"Capitán Hierro"
Santiago Salcedo
Barcelona 1998

Partes: 1, 2, 3
  1. Sinopsis
  2. Epígrafe Nº 1
  3. De como me reconoció hijo don Pedro Sarmiento
  4. A la búsqueda de "Terra Australis"
  5. Regreso de don Pedro Sarmiento a Lima
  6. En lucha con el corsario inglés Francis Drake
  7. Su última hazaña
  8. Epígrafe Nº 2

SINOPSIS

En este relato, el protagonista es Pedro Sarmiento de Gamboa, sobre el que, tanto su origen de nacimiento como su fecha, no está claro. Algunos historiadores dicen haber nacido en Pontevedra (Galicia) y otros en Alcalá de Henares (Madrid) entre los años 1532 al 1539.

Fue un estudioso de las matemáticas, la cosmografía, las lenguas clásicas como el latín y griego, así como un audaz navegante y un valiente soldado, que se enfrentó al temido corsario inglés Drake en el Pacífico Sur, haciéndole huir de aquellos mares en donde se había enseñoreado pirateando sus costas.

Organizó y preparó una expedición a la tierra que los nativos de aquellos lugares del Pacífico Sur llamaban "Terra Australis" -La actual Australia-, descubriendo un archipiélago que bautizó con el nombre de "Islas del Nombre de Jesús" y que posteriormente Álvaro de Mendaña cambió por el de Salomón diciendo que esas lejanas islas eran, nada menos, que donde el rey Salomón bíblico había escondido sus tesoros, con el fin de atraer el interés por aquellos nuevos territorios. Sin embargo, la historia en este punto ha sido injusta con él; puesto que Álvaro de Mendaña, reconocido navegante español, fue puesto al frente de esta expedición a Terra Australis como capitán general, en 1567, por ser sobrino del Gobernador del Perú, cuando solamente contaba unos 22 años. Fue sin ninguna duda Pedro Sarmiento, como almirante de esta expedición y experto navegante, el que descubrió ese archipiélago, aunque las citas enciclopédicas lo sigan asignando a Alvaro de Mendaña.

Posteriormente, en 1581, Pedro Sarmiento fue nombrado gobernador y capitán general del Estrecho de Magallanes con el propósito de que encontrara un paso desde el Pacífico -entonces llamado Mar del Sur- al Atlántico. Estrecho que por la complejidad de sus canales hasta aquel momento, solamente disponían de cartas de navegación para entrar en el Océano Pacífico. Para volver a la Península desde Perú, tenían que ir hasta la hoy Panamá, cruzar a pie el istmo -llamado entonces de Darién- y luego embarcar en el puerto "Nombre de Dios" situado en el golfo, también, llamado de Darién ya en el Atlántico. Con bravura y voluntad de hierro inigualable, logró su objetivo. Hoy, a los que visiten aquella zona del cono sur del continente americano, conocida como Tierra de Fuego, podrán ver una placa y monumento conmemorativo de esta hazaña en el canal principal de este estrecho, aún llamado de Magallanes.

Registro general de la propiedad intelectual

Número: 1999/08/25273 Número de Inscripción 02 / 1999 / 6915 sección 1 / Número R. P. I (nº registro propiedad intelectual) B-36042

Finalista II premio literario "Nostromo" 1.998. Univ. Naútica Barcelona

EPÍGRAFE Nº1

El 19 de noviembre de 1967 estaba visitando la catedral de Lima, en Perú, dentro del programa que me había autoimpuesto, como recorrido obligado para el mejor y mayor conocimiento de los vestigios arquitectónicos, en general, de la colonización hispana en aquellas latitudes. Conocimientos, por otro lado, necesarios para el libro que estaba escribiendo, titulado "Las Dos Culturas" y que era el causante de que me encontrara en aquel grande y hermoso país.

Cuando salí de la catedral de Lima, me dirigí al antiguo barrio español, deambulando sin ningún rumbo fijo por una y otra calle, mirando y remirando todo lo que despertaba mi curiosidad. Habían transcurrido un par de horas largas de caminar sin parar, cuando me encontré en un estrecho pasaje frente a una pequeña tienda en la que, sobre su puerta como único título, se leía: "LEGAJOS Y VIEJOS LIBROS". Entré atraído por el insólito aspecto de aquel lugar. Éste se trataba de una reducida estancia en cuya parte derecha, una diminuta ventana hacía las veces de escaparate, por donde penetraba, a aquella hora de la tarde, una ancha banda de luz que iluminaba unas estanterías repletas de libros y legajos, atados con cintas de diversos colores.

Nada más entrar, recibí el saludo amable de un anciano que me preguntó por el motivo de mi visita, en un castellano de otra época.

-Dios os guarde, señor. ¿En qué os puedo servir?

-La... la... verdad es que no me trae nada en concreto, -le respondí un poco sorprendido-. Me ha llamado la atención el aspecto de su establecimiento. He imaginado que estaba en la Lima del siglo XVI y que al entrar, me iba a atender un personaje de aquella época.

-Pues casi, casi lo acertáis, caballero. Porque esta tienda ha estado abierta desde el año 1.610. Y ha ido pasando de generación en generación hasta llegar a un servidor,

-respondió al mismo tiempo que enderezaba más su encorvado cuerpo y encendía su cara con una expresión muy viva.

-Soy escritor y estoy de paso por Lima, buscando información para mi libro. Me he metido un poco a la aventura por esta parte antigua de la ciudad, tras las huellas de los que vinieron de más allá del mar. He visto su pequeña tienda y me he dicho que quizás aquí adentro, podía encontrar algo interesante -especifiqué con más detalle, al ver el interés del anciano-.

-Podéis mirar lo que vuestra merced desee. Si lo hacéis por aquellas estanterías, puede que halléis algún documento antiguo; porque hace años, yo diría siglos, que nadie ha osado hojearlos;

-indicó, muy expresivamente, un lugar del pequeño establecimiento que, en aquellos momentos, estaba alumbrado por un rayo de sol que se colaba por la única ventana que tenía.

Haciendo caso de su consejo, tal vez porque como estaba intensamente iluminado, me resultaría mucho más fácil su búsqueda, me enfrasqué en la tarea de ir tomando algunos viejos tomos, a los que tenía que palmotear como si fueran viejos amigos, no sé si para despertarlos de su profundo olvido o para quitarles el polvo acumulado a través del tiempo.

La operación se fue repitiendo: coger libro, palmotear, hojear y dejar. Así uno y otro, siguiendo la zona alumbrada por el sol siempre cambiante. Guiado por su luz, pues, y nunca mejor dicho, llegué hasta el final de la estantería. Cuando iba a abandonar la comodidad de la claridad solar, disponiéndome a dejar en su lugar dos viejos libros que hablaban sobre la rebelión del inca Tupac-amaru, me atrajo uno de tapas de piel sin girar, que estaba caído detrás de donde había sacado estos dos y que por fortuna, gracias a esta operación, había quedado a la vista. Digo por fortuna, porque la historia que cuento a continuación, tiene su origen en este hecho fortuito.

