Partes: 1, 2, 3

I

 

-Tú, alférez Diego, encárgate de la mitad de los hombres y avanza por el flanco derecho hasta alcanzar el otro lado del poblado para cogerlos entre dos fuegos. Cuando estés en ese punto, dispara un arcabuz. Será el momento de comenzar el ataque. Conviene asegurar bien la operación porque has comprobado por ti mismo que estos indios no nos van a recibir con flores y parabienes.

El alférez asumió el mando de la mitad de los soldados; aunque antes de dirigirse al lugar que le había ordenado don Pedro, se quitó el yelmo que aún cubría su cabeza y que le había salvado la vida, porque la abolladura, causada por el golpe de la flecha, le hacía bastante daño.

Yo, que había seguido a don Pedro Sarmiento hasta ese lugar, al apercibirse él del peligro que podía correr, me llamó:

-Pedriño, coge el yelmo del alférez Diego y encárgate de llevarlo y tú con él -recalcó al ver mi cara de contrariedad-, a los hombres que esperan en la playa con don Alvaro de Mendaña.

-Puedo, don Pedro, -insistí porque no quería separarme de su lado- ir con el yelmo como vuestra merced ordena y volver corriendo; pues soy un gran corredor.

-Bueno, pues corre en dirección a la playa e informa al general Mendaña de lo que ha sucedido; porque estoy seguro que ha oído el trueno del disparo y debe estar muy preocupado preguntándose lo que ha pasado. Permanece a su lado por si quisiera enviarme algún mensaje.

-Como ordene vuestra merced -le contesté mientras me disponía a salir corriendo después de haber cogido con las dos manos el abollado casco del alférez Diego; pero antes de salir, algo debió pasar por su cabeza, lo que prueba que era, también, un buen soldado y estratega, porque me dio el siguiente mensaje personal para don Alvaro de Mendaña.

-¡Y otra cosa, Pedriño! Escucha bien lo que te digo porque lo tendrás que repetir con las mismas palabras a Alvaro de Mendaña.

-Sí, señor -añadí mientras me cuadraba delante de él, escuchando con mucha atención.

-Haced desembarcar las dos culebrinas que lleváis en vuestro galeón y apostarlas en la playa a cada lado de los bateles, prestas para ser disparadas y éstos listos para embarcar.

Al terminar me repetí el mensaje de carrerilla; pero él insistió:

-¿Te acordarás de todo?

Como respuesta recité:

-"Haced desembarcar las dos culebrinas que lleváis en vuestro galeón y apostarlas en la playa a cada lado de los bateles, prestas para ser disparadas y éstos listos para embarcar".

-¡Muy bien Pedriño, no esperaba menos de ti! Y ahora corre y cumple lo que te he ordenado.

Hice tal como se me mandó y conté a don Alvaro de Mendaña todo lo que había visto. Cuando justo acababa de recitar el mensaje, se oyó otro disparo.

-¿Y ahora que pasa? -exclamó con cara de susto Mendaña.

-Es el aviso del alférez Diego indicando a don Pedro Sarmiento que está a punto para comenzar la conquista del poblado -le dije mientras le ponía al corriente de los planes de don Pedro para asegurarse la victoria en el ataque a los indios.

Apenas había terminado de hablar, cuando se oyeron varios disparos más de arcabuz y luego, llegaron con toda claridad gritos de lucha mezclados con voces de dolor hasta la playa donde estábamos; seguramente eran de los indios que eran heridos o muertos al oponerse con las armas, al ataque combinado de don Pedro Sarmiento y el alférez Diego.

La lucha duró menos de lo que pensaban, porque aún no había pasado ni una hora desde que comenzó el ataque al poblado y menos de un cuarto que no se escuchaban ni disparos ni gritos, cuando de la espesura salió un soldado que se acercó corriendo hasta donde estaba Mendaña. Venía mandado por don Pedro para informarle de que los indios se habían rendido.

Después de la conquista del poblado, aquellos nativos nos acogieron muy bien. Resultó ser donde residía el Rey de aquella isla. Creo recordar que este rey se llamaba Jaloa. Como prueba de sumisión, envió un emisario al resto de poblados para que cuando llegaran los españoles, fueran acogidos como si de él mismo se tratara. Don Pedro Sarmiento se dedicó, con un grupo de unos quince soldados, a visitar el resto de poblados pudiendo comprobar que todos habían acatado la orden de su rey porque en todas partes eran recibidos con cantos y regalos. Nos instalamos en aquella isla y durante el tiempo que estuvimos, se les evangelizó y se les informó de que aquellas tierras pasaban a pertenecer al reino de España, y que, por este motivo, se les consideraba vasallos de su rey don Felipe II. Los nativos nos informaron de que habían más islas parecidas a la suya.

Con los datos que don Pedro Sarmiento obtuvo, con no poca dificultad, logró hacer una especie de mapa del resto de islas que componían el archipiélago. Durante este tiempo, se acondicionaron alojamientos para todos y don Pedro, apuntó la idea de que para moverse por los brazos de mar que separaban estas islas, los grandes galeones resultaban poco prácticos y que lo mejor, dado que en la isla había buena madera, era construir una galera no muy grande que provista de remos, nos permitiera una navegación fácil.

-Hay más riesgos que se suman a los normales de una navegación en mar abierto -dijo textualmente a Mendaña, para convencerlo de la necesidad de llevar a cabo su plan-. Podemos encontrar bajos peligrosos, ante los que nos interesa disponer de una fácil maniobra para no embarrancar en ellos. Con una galera ligera, impulsada a remos y con una vela como ayuda nos sería mucho más fácil evitar estos peligros.

-Estoy de acuerdo; pero vos os encargaréis de recorrer las islas restantes y tomar buena nota de su posición y demás datos necesarios para informar a mi tío el Gobernador.

-Yo diría mejor para informar a nuestro rey don Felipe -le rectificó.

-Sí, sí, claro a nuestro rey don Felipe, -reconoció rápido, añadiendo a continuación por no querer ceder del todo- y al Gobernador del Perú, mi tío.

Don Pedro Sarmiento se encargó, pues, de organizar todo lo que tenían que hacer. A unos ordenó colaborar con los dos carpinteros y calafates cortando y transportando los troncos limpios de ramas a la ancha playa que se extendía alrededor de la pequeña bahía que hacía de puerto. A otros se les encargó de ir aserrándolos en tablones con los que los carpinteros comenzaron a construir una galera. Al cabo de tres días de trabajar sin parar, se terminó, resultando muy marinera y con capacidad para unas veinte personas sin contar los doce remeros, como fuerza impulsora principal, y el timonel. También le habían puesto un mástil equipado con una vela latina para ahorrar el esfuerzo de los remeros en las ocasiones que el viento fuera propicio. Su botadura se celebró con gritos de alegría y canciones; todo ello acompañado con buen vino de las provisiones que llevábamos en las bodegas de nuestros galeones. En esta fiesta participó todo el poblado. Los nativos imitaban nuestros gritos y bailes. A algunos les quisieron dar a probar nuestro vino; pero nadie lo aceptó hasta que su jefe y rey lo bebió primero. Al principio puso una cara rara como si no le gustara; pero después al notar su efecto, pidió más. Una vez que su jefe dio muestras de su agrado y alegría, todos lo bebieron.

Dentro de la animación general y concordia mutua, el rey Jaloa hizo traer una bebida que venía preparada dentro de un coco y aunque se esforzó en explicarnos el proceso completo de su elaboración, no lo entendimos muy bien. La bebida resultaba demasiado dulzona para el gusto de los españoles.

Al día siguiente de la botadura, don Pedro Sarmiento hizo levantar temprano a todos los soldados y marinería para emprender la búsqueda del resto de las islas que componían el archipiélago descubierto. Temiendo que a mi no me llevara en esta expedición, me acerqué a él, nada más levantarme, y le pregunté poniendo la cara de más pena que pude:

-¿Me va a dejar, vuestra merced, con el general don Alvaro de Mendaña?

