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Sobre las causas del paro y la degeneración del trabajo (página 2)

Enviado por juantorres@uma.es



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Paro y control social

Cuanto se acaba de señalar permite deducir que es la propia dinámica estructural de las economías capitalistas contemporáneas la que provoca los fenómenos concurrentes de desempleo generalizado y depauperación del trabajo, dinámica que se ha exacerbado en el neoliberalismo porque su eficacia para diseñar y aplicar estrategias favorables al capital ha generado condiciones de vida y trabajo, relaciones salariales y extrasalariales que parecían haber desaparecido ya en el siglo pasado.

Si al mismo tiempo que se consideran los cambios en el entramado tecnológico del sistema y en la regulación institucional y política se contemplan los cambios globales que se han venido produciendo en nuestras sociedades, en sus sistemas de valores, en los procesos culturales, etc. se podrá comprobar sin lugar a dudas que el paro estructural, la precarización y en general la condición empobrecida en la que se desenvuelve hoy día el trabajo humano forman parte, o son el resultado, de una verdadera estrategia, o de un complejo orden sistémico, para evitar la tentación de una explicación conspiratoria. O, si se quiere expresar de otra forma, la consecuencia de que el abanico más amplio de demandas sociales entra en contradicción con la exigencia de rentabilidad que sirve de base al sistema económico (Housson 1997).

Efectivamente, los cambios en la estructura productiva y en la política encaminados en última instancia a modificar la pauta distributiva que se había llegado a forzar a favor del trabajo a lo largo de los años sesenta y setenta requerían una complementaria intervención sobre el sistema de valores sociales orientada a evitar la rebelión o la protesta generando y fortaleciendo los mecanismos capaces de garantizar la legitimación social, esto es la necesaria aceptación del orden establecido que requiere toda sociedad.

En realidad, todos estos procesos -desde la modificación de la pauta de consumo (Torres 1994b) hasta la conformación de nuevos espacios culturales mercantilizados, pasando por la conformación de expectativas, valores, imágenes sociales, etc. a los que aquí no puedo hacer referencia con detalle- no sólo tienen efectos evidentes sobre el trabajo, sino que están concebidos básicamente para modificar la propia condición humana en el trabajo, la forma en que los individuos hacen frente al problema de la satisfacción de sus necesidades. Efectivamente, el paro se constituye en el más potente disciplinador, en el freno más contundente de la movilización ciudadana orientada a lograr mejores condiciones de vida que en el contexto de una sociedad escindida sólo pueden conseguirse en perjuicio del capital. El individualismo, el aislamiento convivencial, el descrédito de las instancias y experiencias de carácter colectivo, el desmantelamiento de los espacios de encuentro, la conformación de una conciencia social que asume la satisfacción como una conquista personal, la formación, en fin, de una verdadera "mentalidad sumisa" (Romano 1993) no son sino los mecanismos de control social necesarios para que los seres humanos asuman como natural, e incluso acepten como deseable, un mundo y unas relaciones sociales y de trabajo que, sin embargo, le son francamente desfavorables desde cualquier punto de vista que se contemple. Y la nueva condición del trabajo, el desempleo masivo o el frustrante empleo precario, está prescisamente concebida para contribuir de manera decisiva a esa nueva condición humana y social

Sin todo ello, no hubiera sido posible generar un orden productivo y una nueva relación laboral frustrante y que, sobre todo, se desentiende de lo que debería ser su razón y motivación natural: proporcionar satisfacción.

