Summa Theologiae, II-II, qq 171 -
174
- Introducción
- Esencia de la profecía
- Causa de la profecía
- Modo del conocimiento profético
- División en especies de la profecía
Introducción
El "tratado" De prophetia
es inmediatamente posterior al extenso estudio De virtutibus, que incluye
las virtudes teologales, cardinales, sus derivadas, los vicios que se les
oponen, y los dones del Espíritu Santo en cuanto perfeccionan dichas
virtudes. En la introducción a estas cuestiones, fray Tomás,
coloca la profecía entre los carismas, que entran en la clasificación
escolástica de las gratiae gratis datae. El carisma profético,
por lo demás poco común, al igual que los demás carismas
es otorgado por el Espíritu Santo para la edificación de la
Iglesia. A continuación presentamos una síntesis doctrinal del
tratado que nos ocupa.
-
[Esencia de la profecía]
- [Si es un tipo de conocimiento]. En primer
lugar, la profecía principalmente consiste en cierto conocimiento,
puesto que los que la poseen conocen, por una elevación de la mente
en virtud de cierta inspiración del Espíritu Santo, algunas
cosas totalmente lejanas al conocimiento de los hombres —es el caso de los
que pueden ser llamados profetas "por apariciones" [a phanos], ó como en el A.T.: "videntes", pues alcanzaban a ver aquellas
cosas que estaban escondidas en el misterio, ó como entre los gentiles:
"vaticinadores"—. En segundo lugar y secundariamente consiste en
la locución, en cuanto que los profetas anuncian para edificación
de los oyentes aquellas cosas que conocen divinamente. En tercer lugar, a
la profecía pertenece la operación de milagros como una cierta
confirmación del anuncio profético —aquí entran la profecía
del cadáver de Eliseo, y otros casos—.
- [Si es un hábito]. Propiamente hablando, la
profecía no es un hábito, puesto que la luz profética
inhiere en el intelecto del mismo a modo de cierta pasión ó
impresión transeúnte, y no a modo de forma permanente pues,
en tal caso, el profeta tendría consigo la facultad de profetizar.
- [Si se refiere sólo a los futuros contingentes].
El conocimiento profético, que es por medio de la luz divina, se extiende
a todas las cosas que caen bajo el alcance de la misma, esto es, todas las
cosas tanto espirituales como corporales, pero propia y principalmente trata
de aquellas cosas que son lejanas al conocimiento humano. Y éstas en
tres grados: (1) aquellas cosas que no son desconocidas por todos los hombres
sino por algunos, ya según los sentidos, ya según el entendimiento
—ej: presencia ó ausencia de alguien en un lugar lejano—; (2) aquellas
cosas que sin ser en sí mismas incognoscibles son desconocidas a causa
de la limitación del conocimiento humano —ej: la Trinidad de las personas
divinas—; (3) aquellas cosas que en sí mismas no son cognoscibles,
como los futuros contingentes, cuya verdad no está determinada [en
el tiempo – cf. infra 6]: éstos constituyen el objeto más
propio de la profecía, dando, por lo mismo, el sentido primario a tal
nombre.
- [Si el profeta conoce todas las cosas profetizables].
Quien conoce perfectamente un principio en toda su virtud, simultáneamente
conoce todas aquellas cosas que son conocidas a través de aquel principio;
ignorado el mismo ó conocido sólo de un modo general, no necesariamente
ocurre lo dicho. Y puesto que el principio de la luz profética es la
misma Verdad primera, el profeta, que no ve la misma, por consiguiente, no
conoce simultáneamente todas las cosas profetizables, sino sólo
algunas y según una especial revelación de esto ó aquello
de las mismas cosas.
- [Si el profeta discierne aquello que percibe divinamente
de aquello que ve por su propio espíritu]. La mente del profeta es
instruida por Dios de dos modos: ya por medio de una revelación expresa,
ya por medio de cierto "instinto" que algunas veces experimentan
[patiuntur] incluso las mentes indoctas. En el primer caso, el profeta
tiene máxima certeza de aquello que le ha sido divinamente revelado;
en el segundo, el profeta no siempre puede discernir plenamente si aquello
que piensa lo piensa por un instinto divino ó por su propio espíritu.
