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De la diferencia biológica a la desigualdad social




 

 

1.

En el número anterior de la revista abordábamos la cuestión de la relación del hombre y de la mujer con la naturaleza, cuestión excesivamente obviada en los análisis críticos de nuestra sociedad capitalista. Constatábamos que una forma simplista y estereotipada de entender la lucha de clases ha dejado en el tintero, es decir sin plantear en toda su radical importancia, la cuestión de la relación de la humanidad con la naturaleza (la cuestión del antropocentrismo), e igualmente la relación entre el hombre y la mujer a lo largo de la historia de la especie (la cuestión del sexo y del género). Cuestiones que el movimiento obrero y revolucionario de los siglos XIX y XX apenas toca, reproduciendo en su interior conductas y estereotipos tradicionales, y que sólo al margen, en grupos de afinidad anarquistas, en grupos naturistas, espiritistas, esperantistas, por la libertad sexual, antipatriarcales, etc., cobran importancia. El primer aspecto, la relación de la humanidad con la naturaleza, lo abordamos en el número anterior, discutiendo la ideología dominante que desde el Génesis (creced y multiplicaros, llenad la tierra y sometedla, dominad sobre todos los animales que se arrastran por la tierra…) hasta El Capital (desarrollad las fuerzas productivas…) sólo atribuye valor a la naturaleza si es transformada por el «hombre», contemplado éste como productor, y, el mundo, como producto del trabajo humano. Ahora queremos abordar el segundo aspecto: la relación desigual hombre-mujer, la historia de la transformación de una diferencia (un hecho biológico) en una subordinación (un hecho cultural), y ver la evolución de la situación actual de esta subordinación en nuestras sociedades de capitalismo avanzado, haciendo hincapié en el hecho artificial, cultural, no natural de esta desigualdad convertida en dominación, en el sentido tan expresivo de la aserción marxiana: un negro siempre será un negro, pero sólo en unas determinadas condiciones sociales será un esclavo. Por qué y cómo una diferencia se ha convertido en subordinación y ha instaurado una dominación, quizás la dominación más profunda donde se vendrán a asentar todas las demás dominaciones. Distintas teorías rastrean en los orígenes de esta subordinación para tratar de explicarla. Simplemente las anotaremos para llegar al estadio actual de esta relación subsumida dentro del modo de producción de mercancías. Tendremos en cuenta en todo este recorrido la cuestión del lenguaje, con la ambivalencia gramatical de los géneros, y la cuestión de la historia, su relevancia como historia del poder y su ambivalencia de relato y de ocultación. En los análisis críticos de la explotación, dominación, alienación del hombre (pensemos por ejemplo en los escritos de Reclus, de Stirner, de Marx, de Ellul, de Anders, de la I.S., etc.), la reducción del lenguaje, al designar el masculino (ya en singular, ya en plural) los dos sexos, ha impedido ver cómo aquellas situaciones de explotación, de dominio y de sumisión afectaban de modo distinto a los hombres y a las mujeres, sin con esto negar la importancia descriptiva y prospectiva de tales análisis. En efecto, cuando en estos análisis se describe la situación del hombre, debida por ejemplo al desarrollo técnico, a la proliferación de los mass media, a su reducción a mercancía dentro del modo de producción capitalista, etc., se describe al mismo tiempo, incluyéndola, la situación de la mujer. Muchos de estos análisis con este masculino inclusivo describen más pertinentemente la situación de la mujer (y del hombre) que otros que incorporando repetidamente ambos géneros, con esta insistencia moderna de lo políticamente correcto, no salen de la banalidad. El hábito no hace al monje. Aunque también sí lo hace: algo se cuela a través del masculino inclusivo que desfocaliza e impide ver con nitidez (con más veracidad) la imagen. La explotación y la dominación que el capital y el Estado ejercen sobre el hombre y sobre la mujer tiene características propias en cada sexo, características y especificidades que el masculino inclusivo no contempla o las contempla muy borrosamente. El lenguaje no escapa a la historicidad sino que la simboliza. La denominación de las mujeres por el «Hombre» no solamente representa la ausencia de la mujer del sistema de pensamiento, su subordinación, sino que no puede significar, no puede amparar, sin su disolución, la integración de aquellos que históricamente han sido separados. Por esto es importante hacer hincapié en la referida reducción del lenguaje, para ver todo lo que se ha colado de simplificación y ocultación de lo específico de cada situación de dominación a lo largo de la historia. Para entender el alcance de esta reducción hay que referirse a todo el pensamiento conceptual que ha intentado hablar de universalidad y totalidad desde una perspectiva limitada. Es difícil hablar del pasado sin hacer ideología, sin volcar en su lectura y en su interpretación (¿es lo mismo?) los deseos y los intereses del que historiza, del que organiza a partir de un punto de vista todo el fluido de acontecimientos. Inútil pues recurrir al pasado para legitimar un posicionamiento actual. Este posicionamiento es previo y procede del futuro: solamente desde lo por venir, desde lo posible (no utópico) que está por venir se puede criticar y entender el pasado. Ni la nostalgia de un pasado considerado idílico, ni el rechazo del pasado considerado salvaje en beneficio de la ideología del progreso pueden ayudarnos a entender lo acontecido; sólo desde la crítica de las actuales relaciones de poder podemos criticar el pasado y ver los engaños convertidos en verdades escritas en la historia. Lo que ahora nos interesa es ver lo que esta historia ha ocultado, lo que ha dejado al margen. Esta historia que es la historia del poder (masculino), es la capacidad de hacer aparecer o desaparecer aquello que conviene o no conviene al poder. Así pues la historia ha ocultado a las mujeres, igual que hace desaparecer todo aquello que esté del lado de la vida, de la conservación de la vida, y no del lado del «progreso». (La historia, escrita desde el poder, es precisamente esto, la historia del progreso de la alienación).

