Un sueño… Una búsqueda…La Realidad

Enviado por alimac167

Monografía de La fiebre del oro en "Hija de la Fortuna" de Isabel Allende

  1. Introducción
  2. Argumento de la novela
  3. Contexto histórico
  4. La fiebre del oro
  5. Conclusión
  6. Bibliografía

Introducción

Hija de la fortuna, de Isabel Allende, es un retrato palpitante de una época marcada por la violencia y la codicia, en la cual los protagonistas rescatan el amor, la amistad, la compasión y el valor.

En el siguiente trabajo monográfico, proponemos introducirnos en la famosa "Fiebre del oro", un momento importante en la historia de California. Trataremos de analizar en detalle aquella nueva sociedad creada a partir de la masiva inmigración de hombres de todo el mundo, veremos su escasa organización y su forma de enfrentarse a la realidad que no era igual a la que podrían haberse imaginado.

Hemos elegido la novela de Isabel Allende ya que presenta un fuerte contexto histórico y una mezcla de realidad y ficción que resulta fascinante. Como analizaremos en el siguiente trabajo su amplia variedad de personajes describen la innovadora sociedad.

Iniciaremos el trabajo con el argumento de la novela. Además, para situarnos en la época en la que transcurre la historia, nos hemos propuesto investigar el contexto histórico. Luego continuaremos con el tema principal "La fiebre del oro", veremos la vida de los hombres y mujeres de las distintas razas, y cómo influye este momento en los deferentes personajes de la novela.

Argumento

En 1848, estalló en California la famosa Fiebre del Oro que tuvo repercusión en la vida de diferentes personas en muchos lugares del mundo. Es así el caso de Eliza, la protagonista de la novela ¨Hija de la fortuna¨ de Isabel Allende. Eliza, una niña que irrumpió en una familia inglesa conformada por tres hermanos inmigrantes en Chile, los Sommers. Uno de ellos era Jeremy, quien estaba a cargo de la Compañía Británica de Importación y Exportación, donde decía haber encontrado a Eliza. El mayor era John, quien demostraba sentimientos de afecto hacia la niña, era un capitán dedicado a andar por el mundo sobre el mar. La mujer de la casa era Miss Rose, una bella soltera de sólo veinte años, pero ya era una mujer con un pasado en el que un desengaño amoroso lo haría inolvidable. Eliza fue criada por ella, creció en la armadura impenetrable de las buenas maneras y las convenciones, entrenada para complacer y servir, limitada por el corsé, las rutinas, las normas sociales y el temor. Eliza asistía a un colegio para niñas de familias bien formadas, y para permanecer allí debió aprender a tocar el piano obligada por Miss Rose. Junto a ellos convivía una ama de llaves y a su vez cocinera, llamada Mama Fresia, una india que vivía haciendo culto a sus creencias. Eliza solía pasar mucho tiempo junto a ella, ya que era su compañera de alma.

La niña fue creciendo hasta llegar a la pubertad, donde sus cambios físicos la conmovían y fue cuando la familia decidió que ya estaba preparada para innovar en un matrimonio. Miss Rose a pesar de no estar de acuerdo con los casamientos ya que sostenía que la mujer perdía autoridad en la pareja, dejó convencerse por su hermano Jeremy y se involucró en la búsqueda del mejor candidato. El más indicado era el Señor Michael Steward, quien terminó enamorándose de Miss Rose.

Un viernes de mayo de 1848, un joven de dieciocho años se acercó a la casa de los Sommers, era un empleado de la empresa de Jeremy, y llevaba una carga para almacenar allí. Su nombre era Joaquín Andieta, y fue el hombre que cambió la vida de aquella muchacha ingenua de sólo dieciséis años. Ni bien lo vio sintió una pasión abrumadora, creyó encontrar su destino: sería su esclava para siempre. En ese momento no pudo pronunciarle una palabra, pero a los pocos días cuando él volvió a buscar la carga, Eliza le entregó una carta para que acudiera a su encuentro. Sería un miércoles, era el mejor día para salir de la casa sin que nadie sospechara. La primera cita fue una noche de luna llena donde sólo intercambiaron algunas palabras. Así se vieron por muchos miércoles más, hasta que una noche, mientras toda la familia dormía, Eliza invitó al muchacho a su casa, y fue esa noche cuando se entregó a Joaquín en el cuarto de los armarios. Así se vieron muchas veces más, Eliza estaba perdidamente enamorada de él, estaba dispuesta a dar su propia vida por aquel joven de mirada intensa.

Todo marchaba a la perfección, hasta que un día llegó a sus oídos la dorada noticia, y fue esa noticia la que cambió sus vidas para siempre. Fue un día de agosto, cuando Joaquín le comunicó a su amada que se embarcaría hacia California, él veía cercana la oportunidad de sacar la pobreza de su vida y no podía desaprovecharla. Y así partió junto a un gran grupo de hombres hacia el norte, dispuestos a encontrar fortuna. A los pocos meses de su partida, Eliza descubrió que una criatura convivía con ella en su vientre, se encontraba sola y desamparada por lo que habló con Mama Fresia quien intentó provocarle un aborto, pero este, por razones del azar, no resultó.

Una tarde en el puerto, John le presentó a la familia su cocinero, Tao Chi´en, un médico chino plagado de sabiduría, con un intenso pasado en el cual había perdido a su hijo y a su amada esposa, Lin. Eliza decidió pedirle ayuda a este hombre alto, curtido por los vientos de muchas latitudes, con una barba oscura y ojos de acero. Ella se embarcaría ante la odisea de salir en busca de su amante, escondida en la cala del bergantín Emilia. Recibió también el auxilio de Mama Fresia, quien luego debió retirarse de su trabajo y volver a su pueblo natal. En el viaje comenzó a sentirse mal, por momentos perdía el conocimiento, pero gracias a la ayuda de su amigo, el médico Tao Chi´en y de una de las prostitutas que se habían embarcado, Azucena Placeres, logró sobrevivir a pesar de perder a su bebé en el camino. El viaje se hizo infinito, insoportable, Eliza no pudo ver la luz original hasta el día en que desembarcaron en las tierras californianas, allí debió vestirse con las ropas de Tao para pasar desapercibida, ya que las mujeres allí eran escasas y muy deseadas por la multitud del lugar. Se hizo pasar por el hermano tonto y sordomudo de Tao mientras recorrían el lugar, y al ver tanta gente las esperanzas de encontrar a su amado se iban haciendo agua. Eliza pasaba desapercibida en el papel de muchacho oriental, y observaba esa tierra plagada de hombres solos y prostitutas, también como los adoradores del becerro del oro perdían el alma en el camino a la fortuna.