- [Si las profecías pueden ser falsas]. Puesto
que la profecía es cierto conocimiento impreso en el intelecto del
profeta a partir de una revelación divina recibida a modo de cierta
doctrina, ó bien cierto "signo" ó semejanza impresa
de la pre-ciencia divina, no puede ser falso ni el conocimiento profético
ni el anuncio del mismo, incluso en lo tocante a la contingencia de los singulares,
pues ante la presciencia divina están presentes y ya determinados a
algo uno.
-
[Causa de la profecía
- [Si existe profecía
de tipo natural]. En cuanto versa sobre el conocimiento infalible
de los futuros contingentes en sí mismos, lo cual excede totalmente
al conocimiento humano, la profecía, propiamente no puede venir de
la naturaleza [cf. 172, 5], sino sólo de una revelación divina.
—De la naturaleza puede venir, a lo sumo, un conocimiento probable de los
futuros contingentes, por vía experimental—.
- [Si viene de Dios por
mediación de los ángeles]. Según el orden universal
establecido por Dios las realidades inferiores son dispuestas por medio de
las intermedias. En el caso de la revelación profética, que
es una perfección del entendimiento, las iluminaciones y revelaciones
divinas son enviadas a los hombres por mediación instrumental de los
ángeles, que son seres intermedios entre Dios y los hombres.
- [Si para profetizar se
requiere una disposición natural]. Considerada en sí
misma, la profecía, en cuanto proviene de una inspiración divina,
no exige una disposición previa a modo de materia preexistente por
parte del sujeto que la recibe, empero, Dios puede otorgar simultáneamente
el don espiritual de la profecía y la disposición conveniente
al orden de la naturaleza.
- [Si se requiere la bondad
de las costumbres]. La bondad de las costumbres puede tomarse dos sentidos:
ya en cuanto a la raíz de las mismas, que es la gracia santificante
[gratia gratum faciens]; ya en cuanto a las pasiones interiores y acciones
exteriores del alma. En el primer caso, no es requerida la bondad de las costumbres
por la profecía, esto es, la profecía puede darse sin la gracia
santificante, ya que ésta última tiene por fin principal unir
al alma con Dios por la caridad y, por tanto, perfecciona directamente la
voluntad, mientras que la profecía perfecciona directamente al intelecto
y, además, como todos los demás carismas [gratiae gratis
datae], es otorgada para la utilidad de la Iglesia y no directamente para
la unión del alma del profeta con Dios por la caridad. – En el segundo
caso, considerando que para la profecía se requiere máxima elevación
de la mente hacia la contemplación de las realidades espirituales,
se requiere de la bondad de las costumbres para que el profeta no se vea impedido
del ejercicio de la profecía por la vehemencia de sus pasiones y una
ocupación desordenada respecto de las cosas exteriores.
- [Si existe alguna profecía
que venga de los demonios]. Puesto que es propio de la profecía
tocar realidades lejanas al conocimiento humano, bajo cierto respecto, puede
venir de los demonios cuyo conocimiento natural es superior al humano; pero,
absolutamente hablando, la profecía sólo puede provenir de Dios,
cuyo conocimiento toca realidades lejanas, incluso, al conocimiento angélico.
En caso de venir de los demonios, el dato profético es recibido en
la imaginación y no siempre excento de engaño; a tales profetas
se los nombra comúnmente con el añadido: "de los demonios",
"de Baal", etc. En la auténtica profecía, se trata
de una iluminación intelectual y siempre verdadera; los que la reciben
son denominados simplemente "profetas", ó "profetas
del Señor", etc.
- [Si los profetas de los
demonios dicen alguna vez lo verdadero]. Cuanto de bondad se
encuentra en las cosas, tanto de verdadero en el conocimiento de las mismas.
Y así como es imposible encontrar algo entre las cosas que carezca
totalmente de bondad, es imposible encontrar algo que sea totalmente falso.
Por tanto, incluso la profecía que viene de los demonios contiene algo
verdadero, lo cual hace que tal profecía sea susceptible de recepción
por parte del intelecto humano.
-
[Modo del conocimiento profético]
- [Si los profetas ven la misma Esencia de Dios].
