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Escatología en las primeras comunidades apostólica




Enviado por E. Marcelo Aguirre



    1. La comunidad primitiva de
      Jerusalén
    2. La propagación del
      cristianismo. La predicación paulina
    3. La perspectiva de la escuela
      joánica
    4. Corolario: La primitiva
      "espiritualidad escatológica"
    5. Bibliografía

    Introducción.

    Cuando hablamos de "escatología" en las comunidades primeras
    comunidades cristianas, nos referimos a cuál era su
    concepción y vivencia respecto de las realidades
    últimas en las cuales creían y a las que orientaban
    su vivencia de la fe en las diversas contingencias socio-políticas
    que les tocaron en suerte. Evidentemente no buscamos descubrir en
    estas comunidades un Tratado dogmático sobre las
    realidades últimas, sobre el futuro personal
    (escatología individual) y de la humanidad
    (escatología colectiva), pero sí queremos ver
    cómo la evolutiva concepción de estas cosas
    influirá en su modo de ser y vivir la fe.

    No se piense, empero, que la dimensión
    escatológica de las primitivas comunidades cristianas fue
    un novum ex nihilo, sino que se enraíza en la
    escatología profética judía, del Antiguo
    Testamento. Antes de Cristo, Israel miraba
    hacia el que había de venir.

    Después de la resurrección, la fe de las
    primeras comunidades cristianas miran al final de los tiempos:
    muerte,
    juicio, vida eterna. Los profetas del AT anunciaron los tiempos
    mesiánicos en un lenguaje
    fuertemente imaginativo

    En NT se manifiestan (al menos para la exégesis
    cristiana primitiva) cumplidas tales esperanzas: Cristo es la
    plenitud que esperaban; en él llega la "nueva
    creación", que es la salvación. Pero también
    paulatinamente se va tomando conciencia que
    falta la consumación del misterio de Cristo en los
    cristianos y en la historia; para los primeros
    cristianos, la vivencia de la fe estará teñida de
    la esperanza de la consumación escatológica,
    identificada con la recapitulación de todas las cosas en
    la segunda y definitiva venida de Cristo.

    Así, el Apocalipsis de Juan será
    testimonio ejemplar de las primitivas visiones simbólicas
    de la espera (inminente) del mundo definitivo.

    En efecto, la espera de la venida "inmediata" de Cristo
    resucitado que implantaría definitivamente el Reino de los
    cielos, caracterizó profundamente la vida de las
    comunidades primitivas, y tal tendencia hacia la
    "Jerusalén celeste" perjudicó en algún modo
    la idea de una Iglesia
    "histórica", pero ante el aplazamiento de la
    parusía, se fue forjando con el correr del tiempo la
    convicción de que la Iglesia está llamada a vivir
    desde la fe el ¡Marana tha!, como peregrina en el
    tiempo. Veamos un poco mas detenidamente como se fue dando este
    proceso.

    La comunidad
    primitiva de Jerusalén.

    …Y quedaron todos llenos del
    Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas,
    según el Espíritu les concedía
    expresarse… Pedro, presentándose con los Once,
    levantó su voz y les dijo:

    «Judíos y habitantes todos de
    Jerusalén: Que os quede esto bien claro y prestad
    atención a mis palabras: No están
    éstos borrachos, como vosotros suponéis, pues es
    la hora tercia del día, sino que es lo que dijo el
    profeta: Sucederá en los últimos días,
    dice Dios: Derramaré mi Espíritu sobre toda
    carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas;
    vuestros jóvenes verán visiones y vuestros
    ancianos soñarán sueños. Y yo sobre mis
    siervos y sobre mis siervas derramaré mi
    Espíritu. Haré prodigios arriba en el cielo y
    señales abajo en la tierra.
    El sol se
    convertirá en tinieblas, y la luna en sangre, antes
    de que llegue el Día grande del Señor. Y todo el
    que invoque el nombre del Señor se
    salvará».

    Hch 2, 4. 14-21.

