Enviado por Kaypachapi, mayo de 2004 La
insurrección popular que en octubre pasado derribó al por entonces
presidente de la República de Bolivia, Gonzalo Sánchez
de Lozada (y que, en
el momento en que estoy escribiendo, está encontrando su
prolongación en la
huelga general indefinida convocada para este mes de mayo), merece
nuestra
atención, según entiendo, por varias razones. En
primer lugar, desde luego,
por el hecho mismo de haberse atrevido los bolivianos a derrocar
un gobierno
por la vía de la insurrección de la gente de abajo,
hecho que a estas alturas de
la modernidad, según nos venían asegurando los expertos
en fines de la Historia,
era del todo imposible que sucediera; haber rectificado este prejuicio
interesado
era ya de por sí de agradecer. La hazaña es tanto
más notable por
cuanto no se derribó a una junta cualquiera de gorilas en
vías de extinción,
sino a un gobierno elegido con todas las bendiciones legales de
la democracia
parlamentaria (sin que eso comporte mucha diferencia en la manera
de responder
a las demandas de los gobernados); de modo que no será muy
exagerado
decir que la revolución boliviana ha empezado a tomar por
blanco de su ataque
directamente a la mentira democrática, que es el corazón
de la ideología hoy
dominante.
La cuestión que la prensa internacional ha señalado como motivo de la revuelta –la exportación de gas natural a cuenta y beneficio de empresas extranjeras, la española REPSOL entre las primeras- no fue, en principio, mucho más que la ocasión que propició la confluencia de los diversos movimientos de oposición. De todas maneras, el escándalo que hizo saltar la chispa no era para menos: la Ley de Hidrocarburos, promulgada por el gobierno de Sánchez de Lozada e impuesta por dictado del FMI, entrega los recursos de combustibles fósiles del país de modo prácticamente gratuito a las empresas transnacionales que los hayan "descubierto", reservándose el Estado boliviano tan sólo un impuesto del 18 % sobre el valor a boca de pozo del crudo, que luego, una vez refinado y elaborado en industrias de Chile, Argentina o Brasil, se vuelve a vender a Bolivia a precios de mercado mundial. Las condiciones de secretismo, corrupción desaforada y abierta violación de las leyes del país en que se pactaron las cláusulas de venta, sacadas a luz por diputados opositores, acabaron por suscitar la indignación hasta del último demócrata bienpensante; además, la circunstancia peculiar de que la exportación de gas hubiera de pasar por los puertos del litoral pacífico, que el Estado de Chile había arrebatado a Bolivia en la guerra de conquista de 1879, añadió a la indignación la ponzoña del resentimiento patriótico. Pero todo eso, evidentemente, no habría levantado mucho más que bieneducadas protestas verbales de políticos y periodistas, de no haber caído en una situación que ya estaba lista para el estallido por otras razones. Y no me refiero a la circunstancia que lo más a menudo suelen invocar, a modo de explicación de lo ocurrido, los medios mal llamados de comunicación: a saber, las condiciones de abrumadora miseria en que supuestamente viven la mayoría de los bolivianos.
A decir verdad, la fama de "país más pobre del continente" de que goza esta república andina se debe más que nada a las virtudes milagrosas de la estadística, por efecto de las cuales el chabolista más miserable de México o Sao Paolo, gracias a su participación –puramente teórica- en un Producto Nacional Bruto mucho más elevado, disfruta de una Renta Per Cápita en dólares varias veces superior a la de los campesinos bolivianos que producen ellos mismos la mayor parte de lo que consumen (bienes que, por carecer del status de mercancía, no figuran en las estadísticas). En definitiva, la pobreza material que se padece en Bolivia, con ser notoria, no es peor que en cualquier otra parte de América Latina; y si el empeoramiento de las condiciones de vida durante el último decenio ha tropezado en este país con una resistencia popular mucho más contundente y eficaz que en otros lugares, no será tanto debido a lo extremo de la miseria como gracias a la tenaz persistencia de unas tradiciones de autoorganización comunitaria que permiten resistir con firmeza y dignidad a cada nuevo desafuero del poder, justamente porque desde siempre vienen resistiendo, aun sin que se tenga mucha conciencia de ello, a ese desafuero fundamental y perpetuo que es la asimilación de todas las relaciones sociales por el Estado y el mercado.
