entre ellos, la baja en los precios del textil crudo, la aparición de la aftosa, y, principalmente, los mayores beneficios que producían el ganado vacuno y la agricultura, lo que empujaba a los productores a cambiar sus pautas productivas

Hacia la década de 1870, mientras tanto, se iniciaba un nuevo auge de la ganadería bovina. Comienzan a organizarse campos de engorde y descanso de ganado en las proximidades de los mataderos. Gracias a la extensión del alambrado se multiplicaron los corrales en los campos cercanos a Buenos Aires, naciendo una especialización dentro de los ganaderos: los invernadores. Las invernadas para frigorífico se asentaban en zonas donde existían mejores condiciones para el desarrollo de la alfalfa. Con la llegada del ferrocarril, como se verá más adelante, la posición geográfica deja de ser una preocupación privilegiando así, exclusivamente, la calidad del suelo.

Durante la década de 1880, debido a la preferencia de los frigoríficos por la carne ovina, se produjo un fuerte aumento de la exportación de ganado vacuno en pie, así como el envío de carne congelada a los mercados europeos. Las necesidades frigoríficas, ya sea para enfriado o congelado de la carne, obligaron a los ganaderos a mejorar la calidad de sus rodeos. Si bien a partir de 1880 los frigoríficos ocuparon el lugar preponderante en la actividad ganadera, este proceso comenzaría a acentuarse a partir del siglo XX. El gran avance en las exportaciones de carne se daría recién hacia 1903, cuando los frigoríficos comienzan a utilizar vacunos en sus faenas.

Con la nueva demanda, se generó una rápida mestización del vacuno por parte de los productores, quienes anteriormente se habían resistido al ganado fino, o lo miraban con rechazo. Esta transformación no podía realizarse sin la formación de praderas artificiales, pues los pastos naturales no permitían aprovechar la capacidad de asimilación del los animales mejorados. Comenzó así a darse un notable interés por los alfalfares, para asegurar una mejor alimentación de los animales que debía producir mejor y más abundante carne. Se buscaba transformar rápidamente el ganado criollo en animales mestizados de alta calidad.

De esta forma, comienza a darse un ciclo de combinación tanto de la actividad ganadera como de la agrícola dentro de las estancias. Los cultivos combinados se impusieron, y así como estuvieron vinculados con una etapa ascendente para la ganadería, también lo estuvieron con un cambio de suma importancia en la actividad agrícola. La producción agropecuaria pasa a conformar el sector más importante de la economía, y del desarrollo en la región.

La demanda de productos alimenticios dio relevancia económica a territorios que estaban más allá del territorio explotado hasta entonces. La necesidad e adaptarse a las nuevas demandas exigía además de la exportación de carne, el cultivo del cereal. La modalidad más conocida fue el desarrollo de cultivos trienales, entregando tierras (bajo la forma de aparcería o de arriendo) a pequeños productores, que debían ponerlas en producción intercalando, a lo largo de tres o cuatro años, trigo, maíz y alfalfa. Esta combinación productiva fue la que permitió y aseguró el gran crecimiento agrario de fines de siglo.

Los niveles elevados que alcanzó el intercambio, es decir, el desarrollo de lo que se dio en llamar el modelo agro-exportador, estuvieron estrechamente vinculados con un poderoso movimiento de mano de obra y de capitales desde los países del viejo mundo. Los flujos internacionales de capital, en particular los de Gran Bretaña, tendieron a concretarse en fondos públicos, transportes (ferrocarriles), y cédulas hipotecarias. Entre 1885 y 1890, una de las épocas de mayor inversión de capital extranjero en la región, el 35% de las inversiones británicas correspondieron a préstamos al gobierno, el 32% a ferrocarriles, y el 24% a cédulas hipotecarias. Luego de la crisis de 1890 se notaba ya una disminución del flujo de capitales extranjeros.

Es importante destacar, en este momento, las inversiones ferroviarias, por la influencia que su expansión tuvo en el crecimiento de la economía pampeana.

2.2. Los ferrocarriles y la expansión capitalista en la pampa argentina

Ya durante el periodo en estudio la temprana economía industrial europea había descubierto el ferrocarril. Así, la extensión geográfica de la economía capitalista se pudo multiplicar a medida que aumentaban sus transacciones comerciales. Todo el mundo se convirtió en parte de esa economía. En términos cuantitativos, el tercer cuarto del siglo XIX fue la primera época real del ferrocarril.

Los ferrocarriles, además de abaratar los costos de transportes, acortaron las distancias entre el productor argentino y el puerto exportador. De esta manera, el auge del comercio de exportación estuvo fuertemente vinculado a la extensión de las vías. El primer tren que rodó sobre suelo argentino, en 1857, fue el Ferrocarril al Oeste, una línea que hacia 1860 contaba con apenas 39 kilómetros. Su construcción había sido financiada en gran parte por el gobierno, que en 1863 asumió su propiedad. Sin embargo, la gran extensión ferroviaria a partir de esos años fue solventada y administrada por ingleses.

