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José Enrique Rodó Piñeyro

Enviado por miguelcevedo



"Por encima de los afectos que hayan de vincularos individualmente a distintas aplicaciones y distintos modos de la vida, debe velar, en lo íntimo de vuestra alma, la conciencia de la unidad fundamental de nuestra naturaleza, que exige que cada individuo humano sea, ante todo y sobre toda otra cosa, un ejemplar no mutilado de la humanidad"

José Enrique Rodó Piñeyro

(1871-1917)

José Enrique Rodó Piñeyro.

Político, escritor, ensayista, profesor universitario de Literatura, hijo menor (de siete hermanos) del comerciante catalán (español) con muchos años en Uruguay José Rodó y de la uruguaya Rosario Piñeyro, nació el 15 de julio de 1871 en Montevideo (Uruguay), cursó estudios en el Colegio Elbio Fernández fundado por José Pedro Varela, y murió el 1° de mayo de 1917 en Palermo (Italia). Su familia era considerada como burguesa arruinada, por lo que desde niño con inmensas ganas de viajar, Rodó lo hace solamente en dos cortas oportunidades, una a Santiago de Chile y otra a Europa donde muere. Se le ha considerado junto a Ruben Darío como uno de los más importantes ensayistas del modernismo en América Latina formando parte de "la generación de 1900". Colaborador de "Los Primeros Albores" y fundó con Martínez Vigil y Pérez Petit en 1895 la "Revista Nacional de Literatura y de Ciencias Sociales" entre 1895 y 1897. También lo hizo con el diario "La Nación" de Buenos Aires (Argentina). Fue director de la Biblioteca Nacional y diputado a las Cortes por el Partido Colorado en 1902 y en 1907, viajando luego a Europa en 1916 donde fue corresponsal de "Caras y caretas".

Entre sus principales obras tenemos: "La novela nueva" (en 1897); "El que vendrá" (en 1897); "Su última obra" (en 1899); "Ariel" (en 1900, aquí propone un idealismo espiritualista como defensa de Hispanoamérica la tradición greco-latina ante el predominio cultural de los Estados Unidos dominado por el utilitarismo, produciendo esto los llamados "arielitos", que eran jóvenes que se identificaban con su filosofía); "Liberalismo y jacobinismo" (1906); "Motivos de Proteo" (obra de filosofía moral escrita en 1909); "El mirador de Próspero" (recopilación de ensayos de escritores latinoamericanos hecha en 1914); "El camino de Paros" (publicada póstumamente en 1918 sobre meditaciones y andanzas); "Nuevos motivos de Proteo" (igualmente publicada póstumamente en 1927).

Constituye elemento importante dentro del pensamiento de Rodó el llamado "sermón laico", muy en boga en su tiempo dentro de la cultura rioplatense especialmente la uruguaya de mediados del Siglo XIX. Así nos lo recuerda Real de Azúa cuando nos trae estos comentarios: "De lo que a través del libro ha accedido hasta nosotros refiriéndose a Ariel puede presumirse que el género a que se hace referencia representaba un tipo literario-ideológico intensa y hasta severamente normado. Jules Simon, uno de los maestros de la Francia republicana, sostenía que los profesores de filosofía debían ser "predicadores laicos", siempre dispuestos a exaltar el valor del ideal, y del servicio devoto a la causa común, la grandeza del potencial juvenil, y el género profuso del "discours aux jeunes gens" * parece haber seguido, hasta con monotonía este guión...De "predicadores laicos" hablaba, como se dijo, este último y son muchas las razones que propiciaron en toda esta literatura de exhortación una modalidad de tono que fuerza a incluirla en lo que entonces el igualmente prestigioso Emile Faguet llamaría comentando Le devoir présent (1892), de Paul Desjardins una "literatura religiosa laica". **

Tenía ciertamente, intensos determinantes en todo Occidente una postura comunicativa para-religiosa que no es ocioso recordarlo marcó en forma indeleble un planteo que, como el de Rodó, sería tempranamente abrumado por identificaciones del tipo de las de "sermón laico", "evangelio laico" y "breviario laico".

