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5 Sentidos

Enviado por gustavo_lubatti



  1. Vista
  2. Oído
  3. Tacto
  4. Gusto
  5. Olfato

Los siguientes son cinco breves artículos sobre los cinco sentidos. Son reflexiones sencillas, el primero en el campo de la teología cristiana, y los siguientes cuatro en el de la filosofía.

VISTA

Ver con El, por El, y en El

(algo sobre la visión desde cierta teología cristiana)

Ver es un regalo de Dios. Estar abierto a todo. Percibir en el rostro de alguien mucho más que lo que se ve. Ver con el corazón. Corazón de Jesús, en el que late el mundo. Creación que refleja a su diseñador, tan inteligente que la dejó en libertad.

Tan amor que dió su vida por ella. Dios pudoroso, que no nos abruma con su poder. Que deja las teofanías rimbombantes para manifestarse en la vida del humilde obrero, en un pueblo insignificante. Dios luz, en quién vemos todas las cosas, pero a quien no vemos. Solo el Hijo lo vió, y lo manifiesta. Hasta que Dios sea todo en todos. Hasta que todos seamos plenamente Cristo.

Pablo dice: ahora vemos como en un espejo, borrosamente; después lo contemplaremos cara a cara. Pero, ¿ver a Dios no significaba morir?. Sería lógico.

Pero la lógica del Amor nos destruye para resucitarnos. Purifica nuestra mirada para que veamos por primera vez, a veces recién después de muchos años. Viene a nuestro encuentro, y nos invita a un camino que nos lleva.

Las religiones hablan de conversión, de iluminación. El encuentro inesperado con lo sagrado y la iniciación trabajosa se mezclan en distintas proporciones. Parte de ese proceso es la conciencia de la obscuridad. Ceguera que se descubre en parte culpable, y en parte purificadora, como preparación para una luz diferente. Conciencia de una ausencia, tan fuerte en el siglo XX, que dispone para una presencia más plena. O para una mirada recién nacida, de nuevo.

Vemos porque necesitamos. Dios nos ve porque quiere necesitar de nosotros. Por amor. Nos mostramos porque estamos hechos para los demás. Dios se muestra, creándonos y salvándonos.

Todo lo que existe se muestra y se oculta, en distintos grados, según su ser. Quién más conciente de sí es, y más tiene para dar, más puede reservarse, por respeto. Atendiendo a quien tiene delante, y su capacidad de recibir y de responder.

A veces el hombre busca solo para dominar, quiere conocer para fabricar y vender, y nada más. O muestra para ostentar, para condicionar, para ocultar. Ansia desenfrenada de verlo todo, para no ver nada, nada que comprometa. Tal vez por no querer pasar por la cruz. O no detenerse a pensar. La "teoría" deja de ser una celebración religiosa, para convertirse en residuo industrial.

Pero podemos ver. La belleza de Dios sigue sacándonos de las casillas. Su forma se ve en aquellos que dejan que El los forme. En los santos. Que son los que aman a fondo. En ellos resplandece la forma de Cristo. Aunque no lo conozcan.

Cristo encarnado, que asume toda forma humana. Ver a Dios en todo hombre, especialmente en el más desfigurado. La presencia de Jesús en él es tan real como en la Eucaristía. Hace falta la misma fe, para reconocerlo en uno y en otra.

Cristo en la Iglesia, en sus gestos y palabras, en su liturgia, en su caridad.

Ver a Dios, esperanza que alienta en la historia. Religión que puede ser el opio del pueblo, una proyección de la imagen paterna, o falso refugio en el fracaso. Pero que mucho más auténticamente es sensibilidad para ese encuentro que nos lanza hacia adelante, concientes de nuestra imperfección, pero esperando ser vivificados plenamente por esa presencia que nos llama. Fe que puede ayudar a ver las mejores posibilidades de una sociedad, o de una persona.

Fe inteligente que derriba los ídolos que continuamente se renuevan, desde sí misma, desde sus aledaños, o desde fuera. Idolos heréticos u ortodoxos. Mitos antiguos o nuevos. Desde la moderna fe en el progreso, por la técnica y el Estado, hasta la actual en "pasarla bien y divertirse".

Necesitamos una "nueva inocencia", una capacidad de percibir lo simbólico, de manera crítica, pero real. Una nueva capacidad para la belleza, para unir la inteligencia y la imaginación de un modo que va más allá de la razón ilustrada, o de las ideas claras y distintas, que demostraron ser tan engañosas como el fantasma más barato. O cómplices. Y no es que haya que volver al barroquismo de interminables asociaciones y metáforas, o de deconstructivismos adolescentes. Pero sí reeducarnos, aunar ancestral sabiduría de vida con la moderna razón crítica y eficacia productiva. Recuperar la capacidad de ver más allá de lo que podemos medir y producir, comprar y vender.

Dejarnos inmplicar por el organismo del mundo, y de las culturas.