Mis manos tomaron el viejo libro con la punta de los dedos pulgar e índice. Era tal el polvo acumulado, que de no hacerlo de este modo, me hubiera ensuciado toda la mano. Antes de servirme de él, me agaché hasta casi a ras de suelo y lo golpeé por varias veces contra la pata de la misma estantería, hasta hacerle vomitar y arrojar lo que había sido por muchos años su único alimento. Me erguí lentamente y cuanto alcancé la vertical, me moví hasta ser bañado de nuevo por el luminoso haz de sol, que se había alejado hasta la pared próxima. Me apoyé sobre la misma y lo comencé a ojear. Lo primero que vi al abrir su tapa de piel que aún conservaba parte del pelo del animal al que perteneció, fue que se trataba de un manuscrito en cuya tapa se leía el siguiente título:

VERDADERA HISTORIA DE DON PEDRO SARMIENTO DE GAMBOA

Éste título iba acompañado de ésta nota introductoria:

"Esta historia escrita por mí, Pedro Sarmiento Yupanqui, hijo de don Pedro Sarmiento de Gamboa y de la princesa inca de nombre Aimara, cuenta las hazañas realizadas por mi padre a lo largo de su vida; aventuras de las que fui testigo personal y parte activa en la mayoría de ellas".

Lima, octubre de 1597 a mis treinta y nueve años.

 

DE COMO ME RECONOCIO HIJO, DON PEDRO SARMIENTO DE GAMBOA.

Quiero comenzar este relato, que trata de un singular y destacado personaje dentro de los grandes hombres de la historia de España y América: Don Pedro Sarmiento de Gamboa, relatando algo que me atañe muy personalmente. Algo que considero la causa fundamental de que haya decidido escribir los hechos y aventuras de este insigne hombre aquí en América. La relación de cómo llegó a mi mano el valioso documento, en el que don Pedro Sarmiento de Gamboa reconoció su paternidad sobre mi humilde persona. Acción que lo enaltece aún más porque supo, al final de su vida, hacer justicia sobre un acontecimiento que había ocultado para evitar males y desgracias a nuestra familia.

Lo que narro a continuación, es lo que me contó personalmente Antón Pablos, tal como salieron de la boca del inseparable servidor y amigo de don Pedro Sarmiento al que encargó tan importante misión. En ella, como verán, empeñó su vida y aún su honra, para cumplir el último deseo de mi padre expresado pocos días antes de morir.

* * *

Costas de Portugal, 1 de Mayo de 1592. Don Pedro Sarmiento de Gamboa navegaba frente a la ciudad de Lisboa al mando de una flota de 11 navíos como Almirante y General, en ausencia del general Juan de Uribe Apallúa, al que le correspondía el mando. Su misión era proteger los barcos españoles que cruzaban el Atlántico, de la rapiña de corsarios y piratas que, atraídos por la posibilidad de conseguir un rico botín, atacaban sin compasión las flotas mercantes que venían de América.

El cargo de almirante o segundo de la flota le había sido conferido el día de la Santísima Virgen del Pilar, 12 de octubre de 1591, después de estar por un tiempo apartado de la mar y sin trabajo fijo, desde que fue liberado de la prisión y cautiverio que tuvo que soportar por cuatro años en Francia.

Ese mismo uno de mayo de 1.592, como empecé diciendo y tal como recordaba, con asombrosa exactitud, su amigo Antón Pablos, don Pedro Sarmiento lo llamó en secreto junto a su lecho, donde yacía enfermo de una extraña dolencia en la nao almiranta.

-Os he hecho venir -le dijo don Pedro Sarmiento- porque presiento que de ésta no tengo salida. Mil y una vez la Divina Providencia me libró de peligros ciento y, ahora, caigo rendido ante un enemigo solapado que me ha arrojado en esta cama de la que soy su prisionero. Yo que hice huir a piratas y corsarios, sucumbo ante el empuje imparable de la enfermedad y el tiempo.

-No os aflijáis, don Pedro, que si Dios lo remedia -le dijo Don Antón Pablos a mi padre para darle ánimos-, volveremos con más bríos que nunca a ocuparnos de los malditos piratas.

-Agradezco vuestros buenos ánimos que sé son sinceros, aunque esta vez serán otros los que tengan que ocuparse de ello. He pedido que vinierais -le dijo don Pedro Sarmiento a su subalterno y amigo, medio incorporándose con gran esfuerzo-, porque os voy a hacer partícipe de algo que es el secreto más celosamente guardado de mi vida...

-Soy todo oídos, -le interrumpió mientras se acercaba casi hasta tocarlo con su cabeza, para evitarle, en parte, el esfuerzo de levantarse.

-Tengo un hijo, allá en Perú, -balbuceó impedido más por la emoción del momento que por la propia enfermedad.

-¿Vos un hijo? -insistió creyendo que deliraba, porque era notorio y sabido entre la marinería y todo el mundo que don Pedro Sarmiento, nunca se le había conocido relación amorosa fija y menos que hubiera tenido hijos.

-Sí, Antón, tengo un hijo fruto de mi unión con una princesa inca, en mi juventud, -le explicó no sin cierta dificultad-. Se llama Pedro, como yo, aunque siempre lo he llamado Pedriño. Ahora tiene 34 años y vive en Perú con su madre, la princesa Aimara, continuando al servicio de Don Francisco de Toledo, Virrey de aquellas tierras. Para evitar males a ellos y a mí mismo, lo mantuve en secreto...

-¡Pedriño! -le interrumpió-. Aquel niño y luego mozo que siempre lo manteníais a vuestro lado, del que hicisteis un buen marino, soldado y escribano como vos. El que nos acompañó en vuestras primeras aventuras y que desde aquella temprana edad nos demostró su valor e inteligencia, sin ninguna duda no otro que vos mismo, -reconoció su amigo- tuvisteis que haber sido su padre...

-Sí, sí; el mismo -susurró emocionado mientras sus ojos dejaban escapar unas mal contenidas lágrimas-.

-Supisteis mantenerlo, pues, en muy buen secreto, porque nadie de los que hemos estado a vuestro lado tanto tiempo, imaginamos tal cosa -le dijo Antón Pablos tras las últimas emotivas afirmaciones de don Pedro Sarmiento.

-Ahora que mi vida se acaba, es el momento de hacer justicia con mi hijo. He redactado un documento que, junto con este mi diario personal, -continuó, sin dar oído al comentario de Antón, mientras de debajo de la almohada sacaba unos legajos- quiero que me prometas que vos, personalmente, os encargaréis de que esto le sea entregado a mi propio hijo Pedro Sarmiento.

Antón Pablos, le juró que por la tan alta amistad que les unía, él, personalmente, se encargaría de realizar su última voluntad. Y tal como se lo prometió en el lecho de muerte a mi padre, así lo hizo y así me lo contó.

A continuación y cogiendo con fuerza la mano de Antón Pablos, le expresó su deseo de morir en alta mar, su verdadera tierra.

-Antón Pablos, mi fiel e inseparable compañero de aventuras, quiero que, al frente de la Almiranta, pongáis rumbo al Perú porque deseo que mi cuerpo descanse, para siempre, en el océano del que soy su verdadero hijo. Ordenad que el resto de la flota recale en Lisboa, en donde deben esperar que se haga cargo de ella el general Juan de Uribe y vos y nuestra nao almiranta, con la tripulación más fiel que os quiera seguir libremente, os dirigiréis mar adentro. Una vez muera me enterraréis en el mar como es costumbre y después de mi muerte quedaréis libre de cualquier obligación salvo vuestra promesa de entregar el diario y el documento de reconocimiento de mi hijo en Perú.