El conocimiento profético es un conocimiento más imperfecto
que el de los bienaventurados, cuyo objeto es la misma Esencia divina. La
visión profética comporta un conocimiento divino pero como "desde
lejos" [ut a remotis], y no es visión inmediata de la divina
Esencia [ex propinquo], pues lo que ve no lo ve en Ella sino a través
de ciertas "semejanzas" recibidas por ilustración divina
a modo de espejos de la misma.
- [Si la revelación profética se realiza por
la infusión de algunas "especies" ó por la
sola infusión de la luz divina]. La revelación profética
puede darse mediante sólo la infusión de la luz divina, ó
mediante la infusión de "especies": (1) por medio de la sola
infusión de la luz divina en el intelecto del profeta —como los discípulos
de Emaús, a quienes el Señor abrió la mente para que
comprendieran las Escrituras; ó José que interpretó contenido
profético implicado en el sueño del Faraón—; (2) por
medio de "especies" impresas totalmente nuevas, ya sensibles —como
si a un ciego de nacimiento se le imprimiera divinamente en la imaginación
semejanzas de los colores—, ya inteligibles —como la ciencia ó la sabiduría
infusa que recibieron Salomón y los Apóstoles—; (3) ó
bien, ordenando divinamente "especies" percibidas a partir de los
sentidos —como Jeremías que vio el caldero hirviente derramarse hacia
el sur—.
- [Si la revelación profética siempre comporta abstracción de los sentidos]. Teniendo en cuenta lo inmediatamente
dicho: no hay abstracción de los sentidos cuando algo es representado
en la mente del profeta mediante "especies" sensibles —como el fuego
mostrado a Moisés—; tampoco es necesario que haya alienación
de los sentidos cuando la mente del profeta es ilustrada por la luz divina,
ó cuando recibe "especies" inteligibles ya que, perfeccionado
de tal modo por dichas luz ó especies, nuestro entendimiento, para
perfección de su juicio, se vuelve a las realidades sensibles; pero
cuando hay revelación profética por medio de formas imaginarias,
necesariamente hay abstracción de los sentidos, porque las apariciones
imaginarias percibidas no se refieren a cosas exteriores percibidas por los
sentidos. Tal abstracción de los sentidos puede ser perfecta ó
imperfecta, según que el profeta no perciba nada sensiblemente ó
algo, sin poder discernir plenamente qué percibe imaginariamente por
revelación y qué por medio de los sentidos.
- [Si la profecía siempre comporta conocimiento de aquellas cosas que se profetizan]. Es propio de la profecía perfecta
conocer aquello que el Espíritu revela. Pero, puesto que la mente del
profeta es instrumento deficiente del Espíritu Santo, que es el agente
principal de la profecía, existe también auténtica profecía,
aunque imperfecta, en la cual el profeta no siempre conoce lo que el Espíritu
Santo intenta revelar visiones, palabras —como cuando David decía: El Espíritu del Señor ha hablado por mi—,ó hechos
—como cuando los soldados rasgaron el manto de Cristo—.
174 – División
en especies de la profecía
- [Especies de profecía]. Como todo acto,
la profecía se diversifica por su objeto, que es lo que existe en el
conocimiento divino por encima de la facultad humana, propiamente las cosas
futuras. De donde: (1) profecía "de conminación" —amenaza—:
acerca de las cosas futuras en su causa: no siempre se cumple, pues
anuncia propiamente el orden de la causa al efecto, que puede ser impedido
por lo que advenga; (2) "de predestinación": acerca de las
cosas futuras en sí mismas: sólo con respecto al bien
que Dios ha decidido realizar en nosotros; (3) "de pre-ciencia":
respecto de las cosas que han de ser realizadas por el libre albedrío
del hombre: incluye lo bueno y lo malo.
- [Si es la más elevada aquella profecía que
no comporta visión imaginaria]. La profecía que por la cual
la verdad que excede a la capacidad natural del hombre es percibida en visión
intelectual, desnuda de semejanza corporal ó imaginaria, es más
excelente que la que incluye tales semejanzas, pues más se acerca a
la visión de la Patria, donde tiene lugar la desnuda contemplación
de la misma Verdad.