Como argentinos, no solamente abrir nuestros ojos a las innumerables agachadas, ajenas y propias, sino ser capaces de crear nuevos símbolos de nuestro deseo de ser nación. Nuevos acuerdos, consensuados, públicos, visibles. Sobre lo básico. Controlables.

LLamados a mostrar, a ser testigos, de lo único que es digno de fe, el amor. A valorar la capacidad de la única manera de dar forma, sin violentar. A crear instituciones de la libertad. A pasar de la solidaridad ante las catástrofes, a la honestidad cotidiana, que no aparece en televisión, pero que es mucho más eficaz.

Negarnos a ver el espectáculo degradante, el falso acontecimiento estupidizante, el palco de caretas.

Acercarnos a observar al compañero que trabaja humildemente, al estudiante que es realmente tal, a quien se ocupa de su comunidad. Aprender de los otros. Purificar el corazón.

"La promesa de Dios es ciertamente tan grande que supera toda felicidad imaginable. ¿Quién, en efecto, podrá desear un bien superior, si en la visión de Dios lo tiene todo? ... la vida sin fin, la incorruptibilidad eterna, la felicidad imperecedera, la alegría ininterrumpida, la verdadera luz, el sonido espiritual y dulce, la gloria inaccesible, el júbilo perpetuo y, en resumen, todo bien.

Pero, la condición para ver a Dios es un corazón puro, y ante esta consideración, mi mente duda de si esta pureza de corazón es de aquellas cosas imposibles y que superan nuestra naturaleza.

Si en todas las cosas existe una ley acomodada a su naturaleza, y Dios no obliga a nada que esté por encima de la propia naturaleza, no hay que desesperar de alcanzar la felicidad que se nos propone. Esta pureza de corazón no es algo inalcanzable." (San Gregorio de Nisa, s. IV)

"Gandhi decía que la libertad de la patria le importaba un bledo, porque lo importante era la libertad del hombre. Tenía una visión clarísima de las prioridades: primero Dios y descubrir ese tesoro que está dentro del hombre. Decía: ‘Tengo para mí que el fin de la vida es la visión de Dios, y he de conseguirlo, si es preciso, sacrificándolo todo: familia, patria y hasta la vida’."

Lecturas

R. Schaeffler, Filosofía de la religión.

H. U. von Balthasar, Gloria I.

Para las citas: San Gregorio de Nisa, en Liturgia de las horas, viernes XII durante el año; A. de Mello, Autoliberación interior (Gandhi).

OÍDO

RUIDO Y SILENCIO

El ruido actual sólo puede ser percibido por quien alguna vez fue o será capaz de hablar. Por eso hay esperanza. Sólo el capaz de música lo sufre. También lo puede aprovechar. El caos, a veces, produce nuevas armonías, sintonías que identifican nuevas estructuras. Aunque lo que prevalece entre nosotros por ahora, parece ser, más que nada, pura bulla.

Lamentablemente los sonidos más frecuentes en la Argentina de hoy no son tan agradables. En grupo, un hablar crispado; en la calle, el tráfico insolente; en el hogar, la TV como figura o como fondo; en la fiesta, puro volumen enlatado.

Llama la atención la incapacidad para hacer silencio y escuchar, en la escuela, o en cualquier reunión. Parece que no tenemos tiempo, ni hábito, de silencio, exterior e interior.

A la hora de analizar cómo hablamos, es notable el empobrecimiento del vocabulario y recursos utilizados. Por no mencionar la redundancia en los temas. Evidentemente la carencia de lenguaje no atenta solamente contra la expresividad, sino por sobre todo, a la capacidad de experimentar y entender la realidad de una manera más rica en matices y complejidades. ¿Y cómo deberíamos hablar? Deberíamos hablar.

Occidente a reconocido una de las fuentes de su identidad en lo que expresara Aristóteles "el hombre es el único entre los animales que posee el don del lenguaje. La simple voz, es verdad, puede indicar pena y placer y, por tanto, la poseen también los demás animales [...], pero el lenguaje tiene el fin de indicar lo provechoso y lo nocivo y, por consiguiente, también lo justo y lo injusto, ya que es particular propiedad del hombre, que lo distingue de los demás animales, al ser el único que tiene la percepción del bien y del mal, de lo justo y de lo injusto y de las demás cualidades morales, y es la comunidad y participación en estas cosas lo que hace una familia y una ciudad-estado."(La política)

La razón se ejerce comunitariamente, a través del diálogo. La percepción de la justicia es un producto de los grupos humanos que tienen institucionalizada, de diversas maneras, la participación inteligente y personal de sus miembros. No es algo que unos iluminados van a enseñar, ni algo previo a la existencia de la misma sociedad. Es aquello que la identifica, y la integra al resto del mundo. Pero su identidad e integración son dinámicas, y solo posibles mediante el ejercicio habitual del habla razonable, en condiciones de igualdad y de no coacción.