A medida que transcurrían los días la dominaban sentimientos encontrados por su compañero de aventuras. Hasta que un día él decide quedarse en Sacramento y Eliza debió seguir el camino sola. Como lo echaba de menos, le escribía todos los días relatándole sus sentimientos y la manera de encontrar fuerzas para seguir adelante en su búsqueda. Cuando se le acabó el dinero, comenzó a trabajar interpretando la correspondencia de los mineros, de los cuales la mayoría eran analfabetos, para aquellos hombres solos rodeados de codicia y violencia, recibir una carta de sus seres queridos significaba aún más que el oro de sus bolsillos, por lo que se lo daban a Eliza para que leyera sus cartas. En este trabajo tomó el nombre de Elías Andieta, y decía ser el hermano de Joaquín de quien iba en búsqueda. Luego de unas semanas decidió que debía seguir su camino, cabalgó a lo largo de la Veta Madre de sur a norte, desde Mariposa hasta Downieville y luego de vuelta, siguiendo la pista cada vez más confusa de Joaquín por cerros abruptos, desde los lechos de los ríos hasta los faldeos de la Sierra Nevada. Al preguntar por él al principio, pocos recordaban a una persona con ese nombre o descripción, pero hacia finales del año su figura fue adquiriendo contornos reales y eso le daba fuerza a la joven para continuar su búsqueda.

Una tarde una caravana de vagones recorrió la calle y se detuvo a la salida del pueblo, se trataba de uno de los saloons, donde vendían botellas de ron y pilas de tarjetas postales de mujeres en cueros. También vendían libros en ediciones vulgares, que fueron anunciados como «romances de alcoba con las escenas más calientes de Francia». La dueña se llamaba, Joe Rompehuesos, una fornida holandesa de Pennsylvania, quien encontró su destino en la inmensidad del Oeste. En ese acogedor lugar comienza a tocar el piano para animar la fiesta. En compañía de Joe y de las palomas mancilladas (las chicas que se ganaban la vida con la más antigua profesión del mundo), Eliza se enamoró de la libertad. Todos pensaban que "el chilenito", como la apodaban, era simplemente un afeminado. Con la caída del invierno, Joe decide detener los vagones y hacerse cargo de los enfermos. Un día tocó la puerta un hombre congelado, totalmente incógnito y misterioso, que le cuenta a Eliza sobre Joaquín Murieta, pero sin seguridad de que sea su amado. Eliza demuestra su valor "de hombre" cuando debe amputarle los dedos a este hombre sin nombre para que no pierda la mano.

Joaquín Murieta junto a su banda son conocidos por sangrientos crímenes y por sus grandes robos de dinero a gringos, que reparte entre la colonia hispanoamericana y por eso es llamado Robin Hood.

Eliza, aunque al principio había rechazado la posibilidad de que su Joaquín fuera un vulgar asesino capaz de las peores atrocidades, pronto se convenció de que el personaje calzaba perfectamente con el joven de sus recuerdos. Se convencía de que tal vez no era Joaquín Murieta quien torturaba a sus víctimas sino sus secuaces, como aquel Jack Tres-Dedos, de quien se podía creer cualquier atrocidad.

Un famoso periodista llamado Jacob Todd, con el nombre de Jacob Freeman, un viejo pretendiente de Miss Rose, conocido de la infancia por Eliza, decide ir en busca de Murieta para relatar su historia y hacerse famoso. Al enterarse de esto, Eliza visita a Jacob y éste al reconocerla manda a llamar a su supuesto tío John, quien después de muchos años reconoció ser el padre de la joven. Este se dirige a Chile, donde cuenta la noticia y Miss Rose, ya muy angustiada, decide emprender el viaje en busca de su tesoro perdido.

Luego de una epidemia que contagió a todos en los vagones, Joe Rompehuesos decide cerrar el negocio, por lo que Eliza se va a vivir con su entrañable amigo Tao. Con la ayuda de este, desiste de la idea de seguir buscando a su escurridizo amado, lo que la hace sentir cada día más atraída por su compañero. Eliza ayuda a Tao en el consultorio y se encarga de las sing song girls, unas pobres chinas maltratadas, junto a su amigo las ayudan a escapar de su futuro.

Ante el clamor popular, el gobernador puso precio a la cabeza de Joaquín Murieta con un plazo de tres meses. El 24 de julio, a pocos días de que se cumpliera el plazo asignado, el capitán Harry Love y sus mercenarios matan a Murieta. Su cabeza es puesta a la vista de todo el pueblo, y Eliza, ya en ropas de mujer, va a reconocer a su amado en compañía de su futuro pretendiente, Tao. Ya nadie podría quitarle esas alas nuevas que comenzaban a crecerle en su espalda.

Contexto histórico

En 1848, Juan Augusto Sutter, nacido en Reynenberg, Alemania, había emigrado a América para buscar fortuna. Atraído por la fertilidad del suelo, se estableció en el valle del Sacramento y se convirtió rápidamente en el hombre más importante de la región. En enero de ese mismo año, nueve días después del término de la Guerra entre Estados Unidos y México con la firma del Tratado de Guadalupe Hidalgo, un joven carpintero que trabajaba con Sutter, James Wilson Marshall, mientras verificaba el estado de un desaguadero en el cual había corrido agua durante la noche, encontró un pedazo de metal brillante, uno de los millones de pepitas de oro que habían bajado por la fuerza de las corrientes de la sierra durante milenios.

Marshall llevó la pepita a Sutter. Una vez convencidos de que se trataba de oro, volvieron a toda prisa al aserradero, removieron el agua en busca de más oro y se miraron abiertamente a los ojos. Habían descubierto la tierra del oro. El Sacramento se convirtió así en el nuevo Pactolo (río en el que, según la leyenda mitológica, se bañó el Rey Midas y que desde entonces arrastra pepitas de oro). Juraron que guardarían el secreto. Pero probablemente el fuerte de Sutter fuese el peor lugar de California para guardar un secreto, y empezaron a verse pepitas en los bares y tiendas de la zona y en las ciudades misionales. Sam Brannan terminó de romper este secreto mal guardado. El 12 de mayo se paseó por la calle Montgomery, en San Francisco, con un sombrero de piel de castor y un recipiente lleno de polvo de oro en sus manos, gritando: ¨¡Oro!¡Oro!¡Oro en American river!¨.

"Poco después Sam Brannan, editor de un periódico y predicador mormón enviado a propagar su fe, recorría las calles de San Francisco anunciando la nueva. Tal vez o le habrían creído, pues su fama era algo turbia – se rumoreaba que había dado mal uso al dinero de Dios y cuando la iglesia mormona le exigió devolverlo, replicó que lo haría… contra un recibo firmado por Dios – pero respaldaba sus palabras con un frasco lleno de polvo de oro, que pasó de mano en mano enardeciendo a la gente."

