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Perón Vs Perón - La construcción simbólica del adversario político en el discurso peronista: elecciones presidenciales 2003

Enviado por Matías Marini



Partes: 1, 2, 3, 4

  1. Lineamientos para una investigación
  2. Los hechos, los dichos y los actores
  3. Conclusiones
  4. Epílogo

Introducción

El objeto de estudio del presente trabajo ha sido el discurso político peronista, a través del cual hemos intentado reconstruir al peronismo como fenómeno político. En particular, se trata aquí de las producciones discursivas de Carlos Saúl Menem y Néstor Kirchner, dos justicialistas cuyos antecedentes políticos encuentran en sus experiencias como gobernadores un pasado de prácticas políticas no siempre disímiles.

Ambos fueron reelectos en sus respectivas provincias por más de un período, lo que les permitió instaurar una vasta estructura de poder político territorial que se extiende hasta el presente. Los dos debieron entablar acuerdos con el peronismo de la provincia de Buenos Aires para alcanzar la Presidencia de la Nación.

A partir de la utilización que el peronismo ha hecho del espacio público nacional en su historial político para significar sus propuestas, ideologías, doctrinas y líderes; el presente estudio analizó la composición discursiva de estos dos candidatos pertenecientes a la misma estructura partidaria y que compitieron entre sí de cara a comicios para ocupar la titularidad del Poder Ejecutivo Nacional en abril de 2003.

Importantes estudios locales y extranjeros han abordado con lucidez el análisis del fenómeno discursivo peronista y su construcción del adversario político de origen partidario diverso, en un mismo campo de interacción política y social. La fundamental contribución de estos estudios (citados en el desarrollo de esta investigación) ha tenido por objeto la comprensión del fenómeno político peronista, sus conflictos intestinos y su convivencia con el entorno institucional argentino.

Si este estudio tuviera algún atisbo de originalidad, tal atributo no sería inmanente al trabajo, sino más bien consecuencia de una característica inédita propia del período electoral de 2003, nunca antes verificada en la Argentina.

La particular búsqueda que aquí proponemos indagó en la construcción simbólica que un candidato peronista confecciona a partir del contendiente electoral de su mismo signo político. Cómo un peronista se distingue de otro sin incurrir en la destrucción de los fundamentos partidarios originarios del justicialismo.

En la historia política del peronismo, los años comprendidos entre 1973-1976 han ofrecido un ejemplo en este sentido. En un contexto que tuvo por hito la vuelta de Perón al país luego de su exilio, las diversas tendencias del movimiento liderado por el General se esforzaron en delimitar discursivamente la figura del traidor o el "enemigo interno" dentro de las filas del partido intentando, simultáneamente, no desautorizar la palabra del mismo Perón que, a la luz de un estudio temporal, se presentaba en apariencia contradictoria. Así, por ejemplo, la Juventud Peronista (JP) era acusada de responder a las directivas del trotskismo y la sinarquía internacional, mientras que los "infiltrados" de la derecha representaban para la izquierda la estrategia de la CIA dentro del movimiento peronista.

Desde el plano discursivo, la lucha se libraba por obtener la necesaria legitimidad que como enunciador político permite construir el efecto de verosimilitud a partir de un criterio de verdad. Por entonces, el mayor obstáculo (sobre todo para la Juventud Peronista) era la supervivencia física de Perón en el campo político como enunciador por antonomasia del peronismo. Mientras éste viviera, la JP no podría encarnar con facilidad el rol de interlocutor válido del colectivo "pueblo", uno de sus objetivos.

En el caso que nos ocupa, el de los justicialistas Menem y Kirchner (más las intervenciones de Eduardo Duhalde), se procedió a detectar los puntos en común y los motivos de divergencia conceptual entre ambos actores que han de confrontar para diferenciarse en el espacio público, a través de la composición de un Otro antitético perteneciente a un mismo origen partidario. Con este trabajo se intentó demostrar cómo, en el plano discursivo de dos justicialistas, emergen las distintas manifestaciones que el peronismo como movimiento y partido ha registrado a lo largo de su existencia política.

El propósito de esta publicación -que tiene por origen nuestra tesis de graduación de la licenciatura en Comunicación Social por la Universidad FASTA de Mar del Plata- ha sido el de indagar acerca del desarrollo y las características de la comunicación política electoral del peronismo en el actual contexto institucional democrático. En un marco electoral y proselitista, se observó el grado de interdependencia de los actores políticos en la construcción simbólica del poder y el escenario en el espacio público.

La peculiaridad de las elecciones presidenciales de 2003 recayó en un desafío comunicacional. El histórico bipartidismo de la política argentina en las últimas dos décadas, que tuvo por protagonistas a la Unión Cívica Radical y al Partido Justicialista, presentó debilidades en su continuidad a partir de la crisis político-económica que afectó al país desde diciembre de 2001.

El fracaso de la gestión de Fernando de la Rúa y la desorganizada interna presidencial entre Rodolfo Terragno y Leopoldo Moreau (2002) colocaron al radicalismo en una posición desautorizada ante la opinión pública como garante de nuevos procesos de gobernabilidad. Por su parte, el justicialismo se ubicó una vez más como el único partido capaz de revertir la ingobernabilidad y el desorden social. Así lo declararon y demostraron ante los medios los tres presidentes interinos de origen peronista anteriores a Eduardo Duhalde: Ramón Puerta, Adolfo Rodríguez Saá y Eduardo Camaño.

Las elecciones de 2003 presentaron ante el electorado siete candidatos provenientes de los dos partidos mayoritarios, ahora fragmentados. Desde el radicalismo compitieron Leopoldo Moreau (lista oficial de la UCR), Ricardo López Murphy, Elisa Carrió y Melchor Posse (como candidato a vicepresidente de Adolfo Rodríguez Saá). Desde el justicialismo, a partir de una frustrada interna política que permitió la competición directa por un pseudo sistema de lemas, se presentaron Adolfo Rodríguez Saá (Movimiento Nacional y Popular), Carlos Saúl Menem (Frente por la Lealtad) y Néstor Kirchner (Frente para la Victoria).

Aquí estudiamos cómo los últimos dos candidatos, Menem y Kirchner, más las intervenciones del presidente Eduardo Duhalde, debieron dirimir públicamente sus diferencias en el marco de elementos políticos compartidos: un historial partidario con un líder en común, una mitología y recursos simbólicos propios del partido y hasta prácticas políticas similares (operadores políticos territoriales, aparatos clientelares). El desafío comunicacional que se presentó ante ambos políticos fue el de construir el antagonismo (la diferencia) en el plano discursivo a pesar de las similitudes arriba expuestas.

Sobre la base de este desafío, nos propusimos una serie de objetivos de investigación. En las campañas de Néstor Kirchner y Carlos Menem, intentamos determinar cuáles fueron las estrategias, características y constantes de sus respectivos discursos políticos (enunciación, acción y composición de imagen) para la representación simbólica de la figura del adversario electoral. En este sentido, reparamos en el rol que la representación del contendiente desempeñó en la construcción y sostén de espacios simbólicos de poder político. Asimismo, buscamos establecer, en el período enunciado, quiénes fueron los actores protagonistas y de qué modo condujeron el proceso de comunicación política en el contexto electoral que culminó con la renuncia de uno de los candidatos a la Presidencia (Carlos Menem). Entre los actores, prestamos particular atención a las apariciones del presidente Eduardo Duhalde por su importancia cualicuantitativa.

Para constatar la participación de los actores en el escenario político hemos procedido, según la perspectiva metodológica de Irene Vasilachis de Gialdino, a realizar un monitoreo cualitativo de la publicación de los diarios La Nación y Clarín, más Radio Nacional (el programa semanal Conversando con el Presidente, de Duhalde) y señales televisivas como TN (Todo Noticias) y América. Este trabajo, que utilizó un nuevo modelo de ficha basado en el diseño de Gustavo Orza (2002), incluyó 930 artículos periodísticos más 5 horas con 26 minutos de archivos de audio en total. El monitoreo de medios abarcó el período que se extiende desde el 25 de enero (día posterior al desarrollo del Congreso Nacional Justicialista realizado en la ciudad bonaerense de Lanús, que proclamó las tres fórmulas peronistas) al 15 de mayo de 2003, día posterior a la renuncia de Carlos Menem a la segunda vuelta electoral.

