Enviado por Rubén González FernándezEmpezamos titulando este artículo como "Notas..." para indicar que no se trata de un trabajo ni sistemático ni profundo sobre tema o concepto alguno.
Pretendemos sugerir provisionalidad, que la argumentación expuesta está inacabada, que más que presentar algo muy masticado y elaborado para cerrar o zanjar conceptos históricamente problemáticos, nos proponemos abrir unas vías que querríamos fueran discutidas y pensadas como posible solución.
Nuestra modesta intención es la de apuntar, exponer, muy escuetamente algunas ideas que nos parecen pudieran ser reconstructivas del modo de operar genuinamente humano. Las ideas que se pretenden proyectar gravitan en torno al concepto de control psicológico, el cual pensamos puede captar la esencia exclusiva y singular de la conducta humana.
Basándose en algunas aportaciones de la teoría psicológica de Fuentes se desarrolla el concepto de control psicológico examinando como se ejerce en la práctica del análisis de conducta y extrapolando su alcance a cualquier práctica antropológica.
El concepto de control psicológico que se propone es considerado como un tipo de conducta que aflora en contextos cultural-normativos y su naturaleza estriba en generar relaciones operatorias de tipo inter-conductual. Se estima que la conducta mediada por los objetos culturales impone un tipo de relación necesariamente inter-conductual y se defiende por tanto que la conducta humana, y la verbal como un caso paradigmático, consiste en establecer relaciones psicológicas con otras conductas.
NOTAS
Una contingencia discriminada es, pues, alguna relación virtualmente operable entre alguna situación presente y alguna otra situación o logro posible en donde, a la par que dicha relación no es consistente o necesaria (...) no por ello deja de estar "implantada", frente a otras posibles, en virtud de haber sido lograda o realizada o transitada en experiencias operatorias pretéritas.
Se comprende entonces que dichas "situaciones presentes" consisten en lo que en el análisis conductual funciona como "estímulos discriminativos" y que dichos "logros virtualmente logrables" consisten en los "reforzadores".
Un reforzador funciona, en efecto, en el análisis conductual, como aquel logro posible que en cuanto que ya logrado en experiencias operatorias pretéritas establece el recorte selectivo (la discriminación) de aquellas propiedades de la situación antecedente respecto de las cuales el logro ha sido obtenido, y por ello, un estímulo discriminativo funciona como aquellas propiedades antecedentes que señalizan la ocasión respecto de la cual una conducta podrá obtener un cierto logro lograble. (Fuentes 1993 pg.27)
1º. Es necesario establecer la diferencia entre organismos autótrofos y heterótrofos pues para que la conducta se dé es necesario que el organismo deba transitar o recorrer una distancia física salvando la mayor o menor complejidad del medio que le separa de las fuentes de alimentación. Son los organismos heterótrofos los que particularmente están dotados de conducta.

2º. Como es sabido el organismo (heterótrofo) no conoce el valor adaptativo de la conducta en su ejercicio para lograr aquello que sin embargo es imprescindible para su supervivencia y/o la de su especie. Por tanto tiene que darse algún tipo de "estado psicológico" que permita organizar y consolidar mínimamente a la conducta para que ésta se ajuste, aunque sólo sea de forma contingente y frágil, a las necesidades biológicas de supervivencia.
Tales "estados psíquicos" o como Fuentes los llama, "experiencias psicológicas límite" son las de placer y dolor. El placer y el dolor, efectivamente, se muestran al organismo dotado de conducta como aquella experiencia límite en cuanto que una vez satisfecho (en el caso del placer) o evitado (en el caso del dolor) los ciclos conductuales o el recorrido operatorio de logro quedan momentáneamente cerrados hasta que posteriormente el organismo se encuentre en situación de lograr nuevamente el "objeto de logro".
El placer y dolor, entonces, sólo se produce por contacto físico-contigüo, puesto que no es el placer y el dolor los que suponen en sí mismos ventajas adaptativas, sino que es el contacto o asimilación nutritiva, el sexo... o el distanciamiento de situaciones que dañen el tejido somático, las que resultan en sí mismas ventajosas para la vida del organismo individual y de su especie.