Las noticias se difundieron tan rápidamente como lo permitieron los tiempos. El mundo entero llegó a conocer la dorada noticia. Los barcos que navegaban por el Pacífico llevaron estas noticias a Perú, Chile, Hawai y Australia.

"La noticia del oro descubierto en California llegó a Chile en agosto. Primero fue un rumor alucinado en boca de navegantes borrachos en los burdeles de El Almendral, pero unos días más tarde el capitán de la goleta Adelaida anunció que la mitad de sus marineros había desertado en San Francisco.

    • ¡Hay oro por todas partes, se puede recoger a paladas, se han visto pepas del tamaño de naranjas! ¡Cualquiera con algo de maña se hará millonario!- contó ahogado de entusiasmo."

Pronto la horda de los buscadores de oro invade la región. Aquel alud humano, sin más ley que la fuerza de sus puños y los caños de sus revólveres, cubre la apacible y floreciente comarca. La áurea promesa empuja a aquellos hombres. Abandonan familia, tierras, negocios, todo, para enrolarse en una aventura tan incierta como peligrosa. Las ciudades se despoblaron, los comerciantes abandonaron sus actividades, los vaqueros soltaron el ganado a su suerte, los tenderos traspasaron sus negocios por cualquier cosa, los médicos renunciaron a su apostolado e incluso los soldados desertaron y los aventureros bajaron en masa al valle del Sacramento. El tropel frenético se encamina en pos del sueño americano materializado en el metal patrón del hombre.

"Al grito de ¡Oro! ¡Oro! tres de cada cuatro hombres abandonaron todo y partieron a los placeres. Hubo que cerrar la única escuela, porque no quedaron ni los niños."

En 1848, a pesar de la guerra de México con Estados Unidos, California seguía siendo considerado como un lugar remoto y perdido. A fines de ese año, 6.000 hombres trabajaban en las excavaciones por los principales ríos y cerros del lejano California, nadie desconfiaba de la promesa de ¡Oro Gratis!, el oro estaba "ahí tirado" para quien lo juntara.

Al año siguiente, se inició formalmente la Fiebre del Oro. Surgieron y florecieron entonces ciudades que desaparecieron con igual rapidez. A fines de ese año casi 90.000 gambusinos habían llegado a California.

"Por primera vez en la historia, el oro se encontraba tirado por el suelo, sin dueño, gratis y abundante, al alcance de cualquiera resuelto a recogerlo."

Los gambusinos eran un grupo mezclado. Prácticamente todos eran hombres, y una tercera parte venía del extranjero. Entre los no estadounidenses, el mayor grupo era de ingleses, seguido de franceses, mexicanos, hawaianos, australianos y chilenos. Los mineros provenían de todas las clases de la sociedad euroamericana. La mala pasión llamada codicia cala hondo y no distingue clase social o color de piel. En la novela, la autora denomina a esta mezcla de inmigrantes como los argonautas y los describe de la siguiente manera:

"De las más lejanas orillas llegaban los argonautas: europeos escapando de guerras, pestes y tiranías; yanquis ambiciosos y corajudos; negros en pos de libertad; oregoneses y rusos vestidos con pieles, como indios; mexicanos, chilenos y peruanos; bandidos australianos; hambrientos campesinos chinos que arriesgaban la cabeza por violar la prohibición imperial de abandonar su patria. En los enlodados callejones de San Francisco se mezclaban todas las razas."

El 9 de septiembre de 1850 California pasó a formar parte de la Unión. En noviembre de 1849 ya casi había formado un gobierno local y redactado una constitución que garantizaba el derecho a disfrutar y defender la vida y la libertad, adquiriendo, poseyendo y protegiendo la propiedad, y buscando la felicidad, una mezcla de lo sublime y lo práctico, típicamente californiana. Pero el gobierno y la política apenas despertaban el interés de los buscadores de oro.

"En septiembre de 1850, le tocó participar en una ruidosa celebración patriótica cuando California se convirtió en otro Estado de la Unión. La nación americana abarcaba ahora todo el continente, desde el Atlántico hasta el Pacífico."

Al terminar 1850, ya se había agotado el mineral más accesible, y la explotación requirió especialistas y mucho capital. En octubre de ese año, unos 57.000 mineros trabajaban en arroyos dorados que corrían por las cuestas occidentales de la sierra. Sin embargo, las multitudes disminuyeron.

"El oro fácil de la superficie empezaba a escasear. Cierto, no faltaban mineros afortunados que tropezaban con una pepa del tamaño de un zapato, pero la mayoría se conformaba con un puñado de polvo conseguido con un esfuerzo desmesurado. Mucho se hablaba del oro, le dijeron, pero poco del sacrificio para obtenerlo. Se necesitaba una onza diaria para hacer alguna ganancia, siempre que uno estuviera dispuesto a vivir como perro, porque los precios eran extravagantes y el oro se iba en un abrir y cerrar de ojos."

Muchos mineros fueron a probar suerte en las prósperas ciudades californianas de Stockton, San Francisco y Sacramento. Otros regresaron a sus casas, puede que avergonzados, pero repletos de aventuras que contar a sus nietos el día que los tuviesen. Durante un periodo breve, pero muy intenso, los mineros del oro desarrollaron un modo de vida memorable.

"Para entonces la fiebre del oro empezaba a transformarse en una inmensa desilusión colectiva y Tao veía masas de mineros debilitados y pobres, aguardando turno para embarcarse de vuelta a sus pueblos. Los periódicos calculaban en más de noventa mil los que retornaban. Ya no desertaban los marineros, por el contrario, no alcanzaban las naves para llevarse a todos los que deseaban partir."

Casi ningún gambusino se enriqueció. Los primeros fueron los más afortunados. Algunos ganaron hasta 500 dólares diarios, en una época en la que los obreros especializados en los estados del este percibían 2 dólares diarios. Los gambusinos que llegaron hacia fines de 1849 pocas veces tuvieron suerte de sus predecesores. Pero aun los que ganaron poco, se enorgullecían de haber participado en uno de los periodos épicos de la historia de su país.

"Millares de argonautas regresan a sus casas derrotados, pues no han conseguido el Vellocino de Oro y su Odisea se ha tornado en tragedia…"

Los hombres que desencadenaron la fiebre del oro, John Sutter y James Marshall, fueron únicamente dos de los muchos perdedores que hubo en este juego. Marshall murió en 1885 cerca del lugar de su descubrimiento, arruinado, amargado y quejándose de su destino. Sutter, cuyas tierras fueron invadidas, se defendió durante algunos años. Pero la historia le había apartado a un lado, y murió en 1880, después de pedir durante años al Congreso que le devolvieran sus tierras.

San Francisco había crecido desmesuradamente. Al finalizar la década contaba con una población de 50.000, un nivel que Nueva York tardaría ciento noventa años en alcanzar. La capital de California había sido Sacramento desde 1854, pero fue San Francisco quien presidió sin rival este Estado en formación.