Una vez identificados los actores políticos relevantes del proceso monitoreado, procedimos a analizar los roles simbólicos de dichos protagonistas en la comunicación electoral y el guión o argumento que sostuvo sus respectivas construcciones discursivas en el espacio público mediático. A partir de ello, observamos el tipo de relación simbólica con los demás actores participantes.

Por último, aunque primero en el orden de la intención, evaluamos la utilización simbólica de la identidad peronista y del Partido Justicialista como actor institucional en el marco de la búsqueda de legitimidad para la construcción de los discursos particulares de los candidatos.

Matías Marini

José Ignacio Otegui

Buenos Aires, diciembre de 2004

1. Lineamientos para una investigación

1.1. Marco conceptual

Tal como se indicó, nuestro objeto de estudio ha sido el discurso político del peronismo y la utilización de los medios de comunicación como parte de la estrategia comunicativa de dos candidatos en un contexto histórico determinado. Para dicho estudio, hemos utilizado un instrumental conceptual o sistema cognitivo de referencia (Vasilachis, 1993: 21) que nos permitió interpretar el fenómeno estudiado. Por lo general, los conceptos abajo abordados pertenecen a teorías ya consolidadas en el campo de estudios de la comunicación.

Con el basamento teórico del presente trabajo se propuso evaluar las relaciones de interdependencia entre la comunicación y la política, con las correspondientes consecuencias y efectos que de esta interacción se derivan en un contexto institucional democrático. El propósito es ubicar las coordenadas teóricas e históricas del tema que serán de utilidad para comprender esta experiencia electoral argentina y discernir entre ciertos aspectos socio-políticos desde categorías teóricas que permiten subdividir en zonas de análisis realidades que de por sí son complejas e inescindibles en la práctica.

A continuación de las siguientes observaciones conceptuales introduciremos algunos parámetros históricos de la comunicación en el peronismo.

1.1.1. Lenguaje y política

Para explicar la interdependencia compleja entre las instituciones, los individuos y los grupos, es menester determinar el ámbito de construcción social en el cual tiene lugar la interacción simbólica cuyos constantes intercambios imprimen mutaciones cualitativas sobre la realidad en la que actúan. Se trata de un espacio común en el cual las relaciones adquieren un sentido y un significado que bien pueden tener su origen en una convención simbólica, un consenso político tácito o explícito. El signo, el símbolo, el lenguaje (como sistema de signos), las instituciones políticas y sociales, las organizaciones económicas, son construcciones comunes que surgen como emergentes de un orden de interdependencia y mutuas necesidades reguladas en un sistema de convivencia esencialmente político.

Y si la convivencia en un espacio común es política, es necesario comprender la unión entre ser social y política, cohesión que podría derivar en el significado del hombre como ciudadano, como miembro de una comunidad política que le provee de una identidad compartida con su entorno. Una identidad que no surge de su propio ser, sino que emerge en su calidad de miembro de una comunión de identidades que lo supera y que, incluso, le es preexistente. Es de esta manera que la identidad individual es también una manifestación de una identidad social que al mismo tiempo la comprende y la modifica.

Ferdinand de Saussure define al lenguaje como un sistema convencional de signos ordenados en una estructura que sirven a la comunicación (Baylon y Mignot, 1996: 79). El lenguaje se presenta entonces como la herramienta básica que viabiliza la natural sociabilidad del individuo al permitirle la construcción simbólica de realidades que trascienden lo concreto y que le posibilitan escapar al "aquí y ahora" para referirse a tiempos pretéritos en que el sujeto hallará parte constitutiva de su identidad. En su carácter de existencia objetiva, el lenguaje se presenta como un sistema externo a su usuario (los individuos) y como herramienta que es, a la vez, posibilidad y límite a la expresión y a la acción.

El lenguaje tiene sobre quien lo emplea un efecto coercitivo que, al imitar o retratar la realidad, la simplifica y parcializa por definición. El lenguaje es acervo de la experiencia y conocimiento del usuario. Bien sabido es esto por los políticos y publicistas quienes se ocupan del dominio de la retórica y las formas del lenguaje, lo que se traduce en cierto poder sobre el pensamiento del perceptor a partir de lo cual es posible deducir que el poder de la comunicación puede ser causa de poder político, como que el orden de los discursos devela la voluntad de verdad de quien enuncia.

Como señala Aristóteles en La Política, la razón de la sociabilidad del hombre encuentra sus fundamentos en la palabra, en el logos. Así como el resto de los animales dispone de la voz (foné) para manifestar sensaciones de dolor o de regocijo y placer; el ser humano excede esta facultad y, al estar dotado de la palabra, puede incluso determinar el sentido moral de sus acciones estableciendo los conceptos de bueno y malo, justo e injusto, conveniente o incorrecto.

El ser social (la sociabilidad de la naturaleza humana) se revela no sólo por la acción sino también por la palabra. Por medio de las palabras y la acción, el hombre se inserta en el mundo para hacer de él un mundo humano sustentado en la significatividad, la pluralidad; un meta-mundo, discursivo, que se gesta a la par del tangible.

En la palabra, en la capacidad de hablar con sus pares (con sus alter), el sujeto accede a la posibilidad de comprender el mundo. Las múltiples perspectivas discursivas que interaccionan en la pluralidad de personas aparecen como necesarias para hacer posible la realidad simbólica y garantizar su persistencia. Los hombres suelen forjarse imágenes distintas de la realidad. Para el mismo Aristóteles, "es de la confrontación de las opiniones de donde surge la verdad" (Moreau, 1993: 243). El contacto con sus iguales ayuda al individuo a comprender su posición en el mundo y el hecho de que éstos hablen entre sí sobre él coopera con la comprensión de sí mismo, con el reconocimiento de sus interlocutores. En la libertad de conversar surge la aproximación más ajustada al mundo del que se habla.

Desde su actividad locutiva, pero no sólo desde ella, el ser humano construye su capacidad discursiva como elaboración ulterior de la palabra y su relación con el entorno, desde un punto de vista que incorpora la pragmática del lenguaje (o pragmática lingüística). La aclaración "pero no sólo desde ella" es válida a los efectos de determinar un concepto amplio de discurso que ubica incluso a la acción como uno de sus elementos constitutivos esenciales. En este sentido, por discurso no se entenderá sólo el lenguaje (escrito o hablado) sino toda acción portadora de sentido. Este enfoque incluye las palabras y su articulación con las acciones (Laclau, en Olivera, 2002: 359).

Ya la literatura griega de Homero (La Ilíada) y Sófocles (Antígona) parangonaba las grandes hazañas épicas con el poder de la oratoria como su complemento ideal; en una estructura narrativa que articulaba relato y acción, los grandes hacedores eran a la vez grandes oradores. En este contexto, el habla era también un tipo de acción, lo que sirvió de sustento para otorgar al logo, descubrimiento de la filosofía griega, un poder en sí mismo (Arendt, 1997: 76). Incluso más atrás en el tiempo, en su indagación sobre las culturas orales primarias, Walter Ong subraya que para los pueblos "primitivos" (orales) la lengua es un modo de acción, de suceso, y no sólo una contraseña del pensamiento (1997: 39).

La amplitud que aquí se adopta del concepto de discurso coincide y se apoya en la visión de Leonor Arfuch (1987) para quien el discurso es un fenómeno multifacético cuya actividad se trata de un proceso de interacción (enunciativo/interpretativo) que remite a los participantes del circuito comunicativo y a los múltiples lazos que se establecen entre ellos. Es en la interacción discursiva o contrato cognitivo (Fabbri, 1985: 22) donde se construyen las posiciones respectivas del enunciador y del destinatario, que adquieren el estatus de "entidades discursivas" y no sólo de sujetos empíricos. Quien produce el discurso elabora en su decir una imagen de sí mismo determinando simultáneamente una imagen de su interlocutor; "el enunciador no se define sólo por la autorreferencia incluida en su discurso, sino sobre todo por ese `otro´ que instaura ante sí" (Arfuch, op. cit.: pp. 30-31). La perspectiva de Arfuch queda enmarcada en la definición de Michel Foucault en cuanto a que el lenguaje construye a las personas que lo usan, observación que resulta complementaria del supuesto según el cual la gente construye el lenguaje que utiliza (Foucault, The Order of Things, en Edelman, 1991: 129). Sin embargo, cabe contemplar que en el caso de los discursos de campaña política el lenguaje proselitista empleado suele ser adaptable a contextos y audiencias. Más que la construcción de una personalidad, el lenguaje puede dar indicios de la construcción de la imagen del enunciador.