Si la historia es la historia del poder, escrita desde el poder para subrayar u ocultar aquello que le conviene, difícil acceso tendremos, desde la historia, para conocer el pensamiento y los hechos de hombres y mujeres que se han opuesto a este poder a lo largo de la historia; el ejercicio del poder intenta impedirlos y, cuando se dan, silenciarlos. En el caso de la presencia de las mujeres en la historia, el hecho mismo de su dominación-subordinación las haría desaparecer de la historia, y, a la vez, ésta, al escribirse por el poder (masculino), acabaría por silenciarlas. Por ejemplo, en el caso de la historia del saber y de la filosofía, las mujeres filósofas ¿no existieron debido precisamente a su condición subalterna, o no tenemos conocimiento de ello debido a la ocultación desde el poder, y sólo excepcionalmente nos queda noticia fragmentada de algunas de ellas? Distintos estudios, por lo que se refiere a la antigüedad grecorromana, nos hablan por ejemplo de Theano, la mujer de Pitágoras, de Hipparchia, la compañera de Crates el cínico, o de Hypathie, matemática, astrónoma y filósofa que murió brutalmente torturada y quemada por una turba de fanáticos cristianos. O en el caso de la aportación a la filosofía, las matemáticas, las ciencias y la literatura de las mujeres que frecuentaban las Universidades en la Edad Media ¿se trataba de algo excepcional o era realmente más común y sólo la progresiva monopolización masculina de los saberes la deja al margen, arrinconada en el olvido? O por ejemplo ante las más de 30.000 estatuillas de figuras femeninas mostrando ostensiblemente sus órganos genitales, encontradas en excavaciones en el sudeste europeo, se nos habla de «Diosas y Dioses en la Vieja Europa 7000-3500 a.c., mitos, leyendas e imaginería» y se las bautiza como Venus, en vez de reconocer la importancia central de las mujeres en estas sociedades. O se silencia la presencia de las mujeres en el comercio y en los gremios a finales de la Edad Media, y su participación en todos los movimientos de rebelión, o se las silencia para siempre, cruel y sádicamente1. Quizás sería pues más exacto decir que la historia es la historia del poder que no puede llegar a ocultar los hechos que tozudamente se dan y que aparecen entre líneas en la lectura de esta historia. Hechos que escapan a esta historia: aquello que queda al margen, un resto imposible de manejar por el poder, un hilo rojo insobornable y que la historia intenta borrar hasta intentar conseguir, ya con el capitalismo, recuperarlo, hacerlo entrar en la historia, ya no borrarlo. Es la manera de hacer de la civilización del capital, su manera de domesticar: intentar volver la servidumbre voluntaria, preferir el «yo quiero» del esclavo al «tu debes» del amo.