- [Diversos grados de profecía según las
visiones imaginarias]. En el género de profecía que comporta
visión imaginaria pueden considerarse, a su vez, cuatro grados: (1)
la verdad sobrenatural revelada es manifestada al profeta por medio de imágenes:
ya en sueño, ya en vigilia —siendo más perfecta esta segunda—;
(2) la verdad inteligible revelada es expresada al profeta —en vigilia ó
en sueño— por medio de palabras oídas ó bien por medio
de imágenes simbólicas —más perfecto: el primer caso—;
(3) el profeta no sólo percibe palabras ó símbolos de
hechos, sino que ve además —en vigilia ó en sueño— alguien
que habla consigo ó que le muestra algo; (4) si el personaje que habla
ó muestra algo al profeta es percibido [in specie] como hombre,
como ángel, ó como el mismo Dios —más perfecto: el último
caso—.
- [Si Moisés fue el mayor de los profetas].
Moisés fue el mayor de los profetas en relación a tres cosas
implicadas en toda profecía: (1) en cuanto al conocimiento de lo revelado:
Moisés fue el primero tanto en visión intelectual, pues vio
la misma Esencia de Dios, cuanto en visión imaginaria, pues hablaba
con Dios cara a cara como un hombre con su amigo; (2) en cuanto al anuncio
profético: pues hablaba a todo el pueblo fiel como nuevo legislador
representante de Dios —los demás profetas inducían a cumplir
lo que dijo Moisés—; (3) en cuanto a la operación de milagros:
aunque, en cuanto a la sustancia misma del milagro, los hubo mayores entre
los de otros profetas, en cuanto al modo, los milagros de Moisés fueron
los mayores pues fueron hechos en favor de todo el pueblo —como los obrados
en tierra de Egypto—.
- [Si puede ser profeta un bienaventurado, ó quien ve —comprehensor— la Esencia divina]. Dado que el conocimiento
profético implica cierta visión "como desde lejos",
y esto en dos sentidos: (1) por parte del conocimiento mismo: la verdad revelada
no es conocida en sí misma sino por medio de "especies" ya
sensibles, ya inteligibles; (2) por parte del mismo vidente: que con tal visión
no ha sido conducido a la última perfección; por todo ello,
no puede ser llamado propiamente profeta quien ve la Esencia divina de modo
habitual y permanente; quedando a salvo los que tuvieron un rapto transeúnte,
como Moisés y Pablo; en el caso especial de Jesucristo, , según
lo dicho puede ser considerado profeta, no en cuanto era bienaventurado —comprehensor—
sino sólo en cuanto viador.
- [Si la profecía crece con el transcurso
del tiempo]. La revelación profética efectivamente
progresa en el tiempo. Puesto que la profecía se ordena al conocimiento
de la verdad divina, por cuya contemplación somos instruidos (1) en
la fe y (2) en el gobierno de nuestros actos, hay que considerar su crecimiento
de la misma en ambos respectos:
- En cuanto a la fe —cuyo principal objeto es (a) el conocimiento
de Dios y (b) el misterio de la Encarnación de Cristo—, la profecía
ha crecido en tres tiempos: (1.a.) antes de la Ley: instrucción profética
acerca de la Deidad dirigida a Abraham y otros padres; durante la Ley: revelación
profética de la potencia y simplicidad de la Esencia divina, expresada
en el inefable nombre, dirigidas por medio de Moisés a todo el Pueblo;
después de la Ley ó en el tiempo de la Gracia: por el Hijo de
Dios es revelado el misterio de la Trinidad. (1.b) En cuanto a la fe en la
Encarnación de Cristo, fueron más plenamente instruidos los
que estuvieron más cerca de Él, ya antes, ya después,
siendo más plenamente instruidos los de después que los de antes.
(2) En cuanto a la dirección de los actos humanos, la revelación
profética se diversifica no según el transcurso del tiempo sino
según a las ocupaciones de los hombres: en cada tiempo los hombres
fueron divinamente instruidos según convenía a la salvación
de los elegidos
* * *
Para este artículo trabajé sobre
el texto latino de la Summa en la Opera Omnia Sancti Thomae,
versión electrónica del Instituto Regina Apostolorum,
1997.
* * *
Fray Marcelo María Aguirre OP (Marcellus)
marcellusmop[arroba]gmail.com
UNSTA, Buenos Aires, 2005.
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