Cuando Aristóteles se refiere a la poesía como una forma de la actividad de producción, aclara que las obras que ella produce no son objetos reales, como las obras de la naturaleza, sino más bien análogas a las del pintor o del escultor, es decir, imitaciones (para este trabajo académico, representaciones) de la realidad (Aristóteles, Poética, en Moreau, op. cit.: 245). Como expresión estilizada de la realidad, el lenguaje no es una copia de ella. En su estudio sobre los juegos del lenguaje, Javier del Rey Morató va más allá y arriesga que "lo que llamamos realidad es el resultado de la comunicación" (1997: 36). La comunicación, basada en la abstracción de los símbolos y los significados de las acciones, también modifica la realidad.

Al decir de Berger y Luckmann, aquí queda planteada una relación de tipo dialéctica en la cual el hombre (como ser inevitablemente social) es a la vez productor y producto de la realidad en la que se halla inserto. En un primer nivel de la interacción dialéctica, el hombre subjetiva el mundo externo que lo rodea, es decir que interioriza elementos de su entorno y toma como propias reglas, condiciones y signos culturales producidos precedentemente por otros seres sociales.

En una segunda instancia, el mismo hombre posee la facultad de objetivar su pensamiento o acción insertándose en el mundo y modificándolo. La producción humana de signos o proceso de significación es uno de los más importantes procesos de objetivación (Berger y Luckmann, 1984: 54). Esta dialéctica social coloca al lenguaje como el elemento que marca las coordenadas de la vida en sociedad cubriéndola de objetos significativos. Es el lenguaje, como sistema de signos, el que permite al hombre abstraerse de lo concreto y empírico para construir una red de relaciones sociales que no sólo es dadora de significados fruto de la convención sino, además, creadora de identidades.

Si la definición social del individuo no puede sustraerse de la realidad común compartida con sus pares y si una considerable parte de su identidad es un fenómeno de construcción colectiva que no se aísla de la interacción simbólica en la que se encuentra, es posible resaltar el rasgo eminentemente dialógico de la vida humana. La construcción del yo y la concepción de la alteridad se gestan en un marco de referencia que tiene por seno las relaciones interpersonales que el individuo establece al vincularse dialógicamente con sus interlocutores.

De acuerdo con Charles Taylor en sus estudios sobre el origen conceptual del yo, "Éste es el sentido en el que no es posible ser un yo solitario. Soy un yo sólo en relación con ciertos interlocutores: en cierta manera, en relación a esos compañeros de conversación que fueron esenciales para que lograra mi propia autodefinición" (Taylor, Las fuentes del yo, en Álvarez Teijeiro, 2000: 189).

Siguiendo la concepción de Taylor, en este trabajo se considerará como basal la idea de la "urdimbre de la interlocución" (ibídem) como fuente interdependiente para la construcción social de identidades personales, grupales e institucionales, siempre a partir de la manifestación dialógica de la naturaleza humana.

Este carácter relacional del hombre postula que el individuo no adquiere directa conciencia de su identidad por un proceso autónomo y aislado, sino en concreta relación con los denominados "otros significantes". La identidad personal y colectiva siempre viene definida "en diálogo con las cosas que nuestros otros significantes desean ver en nosotros, y a veces en lucha con ellas" (el destacado es de los autores de este trabajo y obedece a que más abajo se abordará el concepto de la construcción de la realidad simbólica y la creación de legitimidades como una pugna entre subsistemas sociales), (Taylor en Álvarez Teijeiro, op. cit.: 190). La creación de identidades posee un eminente carácter narrativo.

Pero el empleo del lenguaje no puede darse sino en un contexto común que lo ponga en práctica y oficie de soporte para la construcción simbólica de realidades abstractas entendidas como comunes y comprendidas a escala social. Aquí se debe retomar la búsqueda de un fundamento teórico para la existencia de ese lugar común en donde la lengua sea una herramienta de cohesión social para la producción de esquemas tipificados que posibilitan aprehender la realidad.

En primera instancia, es precisamente la alteridad, definida como la presencia del otro, del interlocutor necesario, la que se presenta como el puntapié inicial para la aparición y sostén del espacio público. Esta esfera de existencia mutua, la pública, es el espacio que "queda constituido por el hecho de que el sujeto humano necesita aparecer ante la alteridad para saber de sí" (Álvarez Teijeiro, op. cit.: 237). En este sentido, la calidad de la vida pública queda sujeta al tipo de interlocución que los individuos establezcan entre sí.

Pero la emergencia social de este espacio público surge no sólo de la naturaleza dialógica del individuo sino además de la predisposición del hombre a la gestación de relaciones políticas en la esfera de acción común. Según la visión de la alemana Hannah Arendt, la política nace en el entre-los hombres, gracias a su característica sociable (Arendt, op. cit.: 31). En este sentido, la esencia del fenómeno de la política es el espacio que surge en la relación con los demás. La política se basa en el hecho de la pluralidad de los hombres. Arendt estima que "la política surge en el entre y se establece como relación" (Arendt, op. cit.: 46). Sí la "relación" es el lugar de emergencia de la política, ergo la política es consecuencia del carácter dialógico del hombre. La política es dialógica por definición.

El concepto inmediatamente anterior constituye, al parecer de David Mathews, el basamento de una auténtica democracia ya que "la forma más básica de la política es el diálogo acerca de [las opciones] que redunda[n] realmente en el interés público. […] La calidad de la democracia depende de la calidad de este tipo de diálogo público. Cambiar la calidad del diálogo público empieza a cambiar la política" (Mathews, Política para el pueblo, en Álvarez Teijeiro, op. cit.: 225). Este pensamiento guarda congruencia con lo expresado más arriba acerca de la relación de causalidad entre la calidad del diálogo público y su correspondencia con la vigencia y fortaleza de las instituciones políticas.

En este marco que entiende a la política como el arte del entendimiento y el disenso constructivo entre las partes, será analizado el particular discurso peronista que en parte de sus orígenes doctrinarios ha tipificado a la guerra como la continuación de la política por otros medios, según la célebre definición del prusiano Clausewitz (citada por Perón en Apuntes de Historia Militar, publicado en 1932), y que incluye una definición del adversario político como enemigo susceptible de ser aniquilado. El traslado de conceptos militares y de guerra a la acción política, incluso en el marco de la democracia, ha sido transversal a las distintas manifestaciones históricas del justicialismo, los llamados "tres peronismos" (1946-1955, 1973-1976, 1989-1999). También se ha podido verificar este fenómeno en otras agrupaciones, como organizaciones gremiales, la Juventud Peronista y el movimiento Montoneros.

Pero la apelación a la violencia desde el discurso político no ha sido patrimonio histórico del peronismo. El radicalismo, el llamado "partido militar", el conservadurismo y organizaciones de izquierda han compartido una visión del otro político como un enemigo cuya presencia debía ser suprimida. La democracia, "en tanto sistema de reconocimiento e institucionalización de la legitimidad del conflicto, que ha conseguido expulsar la violencia mortífera del campo político" (Sigal y Verón, 2003: 14), presenta entonces un desafío para el discurso belicoso.

1.1.2. El espacio público

La comprensión antigua del hombre como consustanciado con la realidad política de la comunidad guarda diferencias respecto del ideal moderno del ciudadano cuya libertad e identidad pueden desarrollarse al margen de la vida pública y política, es decir en el ámbito privado, el foro íntimo que el constitucionalismo liberal moderno se ha preocupado por proteger de la injerencia del Estado.

En el marco de la democracia directa y asamblearia de los antiguos (contexto diferente de la democracia liberal moderna), la participación política era directa, circunscrita a la ciudad y el individuo no ocupaba un rol central (no era liberal); mientras que la democracia de los modernos es representativa (detalle que los antiguos consideraban como la negación misma de la democracia), posee dimensión nacional y tiene en consideración al individuo (es liberal) (Sartori, op. cit.: 206).

Estas diferencias conceptuales pueden compendiarse en dos categorías para entender a las sociedades humanas: la organicista, en donde el todo es superior y anterior a las partes componentes (el individuo queda sumido al todo) y la contractual, donde el todo es producto del acuerdo entre las partes, visión según la cual el individuo es anterior al Estado. Si el hombre es anterior al Estado, su esencia es social antes que política; la constitución del espacio político surge del acuerdo entre los hombres. La diferencia entre las concepciones antigua y moderna sobre el ciudadano se encuentra en que los modernos creen que el hombre es más que un ciudadano del Estado. Según esta visión, el ser humano y su libertad no pueden ser reducidos sólo a su ciudadanía (Sartori, op. cit.: 356).