El primer gran proyecto fue el Ferrocarril Central Argentino, que comenzó a construirse en 1855 y unió a partir de 1870 las ciudades de Rosario y Córdoba. Para su tendido se inició una práctica que se haría costumbre en las primeras inversiones ferroviarias: el gobierno argentino otorgaba amplias ventajas, incluyendo la cesión a la compañía inversora de una legua de tierra a cada lado de las vías, la exención de varios impuestos, la importación libre de aranceles del material necesario para el tendido de las líneas y, lo más importante, una garantía de ganancias de 7% anual sobre la inversión original. Con el tiempo, fueron creciendo las voces de protesta y surgieron algunas regulaciones que generaron conflictos entre el gobierno y las compañías. En 1907 se aprobó la "Ley Mitre", que zanjó varias de las cuestiones en disputa, pero manteniendo condiciones favorables para las empresas británicas.

Sería largo detallar la evolución ferroviaria de la Argentina. Es suficiente, para dar una idea de la magnitud del proceso, comparar los 249 kilómetros de vías de 1865 con los casi 35.000 de 1914. La expansión de los ferrocarriles permitió no sólo incorporar zonas de la llanura pampeana relativamente alejadas -como el sur de Córdoba- a la producción para exportación, sino también integrar a los cultivos de Tucumán y Cuyo al circuito económico nacional. El avance del FF.CC., además, valorizaba las tierras por las que pasaba.

La caída en el costo de los fletes que siguió a la instalación de las líneas férreas fue muy marcada: hacia mediados de la década del 80, transportar una tonelada de carga 100 kilómetros costaba 7,5 pesos oro por carreta y 1,50 pesos oro por ferrocarril. Sin los trenes, habría sido sencillamente imposible la expansión de las exportaciones.

Así como una de las consecuencias clave de la instalación del ferrocarril fue la ampliación de la superficie con provechosas posibilidades de producción para la exportación, también lo fue el surgimiento de la Argentina como consumidor cada vez más importante de productos de origen británico. Las manufacturas inglesas que llegaban a los puertos podían, con el ferrocarril, transportarse a bajo costo hacia otros centros de consumo fuera de Buenos Aires. Esta era la otra cara de la integración de la Argentina al esquema vigente de división internacional del trabajo.

Para 1870, de los 772 km. de vías que se extendían en la región, 177 km. correspondían al Ferrocarril del Oeste, que luego de su tramo inaugural llegaba ya a Bragado. Luego se extendería hasta 9 de Julio, y en 1890 se detiene en Trenque Lauquen, donde se construye un taller y depósito de locomotoras que generaría empleo en esa ciudad fundada pocos años atrás. El Ferrocarril del Oeste se extendía por las áreas productivas tanto ganaderas como agrícolas, con un destino fijo: llegar a Chile. El Ferrocarril del Sud, de capitales británicos, tenia para 1870 una extensión de 114 km. hasta Chascomús, una de las ciudades nacidas en la vieja línea de fortines, al sur del Salado. El Ferrocarril del Sud se extendió, de hecho, rápidamente como efecto de la campaña del desierto. La línea principal se prolongó de Chascomús a Dolores, y de allí a Ayacucho, en 1880, y a Tandil en 1883. Tras una disputa con el Ferrocarril del Oeste se extendió la línea a San Miguel del Monte, Azul, Ovalaría y a Bahía Blanca. Aparece así la línea a Bahía Blanca por Lamadrid y por Juárez sorteando el sistema serrano de Ventania. En 1886 se inaugura el tramo Maipú-Mar del Plata, luego de ser sometida esta línea a difíciles pruebas, debido a que debía cruzar terrenos bajos y anegadizos de la pampa deprimida.

El Ferrocarril Central Argentino se extendía entre Rosario y Córdoba. Para llevar adelante la construcción de este ferrocarril de capitales británicos, se creo la "Central Argentine Land Company LTD" y se trajeron de Europa familias que formaron luego la colonia agrícola de Roldán, en la provincia de Santa Fe. Este ferrocarril, que unía dos ciudades significativas, fue considerado pionero en ese entonces. Tenia una excelente situación, por su emplazamiento portuario en Rosario, en el extremo norte de la pampa ondulada, donde el frente fluvial mostraba condiciones favorables para el establecimiento de una estación marítima.