-¡Nada de eso! Tu vendrás conmigo porque te necesito para que me lleves los instrumentos de navegación y medida.

Cuando oí aquello, me alegré mucho y comencé a corrotear de un lado para otro, intentando ayudar a todos en lo que podía.

En pocas horas estaba la expedición lista para zarpar. Los remeros ocupando sus respectivos bancos, remo en ristre y los quince soldados con su equipo, elegidos por él mismo don Pedro, en los sitios destinados para ellos. En la proa y de pie, controlando todo, estaba él y yo a su lado, custodiando una caja con los instrumentos de navegación necesarios para esta ocasión y junto a mí su perro Astro.

La galera había sido armada con una de las dos culebrinas que habían bajado a la playa el día del ataque al poblado. Don Pedro Sarmiento tomó un arcabuz del soldado más cercano, al que había ordenado que lo cargara de pólvora sola y lo disparó al aire como señal de partida. Instantes después los remeros comenzaron a remar con mucho brío y el timonel, recibiendo órdenes directas de don Pedro Sarmiento, dirigió la galera hacia la salida del pequeño puerto natural. Entretanto, los que quedaban en la playa nos gritaban palabras de despedida y suerte, mezcladas con los cantos y danzas que ejecutaban los nativos de la isla que habían venido, también, a despedirnos.

La galera pasó por entre los dos galeones, recibiendo al mismo tiempo los gritos de despedida de los marinos encargados de su vigilancia.

Una vez en mar abierto, don Pedro Sarmiento consultó la aguja de marear y fijó el rumbo nornoroeste, haciendo desplegar la única vela con la que había sido aparejado este pequeño navío de remos y vela, porque el viento nos venía de popa. Como éste no pasaba de una ligera brisa, los remeros tuvieron que seguir remando aunque con menor esfuerzo. Al atardecer vimos cómo se recortaba en el horizonte el perfil de unas montañas, signo inequívoco de que habíamos descubierto otra isla. Esto satisfizo las inquietudes de don Pedro porque le confirmó que, el mapa elaborado por él con las explicaciones que había conseguido de los indios, era bastante exacto. Tuvimos tiempo justo, antes de que anocheciera, de acercarnos y buscar un abrigo donde recalar y echar ancla. No era prudente acercarnos a tierra, porque la falta de visibilidad nos hubiera dejado a merced de cualquier ataque por sorpresa. Según los cálculos realizados por don Pedro, habíamos navegado unas 12 leguas.

A la mañana siguiente bajamos a la isla y don Pedro Sarmiento, espada en mano, tomó posesión, como era costumbre, bautizándola con el nombre de La Galera, en honor a esta pequeña embarcación que nos había permitido encontrarla de un modo tan fácil.

Después continuamos descubriendo más islas a las que bautizamos con los nombres de Buena Vista, San Dimas, Guadalcanal, San Jorge, Tres Marías y otras. Fue en Guadalcanal donde don Pedro Sarmiento puso a prueba su bravura y temple. Nada más había pasado una semana desde que salimos de Santa Isabel, la isla base donde estaba el grueso de la expedición, cuando llegamos a Guadalcanal, una de las islas más grandes de este archipiélago. Su aspecto era como las otras dos que habíamos descubierto antes, montañoso y de parecida vegetación. En ella, también fuimos recibidos muy bien, como en las otras islas, y llevados ante su rey al que don Pedro Sarmiento le hizo saber, como pudo, la finalidad de aquel viaje. Recuerdo que este rey era muy gordo y no paraba de abanicarse mientras reía por todo. Esta conducta hizo que todos nos confiáramos y cuando estábamos durmiendo, vinieron algunos nativos y comenzaron a atacarnos; por suerte, Astro, comenzó a ladrar al apercibirse de la presencia de extraños, alertando a su amo. De un salto se levantó y tomando su espada, se enfrentó a los indios mientras, con poderosa voz, ponía en aviso a toda su pequeña tropa. En pocos momentos estaban todos con sus armas persiguiendo a sus atacantes que no esperaban una reacción tan repentina. Al verse sorprendidos, huyeron a la desbandada. Gracias a la oscuridad de la noche, consiguieron escapar parte de los asaltantes, quedando seis de ellos muertos entre la maleza.

Cuando íbamos a celebrar la fácil victoria porque ninguno de nosotros había recibido el menor daño, llegó un marino del grupo que había pernoctado en la playa vigilando la galera, que presentaba un corte profundo en un hombro. En pocas palabras nos puso al corriente de todo lo que había sucedido allí.

-Suerte tuve -dijo al término de su relato- de que el grito de mi compañero que fue atacado antes que yo, me despertó y pude esquivar el cuchillo del maldito indio que se proponía cortar mi cuello como acababa de hacerlo con mi amigo. Me deshice de él lanzándome al agua. Así salvé mi vida.

Como aún era de noche, Sarmiento hizo encender antorchas hechas con troncos secos y alumbrándonos de esta manera, nos acercamos hasta la playa. En total contaron nueve españoles muertos que habían sido degollados mientras dormían tranquilamente.

Cuando los cuerpos de los marinos muertos fueron puestos en fila sobre la arena y amortajados con unos lienzos que llevábamos en la galera, el sol comenzaba a despuntar por el horizonte, pintado de un rojo intenso el mar como si fuera un presagio de lo que luego iba a suceder.

-Los indios de esta isla han traicionado su palabra y la paz que su propio rey firmó conmigo. Esta afrenta de sangre será lavada con sangre -afirmó don Pedro Sarmiento con coraje ante todos los presentes reunidos en la playa. A continuación eligió un lugar no muy lejos de donde estábamos, bajo unas altísimas palmeras e hizo cavar una fosa para cada uno de los marinos muertos, poniendo en cada tumba una cruz de madera y en ella el nombre y el año de su muerte.

Después de la ceremonia de enterramiento, reunió a sus hombres de nuevo en la playa hablándoles con firmeza, mientras su mano derecha blandía en alto su espada.

-¡Soldados!, acabamos de enterrar a nueve de los nuestros, vil y traidoramente asesinados. Debemos dar una lección a los habitantes de esta isla para que sepan con quien se enfrentan. Si no lo hiciéramos, pronto correría la noticia de nuestra debilidad de isla en isla y no tardaríamos en ser aniquilados. Si ellos han matado a nueve, nueve serán los días en los que no habrá perdón ni descanso. Pasaremos a sangre y fuego todos sus poblados que encontremos en este plazo de tiempo.

Aquellas palabras y su tono, contagiaron a sus hombres de tal modo que siguieron a su capitán con el mismo ímpetu y arrojo como si de uno sólo se tratara. Recuerdo que fue a partir de estos hechos, cuando los soldados comenzaron a llamarlo Capitán Hierro.

Durante los nueve días siguientes, fueron incendiados una decena de poblados y los indios, en edad de empuñar un arma, pasados a cuchillo. Las mujeres y los niños fueron respetados.

Cuando terminó el duro castigo, fueron los mismos nativos los que trajeron la cabeza de su rey, al que habían degollado después de encontrarlo escondido en un punto alejado de la isla. El nuevo rey se apresuró a pedir la paz sin condiciones, ofreciendo regalos y presentes para todos nosotros.

A partir de este hecho, el recorrido por el resto de las islas que faltaban por descubrir, fue un paseo triunfal. Además, estaba tan de nuestro lado la fortuna, que desde que perdimos parte de la marinería, ni un día tuvimos necesidad de emplear los remos porque el viento siempre era a favor, con la fuerza suficiente para alcanzar una buena navegada. No sabemos cómo; pero en todas las islas conocían lo que había pasado en Guadalcanal porque nada más acercarnos a cada una de ellas, venían a recibirnos todos con cantos y regalos. Cuando nuestra pequeña expedición regresó a la isla de Santa Isabel, en donde estaba el resto de los españoles con su general o "generalillo", como yo lo pensaba en mi imaginación de niño, resultó que hasta ellos sabían de nuestra hazaña y de la pérdida de varios de los nuestros.

