Hola soy Fernanda.
Soy una muchacha más común que corriente.
Vivo en un barrio donde las casa de lujo rodeadas de bellos jardines, los empleados y el mayordomo, así como el perro ‘Gran Danés’, son solo espejismos.
Esta es mi historia.
Es la voz de mi madre, es una buena mujer, ha sufrido mucho pero también ha tenidos ‘buenos momentos’.
Mi madre tenía que trabajar mucho para sostenernos a mí y a mi hermano Juan.
Años atrás, mis abuelos -los padres de mi madre- gente de apellido y abolengo pero sin un centavo en el bolsillo, decidieron casar a la doncella para salir de la pobreza.
Pobre mi madre, tuvo que acceder a las presiones de mis abuelos y al galanteo del viejo Benavidez... y se casó, es decir contrajo ‘nupcias’ con todas las de la ‘ley’.
Al paso de los años la joven doncella se iba convirtiendo en una bella y deseable mujer.
Entre los asiduos visitantes apareció un joven ‘pintón’, con traje de gabardina y zapatos de charol, bien ‘futre’ el guambra... del típico ‘chulla quiteño’: bohemio, jugador, mujeriego, díscolo y plantilla.
Aurora desplazada por su marido - pues éste se preocupaba más de sus negocios (era chulquero) que de su joven mujer... ésta ‘ni corta ni perezosa’ se fijó inmediatamente en el ‘chulla’ Pérez, y empezaron los amoríos a escondidas y hurtadillas.
Pero la realidad triste y desconsoladora no tardó en llegar. Pérez era hijo de un gamonal dueño de haciendas cercanas a Quito, con una de las huasicamas de la ‘casa grande’, y, al no ser reconocido como hijo legítimo, no tenía ‘donde caerse muerto’, a parte de los que llevaba puesto.
Por fin el mentado Benavidez, dándose cuenta de los desvaríos de su ‘amada’ esposa decide poner fin a la situación... matar a la infiel (nadie lo castigaría porque sería en defensa de su honor), y propinar una golpiza del ‘padre y señor nuestro’ al sinvergüenza del Pérez.
Pero antes de que aquello ocurra, Aurora y su ‘consorte’ ya habían planeado la huida... pare ello, el ‘chulla’ había empeñado en el ‘Monte de Piedad’ un poco de joyas que le había logrado sacar a su ‘Padre’.
Así lo hicieron y se fueron en tren para Riobamba. El viejo Benavidez se quedó con las ganas de matar a su mujer y de golpear al amante. Solo le quedó la satisfacción de parecerse al mejor de los ’venados’ que pueblan las llanuras americanas.
En la acogedora ciudad de Riobamba - flanqueada por el ‘coloso de los Andes’ el nevado Chimborazo, a su lado el Carihuayrazo, frente a ellos el majestuoso Tungurahua y cerrando el círculo 'blanco’ el imponente Altar -, empezó el idilio de los amantes.
Los primeros tiempos fueron más de ‘miel’ que de ‘luna’. Abrazados, cogidos de la mano recorrieron las calles y plazas de la ciudad; visitaron las iglesias, los conventos; en el mercado de la ‘La Merced’ comieron el tradicional y exquisito 'hornado' con mote, y los afamados ‘jugos de sal’, y para que ‘resbale’ un rico ‘rompenucas’ (refresco acompañado con hielo del Chimborazo) que al decir de los entendidos es ‘santo remedio’ para la resaca, o también conocido como ‘chuchaqui’.
El amorío dio sus frutos: una linda chiquilla, gordita y rosadita, que en deferencia a la bisabuela del ‘chulla’ le bautizaron con el nombre de Fernanda (claro... no se equivoquen que soy yo...) y, un varoncito de la misma textura al cual llamaron Juan, en cariño a su padre.
Aquello es lo único que tenemos de recuerdo de nuestro padre, porque haciendo honor a su fama de mujeriego y bohemio, abandonó a mi madre por una manabita.
Mi padre y madre solían ir a eso de las seis de la tarde a la estación del ferrocarril a observar la llegada del tren desde Guayaquil. En uno de esos viajes llegó Carola - la manabita - que flechó inmediatamente al ‘chulla’ Pérez.
La Carola y su amante emprendieron viaje –sin siquiera mirar atrás- rumbo a la ‘Perla del Pacífico’. Mi madre –frente a tales circunstancias- decidió regresar a Quito con sus dos vástagos ‘a cuestas: Fernanda y Juan.
Fue un día de agosto, soleado y veraniego: vientos fuertes, verde y hermosa vegetación, cielo despejado y azul como el de la capital. La gente alegre y sonriente paseaba por las calles y plazas de la ciudad.
Mientras mi madre conjugaba la sonrisa de sus labios con la tristeza de sus ojos /amaba a su ciudad / pero todavía amaba a su ‘chulla’.