Como observó el italiano Norberto Bobbio, "el Estado liberal y después su ampliación, el Estado democrático, han contribuido a emancipar la sociedad civil del sistema político" (Bobbio, 1984: 28). El individuo como ciudadano ya no se define solamente por y desde la política, sino que su entidad se extiende más allá de ella, su ser no se agota en la política. Si bien el ciudadano moderno no está preso de la política, no es menos cierto que sólo por medio de la política y no fuera de ella, el individuo puede garantizar su libertad; no ya la libertad de los antiguos concebida solamente como un conjunto de derechos políticos a participar en foros, sino como ámbito para preservar sus derechos personales y su esfera privada no alienada con el espacio público.

Ni siquiera para el individualismo liberal el hombre es autárquico sino más bien dependiente en su existencia de otros (como se definió más arriba). La construcción dialógica de la política es una empresa que concierne a todos los individuos en aras de garantizar la convivencia organizada que de otro modo sería caótica. Así, una de las misiones de la política es asegurar la vida en su sentido más amplio, proveer de orden a las relaciones humanas (tal como sucede con la comunicación) al hacer que los lazos sociales dependan fundamentalmente del tipo de intercambio simbólico que protagonizan los actores sociales. "[R]oles y mensajes suponen un marco de referencia que da sentido y previsibilidad a los comportamientos [ya que] los roles y las formas de comunicación preexisten a los actores" (Del Rey Morató, op. cit.: pp. 66-67). La política, con el auxilio de la comunicación, organiza el caos en la pluralidad de los hombres.

Si no existe sociedad civil fuera de la relación con el otro, lo cual constituye una relación de naturaleza fundamentalmente semiótica (Lamizet, 2002: 98), es dable afirmar que la comunicación es la raigambre de las sociedades humanas y, sobre todo, de las sociedades políticas.

La política es producto de esa capacidad comunicativa del hombre; es en gran parte comunicación o, desde una mirada estrictamente comunicacional, la política es una guerra de percepciones. La mencionada "urdimbre de la interlocución" de Taylor es el prerrequisito para el surgimiento de la sociedad política.

Para el semiólogo Emilie Benveniste, "lo que funda la ciudadanía es la existencia de una relación especular. En efecto, el civis latino es a la vez ciudadano y conciudadano: el significado de la ciudadanía no puede separarse del reconocimiento, por parte del otro, de un vínculo social basado en la identificación simbólica" (Benveniste, Le vocabulaire des institutions indo-européennes, en Lamizet, op. cit.: 106). La comunicación como vehículo del intercambio semiótico se presenta como imprescindible para el estatus, en este caso, de la institución del ciudadano. En un período electoral (como el que aquí se estudia) la codificación del discurso político de los candidatos tiene en el adversario un punto de referencia ineludible desde el cual definir sus propios postulados. El lugar que ocupe el contendiente político en la sociedad de que se trate (su personalidad, ideología, pasado político, conexiones con corporaciones), determinará a su vez el posicionamiento que deba adoptar quien se presenta como una alternativa.

Es imprescindible definir desde el campo teórico en qué consta ese "espacio entre" (Zwisechen-Raum de Arendt) que es posible gracias al intercambio simbólico de los individuos y en donde surge la política. Desde una concepción holística, es en este "espacio entre" donde tienen lugar gran parte de los asuntos humanos.

Este espacio es necesariamente público en dos sentidos: primero, porque esta esfera es asistida por una pluralidad de hombres que se necesitan mutuamente para definir identidades y coadyuvar en la constitución de la sociedad; segundo, porque en este trabajo también se entenderá por público lo que etimológicamente designa el vocablo en su origen latín, es decir, lo referido a los temas de la res publica, las cuestiones que revisten interés público y son atinentes a la gestión de gobierno (en todos sus niveles; local, regional y nacional) con implicancias sobre la calidad de vida de los ciudadanos. Siguiendo el silogismo, entonces la democracia sólo es posible en el marco de lo público y de la publicidad de las cuestiones de gobierno ante los ciudadanos. La vida pública será el mecanismo que ponga en práctica a la democracia.

La aparición o delimitación teórica del público como actor social que modifica constantemente las relaciones de intercambio entre los protagonistas de la comunicación pública supone la publicidad. No es posible la existencia del público sin publicidad (al menos desde el pensamiento republicano), de modo que, todo cuanto obstruya o inhiba el desarrollo de la publicidad disminuye el rol de la opinión pública en su continua búsqueda de injerencia en las cuestiones de interés general. Y, si es dable acordar que tanto el sistema de medios como el político pueden deliberadamente deformar o falsear la realidad en sus lecturas cotidianas de los acontecimientos (Marini y Zotta, 2003: 313-318), se produce aquí el acoplamiento con lo arriba señalado acerca de la correlación entre la calidad de la vida pública y el tipo de interlocución predominante en la sociedad de que se trate. No en vano Robert Dahl (1998) ubica a las "fuentes alternativas de información" entre las instituciones de la democracia que permiten el conocimiento del ciudadano sobre su gobierno y sociedad.

La tradición occidental ha consagrado varios modelos de espacio público dentro de los cuales se desarrolla la vida política. Entre ellos los modelos griego, romano, cristiano, socialista, burgués y posmoderno. En este trabajo tomamos como referencia los modelos griego y burgués. Estas dos concepciones, si bien no agotan descriptivamente las características del actual espacio público altamente mediatizado (que incluye las denominadas "nuevas tecnologías de la comunicación" que han alterado el tradicional modelo lineal, difusionista y masivo de la gran comunicación del siglo XX), ejercen una considerable influencia teórica sobre la que abrevan las concepciones contemporáneas que proponen nuevas definiciones del espacio público.

A partir del contexto griego clásico, la idea de espacio público hace referencia a la plaza pública, ágora o asamblea en donde los ciudadanos, en su condición de tales, se reunían para debatir sobre los asuntos concernientes al gobierno de la comunidad. Para este modelo lo público era sinónimo de lo político y se distinguía de la esfera privada resumida en el concepto de domesticidad, en donde este esquema admitía incluso la dominación y la ausencia de libertad individual (Ferry, 1998: 13). El acceso al mundo público común a todos los miembros de la polis se daba únicamente al alejarse de la existencia privada y de la pertenencia al ámbito de la familia.

Sin embargo, lo público ya no es la plaza ni la asamblea ni tampoco resulta topográficamente delimitable. En gran medida, la delimitación del actual espacio público se encuentra hoy determinada por los confines de la cobertura que los medios realizan de la realidad social. Además, el llamado "orden de la domesticidad" o de lo privado no está hoy como otrora desterrado de los tópicos de interés del espacio público sino, por el contrario, características de la vida privada son hoy presentadas (publicadas) para completar, mejorar o entorpecer la comprensión de la personalidad de sujetos públicos, tal el caso de políticos y artistas.

En cuanto al modelo de espacio público entronizado por la Modernidad con el impulso de la Ilustración del siglo XVIII, esta esfera era producto y tenía por núcleo la autonomía privada de la conciencia individual de los particulares que manifestaban sus críticas sobre las cuestiones públicas. Instruida por la creencia en una opinión pública con autonomía moral como emancipada y la soberanía de la razón (conceptos pilares de la Ilustración, con referencia incluso a las doctrinas calvinistas y luteranas como inculcadoras del principio según el cual los individuos son dueños de sus propios destinos), este modelo de espacio público tenía pretensiones de alzarse contra el poder que emanaba desde "arriba", del Estado.

El esquema de la modernidad identificaba directamente el concepto de espacio público con el de sociedad civil como revelada y ascendida desde el estado de minoría al de mayoría protagonista. Su principio fundador descansaba sobre la facultad de la argumentación pública y "la discusión racional dirigidas sobre la base de la libertad formal y la igualdad de derechos" (Ferry, op. cit.: pp. 15-16) (Price, 1992: 24).