La
insurrección de octubre no fue una revuelta de masas amorfas de
hambrientos, sino un movimiento muy bien organizado desde las asambleas,
las comunidades campesinas, las juntas vecinales y los comités
de huelga, que supieron
coordinar por su cuenta las luchas a lo largo y ancho del país, arrastrando
finalmente tras de sí a las cúpulas sindicales y políticas.
"Ningún líder
ni ningún partido político dirigió este levantamiento
popular… Los trabajadores
bolivianos, desde abajo, fueron los que echaron a patadas del poder al
del asesino de Goni
(Gonzalo Sánchez de Lozada). Nadie, individual y
partidariamente, se puede adjudicar el liderazgo de este conflicto", reconoció
a finales de octubre
Jaime Solares, el secretario ejecutivo de la Central Obrera
Boliviana (COB); y por más que semejante cargo de dirigente sindical
no sea muy buen acreditativo
en materia de autonomía obrera, estaba diciendo la
pura verdad.
Entre los más de cincuenta mil mineros despojados de sus puestos de trabajo, muchos se organizaron en cooperativas para arrancar los exiguos restos de metal del desmonte de las minas; otros cambiaron de residencia y de oficio, dedicándose a la agricultura y otras ocupaciones. Fue el fin del movimiento obrero más vigoroso y más combativo que había conocido América Latina; pero esa victoria del poder fue el inicio de su derrota: los mineros, al dispersarse a los cuatro vientos, llevaron consigo a todas partes las semillas de la rebeldía, difundiendo por doquier el manejo de las que fueran sus armas más probadas: la organización sindical y la dinamita.
Las comunidades campesinas. Pero los antecedentes más inmediatos de los hechos de octubre hay que buscarlos en el otro extremo del país, entre los campesinos aymaras de la región del lago Titicaca, que ya entre 2000 y 2001 se habían enfrentado con denuedo al ejército. Disponen de una organización sindical propia, la Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia (CSUTCB), pero la verdadera base de su organización son los ayllus o comunidades agrarias tradicionales.
El
Movimiento Indígena Pachacuti (MIP), encabezado
por el secretario general de la CSUTCB, Felipe Quispe, apodado "El Mallku",
propugna un "socialismo comunitario" basado en la confederación
de ayllus o comunidades
agrarias. Observemos que la vindicación de las tradiciones
precapitalistas no implica aquí ninguna hostilidad de principio
hacia las tecnologías
modernas: una de las reivindicaciones más sonadas del movimiento
campesino ha sido
el reparto de tractores entre las comunidades.
Dado que las comunidades campesinas, sus asambleas y autoridades electas,
no gozan en Bolivia de ningún reconocimiento oficial ni status
jurídico, y que,
por otro lado, en la mayor parte de los municipios aymaras conviven más
o menos conflictivamente con los alcaldes y demás autoridades oficiales,
nombradas desde arriba
por el gobierno, se origina de hecho una situación de doble
poder que ha sido, si no el detonante más inmediato del estallido
de octubre, a lo menos
el explosivo que lo hizo posible.
Los campesinos, armados de fusiles y dinamita, no abandonan la resistencia; en la localidad de Warisata, un soldado y cinco pobladores mueren en un tiroteo entre los insurgentes y las fuerzas especiales del ejército. La insurrección de El Alto y la huelga general de octubre. Los cortes de carreteras van ganando extensión; el 28 de septiembre, la COB, que entre tanto ha logrado salir de una prolongada crisis interna, llama a la huelga general indefinida y al bloqueo de caminos a nivel nacional, exigiendo la nacionalización del gas y la dimisión del presidente. El líder del MAS, Evo Morales, se opone a la huelga y al bloqueo, invocando el peligro de un golpe militar derechista; sólo cambia de parecer cuando el movimiento ya está en plena marcha, lo cual, de todos modos, no impide que el gobierno le conceda el inmerecido honor de señalarlo como instigador de la revuelta. Mientras tanto, los dirigentes campesinos prosiguen la huelga de hambre en la ciudad de El Alto, suburbio pobre que se levanta por encima de La Paz, en el límite del Altiplano, en el mismo lugar desde donde los insurgentes aymaras de Julián Apasa pusieron sitio a la ciudad en 1781. Arrabal interminable de casas bajas y tapias de adobe grisáceo, entre anchos caminos de tierra que se pierden por los horizontes de la llanura, El Alto, ciudad aymara, se erige en capital de la revuelta.