    La actuación histórica de Jesús, y
    los acontecimientos capitales de su muerte y resurrección
    constituyeron el "eje del movimiento
    cristiano". Según el testimonio de los Hechos de los
    Apóstoles
    , Jerusalén, donde se había
    completado la obra redentora del Mesías, se
    convirtió en el centro de los seguidores de Jesús,
    lugar de reunión de los discípulos después
    de la dispersión del Gólgota.

    El clima de esta
    ciudad, que marcará ciertamente la formación de la
    primitiva Iglesia, estaba dado por la tradición religiosa
    de esta ciudad, las rivalidades entre fariseos y saduceos, pero
    también por el rasgo claramente escatológico del
    grupo de los
    ascetas de Qumrán.

    Como grupo religioso, los cristianos aparecían en
    Jerusalén como una hairesis, como una secta en el
    entorno judío. De hecho, obedecía a la Ley y veneraba el
    Templo, de modo que exteriormente no haber una marcada ruptura
    con la religión judía.

    A diferencia de los separatistas de Qumrán, la
    comunidad cristiana de Jerusalén siguió, al menos
    al principio, ligada a Israel, pero a diferencia éste, vio
    el cumplimiento de la esperanza mesiánica en la
    resurrección de Cristo, y la consumación de la
    promesa en su última y definitiva venida.

    La antigua invocación "¡Marana tha!"
    pronunciada por toda la comunidad durante las eucaristías
    domésticas, testimonia esta esperanza. Más
    aún, no se trataba de una simple devoción personal,
    sino de una esperanza que actúa como vínculo de
    unión de los creyentes, hasta hacer de todos "un solo
    corazón
    y una sola alma", a tal
    punto que los movía a relativizar la posesión de
    bienes, y a la
    vez, a compartirlos unos con otros.

    La comunidad de Jerusalén experimentó el
    cumplimiento de las señales de salvación: la
    Efusión del Espíritu anunciado por los profetas
    para los "últimos días", el perdón de los
    pecados, juntamente con sus exigencias de oración y de
    comunión. Pero reconoció a la vez que la plenitud
    de la obra salvadora no había llegado aún y que
    debía vivir en actitud de
    incesante esperanza.

    El caso del martirio de Esteban —acusado, al igual
    que su Maestro, de hablar desacreditando el Templo—
    atestigua una progresiva tendencia a desvincular la
    salvación escatológica con Jerusalén. Lo
    cual parecía acentuarse a medida que la comunidad de
    Jerusalén iba expandiendo su predicación misionera,
    a la vez que esto acarrearía serios conflictos con
    el judaísmo reticente a la predicación de la
    salvación universal por la fe en Cristo.

    Hacia el año 48/49 el llamado concilio de
    Jerusalén, reuniendo a los apóstoles, reconoce la
    posibilidad de una fe libre del yugo de la Ley, con lo cual se
    acrecienta el aislamiento de los hebreos cristianos en
    Jerusalén. Empero, los que estaban bajo la dirección de Santiago, el hermano del
    Señor, se esforzaron en permanecer fieles a la
    tradición judía, siguiendo ligados a Israel,
    incluso sociológicamente.

    La
    propagación del cristianismo.
    La predicación paulina.

    Así pues, si habéis resucitado con
    Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo
    sentado a la diestra de Dios. Aspirad a las cosas de arriba, no
    a las de la tierra.
    Porque habéis muerto, y vuestra vida está oculta
    con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra,
    entonces también vosotros apareceréis gloriosos
    con él.

    Col 3, 1-4.

    El reconocimiento del una fe cristiana libre de la Ley
    hizo posible que la predicación del Evangelio traspasara
    las fronteras del pueblo de Israel. Los crecientes
    discípulos, al igual que los apóstoles y
    evangelistas, colaboran en la "propaganda" de
    la salvación escatológica en Cristo, especialmente
    con la celebración de la eucaristía en reuniones
    domésticas de oración, en las que unánimes
    piden "que venga a nosotros el Reino".