En el archipiélago del Nombre de Jesús, bautizado así por el propio don Pedro Sarmiento, se enfrentó éste, una vez más, contra Alvaro de Mendaña. La discusión estaba motivada porque don Pedro deseaba dejar gente en estas islas para oficializar la presencia española y Mendaña que no lo consideraba aconsejable. Don Pedro había propuesto construir un fuerte con una guarnición de unos veinte hombres; esto para Alvaro de Mendaña suponía retardar aún más el regreso a Perú por lo que se negó en redondo. Argumentó como excusa que tenían pocos hombres, pues, habían muerto de enfermedad algunos de los que se quedaron en la isla de Santa Isabel y que era mejor volver cuanto antes a Lima y organizar otra expedición para poblar las islas de un modo más completo y preparado y que además que desde que salimos del Perú el 19 de noviembre de 1567, habían transcurrido más de ocho meses y todos tenían ganas de regresar cuanto antes. Como esto último era cierto, al decirlo astutamente en voz alta ante la mayoría de sus hombres, hizo que don Pedro Sarmiento, no contara con muchos partidarios de su proyecto.

-Como siempre -dijo dirigiéndose, con voz firme, a Alvaro de Mendaña, ante la presencia de soldados y marinos- vos sois el que tenéis la última palabra, por el juramento de obediencia que hice a vuestro tío y mentor el Gobernador de Perú; pero de todo lo que ha sucedido en esta expedición tengo escrito y os aseguro que será enviado a la Corte del Reino, para que se sepan todos los desaciertos de esta poco aprovechada aventura.

-Estoy seguro que mi tío el gobernador, Lope García de Castro, comprenderá las razones por las que he decidido volver sin más tardar. Mañana, 15 de agosto del año de gracia de nuestro Señor, 1568, fiesta de la Asunción de Nuestra Señora, después de la celebración de la Santa Misa, amparados bajo su piadoso manto, emprenderemos el regreso.

Don Pedro Sarmiento sabía que no podía oponerse, no solamente por el juramento de obediencia que había hecho sino porque se hubiera tenido que enfrentar contra casi toda la tripulación, que anhelaban volver cuanto antes. El 15 de agosto de 1568, pues, cuando el sol estaba sobre lo más alto del cielo, los dos galeones, favorecidos por un más que ligero viento, sin duda un regalo de la Santísima Virgen de la Asunción, emprendieron la vuelta al Perú. En la arena, como único vestigio de nuestro descubrimiento y dominio de aquel archipiélago, quedaba abandonada la galera que no podíamos llevar en nuestra larga travesía de vuelta.

Los primeros días de navegación fueron todos muy buenos. Teníamos un viento a favor y las tripulaciones de ambos navíos estaban bien alimentadas y descansadas, por haber estado en tierra durante varios meses. Don Pedro Sarmiento esperaba que don Alvaro de Mendaña consultaría la derrota, tal como debería haber sido, aunque se temía que no lo hiciera; no sólo por los antecedentes del viaje hasta las islas, sino porque ahora había aumentado la envidia de éste y sus allegados por el triunfo de don Pedro en el descubrimiento y reconocimiento de todo el archipiélago. En vista de que habían pasado varios días y nada se le había preguntado, aprovechó el medio día del tercero y astrolabio en mano, calculó la posición viendo que habían derivado hacia el norte más de lo que él pensaba. En los días anteriores se había confiado esperando decidir el rumbo definitivo y se había limitado a seguir al otro galeón. Otra vez tuvo que enfrentarse a Mendaña para decirle que no bastaba con ir siempre hacia el este.

-Hace tres días que abandonamos las islas y éstas las hemos perdido de vista y nada hemos hablado del rumbo a seguir. Según mis cálculos, hemos ido derivando hacia el norte varios grados -le dijo cuando los dos galeones estuvieron frente a frente-.

-Tenemos nuestro propio rumbo y éste es el correcto -le respondió Mendaña más envalentonado que nunca porque se navegaba hacia el Perú e imaginaba que la vuelta resultaría mucho más fácil-. Vos haced lo que os venga en gana; pero sabed que tenéis que estar a mi lado como lo ordenó el Gobernador, mi tío.

Don Pedro Sarmiento dio pruebas de madurez y entereza, no cayendo en la provocación y dio orden al piloto de mantener el mismo rumbo que el otro galeón. Durante aquella misma noche cambió el tiempo. Parecía que los cielos nos hubieran abandonado o enfadado con nosotros; porque se levantó un viento muy fuerte de proa con rachas cruzadas que obligaba al piloto a realizar bruscas maniobras para evitar que los aparejos se rompieran. Toda la noche se trabajó de firme para arriar casi todas las velas manteniendo solamente las velillas de correr. De no haberlo hecho así, ni un trapo hubiera quedado entero en el trinquete, mayor y mesana. Las olas eran enormes y como la tormenta fue en aumento, no podíamos mantener el rumbo junto al galeón de Mendaña porque prácticamente las naves eran ingobernables. Nos quedamos solos en medio de montañas de olas que pasaban por encima. Una de aquellas gigantescas olas se llevó dos marinos que no se habían atado como el mismo don Pedro Sarmiento lo había ordenado. Otra, rompió la rueda del timón. Recurrimos a una "ancla de capa" que, don Pedro Sarmiento muy previsor, siempre la tenía presta. Ésta nos permitió aguantar de proa las embestidas feroces del mar. De no haber sido por este ingenio, nos aseguró don Pedro Sarmiento que no hubiéramos salido con vida de la terrible tempestad que nos azotaba.

Pasaron más de cuatro días hasta que la gran tormenta calmó, dejando al pobre galeón sin timón, con el palo de contramesana partido en dos, la vela mayor, que no se pudo arriar, rota y un sin fin de desperfectos más, de no tanta importancia. Gracias a la ayuda de Dios nuestro Señor y a la pericia de don Pedro Sarmiento, salimos vivos de tan gran apuro. Después de esta inesperada muestra de poder del gran Mar del Sur, como avergonzado de su furor, la tempestad amainó hasta tal punto que no corría ni la más ligera brisa y la superficie del mar estaba tan tersa que parecía un espejo. Nadie podría afirmar en viendo tan pacífica calma, que fuera capaz, este mar, de tan grandes iras.

Recuerdo que pasé, los días que duró el fuerte temporal, el primero en mi corta carrera de navegante, casi sin comer en lo más hondo de la bodega junto a Astro que también se le veía asustado y no paraba de ladrar. Junto a nosotros dos, también estaba, el grumete Juan Juárez, que tiritaba de miedo y vomitaba todo lo que comía, lo mismo que yo.

Como el navío no se movía lo más mínimo, nos dedicamos a reparar los desperfectos que habíamos sufrido por la tormenta; el más importante, aparte del timón que fue lo primero que arreglamos, un gran roto que se había abierto en la vela mayor. Aprovechamos que no había viento, para bajarla a cubierta y remendarla con buenos refuerzos que se sacaron de una vela latina del palo de mesana que llevábamos de repuesto en la bodega. En esta tarea, invertimos más de dos días; pero era igual porque una vez izada continuó, exhausta y caída, sin recibir el más mínimo soplo de viento.

Don Pedro Sarmiento se sentía muy preocupado por la suerte que le podía haber deparado la tormenta al otro galeón, del que no sabíamos nada. En vista de esto, ordenó a un vigía que montara guardia en la cofa del palo mayor noche y día, por si lo divisaban. Como había mucho tiempo para todo, porque pasaban los días y el viento continuaba sin manifestarse, don Pedro Sarmiento organizó tareas de limpieza y mejora de todo el barco. Cada medio día, sin excepción, calculaba la latitud, apercibiéndose con sorpresa al cabo del sexto día, que íbamos a la deriva hacia el oeste, aunque tan lentamente que por no tener puntos de referencia concretos, era casi imposible detectar este desplazamiento.

