Capítulo 9
"El proceso contra Kina"
Tutmés fue informado del deceso de su concubina mientras se encontraba aún en una de las ciudades del sur, y a pesar de lo doloroso que debe haber sido para él la noticia del fallecimiento de Ahset, tomó una actitud digna de un soberano que se encuentra por encima de las cuestiones mundanas y de los pesares del corazón, propio de los simples mortales. Decidió permanecer en Nekhen hasta concluida la festividad, ordenando que se iniciasen los ritos de Ut con los restos de su mujer, dejando a cargo del visir el proceso en virtud del cual se investigarían los sucesos que desencadenaron la tragedia.
La indignación invadió a Rekhmyre en contra de Kina, sabiendo que era ella la promotora de las actividades que habían desencadenado el fatal desenlace, pues el visir conocía tanto como yo, que la princesa asiática alentaba los delirios de Ahset a la vez que la manipulaba.
Kina fue encarcelada en la mazmorra de palacio por orden suya, mientras al resto de los implicados se los encerró en las cárceles de la alcaldía.
Como era de esperarse, el asunto conmocionó la residencia real, transformándose en el bocado preferido de las damas del harén, muchas de las cuales vieron renovarse sus esperanzas de influir en el Faraón, aprovechando el duro golpe que significaba para el soberano la muerte de la mujer que amaba.
Desde que el Faraón arribó a Waset se conoció la noticia de que no juzgaría él mismo a los culpables del incidente, delegando la responsabilidad en Rekhmyre, que formaría el consejo que tendría a su cargo el proceso. Por algún motivo que no comprendí, Tutmés se mantuvo al margen del asunto, como restándole importancia, tal vez deseando aparentar que se trataba de un asunto doméstico que no acaparaba demasiado su atención. Me comentó el secretario del visir que Tutmés se reservó para sí el derecho de dictar la sentencia a los acusados.
El juicio se inició una semana después de ocurridos los hechos, estando presente el Faraón y el resto de la familia real, en tanto se permitió la asistencia de los miembros del harén y la nobleza de la capital, entre la que se contaban solo los funcionarios más encumbrados.
El salón de reuniones de palacio dio cita a los personajes más importantes de la provincia en la apertura del proceso en que se buscaría la resolución del incidente que había concluido con la muerte de Ahset, y en la que Rekhmyre acusaba a la princesa Kina de intento de asesinato sobre mi persona, pues en mi condición de funcionario diplomático, era representado por el visir, como máxima autoridad de los poderes del imperio por debajo del Faraón.
Yo me encontraba en el lado opuesto de la sala en que se había instalado el consejo, esperando para ser llamado a declarar en condición de testigo y víctima al propio tiempo. Tausert, nerviosa, se hallaba a mi lado en todo momento, acompañándome.
El murmullo del público se trasformó en un silencio absoluto cuando ingresó la principal acusada, la princesa Kina, a la que se hizo sentar frente al tribunal, del otro lado de la sala. Llevaba puesta un bello atuendo blanco tratando de inspirar inocencia y lucía en su cuello lujosas alhajas de oro y pedrería dignas de una reina extranjera.
Su tocado, con una corona de florcitas amarillas entrelazadas le confería una apariencia de pureza y candidez que engañaría a cualquiera. Los comentarios por lo bajo que siguieron a su ingreso fueron rápidamente acallados por el portavoz del consejo, que mandó a llamar a Uakhau, a quien hicieron ingresar por una puerta lateral. Uakhau, primero en ser interrogado, era el secretario escriba de la necrópolis que declaraba como acusado de permitir la profanación del lugar sagrado. Se hizo arrodillar al reo, que contestaría las preguntas con la cabeza gacha, sin levantar la vista hacia el Faraón, sentado en su sitial, junto a la princesa Meryetra. A la diestra del monarca y por debajo del nivel en que se encontraba la pareja real, se hallaba el estrado, en que se había reunido el consejo de justicia o Kenbet.
Uakhau se veía asustado mirando a hurtadillas al tribunal, sin poder ocultar su temor y su vergüenza. Sudaba copiosamente, mojando su faldellín con las gotas que caían desde su prominente abdomen. Despojado del paño de su cabeza, se veía aún más indefenso, con sus manos atadas por detrás de la espalda.
---- Uakhau, hijo de Merty, se os acusa de permitir la profanación del valle de las tumbas de las reinas con motivos perversos. Decid lo que tengáis para expresar en vuestro favor, y hablad con la verdad, pues de no ser así sufriréis la condena de los inicuos.---- dijo el visir.
---- Mi señor, os juro que recibí un papiro en donde se autorizaba la presencia de las damas del harén para un ritual secreto de consagración del sepulcro.----
---- ¿Quién autorizaba la presencia de las concubinas?---- preguntó el visir.
---- El sello que lacraba el papiro rezaba: Menkheperreseneb, sumo sacerdote de Amón-Ra.---- respondió Uakhau.
Una oleada de comentarios y murmullos invadió la sala al ser inculpado el primer servidor del Dios. El Faraón y la reina escuchaban con atención.
Menkheperreseneb, que formaba parte del alto tribunal, preguntó sorprendido.
---- ¿Dónde se encuentra ese documento?---- inquirió el sumo sacerdote.
El asistente del tribunal acercó la prueba a Menkheperreseneb, el cual, luego de revisar el papiro y su lacre, lo entregó al visir para que lo examinara.
---- El sello y la resina del lacre son idénticos a los utilizados por el templo, pero la autorización está escrita sobre un papiro común, en lugar del que se utiliza para los documentos oficiales. Esto demuestra que es una simple falsificación. ---- dijo el visir.
---- Cualquiera puede copiar el sello del sumo sacerdote, pero la resina del lacre es original, lo que significa que ha sido hurtada de las reservas del templo.---- dijo Menkheperreseneb.---- El secretario portasellos debe ser citado a declarar, pues es el responsable de las mismas.---- exigió.
---- De todas maneras, la falsificación no os exime de culpas, pues como escriba de la necrópolis, era vuestro deber reconocer el documento como posiblemente falso e investigar su legitimidad antes de aceptarlo.---- dijo el visir.
---- ¿Cómo puede ser que no os haya extrañado que el ritual se realizara de noche, cuando vagan los entes del desierto y los demonios de la oscuridad?---- preguntó el clérigo de Amón-Ra.
---- No era la primera vez que las damas visitaban el sepulcro de noche y realizaban ritos secretos y misteriosos.---- respondió angustiado el burócrata, tratando de excusar su omisión.
Se volvió a levantar un murmullo entre el público presente, ante una revelación escabrosa que para mí no resultaba extraña.
---- ¿Queréis decir que en reiteradas oportunidades las concubinas visitaban la necrópolis con los mismos fines?---- preguntó el tesorero real, sentado en el extremo opuesto del estrado.
---- Así es, mi señor. La princesa Kina conoce los secretos de la magia y su poder es grande. En una oportunidad, incluso salvó la vida del hijo de uno de los guardias de la necrópolis, que se encontraba gravemente enfermo, y que los magos sanadores de Waset no habían podido curar.---- dijo Uakhau, mientras la concurrencia observaba a la concubina con admiración y miedo al mismo tiempo.
---- Esa cuestión la dejaremos para más adelante, lo que quiero saber ahora es si las concubinas presentaban autorizaciones cada vez que visitaban el cementerio real.---- dijo Rekhmyre.
---- Ciertamente, mi señor.---- respondió Uakhau.
---- Podéis retirar al acusado.---- dijo el visir al asistente.
---- Haced ingresar a la esclava Tanay.---- mandó el asistente a los guardias que custodiaban la puerta por el acceso lateral.
La esmirriada muchacha, apenas núbil, con apariencia de niña, entró a la sala con el rubor brotando en sus mofletes trigueños. Tenía aspecto de proceder de las tribus de chehenu del desierto occidental.
---- Debéis responder con la verdad conforme a Ma’at, o seréis condenada a muerte.---- dijo secamente el visir.
La muchacha asintió con la cabeza, atemorizada.
---- ¿Quién organizó la ceremonia llevada a cabo esa noche?---- preguntó el visir.
---- No lo sé con exactitud, mi señor. Cuando yo llegué al sepulcro ya estaba todo dispuesto para comenzar el ritual. Las otras esclavas llegaron antes que yo.---- respondió con voz temblorosa.
---- ¿Porqué llegasteis después?---- preguntó el tesorero.
---- Llegué tarde porque era la encargada de confeccionar el atuendo de boda para el señor funcionario, al que tuve que modificar a último momento, a causa de unos cambios que hizo mi señora Ahset.---- respondió.
---- ¿Cómo empezó la ceremonia?---- preguntó el sumo sacerdote.
---- Cuando el señor funcionario fue ingresado inconsciente al interior de la cámara funeraria, los sacerdotes de Amón comenzaron los cánticos rituales por orden de la princesa Kina. Mi señora Ahset nos mandó mudar las ropas del desvanecido por el atuendo nupcial, el que yo había llevado al sepulcro,
momentos antes.---- aclaró Tanay.
---- ¿Qué hacían la señora Ahset y la princesa Kina mientras tanto?----preguntó de nuevo Menkheperre Seneb.
---- Mi señora terminaba de ser maquillada con sus cosméticos por una de mis compañeras, tendiéndose luego junto a su futuro esposo para el inicio de la ceremonia. La princesa Kina vistió la túnica sacerdotal y su máscara de Sakhmet esperando el momento de comenzar el oficio.---- explicó la joven chehenu.
---- Continúa con el desarrollo de los ritos.---- expresó el visir.
La muchacha vaciló un instante sin saber qué responder.
---- Los sacerdotes pronunciaron oraciones mientras se escuchaban los instrumentos...----
---- Eso no tiene importancia. ¿Se llevó a cabo la boda?---- dijo Neferhor, exasperado.
---- Creo que sí, aunque realmente no sé si se completó.---- dijo insegura la joven.
---- ¿Y luego qué ocurrió?---- inquirió impaciente el canciller.
---- Mi señora intentó darle al señor funcionario un brebaje, pero cuando se lo acercaba a los labios, el hombre despertó de repente asustándonos a todos, y mientras peleaba con los sacerdotes fue herido por uno de ellos, a pesar de lo cual pudo escapar del lugar.---- respondió nerviosa Tanay, esperando la aprobación del tribunal para que le permitieran salir de allí.
---- ¿Quién preparó el brebaje?---- preguntó el visir.
---- No lo sé, mi señor.---- contestó la joven.
---- ¿Qué contenía el brebaje del que hablas?---- volvió a preguntar.
---- No lo sé, mi señor.---- respondió con timidez.
---- ¿Qué hizo la princesa Kina cuando vio que el funcionario escapaba?---- preguntó el tesorero.
--- Salió deprisa dando órdenes a los esclavos para que lo encontraran y lo trajeran de vuelta vivo o muerto.---- dijo Tanay.
Se escuchó un murmullo de desaprobación, pero Kina ni siquiera se sonrojó.
---- ¿Cómo reaccionó la señora Ahset con la huida del funcionario?---- preguntó el visir.
---- Se sintió muy entristecida.---- se limitó a decir.
---- ¿Cómo fue que murió vuestra ama?---- dijo impaciente Neferhor.
---- Mis compañeras dijeron que había bebido veneno.---- respondió.
---- ¿Qué no estabais allí en ese momento?---- preguntó molesto el canciller, ante la parquedad de la testigo.
---- No, mi señor. Fui enviada a buscar algún trapo al anexo de la tumba, para limpiar el líquido derramado en la cámara del sepulcro.----
---- La declaración de la testigo no nos sirve demasiado para aclarar los hechos.---- concluyó irritado Neferhor.---- Creo que estamos perdiendo el tiempo.
---- Sólo una pregunta más.---- dijo el visir.---- ¿Dónde se encontraba la princesa cuando la señora Ahset agonizaba?----
---- La princesa escapó del sepulcro acompañada de la otra dama.---- dijo Tanay, provocando confusión entre los presentes.
---- ¿Con qué otra dama?---- preguntó el visir, conmovido por el final de su sobrina y confundido por la aparición de un nuevo personaje en el relato.
---- Una mujer de educados modales y lenguaje aristocrático asistió como sacerdotisa de Hathor colaborando con la princesa Kina.---- describió Tanay.
---- ¿Conocéis a aquella mujer?---- preguntó el canciller.
---- Nunca llegamos a ver su rostro, pues lo mantuvo oculto por un velo y cuando pronunció los ensalmos litúrgicos, su voz era deformada por la máscara de Hathor que llevaba puesta.---- precisó la joven.
Me ocupé de buscar entre las mujeres presentes alguna actitud que me ayudara a descubrir la identidad de aquella dama. Sabía que había escuchado esa manera sutil de expresarse entre los miembros de la corte.
Por un momento la sala quedó en silencio. Mirando a los demás miembros del tribunal, el visir esperó que alguien formulara alguna otra pregunta.
---- ¿Nadie tiene otra cuestión que indagar?---- dijo Rekhmyre.---- Mi señor, ¿desea hacer alguna pregunta?---- se dirigió el visir al soberano.
---- No.---- respondió Tutmés.