Cualquier oportunidad de que California se convirtiese en un lugar tranquilo fue desechada en 1859 por otro torrente de riquezas procedentes de la sierra. En esta ocasión se trataba de plata.

LA FIEBRE DEL ORO

Como ya hemos relatado anteriormente, el descubrimiento de James Wilson Marshall fue un suceso que tuvo repercusión en muchas partes del mundo. A California llegó gente de todos lados en busca de fortuna. La oportunidad de superarse sin la necesidad del duro trabajo, llevaba a aquellos hombres a abandonar todo y trasladarse a las tierras doradas. La enorme migración provocó una nueva sociedad, para la cual se necesitaba una nueva organización. Las nacionalidades y las razas se mezclaban, pero todos estaban motivados por un mismo objetivo: la obtención de oro.

La idea de trasladarse a California fue tentadora para miles de personas de todos los lugares de la tierra, pero sólo aquellos más audaces y aventureros se atrevieron a dejarlo todo y viajar distancias enormes para lograr dicho cometido. Muchos de ellos ignoraban por completo las desventuras que deberían enfrentar, por esos tiempos no se tenían conocimientos de la topografía del lugar, de las condiciones climáticas ni de las distintas costumbres de los pueblos. Tanto los lugareños como los inmigrantes debieron adaptarse a esta nueva situación que en los mejores casos derivó en la creación de una nueva legislación para organizar las diferentes comarcas, pero muchas veces todo terminó en luchas sangrientas en las que tanto unos como otros fueron devastados.

Además de todos estos inconvenientes debemos mencionar que la veracidad de los dichos por los que estos buscadores de fortuna se trasladaran hasta allí, era nula. No era cierto que el oro manaba de los ríos y que se encontraba con mucha facilidad. Por el contrario fueron sólo unos pocos los que lograron enriquecerse y la gran mayoría debió buscar trabajo, aprender un oficio y también hubo muchos que se dedicaron a la delincuencia; como fue el caso de Joaquín Murieta, aquel legendario bandido y a su vez el protagonista de la novela de Isabel Allende.

La historia nos ha demostrado que el emigrar, bajo cualquier circunstancia, es traumático para cualquier ser humano. El terruño, las costumbres, la familia, los afectos, son muy difíciles de olvidar y es aún más difícil adaptarse a nuevas situaciones. Este aspecto es fundamental para comprender el crecimiento y el cambio de los protagonistas de la novela "Hija de la fortuna" que sufren todas estas vicisitudes porque partieron en busca de un sueño. Cada cual el suyo, Joaquín una vida nueva que le cambiaría su condición social; Eliza simplemente buscaba a su amado y padre del hijo que llevaba al partir. Ambos debieron elegir un camino en este desconocido lugar.

Los adoradores del becerro del oro

Todos los hombres viajaron hacia California decididos a hacer fortuna rápidamente y volver a casa, los mineros subordinaron todo el hallazgo y se concentraron en el trabajo sucio: recoger grava de oro. Se interrumpía la labor a mediodía para comer. Al ocaso, cenaban frijoles, papas, carne seca de res o de cerdo salada, galletas y manzanas secas. La ausencia de productos lácteos, frutas y verduras frescas en la dieta de los mineros, además de la falta de sanidad, ya que muchos de ellos tomaban agua de pozos de filtración de sólo un metro de profundidad, produjeron escorbuto, disentería y otras enfermedades.

"Trabajaban con la cabeza al sol, las piernas en el agua helada y la ropa empapada; dormían tirados por el suelo sin soltar sus armas, comían pan duro y carne salada, bebían agua contaminada por centenares de excavaciones río arriba y licor tan adulterado, que a muchos les reventaba el hígado o se volvían locos. Eliza vio morir a dos hombres en pocos días, revolcándose de dolor y cubiertos del sudor espumoso del cólera y agradeció la sabiduría de Tao Chi´en, que no le permitía beber agua sin hervir."

Aun así, a los mineros les irritaba el tiempo que debían perder para cocinar, y contrataban cocineros locales, casi siempre chinos.

Aunque las minas eran trabajadas por grupos numerosos, los lazos comunitarios eran débiles. Ninguno quería trabajar para otro sino para su propio beneficio.

"La mayoría de las sociedades para explotar las minas se había deshecho en los últimos días, el tedio de la navegación había creado enemigos entre quienes antes fueran socios y cada hombre pensaba sólo en sí mismo, sumido en propósitos de inmensa riqueza."

En el siguiente fragmento se describe lo terrible de un día en la vida del minero, este día se reiteraba diariamente hasta que después de mucho tiempo volvían a sus casas derrotados con las manos vacías o en algunos casos morían:

"El minero pasa la mañana buscando oro: este metal es la razón por la que dejó su trabajo en Chicago y se unió a la estampida rumbo a California. A mediodía aún no ha encontrado nada y hace una pausa para almorzar. La tarde transcurre, y el buscador de oro continúa con el penoso trabajo de recoger tierra y lavarla con la esperanza del valioso metal. Al anochecer, su suerte todavía no ha cambiado. Regresa al campamento para cenar frijoles, papas, pan y manzanas secas. Mientras reanuda la búsqueda, se convence a sí mismo de que mañana será el día de la fortuna y de que regresará a casa como un hombre rico."

Un gambusino de California en 1850 escribió lo siguiente:

"Apenas puedes darte cuenta de lo sucio que es este negocio del oro y de la clase de vida que tienen los mineros. Vivimos más como animales que como seres humanos."

Se preparaban salones de fiesta, donde abundaban la embriaguez, los juegos de mesa, las prostitutas y el baile. Allí los mineros gastaban el poco oro que habían conseguido en el día.

"Conocí a un muchacho de Georgia, un pobre lunático, pero me dicen que no siempre fue así. A comienzos del año dio con una veta de oro y raspó de las rocas nueve mil dólares con una cuchara, pero los perdió en una tarde jugando al monte."

"Eliza vio hombres perder en un par de noches la ganancia de meses de esfuerzo titánico y llorar en el pecho de las chicas que habían ayudado a esquilmarlos."

Como muestran las siguientes citas, por la escasez de mujeres los hombres debían disfrazarse de ellas para sentir por un momento que había una mujer cerca, ya que las únicas mujeres que se aventuraban a aparecer como tal eran las prostitutas:

"Con chaqueta de mujer y falda, un recio y barbudo minero adopta el papel femenino, en el baile sabatino del campamento minero."

"[…] entonces algunos hombres se colgaban un pañuelo de cinturón, en señal de que asumían el papel de damas, mientras los otros se turnaban para sacarlos a bailar."