-Si no hay viento y nos movemos, se trata, sin ninguna duda, de alguna corriente que nos aleja aún más de las costas del Perú. En los seis días que vengo realizando mis observaciones, he calculado que hemos derivado al noroeste un grado y medio

-comentó don Pedro Sarmiento en voz alta, mientras hacía algunas anotaciones de la medición que acababa de hacer.

-¿Corrientes? ¿Cómo puede haber corrientes si no hay viento? -preguntó incrédulo el Alférez Diego que junto con el piloto Antón Pablos, dos soldados más y Juan Juárez el grumete, escuchaban lo que decía don Pedro Sarmiento.

-Es verdad. Además la superficie del agua no se mueve nada y el barco tampoco, -afirmó su piloto mayor.

-Estoy seguro que hay una gran corriente. Mis mediciones son exactas y vos Antón, lo habéis comprobado conmigo.

-De eso no tengo la menor duda, don Pedro. Vos sois, de los que tengo noticia, el que con más precisión y exactitud hace esta clase de mediciones, -añadió Antón Pablos dando la razón a su amigo y superior, del que conocía los amplios conocimientos científicos.

Intrigado por aquella discusión me atreví a preguntar con la curiosidad de niño:

-Pero ¿qué son las corrientes?

-Vienen a ser como ríos dentro del mar que por las diferencias de temperatura, se mueven en una dirección determinada lo mismo que lo hacen los ríos en la tierra firme. Estas corrientes hacen que, muchas veces, nos arrastren y modifiquen nuestras derrotas sin apenas notarlo; -relató con detalle don Pedro, viendo que los demás también estaban interesados en el asunto-.

Después de la explicación, tomó un trozo de madera ligera y dirigiéndose a la banda de estribor de la nao, la lanzó al agua. Los demás le seguimos y miramos, sin llegar a comprender porqué lo hacía. La mayoría pensamos que era una forma de distraer el aburrimiento de aquella inactividad forzada. Al cabo de unos minutos de silenciosa observación, exclamó:

-¡Veis! La madera que es más ligera que la nao, se ha desplazado con relación a nosotros. Es la prueba de lo que digo. Si no hubiera una corriente, ésta hubiera permanecido donde la tiré antes, junto a la banda del barco.

Se oyó una exclamación de admiración. Don Pedro Sarmiento además de un gran marino, era un verdadero sabio.

Al séptimo día, en vista de que la calma seguía igual, y la tripulación comenzaba a ponerse nerviosa, tanto que don Pedro Sarmiento había tenido que intervenir en varias peleas entre la marinería, decidió hacerlos trabajar en una actividad que, a buen seguro, los tendría entretenidos y evitaría, por lo menos, que nuestro barco fuera arrastrado por la corriente. Mandó poner en marcha el cabrestante y echar al agua el batel que llevábamos en cubierta. Después remolcó el pesado galeón a la pequeña barca de remos y organizó turnos de remeros sin distinción de marinos o soldados a los que hizo remar sin descanso. Con esta actividad, la calma volvió a reinar entre todos y, además, se consiguió avanzar en dirección este unas cuantas leguas por día.

Había pasado otra semana y ni rastro del otro galeón. En nuestro navío se comenzaba a creer en lo peor. Se pensaba que quizás no hubiera podido soportar el temporal y hubiera naufragado. Aprovechando que se había levantado una ligerísima brisa; pero que permitía navegar sin la ayuda del batel, lo amarró a popa y se pasó a navegar a vela, desplegando todas las que podía soportar el galeón para aprovechar al máximo el poco viento que soplaba. Durante estos días, don Pedro Sarmiento había estado haciendo cálculos sobre la dirección y situación que hubiera seguido nuestro navío de no haber roto el timón, para tener una referencia a dónde dirigir la búsqueda del galeón perdido, siempre, claro, en el supuesto de que no hubiera naufragado. Según el resultado de estos cálculos debíamos navegar con rumbo norte. La idea de don Pedro Sarmiento resultó fructífera. Al amanecer del tercer día de navegación desde que comenzamos a movernos, manteniendo la dirección norte aconsejada por don Pedro, el vigía del palo mayor divisó un bajel en el horizonte, del que destacaban sus blancas velas. Al mediodía de ese mismo día nos habíamos aproximado lo suficiente como para que don Pedro Sarmiento, pudiera confirmar que se trataba del galeón español mandado por Mendaña. Hubo alegría general porque muchos de los que iban en nuestro navío, tenían amigos en la otra nao y habían estado muy preocupados mientras había durado la búsqueda incierta. Nos fuimos acercando y resultó muy extraño que el galeón no variara el rumbo y que continuara como si no hubiera notado nuestra presencia. No entendíamos ese comportamiento y nos hizo imaginar que les sucedía algo muy grave. Poco a poco les fuimos acortando distancia. Cuando estuvimos a tiro de cañón, don Pedro Sarmiento ordenó:

-Preparad la media culebrina del castillo de proa solo con pólvora y disparadla, porque estoy seguro que o no nos han reconocido y huyen porque nos temen o no quieren saber nada de nosotros.

El galeón Los Reyes de Mendaña, continuó con el mismo rumbo; rumbo que, a juicio de don Pedro Sarmiento, les llevaba sin remisión muy lejos de las costas del Perú. Nada menos que a Nueva España, a unas mil leguas más al norte de Lima.

El disparo no surtió efecto porque continuaron sin darse por enterados. Fue al atardecer de aquel mismo día, cuando los alcanzamos, acostándonos por barlovento con el fin de cortarles el poco viento que soplaba y hacerles aminorar la marcha.

Por lo visto, según nos enteramos después, resultó que la tormenta los había arrojado muy al noroeste, porque los vientos violentos que tuvieron que soportar, soplaban de este a oeste, y al verse solos, quisieron hacer realidad la idea de irse a Filipinas, como el piloto mayor, Hernando Gallegos, tenía en mente desde que salió del Perú. Debió ser la Divina Providencia la que les torció el plan, porque al quedarse sin viento, la tripulación empezó a impacientarse y a hablar contra el piloto mayor. Cuando, por fin, volvió a soplar, decidieron dirigirse al continente presionados por toda la tripulación, a punto de amotinarse.

Para evitar que contaran a don Pedro, todo lo que había sucedido, Hernando Gallegos, piloto mayor de la nao generala, aconsejó a Mendaña que debían continuar y no detenerse, aunque la explicación que le dieron después fue que como habían estado parados y sin viento por más de una semana y la tripulación había estado a punto de rebelarse, no quisieron esperarlo para evitar más tensiones entre la tripulación, que lo que querían era llegar, cuanto antes, a tierra.

-¿Qué os sucede? ¿Porque no os habéis detenido? -preguntó don Pedro Sarmiento, cuando estuvo frente al otro navío.

-Sabíamos que, por ser vuestro barco más ligero y marinero, nos alcanzaríais de todos modos y detenerlo hubiera podido ser peligroso porque la marinería y la tropa está muy nerviosa. Además llevamos gente enferma y nos urge llegar cuanto antes; si no, morirán todos. -Le respondió don Alvaro de Mendaña a voz en grito.

-¿Y vuestro piloto no os ha informado que el rumbo que lleváis, os va a arrojar a las costas de América del Norte?,

-preguntó irónicamente.

-Sí, lo sabemos; nos estamos desviando hacia el norte; pero es la única manera de aprovechar el viento que sopla constantemente del este. No podemos navegar de otro modo, pues aunque ceñimos todo lo que podemos, esta nao es mal velera y no nos permite ganar más noreste.

-¿Por qué no efectuáis bordos más cortos? Podríais, al menos, mejorar vuestro rumbo hacia las costas del continente. Si no los hacéis, va a resultar mucho mas largo y penoso alcanzar la costa del Perú. De continuar como ahora, lo más probable es que, si Dios misericordioso no lo remedia, agotemos el agua y los alimentos y muramos todos de hambre. Pero aunque culpo en parte a la tormenta por habernos venido tan al norte, otra parte de culpa, y no pequeña, es vuestra, por haber consentido a vuestro piloto continuar con este régimen de navegadas largas que aunque parece que se avance más que con los bordos cortos, en realidad, es menos efectivo.