Es importante destacar que el trazado de vías no partía radialmente desde el puerto de Buenos Aires, sino desde dos centros: Buenos Aires y Rosario, dos ciudades que contaban por entonces con las mejores probabilidades de ser federalizadas. Recién en 1883, cuando las vías del Ferrocarril del Sud llegan a Bahía Blanca, comenzaría a perfilarse el tercer punto importante de convergencia, junto a Buenos Aires y Rosario, sobre los cuales se estructuraría la red ferroviaria.

El ferrocarril ocupó el espacio, integró el territorio, facilitó el poblamiento y el desarrollo de las actividades. Todo se movió a su ritmo. Fue un factor vital de humanización y valorización de los espacios agrarios. El ferrocarril contribuyó a radicar familias en el espacio rural, fertilizar tierras, modernizar métodos de cultivo, introducir nuevas espacies vegetales, buscar nuevas salidas portuarias y nuevas perspectivas de explotación. Casi todas las líneas tenían chacras experimentales, algunas destinadas a carnes, otras a cereales, etc.

A mediados de 1869, el Ferrocarril Central Argentino comenzó la tarea de colonizar campos que anteriormente se les habían cedido a ambos lados de las vías tendidas hasta entonces entre Rosario y Córdoba. El impacto del ferrocarril sobre el espacio fue muy importante. Su presencia modificó profundamente el paisaje pampeano. Desde luego, además de las vías férreas, se agrega al paisaje la presencia de las estaciones ferroviarias, tanto en el campo como en los pueblos y las ciudades.

Las estaciones de campo se construyeron al estilo "ingles". En general, poseían características similares: el techo a dos aguas, la sala de espera, la oficina del jefe y el auxiliar, la boletería, y una galería que daba a la vía principal. La estación estaba rodeada de una o varias viviendas y el tanque de agua. Con el creciente manejo de grandes cantidades de carga y de personas sería luego necesaria la construcción de playas de maniobras y clasificación. Otro elemento incorporado al paisaje fueron los inmensos talleres ferroviarios, que se extendían en decenas de hectáreas, ocupando a miles de operarios. Los ferrocarriles construidos fueron el resultado de iniciativa privada y las acciones del Estado. Los inversores privados tendieron sus líneas sobre las áreas de mayor potencialidad económica, y se vieron verdaderamente beneficiados por el sistema de rentabilidad asegurada que el gobierno les ofrecía. Por su parte, el Estado, con sus trazados trató de llevar fomento y población a las regiones marginales y áreas de escaso valor económico. Se buscaba así una rápida adaptación de la región a las necesidades de la economía mundial, tratando de extender el progreso y la riqueza que el aumento del intercambio traía consigo. Por ultimo, cabe destacar que al aumento del intercambio comercial, y de las inversiones de capitales extranjeros en la región –especialmente en la construcción de ferrocarriles- también le correspondió un considerable incremento en la llegada de inmigrantes europeos.

2.3. Las migraciones y su impacto

Las condiciones naturales de la pampa eran ideales para poner en marcha el nuevo sistema económico que quería implantarse en el país. Uno de los problemas que obstaculizaba la conquista de las tierras era la presencia de grupos indígenas que impedía la ocupación de tierras necesarias para la nueva producción. Las tierras de la región pampeana comenzaron a adquirir mayor valorización. Es en ese momento que se toma conciencia de la necesidad de poblar el territorio eliminando a los indígenas. La Conquista del Desierto cumplió con ese objetivo y solo quedaba ocupar el espacio.

La segunda mitad del siglo XIX se caracterizó por la llegada de grandes masas de inmigrantes que fueron poblando el territorio y modificando las actividades que en él se realizaban. Por ejemplo, grupos de inmigrantes irlandeses compraron sus tierras entre 1860 y 1875. La mayoría de ellos se incorporaron al campo, revolucionando las condiciones productivas. La cría del ovino, como ya vimos, fue una de las más importantes. En su mayoría, los inmigrantes provenían de Europa, dado que las condiciones que allí se vivían eran poco favorables. Esta difícil situación provocó la expulsión de grandes oleadas migratorias hacia nuestro país.

Esa expulsión tenía que ver con causas económicas, sociales y demográficas. Por un lado, los procesos de transformación económica provocaron la ruina de actividades tradicionales llevando a muchos productores y agricultores a la miseria. Por otro lado, el excedente de población en el viejo continente producía una tensión entre los habitantes y los recursos disponibles.

Al mismo tiempo, las grandes posibilidades laborales, tanto urbanas como rurales, favorecía a los migrantes europeos convirtiéndose en el principal factor de atracción. También les resultaba atractiva la idea de realizar las tareas que ya no podían desempeñar en sus países de origen. En su mayoría, al llegar al puerto de Buenos Aires declaraban ser agricultores aunque posteriormente desempeñaran otras tareas.