    De la comunidad cristianogentil de Antioquia
    nació la iniciativa de que Pablo y Bernabé se
    consagraran a la predicación misionera. La urgencia de la
    proclamación universal de la fe estaba sustentada en la
    convicción de la inminencia del fin del mundo. Si bien
    Pablo y Bernabé se presentaban también en las
    sinagogas de las ciudades que respectivamente visitaban, eran
    escuchados sobre todo por los gentiles. La
    predicación de estos dos grandes heraldos afirmaba la
    esperanza escatológica en los cristianos provenientes del
    paganismo, que nada tenían que ver con la Ley mosaica.
    Pablo visitó un par de veces las ciudades de Asia Menor, hasta
    que, inspirado por una visión pasó a Macedonia.
    Tras una breve estancia en Palestina, tomó a Éfeso
    como centro de su actividad misionera entre los años 53 al
    57; allí tuvo que enfrentarse a un cristianismo de corte
    judaizante.

    La enseñanza de san Pablo está transida
    por la tensión escatológica resultante de los
    aún no consumados efectos salvíficos de la
    redención, de allí que el cumplimiento de las
    promesas realizadas en Cristo ocupe un lugar central en su
    predicación.

    La concepción de la esperanza paulina es
    inseparable de la paciencia en la tribulación: el
    bautizado ha sido arrebatado de este perverso mundo, es una nueva
    creatura y posee en sí, por el Espíritu, las
    primicias del mundo venidero, anhelando al cual gime toda la
    creación. Respecto de la segunda venida, en la que
    tendrá lugar ostensiblemente la manifestación de
    Cristo glorificado, algunos textos parecen sugerir una inminencia
    cronológica, aunque en otros, afirma expresamente
    desconocer ese tiempo y momento preciso.

    Mayor importancia que la precisión
    cronológica de la Parusía tiene la idea
    teológico-moral que le
    consigue: el cree en Cristo debe vivir ahora en comunión
    con Él y morir luego en Él. Este ideal de vida no
    sería posible sin el Espíritu, don
    escatológico por antonomasia, garante de la fidelidad de
    Dios, cimiento inconmovible de la esperanza cristiana

    La perspectiva
    de la escuela
    joánica.

    …Le dice Jesús: «Tu hermano
    resucitará». Le respondió Marta: «Ya
    sé que resucitará en la resurrección, el
    último día». Jesús le
    respondió: «Yo soy la resurrección. El que
    cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que
    vive y cree en mí, no morirá jamás.
    ¿Crees esto?» Le dice ella: «Sí,
    Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de
    Dios, el que iba a venir al mundo».

    Jn 11, 23-27

    «En verdad, en verdad os digo: el que
    escucha mi Palabra y cree en el que me ha enviado, tiene vida
    eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado de la muerte a
    la vida. En verdad, en verdad os digo: llega la hora —ya
    estamos en ella—, en que los muertos oirán la voz
    del Hijo de Dios, y los que la oigan
    vivirán»

    Jn 5, 24-25.

    A diferencia de la escatología paulina, en san
    Juan el acento de la esperanza escatológica está
    situado más decididamente en el presente, en la realidad
    actual del creyente. Juan prefiere reposar en la posesión
    de la vida eterna otorgada ya aquí al que cree en Cristo.
    El que cree en Él y lo ama y ama a su prójimo,
    camina en la luz porque posee
    ya la vida eterna y pasa de la muerte a la vida, sin estar
    sometido al juicio. La resurrección se nos anticipa ya en
    esta vida. A pesar de este acento en la perspectiva
    escatológica del presente, san Juan no deja de aludir a
    los acontecimientos del último día, juicio y
    resurrección de los cuerpos, y también a la segunda
    venida, que será con toda propiedad la
    Epifanía del Señor.

    La escatología del Apocalipsis es
    complementaria a la del cuarto evangelio: su centro es el Cordero
    resucitado, aclamado por todos los que bañados en su
    divina sangre llegaron a la gloria. Pero antes los creyentes
    tendrán que soportar un enjambre de males sobre esta
    tierra caduca.

    Las persecuciones no hacen sino reclamar la
    instauración definitiva de los cielos nuevos y la tierra
    nueva anunciados por los profetas.