-Estoy deseoso de cumplir vuestra última voluntad y juro por Dios que se hará tal como queréis.

-He redactado otro documento, en el que yo, como Almirante y General en jefe de la flota del Atlántico, os he dado estas órdenes, para que no se os juzgue ni condene por nada de lo que hagáis; puesto que como subordinado mío, estáis obligado a obediencia.

-No hacía falta tal confesión, -le respondió con decisión-, porque por vos y vuestra amistad, estoy dispuesto a correr con todos los riesgos y peligros que sean necesarios.

Según el propio relato de Antón Pablos, éste se adentró en la mar océano, tomando el rumbo sudoeste que por última vez le marcara don Pedro. A los tres días exactos de dejar las costas portuguesas, Don Pedro Sarmiento de Gamboa, murió, en paz con Dios y con su alma. Su cuerpo fue enterrado en la mar, tal como había dispuesto.

Antón Pablos pasó mil peripecias y dificultades sin cuento, que no son tema de la historia que estoy contando; aunque quede su cita como tributo de la fidelidad a un superior y amigo, conducta que le honra y lo eleva a la categoría de los grandes hombres, aunque su aventura particular no tuviera más trascendencia que la de acallar el clamor de una conciencia atormentada, la de mi padre, para mí, siempre, DON PEDRO SARMIENTO DE GAMBOA.

II

A LA BUSQUEDA DE "TERRA AUSTRALIS"

Podría escribir mucho de todo lo que hizo don Pedro Sarmiento antes de llegar a Perú; por habérselo oído relatar a él y a la marinería, en los años que navegué a su lado; pero esos hechos los considero poco importantes si los comparo con las gestas que fue capaz de realizar, cuando se afincó aquí en esta tierra. Los años vividos en los mares Océanos le curtieron como hombre de mar, así como los años de su juventud en Alcalá de Henares y en su Universidad, le dieron los conocimientos humanísticos necesarios para entender y estudiar todo lo que en el continuo marinear iba a descubrir.

He decidido, pues, contar esta historia personal a partir del momento en que comienza a tener bajo su responsabilidad, navíos y personas con las que conquistar y luchar para engrandecer el patrimonio de nuestro rey y señor Don Felipe. Es justo aquí, en Perú, donde se inicia su verdadera historia. La historia de un gran hombre llamado Pedro Sarmiento de Gamboa, nacido en Pontevedra y educado en Alcalá de Henares, hijo de Bartolomé Sarmiento de Pontevedra y de María Gamboa de Bilbao; porque fue en estas tierras, aunque más exacto sería decir mares, donde realizó sus mejores logros. Su primera gran hazaña que merécese destacar en este libro, es el descubrimiento de islas más allá de los 120 grados al oeste del meridiano de Lima, a unas dos mil leguas de nuestras costas.

La existencia de tierras en el Mar del Sur era una creencia generalizada entre los habitantes nativos de la costa occidental de lo que fue el gran imperio Inca. Don Pedro mantuvo numerosos y continuados contactos con los indios de Cuzco y de otros pueblos Incas, de cuya gente se ganó su aprecio y de los que oyó, en sus explicaciones, que, según sus antepasados, existían grandes territorios al sur de este mar océano. Este conocimiento pasó a los españoles y fue tema de conversación y de posibles proyectos de viajes y aventura para la búsqueda de unos ignotos lugares, denominados por ellos "Terras Australis". Pedro Sarmiento fue el primero en tomarse en serio esta posibilidad de descubrir nuevas tierras y elaboró un proyecto para presentarlo a la máxima autoridad, en aquellos momentos, el Gobernador de Perú. Una vez realizado su estudio con todo detalle, no lo dejó enfriar. Su férrea voluntad le hacía no abandonar y retroceder ante una decisión tomada.

El sobrenombre de "Capitán Hierro", con el que luego sería nombrado y reconocido por sus marinos, lo tenía bien merecido. Convencido de la viabilidad del proyecto, pidió audiencia para entrevistarse con el gobernador Lope García de Castro, para persuadirle de que se podía hacer una expedición en busca de tierras más allá del Mar del Sur, antes de que otros países se adelantaran en su descubrimiento. Recuerdo que unos días antes de presentarse ante el Gobernador con ese especial cometido, me tomó a su cargo como paje porque, según dijo a sus amigos, esto le hacía parecer más gentil hombre.

Yo, entonces, tenía nueve años y medio. Muchos años después conocí la razón profunda que le movió a hacer esto: Ser su verdadero hijo y desear tenerme cerca de él, para adiestrarme y enseñarme el arte de navegar del que él era tan gran maestro.

-Excelentísimo Señor Gobernador, -le dijo nada más ser presentado-. Como vuestra excelencia tiene conocimiento, desde hace tiempo vengo tratando con los indios de estas tierras, los llamados Incas, de los que he oído contar historias de nuevos territorios que, según éstas, estarían al suroeste del Mar del Sur. Todos los relatos oídos por mí, en diferentes puntos y poblados, coinciden en esa misma idea. Por ello tengo la certeza de que existen extensas tierras en los mismos límites del Mar del Sur, a las que hemos puesto el nombre de "Terras Australis" por estar situadas al sur.

Ante este hecho, me veo en el sacrosanto deber de ponerlo en antecedentes y proponerle organizar una expedición para descubrirlas y para que sean iluminadas con la luz del Santo Evangelio.

-Humm, no sé. ¿No pensáis que la leyenda sobre la existencia de un continente llamado, según dice vuestra merced, "Terra Australis" -le argumentó el Gobernador- es falsa, como lo son otras que hemos oído contar por estas latitudes?

-Sepa vuestra excelencia, señor Gobernador -insistió don Pedro Sarmiento, que nunca se daba por vencido,- que el inglés merodea por latitudes tan lejanas como nosotros y como tenga conocimiento de tal asunto, no lo dudará dos veces en enviar sus navíos por esos derroteros.

-Sí, sí; pero, como conocéis, nosotros hemos dado la vuelta al mundo -le respondió-; y hemos encontrado tierras muy al oeste de Lima, como las llamadas islas Filipinas, nombradas así en honor a nuestro rey y señor Don Felipe II, para más honra y gloria suya y del Altísimo. ¿No creéis que de haber más tierras hubieran sido descubiertas por algún intrépido navegante español, de los muchos que cruzan esos mares?

-Las Filipinas y otras islas descubiertas que vos decís, están sobre el ecuador, Excelencia. Lo que quizás ignora es que existe un cierto temor a internarse más al sur de esta línea. Los instrumentos de navegación no responden con la misma exactitud que en el hemisferio norte y esto ocasiona desconfianza y, aún, miedo en la mayoría de los marinos. Mi experiencia como navegante de estos mares del sur, me ha permitido rectificar y modificar las agujas de marear, los astrolabios y cuadrantes utilizados para seguir nuestras derrotas de un modo más seguro y exacto.

El Gobernador lo oía con mucha atención, impresionado no sólo por lo que le decía, que era nuevo para él, sino también por la manera de cómo se lo decía. Don Pedro Sarmiento tenía una forma de hablar cálida y profunda que llegaba con fuerza a los que lo escuchaban.