Por su parte, el espacio público y político contemporáneo incorpora un nuevo actor que imprime una diferenciación cualitativa que lo distancia de sus dos modelos precedentes: la aparición de los medios como intermediarios y hasta hacedores de la nueva esfera pública. Según sean sus intereses económicos y políticos, los medios como empresas privadas ingresan a los acontecimientos de la vida pública ya no para relatarlos sino para "escribirlos". Esta concepción postula a los medios como el dispositivo institucional del que se vale la sociedad para presentarse a sí misma, en su carácter de público, con los múltiples aspectos de la vida social, incluidas las cuestiones de la vida privada como protagonista de la nueva esfera de los medios (Ferry, op. cit.: 19). La presencia de lo privado en el terreno de la discusión pública no necesariamente significa, tal cual postula Álvarez Teijeiro, la "abolición de la esfera pública" (op. cit.: 31) sino, por el contrario, la atención a lo doméstico bien puede servir de punto inicial para debates de cuestiones que trascienden hacia el ámbito de lo público como el caso de las conductas privadas de un juez federal o del mismo Presidente de la Nación.

En este tercer modelo de espacio público, lo "mediático" es entendido como lo que mediatiza la comunicación de las sociedades consigo mismas y entre sí, es decir que cuando se habla de los medios como co-constructores de la esfera pública contemporánea no se los señala como elementos autónomos respecto de la sociedad -y por esto con facultades coercitivas o de dominación sobre el conjunto social- sino más bien cono una de las tantas manifestaciones de la sociedad, en este caso, una de las más importantes tratándose de la génesis y reproducción de la esfera pública.

Una de las principales diferencias de este nuevo espacio respecto de su antecesor modelo ilustrado e históricamente burgués radica en que ahora la esfera pública mediatizada ya no obedece a las fronteras nacionales de la sociedad civil ni su impulso es el imperio de la razón. Las reglas del espectáculo y la emoción, propias de las características de algunos medios, predominan ahora sobre la otrora reivindicada racionalidad y lógica argumentativa.

En este nuevo espacio se dan cita una multiplicidad de actores, entre ellos los ya mencionados medios de comunicación, que conforman la dinámica que hace posible la constante renovación de la esfera pública, la apertura y cerrazón de procesos políticos y sociales de discusión. En este marco, se entenderá aquí por espacio público y político lo que Heriberto Muraro (1997: 63) reconoce como "el `lugar´ de competencia entre diferentes tipos de actores que toman la palabra para debatir cómo debe organizarse la sociedad". Como se observa en la cita precedente, Muraro acompaña el vocablo lugar con un par de comillas para denotar el sentido figurado del término ya que, según se expuso más arriba, no es posible delimitar topográficamente la localización del espacio público y político aunque sí es dable hallar en los medios uno de sus escenarios predilectos de desenvolvimiento. El designado "espacio" responde más a una metáfora social que a una realidad empíricamente verificable. Como sostiene el mismo autor, "el resultado de estas interacciones a través de los medios es que las páginas de los diarios, los noticieros y los programas de opinión de radio y TV dejan de ser los instrumentos de difusión del contenido de debates ocurridos en otros ámbitos, para pasar a ser el lugar mismo donde ocurren" (op. cit.: 78).

La definición de Muraro abre la consideración de varios ítems. El aludido concepto de competencia no debe ser tomado en un sentido estrictamente literal. Si bien entre los actores que conviven en este espacio existe una clara confrontación por la definición simbólica de la realidad social y por atributos de legitimidad y estatus que permitan dichas definiciones, también la competencia ha de ser considerada como un tipo de cooperación, colusión y hasta complicidad entre los actores. Los términos de la relación no siempre se plantean como antagónicos sino a veces como complementarios.

Los actores protagonistas del espacio público y político son multi-sectoriales, es decir que surgen de diversas parcelas de la sociedad. Entre ellos se localizan los ciudadanos en su doble carácter de perceptores y a la vez constructores del espacio en que cohabitan con el resto de los actores. Aquí se disiente de manera parcial con Heriberto Muraro acerca del rol de los ciudadanos en este contexto. Para el autor, "cada uno de estos actores [los del espacio público y político] se esfuerza por persuadir a los demás protagonistas [...] buscan volcar en su favor a los ciudadanos que, a manera de espectadores, se asoman periódicamente al espacio público" (op. cit.: 63). Si los ciudadanos no son más que espectadores, contempladores de un espacio público al que se acercan con cierta periodicidad, pues entonces es dable deducir que este espacio se ubica fuera de ellos y que no los contiene completamente o, en el peor de los casos, que este espacio es sólo una entelequia urdida por un selecto grupo de actores que pone a consideración del ciudadano-espectador un producto ya manufacturado. Según consideramos aquí, el ciudadano no se encuentra al final de la cadena comunicativa y, en su rol de perceptor, es a la vez co-constructor activo del mencionado espacio.

El espacio público es esencialmente un complejo sistema de intercambio de reconocimientos entre actores de diversas o iguales competencias. Un proceso altamente dinámico de constante convergencia y divergencia, consenso y disenso entre políticos, periodistas y ciudadanos que se funden y separan entre sí en torno a temas no sólo de interés colectivo. Es a la vez aquel espacio que hace posible la relación especular referida más arriba por Benveniste, relación en la cual los actores que se ven reflejados edifican sus identidades individuales a partir del intercambio simbólico colectivo.

Pero no sólo la palabra o la capacidad discursiva de los actores permiten la creación de identidades en este contexto compartido.

Una de las funciones del ámbito público, a partir de la competencia de actores, es la de destacar los sucesos humanos al proporcionar un espacio de visibilidad en el cual los actores pueden ser vistos y oídos y revelar mediante la palabra y la acción quiénes son. De modo que el espacio público y político se presenta como el "lugar" de reconocimiento, incluso, de identidades comunes que abarcan y trascienden las individuales. En 1953, con su estudio de los vínculos entre comunicación y nacionalismo, Karl Deutsch sostuvo que "la estructura relativamente coherente y estable de recuerdos, hábitos y valores" que definen identidades locales, regionales o nacionales, "depende de las facilidades existentes para la comunicación social, tanto del pasado como entre contemporáneos" (Deutsch, Nationalism and Social Communication, en Schlesinger, 2002: 35).

Este concepto une la estructura de comunicación social que regula el intercambio simbólico con la identidad nacional de las sociedades. Aquí se retoma directamente la idea antes expresada sobre la relación de causalidad entre el tipo de interlocución o diálogo público y la calidad de las instituciones que median la convivencia ciudadana, entre ellas las instituciones de la democracia. "Las naciones y los estados-naciones están fuertemente unidos por sus estructuras sociales de interacción comunicativas. Las sociedades se mantienen unidas desde adentro por la eficacia comunicativa, la complementariedad de las facilidades comunicativas adquiridas por sus miembros. Incluso la idea de nacionalidad es vista como resultado de la cohesión estructural que se obtiene a través de la comunicación social (Schlesinger, op. cit.: 36), aquélla que tiene lugar en el espacio público, y varias veces instrumentada por el poder político para la constitución de los Estados nacionales y construcciones de identidades ciudadanas, como el caso de la Argentina del siglo XIX según los estudios de Oscar Oszlak y Tulio Halperín Donghi. El discurso y las relaciones interpersonales por él establecidas han de ser el terreno mismo de constitución de lo social.

La ya referida naturaleza relacional del hombre deriva en una instancia de encuentros y reconocimientos donde los actores desempeñan actividades de operación semántica a partir de relaciones de competencia, sea por legitimidad, estatus, poder o facultades para obtener el monopolio de credibilidad en la definición pública de la realidad social. No en vano anteriormente se subrayó el carácter de lucha que comporta el diálogo en aras de la definición de la identidad de los interlocutores. En este mismo sentido, el espacio público y político es entonces a la vez dialógico y agonístico. Como se verá en el apartado 1.1.3, en la comunicación política se produce la lucha por el poder entre los distintos grupos sociales.

La naturaleza del espacio público como red de intercambios simbólicos será estudiada sobre la base del planteo formulado por Mijaíl Bajtin, quien define el dialogismo desde considerar que

"La expresividad de un enunciado nunca puede ser comprendida y explicada hasta el fin si se toma en cuenta nada más que su objeto y su sentido. La expresividad de un enunciado siempre, en mayor o menor medida contesta, es decir, expresa la actitud del hablante hacia los enunciados ajenos, y no únicamente su actitud hacia el objeto de su propio enunciado [...] Un enunciado está lleno de matices dialógicos" (Bajtin, Estética de la creación verbal, en Landi, 1987: 185).