-¿Acaso dudáis de los conocimientos náuticos de mi piloto mayor? -molesto por las últimas palabras de don Pedro Sarmiento.

-No dudo de su capacidad náutica, porque cualquier principiante lo haría como yo os digo. Creo que haciéndolo de este modo, alberga un interés torcido y de mí conocido. Quiere que todos se convenzan de la imposibilidad de arribar a las costas americanas y la conveniencia ineludible de dirigir vuestra nao a las Filipinas. Os recuerdo que sois vos el responsable por consentirlo. Con esta actitud, debéis saber, que habéis contraviniendo el mandato de vuestro tío el Gobernador, de lo que deberá ser informado.

Al escuchar las ultimas acusaciones de don Pedro, Mendaña se enfadó mucho. Sin contestar ni decir nada más, se dirigió a donde estaba su piloto mayor Hernando Gallegos, con el que intercambió algunas palabras. Después retornó a su posición anterior y gritó con mayor fuerza:

-Olvidáis que yo soy el General de esta expedición y que os podría poner en prisión, sólo por lo que decís contra mí; pero para que veáis que no os lo tomo en cuenta, y ya que alardeáis de ser tan buen marino, os ordeno que os hagáis cargo de este galeón y que lo llevéis a puerto como más os convenga. A cambio, os libero de vuestra responsabilidad de continuar a mi lado.

-No me asustáis con vuestras palabras. En su momento se hará justicia y yo haré que se sepa todo lo que ha sucedido en este tan mal llevado viaje, de lo que os considero único culpable porque os habéis dejado influenciar en demasía por Hernando Gallegos.

Mientras don Pedro Sarmiento respondía como se merecía a las ensoberbecidas palabras de Mendaña, Hernando Gallegos, había dado instrucciones a la marinería y cuando terminó de hablar don Pedro, lanzaron unos cabos con garfios en sus extremos consiguiendo que ambos navíos quedaran trabados y casi juntos, a punto para un perfecto abordaje. Momentos después saltaron a la cubierta de nuestro galeón Todos los Santos, Alvaro de Mendaña, Hernando Gallegos, el primer oficial de la tropa con cinco soldados y seis marinos, todos gente de confianza de Mendaña.

Fueron unos instantes de mucha tensión. Recuerdo que yo me había subido al castillo de popa y desde allí observaba todo sin perder detalle. Cuando don Pedro Sarmiento vio lo que hacían, me hizo traer su espada que se ciñó al cinto en un santiamén. El alférez Diego y cuatro soldados, que estaban de parte de don Pedro, se situaron detrás suyo esperando órdenes. Don Pedro se opuso al paso del pequeño grupo que acababa de invadir su galeón y para demostrarles que no les temía, llevó su mano a la empuñadura de su espada y plantado delante de ellos, dijo con la firmeza que le caracterizaba:

-Suerte tenéis Mendaña y vos Hernando Gallegos, de estar frente a un hombre íntegro que nada más tiene una palabra y que, por no traicionarla, es capaz de soportar todas las afrentas y aún la muerte; porque si no fuera así, me bastaría yo sólo y esta mi espada, para echaros a todos vosotros al agua; pero pongo a Dios por testigo que no lo hago, por la palabra que di al gobernador del Perú, López García de Castro.

Expresión dura y valiente que encajaban perfectamente con el sobrenombre con el que todos lo llamaban.

El grupo invasor no se atrevió a hacer el más mínimo gesto de avanzar. Permaneció frente a don Pedro Sarmiento sin moverse hasta que éste les dejó continuar.

Después de este incidente, se continuó con el cambio de navíos. Con nosotros vinieron el alférez Diego y los cuatro soldados que se habían prestado a defenderlo y, también, su piloto y amigo Antón Pablos. Mendaña y Hernando Gallegos creían que con el galeón de don Pedro Sarmiento más veloz y ligero, llegarían antes. Como don Pedro había puesto al descubierto sus intenciones no tuvo más remedio que tomar en consideración las palabras de éste sobre la forma de cómo tenían que navegar si, de verdad, deseaban llegar algún día a las costas americanas. Una vez instalados en él, decidieron, mantener su propio rumbo, alejándose del pesado y menos marinero galeón que nos había tocado. Caída la noche, vimos como la linterna de popa, del que hasta hacía poco había sido nuestro galeón, se iba haciendo cada vez más pequeña hasta que se perdió en la oscuridad del mar.

El cambio había afectado mucho a la tripulación que se había quedado en el galeón, maldiciendo el egoísmo y mala fe de Mendaña, su general, que no había dudado en abandonarlos para asegurarse el regreso. Don Pedro Sarmiento reunió a toda la tripulación y le dijo:

-Todos hemos sido víctimas de una injusticia. Vosotros por haber sido desamparados por vuestro general y yo por haber sido apartado del navío que me fue asignado por el propio Gobernador del Perú; pero os prometo que pondré todo mi saber y empeño en compensar con ello, las deficiencias de este navío. Si Dios me da suerte, os llevaré en el mismo tiempo que el otro que es gobernado por engreídos e inexpertos navegantes. Seguiremos el rumbo que yo he estudiado y les demostraremos que el saber de las personas está por encima de la sinrazón.

Las palabras de don Pedro tan bien dichas, levantaron un poco los ánimos de todos, consiguiendo que colaboraran con mejor predisposición. El viento había aumentado un poco; aunque al soplar en dirección esteoeste, nos dificultaba bastante porque, por desgracia, nuestra derrota ideal era, exactamente en esa dirección. Como el viento nos venía de frente, teníamos que hacer numerosos bordos en ceñida, tal como aconsejo a Mendaña, lo que suponía navegar durante muchas jornadas para avanzar realmente unas pocas leguas en dirección este.

Los días pasaban lentamente, los vientos seguían empecinadamente igual, y nuestro navegar era desesperante. Para colmo empezaron a faltar alimentos y aumentó el número de enfermos. A cerca de esta empecinada constancia de los vientos, le oí comentar un día:

-Nos encontramos con algo parecido a lo que sucede en el Atlántico. Allí soplan, durante la mayor parte del año, unos mismos vientos constantes en dirección este a oeste, llamados vientos ecuatoriales, lo que nos ha facilitado, de siempre, llegar a las costas americanas; pero que por contra, nos lo ha dificultado a la hora de volver, obligándonos a dar una gran vuelta, teniendo que ir hasta las costas de Africa y luego subir hacia el norte, retardando el viaje considerablemente. Creo que en este mar ocurre lo mismo y de esto, el causante principal, debe ser la misma rotación de la Tierra que marca zonas del planeta por donde deben circular los vientos.

Don Pedro Sarmiento no dejaba su interés investigador ni en los momentos más difíciles.

Los días pasaban con una monotonía agobiante, solo rota por las muertes de los más enfermos, que al no tener alimentos frescos que comer, no podían hacer frente a la enfermedad y morían.

Con una constancia y voluntad de hierro, tal como correspondía a su sobrenombre, don Pedro Sarmiento se movía por el navío, dando ánimos a todos, racionando y repartiendo con justicia la poca comida que había y, sobre todo, calculando y estudiando la mejor derrota.

Después de cinco meses y medio, desde que abandonamos el archipiélago del Nombre de Jesús, llegamos a las costa de Nueva España, hambrientos y diezmados por las enfermedades. Era el 31 de enero de 1569 y en el largo viaje, habían muerto dieciocho hombre entre marinos y soldados. La pericia de Sarmiento hizo que, aún capitaneando una nao que, por decirlo con sus propias palabras, era: "Tarda y mal velera", llegara al puerto de Colima en la Nueva España unos cuantos días antes que Mendaña, evitando con ellos nuevas muertes.