-Dejadme que lo piense -le respondió el Gobernador López García de Castro, mientras su secretario personal, que había estado presente y en silencio, se acercó al oído de éste y le dijo algo en voz baja. Mientras el Gobernador escuchaba lo que le decía, éste se giraba de cuando en cuando hacia don Pedro Sarmiento, demostrando claramente que la conversación se refería a él, porque cuando terminó de hablarle el secretario, se dirigió directamente a don Pedro, y sin rodeos, le preguntó:

-¿No habéis sido condenado por la Santa Inquisición?

-Sí, Excelencia. Aunque ha quedado demostrado que fue una falta, que yo ignoraba que lo fuera y de la que me arrepentí cuando me hizo saber este Santo Tribunal, que lo era. Prueba de mi sana intención de no cometer tal pecado es que pedí consejo, en confesión, al prior dominico Juan de la Cruz, por si hacer tres anillos de la suerte para el Conde de Nieva, vuestro servidor y conocido de su excelencia, podía ir contra la recta doctrina cristiana. Fueron, solamente, los conocimientos de la ciencia de los astros, los que utilicé para este encargo; pero en vista de que la Santa Inquisición lo juzgó pecado, no dudé ni un momento en abjurar en público de estos hechos y destruir todos los escritos sobre estos sortilegios.

Cuando terminó de hablar don Pedro Sarmiento, el Gobernador quedó pensativo. Por un lado parecía bastante interesado por el proyecto y por el otro, estaba lo de su condena. El asunto, pues, quedó visto para estudio y consulta, como le dijo el gobernador Lope García de Castro. Aunque no pasó desapercibido para don Pedro Sarmiento, que la verdadera intención de éste, era pedir información y consejo al Santo Tribunal, para no cometer ningún yerro en un hecho tan delicado. El Gobernador, muy prudente, no quería, por nada del mundo, tener que enfrentarse con la Santa Inquisición.

Al cabo de diez días justos, cuando ya don Pedro Sarmiento empezaba a pensar que su proyecto no habría interesado, fue llamado a palacio donde le recibió muy amablemente el Gobernador del Perú, López García de Castro.

-He hablado con el Santo Tribunal y me han confirmado vuestras palabras -le dijo nada más presentarse ante él-. También se ha decidido -continuó hablando- que se os levante la "pena levis" por la que teníais limitado el movimiento por nuestro Virreinato, porque entienden que el proyecto que proponéis es para mayor gloria de Dios y de nuestro rey Don Felipe.

-Agradezco vuestro interés e influencias por la que se me ha eximido de toda condena y me pongo por entero a vuestra disposición para lo que deseéis mandar, a mayor honra y gloria vuestra y de Dios nuestro señor -contestó don Pedro Sarmiento, expresando de este modo su agradecimiento.

-He decidido -continuó el Gobernador en tono solemne- que se hará la expedición. -Después con acento más distendido añadió- He encargado la compra de dos galeones para este viaje; en cuanto los tengamos, vos mismo os encargaréis de pertrecharlos adecuadamente. Sé de vuestros conocimientos marinos y confío plenamente en vuestra valía como excelente capitán.

Al oír don Pedro Sarmiento la respuesta afirmativa y los elogios del Gobernador, su corazón se llenó de alegría. Sobre todo porque se veía otra vez en el mar, del que llevaba apartado un tiempo, sufriendo la tortura que representa para un verdadero marino, estar alejado de él.

-Sólo hay un pequeño inconveniente -continuó hablando tras una breve pausa-. Es que como habéis sido condenado por la Santa Inquisición no es prudente que os dé a vos el mando de esta expedición que en justicia os correspondería; puesto que la idea ha sido vuestra sin ninguna duda. Por ello he pensado que nombraré General de esta expedición a mi sobrino Alvaro de Mendaña y a vos os asignaré el mando de un navío con el rango de almirante. Además os encargaréis del cálculo de las derrotas que los demás deberán acatar. La nao generala corresponderá, pues, -concluyó expeditivo- a mi sobrino con mando sobre todos como representante directo mío, con la obligación de someterse a vuestras decisiones en las cosas de navegar.

-¿Pero no es muy joven para hacerse cargo de tan difícil empresa? -le objetó don Pedro Sarmiento al escuchar aquella molesta y caprichosa imposición. En el fondo se escondían otras intenciones que él adivinó al instante. La principal, salvaguardar los méritos de los posibles descubrimientos para él mismo, mediante un representante directo suyo, en la persona del joven e inexperto Alvaro de Mendaña.

-Sí, es cierto -reconoció-. Ha cumplido no hace mucho veintidós años y además está a punto de casarse; pero por algo va con vos, que estoy seguro aprenderá de vuestra experiencia y conocimiento tan amplio, en el arte de navegar -lo lisonjeó para que aceptara.

Don Pedro Sarmiento era consciente de su situación y sabía que no tenía otro camino que el de avenirse a las condiciones impuestas por el Gobernador. Oponerse al proyecto le suponía quedarse en tierra y con el estigma de la condena que había sufrido por parte del Santo Oficio, su futuro no era muy halagüeño.

-Si ese es vuestro deseo, Excelencia, que así sea, -habló haciendo una leve inclinación, tras una pequeña pausa en la que don Pedro Sarmiento valoró los pros y los contras de la propuesta del Gobernador.

Tras la aceptación definitiva y las firmas de las correspondientes documentaciones, el Gobernador compró dos navíos equipados para un largo viaje, con una tripulación total de 150 hombres. Uno de los dos navíos, el más grande, se asignó a Alvaro de Mendaña como la nao generala, a la que se le puso el nombre de "Los Reyes". Fue armada con dos culebrinas, situadas estratégicamente en los castillos de proa y popa; con seis cañones en el costado de estribor y seis más al de babor, además de veinte arcabuces. El otro navío correspondió a don Pedro Sarmiento, como la almiranta o capitana con el nombre de "Todos los Santos". Era un poco más pequeño y fue artillado con cuatro cañones por cada banda, más diez arcabuces y una media culebrina amartelada en el castillo de popa y otra en el de proa.

Partimos del puerto del Callao, situado a 12 grados y un cuarto de latitud sur, el 19 de noviembre de 1567. Don Pedro Sarmiento iba al mando de la almiranta y como piloto de ésta y segundo de a bordo, llevaba a su amigo de confianza Antón Pablos al que le unía una buena amistad. Don Pedro Sarmiento, antes de salir, marcó el rumbo que debían seguir la expedición, haciendo uso de la prerrogativa que le había sido asignada por el propio Gobernador del Perú. Yo mismo fui el encargado de llevar, al general Alvaro de Mendaña, la orden escrita de la derrota que debían seguir ambos navíos. Ésta decía con letras destacadas: SIEMPRE AL OESTE, DERIVANDO UN GRADO AL SUR CADA DÍA. Tal como la tomaron y los comentarios que hicieron, tanto Mendaña como su piloto mayor, comprendí que ni a él ni a éste les gustaba recibir órdenes de don Pedro Sarmiento.