En la obra "Ariel", Rodó personifica en sus personajes más que una individualidad, un concepto moral, ético o cultural. Por ejemplo, ve en Próspero al noble maestro, al mago de "La Tempestad" shakesperiana, que se reúne cada fin de año con sus jóvenes discípulos dentro de la serenidad de su salón biblioteca, Próspero simboliza el poder de la intelectualidad y de la sabiduría que choca abiertamente con Calibán quien es grosero, ignorante y luchador de aquellas sociedades que buscan igualarse, pero en su nivel más bajo de cultura. Ariel es un símbolo de lo más noble del espíritu humano, desinteresado, racional y espiritual al que invoca como su numen diciendo: "Quisiera para mi palabra la más suave y persuasiva unción que ella haya tenido jamás. Pienso que hablar a la juventud sobre nobles y elevados motivos, cualesquiera que sean, es un género de oratoria sagrada. Pienso también que el espíritu de la juventud es un terreno generoso donde la simiente de una palabra oportuna suele rendir, en corto tiempo, los frutos de una inmortal vegetación... Yo os digo con Renan: "La juventud es el descubrimiento de un horizonte inmenso que es la Vida".

Más adelante, y nuevamente en voz de Próspero, Rodó analiza el mundo griego como imbuído de la gracia de la niñez y del optimismo de la juventud cuando relata: "Aquél que en Delfos contemplaba la apiñada muchedumbre de los jonios dice uno de los himnos homéricos se imagina que ellos no han de envejecer jamás". Grecia hizo grandes cosas porque tuvo, de la juventud, la alegría, que es el ambiente de la acción, y el entusiasmo, que es la palanca omnipotente. El sacerdote egipcio con quien Solón habló en el templo de Saís, decía al legislador ateniense, compadeciendo a los griegos por su volubilidad bulliciosa: ¡No sois sino unos niños!... Pero de aquel divino juego de niños sobre las playas del Archipiélago y a la sombra de los olivos, nacieron el arte, la filosofía, el pensamiento libre, la curiosidad de la investigación, la conciencia de la dignidad humana, todos esos estímulos de Dios que son aún nuestra inspiración y nuestro orgullo".

Después de hacerle al cristianismo de los primeros siglos, las mismas loas que hizo de los griegos, piensa que éste triunfó con su encanto de juventud interior ante la severidad de los estoicos y a la decrepitud de los mundanos; al igual, que consideraba que en los diálogos platónicos, fue posible una breve primavera del mundo, concluyendo Rodó que la fuerza de corazón ha de probarse aceptando el reto de la Esfinge y no esquivando su interrogación formidable.

Compara posteriormente, el tipo de actividad que deben realizar los jóvenes, no limitándola solamente a un solo aspecto, sino más bien, cada uno debe alcanzar la plenitud de su ser.

Demuestra Rodó su afecto hacia la figura del Comte positivista cuando recuerda: "Augusto Comte ha señalado bien este peligro de las civilizaciones avanzadas. Un alto estado de perfeccionamiento social tiene para él un grave inconveniente en la facilidad con que suscita la aparición de espíritus deformados y estrechos; de espíritus "muy capaces bajo un aspecto único y monstruosamente ineptos bajo todos los otros". El empequeñecimiento de un cerebro humano por el comercio continuo de un solo género de ideas, por el ejercicio indefinido de un solo modo de actividad, es para Comte un resultado comparable a la mísera suerte del obrero a quien la división del trabajo del taller obliga a consumir en la invariable operación de un detalle mecánico todas las energías de su vida".

De esta forma, el discurso de Rodó se transfenomenaliza al pasar de una teorética exhaltación que animaba a los jóvenes a mirar en el horizonte, en una fenoménica y pragmática crítica frente al utilitarismo reinante en la vida moderna. Trata de alertar, de prevenir a los jóvenes en torno al sistema capitalista reinante al señalar: "Cuando el sistema de la utilidad material y el bienestar domina en el carácter de las sociedades humanas con la energía que tiene en lo presente, los resultados del espíritu estrecho y la cultura unilateral son particularmente funestos a la difusión de aquellas preocupaciones puramente ideales que siendo objeto de amor para quienes les consagran las energías más nobles y perseverantes de su vida, se convierten en una remota y quizá no sospechada región, para una inmensa parte de los otros. Todo género de meditación desinteresada, de contemplación ideal, de tregua íntima, en la que los diarios afanes por la utilidad cedan transitoriamente su imperio a una mirada noble y serena tendida de lo alto de la razón sobre las cosas, permanece ignorado, en el estado actual de las sociedades humanas, para millones de almas civilizadas y cultas, a quienes la influencia de la educación o la costumbre reduce al automatismo de una actividad, en definitiva material".