 

2.

La relación hombre/mujer cambia a lo largo de la historia, no es inmutable sino histórica, cultural y por tanto modificable. Contra lo que pretende la sociobiología, sabemos que la subordinación de la mujer no es un hecho natural (genético) sino un hecho cultural y temporal, con un principio y un posible final. Se trata, por tanto, de relaciones sociales, no «naturales», y son estas relaciones las que podemos y queremos cambiar, y no la naturaleza humana. Contra una historia contada desde el poder, nos interesa ciertamente ver todos aquellos aspectos silenciados por aquél, aflorar aquellos aspectos relegados, para ver lo que es posible porque ya ha sido posible: sociedades no idílicas, pero sí sin el peso que el trabajo y el Estado tienen en nuestras sociedades. Sin caer, por ello, en una idealización del pasado, convirtiendo la historia en ideología. Distintas explicaciones rastrean los orígenes de esta dominación. Enumeremos algunas: La teoría de los estadios superiores, desde el estadio salvaje al de civilización, de Morgan-Engels. Morgan, estudiando los restos devastados de las comunidades iroquesas construye, para explicar el origen y la historia posterior de la humanidad, un edificio estructurado en escalones de categoría ascendente. Abajo, el estadio salvaje, más arriba el estadio de barbarie, después el de civilización, para acabar con el estadio superior de la civilización norteamericana de raza blanca. Engels, en su libro «Los orígenes de la familia, de la propiedad privada y del Estado», retoma el edificio racista de Morgan sólo cambiando el nombre del penúltimo estadio, que llamará capitalista, y añadiendo un último estadio que será el comunismo. En todos los casos el paso de un estadio a otro será posible gracias al desarrollo de las fuerzas productivas.2 Engels también se inspira en el libro de Jakob Bachofen, Das Mutterrecht, la primera gran teoría basada en los principios maternalistas, y acepta su modelo de progresión «histórica»de la estructura social, desde las relaciones de grupo hasta el matrimonio monógamo. Según Engels, en las sociedades tribales el desarrollo de la domesticación animal y, por supuesto, de la ganadería determinó las primeras formas de comercio e institucionalizó la propiedad privada en poder de los varones patriarcas, los padres de la familia que era, por lo demás, muy amplia y que podía subdividirse desde las gens o gentes hasta los clanes, pero todos ellos ya sometidos a la «ley del padre». Para institucionalizar la propiedad privada y asegurar el traspaso de «su» botín a «sus» herederos crearon otra institución, la familia monogámica: al controlar la sexualidad femenina y al establecer la jerarquía sexual del matrimonio (el hombre es el que transmite el linaje, es el que manda, la mujer obedece), los hombres marcaron su poder legitimando su descendencia y garantizando así su interés por su propiedad. Engels relacionó el origen de la familia monogámica y patriarcal (además de señalar que la etimologia proviene de famulus = esclavo, familia = conjunto de esclavos) con causas económicas y concretamente con el triunfo de la propiedad privada. Con el desarrollo del Estado y de la Economía, y al quedar firmemente legislada la forma de la familia monogámica patriarcal, «el trabajo de la esposa pasó a ser un servicio privado: la esposa se convirtió en la principal sirvienta, excluida de participar en la producción social». El mito de la horda primitiva (así como mito es como lo plantea Freud) con el asesinato del padre, la sociedad de los hermanos y la instauración de la ley, en Tótem y Tabú. Con este libro inaugura Freud su teoría del origen de la cultura y de la sociedad. Los hermanos, excluidos de la sexualidad y de la palabra por un padre que goza de todas las mujeres, se conjuran para matarlo y así lo crean como padre simbólico. Los hermanos se sienten culpables de haber matado el padre y deciden renunciar al objeto del deseo por el que se habían conjurado, a la vez que mitifican al padre que convierten en tótem fundador del grupo. La civilización empieza por un crimen cometido en común; el parricidio crea la cultura al introducirnos en el mundo de la culpa y de la renuncia. Sin una instancia reguladora que impida la satisfacción inmediata de la pulsión no hay sociedad. La civilización nace con y por esta represión. La palabra, lo simbólico invade todo el campo social. La sexualidad aparece ya como problema, inscrita en códigos, en tabúes, penetrada por el lenguaje. La sustitución del principio del placer por el principio de realidad es el gran suceso traumático en el desarrollo de la humanidad. Según Freud este suceso se repite continuamente en la historia, filogenéticamente con la sumisión al poder del padre o de su sustituto el Estado y ontogenéticamente con la sumisión, en la primera infancia, a la imposición del principio de la realidad, primero por lo padres y después por los educadores. Para Freud pues la historia del hombre es la historia de su represión. La cultura y su malestar, deben su existencia a la represión y renuncia del principio del placer. Para W. Reich, «lo que hay de verdad en esa teoría es simplemente que la represión sexual de base psicológica colectiva crea una cierta cultura, a saber, la cultura patriarcal en todas sus modalidades; lo que no quiere decir en absoluto, que sea la base de la cultura en general». El mito bíblico del paraíso inscribe igualmente «la falta» en el principio de la historia. Lo que era natural pasará a ser cultural ( Adán y Eva tras comer el fruto prohibido «de pronto se descubrieron desnudos…»), y la sexualidad pasará de ser la relación natural dentro de la naturaleza a entrar en el campo de lo tabú y de la ley. El mito bíblico tiene que leerse pues, como dice Zizek, en este sentido: la sexualidad no es la causa de «la falta» de Adán y Eva sino su efecto, la sexualidad será el castigo al querer ser los amos de la creación comiendo del árbol del saber3.