Completaban la tripulación de la nao Todos los Santos, aparte de los citados antes, la marinería y tropa compuesta por 60 hombres sin contar a un sobrino de don Pedro Sarmiento llamado Juan Juárez de Quiroga, como grumete y a mí, que era su paje. De los sesenta hombres, veinte eran marinos y el resto soldados a las órdenes del alférez Diego de Mendoza. Y por último, para no ofender la dignidad de toda la tripulación, aunque para don Pedro, estoy seguro que era el primero, estaba su perro llamado Astro, un mastín español de presa que nunca se separaba de él y que le había regalado el Conde de Nieva, como agradecimiento por el sortilegio de los tres anillos, del que ya expliqué lo nefasto que resultó para don Pedro.

En la generala, más grande y pesada, iban, aparte de Alvaro de Mendaña el joven general de la expedición impuesto por su tío el Gobernador, una tripulación de 90 hombres repartidos entre 30 marinos y 60 soldados bajo el mando de un capitán, del que no recuerdo cómo se llamaba, sin contar a su piloto mayor y contramaestre, Hernando Gallego Lamero, hombre con cierta experiencia marinera en otros mares; pero que había navegado poco o nada por los derroteros del Mar del Sur. Antes de embarcarnos le habían oído decir que la ruta que don Pedro Sarmiento quería seguir, era peligrosa y que, además, tenía por cierto que su derrota no nos llevaría a ninguna tierra nueva.

Era el 28 de noviembre y llevábamos tan sólo nueve días de navegación, cuando tuvimos el primer enfrentamiento por el asunto de la derrota, tal como don Pedro Sarmiento había sospechado desde el primer día. Observamos que la nao generala viraba bruscamente en dirección noroeste, sin consultarle ni pedirle consentimiento. Al apercibirse el piloto Antón Pablos de la maniobra, envió al grumete Juan Juárez con urgencia en busca de don Pedro que, en aquellos momentos, estaba en su cámara efectuando cálculos sobre las posibles rutas a seguir.

-El galeón del general Mendaña ha rectificado el rumbo en dirección noroeste -le dijo a don Pedro su sobrino, el grumete Juan Juárez, nada más llegar a su presencia-.

-Es extraño, porque no he notado ningún cambio en los vientos ni nada que les haya obligado a hacerlo y, que yo sepa, no he dado ninguna orden en este sentido, -comentó en voz alta don Pedro, mientras salía de su cámara para encontrarse con su piloto mayor, que era el que se había apercibido de este suceso-.

Como nuestro navío era más rápido que el otro, don Pedro Sarmiento, al comprobar por sí mismo la noticia, dio mandó largar más trapo y acercarnos por barlovento, para saber las causas de aquella repentina actitud.

Cuando estábamos a su altura, separados por no más de treinta o cuarenta pasos, preguntó a don Alvaro de Mendaña, que se había asomado por la banda de babor, avisado por su propia marinería de nuestro acercamiento.

-¿Por qué habéis cambiado el rumbo y no seguís la derrota que yo os di? -dijo don Pedro Sarmiento, levantando bastante la voz para que le oyera mejor-.

-El piloto mayor me ha aconsejado hacerlo, porque cree que si seguimos derivando hacia el sur nos perderemos en rutas desconocidas y peligrosas, en donde dice que no se encuentran tierras que descubrir.

-Eso tengo que decidirlo yo -le gritó aún más fuerte-. El mandato de su tío, el excelentísimo Gobernador, fue que siguieran mi derrota y mi derrota es oeste, derivando un grado cada día al sur.

-Pero aquí y ahora yo soy el general de la expedición y he decidido no consultar vuestra derrota sino la que me marque el piloto mayor Hernando Gallegos -respondió de este modo tan extraño Alvaro de Mendaña herido en su orgullo, porque no quería aparecer ante los demás como que recibía órdenes de alguien que estaba un rango por debajo de él.

Aquello le indignó mucho a don Pedro Sarmiento; pero como le había sido impuesto como autoridad sobre él, se rindió a su orden. Recuerdo su cara y las palabras que le respondió en un tono bastante duro:

-Como mandéis; pero quede dicho que no estoy de acuerdo y que os obedezco no por lo que sois sino por lo que representáis. Tiempo vendrá en que esto se sepa donde convenga y se juzgue en justicia.

Después de esta tensa conversación a voz en grito, de la que fueron testigos marinos de ambos navíos, aflojamos trapo y dio la orden de seguir el rumbo de la nao generala, ante las protestas de su piloto y amigo Antón Pablos, que le costaba aceptar la voluntad del otro piloto. Era sabido de todos que la idea del cambio de ruta no podía haber salido de un inexperto joven de 22 años, sino del piloto mayor Hernando Gallegos, como él mismo había reconocido ingenuamente al principio de la conversación entre Mendaña y Sarmiento.

El piloto no se daba por convencido e insistió ante don Pedro:

-Si seguimos este rumbo, -le argumentó con conocimiento de causa- iremos hacia el norte y nos situaremos en el camino de Filipinas en el que no se encuentran nuevas tierras por ser una ruta bastante conocida.

-Estoy de acuerdo; pero por encima de todo quiero salvar la expedición. Yo sé lo que me ha costado prepararla y convencer al Gobernador de que se hiciera. Estamos cerca de Perú y oponerme daría suficientes motivos para que Mendaña se volviera a Lima. ¿No veis que él ha sido metido en esta aventura a la fuerza?

-Tenéis razón; recuerdo que alguien me contó que don Alvaro de Mendaña había tenido que aplazar su boda por culpa de este viaje, -comentó su piloto mayor-.

-No, no la aplazó. LLegó a celebrar la boda, porque la mujer con la que se iba a casar insistió mucho; pero es como si no se hubiera casado, porque a los dos días tuvo que embarcarse. Lo sé cierto, porque yo mismo estuve en la ceremonia de su casamiento, -aclaró el alférez Diego de Mendoza, que estaba próximo a estos-.

Después, don Pedro Sarmiento le explicó a su piloto algo sobre que el que manda debe de estar preparado para saber obedecer, aún a sabiendas de que los que ocupan un escalafón por encima de uno, son inferiores en conocimientos y experiencia.

Después de este incidente, continuamos navegando durante seis días, manteniendo el rumbo impuesto por la otra nao, sin encontrar nada que destacar. En el fondo, don Pedro Sarmiento se alegraba, porque de seguir durante un tiempo sin encontrar tierras, no tendrían más remedio que aceptar su autoridad sobre el asunto de la derrota que al fin y al cabo le correspondía en buen derecho. Pero tuvieron suerte porque el 4 de diciembre, 15 días después de nuestra partida del Callao, vimos la primera tierra.

-¡Tierra! ¡Tierra! -se oyeron casi al mismo tiempo gritar a los vigías de ambas naos-.

Este hallazgo fue considerado como un triunfo por Mendaña y su piloto Mayor. Como prueba de su entusiasmo se dirigieron a voces a don Pedro Sarmiento:

-¿Veis como estábamos en lo cierto?

Pero don Pedro que había estado viviendo bastante tiempo con los Incas y conocía sus leyendas a fondo, apagó su alegría con la siguiente respuesta:

-Son las islas llamadas por los incas: AUACHUMBI y NIÑACHUMBI, islas que coinciden con los datos que yo tenía sobre su posición a unas 200 leguas del meridiano de Lima y a 14 grados de latitud sur. A estas islas, según la tradición Inca, llegó el héroe TOPAINGA YUPANGUI. -Tras una pausa muy significativa, añadió con mayor fuerza e ironía-. Como veis, no son las tierras que buscamos.