Continúa Rodó en su "Ariel" con una comparación entre lo feo y lo hermoso, lo vulgar y lo delicado, para traspolar estos conceptos al de lo malo y de lo bueno, en donde considera que una vez identificado el concepto de lo estético, se ha cubierto la mitad del camino que conduce hacia la moral. El buen gusto y el sentimiento moral para Rodó son la misma cosa en el espíritu de los individuos que en el espíritu de las sociedades. Por ello, coincide con Rosenkranz cuando este afirmaba que existía una relación entre la libertad y el orden moral, por una parte; y por la otra, se demostraba el hecho de que la belleza de las formas humanas se evidenciaba en el desarrollo de las razas en el tiempo.

Y ahora, dentro de este concepto de "lo bello", "lo delicado", "lo bueno" y "lo moral", encuentra Rodó nuevamente motivos para atacar al utilitarismo cuando señala: "A la concepción de la vida racional que se funda en el libre y armonioso desenvolvimiento de nuestra naturaleza e incluye, por lo tanto, entre sus fines esenciales, el que se satisface con la contemplación sentida de lo hermoso, se opone como norma de conducta humana la concepción utilitaria, por lo cual nuestra actividad, toda entera, se orienta en relación a la inmediata finalidad del interés". Y dentro de esta arremetida antiutilitaria y antidemocrática, Rodó sostiene; "Toda igualdad de condiciones es en el orden de las sociedades, como toda homogeneidad en el de la Naturaleza, un equilibrio inestable".

Rodó plantea –y coincidimos plenamente con él–, que existe una superioridad por la cual, las personas pueden y deben llegar a través del intelecto, y no sustentándose, en una igualdad identificada con la vulgaridad y la chabacanería. Para él, la vulgaridad como paradigma de igualdad carece de valores auténticos; mientras, que la superioridad se manifiesta por el cultivo de la instrucción y la apreciación de las ideas superiores.

Ve en la democracia la masificación de la cultura, lo que denominamos hoy en nuestras latitudes como masificación de la educación, la cual no solo impide la elevación de la misma, sino que, la vulgariza. Por ello dice acertadamente: "El presuroso crecimiento de nuestras democracias... nos expone en el porvenir a los peligros de la degeneración democrática, que ahoga bajo la fuerza ciega del número toda noción de calidad; que desvanece en la conciencia de las sociedades todo justo sentimiento del orden; y que, librando su ordenación jerárquica a la torpeza del acaso, conduce forzosamente a hacer triunfar las más injustificadas e innobles de las supremacías".

En este orden de ideas, Rodó al comentar la frase de un publicista americano con ocasión a la baja población del continente, y a su necesidad de aumentar sus asentamientos humanos cuando proclamó que gobernar es poblar, respondió que era necesario aparte de la asimilación que se haga de estos nuevos poblados, que los mismos sean educados y seleccionados; es decir, se manifestaba en pro de lo que hoy conocemos como migración selectiva. Ya que para Rodó, la multitud, la masa anónima, no es nada por sí misma, lo que por lo tanto, podría considerarse esta multitud como un instrumento de barbarie o de civilización, según carezca o no del coeficiente de una alta dirección moral. A lo que afirma Rodó que: "La civilización de un pueblo adquiere su carácter, no de las manifestaciones de su prosperidad o de su grandeza material, sino de las superiores maneras de pensar y de sentir que dentro de ella son posibles". Y dentro de esta proposición, Rodó quien sabe distinguir los conceptos de libertad y de democracia, y sabe como esta última se opone a la primera dentro de un esquema liberal utilitario, nos trae nuevamente como sustentación de sus ideas a Augusto Comte cuando refiere: "...y ya observaba Comte, para mostrar como en cuestiones de intelectualidad, de moralidad, de sentimiento, sería insensato pretender que la calidad pueda ser sustituida en ningún caso por el número, que ni de la acumulación de muchos espíritus vulgares se obtendrá jamás el equivalente de un cerebro de genio, ni de la acumulación de muchas virtudes mediocres, el equivalente de un rasgo de abnegación o de heroísmo. Al instituir nuestra democracia la universalidad y la igualdad de derechos, sancionaría, pues, el predominio innoble del número, si no cuidase de mantener muy en alto la noción de las legítimas superioridades humanas, y de hacer, de la autoridad vinculada al voto popular, no la expresión del sofisma de la igualdad absoluta, sino, según las palabras que recuerdo de un joven publicista francés, "la consagración de la jerarquía, emanando de la libertad".

