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Conceptos actuales sobre la fisiopatología



     

     

     

    Resumen

    El síndrome urémico se caracteriza por un
    deterioro cuantitativo y cualitativo global del estado de bienestar, que sus
    manifestaciones clínicas no son especificas y que ellas
    reproducen los efectos de una intoxicación endógena
    debida por ejemplo a una sobredosis de medicamentos. En este
    trabajo se estudian la
    fisiopatología de las principales manifestaciones
    clínicas de la uremia así como de sus alteraciones
    bioquímicas.

    Palabras claves: Síndrome urémico, insuficiencia renal
    crónica, uremia, clínica, alteraciones
    bioquímicas.

     

    Abstract

    Current concepts about the pathophysiology, clinical
    manifestations and biochemical alterations of uremic syndrome. A
    review.

    The uremic syndrome is characterized by a general
    quantitative and qualitative deterioration of well being. Its
    clinical manifestations are non-specific and reproduce the
    effects of an endogenous intoxication due to, for instance,
    medication overdosis. This article reviews the pathophysiology of
    the main clinical manifestations of uremia as well as its
    biochemical alterations.

    Key words: Uremic syndrome, chronic renal failure,
    uremia, biochemical alterations, clinical
    manifestations.

     

    El término uremia significa literalmente "orina
    dentro de la sangre" y fue inventado por
    Piorry en 1840 para describir las consecuencias de la
    acumulación de compuestos normalmente eliminados por el
    riñón (Pitts 1970). En la actualidad se define la
    uremia como el conjunto de síntomas y signos que reflejan la
    deficiencia de todos los sistemas orgánicos, entre
    ellos la incapacidad renal para conservar la composición y
    el volumen del medio interno, lo
    cual es su responsabilidad (Pitts 1970).
    Se acepta, así mismo, que la uremia es un es estado
    tóxico producido por la retención de productos de desecho
    (Harrington et al. 1987). Más recientemente se considera que
    el síndrome urémico se caracteriza por un deterioro
    cuantitativo y cualitativo global del estado de bienestar, que
    sus manifestaciones clínicas no son específicas y que
    ellas reproducen los efectos de una intoxicación
    exógena debida por ejemplo a una sobredosis de medicamentos
    (Vanholder 1996), es decir, que existe un deterioro
    bioquímico y de las funciones fisiológicas en
    paralelo con la progresión de la insuficiencia renal, todo
    lo cual resulta en una variable y compleja sintomatología.
    El propósito de este trabajo es revisar los conceptos
    actuales sobre el síndrome urémico, su
    fisiopatología y manifestaciones clínicas así como
    las alteraciones bioquímicas de la uremia.

    La insuficiencia renal crónica terminal se
    caracteriza por una tasa muy elevada de mortalidad, comparable a
    la del cáncer colónico metastásico. La
    mayoría de las muertes se deben a causas cardiovasculares y
    ella es predecida a su vez por la hipoalbuminemia, por la
    elevación de las proteinas de la fase aguda (Proteina C
    Reactiva, el fibrinogeno, la ciruloplasmina) o por las citoquinas
    que regulan su producción (Kaysen 2000).
    En la figura 1 se puede observar que la uremia se corresponde con
    la fase final en la evolución de la
    insuficiencia renal crónica, es decir con la insuficiencia
    renal crónica terminal, solo susceptible de tratamiento
    mediante diálisis y/o transplante renal (Borrero
    1989).

     

    Fig. 1. Fases de evolución de la
    insuficiencia renal crónica.

    En la fase I los riñones pueden perder hasta el 30%
    de su masa sin que existan datos clínicos ni
    bioquímicos, aun cuando se considera que existe una
    disminución de la reserva renal funcional (Ellis et al.
    1992). En la fase II la función renal se pierde
    hasta en un 40%, y las cifras de nitrógeno ureico y
    creatinina séricos se elevan en forma paulatina. La fase III
    esta dominada por las manifestaciones clínicas y
    bioquímicas de la insuficiencia renal progresiva tales como
    una anemia progresiva, hipertensión arterial,
    edemas, retención azoada, hipertrofia cardiaca
    radiológica y electrocardiográfica, y aparición
    gradual de la osteodistrofia renal. La fase IV se corresponde a
    la insuficiencia renal crónica terminal y es el estadio
    final de la evolución de la enfermedad renal progresiva, es
    la fase de uremia clásica la cual aparece cuando la
    función renal es menor del 5% de lo normal (Borrero 1989;
    Ellis et al. 1992).