La contundente aclaración de don Pedro Sarmiento fue acogida con algunas risas por parte de la marinería, lo que supuso una nueva ofensa para el engreimiento y orgullo de Mendaña y su segundo de a bordo Hernando Gallegos. Este hecho ahondó aún más su antagonismo contra don Pedro Sarmiento.

Por lo que pudimos apreciar, se trataba de unas islas pequeñas de aspecto rocoso y seco. Don Pedro, demostró mucho interés en bajar a tierra para estudiarlas; sobre todo, por lo que tenía que ver con la leyenda que de ellas, le habían contado. Insistió, pues, ante Mendaña que debíamos reconocerlas por si había algo de importancia; pero dada la tensa situación que había entre ambos, se aprovechó Alvaro de Mendaña para negarse en redondo, creyendo que de este modo, le hacía daño a don Pedro Sarmiento.

-¿No decíais que estas islas no son las tierras que buscamos? Pues continuaremos con nuestra derrota a la búsqueda de más y mejores tierras, -argumentó infantilmente Mendaña, poniendo claramente en evidencia la verdadera razón de su negativa.

Para poco sirvieron los alegatos anteriores de don Pedro. Este encuentro, para ellos providencial, les animó a seguir manteniendo el mismo rumbo que antes, sin hacer caso de las constantes protestas de nuestro capitán.

Se navegó, por un estrecho y profundo canal que separaba ambas islas, sin recalar en ellas. Las islas no tenían mucha vegetación y pudimos ver en la playa arenosa de una de ellas, la que nos marcaba por estribor, muchas tortugas que se movían libremente, entrando y saliendo del agua sin parar.

Después de dejar las dos pequeñas islas por popa, se continuó navegando siguiendo la derrota marcada por la nao generala. Cada día, pues, decaíamos de altura como quedaba reflejado en las mediciones que todos los medios días efectuaba don Pedro Sarmiento, constatando con preocupación que esta circunstancia nos iba aproximando inexorablemente hacia el ecuador. Tenía muy claro que cuanto más nos alejáramos del sur, menos probabilidades tendríamos de encontrar la mítica "Terra Australis". Él se había comprometido con el gobernador Castro y no poder cumplir lo prometido, para un hombre de su entereza y valía, resultaba una tortura.

La situación por la que estaba pasando don Pedro Sarmiento, le indignaba; pero esta indignación no influía en el trato con el resto de la tripulación. Siempre mantenía la misma actitud y trataba a todos con la seriedad y distancia que su cargo exigía. Nunca maltrataba a nadie ni de palabra ni de obra. Bastaba su sola presencia para imponer respeto. A veces, cuando estábamos solos en su cámara, en las largas horas de navegar y navegar, solo rota esa monotonía por la celebración de la Natividad del Señor, el 25 de diciembre, se desahogaba conmigo, su paje, contándome casi como en un monólogo, las ideas que pasaban por su cabeza. Ideas tan disparatadas como la de abandonar al otro galeón y dirigir el suyo hacia el sur con la derrota y las cartas de navegación que él había estudiado. Razones no le faltaban, sobre todo al enterarse por boca del marino Santiago Prieto, de que el piloto de la otra nao, Hernando Gallegos, quería ir a Filipinas, en donde parece ser tenía intereses muy particulares. Por aquellas fechas, habíamos recorrido ya unas 500 leguas desde Callao.

-Le juro que es cierto, Don Pedro; lo escuché, el día antes de embarcar, de boca del mismísimo Hernando Gallegos en la taberna del Español, cerca del puerto, en donde medio bebido, fanfarroneaba de que él sería el verdadero capitán de la expedición, -afirmó cruzando los dedos y besándolos como prueba de que lo que decía era verdad, el marino Santiago Prieto, al que había hecho llamar don Pedro, advertido por su piloto de lo que comentaban algunos marinos. Nos enteramos, también, de que el tal Hernando Gallegos, piloto mayor del otro navío, había llenado la cabeza a su superior Mendaña, diciéndole que allá en Filipinas se enriquecía uno en pocos meses. Que había oro en abundancia, tanto como para llenar las bodegas de su galeón en poco tiempo.

Pero sucedió que los días iban pasando y las prometidas tierras no aparecían. Los ánimos de la tripulación comenzaron a soliviantarse. De nada sirvieron las repetidas promesas del piloto mayor de que las encontraría muy pronto. Llevábamos más de 40 días de navegación infructuosa y el riesgo de motín era inminente. Ante tales circunstancias no tuvieron más remedio que, desesperados y confundidos, reclamar la ayuda y consejo de don Pedro Sarmiento.

-Si hubierais mantenido el rumbo que os indiqué, estoy seguro que a estas fechas, hubiéramos descubierto nuevas tierras -les recriminó en el momento en que las dos naos coincidieron para poder hablarse-. Cuando estuvieron lo suficientemente juntas, Alvaro de Mendaña subió a bordo del galeón de nuestro capitán, don Pedro, y aparentó como si quisiera reconciliarse porque quejoso, como joven inexperto e ingenuo que era, le confesó:

-Ha sido el piloto mayor al que no debí escuchar. Os prometo que será castigado con la merma de su sueldo en un tercio de lo acordado.

Don Pedro Sarmiento no hizo mucho caso de su afirmación, porque era sabedor de las veleidades de su carácter y estaba seguro que a la próxima que se terciara, volvería a las andadas. Como se acercaba el mediodía, le dijo a Alvaro de Mendaña que lo dejaba porque tenía que medir la latitud para luego corregir el rumbo con mayor acierto y precisión. Dirigiéndose a mí, mientras se levantaba, me dijo:

-Pedriño, corre en busca del astrolabio que está encima de la mesa de derrota en mi cámara. Trae, igualmente, recado de escribir.

-Voy corriendo señor -le dije marchando raudo como una centella en busca de lo que me había pedido. En aquellos momentos el sol estaba en el cenit y sus rayos caían como flechas sobre nosotros. El fuerte calor sólo era aliviado, en parte, por la ligera brisa del suroeste que nos permitía navegar de través, a una media de doce o catorce leguas por día. Todo esto lo recuerdo a la perfección, porque conservé el borrador de las anotaciones y cálculos que hacía don Pedro. Cuando las pasaba a limpio en su diario, utilizaba estos borradores para darnos clases de letras y números a su sobrino el grumete y su paje, que era yo. Aquellos papeles los guardaba con mucho cuidado en una caja de madera que yo mismo me había hecho.

-Aquí tiene vuestra merced, lo que pidió, -le dije mientras le entregaba puntualmente su pedido y jadeaba fuertemente por la carrera-.

Don Pedro Sarmiento y don Alvaro de Mendaña, se habían situado en la banda de babor que era la más apropiada para medir la altura del sol sobre el horizonte.

La prontitud y perfección con la que hice el encargo, llamó la atención del General, de tal modo que fijándose en mí, le dijo a don Pedro:

-Veo que tenéis fortuna con un paje tan diligente y listo y que aprende rápido de vos que, sin duda, sois un buen maestro. Me lo podíais prestar y yo a cambio os entregaría el mío, a ver si le dais la entendera que le falta.