Los propios individuos que operan con los objetos y según las normas son un valor más de la estructura resultado ser ellos mismos (como mero valor algebraico) en principio recíprocamente intercambiables. Las normas y objeto culturales resultan por tanto equivalentes en relación a un grupo de individuos.
Ahora bien, la conducta no puede quedar totalmente reducida al cumplimiento de la secuencia dictada por las normas, pues las normas nunca precisan de manera completa o total las acciones que los individuos o personas de una comunidad deben llevar a cabo ante la infinidad de situaciones posibles: una lanza, por ejemplo, sería un objeto para ser operado de una cierta forma por algún individuo con el fin de cazar algún animal, pero la situación concreta se mantiene indeterminada: el individuo concreto que debe utilizarla entre varios habilitados normativamente, la localización exacta de las piezas de caza, la posición relativa ante el animal al que se apunta y su comportamiento, los factores climáticos que pueden afectar la focalización perceptiva, etc.
Es imprescindible que internamente, disuelta entre las normas, fluya la conducta que, aunque mediada por ellas, necesariamente se manifiesta como el modo irrenunciable de resolver los ajustes entre un individuo y la situación en la que se encuentra.

Nos referimos a las relaciones psicológicas (conductuales) interpersonales, entendidas como el conocimiento o control mutuo entre individuos. Dado que las relaciones co-operativas no se pueden resolver mecánicamente, debe entrar el juego también aquí, un modo de operar contingente, "abierto", que permita, en principio, ensamblar adecuadamente, dependiendo de la situación concreta, la articulación persona-norma-persona. El conocimiento psicológico entre individuos supone, por tanto, en el ámbito cultural-normativo, un conocimiento imprescindible y del mismo modo, por cierto, resultan imprescindibles las normas para que dicho conocimiento se dé, pues el contenido del conocimiento psicológico se refiere al modo genuino (individual) de responder o afrontar las diferentes normas presentadas situacionalmente.
Es el ejercicio de un control sobre las respuestas genuinas o individuales de otros a planteamientos normativizados lo que llamamos "control psicológico".
Así en el ejemplo expuesto más arriba sobre el uso de la lanza podemos decir que aunque la finalidad objetiva de este objeto pueda ser el de impactar y dar muerte a algún animal, no es posible que tal objetivo se cumpla sin la participación operativa de algún individuo que cumpla el requisito "formal" de arrojarla y clavarla en el cuerpo animal, y como no es posible a su vez cumplir dicho requisito descontextualizadamente, se nos muestra como imprescindible la función conductual de situar, por ejemplo, la posición relativa del cuerpo del lanzador con respecto al animal para poder, no ya impactar al animal, que sólo se conseguirá arrojando eficazmente la lanza, sino para apuntar o para estar en disposición de tirar con eficacia. Las operaciones formales determinadas normativamente están participadas por conductas que las hacen posibles, pues las operaciones formales son puramente abstractas y es la conducta quien las cristaliza como operaciones concretas.
Aunque el desarrollo cultural puede progresivamente normativizar o formalizar multitud de contextos en los que se desenvuelve la conducta ahora convertida en praxis, no es posible reducir en ningún caso todas las situaciones que conlleva cualquier actividad cultural y por ello tampoco resulta posible prescindir completamente de la conducta. Una tribu puede prescindir de la caza organizándose como sociedad ganadera y por eso regular en cierto grado los contextos que dan muerte a los animal de los que se alimentan, pero para que los contextos regulados se organicen es necesaria la participación de la conducta, pues sería la conducta, por ejemplo, la que co-presentara los distintos elementos necesarios: cuerdas, cuchillos, la ayuda auxiliar de otros individuos, etc., pues para que tales elementos sean co-presentados hay que, por ejemplo, localizarlos.
Por muchas situaciones que pudieran quedar previstas o reducidas normativamente siempre habrá entre los resultados formales alguna otra que necesita ser operada conductualmente. Los objetos y normas culturales son proyectos in-finitos, que para realizarse deben ser operados en la praxis humana siguiendo un curso operatorio fijado por ellos mismos pero que como no es posible especificar todas las circunstancias en las que se desenvolverán estos cursos se hace imprescindible la intervención de las operaciones genuinamente psicológicas (las conductas).