El monopolio de la tierra por parte de los sectores terratenientes nativos evitó la radicación de inmigrantes en el campo y provocó su instalación en las ciudades. Dentro de los que se instalaron en el campo se pudo comprobar que muchos preferían ser arrendatarios de una amplia fracción de tierra antes que ser propietario de otras más pequeñas.

2.4. El comercio exterior

A partir de la segunda mitad del siglo XIX, el "ciclo lanar" va a dominar por sobre los demás rubros. Sin embargo, los saladeros seguirán siendo importantes hasta bien entrada la década de 1880. Este predominio de la producción de lana va a verse favorecido, además, por algunos sucesos internacionales tales como la Guerra de Crimea y la Guerra Civil Norteamericana, que sacan a Rusia y a los Estados Unidos, respectivamente, del mercado mundial de provisión de ese producto. En 1861, las toneladas de lana exportadas suman casi 25.000. Se puede decir que el proceso de mestización llevado a cabo entre los años 1855 y 1860 es fundamental para lograr estas cifras. Durante todo el ciclo, la lana representará casi el 50 % de las exportaciones totales, mientras que los cueros vacunos contribuirán con un promedio del 25 %. Para el año 1865 se produce una gran baja en el precio lo cual trae aparejado una suba en las exportaciones de sebo y grasa vinculada a la matanza de ovejas debido a su desvalorización como producto de exportación. La intensa demanda originada por el constante incremento de la industria textil europea, alentaron a partir de la mitad del siglo XIX la cría de merinos, cuyo valor por la producción anual de lana y final de carne (aprovechada en las graserías), superaba los ingresos del vacuno.

Ya desde finales del siglo XVIII, los cueros producidos en las provincias del Litoral y la Banda Oriental habían completado los embarques de metálico que empezaban a escasear. Durante las ultimas décadas del período colonial, los bienes rurales llegaron a representar una cuarta parte del valor de las exportaciones salidas por el Río de la Plata. más tarde el sebo o la carne salada ayudaron progresivamente a contrarrestar el desequilibrio inicial en el comercio exterior. El resultante aumento de las exportaciones rurales ha sido tomado por la historiografía como el indicador de la expansión de la economía ganadera a lo largo de la primera mitad del siglo XIX en la región. Para la década de 1820, eran unos 624.000 cueros al año que llegaron hasta un máximo de 2.662.000 a comienzos de la década de 1850.

Sucesivamente los cueros aumentaron su proporción y para la década de 1840 formaban entre el 60 y 70 por ciento del valor total de las exportaciones. La proporción de productos pastorales sube a más del 90 por ciento cuando se incluyen los otros bienes procesados. Recién en la década de 1850, los embarques de lana pasaron de un 10% a un cuarto del valor de las exportaciones totales. No sorprende entonces que el incremento espectacular en las cantidades de cueros embarcados hacia países del Atlántico Norte se haya utilizado repetidamente como la evidencia del crecimiento de esta economía.

3. EL PAPEL DEL ESTADO EN EL PROCESO DE TRANSFORMACION

Como mencionamos anteriormente, para activar la producción en la región de la pampa, y establecer vínculos con el exterior era necesario conquistar y distribuir la tierra, atraer y poblar con fuerza de trabajo inmigrante y obtener los capitales extranjeros necesarios para la producción. El estado argentino, a través de la implementación de nuevas políticas, abrió esas posibilidades económicas mediante la conquista de nuevas tierras, la promoción de la inmigración y el establecimiento de colonias en la región.

La inmigración fue promovida por el estado argentino a través de la Ley 817 de Inmigración y Colonización sancionada en 1876, que veremos más adelante. Es importante aclarar que esta ley contribuyó de manera limitada a promover la inmigración europea. En cuanto a la colonización, también tuvo escasa implementación práctica, salvo entre 1887 y 1889, durante el gobierno de Juárez Celman.

3.1. Colonización y expansión del territorio.

Aunque hombres como Avellaneda, Sarmiento, Rufino Várela y Carlos Casares se inspiraban en el modelo estadounidense de colonización de la frontera, el resultado efectivo de las políticas oficiales en materia de tierra pública estaría muy lejos de aquel modelo, y la especulación y la gran propiedad fueron la consecuencia de estos cuarenta años en la historia de la provincia de Buenos Aires. La propiedad de la tierra comenzó a jugar un papel clave en el patrón de acumulación que fueron diseñando los estancieros en la segunda mitad del siglo XIX. Por lo tanto, había buenas razones para presionar al gobierno a vender a bajo precio y para comprar enormes extensiones de tierra pública cuando se abría esa posibilidad. Tal vez por ello, proyectos como los de Sarmiento y Casares para promover el desarrollo de la agricultura y la división de la tierra estuvieron condenados de antemano al fracaso.