    Por eso el fin de las "visiones" contenidas en este
    libro tienen
    como fin robustecer la esperanza de los primeros cristianos en
    medio de las tribulaciones provenientes de los poderosos del
    mundo que dan la espalda a Dios, representados por entonces en el
    babilónico Imperio Romano
    aún no converso.

    Entretanto la vida cristiana es una existencia
    escatológica, testificada por el anhelo de la mutua y
    plena posesión del Esposo y la Esposa, Cristo resucitado y
    la Iglesia.

    Por eso, acertadamente podemos ver que mística
    escatológica que nos presenta la escuela joánica,
    especialmente remarcado en el libro del Apocalipsis —aunque
    no descarte la perspectiva individual— no propone en primer
    lugar una relación del alma individual y Cristo, sino ante
    todo una mística eclesial.

    Corolario: La
    primitiva "espiritualidad escatológica"

    «Dentro de poco el mundo ya no me
    verá, pero vosotros si me veréis, porque yo vivo
    y también vosotros viviréis. Aquel día
    comprenderéis que yo estoy en mi Padre y vosotros en
    mí y yo en vosotros. El que tiene mis mandamientos y los
    guarda, ése es el que me ama; y el que me ame,
    será amado de mi Padre; y yo le amaré y me
    manifestaré a él».

    Jn 14, 19-21.

    Para las primeras comunidades cristianas, la prueba
    decisiva de que el Jesús histórico era el Cristo de
    los últimos días vino por el acontecimiento de la
    resurrección y su consiguiente predicación bajo el
    impulso del Espíritu que Él mismo había
    enviado desde el Padre.

    La batalla decisiva contra los poderes del mal
    había sido ganada, y la restauración, el mundo
    futuro estaba germinando en las comunidades de los que abrazaban
    la fe, la cual era celebrada en las eucaristías
    domésticas, verdadero y principal centro de unidad de las
    comunidades.

    La espiritualidad de los primeros cristianos, con los
    matices propios que vimos en las diversas comunidades
    apostólicas, en líneas generales, era vivida en la
    tensión del "ya pero todavía no" (tensión
    que, por otra parte, perduró de un modo u otro a lo largo
    de la historia de la Iglesia; piénsese, por ejemplo, en la
    predicación del inminente Juicio de un san Vicente de
    Ferrer en la Europa
    moderna).

    A partir de lo que tuvimos oportunidad de ver hasta
    aquí, es evidente que la demora de la parusía
    actuó como una fuerza de
    decisiva importancia en la conformación de la vivencia de
    la fe en los primeras comunidades cristianas.

    Un especialista en la materia, nos
    dice lo siguiente, y con sus palabras terminamos este informe: "El
    Nuevo Testamento está lleno de evidencias que
    señalan los problemas,
    tanto psicológicos como teológicos, que la demora
    de la parusía creó a los miembros de la Iglesia.
    ¿Cuándo vendrá el Señor?
    ¿Dónde está Él ahora?
    ¿Cuál es el estado de
    la existencia cristiana hasta que Él venga? Tales
    preguntas y las respuestas dadas a ellas por los primeros
    cristianos determinaron para siempre la forma de la
    espiritualidad cristiana". —

    * * *

    BIBLIOGRAFÍA

    Peter STOCKMEIER, "Edad Antigua", en
    LENZENWEGER-STOCKMEIER-AMON-ZINNHOBLER (dir), Historia de la
    Iglesia Católica,
    Barcelona, 1997.

    • John D. ZIZIOULAS, "La comunidad cristiana
      primitiva", en ", en AA. VV., Espiritualidad Cristiana,
      Lumen, Buenos Aires,
      1996 (tomo I).
    • J. APECERA PERURENA, "Escatología en el
      cristianismo primitivo", en AA. VV., G.E.R., Rialp,
      Madrid,
      1981 (tomo VIII).

    Fray Marcelo María Aguirre OP
    (Marcellus)

    UNSTA, Buenos Aires, 2005.

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