De este heroísmo, que ya con anterioridad había hablado Juan Bautista Vico, Rodó lo recoge de Carlyle cuando señala: "La gran voz de Carlyle había predicado ya contra toda niveladora irreverencia, la veneración del heroísmo, entendiendo por tal el culto de cualquier noble superioridad".

Aquí es donde Rodó exhaltado de una nueva forma de democracia ajena a la utilitarista y a la cual llama positivista aunque preferiríamos referirnos como más precisa y encajada al pensamiento rodosiano la llamada democracia corporativa, pero, estamos claros también, que esta última, por haber surgido posteriormente a la vida de Rodó, era imposible que éste, pudiera tener alguna impresión o afecto por la misma, encontramos como una manifestación de la elevación que se va produciendo de la idea rodosiana en su obra cuando éste arguye: "Ibsen desarrolla la altiva arenga de su Stockmann alrededor de la afirmación de que "las mayorías compactas son el enemigo más peligroso de la libertad y la verdad"; y el formidable Nietzsche opone al ideal de una humanidad mediatizada la apoteosis de las almas que se yerguen sobre el nivel de la humanidad como una viva marea".

Sin embargo, más adelante Rodó parece reconciliarse con la democracia cuando dice: "La democracia y la ciencia son, en efecto, los dos insustituibles soportes sobre los que nuestra civilización descansa; o expresándolo con una frase de Bourget, las dos "obreras" de nuestros destinos futuros. "En ellas somos, vivimos y nos movemos"" Pero entonces pensamos, ¿será acaso que Rodó se contradice cuando al referirse de nuevo a la democracia se retracta de tal manera? ¿O será, que está pensando en el modelo de democracia positivista que antes nos asomó y no, en el de la democracia utilitarista liberal al cual reiteradamente ha manifestado una clara y absoluta abyección?

Pensamos, que se refiere a la de su afecto y parecer, ya que al proseguir su obra y referirnos el tema de la educación, nos advierte de la obligación que tiene el Estado de darle a todos sus miembros las condiciones que les lleven a su perfeccionamiento y a la revelación de las superioridades humanas dondequiera que existan.

De esta manera, Rodó establece que: "Racionalmente concebida, la democracia admite siempre un imprescriptible elemento aristocrático, que consiste en establecer la superioridad de los mejores, asegurándola sobre el consentimiento libre de los asociados".

Pero, nuevamente Rodó pareciera rectificar, peor aún, contrariar sus anteriores argumentos, y lo hace ahora en contra de Friederich Nietzsche, a quien en páginas anteriores no dudó en calificar "el formidable Nietzsche". Ahora, como que si se tratara de otra persona relata lo siguiente: "El anti-igualitarismo de Nietzsche...ha llevado a su poderosa reivindicación de los derechos que él considera implícitos en las superioridades humanas, un abominable, un reaccionario espíritu; puesto que, negando toda fraternidad, toda piedad, pone en el corazón del superhombre a quien endiosa, un menosprecio satánico para los desheredados y los débiles; legitima en los privilegios de la voluntad y de la fuerza el ministerio del verdugo; y con lógica resolución llega, en último término, a afirmar que "la sociedad no existe para sí sino para sus elegidos".

Este "estremecimiento" antinietzscheano que padece Rodó, logra el milagro de apartarlo de su "discurso laico" para atreverse a afirmar: "¡Por fortuna, mientras exista en el mundo la posibilidad de disponer dos trozos de madera en forma de cruz, es decir: siempre, la humanidad seguirá creyendo que es el amor el fundamento de todo orden estable y que la superioridad jerárquica en el orden no debe ser sino una superioridad capaz de amar!" Nos pareciera con esto, que realmente Rodó acababa de leer a "Drácula" de Bram Stoker, y no, a un importantísimo filósofo como Friederich Nietzsche a quien en pocas líneas antes como lo vimos, lo llamó "el formidable".

En otro orden de ideas, Rodó en su comentada obra "Ariel", analiza a Inglaterra como verbo del espíritu inglés, y a los Estados Unidos, como verbo del espíritu utilitarista; denunciando que existe en algunas personas de Hispanoamérica de deslatinizar nuestra cultura, a lo que no ve ni la gloria ni el propósito de desnaturalizar el carácter en estos pueblos. Lo siente como una cosa innoble, un género de snobismo político, que permite que quienes actuando por abdicación servil, se sientan encadenados frente a sus vencedores. De ahí que llegue a asentar: "...tenemos los americanos latinos una herencia de raza, una gran tradición étnica que mantener, un vínculo sagrado que nos une a inmortales páginas de la historia, confiando a nuestro honor su continuación en lo futuro".