Al
caer la noche del 10 de
octubre, El Alto está en manos del pueblo levantado en armas.
Al
día siguiente –domingo,
12 de octubre- consiguen abrirse paso, disparando con fusiles y
ametralladoras desde los helicópteros; veinticinco insurgentes,
acorralados en el
puente de Río Seco, mueren bajo la lluvia de balas. Cuando el convoy
gasolinero, flanqueado por las ráfagas de ametralladora del ejército,
logra finalmente enfilar
por la autopista de La Paz, los muertos ya son más de cuarenta.
La victoria militar de las fuerzas gubernamentales se trueca inmediatamente
en derrota política y moral; las matanzas indiscriminadas indignan
a casi todo el mundo
y enardecen aún más los ánimos de los insurgentes. El
lunes, 13 de octubre, la población de La Paz se suma finalmente
a la protesta; las
juntas vecinales llaman a una marcha de apoyo a El Alto y repudio de las
matanzas, mientras los pobladores de El Alto bajan a la ciudad al grito
de "¡Ahora sí,
guerra civil!".
El
país entero se ha puesto en pie
contra el gobierno; las protestas se extienden hasta los rincones más
remotos del territorio,
desde las llanuras del Chaco, en la frontera con Paraguay, hasta
las impenetrables selvas tropicales del Beni, en los lindes de la Amazonia.
El cerco en torno a La Paz se estrecha. No hay transportes; los comercios
están cerrados. Empiezan a escasear los víveres; en las
calles, desiertas del tráfago
habitual, se suceden los mítines, asambleas, manifestaciones y esporádicos
enfrentamientos con la policía, en medio de una calma tensa hasta
lo insoportable. La
noche del domingo, 19 de octubre, por fin se difunde la noticia
de que el presidente ha huido en un helicóptero militar a Santa
Cruz, de donde parte
en avión rumbo a Miami. Desde allí presenta, al día siguiente,
su renuncia formal;
el vicepresidente Carlos Mesa asume el poder, pidiendo una
tregua de noventa días para empezar a poner orden en los asuntos
del país. Las organizaciones
opositores le conceden este favor; se restablece la tranquilidad,
a lo menos de momento.
Sus dirigentes se oponen abiertamente a las huelgas y movilizaciones, las boicotean y tratan de impedir que participen las bases de los sindicatos y movimientos sociales por ellos controlados; de nuevo, invocan el peligro de un golpe de Estado inminente, llegando al extremo de difamar a los dirigentes de la COB como "paramilitares" y cómplices del fascismo. No cabe duda de que Morales está apostando por ganar las próximas elecciones presidenciales, previstas para el 2007. La nueva imagen de responsabilidad y mesura le está granjeando ya los aplausos de la prensa; sólo queda por temer que, con eso mismo, se arriesgue a perder el apoyo de las bases campesinas y obreras cuyos votos está pensando capitalizar.
El
gesto, ampliamente
aplaudido por los campesinos a ambos lados de la frontera
neocolonial que los divide, acaso venga en momento oportuno para recordar
cuál era el origen de esta guerra y cuáles eran sus fines.
Los campesinos y trabajadores de Bolivia han dado ya un ejemplo a los
pueblos del mundo al levantarse contra las consecuencias de un orden económico,
político y social que es la negación permanente de la vida;
ahora sólo falta
que entiendan todos lo que tan bien entendieron los comuneros insurgentes
del Altiplano: esto es, que en la experiencia de las asambleas comunarias
y las juntas vecinales,
en sus usanzas ancestrales de apoyo mutuo y común usufructo
respetuoso de la tierra, y, por debajo de ello, en el recuerdo antiguo
y siempre vivo de
lo que era un mundo sin dinero ni propiedad (y, por eso mismo,
de un bienestar al alcance de todos que hoy las políticas del desarrollo
ni se atreven ya a
prometer), tienen ellos ya entre manos el hilo que les permitirá
salir del laberinto sangriento del desorden imperante.
Kaypachapi, mayo de 2004
etcetera[arroba]sindominio.net
L.A.B. / F.E. S.
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