[El saber psicológico] (...) reside por entero en el propio control de una conducta (la conducta controlada) a partir del ejercicio de otra conducta (la conducta controladora) (...) un saber, en donde lo sabido –o lo que se llega a saber- es controlar una conducta (la del otro) a partir del ejercicio de la propia conducta (la conducta controladora). (Fuentes 1992 pg.50)
Pues bien, básicamente, la conducta del investigador consiste en efectuar variaciones ambientales presentadas en el curso de una conducta ya controlada (entrenada) o conocida por él, de tal modo que la conducta del organismo experimental ya en curso pueda avenirse u orientarse con respecto a la nueva situación propuesta por la conducta del investigador. La conducta -el saber psicológico- del investigador reside en presentar una relación, en principio irrelevante, de modo que a través del proceso conductual significativo en curso pueda llegar a ser relevante, generando ("explicando") una nueva conducta del organismo experimental.
Pero como decimos, dado que la variación o relación propuesta sería en principio irrelevante para el organismo experimental, y como quiera que sería un contrasentido decir lo mismo para el caso del experimentador, cabe preguntarse qué es para éste último. Lo cierto, según lo vemos, es que tal relación o variación consistiría en un diseño o producto elaborado en tanto que los distintos aspectos que pasarán a afectar la conducta del organismo en estudio son inicialmente preparados y estructurados de manera no contingente.
Precisamente es el diseño o preparación objetivado de la contingencia que ulteriormente se presentará al organismo experimental el que permite a la conducta controladora del investigador tomar ventaja psicológica sobre la conducta controlada, pues prepararla supone un requisito imprescindible para implantarla y explicarla.

La estructura semántica diseñada sólo podrá ser digerida por parte del organismo experimental significativamente (conductualmente) por aproximaciones sucesivas en un proceso de moldeamiento, con lo cual la contingencia manofacturada de ningún modo supone reconstruir formalmente el proceso genético de la conducta a implantar. Para que la contingencia diseñada sea recorrida por la conducta del organismo experimental el experimentador debe moldear o encauzar convenientemente tal conducta y es dicho proceso (conductual) de moldear o encauzar la conducta del organismo experimental el que constituye el núcleo subjetivo o contingente de la propia conducta de investigar.
Al igual que la contingencia diseñada por el experimentador funciona como elemento imprescindible por parte de la conducta investigadora para implantar la conducta investigada, los "objetos lingüísticos o idiomáticos" sirven como herramientas para implantar o generar conductas específicas entre los participantes de una interacción verbal. Por tanto, los "objetos idiomáticos" son, entre otras cosas, instrumentos para el control y/o conocimiento psicológico entre individuos o personas de una misma comunidad.
Cabe decir, no obstante, que en el contexto de la psicología animal, la relación psicológica es asimétrica ya que es el investigador el que implanta, controla y conoce la conducta del organismo experimental a través del diseño de la contingencia y no al revés, el organismo animal de ningún modo percibe la conducta del investigador, sólo la relación semántica previamente diseñada por éste y la percibe no como una estructura semántica diseñada sino que la percibe en la medida que resulta ser la estructura misma de su comportamiento en ese momento.
En cambio, los "objetos idiomáticos" son equi-valentes respecto a todos los individuos de una comunidad, lo que implica, virtualmente, una relación simétrica de cualesquiera individuos respecto a cualesquiera "objetos idiomáticos" en cualquier interacción verbal posible, lo que implica también simetría respecto a la posibilidad de ejercer control psicológico entre cualesquiera participantes en una interacción lingüística.
La conducta verbal supone adecuar los usos lingüísticos a una circunstancia o situación conductual previa que permita que tras la presentación de dichos usos lingüísticos se genere la nueva situación conductual que pueda llegar a provocar la conducta deseada.

Este parece ser el caso de la teoría interconductual de Emilio Ribes, o al menos se nos muestra así en muchas ocasiones. Aunque no podemos examinar de forma exhaustiva su teoría en verdad compleja, nos conviene echarle un vistazo y alcanzar las dificultades y aporías de este modo de argumentar.