Indignado como estaba, por todo lo que había tenido que sufrir con los abusos de poder e incompetencia en aquella expedición, decidió enviar, nada más pisar aquella tierra salvadora, un informe detallado al rey de España; pero Mendaña enterado de estas intenciones, lo hizo prender y le quitó, por la fuerza, todos los escritos y documentos para que no pudiera hacerlo. Después de este incidente se le consintió mantener el mando de su navío, Todos los Santos, volviendo Mendaña otra vez a gobernar, Los Reyes, para que cuando llegara a Perú, todo aparentase normal y no dar pruebas fehacientes a las acusaciones que, sin duda, esperaba que le haría don Pedro Sarmiento ante su tío y ante las demás autoridades. No queriendo más sorpresas le dio la orden de que siguiera siempre a popa de su nao generala. Nos dirigimos costeando hacía Nicaragua con la intención de recalar en el puerto de Realejo. Sarmiento, sabedor de que, a unas pocas leguas de este puerto, residía el gobernador, decidió adelantar a la nao generala y, con buen viento, les tomó medio día de ventaja. Nada más desembarcar, se informó con exactitud como se iba al palacio del Gobernador y se trasladó a su residencia poniéndolo al corriente de los diversos avatares a causa de los cuales habían sido arrojados a aquellas costas, tan alejadas del Perú. Cuando Mendaña se enteró de lo que había hecho don Pedro Sarmiento, cogió miedo y nos obligó a abandonarlo antes de que regresara de la residencia del Gobernador. Dio órdenes a la marinería y tropa, de embarcar urgentemente y hacerse a la mar, haciendo correr la noticia de que don Pedro había huido. Como prueba de ello, presentó el hecho de que habían pasado casi dos días y no había aparecido. Dos días, porque contaba la llegada de nuestra nao que les habíamos sacado mucho adelanto. Si hubiera tenido en cuenta la suya, sólo habría pasado un medio de día.

Para evitar que los partidarios de don Pedro Sarmiento se opusieran y propiciaran una rebelión, utilizó una estratagema astuta y malévola que le dio resultado. Hizo escribir una documento como si lo hubiera hecho el propio don Pedro, diciendo a todos que se lo había hecho enviar él mismo a través de un emisario y reuniéndonos a los de ambos navíos, mandó leerlo a su contramaestre y piloto Hernando Gallegos que, con voz solemne y documento en mano, leyó textualmente:

A su excelencia, General de la expedición Alvaro de Mendaña:

"En vista de que mi autoridad fue humillada desde un principio por vuestra excelencia y porque me siento responsable de lo que considero un fracaso de esta aventura, no me veo con ánimos de volver a Lima y presentarme ante vuestro tío y señor el Gobernador de Perú. Por todas estas razones, he decidido abandonaros y volverme a España. Pido perdón a mis amigos y sobre todo a Antón Pablos al que le ruego se someta al mandato de su superior don Alvaro de Mendaña y ponga todo el saber que yo le he dado para llevar la nao a buen puerto, allá en Callao".

Firmado y rubricado

Pedro Sarmiento de Gamboa

Nicaragua a 18 de febrero de 1569

Puerto de Realejo (Audiencia de Panamá)

Al terminar la lectura de este escrito, todos los amigos de don Pedro quedaron muy consternados. El documento fue mostrado a todos y aún recuerdo que el mismo Antón Pablos, su amigo, afirmó en voz alta al comprobar su firma y sello, que pertenecían a don Pedro. Aquel hecho le afectó mucho y cambió su carácter tanto que se volvió muy huraño, pasando el tiempo que tenía libre sobre cubierta, mirando siempre hacia el horizonte con la vista perdida en el infinito. Y Astro, el perro de don Pedro Sarmiento, se pasaba las noches aullando de una marea extraña. Estaba tan apenado y triste por la ausencia de su dueño, que dejó de comer y antes de llegar a Lima, una mañana, se lanzó al agua y desapareció. Yo, también, sentí mucho su separación.

Recuerdo que, por las noches cuando no me veía nadie, lloraba porque sabía que todo había sido mentira. Si don Pedro hubiera puesto en antecedentes a sus más cercanos subordinados o, al menos, a su segundo, el piloto Antón Pablos; pero don Pedro era muy reservado con sus cosas y nunca daba explicación de sus proyectos; por otro lado, debió pensar que informarlos era comprometerlos aún más y el saberlo, hubiera podido traer más problemas y dificultades a su castigada y mortificada tripulación. Durante este viaje, Mendaña me tomó como paje y no tuve más remedio que someterme a sus órdenes y soportar la penosa carga de servir a un hombre que empezaba a odiar.

Días después, me enteré que la mayoría de marinos y soldados de ambos navíos murmuraban entre ellos, afirmando que el "Capitán Hierro" no podía haber hecho una cosa así. Que estaban seguros que Mendaña los había engañado, aunque se cuidaban mucho de que estos comentarios no llegaran a oídos de éste y los suyos por miedo a las represalias. Más de uno se lo dijo directamente a Antón Pablos, que por su cambio de actitud, daba la impresión que él sí creía lo que decía aquel documento.

-Claro, vosotros como no sabéis leer, os resulta más fácil afirmar que lo que oísteis no podía ser; pero yo vi el documento y verifiqué la firma. Era la misma. -Les respondió con desesperación.

-El alférez ... también sabe leer y piensa lo mismo que nosotros, -le argumento uno de los soldados con los que estaba hablando.

-Hay un escribano al servicio del General que, por lo que he oído, es muy hábil con la pluma, -añadió otro.

-Humm, quizás tengáis razón, -reconoció y animando su rostro, afirmó-: ¡Sí, sí, claro! ¡Cómo pudo pasar por mi cabeza la menor sospecha! ¡Estoy avergonzado de mí mismo por haber creído lo que me dijeron sobre un hombre tan íntegro y noble!

Convencido con estos argumentos y queriendo demostrar que su silencio no había sido por cobardía, sino por la confusión propiciada por la aparentemente irrefutable prueba, se negó a pilotar la nao, acusando a Mendaña de injusticia e infamia contra la persona digna de don Pedro Sarmiento. Por este hecho fue recluido en la bodega del navío de donde no se le permitió salir durante los treinta y dos días que duró el viaje.

Cuando al cabo de ese medio mes llegamos a Lima, Mendaña continuó con la insidia y el engaño, mostrando la carta falsa, como prueba de sus acusaciones contra don Pedro, a su tío López García de Castro, gobernador de Perú. Después resultó que como la mermada expedición no traía nada que atrajera la atención, la aventura pasó casi desapercibida. La gente, en aquellos momentos, estaba más interesada por las noticias que venían de la Amazonia, de donde se comentaba que habían descubierto el "El Dorado". El Dorado era un reino a donde el rey Salomón de Judea, según cuenta la tradición, enviaba sus barcos a buscar el oro para embellecer el templo de Jerusalén. En ese reino era tan abundante este metal precioso que se encontraba por doquier. Mendaña, pues, para atraer la atención sobre las tierras descubiertas, comenzó a fantasear diciendo que ese archipiélago era un segundo El Dorado. Para dar más fuerza a sus palabras, registró las islas descubiertas con el nombre bíblico de Islas Salomón.