Sin embargo, Rodó haciendo aparte de toda mezquindad, prefiere antes de desconocer defectos, no negar cualidades. Y es por ello, que hace un elogio del desarrollo de la América anglosajona, la cual según el, no ama pero si admira; y les admira, por su formidable capacidad de querer; e inclusive, se inclina ante su escuela de "voluntad y trabajo". Aunque cuando Rodó nos habla de esa "formidable" capacidad de "querer" de los estadounidenses, no sabemos pero creemos haber escuchado algo similar sobre Nietzsche anteriormente. Pero peor aún cuando dice: "Su historia es, toda ella, el arrebato de una actividad viril. Su personaje representativo se llama Yo quiero, como el superhombre de Nietzsche". ¿Reconciliación con Nietzsche o qué? Por ello no cae raro, que así cuando aludimos a Bram Stoker, Rodó nos relate posteriormente varias líneas nada menos que del señor Edgar Allan Poe, diciendo sobre el mismo, que había simbolizado en la luz inextinguible de sus ojos, el himno de triunfo de la voluntad sobre la muerte.

Rodó fue el primero en su época en denunciar el peligro del materialismo económico de los Estados Unidos de América ante el pesimismo de muchos hispanoamericanos, a los cuales exhortó a unirse en la "Magna América", que combatiría la decadencia con la regeneración del renacimiento humanista. Pensaba que se podían conjugar el pragmatismo con la espiritualidad para lograr el progreso económico y social de los pueblos del sub continente hispanoamericano. Fue reconocido en su época como el "Maestro de América", de ahí que otro no menos gran maestro americano como fue el dominicano Pedro Henríquez Ureña nos dijera sobre Rodó lo siguiente: "no vacilemos ya en nombrar a José Enrique Rodó entre los maestros de América. Rodó es el maestro que educa con sus libros, el primero, quizás, que entre nosotros influye con sola la palabra escrita". El escritor latinoamericano Carlos Fuentes nos comenta agradablemente este criterio suyo sobre Rodó en la siguiente forma: "...es nuestro tío uruguayo, sentado en la esquina del retrato de nuestra familia.  Es aquel que nos permite ser quienes debemos ser, a la vez que lo empujamos hacia la sombra, para luego reconocer que aún tiene algo que decir".

Pero ante todo Rodó va a representar una de las figuras más emblemáticas del americanismo literario de todos los tiempos, que a pesar de proclamarse como liberal, no hace causa común con el liberalismo económico, representado en este caso en Rodó, por los Estados Unidos de América.

Este pensamiento rodosiano que marca linderos con los Estados Unidos como amenaza del liberalismo utilitarista de deslatinizar a nuestra América se manifiesta claramente cuando nos dice: "la concepción utilitaria, como idea del destino humano, y la igualdad en lo mediocre, como norma de la proporción social, componen, íntimamente relacionadas, la fórmula de lo que solido llamarse en Europa, el espíritu de americanismo. Es imposible meditar sobre ambas inspiraciones de la conducta y la sociabilidad y compararlas con las que le son opuestas, sin que la asociación traiga, con insistencia,  a la mente, la imagen de esa democracia formidable y fecunda que, allá, en el Norte, ostenta las manifestaciones de su prosperidad y su poder como una deslumbradora prueba que abona a favor de la eficacia de sus instituciones y de la dirección de sus ideas.

Si ha podido decirse del utilitarismo que es el verbo del espíritu inglés, los Estados Unidos pueden ser considerados la encarnación del verbo utilitario. Y el Evangelio de este verbo se difunde por todas partes a favor de los milagros materiales del triunfo. Hispano-América ya no es enteramente calificable, con relación a él, de tierra de gentiles. La poderosa federación va realizando entre nosotros una suerte de conquista moral... Es así como la visión de una América deslatinizada por propia voluntad, sin la extorsión de la conquista, y regenerada luego a imagen y semejanza del arquetipo del Norte, flota ya sobre los sueños de muchos sinceros interesados por nuestro porvenir, inspira la fruición con que ellos formulan a cada paso los más sugestivos paralelos, y se manifiesta por constantes propósitos de innovación y de reforma. Tenemos nuestra nordomanía. Es necesario oponerle los límites de la razón y del sentimiento señalan de consuno".