Fuimos a vivir en un barrio del sur, para ser más precisa en la Ferroviaria Baja. En una casa donde vivían tres familias más... pobres igual que nosotros... pero, donde sobre todas las cosas primaba la amistad, la sinceridad y la solidaridad. El único problema era la ‘casera’, es decir, la dueña de casa, que no perdonaba un día de atraso en el pago del alquiler, y además que nos racionaba el agua y la luz... ah¡, y el baño, que era uno solo para todos los habitantes de la casa, el mismo que se ocupaba solo desde las 06h00 hasta las 0630, desde las 12h00 hasta las 12h30 y para finalizar el día desde las 18h00 hasta las 18h30-
Fue una de las primeras amistades que tuve en el barrio, él fue quien me presentó a los otros muchachos y muchachas que frecuentaban la casa parroquial para dialogar con Leonidas, porque –después de un tiempo y agarrada confianza- ya le tuteaba, y a él no le disgustaba para nada.
Mi madre me exasperaba con esas diatribas, y le contestaba furiosa:
Mis amigos del barrio son el recuerdo más hermoso que tengo de haber vivido en la Ferroviaria.
Juan, Teodoro, Pedro, Samanta, Sandra y otros nombres que se me escapan este momento de la memoria. Los fines de semana especialmente los sábados, bajábamos al río Machángara a jugar a los ‘chullitas y bandidos’, con pistolas de madera, arcos y flechas -construídas de los llamados ‘usos’-. A mi hermano Juan que todavía era pequeño le sentábamos para que observara el juego con la promesa nunca cumplida de que las próximas veces el sí participaría.
En las noches con todos los muchachos y muchachas del barrio nos divertíamos jugando a los ‘marros’, otros a la ‘rayuela’, lo más al ‘trompo’ y a las ‘bolas’. Los más grandecitos bajaban raudos y veloces con sus coches de madera hechos por ellos mismos, con sus propias manos y recursos. Los más pequeños jugaban al ‘churo’, al ‘zumbambico’, a los ‘tillos’ y a los ‘billusos’.
Pero eso a mi no me interesaba, no me importaba. Igual me divertía con todos mis amigos a lo grande... igual le entrábamos ‘duro y parejo’ al fútbol, yo era el arquero del equipo los ‘Siete machos’ en contra de los ‘Piratas’, así como también jugábamos basKet y voley, pero el ‘ecuatoriano’. Uno de esos infortunados pero cotidianos días el gordo Teodoro le dio tal puntapié al balón de fútbol que éste describiendo una precisa parábola fue a estrellarse en uno de los ventanales de la casa de los ‘creídos’ del barrio. Todos huimos despavoridos en distintas direcciones. Nunca más volvimos a ver a nuestro ‘apreciado’ balón de fútbol. Vivíamos inmersos en la pobreza/tristeza por la falta de cosas materiales, pero también en la alegría/riqueza de disfrutar de la compañía de los amigos, del padre Leonidas, de los vecinos.
Mientras esto sucedía sin que nuestras mentes juveniles pudiesen captarlo, la ciudad crecía: altos edificios, amplia y extensas avenidas, hermosas casas, amplios parques para la recreación. Quito se desarrollaba y progresaba, pero en un solo sentido, hacia el norte.
Mientras que la situación para unos pocos mejoraba para muchos, es decir, para la mayoría desmejoraba aceleradamente.
Mi madre como mujer de pueblo ya presentía que las cosas se iban a joder más de lo que ya estaban. Para la época asistía a un colegio solo de mujeres, el ’24 de mayo’. Yo quería entrar en un colegio mixto, hombres y mujeres, para estar con mis amigos y amigas... pero la terquedad de mi madre pudo más que mis buenos deseos.
Tenía amigas agradables, buenas y simpáticas, otras en cambio no tanto porque se creían las muy chéveres por que sus padres tenían un poco más de dinero, y por tanto casi y nos despreciaban.
La profesora de matemáticas la Srta. Paredes tenía un temperamento de los ‘mil demonios’.
En los recreos jugamos a las ‘cogidas’, a las ‘escondidas’, o a cualquier otra cosa que nos hiciera olvidar al Licenciado Fernández, profesor de Castellano y a la Inspectora General.
En el colegio, entre juegos y diversiones, clases y estudios, me sucedió un hecho inesperado que no lo había previsto. Nadie me había hablado de ello ni siquiera mi madre... (en verdad algo había escuchado cuando conversaban las alumnas de mayor edad)... pero no sabía a ciencia cierta de que mismo se trataba. Sentí en mis muslos una sensación de humedad, entre al baño y, ¡cual mi sorpresa!. Tenía el interior manchado de sangre.
¿Qué había pasado?. ¿Qué había sucedido?.
Me sentí un tanto mal. No sé un tanto medrosa. Quizá por no haber obedecido a mi madre. No sé... Les conversé a mis amigas, me indicaron que vaya a la enfermería, que ahí me ayudarían.
Me explicó por qué sucede la menstruación, y también me dio algunos consejos de salud y limpieza. Este hecho confirmó mi condición de mujer. Al llegar a casa se lo conté inmediatamente a mi Madre.