Al oír aquella proposición me entró una angustia por todo el cuerpo, que estuve a punto de ponerme a llorar. Desconocía en aquellos momentos que don Pedro Sarmiento fuera mi padre; pero era tanta la atención y paciencia que tenía conmigo que me había encariñado con él y sólo de pensar que iba a entrar al servicio de aquel casi imberbe y presuntuoso personaje, me aterrorizaba.

-No puede ser -respondió con firmeza-. Le prometí a su madre que sería mi paje siempre y que yo me ocuparía de él como si fuera su propio padre. Tengo a mucho orgullo cumplir las promesas que hago y por nada del mundo la incumpliría, salvo que fueran contra la ley cristiana y la del Rey nuestro señor.

Como se apercibiera de mi mestizaje, se apresuró a preguntarle:

-En ese caso, supongo que os habéis preocupado de que sea instruido en la doctrina de nuestra Santa Madre Iglesia y de que en su momento sea bautizado.

-Fue bautizado a los pocos días de su nacimiento y educado en el convento de los domínicos. Es un verdadero cristiano, sabedor de todos los mandamientos de Dios y de la Santa Madre Iglesia. Podéis ponerlo a prueba -dijo mientras sin dejar de hablar y con la habilidad que le caracterizaba, había tomado el astrolabio con la punta de los dedos pulgar e índice de la mano izquierda, por la anilla que lo sustentaba y elevándolo hasta la altura del ojo derecho, observó por la pínula la altura del sol, al mismo tiempo que con su mano derecha anotaba una serie de cifras y palabras en clave que nadie entendía.

-Veamos, -dijo Alvaro de Mendaña dirigiéndose a mí, sin quitar ojo a lo que estaba haciendo don Pedro Sarmiento, aunque se esforzaba en mostrar indiferencia como si eso, fuera algo sin importancia que pudiera hacer cualquiera-. ¿Cuál es el quinto mandamiento de la ley de Dios y el tercero de la Santa Madre Iglesia?

-El quinto mandamiento de la Ley de Dios, Excelencia, -respondí sin la menor duda- es no matar y el tercero de la Santa Madre Iglesia, es santificar las fiestas y días de guardar.

-Muy bien, veo que eres un buen cristiano y que has sido instruido debidamente en nuestra doctrina.

Don Pedro Sarmiento continuó haciendo anotaciones y cálculos y cuando terminó, se dirigió a Alvaro de Mendaña y le entregó un papel en el que había anotado con todo detalle el rumbo a seguir.

-La nueva derrota viene indicada en este documento para conocimiento de vuestro piloto mayor. Ésta nos hará navegar al suroeste cuarta al sur, según mis propios cálculos que, como habéis visto, he realizado ante vos mismo.

El cambio de derrota dio su fruto, confirmando lo que don Pedro Sarmiento mantenía desde el principio: que, navegando hacia el sur, encontraríamos las tierras que buscábamos. Justamente, el día 15 de enero de 1568, a los cincuenta y siete días de navegación, tal como anotó en su diario de a bordo aquel mismo día, se descubrió una isla a la que don Pedro Sarmiento llamó Nombre de Jesús. Esta primera isla estaba situada a unas 900 leguas del meridiano de Lima y a 11 grados de latitud sur.

Después que la tripulación se calmó, gracias al hallazgo de nuevas tierras, Mendaña volvió a las andadas y bajo la influencia otra vez de su piloto mayor, no quiso bajar a tierra para tomar posesión y tampoco quiso ir más al sur siguiendo el rumbo que había trazado don Pedro Sarmiento, en busca de las grandes tierras. Con todos estos actos, Alvaro de Mendaña no demostraba otra cosa que una gran falta de interés por aquella expedición, que le había sido impuesta por parte de su tío y hacía todo lo posible por que ésta se acabara cuanto antes. Por este motivo, no quería perder tiempo reconociendo las islas que iban descubriendo. Lo que deseaba de verdad, era acabarla cuanto antes y regresar de nuevo a Lima en donde le esperaba su mujer, de la que había sido arrancado sin tiempo de disfrutar las primeras mieles del matrimonio recién celebrado. En estas condiciones se explica que fuera fácil víctima de las intrigas y pretensiones de su contramaestre Hernando Gallego Lamero, que había demostrado tener otros planes.

De nuevo, pues, sucedió otro enfrentamiento de navío a navío y de nuevo la argumentación de Mendaña para contentar a los suyos y justificar su negación de ir más al sur:

-Hemos encontrado una isla y habrá más. Primero debemos descubrir el resto. Luego vendrá el momento de bajar y conquistarlas.

-¿Hemos de contentarnos con unas cuantas islas, cuando si navegamos hacia el suroeste, encontraremos las grandes tierras?, -le argumentaba seguro de lo que decía don Pedro Sarmiento-.

Y otra vez la cerrazón de Mendaña a la autoridad y experiencia confirmada de don Pedro Sarmiento. Contra este comportamiento tan poco responsable, nada podía hacer porque era consciente que debía obediencia a aquel bisoño personaje, so pena de ser acusado de sedición y motín, cuando volviera a Perú.

Hasta el descubrimiento de la primera isla habíamos tenido, casi siempre, desde que salimos del Perú hacía ya 57 días, buenos vientos. Gracias a ellos habíamos recorrido unas dos mil leguas en ese tiempo; pero después de dejar atrás la isla del Nombre de Jesús, se encalmaron los vientos y apenas si nos movíamos. Lo poco que avanzábamos era arrastrados por una corriente que nos empujaba hacia el oeste. Llevábamos unos 15 días así en calma, cuando por fin quiso la Divina Providencia que volviera a soplar una ligera, pero constante brisa y de este modo, cuando hacía 23 días después de haber descubierto la isla del Nombre de Jesús y el sol despuntaba por el horizonte, la voz del vigía, desde lo alto de la cofa del palo mayor, nos despertó con el agradable grito de ¡tierra! Era el 7 de febrero y la nueva isla fue bautizada con el nombre de Santa Isabel por celebrarse su fiesta ese día.

En esta ocasión, don Pedro Sarmiento no tuvo que insistir mucho en que debían bajar a tierra para tomar posesión de la isla. La tripulación comenzaba a estar muy nerviosa y deseosa de poner sus pies en algo más sólido y firme que la débil cubierta de un barco. A esto se sumaba el tiempo que llevaban sin comer frutos frescos y verduras, por cuya causa algunos marinos empezaban a sentir molestias intestinales, con el riesgo cercano de que se extendiera a bordo alguna epidemia. Mendaña lo sabía y, también, su piloto mayor. Así que no les quedó más remedio que dar la orden de aproximación y toma de la isla. Se decidió recorrer su costa derecha, la que quedaba a la banda de babor de nuestro navío, por si encontrábamos algún puerto natural donde fondear protegidos de posibles tormentas. Habíamos navegado unas veinte leguas, cuando se abrió ante nosotros una pequeña ensenada, lugar que eligió don Pedro Sarmiento y que nadie se atrevió a discutir. Entró, nuestra nao Todos los Santos, la primera en la pequeña bahía y no sin dificultad, porque en aquellos momentos el viento venía de tierra y nos vimos obligados a realizar tres bordos rápidos para conseguirlo. Una vez que las anclas tocaron fondo, y el galeón quedó bien amarrado en medio de la ensenada, don Pedro Sarmiento preparó el desembarco. El otro galeón, con el nombre de Los Reyes, que había quedado al pairo y a la expectativa por lo que pudiera pasar, se decidió a entrar, también. Pero éste, por ser más pesado y torpe para la maniobra, a punto estuvo de irse contra el acantilado que protegía la entrada por la parte derecha de la pequeña bahía. Gracias a que el viento no era más que una brisa suave, pudieron rectificar a tiempo.