La concepción de la mujer como un ser inferior, seductora y tentadora del hombre, está presente tanto en el judaísmo como en el cristianismo, en el islamismo y en el budismo. Para Buda, la mujer, impura, logra con sus encantos seducir al hombre. La misoginia de los escribas de Judea llega al colmo de hacer que la mujer nazca del hombre (Eva de la costilla de Adán, según la narración yahvista de la creación en el Génesis). La prohibición del incesto, como paso de la naturaleza a la cultura, en Las estructuras elementales del parentesco, de Lévi-Strauss. El criterio de distinción entre el estadio de naturaleza y el estadio de cultura está en la ausencia o no de reglas: en todas partes donde se presente la regla estamos del lado de la cultura, y todo lo que es universal pertenece a la naturaleza. La prohibición del incesto presenta los dos caracteres, constituye una regla, pero la única regla que tiene un carácter universal. La prohibición del incesto constituye pues el movimiento fundamental por el cual y en el cual se realiza el pasaje de la naturaleza a la cultura. Con la exogamia y el intercambio de mujeres, que es la principal causa de la subordinación femenina, el vínculo de reciprocidad que funda el matrimonio no se establece entre hombres y mujeres sino entre hombres por medio de mujeres, las que sólo son el objeto de intercambio. Dicho intercambio puede adoptar distintas formas: el rapto, la violación o los matrimonios acordados, pero precedidos siempre de prohibiciones y tabúes relativos a la endogamia y al adoctrinamiento sexual de las mujeres (como la obligación de llegar virgen al matrimonio), es decir, de una sexualidad organizada. Es un proceso de reificación, a las mujeres se las trata como objetos y se las deshumaniza. Las sociedades que alcanzan la etapa de organización política tienden a generalizar el derecho paterno. La autoridad política, o simplemente social, pertenece siempre a los hombres, y esta prioridad masculina presenta un carácter constante que se aviene tanto con el modo de filiación patrilineal como matrilineal en la mayoría de las sociedades tribales. Esta tendencia al robo de mujeres condujo a constantes guerras entre grupos humanos diferentes, por lo que se generalizó entre los hombres una cultura de la guerra. Además las cautivas quedan en poder del que las había conquistado y violado, constituyendo su propiedad. Así mismo se contempla como un nuevo beneficio la capacidad reproductora de las mujeres: estas mujeres cautivas pasan a ser esclavas del trabajo y esclavas sexuales. Todo ello fue determinante en las primeras civilizaciones agrícolas y ganaderas; la diferencia biológica de sexo quedó establecida e institucionalizada como diferencia cultural hasta el punto de considerar a la mujer como un ser inferior. Este precedente de ver a las mujeres como un grupo inferior permitió transferir dicha marca a cualquier otro grupo humano que también podrá ser reducido a la esclavitud. La esclavitud es la primera forma institucional de dominio jerárquico en la historia humana y está ligada a la aparición, primero, de la sociedad patriarcal y de la guerra, y después, al surgimiento de una economía de mercado del Estado, de la burocracia y de una sociedad fuertemente jerarquizada.