Aquí no se hace referencia al dialogismo sólo como un modelo de doble sentido de intercambio de palabras y de racionalidades tal como se lo presentaba durante el Siglo de las Luces, que entronizaba el carácter divino de la Razón como guía rectora de un espacio público responsable y maduro. Incluso más allá de su origen etimológico, no tiene solamente un doble sentido de intercambio, sino múltiples; la comunicación en esta arena se presenta como multidireccional y lo intercambiable no son ya sólo "palabras y racionalidades", sino también emociones, imágenes, figuras, acciones. Ya no es la razón la condición sine qua non para concebir el diálogo pretendido por entonces. Para la tradición racionalista, como observa Gilles Achache (1998: 116), una imagen no es dialógica, por lo que siempre resulta sospechosa al tener menos sentido que vigor y requerir más ser sentida antes que comprendida; por dirigirse a nuestra sensibilidad, es decir, a esa dimensión psicológica que, según el racionalismo, no depende precisamente del espacio público.

La progresiva desintegración del paradigma racional como ideal del optimismo liberal moderno acelera la lógica del conflicto, el enfrentamiento y la polémica como combustible que mantiene en permanente mutación al espacio público. Jürgen Habermas, uno de los filósofos alemanes para quien el proyecto de la Modernidad tiene futuro aún, ha escrito que "las leyes, promulgadas bajo la `presión de la calle´, difícilmente puedan ahora entenderse como normas emanadas del razonable consenso entre personas privadas que polemizan en público" (Habermas, 1971: pp. 136-137). El espacio público es un terreno de disputas; no se trata ya sólo del ámbito de hegemonía de la razón sino más bien del conflicto entre grupos y subsistemas sociales, entre ellos el político, mediático, judicial, ONG, partidos, etc.

En cuanto a la variable agonística del espacio público, ésta comprende la arriba enunciada competencia entre actores por lugares de poder y legitimidad dentro del espacio en el que interactúan. En el plano de la teoría, tres son los modelos posibles de espacio público que grosso modo se pueden delinear, a saber: el legalista, que tiene por centro el sistema legislativo como coordinador y regulador de la cohabitación ciudadana; el discursivo de Habermas, que eleva a la razón como árbitro del intercambio de sentido en la discusión pública; y el modelo agonístico de Arendt que define el espacio público como "competitivo en el cual el sujeto disputa en busca de reconocimiento, de precedencia y de aclamación" (Teijeiro, op. cit.: 29). De ellos, el agonístico es el modelo que más se aproxima al propósito de este estudio.

De aquí en adelante, la concepción teórica del espacio público como agonístico permitirá delimitarlo como un genuino lugar de encuentro que, como consecuencia de la competencia entre los actores que intervienen, se sucede la existencia de una zona entre la comunicación orientada al dominio y la conquista de espacio reales y simbólicos (en donde se incluirán los posicionamientos de imagen en la mente de los perceptores a partir de técnicas de marketing político), y la tendencia hacia la publicidad (el develar, manifestar o revelar) como impulso que se desplaza en sentido contrario al anterior, el del dominio.

1.1.3. La comunicación política

Es en el marco de este espacio público en constante mutación donde los actores establecen canales de comunicación que hacen posible un cierto orden y grado de previsibilidad en medio del caos semiótico que se produce en la generación, difusión, recepción, percepción y reacción frente a los mensajes públicos. Entre estos canales comunicativos interesa estudiar los regulados por la comunicación política, concepto analizado en el presente trabajo.

Al contrario de la habitual opinión despectiva que de la comunicación política se arguye (como considerarla causa de la banalidad de la actividad política), vindicamos aquí este tipo de comunicación como una de las condiciones necesarias para el funcionamiento de nuestro espacio público, desde hace décadas ampliado por la acción y presencia de los modernos medios de comunicación.

La actitud de establecer una relación de correlatividad entre comunicación política y degradación de la acción política, encuentra parte de sus orígenes en la Grecia clásica en donde la actividad del sofista, señalada como nociva desde la filosofía por Sócrates y su discípulo Platón, convertía a la política prácticamente en una cuestión de retórica enunciativa, un sortilegio de las palabras. Si bien ya en los tiempos pre-modernos, incluidos Julio César y el acta diurna, la expresión "comunicación política" designaba, en una visión limitada, el intercambio de discursos políticos; los fenómenos totalitarios surgidos con el comunismo ruso y el nazismo alemán del siglo XX terminaron por identificar estrictamente la comunicación política con el concepto de propaganda.

Aunque la propaganda es una de las herramientas de la comunicación política, de ningún modo ésta se reduce a aquélla. Esta distorsión deliberada e interesada de partidocracias que constituyeron la negación misma de la política contribuyó a separar conceptualmente acción y discurso en política, como dos instancias diversas y hasta antitéticas. Así, la acción fue considerada como la noble y deseable tarea de la política, mientras que el discurso no gozaba de semejante legitimidad por lo que era sindicado como una forma degradada de la política. Este trabajo rechaza tal división como insalvable, cuestión que ya se anticipó.

Según la definición que de comunicación política brinda Dominique Wolton (1998: 31), se trata del "espacio en que se intercambian los discursos contradictorios de los tres actores que tienen legitimidad para expresarse públicamente sobre política, y que son los políticos, los periodistas [como representantes de la institución de los medios] y la opinión pública a través de los sondeos"; la que hace posible la "confrontación de los discursos políticos característicos de la política" (ibídem: 36). Incluso ampliando las variables aplicadas por Aristóteles a su estudio de la poesía (al inicio comentado), la comunicación política puede ser una forma determinada de nominar la realidad política, de construirla y de ordenarla de un determinado modo (Haime, 1988: 25).

Si bien es posible ampliar el espectro de actores sociales legitimados para expresarse públicamente sobre política; la definición de Wolton no deja de ofrecer un válido abordaje inicial al fenómeno de la comunicación política como canal para encauzar el intercambio discursivo público que tiene por objeto un corpus temático vinculado a cuestiones políticas.

Esta observación aportada por Wolton inaugura también la discusión sobre quiénes han de ser los hacedores de la comunicación política dentro del espacio público. Se debe entonces tener en cuenta que la producción de mensajes políticos es una empresa conjunta, idea que retoma el carácter multidireccional del espacio público, ya señalado al momento de referirse al dialogismo. Entre los actores productores, reproductores y perceptores de la comunicación política es posible incluir a los partidos políticos, los ciudadanos, el Estado, los sindicatos, los medios de comunicación, los periodistas, la Iglesia, los asesores de imagen y las consultoras de opinión. Del conjunto de actores mencionados, se estudiará en particular la producción de comunicación política por parte de la díada sistema de medios-sistema político.

Al ser lo público un terreno de disputas entre los sistemas político y de medios, la opinión pública será entonces uno de los actores primordiales sobre el que se apoyarán ambos en su intento por obtener legitimidad y representatividad social necesarias para perdurar en el protagonismo. Se considera a la opinión pública como inseparable de un proceso comunicacional, tanto en su constitución como en su expresión final por los sondeos, ya que al no existir por sí misma, este fenómeno resulta de una actividad social permanente de construcción y destrucción (Wolton, op. cit.: 32).

Pero Dominique Wolton se refiere a los tres actores principales de la comunicación política (periodistas –medios-, políticos y opinión pública) como portadores de legitimación para expresarse públicamente en temas políticos. Cada una de estas legitimidades proviene de un tipo de discurso que es propio y singular de cada uno de los actores según sus funciones, roles y posiciones en el espacio público y según el tiempo histórico de que se trate:

  • para los políticos, la ideología, la acción y la elección de los comicios;
  • para los periodistas, la información (información como categoría que permite el relato organizado de los acontecimientos y la configuración del fenómeno discursivo de la "actualidad");
  • para la opinión pública, los sondeos y las encuestas, una legitimidad de tipo científico-técnico.

El dispar origen de legitimidades de cada actor en la esfera pública deriva en una serie de prioridades para cada uno de ellos que puede conducir a diferencias en las agendas de unos y otros, cuando no a coincidencias: los medios serán sensibles a los acontecimientos; los políticos a las acciones (aunque no exclusivamente); la opinión pública a la jerarquía de temas públicos, sujeta en gran parte a los procesos de tematización impulsados por el sistema de medios, no pocas veces en cooperación con el sistema político, en comunión de intereses.

En este esquema de legitimidades y prioridades, la comunicación política se extiende más allá de un espacio de intercambio discursivo para constituir, como ya se dijo, un espacio de confrontación de diferentes lógicas y preocupaciones (Wolton, op. cit.: 37).