Luego empezó el discurso, la retahíla de miedos, prohibiciones... que no debo jugar con mis ‘amigotes’ del barrio, ni fútbol, ni nada; que no debo salir sola a la calle. Que cuando me ‘baje’ no debo bañarme, e inclusive para colmo de males me hizo una lista de lo que no debía comer.
¡Ah... empecé a notar cambios en mi cuerpo!. Por un lado me sorprendieron, pero por otro, me llenaron de alegrías y felicidad. Empezó a crecer mi busto... ¡se imaginan!. Qué maravilla.
Las caderas se me pusieron más anchas y, empezó a aparecer el vello en el pubis y en las axilas. Claro, la vida en casa y en el colegio continuaba.
*
De tarde en tarde, en la casa de la Susana Suasnavas, en su cuarto y a escondidas de sus padres – por supuesto -, revisábamos con tanta atención y mucho silencio (dignas de una clase en el colegio) las revistan que nos mostraban fotos de las relaciones amorosas entre un hombre y una mujer, las diferentes ‘poses’ para hacerlo, acompañadas de textos eróticos o pornográficos... pues no sé. Era la primera vez que nos enterábamos de cómo era el sexo masculino... ¡se imaginan, ya con dieciséis años encima!.
Otras veces nos reuníamos en mi casa para estudiar y conversar, pero más para lo segundo que para lo primero. Además de las revistas porno nos interesaba un tema que despertaba nuestra curiosidad; los muchachos, los chicos... ¡ahhhh... gritábamos todas! Al mismo tiempo. A mí me gusta el Lalo –decía Lucita -.
A mí el trompudo del Felipe, gritaba la Susanita. En cambio, Lilián permanecía callada y escuchando a las ‘inexpertas’. Ella era una compañera especial, sus padres la tenían como ‘santa’. Jamás salía pro las noches a ninguna fiesta o kermesse; pero, por las tardes, al salir con cualquier pretexto (el más: voy a la biblioteca mamá) daba candela y sacaba chispas. Con su enamorado conocieron, visitaron y fueron clientes de los más variados moteles y hoteles de la ciudad.
Adrián era un muchacho simpático y guapo, que conocí en una fiesta a la cual asistimos invitados por los estudiantes del colegio ‘El Prado’.
Así nació una amistad que pronto se convertiría en un enamoramiento apasionado (que al pasar los años me pareció tan vacío, banal y sin el menor sentido).
Adrián vivía en el norte de la ciudad. Sus padres eran de posición económica acomodada. Georgiano de la Torre –padre de Adrián -, era un burócrata de alto rango que había escalado posiciones pisoteando a los demás, es decir, había tenido mucha ‘suerte’. Pero más suerte tenía su esposa que se gastaba el dinero en los juegos de té canasta con sus amigas que hacían lo mismo con el dinero de sus respectivos maridos. Adrián asumiendo su papel de macho, me pedía, que a veces me parecía exigencia, una ‘prueba de amor’. Yo, me negaba constantemente, ya saben, por el que ‘qué dirán’ en esta sociedad ‘conventual y atrasada’. Pero ganas de ‘pecar’ no me faltaban – se los digo, así sinceramente y en confianza -. En casa mi madre había notado el cambio.
Así era mi madre.
La angustiosa situación económica en que vivíamos, agravada por la subida de los precios de la leche, el pan, el arroz, el azúcar, etc. (gracias al gobierno de la ‘oligarquía’), obligó a mi madre a vender sus ‘favores’ a extraños. El ‘Molino Rojo’ se llamaba el lugar donde mi madre ‘trabajaba’. Este estaba ubicado en el exclusivo barrio de La Mariscal, donde solo frecuentaban lo mejor de la capital.
La Vanessa era la hembra más apetecida del ‘Molino Rojo’, se la disputaban los ricos hacendados, los banqueros, y uno que otro militar y policía que gustaban de esos sitios.
El ambiente sórdido, la bulla, la música, los griteríos de las meretrices y de los viejos borrachos, las luces mortecinas y tenues de rojo y azul tinta, se extinguían lentamente cuando empezaba a clarear el día. Recogida en su abrigo regalado por un ‘cliente’, Vanessa la reina del ‘Molino Rojo’ cogía el mismo bus –que en el silencio del alba, asustando a las ‘beatas’ y despertando a los ‘basureros’ y cargadores de los mercados - emprendía el recorrido de regreso hacía su hogar: diario, monótono y aburrido. Mi hermano Juan y yo, sufríamos mucho soportando esta situación. Decían cosas feas de mi madre en el barrio. La gente nos miraba de mala manera y con desdén. Por eso, Aurora, decidió enviar a Juan a un internado de un colegio religioso.
Al final como en la mayoría de los casos, un día sábado a las 8 de la mañana nos despedíamos de Juan, que ya estaba embarcado en un bus que le trasladaría a San Patricio de Cumbayá; con su grande maleta comprada en el mercado de la ’24 de mayo’ a precio de costo. Nos quedamos solas Aurora/madre y Fernanda/hija.