En la teoría del patriarcado. Casilda Rodrigáñez4 al investigar los orígenes del patriarcado encuentra anteriormente el Muttertum, ese mundo de las madres, principio de la sociabilidad humana, sin jerarquía y sin poder, sociedades donde el sexo no es tabú ni objeto de represión. No se trata de matriarcado, ya que ello equivaldría a un poder (archon) de las madres, y aquí no se trata de ningún poder. Éste aparece con la exogamia, con el intercambio de mujeres. Las sociedades matrifocales existirían pues a lo largo de 30.000 años, hasta el comienzo del patriarcado hacia el año 3.000 a.c., siendo el ginecogrupo, y no la pareja heterosexual, la primera forma de organización humana. Con el dominio del patriarcado lo maternal, lo que está del lado del deseo, del lado de la vida es desterrado y encerrado en el Hades donde está toda la vida que no debe ser, todo lo que quedó excluido, de ahí la necesidad de Asaltarlo. Según Gerda Lerner5 «El valor dado a las diferencias sexuales es de por sí un producto cultural. Los atributos sexuales son una realidad biológica, pero el género es un producto del proceso histórico». La concepción teleológica cristiana considera la historia precristiana como un estadio previo a la verdadera historia, que arrancaría con el nacimiento de Cristo y terminaría con el segundo advenimiento. La teoría darviniana considerará la prehistoria como un estado de barbarie dentro del proceso «evolutivo» de la humanidad, en una suerte de darvinismo social. Los presupuestos androcéntricos dominarán la interpretación de los orígenes de la dominación, siguiendo la ordenación sexos/géneros prevaleciente en el presente. Los «tradicionalistas» han considerado la subordinación de las mujeres como un hecho universal e inmutable de origen divino o natural. Los tradicionalistas aceptan el fenómeno de la «asimetría sexual» como una expresión del darvinismo social. Puesto que a la mujer se le asignó por designio divino una función biológica diferente a la del hombre también se le deben adjudicar cometidos sociales distintos. Por lo tanto consideran que la división sexual del trabajo fundamentada en las diferencias biológicas es funcional y justa. Gracias a la «asimetría sexual» que sitúa las causas de la subordinación femenina en los factores biológicas se asegura que la división sexual del trabajo esté basada en la «superioridad» natural del hombre. El «hombre cazador», superior en fuerza, protege y defiende «naturalmente» a la mujer, más vulnerable, con una dotación biológica destinada a la maternidad y la crianza.

Esta interpretación del «hombre cazador» ha sido rebatida gracias a las evidencias antropológicas de las sociedades cazadoras y recolectoras que demuestran que en la mayoría de estas sociedades la caza mayor es una actividad auxiliar, mientras las mayores aportaciones de alimentos provienen de las actividades de recolección y caza menor, que llevan acabo mujeres y niños. Es precisamente en estas sociedades cazadoras y recolectoras donde encontramos bastantes evidencias de complementariedad entre los sexos. Se han hallado sociedades en que la «asimetría sexual» no comporta connotaciones de dominio y subordinación, demostrando que la dominación masculina no es ni mucho menos universal. En estas sociedades se cree que los sexos son «complementarios». La aprehensión de la diferencia no comportaba connotaciones de dominio y subordinación, cuando se era consciente de que todas aquellas tareas y visiones resultaban indispensables y eran valoradas por igual para lograr el fin de la supervivencia del grupo humano. El mito del hombre cazador y su perpetuación son creaciones socioculturales al servicio del mantenimiento de la supremacía y hegemonía masculina. Sólo las mujeres, según los tradicionalistas, están destinadas para siempre al servicio de la especie a causa de su biología. La diferencia biológica dio lugar a la dominación masculina sobre la mujer. En este sentido, como dice Gerda Lerner, la anatomía fue una vez su destino. En el paso de la recolección a la agricultura los sistemas de parentesco pasarán de ser matrilineales a ser patrilineales. «En algún momento, durante la revolución agrícola, unas sociedades relativamente igualitarias, con una división sexual del trabajo basada en las necesidades biológicas, dieron paso a unas sociedades mucho más estructuradas en las que tanto la propiedad privada como el intercambio de mujeres basado en el tabú del incesto y la exogamia eran comunes».