El logos es a la vez palabra y razón, discurso y lógica. Cuando estos aspectos se separan, se pierden. Y así anulados, no es posible la comunidad, ni la persona.

Uno de los dramas de la modernidad es la tensión entre estas dimensiones. Aquello que Habermas repite: el conocimiento se ha superespecializado de acuerdo a intereses (el interés por la verdad en el sistema de ciencia moderna; el por el bien en el del derecho; el por la belleza en el mercado del arte), y en cada sistema de saber prima la "razón instrumental", que no discute los fines, sino que prolonga, perfeccionándola, una técnica específica de manipulación de la realidad.

Para la supervivencia del mundo, en el futuro cercano, se hace necesario reconectar estos ámbitos con la vida y el lenguaje cotidianos, para poder discutir, juzgar, decidir, sobre estos aspectos, de acuerdo a los fines que nos propongamos, participativamente, y no por la inercia de los sistemas de poder.

En la evolución del ser humano, la capacidad de hablar, utilizando conceptos válidos más allá de la presencia inmediata de su referencia, permitió el desarrollo de una conciencia temporal. Salir de la clausura en el presente también posibilita tomar decisiones respecto al futuro. Ser libres. Esa capacidad (de pensar mediante el lenguaje, dialogando) se actualiza sólo mediante su aprendizaje cultural, sobre todo, en los primeros años de vida.

Es interesante ver como todos los chicos criados en estado salvaje ("feral children"), por animales, o en estado de absoluto aislamiento, una vez integrados a la sociedad, jamás pudieron aprender a manejar más que unas pocas palabras, y nociones éticas. Siguieron siendo como animalitos, más o menos "domesticados". Por eso asusta ver la creciente dificultad de expresión y razonamiento en los niños. Porque después de cierta edad esto ya no se aprende más. La carencia es irreversible.

Tanto el aspecto dialógico, como el temporal, del pensar, no pueden faltar. Cuando este se vuelve pura repetición del discurso dominante, cuando excluye a los implicados en él, cuando desprecia posibilidades de novedad real en la historia, cualquier lenguaje, por más transgresor que parezca, es funcional al ruido desgastante.

Pero el discurso de la modernidad se ha frenado no por falta de palabras, y exceso de imágenes, sino por agotamiento. El ideal de la ciencia como garantía del futuro; del Estado, la política y la ley como protectores de las masas; del progreso indefinido por el trabajo y la tecnología; se ha vuelto, al menos, ambiguo.

Además la duda va mucho más allá de lo que Descartes imaginara, perdiendo en el camino tanto el método, como las certezas que aquel autor todavía creía poder alcanzar. Si el sujeto se ha vuelto una construcción desencantada, cuanto más sus palabras parecerán, en su pretensión de verdad, pura ilusión.

Sin embargo, el lenguaje sigue siendo capaz de comunicar, y de abrir mundo. Hoy tenemos la oportunidad de un discurso nuevo, más plural, más libre. Cansados de frases vacías, todavía no es fácil discernir quiénes tienen una palabra realmente original, "autorizada". Aunque se reconoce la vacuidad del mero eslogan publicitario, es difícil ir por otros carriles, si se quiere ser escuchado. Esto sucede incluso a los intelectuales.

Así y todo, es de esperar que la belleza, que tiene sus propios argumentos, presente posibilidades inéditas (más allá de la mera fusión de estilos), y a sus mentores.

Aunque las sinfonías no están de moda, algunos de los que creen en la verdad, tienen la esperanza de que esta sea "sinfónica". Que se dé en la complejidad de redes y referencias plurales. En ese dinamismo de lo uno y lo múltiple, en el que confluye el cosmos, lo divino, y lo humano. Un nuevo equilibrio entre ritmo, melodía, y armonía. Podría decirse que en el ritmo palpita lo eterno e inmutable; en la melodía la historia y el progreso; en la armonía la relación esencial entre partes "accidentalmente" agrupadas.

Tal vez sea la época de recomenzar desde lo simple, como finalmente hace el personaje de "El juego de abalorios", de H. Hesse. Tal vez sea tiempo de reconectar estos aspectos de la realidad. El latir de la tierra, los devaneos de la razón y el sentimiento, los acordes sagrados de lo trascendente/inmanente. En música, esto se escucha en algunos artistas que fusionan estilos y culturas diversas, que, precisamente, se complementan en estos aspectos.

Para lograr reconectar los aspectos antes mencionados, antes hace falta callar. Desintoxicarnos. Apagar aparatos. Apartarnos un momento. Y escuchar. Tal vez empecemos a percibir el silencio. Si perseveramos, hasta es posible que comencemos a notar que todo surge de ese silencio primordial. Que todo es palabra. Percibir el silencio, que nos habló. Nos habló porque somos su palabra, y nos habló porque se dirige a nosotros. Así oiremos todo ser como palabra, como expresión del Ser, que a su vez se origina en un insondable silencio. Y revalorizaremos nuestra capacidad de apalabrar el mundo, de configurar mundo con nuestro decir.