Frases de José Enrique Rodó Piñeyro:

"Tenemos - los americanos latinos - una herencia de raza, una gran tradición étnica que mantener, un vínculo sagrado que nos une a inmortales páginas de la historia, confiando a  nuestro honor su continuación en lo futuro. El cosmopolitismo, que hemos de acatar como una irresistible necesidad de nuestra formación, no excluye, ni ese sentimiento de fidelidad a lo pasado, ni la fuerza directriz y plasmante con que debe el genio de la raza imponerse en la refundición de los elementos que constituirán al americano definitivo del futuro".

"La índole del libro (si tal puede llamársele) consiente, en torno de un pensamiento capital, tan vasta ramificación de ideas y motivos, que nada se opone a que haga de él lo que quiero que sea: un libro en perpetuo «devenir», un libro abierto sobre una perspectiva indefinida".

"Ya no se profesa el culto de una misma Ley y la ambición de una labor colectiva, sino la fe del temperamento propio y la teoría de la propia genialidad... Las voces que concitan se pierden en la indiferencia. Los esfuerzos de clasificación resultan vanos o engañosos. Los imanes de las escuelas han perdido su fuerza de atracción, y son hoy hierro vulgar que se trabaja en el laboratorio de la crítica. Los cenáculos, como legiones sin armas, se disuelven; los maestros como los dioses, se van...".

"...aún aquellos que no somos socialistas, ni anarquistas, ni nada de eso, en la esfera de la acción ni en la doctrina, llevamos dentro del alma un fondo, más o menos consciente, de protesta, de descontento, de inadaptación, contra tanta injusticia brutal, contra tanta hipócrita mentira, contra tanta vulgaridad entronizada y odiosa, como entretejidas en su urdimbre este orden social trasmitido al siglo que comienza por el siglo de advenimiento burgués y de la democracia utilitarista".

"Nuestra América, la Patria Grande, tiene en nosotros como en los otros, contenido y continente, sentido y proyección: apertura al mundo. A un mundo que necesita de nuestra concepción de vida: la brasileña, la venezolana, la argentina, la paraguaya como la colombiana, la boliviana como la paraguaya, y así sucesivamente.
Pero también, todas y cada una la de las propias y diferentes etnias que cruzan cualesquiera de las nacionalidades que la componen, porque tanto las preceden como la sobrevuelan al tener en sí y para con la vida, otra visión de la existencia que no sólo complementa la primera sino que tienen tanto color, o colores, nuestras pigmentaciones, como también hacen de la propia vida de todo ser vivo, algo trascendente. Tal aporte, entre otros, en consecuencia, precisa el mundo sea compartido. Por ello nuestra identidad americana es y será una identidad abierta al otro, nunca cerrada al diferente como al desconocido". 

"A medida que la humanidad avance, se concebirá más claramente la ley moral como una estética de la conducta. Se huirá del mal y del error como de una disonancia; se buscará lo bueno como el placer de una armonía".

"La civilización de un pueblo adquiere su carácter, no de las manifestaciones de su prosperidad o de su grandeza material, sino de las superiores maneras de pensar y de sentir que dentro de ella son posibles"

"Atenas supo engrandecer a la vez el sentido de lo ideal y el de lo real, la razón y el instinto, las fuerzas del espíritu y las del cuerpo. Cinceló las cuatro fases del alma".

"No tratéis de justificar por la absorción del trabajo o el combate, la esclavitud de vuestro espíritu".

"Sobre la democracia pesa la acusación de guiar a la humanidad mediocrizándola, a un Sacro Imperio del utilitarismo".

"Todos los pesimismos son vanos. Lo mismo los que se fundan en la razón que lops que parten de la experiencia".

"Cuando Grecia nació, los dioses le regalaron el secreto de juventud inextinguible. Grecia es el alma joven".

"Cuando el dolor enerva; cuando el dolor es la irresistible pendiente que conduce al marasmo o el consejero pérfido que mueve a la abdicación de la voluntad, la filosofía que le lleva en sus entrañas es cosa indigna de almas jóvenes".

Miguel Cevedo

Abogado y Filósofo

Profesor y Jefe de cátedra de la asignatura Filosofía del Derecho en la Universidad Santa María en Caracas, Venezuela


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