De esta manera, se realizaron dos campañas al "desierto", la de Adolfo Alsina primero, en una estrategia defensiva y luego Julio A. Roca, quien avanzó en forma definitiva sobre los dominios de los indios. En 1864 el gobierno ponía en venta todas las tierras disponibles dentro de la línea de frontera definida en 1858, y que sumaban más de dos millones de hectáreas. Se daba prioridad para la compra a arrendatarios y subarrendatarios, pero los precios estipulados fueron considerados muy altos en su momento: $ 400.000 por legua cuadrada al norte del Salado y $ 200.000 al sur. (5,44 $ oro y 2,72 $ oro la ha respectivamente). Se vendieron muy pocas tierras bajo esta ley, que fracasó en su propósito. Sólo 46 arrendatarios efectuaron operaciones por 105.776 hectáreas, dado que los altos precios fijados para la venta de las tierras contrastaban con el arriendo que tenía estipulados muy bajos valores.

El 14 de agosto de 1871 se sancionó la tercera ley de venta de las tierras públicas arrendadas, en este caso las existentes fuera de la línea de frontera. En la discusión legislativa hubo acuerdo en que los precios debían ser moderados, indicando precios diferenciales para tres regiones diferentes. La Sociedad Rural Argentina, corporación fundada en 1866 que representaba a los hacendados de Buenos Aires, insistió mediante la presión de aquellos de sus miembros que eran legisladores, en que los precios debían ser bajos y los plazos para los pagos amplios y generosos. El total de la tierra vendida a partir de la sanción de la ley de 1871 fue de 3.807.852 has. entre 438 personas. Se decidió que la forma de pago se integrara por la décima parte al contado y ocho anualidades. Aún con estas facilidades, decretos posteriores pusieron en evidencia que los compradores no pagaban con puntualidad ni siquiera la parte correspondiente al contado y menos aún las anualidades.

Por último, la mal llamada "Conquista del Desierto" completó el proceso de apropiación. En realidad, dos adelantos técnicos determinaron el éxito de esta nueva estrategia ofensiva: el telégrafo, que hacia posible la comunicación entre los fortines y los fusiles Rémington, que ponían en evidente desventaja a los indios que se defendían con lanzas y boleadoras en lucha cuerpo a cuerpo. Las estimaciones admiten la existencia en ese "desierto" de unos 20.000 habitantes. Como señalan Brailovsky y Foguelman, el discurso oficial trataba de eludir la contradicción de los términos: "era necesario conquistarlo, precisamente porque no era un desierto".

En 1878, el gobierno había autorizado un empréstito internacional para solventar los gastos de esa campaña, con garantía de las tierras a conquistar. Dicho empréstito consistió en la suscripción de 4.000 obligaciones de 400 pesos con derecho a 2.500 hectáreas de tierra. En realidad, no se podían realizar adjudicaciones por menos de 4 obligaciones, de tal manera que cada suscriptor se aseguró 10.000 hectáreas. Con las leyes sancionadas entre 1878 y 1885, el proceso de apropiación de la tierra se realizó muy rápidamente. Esta distribución aseguró el carácter latifundista que la propiedad que caracterizará a la Argentina en el período siguiente.

Las políticas para atraer inmigrantes y la necesidad de ocupar el territorio provocaron que se produjeran diversos tipos de colonización en el espacio pampeano. Uno de los tipos de colonización es el que tuvo lugar en la provincia de Santa Fe. Hacia 1870 una porción de las tierras privadas de la provincia se hallaba en manos de unos pocos individuos.

En 1883 se podía apreciar la existencia de varias zonas:

  • La región norte, donde predominaban las grandes propiedades
  • La región centro
  • El extremo norte de la región sur, donde había un gran avance de las colonias agrícolas
  • El sur de Santa Fe, donde predominaban las estancias;
  • La franja este de todas las regiones mencionadas, donde era posible observar el predominio de estancias pequeñas y medianas.

Entre 1872 y 1883, muchas propiedades comenzaron a dividirse y a ser ocupadas por estancias lanares y por las colonias agrícolas. Las colonias agrícolas en Santa Fe tuvieron distintas formas de organización. Pueden distinguirse 4 sistemas de organización:

  • Colonias fundadas por el gobierno nacional o provincial. El número de estas colonias fue insignificante. Algunas de estas tierras demostraban ser poco aptas para los cultivos cerealeros. Este sistema resultó ser costoso e ineficiente y, hacia 1880 fue casi totalmente abandonado. Se puede mencionar como ejemplo a Avellaneda y Reconquista.
  • Colonización oficial. En las primeras etapas de colonización la mayoría de las colonias se fundaron bajo este sistema. El gobierno provincial vendía o daba en concesión grandes superficies a particulares y exigía el cumplimiento de algunas obligaciones, por ejemplo, una parte de la superficie. Esperanza y san Carlos son ejemplos de este tipo de colonización.
  • Colonización privadas. Hacia 1895, la mayoría de las colonias había sido fundada bajo este sistema. En este tipo de colonización, el empresario compraba la tierra al precio de mercado y la vendía al mejor postor. Adquiriendo las tierras de esta manera se eximía del pago del impuesto de contribución directo por 3 o 5 años.
  • Colonización particular. La diferencia que tiene este sistema era que no había facilidades impositivas ni obligaciones para el empresario. Es sistema consistía en que el comprador rentaba la tierra a un intermediario que luego la subdividía en lotes que entregaba en arriendo a los colonos.