     

    Tabla 1. Manifestaciones clínicas
    más comunes del síndrome urémico.

    En la tabla 1 se muestran los síntomas más
    comunes de la uremia referidos a los sistemas cardiovascular,
    nervioso, hematológico, inmunitario, endocrino, ósea y
    gastrointestinales.

    Durante la evolución de la insuficiencia renal
    crónica (IRC) las alteraciones cardiovasculares son
    constantes y sus manifestaciones son variadas: hipertensión
    arterial, insuficiencia cardiaca congestiva, estenosis o
    insuficiencia valvular, ateroma acelerado, pericarditis
    urémica y en la fase de uremia con mucha frecuencia existe
    una cardiomiopatía dilatada y una hipertrofia cardiaca
    (Vanholder 1996). Las más importantes desde el punto de
    vista clínico son: (1) la pericarditis uremica; (2) la
    hipertensión arterial; (3) la disfunción
    miocárdica; y (4) las alteraciones del metabolismo de los carbohidratos y de los
    lípidos asociadas con una
    ateroesclerosis acelerada (Ellis et al. 1992). La polineuritis
    urémica que lesiona el sistema nervioso autónomo
    sería responsable de la disminución de la reactividad
    de los receptores cardiacos alfa y beta, lo cual explicaría
    algunas de las complicaciones cardiovasculares de la uremia
    (Rambausek et al. 1986).

    Se conoce asimismo que existe una disfunción
    autonómica en los pacientes en insuficiencia renal
    crónica terminal (Contreras et al. 1996). La
    disminución de la compliancia diastólica que se debe a
    una activación de las células intersticiales y a
    un aumento de volumen del núcleo y del citoplasma de esas
    células por la acción de la uremia lo
    cual origina una proliferación del tejido intersticial del
    miocardio juega también un papel fisiopatológico
    importante en la enfermedad cardiovascular del urémico (Mall
    et al. 1988). Esta fibrosis intersticial, tiene como factor
    permisivo a la parathormona, motivo por el cual un control riguroso del
    hiperparatiroidismo está indicado (Amann et al. 1997). Por
    otra parte, hoy se conoce que la pentosidina, que es uno de los
    productos finales de la glicosilación avanzada, puede jugar
    un papel importante en las complicaciones cardiovasculares de la
    insuficiencia renal crónica terminal (Odetti et al. 1995).
    Se piensa, así mismo, que otros factores además de la
    hipertensión arterial y la anemia que tiene una influencia
    dominante sobre las función cardiovascular en la enfermedad
    renal terminal (Morris et al. 1994) son importantes para el
    desarrollo de la enfermedad
    cardiovascular en el nefrópata terminal y se han encontrado
    evidencias de un vínculo
    entre la creatinina plasmática y el incremento de la masa
    ventricular izquierda antes de la etapa de la insuficiencia renal
    crónica terminal (Johnstone et al. 1996). Se ha observado
    una alta prevalencia de calcificaciones valvulares siendo la
    mayoría de ellas sin significación hemodinámica,
    pero su severidad se relaciona con la edad y con el tiempo en hemodiálisis
    crónica si el paciente es dializado (Alarcón et al.
    1996).