4. El ser humano como problema

He tratado de poner de manifiesto en estas páginas que el verdadero problema del empleo en nuestra época es mucho más que una simple cuestión de cantidad y ni tan siquiera sólo un asunto de calidad. En realidad, incluso hablar de escasez de puestos de trabajo, a pesar de las grandes cifras de paro existentes, puede llegar a ser paradójico si se tiene en cuenta la existencia de horarios de esclavitud, de actividades incesantes -como ocurre muy especialmente en el caso de las mujeres-, de la utilización de niños cuasi esclavos o, sobre todo, de la insuficiencia real de la oferta actual para suministrar bienes y servicios a la población mundial. No puede decirse, pues, que no haga falta más trabajo, sino que éste se emplea tan sólo si se satisfacen determinados criterios de rentabilidad, lo que obliga a pensar que lo que se necesita es una lógica distinta para su utilización. Son docenas, quizá cientos o miles de millones de personas las que dedican la mayor parte de su existencia a actividades de subsistencia que, sin embargo, no se traducen ni en el empleo del que entienden las estadísticas cuando éstas se convierten en un verdadero discurso social más que en una simple técnica de recuento, ni en los ingresos suficientes para cubrir necesidades que sólo se sacian a través de la dinámica de los mercados. Muchos son los que trabajan y no cuentan y tantos los que trabajan y cuentan aunque, sin embargo, tampoco eso les sirve de manera sustancial para lograr satisfacción. De suyo, no es trabajar o no lo que resulta finalmente determinante para lograrla, sino el poseer recursos monetarios, algo a lo que no todos acceden por igual en nuestras sociedades pues no es el trabajo en sí mismo lo que puede garantizarlo..

El problema radical del trabajo la sociedad capitalista es que se desentiende de su vinculación efectiva con la satisfacción de la necesidad para incardinarse tan sólo en la ecuación del lucro que gobierna las relaciones sociales. Es un hecho, precisamente por ello, que el problema del trabajo y del empleo en el capitalismo moderno se plantea verdaderamente sea cual sea el nivel Aoficializado@ del desempleo existente, como muestra clara y recientemente el caso de Estados Unidos o de algunos países del Tercer Mundo. no es sólo un problema accidental o de coyunturas.

La época más reciente dominada por el neoliberalismo ha venido a exacerbar esta situación, pues esa filosofía no es sino un tratamiento de choque, aunque de impacto estructural, a una crisis profunda del sistema capitalista en la que precisamente el trabajo asalariado había abierto brechas demasiado profundas. Su inteligente y eficaz aplicación, no sólo por gobiernos que reconocían expresamente su influencia, ha permitido situar finalmente al trabajo en el lugar que debe corresponderle en el capitalismo, supeditado siempre a la estrategia de rentabilización del capital que se defiende y a expensas, pues, del beneficio.

El neoliberalismo ha logrado que gracias a las transformaciones que se han venido llevando a cabo se salvaguarde con éxito la civilización del capital, pero eso mismo nos indica cuáles son los resortes que inevitablemente deben modificarse si se quieren evitar sus lacras más severas, las que no hay manera de ocultar, ni de evitar bajo la misma: el incremento de las desigualdades, la insatisfacción y el malestar humano.

Si tan sólo queremos limitarnos a impulsar la creación de unos cuantos millones de empleos, basta sencillamente con favorecer la dinámica natural del ciclo económico, si nos es suficiente la generación de puestos de trabajo de cualquier condición y naturaleza, déjense a las empresas gozar de libertad y movimientos. Pero si lo que la sociedad se plantea es la satisfacción generalizada, la seguridad y la libertad real de los ciudadanos es preciso modificar las tres lógicas que degeneran hoy día el trabajo y la actividad humana: la lógica de la producción y del uso material de los recursos para procurar su utilización racional y sostenible; la de la regulación macroeconómica para hacer posible la equidad en el reparto; y la de los valores y creencias sobre los que fundamentamos nuestra vida colectiva, para que ésta no termine en la frustración generalizada a la que inevitablemente lleva la ganancia como único y privilegiado incentivo del ser humano.

Para ello es necesario comenzar a asumir nuevas perspectivas de análisis e imperativos éticos diferentes. No tener miedo, en fin, a poner Apatas arriba@ una sociedad que se lo merece por injusta. Cuando los economistas y los científicos en general aprendamos a plantear y resolver los problema sociales, y desde luego muy en particular el del trabajo, mirando a la cara de los hombres y las mujeres más desfavorecidos del planeta quizá tengamos menos ataduras para hacerlo.

5. Las condiciones para la creación de empleo

A partir de lo que acabo de señalar se pueden obtener tres conclusiones básicas que permiten determinar la naturaleza de los problemas laborales de nuestra época.