Tiempo más tarde, cuando don Pedro Sarmiento se enteró de esta nueva tropelía, se opuso con toda su alma, porque fue él quién, espada en mano y el símbolo de la cruz trazado en la arena, bautizó aquellas tierras como Islas del Nombre de Jesús. Por esta razón, aparecen siempre en sus escritos con este nombre, en donde reivindica su derecho sobre este descubrimiento. Como prueba de ello, he aquí lo que dice textualmente el propio don Pedro Sarmiento, en una página que yo he tomado de su diario personal:

" ... y esta tierra es la que llaman los cartógrafos tierra Incógnita al Austro, desde la cual se pudo venir poblando hasta el Estrecho de Magallanes, hasta el poniente de Catigara y hacia el levante de las Javas y Nueva Guinea a Islas del archipiélago del Nombre de Jesús, que yo, mediante Nuestro Señor, descubrí en el Mar del Sur, el año 1568. "

III

REGRESO DE DON PEDRO SARMIENTO A LIMA

Cuando don Pedro Sarmiento llegó a la casa del Gobernador de Guatemala, a unas pocas leguas del puerto de Realejo, fue muy bien recibido por éste, al ser informado de quién se trataba. Escuchó con mucha atención el relato detallado de don Pedro, firmando una orden de detención en firme contra Alvaro de Mendaña, por las acusaciones de robo de documentos y violencia manifiesta contra un hombre con cargo oficial. Tan buena impresión hizo al Gobernador que invitó a don Pedro Sarmiento a pasar la noche en su residencia, con el fin de que le explicara con mayor tranquilidad y tiempo, toda la larga historia de su viaje, por el que se mostró vivamente interesado. Don Pedro Sarmiento sabía hablar, no en vano era un hombre de letras.

-Estoy seguro señor Gobernador, -terminó la larga conversación don Pedro Sarmiento- que de haber navegado bajo mi derrota, hubiéramos descubierto la verdadera "Terra Australis" y, a cambio, nos hemos debido conformar con unas cuantas islas en las que ni siquiera hemos dejado la más mínima seña de nuestra presencia, como no sea la galera abandonada en una playa desierta.

-Es bien triste que por el comportamiento poco honrado de los que deberían ser ejemplo para todos, por los cargos que han recibido de nuestro Rey y Señor Felipe II, entorpezcan el esfuerzo de los verdaderos grandes hombres que sienten en su alma la grandeza de donde son origen y blasón -le despidió con estas palabras el Gobernador.

Con la orden en mano de detención inmediata, volvió al puerto de Realejo al día siguiente a lomo de un hermoso caballo de las cuadras del propio gobernador. Descabalgó frente a la guarnición militar en donde presentó la orden firmada por el Gobernador, haciéndose acompañar de un sargento y varios soldados con el propósito de hacer cumplir el mandato de detención. Cuando llegaron a los muelles, comprobaron con gran sorpresa que no estaban los galeones en el puerto. Consultados la gente de aquel lugar, explicaron que al amanecer de aquel mismo día habían marchado los dos galeones rumbo al sur.

Cuenta don Pedro Sarmiento en sus crónicas, por las que yo he sabido lo que hizo durante todo este tiempo, que sintió grande rabia y desesperación al ver de lo que había sido capaz Mendaña y los suyos, movidos por la envidia y la insidia. Y dice, también, que allí mismo tomó la decisión firme de ir a España para presentarse en la corte y explicar, personalmente, las afrentas e injurias que de las que había sido objeto por parte de esos mal nacidos. Y que hacía responsable último de todos estos desafueros al mismo gobernador del Perú por haber puesto al frente de la expedición, con rango de general, a un joven inexperto sin más méritos que el ser pariente suyo.

Retornó de nuevo a la casa del Gobernador y cuando se enteró de esta última afrenta, no dejó lugar a la más mínima duda de que lo que le había contado don Pedro, era bien cierto, "porque ningún caballero hubiera hecho una acción tan deshonrosa", dicen que exclamó al enterarse. Después insistió el Gobernador en que fuera su huésped y le facilitó medios para que viviera holgadamente todo el tiempo que quisiera.

Explica don Pedro en sus escritos, que el Gobernador y sus amigos estaban tan contentos con su persona, que se discutían por invitarlo para que les hablara sobre sus conocimientos de Geografía, astronomía y astrología. Durante este tiempo, volvió a escribir las crónicas del viaje a las islas Nombre de Jesús, porque, como dije, le fueron quitados todos sus escritos por la fuerza. Por suerte, don Pedro Sarmiento tenía los hechos muy en la memoria y le fue fácil, en aquellos días de tranquilidad, recordar todo con la misma fidelidad que si lo hubiera hecho cuando ocurrió.

Los días pasaban sin más transcendencia para don Pedro Sarmiento que la rutina diaria del encuentro con el Gobernador y sus amigos, con los que dialogaba sobre los más diversos temas, aunque los que atraían más a todos eran los que trataban sobre los planetas y el resto de cuerpos celestes y la influencia de estos para las personas. Pero como don Pedro era un hombre de acción y tenaz en sus decisiones, no estaba dispuesto a que las afrentas que había recibido quedaran impunes. No se podía permitir seguir en aquella tranquila inactividad, mientras había tantas cosas pendientes que esperaban su intervención. A causa de esto, no esperó más y comunicó al Gobernador la decisión de marcharse a Panamá, desde donde le sería mucho más fácil cruzar el istmo y poder embarcarse para España tal como había prometido que lo haría. Y aunque todos los que le conocían y disfrutaban de su compañía, insistían que se quedara con ellos e, incluso, el mismo Gobernador le llegó a ofrecer un puesto de almirante para que organizara una flota en aquellas latitudes; como era un hombre que no se torcía cuando tomaba una determinación, aprovechando el viaje de una vieja nao de carga, que se dirigía a Panamá, se embarcó para este país, con la sola inquebrantable intención de viajar a España y exigir justicia ante el mismo Rey. La pesada nao de carga le dejó en Balboa, aunque tardó mas de un mes en llegar a este puerto porque habían ido recalando en diversos lugares costeros, cargando y descargando mercancías, llegando por fin el primer mes del año 1571. Balboa era una pequeña ciudad fundada unos cincuenta años antes, en donde Basco Nuñez de Balboa, después de atravesar el Istmo de Darién con mil y una dificultades, descubrió un inmenso mar al que bautizó como Mar del Sur.

Dios misericordioso quiso que al llegar a Balboa don Pedro de Sarmiento, se encontrara con el nuevo Virrey del Perú, don Francisco de Toledo, que había desembarcado en el puerto Nombre de Dios en el Atlántico, procedente de España y, después de atravesar el Istmo, se disponía a embarcar rumbo a Lima con el propósito de sustituir al hasta entonces Gobernador de aquellas tierras, López García de Castro. Sucedió que algunos representantes de la escolta personal del Virrey, estaban negociando la adquisición de un barco que llevara al Virrey y su comitiva hasta el Callao, siendo presentado don Pedro Sarmiento por el capitán del barco que lo había traído a Balboa y del que conocía su fama como navegante de los Mares del Sur. Puesto en antecedentes el Virrey Toledo de la presencia de don Pedro Sarmiento en aquel mismo lugar, lo hizo llamar y, nada más verle, le dijo como presentación:

-Me han dicho que traéis credenciales del Gobernador de Guatemala.

-Así es Excelencia. Tengo intención de cruzar el Istmo de Darién y embarcarme para España.

-¿Pero vos no sois de Perú? -insistió, queriendo aclarar los rumores que le habían llegado a través de algunos miembros de su comitiva.

-Sí, Excelencia. Vivía en Perú y si las circunstancias no se hubieran torcido por la mala fe de algunos, allí estaría ahora. Estas circunstancias adversas son, precisamente, las que me han hecho tomar la resolución de dirigirme a España. Quiero ir hasta el Rey y pedir justicia.

-Algo me han contado de vos; pero me gustaría oírlo de vuestros propios labios, -afirmó interesado su distinguido interlocutor, hombre de aspecto recto y honrado que prestaba atención sincera a las palabras de don Pedro. Tenía, aproximadamente la misma edad que él, unos cuarenta años.

-Agradezco vuestro interés Excelencia; pero la historia es larga...

-No me importa -le interrumpió, concretando después-. No me importa, digo, porque estoy seguro que lo que vos me contéis, me servirá para mayor conocimiento del Virreinato, el que a pocos días tendré que gobernar. Creo que Dios misericordioso os ha puesto en mi camino para que conozca mejor el sitio en donde debo vivir y mandar con justicia. Por las referencias que tengo sobre vos, sois la persona indicada por vuestro talante integro y cumplidor y me gustaría que me acompañarais en mi primera visita al Virreinato.