---- La esclava puede retirarse.---- autorizó el Visir.
Luego del testimonio de Tanay fueron llamados a declarar los otros sirvientes, que no aportaron más datos a la investigación.
Al día siguiente se escucharon los testimonios de los esclavos de Kina, los de algunos de los guardias de la necrópolis y de Merenre, el secretario del visir, que me había rescatado de una muerte segura la noche del incidente.
Las distintas versiones no cambiaron ni modificaron demasiado los hechos, sin aclarar mucho más lo ya expuesto por los primeros testigos, pero sí incrementaban la responsabilidad de Kina en el asunto.
Recibí todo el apoyo de mi abnegada esposa y de mi familia, que me habían respaldado incondicionalmente, aún en los instantes más comprometedores del juicio.
Tausert se mostraba con una fortaleza y una nobleza de espíritu que, reflejado en su infinita bondad, perdonó mis faltas, dándome aún más motivos para amarla intensamente.
Al comienzo del tercer día del proceso fui llamado a declarar. Muchos deseaban que no sólo fuera considerado como testigo y víctima, sino que, por el contrario, esperaban que se me juzgase por adulterio y como responsable de la muerte de Ahset, no existiendo otra posibilidad que la pena capital, de ser encontrado culpable. Mientras se desarrollaba el proceso, yo observaba a Tausert y adivinaba en su tranquila mirada que su inocente alma no vislumbraba la trágica posibilidad de que el juicio concluyera con mi condena. Muchos, entre ellos Neferhor, detestaba verme ocupando el cargo que quería para su hijo, y los aristócratas de Waset, que constituían la flor y nata de la capital, odiaban ver a un vástago del populacho inculto, encumbrado entre lo más selecto de la burocracia metropolitana.
Los antiguos enamorados de Ahset entre los que se encontraban hombres que se disputaron el amor de la concubina y las mujeres del harén que tanto tiempo conspiraron para destruir a la favorita, no se contentarían con asistir a su servicio fúnebre, si podían disfrutar de ver colgado al amante de su enemiga que, tantas veces, había burlado sus artimañas para desenmascarar la adúltera relación.
Así era el aire que se respiraba en aquellos días, siendo la corte, una selva pletórica de alimañas, que se habían dado cita para acechar a la presa y aguardar el momento apropiado para clavar sus afilados colmillos ávidos de sangre e inyectar sus ponzoñas, haciéndome víctima del sacrificio en que pudiesen saciar sus envidias, sus resentimientos, sus egoísmos y sus frustraciones. Qué lejos estaba mi cándida esposa de siquiera imaginar esa trágica parodia de justicia que desarrollaba en torno a mi vida, y al destino de nuestro matrimonio.
---- No es necesario que os recuerde el castigo que reciben los que faltan a las reglas de Ma’at, señor funcionario.---- me advirtió Rekhmyre.
---- Lo tengo presente, mi señor.---- respondí.
Como no podía ser de otra manera Neferhor tomó la iniciativa.
---- ¿Cómo empezó vuestra relación con la señora Ahset?---- inquirió con malicia el canciller.
---- La conocí cuando siendo aprendiz de carpintero, se me ordenó acudir a sus aposentos a reparar una estantería de su mobiliario.---- respondí.---- Hacía poco tiempo que había reñido con mi actual esposa, que en aquel momento era mi prometida, y encontrándome solo, al romper nuestra relación, me sentí atraído por la singular belleza de la señora Ahset, siendo seducido por sus encantos.----
---- No os importó que la mujer estuviese unida en matrimonio y en flagrante delito os convertisteis en su amante. ¿Acaso no sabéis que el marido de la adúltera podía exigir la pena de muerte para ambos, de haberos descubierto en falta?---- dijo el sumo sacerdote con gesto admonitorio.
---- Lo sé mi señor, pero su increíble hermosura y la avasalladora personalidad de la dama, liberaron mis sentimientos y encadenaron mi razón.---- respondí avergonzado.
---- ¿Cuánto tiempo duró dicha relación?---- preguntó el visir, anticipándose a Neferhor que seguramente preguntaría lo mismo pero de manera más insultante y maliciosa.
---- Abandonamos nuestro romance, después de que nos enteramos que su majestad la tomaría por esposa.---- respondí escuetamente.
---- ¡No es cierto, porque hay muchos testigos que los vieron hablando y discutiendo en la boda de vuestra hermana!---- replicó Neferhor, alterado.
---- El señor canciller y yo estamos hablando en este momento, y ello no implica que seamos amantes, ¿verdad?---- dije, dejando en ridículo al mal intencionado burócrata. La audiencia no pudo disimular las risas mientras dejaba furioso a Neferhor.
---- Yo también estaba presente esa noche.---- dijo el visir que me dio pie para que pudiese explicar la situación.---- Os solicito que aclaréis qué sucedió.----
---- La señora Ahset se sentía angustiada porque al mismo tiempo que era halagada por la dedicación y las atenciones de su esposo el Faraón, creía que el amor del soberano se transformaría en menosprecio cuando se diese cuenta de que ella era estéril.---- respondí.
Hasta el propio Tutmés se sorprendió ante la revelación.
---- Por alguna razón que desconozco, ese hecho la decidió a intentar retomar nuestro vínculo, creyendo tal vez que yo abandonaría a mi prometida para volver con ella. Esa misma noche le expliqué que yo no quería reiniciar la relación por dos motivos de incuestionable peso: En primer término porque ella se había transformado en concubina de mi señor Tutmés y en segundo término porque yo amaba a Tausert.---- respondí.
Obviamente mentí en parte de la respuesta, ya que continuamos siendo amantes después de ser desposada por el Faraón, pero sí dejé de frecuentar a Ahset cuando me di cuenta de que amaba a Tausert y que deseaba volver con ella. Había sacrificado la verdad por salvarme en este mundo, aunque tal vez por mi cobardía sería condenado en el juicio de ultratumba. De todas maneras, ¿para qué hubiese servido mi condena, sino solo para traer más tristeza a mi sufrida esposa?
---- ¿Cómo os llevaron a la necrópolis esa noche?---- preguntó el tesorero.
---- Yo me encontraba esa madrugada redactando en lengua hitita, una misiva para ser llevada antes del alba por el mensajero real. Después de trabajar toda la noche con varios documentos, me sentía cansado y decidí salir de la sala de escribas para ir a refrescarme en la fuente del jardín. Mientras me encontraba allí, me sobresaltó la presencia de Kina que apareció en el lugar, de manera sorpresiva, distrayéndome un momento durante el cual, Ahset se introdujo en la sala donde yo trabajaba, sin que pudiese verla. Cuando regresé a concluir mi tarea, Ahset llegó por detrás de mí y me clavó la púa de un anillo que contenía alguna mágica ponzoña que me paralizó, dejándome semiinconsciente e inmóvil, sin posibilidad de reaccionar. Así, fui secuestrado de la residencia.---- respondí.
---- ¿Cómo puede ser que nadie entre los guardias de aquel turno, os hubiese visto trabajar en la sala de escribas?---- preguntó Neferhor, con toda la intención de poner en tela de juicio mi aseveración.
---- No había ningún guardia recorriendo los corredores de palacio aquella noche, y el custodio del visir que dio la alarma sobre mi secuestro, puede confirmar mis palabras.---- respondí al canciller.
---- Los guardias responsables de ese turno también serán indagados.---- dijo el visir dirigiéndose al Chambelán que se puso visiblemente nervioso.
---- Desde luego mi señor. Los culpables serán castigados.---- contestó el Chambelán.
---- ¿Cómo fue que pudisteis escapar, si habíais sido dormido?---- preguntó el jefe de los graneros.
---- Nunca perdí el conocimiento. Tal vez, la cantidad de sustancia que me inyectó la señora Ahset, fuese insuficiente para mantenerme inmovilizado por más tiempo.---- respondí, sin encontrar otro motivo.
---- Una de las esclavas de la señora Ahset dijo que intentó escapar cuando os fueron a dar de beber el veneno. ¿Por qué esperó hasta ese momento para escapar? ---- cuestionó el canciller.
---- Cuando cruzábamos el río, sentí que el efecto de la sustancia en mi cuerpo comenzaba a desvanecerse y empecé a recuperar el tacto en mis miembros de manera muy lenta pero de forma progresiva. Mientras desarrollaban la ceremonia de matrimonio, recuperé la sensibilidad de mi cuerpo, pero temiendo que todavía me encontrase demasiado débil para escapar del lugar, decidí esperar hasta sentirme lo más fuerte que pudiese.
Cuando la señora intentó darme de beber el brebaje, supe que había llegado el momento de intentarlo o moriría en el sepulcro.---- concluí.
---- ¿Alguna vez dijo la señora Ahset cuál era su relación con la princesa Kina?---- preguntó el visir.
---- La señora la tenía en muy alta estima y la consideraba una gran hechicera dotada de un inmenso poder y conocimiento de la magia, pero, personalmente creo que la princesa Kina la perjudicó, enfermando su ka, confundiendo sus pensamientos y llevándola hacia un abismo de emociones y sentimientos del que no pudo escapar.---- respondí, con toda sinceridad acerca de la responsabilidad que recaía en la dama asiática.
Por el rabillo del ojo, vi la silueta de Kina sentada a un lado del estrado, que me estaría destrozando con su mirada fulgurante llena de odio. Kina no solo enajenó la mente de Ahset y la empujó al fatal desenlace, sino que con sus embrujos y maleficios, había puesto en riesgo mi vida.
Al principio, mi mente se encontraba confundida por la aparente contradicción entre la supuesta devoción de Kina por su amiga Ahset y la contrapuesta actitud de incitarla a situaciones nefastas que terminaron por lanzarla al suicidio.
Sin embargo, como la densa niebla que impide ver el derrotero va disipándose lentamente rasgada por el haz de luz que la invade, así como el relámpago llena de claridad la negrura nocturna, la razón iluminó mi entendimiento. Ahset había sido un útil instrumento para Kina proporcionándole la autoridad de que disponía la favorita dentro del harén, en el ámbito de palacio y quizás mucho más allá. Pero Kina, se dio cuenta que ese poder sería efímero, al descubrir que Ahset no podría darle un heredero a Tutmés, pues su esterilidad la marginaba de la lucha por la sucesión, de la salvaje contienda por el trono. Por su parte, a pesar de su dominio de la magia, Kina también era incapaz de parir un descendiente para su señor el Faraón, habiendo perdido todos y cada uno de los embarazos, como si una maldición de ineluctable cumplimiento matara a sus vástagos dentro de su propio cuerpo, antes de los primeros tres meses de gestación.
La princesa asiática comprendió entonces que, de seguir con la amistad que la unía a la favorita, se hundiría en el pantano de la exclusión al perder la posibilidad de participar e influir en el único tema que realmente importaba en el harén: la herencia de la doble corona.
La única manera en que podría volver a introducirse en el excitante mundo de las conspiraciones y las intrigas, constituido por el nido de serpientes que era el harén, era ganarse el favor de una de las señoras que ya le había dado un heredero varón, aunque no fuese la preferida del soberano. La princesa Meryetra hermana menor de Hatshepsut, aunque no era bella, ni siquiera atractiva, y no contaba con la atención del Faraón, poseía el tesoro más preciado en el hijo que había dado a luz poco tiempo atrás, y su sangre real como descendiente directa del propio Tutmés I, eran razones de peso para transformarla con los años, en la mujer más importante del Imperio.
Supuse que sería blanda arcilla en las hábiles manos de la manipuladora Kina, pero antes de comenzar un firme acercamiento a su próxima presa, la hechicera asiática debía deshacerse de Ahset que, siendo inteligente, no tardaría en percatarse de sus maniobras y elucubraciones en su contra. Y para conseguir su cometido, qué mejor opción que trastornar su espíritu, implicándome en la cuestión de manera circunstancial.
Era obvio que luego de mi muerte, acusaría a la favorita por mi asesinato con lo que ello implicaba, para luego continuar su nueva y provechosa amistad con la princesa Meryetra. Por ello había hecho participar a Meryetra en la ceremonia secreta, quién sabe con qué excusa, tal vez con la promesa de ayudarla con sus poderes para favorecerla ante el soberano, pero con el oscuro objetivo de comprometerla en un asunto de suma gravedad, que le serviría de medio para extorsionarla, de ser necesario, e influir sobre ella. Tutmés la hubiera castigado de algún modo si se hubiese enterado de su participación en el escándalo.
---- ¿Insinuáis que la princesa Kina es la responsable de la muerte de la señora Ahset?---- preguntó el tesorero extrañado.
---- No cuento con pruebas para acusar a nadie pero, el extraño comportamiento de la señora en el último año me hace sospechar que se encontraba bajo el negativo influjo de la princesa.---- respondí, deseando que se hiciese justicia y que Kina pagase sus maldades.
---- Si nadie más desea preguntar algo, . . .---- dijo el visir.---- Puede volver a su lugar, señor funcionario.---- señaló Rekhmyre.