La primera de ellas, la generación de volúmenes muy elevados de desempleo como consecuencia de la combinación de factores de muy distinta naturaleza:

  • el cambio en las estructuras productivas que implica ahorro en la cantidad de trabajo utilizado o su desplazamiento.
  • el contexto macroeconómico de financierizaciónque favorece la actividad especulativa y desincentiva la inversión real creadora de riqueza y empleo.
  • el predominio de políticas deflacionistas que deprimen el crecimiento económico.
  • las mutaciones sociodemográficas muy importantes que alteran la composición de la población activa: trabajo femenino, envejecimiento, desajustes en los sistema de formación, crisis de sectores tradicionales...
  • el interés político de desmovilizar a los movimientos sindicales.

La segunda de ellas, y no menos importante, que el desempleo entendido en su pura dimensión cuantitativa no es el rasgo único de la condición actual del trabajo, sino que a volúmenes elevados de paro le pueden acompañar ritmos a veces incluso elevados de creación de puestos de trabajo que se caracterizan, sin embargo, por su extraordinaria precariedad.

Finalmente, que se modifica la propia naturaleza y función del trabajo en la vida social, como consecuencia, así mismo, de diversos factores:

  • el cambio en la concepción del tiempo derivado de la flexibilización y fragmentación de procesos que permiten las nuevas tecnologías.
  • el incremento de las actividades humanas en ámbitos que no se consideran como actividades económicas por no pertenecer al universo de lo monetario.
  • el divorcio entre empleo y satisfacción, como consecuencia de la precarización y del empobrecimiento laboral.

A partir de aquí entiendo que es de donde pueden establecerse condiciones alternativas para la generación de puestos de trabajo que cumplan el objetivo no sólo de aumentar las tasas estadísticas de empleo sino, sobre todo, de procurar la necesaria satisfacción de las necesidades sociales.

Desde ese punto de vista se podrían establecer varios ámbitos de consideración.

La naturaleza del trabajo

Una cuestión básica es que el trabajo es una actividad que cualifica al ser humano, una de las expresiones de su sociabilidad y el proceso en virtud del cual se pueden satisfacer las necesidades que condicionan su misma existencia. Considerarlo exclusivamente como una mercancía y plantearlo socialmente como algo que se resuelve tan sólo en términos de relaciones mercantiles constituye una restricción esencial a sus posibilidades de libre realización.

Puede parecer que una reflexión de este tipo es tan sólo un principio filosófico aparentemente ajeno a las cuestiones económicas, aunque cabría señalar que el pensamiento neoliberal se basa igualmente, y como no puede ser menos, en una filosofía del ser humano, aunque ésta basada en el principio del comportamiento egoísta.

Hoy día, el fenómeno más singular de la realidad del trabajo es que el ser humano está enajenado desde el punto de vista de su realización personal en tanto que las condiciones necesarias para acceder a su satisfacción se hacen depender de la superación de las barreras que impone una distribución desigual de los derechos de apropiación y en virtud de la cual sólo quien dispone de capital acumulado puede hacerlas efectivas.

Nuestra civilización se fundamenta en una aportación ingente de esfuerzo humano que no se incorpora habitualmente al cómputo convencional de la actividad económica y el empleo. Mucho más, en los momentos actuales en los que la propia renuncia de los poderes públicos a proporcionar institucionalmente una amplia gama de servicios y bienes públicos sociales obliga a obtenerlos fuera de circuito económico. Resulta así que el valor intrínseco del trabajo humano se diluye en relaciones de mercado que sólo reflejan una dimensión muy parcial y empobrecida del ser humano.

Debe tratarse, entonces, de revalorizar el trabajo, de reconsiderar su papel social y de asumir que las relaciones sociales basadas en la enajenación y en la frustración son las que implican que el esfuerzo de las personas no pueda traducirse en satisfacción material y espiritual. Las magnitudes y variables que sirven de referencia para gobernar los procesos económicos son completamente ajenas a esta dimensión fundamental y realmente ejercida de la vida humana. Se definen los problemas económicos, y por lo tanto también los laborales, de espaldas a la realidad más evidente, pero que se vela en la medida en que no se incorpora a la dinámica mercantil que repele toda actividad humana que no se traduzca en beneficio para los poseedores del capital y de los derechos de apropiación estratégicos.