Desarrollándolo humanamente, que no es lo mismo que dominarlo arbitrariamente. Previa escucha atenta y respetuosa de esa música que nos trasciende, y de la cual somos parte.

"El hombre roza la cima de su conformación libre cuando llega a saber que las raíces de su misteriosa singularidad se hunden en el silencio. La comprensión del silencio originario descalifica a los apólogos de la subjetividad entendida como productora autónoma, no condicionada, de su propio sentido. Por obra de la conciencia receptora de ese silencio, la subjetividad puede llegar a reconocerse como indicio de una verdad que la trasciende. Por cierto, sólo gracias a la subjetividad esa verdad se convierte en algo intuido, en algo capaz de manifestarse como aquello que rebasa la conciencia y la condiciona" (S. Kovadloff, El silencio primordial)

TACTO

TOCAR LA VERDAD

Se dice que el tacto es el sentido más primitivo, el más antiguo. Si ya la membrana celular es "inteligente", en cuanto regula el intercambio con el ambiente, mucho más lo es la piel, el órgano más grande del cuerpo. En cierto modo, los demás sentidos son especializaciones del tacto.

Tal vez ese carácter arcaico le da su fuerza, el poder de sus impresiones. La sensación de que sus dictámenes son la última instancia respecto a la realidad. Si lo puedo tocar, existe, es de verdad.

Pero aún los más acérrimos empiristas ingleses del siglo XVIII pronto se dieron cuenta de que "la más débil filosofía pronto destruye esta opinión [...], al enseñarnos que nada puede estar presente a la mente sino una imagen o percepción, y que los sentidos sólo son conductos por los que se transmiten estas imágenes sin que sean capaces de producir un contacto inmediato entre la mente y el objeto" (David Hume, Investigación sobre el conocimiento humano 12, 1, p. 1178-179). O sea, que ni tocándolos podemos llegar a conocer los objetos en sí mismos.

La experiencia sensible es muy importante, pero lo real es otra cosa. Pero no vamos a meternos en este tema, menos hoy, donde lo "digital", siendo lo más abstracto, parece lo más real. Tanto se ha transformado nuestro tacto: desde el dedo (dígito) que toca, al dedo que cuenta, al que combina, al que representa, al que es. Porque como decía Baudrillard, hoy los simulacros (fundamentalmente, la T.V., los medios) preceden a la realidad, son más reales que la realidad misma, son la realidad. Para no quedar mal, tendríamos que desechar aquello de que cuando el sabio señala la luna el necio se queda mirando el dedo...

Pero más allá de la ideología de la experimentación total, ¿qué es lo que realmente tocamos?, ¿qué percibimos hoy sin nuestros ojos y oídos?, ¿en qué medida usamos nuestra piel para conocer el mundo?. No parece que hayamos llegado a una situación satisfactoria: entre el miedo a tocarnos y el manoseo; entre la experiencia "real" y la "virtual".

El auge de los cyber tal vez hable de una necesidad de comunicación, pero a distancia. Distancia corporal. Miedo a la proximidad. Tal vez por separar tanto el cuerpo de las otras dimensiones de la persona.

Cuando hay amor y entrega, el cuerpo acariciado es protagonista pero no desplaza a la persona; la hace presente de modo tangible y valioso. En cambio, si la caricia busca solamente placer sensorial, el cuerpo invade todo el campo de la persona. No se ama a ésta; se quiere el agrado que produce su cuerpo. Ésta presenta las condiciones de los "objetos": es asible, delimitable, poseíble, desechable.

Esta y otras violencias al cuerpo (del pobre, del trabajador, del que quiere entretenerse, de la naturaleza, etc.), provocan una reacción defensiva, que nos endurece. Así, necesitamos impresiones cada vez más fuertes para reaccionar, para que algo nos toque, nos conmueva, y nos hagamos cargo.

El tacto es el sentido de la proximidad. Pero para poder estar próximos, hay que formarse para eso. Aprender a tratarse con tacto. Con delicadeza.

La facultad de "tocar" tiene dos vertientes. Por un lado se manifiesta como capacidad de sentir, de percibir con cierta pasividad, dejándonos afectar. Y por otro lado como posibilidad de hacer sentir, de modificar activamente. Estos aspectos en la modernidad se separaron en distintas corrientes, predominando una u otra, según la época y las sociedades. El ansia de dominio y "manipulación" lleva a la destrucción de culturas y naturaleza.

Como contrapartida, reacciones románticas e idealistas, de grupos tocados por la injusticia y la depredación, pero sin sentido de lo concreto y de las mediaciones resultan ineficaces y hasta contraproducentes. Hoy la supervivencia del mundo y de los pueblos exige la complementación y síntesis de estas dos actitudes, que hay que desarrollar.