Se procedió a tomar testimonio a los sacerdotes embalsamadores de Amón-Ra de los que había escapado milagrosamente aquella madrugada y al final de la tarde, declararon los guardias de palacio responsables de la seguridad de la residencia durante esa noche. Así mismo, declaró el porta-sellos del templo de Amón-Ra que no tuvo otra opción que decir la verdad y reconocer que había sido sobornado por Kina para redactar los permisos apócrifos con que entraba en la necrópolis.
Al siguiente día, luego de que se hubieron expresado todos los testigos y los acusados del caso, solo restaba que Kina fuese llamada ante el consejo.
---- Princesa, el Kenbet os llama a dar testimonio sobre los hechos acaecidos la madrugada en que perdió la vida la difunta señora Ahset. Os advierto que faltar a la verdad irá en perjuicio vuestro.---- anunció el visir, en tono solemne.
Kina se postró de rodillas ante los magistrados en actitud de humildad y luciendo un atuendo simple, se mostró humilde e inofensiva, aspecto que no se condecía con la perversidad que ocultaba.
---- Princesa, ¿qué relación os unía a la señora Ahset?---- preguntó el sumo sacerdote de Amón.
---- Éramos muy buenas amigas. Yo amaba a Ahset como se ama a una hermana. La favorita fue la única dama del harén que se acercó a mí y me brindó su amistad cuando llegué desde el país de Retenu para unirme en matrimonio al soberano.---- pronunció, balbuceando y con lágrimas en los ojos.
Su hipocresía y descaro rebasaba los límites de la desvergüenza más abyecta.
---- ¿Desde cuando entablaron amistad con la señora?---- consultó Neferhor.
---- Poco después de mi llegada a Kemet, hace dos años.---- respondió.
---- ¿La difunta dama le confiaba sus sentimientos?---- preguntó el tesorero.
---- Ahset no tenía amigas dentro de la residencia a causa de la clara inclinación que mi señor el Faraón tenía por ella, lo que despertaba la envidia y el resentimiento de la mayoría de las damas del harén. Mi llegada fue una alegría para ella pues, me confesó que se sentía muy sola sin poder conversar con otra mujer de las cuestiones del corazón.---- dijo, inspirando una falsa sensación de confiabilidad.
---- Como vos misma habéis podido escuchar, habéis sido acusada de hechicería, de dominar los prohibidos secretos de la magia. ¿Qué podéis decir en vuestro favor para defenderos de tan graves cargos?---- preguntó Neferhor. Se extendió una oleada de comentarios entre los presentes para posteriormente dar lugar a un silencio absoluto esperando la respuesta de la princesa.
---- En mi tierra, la magia es un don preciado que no cualquiera posee. Yo he sido dotada de poderes por los mismos dioses que, desde niña, han puesto en mis manos los atributos y los misterios que emanan de su omnipotencia. Ignorar o negar el regalo que la divinidad ha puesto a mi alcance no constituye una virtud sino una torpeza y peor aún, pues en Retenu se considera una afrenta a Baal despreciar ese talento.---- emitió, con firmeza y actitud segura.
---- No estamos en Retenu princesa Kina, sino en Kemet.---- replicó el visir, con cierta ofuscación ante la soberbia que reflejaba la respuesta de la princesa.---- En "el país de las dos tierras", los únicos autorizados a ejercer los secretos de la magia son los sacerdotes consagrados de los diferentes cultos de los dioses de nuestro país. Solo el Faraón, como sumo sacerdote de todos los dioses, tiene la potestad de autorizar el ejercicio de la magia a terceros que no formen parte del fuero clerical. ¿Acaso la señora cuenta con la autorización del soberano para tal ejercicio?---- aseguró el visir, aunque en realidad la magia era ejercida por cualquiera, pues no existía control posible.
---- Desconocía esa norma. Pero por otra parte ¿cómo es que se permiten las artes de la adivinación y la hechicería en la ciudad? Ambos conocimientos son parte de la magia.---- arguyó Kina.
---- Las artes adivinatorias no son consideradas prohibidas entre nuestra gente, sin embargo, fuera de los clérigos que interpretan los oráculos de los dioses, la mayoría de los adivinos a los que consulta el populacho, no son sino embusteros y charlatanes. Por otro lado, la hechicería es una práctica penada por la justicia de Ma’at.---- afirmó el sumo sacerdote de Amón-Ra.
---- Esto no es una asamblea informativa, mi señora. Se trata de esclarecer los graves acontecimientos en cuyas circunstancias se intentó cometer un asesinato y en los que se quitó la vida una de las damas del harén, sin contar el sacrilegio llevado a cabo al profanar la necrópolis de las reinas para un ritual prohibido por las reglas de Ma’at. No olvide que se está juzgando vuestro grado de responsabilidad en los hechos.---- expresó el visir, un tanto impaciente.---- Varios testigos declararon que habéis oficiado de principal sacerdotisa en la ceremonia. Esos testimonios os comprometen seriamente en el acto sacrílego.---- advirtió el visir.
---- La señora Ahset se encontraba severamente afectada por una grave enfermedad de origen desconocido, que le ocasionaba largas noches de insomnio, prolongados períodos de melancolía, incontenibles episodios de llanto desconsolado y jaquecas que afectaban aún más su ya deteriorada salud. Henu, uno de los sacerdotes sanadores del Faraón, ---- dijo Kina, señalando al curandero allí presente.---- puede corroborar lo que digo, pues él la visitó algunas veces cuando caía en aquellos frecuentes momentos de angustia.----
Nada confiables me resultaban las aseveraciones de Henu, pues se rumoreaba que era aprendiz y amante de Kina, mucho más interesado en los misterios de la magia, que en la sensualidad de la princesa.
---- Siendo su amiga, me vi compelida a brindarle mi ayuda en lo que se le ofreciera, preocupada de verla en tan deplorable estado.----
---- Y ¿qué provocaba la angustia de vuestra amiga?---- preguntó Neferhor, tratando de husmear en un rumbo que lo llevaría hacia mí.
---- Fue el morboso amor por Shed lo que obsesionándola la destruyó, se apoderó de ella como un gusano que consumió su carne, como una incontrolable lepra que invadió y corrompió su espíritu, encadenándola a un sufrimiento incomprensible, solo explicable por el poder de un embrujo o la fuerza de algún maligno sortilegio.---- afirmó, con una afectación que cautivó la atención de todos, estremeciendo a muchos de los asistentes.
---- ¿A quién hace responsable del maleficio del que habla?---- inquirió el canciller deseoso de escuchar el nombre del acusado, adivinando la respuesta.
---- Al diplomático que fue su amante, incluso cuando Ahset ya era consorte de mi señor Tutmés.---- afirmó con malicia, apuntándome con su dedo acusador.
Sentí que mi corazón estallaría.
---- ¡¡No es cierto!!---- exclamé en tono airado y al mismo tiempo afligido por la manera en que tergiversaba la situación.---- ¡Está falseando los hechos para convertirme de víctima en victimario!---- dije al consejo.
---- No está autorizado para expresarse, señor funcionario.---- dijo el sumo sacerdote en tono admonitorio.
---- Siéntese y cálmese. Se le concederá la oportunidad de defenderse de las afirmaciones de la princesa.---- dijo el visir intentando tranquilizarme.
---- ¿Sobre qué suposición basa vuestra sospecha?---- preguntó curioso el jefe del doble granero.
---- ¿Cómo sino, puede explicarse que la más bella dama de la familia real, favorita del soberano, poderosa y rica, pudiese ser cautivada por un miserable campesino apenas ilustrado?---- dijo con desprecio, observándome por encima del hombro.
Hice un esfuerzo sobrehumano para aplacar mi furia. Tausert me apretó fuerte la mano, tratando de contener mi exasperación. Kina estaba hundiéndome.
---- ¿Acaso el funcionario Shed domina también los secretos de la magia?---- preguntó el visir, creyendo que me hacía un favor.
---- No, pero consulta hechiceras.---- respondió, sorprendiendo a todos, incluso a mí mismo.
---- ¿De qué habláis, mi señora? ¿A qué hechicera os referís?---- preguntó curioso el visir.
---- La ilustre hechicera Nakha fue visitada por el funcionario en más de una ocasión, siendo informada de ello por uno de mis eunucos a quien ordené seguirlo.---- respondió.
---- ¡Nakha es adivina, no hechicera!---- exclamó Tausert, encolerizada ante la falsa acusación.
La tomé de la mano y le di a entender que no debía reaccionar.
Sentía que el suelo se deslizaba bajo mis pies, tragándome poco a poco, como arena movediza. Jamás imaginé que mis acciones eran espiadas por sus esclavos.
---- Este hecho deberá ser dilucidado citando a la mencionada mujer.---- dijo el visir, comenzando a desconfiar de mi inocencia.
Kina era tan hábil para falsear en su favor las circunstancias, que me sentí perdido en el lodazal de sus maquinaciones.
---- Más allá de lo que haya hecho el funcionario Shed, tema sobre el que volveremos después, estamos juzgando en este instante vuestra participación en la profanación del lugar sagrado y las actividades prohibidas que desarrollasteis.---- dijo Rekhmyre.
---- Los propios sacerdotes que se encargarían de la momificación del funcionario, reconocieron que fueron llamados a una reunión secreta por la que vos les habéis ofrecido un importante pago en oro por sus servicios.---- acusó Menkheperreseneb.
---- Ahset se encontraba totalmente desequilibrada y por temor a que cometiese una locura, accedí a colaborar con su plan.---- respondió, deslindando responsabilidades.
---- ¿A qué plan hacéis referencia?---- preguntó el canciller.
---- El plan consistía en desposarse y luego suicidarse con su amante para compartir juntos la eternidad en la tumba.---- respondiendo con los ojos lacrimosos, fingiendo emoción.---- Traté de convencerla de que abandonara la idea de volver con Shed, pero el embrujo al que la sometieron era muy intenso y no pude salvarla.---- concluyó, llorando con desconsuelo, provocó la compasión del público. Ante su notable actuación, los miembros del consejo sintieron que debían suspender el interrogatorio.
---- Creemos que ha sido suficiente por el momento.---- dijo el visir, engañado como el resto de los asistentes.
Mañana se continuará con el proceso,---- dijo a la concurrencia.---- y anuncio al señor funcionario que hasta que no se aclare la situación referida al posible embrujo de la fallecida señora Ahset, deberá permanecer encarcelado en la alcaldía por la acusación de hechicería.
Tausert se echó a llorar sobre mi hombro, preocupada por mi suerte.
Esa noche me fue imposible dormir, intentando vislumbrar la manera de demostrar ante el consejo, que el cargo por embrujo que Kina había levantado en mi contra, eran burdas patrañas para desviar de sí misma la atención acerca de las acusaciones que pesaban sobre ella.
Agotado y hambriento, transcurrí la madrugada entera caminando el interior del calabozo como si el movimiento me pudiese ayudar a encontrar la esquiva solución a mi problema. Tal vez, la vigilia no fuese en vano, tal vez, todavía tenía posibilidades de sobrevivir a la astuta celada tendida por la malévola Kina. Sabía que cifraba mis esperanzas en argumentos que quizás no convencieran a los miembros del Kenbet, sin embargo, no contaba con mejores opciones para salvar mi honor y mi vida.
Contaba con que Nakha, la adivina, declarara la verdad, referida a que no la conocía, antes de la consulta que le hicimos con Tausert para elegir el día de nuestra boda.
Recordé de pronto la misiva que todavía guardaba entre mis papiros y pensé que podría servirme de mucho. Era el papiro que me había escrito Ahset luego de mi regreso de la campaña asiática, con él intentaría demostrar o al menos en parte, que era ella la que insistía en mantener nuestro vínculo, pero me faltaba la principal evidencia de mi inocencia, que era la carta de contestación que yo le había enviado, negándome a proseguir nuestro romance. Si ese papiro aún existía, podía ser de gran ayuda a mi defensa, empero, también especulaba con que las esclavas de Ahset se negaran a proporcionármelo.
Tausert llegó temprano esa madrugada para traerme alimentos y el consuelo de su compañía.
Por sus ojeras me di cuenta que ella tampoco había dormido.
---- Shed, mi amor, te ves muy cansado. Aquí tienes pan, leche y dátiles.---- dijo, entregándome un saco y acariciando mi cara a través de la pequeña ventanilla de la puerta.
---- Gracias, pequeña mía.---- dije emocionado, por su ilimitado amor. Angustiado sobremanera, pensando que tal vez se cumplieran las premoniciones de Nakha, se quebró mi resistencia y no pude contener mis propias lágrimas.
---- Tausert, os amo. Os agradezco lo mucho que me habéis apoyado y por el amor más puro que jamás ninguna mujer me hubiese entregado. Pase lo que pase y si me condenan a muerte, os amaré aún desde mi sepulcro.----
---- No Shed, por favor no digáis eso.---- respondió llorando.---- No pueden creerle a esa maldita mujer.
---- Aunque sea injusto, es posible que eso ocurra, pero necesito vuestra ayuda para acceder a la única alternativa que tengo de librarme de una segura condena.---- expliqué, apremiado por el corto tiempo que me quedaba para conversar con Tausert.
---- Decid qué queréis que haga.---- respondió, atenta.
---- Buscad entre mis papiros la carta que me envió Ahset a mi llegada de la campaña en Retenu, y entregadla al visir.