    La encefalopatía urémica, así como la
    polineuropatía periférica, son manifestaciones poco
    frecuentes actualmente, ya que la diálisis previene esas
    manifestaciones aún cuando se pueden observar, por ejemplo,
    la encefalopatía urémica cuando se suspende la
    diálisis en pacientes portadores de un cáncer incurable
    y puede existir un daño nervioso
    periférico ligero en pacientes adecuadamente dializados
    (Vanholder 1996). Sin embargo, se puede señalar que las
    manifestaciones clínicas de la lesión del sistema nervioso central en la
    uremia son numerosas pudiendo existir desde una obnubilación
    leve hasta un coma (Vanholder 1992). Por otra parte, actualmente
    ha sido bien documentado que muchas de las manifestaciones
    nerviosas de la uremia son debidas al ingreso aumentado de calcio
    en las células nerviosas debido a la acción del
    hiperparatiroidismo secundario que se desarrolla en la uremia y
    que esas manifestaciones pueden ser prevenidas mediante la
    paratiroidectomía y/o la utilización de los
    bloqueadores de los canales del calcio como el verapamil o la
    nifedipina (Massry et al. 1994). En las complicaciones
    neurológicas asociadas con la uremia también participan
    los compuestos guanidínicos y en particular el ácido
    guanidinosuccínico, cuyo nivel plasmático en los
    insuficientes renales crónicos alcanza hasta más de 30
    veces su nivel normal (Man et al. 1972). En estudios recientes se
    ha encontrado que la acumulación del ácido
    guanidinosuccínico en el cerebro se incrementa a medida
    que la insuficiencia renal avanza y alcanza cifras superiores a
    los 65 nmol/gramo de tejido en hipófisis (De Deyn et al.
    1995) y que los animales de experimentación
    luego de la inyección intraperitoneal del ácido
    guanidinosuccínico hacen convulsiones, encontrándose
    niveles de dicho ácido en el cerebro de estos animales
    comparables a los encontrados en cerebros urémicos (De Deyn
    et al. 1995). Además, la disfunción cerebral
    cognoscitiva valorada por test adecuados mejora luego de un
    transplante exitoso (Kramer et al. 1996).

    La anemia en el urémico es constante y universal y
    es un criterio de cronicidad en un paciente con insuficiencia
    renal (Rondón-Nucete 1996). Así mismo, la anemia
    constituye uno de los factores responsables de la astenia y de la
    alteración de la calidad de vida de los
    pacientes nefrópatas crónicos terminales. Estas
    situaciones han mejorado dramáticamente desde que se utiliza
    la eritropoyetina recombinante humana en el tratamiento de esta
    anemia, la cual es normocítica y normocrómica (Adamson
    et al. 1990). Se ha observado, por otra parte, que en pacientes
    diabéticos la eritropoyetina recombinante humana mejora la
    anemia y también mejora el edema macular al mejorar la
    hipoxia celular propia de los diabéticos, ya que se mejora
    la capacidad de transportar oxigeno al aumentar la masa de
    células rojas (Friedman et al. 1995). La anemia
    aregenerativa del insuficiente renal crónico se debe a la
    producción insuficiente de eritropoyetina por el
    riñón enfermo a la carencia de hierro al déficit de
    vitaminas y a la
    hiperhemolisis (Vanholder 1996).

    En la uremia existen trastornos de la coagulación y
    así se encuentra tanto una tendencia al sangramiento como un
    estado de hipercoagulabilidad. La tendencia al sangramiento es
    debida a varios factores, es decir, es multifactorial e
    intervienen, por ejemplo, una alteración en la adhesividad y
    la agregación plaquetaria, la anemia, el hiperparatiroidismo
    secundario, alteraciones en la producción de las
    prostaglandinas a partir del ácido araquidónico y una
    producción insuficiente de tromboxano. La actividad
    anticoagulante de la proteína C se ha encontrado alterada y
    en algunos pacientes sus niveles plasmáticos están
    bajos y aumentan luego de la hemodiálisis (Nguyen et al.
    1993). Existen trabajos serios que señalan al óxido
    nítrico como un inductor importante en el déficit de la
    coagulación en la uremia (Noris et al. 1993). En la
    insuficiencia renal crónica los niveles de los complejos
    trombina, antitrombina, plasmina – antiplasmina, el
    fibrinogeno y los fragmentos F1 + 2 de la protombina fueron
    encontrados elevados mientras que la concentración de
    fibronectina fue baja (Malyszko et al. 1996).