Aproximarnos, a los demás, al mundo, a lo Sagrado.

Somos contingentes. Contingencia significa que tocamos (tangere) nuestros límites y que lo ilimitado nos toca (cum-tangere) tangencialmente (cf. R. Panikkar, El diálogo indispensable, pp. 37-41). Lo contingente es real pero ambiguo, mortal, cambiante; y sin embargo, inabarcable en sus relaciones, fundamentos, posibilidades.

Esta experiencia es fuente de diálogo. Ningún individuo, ningún grupo humano, ni siquiera toda la humanidad viviente en un momento dado de la historia, puede encarnar la medida absoluta de la verdad. La verdad es relacional. El carácter abierto del diálogo participa de la naturaleza propia de la realidad, que no puede reducirse ni a la unidad ni a la multiplicidad. Entonces no es cuestión de perdernos en lo efímero, o despreciarlo frente a lo eterno que no podemos encontrar, sino vivir el misterio de nuestra contingencia. Tocar lo ilimitado.

GUSTO

COCINA PARA TODOS

Contrariamente al dicho popular, todo lo que se escribe es sobre gustos, de una u otra manera. Y también lo que se ve, hasta en sentido literal. Porque nunca hubo en televisión tantos programas de cocina como hoy. Parece que los argentinos estuviéramos descubriendo que hay algo más que milanesas y papas fritas. Está muy bien. La evolución nos dotó de un sentido para los sabores que vincula en la alimentación lo útil para vivir con el placer. Y también nos dotó de razón, para cocinar creativamente y disfrutar saludablemente de las posibilidades de este mundo comestible (y fagocitante a la vez).

Descendientes de Epicuro, que acentuaba la corporeidad del ser humano (alma incluida), descreemos de la aristotélica supremacía de la contemplación de verdades eternas. Aunque aquellos dos griegos no diferían tanto.

Para Aristóteles los placeres corporales "solo son buscados por quienes no pueden apreciar otros, y equivale a prepararse a sentir una sed insaciable" (Etica a Nicómaco, L 7, cap. XIII); "el hombre prudente y templado busca con mesura los placeres que contribuyen a la salud y el bienestar; aprovecha los demás que no dañan a éstos, ni son inconvenientes, ni están fuera del alcance de su fortuna" (Op. cit., L 3, cap. XII).

Para Epicuro "cuando decimos que el placer es el soberano bien, no hablamos de los placeres de los pervertidos, ni de los placeres sensuales (...). Hablamos de la ausencia de sufrimiento para el cuerpo y de la ausencia de inquietud para el alma. Porque no son ni las borracheras, ni los banquetes continuos, ni el goce de los jóvenes o de las mujeres, ni los pescados y las carnes con que se colman las mesas suntuosas, los que proporcionan una vida feliz, sino la razón, buscando sin cesar los motivos legítimos de elección o de aversión, y apartando las opiniones que pueden aportar al alma la mayor inquietud" (Carta a Meneceo).

De paso, hay alguna semejanza entre la situación social del país olímpico de aquella época, y la Argentina actual. Durante la vida de Epicuro (341-270 aC), con Alejandro Magno y el helenismo, las ciudades griegas pierden su autarquía y pasan a ser sólo parte de un gran imperio. El centro de la vida del individuo ya no es la política ciudadana o regional. Ante esa "globalización", las reacciones son diversas.

Algunos, como los estoicos, harán hincapié en lo humano universal (por sobre las diferencias idiosincrásicas). Otros, como los epicúreos, también buscando la ataraxia, la tranquilidad , la hallarán sobre todo refugiándose en lo privado, en los placeres de la amistad y el retiro de la vida política (la escuela de Epicuro se llamaba "El Jardín", especie de "country" donde filosofaba con sus amistades). El volcarse hacia lo micro, hacia la vida privada cuando lo que va más allá parece inabarcable, es una respuesta que se repite a lo largo de la historia.

Si bien es cierto que tanto la caridad, como el placer, "empiezan por casa", el riesgo es olvidar que la casa (lo cercano, los que tienen intereses y gustos comunes), no está en el aire, depende y es responsable, al menos en parte, de lo que está "fuera" de él. Es llamativo que la sobreabundancia de maestros cocineros se de en un momento de Argentina en que la mayoría de la población apenas tiene para lo básico.

El ingrediente más raro pasó a ser la carne de un bife, la receta más exótica la del asadito de aquellos fines de semana. Tal vez nos conformamos con la ilusoria libertad de consumo. Nos empalagamos de imágenes de los que podríamos tener, de "noticias" que no agregan nada, de miles de objetos indigeribles. Y ahítos de viento, perdemos sensibilidad para el hambre de los otros, y también nuestro. Hambre de humanidad para todos. O de algo aún mayor.