---- Pero, mi amor, yo no sé leer.---- respondió entristecida.
---- No os preocupéis. Encontrad a Merenre, el secretario escriba del visir, y pedidle que busque la carta. Él no se negará a ayudarme. Luego, localiza a Makale, la esclava de Ahset y decidle que necesito la correspondencia que le envié a su ama la última vez.
Si conseguís esos dos papiros puede que el tribunal reconsidere mi situación.---- aseveré.
---- No os preocupéis, mi amor, encontraré esas cartas. Si fuese necesario pagaré y suplicaré a la esclava para que me entregue la vuestra.---- respondió.
---- ¿Cómo están mis padres?---- pregunté, extrañado de que no la hubieran acompañado.
---- Vinieron conmigo, pero se encuentran afuera porque no permiten el ingreso más que de un familiar como visita.---- explicó.
---- Decidles que estoy bien, que los amo y que me perdonen por la vergüenza que les he causado.---- dije entristecido.
Tausert vaciló en un rapto de indecisión, cuando iba a decirme algo.
---- ¿Qué ocurre, pequeña?---- pregunté, al reconocer su inquietud.
---- Shed, querido esposo mío, no quería daros esta noticia mientras se desarrollaba este proceso tan desagradable y esperaba un instante de tranquilidad, pero hemos tenido pocos últimamente, ¿verdad?---- dijo, enjugándose las lágrimas, tratando de disminuir un poco el dramatismo de la situación.
No sabía de qué hablaba, pero nunca pensé que hubiese estado guardando algún secreto.
---- Quizá no sea el mejor momento de contároslo pero, tal vez, os sirva dándoos fuerzas para bregar por nuestro destino.---- nos besamos con dulzura a través de los barrotes de la ventanilla, pero la miré sin comprender aún.
---- Estoy encinta, Shed. Vais a ser padre.---- en medio de tanta tristeza, llegaba la buena nueva más inesperada, que insufló en mi espíritu todos los deseos de vivir.
---- La alegría que me dais hoy, solo puedo compararla con la felicidad de saber que me amáis.---- volví a besarla una y otra vez.
Entró uno de los guardias de la alcaldía mientras reíamos emocionados.
---- Señor funcionario, su esposa ya debe retirarse.---- nos comunicó.
---- Os veré esta tarde cuando se reinicie el proceso.---- dijo Tausert, mientras se alejaba.
---- Hasta pronto, mi amor.---- respondí.
No debía morir sin ver a nuestro hijo. Era un regalo de los dioses que me llenaba de nuevas ilusiones y ganas de luchar por seguir viviendo.
Devoré mi alimento con fruición para estar fuerte. Daría lucha a esa bruja hasta conseguir que me creyeran los miembros del Kenbet. Pero era fundamental que esas cartas aparecieran.
Temprano en la tarde de ese día, continuó el juicio, siendo llevada a comparecer la adivina Nakha.
El aire cálido del desierto había invadido las calles de Waset durante el mediodía caldeando las estancias de palacio con hálito ardiente. Dos enormes negros de Kush, mecían enormes abanicos de plumas de avestruz para refrescar a la pareja real ya ubicada en su sitial.
Me encontraba solo en mi lugar, sin la compañía de Tausert que debía estar buscando las cartas.
Las chismosas murmuraban por lo bajo al verme solo, pensando tal vez que mi esposa me habría abandonado luego de soportar tantas mentiras y engaños. Pronto se darían cuenta que estábamos más unidos que nunca.
---- Que ingrese Nakha, la adivina.---- ordenó Rekhmyre.
La anciana ingresó caminando apoyada en su bastón pero con dignidad y prestancia.
---- Os conmino a decir la verdad o seréis penada por infligir las reglas de Ma’at.---- le advirtió el visir.
---- Por vuestro nombre sospecho que no sois de Kemet, ¿es así?---- preguntó el sumo sacerdote.
---- Es cierto, mi señor. No tuve la bendición de nacer en vuestro amado país.---- dijo Nakha tratando de congraciarse con el tribunal.
---- ¿De dónde procedéis entonces?---- inquirió nuevamente Menkheperreseneb.
---- Nací en la ciudad de Sidón del país de Khinakhny.---- contestó ella.
---- ¿Y por qué estáis en Kemet?---- preguntó el sumo sacerdote.
---- Vine a vivir a esta tierra cuando perdí a mi familia en un ataque de los hurritas a la ciudad de Simurru.---- respondió la anciana.
---- ¿Cuál es vuestro medio de vida?---- preguntó el tesorero.
---- Soy adivina y reconozco los hechos del futuro a través de las placas de jaspe y las vísceras de los animales sacrificados.---- respondió tranquila.
---- ¿Practica también la hechicería?---- preguntó el canciller.
---- Desde que llegué a esta tierra supe que era prohibido el ejercicio de la magia para los particulares, de modo que no he vuelto a practicarla desde entonces.---- dijo segura.
---- ¿Reconocéis a ese hombre sentado allí?---- preguntó el visir señalándome.
---- Si, lo conozco. Se llama Shed.---- respondió.
---- ¿En qué circunstancias lo habéis conocido?---- preguntó el canciller.
---- Lo conocí, cuando Shed fue con su prometida a consultarme acerca de la elección de la fecha para el día de su boda.---- explicó.
---- ¿Alguna vez le pidió este hombre que usted le proporcionara algún tipo de poción mágica para cautivar el corazón de una mujer?---- inquirió el jefe de los graneros, profundizando el interrogatorio.---- Recuerde que si se descubre que mentís, podéis ser condenada.---- amenazó.
---- No tengo nada que temer, mi señor, porque respondo con la verdad.---- dijo, confiada en sí misma.---- Este joven nunca me solicitó pócima de ninguna especie y de haberlo hecho, jamás le hubiese dado un preparado con poderes mágicos sabiendo que están prohibidos.
---- ¿Esa fue la única oportunidad en que lo visteis?---- preguntó el visir.
Dudó un segundo en contestar.
---- Al día siguiente de la primera entrevista, volvió a consultarme nuevamente acerca de un aspecto de su futuro, que lo inquietaba.---- respondió intentando ocultar el secreto.
---- ¿Qué lo preocupaba?.---- inquirió el visir.
---- A través de los símbolos, descubrí que existían fuerzas ocultas que estaban amenazando su futuro matrimonio pero, no podía ayudarlo porque el poder de los entes malignos superaba mis posibilidades.---- respondió, impresionando a la concurrencia.
---- ¿De quién o de qué provenía la amenaza?---- preguntó Rekhmyre.
---- Su procedencia era humana. Alguna persona o personas intentaban perjudicarlo, pero me fue imposible descubrir a los responsables, pues las fuerzas del mal saben ocultarse entre las sombras.---- su sinceridad era tan obvia que parecía convencer a todos.
---- Si nadie desea formular más preguntas me parece innecesario retener más tiempo a ésta mujer.---- expresó el visir, demostrando respeto por la anciana, que se había ganado la confianza de todos.
Al dirigirse hacia la puerta, Nakha se topó de frente con los ojos de Kina, que desvió de inmediato la mirada, evitando la aguda percepción de la anciana. Nakha se volvió para mirarme antes de salir de la sala. Ahora ya sabía de donde provenía el peligro que nos acechaba.
Me preocupaba que Tausert todavía no hubiese vuelto.
Mientras esperábamos que el tribunal comenzara a deliberar y decidiera reunirse en privado para discutir las opiniones de los integrantes, apareció Merenre por la puerta lateral, solicitando al Faraón, permiso para ingresar.
El soberano con aspecto de cansado y a punto de retirarse, autorizó casi de mala gana al secretario de Rekhmyre. Siéndole concedido, se acercó para hablar al oído del visir.
---- Mi señor, me informan que existiría un nuevo testigo cuya declaración podría colaborar notablemente con el esclarecimiento del proceso.---- expresó el visir.
---- Será el último testigo que se llamará.---- sentenció Tutmés que visiblemente afectado por el calor, volvió a sentarse en su trono. La princesa Meryetra hizo lo propio.
---- Haced ingresar a la esclava Makale.---- mandó Rekhmyre, sorprendiendo a todos los presentes.
El corazón se agitó dentro de mi pecho al escuchar el nombre de la muchacha nehesi, cuando sin imaginar las posibilidades de que fuese llamada para ser interrogada, me di cuenta que su declaración, podía llegar a transformar mi condición de acusado en condenado.
Makale, una de las tres esclavas de Ahset, era a la que mejor conocía por ser la más fiel entre las sirvientes de la favorita, y quien llevaba los mensajes que yo le enviaba y la que me los traía de su parte. Makale, debía sufrir demasiado por la muerte de su ama, ya que era la única quería mucho a la concubina. Pero más sorprendente me resultaba su llamado al estrado porque yo suponía que no podía hablar.
Imploré a Thot, dios de la sabiduría, que Makale fuese iluminada por la inteligencia de la divinidad, para que no divulgase los secretos que guardaba, y que, dolida por la muerte de su señora, no me juzgara responsable de su suicidio. Me preocupaba sobremanera que al interrogarla saliese a la luz públicamente la relación que me unió durante tanto tiempo con Ahset aún después de su enlace con Tutmés. Rogaba que ocultara la verdad pues, a pesar de que el monarca ya sabía de nuestro romance, si mi conducta adúltera en su perjuicio se daba a conocer en el proceso, el Faraón no dudaría en castigar mi falta ante el conjunto de la sociedad.
El visir no hurgaría en mi relación con su sobrina, pero el canciller Neferhor, que también formaba parte del tribunal, no desaprovecharía tan buena oportunidad de que se me acusara de adulterio en frente de todos.
Lo que no advertí en un primer momento era que Kina estaba tan preocupada como yo.
Antes de la primera pregunta se le mencionaron las consecuencias de que faltase a la verdad.
---- ¿Desde cuando servisteis a vuestra ama?---- preguntó el visir.
---- Serví a mi ama desde mi llegada a la capital cuando fui comprada por el anterior esposo de la señora Ahset, hace ocho años.---- respondió la joven negra que no contaba con más de veinte años. Era la primera vez que la escuchaba hablar.
---- ¿Por qué fingíais ser muda?---- preguntó curioso el visir.
---- Nunca fingí ser muda mi señor. Simplemente me juré no volver hablar con vuestra gente, cuando los soldados de Kemet mataron a mis padres y nos vendieron a mí y a mis hermanos como esclavos a los mercaderes de la ciudad de Sunnu.---- explicó con voz clara.---- por eso me creyeron muda.
---- ¿Vuestra ama sabía que podías hablar?---- preguntó de nuevo el visir.
---- Sí, pero cuando le expliqué los motivos, comprendió mi dolor y guardó mi secreto.---- respondió.
---- ¿Y por qué habéis decidido romper vuestra promesa?---- inquirió Rekhmyre.
---- Porque yo quería mucho a mi ama y la señora Ahset era buena conmigo. Como último servicio a ella, deseo que se castigue al culpable de su muerte.---- se me hizo un nudo en la garganta al ver que muchos posaban sus ojos en mí.
---- ¿Con cuántas esclavas contaba la señora Ahset?---- preguntó el supervisor del granero del alto valle.
---- Somos tres las esclavas nehesi y una chehenu, que servimos a mi ama en los últimos años.---- respondió.
---- ¿Alguna de vosotras era la preferida de la señora, o todas cumplían las mismas funciones a su servicio?---- preguntó el canciller.
---- No mi señor. Mi ama asignaba a esta humilde sierva sus servicios más importantes.---- respondió con orgullo.
---- ¿Acaso os confiaba también sus secretos de alcoba?---- el canciller profundizaba con esa pregunta en terreno peligroso.
No pude ocultar mi nerviosismo, aunque traté de mostrarme lo más calmado posible.
Makale vaciló un instante.
---- No temáis.---- dijo el Faraón, haciendo uso de la palabra por vez primera.---- Expresaos con libertad, yo os autorizo.----
El canciller se regodeó malignamente en las palabras del soberano esperando que la esclava me hundiera en el fango.
---- Así era. Muchas veces me contaba sus penas y sus alegrías con relación a lo que sentía en su corazón.---- respondió la joven.
Me sorprendió de pronto la presencia de Tausert a mi lado, tomándome la mano con fuerza.
---- ¿Encontrasteis las cartas?---- pregunté ansioso.
---- Tranquilizaos mi amor, las he encontrado.---- respondió sonriente.
---- ¿Y dónde están?---- pregunté buscando en sus manos.
---- No las tengo aquí.---- respondió.---- Escuchad Shed, escuchad lo que dice Makale.
Confié en su optimismo pero me preocupaba saber de las cartas.
---- Y dinos, ¿qué os comentaba de su matrimonio con su fallecido esposo Khepermare?---- escarbó nuevamente Neferhor.
---- Mi señora no era muy feliz con él. Mi antiguo amo era muy tacaño, celoso, y nunca podía satisfacerla en el lecho nupcial.---- dijo Makale.
En la sala los comentarios por lo bajo y el chisme barato no se hicieron esperar.
---- ¿Y la señora Ahset le era fiel a su esposo Khepermare?---- siguió Neferhor.
Se me cortó la respiración de solo pensar en la respuesta que daría.