    Puede existir un estado de hipercoagulabilidad
    favorecido por un aumento en las amplitudes al tromboelastograma
    y un aumento en la actividad del factor de Von Willebrand
    (Warrell et al. 1979), lo cual también puede encontrarse en
    la insuficiencia renal aguda (Malyszko et al. 1996). En la uremia
    existe un déficit inmunitario que no solamente es debido a
    la toxicidad urémica sino que también es debido al
    contacto del contenido vascular con el medio exterior en los
    circuitos sanguíneos
    extracorporales, a la biocompatibilidad de las membranas de
    diálisis, a un déficit o una resistencia a la vitamina D y/o a
    la presencia de lesiones anatómicas que favorecen la
    infección como por ejemplo los riñones
    poliquísticos, el reflujo vesico–ureteral (Vanholder
    et al. 1993). Los pacientes urémicos tienen un estado de
    inmunodeficiencia que coexiste paradójicamente con signos de
    activación de las células del sistema inmune y que es acentuado
    más que corregido por la diálisis (Descamps-Latscha
    1993). Entre las manifestaciones clínicas que sugieren el
    déficit inmunitario encontramos una susceptibilidad
    aumentada a las infecciones y entre ellas a la tuberculosis, un aumento en la
    incidencia de cánceres, una producción insuficiente de
    anticuerpos, en particular en respuesta a la vacuna contra la
    hepatitis B. Los mecanismos de
    la disregulación del sistema inmune son la biodisponibilidad
    reducida de las interleukina II secundaria a su consumo excesivo por las
    células T activadas, a una baja regulación de la
    función fagocitaria y de los receptores opsónicos luego
    de sus expresión durante la activación del complemento
    por las membranas de diálisis, a un aumento en la
    producción de interleukina I, del factor alfa de necosis
    tumoral, y de la interleukina VI por los monocitos activados y
    del CD23 por los linfocitos B (Descamps-Latscha 1993). Por otra
    parte se han logrado identificar dos estructuras peptídicas
    que tienen un efecto inhibidor marcado sobre las diferentes
    funciones inmunitarias, uno de estos compuestos tiene una
    estructura parecida a la de la
    molécula de la beta2 – microglobulina (Haag-Weber et al. 1994). En los
    pacientes con insuficiencia renal crónica la función
    fagocitaria de los neutrófilos polimorfonucleares es normal,
    pero su función destructora se encuentra alterada y esta
    función anormal de los polimorfornucleares neutrófilos
    fue corregida por el tratamiento con diálisis peritoneal
    ambulatoria continua y por tanto se sugiere que en esta
    anormalidad participan toxinas urémicas dializables (Porter
    et al. 1995).

    En los urémicos existe un estado de
    hipercatabolismo producto de las alteraciones
    endocrinas referidas al metabolismo de los hidratos de carbono, a las hormonas tiroideas, a la
    hormona del crecimiento y a las hormonas de la reproducción (Baliga et
    al. 1991). Se conoce desde hace tiempo que en los pacientes
    renales terminales existe una intolerancia a la glucosa, a la cual contribuyen
    una resistencia a la acción de la insulina y una
    alteración en la secreción de la insulina. La
    resistencia a la acción de la insulina es debida
    principalmente a una alteración en la captación de
    glucosa por el músculo, mientras que la secreción de
    insulina en respuesta a la hiperglicemia es variable, es decir,
    puede estar aumentada, normal o disminuída (Matsushita et
    al. 1996). También se ha reportado que los niveles elevados
    de la hormona paratiroidea en la uremia alteran la secreción
    de insulina por los islotes pancreáticos y que la 1,25 (OH)2
    D3 influye en el control glicémico a largo plazo y sobre
    todo en los pacientes nefrópatas moderados (Lamb et al.
    1996).

     

    Alteración de la
    función tiroidea

    En cuanto al metabolismo de las hormonas tiroideas en la
    insuficiencia renal crónica terminal se encuentran algunas
    alteraciones como son por ejemplo niveles basales elevados de
    TSH, cierto hipotiroidismo primario, una respuesta lenta de la
    TSH a la TRH, ritmo diurno ausente o disminuído de la TSH,
    glicolisación alterada de la TSH y los niveles totales y
    libres de la T3 y T4 pueden estar reducidos o normales (Kaptein
    1996). También se ha señalado por otra parte que la
    liberación de la TSH puede estar inhibida por un mecanismo
    dependiente de la dopamina (Elias et al. 1987).