 

3.

El patriarcado, objeto ahora de nuestro debate, queda pues configurado en estas Sociedades en las que la división biológica del trabajo se traduce en división jerárquica y en el poder de algunos hombres sobre otros hombres y sobre todas las mujeres. Con el patriarcado pues la diferencia hombre-mujer queda instituida como subordinación. El trabajo pasará a ser, en gran medida, cosa de las mujeres, igual que la casa y todo lo relacionado con ella6. El patriarcado supone por parte del hombre, y mediante la cosificación de la mujer, el control del área de la reproducción social y de aquellos aspectos derivados de ella. Esta cosificación se representa inicialmente en un entramado de relaciones sociales entre individuos. Estas relaciones cosificadas se producen al introducir una determinada jerarquía que cambia la naturaleza de la relación y la de los agentes implicados. Se puede decir, simplificando, que la cosificación consiste en la «confusión» del sujeto con el objeto (y viceversa). Es decir, cuando en cualquier relación social entre dos o más individuos se establece entre ellos una jerarquía, se transforma la naturaleza de la misma relación y la de los individuos implicados y se establece una dependencia tal que uno de ellos pasa a ser objeto del otro. La cosificación de la mujer ha adoptado en la práctica diferentes formas y significados según la diferente utilización de la mujer. Históricamente podemos distinguir estas formas según la relación establecida respecto al hombre que, por ende, determinará su valor social: como objeto de cambio (matrimonio por compra, por ejemplo) en el breve tránsito por el espacio público del padre hacia el esposo; o como mercancía en el espacio público, en la prestación de servicios sexuales de aquellas mujeres (públicas) fuera de la «protección» de la institución; o despreciada en su cualidad de concubina o esposa, reproductora, cuidadora, productora de bienes, relegada y recluida al espacio doméstico…; y la posible combinación de todas ellas. En suma, lo que determina las diferentes formas de valor que puede adoptar una mujer reside en el hombre y en el hecho de que ésta goce o no de su protección, y en la circulación que de ello se derive: del espacio privado (familia) al público (sociedad, mercado) y del público al privado. Quizás la teoría del patriarcado esquematiza excesivamente los hechos acaecidos al intentar abarcarlos todos (tan plurales en el tiempo y en el espacio) y al contemplarlos en una sola dirección, sin insistir en las interacciones. El intento de englobar una realidad tan heterogénea, tan dispar en el tiempo y en distintas partes del la Tierra, partiendo de un conocimiento tan limitado y fragmentario, lo hace más vulnerable a la ideología. Con la noción de patriarcado muchas veces se esencializa lo que es un proceso; la «mujer» no es un todo homogéneo sino que también está atravesada por las relaciones de poder, igual que el «hombre». Las mismas categorías, «hombre», «mujer», «sexo masculino», «sexo femenino» son ya construcciones recientes, modernas, así como, por ejemplo, la asignación de un género a cada uno. Fijémonos ahora en la forma que adquiere el patriarcado -o mejor dicho la relación hombre/mujer puesto que el patriarcado tiende a desaparecer con el desarrollo capitalista- en el capitalismo, en la sociedad dominada ya por el modo de producción de mercancías, donde la relación social entre personas aparece mediatizada por la relación social entre cosas. En un proceso de unos doscientos años el capital ha ido colonizando la vida para convertirla en mercancía. Un largo proceso de conversión de la actividad humana en trabajo asalariado, en trabajo dentro de la forma valor. Un largo proceso de conversión de las antiguas tareas según el sexo en trabajo asalariado asexuado. Subrayemos, no obstante, que estamos hablando de una tendencia, y, además, siempre contradicha. El trabajo se vuelve libre: la nueva formación social capitalista libera el trabajo de sus antiguas trabas feudales; la nueva concepción económica del trabajo como única fuente de riqueza deja atrás las antiguas justificaciones religiosas y morales. En este mismo sentido podemos decir que la mujer se vuelve «libre», para convertirse en el sexo débil útil al capitalismo. Con el concepto de «dispositivo de feminización» Julia Varela7 da cuenta del cómo y del por qué de los cambios habidos, durante la constitución del capitalismo (siglos XII-XVIII) en el cambiante equilibrio de poder entre los sexos, con la imposición del matrimonio monogámico indisoluble y su correlato, la institucionalización de la prostitución y la consecuente criminalización de las clases populares, y con la expulsión de las mujeres burguesas de los recintos del saber, hasta producir este sexo débil útil al capitalismo, con un espacio privado y un espacio público, un trabajo privado (doméstico) y un trabajo público (asalariado). La familia, pieza fundamental del patriarcado, se transforma, cambia su estructura interna, su papel dentro de la sociedad y su relación con el Estado. Éste irá ocupando el lugar del padre: fijar a los miembros de la familia en lo social, proveer trabajo, educación y asistencia. La familia entra también en la lógica del valor, se convierte en nuclear, pieza que el capital explota. El trabajo doméstico del ama de casa que escapaba a la forma valor es cada vez más ocupado por trabajo asalariado -mantenimiento, educación, cura, ocio,…-, las tareas se convierten en trabajo. Se introduce a la mujer dentro del trabajo asalariado, donde continua su desvalorización: en la vida laboral las mujeres ocupan puestos subordinados, cobran menos (un 40% menos de media), son penalizadas por bajas laborales por partos, etc. «Técnicamente», la desvalorización femenina es deudora de un devenir devaluado que reside en un peculiar «pacto» que ha fijado la actividad femenina al margen de la forma mercancía y del trabajo, manteniendo la actividad femenina como una componente oculta del proceso de acumulación primitiva. Si el producto creado por el trabajo no se realiza como mercancía, si no ha creado valor, significa que no se ha reconocido el trabajo del productor, de lo cual se deduce la paradójica incapacidad del capital de reconocer la totalidad de las actividades humanas, cuando su esencia consiste en convertir toda actividad en trabajo y en capital. Junto a la sospechosa, excéntrica y persistente inmaterialidad de la actividad femenina que tributa valiosamente en la reducción de los costes de reproducción de la fuerza de trabajo. Con el acceso de la mujer al trabajo asalariado por una parte y con la reciente precarización y devaluación de este trabajo también para el hombre, la jerarquía dentro de la familia nuclear cambia. Aparece la familia monoparental; aparece la familia homosexual. En el área barcelonesa, por ejemplo, las familias unipersonales representan ya el 20%, las familias monoparentales el 11%, y las parejas sin hijos alcanzan el 21%. Si añadimos a todo esto las nuevas formas de reproducción, de adopción en la familia homosexual, etc. vemos que estamos lejos la familia patriarcal. La división social entre sexos está, por una parte, condenada a perdurar en la medida en que su supresión tiene por condición aquello que no se puede producir en el seno de la sociedad capitalista: la abolición del trabajo, del valor y de la mercancía, y, por otra parte, está condenada a una profunda transformación en la medida en que las actividades humanas todavía no sometidas a la dominación mercantil son imperativamente abocadas a ello. El capital hace entrar en la lógica del valor todo aquello que quedaba y queda fuera. Así hace entrar a la mujer en esta lógica. Con el capitalismo, hombres y mujeres somos reducidos a mercancías. El capital no entiende de sexos ni de géneros, quiere individuos unisex y del género neutro, andróginos, individuos productores, consumidores y espectadores. Así el capital iguala, nos iguala (a su manera), a la vez que saca provecho de la desigualdad que explota en el trabajo doméstico, en el consumo de bienes y de ilusión. Iguala pues a la vez que convierte las diferencias (joven-viejo, norte-sur,…) en desigualdad que luego rentabiliza. Esta es la tendencia, la que se da en los países más estructurados por el capital, la que diluye el patriarcado, la que iguala a hombres y mujeres,…lo cual no quiere decir que no haya retrocesos: igual que asistimos hoy en el mismo centro capitalista a formas de trabajo manchesterianas propias del siglo XIX, asistimos también a involuciones en las formas de comportamiento entre sexos distintos, como por ejemplo podemos ver en los barrios de Paris, tal como cuenta Fadela Amara en «Ni putas ni sumisas», o en el mantenimiento, más generalizado, de costumbres y tradiciones. El velo, matrimonios forzados, prostitución forzada, mutilación genital, etc. existen al lado de la referida igualación, y son en parte también consecuencias del proceso capitalista y de sus movimientos migratorios.. Igualmente la violencia contra las mujeres continúa, si no aumenta, y el abuso sexual de niños y niñas por parte de hombres adultos sigue traumatizando una parte importante de cada generación. Y, más en general, todavía hay grandes diferencias para moverse en la vida diaria de un hombre y una mujer en cuanto al lenguaje, los roles, las costumbres, las posibilidades, etc. El sexismo perdura como ideología aun cuando su base material, el patriarcado, se desvanece La tendencia hacia esta igualación capitalista es contestada también por las resistencias de hombres y de mujeres a este proceso de domesticación, hacia un proceso real de igualdad, no en el sentido de uniformización, negando lo diverso, sino de diversidad complementaria, es decir que no convierta la diferencia en desigualdad. En la lucha reivindicativa de las mujeres hacerse visibles ha sido necesario (como por ejemplo ahora los sin papeles ven necesario tenerlos). Hoy, visibilizar a la mujer y sus actividades, en este caso que la mujer sea más visible en esta sociedad (en sus instituciones: universidad, ayuntamientos, foros culturales…), poco cambiaría su condición mercantil, que es también la del hombre, aunque le añadiera valor. Cambiar esta condición es salir de la Economía, dejar de ser mercancías, acabar con la relación social capitalista, y no alimentarla de una u otra forma (económicamente, políticamente, simbólicamente). No vemos otra opción que definir la emancipación de las mujeres y la de los hombres como una misma cosa. Una vida emancipada no puede por principio ser definida en términos de esferas separadas, en la medida que la emancipación reside precisamente en la abolición de la separación. Profundizar en lo que es común, más que en lo que nos separa, para enfrentarlo a la actual sociedad técnica y capitalista que nos produce como mercancías.