---- Mi señora se sentía muy sola y a veces se enamoraba de hombres jóvenes y apuestos que veía en las estancias de palacio.---- respondió.
---- ¿Quieres decir que tenía amantes entre los hombres que frecuentaban la residencia?---- Neferhor perseguía la respuesta como un león hambriento persigue a su presa.
---- Sí, tuvo amoríos con otros hombres.---- dijo con cautela la esclava.
La puñalada artera se aproximaba como un dardo envenenado en la oscuridad.
---- ¿Era el joven Shed, uno de esos amantes?---- los latidos de mi corazón palpitaban en mi garganta, con la fuerza de un torrente pugnando por desbordar su cause.
---- Sí, él fue su último amante.---- respondió Makale, sin siquiera dudar en responder.
Todas las miradas cayeron sobre mí como saetas de oprobio, hiriendo de vergüenza a mi inocente esposa.
Tutmés me observaba con impasible indiferencia, casi con desprecio, sin importarle el desenlace del interrogatorio.
No me atreví a mirar a Tausert que supuse estaría llorando apenada.
Se dibujó una sonrisa de satisfacción en Neferhor que ya había conseguido clavar los dientes en su víctima.
Rekhmyre me miró resignado, impotente para detener la cacería que Neferhor había desatado sobre mí.
Sentí que caía en un abismo, mi esposa, mis padres, mi hermana, marginados de la sociedad por mi culpa.
---- ¿Hasta cuando fueron amantes el funcionario Shed y la señora Ahset?---- preguntó Neferhor, disfrutando de mi trágico final asestándome el golpe de gracia.
---- Hasta que mi señora supo que el Faraón, mi señor Tutmés, la tomaría por esposa.---- respondió con tanta seguridad como antes.
La respuesta me sorprendió como a muchos, y ni qué decir a Kina y a Neferhor que esperaban que la esclava dijera que habíamos sido amantes hasta poco antes de mi boda. Intuí que Makale no quiso manchar el nombre de su ama al decir una verdad que la condenaría a ser aún más vituperada en su descanso eterno. Aunque todavía seguía comprometida, mi situación había mejorado.
Neferhor se esforzó por controlar su disgusto en contra de la esclava que él suponía que había mentido.
---- Recuerda que la mentira se paga con la muerte.---- dijo el canciller que más que una advertencia, amenazó a la muchacha para que modificara su respuesta.---- ¿No fueron amantes después de su enlace con el soberano?
---- No, no lo creo, pues de haberlo sido, mi ama me hubiese comentado. Ella no tenía secretos para conmigo.---- respondió la muchacha de forma tajante.
---- ¿Estáis segura que no mantuvieron relaciones sexuales después de la boda de Ahset con el soberano?---- hurgó maliciosamente Neferhor.
---- Creo que la esclava ha dado su respuesta al respecto, considerando por mi parte impertinente y ofensivo para la memoria de la difunta insistir sobre el tema.---- dijo el visir, frustrando el embate del canciller.
---- ¿Cómo es que los hechos que investigamos volvieron a relacionar a la concubina y su ex-amante?---- arremetió de nuevo Neferhor sin resignarse.
---- Mi señora había cifrado muchas ilusiones en su matrimonio con el Faraón, pero con el tiempo se dio cuenta de que el soberano dejaría de amarla y la aborrecería cuando se diese cuenta de que ella era estéril.
Su corazón volvió entonces a recordar a Shed. Sintió que su amor le pertenecía a él y que a pesar de que las atenciones de mi señor Tutmés eran grandes para con ella, sus noches eran largas y solitarias, y los días interminables sin la compañía del hombre que amaba.---- respondió Makale.
---- Y la concubina, ¿volvió a verse con el funcionario?---- inquirió Neferhor.
---- Durante varios meses luchó por olvidarlo pero la princesa Kina no hacía más que mencionar al funcionario, hablándole del romanticismo del amor arriesgado y de lo triste que sería cuando el soberano la repudiara por su infertilidad.---- comentó la muchacha.
---- ¿Queréis decir que la princesa Kina terminó por estimular el retorno de Ahset a su pasado vínculo con el diplomático?---- dijo el visir.
---- Sus pensamientos volaban como palomas buscando el nido hacia las noticias de su amado, y enfermó de tristeza cuando supo que Shed contraería matrimonio. La princesa por su parte no hacía más que incitarla a reanudar esa relación, diciéndole que el funcionario la amaba a ella, pero que para ocultar la verdad, salvando las apariencias, trataba de callar los rumores sobre su secreto romance casándose. ---- expresó la muchacha.
El público se encontraba absorto escuchando la historia, mientras algunas mujeres enjugaban sus lágrimas conmovidas por su dramatismo.
---- ¿Ella no volvió a buscarlo antes de que Shed se casara?---- preguntó el tesorero.
---- Mi señora le escribió una carta que debe encontrarse en poder del señor funcionario, y yo tengo aquí la respuesta que él le envió. Mi señora estuvo a punto de destrozarla por el dolor que le causaba su contenido, pero no pudo hacerlo porque eran las palabras de su querido, era su voz que le hablaba y ella lo amaba demasiado para romperla, de modo que la guardó entre sus objetos más preciados.---- dijo entregándole el papiro al asistente del tribunal.
---- Léala.---- ordenó Rekhmyre al asistente.
Mi señora:
Os ruego sepáis disculpar que no acceda a vuestros deseos, pero creo que no debemos continuar algo que nunca debería haber comenzado, sabiendo que desde que se gestó nuestra relación, existían motivos por demás poderosos para que ambos supiésemos comprender que tal vínculo no tenía ni presente ni futuro y con mayor razón ahora que mi señor Tutmés os ha tomado como esposa.
He perdido ya, la confianza y la estima que mi señor el Faraón tenía depositada en mí, y que en el pasado hube ganado arriesgando mi vida contra aquellos que buscaban su muerte. En otro tiempo me hubiese sentido feliz y orgulloso de morir defendiendo a mi señor y, sin embargo, hoy me encuentro avergonzado de mí mismo por no hallarme a la altura del hombre que su majestad esperaba que fuera.
Subyugado por vuestros encantos, me había convertido en la sombra de una sombra, sin carácter ni voluntad, incapaz de mirarme frente a un espejo, por temor a encontrar la deplorable imagen de un ser indigno, transformado en juguete de vuestros voluntad, merecedor del oprobio más absoluto de quienes me aman y respetan.
Así, profundamente arrepentido de mi humana debilidad y luchando contra mi propio deseo de volver a vuestro lado, he tomado la difícil decisión de alejarme de vos, para encontrarme a mí mismo y recuperar al hombre que fui.
Por ello, os suplico, os imploro que perdonéis mi negativa, pensando que es por el bien de ambos y de aquellos que nos aman.
Suyo servidor, Shed.
---- ¿Qué hizo ella ante tal respuesta de su amado?---- preguntó el tesorero.
---- Desesperada por perderlo, intentó convencerlo de escapar juntos, pero él se negó diciéndole que ya no la amaba, que su corazón pertenecía a Tausert, su futura esposa.---- respondió Makale.
Escuché que Tausert lloraba y la tomé de la mano. Tutmés dejó de mirarme con odio y vi un brillo de compasión hacia Ahset en los ojos de la princesa Meryetra.
---- Continúa.---- dijo el visir.
---- Su respuesta la destrozó. Se negaba a alimentarse y pasaba todo el día, postrada, diciendo que solo la muerte podría aliviar su dolor.----
---- ¿Y cómo terminó todo derivando en el incidente de la necrópolis?---- preguntó el sumo sacerdote, preocupado por lo que se refería a su jurisdicción.
---- La princesa Kina la convenció de que Shed aún podía ser su esposo, aunque ello significara que debieran envenenarlo, momificarlo y sepultarlo secretamente en una cámara anexa de la propia tumba.---- respondió.
Kina abandonó su mirada inocente para clavar sus ojos, como brasas encendidas, en la joven esclava.
---- Pero, ¿cómo pudo aceptar tan demencial idea, de matar a su amado y guardarlo en la tumba?---- preguntó el tesorero.
---- Para aquel momento, mi señora ya había perdido la cordura y aquel plan de la princesa asiática le resultó su mejor opción. Luego, ella se suicidaría días o semanas después para ser enterrada junto a él.----
---- ¿Porqué esperaría ella para unirse a él, cuando podían morir juntos?---- preguntó una mujer del harén que se encontraba entre el público, llena de curiosidad.
La esclava hizo una pausa, pues no tenía obligación de responder a esa pregunta no autorizada, pero el Faraón le permitió contestarla ante el interés de la audiencia.
---- Si ella también desaparecía se pensaría que había sido una huida de ambos o un pacto suicida de amantes y por lo tanto, si la investigación que se realizaría los descubría, no solo no les permitiría compartir la misma tumba, sino que se les negarían los rituales de conservación por su pecado. Si ella seguía viviendo, solo se trataría de la desaparición de un funcionario quizás atacado por delincuentes, o fugado por razones desconocidas, sin que nadie sospechara que se encontraba descansando en una tumba del valle de las reinas.---- explicó Makale.
---- ¿Cómo pensó la señora Ahset que podía tomar por esposo a su amante, si él ya estaba casado con otra mujer?---- preguntó el sumo sacerdote.
---- A través de su dominio de la magia, la princesa Kina la convenció de que ganaría la voluntad de la diosa Hathor y de la diosa Eset, halagándolas como a poderosas manifestaciones de Sakhmet, a cuyas teofanías rendiría holocaustos y sacrificios de becerros, corderos y machos cabríos, en misteriosas ceremonias llevadas a cabo en las colinas del desierto occidental, durante tres noches sin luna. De esta manera las diosas concederían la anulación de las bodas previas, otorgándole legitimidad al nuevo enlace en el más allá.---- respondió Makale.
---- ¿El funcionario Shed accedió voluntariamente a participar en la ceremonia de la necrópolis, aquella noche?---- preguntó el canciller sin muchas esperanzas de poder inculparme.
---- Las esclavas permanecimos esperando en la necrópolis, de modo que no podría responder esa pregunta, pero si puedo decir que el funcionario llegó desvanecido, siendo introducido en el sepulcro por los esclavos de la princesa Kina.---- contestó.
---- ¿Ya estaban los sacerdotes de Amón-Ra esperando para llevar a cabo los rituales de conservación en la propia tumba, o llegaron después?---- preguntó Menkheperreseneb.
---- Se encontraban allí desde que nosotros llegamos. Tenían todos los instrumentos dispuestos para iniciar el ritual apenas falleciera el funcionario.---- se me erizó la piel de solo recordar lo que me hubiesen hecho.
---- ¿Podríais reconocerlos?---- preguntó el clérigo nuevamente, con el fin de castigar a los culpables.
Noté a Tutmés como turbado. ¿Lo habrían afectado los recuerdos?
---- Sí, mi señor.---- respondió.
---- ¿Y cómo pensaban darle muerte?---- preguntó el visir.
---- Estando el funcionario aparentemente desvanecido, mi señora Ahset intentó darle de beber el elixir que contenía un potente veneno preparado por Kina, para terminar con su vida.---- respondió la muchacha.
---- ¿Y qué ocurrió luego?---- preguntó el administrador de los graneros.
---- En aquel momento el funcionario pareció despertar súbitamente, golpeó el vaso derramando su contenido y luchando contra los esclavos y los sacerdotes embalsamadores, escapó de la tumba.---- respondió la esclava.
---- ¿Qué hizo Ahset cuando escapó su amado?---- preguntó Meryetra sorprendiendo a toda la audiencia incluyendo al propio Faraón.
---- Su ánimo se derrumbó y, sintiéndose desolada, comenzó a lloriquear como una niña, mientras tratábamos de consolarla.---- explicó la muchacha.
---- ¿Cómo reaccionó Kina en aquel momento?---- preguntó el visir.
---- Salió del sepulcro a ordenar a sus esclavos y a los guardias de la necrópolis que no permitieran que el funcionario escapara, y que lo trajeran vivo o muerto.---- continuó Makale.---- Un tiempo después, la princesa Kina entró al sepulcro y anunció nerviosa que debían escapar de allí, pues habían llegado tropas desde la ciudad.
---- Y luego, ¿qué ocurrió?---- inquirió el Visir nuevamente.
---- Mi señora, completamente desesperanzada se negó a huir. Decía que todo había terminado para ella. La princesa le dijo que si bebía el elixir del sueño eterno terminarían los sufrimientos para ella y. . . ---- decía la joven cuando fue interrumpida.
---- ¡¡Son puras invenciones de esa embustera nehesi!!---- reaccionó sumamente alterada Kina. Embargada por la aflicción, se veía acorralada y sin escapatoria ante la declaración de Makale.---- ¡Yo no... nunca obligué...!---- Claramente turbada, Kina titubeó al no acertar a formular una respuesta que pudiese ser convincente, para un tribunal que ya no creía en su inocencia.---- ¡Nunca le dije que bebiera el veneno!----
Se elevó una nueva oleada de comentarios entre la concurrencia horrorizada por la actitud de la princesa asiática.
---- Recordad que no debéis mentir.---- reiteró el visir a la muchacha.