Ribes clasifica a la conducta como un desligamiento progresivo que va desde la respuestas reactivas diferenciales más simples hasta las formas de conducta verbal -o como las llama- formas de conducta convencional-sustitutiva que se desliga incluso de las propias situaciones.
Lo que distingue a la conducta convencional o verbal de la no convencional es que mientras esta última necesariamente se ajusta "a las propiedades observables del aquí y ahora de los objetos y de los eventos con los que se ha relacionado debido a las contingencias actuales o pasadas", la conducta convencional-sustitutiva o verbal "(..)se convierte en desligable de la historia situacional particular del individuo.(...)las respuestas no dependen del tiempo, del espacio o de la presencia observada de cualquier propiedad particular fisicoquímica" (Ribes 1990).
Estas palabras del autor mejicano dibujan, a nuestro entender, una imagen endogámica de la conducta verbal al estimar que podría responder a los objetos que ella misma generara puesto que se les atribuyen a tales objetos la propiedad de ser ellos mismos situaciones. No cabe duda que los objetos o figuras idiomáticos al poder construirse mediante modulaciones corporales podrían, de forma abstracta, emitirse con independencia del espacio, del tiempo y de cualquier situación, pero los objetos lingüísticos se presentan o emiten mediante conducta verbal siempre en un contexto. Por otra parte los objetos idiomáticos solamente forman parte de alguna situación conductual cuando son operados conductualmente.
Los objetos de lenguaje nunca son, ni pueden ser ellos mismos situaciones con independencia de las conductas que los sitúan, y las conductas no pueden situar los objetos de lenguaje con independencia de, al menos, otro factor imprescindible: las personas que participan del episodio verbal. Esto implica necesariamente romper el esquema endogámico resultante de representar la conducta verbal en función de meros objetos lingüísticos, puesto que por sí mismos no pueden llegar a ser situaciones.
La conducta verbal no puede tener propiedades transituacionales y menos extrasituacionales, lo que sería lo mismo que decir que es caótica o libre. Efectivamente la palabra "rojo" está desligada funcionalmente de una longitud de onda determinada y de cualquier situación concreta en la que pudiera expresarse, pero sólo adquiere significación funcional, es decir, sólo es conducta cuando resulta pertinente en una situación concreta, como pueda ser el de indicar a alguien el color de una carpeta para que nos la acerque; la conducta verbal tal como la entendemos aquí, no es reducible a mera expresión o uso lingüístico, las respuestas convenciones no pueden por sí solas producir eventos o situaciones, como indica el autor al referirse al tipo de conducta verbal que denomina no referencial. Las expresiones lingüísticas las utilizan siempre personas concretas, con intereses concretos y también se manifiestan en lugares determinados.
La confusión de Ribes consiste en creer que la conducta verbal tiene la propiedad de crear situaciones y por tanto la propiedad de emitirse con independencia (desligada) del espacio y el tiempo: le puedo preguntar a un amigo que hizo el lunes, y se lo puedo preguntar en la oficina o en un bar y también hoy o mañana; pero la expresión "¿Qué hiciste el lunes?" no crea una situación determinada desligada del espacio y el tiempo -no formularíamos la pregunta a kilómetros de distancia (excepto que utilicemos medios técnicos auxiliares) ni cuando pasen cinco años-, el horizonte conductual para poder formular la pregunta vendría dispuesto por el amigo al que queremos interrogar, por los lugares que frecuente, por su capacidad para recordar eventos rutinarios y por su tendencia a recoger con agrado preguntas personales, su estado anímico, etc, nuestra cuestión sólo sería pertinente en circunstancias concretas y del mismo modo su respuesta no dependería simplemente de la pregunta, dependería también de quién la realiza, dónde y en qué momento.
La conducta psicológica o control psicológico constituye una clase de operación donde los objetos (elementos equi-funcionales) se presentan intercalados en algún curso operatorio ya conocido o controlado previamente en algún grado, de manera que la conducta en curso se aviene a la nueva situación propuesta, la cual, no obstante, genera o implanta la nueva situación en la medida que, a su vez, se haya avenido anteriormente a la conducta en curso.