En concreto, todo ello obliga a reconsiderar el concepto de actividad económica, la definición de las variables que sirven de base para adoptar medidas de política económica y, en suma, a aflorar la totalidad de la actividad humana orientada procurarse la satisfacción que requiere la vida social. El empleo, tal y como hoy día es concebido no puede ser el prerrequisito de la misma. En primer lugar, porque nuestra propia forma de organizar los procesos económicos ha dado como resultado la aparición de formas de producción y consumo que se solapan de manera inevitable porque el consumo implica actividades de producción de servicios y la producción actos inmediatos de consumo (tal y como ocurre con los nuevos tipos de servicios que constituyen una parte principal de nuestra forma actual de vida económica), y ello obliga a que sea necesario garantizar (como en realidad le ocurre a los sectores sociales más privilegiados) un mínimo de recursos que no pueden ser obtenidos a partir de la colaboración directa en actividades de producción y a través del empleo.

En segundo lugar, porque nuestras sociedades se organizan sobre la base de una definición previa de una determinada pauta de producción y consumo que condiciona entonces un tipo y una posibilidad concretas de obtención de los recursos, precisamente porque dicha pauta no se define con alcance semejante para todos los individuos. En la medida en que dicha pauta se diseña en y a través del mercado el objetivo de la producción es solamente la ganancia y eso necesariamente deriva en despilfarro de recursos y, más concretamente, de recursos humanos.

El mejor y más potente yacimiento de empleo que hoy puede encontrarse es el que podría explotarse si se programase la producción de bienes y servicios a los que tiene derecho cualquier ser humano, toda vez que hoy día las tres quintas partes del planeta no tienen acceso a los niveles de satisfacción básicos.

Lo que a veces se califica como "escasez de empleos" no es sino la expresión de la sobreabundancia de beneficio, pues no se pone en acción la capacidad de producción potencial que tenemos a nuestro alcance. No puede explicarse de otra manera que no se pongan en producción sectores enteros de actividad, que las políticas económicas se centren en la contención de la actividad y en el mantenimiento en barbecho de recursos que podrían satisfacer tantas necesidades humanas insatisfechas. La escasez de puestos de trabajo no sería tal si la Humanidad dedicara el esfuerzo humano y los recursos disponibles a la satisfacción de todos los individuos en lugar de ponerlos al servicio de los interés de lucro de los dueños del capital y los recursos.

El contexto del trabajo

Desde otro punto de vista, y en la perspectiva algo más concreta de las políticas y de los marcos institucionales, no puede dejarse de señalar que el tipo de actividad económica que se incentiva y se protege privilegiadamente no es hoy día la que implica directamente creación efectiva de riqueza. He mencionado más arriba que la financierización de nuestra economías, el mantenimiento de un estados de cosas que incentiva la ganancia especulativa y los intercambios orientados tan sólo a multiplicar el beneficio con independencia del grado de satisfacción social que llevan consigo no han podido sino originar un tipo de economías como las que hoy día conocemos y con la situación laboral a la que he hecho referencia.

Más concretamente, eso implica reconsiderar el tipo de impulsos necesarios para poner en funcionamiento los mecanismos económicos, al menos, en cinco grandes direcciones.

a) En primer lugar, es preciso modificar las políticas macroeconómicas dominantes de carácter deflacionista, esto es, ocupadas en contener la actividad para salvaguardar la pauta de producción y consumo que privilegia a los intereses más poderosos. Ya he señalado también que éstas políticas son directamente causantes de los problemas laborales de la actualidad y, en particular, del elevado nivel de desempleo. Se ha procurado, sobre todo, contener la generación de actividad económica y eso ha dado lugar no sólo a ritmos nominales de crecimiento económico más débiles, que de suyo implican menor capacidad de generar empleo, sino a la verdadera destrucción de la capacidad potencial de generarla. Sectores económicos enteros se encuentran en declive, recursos materiales ingentes se volatilizan, incluso los recursos naturales que utilizados estratégicamente podrían proporcionar satisfacción a toda la población se dilapidan. Basta mirar someramente a nuestro alrededor (agricultura, ganadería, pequeña empresa, producción vinculada a recursos autóctonos,...) para comprobar que las políticas económicas dominantes se encaminan a generar un verdadero desierto económico o, en el mejor de los casos, una frondosa pero improductiva arboleda. Mientras que el círculo de los intercambios monetarizados se restringe paulatinamente, se abre un abismo insondable en donde cada son más quienes han de buscarse la vida, si es que ello es posible, al margen de los recursos cada vez más concentrados en menos manos.