"Tres músicos tocaban en sus violines las canciones favoritas y apenas tocaron «Oh Susana», himno de los mineros, un par de cómicos barbudos, pero vestidos de mujer, saltaron al ruedo y dieron una vuelta olímpica entre obscenidades y palmotazos, levantándose las faldas para mostrar sus piernas peludas y calzones con vuelos. El público los celebró con una generosa lluvia de monedas, y un estrépito de aplausos y carcajadas."

La mayor carencia… la mujer

Las mujeres de nivel social bajo para enriquecerse viajaban a California, a esas tierras de múltiples oportunidades, allí prestaban sus servicios a los hombres solitarios quienes en mucho tiempo no habían estado junto a una mujer. Estas debían de hacer todo a cambio de dinero para sobrevivir y a la vez para enriquecerse. Sus servicios eran durante todo el día, y los hombres esperaban en largas colas hasta ser atendidos. En la novela, uno de los muchos casos que allí se presenta es el de Azucena Placeres, una mujer que viajó hacia estas tierras buscando fortuna.

"Azucena prestaba gratis sus servicios de enfermera, pero quien se atreviera a poner mano encima de sus firmes carnes debía pagar en dinero constante y sonante, porque no había que confundir el buen corazón con la estupidez, como decía. Éste es mi único capital y si no lo cuido estoy jodida, explicaba, dándose alegres palmadas en las nalgas."

Las mujeres escaseaban muchísimo en las tierras californianas: en 1.850, las mujeres constituían apenas el 7,5% de la población. Los hombres desesperaban por ver una mujer pasar frente a ellos. Las siguientes citas muestran la situación:

"No había una sola mujer en muchas millas a la redonda, pero de vez en cuando pasaba un vagón tirado por mulas cargado de prostitutas. Las esperaban con ansias y las compensaban con generosidad"

"Los hombre son capaces de caminar muchas millas para ver a una mujer de cerca. Una muchacha instalada tomando sol frente a una taberna en pocos minutos tendrá sobre sus rodillas una colección de bolsitas de oro, regalo de los hombres embobados ante la evocadora visión de unas faldas."

La minoría de las mujeres se sacrificaba junto a sus maridos en los lavaderos de oro, trabajando arduamente para conseguir lo deseado, en cambio otras preferían ganarse la vida lavando ropas ajenas y cocinando exquisiteces.

"Veo muy pocas mujeres en las minas, pero unas cuantas con agallas suficientes para acompañar a sus maridos en esta vida de perros. Los niños se mueren de epidemias o accidentes, ellas los entierran, los lloran y siguen trabajando de sol a sol para impedir que la barbarie arrase con todo vestigio de decencia. Se arremangan las faldas y se meten al agua para buscar oro, pero algunas descubren que lavar ropa ajena u hornear galletas y venderlas es más productivo, así ganan más en una semana que sus compañeros partiéndose las espaldas en los placeres durante un mes. "

Grupos Sociales:

    • Gam Saan Haak

En 1852, más de veinte mil chinos emigraron a California en busca de oro y trabajo; los llamaban Gam Saan Haak: Viajeros a la Montaña de oro.

La agitación en Estados Unidos en contra de los chinos como grupo racial y étnico data casi desde la llegada al país, intensificándose particularmente en el estado de California y en la región de la costa del Pacífico, en donde se concentraba el mayor número de estos inmigrantes y sus descendientes. Quejas de que los chinos trabajaban por sueldos más bajos y así reducían los salarios en general condujeron a actos de violencia y discriminación en su contra en los pueblos y comunidades del oeste, a pesar de los esfuerzos para protegerlos de algunos grupos religiosos y otras personas. El movimiento antichino se extendió por toda la nación en la medida en que los inmigrantes chinos se iban estableciendo en las regiones mineras del noroeste, así como en los pueblos y ciudades de los estados del oeste medio y del este. Los racistas atacaban a las comunidades chinas, y destruían sus casas y tienditas. Los linchaban, les arrancaban el cuero cabelludo, los castraban y los marcaban con hierros candentes; y para humillarlos, les cortaban la trenza tradicional. El siguiente pasaje demuestra la situación similar vivida por el protagonista chino Tao Chi´en:

"En San Francisco lo habían atacado tres matones y antes que alcanzara a desprender su cuchillo del cinto, lo aturdieron de un trancazo por el gusto de divertirse a costa de un «celestial». Al despercudirse se encontró tirado en un callejón, embadurnado de inmundicias, con su coleta mochada y envuelta en torno al cuello. Entonces tomó la decisión de mantener el cabello corto y vestirse como los fan güey."

Los colonos formaron pequeñas comunidades o ghettos (barrios), que con el tiempo se convirtieron en los conocidos chinatowns (barrios chinos) de los centros urbanos más grandes.

"Tao Chi´en se dirigió al barrio chino y comprobó que los rumores eran ciertos: sus compatriotas habían construido una ciudad completa en el corazón de San Francisco, donde se hablaba mandarín y cantonés, los avisos estaban escritos en chino y sólo chinos había por todas partes: la ilusión de encontrarse en el Celeste Imperio era perfecta."

Hacia la década de 1860, los chinos, expulsados de las minas, trabajaban en la construcción de las vías del ferrocarril, donde los capitalistas los aprovecharon para bajar el costo de la mano de obra en una tercera parte.

    • Sing Song Girls

En la década del 1850, San Francisco también fue centro de la llegada de mujeres de todas partes del mundo, principalmente chinas, para ejercer la prostitución dentro de ese ambiente masculino de los buscadores de oro. Estas jóvenes mujeres eran trasladadas por mercaderes que las compraban por poco dinero y las intercambiaban como una mercadería más. En la novela, la autora las denomina las sing song girls, y describe su trayectoria desde China hasta la ciudad del oro:

"Las niñas eran baratas y viajaban en la cala de los barcos en grandes cajones acolchados. Así sobrevivían durante semanas, sin saber adónde iban ni por qué, sólo veían la luz del sol cuando les tocaba recibir lecciones de su oficio."

Señala también que los marineros eran los encargados de entrenarlas y hacerles perder su inocencia para cuando llegaran a destino. Muchas de ellas morían de disentería, cólera o deshidratación; otras lograban saltar al agua en momentos en que las subían a cubierta para lavarlas con agua del mar. Las demás, sin lugar donde acudir, debían aceptar su realidad. Al llegar al puerto, los agentes de inmigración recibían soborno y sellaban sin leer los falsos papeles de adopción o de matrimonio. La autora continúa su descripción de la siguiente manera:

"En el muelle las recibía una antigua prostituta, a quien el oficio había dejado una piedra negra en lugar del corazón. Las conducía arreándolas con una varilla, como ganado, por pleno centro de la ciudad, ante los ojos de quien quisiera mirar. Apenas cruzaban el umbral del barrio chino desaparecían para siempre en el laberinto subterráneo de cuartos ocultos, corredores falsos, escaleras torcidas, puertas disimuladas y paredes dobles, donde los policías jamás incursionaban, porque cuando allí ocurría era «cosa de amarillos » una raza de pervertidos con la cual no había necesidad de meterse, opinaban."