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Mi relación amorosa con Adrián continuaba sin mayores contratiempos. El no sabía nada de mi casa. Y yo estaba dispuesta a defender ‘mi secreto’ a costa de lo que fuera. Pero, sin embargo, cada noche antes de acostarme miraba a través de la venta y observaba la miles de lucesitas que titilaban como estrellas en el firmamento. Aquello que hace de las noches quiteñas las más hermosas y agradables. Miraba la obscuridad, el hilo de luz reflejado por la luna llena... silencio en la calle: solo se oía el trastabillar de los ebrios consuetudinarios, de los ‘amigos de lo ajeno’ y de las trabajadoras nocturnas de la calle, o como dijo el poeta de las ‘samaritanas del amor’.
Adrián es guapo, tiene dinero, Si pero nada más. Esas eran las múltiples interrogantes que me planteaba cada noche antes de dormirme. Eran inquietudes que me cortaban el sueño y me mantenían despierta y cavilando toda la noche. ¿Es así la relación amorosa entre un hombre y una mujer?. ¿Se podrá encontrar el verdadero amor?. Bueno, bueno, terminen con tanta pendejada o esto va a parecer mas bien, una de esas tragicomedias que pasan todos los días por la televisión. Adrián, por otra parte, vivía en un mundo de cristal, sin problemas económicos, dedicado a las discotecas, a pasear en moto con sus amigos y a embriagarse de vez en cuando.
Una existencia sin metas ni objetivos en la vida.
Adrián y sus amigos siempre "con la peinilla en la mano y cara de yo no fui... discutiendo que marca de carro es mejor..." como dice en su canción el ‘filósofo’ de la salsa Rubén Blades.
Alegría y sinsabores en la vida colegial. Nosotras, como todas las chicas de nuestra edad éramos inquietas y bullangueras.
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Furiosa la profesora de Historia, la Lcda. Lucrecia de Borja, recorría los pasillos del colegio en dirección del rectorado. Estas alumnas me las van a pagar. Ya van a saber quién es una Borja, Hacerme eso a mí. Poner un sapo en la caja de tizas, sabiendo que yo odio esos animales repugnantes. ¡Auchhh, que asco!. Gracias a la Lcda. Borja se recibió clases durante un mes paradas y sin chistar una sola palabra. En los recreos nos reuníamos en grupos para conversar sobre un sin fin de temas: otra vez los chicos, maquillajes de moda, el baile del viernes, del ‘flaco’ Andrade.
- Pásame el esmalte, Patricia - decía Pepa -, la chica "sexi" del curso. El lápiz labial rojo, es sensual, al "pollo" de mi enamorado le traigo loquito de la cabeza – decía María Luisa Beltrán –hija de la profesora de Geografía.
¡Cuando de repente la chica modelo del curso, María Fernanda Corral, entró corriendo donde nos encontrábamos reunidas, - desencajada el rostro y exhausta de tanto correr - para avisarnos que se acercaba la "sargento pichucho", la Sra. Josefina Marques, Inspectora del Colegio. Fue tarde la señora entró casi al mismo tiempo que nuestra buena amiga y de una furibunda mirada y un estentóreo gritó, nos encaminó hacía la oficina del rectorado del colegio. Al día siguiente llamaron a nuestros padres, nos reprendieron, amenazaron con suspendernos el grado, Fue todo una tragedia...
Cerca de los exámenes finales, nos preparábamos mis amigas y yo con decisión y ahínco. Bueno, no les voy a exagerar, también conversábamos de todos los temas que preocupan a las adolescentes. Pero, incluíamos uno que antes no nos había preocupado ni lo habíamos pensado: ¿Qué hacer después de graduarnos?.
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Sueños hechos realidad.
Otros, frente a las duras condiciones de vida jamás llegarán a concretarse.
Vivir entre la fantasía y la realidad.
No saber con certeza que nos depara el futuro.
No nos han preparado lo suficiente como para enfrentar lo que está a la ‘vuelta de la esquina’, Una profesión que nos permita salir adelante, progresar.
Una profesión que llene nuestras aspiraciones y expectativas.
Que no seas simplemente una profesión que nos asegure mayores ingresos económicos y posibilidad de ascenso social.
Uno debe sentirse realizado con lo que hace.
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Por fin llegó el día esperado.
Claro que para ello tuvimos que esperar hasta el mes de septiembre, porque la ‘Mefistófeles’ de la Inspectora nos suspendió por ‘mala’ conducta.
Ese día nos despedimos del querido colegio, con el firme propósito de nunca más volver a él.
Mi madre estuvo feliz, también mi hermano Juan - quién era ya casi todo un hombre- y que gracias a su buen comportamiento los salesianos de San Patricio le habían concedido permiso para que asista a mi graduación, y por supuesto a la fiesta -.