Es necesaria, en consecuencia, una vuelta de tuerca radical en la orientación de las políticas macroeconómicas para que contemplen de manera fundamental la expansión económica y la puesta en uso de los recursos potenciales. En lugar de perseguir continuamente el enfriamiento de la maquinaria económica hay que poner en ebullición las calderas de la actividad económica programando la producción de manera, sencillamente, que se produzca todo aquello que los seres humanos necesitan para vivir.

b) En segundo lugar, hay que considerar, sin embargo, que nuestra forma de generar actividad económica, lo que podríamos denominar el "modelo de crecimiento económico" es intrínsecamente imperfecta. Implica relaciones económicas marcadas por la dependencia -lo que impide que los espacios económicos hagan el mejor uso de los recursos de los que disponen-, por el despilfarro de nuestra base energética -lo que lo hace insostenible y depredador-, por la desigualdad -que lleva consigo la enajenación de las fuentes de creación de riqueza-, y autoparalizante, pues la inercia del beneficio deriva en continuas crisis y estadios sucesivos de sobreproducción y de quiebras en los procesos productivos.

c) En semejante contexto de deflación y contención de la actividad creadora de riqueza y empleo las políticas públicas que deberían estar orientadas a proporcionar las bases de lanzamiento de la actividad económica (mediante la creación de infraestructuras materiales, de servicios colectivos, de formación o fortalecedoras de la acción emprendedora) están cada vez más puestas en cuestión. La acción de los gobiernos se dirige más al ahorro social que a la inversión en generadores de actividad. El gasto público se demoniza, aunque no se descuida, sin embargo, el apoyo y la protección por muy costosa que sea de los intereses privados o de las estructuras al servicio del capital o, sencillamente, de la dominación política, ideológica o militar.

En particular, y conforme al grado de insatisfacción social dominante, no puede entenderse sino que los gobiernos deben convertirse en el mecanismo a través del cual afloren las relaciones económicas que actualmente se consideran fuera de los procesos económicos, pero que representan una parte principal del esfuerzo humano orientado a la satisfacción.

d) Un elemento singular que ha causado el deterioro progresivo de las condiciones laborales de la población es el debilitamiento de las estructuras del Estado de Bienestar, o en la mayoría de los países su propia inexistencia. En contra de lo que hoy día se toma, sin apenas fundamento, como un principio de partida de las políticas económicas, el mantenimiento, la creación o el fortalecimiento de actividades de protección, de asistencia o de bienestar social permitiría no sólo evitar la destrucción de puestos de trabajo, sino la creación de actividades laborales que permitieran la obtención de ingresos para toda la población. Concretamente, e incluso desde el puro punto de vista de ampliar los mercados y garantizar la salida de la producción potencial, han de establecerse los mecanismos que permitan el disfrute universal de ingresos mínimos garantizados.

e) Finalmente, hay que mencionar que nuestras economías se implican actualmente en relaciones de carácter global pero en condiciones que no llevan consigo una verdadera globalización de los patrones de satisfacción de las necesidades, sino de las pautas que permiten la mejor rentabilización de los capitales. Es necesario, por ello, asumir un nuevo tipo de proteccionismo, que no tiene que ver, como se ha solido considerar y como en realidad ocurre hoy en las grandes naciones o regiones con poder suficiente para ello, con la salvaguarda de los intereses más poderosos en los diferentes espacios nacionales, sino con la generación de actividad productiva vinculada a cada uno de ellos, procurando la satisfacción a partir de la utilización eficaz de los recursos autóctonos, cuando existan -como sucede con mucha mayor frecuencia de lo que a veces se cree-, o facilitando un tejido de relaciones comerciales que no esté marcado, como en la actualidad, por la asimetría, por el poder desigual y por el privilegio de los grupos económicos más potentes o desarrollados.

En definitiva, no puede aceptarse la idea de que el empleo esté como oculto en escondites que deberíamos tratar de descubrir, como suele decirse ahora, en virtud y en la medida en cada individuo disfrute del suficiente espíritu emprendedor. El problema es de otra naturaleza. Se trata de poner en primer término el parámetro de la necesidad general y a partir de ahí involucrar a los recursos en la producción de lo necesario.