Con el estallido de la guerra de Paraguay se amplió el mercado para la producción de colonias. Cuando el conflicto finalizó, éstas enfrentaron algunos de los viejos problemas, por ejemplo, el alto costo del transporte. A pesar de estas dificultades, el proceso de colonización en Santa Fe seguía progresando. Los años 80 son considerados como la Edad de oro de la colonización agrícola. En esa época los campos de trigo de Santa Fe, fueron vistas como las tierras de promisión para muchos inmigrantes europeos.

En cambio, en Buenos Aires no existían tierras públicas para que se instalaran los inmigrantes, por lo tanto, la política de colonización fue diferente a la de Santa Fe. A partir de 1888 se pone en práctica la Ley de Centros Agrícolas que aprueba como plano modelo para la traza de un centro agrícola el confeccionado por el Departamento de Ingenieros, estableciendo que todas las concesiones se debían ajustar a él.

Así es como entre febrero y abril de 1888 se solicitan 10 concesiones para fundar centros agrícolas. Los lugares con mayor cantidad de centros concedidos fueron: La Plata, Lincoln, Bahía Blanca, Chivilcoy y Alsina.

Las peticiones de tierra pública al gobierno para formar dichos centros fueron numerosas y sin medida ni restricción. Esto explica el hecho de que la Ley de Centros Agrícolas de 1887 solo resultó adecuada en teoría, porque en la práctica no fue capaz de asegurar el cumplimiento de las obligaciones contraídas por los empresarios. Por ejemplo, no todas las concesiones fueron dedicadas al fomento agrícola. La Sociedad Rural Argentina destacó y elogió las operaciones realizadas durante 1888 en relación con esa ley y, al mismo tiempo, observó con satisfacción las iniciativas que desarrollaron la creación de estas colonias.

El 29 de noviembre se presenta un proyecto de ley para el establecimiento de 4 colonias agrícola-pastoriles en tierras bonaerense. El propósito era desarrollar la agricultura. Finalmente, el proyecto no prosperó. Otro intento por concretar los objetivos formulados en la Ley del 25 de noviembre de 1887, es el establecimiento de almacenes generales en los centros agrícolas. El gobierno bonaerense actuó con mano débil ante los abusos cometidos por los empresarios de centros agrícolas, provocando lesiones graves en la economía provincial.

La ley de Inmigración y Colonización de 1876

En el primer año de su gobierno, Avellaneda presentó varios proyectos de tierra pública. El que fuera presentado el 18 de septiembre de 1875 aseguraba la colonia galesa ubicada en Chubut, que se había iniciado 1865. La ley repartía a los colonos, además de las 25 hectáreas que ya se poseían, 100 hectáreas más con derecho a adquirir por compra otras 300, al precio de 2 pesos la hectárea a pagar en 10 años.

Pero la ley más fuerte fue la del 19 de octubre de 1876, que dio base y articulación a la política agraria durante más de 30 años. Se creó el departamento de inmigración, con atribuciones para una acción coordinada que asegurara el ingreso y la estadía de los inmigrantes en el país, la comunicación constante con los agentes de inmigración en el exterior y con las demás autoridades y entidades competentes. Facilitaría la llegada de inmigrantes, contrataría el pasaje con empresas de navegación, proveería a la colocación de los recién llegados por intermedio de las oficinas de trabajo, cooperaría en el traslado de los inmigrantes al interior del país, etc.

Los agentes del exterior harían propaganda positiva dando a conocer las condiciones de su suelo, y la remuneración que podría obtener en él todo un trabajador honrado. Las comisiones de inmigración y las oficinas de trabajo dependerían del departamento de inmigración; recibirían, alojarían y trasladarían hasta su destino a los inmigrantes. La ley también definía a los inmigrantes y lo hacía de la siguiente manera: "todo extranjero jornalero, artesano, industrial, agricultor o profesor, que siendo menor de sesenta años, y acreditando su moralidad y sus aptitudes, llegase a la República para establecerse en ella." Reuniendo estas características, el extranjero se hacia acreedor a la asistencia del departamento general de inmigración, que consistía en alojamiento y alimentación durante cinco días después del desembarco en hoteles habilitados a esos fines; ser colocados en la industria o actividad de su preferencia; ser trasladado gratuitamente al lugar que quisiera dentro del territorio nacional y eximirse del pago de derechos por la introducción de su equipaje y de los instrumentos del arte u oficio que ejerciera.