Por paradójico que pueda parecer, a través del control psicológico se ligan momentos en principio transituacionales, situacionalmente. Los objetos (verbales) presentados por una conducta verbal son, sin lugar a duda, elementos clave en la transformación de una situación inicial, de modo que la conducta en curso sea desviada hacia una nueva situación resultante que genere la conducta deseada.
La presentación de los objetos conforma el núcleo innovador de la nueva circunstancia pero, repetimos, los objetos presentados serían inútiles de no acomodarse a la circunstancia en la que se presentan.
Muy al contrario, la conducta verbal es enteramente la presentación de una realidad –la de los objetos o figuras idiomáticas- para que otra conducta pueda ajustarse a ella. Los objetos verbales, en su uso operatorio, son prágmatas que transforman, modifican y cambian la realidad, no la representan; para concertar una cita con alguien en un lugar determinado no necesitamos representar el lugar, basta con señalarlo para que el otro pueda dirigirse allí.
Usar el lenguaje es orientar o controlar el comportamiento de los demás o de uno mismo transformando el significado situacional del que depende. Nada se consigue con reproducir un lugar donde establecer un encuentro, lo preciso es indicar donde vamos a encontrarnos. Decir que nos encontraremos junto a la catedral no implica representar un edificio particular. El que la figura u objeto verbal "junto a la catedral" señale un lugar preciso se debe al carácter equi-valente o equi-funcional de la figura u objeto verbal respecto a los participantes de una interacción, y equivale a la posibilidad de encontrarse allí, no a reproducir el lugar donde coincidir.
Obviamente aquí no podemos examinar en profundidad las aporías del modelo representacional en torno al lenguaje, no obstante, existen varias revisiones interesantes en la literatura psicológica y filosófica. ( La ambigüedad y la distorsión de la óptica representacional respecto al uso operatorio del lenguaje que apuntamos nos parece magistralmente tratada, por ejemplo, el la obra Investigaciones filosóficas de L. Wittgenstein.)
El control psicológico, a través de conducta verbal básicamente, se propone como el modo de resolver relaciones inter-conductuales, pero también por ello, en el modo mismo de conocer las personalidades (las individualidades) de los individuos sobre los que ejercemos el control.
En conclusión, y recuperando nuevamente la introducción a este trabajo, planteamos la posibilidad de reconstruir el concepto general de conducta humana asomándonos al uso del control psicológico de la conducta, factible gracias a las estructuras culturales objetivadas.
Los puntos esbozados aquí han pretendido apuntar o señalar que la conducta realizada en ámbitos cultural-normativos radica siempre en ejercer un tipo de relación propiamente interconductal, una relación donde una conducta (mediada por los objetos culturales) controla o transforma alguna otra conducta.
REFERENCIAS
Fuentes Ortega, J.B.(1993). Posibilidad y sentido de una historia gnoseológica de la psicología; Una primera aproximación a la génesis y la configuración de la psicología moderna. Revista de historia de la psicología,14 (3-4), 23-37.
Fuentes Ortega, J. B. (1992). Conductismo radical vs. Conductismo metodológico: ¿qué es lo radical del conductismo radical?. En J. Gil, M. C. Luciano y M. Pérez (Eds.) Vigencia de la obra de Skinner. Granada. Editorial de la Universidad de Granada.
Fuentes Ortega, J. B. (1994) Introducción del concepto de conflicto de normas irresuelto personalmente como figura antropológica (específica) del campo psicológico. Psicothema, 6(3),421-446.
Ribes Iñesta, E (1990) Psicología General. México. Editorial Trillas.
Skinner, B. F.(1985) Historia de un caso dentro del método científico. Aprendizaje y comportamiento. pp 47-70. Barcelona. Ed. Martínez Roca(Orig. 1956)
Wittgenstein, L.(1989) Investigaciones filosóficas. Barcelona. Ed. Crítica. (Orig. 1953)
Rubén González Fernández
Lic. en Psicología
Trabajo elaborado en el año 2003
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