La condición misma del trabajo

Es evidente que la situación actual del trabajo en nuestras economías deriva no sólo de las transformaciones estructurales mismas que se han venido dando, sino de las circunstancias sociales en las que se producen. Es preciso tener cuenta que la base tecnológica dominante y el tipo de relaciones productivas que se derivan de ellas modifica la condición en que puede desenvolverse el trabajo, no sólo cuantitativa, sino también cualitativamente.

Las piezas del rompecabezas económico se han hecho poliédricas y tienen hoy día un encaje mucho más complejo y dificultoso. La posibilidad de intercambiar actividades en tiempo real, de utilizar servicios intangibles como componente principal de la actividad productiva, la fragmentación de los procesos, la versatilidad de las técnicas y de los procedimientos implican necesariamente una concepción diferente del tiempo socialmente útil y, en consecuencia, una exigencia objetiva de flexibilización, e incluso de fractura en las secuencias. La posibilidad de intensificar el uso del tiempo y de obtener ganancias de productividad puede permitir un ahorro efectivo de esfuerzo humano y disminuir la cantidad de tiempo social utilizado en la producción. Igualmente, la complejidad de los procesos puede tender a requerir niveles de cualificación progresivos o muy especializados.

Pero ninguno de esos procesos, que realmente constituyen una novedad en nuestros sistemas productivos pueden ser ni un fin en sí mismo, ni una circunstancia que pueda contemplarse en abstracto. Debemos disponernos a aplicar nuestro esfuerzo en condiciones posiblemente diferentes a las que han sido tradicionales, pero tan sólo en la medida en que ello sea el resultado de un planteamiento previo sobre la estrategia de producción que es deseable de manera más generalizada. En realidad, cuando esas transformaciones se producen al amparo de una dinámica productiva orientada al lucro privado, terminan por ser la expresión de un trabajo humano empobrecido y empobrecedor, alienante y frustrante desde la perspectiva esencial del bienestar humano.

En definitiva, y como se ha escrito recientemente en un Informe al Club de Roma, los seres humanos "somos lo que producimos" (Giarini y Liedtke 1998), aunque podríamos decir también que somos como producimos, y el problema radica en que lo que hoy día más bien se ha decidido es no producir o producir tan sólo aquello que conviene a los intereses económicos dominantes. La complejidad es, así, mucho más aparente que real. Detrás de la incesante renovación tecnológica late un desarrollo cuya lógica principal es la autosuperación, detrás de la retórica de la calidad y la excelencia se esconde una descualificación progresiva de los oficios y de los saberes para la mayoría de la población, a la que se expulsa a los solares yermos de la desprovisión, y detrás de la vorágine y la competitividad no aparece sino la diáspora y la desertización productiva, el desmantelamiento de las bases materiales de la producción: el "horror económico" del que habla Forrester (1997).

6. Una (radical) reflexión final

He tratado de poner de manifiesto en estas intervención que el verdadero problema del empleo en nuestra época es mucho más que una simple cuestión de cantidad y ni tan siquiera sólo un asunto de calidad. En realidad, incluso hablar de escasez de puestos de trabajo, a pesar de las grandes cifras de paro existentes, puede llegar a ser paradójico si se tiene en cuenta la existencia de horarios de esclavitud, de actividades incesantes -como ocurre muy especialmente en el caso de las mujeres-, de la utilización de niños cuasi esclavos o, sobre todo, de la insuficiencia real de la oferta actual para suministrar bienes y servicios a la población mundial. No puede decirse, pues, que no haga falta más trabajo, sino que éste se emplea tan sólo si se satisfacen determinados criterios de rentabilidad, lo que obliga a pensar que lo que se necesita es una lógica distinta para su utilización. Son docenas, quizá cientos o miles de millones de personas las que dedican la mayor parte de su existencia a actividades de subsistencia que, sin embargo, no se traducen ni en el empleo del que entienden las estadísticas cuando éstas se convierten en un verdadero discurso social más que en una simple técnica de recuento, ni en los ingresos suficientes para cubrir necesidades que sólo se sacian a través de la dinámica de los mercados. Muchos son los que trabajan y no cuentan y tantos los que trabajan y cuentan aunque, sin embargo, tampoco eso les sirve de manera sustancial para lograr satisfacción. De suyo, no es trabajar o no lo que resulta finalmente determinante para lograrla, sino el poseer recursos monetarios, algo a lo que no todos acceden por igual en nuestras sociedades, pues no es el trabajo en sí mismo lo que puede garantizarlo.