---- Mi señor, juro por mi ka que estoy diciendo la verdad. No he roto mi promesa de no hablar con la gente de Kemet, solo para venir a engañaros. He aceptado dar testimonio, por el amor que profesé a mi señora, que fue la única persona por la que sentí verdadero afecto, desde que perdí a mi familia y fui convertida en esclava.----
---- ¡Mentís, hiena nehesi!---- dijo exaltada Kina en un rapto de furia.
---- ¡¡Silencio!!---- ordenó Tutmés. Tal vez solo fuese por el calor reinante pero me dio la impresión que el soberano acudía demasiado a su copa con agua. Lo observé algo demacrado como si no se sintiese bien.
---- Continuad.---- dijo el sumo sacerdote, sin casi prestar atención al exabrupto de Kina.
---- La princesa la convenció de que bebiendo el brebaje al menos terminaría con sus angustias y sufrimientos, y mientras mi señora ingería el veneno, Kina escapó con la otra mujer. ---- concluyó Makale.
---- ¿Pudisteis reconocer quién era aquella mujer?---- indagó Neferhor.
---- No mi señor, no lo sé.---- respondió.
Después de la declaración de Makale me sentí más aliviado, imaginando que el tribunal al menos no me consideraría responsable de la muerte de Ahset. Pero para Kina todavía pesarían más acusaciones.
La princesa asiática se veía superada por los cargos, sin embargo, su actitud era altiva y desafiante. No podía ocultar su enfado y al mismo tiempo evidenciaba su impotencia para contrarrestar el testimonio de Makale. La joven esclava, la estaba comprometiendo tan gravemente que difícilmente pudiese escapar de ser condenada a muerte.
---- ¿Vuestra señora, obligó o amenazó de alguna manera a la princesa Kina para que la ayudara con los ritos ceremoniales, llevados a cabo en su sepulcro?---- preguntó el visir.
---- No, mi señor, por el contrario mi señora no estaba dispuesta a sacrificar a su amado, pero luego, influida por la princesa y a causa de lo desesperada que se encontraba, finalmente accedió.
Kina alteraba a mi ama, describiéndole como unirían, Shed y su esposa, sus cuerpos desnudos, haciendo el amor en el lecho, como abrazaría y besaría Tausert a su amado y lo estrecharía en las noches frías, mientras ella se encontraba sola en sus habitaciones. Provocaba a mi señora haciéndole perder la cordura, hasta manejar sus sentimientos y transformarlos en resentimiento, al hacerla creer que el señor funcionario la había usado y ultrajado, tan solo para luego abandonarla, burlándose de ella.---- explicó la joven negra.
---- Y ¿porqué crees que la princesa actuaba de esa forma si decía ser amiga de la favorita?---- preguntó confundido el tesorero.
---- Lo ignoro mi señor. Al comienzo de la relación entre ellas, yo también creí que la princesa realmente quería a mi ama.---- respondió.
---- ¿Alguna vez recibió vuestra ama objeto alguno de su amante, con el cual el funcionario pudiese haber intentado hechizarla?---- inquirió el sumo sacerdote.
---- No que yo supiera. Sin embargo, yo fui testigo cuando la princesa Kina entregó a la favorita un brazalete talismán, sobre el que había desatado un conjuro para hechizar al funcionario, y transformarlo en eterno esclavo del amor de mi ama.---- dijo la muchacha.
Cundió el murmullo en la sala ante las implicancias del testimonio.
Kina, sentada en su silla y con la mirada perdida, no intentó desacreditar en modo alguno los últimos dichos de Makale, como si ya no escuchase sus palabras. Tal vez se sintiese abrumada al no encontrar la manera de desviar las acusaciones que, anteriormente, solo habían arrojado sospechas acerca de sus culpas, pero que ahora se confirmaban con el inevitable resultado de una segura sentencia.
Sin señales de arrepentimiento, sin siquiera la más mínima evidencia de temor ante el inminente desenlace del proceso, pareció despertar de un mal sueño para adoptar nuevamente su gesto soberbio, e indiferente a las miradas de reprobación que se cernían sobre ella. Kina se mostraba desafiante, como si repudiara a sus acusadores y despreciara la cercanía de la muerte. ¿Qué fuerza desconocida movía el espíritu de aquella inescrutable mujer? ¿De donde provenían sus mágicos poderes?
Absorto en mis pensamientos no me había percatado de que Makale ya había abandonado la sala por orden del visir.
---- Queda una sola cuestión por aclarar.---- dijo el visir.---- ¿Quién es la misteriosa dama que os asistió como sacerdotisa aquella noche?----
Impasible, la princesa ignoró la pregunta con tal insolencia que encolerizó a Rekhmyre.
---- Os recuerdo que estáis en una situación demasiado comprometida para todavía ocultar la identidad de una cómplice, hecho que podría agravar aún más vuestra condena.---- le advirtió el visir en tono de amenaza.
Kina, desconociendo la autoridad de Rekhmyre y sin emitir respuesta, fingió un bostezo, con una osadía insultante hacia el jefe del tribunal, que se vio desconcertado.
---- ¿Sabéis que puedo condenaros a muerte?---- preguntó Tutmés a su concubina.
Los ojos de Kina, se clavaron en el rostro del soberano que pareció sorprendido ante la hostilidad de aquella mirada.
---- Lo sé.---- respondió Kina sin apartar la vista de su interlocutor.
Había algo en sus ojos, algo tenebroso e impío, que puso incómodo al Faraón, juraría que se sintió atemorizado por aquella mirada. Percibí un misterioso brillo en sus pupilas, un resplandor inicuo, poderoso y sobrenatural que me estremeció.
---- ¿Pensáis acaso...?---- el monarca vaciló perturbado con aparentes dificultades para expresarse. Confundido por su repentino malestar, se interrumpió, sin que la concurrencia comprendiera lo que le ocurría. ---- ¿Creéis que vuestra magia os salvará?---- inquirió Tutmés, haciendo un esfuerzo por recomponerse.
---- No, mi señor. Se que mis dioses han decidido desde de mi concepción, en el vientre de mi madre, el día en que abandonaré el mundo de los vivos. Mis poderes no alterarán la fecha dispuesta por los seres superiores....---- mientras Kina hablaba, parecía agravarse el malestar de Tutmés que se llevaba disimuladamente la mano a su abdomen, sin casi prestarle atención.
----... pero me han confiado ese secreto, negado al resto de los mortales....---- Kina dejó en suspenso lo que se esperaba como obvio; que revelara el día de su deceso, que todos sospechaban muy próximo.
---- Entonces... ¿seréis capaz de adivinar el día...?.---- el soberano volvió a interrumpirse ante la preocupación del Chambelán que se acercó de inmediato.
---- Mi señor, ¿os sentís bien?---- consultó al Faraón cuyo rostro se veía pálido.
---- ¿Adivinaréis acaso, el día en que yo ordene que se ejecute vuestra sentencia?---- dijo Tutmés con decisión, tratando de sobreponerse a su evidente estado de enfermedad.
---- No me han dado a conocer la fecha; empero, los seres que habitan el reino de la oscuridad eterna, me hicieron saber que seré llamada al más allá, en la víspera de vuestra muerte.---- la profética respuesta conmocionó a todos los presentes indignando al tribunal por el atrevimiento de la extranjera. Cuando miraron al soberano esperando la reacción lógica ante tan infame amenaza, observaron con aflicción a Tutmés desplomarse enfermo e inconsciente en brazos del Chambelán.
Una gran conmoción cundió en la sala. La reina angustiada, sostenía la cabeza de Tutmés caída de lado, como si estuviese muerto. Las mujeres horrorizadas, oraban a la divinidad por la salud del soberano mientras, los funcionarios solicitaban sin demora los servicios del curandero real.
El visir, tratando de imponer el orden en el caos en que se había transformado el estrado, ordenó que se llevasen a la acusada y desalojaran la sala, urgidos por trasladar al Faraón desvanecido hasta sus aposentos para ser atendido.
Rekhmyre, antes de retirarse del lugar acompañando a los sirvientes que transportaban al soberano, autorizó al alcalde a dejarme en libertad, bajo la prohibición de abandonar la ciudad, quedando bajo la custodia de los guardias de la alcaldía hasta que el Faraón diera el veredicto final.
Nos abrazamos alborozados sabiendo con seguridad que no sería condenado, aunque al mismo tiempo permanecimos expectantes por la súbita enfermedad de Tutmés.
---- Amor mío, mi corazón adivinaba que la justicia triunfaría.---- dijo Tausert llorando de alegría. Besé sus mejillas, secando sus lágrimas con mis besos.
---- Otra vez me habéis salvado y me faltan palabras para expresaros lo mucho que os amo. Ahora también os debo la posibilidad de ver nacer al retoño que lleváis en el vientre y de disfrutar el placer de estrecharlo entre mis brazos.----
Mi familia y la madre de Tausert se unieron a nosotros para compartir nuestro júbilo.
Maya, Binnet, Amenemheb y otros amigos, me dieron a conocer su alegría, al saber que había sido absuelto de las acusaciones vertidas en mi contra.
Transcurrieron tres días en los que compartí la calidez del hogar con mi esposa, en la paz y la tranquilidad de nuestra casa y con nuestros seres queridos, brindando por la feliz noticia de la preñez de Tausert. También se nos había informado acerca del estado de indisposición sufrido por el soberano, que por obra y gracia de los dioses no era grave ni duradero. El Faraón repuesto de su dolencia, se haría presente en la sala del trono para dictar la sentencia del juicio a los acusados.
La corte en su conjunto se hallaba expectante por la sentencia que recaería sobre Kina. La mayoría de los funcionarios estaban seguros que la condenaría a muerte y otros dudaron pensando en que siendo una princesa extranjera, no era conveniente desde el punto de vista político ante la posibilidad de que la ejecución de Kina pudiese ocasionarle la sublevación de las ciudades estado de Retenu en que gobernaban su padre y sus aliados.
Tutmés no era un soberano piadoso y si de diplomacia se trataba, no hubiese dudado en sentenciarla a pesar del riesgo de incitar sublevaciones de los asiáticos, ya que podría aplastarlas fácilmente, aportándole incluso jugosos dividendos en botines de guerra y tributos suplementarios, como escarmiento por rebelarse a su autoridad (por mi parte, yo tenía mis serias dudas acerca de que pudiese alzarse en armas el padre de Kina, que era un anciano y achacoso rey). Empero, yo también creía que no la sentenciaría a muerte, aunque por motivos diferentes.
Tal vez, muchos no advirtieran el temor que la mirada de Kina había despertado en Tutmés. Sugestionado por la condición de hechicera de la princesa, el Faraón no la condenaría a muerte porque creía que también se estaría condenando a sí mismo.
La profética respuesta sobre el deceso del Faraón un día después que ella muriese, y la sorpresiva morbidez de Tutmés en aquel preciso instante del juicio, no dejaba lugar a dudas sobre la amenaza que significaba para el soberano, viniendo de una mujer a la que se creía dotada de poderes sobrenaturales.
Finalmente, se reunió una vez más el tribunal en presencia de la pareja real para dar a conocer la sentencia dictada por el soberano a los responsables de los hechos que se juzgaban.
Con la sala del trono colmada de nobles y aristócratas, además de los miembros de la familia real, cortesanos y curiosos, el secretario del tribunal recibió de manos del visir, el dictamen del soberano contra los acusados.
Comenzó por los guardias de la necrópolis y los de palacio que se hallaban implicados, los cuales fueron encontrados culpables y en su totalidad, penados a quince años de tareas en las canteras del desierto occidental en el país de Uauat. Se habían salvado de morir, pero sus vidas no se diferenciarían demasiado de las de los esclavos peor maltratados y con mucha suerte, alguno de ellos conseguiría sobrevivir ese período.
Los sacerdotes embalsamadores que habían participado de la ceremonia, fueron expulsados del clero y condenados a veinticinco años de trabajos forzados en las minas auríferas de los desiertos de Kush, lo que equivalía a la sentencia de muerte.
El porta-sellos del templo de Amón-Ra fue condenado a desempeñar, a perpetuidad, funciones de escriba en los salares de natrón.
Los esclavos, fueron vendidos a nuevos amos sin ser penados por sus acciones, y solicité a mi madre que con mi peculio, comprase como sierva a Makale, para luego dejarla en libertad de regresar a su tierra.
Por último, leyó el fallo en contra de Kina.
---- Su majestad, ha declarado a la princesa Kina, culpable de los cargos de intrusión en el lugar sagrado de la necrópolis y al ejercicio ilegal de la magia, siendo condenada a recibir treinta latigazos, efectivizándose la sentencia ante la presencia de las restantes miembros del harén para que sirva de advertencia, en cuanto a las consecuencias de desafiar la autoridad del Faraón. También pesará sobre la princesa, la prohibición de abandonar sus aposentos por un período de dos años.
Sin embargo, se la considera libre de culpa por la muerte de la señora Ahset, cuyo deceso se atribuye a suicidio por hallarse poseída por algún demonio.---- concluyó el secretario del tribunal.