O, como piensa uno de los personajes de la última novela de Héctor Tizón, "Todo corre vertiginosamente a la nada, pero la nada es Dios, Dios es el fin de nuestra vida. Tenía razón entonces Jacinta, la vieja criada, cuando decía que el pan o la sopa podían existir o no, pero nunca dejaría de existir el hambre, porque el hambre verdadera es Dios." (La belleza del mundo, p. 167)

La comida, su presencia, ausencia, diferencia, puede ser motivo de vida, unión, placer, novedad; o de muerte, división, dolor, rutina. En su sentido más profundo, siempre ha servido como símbolo y causa de comunión. De vínculo con la naturaleza, que nos alimenta, y que debemos trabajar con respetuoso cuidado. Con los demás, "compañeros", que comparten el pan. Y vino, como en El Simposio (El banquete, pero literalmente, los que beben juntos) de Platón, donde los bebedores discurren sobre el amor y la belleza (pero nosotros hemos separado demasiado: en los simposios falta "vino", y en el vino falta "verdad").

Pan y vino que son frutos de esfuerzo de una comunidad, de tecnologías y acuerdos. Reconocimiento de nuestra contingencia, y ocasión para agradecer el don de cada día. Vínculo con lo sagrado (desde el árbol del bien y del mal de Adán y Eva hasta el banquete celestial; pasando por el Soma de los Vedas, harina para la Pacha Mama, las comidas gremiales romanas, etc.). El misterio de la existencia, la compenetración de diversas dimensiones, la transfiguración de lo cotidiano y la encarnación de lo infinito.

Necesitamos una nueva sabiduría (del lat. sapere, saborear). Un nuevo gusto por la vida, la verdad, el bien, la belleza. Kant decía que "cuando las bellas artes [¿podríamos incluír a la cocina?. A juzgar por el vocabulario de algunos catadores parecería que sí :)] no son puestas, de cerca o de lejos, en relación con ideas morales [conceptos, aunque indeterminados, de lo humano] (...) sirven entonces solo de distracción, de que más se viene a estar necesitado cuanto más se usa de ella, para echar fuera el descontento del espíritu consigo mismo, con lo cual se hace este aún más inútil y más descontento de sí [cualquier semejanza con el menú de la mayor parte de la T.V. y demás industrias del entretenimiento masivo... ] (Crítica del juicio, § 52)

Si bien los gustos no son argumentables como los conceptos claros, descansan en la naturaleza humana, y presuponen su comunicabilidad, y la posibilidad de ser compartidos con los demás. "El gusto es la facultad de juzgar a priori la comunicabilidad de los sentimientos que están unidos con una representación dada (sin intervención de un concepto [determinado]) (Op. cit., § 40) Pueden educarse, bien o mal. Hoy esa formación muchas veces se encubre, y aunque los medios masivos repiten los mismos mensajes hasta la náusea, la impresión es de que nadie le dice a nadie como debe vivir, y de que cada uno elige con libertad absoluta.

Eso hace que el (mal) gusto sea difícilmente criticable, porque parece lo más espontáneo del mundo. Y lo que nos "tragamos" nos constituye. Hasta el ridículo. Como las playas de Cariló donde las 4x4 ocultan el océano, o la bailanta donde el buen gusto del público se demuestra a pura bombachita voladora.

Para Kant el juicio del gusto descansa en el juego entre la libertad de la imaginación y las leyes del entendimiento (Op. cit., § 35). Una representación concreta se relaciona con conceptos, que son indeterminados, relacionados con el substrado suprasensible de los fenómenos, la humanidad. (Op. cit., § 57) Cuando no hay juego de la imaginación (porque no hay representación creativa; se apela solamente a la compulsión; etc.), o no hay relación de ella con cierta aproximación, a través de lo sensible, a algún entendimiento de lo humano, no hay "bellas artes".

Aunque en la cocina no hay propiamente "representación", sino "presentación", sin embargo la comida misma (presente o ausente) puede funcionar como representación, en el debido contexto, y simbolizar así alguno de los sentidos de lo humano. Que como decíamos antes, pueden tener que ver con distintos modos de comunión con la naturaleza, con la humanidad, y con Dios. Unida a otras expresiones sensibles (visuales, auditivas, cinestésicas, etc.), tiene la ventaja de otorgar una experiencia más completa, de integración total y vital. Y las bellas artes, más ricas en sus posibilidades de hacernos entender, en ese juego de la imaginación, también nos alimentan. "No solo de pan vive el hombre".

En una Argentina hambreada de pan y de cultura, de trabajo y de imaginación, todos disponemos de algo que aportar, para que de la olla salga algo mejor que un guiso aguado. Y si en nuestro país hace rato que faltan grandes cheff, empecemos por lo más sencillo, aportando lo que tenemos. Que en cierta manera, no sólo es dar de comer, sino dejarse comer.