-Vos Antón Pablos, os quedaréis vigilando en cubierta, por si hubiera algún contratiempo con los posibles habitantes de esta isla. A vuestro cargo quedarán quince de los veinte marinos y diez soldados. Cargad un cañón por cada banda y, también, la media culebrina del castillo de popa y tened la mecha a punto por lo que pueda pasar.

-Si no hay más remedio...-aceptó de mala gana la orden de don Pedro Sarmiento.

-No lo hay, Antón Pablos. Alguien debe permanecer al mando del navío y ese alguien debéis ser vos. No olvidéis que es esta nao las que nos debe volver sanos a nuestra tierra y la que en un momento de apuro, podría salvarnos la vida, -sentenció don Pedro-. De todos modos, no os preocupéis que si no hubiera peligro, podréis bajar a tierra, lo mismo que el resto de la tropa que se ha de quedar, también, con vos.

Después ordenó a la marinería:

-Enganchad los cabos del batel al cabrestante y arriarlo al agua con cuidado. Desmontad la media culebrina de proa y cargadla en el batel con la pólvora y munición necesarias por si se hubiera de menester.

Terminada la operación de echar al mar, el batel que llevaban desmontado en cubierta, don Pedro Sarmiento ordenó que los soldados formaran en dos hileras y situándose frente a ellos, les instruyó de todo lo que tenían que hacer, con la meticulosidad que le caracterizaba. Era proverbial la exactitud y medida con la que hacía todo:

-Vosotros vestiros la cota de malla y yelmos con los que proteger vuestras cabezas. Cargad, además, los arcabuceros con vuestra arma y la munición y pólvora correspondiente para veinte disparos. Los demás irán provistos de espadas, machetes y ballestas.

Cuando estuvieron completamente equipados, fueron descendiendo hasta el batel que esperaba al costado estribor de nuestro galeón. El primero en subir al pequeño bote fue don Pedro Sarmiento y yo con él, acompañado de nueve soldados, cuatro remeros y un timonel. Quedaban en cubierta por desembarcar, según sus órdenes, treinta y un soldados que lo harían después que el batel dejara en tierra el primer grupo.

El otro galeón estaba organizando el desembarco de parecido modo, aunque por llevar dos bateles estibados en cubierta, pudieron transportar a tierra, en este primer desembarco, más tropa. Aparte de Alvaro de Mendaña, iban unos veintidós hombres de armas, sin contar los ocho remeros y los dos timoneles.

Lentamente se fueron acercando a aquella playa de blanca arena y abundante vegetación los tres bateles. Avanzaban en hilera abriendo la marcha el nuestro. Yo iba al lado de don Pedro Sarmiento que de pie a proa, espada en mano, vigilaba la costa que se nos iba acercando poco a poco. Fue el primero en pisar tierra y yo el segundo porque salté al agua detrás de él. Poco después desembarcaban los de los otros dos bateles, volviéndose con el nuestro a recoger a los que habían quedado en los galeones.

Mientras esperaban que volvieran los bateles, reunió don Pedro Sarmiento la tropa en la playa en formación de ataque. Cuando estuvo en tierra el resto de soldados y en vista de que el joven Mendaña, falto de parecidas experiencias, no decía nada, don Pedro Sarmiento alzó su espada y doblando su rodilla izquierda en tierra, siendo imitado al momento por todos incluso por el mismo desorientado Mendaña, alzó su voz pronunciando solemne las siguientes palabras:

-Tomo posesión de esta tierra isla y del resto de islas que la acompañan, en nombre de nuestro rey y señor don Felipe de España para mayor engrandecimiento de su reino y el de Dios, nuestro padre.

Acto seguido se levantó, hizo una cruz en el suelo con la punta de su espada y arrodillándose de nuevo la besó y luego hizo que la besara Alvaro de Mendaña, que un poco perplejo no sabía que hacer.

Cuando terminó la toma de posesión y todos los hombres comenzaban a caminar hacia el interior, se le acercó Don Alvaro de Mendaña y le dijo:

-¿No tenía que haber sido yo el que tomara posesión de estas tierras?

-Sí, por rango; pero ante la ausencia del primero, es el segundo el que debe hacerlo. Y en ausencia del segundo, el tercero y así hasta el último -ironizó don Pedro Sarmiento.

-Pero yo estaba, -afirmó dubitativo sin comprender las sutiles palabras de don Pedro Sarmiento.

-Estabais en cuerpo; pero no en espíritu...

-¡Capitán! ¡Capitán! ¡He visto algo que se movía entre aquellos arbustos! -exclamó uno de los dos soldados que se habían adelantado del grueso del grupo por orden de don Pedro, interrumpiendo la conversación entre ambos mandos.

Otra vez fue don Pedro Sarmiento, como verdadero jefe de esta expedición, el que tuvo que tomar decisiones ante la indecisión de Mendaña que, dirigiéndose a él, le dijo:

-¿Y ahora qué hacemos?

-Vos os quedaréis aquí con diez soldados y el capitán de vuestra tropa cubriendo una posible retirada y yo, si os parece, -le dijo por no mermar su autoridad ante los demás-, me adentraré en esta isla con el resto de soldados y el alférez Diego de Mendoza que, por venir conmigo, me es de más confianza, por si nos topamos con gente de armas.

Le pareció buena idea, porque se notaba que le hacía reparos irse por aquellos lugares desconocidos en los que podían encontrarse con grandes peligros y él, por su corta edad y crianza, no había tenido tiempo de curtirse en aventuras de esta clase.

Don Pedro Sarmiento se puso al frente de un pequeño ejército de unos setenta hombres sin contar los diez que quedaron con Mendaña, como habían acordado momentos antes, y se alejó de la playa tierra adentro, en donde hallaron pequeñas sendas que se perdían en la abundante maleza y que les facilitó el avance hacia el interior. Esto puso en alerta a todos porque era señal de que aquella isla estaba bastante poblada. No habían andado más de media legua, cuando vieron destacarse al fondo en un claro, algunas cabañas cubiertas con hojas de palmera con sus paredes hechas de gruesas cañas de bambú, al mismo tiempo que una certera flecha disparada desde la espesura, daba en la cabeza del alférez Diego de Mendoza que iba detrás de Sarmiento; pero con tal suerte que el casco que la cubría impidió que la atravesara. Era tal la fuerza que llevaba que el alférez no pudo evitar caer al suelo semi-inconsciente a causa del impacto.

Tardó poco en recuperarse; pero ya don Pedro Sarmiento había dado la orden de disparar un tiro de arcabuz en la dirección que había venido la flecha. La bala no dio en el blanco; pero el atronador estampido de esta arma de fuego que nunca antes había sido oído en estos lejanos lugares, espantó al indígena que salió corriendo, mientras emitía una especie de aullidos. Aquel hecho puso en guardia a don Pedro Sarmiento al comprobar que tenían que enfrentarse con gente belicosa. Dirigiéndose a su subalterno, el alférez, que daba muestras de estar en perfecto estado, le ordenó:

Partes: 1, 2, 3

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