¡ Que viva la graduada!. Que viva… Menudeaban los bocadillos de sal y de dulce, el arroz revuelto con la presa de pollo y papitas fritas con mayonesa, salsa de tomate y mostaza. El ‘trago’ para los mayores – el ‘pájaro azul’ del trapiche a la mesa, de Guaranda es -, para los jóvenes un vino, y uno que otro ‘trago’ del bueno. Fue mi primera ‘borrachera’ - antes claro con amigos tomábamos cerveza, a veces un trópico, pero no me había embriagado. El día de la fiesta de mi graduación fue la primera vez. Abrazada de mi madre y de Juan lloraba desconsolada no tanto por lo difícil que habían sido estos años, no solo por lo que era mi madre, no solo por la impronta lejanía de mi hermano, sino sobre todo por la ausencia de Adrián. Durante las vacaciones - antes de ingresar a la universidad, a la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Popular -, Adrián y yo pasábamos la mayor parte de tiempo juntos.
Pensaba que con él, hablo de Adrián, había alcanzado la felicidad, me sentía como una mujer realizada. Creía yo que era el verdadero amor. Cada día nos acercábamos más –ahora pienso que fue más físico que espiritual, de pensamiento e ideas -. Procurábamos estar casi siempre en sitios solitarios disfrutando de nuestro amor.
Adrián acariciaba todo mi cuerpo, me besaba… yo me sentía desfallecer… experimentaba nuevas y agradables sensaciones… nunca antes había sentido pero las intuía. Era el placer sexual al cual toda mujer y hombre sano mental y físicamente tenemos derecho.
‘Tanto va el cántaro al agua que éste se rompe’ reza un dicho popular. Tanto insistió Adrián que en una tarde lluviosa, las calles semidesiertas, los pocos transeúntes ‘empapados de pies a cabeza’ por al aguaje, lucesitas que se divisaban en el horizonte septembrino, nos dirigimos hacia la residencial ‘el zambo colorado’ en el centro histórico de la ciudad.
El dependiente un viejo sesentón, sin señas de haberse afeitado un buen tiempo, con la ropa derruida por la pobreza o por la pereza, nos miró de reojo con cierto asombro y escepticismo.
Fue una tarde llena de situaciones paradójicas. El deseo y el placer confundidos con el dolor y la frustración. En la habitación de al lado dos viejitos peleaban por no sé que bobería que ni ellos mismos entendían. Se podía oír todo, porque de una habitación de esas grandes y altas, típicas de una casa antigua, la habían subdivido en por lo menos ocho cuartos pequeños como el que nosotros ocupábamos.
Adrián más conocedor, más ‘canchero’ como dicen por ahí - bueno, eso me había dicho él -, disfrutó, claro pero a su manera. A mí me quedó un sabor agridulce. En mi casa, recostada en mi cama pensaba, ¿qué dirá mi madre si se llega a enterar?, ¿qué dirán mis amigos/as, los vecinos del barrio, que dirá el país cuando lea estas líneas…?.
Ahora me pongo a pensar que absurdo fue todo aquello. Que serie de temores, amenazas y advertencias nos proferían nuestros padres sobre el sexo, la sexualidad, el embarazo, el aborto, la relación de pareja. Pero lo único que lograron fue despertar nuestra desconfianza hacia ellos y hacia los demás. Que actuemos inseguros de nosotros mismos, llenos de prejuicios, con traumas que sin duda nos durarán toda la vida sino los superamos.
Ahora lo comprendo todo, bendita sociedad la nuestra.
*
Noviembre 25, primer día de clases en la Facultad de Jurisprudencia.
Nuevos amigos, nuevos profesores. ¡Qué alegría… qué emoción!. Pero al mismo tiempo qué miedo. Me invadía el cuerpo un cierto nerviosismo y temor… un temor a no sé que. Tal vez, porque había oído a las beatas de mi barrio hablar no muy bien de la Universidad Popular… - que es un nido de comunistas, que ahí te ‘lavan el cerebro’, que no es un buen sitio para las mujeres…
Y que como expresaba con toda sabiduría mi bueno y querido Padre Leonidas: "… los padres –antiguos consideraban deshonroso que sus hijas estudiasen en la Universidad Popular; que se mezclaran con el elemento masculino. Velaban por aquello que era la máxima virtud de una mujer la ‘virginidad’.
- Se imaginan, creo que si sé lo imaginan, no, lo terrible que debe haber sido mujer, en estos tiempos.
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- Buenos días señores y señoritas, y señoras estudiantes (se le escapó una sonrisa maliciosa, al decir esta última frase) al afamado maestro Dr. Ricardo Cascante, profesor de Derecho Penal. Era un hombre joven, no tan guapo, elegante eso sí, y sobre todo conocedor de su materia. Por eso a todas las chicas, casadas o no, nos impresionó a ‘primera vista’. Todos los estudiantes durante los primeros días de clase nos poníamos de pie al entrar el profesor al aula, - antigua costumbre traída del colegio - que luego con el pesar del tiempo dejamos de hacerlo, porque se veía un tanto ridículo.
El profesor de Derecho Procesal era caso aparte. Durante los exámenes del primer trimestre nos pusimos juntos para corregirnos y ‘copiar’ entre todos. Dr. Ignacio Clavijo, se llamaba el profesor que en medio de la realización del examen exclamaba a viva voz: ¡tres estudiantes están copiando, sino dejan de hacerlo inmediatamente pierden el año!.