    En relación con la hormona del crecimiento se
    observa que los niveles basales de la misma se encuentran
    elevados, pero esta situación no impide que exista un
    retardo en el crecimiento de los niños urémicos y se
    ha comprobado que la administración de la
    hormona del crecimiento recombinante humana corrige el retardo
    del crecimiento en los niños y mejora la utilización de
    las proteínas en los
    hemodializados adultos (Ziegler et al. 1993). En cuanto a las
    hormonas de la reproducción en las mujeres urémicas se
    observa que la FSH, la progesterona y el estradiol tienen
    tendencia a ser iguales y la LH a exceder los niveles observados
    en la fase folicular del ciclo menstrual de las mujeres
    normales (Bommer 1992). En los hombres urémicos se puede
    observar una elevación de la LH y una disminución de la
    testosterona, lo cual origina impotencia agravada por el aumento
    de la prolactina que origina galactorrea y amenorrea en las
    mujeres (Vanholder 1996). Se ha observado que cuando los
    pacientes masculinos en uremia y hemodializados reciben
    eritropoyetina recombinante humana para el tratamiento de su
    anemia, los niveles plasmáticos de testosterona y estradiol
    se incrementan (Trembecki et al. 1995). Así mismo, cuando
    los pacientes reciben terapia con la eritropoyetina recombinante
    humana, además de mejorar su calidad de vida se ha demostrado
    un efecto beneficioso sobre la función sexual de los
    pacientes urémicos en tratamiento dialítico (Trembecki
    et al. 1995).

     

    Alteración de las
    paratiroides y alteraciones óseas

    La osteodistrofia renal es una complicación
    debilitante de la insuficiencia renal crónica y se debe a
    mecanismos diferentes como son el hiperparatiroidismo secundario,
    la toxicidad alumínica, el déficit o resistencia a la
    vitamina D, una osteopenia intrínseca y la acumulación
    de la beta2-microglobulina (Ritz et al. 1992). El
    hiperparatiroidismo secundario se desarrolla como consecuencia de
    bajos niveles plasmáticos de calcio y de la 1,25 (OH)2 D3 y
    altos niveles de fosfatos con disminución de la
    transcripción del gen de la parathormona por la 1,25(OH)2 D3
    y esta carencia conduce al hiperparatiroidismo secundario
    (Rahamimov et al. 1994), es decir, que el desarrollo del
    hiperparatiroidismo secundario es la consecuencia de la
    alteración de las glándulas paratiroides, por cada uno
    de sus tres principales moduladores: calcio, calcitriol y los
    fosfatos (Cunningham 1999). En estudios recientes se ha podido
    comprobar que el cambio en el punto de ajuste
    del calcio es normal o ligeramente elevado indicando una
    reactividad paratiroidea anormal al calcio en la insuficiencia
    renal crónica (Madsen et al. 1996). En la toxicidad
    alumínica, además de la acumulación del aluminio necesario para el
    desarrollo de la osteopatía alumínica, también
    existe una depresión paratiroidiana
    (Cohen-Solal et al. 1993). La osteopatía adinámica,
    asociada a una sobrecarga alumínica, de grado variable
    aparece hoy en día como la variedad de osteopatía
    urémica más frecuente (Fournier et al. 1997). La
    retención de toxinas urémicas en la insuficiencia renal
    crónica terminal es responsable de inhibir la actividad de
    la enzima 24–hidroxilasa necesaria en el riñón
    para la síntesis del calcitriol
    comprobándose que se disminuye la síntesis
    gemónica de dicha enzima (Hsu et al. 1992).

    También se ha comprobado que una producción
    insuficiente del factor de crecimiento IGF-1 contribuye al
    déficit de la osteoformación e independientemente de
    los niveles plasmáticos de la parathormona (Andress et al.
    1989).