El problema radical del trabajo la sociedad capitalista es que se desentiende de su vinculación efectiva con la satisfacción de la necesidad para incardinarse tan sólo en la ecuación del lucro que gobierna las relaciones sociales. Es un hecho, precisamente por ello, que el problema del trabajo y del empleo en el capitalismo moderno se plantea verdaderamente sea cual sea el nivel "oficializado" del desempleo existente, como muestra clara y recientemente el caso de Estados Unidos o de algunos países del Tercer Mundo. No es sólo un problema accidental o de coyunturas.

La época más reciente dominada por el neoliberalismo ha venido a exacerbar esta situación, pues esa filosofía no es sino un tratamiento de choque, aunque de impacto estructural, a una crisis profunda del sistema capitalista en la que precisamente el trabajo asalariado había abierto brechas demasiado profundas. Su inteligente y eficaz aplicación, no sólo por gobiernos que reconocían expresamente su influencia, ha permitido situar finalmente al trabajo en el lugar que debe corresponderle en el capitalismo, supeditado siempre a la estrategia de rentabilización del capital que se defiende y a expensas, pues, del beneficio.

El neoliberalismo ha logrado que gracias a las transformaciones que se han venido llevando a cabo se salvaguarde con éxito la civilización del capital, pero eso mismo nos indica cuáles son los resortes que inevitablemente deben modificarse si se quieren evitar sus lacras más severas, las que no hay manera de ocultar, ni de evitar bajo la misma: el incremento de las desigualdades, la insatisfacción y el malestar humano.

Si tan sólo queremos limitarnos a impulsar la creación de unos cuantos millones de empleos, basta sencillamente con favorecer la dinámica natural del ciclo económico, si nos es suficiente la generación de puestos de trabajo de cualquier condición y naturaleza, déjense a las empresas gozar de libertad y movimientos. Pero si lo que la sociedad se plantea es la satisfacción generalizada, la seguridad y la libertad real de los ciudadanos es preciso modificar las tres lógicas que degeneran hoy día el trabajo y la actividad humana: la lógica de la producción y del uso material de los recursos para procurar su utilización racional y sostenible; la de la regulación macroeconómica para hacer posible la equidad en el reparto; y la de los valores y creencias sobre los que fundamentamos nuestra vida colectiva, para que ésta no termine en la frustración generalizada a la que inevitablemente lleva la ganancia como único y privilegiado incentivo del ser humano.

Para ello es necesario comenzar a asumir nuevas perspectivas de análisis e imperativos éticos diferentes. No tener miedo, en fin, a poner "patas arriba" una sociedad que se lo merece por injusta. Cuando los economistas y los científicos en general aprendamos a plantear y resolver los problema sociales, y desde luego muy en particular el del trabajo, mirando a la cara de los hombres y las mujeres más desfavorecidos del planeta quizá tengamos menos ataduras para hacerlo.

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Efectos sobre el Trabajo

Saturación mercados

Agotamiento base tecnológica

Disminución tasa beneficio

Reestructuración

productiva a escala

internacional

· Nueva base tecnológica

(Nuevas Tecnologías de la Información)

Informatización + automatización

· Reorganización procesos productivos:

Toyotismo, producción flexible, post-fordismo

· Relocalización mpresarial:

desindustrialización selectiva

· Nuevas estrategias comerciales:

Diferenciación, imagen producto,

nueva pauta consumo

· Re-regulación mercados de trabajo:

Liberalización

Abaratamiento uso fuerza trabajo

Marcos liberales negociación laboral

· Reorganización "tecno-financiera" global:

Reestructuración gerencial y empresarial

· Nuevas industrias alta tecnología:

Valor añadido inmaterial

Disminución escala

Sustitución Trabajo por Capital

Trabajo muy cualificado

Especialización

Terciarización asociada

· Integración procesos productivos

Versatilidad

Flexibilización

· Aparición industrias maquilladoras

(contenido tecnológico medio):