 

Revista Etcétera, mayo 2005

 

Notas

1. Durante la caza de brujas en Europa (s. XVI y XVII), mueren más de tres millones de mujeres, a estas muertes cabría añadir la psicosis y el terror que se inscribe en todo lo femenino.

2. Bonito cuento de hadas, dice Perlman al respecto en su libro «Against His-story, Against Leviathan!», Detroit, 1983.

3. La sexualidad se inscribirá pues en el ámbito de la legislación. Por ejemplo, de las 282 leyes que se conservan del código más antiguo de la humanidad, el de Hammurabi, 73 se ocupan de regular la conducta sexual femenina y el matrimonio.

4. «El asalto al Hades». Alicante, 2004.

5. «La creación del patriarcado». Crítica, 1990

6 Clastres, al estudiar las tribus Tupi-Guarani, anota: «La vida económica de estos Indios se fundaba básicamente en la agricultura. El grueso del trabajo hecho por los hombres consistía en roturar, mediante el fuego y el hacha de piedra, el terreno necesario, tarea que movilizaba a los hombres uno o dos meses. Casi todo el resto del proceso agrícola -plantar, escardar, recolectar-, conforme a la división sexual del trabajo, era realizado por las mujeres». P. Clastres, La sociedad contra el Estado.

7. «Nacimiento de la mujer burguesa». La Piqueta, 1997.


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