En ese recinto las niñas debían enfrentar su suerte. Las dejaban descansar una noche, las bañaban, les daban de comer y a veces las obligaban a tragar una taza de licor para aturdirlas un poco. A la hora del remate las llevaban desnudas a un cuarto atestado de compradores, quienes después de inspeccionarlas hacían sus ofertas.

"Algunas se remataban para los burdeles de más categorías o para los harenes de los ricos; las más fuertes solían ir a parar a manos de fabricantes, mineros o campesinos chinos, para quienes trabajarían por el resto de sus breves existencias; la mayoría se quedaba en los cubículos del barrio chino."

Allí debían aprender su oficio: para no ser estafadas debían distinguir el oro del bronce, debían ser capaces de atraer a los clientes y complacerlos sin quejarse. También las obligaban a firmar un contrato, el cual no podían leer, vendiéndose por cinco años. Vivían en condiciones inhumanas.

"Vivían hacinadas en cuartos sin ventilación, divididos por una cortina gruesa, cumpliendo como galeotes hasta morir."

    • Los negros

Hacia 1860 había más de 4.000 negros libres en California, la mayoría en las regiones mineras cerca del horcajo del río Americano. Por lo general, trabajaban en minas mal construidas y muy peligrosas, donde muchos murieron por los derrumbes.

Su presencia en California era una cuestión muy candente. Mucha gente temía que llevar esclavos negros bajara el salario de los obreros "libres" y por eso quería prohibir la migración de todos los negros. En 1849, ese fue el tema de mayor debate en el Congreso Constitucional de California.

Un año después, California entró a la Unión estadounidense como "estado libre", donde se prohibía la esclavitud. Si bien se permitía la migración de negros, se les prohibía votar, dar testimonio o entrar a la milicia. Al igual que otros "estados libres", California tenía una Ley del Esclavo Fugitivo, según la cual se comprometía a entregar al dueño a todo esclavo que escapara a ese estado. En realidad, muchos de los trabajadores "libres", sobre todo los negros e indígenas, vivían y trabajaban en condiciones de virtual esclavitud.

"En ese año 1850, la legislatura de California aprobó un impuesto a la minería diseñado para proteger a los blancos. Negros e indios quedaron afuera, a menos que trabajaran como esclavos, y los forasteros debían pagar veinte dólares y renovar el registro de su pertenencia mensualmente, lo cual en la práctica resultaba imposible […] La ley sólo se aplicaba contra extranjeros de piel oscura, a pesar de que los mexicanos tenían derecho a la ciudadanía americana, según el tratado que puso fin a la guerra en 1848."

En California surgió un fuerte movimiento contra la esclavitud. Los negros convocaron varios congresos durante la década de 1850. Muchos blancos los apoyaron, entre ellos 300 abogados que firmaron peticiones contra las leyes que discriminaban a los negros. En un caso famoso, Archie Lee, un esclavo que viajó a California con su dueño, ganó su libertad ante un tribunal; los gastos los sufragaron 4.000 negros libres.

    • Los indios

Ningún grupo de la sociedad sufrió más a consecuencia de la fiebre del oro que los indígenas. Una serie de grupos paramilitares sistemáticamente asesinaba indígenas y secuestraba a sus hijos en un intento por obtener acceso a una mayor cantidad de tierras en busca de oro. El resultado de este genocidio, además de los asesinatos al azar cometidos por otros individuos, fue la muerte de 100.000 indígenas en tan sólo cinco años de la fiebre del oro. La población indígena norteamericana se había reducido a tan sólo 70.000. En un discurso ante los legisladores del Estado en enero de 1849, el gobernador, Peter H. Burnett, prometió lo siguiente:

"Continuará una guerra de exterminio entre las razas hasta que se extinga la raza india".

La prensa aclamó la campaña y en 1853 el Yreka Herald, un periódico norteamericano, pidió al gobierno que "ayudara a los ciudadanos del norte en una guerra de exterminio a muerte de todos los pieles rojas. Ya no hay que esperar la hora del exterminio; la hora ha llegado, la labor ha empezado. Al primero que pida tratado o paz hay que tratarlo como traidor". Otros periódicos expresaron sentimientos similares. La situación para la población indígena se volvió cada vez más desafortunada.

En la novela, cuando Eliza se encuentra con una aldea de indígenas, ellos le cuentan el siguiente episodio que había ocurrido hacía poco tiempo:

"[…] tomaron por asalto una aldea, hicieron cuarenta prisioneros entre mujeres y niños y como escarmiento ejecutaron a siete de los hombres."

En algunos pueblos se ofrecía dinero por la cabeza o el cuero cabelludo de los indígenas. En 1850 se aprobó la ley de "Protección de los indios" que permitía a los blancos poner a trabajar a cualquier indígena que no pudiera comprobar su fuente de ingreso. Como los indígenas no tenían el derecho de hablar en un tribunal, la ley automáticamente favorecía a los blancos. Muchos ni se molestaban en cumplir la ley y simplemente compraban niños y mujeres indígenas; ese tráfico fue la fuente de grandes fortunas. La vida de los indígenas era sacrificada, la siguiente cita lo demuestra:

"Iban de aquí para allá con sus mujeres cansadas y sus niños hambrientos, procurando lavar oro en los ríos en sus finos canastos de mimbre, pero apenas descubrían un lugar propicio, los echaban a tiros."

Aunque eran menos y no tenían armas, los indígenas opusieron resistencia al genocidio.

El delito

Al principio, la criminalidad no era considerable. Los mineros no necesitaban vigilar sus posesiones al salir a trabajar. Pero hacia mediados de 1849, en cuanto la competencia por las magras ganancias se volvió reñida, proliferaron robos y crímenes mayores. La ley era dictada por el más fuerte. La xenofobia se exacerbaba, se realizaban acusaciones infundadas de robo, asalto o abigeato contra los latinos.

"_Hace unos meses teníamos un código de honor y hasta los peores rufianes se comportaban con decencia. Se podía dejar el oro en una carpa sin vigilancia, nadie lo tocaba, pero ahora todo ha cambiado. Impera la ley de la selva, la única ideología es la codicia. No se separen de sus armas y anden en parejas o en grupos, esto es tierra de forajidos _explicó"

Los mineros improvisaban sus propias cuadrillas de vigilancia. Los juicios eran sumarios, en cualquier taberna o sala de juegos, se formó un «jury» que condenaba en el acto al acusado a la pena de azotes o a la horca. Terminada la ceremonia los mineros tomaban unos tragos y volvían al trabajo.