Este reparto de legitimidades en donde los medios acaparan la representación pública de los acontecimientos al re-presentarlos bajo el formato de noticia y re-interpretarlos a partir de otros géneros discursivos como el editorial y el comentario (que analizan los acontecimientos en el contexto de un proceso temporal), comporta por definición el arrebato de privilegios que otrora eran prerrogativas del sistema político y atributos de su legitimidad. Conocer el acontecer de una sociedad, poder anticiparse a él, es una virtud propia de los estadistas y, por cierto, indispensable para la conducción política de grandes grupos humanos.

El poder político se siente satisfecho cuando intuye que puede controlar los acontecimientos que le rodean y que podrían desestabilizarlo o importar una merma considerable en su radio de acción. El discurso político, al establecer sus mecanismos de exclusión e inclusión temática, construye su propio orden semántico en pos de controlar el acontecimiento aleatorio, matizar su impronta de imprevisión; la política suele trasladar su voluntad de verdad al terreno discursivo localizándola en el estadio de la enunciación.

Sobre la base de este control de la realidad y el pasado histórico, se han alzado los paradigmas de gobiernos en sociedades de masas que totalizaban la presencia del Estado o propugnaban una autoridad paternalista omnipresente. Como señala Pierre Nora (en Rodrigo Alsina, op. cit.: 85), "los poderes instituidos tienden a eliminar la novedad, a reducir su poder corrosivo, a digerirlo por el rito [;] buscan así perpetuarse por un sistema de noticias que tiene por finalidad última negar el acontecimiento, ya que el acontecimiento es precisamente la ruptura que pondría en cuestión el equilibrio sobre el cual [ellos] se fundamentan". Hoy el sistema de medios es para los ciudadanos una de las principales fuentes de transmisión de acontecimientos.

La revalorización de la comunicación política como actividad y objeto de estudio, ya no relacionado directamente con la degradación de la actividad política, coincide temporalmente con:

  • el debilitamiento del paradigma de la sociedad de masas;
  • la democracia con una ciudadanía inclusiva a través de la ampliación del voto universal igualitario y el sufragio femenino;
  • el auge de los medios de comunicación masiva;
  • la omnipresencia progresiva de los sondeos como índice para mensurar los tiempos de la política en consonancia con las variaciones de la opinión pública.

De modo que, incluso desde una visión histórica, comunicación y política contemporizan.

Se ha afirmado aquí que la comunicación política es garante de la existencia de la esfera pública en donde se ubica a la democracia evitando (al contrario de lo estipulado por visiones reduccionistas) la destrucción y desaparición del espacio público y político. Y existen al menos dos razones que confirman este postulado:

  1. La existencia de intercambios discursivos gracias a la comunicación política prueba que no existe un antagonismo estructural o insalvable entre los grupos sociales que haga imposible o inviable su interacción comunicativa (Wolton, op. cit.: pp. 40-43). En este sentido, la comunicación política posibilita el intercambio regular incluso entre actores adversarios creando espacios para el reconocimiento del otro (aquí se analizará la construcción de la figura del político a partir de la concepción del adversario). Este punto destaca que los discursos contrarios no conducen a la nulidad de la comunicación. El hecho de entablar relaciones y consensos sociales a partir del disenso es congruente con el espíritu de un gobierno democrático, de modo que la comunicación política es también un elemento insustituible de las democracias modernas.
  2. Si bien la comunicación política desempeña un rol esencial para la existencia de la democracia al garantizar un espacio que torna productivo el antagonismo y la contradicción; la comunicación en ningún punto logra sustituir definitivamente a la acción política sino que le permite su visibilidad, su puesta en común. En este segundo punto se produce la compatibilidad teórica que inicialmente se hiciera notar al subrayar la predisposición de la naturaleza humana hacia la comunicación a partir de la cual tiene lugar el espacio común en donde se gestan las relaciones políticas.

A los fines de este marco conceptual, la comunicación política resulta entonces:

a) una realidad que se torna visible cotidianamente por medio de los discursos que intercambian los actores legitimados para expresarse en materia política;

b) un sistema que implica una nueva instancia o nivel de funcionamiento de la política al permitir la extensión de la democracia (más allá de la existencia formal de la misma) mediante el incremento de los temas que, a partir de su visibilidad pública, deberán necesariamente, en el corto o mediano plazo, ser objeto de tratamiento político según los canales legalmente instituidos por la política;

c) un elemento organizativo del caos político dentro de un marco comunicativo.

Pero lo esencial en esta base teórica es la consubstanciación entre el modelo agonísitco, la comunicación política como reguladora del modelo y la democracia como sistema de gobierno compatible con este contexto. En estos términos, la comunicación política puede ser la agonística de la democracia, no de modo distorsivo sino más bien estratégico, connatural a la democracia, que impulsa los mecanismos de ésta entendida como sistema de gobierno que apunta hacia el consenso político a partir del disenso; que propone un gobierno de la mayoría limitado por las minorías, lo que se corresponde con toda la ciudadanía, con la suma total de la mayoría y la minoría –el principio de la mayoría relativa- (las instituciones y características de la democracia serán analizadas párrafos abajo).

Esta concepción agonística de la comunicación política entiende al adversario no como un enemigo que deba ser suprimido del campo político, sino como un enunciador igualmente legitimado. Armonizadas la democracia y la comunicación política, las condiciones de ésta están al nivel de los problemas, conflictos y mecanismos de una democracia representativa a gran escala cuyos enfrentamientos políticos hoy se verifican preferentemente de modo comunicativo (Wolton, op. cit.: 197).

1.1.4. Democracia y comunicación política

La concepción de la comunicación política que aquí se explora conlleva una visión de la democracia que ha de ser explicitada a los efectos de ampliar la base teórica del presente trabajo.

El concepto de democracia no puede sustraerse de la mencionada capacidad dialógica del hombre que subyace a la construcción de las instituciones políticas y sociales. En este sentido, la democracia será entendida como el sistema político que idealmente ofrece las garantías, igualdad de oportunidades y equidad social necesarias para el desarrollo de las capacidades y potencialidades particulares de los individuos que componen la sociedad.

Esta definición parte de un marco ético cuyos preceptos morales subrayan la preeminencia del hombre por encima de la organización estatal y que debieran ser válidos para todas las instituciones del sistema democrático, incluso para las prácticas y las consideraciones teóricas de la comunicación política.

La ya aludida visión clásica (griega) de la democracia apuntaba a definir la sociedad como un cuerpo homogéneo de ciudadanos con creencias análogas acerca de lo que debería ser el bien común de la comunidad. Hasta el siglo XVII la diversidad fue parangonada con el desorden, la discordia y el mal de los Estados (incluso la visión de Hobbes se apoya en este temor de anarquía y disolución social a partir de la diferencia); y la unidad, en cambio, como fundamento de la comunidad política. Actualmente, y por impulso del liberalismo, la heterogeneidad ya no es tenida en cuenta como factor de riesgo para la integridad del sistema democrático sino, por el contrario, resulta un valor estratégico en pos de cuya preservación se levantan los edificios legales de la democracia moderna. Bien dice Sartori cuando afirma que:

"Las democracias modernas están relacionadas con el descubrimiento de que el disenso, la diversidad y la `partes´ (que se convirtieron en partidos) no son incompatibles con el orden social y el bienestar del cuerpo político, y están condicionadas por dicho descubrimiento [el destacado es nuestro]. La génesis ideal de nuestras democracias se halla en el principio de que la diferencia, no la uniformidad, es el germen y el alimento de los Estados [...] es la democracia liberal, no la democracia antigua, la que está basada en el disenso y en la diversidad. Somos nosotros, no los griegos, los que hemos descubierto cómo construir un sistema político sobre la base de una concordia discors, de un consenso del desacuerdo" (op. cit.: 360, 362).

La democracia, como garante e incluso consecuencia del encuentro de la diversidad, de lo heterogéneo, permite la multiplicación de las divisiones políticas haciendo del conflicto el rasgo que por antonomasia explica la vida en el contexto de este modelo de gobierno y sociedad. La posibilidad de suprimir el conflicto, como constitutivo de la sociedad democrática, no deja fuera la indeseable consecuencia que esto implicaría en desmedro de las libertades públicas (Dahl, 1992: 263).