    En los pacientes urémicos se han encontrado signos
    y síntomas gastrointestinales. En estudios recientes se ha
    comprobado que la gastritis erosiva, la esofagitis erosiva y la
    úlcera esofágica son las causas más comunes de
    sangramiento digestivo en los pacientes con insuficiencia renal
    crónica y que la tasa de mortalidad es mucho más
    elevada en estos pacientes que en la población general (Tsai
    et al. 1996). La gastrina circulante se encuentra elevada en los
    pacientes urémicos debido, quizás, por una parte a una
    mayor secreción y por la otra a un metabolismo
    disminuído y como la gastrina se considera ahora que tiene
    propiedades tróficas y secretorias, estos hechos pueden
    explicar la hipertrofia del tracto gastrointestinal asociada a la
    insuficiencia renal crónica (Ciccotosto et al. 1996). Los
    niveles plasmáticos de varias hormonas polipeptídicas
    que participan en la modulación de la motilidad
    gastrointestinal y en la regulación del hambre y la saciedad
    se encuentran elevados en la uremia y se piensa que estas
    alteraciones humorales pueden actuar sobre la musculatura lisa
    intestinal y en áreas particulares dentro del sistema
    nervioso central y ser responsables de las alteraciones de la
    motilidad gastrointestinal, de la anorexia, de las naúseas
    y vómitos que se observan en los
    urémicos sintomáticos (Ravelli 1995).

    En estudios recientes se ha podido comprobar que en
    pacientes con insuficiencia renal crónica terminal tratados por hemodiálisis
    existe una elevación de las enzimas pancreáticas, lo
    cual en general no refleja una relevante pancreatopatía,
    pero la disminución de la quimiotripsina fecal que se
    observa en esos mismos pacientes puede indicar la presencia de
    una disfunción pancreática (Ventrucci et al. 1995). En
    la uremia existen alteraciones bioquímicas referidas a que
    un buen número de funciones enzimáticas y
    metabólicas se encuentran deprimidas como, por ejemplo, la
    gluconeogénesis, la deshidrogenasa láctica, el
    contenido mitocondrial de calcio, el consumo mitocondrial de
    oxígeno, la
    degradación de la insulina, la bomba de Na/K, el
    déficit intrínseco de las mitocondrias (Thompson et al.
    1993). Se ha postulado que las alteraciones en el metabolismo
    energético del músculo son debidas a cambios
    intrínsecos en las enzimas claves que garantizan la
    energía necesaria para el metabolismo muscular y que
    además estos cambios intrínsecos enzimáticos
    explican también los efectos observados en el metabolismo
    oxidativo en los músculos de los pacientes urémicos
    (Conjard et al. 1995). Por otra parte, la actividad de las
    enzimas antioxidantes como el
    superóxido dismutasa se encuentra elevada en los
    glóbulos rojos de los pacientes urémicos no dializados
    y baja en los pacientes dializados, lo cual puede contribuir al
    incremento del daño oxidativo en la uremia y el desarrollo
    de las complicaciones urémicas (Mimic-Oka et al.
    1995).

     

    Medicamentos y
    uremia

    En la uremia se pueden encontrar dos tipos de
    alteraciones en cuanto a la unión de los medicamentos a las
    proteínas y así se observa una disminución de esa
    unión de las moléculas ácidas y por tanto aumenta
    su fracción libre, como es el caso de medicamentos tales
    como la teofilina, la fenilhidantoina, el metotrexato, el
    diazepán y los salicilatos, los cuales en el urémico
    pueden originar cierto grado de toxicidad (Roman et al. 1984,
    Vanholder et al. 1993). Por el contrario, ciertos medicamentos
    alcalinos como la cimetidina, el propanolol y la clonidina
    aumentan su unión a las proteínas y este aumento de los
    sitios de unión en las proteínas para este tipo de
    medicamentos se debe a un aumento en la concentración de la
    glucoproteina alfa 1 ácida, ya que en los urémicos su
    eliminación por el riñón está disminuida
    (Paxton 1983). Finalmente, además de la retención de
    los metabolitos activos, también se puede
    acumular la molécula original como es el caso de la
    teofilina y de esta manera su toxicidad es mayor en los
    urémicos (Nicot et al. 1989).

     

    REFERENCIAS

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    Miguel Rondón Nucete

    En MedULA, Revista de Facultad de
    Medicina, Universidad de Los Andes. Vol. 7
    Nº 1-4. 1998. Mérida. Venezuela.

    Unidad de Nefrología, Diálisis y Transplante
    Renal. Departamento de Medicina. Facultad de Medicina.
    Universidad de Los Andes. Mérida. Venezuela.

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