"Los peores crímenes, invadir una pertenencia ajena antes del plazo y robar, se pagaban con la horca o con azotes, después de un juicio sumario en que los mineros hacían de jueces, jurado y verdugos."

Cuando cundía la noticia de un acto delictuoso, los mineros se reunían para escuchar testimonios y dictaminar el castigo al delincuente. A veces, todo un grupo actuaba como jurado colectivo. En otras ocasiones, elegían entre ellos un juez y un jurado. Los males venéreos aniquilaban a hombres y mujeres por igual. La muerte de Josefa, en la novela, demuestra el accionar del jurado. La siguiente cita narra la situación:

"Un minero ebrio se había introducido a viva fuerza en la habitación de Josefa y ella lo había rechazado clavándole su cuchillo de monte medio a medio en el corazón. A la hora en que llegó Jacob Freemont el cuerpo yacía sobre la mesa, cubierto con una bandera americana, y una muchedumbre de dos mil fanáticos enardecidos por el odio racial exigía la horca para Josefa… el improvisado jurado la condenó en pocos minutos"

El despojo violento de yacimientos y el homicidio por robo eran una constante frente a la ausencia de fuerzas del orden.

"Ciertas bandas se hicieron célebres por su crueldad, no sólo robaban a sus víctimas, también se divertían torturándolas antes de asesinarlas"

Todos en su búsqueda…

Uno de los bandidos sociales más famoso fue Joaquín Murieta, para unos se trataba de un chileno; para otros, de un mexicano. Sin embargo, al margen de cuestiones de nacionalidad, lo cierto es que todos coincidían en aceptar el hecho de que la relación de lo acontecido en California tiene como eje latinoamericano a Murieta.

"Los chilenos lo creían uno de ellos, nacido en un lugar llamado Quillota, decían que era leal con sus amigos y jamás olvidaba pagar los favores recibidos, por lo mismo era buena política ayudarlo; pero los mexicanos juraban que provenía del estado de Sonora y era un joven educado, de antigua y noble familia, convertido en malhechor por venganza."

En lo que también se coincide es que el joven, a la edad de veintitrés años, en Sonora, se casó con a Carmela, sonorense como su hermano Félix. Atraídos por la magia de la riqueza aurífera y las expectativas de una vida mejor, la pareja se dirige a California donde a poco de llegar empiezan a ser hostilizados por los norteamericanos por su calidad de latinoamericanos. El clima de hostigamiento crece en la misma medida que los afuerinos muestran su potencial de trabajo y esfuerzo.

"Contaba que Joaquín Murieta había sido un joven recto y noble, que trabajaba honestamente en los placeres de Stanislau en compañía de su novia."

La tragedia se desata cuando grupos armados asaltan el sector donde residían los inmigrantes sudamericanos, violando y dando muerte a Carmela, la mujer de Joaquín, escarneciéndolo a él con azotes. A partir de ese momento, abandona las vetas y decide tomar venganza contra los hechotes con sus propias manos. Su presencia llegará a alcanzar ribetes prodigiosos al verlo actuar por los lugareños en dos o tres lugares al mismo tiempo, haciendo de su existencia un motivo de leyenda. Deja de ser el bandido inmisericorde y sangriento como lo definían sus enemigos, para alcanzar la estatura del héroe que se pone al servicio de la causa de los necesitados, sin otro móvil que restituir la justicia en un mundo que la niega sistemáticamente. Se Convirtió así en el Robin Hood de las Sierras. Nunca nadie pudo probar la veracidad de todo esto. Ni siquiera aclarar cómo se deletrea su nombre.

"En ese clima de violencia y venganza, la figura de Joaquín Murieta iba en camino a convertirse en un símbolo. Jacob Freemont se encargaba de atizar el fuego de su celebridad; sus artículos sensacionalistas habían creado un héroe para los hispanos y un demonio para los yanquis… tuvo la inspiración de llamarlo «el Robin Hood de California», con lo cual prendió de inmediato una hoguera de controversia racial. Para los yanquis Murieta encarnaba lo más detestable de los grasientos… robaba a los yanquis para ayudar a los de su raza."

Su cabeza es puesta a precio, y la leyenda cuenta que en cierta ocasión escribió con su puño y letra en el cartel que ofrecía la recompensa por su captura una cifra alzada al doble contra quien lo denunciara.

"Habían visto en los pueblos los avisos ofreciendo mil dólares de recompensa por la captura del bandido. En varios habían garabateado debajo: «yo pago cinco mil», firmado por Joaquín Murieta."

Joaquín Murieta y sus hombres se refugiaron en la espesura de la población mexicana de Madre Lode, cuya cobertura era amplia y segura. Integró a sus compañeros en un sólido grupo, que por la simpatía de los habitantes mexicanos aumentó sus operaciones y efectividad. Así, Joaquín Murieta y sus hombres fueron la expresión sublimada de los deseos de los mexicanos de sacudirse el yugo de los anglos.

"Para los alguaciles, en cambio, nada había de rumboso en el personaje, se trataba sólo de un vulgar asesino capaz de las peores atrocidades, que había logrado escabullirse de la justicia porque lo protegían los grasientos"

"Se suponía que los mexicanos lo escondían, le daban armas y suministraban provisiones."

La justicia norteamericana por su parte, organizará una feroz cacería en su contra. Los gobernadores de California autorizan a Harry Love, viejo hampón, para formar una compañía de «Rangers» y en tres meses dar caza a Murieta.

"Se le asignó un sueldo de ciento cincuenta dólares al mes a cada hombre, lo cual no era mucho, teniendo en cuenta que debían financiar sus caballos, armas y provisiones, pero a pesar de ello, la compañía estaba lista para ponerse en camino en menos de una semana. Había una recompensa de mil dólares por la cabeza de Joaquín Murieta."

En mayo de 1853 sale la cabalgata, mientras los rastros de Joaquín Murieta se esfuman con el viento. Después de una búsqueda de tres meses, la legión de Love se encontró con un grupo de mexicanos no identificados cerca del Paso de Panoche, a el oeste de los Lagos de Tulare y mató, al menos, a dos de ellos.

"(…) mientras su jefe montaba de un salto formidable en su brioso alazán y huía rompiendo filas. No llegó muy lejos, sin embargo, porque un tiro de fusil hirió al animal, que rodó por tierra vomitando sangre. Entonces el jinete, que no era otro que el célebre Joaquín Murieta, sostuvo el capitán Love, echó a correr como un gamo y no les quedó otra alternativa que vaciar sus pistolas sobre el pecho del bandido.

_No disparen más, ya han hecho su trabajo _dijo antes de caer lentamente, vencido por la muerte."