OLFATO

PERSUASIVO CUERPO INVISIBLE

"Hay en el perfume una fuerza de persuasión más fuerte que las palabras, el destello de las miradas, los sentimientos y la voluntad. La fuerza de persuasión del perfume no se puede contrarrestar, nos invade como el aire invade nuestros pulmones, nos llena, nos satura, no existe ningún remedio contra ella." (Patrik Süskind, El perfume, p. 85)

Tal vez porque es un modo de "intuición" (etimológicamente: tocar dentro). Pero muy especial, porque en este caso, los interiormente tocados somos nosotros.

Aunque en esta serie de publicaciones lo hemos dejado para el final, diría que, en cierto modo, es justo el medio entre los otros 5 sentidos.

En cuanto modos de conexión con el mundo, cada uno tiene un alcance diferente, también por la distancia a la que son eficaces. En este orden (de lo más lejano a lo más inmediato): vista, oído, olfato, tacto, gusto.

También en cuanto a su significación, mezcla posibilidades de los otros sentidos. Me parece que el olfato tiene cierta cercanía al cuerpo (propio y ajeno), a lo táctil, que lo diferencia de la vista, que es más "abstracta", y cuyas imágenes son más elaboradas (incluso son más complejas en cuanto al funcionamiento del cerebro que las "produce").

Pero al mismo tiempo, toca un cuerpo que puede ser invisible y más lejano (con respecto al tacto); y sobre todo, lo toca de una manera no perceptible a la vista, a diferencia del tacto, donde, por ejemplo, puedo ver la mano, que además controlo mucho más que la nariz. Puedo determinar si acariciar o golpear, en cambio no puedo, determinar a voluntad que un olor sea amigable o agresivo.

Esta pasividad, dificultad para dominarlo (incluso mediante conceptualizaciones), se nota también en el hecho de que la mayoría de los términos que se usan para describir sus sensaciones son tomados de las de los otros sentidos, o simplemente de los objetos a los que se refiere.

La "invisibilidad" antes mencionada, unida a otras características, parece que le da al olfato cierta interioridad, pero no abstracta, sino concreta, que podríamos comparar con otro tipo de realidades de tipo material/espiritual, donde se percibe cierta trascendencia, como son los símbolos, los misterios. Pero en este caso lo percibido lleva habitualmente a significaciones simples, derivadas de asociaciones "primitivas" (entre un olor y una experiencia o una imagen fuerte), demasiado poco elaboradas para convertirse en símbolos por sí mismas (con una significación más precisa y al mismo tiempo más universal).

Por esa razón, lo mismo que con el gusto, en el caso de la perfumería, no se podría hablar de arte en sentido kantiano, porque no transmite (intuitivamente) conceptos. Pero sí penetración de la realidad en su "aura" material, casi tangible. Y sobre todo, asociación de vivencias. Marcel Proust, en En busca del tiempo perdido, escribe como el olor del madeleine —un pastelito esponjoso típico de Francia— le generaba "un placer exquisito que invadía mis sentidos" y lo volvía a su niñez. Probablemente cada uno de nosotros tiene experiencias semejantes.

María Larsson, psicóloga de la universidad de Estocolmo, ha detectado que los recuerdos referidos a lo vivido entre los 15 y los 30 años se refieren sobre todo a palabras e imágenes. En cambio los olores nos retrotraen a experiencias de la niñez, entre los 5 y los 10 años.

El olfato es un sistema muy antiguo en la evolución de los animales, y por lo mismo, es de los primeros en funcionar en el desarrollo individual: los chicos preferirán los olores de las comidas que las madres más ingieran durante su embarazo. De los 0 a los 5 años usamos muchísimo los sentidos del olfato y del gusto. La detección de olores es máxima a los 20 años y empeora con la edad.

La identificación de los olores aumenta de los 20 a los 40 años, se mantiene entre los 40 y 60, y decae a partir de los 60.
Pero la parte del cerebro que el olfato utiliza decrece a medida que se avanza en la escala evolutiva. En los seres humanos 50 % del cerebro puede estar afectado por información visual, y solamente el 1 % olfativa. El último premio Nobel de Medicina fue ganado por los norteamericanos Richard Axel y Linda Buck, por sus estudios sobre el sistema olfativo. Descubrieron que tenemos unos cinco millones de receptores, agrupados en 350 tipos distintos, que nos permiten distinguir alrededor de 10 mil olores. Y aunque un perro tiene una zona olfativa 40 veces más grande, el Dr. Gordon Shepherd, de Yale, afirma que el olfato humano funciona mejor de lo que se creía, comparándolo con el de los animales: porque para su eficiencia coadyuvan la capacidad cerebral y el lenguaje.