Todo esto era un plan orgánico de inmigración y colonización en una escala que nunca antes se había hecho hasta entonces y establecía toda una serie de estímulos y privilegios para los pobladores de las colonias.

Las crisis de 1866 y 1873 y sus consecuencias para este proceso de transformación

La crisis de 1866, menos aguda en Europa que la anterior, tuvo efectos dispares en la Argentina: por un lado, se distinguen dos factores: los desordenes monetarios y la Guerra del Paraguay. Para esa época, el comercio y la exportación del ciclo lanar sufrió un duro golpe cuando los Estados Unidos cerraron ese mercado a las lanas argentinas.

Las perturbaciones monetarias comenzaron a producirse a partir de 1864, año en que comienza a escasear el circulante necesario para las transacciones. Como dijimos antes, durante los años anteriores, la moneda había sido permanentemente devaluada. Junto a esto, las continuas y cada vez mayores emisiones de moneda sin respaldo, causa de esa depreciación, hizo que hacia 1862 el circulante fuera de 185 millones de pesos.

Dentro de este complicado panorama, el intento de crear una Caja de Conversión en 1864 fracasó por la falta de oro. Sin embargo, a partir de ese año, el papel moneda comienza un proceso inverso al que llevaba hasta ese momento. Además, a partir de 1861, la emisión disminuyó, al tiempo que la producción iba en ascenso. Esta valorización de la moneda provocaba las reacciones de los exportadores, quienes veían reducidas sus posibilidades de exportar. Mientras tanto, la Guerra del Paraguay se llevaba brazos hacia el frente y agravaba aun más la situación en el campo.

En 1867, la citada restricción del mercado norteamericano de lanas, sumada a la posibilidad de una guerra entre Francia y Prusia, sumió al sector lanero en la crisis. La superproducción en Argentina y Australia saturó los mercados mundiales de la lana e hizo bajar los precios, desvalorizando tierras y ganado.

Pese a todo, la Guerra del Paraguay produjo ciertos efectos de reactivación económica que ponen un velo a la crisis, aunque no en el sector lanero. El oro brasilero, que comienza a entrar por las compras de los proveedores de los ejércitos en campaña, provoca un fuerte clima especulativo, especialmente en tierras. Este oro servirá, también, para realizar finalmente la conversión 25 a 1 que había sido planteada en 1864.

Hacia 1873 se advierten los primeros síntomas de otra crisis provocada por el exceso de circulante que produjo una euforia exagerada en los negocios y las especulaciones y un alza de los precios. En 1874 el exceso de la importación condujo a la necesidad de exportar dinero en metálico. El gobierno nacional retiró fuertes sumas del Banco de la Provincia de Buenos Aires para pagar sus obligaciones, el Banco restringió el crédito y esto, unido a las fuertes inversiones especulativas, creó una escasez de circulante, que trajo aparejada la paralización de los negocios, las quiebras, la reducción de la importación y la consiguiente disminución de las rentas del Estado. Como una buena proporción de éstas era destinada al pago del servicio de la deuda contraída en el exterior, la posibilidad de una suspensión de pagos amenazó el crédito internacional de la Argentina.

La situación se fue agravando hacia el año 1876, complicada por la inestabilidad política que se prolongó hasta la política de conciliación del año siguiente. Pero las bases económicas del país no habían sido afectadas por la crisis. El campo continuó aumentado su producción y eso permitió mantener un ritmo de exportación sostenido -aunque inferior a los años anteriores- hasta que pudo ser superada la crisis financiera. En esta ocasión el campo salvó al país. Salvó también a los ferrocarriles, cuyo nivel de ingresos se mantuvo al margen de la crisis.

La acción del gobierno no fue en modo alguno pasiva en esta emergencia. En al momento crítico suspendió la convertibilidad del papel moneda en metálico para evitar la desaparición de éste último. El gobierno realizó una fuerte reducción del gasto: el gasto público descendió de más de 31 millones de pesos en 1873 a algo menos de veinte millones en 1877. Avellaneda se propuso salvar el crédito del país, tan indispensable para el futuro desarrollo, que constituía el programa económico básico de los gobiernos de la época: "La república -dijo- puede estar dividida hondamente en partidos internos; pero tiene sólo un honor y un crédito, como sólo tiene un nombre y una bandera ante los pueblos extraños. Hay dos millones de argentinos que economizarán sobre su hambre y sobre su sed, para responder en una situación suprema a los compromisos de nuestra fe pública en los mercados extranjeros".