¿Qué había del intento de asesinato contra mi persona? Al parecer toda la responsabilidad recaía sobre Ahset, que ya no estaba para ser condenada por su falta, de modo que Kina era librada de una responsabilidad que, de haberse sumado a los otros cargos, la debía condenar a la pena máxima.
Seguramente, el Faraón deseaba demostrar que aplicaba un castigo ejemplar (a mi entender por demás benévolo), que ayudaría a su concubina extranjera, a recapacitar sobre sus actitudes y comportamiento, aunque lo que realmente ponía en evidencia, era su preocupación por la seguridad de la princesa asiática, temiendo que se cumpliese su predicción.
Cuán errada era la visión de Tutmés, que ignoraba completamente el modo de pensar de una noble como Kina, desconociendo sus sentimientos y lo que guardaba en su corazón. La sentencia era indigna para una dama de la realeza de Retenu, resultaba insultante para una mujer de su estirpe, una humillación que mancillaría su honor, provocando aún más su rencor, su maldad, incitando la perversidad de su alma morbosa.
Presentí que incluso la muerte, hubiese resultado más aceptable a su sentido de la dignidad.
Al parecer, Kina había imaginado que su amenaza podría arrancar para sí, la indulgencia total del Faraón, creyendo que sería declarada inocente, escapando impune de todos los cargos, por temor a sus poderes sobrenaturales. La lectura del dictamen, la enfureció. Sus pupilas dejaban traslucir sus emociones de manera tan clara, que me sentí perturbado al percibir la ira que reflejaban. No pude evitar cierta conmoción al ver sus ojos pardos refulgentes de odio clavados en mí, intuyendo que me culpaba por la vergüenza y la humillación de ser azotada públicamente (como si yo hubiese dictado la sentencia), transformándola en el hazme reír del harén. A pesar de que debía estar más que satisfecha de haberse librado de una segura y merecida condena a muerte, la hostilidad de su mirada me advirtió que debía estar atento en contra de alguna venganza de su parte.
Por algún motivo que iba más allá de mis conocimientos, Kina evidenciaba un resentimiento profundo hacia nuestra tierra y nuestra gente. Quizá se sintiese presa de las circunstancias, en las que fue entregada por su propia familia como esposa de un rey que subyugaba a su país y que personalmente la sometía sexualmente para luego ignorarla, haciéndola prisionera en un harén en el que debía compartir su existencia con decenas de otras mujeres que la menospreciaban solo por ser originaria de uno de los reinos más pequeños de Retenu, o tal vez todas mis especulaciones fuesen equivocadas y jamás podría adivinar la razón de su malicia.
---- Por último ---- declaró el vocero del tribunal, sacándome de mis pensamientos.---- se ordena la liberación del funcionario Shed al no encontrársele responsabilidad en el incidente que nos ocupa, pero en vistas de su relación adúltera durante el primer matrimonio de la desaparecida y considerando su comportamiento como indigno de un funcionario de su rango, se lo degrada en la escala diplomática a la mera función de intérprete de los ejércitos de Kemet.----
La decisión me perjudicaba en gran manera, ya que no solo disminuía mis ingresos de forma notable, sino que limitaba mis ocupaciones a las de un principiante en la carrera diplomática, cuando en mi condición de "Guardián de los secretos de las lenguas extranjeras", lo que en Keftiu denominan embajador, me encontraba por mérito propio, solo un escalón por debajo del canciller, desempeñando las funciones más importantes dentro de las relaciones internacionales. Perdería las prerrogativas de mi anterior cargo y tendría que dejar el país para acompañar a los ejércitos cuando estos abandonasen Kemet por razones de conquista o simplemente en las excursiones a las tierras del norte cuando fuesen a recaudar los tributos que los pueblos vasallos rendían cada año al Faraón dejando a mi familia y la comodidad del hogar, para salir de campaña con las tropas. Por otro lado, confiaba mucho en mi capacidad para el puesto de embajador como para estar seguro que con el tiempo, Tutmés no podría prescindir de mis servicios. Fue un duro golpe a mis aspiraciones como funcionario, pero me sentía feliz de haber salido casi indemne de la causa.
La pesadilla había pasado y la calma había vuelto a nuestras vidas. Me sentí liberado y aunque pasé algunas malas noches soñando con el recuerdo de la favorita, poco a poco fui olvidando las dificultades que durante tanto tiempo me afligieron, permaneciendo en mi memoria, los buenos momentos compartidos, sin pesar, sin penas ni remordimientos, pues tenía la conciencia tranquila de saber que no fui el culpable de que Ahset se quitase la vida. Luego supe, por el visir, que Ahset le había confesado a Tutmés que me amaba, y lo había desafiado a ganar su amor como hombre, y obligado a jurarle que no usaría su poder para cambiar nuestras vidas. A partir de aquel momento se abrieron mis ojos a la luz de los hechos que durante tanto tiempo se mantuvieron en la oscuridad y me llevaron a entender porque Tutmés no me había condenado a muerte.
Nunca comprendí el motivo por el cual el Faraón, ordenó que yo presenciase la flagelación de la princesa Kina. Si ya me resultaba desagradable ver como se golpeaba a un animal o a un esclavo, cuánto más, aborrecía ser espectador del castigo físico de una mujer, cuyo objeto me resultaba dudoso, al menos en la intención de doblegar la rebeldía de la princesa y aplacar su inclinación a la desobediencia.
Aquella mañana, con el ardiente brillo de Ra cayendo a plomo sobre el valle y poco antes de hallarse el sagrado disco en el cenit, las esclavas del harén descubrieron el torso de Kina hasta la cintura, tras lo cual el verdugo, ató sus manos a una anilla que pendía de la columna central del patio. El látigo era de largas tiras de cuero sin partes de metal lo que lo hacía menos lacerante, pero no mucho menos doloroso.
Sentado a la sombra de la galería principal, Tutmés dio la orden de ejecutar la sentencia.
Su figura enjuta, se estremeció como el pabilo en la brisa, cada vez que la fusta cortando el aire con su sibilante chasquido, desgarraba su piel en cada golpe, abriendo purpúreos surcos bañados por pequeñas gotas de sudor que, deslizándose lentamente, impregnaban de sal, las ya de por sí dolorosas laceraciones.
Creí que la princesa no soportaría el tremendo martirio que representaba para su cuerpo frágil y delicado, imaginando que el Faraón se apiadaría de ella parando el brazo del verdugo a mitad del castigo.
Imperturbable, Tutmés vio caer el flagelo una y otra vez sin que su rostro demostrara siquiera un leve atisbo de compasión.
Kina, por su parte, en una muestra de voluntad y entereza más que sorprendentes, ahogó su dolor sin gritar, emitiendo apenas cortos y casi inaudibles gemidos, cuando todos esperaban que rogase clemencia antes de que su carne exangüe ya no resistiera tan fiera mortificación.
Faltando menos de una decena de azotes y cuando su pequeña espalda ya era una gigantesca úlcera sanguinolenta abrazada por el sol, Kina se desvaneció quedando colgada de sus miembros en la más penosa imagen que hubiese visto de un flagelado.
Tan conmovedora y dramática se revelaba aquella escena, que el resto de las mujeres de la corte, observaron suplicantes al rey para que suspendiera tan despiadado tormento, sin resultado alguno.
Inconsciente, Kina fue desatada y transportada hacia su habitación, no antes de que se cumpliera la ejecución en su totalidad.
Jamás pensé que algún día, pudiese arrepentirme de haber sentido compasión por aquella mujer pero, el tiempo es capaz de modificarlo todo.
Capítulo 10
"El que duerma descansará, y el que vele vivirá en el tormento".
Los meses pasaron desde aquellos días atribulados y, como si de una noche aciaga o de un mal sueño se tratara, fuimos olvidando los pesares de ese tiempo, ocupados en ver crecer el vientre de Tausert cuajado de vida, protector y alimentador de mi simiente, albergando a nuestro vástago en ciernes. Portaba en sus entrañas el cálido cobijo donde dormía el pequeño, soñando la fantasía de un mundo feliz en la onírica tierra donde todo es posible, donde la brisa fresca es eterna y el sol no es ardiente sino tibio y el trigo crece sin ser sembrado y el pan perfuma con su sabroso aroma sin ser horneado, donde el vino no embriaga y la vid nace del desierto porque la arena es fértil como el limo de la crecida, y las dunas son límpidos manantiales de agua clara en los que abrevan las criaturas creadas por el demiurgo universal.
Nuestro hijo descansaba en el país de los niños en donde todo es alegría, pero, presintiéndolo sin verlo, deseábamos que despertase a la realidad de los hombres, con sus miserias y sus maldades, tan solo por el vil egoísmo de besarlo y acariciarlo. ¿Acaso no estaba más seguro en la cálida intimidad de su madre, que bajo la oscura y fría noche del cielo de Nut? Aún hoy siendo viejo, lloro amargamente desvariando e imaginando ideas locas, como el poder guardar por siempre a los retoños en el seno materno, para librarlos del mundo de iniquidad y perversión que nos ahoga, corrompiendo nuestra inocencia de infantes, entregando nuestra candidez como se ofrece el becerro para ser sacrificado ante altar de la mentira y la hipocresía humanas.
Perdonad querido nieto, si vuestro viejo abuelo cae en estas digresiones, recordando bellos instantes de felicidad, que duran lo que la mariposa en la primavera o quizás menos, lo que dura una flor sin marchitarse bajo los ardientes fulgores de Ra y que, sin poder evitarlo, se nos escapan como el agua entre los dedos.
Ese amado hijo que aguardábamos con impaciencia tu abuela Tausert y yo, no era otro que vuestro padre.
Vuestro padre, de quien vuestra madre ya os habrá contado muchas cosas cuando hayáis podido leer mi narración, nació el anteúltimo día del segundo mes de la estación de Shemu, la cosecha, del año veintiséis de reinado de Tutmés III. Luego de un alumbramiento normal bajo la protección de la diosa hipopótamo Taweret, yo mismo lo llevé a la orilla del río, lo bañé para protegerlo con las sagradas aguas del Gran Hep, otorgándole por nombre, el de su abuelo materno llamado Kai, a pedido de mi esposa. Su padre, un buen hombre, barquero de oficio, había fallecido mordido por un cocodrilo, cuando Tausert aún no había sido destetada por Lyna, mi suegra.
De piel oscura como yo, Kai, tenía finos cabellos lacios, negros como la noche y brillantes como el reflejo de la luna en el río. Era hermoso, de gordos mofletes con grandes y vivaces ojos como los de su madre. Su pequeña nariz respingona, se transformaría con los años en la recta nariz de mi padre, sobre labios gruesos y un mentón recio y varonil.
Inquieto y travieso, el pequeño crecía sano y fuerte amamantado por la abundante leche que concedió la diosa vaca a Tausert, cuyos pechos, habían crecido grandemente colmándose del nutritivo líquido.
Luego del fallecimiento de mi querida abuela, un año antes, mi madre sufrió mucho cuando supo que Eset se iría a vivir con su esposo a Mennufer, en donde le ofrecieron un importante puesto entre los orfebres del Templo del Ptah. El nacimiento de Kai llenó de gozo el gran vacío que dejaban en el corazón de Amunet, la muerte de su madre y la partida de mi hermana.
Pentu, por otra parte, no hacía más que hablar a sus compañeros escultores de las travesuras de su diablillo, como lo llamaba, y se apresuraba a terminar sus tareas en la necrópolis para esculpir algún muñequito, un animalito o quizá un pequeño carro de madera fabricado a partir de los deshechos de la carpintería, con el que pudiese sorprender a su nieto que siempre lo recibía con una sonrisa.
Aunque se encontraba enferma, Lyna paseaba con su nieto, pavoneándose orgullosa por la barriada, e incluso lo llevaba en sus visitas a sus ancianas amigas para que lo conocieran.
Qué felices disfrutábamos de largas horas viéndolo jugar y ensuciarse hasta el cabello, o embarrarse la cara saboreando el dulce de dátiles que mi madre le preparaba y que tanto le gustaba.
Por aquel tiempo, nos preocupamos un tanto cuando notamos que sus dientes no aparecían. Consultando a un sacerdote mago, nos dijo que debíamos esperar a que cumpliese un año aguardando que ocurriera el brote. Como la aparición de los dientecillos se hacía esperar, solicitamos al clérigo que hiciera lo necesario para que aparecieran. La receta consistía en que nosotros mismos llevásemos a Kai a la ribera del río y en la orilla ayudarlo a cavar un pequeño hoyo. Debíamos poner un diente de ajo en su manita y hacer que él lo introdujera en el hueco, para luego taparlo con tierra. Posteriormente oramos al dios del trigo, Nepri, para que así como hacía crecer el grano en la espiga, hiciese crecer junto con el diente de ajo, sus esquivos dientecillos. No pasaron dos meses para que comenzásemos a ver germinar los pequeños bordes sobre las encías de Kai.
Poco después de aquel hecho, recuerdo que Tausert llevaba al risueño Kai a la residencia real, para hacer las delicias de sus compañeras de la servidumbre, acercándome unos momentos a mi niño durante mi corto descanso de mediodía en la sala de escribas.