-Vuestras palabras me alientan y me compensan de todas las penalidades e injusticias sufridas; pero mi intención era ir a España para dar cuenta al rey de todo ello y como os manifesté antes, Excelencia, pedir justicia.

-Yo soy el representante directo de nuestro rey don Felipe aquí y quién mejor que un Virrey, en ausencia de él, podría daros esa justicia que reclamáis. Si viajáis a España es posible que cuando se haga justicia sea demasiado tarde. Pensad que las distancias son muy grandes y tendría que pasar mucho tiempo hasta que los culpables fueran juzgados, suponiendo que allá os hicieran el caso que merecéis; no olvidéis que la distancia y el tiempo que nos aparta de nuestra España es muy grande; en cambio si me acompañáis, tendremos bajo mi jurisdicción a los responsables de todo y se los podrá juzgar inmediatamente y en persona, así como poder oír sus propias argumentaciones.

Parece ser que las firmes palabras del virrey Toledo, le convencieron porque aceptó, finalmente, volver de nuevo a Perú. Tan prendado quedó el Virrey de don Pedro, por sus cualidades y méritos, que allí mismo lo tomó a su servicio como supervisor general, encargado de organizar el viaje a Lima, la capital del nuevo virreinato. En los días que duraron los preparativos del viaje, don Pedro puso en antecedentes al Virrey, no sólo de los hechos que le afectaban a él personalmente con Alvaro de Mendaña, sino que le explicó todo lo que conocía del extenso Virreinato del Perú. Un territorio que abarcaba tierras inmensas pobladas de impenetrables selvas, áridos desiertos y altísimas montañas; habitado por diferentes pueblos entre los que destacaba el Imperio Inca del que me enorgullezco de llevar parte de su sangre, por herencia materna.

A parte del cargo anterior de supervisor, don Pedro Sarmiento fue nombrado, también, capitán del galeón en el que el Virrey iba a viajar a Perú. Como capitán, pues, de esta nao, don Pedro se encargó de prepararla para una buena navegación, sin olvidar armarla para su defensa por si se encontraban con algún enemigo imprevisto. Se comenzaban a oír rumores de que corsarios y piratas podrían haber entrado en el Mar del Sur por el estrecho de Magallanes. Al menos, en la Corte de España, habían sido avisados de esta contingencia. Según explicó el virrey don Francisco de Toledo, había oído decir que se habían concedido patentes de corso en Francia y en Inglaterra, para atacar nuestros mercantes. A causa de esta información, es por lo que don Pedro Sarmiento se esmeró más en el acondicionamiento de la nao que iba a llevar a el recién nombrado virrey. Quería asegurarse de su llegada y la mejor manera de que esto se cumpliera era siendo precavido.

Don Pedro Sarmiento, buen conocedor de aquellos mares, condujo con la perfección de un maestro, el galeón del Virrey hasta Callao, ayudados por los vientos ecuatoriales constantes del este, que les permitía avanzar prácticamente en línea recta hacia el sur en una buena navegada de través.

Las más de 600 leguas que les separaban de su destino, lo hicieron en unos veintiocho días, haciendo una media de casi 20 o 21 leguas diarias. Cuando faltaba un par de días para llegar a Callao y se divisaban sus costas cercanas, don Pedro Sarmiento mandó arriar el batel que llevaban en cubierta y arbolar su vela; después ordenó que se subieran en él y se adelantaran a tierra, el secretario particular del Virrey, el capitán de su escolta con cuatro soldados, el timonel y dos marinos. Su misión era dar aviso a las autoridades de la llegada del nuevo Virrey del Perú para que tuvieran tiempo de preparar su recibimiento con todos los honores, tal como correspondía a este nuevo alto cargo y rango.

El veintitrés de marzo, apenas comenzado el otoño en este hemisferio, el navío mandado por don Pedro Sarmiento avistó la bocana del puerto del Callao, a eso de las doce del mediodía. Don Pedro había tenido interés en hacerlo coincidir con esa hora del día para que la llegada del Virrey tuviera todo el esplendor que se merecía. Las salvas disparadas por los cañones de los barcos de guerra y los del fuerte, dieron la bienvenida al nuevo Virrey mientras, el destituido López García de Castro, cumpliendo el protocolo habitual en estos casos, había preparado una comitiva con los más importantes e ilustres de su corte para recibirlo. Entre estos ilustres no faltaba su sobrino Alvaro de Mendaña. Por continuar todavía al servicio de éste, tuve la fortuna de presenciar todo el acontecimiento y la gran alegría de ver a don Pedro Sarmiento que volvía como triunfador después de todo lo que había tenido que soportar.

Cuando la comitiva virreinal desembarcó y el Virrey don Francisco de Toledo presentó sus credenciales, hubo un gran revuelo entre los presentes, al ver que un importante acompañante de su séquito era nada menos que el mismo don Pedro Sarmiento de Gamboa.

-¡Pedro Sarmiento! -exclamó Mendaña a media voz, nada más verlo. Su cara reflejaba, en aquellos momentos, el estupor y la sorpresa por algo de lo que ya creía olvidado y pasado.

Hechas las presentaciones de rigor, la comitiva se dirigió a Lima con el fin de tomar posesión de la residencia palacial que, hasta entonces, había ocupado el gobernador del Perú, López García de Castro. En los días siguientes el Virrey don Francisco de Toledo, conocedor de los hechos por ambas partes, dio la razón a don Pedro Sarmiento de Gamboa y para que en adelante no hubiera rencor, atribuyendo su errada conducta a su corta edad e inexperiencia, le hizo pedir perdón públicamente, con lo que consideró lavada la ofensa y zanjado el litigio.

Don Pedro Sarmiento quedo, en parte, conforme y compensado por todo lo que había tenido que soportar; pero exigió que, si bien renunciaba ir a España para presentar su queja, no, en cambio, a enviar un escrito para que se conociera con todo detalle lo que había pasado en el malogrado viaje de la búsqueda de "Terra Australis". Tal como se acordó ante el Virrey Toledo, don Pedro Sarmiento, tenaz y fuerte en sus decisiones que creía justas, envió carta al Rey desde Cuzco, el cuatro de marzo de 1572, dando cuenta de todo lo que había sucedido con la expedición a las islas del archipiélago del Nombre de Jesús, de las que se consideraba el legítimo descubridor, reclamando este nombre en lugar del de Salomón cómo las había bautizado Mendaña.

Una de las primeras cosas que hizo don Pedro Sarmiento cuando se estableció definitivamente en Lima, y que me llenó de orgullo, fue recuperarme para su servicio.

También, por aquellos mismos días, el gobernador García de Castro fue juzgado por algunos hechos y acusaciones que pesaban sobre él, entre otras varias, la de haber puesto a su sobrino al frente de una expedición que pudo ser mucho más importante y fructífera de lo que fue. La condena le obligó a pagar una multa y a abandonar el Virreinato, por lo que decidió volverse a España en donde tenía amigos e influencias. Tiempo después nos enteramos que le habían dado un cargo importante en el Consejo de Indias. Su sobrino Mendaña, al perder la protección de su tío se fue, también, a España, consiguiendo años más tarde concesiones de exploración en el Mar del Sur. Las influencias de su tío en España, gracias al cargo que ocupaba, sirvieron para que las islas del archipiélago del Nombre de Jesús, fueran inscritas en ese Consejo de Indias como descubiertas por Alvaro de Mendaña con el nombre de archipiélago de las Islas Salomón, relegando la petición de Sarmiento al olvido, no teniéndose en cuenta las exigencias hechas por carta de reclamación de ese derecho. Durante los siete años siguientes, don Pedro Sarmiento estuvo al servicio directo del Virrey, al que prestó toda su ayuda en su intento de españolizar la vida de los indios de su vasto territorio. Éste encargó a don Pedro que escribiera una historia de los Incas, una buena prueba de que don Pedro Sarmiento, era un verdadero renacentista e intelectual aparte de un inmejorable hombre de mar. De él se podía decir que manejaba con parecida destreza, el timón, la pluma o la espada.

 

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