A uno le cortaron la cabeza y al otro una mano, ya antes mutilada en parte; los colocaron en frascos de vidrio y afirmaron haber matado a Jack García, llamado Tres Dedos, y a Joaquín Murieta y así cobraron la recompensa ofrecida por el gobierno del estado.

"El valiente capitán Harry Love procedió a cortar de un sablazo la cabeza del supuesto Murieta. Alguien se fijó que otra de las víctimas tenía una mano deforme y asumieron que se trataba de Jack Tres-Dedos, de modo que también lo decapitaron y de paso le rebanaron la mano mala."

Un cartel llama a la exhibición del trofeo de un bandido del cual no se tiene certeza de su apellido. Concurre toda California.

"Durante semanas exhibieron en San Francisco los despojos del presunto Joaquín Murieta y la mano de su abominable secuaz Jack Tres-Dedos, antes de llevarlas en viaje triunfal por el resto de California. Las colas de curiosos daban la vuelta a la manzana y no quedó nadie sin ver de cerca tan siniestros trofeos. Eliza fue de las primeras en presentarse y Tao Chi´en la acompañó…"

En agosto de 2003 se cumplieron 150 años desde que la cabeza de Joaquín Murieta recorrió California en exhibiciones morbosas que sellaban el fin de esas fechorías. Pablo Neruda le dedicó varias canciones, una de ellas es "A Joaquín Murieta":

"Con el poncho embravecido
y el corazón destrozado
galopa nuestro bandido
matando gringos malvados.

Galopa con poncho rojo
y en su caballo con alas
y allí donde pone el ojo,
mi vida, pone la bala.

Por esta calle llegaron
esos hombres atrevidos.
Se encontraron con Joaquín
y Joaquín con su destino."

Conclusión

Al comenzar a analizar el tema de esta novela, fuimos conociendo un mundo nuevo en la vida de los buscadores de oro en aquella antigua California del 1850 que página a página nos fue fascinando.

De más está decir que el relato que realiza la autora, rico en descripciones y lleno de pasión, nos transporta al momento descrito con una precisión y un realismo sorprendentes.

La historia de los buscadores de oro, sus sueños y frustraciones ha sido tratada en muchas oportunidades en obras literarias y cinematográficas, pero lo que más nos maravilló en esta obra es la conexión y el paralelismo que hace Isabel Allende entre la ficción y la realidad especialmente con la persona de Joaquín Murieta.

Nosotros no llegamos a conocer al personaje y sin embargo está presente en todo el relato. La descripción que de él realiza la protagonista, Eliza, nos marca su crecimiento y cambio de actitud al llegar a aquellas tierras.

La vida de todos esos hombres fue tan dura como la que sufrieron todos los inmigrantes que ha tratado la historia. Los lugares desconocidos, las diferentes culturas y sobre todo las dificultades que debían enfrentar para poder cumplir el sueño por el que se habían trasladado.

Como ya lo hemos tratado en este trabajo fueron sólo unos pocos los que realmente lograron obtener oro fácilmente y muchos otros, ante la adversidad, se entregaron a la delincuencia.

La novela es sin igual porque a pesar de ser una novela romántica, desarrolla un contexto histórico de un modo tal que nos resulta novedoso y atrapante. Todos sus personajes son representativos de la época; pero los buscadores de oro y especialmente Joaquín Murieta, son un reflejo de ellos y por lo tanto podemos decir que esta es una obra que quedará para siempre en la memoria y en el corazón de nosotros, sus lectores.

Bibliografía

  • Allende Isabel; "Hija de la fortuna" Ediciones Debolsillo; Buenos Aires, 2005
  • Biblioteca de Consulta Microsoft Encarta, 2005. 1993-2004 Microsoft Corporation
  • Enciclopedia Británica "Barsa", William Benton Editor, 1974
  • Enciclopedia "Lo sé todo", Editorial Larousse,1962
  • Guías visuales Clarín "Los Ángeles y San Francisco", A Dorling Kindersley Book
  • Horacio Quiroga, "Cuentos de amor, locura y muerte" Clásicos Huemul, Buenos Aires, 1993
  • Los libros del viajero "California", El país Aguilar S.A, 1989
  • Nueva Enciclopedia Sopena, Editorial Ramón Sopena, S.A.
  • Reader´s Digest, "Hábitos y Costumbres del Pasado", 1996
  • www.clubcultura.com
  • www.google.com.ar
  • www.memoriachilena.cl
  • www.trovadores.net

Citas:

1 ALLENDE, ISABEL; Hija de la fortuna Ediciones Debolsillo; Buenos Aires, 2005; Pág. 137.

2 Op. Cit.; Pág. 136

3 Op. Cit; Pág 137

4Op. Cit; Pág 250

5 Op. Cit; Pág 250

6 Op. Cit; Pág 350

7 Op. Cit; Pág 255

8 Op. Cit; Pág 350

9 Op. Cit; Pág 351

10 Op. Cit; Pág 291

11 Op. Cit; Pág 241

12 Reader´s Digest, Hábitos y Costumbres del Pasado, 1996; Pág. 321

13 Op. Cit; Pág 321

14 ALLENDE, ISABEL; Hija de la fortuna Ediciones Debolsillo; Buenos Aires, 2005; Pág. 309

15 Op. Cit; Pág 332

16 Reader´s Digest, Hábitos y Costumbres del Pasado, 1996; Pág. 321

17 ALLENDE, ISABEL; Hija de la fortuna Ediciones Debolsillo; Buenos Aires, 2005; Pág. 292

18 Op. Cit; Pág 298

19 Op. Cit; Pág. 229

20 Op. Cit; Pág. 292

21 Op. Cit; Pág. 308

22 Op. Cit; Pág. 308

23 Op. Cit.; Pág.

24 Op. Cit.; Pág. 354

25 Op. Cit.; Pág. 384

26 Op. Cit.; Pág. 384

27 Op. Cit.; Pág. 385

28 Op. Cit.; Pág. 385

29 Op. Cit.; Pág. 362

30 www.ncgold.com

31 ALLENDE, ISABEL; Hija de la fortuna Ediciones Debolsillo; Buenos Aires, 2005; Pág. 265

32 Op. Cit.; Pág. 266

33 Op. Cit; Pág. 243

34 Op. Cit; Pág. 289

35Op. Cit; Pág. 375

36 Op. Cit; Pág. 362

37 Op. Cit.; Pág. 376

38 Op. Cit.; Pág. 394

39 Op. Cit.; Pág. 372

40 Op. Cit.; Pág. 436

41 Op. Cit.; Pág. 376

42 Op. Cit.; Pág. 372

43 Op. Cit.; Pág. 424

44 Op. Cit.; Pág. 437

45 Op. Cit.; Pág. 438

46 Op. Cit.; Pág. 438

47 www.trovadores.net

Camila Bastard

alimac167[arroba]hotmail.com

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