En los humanos ha perdido importancia como factor de supervivencia y de comunicación social (sustituído por el lenguaje y la vista), pero la ha mantenido y en relación a los alimentos y perfumes florales. Una de sus funciones más importantes ha sido alertar sobre substancias tóxicas o peligrosas. Con el gusto una mala experiencia provoca aversiones muy duraderas. Está ligado a la memoria emocional (el bulbo olfativo se conecta directamente con la amígdala y el hipocampo).

Normalmente pareciera estar "inactivo", o mejor, inconsciente, al menos en estos tiempos, la mayor parte del día. Pero depende de dónde se esté. Detenerse a tomar conciencia de los olores (de las cosas, o de las personas), parece de mal gusto, "primitivo", demasiado cercano a lo animal. Menos respecto a la comida, o a los perfumes.Tal vez es por lo que antes mencionábamos respecto a la evolución de este sentido en nosotros.

Pero tomar conciencia de nuestras sensaciones, también las olfativas, en ocasiones, es hasta terapéutico. Eso en la vida cotidiana, y también en casos especiales. Como aquella vez en que un nuevo director del hospital neuropsiquiátrico Borda, de Buenos Aires, para que los enfermos que habían sido dopados durante años empezaran a reaccionar, armó una parrillada con choricitos en el medio del patio.

Aunque a veces los olores no son tan agradables. Como se dice en la novela de Süskind:

"...había un tema perfumístico fundamental en el olor humano, muy sencillo, además: un olor a sudor y a grasa, a queso rancio, bastante repugnante, por cierto, que compartían por igual todos los seres humanos y con el que se mezclaban los más sutiles aromas de cada aura individual.

Esta aura, sin embargo, la clave enormemente complicada e intransferible del olor personal, no era percibida por la mayoría de los hombres." (El perfume, p. 150)

De última habrá que recurrir a los olfatos electrónicos que se están desarrollando, que por ahora sirven sobre todo para controlar la madurez de la fruta o la frescura del pescado.

Aunque difícilmente lleguen a tener eso que reclama Elizabeth Costello, aquella escritora de la novela homónima de J. M. Coetzee: "¿A qué huele el mal? ¿A azufre? ¿A pedernal? ¿A Zyklon B? ¿O acaso el mal se ha vuelto incoloro e inodoro, como la mayoría del mundo moral?" (p. 175) "La banalidad del mal. ¿Es esa la razón de que ya no haya olores ni auras?" (p. 182) ¿Habremos perdido esa capacidad de discernir inuitivamente lo bueno de lo malo? No creo. No obstante, tal vez tengamos, para algunos malos olores, la nariz insensibilizada, por saturación.

Según un estudio del Hospital Clínic de Barcelona y el Hospital Municipal de Badalona, las mujeres tienen mejor olfato que los hombres. Otros trabajos muestran que también son más intuitivas de los estados de ánimo de los demás.

En la medida en que no compartan la actitud que, según algunos, es más propia de los varones (para quienes tiende a ser real solo lo que se puede ver y tocar, controlar, dominar) hasta puede ser que tengan mejor olfato para lo sagrado, en cuanto Dios no es manipulable, pero se puede percibir en lo cotidiano. El olfato se convierte en una metáfora de la capacidad de vivir esa dimensión humana, el cuerpo, pero no solo en su aspecto visible, exterior, sino vivido interiormente, carne invisible, sufriente y deseante (cf. Michel Henry). Intuición necesaria para una inteligencia sintiente, punto de partida de decisiones verdaderamente humanas.

Diferente al mero Logos abstracto de parte de la filosofía griega, o a la razón Ilustrada. Estos tiempos nos invitan a todos a complementar mejor esas capacidades.

No se trata solo de percibir, sino también de ser y actuar. El personaje principal de El perfume posee un prodigioso sentido del olfato. Pero para elaborar una fragancia irresistible no duda en matar a 18 doncellas. "Y aunque gracias a su perfume era capaz de aparecer como un Dios ante el mundo... si él mismo no se podía oler y, por lo tanto, nunca sabía quién era, le importaban un bledo el mundo, él mismo y su perfume" (p. 250). Y se hace matar, en medio del hedor del cementerio de Paris.

La seducción vacía, hoy aclamada, termina siendo destructiva. Pero es posible exhalar otro tipo de aroma, el que viene de una vida buena. El que sentimos en esas personas que atraen por sus cualidades, muy humanas, pero que notamos que van más allá. Persuaden por un aire que emana de lo que son y lo que hacen, aunque eso no parezca a primera vista nada extraordinario. Todavía tenemos la capacidad de percibirlas, más allá de credos, nacionalidades, u otras posibles diferencias. Y de imitarlas, a nuestro modo.

Dicen que algunos santos al morir inundaron el lugar donde estaban de un delicado perfume. Tal vez se hallen unas gotas también en nuestro interior.

 

Datos del autor:

Gustavo Juan Lubatti

Lic. en Filosofía

Artículos publicados durante el 2005, en la revista 5Sentidos,

Rafaela, Pcia. de Sta. Fe, Argentina.


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