La incertidumbre era total, cada uno de nosotros nos preguntábamos quienes eran los tres ‘copiones’. Nadie hablaba con nadie ni nadie copiaba a nadie. Todos quietitos y en silencio. Solo al final del año nos enteramos que el Dr. Clavijo no veía ni a ‘un metro de sus narices’, era casi ciego. En mi aula existían cerca de 80 estudiantes, paulatinamente se iban conformando los consabidos ‘grupos’ de amigos. Yo intimé con tres muchachos y dos muchachas, cuyos nombres eran, Fabricio de Portoviejo, Patricio de Quito, Ernesto el ‘chagra’ de Riobamba, y tanto Matilde como Sandra de la bella ciudad de Ibarra. Como notarán la mayoría eran de provincia, a excepción de Patricio que –a mucha honra, manifestaba- es de la ‘colonia de quiteños residentes en Quito’. Nació una amistad muy hermosa entre todos, hasta me atrevería a decir, que más sincera y llena de confianza que con los amigos del colegio.
Confieso que desde un inicio sentí cierta inclinación y preferencia por Ernesto, de estar en su compañía, escuchar su conversación. Era muy agradable estar en clase y aún más disfrutar de las diversiones y estudios con mis compañeros y amigos. Una de las personas que más nos llamó la atención y que con el correr del tiempo se convirtió en uno de nuestros mejores amigos fue el profesor Alejandro Vinueza. Persona muy inteligente y capaz. Razonaba así con respecto a la mujer y al Alma Mater: "En la universidad son pocas las mujeres que –con relación a las que se matriculan en el primer año - culminan sus estudios. La mayor parte de ellas se hacen de un ‘compromiso’ en el transcurso de sus estudios y regresan a sus ‘funciones naturales’, el cuidado del hogar, el matrimonio"; y, continuaba: "Esta situación debe cambiar radicalmente. La mujer no puede ser el ‘agente transmisor’ de una ideología que pretende mantener lo establecido. La mujer debe dejar de ser la primera ‘machista’. La mujer debe dejar de lado el ‘papel’ que le ha asignado la sociedad, el de ser abnegada, sumisa y obediente al hombre". Es el momento de decir basta, de cambiar el orden de las cosas", - concluía, nuestro amable profesor -.
Con el descubrimiento de nuevos elementos de la vida, situaciones inesperadas, nuevas y enriquecedoras formas de pensar y actuar… casi, casi me había olvidado de ‘mi amor’ Adrián. En realidad después de lo que había sucedido, las cosas cambiaron con respecto a él. No fuimos los de antes. Sentí que con respecto a nuestra relación amorosa, él la iba enfriando cada día más. Descubrí que la forma de pensar de Adrián, sus gustos, intereses y aspiraciones, empezaban a diferir diametralmente de los míos. Me di cuenta de que había sido utilizada. Comprendí que para él no era más que un objeto de satisfacción sexual, en el cual descargar toda su frustración machista, de provenir de un hogar vacío, lleno de prejuicios, en resumen hipócrita, más preocupados de ‘el que dirán’.
Entendí que para él no era una persona con sentimientos, con deseos, con inquietudes, un ser humano anhelante de ser respetado, comprendido, y sobre todo amado. Si no solo un ‘mueble’, un objeto al cual se lo podía coger y dejar cuando quisiera.
Una mañana soleada y hermosa – cuando me dirigía la universidad -, en un autobus repleto de gente, en donde a parte del abusivo chofer, hay algunos que pasan y repasan al disimulo y otros te van topando de la forma mas descarada. Otra forma de agresión a la mujer y a su dignidad.
Me sentí más tranquila, gozaba de la paz espiritual que estaba experimentando a partir del ‘rompimiento’ del noviazgo con Adrián. Iba primando en mí la necesidad de empezar a meditar, analizar y reflexionar sobre todo lo que nos rodea, las gentes, las situaciones sociales, políticas, económicas, culturales, y de hecho sobre la relación de la pareja, especialmente de la pareja joven en edad y espíritu. Corría al aula de clase a ganar un asiento, porque como les dije éramos como ochenta en el curso, pero solo había sesenta bancas. Por suerte –como de costumbre -, el profesor de Legislación Universitaria no llegó.
Salíamos de clase cerca de las siete (19h00) de la noche todos juntos y cada quién con sus mejores amigos, con su grupo. Nosotros, Fabricio, Patricio, Sandra, Matilde, Ernesto y yo, caminábamos hacia la cafetería ubicada frente a la universidad, para conversar mientras saboreábamos un delicioso café cargado y con un cigarrillo de marca nacional. Discutíamos la clase que nos dictaba el ‘profe’ Alejandro, que era la materia que más despertaba nuestras inquietudes.
Salíamos todos con grandes dudas e interrogantes pero con la íntima satisfacción de que estabamos avanzando.
Nos despedíamos en la esquina para subirnos al autobus (pero para mi suerte y creo que para él también), Ernesto y yo íbamos en la misma dirección, hacia el sur.