Democracia y comunicación política avanzan a partir de una lógica que legitima la conflictividad como variable del espacio público y político; en este punto, sus existencias ideales se suponen mutuamente. En el reconocimiento que la democracia liberal hace de la diversidad y del conflicto, activa las estrategias de la comunicación política para conducir los distintos grados de heterogeneidad. Esto evita que la diferencia de posiciones derive en un enfrentamiento sin punto de retorno cuya hipérbole conduzca a la paralización de la misma institucionalidad democrática. La comunicación política, al hacer visible el espacio democrático en donde convive la diferencia, hace del conflicto entre los actores una instancia superadora de las posiciones individuales, en lugar de un juego de suma cero que anule por completo lo distinto, lo heterogéneo e incluso, desde el punto de vista político, la minoría.

El ordenamiento institucional de la democracia implica un conjunto de valores y normas que forman parte de su articulación no ya como ideal, sino como realidad. Para Robert Dahl, el concepto de democracia trasladado al orden descriptivo de lo empírico (más allá del prescriptivo u orden del deber ser, como bien diferencia Sartori en op. cit.: pp. 25-27) se constata sólo en lo que el estadounidense designa con el vocablo de poliarquía, al cual precisa "como un sistema político dotado de seis instituciones democráticas" (Dahl, 1998: 105).

Sin embargo, la visión clásica de la democracia moderna, enfocada únicamente desde la perspectiva de la ciencia política, se ha visto alterada por las consideraciones aportadas desde las ciencias de la comunicación, antecedente que ratifica no sólo el carácter interdisciplinario de la comunicación política sino, lo que es más importante aún, cómo el protagonismo público del sistema de medios ha influido en la forma de entender la democracia en el siglo XXI.

Cuando el francés Alexis de Tocqueville se refería a la "tiranía de la mayoría" como riesgo que se avizoraba en la temprana democracia estadounidense, marcó el rumbo de subsiguientes estudios que señalarían cuán responsables habrían de ser los modernos medios de comunicación en potenciar esa característica de las sociedades.

A más de siglo y medio de La democracia en América (1835-40), Elizabeth Noelle-Neumann en 1974 señaló en su teoría de "la espiral del silencio" que gran parte de los ciudadanos temen naturalmente al aislamiento motivo por el cual, al manifestar sus opiniones, trata de sumarse a la opinión mayoritaria.

Por su parte, Alain Minc observó que "ningún freno puede actuar contra la democracia de la opinión pública y, por consiguiente, la primacía del sufragio universal cede de forma progresiva el paso ante ese ser social enigmático e inaprehensible, que es la opinión pública" (1995: pp. 265-266).

En este interrogante Minc plantea si la democracia se legitima teniendo principalmente como fundamento el sufragio universal o necesita postular una segunda condición, la existencia de una opinión pública tan poderosa que dé nacimiento a lo que el autor francés denomina "democracia demoscópica", embriagada en el imperio de los sondeos, en connivencia con los medios.

Como actores de la comunicación política, la actividad simbólica de los medios participa en la construcción de la cultura democrática de las sociedades, ampliando el concepto de democracia para promover (o pauperizar) un sistema de hábitos y valores ciudadanos que sirve de base para las instituciones políticas cuya vigencia depende de la escala de valores predominante. La democracia se expresa incluso culturalmente como complemento y legitimación de lo instituido por las leyes. Si bien en el caso argentino puede afirmarse que la democracia retornó formalmente en 1983, esto no es óbice para que las prácticas comunicativas autoritarias y antidemocráticas de la última dictadura militar (que, por ejemplo, podrían tener lugar en el foro educativo) subsistieran mucho tiempo después de la festejada vuelta del Estado de Derecho.

La tesis de Carlos Chamorro (2000) a este respecto establece que "bajo determinadas condiciones, los medios (tradicionales o no) pueden ser promotores de la participación ciudadana y la cultura democrática. [En tal sentido,] las funciones específicas que los medios desempeñan en la institucionalización democrática [se podrían resumir en la siguiente lista:] información; transparencia pública; fiscalización de los poderes privados; debate público; derecho de información" (en Vega, 2002: pp. 140-141).

El presente estudio supone, además de una visión de los medios como instituciones que cohabitan con y en el sistema político, una filosofía política de la comunicación que concibe al intercambio simbólico entre los actores y la producción informativa como presupuestos capaces de, cuanto menos, facilitar la vitalidad y colaborar con el sustento de la democracia. La relación entre la producción de noticias (información) y el nivel educativo del ciudadano-perceptor le confiere a los medios, en su rol de productores legítimos del lenguaje noticioso, un papel político estratégico en un contexto democrático.

1.1.5. El discurso político

En el marco de la relación entre comunicación política y democracia, el discurso político es una de las herramientas que hacen posible y dinamizan los procesos de intercambio simbólico. Como ya se indicó anteriormente, aquí se estudiará el discurso político según la definición aportada por Leonor Arfuch, en su doble dimensión de palabra y acción, lenguaje y acontecimiento, lexis y praxis (nosotros preferimos agregar una tercera dimensión: la composición de la imagen). La producción discursiva de los líderes políticos no tiene lugar en un solo tiempo y espacio sino que se enmarca en un campo discursivo temporal que recupera mitos, leyendas y analogías en aras de justificar la valoración y legitimidad de cada enunciado.

En función de las posiciones relativas del enunciador, del adversario y de los perceptores, el discurso político se enmarca en la lista de los discursos productores del efecto de sentido de "verdad", como definió Emilio de Ipola en su estudio sobre la comunicación política del peronismo. Para crear una base de legitimidad en su enunciación que le permita entenderse con los perceptores del mensaje y a la vez marcar terreno de autoridad ante el adversario, el discurso político comporta un contrato de veredicción (1986: 90) con sus destinatarios fundado en la referencia a la figura de un líder carismático, intelectual o sagrado, una ideología, una plataforma programática. Estos elementos del discurso político se orientan a crear un entendimiento o complicidad tácita entre los actores (emisores y perceptores) que forman parte del juego discursivo de la política.

En cada composición del discurso político existen elementos ideológicos, pasionales y lingüísticos que adoptan la forma de colectivos de identificación, lugares comunes, reglas prescriptivas, proscripciones, interpelaciones, componentes programáticos y hasta didácticos. En este trabajo, el discurso político de los dos candidatos justicialistas será evaluado según la clasificación de Eliseo Verón, para quien la palabra política contiene en su definición pública un concepto propio del actor que enuncia, de su antítesis (el adversario) y de los destinatarios que perciben el mensaje. "El campo discursivo de lo político implica enfrentamiento, relación con un enemigo, lucha entre enunciadores. La enunciación política parece inseparable de la construcción de un adversario" (Verón, 1987: 16).

La cuestión referida a la posición y existencia del adversario estudiada por Verón implica que todo acto de enunciación política suponga:

  • que existen otros actos de enunciación reales o posibles, opuestos al propio;
  • que todo acto de enunciación es a la vez una réplica y supone (o anticipa) una réplica;
  • que, a partir de lo antedicho, todo discurso político está habitado por un otro negativo (el adversario) al tiempo que construye un otro positivo (el destinatario del mensaje). Al menos en primera instancia, el discurso político supone dos destinatarios, el positivo y el negativo, aunque en sus enunciaciones los políticos incluyan una pluralidad de destinatarios exentos de mención explícita.

La comunicación política significa al discurso político; objetiva una realidad, una "verdad" política. Para Carlos Mangone y Jorge Warley, la construcción de esta verdad política "aparece allí en donde se produce la confrontación social de los discursos". El discurso político comprende la objetivación de esa lucha que abarca el espacio público agónico y cuyo "contenido más político [...] es poner en juego el poder" (Mangone y Warley, 1994: pp. 27, 28).

Según el ya citado Eliseo Verón, el discurso político exhibe una "pretensión veredictiva" (el mundo posible). "En la medida en que cada enunciado reclama para sí el lugar de la verdad, ése [el discurso político] se transforma en un lugar de combate [el destacado es nuestro] donde el ‘decir verdadero’ de uno no es sino la capacidad para descolocar al otro" (Verón, en Mangone y Warley, op. cit.: 17).

En el caso del discurso político electoral de dos justicialistas, el común origen partidario bien puede representar un escollo a las posibilidades de construcción simbólica del adversario en tanto que en este particular contexto las flaquezas del "otro" pueden terminar por generar un efecto de identificación negativa con la figura de quien enuncia.

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