A pesar de haber sido destituido de mi rango de representante del Faraón en los territorios del norte, mi labor dentro del ámbito diplomático no se había modificado, pues continuaba llevando a cabo mis tareas habituales, (aunque por una remuneración menor) ya que no existían nuevos funcionarios que pudiesen ocuparse de la traducción y la redacción de documentos oficiales, misivas del Faraón a sus aliados, decretos administrativos acerca de tributos sobre los territorios subyugados y edictos sobre impuestos al tránsito de las caravanas comerciales, todos traducidos a las lenguas nativas de las regiones a las que iban dirigidas.
Tanto era mi trabajo que a veces ni siquiera podía almorzar en el hogar, apremiado por la falta de tiempo, y Tausert me preparaba algún manjar durante la mañana, para luego llevármelo en mi corto receso a la hora del cenit.
A causa de las noticias sobre la inminente coalición del heredero del reino de los hititas con los reyes de Alalakh y Kizzuwatna, en contra del rey Parsatatar de Naharín, se había producido una gran convulsión entre los príncipes del país de Djahi, que se encontraban en un dilema, al tener que optar entre apoyar al rey hurrita, (aliado con el que compartían similares orígenes culturales y religiosos) arriesgándose a debilitar sus fronteras meridionales frente a Kemet, o dejar solos a los hurritas, permitiendo la expansión de los tradicionales enemigos, los monarcas de Khatti, y el fortalecimiento de las rebeldes tribus de Assur.
El conflicto asiático había aumentado, aún más, mis ya agobiantes obligaciones durante las últimas semanas, viéndome en la necesidad de pasar días enteros trabajando con la abundante correspondencia que había suscitado aquella situación, volviendo a mi hogar muy tarde en las noches, para regresar a las mismas antes del amanecer sin poder alegrar mi corazón con la risa de Kai o las tiernas caricias de Tausert, a quienes encontraba dormidos cuando llegaba, dejándolos dormidos cuando partía nuevamente para seguir con mi trabajo al día siguiente.
Esa madrugada, la besé en los labios mientras aún dormía en nuestro lecho, y me acerqué a ver a Kai que descansaba plácidamente en su cuna junto a ella. Desayuné muy frugalmente acosado por lo exiguo de mi tiempo, apenas un par de dátiles, un trozo de pan y unas cuantas cucharadas de cuajada de cabra con miel y salí como cada mañana hacia la residencia real en la frescura de la aurora.
El mismo negro firmamento tachonado de estrellas, anunciaba el alba de una nueva jornada por el purpúreo resplandor sobre las cimas de las colinas orientales. No había extrañas señales en los cielos, ni acres olores en el aire anunciando fatalidad. Los chacales no merodeaban cerca de nuestro hogar, no rondaban los cuervos en la brisa matutina, ni los buitres acechaban desde lo alto. ¿Qué tenía de diferente aquel día, a tantos otros que transcurrieron tranquilamente entre el amor de nuestra familia y la alegría de vivir en paz? Nada. No hubo presagios, indicios, ni signos proféticos, que me ayudaran a advertir o al menos a sospechar el inenarrable sufrimiento con que, aquel día, marcaría nuestras vidas.
Llegué a la residencia y tomé rumbo hacia la sala de escribas para abrir el lugar que todavía se encontraba cerrado y a oscuras. Los guardias que custodiaban el lugar me dieron paso saludándome amablemente. Encendí una lámpara de aceite y desplegué sobre mi mesa el papiro que contenía el decreto sobre un impuesto a los productos que traficaran los mercaderes amorreos, hacia los territorios de Naharín-Mitanni. Completada su traducción con las primeras luces del alba filtrándose verdosa, por entre las grandes hojas de las palmeras datileras, me dispuse a transcribirlo en escritura cuneiforme sobre un papiro oficial que tendría como destino la ciudad de Keben, desde donde sería distribuido a través de tablillas de arcilla a todos los puestos fronterizos controlados por nuestros aliados.
Antes de que concluyera con la trascripción del documento, escuché un griterío cuyo eco resonaba en las todavía silenciosas galerías de palacio. Al principio no le presté atención, ocupado en mis asuntos hasta que creí escuchar una voz familiar que me sorprendió, por lo que salí de la sala junto a otros escribas, a ver que ocurría con aquel tumulto.
Por entre los guardias que sujetaban a alguien tratando de entrar por la fuerza al corredor que desembocaba en nuestro sector, descubrí con perplejidad que la mujer a la que impedían el paso era Awa, mi fiel esclava nehesi. Corrí hacia ella para tratar de aclarar lo que ocurría. Cuando al llegar la vi con los ojos llenos de lágrimas, mi corazón saltó dentro de mi pecho, presintiendo que algo malo había ocurrido.
---- ¡Déjenla tranquila!---- exclamé.
---- ¡Ésta mendiga ha ingresado burlando la vigilancia de la entrada!---- respondió uno de los guardias.
---- No es una mendiga, es mi esclava.---- respondí mirando el desconsuelo y la tristeza reflejado en el rostro demacrado de la pobre vieja. No paraba de llorar. Tomé sus manos para calmarla.
---- ¡Por la gracia de Amón!, ¡¿qué ocurre?!---- pregunté desesperado.
---- ¡Debéis venir pronto, mi señor, ha sucedido algo terrible!---- dijo la anciana tirándome del brazo para que la acompañara.
---- ¡Iré contigo, pero dime qué pasó!---- inquirí angustiado.---- ¿Acaso al pequeño Kai...?.----
---- ¡No, el pequeño está bien, pero a su esposa...!---- se interrumpió.
---- ¡¿Qué le pasa a Tausert, Awa?!---- pregunté afligido.
---- ¡La mordió una serpiente, mi señor!---- dijo ella con pesadumbre.
---- No, no puede ser.---- respondí incrédulo.
Dejé atrás a Awa y salí corriendo hacia el exterior y tomé de los custodios uno de los carros que había cerca del pórtico de entrada. Me vieron tan alterado que no se atrevieron a frenar mi avance.
Entre una nube de polvo recorrí las calles de Waset hacia nuestro hogar sintiendo infinita la distancia. No podía ser, Awa debía estar equivocada, su mente de vieja debía estar viendo alucinaciones. Si, eso debe ser, me dije, tratando de persuadirme de que solo era imaginación de la esclava.
Salté del carro y observé alarmado que mi casa se encontraba llena de vecinos y curiosos agolpados en el jardín delante de la fachada. Atravesé la corta vereda empujando personas para llegar entre el gentío hasta la puerta de mi hogar.
Un par de vecinas consolaban al pequeño Kai sosteniéndolo en brazos en la sala. Me acerqué a ellos y, mientras besaba a mi hijo, busqué con la vista a Tausert que no se encontraba allí.
---- ¡¿Dónde está mi esposa?!---- pregunté agitado.
---- En uno de los cuartos con su madre.---- dijo una de ellas, visiblemente entristecida tomando a Kai en brazos, cuando empezaba a lloriquear al ver que me alejaba.
---- ¡Tausert, mi amor!---- caí arrodillado al verla tendida sin sentido junto a su madre, que la mecía estrechándola contra su pecho envuelta en una manta.
---- ¡La mordió una serpiente, Shed!---- dijo Lyna, destrozada por el dolor.
---- ¿Dónde la mordió?---- pregunté.
Señaló con el dedo, el brazo tumefacto de Tausert al destaparla.
Al revisarla pude ver que presentaba las marcas de los colmillos de una culebra ponzoñosa. Todo se derrumbó dentro de mí al contemplar la mordedura. La hinchazón era seria y el estado de Tausert era propio de una cantidad de veneno más que considerable. Para mi desconsuelo, descubrí que había otra mordedura en su pantorrilla cerca del pié resultado de otro ataque. Había visto demasiadas de ellas en las expediciones militares, para engañarme a mí mismo tratando de convencerme de que podría hacer algo por mi amada esposa. Descorazonado, caí sentado junto a ella como un chiquillo, llorando de impotencia al sentir que la vida se escapaba de su cuerpo y que pronto su ka volaría como un pájaro, sin que yo pudiese hacer algo para retenerlo.
Rogué a Amón y a los demás dioses, a todos y a cada uno, a las deidades de Kemet y a las extranjeras que conocía para que la ayudaran a seguir viviendo, para que continuara amamantando con leche y amor a nuestro retoño, para que se sucedieran sus días regalándome su cálida sonrisa.
Hubiese entregado mi inútil existir a cambio de que su corazón hubiera seguido latiendo.
Me senté junto a ella. Se encontraba desvanecida, temblando, bañada en sudor a causa de la fiebre con que el veneno quemaba su piel.
La besé, la acaricié, enjugué su frente mojada con un paño húmedo que tenía Lyna, y le hablé, pero no respondió.
Por un instante, entreabrió sus párpados y en un esfuerzo supremo, balbuceó unas palabras entre el temblor extremo de sus labios.
---- Ka... Kai...Kai.---- mi dulzura estaba preocupada por nuestro hijo a pesar del sufrimiento que le provocaba la ponzoña.
---- Kai está bien, mi amor. Descansa.---- respondí sin saber qué decir, abrazándola más fuerte aún.
---- La serpiente estaba por morder a Kai y ella lo salvó, pero la alcanzó a ella.---- explicó Lyna, con la mirada perdida mientras acariciaba a su hija.
Tausert se estremecía levemente en entrecortados suspiros como si el dolor o el ardor, no sé precisar, le impidieran respirar, y luego de lastimosos y prolongados estertores falleció.
¿Cómo podía estar muerta si apenas un par de horas atrás la vida bullía en sus labios cuando la besé dormida? ¿Cómo podría enfriarse su cuerpo si hace solo unos instantes su sangre corría presurosa llevando calor por sus venas? No podía ser que estuviese rígida e inmóvil si apenas ayer corría y daba brincos haciendo reír a nuestro hijo. ¡No, su corazón no se había detenido, era imposible, si recién acababa de sentirlo palpitar brioso con el ímpetu de tambores resonando estruendosos con un eco eterno!
Por un instante, tuve la esperanza de que fuese otra de mis pesadillas, otra macabra jugarreta de mis torturantes noches y que Tausert me despertara para preguntarme porqué lloraba dormido. Pero el fatídico sueño proseguía sin dar señales de ser solo una mala treta de mi mente enferma.
Sin asumir completamente que lo que ocurría era real y no parte de mi imaginación atormentada, me paré a su lado.
---- Lyna . . . , Lyna . . . , Tausert ha muerto . . . ---- mi suegra mecía el cuerpo sin vida de su hija, arrullándola como si estuviese dormida en tan triste escena que las abracé para unirme en un llanto desconsolado.
---- ¡No, no es cierto, déjanos solas!---- reaccionó, violentamente.---- ¡Vete, déjala descansar, ya despertará cuando la fatiga abandone su cuerpo!---- deliraba Lyna.
---- Lyna, por la gracia de Amón, no os hagáis más daño. Yo también sufro por su pérdida pero, ya nada podemos hacer.---- dije, intentando ayudarla a afrontar la cruel realidad que a mí también me destrozaba el corazón.
---- ¡¿Vos?, ¿qué sabéis vos de sufrimiento?! ¡Mi pobre hija no ha vivido más que amarguras y tristezas desde que os conoció, y la he escuchado llorar en la oscuridad de la noche por vuestros engaños y mentiras! ¡Alejaos de nosotras!---- sus palabras me apabullaron.
Con mi alma hecha jirones, abandoné la habitación, lastimado por la dura verdad de sus palabras.
---- ¿Dónde se encuentra la serpiente?---- pregunté a las mujeres que se encontraban en la sala con Kai.
---- No lo sabemos, pero Lyna nos dijo que se hallaba en vuestro cuarto cuando mordió a Tausert.---- respondió una de ellas.
Recordé que mi jepesh estaba allí mismo, y el ver cerrado el aposento me hizo suponer que la sierpe aún se encontraba en el lugar. Lyna debe haberla encerrado por temor a que saliera hacia la sala, pensé.
Abrí lentamente y con suavidad, desplazando la puerta un palmo de anchura, para observar el interior. Asomé la cabeza por el marco, y al ver que la serpiente no estaba cerca, entré y cerré la puerta a mis espaldas.
Allí se encontraba, enroscada en un rincón con la cabeza baja y en una quietud total, entre la cuna de Kai y la pared. Era una mamba negra. No alcanzaba a comprender cómo había llegado hasta esta región tan al norte del país cuando era sabido que esa especie pertenecía a los territorios al sur de Uauat y Kush. Fui al extremo opuesto de la habitación sin apartar mi vista de ella y saqué mi espada curva, la que guardaba al lado del arcón. La así con las dos manos firmemente y me acerqué con sigilo al reptil. Era grande para su tipo. Su longitud sería de al menos cinco codos y las escamas que cubrían su cuerpo brillaban como el nácar pulido.
Al acercarme esgrimió su lengua bífida en el aire escrutando el ambiente, como si hubiese percibido mi presencia. Irguió su cuello en actitud de alerta y comenzó a deslizarse lentamente sobre sí misma, en giros envolventes. Me miró con sus ojos escalofriantes, exentos de piedad y fríos como cuentas de cristal, atrayéndome hacia ellos con su mortal atractivo. Me sentí hipnotizado por aquella mirada que