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En la universidad la situación se encontraba conflictuada, miles de estudiantes manifestaban su desacuerdo con el poder gobernante. ¡Abajo el gobierno represor!, abajo … Gritaban alumnos u alumnas universitarios –avanzando por la Plaza Indoamérica -, portando carteles, banderas y pancartas alusivas al alto costo de la vida, a la defensa de los derechos humanos, a detener la tortura y la represión. Presupuesto para la educación y no para la represión, era la consigna que más identificaba a todos los concurrentes. Llegaban los ‘romanos’ protegidos hasta ‘los dientes’ con ‘cara de guerra’ y listo para acabar con el ‘enemigo’. El conocido ‘trucutú’ lanzando agua con colorante, bombas lacrimógenas y vomitivas, iban y venían. Pese a ello, la lucha continuaba.
Un compañero se integró a nuestro grupo, se llamaba Arturo. Era un buen estudiante, capaz e inteligente, con vastos conocimientos de la problemática nacional e internacional, profundamente solidario y sensible con el dolor humano, líder carismático y con gran ascendencia en los demás. Influyó mucho en nosotros. Personalmente me ayudó a comprender con claridad hechos y acontecimientos de la vida. Me ayudó a entender que la unidad entre los de ‘abajo’ es una condición indispensable para avanzar. Que es necesario conocer los fenómenos de la naturaleza y la sociedad d manera seria y exhaustiva para interpretarlos científicamente y trasformarlos.
Nos enseñó a ser menos dogmáticos y más radicales. Aprendimos, conjuntamente, a ser tolerantes y poder convivir con el diferente para luchar contra el antagónico. Nos enseño que la unidad no es un mito, que hay que defenderla en la diversidad. Una unida de diferentes y no de antagónicos, - nos decía -. Fue una vivencia enriquecedora tanto espiritual como material. Todos dimos un paso hacia delante en nuestra comprensión e interpretación del mundo, de la sociedad y de sus relaciones. Un aciago día del mes de octubre. Supimos la trágica noticia. Arturo había sido asesinado por las balas del régimen opresor. Pero Arturo, como decía el poeta "… es de esos hombres que nunca mueren…". Su semilla crecerá y fructificará cientos y miles de veces…
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Mi amistad con Ernesto crecía cada día más. Hablábamos de muchísimos temas, de la situación social del país, de la economía, de la política, de la cultura… Pero, también conversábamos de la relación entre las parejas de jóvenes que se aman o pueden llegar a amarse.
Llovía una de esas tardes típicas de la serranía ecuatoriana. No importaba más nos interesaba estar juntos y seguir charlando. Toda la gente en las calles corría para no mojarse. Los autobuses repletos de personas, con su bocinas hacían un ruido ‘infernal’, las vendedoras ambulantes recogían sus puestos de venta. Todo era agitación en el ‘exterior’. Contrario a lo que pasaba en el ‘interior,’ todo era paz.
Ahora me explicaba con claridad sobre las causas de algunas cosas que me habían sucedido. Porque en mi relación con Adrián el sí se satisfacía, yo en cambio no lo hacía plenamente, no sentía el verdadero placer de hacer el amor con alguien que verdaderamente ames. Él era el macho que me poseía, yo la mujer sumisa que recibía lo que me quería dar.
En la Universidad, las clases continuaban. En los exámenes se veía de todo, ‘maestros de la copia’, escribían en los pupitres, los que trabajaban de ‘burócratas’ se pegaban los papelitos con las ‘pollas’ en la parte de atrás de sus corbatas. Una amiga se había escrito en la pierna, cada vez que el profesor se alejaba, ella se lazaba la falda y copiaba. Gran método, no ?. Entre esto u aquello, un buen día llegaron al curso estudiantes de un grupo político ha promoci0onar a sus candidatos para la Directiva de la Asociación Escuela. Ofrecían el ‘oro y el moro’, pero como es de suponerse nada cumplieron, cuando con nuestro voto ganaron las elecciones y por tanto la Presidencia de la Asociación Escuela de Estudiantes de Jurisprudencia. Según oímos, al día siguiente de las elecciones, los llamados ‘chinos’ con armas en la mano, garrotes y otros enseres más, irrumpieron en el aula que estaban realizándose los comicios, propinaron tremenda paliza a sus contrincantes políticos y se llevaron las urnas con los votos. Luego aparecieron, pero con la ganancia de la lista por ellos presentada.
Luego me enteré que este amigo había sido ‘chino’, pero que había rectificado su rumbo, muy a tiempo.
También me contaron después, que le habían roto la cabeza y fracturado un brazo, las hordas ‘chinescas’ al grito de ‘traidor al marxismo - leninismo’.
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Había olvidado por completo a Adrián. Su figura en mi mente, iba siendo sustituida, paulatinamente, por otra figura, la de Ernesto. Se nos había hecho casi una costumbre caminar juntos y solos después de salir de la Universidad. Me apasionaba su conversación especialmente la relacionada con las parejas, el amor, la sexualidad…
Al llegar a casa seguía escuchando las palabras de Ernesto.