La Oficina de Cambios de 1867 realmente se llena de oro, y lo que hace es emitir billetes contra el metal. En definitiva, los bancos estaban creando dinero. El problema era para qué se usaba el crédito. La creencia de que el único limite del crédito es la demanda está bien si el crédito sirve para la producción. Los créditos baratos, por el contrario, facilitarán la compra y especulación de tierras.

Esta situación arrastra, también, a los bancos hipotecarios. Estos emiten cédulas hipotecarias a montones que agarran todo el periodo de aumento del valor de la tierra. Se hipotecaba el campo cuando la tierra valía 1.000. Si el banco quería ejecutar, después del desplome, la tierra ya no valía nada. El problema es que todo el oro era prestado y no se estaba dedicando a la inversión. Esta situación va preparando la crisis de 1875.

Como toda esta situación era ficticia, cuando se cortan los flujos de capital, sobreviene la crisis. Incluso, las inversiones extranjeras indirectas, que son las que más abundan, se van, porque vinieron a buscar ganancias. De esta manera, se desploma todo. Avellaneda, que es el presidente del desplome, se encuentra ante una disyuntiva: dejar que las cosas sigan funcionando así, con lo cual no se podían pagar los servicios de la deuda, o hacer una reforma arancelaria, contener el gasto publico y pagar la deuda.

Avellaneda está haciendo exactamente lo contrario a lo que quieren los ingleses. Hasta el Times de Londres pedía que no se pagara la deuda. Era lo peor que le podía pasar a los ingleses: que la Argentina pusiera trabas a las importaciones. A los ingleses no les afectaba que el no pago de los intereses de la deuda; lo que les afectaba era la reforma arancelaria. Y, a pesar de todo, Avellaneda la lleva adelante.

La crisis de 1873 no afectó demasiado a Inglaterra, por lo cual en 1876 los capitales comienzan a venir nuevamente a la Argentina. Es a partir de esta crisis cuando se abre la discusión entre proteccionismo y librecambio. Pero cuando las cosas comienzan a mejorar, los ganaderos se retiran de la discusión, dejando solos al alsinismo y al Club Industrial.

Con respecto a la comparación entre la crisis de 1866 y la de 1873, Chiaramonte dice que "la crisis de 1873 difiere de la del 66 por los sectores de la economía afectados con más fuerza; mientras que en la anterior, la producción lanera sufrió las peores dificultades, en el ciclo posterior, el comercio y las finanzas estatales fueron los más maltrechos".

4. A modo de conclusión

Finalmente, a lo largo de este trabajo hemos tratado de describir cómo la actividad económica de la región pampeana se vio modificada al ritmo de la economía capitalista mundial.

En la segunda mitad del siglo XIX se consolida el esquema de la "estructura agroportuaria". Las sucesivas campañas militares fueron alejando a los indios y permitieron extender la frontera ganadera, más por exigencia de los mercados externos que por presión de la población o de la agricultura por nuevas tierras. Las necesidades de la industria textil inglesa favorecieron la expansión del ovino, hasta que el frigorífico valorizó nuevamente la producción de carnes.

El hecho más importante para la conquista del territorio fue el ferrocarril, que actuó como nexo entre las unidades de producción y el puerto, llevó mano de obra a los campos y permitió la expansión de la agricultura en territorios más alejados. La mayor parte de la red ferroviaria se construyó, como vimos, en estos años.

La agricultura, que no tuvo una gran expansión en la primera mitad del siglo XIX, se había mantenido como una actividad destinada a satisfacer los mercados locales, desarrollada en el área de influencia de los centros urbanos, comenzó su expansión. La colonización agrícola en la pampa norte se inició con pequeñas propiedades en Santa Fe y luego adquirió gran desarrollo en esa provincia y en Buenos Aires, Entre Ríos y Córdoba, colocando al país entre los principales exportadores mundiales de granos en el comienzo del siglo XX.

El factor fundamental del poblamiento fue la gran inmigración de europeos, como consecuencia del exceso de habitantes en el viejo mundo, que alcanzó gran intensidad a fines del siglo XIX y principios del XX. Los extranjeros representaron la mano de obra idónea para la agricultura, aunque la gran mayoría se quedó en las ciudades, dada la escasa posibilidad de acceso a la tierra.

De esta manera, los hechos brevemente descriptos muestran que esta transformación del sector agropecuario argentino no solo fue consecuencia de la nueva visión capitalista del mundo y de la división internacional del trabajo, sino, también, de las políticas adoptadas por el Estado argentino y la clase oligárquica que detentó el poder en el período estudiado y que fue la gran beneficiaria de la transformación descripta.

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Jorge S. Zappino

Licenciado en Ciencia Política (Universidad de Buenos Aires)

Magister en Historia Económica y de las Políticas Económicas (Universidad de Buenos Aires)


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