Nuevos oficios y tareas

Especialización

Deslocalización

· Crisis industria tradicional:

Deslocalización

Quiebras

· Diseminación espacial actividad productiva

· Competencia compulsiva

· Paro

· Multiplicación categorías/Segmentación laboral

· Incremento demanda servicios personales a bajo coste

· Necesidad trabajo a tiempo parcial y horario flexible

· Desmantelamiento "territorios obreros" (gran fábrica)

· Diseminación internacional estructura laboral

· Desprotección legal

Incremento autonomía de las partes.

Crisis Dª Trabajo

· Trabajo ilegítimo:

niños trabajadores,

explotación femenina

· Economía sumergida

Regulación macroeconómica

El punto de partida

La estrategia

Los procesos

Los resultados

Efectos sobre el trabajo

· Disminución tasa beneficio

Distribución renta desfavorable al capital

Presión reivindicativa asalariados

(incremento coste laboral)

· Endeudamiento generalizado

· Hipertrofia flujos financieros

Inestabilidad monetaria

· Crisis aparato productivo

· Crisis económica internacional

· Quiebra automatismos

Crisis políticas económicas ‘stop and go"

Crisis fiscal

· Límites al crecimiento económico

Crisis materias primas

Crisis energética

Crisis división internacional del trabajo

(procesos de independencia nacional/

política de bloques)

· Recuperación tasa beneficio

· Nueva regulación monetaria

· Freno políticas redistributivas

desfavorables al capital

(fiscalidad, Estado Bienestar, Políticas Rentas)

· Políticas antiinflacionistas

Control salarial

· Políticas monetarias activas

Elevación tipos interés

· Políticas ajuste estructural

(mercado trabajo, industrial, financiera,...)

Privatización

· Keynesianismo reaccionario:

Incremento gasto militar

Incremento gasto vinculado interés privado

· Fortalecimiento lógica mercado:

Liberalización movimientos capital

Liberalización selectiva comercio mundial

· Mundialización relaciones capitalistas

· Regionalización:

Búsqueda espacios de dominación regional

· Renuncia mecanismos discrecionales

Desfiscalización

· Desprotección social,

Desmantelamiento Estado Bienestar

Incremento desigualdades

Incremento Pobreza, exclusión social

· Deflación

Freno al crecimiento económico

Pérdida impulsos a creación empleo

· Multiplicación de la deuda externa

Crisis tercer mundo

· Financierización economías

Crisis económicas de origen monetario

Especulación generalizada.

"Economía de casino"

· Revalorización patrimonios financieros

· Nominalización políticas económicas

Pérdida referentes economía real

Renuncia objetivo pleno empleo

· Incremento beneficio empresarial

· Paro

· Disminución retribución salarial directa, indirecta y diferida

· Desprotección laboral:

"trabajadores pobres"

· Incremento economía sumergida

Valores y legitimación social

El punto de partida

La estrategia

Los procesos

Los resultados

Efectos sobre el trabajo

· El "peligro" del pleno empleo" (Kalecki)

Reivindicaciones obreras

Luchas sociales: crisis jerarquías

Cultura del más

· Crisis sociedad de consumo

Limitaciones consumistas de sociedad desigual

Límites del consumo como fuente legitimación

· Burocratización estatal

· Crisis ideológica

Política bloques

Socialismo/Capitalismo

· Crisis legitimación

Agotamiento "pax keynesiana"

· Nuevas formas de legitimación social

· Inversión valores sociales

· Modificación pauta de consumo

Segmentación social

· Disciplina social

· Mercantilización industrias culturales

· Individualismo

Potenciación conducta egoísta

Aislamiento social

Privatización procesos solidaridad

Desestructuración mecanismos encuentro social

Descrédito de lo colectivo

Bienestar como aspiración individual

· Fragmentación social

· Déficits democráticos

· Tiempo de ocio, tiempo de sumisión

· La "mentalidad sumisa"

· Paro como disciplinador social

· Anomia y empobrecimiento personal

· Sumisión

Asunción jerarquías

· Desmovilización

Juan Torres Lópes

Partes: 1, 2


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