- Al que más recordamos y queremos, es al profesor Alejandro Moreno; digno profesor universitario. Honra de su cátedra.
Siempre en todas sus clases mantuvo vivo en la mayoría de nosotros, ( no en todos por supuesto, porque como dice el dicho " de todo hay en la viña del señor"); la necesidad de avanzar, de progresar intelectualmente. Consolidar nuestra conciencia respecto de la problemática social, política, económica, del país y del mundo.
Aprendimos a no aceptar acriticamente todos los " enlatados" que nos vienen del " Norte". Aprendimos a analizar los objetos o fenómenos que se suceden a lo largo de nuestra "sufrida" vida.
Sentía que cada día me iba enamorando mas de el. Y también, sentía que no le era indiferente.
Le observaba detenidamente cuando hablaba, y me recorría por el cuerpo y la mente una sensación de paz, de tranquilidad, pero al mismo tiempo rebullía un volcán listo a explotar.
Una hora en la que se retiran del parque, los jugadores de cocos, los ‘empedernidos’ jugadores del ecuavoley, ’veteranos’ dedicados al fútbol; y, aparecen las prostitutas, los homosexuales. La señora que vende los " canelazos", la de los caramelos, chicles, cigarrillos. Sentía que se iban conjugando armónicamente, sabiamente entrelazando, el amor, esa sensación espiritual, de ideas, de intereses, y el deseo creciente de estrechar nuestros cuerpos (cóncavo y convexo), de hundirnos en el mar del deseo, de la atracción física. De gustarnos. De disfrutarnos. De enamorarnos. De hacer el amor. Aumentaba el respeto, y la confianza entre nosotros. Aquello permitió atreverme a contarle a Ernesto, el tipo de la relación amorosa que tuve con el Adrian = " the plastic people".
- Fui utilizada - le dije - simplemente me constituí en su objeto de placer; en la persona que podía satisfacer sus desenfrenados deseos de hacer el amor. Asumí, lamentablemente, - ahora me doy cuenta de ello -, el papel que nos ha designado la sociedad " ir vírgenes al matrimonio, cuidar la casa, criar hijos y " complacer" en todo al marido".
Pero, gracias a ustedes, a los buenos maestros que hemos tenido en la Universidad. Gracias a los excelentes libros que hemos compartido, en su lectura y análisis crítico. Logré tener una nueva y mejor perspectiva de la vida, de sus situaciones positivas y negativas. Pude entender, como la realidad social, la política, la religión, la moral, el Estado; influye grandemente en tu relación dentro de la sociedad, en tu relación familiar, y también en la personal. Entendí como somos el reflejo, " producto" de una sociedad que quiere mantener las cosas tal y como están: Donde " el que come no trabaja; y l que trabaja no come". Por tanto la relación mía con adrián no era mas que un producto de lo que esta aquí. De lo inolvidable. De lo eterno.
- Te digo sinceramente – continúe hablando -, me quite " la venda que tenia sobre los ojos" , y vi en realidad con quien estaba: un tipo vacío, sin aspiraciones validas, tonto engreído. ¡ Se me hacia poco hombre!
Creo en la relación de pareja – con matrimonio- o sin –el-, en verdad tu madre ( ¿tu padre es fallecido? Me pregunto), creo que le gustaría vernos casados, y te digo sinceramente a mis padres también. Pero esa decisión la tomaremos entre los dos, cuando maduramente sintamos la necesidad de formalizar nuestra relación. – El matrimonio para nosotros no debe ser más que un acto simbólico-.
Nuevamente a clase. Estábamos ya en el segundo año de la escuela de Derecho. Que alegría encontrarnos con los viejos amigos. Mucha gente se había retirado, es decir, no regresó al segundo curso. Hay sientas de razones por la que la gente no regresa, desertan de la Universidad. Una de ellas: muchas compañeras se casan, y se dedican " a cuidar al marido", además que estos les prohíben seguir en la U.
Bueno así es la vida, que le vamos hacer.
Ernesto te amo.
Carmen te quiero
Nuestra relación debe basarse en la confianza.
en el respeto.
en la solidaridad,
en la ayuda y cooperación mutuos.
en nuestra relación debe primar la responsabilidad,
el amor y el deseo sexual,
el apasionamiento y la atracción física,
el gustarse el uno con la otra.
Nuestra relación debe significar,
interiorizarse la una con el otro,
Comunión de ideas, pensamientos, caricias, miradas, gestos.
Nuestra relación debe avanzar. No perdamos la esperanza, luchemos.
*
Cierto día, mi madre recibió un telegrama:
Sra. Aurora de Pérez.
Grato comunicarle, marido suyo, en Huaquillas, Próspero comerciante,
futuro diputado de la República. Felicitaciones y saludos.
Su amiga Calixta Sarmiento.
P.D. saludos a Juanito y Fernandita.
Huaquillas, 25 de diciembre de 1989,
Fin.
FERNANDO ELOY VENEGAS DE LA TORRE
Quito
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